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Licenciado Vidrieras



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El gallero



(41)     El juego de gallos es tan antiguo como el mundo. Auténticas crónicas aseguran que por los años 400 antes de la venida del Mesías, eran muy frecuentes aquellos espectáculos en los circos de Grecia, particularmente en la patria de Solón y Licurgo. Atenas, al mismo tiempo que protegía las artes y las ciencias, dispensaba su patrocinio al gallo; y el célebre Temístocles, no sólo fue el primero y más decidido aficionado a la galomaquia, sino que más de una vez tomó por tipo las peleas de estas aves belicosas para inflamar el ardor de sus huestes, excitando de este ingenioso modo el valor de los vencedores de Maratón y Salamina.

     Si de la historia profana o vulgar pasamos a la bíblica o sagrada, encontraremos a cada paso ejemplos y datos inconclusos sobre la antigüedad de los gallos y sus nobles y valientes riñas; y así es que se les ve figurar entre los animales que compusieron la caravana del arca de Noé; siendo de aquí dimanada la exacta opinión de los más famosos zoologistas y etimologistas, de darle lugar a semejantes aves en el largo catálogo de las antediluvianas. El gallo de la Pasión honra superlativamente el linaje de estos animales ovíparos, de la familia de los alados, patentizando hasta la evidencia su antigua descendencia, su clara estirpe y la alta misión que han desempeñado en las épocas primitivas; y jamás, ni nunca, podrá el gallo de Morón eclipsar la memoria e ilustres hechos de sus esclarecidos progenitores. Según la opinión facultativa de célebres bibliógrafos y anticuarios, el gallo es originario de las Galias, a quien dio su nombre, como puede asegurarlo el derivado de la palabra; pudiendo contar entre sus paisanos a Carlomagno y a los doce Pares de Francia, dignos herederos del valor y bizarría del gallo; que no contento con dar su nombre a un territorio inmenso que hoy forma parte del edén de Europa, le trasmitió a familias, formando un apellido noble y recomendable, y a varias tiendas de ropas que hoy se envanecen hasta con el diminutivo. También en las ciencias el gallo figura en primera línea. En los últimos descubrimientos hechos por Herschel, el hijo, con telescopio monstruo, gigantesco paso de la astronomía moderna, rectificando las primeras observaciones de su laborioso y sapientísimo padre, con relación a los alados habitantes de la luna, de que aquél trató en su primera expedición al cabo de Buena Esperanza, asegura que dichos habitantes lunáticos no son otra cosa que gallos mixtos o anfibios.

     Finalmente, el gallo y sus encarnizadas peleas figuran también en lo Político, siendo de este aserto prueba total y convincente la protección y prerrogativas concedidas por el austero gabinete de St. James a aquellos espectáculos, parodia de la guerra y del valor de esos Horacios y Curiacios, que tan obstinada y encarnizadamente se juran desde el huevo odio y destrucción. Concedo que en esta última era el boxer y el jockey han tratado de oscurecer las glorias del cock, pero no por eso dejan los elegantes hijos de Albión de exponer sendas libras esterlinas al azar del pico, del espolón o de la navaja. Y como no sea nuestro propósito escribir la historia general del gallo y de sus riñas, usos y costumbres, daremos fin a este débil bosquejo y breve reseña, que ha trazado nuestra mal cortada pluma, y entraremos en la delicada tarea de describir el personaje que encabeza este tipo.

     Tan desconocido en todo el mundo como familiar entre nosotros, el gallero es sin duda uno de los tipos más especiales que puede ofrecer la tierra del tabaco, y el que con más justicia merece los honores de la biografía y el apoteosis. El gallero se divide y subdivide en varias clases y categorías, desde la elevada hasta la abyecta, desde el simple aficionado hasta el consumado profesor y desde el extrajudicial -o intruso- hasta el de oficio público con tienda abierta. Hablaremos, pues, del gallero de profesión, del asalariado, del que cuida los gallos y los suelta en las vallas. Éste es el tipo de nuestras elucubraciones, el árbol genealógico, que desprende de sí las demás ramas de su preclara descendencia y el daguerrotipo de la galomaquia.

     Así como la poética Andalucía es sin discusión la tierra clásica de los toreros, Italia de los ciceroni, Méjico de los léperos, etc., la isla de Cuba lo es de los galleros. Su origen se pierde en la noche de los tiempos, pues aunque ni en las obras de Washington Irving, ni en las historias de Arrate y Valdés se halla nada de aquéllos, se sabe de buena tinta que Colón y sus compañeros vieron aquí las primeras peleas, y que desde que la Habana era puerto de Carenas, ha manifestado en todas épocas y circunstancias su decidida afición a los gallos.

     Pero no es sólo la capital de la mayor de las Antillas el verdadero centro y punto culminante de semejantes diversiones; en sus vírgenes y olorosas campiñas es donde el genio de la galomaquia ha establecido sus redes, entronizándose y enarbolando su estandarte en los puntos más recónditos, incultos y desconocidos. Si el célebre Gall, descendiente como se ve de la raza galluna, quisiera enriquecer su sistema frenológico, debería analizar los cráneos de nuestros campesinos, y encontraría desarrollado un nuevo órgano desconocido para él, pero que no es otro que el del gallero; y según nuestros humildes cálculos y pobres observaciones, existe aquel órgano en la cuadratura del círculo coronal, en dirección al cerebelo. De lo dicho se infiere que el gallero puro debe ser nativo del país, o lo que es lo mismo, planta indígena; porque son sin duda los más hábiles, aptos, idóneos y expeditos para el oficio. Los conocimientos prácticos que necesita el gallero son grandes y dificultosos. Como capitán a guerra y castellano de casillas, ha de conocer la castrametación, la estrategia y el ataque y defensa. Debe estar perfectamente enterado en la historia y cronología de los gallos; en los principios de higiene, fisiología y patología y en el magnetismo animal; esto es lo más esencial para todo buen gallero, que, además, ha de ser médico y cirujano, botánico y farmacéutico. A estos conocimientos puramente científicos y sublimes, debe añadir el gallero la ligereza, limpieza, y mucha locuacidad, anchos pulmones y gaznate de hierro, agilidad y soltura, especialmente en rodillas, brazos y manos, con algunos humos de al quimia, que es cosa muy socorrida para la profesión.

     El gallero vive dedicado exclusivamente a su trabajo, cumpliendo la misión para que naciera y que heredó de sus primitivos padres.

     Habita en la gallería establecida en los solares patrios, y los gallos que cuida son ajenos, bien de uno o de muchos dueños, y aunque suele tenerlos de su propiedad, no es esto común, pues más agrada pelear con pólvora ajena. Su vida es eremítica; siempre solo y aislado, no tiene muchas veces tiempo ni para el cuidado de la gallería. Tan pronto limpia como tusa; ya distribuye el rancho, militarmente por horas y por tasa; ya topa, ya afila, ora prepara las botainas, ora los zapatones; y no descansa ni durmiendo, pues sus más gratos sueños son perturbados por el estrepitoso canto de los gallos. Las armas y blasones que ostenta, escudo de nuevo héroe, son, sobre embarrado y guano, las tijeras y las cuchillas.

     Su vestuario es rigurosamente tropical, de lienzo, zapatos de becerro, regularmente virado, medias de carne, sombrero de paja o jipijapa y gallo en mano. En invierno el mismo pelaje, con sólo la adición del capote de barragán o chaquetón ordinario a guisa de surtout.

     Los más famosos empíricos de la antigüedad se quedarían muy en mantillas comparados con nuestro tipo. Para él sus gallos son brujos, invulnerables como Aquiles y nunca pierden; apostar a ellos es robar o salir al camino con un trabuco. Al talisayo de 3 y 6 se le puede ir la vida; una picada y a la cazuela. Al giro, vender la ropa, jugar, porque mata al primer revuelo. Al malotobo, que sólo se puede jugar tapado, es preciso robar para, antes de soltar, poner logros de onza a peso. Todos, en fin, son más finos que la finura, legítimos de Londres o de la Puerta de golpe, de los Iznagas o de los Aguileras; ni una contingencia puede hacerlos perder, y en sus manos mucho menos. Con lenguaje tan arrobador y siguiendo el principio innato en la especie humana de la propagación del capital presente o por venir, a lo que se agrega la general afición que tenemos a los gallos, que puede asegurarse ha sido la ruina de muchas familias y sociedades, sin excluir a la de la Real Compañía, los alucinados neófitos se lanzan en el aserrín y corren trémulos y afanados la suerte de un juego de tantos azares y tantas probabilidades más en contra como en pro; a pesar que podemos decir, en honor de la verdad, que hoy está muy morigerado el número por el actual sistema monetario y la carestía del cambio; sin embargo, como dijo el otro, no hay regla sin excepción, y rectificando un hecho, creemos de nuestro deber como fieles y verídicos cronistas, hacer distinciones honrosas de algunos días en que arde el cirio pascual y de ciertos pueblos circunvecinos.

     Vuelvo a repetir que no escribimos la historia crítica y política del gallo, ni sus peleas, y sí un breve artículo sobre el gallero de profesión, dejando para más adelante aquella tarea al tratar de las vallas en general. El aula magna, la redacción, la lonja, la vida del gallero es la valla pública. Allí es el protagonista, y después del estanquero y de ciertos y ciertos caprichos de algunos propietarios, él es el que manda, campea, regentea, pierde o gana.

     El gallero vive en los barrios extramuros, distante de la ciudad, donde con una onza al mes puede proporcionarse una casa con espacioso patio, pues lo necesita para colocar en él la vallita en que ha de ejercitar los gallos. Los cuatro testeros de la sala y comedor de su casa están ocupados hasta el techo de casillas, que son las habitaciones de los gallos. Sus funciones allí se limitan a tusarlos, atenderlos y adiestrarlos en su vallita para que estén ágiles en el día de la pelea. Con ese objeto tienen uno o más gallos, que llaman luchadores, que son los maestros, por decirlo así, de sus compañeros. A esto se llama topar, operación que ejecutan poniendo, tanto al luchador como al gallo que va a toparse, unas botainas en los espolones para que no puedan herirse. En los topes descubre el gallero las propiedades del gallo, de cuyo descubrimiento hace el uso oportuno.

     -Este gallo es de abajo (es decir, pica por el buche de su contrario); pues conviene casarlo con uno espigadito para que coloque bien el pico.

     La hipérbole es innata en el gallero.

     -Señor don Agustín, a este gallo se pueden jugar las minas de Méjico; lo topé con otro de primera y en cuanto lo llamó le hizo saltar la valla.

     Dispuesto el gallo para pelear, calificación que hace el gallero en el último tope, lo pesa, toma la medida del espolón y ocurre a la valla para casarlo.

     Las obvenciones o gajes del gallero son muchas y pocas. Por arancel, sus entradas no son otras que un real por peso de los que se juegan en cada pelea, del gallo que ha ganado; con cuyo producto, que se denomina saca, porque en él saca lo que ha gastado en manutención y en adiestrar al gallo, parece suficientemente premiado, atendido los muchos pesos en que van interesadas las peleas. Sin embargo, ningún gallero se limita a la saca, pues ellos alcanzan algo más de la generosidad de los amos y aficionados, ya en las ganancias de la coima, ya en lo que les ha casado por fuera, siendo este último artículo sumamente socorrido y productivo.

     Fácilmente se calcula que el gallero no está destituido enteramente de recursos para el sustento vital, sin contar con la protección, que éste es ramo aparte y nada tiene que ver con los gallos, figurando sólo en asuntos contenciosos: pues con todo, el gallero de que tratamos es sinónimo de pobreza, en razón a que por el roce diario, y por aquel axioma de que todo se pega, se ha desarrollado en él una necesidad fatigadora y eterna por el juego (entiéndase de gallos), que no contento con jugar el suyo a la saca, o lo que es lo mismo, sacar la lotería sin billete, juega también, aunque rarísimas veces, al contrario, hasta el doble o triple de aquélla, según las circunstancias del otro pollo, de manera que o bien el talisayo de 3 a 6, el giro o el malatobo, se entregan en los brazos de su más poderoso y temible enemigo... tal como sucediera en aciago día al capitán más grande del siglo. Esto, empero, es muy raro, pues en lo general hay buena fe. Sin embargo, no son frecuentes estas carañuelas, merced a la acertada providencia gubernativa que ya reclamaba la civilización y la cultura de no permitir la entrada en las vallas a los galleros y aficionados de la raza oscura, conocidos también con los seudónimos de narcotizadores y apretadores.

     Donde el gallero ostenta y luce su valor, conocimiento y sagacidad mágica y sorprendente, es en el importantísimo acto de casar los animales, y aunque en estos himeneos preside la diosa Astrea con sus atributos, y la exactitud matemática, el buen camarada sabe sacar ventajosos partidos, si no a favor del gallo, al suyo particular. También en el terrible acto de soltar, levantar, chupar y estirar, careo y pruebas, es donde más se distingue la consumada habilidad, donde se recibe el grado de gallero y donde se forma la historia de sus vicisitudes, méritos y servicios en la carrera de la galomaquia.

     No son todos los meses del año los que el gallero emplea en su ejercicio, pues éste sólo dura desde diciembre a mayo o junio. En el demás tiempo están los gallos en la muda y por consiguiente fuera de combate, no estando los animales en sazón de pelear. En el período de inacción puede decirse que el gallero está en cuarteles de invierno, bien que por no olvidar el ejercicio echa peleas a la navaja. Época es ésta aciaga y fatal, de hastío, de vagancia y de arranquera, en que, como todo ser viviente, se ha de ocupar en algo. Nuestro cesante temporal se verá en un conflicto, y teniendo que matar las horas del día, se ve, cual otro judío errante, de la taberna al billar y de éste a aquélla.

     Entonces se vuelve a encordar el olvidado tiple, la verdadera lira campestre; entonces se empiezan a recordar las décimas glosadas y el punto de arpa; entonces se hacen otras cosas que no son de mi incumbencia interrogar, pues mi ministerio es el de escritor y no el de juez fiscal. Pero volvamos al gallero antes de la terrible muda.

     Talma y Máiquez, Latorre y Romea, Arjona y Valero, podrían honrarse poseyendo con tanta perfección como el gallero, el arte de las gesticulaciones y transiciones que aquél experimenta en las dos únicas épocas memorables de su azarosa vida, que se reduce a ganar o perder.

     También en el ramo de actitudes, posturas, contorsiones y flexibilidades, puede apostárselas a los mejores elásticos, dislocados y Raveles, así indígenas como exóticos.

     Si al lector no le sirve de molestia, sígame a una de las vallas de gallos un día de función. Ya hemos dicho que el gallero habrá concurrido a ella con el peso y medida de sus campeones para casarlos. Arreglada la pelea con otros gallos del mismo peso y medida, llega la hora de soltarlos, y ahora entra en la segunda parte de su obligación. Requerir los gallos en la balanza que con este fin se coloca en el centro de la valla, examinar si los espolones vienen bien con las medidas es su primera diligencia, y luego soltar el gallo, o encargar a otro compañero de su confianza que lo suelte, que no todos los galleros son soltadores.

     Vedle ahí con su gallo en la mano, que no cesa de acariciar, en medio del circo regado de aserrín, frente al otro gallero, que hace lo mismo con el suyo.

     Ambos están listos a soltarlos tan pronto como el estanquero, juez perito de la valla, ha podido conseguir de la gente, con fuertes gritos, que dejen el palenque despejado.

     ¡Qué confusión! Oíd.

     -¿Quién va los dieciocho?

     -Pago un veinte.

     -¿A cuál está el logro?

     Llámase logro apostar una cantidad mayor contra menor, igualando con esa diferencia la que existe entre las circunstancias de los gallos por la fama que en otras riñas han adquirido, o el estado en que los ha puesto la pelea; por ejemplo, ir un dieciocho significa dieciocho pesos contra dieciséis; de suerte que quien lo pone, si triunfa su gallo, gana dieciséis pesos, y si el otro, pierde dieciocho. Este logro suele llegar desde una onza hasta cuatro reales, por hallarse uno de los gallos venciendo y el otro acribillado de heridas.

     Uno de los principales conocimientos del gallero es conocer la gravedad de estas heridas para subir o bajar el logro, según su entidad, e indultarse, si fuere necesario, lo que significa coger logro contra su propio gallo para evitar perder todo el dinero que le jugó. Otra de las cualidades del gallero es entenderse entre aquella bulla y confusión de apuestas encontradas, apostando con distintas personas diversas cantidades y a gallos también diversos, y al fin de la pelea los arregla con una facilidad inconcebible. El gallero, además, debe conocer a la persona con quien casa, para que no le haga camotes. Son conocidos con el nombre de camoteros aquellos jugadores que acostumbran apostar y cuando pierden se escurren o niegan la apuesta. En una palabra, el gallero es un verdadero y legítimo gurrupié.

     Soltados los gallos, es digno de observar a nuestro tipo siguiendo con ávida mirada los movimientos de su gallo y retratando en su semblante los golpes buenos que da o recibe, y cualquiera que se circunscriba a examinar su cara, comprenderá cuál es el estado de la pelea.

     El gallero, entonces, masca una cañita de maloja o de pluma con objeto de formar saliva para rociar el gallo al levantarlo en las pruebas; también lo rocía con el agua que en una botella tiene el estanquero para esos casos. En las pruebas, que son cuando los gallos suspenden momentáneamente la pelea por cansancio o por heridas, le toca al gallero chupar el pescuezo ensangrentado, rociarle las patas, estirárselas, secarlo con el pañuelo, revivirlo y fortificarlo para que siga la pelea.

     El gallero es amigo de dicharachos y tiene su lenguaje técnico para expresarse.

     -Va la lista, va la lista -grita uno para significar que el gallo se huye.

     -¡Si es de la plaza! -añade otro, dando a entender que no es fino, y su lenguaje es siempre por este estilo.

     El gallero jubilado, más feliz que el músico viejo, a quien sólo le queda el compás y la afición, ocurre a la valla y carga con los gallos muertos, que come o vende en alguna fonda, donde los transforman en un sabroso fricasé o plato de lucimiento.

     Ni la risa de Momo, ni la alegría de un cónyuge el primer día del canto epitalámico, ni la noticia de una herencia inesperada o la del premio mayor en una lotería extraordinaria, ni nada en fin es comparable al gozo y al placer que experimenta cuando gana y ve aumentada su reputación y su vejiga, receptáculo, depósito o habitación donde coloca nuestro campesino al veguero o vueltabajero con el descendiente de Montezuma. Nuestros diccionarios, así español como provincial, carecen de las voces que arranca el momento feliz de haber vencido un gallo. Grito de victoria estrepitoso y bélico, que conmoviendo la valla por sus débiles cimientos, sale por las yaguas, corre veloz por entre las cañas y palmares, impelido por la poética brisa de los trópicos, desde el cabo San Antonio hasta Maisí; y el eco lo repite en lontananza.

     Otras muchas sensaciones siente el ánimo del gallero cuando gana; pero, ¡ay!, cuán tristes, lúgubres y dolorosas cuando pierde. ¡Perder el dinero que tanto trabajo cuesta explotarlo de las minas acuñadas de Cubanacan...! ¡Perder la reputación o la vida de un gallo...! ¡Oh!, esto es tremendo, y más aún si la pérdida de la pelea es efecto de un descuido en el careo y las pruebas, o de otras causas no legítimas, reprobadas por el concurso e interpeladas bruscamente, ya por el dueño del gallo, ya por los muchos que han perdido el dinero confiados en las excelencias y antecedentes de la gallina, y en las recomendaciones que se hicieron de ella.

     Entonces, pobre gallero, más te valiera perecer cual otro Mazzepa. Pero él no desmaya; impertérrito y firme en sus ruinas, con alma grande y corazón valiente, acepta el sistema de peregrinación y se lanza a beber el agua de extranjeras vallas. Errante y vagabundo como los hijos de Israel, pasa de acá para acullá y de Zeca en Meca, de la Sabanilla al Aguacate, del Artemisa a Guanajay; ya tal vez nuestro proscrito aventurero se prepara a pisar impávido el aserrín del Circo de la Prueba en Guanabacoa; o más bien la nueva y famosa valla que acaba de establecerse en la vecina y feraz colonia de la Reina Amalia, Isla de Pinos y Mármoles, que brinda no sólo estos artículos, sino un porvenir más grato, una vida más tranquila y acomodada a nuestra sabia legislatura; y lo que es más, la seguridad, la comodidad en el tránsito desde esta capital al surgidero de Batabanó, que se verifica en medio de una lucida escolta de caballería, que proporciona al viandante favor y protección.

     Hasta aquí el gallero. Lejos de nosotros la presunción de creer que hemos llenado cumplidamente nuestro deber en este bosquejo, en que por dondequiera se observan claros y vacíos.

     No llenaríamos, empero, nuestra morigerada misión si no hiciésemos la siguiente breve reflexión que desde luego se desprende de la pintura verídica del gallero. El oficio que abraza éste es uno de tantos que con sobrada razón calificó el chistoso y castizo autor del tipo: El gurrupié (con quien no deja de tener puntos muy notables de semejanza nuestro tipo) de los modos de vivir que no dan para vivir. ¿No están por ventura los campos de Cuba ávidos de cultivo y ansiando el brazo del hombre para brotar los tesoros mil que encierra en su seno feraz y generoso? ¿No existen acaso otras carreras, otras industrias en que el hombre laborioso pueda ser útil a sí propio y a la sociedad? Ni se diga, como errónea y preocupadamente se dice, que la educación primitiva influir puede en que prosiga un individuo encharcado en el asqueroso camino de los vicios. En todos tiempos, le es dado al hombre desviarse de la senda funesta que le conduce al abismo y entrar en la que lleva a un bienestar duradero y que no está sujeto a azarosas vicisitudes, hijas tan sólo, no de la inconstante fortuna, sino de los vicios.

     El estado lisonjero de cultura y de ilustración que ofrece nuestra opulenta Cuba, repugna, rechaza ya ciertas distracciones que además de ser ofensivas a la vista, propenden a generalizar la ociosidad y aun el vicio.

     No se crea que opinamos por la supresión de una diversión tan generalizada. Queremos que haya gallos, pero desearíamos sinceramente que este pasatiempo pudiera realizarse sin que fuera de necesidad la intervención del gallero, porque éste podría ser más útil a su país, a su familia y a la sociedad en el ejercicio de otra especulación.

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