Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

ArribaAbajo

José Victoriano Betancourt



ArribaAbajo

Velar un mondongo

     Las costumbres forman, por decirlo así, la fisonomía moral de los pueblos, siendo un tipo muy exacto para servir de base a las observaciones de los que se dedican a esa tarea, útil bajo todos los aspectos. Los hábitos humanos están sujetos a infinitas modificaciones, y llegan a borrarse de tal modo, que sólo dejan alguna huella imperceptible, en cuya filiación se ejercitan las lucubraciones de algún anticuario. Útil a todas luces es investigar las costumbres populares cuando el observador tiene por objeto influir en la mejora del pueblo cuya índole caracterizan, aunque en verdad no todas pueden servir de apoyo a resultados provechosos. No es mi ánimo entrar de lleno a examinar las del país en que nací; muchas son, unas con su tipo ultramontano, otras con el indígena; unas que pueden considerarse como el apagado reflejo de las que reinaron en Europa hace muchos siglos, otras flamantes, importadas últimamente de París: dejo de buen grado examen tan profundo al celebérrimo Comte y otros que como él pueden eternizar su nombre con sus inmortales desvelos en pro de la sociedad humana. Muy humilde es mi pretensión: pintar, aunque con tosco pincel y apagados colores, algunas costumbres, bien rústicas, bien urbanas, a veces con el deseo de indicar una reforma, a veces con el de amenizar juntamente una página de la Cartera.

     ¡Velar un mondongo! Perdonen los románticos tan prosaico título, a pesar de que habrá más de uno que no se desdeñaría de pillar una tripita, y más si la hubiera sazonado ña Pancha la mondonguera, que Dios haya, y la vendía no ha muchos años por la mañana en la entrada del Santo Cristo. Velar un mondongo es una frase que despierta recuerdos contemporáneos quizá al gobierno de don Juan de Villaverde, porque nuestros padres, allá en sus mocedades, cuando la ciudad tenía ejidos y había indios en Guanabacoa, no dejaron de reunirse para esta función. Hoy que la cultura y el buen tono se han generalizado en nuestra capital, hoy que han desaparecido los tunales y uveros de San Lázaro, y que el mar, cuyo reflujo bañaba el sitio donde se alza el hospital de San Juan de Dios, expira silencioso bajo el traficado muelle; hoy que tenemos Sociedad Filarmónica, periódicos, dramas románticos, literatura y otras cosas más, muy buenas, tan buenas como las citadas, los mondongos se entierran sin velarse, ocupando su lugar los ambigúes, los almuerzos y las comilonas en la Chorrera, donde las sabrosas sardinas de Nantes y los suculentos salchichones de Génova desafían el voraz apetito de los gastrónomos, y donde el aristocrático pavo exhala un perfume capaz de reconciliar a clásicos y románticos.

     En otros tiempos, no sé si más sencillos o más dobles que los actuales, se reunían los jóvenes, y trasladándose al matadero, que entonces estaba en lo que hoy es Casa de Recogidas, compraban el aparato digestivo de un buey o una vaca, que el sexo no importa, y en amigable consorcio lo velaban toda la noche, y lo almorzaban después, si acaso no acontecía, lo que era más frecuente, que otra partida de salteadores mondongueros no cargase con el continente de tan sabroso guisado y se diesen con el contenido un gaudeamus, dejando a los propietarios tocando tablitas; pero dejemos a nuestros antepasados dormir en paz en sus tumbas y ocupémonos de nosotros.

     La costumbre de velar mondongos huyó de la ciudad y se avecindó en nuestros campos, desempeñando en ellos la propia misión que en la capital, esto es, proporcionar cierta diversión, un si es no es extravagante, a personas que no pueden procurarse nuestros espléndidos recreos. La gente del campo, dedicada de continuo a regar con el sudor de su frente la tierra, no puede divertirse del mismo modo que los ricos ciudadanos: toscas y campestres son sus diversiones como los prados que cultivan. Los arrendatarios y propietarios de las estancias y sitios de labor colindantes, se reúnen, bien en el cumpleaños de alguno de ellos, bien en las pascuas, para disfrutar de algún placer tras las diarias fatigas. Júntanse a este efecto las familias bajo la casa de guano que se eligió para la reunión, y ya se adivina que para llenar tantos estómagos se necesita matar un lechón y una ternera. En el batey se celebra por lo común el cruento sacrificio, pero si hay un río o un arroyo se prefiere su orilla; la escena es regularmente alumbrada por los últimos rayos del sol poniente, y los hombres y las mujeres, los jóvenes, ancianos y niños, todos concurren con algazara al acto; los primeros con sus pantalones de pretina, sombrero de yarey de ala descomunal y zapatos de venado, las segundas con un traje sencillo y medias que usan sólo para ir a misa o para asistir a esta solemnidad. Adelántase el que hace de matador con la camisa arremangada hasta el hombro, y hunde un cortante cuchillo en el cuello de sus víctimas. Cerca está una joven con su cazuela lista, y apenas degüellan el cerdo corre a recoger en ella la sangre que por torrentes brota de la herida, y la bate con sus manos para hacer sangre quemada, sin dejar por eso de seguir fumando un tabaco de su partido que ella misma benefició, cosechó y torció.

     Beneficiado también, aunque por otro estilo, el cuadrúpedo bicorne y el bisurco, se prepara una gran canasta para recoger el mondongo de ambos; se reúnen todos los concurrentes y casi se amalgaman para dar principio a la limpia, transportándose al comedor de la casa donde todos se sientan en el suelo: éste coge una tripa del obispo, aquél otra que no goza del privilegio episcopal, el de más allá se apodera de la panza, y todos a la vez trabajan y ríen dedicados a aquel sucio entretenimiento, con tanto placer como si estuvieran deshojando rosas: exhálase de aquel grupo un turbillón de humo, porque todos fuman, y un hedor intolerable, porque todos hieden. En medio de la confusa batahola, un guatíbere da un pellizco a su compañera, anunciándole de este modo que está enamorado de su fermosura, mientras otro, que adolece del mismo achaque, tiene en ella clavados los ojos: mala noche para los convidados si hubiera llegado a penetrar las insinuantes maneras de su rival; mas, por fortuna, no ha conocido la entruchada y sigue en su acecho. Los patriarcas de aquella tribu están en la sala jugando a la treinta y una, al burro o al tutiflor, y todo se divierten, hasta el mastín de la estancia que, sentado sobre sus pies traseros, espía los movimientos de los limpiadores para aprovecharse de los descuidos, y de vez en cuando pilla alguna tripa que le colgaba de la mano a alguna muchacha, y emprende la huida llevándose tras sí cuatro o cinco varas de mondongo, lo que causa una alarma momentánea, porque el más próximo la agarra, tira con todas sus fuerzas y la revienta por la mitad, no sin grave peligro de una cuarentona cuyo vientre quedaba en línea recta de su codo y que no dejó de recibir alguna lesión; pero se restablece la calma y se toman medidas para impedir un nuevo ataque canino. Y así como en nuestras fiestas se acostumbra repartir cerveza, allí de hora en hora se sirven, por la criada de mano, tazas de café endulzado con raspadura, lo que según el concepto de aquellas gentes y el de muchas de por acá, ahuyenta el sueño.

     Por su turno van llegando algunos rezagados, y a lo lejos se oye una voz que desentonadamente canta una décima.

     -Ahí viene ño Pepe el mocho -dice una guajirita que no ha visto parir más que seis ocasiones el coco que su padre sembró el día de su nacimiento.

     -Güenas noches, caballeros -dice éste llegando-, y qué bien jiée el mondongo.

     -Muy güenas noches, ño Pepe -responden veinte voces a la vez-: ¿y el güiro? -le preguntan.

     -Aquí lo traigo, yo nunca ando desprevenío.

     Es de advertir que este ño Pepe es un guajiro con más cuartos que la casa de Correos, con más levas que el buey Limón, campesino trovador, que arrea maloja dos o tres días en el año, y a lo restante de él se anda de estancia en estancia cantando y tocando el güiro; sin embargo, todos le quieren y le buscan porque sabe décimas para dar celos, para despreciar, para enamorar, etc., y está comisionado, además, para comprar las que necesitan los de aquellos partidos, lo que efectúa ocurriendo a un pardo anciano que vende libros viejos, poesías, cantos eróticos, en la esquina del Campo de Marte, y por más señas, gasta espejuelos de hierro, camisón de ruán y un hidrocele de dos quintales. Pero volvamos al trovador aparecido que está preguntando: ¿Quién toca el tiple?

     -Yo lo puntearé -contesta ño Silvestre, alias «Cangrina», feo como el rostro del pobre y desabrido como el «perdone por Dios, hermano» del poderoso. Se levanta, toma el tiple y se ponen a tocar y cantar que aquello es cosa de oírse: tocan y cantan hasta que se concluye la limpia del mondongo y se entrega a la cocinera para que lo aderece. No lejos de allí se divisa una hoguera y al rojizo resplandor de las brasas se ve una sombra interponerse a cada instante entre ellas y los espectadores: es el lechón atravesado por un espicho de yaya que está tostando un negro de la finca, quien le da vueltas en un asador que descansa sobre dos horquillas.

     Luego que concluye la limpia del mondongo, se trasladan a la sala, que adornan con veinte taburetes forrados de cuero, unos se sientan, otros se ponen en cuclillas y principia el zapateo, baile Reno de animación, honesto a veces, picante otras, pero siempre divertido. Se ve a un diestro zapateador hurtar la vuelta al que baila, y sucederle escobillando para atrás y para adelante con admirable presteza, obteniendo en premio que alguno de los presentes le arroje al paso un pañuelo cifrado con sus iniciales y varios bordados alegóricos; mientras la compañera, de ojos negros y graciosas formas, de suelto y garboso talle, viva, ligera, recogiendo airosamente con la punta de los dedos su túnico de muselina, a veces persiguiendo al hombre (que así llaman al bailador), otras huyéndole, escapándose después para cruzar por sus espaldas y esperarle a la vuelta de frente, se asemeja a un pez que meneando la cola parece volar entre dos aguas sin que la vista pueda seguir sus movimientos, y que toma con igual rapidez al punto de donde partió. A esta bailadora la reemplaza enseguida alguna guajira desmadejada, que se mueve por resorte, con los brazos caídos y la cabeza baja, formando su desgaire un contraste divertido con las frenéticas zapatetas de su turbulento compañero, quien con la mayor destreza se enlaza y desenlaza los pies con un pañuelo atado por sus puntas que le arrojó algún tunante; y así pasan la noche con algunos intervalos para tomar café.

     -Poco falta para que amanezca -dice un guajiro de mejilla carnosa y patillas de contrabandista, que al ver el lucero del alba, continúa-: ¡Allí está el boyero!-. Su observación astronómica se confirma y se ve la neblina de la madrugada flotar en pedazos sobre las dilatadas llanuras que se visten de su manto de esmeralda, el labrador que guía los tardos bueyes uncidos al arado, el arriero que cruza el camino real o algún atajo, cantando al son del monótono cencerro, las casas de campo y sus techos de guano que tanto hermosean los campos de mi patria.

     Con la salida del sol aparecen los rostros de las guajiras pálidos y ajados, los ojos encendidos por el insomnio y circundados de azuladas ojeras, y en tal disposición, todos se reúnen, hombres y mujeres, para ir a alguna finca colindante a tomar café; emprenden la marcha por las estrechas serventías que se pierden serpenteando entre las tablas de maloja, cuyas largas hojas, llenas de rocío, mojan a los caminantes. Cuando llegan, se acomodan en el suelo, porque el dueño sólo tiene cinco o seis taburetes, o bien se ponen a vagar por uno y otro lado, permaneciendo en semejante ocupación hasta que el sol arde; pues entonces se reúnen para retirarse, las muchachas llenas de flores, y los mozos con lindas puchas colocadas en los sombreros, precediendo a la comitiva una columna de humo como la que servía de señal al pueblo de Dios cuando Moisés le sacó del Egipto.

     Llegan sudando y con carnívoras trazas al hogar donde les espera una larga mesa de pino, en medio de la cual se levanta una cazuela de a dos reales, casi envuelta por el vapor odorífero que se desprende de su superficie; más adelante, sobre unas hojas de plátanos, está muellemente acostado un cerdo que asoma los colmillos en guisa de oponer resistencia al voraz apetito de sus verdugos; hacia el extremo se halla una batea de palo sobre la cual se levanta una pequeña colina de plátanos fritos, y diseminadas acá y allá varias tortas de casabe, requisito sine quo no puede almorzarse el mondongo. Siéntanse sin ceremonia a la mesa, y se ven al instante cien cucharas precedidas de un enorme cucharón de palo, entrar y salir en la cazuela, que tal parecía aquello, al que de lejos lo observase, mecánico artificio.

     -¡Échenme tripas! -dice uno que no ha podido alcanzar hasta la cazuela.

     -¡A mí panza! -grita otra; y en un decir Jesús queda la cazuela tan limpia como al salir de las manos del tejero. Enseguida embisten al lechón que consumen a la par con los plátanos fritos, y quedando el suelo sembrado de huesos como un campo de batalla, y aquellas boas con túnicos y pantalones de pretina se levantan para sentarse recostados contra la pared del comedor, y fumar, y digerir lo almorzado; y con la barriga llena y el corazón contento, cada familia se va para su casa, o bien se quedan para pasar el día con sus buenos amigos.

     Tal es lo que se llama velar un mondongo. Esta costumbre, poco conforme a nuestra cultura, está aún muy arraigada en los campos, pero afortunadamente no produce desórdenes morales en las familias, y esto lo sé por experiencia, pues he asistido a muchos velatorios semejantes y sólo he advertido que sucedía lo que acontece en nuestros bailes: enamorarse los jóvenes y salir correspondidos o desairados. A pesar de la inocencia de esta diversión, es demasiado sucia, y muy prosaico ver una joven linda y fresca como madrugada de mayo, en vez de exhalar los perfumes de la rosa, despedir los olores del mondongo.

     La Cartera Cubana. Diciembre 1838. Sección tercera. Costumbres, pp. 363-368.



ArribaAbajo

El médico pedante y las viejas curanderas

     Es hábito muy antiguo entre las gentes tomar cartas en los asuntos ajenos, y esta propensión va creciendo con los años; por esto es que las personas de edad se creen autorizadas para juzgar al prójimo, dirigirle y aconsejarle, aun cuando no le hayan pedido ayuda; es verdad que estos consejeros las más de las veces suelen sufrir el terrible desengaño de ver hollada su experiencia y despreciados sus juiciosos y caritativos avisos, máxime si es joven el aconsejado, porque ya se sabe que la juventud se goza en andar suelta buscando con avidez el placer en los peligros; en fin, basta de preámbulos y vamos al grano.

     Don Ciriaco, que es un buen hombre muy devoto y muy metido en las cosas de Dios, aunque da dinero a usura por el moderado premio de un cincuenta por ciento, trasladó sus penates no ha muchos días a mi vecindario, y como fue grande amigote de mi padre, así que me participó su mudada, pasé a verle no sólo por cumplir con la política, sino por estudiar su carácter y costumbres que son sobrado originales para no aprovecharlas; llegué a la puerta del nuevo vecino, toqué suavemente, y vino a abrirme un criado.

     -¿El señor don Ciriaco está en casa? -pregunté.

     -Sí, señor -respondió aquél-, pase su merced adelante y siéntese, mientras voy a avisarle a mi amo, que está indispuesto -entré; sentéme y entretúveme en examinar el mobiliario que adornaba la sala, y la simple inspección de éste bastaba para conocer que el dueño de aquella habitación debió figurar en las procesiones de los disciplinantes de la Semana Santa.

     Consistían los muebles en ocho o diez taburetes de granadillo, forrados de vaqueta negra y tachonados de clavos cuyas cabezas eran a manera de botones y tan grandes como una peseta, y ha colocado entre los muebles estos taburetes impropiamente, pues eran raíces porque necesitaban de la potencia de treinta caballos para ser movidos: completaba el adorno una gigantesca cómoda también de granadillo con agarraderas de plata, sobre la cual se hallaba colocada una urna de dos varas en cuadro que contenía el misterio de Dolores, tan polvoroso y descuidado, que daba lástima verle; sin embargo, me pareció que no estaban solos los personajes allí encerrados, porque creí ver una docena de cucarachas que andaban buscando tal vez qué roer, pues habían devorado ya los vestidos de sus huéspedes: estaba tan abstraído en mis investigaciones, que el criado tuvo que repetir el aviso de que decía el amo que pasara adelante: pasé al cuarto y me encontré a don Ciriaco sentado en su lecho cubierto con un gorro de algodón, tan pálido y desmedrado, que movía a piedad. Estaba con la camisa desabrochada, y se le veían sobre el descarnado, pecho dos escapularios, uno de la Merced y el otro del Carmen, y además un rosario de la Casa Santa; a la cabecera de la cama tenía sobre trescientas estampas pegadas unas, colgadas otras; era aquella corte celestial una peregrina colección de mamarrachos y correctos dibujos en confusa miscelánea, donde podía estudiar el arqueólogo bajo todas sus fases el arte del grabado desde el tosco madero hasta la piedra litográfica. Dominaba por su tamaño y mérito artístico un San Dimas, de quien era muy devoto don Ciriaco, pues, según presumo, él creía que siendo San Dimas el buen ladrón debió ser usurero.

     -¿Qué es eso, señor don Ciriaco? ¿Qué tiene usted? -le dije sentándome en un roto butacón, único mueble en que podía hacerlo.

     -Muy malo -me contestó con sepulcral acento-. Ya la tierra me llama, hace dos días que no paso una gota de alimento, y ya no hay sujeto para resistir tal desgano.

     -¡Bah! Usted se acobarda muy pronto, los males tienen remedio y con el favor de Dios le veremos bueno. ¿Qué médico le visita a usted?

     -Hasta ahora ninguno, pero hoy he mandado a buscar al licenciado Sanguijuela, que es un San Rafael; le he visto hacer milagros; él fue quien curó a mi Tomasa.

     -¡Cómo! ¿Fue él quien la curó, dice usted, y la mandó a la eternidad?

     -La última, amigo, nadie la cura; pero hizo cuanto pudo por salvarla. Lo último que le recetó fueron seiscientas sanguijuelas y con todo se murió.

     -¡Es posible! -repuse-; con un remedio tan eficaz... con seiscientas sanguijuelas... y morirse...

     A esta sazón anunciaron la visita del licenciado Sanguijuela; era el tal un mocito barbiponiente, espejuelado, vestido con la mayor elegancia, y que empuñaba una caña de exquisito carey, símbolo de la facultad que profesaba: se destocó al entrar en el cuarto exponiendo a mis ojos una cabeza cayuca tan rapada que parecía un riñón, y que por poco me hace soltar la carcajada al ver delante de mí tan ridículo ente. Saludónos, y tomando asiento en el borde de la cama, se dirigió al doliente de esta manera:

     -¿Qué novedad tenemos, don Ciriaco?

     -Grande, licenciado; yo creo que de, esta hecha doblo el petate.

     -¡Qué!, estando yo en el mundo no se morirá usted. Se lo aseguro. A ver el pulso.

     Alargó don Ciriaco su flaca diestra, tomóla el medicastro, y a guisa de quien medita, inclinó la cabeza sobre el pecho: pasado un rato, soltó su presa y dijo al enfermo:

     -Saque usted la lengua.

     Y sacó don Ciriaco una lengua tamaña, la inspeccionó detenidamente, la tocó, y después hizo que se descubriera el vientre, que estuvo tentando con la punta de los dedos, apretándolo de tal modo, que a cada tentón correspondía el viejo con una mueca horrible.

     -¿Hay apetito?

     -Poco.

     -¿Mucha sed?

     -No, señor.

     -¿Siente usted amargor en la boca?

     -Bastante.

     -¿Hay mareos?

     -De cuando en cuando.

     -¿Hay náuseas?

     -Algunas veces.

     -Pues, señor, usted se pondrá bueno, siempre que observe exactamente cuanto yo le prescriba. Usted tiene afectado el hipocondrio izquierdo, interesados los bronquios y el diafragma, el movimiento peristáltico está fluctuante, y si no acudimos a tiempo, puede desenvolverse en la membrana pituitaria el germen de una flegmasía epigástrica: es necesario ante todas cosas...

     Don Ciriaco, que estaba temblando como un azogado oyendo las barbaridades de aquel galeno, le interrumpió, diciéndole:

     -Permítame usted llamar a la mujer que me asiste para que ella se entere los medicamentos. ¿Cipriano?

     -Señor.

     -Llama a doña Estanislaa.

     Llegó ésta, que era una vieja de saya y talega, con más años que canas y más maulerías que años, con más ribetes de bruja que de mujer honrada y cristiana.

     -Dios guarde a ustedes -dijo entrando-; aquí estoy, don Ciriaco.

     -Hágase cargo de lo que diga el licenciado, doña Estanislaa.

     -Señora --dijo a ésta el médico-, inmediatamente unos pediluvios a noventa grados de calor, por dos horas; cincuenta sanguijuelas en el epigastrio, cincuenta en el cerebelo, cincuenta en las regiones lumbares y cincuenta sobre la epiglotis; fricciones secas en la columna dorsal: ahora recetaré una bebidita, que le propinará usted por cucharadas, dos cada hora, y recetaré también una cataplasma que ocupará toda la periferia de la región torácico-hipogástrico-abdominal y se la pondrá usted después que se le hayan caído las sanguijuelas. Mientras hablaba el licenciado, la vetusta asistente meneaba la cabeza como burlándose del médico y de las medicinas, y después que hubo acabado aquél, le dijo ella:

     -Señor doctor, aunque me está mal el decirlo, me he pintado sola para asistir enfermos, y en los cincuenta y nueve años que cuento, en buena hora lo diga y el diablo sea sordo (setenta y nueve eran: no rebajó más que veinte), jamás he tenido que pedir explicaciones a ningún facultativo, y eso que ha recetado en mi casa el médico brujo, y el padre don Agustín, por cierto que el segundo me asistió en el parto de mi segundo niño que está gozando de Dios, y al fin se me murió porque le hicieron mal de ojo, que no porque fuera mi hijo, pero ahí está don Ciriaco que puede decir si no era hermoso como un ángel; pues como iba diciéndole a usted, señor doctor, yo estoy pronta a hacerle a don Ciriaco los medicamentos que usted ordenare, porque para eso le como el pan, y aunque me esté mal el decirlo, no soy ninguna holgazana, ni, a Dios gracias, no soy ninguna rústica; pero no he entendido qué son peluvios, ni epigasto, ni legiones luminares, ni cerberelo, ni coluna dolsal, ni la piglota, ni esas otras cosas de propiras que usted ha dicho ahí, y que no he entendido porque soy entretenida de este oído derecho y si usted no lo toma por malo explíquemelo de otra manera.

     Amostazóse el médico con la difusa, fastidiosa y episódica interpelación de la vieja, que tan de buena fe le había sonrojado echándole en cara su pedantesca instrucción, con la que pretendió aturrullar al sandio doliente y a mí que por mis pecados me encontraba delante: tuvo, pues, el licenciado que hablar en castellano, deferencia que usó porque los patacones de don Ciriaco eran seguros y de buena ley, como se echaba de ver por los bustos que eran de Carlos III, recetó enseguida y marchóse dando a todos los diablos la picotera de doña Estanislaa que había dado al traste con su facundia técnica.

     -¡Caramba! -dije viendo salir al licenciado-, qué pródigo es de la sangre humana nuestro amigo, señor don Ciriaco; ¡como quien no dice nada!, ¡doscientas sanguijuelas, que le chuparán a usted hasta los tuétanos!

     -¡Ay!, amigo -contestó con voz compungida el enfermo-; lo de menos es la sangre, porque ésta conviene sacarla ahora, pero el dineral que costarán las sanguijuelas, que están ahora por un sentido.

     El pobre don Ciriaco sentía más el dinero que la sangre, y eso que estaba ya con un pie en el sepulcro.

     -Lo de menos es la sangre, dice usted. Yo creo que es lo de más; ese hombre va a aniquilarlo.

     -Yo -replicó doña Estanislaa-, no es por meterme, aunque nada de particular tendría, porque al fin, como el pan cuesta caro, pero si fuera por mí, usted no se pondría ni una sanguijuela; en mi tiempo no se conocían esos bichos y nadie se moría sino el que Dios quería; cincuenta y nueve años tengo y he padecido mil enfermedades, porque yo pasé las viruelas, el sarampión, el garrotillo, el dengue, y he tenido tres malos partos y ya usted me ve buena y sana. ¡Ay, Jesús! ¡Si yo me viera con un animal de ésos sobre mi cuerpo, me daba mal de corazón! Si usted determina ponérselas mandaremos por el maestro Santiesteban, porque yo no las toco por cuanto oro tiene el mundo. Cuando don Agustín me curó los lobanillos...

     Aquí fue la locuaz enfermera, por fortuna mía, interrumpida por la llegada de una vecina que sabiendo la indisposición de don Ciriaco venía a verle.

     -La paz de Dios sea en esta casa -dijo entrando en el cuarto.

     -Y venga con usted, mi señora Nicolasa -respondió la vieja.

     -¿Cómo va de salud? -repuso la recién llegada.

     -Aquí con tropeles.

     -¿Qué novedad es ésta, señor don Ciriaco? -preguntó sentándose en la butaca que le cedí-. Ahora he visto salir de aquí al licenciado Sanguijuela y vengo a saber qué hay.

     -Fatal, fatal estoy, señora -respondió don Ciriaco-, doscientas sanguijuelas me ha mandado el médico.

     -¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! -exclamó la vecina-, ni por un pienso. Yo sé lo que usted tiene. ¿Usted no ve que mi marido padece lo mismo que usted? Yo lo voy a poner a usted bueno con una simpleza: lo que usted tiene no es más que viento caliente, porque es usted muy flatoso: ¡si está usted gordo y colorado! ¡Nunca le he visto como ahora y hace fecha que nos conocemos! Nada de médicos que no sirven más que para coger el peso y mandarle a uno al otro lado: yo en mi casa curo mis enfermos y todos sanan. La única que murió fue una negrita y eso fue por disparates que hizo.

     Don Ciriaco, que en realidad no tenía otra cosa que cuarenta años en cada lomo, recibió gran consuelo de cuerpo y alma con las palabras de la vecina y se sometió dócilmente a su imperio, olvidando al médico y a su medicina.

     La curandera, que conoció el efecto mágico de su promesa, prosiguió diciendo:

     -No tenga usted miedo. Le voy a poner bueno, y usted se acordará de mí; con diez purgantes de Le Roy y diez vomitivos se cura usted en un santiamén: créame usted, don Ciriaco: el que toma Le Roy no se muere, he hecho milagros con ese medicamento.

     -¿Tendrá muy mal gusto? -replicó don Ciriaco.

     -¡Qué!, no, señor, es muy suave, yo no tomo otro, y eso que no soy de las que tengo la boca muy dulce para beberajes de botica. No hay más que cerrar los ojos, y echarse a pecho una botella del número 4.

     A esta sazón interrumpió a doña Nicolasa el gangoso Ave María Purísima de otra vecina que venía al olor de la enfermedad a dar sus remedios caseros.

     -Sin pecado concebida, y adelante -contestó doña Estanislaa, que no quería desamparar el puesto, aunque no había sacado todos los avíos para la comida.

     Entró doña Sinforiana, que era una viejecilla pequeña y corcovada, vestida con saya de tafetán y mantilla de batista, lo que unido a una camándula que pesaría sus dos libras, indicaba que venía del templo:

     -¿Cómo va? -dijo, y añadió enseguida-, ¡qué cansada vengo! El Circular está hoy en Belén, y es una muerte venir a esta hora con el sol que abrasa.

     -Bien haya usted -repuso don Ciriaco-, que viene en gracia de Dios.

     -Y a cumplir con una obra de misericordia, porque, según me han dicho, está usted enfermo.

     -Sí -replicó el doliente, y advirtiendo que no había silla donde sentarse pudiera la recién llegada, le dijo a doña Estanislaa:

     -Que traigan sillas.

     Volvióse a mí la dueña y me dijo:

     -Caballerito, ¿me hace usted el favor de ayudarme, porque Timoteo está en la bodega, y yo sola no puedo con estos taburetes tan pesados?

     -Con mucho gusto -le respondí, y nos dirigimos al más cercano, del cual tiramos la vieja y yo hasta echar los bofes, sin conseguir nada porque estaba inmoble como el Peñón de Gibraltar: acordóse entonces mi adjunta de que en el comedor había dos sillas de paja, que aunque algo estropeadas suplían en vista de la necesidad en que estábamos: fue por ellas y sentóse la última llegada y yo también que no quería perder nada de la junta médico-femenina que improvisó la casualidad para martirio de don Ciriaco.

     -¿Y qué tiene usted?, ¿qué siente? -preguntó al enfermo la doña Sinforiana.

     -Mucho desgano.

     -¿Nada más que desgano?

     -Nada más.

     -Pues entonces no tiene usted nada. Eso no es más que un fuerte padrejón; yo le voy a curar a usted y algún día me dará las gracias: el remedio es muy sencillo y cosa santa por lo que tengo experimentado; a don Liborio de los Camamelotes lo puse bueno con dos curas. Se hace una tortillita de ruda, aceite de comer y huevo, y se pone sobre el estómago; por la mañana temprano se toma usted un poquito de aguardiente de islas y a las tres o cuatro horas de tener puesta la cataplasma, se la quita usted y se pone un emplasto de gálbano hembra, y santas pascuas; puede usted comer su pollito con su rosquilla y un poquito de vino jerez y san seacabó y está usted bueno y sano.

     -Ese remedio es muy bueno -replicó doña Nicolasa-, pero don Ciriaco no tiene padrejón, vecina, sino viento caliente que le sube...

     -No lo crea usted, mi señora Nicolasa, no hay nada de viento caliente. Padrejón es su mal.

     -Sobre esto estoy bien cierta -respondió doña Nicolasa-, ¿no le duele a usted el hígado, don Ciriaco?

     -No, señora; el bazo es donde más siento el dolor.

     -No puede ser; el hígado es lo que le duele a usted, y cree que es el bazo, porque la punta del hígado viene a parar aquí -y se señalaba para el lado...

     Yo oía la discusión y esperaba que doña Estanislaa saliera en tercería proponiendo su remedio y clasificando la enfermedad de don Ciriaco, para ver el resultado de aquel triunfeminato que se disputaba el privilegio de curarle.

     Ésta, como yo lo esperaba, tomó al fin la palabra diciendo:

     -Nadie sabe mejor que yo lo que tiene don Ciriaco, como que hace veinte años que le como el pan y ya conozco su naturaleza: no tiene más que el estómago sucio, en sacudiéndolo con un vomitivo de frailecillo...

     -De frailecillo no -le interrumpió doña Sinforiana-, porque eso se toma para purgar.

     -Según y cómo -contestó la interrumpida-, en arrancando las hojas de arriba para abajo es purgante, y si se arrancan al revés es vomitivo. Pues como iba diciendo -continuó con aire de triunfo-, sacudiéndole con el frailecillo, santiguándole el estómago tres veces diciendo a la vez la oración del Justo juez, y dándole dos tazas de caldo de gallina prieta matada en viernes se pone bueno.

     -Todo lo puede Dios -respondieron a un tiempo las otras dos, absteniéndose de insistir en proponer sus remedios, porque estando la asistencia a cargo de doña Estanislaa, que era inamovible, estaban ciertas de que ella se saldría con la suya, porque al fin era la mayordoma, enfermera y según las malas lenguas... pero no toquemos la honra ajena. Tocaron retirada las dos intrusas vecinas, deseando a don Ciriaco se restableciera cuanto antes y aunque mal su grado abandonaron el campo a la denodada dueña que defendió los fueros de su empleo con una energía verdaderamente heroica.

     Entonces, dirigiéndome a don Ciriaco, le dije:

     -Amigo, voy a traer a usted un médico que merece este honroso dictado. No gasta espejuelos, ni trae la cabeza rapada como lego capuchino, ni gasta caña de carey, ni habla en griego; pero en cambio de todo esto que le falta, hallará usted en él modestia, juicio, sabiduría y experiencia: le hablará a usted en castellano, y llamará al hígado, hígado y no hipocondrio, al espinazo, espinazo y no columna dorsal, y en fin se explicará con aquel lenguaje claro y sencillo con que se hace entender el hombre instruido aun de los más ignorantes; haga usted la cruz a las viejas curanderas y a los médicos pedantes que quieren cubrir su ignorancia supina con ese idioma técnico que sólo debe hablarse en las aulas, en las juntas o entre ellos mismos. Usted es un hombre de juicio y se convencerá de que el licenciado Sanguijuela no es más que un fatuo, un charlatán.

     En efecto, traje al doctor Experiencia a casa de don Ciriaco, le examinó con discernimiento, y le curó prescribiéndole dieta y descanso: las sanguijuelas, las cataplasmas, las tortillas de ruda y emplastos de gálbano hembra se quedaron en la mente de sus autores: don Ciriaco se puso bueno, el licenciado Sanguijuela perdió el parroquiano y las viejas con sus remedios caseros sufrieron un amargo desengaño por meterse a dar consejos sin ser requeridas para ello.

     La Siempreviva, tomo III, 1839, pp. 208-216.



ArribaAbajo

Me están imprimiendo

(42)     A cuántos comentarios nos daría lugar el membrete de este artículo, si me viniese gana de holgar, con el público y le espetase el tal membrete con medio millón de puntos suspensivos. Tal podría correr el dedo, que a alguno se le aguase la sesera, de cavilar sobre la significación de esos puntos. ¡Cuán varias serían las opiniones y cómo me reiría de ellas, porque de seguro que ninguna daría en el hito!, pero no quiero meterme a facedor de acertijos, porque tengo para mí y mal año para el que no sea de la misma opinión, que es cosa que huele a tontería lo de aburrir ratos perdidos con atormentarse el magín y atormentar el de sus prójimos, proponiéndoles enigmas. Así pues, voy a despejar la incógnita de este articulejo, y ya que mi lector y yo no estamos a más de vagar, es oportunidad no tomar más pasatiempo en esta tarea.

     Cuando nace un niño, nadie podrá decir cuál día de su vida, si de vivir ha, será el más glorioso, a menos que no acierte a estar en el cuarto de la parida algún zahorí, cuya cría se ha acabado por desgracia, desde que reina en nuestras ciudades el musguillo de la filosofía, que diz mata esas sabandijas; pero llega una época en que puede, aproximadamente, un buen observador adivinar ese día glorioso, como lo verán mis lectores si no les ha tomado aún el sueño leyendo este artículo.

     El adolescente aficionado a las musas, bien haya recibido de la divinidad el privilegio celestial de la poesía, bien sea un mero fabricante de versos, que chafalla de hilvanar a tantos maravedises la pieza, principia por consultar sus primeros ensayos a uno de los muchos entendidos o desentendidos que hay siempre a mano hasta en el villorrio más humilde: alentado lisonjeramente para que no desmaye, emprende con ardor su misión sobre la tierra que se reduce, por entonces, a soltar versos hasta por los dedos, con lo cual va subiendo de punto su metromanía, no quedando Isabel ni Teresa a quien no le declare su amor en todos los géneros métricos conocidos, y por quien no prepare lo menos doce veces al día su ataúd, y no porque piense de veras en morirse sino porque ataúd es consonante de laúd.

     Cuando ya está bien caldeado y se cree punto menos que Heredia y Orgaz y Milanés, etc., con quienes no duda ponerse par a par, éntrale comezón de titularse de autor y endereza sus pretensiones a echar a volar en letras de molde por esos mundos de Dios sus inspiraciones: hácese presentar al efecto en la redacción de una imprenta, al redactor, se entiende, y puesto en relación con este maestro de ceremonias de la literatura, llévale dos o tres canastas de borradores para que se tome la pena de leerlos y elija los que le parezcan dignos de ver la luz pública en su apreciable periódico, anunciándole en él al mundo literario.

     El redactor tuerce el gesto, al ver aquella máquina de papeluchos, como es muy natural, porque a quién no le meten el resuello tres canastas de borradores, digo y borradores de poeta, que son a manera de jeroglíficos, sucediendo a veces que el mismo que los escribió no puede luego leerlos; pero qué ha de hacer el malaventurado redactor, verá algunos y verá y dice al candidato, ya veremos esos mamotretos y veremos.

     Todos los días al tañer de las diez de la mañana está mi poeta novel en la redacción para esperar la llegada del redactor y columbrar el estado de su expediente: jamás ministro alguno fue tan esperado, tan asediado y tan camelado como este pobre varón, Job de paciencia, y a quien sus malos pecados trajeron a la aperreada vida redactoril: cansado al fin de que la sombra de Nino en hábito de poeta le persiga, decídese con un heroísmo digno de mejor causa, empieza a descifrar borradores, escritos unos en cajetillas de cigarros, otros en papel de encartuchar, esotros en finísima vitela, según el lugar y ocasión en que a nuestro poeta le asaltaba el dios, pues unas veces era cerca de una bodega, y qué hacer en aquel momento crítico, sino entrar en ella y pedir un pedazo de papel al bodeguero que, como hombre de una severa economía, satisfizo el pedido, dándole un cartucho preparado para un cuartillo de café.

     Después de agotada una canasta, encuentra al fin una poesía pasadera, y más gozoso que el que acertó un premio de lotería con vísperas de ir a la cárcel por deudas, exclama: ¡Gracias a Dios que he encontrado algo que merezca leerse!

     Viene mi poeta y le recibe el redactor con una afable y protectora sonrisa, dirigiéndole estas palabras: -Ya he encontrado una composición de mi gusto y mañana saldrá en el periódico, pues está en galera trabajándose, y esta misma tarde quedará en la forma-; ¡Virgen del Socorro!, no abandones en tal instante a este pobre mozo que no puede con tanta felicidad y es fácil se desgracie. ¡Cómo tiembla de placer el joven poeta al ver resuelto el problema que tan desaborido le traía! En el colmo de su regocijo quiere arrojarse a las plantas del redactor, quiere llorar, pero por fortuna ni se acuerda de en dónde le quedan las rodillas, ni por dónde se llora: ya se ve, tanta dicha, y tan de improviso, ¡qué mucho que no se acuerde de tales cosas el enajenado mancebo!

     Sale de la redacción nuestro poeta hablando consigo mismo, con la boca llena de risa y un gozo espiritual en todo su semblante, que más que hombre, parece un bienaventurado: aquí tropieza, resbala, acullá choca con un fornido mozo, por quien a poco más es desbaratado, pero, ¡qué importan tales percances y desaguisados a un mancebico de quince años con una imaginación volcánica, y que va diciendo entre dientes ya me están imprimiendo! Está fuera de quicio y debe estarlo, que razón tiene y muy sobrada para ello, pues ¿es poco, por ventura, salir esotro día en letras de molde, y ser leído por cuantas castas de gentes Dios se sirvió crear, salvo las que no saben leer y Dios no creó? ¿Quién, al verle, no dirá, mañana es el día más glorioso para ese mancebo? No es necesario por cierto ser para esto un gran profeta, basta ser un poco observador.

     Yo tuve un amigo llamado Pepe, fabricante de versos, y que me servirá de tipo para continuar este artículo, porque más pintiparado que él para el caso no le hallaría a fe aun cuando me echase a buscarle con un candil. Figuraos que es el mismo (porque así es la verdad) de quien he estado hablando hasta ahora, que le veía salir de la redacción sin voluntad ni albedrío, entregado a su tirano pasatiempo. Vedle, vedle por aquella calle arriba que más bien corre que camina. -Adiós, Pepe -le dice Tatao Chirulo, con quien se encontró al paso. -Abur, chico -le contesta. -¿Dónde vas tan apresurado? -A casa. -¿Y qué vas a hacer? -No sé. -¿Cómo no sabes, compadre; tú estás medio distraído? -Hombre, sí, pensando... -¿En qué piensas? -Nada, chico, en que mañana hago mi début en «El Trueno». -¿Cómo en el trueno? -Sí, hombre, en ese periódico que redacta don Lopijo. -¡Ah!, ya entiendo; ¿conque mañana, eh? -Sí, mañana, y hoy me están imprimiendo. -¿Tú estás en tu juicio, Pepe? ¿Cómo imprimiéndote? Por Dios que no te entiendo. -Chico, no me entiendes porque tú estás en Belén; ¿cómo quieres que me explique más claro? Me están imprimiendo. -Confieso que soy muy recio de mollera, porque estoy en ayunas todavía de lo que me quieres decir. -Vamos, voy a hablarte como al vulgo: están imprimiendo una poesía magna del propio Marte, ¿eh?, a los tirabuzones de Cleofalia, que dice el redactor (digo y es hombre que sabe que rabia) es mayúscula y que hace mucho tiempo no sale a luz una poesía como ella. ¡Oh!, me asegura que va a alborotar, y eso que yo me resistí hasta lo último para que no la pusiera; pero él se empeñó con Joanico para que me llevase a la redacción, y me dijo que quería hiciese yo mi début literario en su periódico y me enseñó copia de la poesía a Cleofalia. «-Será la primera -me dijo- que de usted conozca el público y basta para darle nombre y prez entre los vates de Almendares.» -Quedo enterado ahora, Pepe -replicó Tatao-, de lo que querías decirme. Adiós, que salga sin erratas tu composición, y es cuanto puedo desearte -con lo cual se separaron los dos amigos.

     Por sabido que Pepe no comió y pasóse el día rumiando versos y soliloqueando, siendo tal su distracción que la madre y las hermanas se asustaron y cercáronle para inquirir si estaba enfermo, quedándose pasmadas y mirándose las unas a las otras cuando él les contestó: «Déjenme por Dios, que ya me están imprimiendo», lo cual les hizo saltar las lágrimas, conjeturando que tales palabras eran indicio de locura, especialmente la pobre de la madre, que no entendía mucho de achaques de literatura, ni había leído más versos que las décimas de la Vicenta, y se le había pasado de vuelo como a las otras, la significación de tales palabras, por lo cual decía muy afligida: ¡Bien me temía yo que se me desalentase Pepillo leyendo tantas décimas como lee! Quién sabe a qué altura habría rayado el dolor y susto de la familia sin la explicación de Pepe, que al ver la batahola que se había armado con su frase sacramental (pues ya, hasta se trataba de darle un baño de pies y llamar médico) tuvo que bajar desde el cielo donde estaba trepado desde por la mañana, para explicarse en lenguaje común.

     ¡Qué noche pasó el pobre muchacho! Ya se acostaba, ya se lanzaba del lecho y se ponía a pasear sus imaginaciones, no tenía quietud y así se la pasó toda, pensando en su poesía, soliloqueando en esa substancia y tan alborotado con la máquina de pensamientos que se atropellaban en su cerebro, que hubiera puesto lástima verle a un alcornoque: y la fortuna, que tenía desde por la tarde la segunda prueba en la faltriquera, que eso le consolaba mucho, porque de minuto en minuto la leía.

     Al fin amaneció. ¡Qué risueña pareciále la aurora a Pepe! ¡Cómo se alegró de verla! Ya se ve, ¡no la veía desque era chiquito! Aunque ojeroso y tan desemejado que no le conociera su misma madre, púsose a punto mi don Pepe de salir; tomó la calle y pisando a lo grave, tan autorizado se valía como si fuera el mismo Lope de Vega, encaminóse a la Lonja a ponerse en evidencia, pues había firmado la poesía con todo el calendario de su nombre y apellido, y como ainda mais era bachiller en artes, no sé si malas o buenas, no se le había quedado en el tintero la be y la ere encima; puso también el apellido materno para un por si acaso, pues como él decía, la previsión nunca está por demás.

     De industria sentóse en el lugar más a propósito para el ojeo, y no hubo llegado apenas, cuando lo primero que hizo fue saborear la poesía, leyéndola en el periódico: no se hartaba de la golosina, pero al fin dejóla, y se apercibió a estudiar, en los gestos de los que la leyesen, la impresión que les hiciese, y para disimular mejor su intención, trató de ocuparse entretanto en beber café con leche, merced a unos realejos que había ahuchado, porque a fuer de buen menestril, estaba siempre a la cuarta pregunta, y pasábanse semanas sin que viese cruz de moneda, común achaque de todo el que vive de las letras peladas.

     El primer toro que salió a la plaza fue un vicio gordo, calmudo, tipo, en fin, del reposo y de la paciencia: en calarse los espejuelos, encender un tabaco y echarse a la cara el periódico, invirtió un cuarto de hora. A Pepe se le llevaban los diablos y tuvo que tragarse dos tazas de café con leche. Empezó el de las antiparras a leer su periódico, y Pepe a seguirle la pista, sufriendo en el ínterin tormentos atroces. Leyó el de las canas todo el papelucho desde El Trueno hasta Imprenta de don Lopijo, y sólo perdonó su voracidad los versos de Pepe: considera, alma, qué tal estaría esta pobre víctima con semejante desenlace: contentóse con echar unos cientos de maldiciones contra el prosaico vejete, que a fe, si a caerle llegan, no sale el malaventurado por sus pies de aquella estancia.

     Llegó otro lector, hombre que frisaría en los cuarenta, tan sobrado de salud, que la trasudaba de puro gordo por cuantos poros tenía; tomó el periódico y Pepe entró en cuentas con la quinta taza de café con leche, pero sin quitar los ojos del recién llegado: éste, que no era hombre de armas tomar en punto a literatura, no le hizo penar mucho tiempo, porque guiado de su natural instinto, buscó la sección de las longanizas de Vich y macarelas, y sin pasar a mayores, abandonó el periódico, sin curarse de averiguar si eran versos aquellos escuadrones de rengloncitos que estaban de parada aquel día en el impreso. ¡Qué taza de café tan mal empleada la que se engulló Pepe por semejante malandrín! ¡Digo y la quinta taza nada menos!

     Una buena pieza de tiempo estuvo Pepe esperando que entrase otro lector, y ya empezaba a aburrirse, cuando llegó un joven de hasta veinte años, y en cuyo rostro hubiera podido leer Pepe que aquel mozuelo era un chisgarabís, sin pizca de juicio, y con ribetes de tonto por añadidura. Este tal entró a lo aturdido, se desplomó sobre una silla con tal ímpetu que a poco más la desbarata, tomó el periódico, púsose a leer en voz recia y campanuda los membretes, y al llegar a la poesía malhadada, exclamó con acento de desprecio: ¡¡¡versos!!!, y torciendo el gesto, arrojó con desdén el periódico sobre una mesa y tomó el camino. ¡Qué herida tan mortal recibió con esto el joven poeta! ¡Acababa de tomar la sexta taza de café! Haber gastado tres reales sencillos, tomado seis tazas de café con leche, ayunado el día y velado la noche antes, ¿y para qué? ¡Gran Dios!, para ver que nadie leyó sus versos, aquellos versos que él creía debían treparle a lo más encaramado del templo de la gloria. ¡Oh, cruel y no imaginado desengaño! ¡Cuáles no habrían sido tus estragos si acaso no te hubieras estrellado contra quince años. En efecto, carísimo lector, nuestro poeta por el pronto quiso suicidarse, pero como no tuvo a las manos instrumento a propósito para ir por sus pies a la eternidad, se consoló; además, la esperanza no le había abandonado de todo punto, y allá en sus adentros decíase: «hasta ahora sólo tres individuos forman el partido de la oposición, tres contra ciento veinte mil almas que dan a la Habana, son como uno: una golondrina no hace verano; y prudencialmente juzgando, el pico de la población, cuando menos, leerá mis versos, y al cabo ser leído de cuarenta mil ojos, salvo alguno que otro tuerto que entre en la colada, no es un grano de anís»: aquietóse con este razonamiento su turbado espíritu, su amor propio volvió a cobrar bríos, levantando el ánimo a nuevas esperanzas, y llegó Pepe a su casa tan otro como salió de la Lonja, que se sentó a almorzar con tales disposiciones que cobró los atrasados: lo que no debe admirar a mí lector, porque en tales momentos se había operado una reacción de la materia sobre el espíritu, o para hablar más dato, el estómago de Pepe se había pronunciado de un modo tan enérgico, que el cerebro no fue poderoso a oponérsele, así es, que el hambre, enseñoreándose de la poética criatura, gritó tan alto, que fue oída y aplacada con tasajos como el puño que embauló Pepe con gran sabor de sí.

     Tan luego como hubo acabado, tomó la puerta para ir a visitar a todas sus amigas y recibir las enhorabuenas que allá en sus adentros se prometía. Encontró acaso a Jerónimo Turuleque, grande amigote suyo, y su salutación fue: -Chumbo, ¿has visto mi poesía en El Trueno de hoy? -No la he visto. -Pues léela, que es cosa buena, y adiós, que tengo mucho que hacer -y prosiguió su camino espetando a todo yente y viniente que acertaba a ser su conocido, la misma letanía.

     Llegó al fin a casa de las Macarios, que eran muy leídas y escribidas, y sabíanse de coro todos los novelones de Arlincourt y Ana Radcliffe, tomó en entrando una silla y abrió la campaña con ligeras escaramuzas, haciendo recaer la conversación sobre objetos indiferentes, para darles la iniciativa en la cuestión del día, que eran sus versos, según él se lo imaginaba, engañado por su amor propio. Viendo a la postre que nada le decían sobre su inspiración, no pudo poner a paciencia semejante silencio y preguntó con cierto airecillo de indiferencia: -¿Ustedes están suscritas a El Trueno? -No -contestáronle, y añadieron-, ¿sale alguna novela de Arlincourt en él?-. Pepe, que vio el cielo abierto con tal pregunta, acordándose de que la ocasión es calva, asióle el único cabello que su buenaventura le deparaba, sin parar mientes en que había de sacarle mentiroso el periódico tan luego como fuese visto, y les contestó que sí. ¡Tú que tal dijiste!, al momento enviaron a buscar por la vecindad el periódico: esperábale Pepe, como diz esperaban los Santos Padres el santo advenimiento, cuando llegó en las más negras manos que humanos ojos vieron (eran las de la negra Nicodemia, como decían sus amas).

     Tomó el impreso la mayor de las hermanas, llamada Pipi, para buscar en él su favorito novelista, y entretanto estaba Pepe que no cabía en la silla, con una cara tan pronto de mártir como de bienaventurado: -¡Ay! -exclamó de repente Pipi (no se asusten mis lectores de ese ¡ay!)-, unos versos a Cleofalia. ¡Qué nombre, vaya un nombre!, y la firma es un calendario entero, Bachiller José María de la Transfiguración de Menchaca y Sigüita. -¿Eres tú, Pepe?-. Pepe, que estaba medio muerto de susto y de alegría y de qué sé yo cuántas cosas más, queriéndosele salir el corazón, balbuceó apenas un «sí, yo soy, Pipi», y al momento se agruparon las muchachas en rededor de Pipi, para leer los versos. Concluida la lectura, dijo ésta: «están muy bonitos y se parecen a las poesías de Chucho Siguapa». Al oír tan desatinada comparación, estuvo a punto de morir el sin ventura Pepe, porque el tal Siguapa era un poetastro de la lengua, cuya misión sobre la tierra era surtir de décimas de circunstancias a cierto revendón de romances: al ver el desabrido semblante del disgustado mozo, traslucíase que le había gustado la comparación como un dolor de muelas; así fue que sin echar a puerta ajena su desazón, antes publicándola con el avinagrado gesto y un adiós, muchachas, más seco que pejepalo, tomó el tole, y salió dado a perros de aquella casa en que habían aniquilado de un golpe sus esperanzas: y aquel día tan glorioso, aquel día en que veíase impreso nada menos que en un periódico, y en que tan larga cosecha de enhorabuenas esperaba recibir por su début literario, vino a ser para el pobre mancebo un día de amargura, de fastidio y desesperación. ¡Pasar toda una noche en la prensa de sus imaginaciones, mientras que sus pensamientos la pasaban en la de don Lopijo, para volar al otro día, con alas de oro y azul, por las espléndidas regiones del aura popular (no del aura tiñosa, aunque son de la misma familia), y encontrarse sin alas y en otra prensa más apretadora, como es la de la indiferencia pública, era una decepción horrible! El cuitado poeta estuvo a pique de perder la chaveta; pero, al fin, el tiempo y la razón que sanan sin arte ni aparejo, le curaron, que eso y todo fue bien menester para sacarle de aquel ahogo: así, trocando intentos, colgó su lira en un rincón de su aposento y no volvió a pulsarla sino cuando, ilustrado con el estudio, y ya con más razonado ingenio, pudo dejarse arrebatar por la inspiración y hablar el lenguaje de los dioses, conquistándose un nombre, con lo cual él logró prez y merecida fama, y el público ganó, porque mientras estuvo en muda, esos menos versos malos había que aumentasen el inmenso cúmulo de los que, con rnengua de nuestra literatura, nos llenan de fastidio y ponen mal parada la poesía entre los profanos.

     Flores del Siglo, bajo la dirección de Rafael María de Mendive y José Gonzalo Roldán, tomo I, Habana 1846, pp. 189-201.



ArribaAbajo

Chucho malatobo

     Yo me llamo Chucho Malatobo, nací en el callejón de la Samaritana; en mi bautismo, el sandio de mi padrino arrojó muchos medios a la turba de mataperros que le persiguieron desde la iglesia a mi casa, cantando a coro el Juye que te juye, juye Pepe. ¡Oh!, mi padrino se portó a las mil maravillas, sin embargo de que era un hombre tan tacaño que no daría un grano de maíz al gallo de la Pasión, aun cuando tuviese cien fanegas. Tres años tenía yo cuando pasé a habitar en el callejón de Bayona, porque es de advertir que mis padres tenían muy desarrollado el órgano de los callejones: allí fue mi début de niño; era el encanto de mis progenitores y el barrabás de los vecinos; ningún peloncillo de mi edad me sacaba raya en tirar una piedra a un perro, en torear a cinco pollitos y a cuarterola, en decir una desvergüenza al lucero del alba; caíaseles la baba a papá y mamá cuando yo, balbuceando aún, echaba una ristra, porque no me dejaban subir a la azotea a empinar mi papagayo, con el totí y el cayuco, que eran dos negritos mayores que yo, nacidos en casa y destinados a entretenerme y a educarme, por aquello de dime con quién andas y te diré quién eres. Como yo hacía siempre mi regalada gana, crecí desarrollándome pasmosamente en lo de hacer mi gusto, y aún no tenía siete años cuando sabía jugar mates, trompos, papagayos, tusar un pollo, apedrear a los vecinos, ponerles vejigas a los perros y cáscaras de nueces en las patas a los gatos, y todo esto de pura afición, sin premio alguno, lo cual es de celebrarse; verdad es que yo no sabía el cristus, ni el padrenuestro, pero esto, como decía papá, lo aprendería más tarde, pues estaba muy niño y todavía no perdía tiempo: por cierto que su merced estuvo muy feliz en no haber señalado el plazo en que debía yo saber leer y escribir, porque ya tengo mis treinta y cinco largos y en la lectura sólo masco así, así, y en cuanto a escribir, hago mis patas de moscas como cualquier señorón.

     A los nueve años fui a la escuela, pero entonces era yo una pieza de calibre: tenía ocho o diez cicatrices en la cabeza, recuerdo de otras tantas pedradas recibidas guerreando en la garita de San José: pasaba a nado de la puntilla a Casa Blanca, estaba suscrito en el matadero para ir a pinchar las reses destinadas al consumo, era el jefe de la expedición de mi barrio para ir a robar mangos los domingos a la quinta del Obispo y para los ataques nocturnos a las negras que vendían vaca y bollos en la plaza del Cristo: y no estaba por eso atrasado en mi escuela, pues llevaba casi pasada la cartilla, hacía palotes algo derechos y me sabía desde el «Todo fiel cristiano» hasta las virtudes teologales: a los diecisiete años me quitó papá de la escuela, porque decía que el maestro no me enseñaba bien, y advierto que anduve en más de veinte y la última fue la de don Pedro Lamparan, por cierto que yo le llevaba siempre aguacates al señor maestro, porque le gustaban mucho; me parece que lo estoy mirando con aquellos calzones tan fondilludos y aquella palmeta tan dura que no pude nunca ablandarla con mis manos. Volviendo a mi asunto, a los diecisiete años, salí como he dicho de la escuela, mascando a San Casiano y restando, que en las cuentas no llegué a multiplicar, y no por falta de aptitud, pues ya tenía yo un hijo natural; por cierto que antes de que él naciera, nació el pleito que me puso su madre y el cual le costó a papá como tres mil pesos sin contar la dote.

     Cuando me quitaron de la escuela no sabía mi padre qué hacer conmigo: tan pronto quería echarme los cordones como que estudiase para abogado; por mi desgracia le aconsejó mi padrino que me pusiese a estudiar latín en el colegio; dicho y hecho, pusiéronme a ello y estuve el primer año en el banco de nominativos, al segundo me encaramé al de conjugados, al cuarto pude treparme al de nombres compuestos, y cuando empezaba a componer algunos, falleció mi padre; le enterraron, y con él el arte de Nebrija en que yo estudiaba, pues yo por darle gusto entré en los estudios, y aunque éstos, según dice mi padrino, no entraron en mí, no fue culpa mía, sino de ellos que no quisieron entrar.

     La muerte de mi padre me dejó en plena libertad para seguir mi vocación que era jugar gallos, pues desde chiquirritico tenía yo mis pollitos de a real y medio, a los que tusaba y echaba a pelear después con los de mis vecinos; afición que me la inspiró papá, porque él tuvo siempre muy buenos gallos y se pelaba por lidiarlos y siempre me llevaba con él a la valla, y como el hijo de gato caza ratón, yo salí, según era de esperarse, gallero como el que más.

     Cuando cumplí la edad, me entregaron treinta mil pesos por mis legítimas paterna y materna, pero en un decir Jesús se me fueron y me quedé arrancado: pensé aprender un oficio, pero por no manchar mi apellido, no lo hice y preferí arrimarme a mi primo Pepe Talisayo y cuidarle su gallería; ¡ay!, si hubiera sido abogado como papá quería, estaría hoy en grande, pero me criaron con toda mi leche y el amor de papá y mamá me han reducido al estado en que hoy me encuentro; si no fuera por mis parientes, que todos son gente de viso, yo me pondría a torcer tabaco, pero entonces no podría ir con mi primo Fisco al ingenio, ni visitar a mi tía Catuja, y así como estoy me voy bandeando hasta que Dios quiera, pues tío Chicho está muy viejo y puede ser que se acuerde de mí en su testamento. Aquí fue interrumpido en su narración Chucho Malatobo por un negro que entró diciéndole: «Niño Chucho, dice el amo que vaya a ver un pollo ma bragao que le han traío». Levantóse Chucho y fuese: quedamos solos don Saturnino y yo; larga pieza de tiempo estuvimos como abísmados en nuestras reflexiones, cuando don Saturnino rompió la voz diciéndome: -¡Qué lástima de joven!, ¡con tan gallardo personal, con tantos elementos como tuvo para ser un hombre útil, y no es más que un estorbo!, ¡sin porvenir, sumido en la degradación, no será difícil que mancille algún día su ilustre apellido la condena del rematado!

     ¿Qué quiere usted, señor don Saturnino? El amor mal entendido de sus padres, y preocupaciones funestas que por fortuna van desapareciendo ante esta civilización gigante que se desarrolla entre nosotros, trajeron a ese mozo al mal término en que le vemos: honrado artesano o aprovechado estudiante pudiera ser el mismo a quien una mala educación tiene hoy al borde de un abismo espantoso: fruto amargo ha sido de nuestra ignorancia pasada la desgracia de ese mancebo y, sin embargo, hay quien se pronuncie contra la civilización del siglo diecinueve; pero, a bien que la ley del progreso, cuando se apodera de un pueblo, es irresistible, ella consumará la gran obra de nuestra civilización, y entonces no tropezaremos a cada paso con un tipo habanero como el de Chucho Malatobo.

     ¿Y cuándo dirás, carísimo lector, entró don Saturnino? ¿Con qué motivo entró en materia con Chucho? Dos entros para ti, y para mí ninguna salida, ¡vaya y qué apuro para un pobre escritor! Ellos entraron, en eso no hay duda; cuándo, no lo sé; lo único que puedo decirte es que don Saturnino es mi vecino, que al principiar este artículo, me ocurrió estudiarle para salirme con la mía, de pintar un habanero, y hallé allí a Chucho que comenzaba su narración: tal como la hizo, te la endoso, y pax Christi.

     Flores del Siglo, bajo la dirección de Rafael María de Mendive y José Gonzalo Roldán, tomo I, Habana 1846, pp. 281-286.



ArribaAbajo

La solterona

     Cuando el Criador, con un fiat, símbolo de su omnipotencia, hizo el mundo; cuando completó esta gran obra, creando al hombre a su imagen y semejanza, la solterona no existía en su soberana mente. La solterona es, pues, una aberración, y como tal vamos a considerarla, guardando el respeto debido al santo hábito que viste, hábito que yo siempre beso con una devoción extremada.

     ¿Qué es la solterona? La mayor parte de mis lectores verán en ella una mujer que no se ha casado y nada más; ya se ve, no tienen ojos de privilegio como los míos, que a fe, si los tuvieran, habían de hacerse cruces y entonar el fugite maledictæ Sátanæ, apenas se encontrasen a presencia de una doncella talluda, pronunciada, por virtud y gracia de su reverenda soltería, contra todo animal matrimoniado.

     La solterona, lectores míos, es una individualidad del sexo femenino, arsenal de malos pensamientos, protesta de carne y hueso contra el multiplicaos del Criador, monja profesa en la regla de San Abúrreme, veedora perpetua de amantes, valija de chismes, archivo de falsos testimonios, tormento de sobrinos y vista del barrio. Mártir de sus deseos, es verdugo de todo prójimo casado y por casar, y vive muriendo, que es el peor de los vivires.

     No pertenece a ninguna de las cuatro reglas de aritmética social, porque ella ni suma, ni resta, ni multiplica, ni parte (cuidado con ponerme pare por parte, señor cajista), así es que jamás entra en combinación de ninguna especie: siempre devorada de envidia, siempre roñosa; teniendo que luchar con una sociedad monógarna, se haría musulmana, sólo porque ha oído decir que en Turquía existe la poligamia.

     La solterona en una casa es peor que un cernícalo; ella es la que acusa a los muchachos si se comen el dulce, y a las muchachas si conversan con el novio, ella la que atiza la discordia entre marido y mujer, ella la que espía al cocinero, y descubre los gatuperios de los demás criados, y ella es, por último, la cruz del hogar doméstico.

     Los naturalistas, al menos que yo sepa, no han clasificado aún esta entidad jamona y descontenta, que atraviesa la creación llevando a cuestas su estado honesto, sin sacar otro provecho de su jornada que el que le pongan después de muerta entre las manos una palma real, simbólica figura de una virginidad que la tuvo en guerra abierta con el género humano. Aunque yo la he observado mucho, no he podido aún clasificarla: considerándola criandera nata de los sobrinos, podría colocársela en la familia de las abejas, en la cual hay cierto número de ellas, destinadas únicamente a la crianza de las larvas. También pudiera considerársele como pariente de las auras tiñosas, porque como éstas, se halla en todos los lugares donde hay muerto, razón que motiva el terror pánico que asalta a los asistentes de un enfermo grave cuando ven entrar a la solterona, pues está comparada a la extremaunción; pero estas observaciones no bastan para una clasificación: además, ella acecha los amoríos de barrio, como el caimán a la jicotea; muda de color como el lagarto, roe la honra ajena como el ratón el queso; su sombra hincha como la del guao; su lengua es ponzoñosa como la cola del alacrán, y su mirada imprime terror como la de la serpiente; siendo todo esto, la solterona es inclasificable y sólo se parece a sí misma.

     Para conocer a fondo a la solterona vamos a buscar un tipo y ponerle en escena. Doña Desesperada se nos presenta a pedir de boca; pero vosotros, mis queridos lectores, no la conocéis, y es fuerza que yo os ponga en relaciones con ella.

     Doña Desesperada es una cuarentona y... y... (las y... y... en materia de edad son casos reservados al solio pontificio; y sólo en el libro parroquial de bautismos se halla su absolución). Doña Desesperada está además en el tercer período del desarrollo adiposo, es decir, que se está acercando a la figura geométrica llamada círculo. ¿Quién al ver este círculo vestido de mujer, en una fiesta de familia, corriendo con un grupo de doncellas de quince a veinte, no se desmorece de risa? ¡Quién al verla, hecha una antítesis, entre tantas jóvenes delgadas como un güín, aéreas como sílfides, dando saltos como pulga, o trompo que escarabajea, no da gracias a Dios de no haberla hecho solterona! Pero a doña Desesperada no se le ocurre que puede ser el blanco de sarcástica censura, antes se le figura a la bendita que aquellos salticos y carreritas, aquellos secretos y risitas maliciosas, le pegan a sus cuarenta octubres, y no sabe que se está saliendo del grupo, y dando que decir a las de su gremio, casadas, o viudas, las cuales bien por envidia o caridad considéranla como una desertora del escuadrón cuarentuno; mas doña Desesperada, violando el principio de cada oveja con su pareja, busca siempre la compañía de las niñas, para niñear con ellas.

     A cierto bautizo que se celebró en esta ciudad, asistí como convidado, y al entrar en la sala, lo primero que se presentó a mi vista fue la atortugada caricatura de doña Desesperada, que estaba haciendo de la serpiente con su prójimo, a quien ella creía fácil echarle la zarpa para marido: bailábanle los ojos. de alegría, porque se imaginaba ya próxima a salir del presidio de su estado honesto; pero se las había con un veterano aguerrido en lides amorosas, que por cada entrada tenía diez salidas, y habiendo conocido del pie que cojeaba, quiso divertirse un poco a su costa: el diálogo era interesante; he aquí la muestra:

     -¿Pero qué, tanto abomina usted el matrimonio? -le decía don Crisóstomo.

     -Aborrecerle, no, pero me hallo muy bien así, tranquila, y no pierdo tiempo todavía...

     -Siempre se pierde tiempo, cuando podemos hacer la felicidad de alguno y nos negamos a ello.

     -Yo temo mucho, don Crisóstomo, la falacia de los hombres; ustedes son muy falsísimos, hojas de caimito, hoy quieren y mañana no, y para no pasar por esa prueba, mejor es hacer lo que yo hago: gozo del mundo, libre de quebraderos de cabeza, y no me esclavizo para ser infeliz; con mis dineros a rédito vivo muy sosegada (esto de los dineros a rédito era carnada).

     -¡Oh, Desesperada hermosa, eso es mucha injusticia!, ser tan bella, tan seductora, embelesar con esas formas de sílfide (ella, al oír esta calumnia a su talle, se hizo la ruborizada y se tapó la cara de luna Rena con el abanico. ¡Oh, pudor cuarentuno!), abjurar del amor, bajo el falso pretexto de que los hombres son malos, es hasta pecado mortal. Usted puede hacer feliz a más de uno que yo conozco... y comete un amanticidio...

     -Qué chancero está usted, don Crisóstomo; sin duda quiere usted burlarse de mi inexperiencia (estaba más experimentada que remedio casero) y divertirse conmigo...

     -¿Divertirme con usted, señorita?, ni por pienso; eso es calumniarme... en fin, yo... yo la amo a usted con una, una... ni sé lo que me digo, no tengo palabras para expresar lo que siento en este instante...

     Éste era el momento crítico. Doña Desesperada estaba en vísperas de pasar a ser doña Esperanzas; gozábase ya en su triunfo, mas quería aparentar duda, indiferencia y qué sé yo cuántas cosas más que tan bien saben fingir las mujeres. ¡Oh, Goya, Goya, si hubieras podido verla, y la pintas con tu brocha creadora, te haces doblemente inmortal! Don Crisóstomo, sentado en el, borde de la silla, el pie derecho encogido, el izquierdo más extendido, el cuerpo algo inclinado hacia la doncellona, la mano derecha sobre el corazón, la otra lista para cualquier evolución, los ojos fijos en la serpentígena faz de la requerida, con amorosísimo acento exclamó: «Por piedad, ángel mío, una palabra, una palabra, de perdón y de amor». Y diciendo esto, hizo ademán como de afinojarse ante los seis quintales de soltería vestidos de tarlatana que tenía delante; ella, haciéndose toda la atortolada, creyendo que aquello era de veras, exclamó con ronca y congojosa voz:

     -Por Dios, don Crisóstomo, no se arrodille usted, que va a ponerme en berlina.

     -¿En berlina?, no, en coche te pondré, pero una palabra de consuelo, o me hinco...     

     -¡Ay, Jesús, qué compromiso¡ ¡Me va a dar un desmayo!, yo le contestaré... así tan pronto. ¡Dios mío!, no puedo...

     -El sí, el sí, ángel de paz, o me hinco...

     -Ay, don Crisostomito... sí... no... yo no sé, piedad, don Crisóstomo...

     Don Crisóstomo, que se oyó llamar Crisostomito, y que había llegado hasta donde quería, le cobró un miedo a la doncellona, que trató de salir de aquel berenjenal, terminando la comedia sin matrimonio contra las reglas clásicas; su buena ventura quiso venir en su auxilio y le presentó la favorable coyuntura de que entraba el padrino con el niño en brazos, y tras él, una falange de negritos y blanquitos mataperros entonando el juye que te juye, juye Pepe; levantáronse todos a recibir al recién bautizado, menos doña Desesperada, que creyó a vueltas de aquella barahúnda dar el golpe de gracia, y hacer alarde de su conquista; pero don Crisóstomo echó a rodar todos sus castillos de viento, siendo de los primeros, salvándose a modo de milagro del mortífero sí, que a manera de un culebrón vio descolgado de los labios de la doncellota.

     Cuando se calmó el alboroto y repartió el padrino los medios, cada cual volvió a su puesto y don Crisóstomo se mezcló en un grupo de vírgenes de quince abriles para evitar las miradas de doña Desesperada que a manera de requisitorias le perseguían. La exaltada doncella estaba que no cabía en la silla; por una parte, el deseo de que aquel corderillo volviese a su redil, por otra, los celos que le causaba verle expuesto a la influencia seductora de la juventud y la hermosura, la tenían tan desazonada que ponía lástima al que la viese presa de sus temores.

     Cuando vio que era imposible pescar aquel lebrancho, y conoció que todo había sido una farsa, montó en ira y buscó auxilio para vengarse del seudoamante; pero su venganza fue inútil, porque don Crisóstomo se rio de sus ataques, haciendo el amor a una chumbita de dieciséis, cuyos ojos negros esparcían muerte de amor en derredor suyo.

     Doña Desesperada no escarmienta; en cuanto se presume que ha flechado a un prójimo, procura traerle al terreno de la declaración, y de ensayo en ensayo, de tentativa en tentativa, va entrando en años, pero no en desengaños: antójasele que todos los hombres que ve tienen de menos la costilla que a ella le sobra, pero todavía no ha encontrado su Adán.

     No le han faltado partidos ventajosos, pero como ya tiene cuarenta años, los novios parece que temen el presupuesto que escrito lleva en toda la faz, y desertan porque temen que celebrado el connubio estén siempre compareciendo ante el ordinario.

     Doña Desesperada, para llenar las largas horas de su soltería, murmura de todo cuanto ve: tan pronto critica que la librea del conde de la Peluza tiene siete chivos en el escudo de armas, como se burla de la marquesita Polígama porque bautiza sus hijos por de legítimo matrimonio. Siempre halla algo que censurar en el traje de las jóvenes que aciertan a pasar por su calle; ya encuentra muy chorreados los crespos de Tula, ya muy recargada de adornos la elegante cabeza de Chichí; ora muy pronunciada la nariz de Chucha o bien muy grande la boca de Adelina; es decir, que para ella ni hay mujer bonita ni hombre buen mozo; asomada unas veces y otras sentada en la ventana de su casa, corta vestidos a todo yente y viniente, y con eso parece que desahoga la bilis de su eterna soltería.

     Sus malhadadas sobrinas están siempre bajo el yugo de su vigilancia, y ya que ella no ha podido tomar por asalto un marido, procura que las pobrecillas se queden para vestir santos como a ella le ha sucedido; una de las sobrinas, la encantadora Angelita, ha perdido dos matrimonios ventajosos por la influencia nefasta de su avinagrada tía, que para conseguir su objeto no perdonó medio alguno hasta ensayar el anónimo.

     El chisme es arma que maneja con una maestría que maravilla; siempre tiene ardiendo el barrio y más de una amistad verdadera ha sido destruida por este corre, ve y dile, con blusa blanca y zapatos amarillos; para llegar a su objeto gasta una hipocresía refinada y no tiene empacho en estampar una docena de besos rechillados en las mejillas de una amiga a quien acaba de quitarle la piel.

     Doña Desesperada se desperece por un velorio: apenas sabe que hay un enfermo en la vecindad, allí está ella de veinticinco alfileres, a guisa de conquistadora, porque no lo hace por cumplir con una obra de misericordia, sino por ver si pesca; y aunque no consiga su objeto, siempre pilla algún requiebro, que al fin es algo, y más vale algo que nada.

     Doña Desesperada no sólo atormenta a sus prójimos sino a una caravana de avechuchos que tiene: es mujer que gasta perrillo de falda, cotorra y mono; ya hace desesperar al perrillo con lavatorios y peinados, o mortifica a la cotica pidiéndole el piojo y la pata, o bien anda a vueltas con el mono, a quien festeja y dedica exquisitas atenciones, porque como termina en ono, y esto huele al género masculino, no puede ser por menos.

     Pero donde la cuarentona ostenta su malhumor es en la toilette; casi todos sus réditos los invierte en cosméticos y farfalaes, como medios de agradar y conseguir algún día sus matrimoniales intentos. Es una comedia verla todas las tardes persiguiendo las canas que como es natural se van presentando en su cabeza, las cuales tan luego como las arranca las quema, porque ha oído decir que así se esquician; mas parece que lo hace judas, porque donde se arranca una le salen veinte, de manera que se ve amenazada de quedar a la postre tan limpia de cabellos como la palma de la mano. No es menos cómico verla con el agua blanca a pleito para estirar el cutis que, perdida la tersura de los quince, va presentando con indelebles señales el terrible número 40, en los graciosos pliegues llamados vulgarmente pata de gallo: concluido el enjabelgamiento del rostro, que por lo blanqueado parece cara de muerto dada de cloruro, pasa a la sección de los lunares de quita y pon, verdaderos judíos errantes que tan pronto están junto a las cejas como al lado de la nariz o en medio de la barba; trampas microscópicas que ella emplea para ver si cae algún zorro solterón en ellas. Después que ha repartido la guardia de los lunarcitos, principia a vestirse, y a sudar por encerrar sus voluminosas formas en un corsé; toda la casa se pone en movimiento para resolver el problema de prensar aquel ballenato, privilegio que sólo alcanza el portero, porque es un mamout que se ha desarrollado hercúleamente cargando costales de trigo en las eras de su país. ¡Oh, furor matrimonial, de cuánto eres capaz! Ya no le falta a la modistona más que la camisita rabona, y prender una flor en sus cabellos, al lado izquierdo en señal de doncellez; éste es un capítulo largo que le cuesta diez o doce pellizcos a la negrita Timotea y una hora de consulta con el espejo y las sobrinas; después de haber desechado un mar rojo de color de ante, y un mirasol muy hermoso, se decide por una flor de pitahaya, que le sienta, en su concepto, a las mil maravillas, y armada con el tremendo florón, sale con la dignidad de una reina a sentarse en la ventana, para ver si hay quien se mueva a sacarla del encantado castillo de su soltería, aun cuando sea tuerto, corcovado y cojo, que para marido basta que tenga las calidades de la ley de Partida.

     Tal es, lectores míos, doña Desesperada, y mutatis mutandi tales son y serán todas las solteras habidas y por haber: la solterona se convierte al fin en beata; en este nuevo estado presenta caracteres muy distintos que la constituyen un tipo que merece artículo aparte.

     Quedarse para tía es cosa que depende las más veces de las mismas mujeres, salvo los casos de fealdad que hacen de ella la personificación de uno de los preceptos del decálogo. La solterona se queda para vestir santos, por orgullo, por necedad, y las más de las veces por coquetería; y viene a ser en la sociedad lo que en el cuerpo humano las arrugas, que no hermosean y estorban. Hay algunas solteronas que por virtud de su temperamento linfático, son tan apacibles e inocentes como las cochinillas, y hacen muy buenas tías, porque de todo ha de haber en la viña del Señor, pero justo es confesar que son excepciones y pocas. Tres son las épocas de la mujer. A los quince años, desprecia; a los veinticinco, escoge, y a los treinta, arrebata: los cuarenta son las termópilas del matrimonio. ¡Pobre de la que llega a ellas sin haberse maridado, qué larga cosecha le espera de aburrimiento y amargura! Y tendrá que armarse de una abnegación heroica para atravesar la vida sola y doncella, hostigada de punzadores deseos, y convidada a un inmenso festín en que no puede probar bocado, nulo en ella el santo germen de la maternidad que tan bellamente corona la encanecida y venerable cabeza de la madre de familia en los últimos días de la existencia.

     Vírgenes encantadoras que desvanecidas por falaces ilusiones dejáis escapar los sonrosados abriles de vuestra edad, la solterona es un espejo donde debéis miraros, para que no os abisméis en el precipicio de la soltería; vosotras venís a este mundo a llenar una misión santísima; rico venero de castos goces será para vosotras la maternidad, y a la par que llenéis un precepto del Altísimo, cumpliréis con un deber social alcanzando la ventura inefable de doblar vuestra existencia, en pro de la sociedad que os consagrará un homenaje de respeto, negado siempre a la estéril solterona, que cruza este mundo sin dejar ni leve huella de su paso.

     Flores del Siglo, bajo la dirección de Rafael María de Mendive y José Gonzalo Roldán, tomo II, Habana 1846, pp. 361-372.



ArribaAbajo

Don Crispín o el gran guagüero

     En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Con esta fórmula religiosa acostumbraban las gentes del tiempo antiguo principiar cualquiera especie de tarea o trabajo para llamar en su favor el auxilio divino y ponerse en guardia contra las malas intenciones del diablo, que, según ellas creían, metía la pata cuando no se tomaba la precaución de encomendarse a Dios al comienzo de una obra; y como yo me pelo por una antigualla, he querido usar de la sobredicha fórmula al tomar sobre mí la arriesgada empresa de ofrecer a mis lectores el retrato de un ente social bastante común por desgracia en esta ínsula.

     Don Crispín Trapalilla es un respetable propietario, a quien conocéis como a vuestras manos, lectores míos: frisará en los cincuenta años, pero está muy conservado, gracias a la vida regalada que se ha dado el buen señor; y te cuadre o no te cuadre, compadre público, ahí va su retrato físico y moral, para que las generaciones venideras no se anden devanando los sesos, sobre si era así o asá. Don Crispín, en cuanto hombre, tiene cinco pies y una pulgada, enhiesto y garboso, cano cabello y rostro afable, en que se hermanan la dignidad del hombre de estado con la graciosa sonrisa del hombre de corte; sus ojos despiden una luz apacible; sus demás facciones son regulares, y el conjunto de ellas no desplace al que las analiza; el color trigueño de su tez indica a leguas su criollo origen; no es posible ver a don Crispín sin sentir por él lo que llaman algunas gentes simpatía, y el vulgo tener alma o sangre ligera: no es posible decir a don Crispín que no, si abre sus labios para pediros con melosa y apacible voz alguna cosa. ¡Oh, qué don Crispín tan majá! ¡Cómo fascina! Pero no trastornemos el orden que exige este artículo.

     Don Crispín es soltero, y por consecuencia, conquistador y aventurero; pero nadie como él posee el soberano don de aprovechar las circunstancias y de hacerse querer de todo el mundo: entra en una tertulia, o suaré (como dicen ahora), y habla con las viejas, y les hace creer con la irresistible lógica de su argumentación que son mozas: a las feas las llama flores de la vida, fuente de ilusión; a los tontos convénceles de que tienen entendimiento: con esta estrategia de salón, ¿quién no ha de querer a don Crispín? De más es decir que si a los que no tienen mérito elogia y adula tanto, con los que merecen alabanzas, ¡qué no hará!

     Pero este hombre tan amable, tan manso, tan cumplimentero y tan cortesano, es astuto como la serpiente, infame y alevoso como la hiena, y tiene entrañas de hierro; igual del que se deja adormecer por sus miradas y da oído a sus palabras dulces y lisonjeras! ¡Guay del que se deja lamer por este tigre con piel de oveja; qué amargo y estéril desengaño será el fruto de su candidez y confianza!

     Don Crispín tiene una boca tan bendita, que jamás se han oído salir de ella más que palabras llenas de bondad y afecto; su carácter es tan manso, que en balde trataríase de irritarle; oiría los baldones y denuestos con un estoicismo admirable, se encogería de hombros y os volvería la espalda tan fresco como un sorbete, dándole vueltas a un junquillo entre los dedos de su mano derecha: lleva a punta de lanza aquel precepto de Jesús, «al que te hiera una mejilla preséntale la otra, y no te vengues, sino perdónalo por amor a mí». Yo he visto a sus acreedores llenarle de improperios, y a él callar como un muerto, y ni inmutarse siquiera con el aluvión de injurias que sobre él llovían. ¡Oh, es mucha grandeza de alma la de don Crispín!

     ¿Y de qué vive este buen señor?, preguntarán algunos: yo, como cronista fiel suyo, respondo que vive a costa del prójimo; sus propiedades son una estancia de dos caballerías de tierra y algunos esclavos y animales; pero los productos de esta finca no alcanzan ni con mucho para proporcionarle los medios de subsistencia necesarios, atendida la posición social de don Crispín, que es hombre de guindajillos y colorines; cierto es que el brillo de don Crispín es tan prestado como el de la luna, y así como ésta, si no hubiera sol, siempre estaría a oscuras, así don Crispín, si no fueran los honores que lleva a cuestas, sería tan desconocido de sus conciudadanos como el Preste Juan de las Indias; pero también es cierto e indisputable que tiene una señoría de media arroba y que nadie puede notificarle un decreto judicial sino en la forma política de estilo, es decir, por oficio, con su correspondiente «Dios guarde», etc., y diligencia de participación al canto, y esto, si no da crédito y estimación, da honra aparente, aunque yo para mí tengo que esto de que le honran a uno los honores, es llevar un pregonero que clame a grito herido: «este hombre es indigno de los honores que tiene», así como cuando esas honras recaen en sujetos de merecimiento y virtud, sirven de premio y realzan al individuo.

     Don Crispín no paga a nadie, y se ha echado a vivir de guagua, porque sabe que para él no hay apremio de cárcel y puede burlarse impunemente de sus acreedores: el único freno que podía contenerle era el de la opinión pública; pero don Crispín se ríe de eso, pues la opinión pública es una vejez, en estos tiempos mozos, en que el dinero y los honores tienen su debido lugar, y en que el ser hombre de bien sólo es bueno para que un prójimo muera de hambre y después no haya ni un quitrín que le acompañe al «cafetal del Obispo».

     La vida de don Crispín sería muy curiosa si a escribirse fuera, y se sacaran a plaza el millón y medio de anécdotas que hay suyas; yo no tengo tiempo para escribir la vida de tan santo varón (que morirá, si no se enmienda, en olor de tramposo); pero sé unas cuantas, y como estos rasgos morales servirán de complemento para el retrato moral de tan dignísimo señor, no puedo prescindir de insertarlos aquí.

     Se le metió en el magín a don Crispín (¡hombre, y cae en consonante!), hacer un gallinero en su estancia, y después de concluido, trató de proporcionarse una colonia de gallinas para que le habitaran: hizo esparcir la voz de que compraba hembras de gallo, y llegó un pollero con algunas docenas, las cuales compró al contado violento, encargando al vendedor siguiese trayéndole cuantas pudiera; hízolo éste así, y aunque no se las pagaron de momento, continuó llevando gallinas hasta que le completó siete docenas, suspendiendo la provisión con el fin de ver si don Crispín se «mostraba gerundio», a cuyo efecto vino a esta ciudad, donde estuvo cuatro días sin conseguir encontrarle en casa; al fin, logró una mañana atajarle al salir: don Crispín estaba de grande uniforme, le recibió con los labios llenos de risa, le dio la mano, le llevó a la sala y le preguntó qué se le ofrecía: -Señor, yo soy el de las gallinas, y ya he llevao siete docenas y vengo a ver si usté me paga o no. -Muy justo es eso -le contestó-, pero no tengo un peso en casa ni esperanzas de que lo haya; pero venga usted todos los días a verme, y con eso pagaré a usted cuando pueda-. El hombre de las gallinas se fue y estuvo un mes entero visitando a don Crispín infructuosamente, hasta que un día se le subió la sangre a la cabeza, y en la puerta de la casa echó sapos y culebras por aquella boca, poniendo de azul y oro a don Crispín, que así que se fue el acreedor, salió como si tal cosa, saludando con afable y risueño continente a los mozos de la peletería del frente y a todos cuantos iba encontrando, porque don Crispín saluda a todo el mundo con aquella mónita que parece que no quiebra un plato, y se lo está tragando a uno entero y verdadero.

     Vaya otra: Debía don Crispín veintiocho pesos de alumbrado, y como no quería pagar, fue preciso adoptar las medidas necesarias para que aflojase los metales; y se constituyó un ministro de guardia a la puerta de su casa y a su costa: ¿ministro, dijiste?, pues que se esté; y tuvo potencia don Crispín de sufrir el estafermo del alguacil cuarenta y siete días; ¿y saben ustedes, lectores míos, lo que decía don Crispín a los vecinos apretando los labios y dándole vueltas al junquillo? -Señores: tengo ahí ese hombre porque me han querido asaltar noches pasadas, y no sé, no sé qué hacerme para vivir seguro, porque esa sabandija me come por un pie-. ¡Qué estómago el de don Crispín!

     Este individuo, que vive a costa del prójimo, y al que por tal razón puede llamársele el hombre curujey, ha entregado la carta, para los que no lo conocían, presentándose a juicio de espera: por supuesto que el escrito en que solicitó la conmiseración de sus acreedores, lo encabezó del modo siguiente: «Don Crispín Trapalillas, caballero comendador de la orden de la Guagua, deudor nato de todo prójimo que tiene, condecorado con trescientos cincuenta juicios de conciliación, jefe de los guagüeros, etc., etc., etc.» Este encabezamiento decía a la legua: Señores acreedores, ya ustedes ven que yo estoy tan inexpugnable como el puerco espín, y ustedes no tienen otro remedio que sucumbir. Nada diré de la estruendosa vocería, y del desorden y confusión que hubo en la primera junta: el acreedor que menos dijo contra el señor don Crispín, lo llamó pícaro a boca llena; pero, ¿esos denuestos podían acaso deslustrar el áureo bordado del uniforme de don Críspín?; empañarían acaso cuando más la reputación de nuestro héroe; pero, ¡quién se cuida de esas frioleras cuando tiene un bonito casacón bordado que lo tapa todo!

     Sin embargo de todas las máculas de don Crispín, es preciso confesar que su política y mansedumbre son capaces de ablandar, no digo a un acreedor que tiene el corazón de carne; al peñón del Morro pondrían sus zalamerías más blando que una melcocha; de mí, sé decir que a vuelta de cuatro cortesías me pone como una manteca; recuerdo que en cierta ocasión asistí como actor a un juicio de conciliación demandándole la miseria de treinta años de réditos pupilares, como asegurador de algunos miles de pesos pertenecientes a un menor, que llegó a mayor, sin poderle sacar un peso; apenas entré en el tribunal, se me acercó comiéndome a saludos, me llamó doctor, me puso en los cuernos de la luna como escritor público, me habló del célebre Pitt, del marqués de la Romana, de Casimiro Perier, del zapatero del rey de Grecia, me contó cien anécdotas graciosas y me fastidió hasta no más, y cuando ya no sabía a qué carta quedarse, me hizo una pintura tan triste de su situación, encareciendo su acendrada probidad, que me eché a llorar como una Magdalena, y entre sollozo y sollozo, le dije: «Amigo, me ha destrozado usted el corazón; pero vamos a entrar en la demanda, porque ya no puedo resistir al tropel de emociones a que han dado ocasión sus lastimosas querellas».

     Demos el último toque a este retrato d'après nature: Don Crispín es el hablador más incansable que he conocido: infeliz de aquel con quien la emprenda para soltar la sin hueso; es hombre que sale como perro de busca a caza de prójimos con quién desahogar su furor hablativo; es tal en él ese prurito, que ha condenado a un amigo a la invisibilidad, para libertarse de sus eternos solos: a un abogado le oí decir en cierta ocasión que había ido a visitarle, y le pilló en el alto donde tiene su despacho: serían las tres de la tarde cuando llegó, y a la oración le dijo el visitado: -Don Crispín, vámonos abajo a seguir conversando -bajaron y prosiguió en el uso de la palabra hasta las diez de la noche, en que volvió el visitado a interrumpirle, diciéndole-: Don Crispín, seguiremos mañana, si a usted le parece, porque estoy un poco malo de la cabeza-. ¿Qué tal, lectores míos? ¿Habrá dos don Crispín en el mundo? En fin, doy aquí punto a nu tarea, recomendando al público que no le fíe a don Crispín ni una sed de agua, porque es la personificación de Guagua, y no le tiene miedo más que a una cosa: ¿la digo? Pues allá va. Don Crispín no le tiene miedo más que... a los que piden limosna.

     El Artista, tomo I, núm. 17, domingo 3 de diciembre de 1848, pp. 258-260.



ArribaAbajo

Los curros del manglar



EL TRIPLE VELORIO

     Difícil sobremanera es la misión del escritor de costumbres: observar juiciosamente y copiar con fidelidad los rasgos que modifican este gran cuadro de la vida pública y privada de un pueblo, es empresa aventurada y que atrae graves responsabilidades sobre el que consagra su pluma a este género, que participa de la verdad histórica, y de las formas dramáticas, y cuyo estilo entre serio, jocoso y satírico, debe revelar los cómicos lances de nuestra existencia; la paleta del pintor de costumbres debe contener todas las tintas, desde el color de aurora hasta el fortísimo negror de la noche: su pincel debe trasladar con exactitud, en animado lienzo, desde las grotescas imaginaciones de Goya hasta la sublime idealidad de Rafael; el pintor de costumbres, por último, debe tener la mirada del águila para sorprender en el hombre los arcanos de su corazón, y un juicio correcto para no extraviarse al aplicar a sus observaciones los principios luminosos del raciocinio.

     Tocando estos inconvenientes y conociendo el resbaladizo terreno sobre que tengo que hacer mis excursiones, he resuelto escribir este artículo, con la más sana intención, sábelo Dios, y si he de hablar verdad, con el inocente fin de emplear útilmente el tiempo.

     Las sociedades humanas tienen un carácter general, que sirve sólo para clasificarlas, y colocarlas en el gran cuadro del mundo conocido: bajo este aspecto están sometidas a la jurisdicción de los filósofos naturalistas; pero como encierran además en sí, o mejor dicho, se componen de muchas clases, cada una de éstas tiene sus costumbres propias, que forman sus caracteres peculiares, los cuales reunidos vienen a constituir la verdadera fisonomía de la sociedad en general.

     Desde el verdugo hasta el sumo imperante, van las clases ocupando en orden progresivo los distintos grados de la gran escala, y cada fracción de este todo presenta diversa faz, bajo la cual debe ser estudiada.

     Nuestro pueblo ofrece un compuesto de razas, que son otros tantos tipos originales, cuyo conjunto sólo puede compararse a un manto de abigarrados colores mezclados al azar, donde la luz se modifica según la dirección de sus rayos. La vida pública y privada de nuestra sociedad presenta un fondo de costumbres opuestas entre sí, que por su singularidad hace más chocante la mixtión política de tan heterogéneos elementos y brinda a cada paso abundante materia al estudio observador.

     La raza africana, considerada entre sí, presta suficientes datos para escribir, ya se analice bajo su carácter nacional, ya bajo las infinitas modificaciones que recibe en este clima al cruzarse con las demás castas. La especie criolla, cuyo tipo apenas manifiesta las relaciones de analogía del primitivo, presenta multitud de rasgos diversos, según el punto donde es sometida a la observación: al examinarla por una de sus faces, me ha parecido útil sentar estas ideas preliminares, para entrar de lleno en el desempeño de la tarea que he tomado a mi cargo de pintar una costumbre original, y si se quiere extravagante, de cierta clase perteneciente a la raza africana criolla y a la cruzada, que era conocida entre nosotros bajo la común denominación de curros del Manglar.

     Los curros tenían una fisonomía peculiar, y bastaba verles para clasificarlos por tales: sus largos mechones de pasas trenzadas, cayéndoles sobre el rostro y cuello a manera de grandes mancaperros (43), sus dientes cortados a la usanza carabalí, la camisa de estopilla bordada de candeleros (44), sus calzones blancos casi siempre, o de listados colores, angostos por la cintura y anchísimos de piernas, el zapato de cañamazo, de corte bajo con hebilla de plata, la chupa de olancito de cortos y puntiagudos faldones, el sombrero de paja afarolado, con luengas, colgantes y negras borlas de seda, y las gruesas argollas de oro que llevan en las orejas, de donde cuelgan corazones y candados del mismo metal, forman el arreo que sólo ellos usan; conóceseles además por el modo de andar contoneándose como si fueran de gonces, y meneando los brazos adelante y atrás; por la inflexión singular que dan a su voz, por su locución viciosa, y en fin, por el idioma particular que hablan, tan físico (45) y disparatado, que a veces no se les entiende; tales eran los curros del Manglar, famosos en los anales de Jesús María por sus costumbres relajadas y por sus asesinatos, que han hecho temblar más de una vez a los pacíficos moradores de los barrios de extramuros; de éstos y sólo de éstos es la costumbre que he observado y voy a pintar con el colorido más natural y fuerte.

     Era una tarde de junio de 18... El aire abrasaba, una atmósfera de plomo encendido gravitaba sobre nuestras cabezas; los árboles parecían pintados, tal era su inmovilidad: sofocado por el bochorno de la siesta, salí de mi hogar y me dirigí a la alameda de extramuros para gozar de un ambiente más puto y agradable; estaba sentado en el poyo de la una de las calles laterales bajo la sombra de una sibila del desierto (46), dulcemente embelesado contemplando el magnífico panorama que ofrecían a mí vista las vírgenes y gallardas palmas del jardín Botánico, doradas por los rayos del sol poniente, cuando vino hacia mí un antiguo compañero de colegio.

     -Qué abstraído estás, Pepe -me dijo con cariñoso acento, echándome un brazo por la espalda y sentándose junto a mí-; ¿piensas en las musas?

     -Algo de ello, buen maula; ¿y qué viento te ha echado por aquí?

     -El calor, chico; porque hoy se abrasa el mundo.

     -Hombre, la misma causa me ha traído a este lugar.

     -No sabes cuánto me alegro de haberte encontrado; esta noche vamos a correr una aventura, que, por su originalidad, te prestará materia para un artículo.

     -¿Cómo así?

     -Ya te lo diré; esta noche hay en la calle de... un velorio de un parvulito, hijo del mulato Timoteo Pereyra, alias Bilongo; ya tú sabes que él es curro del Manglar; allí observarás las costumbres de esta canalla, y al diario con el artículo.

     -Compadre, yo no voy al Manglar; ése es un barrio de los demonios, y podemos dejar la piel.

     -No tengas cuidado, que no nos tocarán ni un pelo de la ropa. Timoteo es mi ahijado, como que yo fui quien le saqué de la cárcel no hace tres meses; allí estaremos más seguros que en la Cabaña; ¿me acompañas, o tienes aún escrúpulos?

     -Te acompaño, y sea lo que Dios quiera -dije levantándome, porque ya anochecía; y tomamos rumbo hacia Jesús María, donde penetramos por la calle del Águila, no sin grave peligro de nuestras costillas, por las ásperas sinuosidades de sus calles, y de nuestras vidas por la multitud de los cuchillos volantes, que en aquella época se le colocaban a un hombre honrado por los omoplatos, sin saber cómo.

     Caminamos media hora cruzando estrechas y cenagosas callejuelas alumbradas con la escasa y trémula luz de las estrellas, y llegamos al Manglar, situado al sur de la población de Jesús María: el Manglar era el hampa de la Habana, refugio de malvados, y tan digna de ser descrita por sus crímenes y nocturnos misterios como la que el célebre Víctor Hugo nos pinta maestramente en su inmortal Notre-Dame de París; asquerosas pocilgas, donde vivía en mezquinas casuchas una numerosa población casi toda africana, antes del incendio que la convirtió en cenizas el año 1802; en este suburbio debíamos pasar toda la noche; allí estaba el teatro donde íbamos a pescar observaciones; dudoso estaba mi guía, reconociendo el miserable frontispicio de una casa de embarrado y guano, cuya puerta y ventanas estaban cerradas, y por cuyas rendijas saltaba a trechos la escasa luz de una vela que dentro ardía, indicio de estar aún despiertos sus moradores, lo que se echaba de ver también por el ruido que metían. -Aquí debe ser -dijo Esteban (que así se llama mi amigo); tocó y salió a abrirle un mulato de gigantesca talla, con media nariz menos y tan mal carado, que bastaba verle para sin escrúpulo de conciencia recetarle diez años de presidio con retención, por vía de corrección paternal.

     -Buenas noches, Timoteo -dijo mi amigo.

     -Buenas noches, padrino -le respondió él, y volviéndose a mí-: Adelante, caballero -añadió con voz ronca; entramos, y al instante se acercó Timoteo a uno, que según me informé, acababa de cumplir su condena en el presidio de la Cabaña y se llamaba Francisco Prieto, alias Pájaro Verde, y conduciéndolo hacia donde estábamos, señalándole para Esteban, le dijo: -Este caballero es mi padrino, que me sacó de la caicel -mirónos de alto abajo con audacia y nos saludó, volviendo enseguida la espalda; yo sentí que mis cabellos se enderezaron como leznas, al repasar sobre sí sus ojos de hiena el señor Verde, ladrón famoso que sólo tenía a cuestas seis asesinatos, cuando cayó en manos de la justicia; y sólo se le condenó a seis años de presidio con ramal y grillete, a ración y sin sueldo, por los méritos de su hermana, que era una rubia de quince abriles, linda como un rubí.

     Después que me fue pasando el susto, empecé a examinar cuidadosamente el lugar en que me hallaba: la sala era un cuadro de catorce varas, sin más muebles que una veintena de taburetes de cuero, y una mesa de pino, negra de churre, alrededor de la cual estaban colocadas en desorden unas veinte personas de ambos sexos, entre negros, mulatos y blancos sucios, todos asesinos, los más de ellos pregonados, y los demás cumplidos en sus condenas; jugaban al burro, y entre juego y juego echaban un torito, que embestía a veces como si fuera matrero, dejando a algunos arrepentidos de haberle capeado; cruzábanse los porvidas y las blasfemias, y de vez en cuando uno de aquellos bribones echaba el guante a una negrita de aguardiente, que se levantaba en el centro de la mesa (casi exhausta por lo mal traída que andaba entre tantos bellacones), y dándole un amoroso beso, la entregaba al compañero más vecino, con la fórmula ande la conga, que obtenía por respuesta la de venga la conga. Mi amigo Esteban estaba parado junto a la mesa, porque le divertía ver el torito de cerca; pero yo, sentado hacia la puerta, observaba en silencio aquel grupo de furias, que alumbradas por la pálida luz de una vela de chapapote, parecían sombras fantásticas de una cámara oscura; avergonzábame de verme en aquella zahúrda; pero me consolaba la reflexión filosófica de que mis intenciones eran puras, y honesto el fin que allí me había conducido; no puede ceder en mengua de mi buen nombre, decía en mis adentros, verme mezclado con estos pillos, cuando mi objeto es estudiar sus costumbres y pintar estas escenas infernales, que no serán perdidas: entregado a estos pensamientos estaba, cuando sonaron las dobladas turbando mis reflexiones.

     -Las nueve -dijo Timoteo- y aún no ha venido el padrino -y a esto asomábase a la puerta.

     -Aquí está, aquí está -gritó con visibles muestras de alborozo, y entró seguido de otro, mulato también, cuyo rostro estaba casi oculto entre unos descomunales moños que a manera de serpientes colgaban de su cabeza, y al que seguían dos negros cargados de comestibles y botellas.

     -No, Eleuterio, ¿en dónde diablos se ha estado hasta ahora? -gritó una mulata bigotuda, cuya cabeza parecía una piel de búfalo, y cuyo cuerpo hubiera figurado con honor en la portería de San Juan de Dios, el día del fundador.

     -Nunca es taide si la dicha es güena, señora -respondió con socarronería el maltratado recién venido.

     -¿Poiqué no han tendío a mi ahijao? -preguntó enseguida.

     -Esperando los trastes -replicó prontamente una negra con más concha que una caguama.

     -Desde la oración le avisé a ño Tanislao; pero voy a buscailo.

     -No hará faita Tanislao -dijo uno entrando-, que aquí está.

     -Pues vamos pronto -replicó el padrino-; ¿y el ahijao? -añadió después.

     -Entre el pozo está entovía, pero ahoritica lo sacaremos -respondió la negra de la concha.

     -¿Cómo entre el pozo? -pregunté con extrañeza a Esteban, que ya se había sentado junto a mí.

     -Yo te lo explicaré ahora mismo. Cuando muere algún parvulillo de esta raza, se envía por el padrino, a quien corresponde costear el velorio del ahijado; hechos los preparativos necesarios, se tiende con el lujo posible, se le vela, se come y se bebe sin conciencia toda la noche; y cuando amanece, ocultan el cadáver, que depositan en un pozo, para conservarlo intacto con la frescura del agua; de allí le sacan nuevamente, tendiéndole y velándole; pero en una misma calle no celebran nunca el segundo velorio; para verificar el tercero usan las mismas precauciones, hasta que corrompido, le llevan a enterrar; cada noche es una bacanal o mejor dicho, la representación del horrible pandemónium que Milton nos pinta con su pincel divino.

     El difunto que van a velar sufre esta noche el triple velorio, y mañana será enterrado. A esta sazón interrumpió a Esteban un hedor desagradable, producido por la descomposición del cadáver que conducían a la sala, cantando en coro una canción vulgar usada por ellos. Especie de salmodia entre melancólica y lúbrica, que a aquella hora, en aquel sitio, y cantada por aquellos monstruos, hería de terror el corazón, y parecía el canto de una maga invocando al demonio. Colocaron el cuerpo sobre una caja forrada de azul celeste, y pusieron ésta sobre la tumba forrada de la misma tela, esparciendo después sobre el féretro y pavimento flores de muerto, rosas francesas y de otras varias clases; abriéronse las ventanas y se inundó de una claridad pálida la estrecha y oscura callejuela; ya podían los curros pasar la noche emborrachándose a puertas abiertas, sin que el pedáneo del partido pudiera impedir su reunión, pues con este medio burlaban su celo, y podían entregarse a tan abominables profanaciones.

     Empezaron las vecinas a ocupar la reducida ventana y angosta puerta; unas, entraban, muchas se quedaban allí formando una algarabía de dos mil diablos, y muchas se retiraban a sus casas.

     -¡Pobrecito!, ¿de quién será? -decía una fumando un gordísimo tabaco.

     -Será el hijo de ña Maiciala, que estaba con el mal de los siete días -respondía otra.

     -No, muchacha, este muerto es muy grande: mira a ña Maiciala, allí está; si fuera su hijo estaría llorando.

     -¡Oh!, sí -replicó la primera-, como que estas curras lloran...

     -Oiga uté, ña Critiana (47), poco a poco con las curras, que no le han comío, su bienmesabe, y tienen mai veigüensa que uté -dijo una mulata más larga que la esperanza de un pobre, que a buena cuenta estaba oyéndola y conoció al punto que eran curras de los Sitios (48) las que en tales términos se expresaban.

     -Mai veigüensa que yo -respondió una de las tres- no puee tener uté, que sería alguna esclavona (49).

     -La esclavona será ella -repuso la mulata con una mano en la cintura, moviendo el cuerpo con zafio ademán, y amenazando con la otra las negras lucientes mejillas de su contrincante.

     -¿Qué es esto, señó?, poi Dios -añadió entonces una que al parecer tenía autoridad sobre las tres llegadas, y dirigiéndose primero a la mulata, le dijo retorciéndole los ojos y con aire de desprecio-: Caracol, vaya a otra paite con la casa (50). -Y después a una de las compañeras: -Petronila, varnos, que nosotras no semos ningunas lipendias (51), ni hemo venío a dar escandalaje (52) -fuéronse en efecto; la belicosa mulata entró para el patio contoneándose.

     La una de la madrugada sonó y aún había gentes en la puerta y ventana; y yo, sentado e inmoble, parecía un bajorrelieve de la pared: desde allí gozaba de las escenas de glotonería y beodez que pasaban en el comedor y las idas y venidas, diálogos y ocurrencias originales de los curiosos que se paraban a ver el muertecito; los veladores todos estaban sumergidos en la embriaguez y hartos de comida; de más es referir las obscenidades que vomitaban aquellas harpías; parecíame ver reproducidos, ante mis ojos, los asquerosos sábados que (según refiere el autor de un librito precioso titulado Un auto de fe en Logroño) se verificaban en Zurramagurbi; pero hasta aquí el lienzo que se desplegaba a mi vista, alumbrado por el resplandor fúnebre de las bujías, no presentaba más que escenas de disolución envueltas entre los vapores hediondos de la orgía: faltaba a aquel terrible cuadro lo que hoy se llama romanticismo, esto es, sangre y asesinato: todas las cabezas estaban convertidas en alambique; hervía allí el aguardiente, brotando alcohol los ojos encarnizados por el insomnio y el más torpe cinismo; yo traté de tomar las avenidas porque esperaba por momentos la explosión.

     -Vámonos -dije a Esteban, que no me había abandonado- antes que empiece la camorra, porque el refrán dice que no hay sábado sin sol, y yo replico que no puede haber velorio de curros sin puñaladas.

     -Vámonos -me respondió levantándose. Parece que adiviné lo que iba a suceder: aun no había dejado mi asiento, cuando súbitamente se armó entre el padrino y el presidiario una zalagarda terrible.

     -Uté no tiene ni un pelo, veigüensa me da ecirlo -decía el presidiario a ño Eleuterio.

     -Quien no tiene veigüenza es uté -replica éste-; yo nunca he sío presiario.

     -Toma -le respondió el presidiario, y antes de que supiera el pobre Eleuterio qué le daban, cayó sin decir ni pío; levantóse de en medio de aquel infierno un grito salvaje. ¡Lo ha matado a traición!, decían los unos; escapémonos, clamaban otros, y todos corrían aturdidos, por distintas direcciones: el asesino salió corriendo por delante de nosotros, con la velocidad de un pájaro, llevando el cuchillo en la infame diestra, goteando aún sangre, y el semblante lleno de espanto y ferocidad. Esteban y yo tomamos a la aventura la primer bocacalle que encontramos, llenos de susto por las tremendas consecuencias a que nos veíamos expuestos, por observar las costumbres de los curros del Manglar y el triple velorio.

     El Artista, tomo I, núm. 21, domingo 31 de diciembre de 1848, pp. 315-318.



ArribaAbajo

La vecina pobre

     En la mezcolanza heterogénea e inclasificable que entre nosotros se llama sociedad, abundan tantas entidades morales dignas de estudio, que de seguro el que de costumbres escribe se da a cada paso de manos a boca con ellas, y muchas veces el que de escribir trata no sabe sobre qué hacerlo, porque la copia de originales le pone en una duda amarga, tal me ha acontecido por esta vez, aunque ya, gracias a mi vecina doña Sinforosa, fijé mi elección y trato de sujetar al más concienzudo análisis a este individuo, consagrando mis vigilias en pro de la vecina pobre, a quien daré a conocer del modo que mejor pueda.

     La vecina, y de propósito no quiero hablar del vecino, sino de ella, tiene tantos matices cuantos son los grados de la escala social; así tenemos la vecina pobre, la acomodada y la rica; la primera la clasifico entre los censos irredimibles; la segunda y la tercera quedan por ahora salvas de todo cargo, aunque sujetas a clasificación.

     La vecina pobre es el don más funesto de la sociedad antigua, que la legó a la moderna con todas sus alicantinas; allá, en los tiempos de Noé, no había vecinas pobres, y si las hubo, la Biblia nada nos dice sobre esto; pero después que la sociedad se regularizó y que hubo propiedad, y casas y azafrán y cebollas y otras cosas así, sin saber cómo ni cuándo, se encontró en el censo vecinal a la vecina pobre, formando montón entre los que se morían de hambre, que en honor de la verdad, eran las tres cuartas partes de los inscritos en el censo; desde entonces la vecina pobre ha sido la expresión fiel del todo-me-falta, o en términos más claros, de las necesidades humanas. La vecina pobre tiene por precisión que habitar bajo de techado, comer y vestir; porque si no hace lo primero y la pilla el sereno a las once de la noche en la calle, la zampa en el vivac sin admitirle explicaciones de ninguna clase. Si no come, se muere de hambre, y entonces se averigua el porqué y se expone la pobre a ser juzgada por suicida, que es el peor de los juicios que pueden fulminársele a un prójimo. Si no se viste, al momento los muchachos del barrio descubren a la en cuera, y el comisario me le impone una multa; ¿qué remedio, pues, contra este triple riesgo?, vivir la casa de balde, comer a costa de los vecinos y vestirse como Dios le dé a entender. De aquí, pues, procede que la vecina y el desalojo anden siempre a una, ella a huirle y él a perseguirla. De aquí que pida y pida sin tregua desde la sal hasta el agua. De aquí que a los vendedores de ropa callejeros los tenga siempre querellosos, y de aquí, por último, que la vecina pobre sea una plaga más insufrible que las siete del faraón. Pero la vecina pobre no puede considerarse en abstracto; es necesario encarnarla en una de las muchas que nos rodean, ponerla en acción y estudiarla para que se puedan mis lectores formar una idea de esta individualidad que así nos acosa sin descanso. Doña Sinforosa, que por mis pecados vive ahora contiguo a la casa de una amigota mía, será la víctima expiatoria ofrecida en holocausto a la curiosidad pública.

     Doña Sinforosa, lectores queridos (dispensadme el querindango, aunque no os conozca), es una mujer, piadosamente juzgando, pues si no tuviera túnico, tal vez sería clasificada como individuo feo del sexo: tendrá treinta años, su fisonomía es del género rechazante y daré mi razón; imaginaos un ángulo facial de noventa grados, en el cual están engastados unos ojos saltones como los del rascacio, en el cual está implantada una nariz larga, cuyas ventanas presentan a las miradas del público sus oscuros huecos; en el cual hay dos cavidades donde cabe muy holgadamente una naranja, en el cual hay más pecas que poros, en el cual hay una cisura natural y semicircular con anchos y descoloridos bordes que ella llama a boca llena su boca, lo cual no se le puede disputar, porque a los ojos del dudoso se presentan dos andanadas de dientes ennegrecidos por el humo del cigarro, porque es cigarrista mi heroína; este ángulo facial está armado sobre unas mandíbulas descomunales y montado sobre un polígono cilíndrico, lleno de cuerdas, aparato a que un anatómico daría el nombre de pescuezo por su formidable piñón que sobresale, y el vulgo llama manzana, y que el que tiene sus ojos buenos llamaría aguacate, tomando en cuenta su volumen y figura. Ya tenemos la parte fisonómica de mi vecina; ahora por lo que respecta a su talle y bulto, sólo diré que parece un arpa de David. Retratada físicamente mi protagonista, vamos a retratarla moralmente; pero haceos cuenta de que habla ahora doña Criptógama, la cual me contó lo que sigue:

     Martes era, que martes había de ser tan aciago día, cuando a las once de una mañana nebulosa vi desde mi ventana a doña Sinforosa que, seguida de siete criaturas, unas mal vestidas y otras en cueros, se detuvo ante la puerta de una accesoria que por mis culpas queda al lado de mi casa, y abriendo la puerta se zampó dentro con su haraposo acompañamiento: tras ella llegaron dos negros conductores del menaje de casa, cuyo inventario indicara a leguas la riqueza de la nueva vecina: una silla sin espaldar, un banco, dos cazuelas, un jarro de hojalata, dos catres más remendados que casa vieja, una mesa de pino, un baúl, una estampa de la Virgen del Cobre y una botella, que por un cabo de vela que de tapón traía, revelaba la habían destinado para las severas funciones de candelero.

     Cuando doña Sinforosa llegó, saludóme diciéndome: buen día dé Dios a usté, vecina; le contesté con una ligera inclinación de cabeza, previendo la tempestad que tronaba ya sobre mí, pues vi a uno de los chicos que había tropezado con unos bagazos de caña y se había apoderado de ellos para pasarles revista.

     Los siete niños de doña Sinforosa con su pelo enrojecido, con su cutis quemado por el sol, con sus harapos, con sus cabos de tabaco en la boca, eran el tipo de la miseria más repugnante. A los diez minutos de haber llegado doña Sinforosa ya sus gritos maldiciendo a los hijos habían anunciado al vecindario su llegada; porque la mujer pobre, acosada por la indigencia y embrutecida por la ignorancia, quiere poner coto a la turbulencia infantil de su prole, que no sabe educar, con maldiciones y porrazos.

     Poco después de haber tomado posesión de su domicilio, se me presentó en casa una niña de nueve años; su tez morena, más que de suyo por la influencia solar; sus ojos vivos y lumbrosos; sus facciones regulares y si se quiere agradables; su cabello revuelto y desordenado; su vestido sucio y roto; sus pies desnudos cubiertos apenas por unas chancletas, que por su áspero sonido podían llamarse las pregoneras de la miseria; su pergeño, en fin, repugnante y que ponía profunda lástima en todo el que la miraba, y veía una predestinada al vicio en aquella inocente, que educada sería una buena madre de familia; dirigióse a mí la niña, y quitándose de la boca un tabaco, me dijo: -dice mi madre que si le hace usted el favor de emprestarle una escoba. Accedí y salió con la escoba. Aún no había salido cuando entró un peloncillo de siete años, con el rostro y cuerpo llenos de tierra: parecía un finao. Era desenvuelto y avispado, sin embargo de la cortedad de sus años. Tenía puesta una camisita hecha jirones, y llevaba el calzado de nuestro padre Adán. Con voz petulante y mostrándome un jarro algo entrado en años que en la una mano traía, díjome: dice mi mae que si le hace el favor de darle un poquitico de agua-; otorgué la petición; en fin, para no cansar a mis lectores, en el corto intervalo de dos horas me mandó pedir un poquito de canela y otro de sal y un dientecito de ajos, y por último que si le emprestaba una peseta hasta la noche.

     Por la tarde, cuando menos me lo esperaba, cátate a la vecina y sus siete hijos a hacerme visita de cumplimiento; tomó asiento; un chiquillo se le encaramó en las piernas, otro se colocó entre las mías, esotro se fue a despertar el gato que dormía a pierna tendida sobre una silla, y los demás se desparramaron aquí y allá como guardas por terreno barbechado, a hacer de las suyas. Tomó la palabra doña Sinforosa, y entre bocanada de humo y salivazo de a libra, habló así:

     -Usted dispensará que yo sin más ni más venga de sometía a hacerle visita, porque según el proverbio, ¿quién es tu hermano?, el vecino más cercano; y yo no gasto etiquetería con alma nacida, y máximamente con los vecinos, porque en todas las vecindades que he estado me he llevado muy bien, sin un sí ni un no; ya usted me ve con estas siete criaturitas que Dios me ha dao, que con naiden se meten; tengo mi marido que ni güele ni jiée, ni viene a casa más que los sábados por la noche, porque el resto de la semana se está en los cayos chinchorreando. Yo soy muy serviciala y muy voluntariosa para cuanto se necesita, y sé asistí un enfermo como la que más, porque aquí donde usted me ve tengo esperencia; pues yo solita he criao estas criaturitas que Dios me dio; y como yo le digo a Alifonso, cuando viene a casa (Rayo, estati quieto, déjame conversar con la gente); pues como le iba diciendo de Alifonso, yo le consuelo, porque el probe hay veces que viene sin una peseta (muchacho, no seas el pecao malo, mira que te doy un sosquín), y se pone tan así como una mococoa que me parte el alma. Aquí llegaba doña Sinforosa, cuando tuve la fortuna de que el chicuelo que jugaba con el gato, le tiró del rabo, y el animalito, en justa y legítima defensa, le arañó, con cuyo motivo el muchacho puso los gritos en el cielo y la madre se despidió de mí retirándose con aquella lechigada de diablillos, dejándome espantada con su aparición súbita.

     A la noche, dadas ya las diez, oí a la vecina que me gritaba por el patio: -Vecina, ¿me empresta su gato po vía suya? Mandé al criado que se lo llevase, y el animalillo, no acostumbrado a pernoctar fuera de casa, armó tal zalagarda de maullos y carreras a media noche, que doña Sinforosa tuvo que abrirle la puerta y dejarle en plena libertad.

     Al otro día, desque mi Dios echó sus luces al mundo, empezó el pitirreo de doña Sinforosa. ¡Jesús, qué salación de mujer! ¡Dios me la perdone!, que ni sé lo que me digo con semejante hipoteca que me ha venido. Los muchachitos los tengo todo el día metidos en casa haciendo torerías; me han roto una de las tablas de la cerca que nos divide, y por el hueco que han hecho entran y salen a su antojo; ellos me hacen rabiar a la lotica, me arrancan los sembraditos; en fin, me tienen todo el día como una pregonera; y la madre, por otro lado cantando el ¡ay! de la mañana a la noche y pidiéndome sin cesar cuanto necesita, que es todo; los tiene a toda su leche, contentándose con echarles maldiciones en vez de sujetarlos y corregirlos; usted no es capaz de formarse una idea de lo que son esos angelitos: tíranle piedras a todo el que pasa, y son el terror de la cuadra; no hace más que quince días que los tengo por mis culpas al lado, y sólo espero a últimos de mes para si no se mudan mudarme yo donde no sepa ni oiga de ellos.

     Al concluir su informe doña Criptógama, entraron dos de los chiquillos y traté de atraerlos; pero ellos, pegada la barba al pecho, mordiéndose la mano, caminando hacia atrás y mirándome de hito en hito me decían que no con la cabeza. ¿Conque ustedes tiran piedras, eh? Yo se lo diré al comisario para que los sobe. La respuesta que me dieron fue tan insolente, que no pude menos de lastimarme de escuchar palabras tan descompuestas proferidas por aquellos labios que apenas sabían articular las palabras sacramentales de papá y mamá.

     Ya habéis oído hablar a doña Criptógama y escuchado o leído lo que me pasó con los hijos de doña Sinforosa, y ya comprenderéis sin gran esfuerzo que la vecina pobre es más molesta que el sarampión y más importuna que la visita del cobrador del alumbrado. La vecina pobre cría sus hijos en la más profunda ignorancia, y desde los primeros años bastardea con la dureza de sus palabras la índole generosa de su prole. ¿Cómo puede inspirarles ideas de moralidad, de decoro, cuando arrastrando la característica chancleta, desnudos cuello y espaldas, atraviesa la calle a todas horas? ¿Cuando en vez de corregirles sus niñeces con suavidad, les maldice a cada instante? ¿Qué esperar de una mujer que se asoma a la puerta de su casa con un tabaco en la boca, y se pone en comunicación con la vecindad con estentórea voz? Y no es la pobreza por cierto la causa de tanto avillanamiento, que pobre puede ser una mujer y no por eso perder el recato, ni aquel pudor, ornamento precioso y atractivo del bello sexo. Es la ignorancia la que así plebeyea a esa creación hermosa de Dios, desnaturalizándola a tal punto, que el túnico que viste sólo sirve para arrojar la duda en el espíritu más investigador, y no para designar el sexo a que pertenece. Mas dejando a un lado consideraciones filosóficas, convengamos en que la vecina pobre es un comején en su vecindad; ella es la que da muerte a toda gallina a quien su mala ventura hizo entrar por las puertas de aquella casa, donde su aparición se gradúa como un don de San Cayetano, padre de la Providencia; ella es la que canta de día y de noche, a voz en cuello como una cigarra; ella es la que acosa con sus legiones de chiquillos, que todo lo piden y todo lo pillan y revuelven, chiquillos indómitos, especie de bichos mostrencos, verdadera carga vecinal; ella la que por un hazte allá le pone a uno como un agua y dos goteras; ella, en fin, la personificación tremenda y espantosa del sempiterno «me da usted o emprésteme usted», palabras fatídicas que dan frío y calentura, y que, según la respetable opinión de un avariento logrero, son la causa ocasional de las epidemias que nos afligen.

     El único medio que hay de conjurar a ese enemigo llamado «la vecina pobre», es remover los obstáculos que hoy se oponen a que las clases pobres sean convenientemente educadas; adquiriendo alguna instrucción y hábitos de trabajo no serán tan desidiosas, tan ignorantes, tan haraganas y tan ajenas de decoro; comprenderán su importante destino, concebirán una idea santa y social de la maternidad, y la pobreza no será un obstáculo para que se evite su contacto con el mismo escrúpulo y repugnancia con que se evita el de un apestado.

     Los cubanos pintados por sí mismos. Tipos cubanos, Habana 1852, pp. 327-332.



ArribaAbajo

El hombre cazuelero

     Con este nombre he oído designar en la sociedad a aquellos individuos que, por un espíritu de intervención fastidiosa, quieren saber y mezclarse en todos los accidentes, aun en los más insignificantes de su casa; voy, pues, a retratar uno de estos entes, formando para ello mi héroe con las observaciones que he hecho, y sin intención de pintar a Pedro ni a Juan: al que le venga el sayo, que se lo embone y calle, que al buen callar llaman Sancho.

     El hombre cazuelero no se distingue físicamente de los demás, y es algún don Fulano a quien unos aman y otros tal vez aborrecen, como sucede por lo común en estos barrios terráqueos: pertenecen a todas las clases y estados; pero abunda mucho entre los casados pobres; si es marido de alguna pródiga, su mujer es mártir; si de alguna económica, nada se ha perdido, porque se juntan el hambre con la necesidad.

     El hombre cazuelero es un mueble tan accesorio de su casa como las telarañas que diariamente quita detrás de las puertas; pasea poco, viaja mucho por el interior de su domicilio, y trabaja todo el día con incansable afán, ya sacudiendo las sillas de la sala, ya recogiendo algún papel que el viento introdujo en ella, o trapo que el descuidado fámulo soltó en el patio, y olvidó de recoger; ora inspeccionando si los útiles de la cocina se hallan aseados, o bien indicando a la planchadora si ha de coger la plancha de este o del otro modo, o si ha de estirar más o menos la pieza que va a planchar; su ojo es perspicaz, nada se le escapa; es el de la omnipotencia. Él sabe el precio de cuantos artículos de consumo existen en la capital; sus ojos son una medida más exacta que el patrón de Burgos o el celemín de Toledo, consecuencia maravillosa de su constante práctica, porque todo lo cuenta, lo pesa y lo mide, hasta la existencia; es, en fin, un ente original, que aborta la economía y desarrolla la ociosidad, pues una ocupación constante impide o destruye el hábito de emplear el soberano don de la actividad intelectual en los mezquinos pormenores de la vida doméstica. Voy a presentar un tipo del hombre cazuelero a mis lectores.

     Don Orígenes es un hombre alto, flaco, macilento, que vive en la calle de las Casas hace cuarenta y tres años; apenas amanece, ya está forrado de un enorme levitón de paño gris, con su birrete de media de seda negra, y su sombrero marsellés, que lo compró para casarse veinte años antes, su caña gorda de Indias con su puño de cuerno de ciervo, y su tabaco de a ocho por medio, celoso y apagón en la boca, pronto a emprender viaje hacia la plaza del Vapor, seguido de Gambao, su cocinero, para traer a casa las provisiones del día: sale y llega al mercado.

     -Ahí está don Orígenes -empiezan a decir los vendedores-; vamos a pedirle caro para sacarle el justo precio, y que no nos quite el tiempo con su regateo maldito.

     -Paisano, ¿cuántos huevos da usted por medio?

     -Uno.

     -¿Y por un real?

     -Tres.

     -¿Qué real, sevillano?

     -No, señor; fuerte.

     -Están muy caros.

     -Pues búsquelos usted más baratos.

     Sólo para este renglón revuelve todos los puestos de él y, al fin, viendo que no adelanta nada, prefiere comprárselos al último, exclamando:

     -¡Vaya una conspiración!, ¡un monopolio infame! Estos isleños revendones nos van a acabar la casta; ¡pícaros!, si estuviéramos en los tiempos del conde de Santa Clara, ya, ya estarían donde merecen.

     Desahogada así la bilis, toma cincuenta o más huevos, que examina uno por uno, encerrándolos en el hueco de su mano derecha, dejando los extremos libres, el uno para su ojo izquierdo y el otro para la luz del naciente día; y hecho el examen, los vuelve a poner en el canasto con la fórmula de:

     -Me parece que tienen pollo.

     Al fin, compra un real y lo suelta columnario con el mismo gesto con que soltaría una muela en el gato de un barbero, exclamando:

     -Comprar huevos de este modo es lo mismo que comprar problemas sin resolver.

     Sigue la sección de la carne, la cual hace pesar escrupulosamente, con el diario en la mano, que es la ley que le favorece; pasa al puesto de la verdura.

     -Vamos, hombre, eche usted unos tomaticos más, no sea tan cicatero, que éste es su tiempo; una ramita de hierbuena; ésa no, que está seca; ¡vaya un robo!, si estoy por meterme a revendón de verduras; ¿qué es eso?, ¿cuatro plátanos no más me echa usted por un cualtillo?

     -Señor -le contesta el pobre montero-, los plátanos este año pasao han sufrío mucho con los vientos; no hay plátanos en ningunita parte.

     -Bien, hombre, bueno es lo bueno, pero no lo demasiado, y además, que yo no le digo a usted que me eche todo el serón.

     -Vaya, señor, tenga otro.

     -Cámbiemelo por uno maduro, que a mi chiquita le gustan mucho fritos.

     Al pasar por el lado de una negra, vendedora de longanizas, se le antojó comprar de ellas.

     -¿A cómo son, morena?

     -A medio, señó.

     -¿Y son hechas con carne de gente o de perros?

     -No, señó -respondió la negra, riéndose de la ocurrencia.

     -No te rías, que lo más fácil es que sean de perros, ahora que matan tantos los presidiarios.

     Y después de olerla cien veces, y después de examinar todas las tripas de un buey hechas longanizas, compra una «para ver si se le abre el apetito a Mariquilla» como él dice. Llega su turno a los pollos, y aquí es donde mi hombre despliega todos sus conocimientos médicos y quirúrgicos: no hay pluma ni parte del cuerpo que no mire y remire; les abre el pico y los huele, sin duda para averiguar si están enfermos del estómago; los sacude para oírles gritar; les toma el peso, ya con una mano, ya con la otra, y después de esta prolija inquisición y de murmurar, tentándole la pechuga: -Está flaquito, empieza el regateo.

     -Paisano, ¿cuánto vale este pollo?

     -Tres reales fuertes.

     -¡Hombre! ¿Usted está loco?, ¡tres reales fuertes por este pollito, que todavía mama!

     -Señor, este pollo ni mama ni ha mamado.

     -No sea usted tan material; lo que quiero darle a entender a usted es que todavía estaba bajo las alas de la gallina.

     -¿Quién, ese pollo?, conque me costó correr tres horas detrás de él.

     -Ya no lo quiero: ese pollo está insultado, y bien quise yo conocerlo en el modo de gritar.

     -Señor, si anoche fue cuando lo cogí, ¿cómo va a estar insultao? Usted parece que no quiere comprar pollos.

     -Sí quiero comprarlo, amigo; vamos, le doy a usted dos reales por él.

     -No, señor.

     -Pero si no vale más, cristiano; le ofrezco a usted su justo valor.

     Y el vendedor, aburrido del infatigable don Orígenes, le dice:

     -Si quiere llevarlo, dé usted dos y medio fuertes.

     -Al fin se salió con la suya usted -replica, metiendo los dedos en una bolsa cuyo color ningún físico determinar podría, y que en su largor y angostura podría correr parejas con la cañería de la Zanja Real-. Lo llevo, porque usted no diga, pero está bien flaco y bien... Vaya, tenga usted. -Y se marcha, tomando el rumbo a casa, ya bien entrada la mañana, dejando fastidiados a sus proveedores y mucho más a Gambao, que no puede ejercer el doméstico derecho de la sisa.

     Ya está don Orígenes en su habitación, de la que no saldrá hasta dadas las oraciones, a jugar al tresiete con la vecina del lado y su cara mitad; ya es otro el lugar de la escena y otros, por consecuencia, la decoración y el traje; ved ahora a don Orígenes vestido de casa, con su volante de carranclán, que fue amarillo, hecho en 1827 por el maestro Varona, que Dios se llevó y nunca más nos devuelva; sus calzones de irlanda de pie, y sus zapatos matusalénicos; y sentado en su butaque campechano, a la puerta del comedor, para verlo todo y presidir el drama doméstico del día; ahí está como la araña, esa aduana casera, paseando sus ojos del suelo a las paredes, de éstas al techo, y de éste a la cocina y cuanto abarcan sus escrutadoras pupilas.

     -Dice la niña que me dé sumelcé un cualtillo pa arroz.

     -¿Qué, de ayer no quedó ninguno?

     -No, señó.

     -Hombre, ¡eres un tragón de Barrabás! ¿Conque tuviste alma para soplarte aquel cazuelón?

     -Y diciendo esto, mete la mano en la faldriquera diestra del chaleco, y saca una porción de papelitos sucios, que va examinando.

     -¿De dónde es éste?

     -Señó, ¿tiene una crucecita?

     -Sí, tiene una crucecita.

     -Pues ése es de la bodega de ño Mingué.

     -Pues toma; vale un cualtillo. Oye, Gambao.

     -Señó.

     -Pide la contra de ajos.

     -Si ya me la dieron.

     -Haz lo que te mando; si no te la dan, nada se pierde. -Y va Gambao y vuelve diciendo: que ño Mingué dice que ese papelito no es de allá.

     -¿Cómo es eso, negro?, ¿pues no dices tú que es de esa bodega?

     -Sí, señó, los que tienen crucecita son de allí mimito.

     -Pues vuelve allá y dile que te lo reciba, y que si no, mando a buscar al comisario para que le imponga una multa, por estar fabricando papel moneda. -Esta amenaza surte su efecto, y retorna el criado con un cartuchito en las manos.

     -A ver acá -le dice el amo-, ¡ah, perros ladrones!, miren qué cualtillo de arroz ha mandado ese señó Miguel o señó diablo; y tú, pícaro, ¿por qué vas a comprar nada a esa bodega? Cuidado corno me vuelvas allí más, porque si lo llego a descubrir, te pongo como un mamón; dime, ¿y te dio la contra?

     -No, señó.

     -Porque tú no la pedirías.

     -Yo se la pedí.

     -¿Y te respondió?

     -Quede cualtillos de papelitos no se daban contras.

     -¡Infames!, toma el cualtillo de arroz, que no alcanza ni para el almuerzo de un pollo; pero no, dame acá, que voy a pesarlo por curiosidad. -Y se levantó don Orígenes y lo pesó, y se santiguó cien veces, exclamando: -Jesús, Jesús, catorce adarmes y medio de grano pesa con cartucho y todo!; ¿a

donde vamos a parar, Dios mío?, si esto sigue así, es preciso suprimir el arroz del presupuesto del mes.      -Y dicho esto, volvió a su puesto el inexorable vista.

     -Dice la niña que me dé sumelcé un chico pa sal y otro pa manteca.

     -Para manteca, sí, pero para sal no, porque ayer se trajo una contra.

     -Ya se acabó, señó.

     -¡Caramba, hombre!, no puedo menos de creer sino que te la comes.

     Y a esto sacaba otra vez la falange de papelitos.

     -Aquí no hay ninguna papeleta de a chico.

     -Toma medio: tráete un chico de manteca; ¿qué otra cosa hace falta?

     -Jamón pa la olla, señó.

     -¿Nada más?

     -Y azafrán.

     -Ni por pienso; el azafrán está ahora muy caro; tráete un chico de bija, que es lo mismo, y además es muy barata; y guárdala, no la vayas a tirar por ahí como haces tú con todo, y tráete otro chico de jamón y un chico vuelto, y la contra de sal; y ven pronto, que van a dar las ocho.

     -Sí, señó -responde Gambao, maldiciendo para sus adentros la mezquindad de su amo, que le arrebata el derecho de la contra, para beber un trago de aguardiente o fumar un tabaco. Vuelve Gambao y vuelve al examen y al peso y a las declamaciones; a ratos se levanta don Orígenes y va a la cocina.

     -Mira, taita, levanta esa ramita de hierbabuena del suelo; todavía te he de arrancar las orejas para que hagas caso de lo que te digo; y esta sal, ¿qué hace aquí en el papel?, ¿a dar lugar a que se agüe, no?, ponla en el jarro, que es su lugar -y le señalaba un cuasi-jarro, que estaba en el fogón-; y te advierto que no le eches, como sueles hacerlo, mucha sal a la comida, que se desperdicia sin saber para qué.

     Volvamos a la sala con don Orígenes, que ha llegado un isleño baratillero.

     -Vamos a ver -le dice- lo que usted trae; ponga en el suelo el canastro. Mónica, ven, que aquí está el casero de hilo. -Y viene Mónica.

     -¿Trae agujas número siete?

     -Sí, señorita, y muy buenas. -Y entre marido y mujer desdoblan cincuenta papeles de ellas.

     -¿Y a cómo son, casero? -preguntan ambos.

     -A seis.

     -¡¡Jesús!! -replican a dúo; y don Orígenes prosigue-: a nueve se las daba ahora poco don Perfecto, ese vendedor que usted conocerá.

     -No lo conozco; pero no serían como ésas; mírelas usted qué finas, que ni se doblan ni se parten.

     -¿Las da usted a prueba?

     -¿Quién da ahújas a prueba, señor?

     -¡Oh, amigo!, entonces, ¿cómo quiere usted que sepamos si se parten o no?

     -Vaya -dice Mónica-, me las dará usted a ocho.

     -Tómelas la señora a siete, y se las doy así porque semos caseros.

     -Espérate, hija -le dice el consorte-, no tomes ésas; éstas son mejores.

     -Ésas no sirven -replica la esposa, que sólo en estos casos tiene jurisdicción privativa para juzgar y hacer la suya-;parece que estás ciego, ¿no las ves tan cabezonas que parecen un trompo?

     -Coge las que quieras, hija, pero a mí me parecen mejor éstas, porque son más gorditas y duran más, y que tengo más experiencia de ellas. ¿Te acuerdas de aquel forro de catre de rusia que cosimos entre los dos?

     -Sí me acuerdo; pero las que quiero son para coser estopilla y no rusia.

     -¡Ah!, tienes razón; yo no sabía que eran para eso. -Y durante este diálogo, elegía doña Mónica de cada papel una aguja, y don Orígenes examinaba con la petulancia de un niño y la curiosidad de una mujer, cuantas bujerías se contenían en el canasto, desarreglándolo todo y convirtiéndolo en un nido de gallina; al fin, le pagaron al paciente baratillero el medio sevillano tan amargamente ganado, y salió de allí algo mohíno.

     Don Orígenes no era sólo cazuelero, sino también avaro, como lo habrán conocido mis lectores por el bosquejo de sus cien mil ridiculeces; y no me tachen de inconsecuente, porque pinte su avaricia cuando compra pollo para el consumo diario, pues esto sucedía porque era la comida favorita de su esposa, la cual era la dueña de aquel mediano pasar en que él vivía; en cambio, o mejor dicho, en compensación de su gasto, no se comía dulce, porque a ella no le gustaba, y él se pasaba muy bien sin él, pero para satisfacer en algún modo y aliquando su apetito, llamaba una vendedora de miel de caña y le compraba medio de ella, y después le decía: ¡Jesús!, ¡mujer, qué miseria! Echábanle un poco más, y entonces replicaba: no, no quiero miel; tú das muy poquito; y la echaba él mismo en el tarro de la vendedora, contentándose después con la que le quedaba en el plato, que recogía con un pedazo de casabe mojado:

     Don Orígenes le tenía un horror invencible a las moscas, y ni los españoles fueron tan tenaces en lanzar los moros de España, como él lo era para arrojar esos bichos del espejo y demás puntos donde se posaban; armado del instrumento respectivo, se le veía a veces perseguir media hora a una mosca desdichada, que había cometido el crimen de posarse un instante sobre la luna del antiquísimo espejo de la sala; las arañas no eran más afortunadas; a ésas las rebuscaba con solícito cuidado, y no había rendija segura en toda la casa donde una de esas domésticas tejedoras pudiera ponerse a cubierto de las pesquisas de su enemigo. ¡Oh!, si como a don Orígenes le dio por buscar moscas y arañas, le hubiera dado por hacerse ministro de policía, no les arrendaría yo la ganancia a los pícaros, y viviríamos tan seguros de ellos como de los turcos.

     Queridos lectores, ya conocéis a don Orígenes; y ya sabréis, a lo que alcanzo distinguir, a un hombre cazuelero entre mil; no os imaginéis que es ideal este personaje; existe, y existe en nuestra sociedad; vémoslo diariamente, encontrámosle a cada paso, y más de una vez nos arrepentimos de conocerlo.

     Buena es la economía; bueno es que el hombre vigile decorosamente sobre el gobierno interior de su domicilio; pero tal avaricia, tal mezquindad, tal intervención de puertas adentro, es vituperable a los ojos de las personas sensatas, y enojoso a una madre a quien se despoja del manejo económico de su casa y familia.



     (1852)

     Colección de Artículos, Tipos y Costumbres de la Isla de Cuba por los mejores autores de este género, obra ilustrada por don Víctor Patricio de Landaluze (primera serie), Habana, enero de 1881, pp. 159-164.



ArribaAbajo

Las tortillas de San Rafael

     Sin el descubrimiento del Nuevo Mundo, imposible me habría sido complacer a un respetable amigo que me decía no ha mucho: ¿por qué no escribe usted algo sobre las tortillas de San Rafael?

     Dirán mis lectores: ¿qué analogía hay entre el descubrimiento y las tortillas? Ahí es nada. ¿Acaso se habría conocido el maíz sin descubrir la América? ¿Por ventura, sin el maíz pueden existir las tortillas? Y San Rafael, que en Europa se revelaba sólo como médico de Tobías y primer inventor del aceite de bacalao, ¿habría sido conocido en la capital de la Gran Antilla, adorado en el barrio del Ángel, al cual da nombre, y festejado en la antigua feria, tan bullanguera y gastrónoma, sin la precisa habilitación del puerto de Carenas en ciudad marítima, coronada de torres como la antigua Cibeles?

     Ya ven mis lectores cuántas cosas han sido necesarias para que pudiera yo ofrecerles hoy el solaz de este artículo, y en que les hago gracia de los nueve meses que estuve deliberando si saldría o no a ser visto, pues, si como al fin me decidí a nacer, se me ocurre lo contrario, de seguro que no obstante el descubrimiento de América, y la población de la Habana y la formación del barrio del Ángel, y de su templo con dedicación a San Rafael y el hallazgo del maíz, símbolo de la civilización india, y la invención de las tortillas, sabroso comistrajo, emblema del fusionamiento de los descubiertos con los descubridores, ni yo podría articular, ni vosotros aburrir el tiempo con leer mis observaciones. Basta de preámbulo y al asunto.

     En otros tiempos, cuando Dios quería, como decía el sabroso Garcilaso, de los doce meses del año, cuatro se pasaban en alegres ferias, no de las que sirven para alentar la industria, con la exposición de los productos que el interés aguijado por honrosas recompensas, lleva a ese palenque civilizador, como ha sucedido en Puerto Príncipe, sino de aquellas que hacían surgir millares de mesitas, que por toda la octava estaban, por decirlo así, en sesión permanente, rodeadas de guajiros, soldados, negros y muchachos de todos colores, los unos como mirones y los otros como jugadores de la perinola, el oriente por uno y los dedales.

     ¡Oh!, en otros tiempos, cuando Dios quería, ¡cuánto me divertían las ferias!, pero en especial la de San Rafael, por aquello de subir la loma, y comer las tortillas, adquiridas como los romanos poseyeron a las sabinas, cogiéndoselas y llevándoselas.

     Aún recuerdo aquel cantarcillo picaresco, que brotó ardiente y voluptuoso de una de esas ferias y fue tema enseguida de una de las danzas más sabrosas que han bailado pies criollos:

                          Qué quiere usted, qué quiere usted,
vamos a subir la loma
de la lumbiqué.

     Así decía el airecillo, abrasador como el simún y cuyas notas, de una languidez deliciosa, se infiltraban hasta la médula de los huesos. ¡Ay! Ahora, que hace ya tantos años, al poder del recuerdo, siento todavía que los pies se me mueven, y me pondría a bailar hasta romper el suelo.

     La feria de San Rafael, que hoy es un recuerdo histórico, era una de las más esplendorosas, cuando yo, adolescente, aprendía en el sancta sanctorum de la ilustración cubana, el colegio de San Carlos, que el alma sin los sentidos no conocería la naturaleza, y sentía abrirse mi inteligencia al soplo fecundo de la filosofía de Varela.

     Ya hombreaba yo, y mi memoria me presenta, con toda su frescura, la escena que pasó en el patio del colegio, la tarde del 23 de octubre de 1828.

     Las cuatro tañó la campana del reloj de la catedral, y nuestro amado maestro terminó su luminosa explicación, y descendió de la cátedra; lanzámonos todos los estudiantes al patio y ya nos encontramos allí con los de jurisprudencia; en esto, salió del medio de aquella muchedumbre una voz de muchacho que decía:

     ¡A la loma, señores; a la salve, y mañana ninguno venga a clase, porque el día de San Rafael en nuestro!

     Yo vi al tribuno audaz: tendría como dieciocho años, y revelaba en su físico que pertenecía a la familia de los Marios y de los Sforcias, y por eso se levantaba allí, donde estaba la prohibición, armado de la protesta, para reivindicar lo que él llamaba un derecho, contra lo estatuido por los catedráticos que conminaban con tres fallas al estudiante que se fugitivase el día de San Rafael; conminación que sólo retraía a una media docena de juiciosos, porque el resto obedecía a la ley de las mayorías, y se lanzaba a la loma, escalándola con infantil bullicioso entusiasmo.

     Yo, al oír la proposición tribúnica, que tuvo para mí un no sé qué de irresistible y halagador, me afilié bajo la bandera de aquel Camilo Desmoulins, y seguí al golpe de muchachos que se dirigía a la loma y que iba reforzándose a medida que avanzaba; no cabía en las calles la gente; entonces no había más que quitrines, y éstos con una sola bestia, aunque algunos llevasen dentro muchas veces hasta dos, pero no eran de tiro, sino tiradas.

     -¡A San Juan de Dios, a la retreta del cangrejo! -gritó Eleuterio, y a su voz de mando, llevándole de jefe, nos dirigimos por la calle del Empedrado a San Juan de Dios. En el coro de la iglesia estaba la orquesta de Alarcón, y en la plazuela había un gran farol de papel, que tenía pintados un cangrejo y otros animaluchos. A las ocho de la noche una falange de quinientos muchachos de todas razas y sexos, desde ocho hasta veinte años, dio el grito de marcha y salió la farola escoltada por este aluvión animal, en Vuelta del Ángel, abriéndose paso por entre el gentío, que hormigueaba en dirección al mismo lugar.

     La gente de color, en aquel entonces, trabajaba seis meses para gastarlo todo en esa tarde y día, así que llamaban la atención los pardos y morenos, y en especial sus hembras, porque iban de todo rumbo, presentando las calles que conducen a la loma, y en especial la de Compostela, un golpe de vista magnífico. Tanta era la multitud, que apenas podía uno moverse; y al ver desde lo alto de la loma tantos sombreros y velos y flores y moños, y tantas mantas y trajes, en que resaltaban vivísimos matices, antojábase a la imaginación que era una inmensa boa de abigarrados colores la muchedumbre que al templo se aproximaba. La torre, engalanada con centenares de banderas, alzábase arrojando al aire el bullicioso repiqueteo de sus alegres campanas; la iglesia rebosaba de luz, de sagradas armonías; llenábase el templo de zalameras pecadoras, y nunca dejaba de haber, gracias al inmenso gentío, accidentes y desmayos, y no pocos desmanes ocasionados por estudiantillos traviesos, cuya poca edad no les permitía parar mientes en lo santo del lugar.

     Llegamos a la loma, y una nube de voladores surcaron el aire derramando vistosas lluvias de fuego, y quemando algunos rostros y peinados. En seguida empezó a estallar la culebra, saltando los tacos encendidos sobre la apiñada gente que pasó no buenos sustos, y alguno tuvo que contar más de lo que quisiera.

     A las ocho de la noche se acabó la salve y se precipitó aquella multitud por la escalera, oyéndose las exclamaciones de: ¡Ay, cristiano, no me arrempuje! ¡Ay, que se me ha enganchado la manta! ¡Ay, me ha destripado un pie con su pezuña! ¡Ay, que me ahogo, déjenme salir! ¡Ay, que se me descalzó el zapato!, y otros muchos ayes de todas monas, que revelaban desaguisados de todos géneros, y podrían ser asunto de un infolio.

     Ya al pisar el último escalón se oía por entre el rumor de aquel gentío, el tlaque tlaque de los dados en los cubiletes, los gritos de los avellaneros y de los jugadores de perinola y juego de Guinea, y se entraba en aquel campamento de bribones, que ocupaban las aceras, y alrededor de cuyas mesas se agrupaban la infancia y la canalla, ésta a jugar y aquélla atraída por la curiosidad. Más lejos estaban dos o tres bailes, cuyas orquestas derramaban torrentes de armonías incitadoras, tocando las danzas de La lumbiqué, El forro de catre y Si el mar fuera de tinta, cuyos melodiosos acordes llevaba a oleadas el aire a largas distancias.

     Veíanse en las esquinas próximas al Ángel las bolleras, con su fogoncillo, y su freidera y su tablerito, lleno de butifarras y salchichas, bollos y tortillas, y por todas partes, vendedores pregonando tortillitas calienticas, que los transeúntes se apresuraban a comprar y que la estudiantina arrebataba, formándose con tal motivo molotes y carreras, en las cuales se perdía más de un zapato, se rompía más de un túnico, y se desgarraba más de un velo, que, al desgaire lleva alguna saltoncita Salomé; pero no pasaban de aquí los percances, y cuando más y mucho, sólo aconteció que algún sacerdote de Baco, cansado de hacer libaciones, apareciese en la escena, y recogido por el comisario, fuera a dormir la mona al vivac.

     En la época a que me contraigo y hasta el año 34, era tal el consumo de tortillas, que las tortilleras de fama se pasaban la noche preparando, y no daban abasto a los pedidos, siendo necesario que se acudiese desde el amanecer a proveerse de ellas, y era tal el número de compradores que afluía, que formaban cola, y, a veces, necesitábase de dos horas para lograr el turno. ¡Verdad es que las confeccionaban de tan exquisito sabor, que merecía la pena de la espera, en cambio del gustazo que proporcionaban!

     Los bailes eran dados por los adoradores de Briján, de manera que en el patio estaban las aras del ídolo, y acá y acullá, sobre verde tapete, montones de onzas y pesos fuertes, mientras el catedrático con el libro de las cuarenta iba explicando a cada quisque su hado, ora próspero, ora adverso. Allí, como muchacho, estuve contemplando larga pieza de tiempo las misteriosas evoluciones de los naipes, y mirando aquellos jugadores, tan ávidos, tan abstraídos, con los ojos fijos sobre las cartas, y en cuyos rostros se podía leer lo que se llama esperanza y desengaño.

     Cansado de ver aquello que para mí no tenía significación, me fui al baile, y allí estaban las bellas, que hoy tendrán cuarenta años, y que entonces estaban en su florido abril, tan lindas con sus túnicos de arco iris de talle alto, y sus peinetas de lazo, como horribles parecerían hoy si con ese traje se presentaran en nuestros salones.

     Me fui a casa, y al otro día, sin vacilar, me vestí y tomé el camino de la Loma, sin mirar hacia atrás, no me sucediese lo que a la mujer de Lot, o punto menos, pues podía encontrarme con la investigadora mirada de mi padre, para quien un fugitivamiento habría sido imperdonable crimen.

     Ya estaba todo tomado por la población, que se había movilizado para asistir, unos, a la fiesta, y, otros, a ver y gozar.

     El golpe de vista de la subida a la Loma era tan pintoresco que no es posible dar una idea de aquel cuadro tan espléndido y variado; de aquel lujo de todas clases, pero especial de las mujeres de color; todo era encanto, y gusto y novedad. Aquí dos marineros del Soberano altercan con una tortillera, sobre si les ha de dar a prueba las tortillas o no; allí es un muchacho que pasa por cerca de un tablero, le echa garra a dos tortillas y afirmándose el sombrero, echa a correr, atropellando por todo, y seguido de unos cuantos mataperros que van a participar de la presa, levantando una vocería infernal; mientras la tortillera refunfuñando, sigue con la vista indignada al ladronzuelo, pero sin atreverse a perseguirlos porque más lejos hay destacamentos del mismo uniforme, que la acechan y caerían sobre su tablero apenas ella lo abandonase.

     Acullá, se levanta una grita: es que un guajiro con la faldeta por fuera, y caballero en un arrenquín anquiseco, mocho y cuellilargo, y con más garrapatas que pelos, se ha aparecido, y la pillería le hace los honores con un rechifla infernal.

     Allá, en las mesillas de perinola y dados, a cada instante hay altercados; en la que regenta el Malatobo, la primera perinola del país en aquella época, y que le habría dado ciento y falta al mismísimo Guzmán de Alfarache, estaban agrupados marineros y soldados y negros y varios pillos paleros.

     Yo, niño aún, que nunca había estado en ninguna feria, al ver aquel lienzo lleno de figuras, me acerqué, aunque a distancia y con recelo, llevado de la natural curiosidad y estaba mirando aquello, cuando un negrito dijo:

     -Voy ese rial al pescao.

     Tiró la perinola el Malatobo y ésta paró entre el pez y la corona; pero de modo que hubiera sido difícil determinar quién ganaba, si Malatobo o el negrito; Malatobo, por consiguiente, dijo:

     -Perdiste, Tararaco.

     -Yo no he perdío -repuso éste-, porque la cosa está de dudosa oitografía; venga mi rial.

     -Qué rial ni qué rial. Yo no degüelvo, porque el pescao es pescao. -Iba con tal motivo a armarse camorra, pero uno de los paleros le dijo al Malatobo:

     -Compae, déle usted el rial a Tararaco, y que dé media vuelta a la izquierda y se vaya a otro palomar.

     Y Matalobo, aunque de mala gana, devolvió el real.

     Llegó entonces un negrazo, cambiando más que un papalote, se acercó a la mesa y con aire de perdonavidas, dijo:

     -Un escúo al cangrejo.

     Alzó Matatobo la vista, y le dijo:

     -¿Y el escúo?

     -Vendrá si es de ley -le contestó el otro, que era el famoso José del Rosario (a) «Veneno».

     -No hay más ley ni más veniura, sino que si eres Francisco muestres la llaga.

     Iba a ponerse en figura, y le dijo uno de los paleros:

     -Camaráa, nada de cuaiteo, váyase y vuelva luego, que todavía no hemos tirado la cananea.

     José del Rosario se ablandó y se fue. Años más tarde supe que la cananea se llamaba la jugada en que habiendo muchas figuras cubiertas de apuestas tirábase la perinola para que cayese en la que no estaba cubierta.

     Escenas del mismo linaje pasaban en las demás mesillas, donde el fraude y la desvergüenza, por espacio de ocho días, hacían alarde de su habilidad para desvalijara los mentecatos, que aventuraban su dinero a tan perniciosos azares, siendo muchas veces ocasión de lastimosas desgracias y propendiendo siempre a corromper la servidumbre doméstica y la niñez de la clase proletaria, que descalza y harapienta vagaba en esas ferias, recibiendo allí los primeros gérmenes desmoralizadores que predisponían su alma al mal y le abrían la senda que más tarde les conduciría a los presidios y a los cadalsos. Por fortuna, la ilustración anatematizó los garitos y las mesillas de juegos fraudulentos, y si las ferias de hoy no son tan ruidosas ni tan pintorescas como las antiguas, en cambio los elementos de moralidad ponen a cubierto ahora, en cuanto es posible, a nuestros hijos y criados y a los hijos del proletariado, de la influencia bastarda de aquellos abominables lazos tendidos a la ignorancia de los unos y a la candidez de los otros. Sólo han quedado de aquella época las banderas la salve, la fiesta, los bailes, la retreta del cangrejo, la rifa de la ternera y el reparto entre viudas pobres del sobrante de fondos, y en la fiesta, el fuero estudiantil del fugitivamiento el día de San Rafael, fuero que defienden los estudiantes con la misma energía y tesón que los suyos las Provincias Vascongadas, las tortillas del santo, aunque homeopáticas, y alguna que otra embestida que la traviesa puericia suele dar a las tortilleras; pero esto es pecata minuta, porque en todos los tiempos y en todas partes, los muchachos, intuitivamente, están por la práctica de aquellos dulces y sonoros versos de

                          Flérida para mí dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno,

con sólo la diferencia de que en vez de frutas, son también tortillas y bollos.

     Así la civilización lenta, pero segura, va modificando las costumbres populares y poniéndolas en armonía con la moral y la razón; todos los accesorios grotescos y nocivos desaparecen; el fondo queda y aparece más bello, aunque los contornos no sean tan pronunciados y luminosos.

     Lo que resta hoy de la antigua feria de San Rafael es bastante para brindar solaz al espíritu y fomentar el culto del santo; lo único que no encuentro ya es a María de la O y a María Belén, las reinas de las tortillas, y mis dieciséis años que volaron, robándome tantas candorosas ilusiones, tantas halagüeñas esperanzas... y, ¡ay!, también echo de menos al Mario de la calle de Tejadillo, a Eleuterio, que obedeciendo a la irresistible ley de su organización, fue allende los mares a buscar una liza dónde combatir, y lidió como bueno y murió como héroe.

     Evolución de la cultura cubana (1608-1927), vol. XII. La prosa en Cuba, tomo I. Recopilación dirigida y anotada por José Manuel Carbonell y Rivero. La Habana 1928, pp. 225-232.

Arriba