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Guillermo Carnero

Semblanza crítica

Guillermo Carnero (Valencia, 1947) es catedrático en la Universidad de Alicante, y especialista en literatura española y comparada de los siglos XVIII, XIX y XX, materia sobre la que ha publicado numerosas monografías y ediciones críticas. Ha sido profesor visitante en diversas universidades europeas y americanas (Berkeley, Macerata, Virginia, Harvard), y pertenece al consejo de redacción de prestigiosas revistas del hispanismo internacional.

Su primer libro poético fue Dibujo de la muerte (1967), uno de los signos más decantados de la renovación lírica de su generación. En 1970 fue incluido en la antología de Castellet Nueve novísimos. Los componentes esteticistas y eruditos de Dibujo de la muerte, mucho más que pacotilla decorativa y que exhibicionismo libresco, remitían a un ámbito artístico e histórico cuyos personajes presentan, bajo la apariencia nobiliaria, hedonista o lujosa, un halo trágico que se corresponde con su condición de grandes derrotados por el entorno, la codificación social o el destino mortal de la belleza. Las estampas culturalistas permitían la expresión de lo existencial sin incurrir en la obviedad sentimental ni en el confesionalismo, pues el yo no se manifiesta de manera directa, sino a través de situaciones o seres ajenos aunque conectados analógicamente con él. El arte y la muerte, principales elementos temáticos del libro que ya figuraban en el título, enfrentan el dinamismo estéril de la vida a lo inerte de la belleza artística, que termina por revelarse como una impostura: la escritura es sólo un reflejo de una realidad con la que no puede ontológicamente competir, el arte un correlato de la muerte. La exuberancia ornamental y el aparato escenográfico -horror vacui- constituyen, al cabo, una lección de la nada cercana a la cosmovisión barroca, cuya funeral magnificencia, sin la orientación didáctico-moral de los grandes pintores de la Contrarreforma, tiene la entidad de una tanatofanía.

En sus libros siguientes -El sueño de Escipión (1971), Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère (1974) y El azar objetivo (1975)-, Carnero fue progresivamente ahondando en la sutura entre realidad y lenguaje, mediante un discurso ergotista, lleno de meandros, silogismos y digresiones ensayísticas que potencian la frialdad antipatética y un tono displicente respecto a la función gnoseológica y salvífica de la literatura. En el tránsito del esteticismo a la metapoesía asoma la figura del poeta como un culto portador de miserias convertido él mismo en materia de su creación, mediante un artificio que conoce desde el principio sus limitaciones. La reflexión sobre el proceso de conversión de la experiencia en lenguaje, y sobre el funcionamiento de los mecanismos del poema, culmina en El azar objetivo, fin de un trayecto que había conducido hasta la aridez expresiva y comunicativa. La reunión de su poesía completa en Ensayo de una teoría de la visión (1979) supuso su ingreso en un dilatado silencio que hizo creer en la muerte definitiva del poeta.

Bastantes años después, en 1990, reapareció con Divisibilidad indefinida, un libro de esplendores barrocos y formas clásicas en el que cede su reluctancia a la ostentación sentimental, pues su pesimismo esencial está expuesto de manera más tajante, sin las retracciones y elipsis de los libros anteriores. Toda la obra publicada hasta aquí se recoge en 1998, en edición al cuidado de Ignacio Javier López. En 1999 se publicó Verano inglés, un volumen de poemas eróticos en que los pormenores biográficos están sometidos argumentalmente a una veladura pictórica. El sujeto macerado en las letras y las artes reivindica en este libro la pasión de la vida, en ese momento en que la sazón otoñal anuncia un largo invierno. El truncamiento de las expectativas existenciales introduce una suerte de patetismo amordazado que estaba ya anunciado en su lejano primer libro. Las composiciones más crepusculares de Verano inglés anuncian el mundo de Espejo de gran niebla (2002), en cuyos largos poemas de discurso demorado, y mediante una trabada red de simbolismo acuático -olas, río, desembocadura, marea-, el poeta efectúa consideraciones terminales a propósito de un amor clausurado del que, como ocurre con otras experiencias vitales, sólo queda registro en el sucedáneo de la escritura y en el pudridero de la memoria.

Ángel L. Prieto de Paula