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Gonzalo de Berceo

Presentación

El dedicar un portal de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a Gonzalo de Berceo resulta algo insólito, acostumbrados como estamos a la anonimia de nuestra literatura medieval; aún más sorprendente es que conservemos de él diez poemas con los que configurar unas voluminosas obras completas. Tomás Antonio Sánchez las editó por vez primera en 1780, pero su valoración, como la de otros creadores medievales, responde a los movimientos culturales de finales del siglo XIX. Como reacción a la ampulosidad y al retoricismo que les invade, los modernistas y noventayochistas descubren en algunas obras del pasado la sencillez y el primitivismo que buscan para sus textos. Escritores como Rubén Darío o los hermanos Machado ven en Berceo al primer poeta castellano, que ocupa su tiempo «leyendo en santorales y libros de oración... mientras le sale afuera la luz del corazón». Azorín, en Al margen de los clásicos, se lo imagina en su celda contemplando un «paisaje fino y elegante» que trasvasará a las páginas de sus Milagros, mientras Manuel Machado o Enrique de Mesa ensalzan a quien sólo exige «una palma de gloria y un vaso de bon vino» como todo galardón. El filólogo Antonio García de Solalinde todavía lo presenta en su cuidada edición de los Milagros de Nuestra Señora (1922) como un buen clérigo, que escribe alejado de la turbulencia y el ajetreo ciudadanos, frente al intranquilo Arcipreste de Hita.

En la segunda mitad del siglo XX esta imagen entrañable se vino a alterar con los trabajos del hispanista Brian Dutton, quien a partir de la década de los sesenta emprendió la tarea de editar sus obras, y desde entonces hasta hoy la bibliografía sobre Gonzalo de Berceo ha ido creciendo de forma imparable. Dutton demostró la formación legal de Berceo, que pudo adquirir en el Estudio General establecido en Palencia, desentrañó los móviles económicos y propagandísticos ocultos tras alguno de sus textos y estableció su cronología. Poco después otros estudiosos descubrían los fallos de la clásica dicotomía entre el denominado «mester de juglaría» y el «mester de clerecía» y se iniciaba una reconstrucción del marco socio-cultural que pudo justificar la aparición en el siglo XIII de una escuela poética culta, cuya única voz de nombre conocido es la de Gonzalo de Berceo, pero en la que se integran otros poemas tan relevantes como el Libro de Alexandre o el Libro de Apolonio. Coincide el momento con la fundación de las primeras universidades (Palencia, 1212; Salamanca, 1215), la superioridad de los reinos cristianos y la unión entre Castilla y León, sin olvidar el movimiento reformista emanado del IV Concilio de Letrán (1215), de enorme repercusión en las literaturas europeas.

Consecuencia indirecta del amplio programa educativo que desencadena la reforma laterana, así como de las transformaciones sociales de la España del XIII, es la aparición de una clase de intelectuales, scolares clerici, con una formación cultural importante y con perspectivas de alcanzar un buen status social. El anónimo autor del Libro de Alexandre responderá desde un principio a ese prototipo («Deve de lo que sabe home largo seer», 1c), al igual que Gonzalo de Berceo, perfecto ejemplo de clérigo secular, aunque unido espiritual y profesionalmente a un monasterio. Sus conocimientos gramaticales, retóricos y poéticos se plasman en el uso de una peculiar técnica literaria, la denominada estrofa de la «cuaderna vía», que, en palabras de Isabel Uría, puede convertirse en rasgo pertinente de una escuela poética. Los autores, como se muestra en la famosa estrofa 2.ª del Libro de Alexandre, se sienten satisfechos de esta innovación métrica que los diferencia de los juglares -aunque otros poetas europeos también hayan recurrido a cuartetas monorrimas similares- y de la «gran maestría» que exige construir unos versos de 14 sílabas con un ritmo pausado y sin recurrir a licencias métricas. Del mismo modo se enorgullecen de ser capaces de leer un «escripto» en latín para romancearlo, adaptándolo a un público iletrado, y de llevar adelante una actividad creadora con todo un despliegue de habilidades retóricas.

Los numerosos trabajos aparecidos en los últimos cuarenta años han dejado ya muy lejos la imagen de Gonzalo de Berceo como un clérigo simple e ingenuo, pero los lectores y estudiosos no siempre encuentran fácilmente los caminos en su peregrinar bibliográfico; de ahí la necesidad de un portal que sirva de guía y recoja la numerosa información dispersa. Pero «Tolgamos la corteza, al meollo entremos».

María Jesús Lacarra Ducay
Universidad de Zaragoza