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Gonzalo Rojas

Gonzalo Rojas, metamorfosis de lo mismo

Por Berta López Morales

Un aire, un aire, un aire,
un aire,
un aire nuevo:
no para respirarlo
sino para vivirlo.

(«La palabra»)

Un libro pequeño, exiguo en apariencia y publicado en 1986, con una portada de Roberto Matta, podría ser la carta de presentación de Gonzalo Rojas. Me refiero a El alumbrado en el que se conjugan armónica o disarmónicamente acaso, las vertientes de una poesía rotunda en lo testimonial («Llamándote aquí: cambio», «Sebastián Acevedo», «Ningunos») y centelleante -como ya lo ha señalado la crítica- por la inminencia de un sentido en permanente fuga. En efecto, el mismo Gonzalo Rojas en entrevistas y/o conferencias afirma su proceso de creación literaria como una aproximación constante y evasiva a la vez hacia el sentido y a la poesía como una aventura en las inmediaciones del ser: No somos más que eso, nos aproximamos a descifrar la cifra de lo real o de lo terrestre [...]. El instante es esa suerte de relámpago intuitivo, penetrante, descifrante, pero a la vez aproximante, nada más. Tengo que enlazar unas cosas con otras. Así es como voy desrazonando. Cuando digo que me importa la idea de hesitación y la enlazo con la idea de aproximación de Heráclito es porque eso mismo me propone la certeza de no alcanzar a decir lo que quiero decir.

En esta perspectiva El alumbrado tiene la peculiaridad de remitirnos a la genealogía poética de Rojas, pues no solo toca sus preferencias literarias sino que también indaga en los misterios del juego poético, poniendo su acento en lo numinoso, en la realidad contingente y en lo erótico, constituyéndose así en una obra central y referente de un proyecto iniciado en 1948 con La miseria del hombre. Si bien es cierto que éste, el primero de sus libros, contiene la semilla de su obra posterior, es decir de todo aquello que caracteriza la creación poética de Rojas, El alumbrado es un texto clave para comprender una poesía que intenta descifrar el mundo desde la fragmentación y desde la asfixia.

Sí, porque es el peculiar ritmo de esta poesía lo que singulariza a Rojas, haciendo oír la quebrazón y la recompostura, el silabeo y la palabra, la repetición y lo genuino, lo definitivo y lo nuevo. Tanto es así y quizás esto valga para la estirpe de los grandes poetas que esta poesía no cabe en los «ismos» vanguardistas ni siquiera en el surrealismo, en el que merodeó, allá por el 38 atraído por cierto airecillo disidente que el surrealismo de la Mandrágora ofrecía frente al parisino. Sin embargo, hastiado de su ortodoxia discutible, de su afrancesamiento literatoso y su falta de genio, pero imbuido de aquella poética que intentaba conectar poesía y acción transformando la vida y el mundo, abandona a los mandragoristas y se marcha al Norte del país donde enseñará a leer a los mineros en un silabario que el mismo Rojas hizo con textos de Heráclito en la inmensidad de los Andes. Posteriormente, y en esa misma línea -el de la poesía activa- organizará en Concepción los Encuentros de Escritores chilenos en 1958 y de Escritores americanos en 1959 y 1962, que según Pedro Lastra constituyen un caso ejemplar en la literatura hispanoamericana de este tiempo, y creo -sin hipérbole- que para justipreciar su importancia pueden compararse con algunas de las realizaciones fundadoras que conoció el siglo XIX como intento por definir nuestra identidad.

Una voz original en el concierto de los poetas mayores de nuestro país, que sin embargo se autodefine como poeta coral y visionario, no se caracteriza por una obra abundante. Recordemos que entre el primero de sus libros y el segundo median largos años de silencio durante los cuales el oficio parece reafirmarse en esa búsqueda de «genuidad» de las cosas y de fidelidad consigo mismo, que lo lleva a la repetición y ahondamiento incansable de los mismos temas y poemas a través de toda su obra:

Míseros los errantes, eso son nuestras sílabas: tiempo, no
encanto, no repetición
por la repetición, que gira y gira
sobre
sus espejos, no
la elegancia de la niebla, no el suicidio:
el tiempo,
paciencia de estrella, tiempo y más tiempo.

(«Numinoso»)

Pero, además de la repetición o lo analógico, está también la persistencia de la atmósfera poética de Rojas: La miseria del hombre sigue siendo mi cantera y quod scripsi scripsi. Todo está ahí y perdura; el respiro-asfixia, el desenfado, el vaivén pendular de lo muy abierto a lo críptico, el desollamiento, el tono, la ambigüedad riente. Aprendí a escribir demorándome y en eso ando todavía. De modo que la circularidad, la permanencia en el tiempo se imponen como una especie de conjuro, que otorga un propósito a este quehacer tan macizo y personal: por una parte se trata de la comunicación del mundo, en cuya forma entrecortada y de estertores, se perciben las mutaciones y metamorfosis de la realidad circundante; una especie de oración que reclama para su efectividad poética su inclusión en un libro que jamás tendrá un orden definitivo. Todos los críticos y exégetas de Rojas concuerdan en afirmar esta suerte de inconclusión conforme a lo inasible del ser y a lo inaprehensible del sentido, postulados por el poeta.

Por otro lado, si de aproximaciones se trata, habría que referirse a la parte visceral de esta escritura, a pesar de la autoconciencia manifiesta en la poética implícita y hasta explícita de sus textos poéticos. En su poema «En cuanto a la imaginación de las piedras» se puede rescatar como líneas directrices de este quehacer más que literario vital, las siguientes palabras: casi todo lo de carácter/ copioso es poco fidedigno, su único vestido es el desollamiento, son ciegas de nacimiento y ven a Dios, les gusta la poesía con tal que no suene. En todas ellas, el escritor parco, visionario y enemigo de la altisonancia precisa con rigor un oficio que, un poco más allá, enriquece con la incorporación del gozo y el placer de la escritura: -Distráete, animal,/ le dije, záfate de tu persona deja/ que el placer te bañe. Es así como esta poesía se abre a la trascendencia, ya no sólo el desollamiento y la austeridad de la palabra, sino por medio de la exarcebación de los sentidos y el placer de la carne que, con el paso del tiempo ha ido decantándose hasta elevarse como una de las voces más originales y poderosas de una poesía erótica rallana en el misticismo. El reconocimiento de los orígenes como condición y dato de su propia originalidad provee los textos rojianos de un fresco y novedoso cruce con la tradición. Especial relieve cobra el diálogo con el Arcipreste de Hita, pues si los poemas del Libro de Buen Amor violaban las convenciones sociales y morales de la época para confirmarlas con mayor fuerza, mediante el tono apologético y moralizante, los poemas de Rojas pueden ser descritos como el repliegue de la carne, como el triunfo de la ascesis sobre el deseo. («De lo que contesçió al Arcipreste con la serrana bicicleta e de las figuras della», «De una mujer de hueso de la que quise escapar»).

Siguiendo el itinerario de este último libro, no es extraño encontrar las huellas de los místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz porque, como lo ha señalado Bataille, la experiencia mística y la erótica -siendo de distinta naturaleza- poseen ambas una intensidad extrema originada en la visión interior. Permanece sin embargo, un sentimiento de irreverencia, de sutil ironía, propia del fin de siglo, que parece burlarse de los ruidos cotidianos o del sentido que la razón quiere imponerle a estos estados extremos. O tal vez porque para Rojas el sentimiento de gozo y angustia que experimenta el ser en su desbordamiento proviene del vértigo de la nada: entonces es cuando ahondo en tu amapola,// y entro en la epifanía de la inmediatez/ ventilada por la lozanía, y soy tacto/ de ojo, apresúrate, y escribo fósforo si/ veo simultáneamente de la nuca al pie.

Aunque nos aproximemos a la obra de Rojas desde puntos de vista distintos y a veces periféricos, lo cierto es que rápidamente confluyen y se enlazan, así por ejemplo su poesía erótica entabla un diálogo con el misticismo español, pero también con lo oscuro y con la muerte. Respecto de esta última, toda la poesía de Rojas es una afirmación contra la muerte. En su libro homónimo y en el resto de su obra, la poesía y la palabra, el amor y la mujer son figuras de vida, afirmación de lo vital, permanencia confiada a los poderes genésicos de la poesía hecha cántico, celebración y conjuro. ¿Acaso no leemos o sentimos la convocación de los ancestros sanguíneos y espirituales, al igual que el reconocimiento de los padres fundacionales de nuestra América mestiza? Esta tercera vertiente de Rojas, extraviada en el inmenso concierto de su filiación espiritual y que traspasa las fronteras latinoamericanas (Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Laforgue, Hölderlin, Blake, Novalis, Bataille, Apollinaire, Celan, etc.) alcanza su formulación más estricta en una petición que tiene como correlato el Padrenuestro:

-Piedad, Muerto, por nosotros que
íbamos errantes, danos éste y no otro
ahí para morar, ésta por
música majestad, y no otra,
para oír al Padre.

«Torreón del Renegado» a quien pertenece este fragmento constituye uno de los poemas más hermosos de Rojas pues confirma su parentesco, pero sobre todo su identidad con la naturaleza poderosa de Chile y con las voces que surgen de la tierra. De las tres palabras perdidas y de las que nos advierte en «A quien pueda importar», una «Iñche» en mapuche no se perderá ni en la imaginación ni en el agua del Renegado. De esta materia: piedra, nieve aullante, cumbre y descumbre se nutre la palabra rojiana y por esa razón ocupa un lugar destacado junto a la Mistral, Huidobro, Neruda y De Rokha. Más allá, Vallejos, Rulfo, por la estética e imaginación común con las piedras.

Rupturista, iconoclasta, alejado de la tradición y de las modas engañosas, fiel al fulgor diamantino de la palabra, es, sin embargo un hombre de su tiempo, que en su «Materia de testamento» señala sin temor el rechazo a un período de la historia nacional: al año 73 la mierda, al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,/ al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado/ a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg. Como todo artista, Rojas no es ajeno al compromiso social, pero artífice y orfebre del verbo, éste ha sido su medio para combatir la injusticia social, el abuso y la rapacidad. Poemas como «Sebastián Acevedo», «Ningunos», «Veneno con lágrimas», «Llamándote aquí: cambio» constituyen el testimonio de un pueblo mudo, a quien Rojas prestó su voz y su esperanza de cambio.

La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Transtierro (1979), Del relámpago (1981), 50 poemas (1982), El alumbrado (1986), Antología personal (1988), Materia de testamento (1988), Antología de aire (1991), Desocupado lector (1990), Las hermosas (1991), Zumbido (1991), Río turbio (1996), América es la casa y otros poemas (1998), Obra selecta (1999) son los fragmentos que se escriben desde antes del año 48 y siguen escribiéndose de este Libro-Mundo que, entre relámpagos, este sagitario: poeta del aire, del fuego, de la materia, de la belleza, del amor, de la muerte y de la vida, este poeta de sintaxis quebrada y de energía portentosa nos devela el Ser, a través del oficio mayor, y escribe, escribe con él, lo invisible escribe, lo que le dictan/ los dioses/ a punto de estallar escribe, la hermosura,/ la figura de la Eternidad/ en la tormenta.

Más que los múltiples galardones y homenajes recibidos por el poeta tanto en Chile como en el ámbito internacional, llama la atención la vigencia y vitalidad de su obra, debido al trabajo riguroso, de lenta y morosa espiración que el poeta le impone a sus palabras, cargándolas de sentidos y de fulgores imprevistos y, sin embargo, tan actuales. La poesía de Gonzalo Rojas seduce, atrae, emociona por esa calidez y el gozo irrefrenable con que construye la pasión y el deseo absorbidos en el murmullo confuso del lenguaje.