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Cirilo Villaverde



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La Habana en 1841

     Francia es París, Inglaterra es Londres, Italia es Roma. Si con bastante fundamento se dice esto especialmente de aquellas dos primeras naciones, las más ilustradas y poderosas del Viejo Mundo, con no menos, a nuestro modo de ver, se pudiera decir que la Habana, hoy día, es la isla de Cuba.

     En efecto, su posición geográfica, a orillas del mar Atlántico, porque la avecina con las ciudades comerciales de Europa y de la Unión Americana; la excelencia de su puerto que, según la expresión enfática del sabio geográfico señor Humboldt, es el más hermoso y abrigado que se halla bajo los trópicos; junto con otras ventajas que debe a su situación geográfica y a su abierto y diáfano cielo, llamándola desde su principio a ser la morada de los gobernadores capitanes generales, andando el tiempo la han hecho el centro o emporio del convenio, que es la vida cubana.

     Después de algún tiempo de ausencia, nadie acaso mejor que el que esto escribe pudiera hacer el paralelo entre La Habana de 1839 y 1840 y La Habana de 1841, año que acaba de cerrarse. Desde época bien remota a la que nos referimos ahora, la marítima ciudad, blanda cera en mano de sus artífices o dueños, ha tomado siempre la forma que han querido darle. Cada uno, puede asegurarse así, le ha impreso su carácter peculiar. Bajo el mando del político y el guerrero, sus adornos más favoritos han sido los castillos, las estacadas, las baterías, cañones y campos militares; bajo el cortesano, ha ostentado sus palacios, catedrales, paseos, jardines, fuentes, monumentos y mejoradas calles. Y al cabo de tan mágicas como rápidas transformaciones, pues que no son perpetuos los que la gobiernan, hoy el hijo que la abandonó durante dos breves años no se cansa de contemplarla con asombro: ciudad nueva y rozagante, que sale del fondo del mar, a la manera que la diosa de la belleza de los fanáticos griegos.

     Porque, a decir verdad, la india agitó su penacho, se enderezó, y caminó cargada de extrañas plumas, de piedras preciosas y de sedas, las cuales no ha adquirido ciertamente a cambio del oro y la plata de sus minas, sino del azúcar, el café y el tabaco de sus fértiles campos. En vano, pues, ha sido oponerle murallas y abrirle fosos. Éstos y aquéllas los ha traspasado, derramándose por el sur hasta Jesús del Monte, cuya pequeña iglesia, sobre una verde colina asentada, al mismo tiempo que de atalaya, parece puesta allí por la Providencia para impedir que el pueblo se desbande por los campos. Por el sudoeste, entre famosas quintas y alegres casas, salvando el profundo Casiguaguas, no ha detenido su carrera hasta darse las manos con el Quemado. Por el oeste, cubriendo los manglares de La Punta y San Lázaro, lleva trazas de no detenerse hasta besar los muros del Príncipe.

     Esta precipitación de levantar casas y esta rapidez en poblar ha originado los males que ahora tratan de remediarse: el pueblo, abandonado a su propio instinto, edificó al capricho, sin pararse en regularidad ni orden ninguno. Pero, al fin, edificó, que no es poco; y la población de extramuros hoy se ofrece con orgullo a los ojos del transeúnte, llena de vida y movimiento, con sus jardines, sus fuentes, teatros, templos y paseos. Uno de éstos, señaladamente renovado del todo, es lo primero con que da el extranjero al pisar nuestras playas, para encantarle, a nuestro juicio, con la sencillez y regularidad perfecta de la obra. De los templos, si bien el de San Lázaro no está concluido al terminar el año de 1841, fáltale muy poco; cómo se ideó y comenzó corriendo él, es obra que debemos adjudicarle, tanto más cuanto que es la más digna que ha producido la caridad pública en la gran barriada de extramuros.

     Pero ya es hora de que tornemos a la ciudad, que en ella está todo el calor y la vida. Desde las elevadas rejas de su lindísimo paseo de Paula, que se debe al año que expira, pasemos la vista por el limpio y tranquilo espejo de su bahía, que si es noche sin luna, veremos las estrellas del cielo como flechas de fuego clavadas en el fondo de las aguas, y mil suertes de pequeñas y grandes embarcaciones; ora como varadas en el hielo, ora arrastrándose silenciosamente de una ribera a otra, con la magia que prestan las sombras de la noche y el silencio de la naturaleza. Mas si el sol alumbra nuestro horizonte, no hojeemos ningún registro: las banderas y flámulas que ondean en las gavias de los buques surtos en el puerto nos dirán a voces que el comercio de la Habana en el año 1841 está en relación activa con todas las naciones del Antiguo y Nuevo Mundo. Ni penetremos al mediodía en las calles de la ciudad, porque correremos riesgo de ser estropeados, mayormente nosotros, que venimos de la soledad y quietud misma; el ruido asordador que meten millones de carretones, carretillas y carretas; conduciendo o retirando del muelle los frutos del país y extranjeros, nos dirá a voces que el comercio de la Habana en 1841 está tan floreciente y activo como el de las ciudades más comerciantes de Europa y América.

     Esperemos a la noche otra vez; veamos bajo distintos aspectos la población que anima el comercio extranjero con su aliento vivificador.

     No bien traspone el sol nuestro horizonte, y millares de quitrines, especie de góndolas terrenales del país, rodean los palacios de los señores, o en largas filas se tienden ante las puertas de los teatros y otros lugares de concurrencia pública. Y mientras los amos, en los espléndidos salones, se entregan a los placeres del juego, del baile, de la música o de la mesa, los esclavos, que bien pudieran pasar por los gondoleros de esas góndolas que ruedan, en la media luz de las calles, o duermen (que esto sucede pocas veces) en los mismos cojines del carruaje que momentos antes ocupó muellemente reclinada la hermosa y delicada habanera, o juntándose en numerosos grupos, ya solos, ya en unión de sus queridas, cantan y bailan al son de sus pequeños y melancólicos instrumentos: cantos, bailes e instrumentos que no tendrán, si se quiere, la poesía que encontraba Byron en las barcarolas de los lazzaroni de Venecia, pero que no carecen de novedad y expresión, sobre todo para el extranjero que por primera vez los oye o los ve. A esa hora de la noche, asimismo, la ciudad toda, como por encanto, y a la manera de ciertos insectos de nuestros campos, brota luz de sus entrañas; pero no una luz para ofender la vista, sino para reflejarse en los mil variados tesoros que el comercio ha derramado en las tiendas de ropa, de plata, de quincalla, de bruñidos muebles, de ricos paños, de relojes, de joyas, de víveres, de dulces y de cuanto producen las artes y las ciencias en toda la Europa. Y como si fuera absolutamente preciso que los productos de esas naciones fueran expedidos aquí por sus propios hijos, la Alemania y la Inglaterra han poblado nuestros escritorios; la Francia, nuestras relojerías, joyerías, perfumerías, peluquerías, sastrerías y almacenes de modas; la España, nuestras tiendas de telas, de víveres, de quincalla y de sombreros; Italia nos suministra sus buhoneros, organistas y vendedores de estatuas y estampas; Norteamérica, sus caballeritos y saltimbanquis, si bien en esto último va a la parte con Francia; y en fin, el África nos presta los brazos con que labramos los frutos que damos a cambio de sus riquezas artísticas.

     Por todas partes se descubre la huella del comercio, obrando sus metamorfosis y prodigios. A influjo de su soplo creador, todos los días se levantan tiendas de todo género, que deslumbran, no sólo por el lujo con que están adornadas, sí también por los tesoros y preciosidades que encierran. Por todas partes bulle un pueblo que en lujo y en miseria no cede a ninguno de la tierra, aunque parezca exagerada la expresión, y aunque a primera vista las ideas de lujo y miseria juntas parezcan a algunos mal casadas y contrapuestas. Si se penetra en los teatros llenos de espectadores casi siempre, el recién venido quedará absorto y deslumbrado de ver la luz que se quiebra en los riquísimos trajes de seda y en los más ricos adornos de las mujeres, quienes ciertamente no necesitan de tales atavíos para enamorar al hombre más insensible a la belleza física. Tampoco la juventud masculina se queda atrás en este género de progreso. En el templo como en el teatro, en los paseos como en los bailes, sabe dar una muestra de la altura a que ha llegado su refinado gusto. Los trajes con que se presenta en todos esos lugares de concurrencia pública, por su corte y valor no desdicen un punto de las últimas y más hábilmente dispuestas modas de Europa y Norteamérica; pues en este particular no puede negarse que más de una vez nos ha dado el tono la república de comerciantes y banqueros, como alguno la bautiza.

     Pero suspendamos la pluma. Pues hasta aquí no hemos hechootra cosa que trazar ligeramente el cuadro del progreso material del pueblo habanero, al terminar el año de 1841; parecía pedir la naturaleza de nuestro trabajo que trazáramos del mismo modo, o en más extenso lienzo el cuadro del progreso normal si le hay. Nosotros, sin embargo, confesamos con sinceridad que no nos sentimos en ánimo y fuerzas suficientes para desempeñar tan difícil tarea, y abandonamos su ejecución a pluma mejor cortada que la nuestra.

El Faro Industrial de la Habana, enero 1º de 1842



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Sierras del cuzco

(31 de diciembre de 1846)

   Señor redactor del Faro Industrial:

     Prometí a usted en mí última comunicación hablarle del baile a que debía concurrir la noche del 27; y poco tendría que decir a usted de él, si no hubiera observado una costumbre perniciosa que deseo azotar hace tiempo.

     Figúrese usted, señor redactor de mi ánima, que la gente de estos parajes son muy prolíficas y que con dos o tres familias se llena un salón de baile.

     Si cada madre sólo llevase a la diversión las hijas casaderas y en edad de bailar, todo estaría bien, y se necesitarían hasta diez familias para que el salón de baile estuviese medianamente concurrido. Pero no sucede así. Cada madre, cada abuela, no se contenta con llevar las hijas casaderas, las nietas ya mujeres, llevan hasta las de pecho, y las bisnietas si las tienen. Y sucede lo que no podía menos de suceder, que el baile se vuelve una escuelita, la danza un retozo. Todavía si las niñas concurriesen modesta y sencillamente vestidas, era de tolerarse en gracia del amor materno que en ninguna parte del mundo es más caprichoso que en Cuba. Pero las benditas madres, si no llenan la cabeza de sus hijas de tres peinetas, y un ramo de flores de trapo plateado, si no cuelgan a sus orejas dos largos pendientes de piedras ordinarias, si no cubren sus manecitas con largos guantes de seda, y si de la corona a las plantas no las ponen hechas una visión, no creen que van bien vestidas y prendidas.

     Hágame el favor, señor redactor, de imaginarse qué aspecto presentará un baile en que el mayor número de las bailadoras no ha salido de la infancia, y vestidas y prendidas poco más o menos todas de modo que yo le describo. ¡Ah!, ¡y qué de veces recordé allí a nuestro buen Jeremías! ¡Qué cuadro tan bello y original para su festiva pluma! Ésta hace de hombre, la otra de mujer; aquélla sale, esa otra entra; ésta se enoja y se retira del puesto precisamente cuando la pareja de arriba llega y debe hacer figura con ella; y la de más allá corre a atarse una liga, a calzarse los zapatos, a recoger el abanico, o a soltar el pañuelo, mientras la pareja de abajo la espera impacientemente para bailar. Y en medio de todo esto, un ir incesante de acá para allá, un mudar continuo de puesto y de asiento, un hablar, chillar y enredar sempiternos. Para dar mayor vida y variedad a este cuadro, figúrese usted que se escapa de los brazos de la madre el chico en camisa, y que quiere y chilla y araña por ir donde está la hermanita. Ahora es ello. Los bailadores para la danza por no tropezar con el rapazuelo y echarlo a rodar. Llega el padre, lo agarra por un brazo, lo acaricia, lo llama, el angelito se resiste, llora, pelea, se ase del túnico de la hermanita: ésta no quiere dejar la danza por seguir al hermano, y entretanto la porfía continúa, la diversión se interrumpe, y la sala de baile se torna en una casa de maternidad.

     Vaya usted y pregunte a la más despabilada y suelta de esas bailadoras criaturitas, vaya usted y pregúntele si sabe leer, siquiera repulgar el pañuelo, que trae en la mano, y le responderá que no. Vaya usted y pregunte a la madre y al padre por qué roba al sueño y al hogar; por qué carga de tantos dijes y trapos a una niña todavía con la leche en los labios; y le responderá que a nadie hace daño, y que alguna vez había de empezar a divertirse la pobrecita.

     Pero y los hombres, ¿qué me dice usted de los bailarines? Prescinda usted de la costumbre que tienen de desaparecer del salón, luego que dejan las parejas en sus asientos; entran y salen con sus sombreros encasquetados, y los que no bailan se reúnen en grupo tras los que bailan, cada cual del modo más cómodo que le place, todos con su gran veguero en la boca, de donde no lo quitan ni para hablar; y mientras dura la danza están lanzando bocanadas de humo sobre las señoras, y sucios escupitajos en el suelo. Esto dentro del salón, que más allá de la tanda está el billar donde taquean y disputan jugadores y mirones; y más allá la taberna en cuyo mostrador se erige más de una cátedra, y por puertas y ventanas, cien cabezas que se asoman y por cuyas cien bocas aparecen cien tabacos, que aumentan la humareda de los que adentro fuman, y que marean a los infelices que, como el que ésta suscribe, tiene la desgracia de odiar al tabaco y a los fumadores.

     A todas estas diría usted que no le hablo de la música, requisito sin el cual no se da baile posible. Paz por la música, señor redactor. La música de acá, no es como la de allá, y cuanto de ella dijera sería hebreo para los que han tenido la felicidad de no oírla. Yo, que no bailaba, que no sé dormir, sino en mi cama, y que no podía dejar el baile cuando me viniese en voluntad, pues allí me sujetaba la forzosa cortesanía de sufrir la música ratonera, las muchachitas pizpiretas, los condenados fumadores y el frío, y el enredar de los chicuelos, y el bostezar de las madres, hasta que Dios quiso y a una familia se le antojó retirarse, con lo que las demás la siguieron, y se acabó aquella insípida reunión, obra de las dos de la madrugada.

     Al otro día muy temprano, el frío y la mala noche me arrojaron de la cama, junto con dos compañeros, y sin más demora nos pusimos en camino del Brujo. Usted no puede formarse una idea, ni yo pintarle con verdaderos colores este romántico país. Para apreciar las bellezas que encierran estas montañas, estos valles, y estos torrentes, es preciso penetrar en sus entrañas, a la dulce claridad de un día de diciembre. ¡Qué pirámides tan erguidas, qué llanuras tan amenas, qué bosques tan espesos, verdes y elevados, qué gargantas tan estrechas y sombrías, qué aire tan puro, qué naturaleza, en fin, tan rica y espléndida! ¡Ah! ¡Qué hombres tan pequeños, ante este espectáculo tan grande! ¡Qué poesía, qué animación, qué variedad, qué armonía, en sublime y chocante contraste con las escenas que la anterior noche había visto! Por gozar lo que ahora gozaba, di por bien empleado el fastidio del baile y todo lo demás que había sufrido.

     Pero no crea usted que entramos en Brujo por un camino ancho y nivelado, nada de eso: de los más profundos valles y desfiladeros trepamos a las más elevadas colinas, ya faldeando éstas en forma de espiral, ya siguiendo el lecho de los torrentes, ahora secos, ahora encharcados. Y sin embargo, no podíamos quejarnos del camino; para lo que son generalmente los de la Isla, el del Brujo, desde Bahía Honda al menos en la estación seca que reina en la actualidad, es bueno. Habrá dos años, según se dice, era casi impracticable para bestias de carga, pero gracias a una mina de cobre recién descubierta en la cabecera del valle del Brujo, y a una sierra de vapor también recién plantada, en el asiento de la hacienda de ese nombre, ya el camino es practicable y relativamente cómodo.

     Aunque pasé a poca distancia de la mina, no me fue posible visitarla; sí la sierra que está más inmediata al lugar que me encaminaba. La hacienda del Brujo, asentada en medio de terrenos fértiles, si bien muy quebrados, y de bosques primitivos, encierra millares de cedros centenarios y de chicharrones corpulentos, y con el fin de aserrar unos y otros, tanto para envases de tabaco como para ruedas de carretas, se ha plantado la sierra de vapor de que voy hablando. Su fuerza, según me han dicho, es de seis caballos, y aunque hasta la fecha ella sólo ha dado avío a la demanda de tablas, cajones y rayos, su dueño piensa en plantar pronto otra de agua, pues hay sitio acomodado, y la cercanía y el caudal del riachuelo que pasa por allí lo están así indicando.

     La misma tarde de mi entrada en el Brujo, salí de él por otro camino, del oriente, que es menos cómodo que el occidental, pero no ya con dos compañeros únicamente, sino con ocho. Entre ellos dos señoritas que manejaban sus caballos por estas quebradas y despeñaderos con tanta gracia y valentía como los más expertos jinetes. En el camino nos asaltó la noche, la cual hacía más melancólica e imponente, la luna alumbrando desde la mitad del cielo, la calma de la naturaleza, las vueltas y revueltas de la senda, y el aspecto salvaje y temeroso de las serranías, y las selvas por donde corríamos. Entonces me acordé de mis amigos y amigas de la Habana, que quizás a aquella misma hora, paseaban por alamedas y calles, rasas como la palma de la mano, mientras yo a cada paso esperaba dejar los sesos donde el caballo apenas podía asentar la planta.

     En fin, señor redactor, ya es hora de que yo ponga punto a este flujo de contar impresiones, porque lo que a usted y sus suscriptores interesa son las noticias; y por aquí éstas son cosas prohibidas. Adiós, pues, hasta la vista; las Pascuas concluyen, y tras ésta yo parto a dar y recibir aguinaldos.

   De usted, como siempre, afectísimo amigo.

El Ambulante del Oeste

Faro Industrial de la Habana (Correspondencia del Faro). 6 de enero de 1847, núm. 6.



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Estaciones del año

     Si con sobrado fundamento se ha repetido por muchos que la tierra es un país de tránsito para el hombre, cuya legítima y eterna morada es el cielo, nunca a nuestro ver, con tanta verdad como cuando se habla de la isla de Cuba y en especial de la Habana. Porque aquí no hay, ni viene cosa que no sea de tránsito, o de paso, que es la frase más corriente. No hablemos de las mercaderías, que sería nunca acabar, si a referir fuéramos todas las que por nuestro puerto entran de tránsito; tampoco hablemos de los pájaros habitadores de las regiones heladas, que cuando allá apunta el invierno, levantan el vuelo, lo abaten en nuestras playas por un momento y pasan a otros climas más templados; ni hablemos de los viajeros y gente de comercio, que aun en su propia casa están de paso; ni de muchas ideas, proyectos y pensamientos, que llegan, nos calientan la cabeza un rato y siguen su camino a otros lugares, donde echan raíces; hablemos de los que se dicen hijos, moradores de la Habana, de los que en ella tienen hacienda, hogar, familia, empleo, ocupación y asiento. Aun éstos, ¿no están aquí siempre de paso?, ¿qué emprenden que no sea de paso?, ¿qué quieren que no sea de paso? ¿qué buscan que no sea de paso?; en fin, ¿qué piensan que no sea de paso? Veámoslo. Expliquémonos. Empecemos desde diciembre, que es cuando verdaderamente comienza a pasar este pueblo esencialmente nómada.

     Apenas se abren los blancos y olorosos aguinaldos al soplo regalado de los suaves vientos del norte, que la ciudad se despuebla. Desde noviembre se empiezan a preparar las chupas de lienzo, los sombreros de paja, los abigarrados pañuelos de la India, los pantalones de color, si es hombre; si mujer, los túnicos de ligera muselina, las lujosas capas de seda, los graciosos sombreritos italianos, las medias de lino, las sombrillas, los guantes de color, los zapaticos de badana para pasear a pie las mañanitas por las guarda-rayas de los cafetales humedecidas por el rocío de la aurora. Y unos y otras, esto es, mujeres y hombres, los que poseen fincas de campo y carruaje, preparan asimismo las lozanas parejas de caballos que han de transportarlos de aquí y conducirlos todas las noches del cafetal o el ingenio al baile del pueblo y otros puntos.

     Entonces todo es movimiento, todo es alegría, todo bullicio en los campos, la vida de la ciudad, en una palabra, trasladada a ellos. Cada cafetal, cada ingenio, cada pueblo, es el centro de una diversión continua: diversión tanto más brillante, gustosa y bulliciosa, cuanto que no se prolonga a muchos días, pues que aquellos que las promueven y son el alma de ellas, están de paso en estos sitios y con su ausencia cesan de golpe.

     La estación del invierno, o como más comúnmente decimos, de las pascuas, en rigor, no dura arriba de dos meses, que se cuenta de quince de diciembre a quince de enero. Según se ve pasa pronto. Y viene otra estación; pero a ésta la llamaremos ciudadana, atento a que no tiene nombre conocido y a que entonces todo el que fue a gozar de las pascuas en el campo ya está de vuelta a la ciudad y es en ella donde se pasa la estación. Para mayor claridad la dividiremos en dos épocas, una más larga que la otra, la de carnaval y Semana Santa, que comprende días de la cuaresma. En la primera el pueblo nómada llena los teatros, los paseos, las calles y se oprime y apiña y se sofoca en los famosos bailes. Por el excesivo número de personas concurrentes a ellos, cualquiera creería que los habitantes se han duplicado y triplicado, en especial las mujeres, pero no hay tal, sino que se han reunido en un solo punto a pasar la estación. Ya para esta fecha han caído por tierra todos los trajes que sirvieron en el campo y se han hecho de otros más lujosos y brillantes: la moda reina soberana. Capas, plumas, capotes, rasos, merinos, cachemiras, reemplazan a los ligeros lienzos del invierno. Entonces toda la vida está en la ciudad: los carruajes rodando por las calles la atontan con su ruido; el bullir y gritería de las máscaras la embelesan y transportan quién sabe dónde: y los pianos la llenan de dulces armonías. Ésta es la época en que los amantes y los acreedores de todo género hacen, como suele decirse, su agosto. Los unos y los otros, estamos seguros, encontrarán de asiento en sus moradas el objeto de sus ansias. Todo el que no puede perseguirlo en el campo, debe aprovechar la ocasión, apresurarse, porque vendrá otra estación, si ha pasado la de las pascuas.

     Y en efecto, llega la Semana Santa; el pueblo quiere verlo todo: hincha los templos: rebosa en calles, plazas, portales, ventanas y balcones para ver pasar la procesión, que ciertamente no pasa tan pronto como los que la miran. Asoma mayo y el pueblo se dispersa en opuestas direcciones. Ha entrado el calor, la estación más triste para la ciudad y la más divertida para Guanabacoa, el Cerro, Puentes Grandes, Marianao, San Antonio, San Juan de Contreras, el Charco-azul y San Diego de los Baños. En estos cuatro últimos sitios la permanencia es corta, apenas de un mes, bien así como en los otros cuatro primeros la estación se prolonga a tres, cuatro y cinco meses, atento a que son de baños, infinitos van a reponerse de los atrasos sufridos en la estación anterior. Hombres y mujeres con sus cuerpos fatigan las aguas, llenan los soportales del Cerro, Puentes Grandes y Marianao, resucitan a la vieja y levítica de Guanabacoa y dejan la languidez, el silencio, la tristeza, la soledad en la Habana. ¡Desgraciado, mejor dicho, pobre del que no está entonces de temporada! Pues éste es el nombre de esta tercera estación, que al presente contamos.

     Afortunadamente después de la tercera estación no viene una cuarta, al menos que tenga un nombre particular, o carácter marcado; que si viniera, fuerza sería convenir en que nuestro pueblo era el pueblo de los pueblos, es decir, aquella clase de la sociedad, que no teniendo hogar cierto, ni seguro alimento, se anda, como el judío errante, de ceca en meca.

     Antes y poco después de las susodichas tres estaciones, que más que menos todas causan enormes gastos a los estacionarios, ¿quién emprenderá cosa de provecho y meditación que le salga bien?, ¿qué deudor pagará a su acreedor, pues que realmente no se pagan más que las costas de los pleitos y eso en la primera estación?, ¿quién que tenga un poco de juicio ha de exigir fidelidad de su amada? Triste de ella, que tendrá que seguir a su familia en la alegre emigración; y que por seguirla se pondrá en muchos resbaladeros, los cuales, unos la harán caer en las aguas del río, otros en la cañada del crimen y todos en el olvido de sí y de su amante. Aconsejaríamos a todo el que no pudiese moverse de la ciudad, que no se enamore, cuando se acercan las estaciones, porque es tiempo perdido. ¿Quién tampoco se ha de dar a visitas? El día menos pensado, que hacéis ánimo de ver una linda cara, ¿no os ha sucedido infinitas veces, lector caro, que en lugar de la carita, os ha recibido una caraza arrugada y prieta, diciéndoos que las señoritas estaban en el campo, o de baños o de temporada? ¿Quién, en fin, ha de querer, pensar, idear, escribir con fundamento para un pueblo que siempre está de viaje, o de paso...? ¿Quién? El que desde la ciudad le dirige este artículo de estaciones, deseando más acompañarle en todas sus peregrinaciones que escribir cosas tan insulsas, muerto de calor, escaso de fortuna y condenado a no transitar ni pasar la vida en temporadas.

Faro Industrial de la Habana, agosto 17 de 1842, núm. 218.



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Modas

     Cada día se acendra más y más el gusto de nuestras elegantes y fashionables. Cada día advertimos una mejora, una novedad en lo respectivo a modas, que nos encanta y sorprende a veces. Si se compara las de este año con las del próximo pasado y anteriores, la diferencia es enorme. Lástima que se sucedan con tanta rapidez antes de generalizarse; porque no sólo no hay ocasión ni tiempo de observarla paso a paso, como lo deseamos los meros observadores, sino que también algunas de trajes, que merecían durar siquiera un mes cumplido en gracia de la honestidad, y sobre todo del favor que hacen a los esbeltos y flexibles talles de las jóvenes, son reemplazadas por otras quizás de menos primor, de menos sencillez.

     ¿Y será posible que en Londres, París, Nueva York, etc., la moda esté condenada a tan breve existencia como en la Habana? Parécenos que no. Al menos si se considera la rapidez con que se generaliza y la escrupulosidad con que se guardan sus tiránicos y caprichosos preceptos en esas capitales del mundo civilizado y elegante, no podrá dejar de convenirse en que la propagación o generalización compensa la brevedad de la vida que le destina el antojadizo fashionable. Es decir, que si en la Habana una moda cualquiera necesita doce días de existencia para ser conocida, en París, no obstante el séxtuplo número de almas, le bastan cuatro. Porque fuera de los inconvenientes que presentan nuestra sociedad, nuestras costumbres y nuestra constitución económica para que tal o cual moda se propague y generalice, y sostenga un número dado de días, el influjo de nuestro clima abrasador es muy poderoso para que nos desentendamos de él, cuando se trate de seguir los mandatos de esa señora del mundo. En aquellos países que tienen sus estaciones marcadas y fijas, ya puede el hombre arreglar su traje a tenor de ellas, seguro de que la temperatura no sufrirá los repentinos cambios que se experimentan bajo los trópicos. Pero entre nosotros, ¿cuántas veces no nos hemos visto obligados a desnudarnos de un traje de invierno al mediodía, que a las nueve de la mañana era necesario que lo vistiéramos para abrigo?

     Por esta razón la Prensa del miércoles 3 del corriente, con el fin de informarse de las modas parisienses, nos copia y presenta un figurín de invierno, siendo así que entre nosotros ya asoma la alegre primavera su cabeza coronada de jazmines y azahares.

     Bien se nos alcanza que aquí faltan casi todos los medios generalizadores de la moda: tales como los periódicos, que en París, Londres, etc., son muchos los que se consagran sólo a ese objeto, los teatros diarios, las tertulias continuas, los bailes, los paseos públicos, la corte, que es una reunión constante de fashionables; y en fin, la multitud de modistas, cuyo interés en propagar las modas que inventan por causa de la competencia, es muy grande. Aquí todavía las costumbres y la desigualdad de la riqueza, no consienten que cualquier familia tenga su modista y su peluquero. Pocas, muy pocas son las muchachas de la clase media que pueden pagar el corte y hechura de sus trajes. Las más los hacen y cortan en su casa, por medio de moldes de papel, que consiguen de esta o esotra amiga más pudiente, o más en relación con las elegantes. Y de aquí procede, por consecuencia forzosa, que una moda de peto, verbigracia, sufra tantas variaciones pasando de mano en mano, que cuando llega a la última, ya ha perdido el primitivo tono y corte que le dio la modista. No de otra manera aquellos sucesos que transmite el pueblo de boca en boca, a medida que avanzan, van abultándose y desfigurándose.

     Sin embargo, de todas esas causas que decimos se oponen a la generalización y duración de nuestras modas, no podemos menos de levantar la voz en favor de los petos, imitando las cotillas, que vimos en los primeros bailes de disfraz de la Habanera y en el último de la Filarmónica. Difícil es que se invente moda más propia para hacer resaltar las dotes con que plugo al cielo enriquecer los cuerpos de nuestras mujeres. Hoy, que de acuerdo con nuestro clima abrasador y con el mundo fashionable europeo, se cifra la elegancia en la sencillez, pocas modas de petos ganarán al de que tratamos en esa cualidad; pues no podía ser menos cargado de adornos, ni más ligeras sus mangas de ángel, ni más airosa la ancha cinta con que se rodeaba la cintura y servía para ceñirla. También la limpieza del monillo contrastaba de tal modo con los profundos pliegues de la saya, echados cuidadosamente hacia atrás, que era una maravilla ver andando a una de nuestras elegantes. En especial para aquellos que sueñan siempre con los usos y costumbres de la época en que la mujer, como reina de los corazones, presidía en los torneos y consistorios de amor (llamados hoy literarios), semejante modo de trajes le transportaba allá en cuerpo y alma, como por encantamiento.

     No ayudaba poco a la realización de esta idea la corona de rosas, que por tocado pedía de suyo el corte del peto; si bien de ellas vimos muchas y muy lindas en el último baile de Santa Cecilia. Ésta es una de las modas que más generalizada hemos observado acaso por no ser costosa, y por no estar tan sujeta a variaciones. Muy pocas de las señoritas concurrentes al dicho sarao, dejaron de llevar su corona, ya blanca, ya encarnada, ya azul de cielo; en lo que parece que se habían propuesto imitar a la santa patrona de la sociedad, cuya hermosa pintura se veía fija a la pared en uno de los testeros del salón principal. Podemos asegurar, que merced a este adorno tan elegante, algunas de las jóvenes que vimos bailando nos parecieron otras Santa Cecilia, que durante la noche, antes de volar al cielo, querían deslumbrarnos con el poderoso hechizo de sus gracias sobrenaturales.

     Ahora, descendiendo a hablar de las modas de los hombres, y sabido qué pocas son las variaciones que admiten, por causas que están al alcance de todos, nuestra tarea al mencionarlas aquí se reducirá a breves renglones. Donde se nota bastante mejora es en los chalecos y corbatas: éstas por las exquisitas telas que ahora nos vienen del extranjero, y aquéllas por el corte del cuello, que hoy no tienen más que una pulgada de ancho y es redondo. En el último baile de Santa Cecilia, por lo que hace a corbatas, estuvieron en su fuerte las chalinas de raso de labores chinescas, o mejor dicho de mosaicos; que sea dicho entre nos, se necesita gracia, tino, para colocarlas bien; y de modo que sus colores contrasten elegantemente con el color del chaleco. Los sastres que más se esmeran en cortar éstos son Melogán y Ramón Guillot; las tiendas que mejores partidas han recibido de aquéllas son la Extranjera, la Bomba y la Escocesa. Sin embargo, la estación va desterrando las chalinas por calurosas, y sustituyendo las corbatas de pañuelos sencillos.

Sansueña

     El Faro Industrial de la Habana, 6 de marzo de 1842, núm. 65.



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Puerta de la luz

     Con el incremento e importancia que tomaba el puerto de la Habana o de Carenas a principios del siglo XVII, conforme al historiador Arrate, el más fiel y minucioso de nuestros historiadores, pensóse seriamente en fortificarlo y preservarlo cuando se pudiese, contra la codicia de los enemigos de España, en los bellos tiempos de su prosperidad y grandeza.

     Tras el proyecto de aislar la ciudad, abriendo un canal de la caleta de San Lázaro al estero de Chávez, propuesto por el señor Gelder, que no mereció la aprobación de la corte, llevóse a cabo el del señor Montaño Blázquez, reducido a amurallarla por la parte de tierra. Y según el mismo Arrate, la obra se comenzó corriendo el año 1633, con nueve mil peones, que ofreció el vecindario y el arbitrio de sisa impuesto por el cabildo sobre el vino. Continuada después por los sucesores en el gobierno, Orejón, Rodríguez Ledesma, Córdoba, Lazo de la Vega, el marqués de Casa-Torres, Güemes y Cagigal, llevóse tan adelante, que en tiempo de estos dos últimos sobre todo, había fundadas esperanzas de que se concluyesen las murallas (aunque no sucedió así); o lo que es lo mismo, se circundase la ciudad, porque ya no sólo se pensaba en fortificarla por la parte de tierra, sino también por la mar.

     El primer pedazo de muralla que se construyó fue, pues, el que corre de la Punta al Arsenal; y tuvo en su principio tres puertas: la de la Punta que daba salida a los paseantes por la orilla del mar, hasta San Lázaro; la de Tierra, que servía de entrada a los campesinos, y la de la Tenaza, que comunicaba con el Arsenal, y fue el origen de graves desavenencias entre el gobernador marqués de la Torre y el comandante general de marina. Lazo de la Vega agregó otro pedazo de muralla por la parte de mar, desde la Tenaza hasta San Francisco de Paula, aunque años después fue demolido y reedificado con más solidez por el señor Güemes; y esta cortina no tuvo puerta ninguna, si exceptuamos una abertura o caño que sirve de desagüe a las calles de la ciudad de esa banda y aun a fugitivos y gentes que les acomoda no ser vistas en sus entradas ni en sus salidas.

     Y sin embargo de que el historiador que seguimos no lo declara expresamente, es de presumir que en tiempo del señor Cagigal, como hemos dado por hecho más arriba, las murallas quedasen concluidas, tanto porque aquél escribió a principios del gobierno de Cagigal, cuanto porque menciona haberse abierto tres puertas en la cortina del Oriente, que no habría por cierto necesidad de abrir tantas si aún faltase mucho.

     Pero sea de esto lo que quiera, la verdad es que de dichas tres puertas, la más septentrional llamóse de Carpinete, porque daba entrada a las mercancías y efectos que desembarcaban los navíos de la época, en un muelle de ese nombre, contiguo a la contaduría, cuya casa antiguamente ocupaba el espacio que media entre la Aduana nueva y el vínculo del señor de Aróstegui. La otra puerta en el punto más céntrico de la muralla oriental, nombróse de la Machina y conserva su primitiva denominación, si bien no la forma, que hoy más parece puerta de estacada que de muralla. Por último, la tercera, nombrada de la Luz, la más meridional, que es la que debe ocuparnos en el presente artículo, ni ha cambiado de sitio como la de Tenaza y Carpinete, ni de forma como la de la Machina antes mencionada, sino que siempre estuvo donde ahora se la ve, al fondo del teatro principal y al remate de la rampa que hace la calle que lleva su nombre.

     Según la representa la estampa que encabeza este artículo, su apariencia es la de un castillejo sin almenas, garitones, ni troneras; tiene azotea, sin embargo, y una escala exterior de piedra. También tiene abajo dos ventanas interiores, que dan luz a otros tantos cuartos que sirven el uno a la habitación del guarda y el otro a la del sargento con los soldados, que montan la guardia diariamente en ella.

     Ni exterior ni interiormente hemos encontrado losa o medalla alguna de bronce o piedra, por donde viniésemos en conocimiento del año en que se abrió dicha puerta, ya que el historiador lo calla; lo que nos ha causado suma extrañeza, si se considera que en estas cosas se ha llevado a tal punto la escrupulosidad entre nosotros, que en obras de ningún interés ni duración se les notan repetidas las inscripciones.

     No obstante, el destino de la puerta de la Luz siempre fue el mismo hasta ahora dos o tres años: esto es, dar entrada a los pasajeros y frutos de la banda opuesta de la bahía. Desde que las poblaciones de Regla y Guanabacoa empezaron a tomar la importancia y crece que hoy tienen, la puerta de la Luz se hizo la más concurrida y transitada de la ciudad. Andando el tiempo, el santuario de Regla, por los milagros de la Santísima Señora su patrona, y por sus antiguas como renombradas ferias, adquirió celebridad inmensa; y con el fin de visitarlo, de mañana y tarde veíase la bahía cubierta de botes llenos de pasajeros que se embarcaban en el muelle de Luz, el más cercano y el único entonces para semejante uso.

     Luego también Guanabacoa, en un principio por su sagrada misión de recoger, amparar y adoctrinar en la fe de Cristo a los desvalidos, dispersos indios, que la pobló de tales y tantos templos; y más que todo por el descubrimiento de sus baños minerales convirtiendo de improviso la villa en lugar de temporadas de los habaneros, todos los años los recibía a millares, durante los meses de calor especialmente; y no iban a ella por otra puerta que por la de la Luz, pues que la vía de tierra es y ha sido siempre sobre larga, trabajosa y de malísimos pasos.

     La puerta de la Luz, por lo tanto, en aquella época, y aun en nuestros días, como hemos apuntado más arriba, viose animada de continuo por los innumerables boteros, que no contentos con cubrir el pequeño muelle con sus graciosas embarcaciones a manera de góndolas, salían en tropel hasta la calle que lleva el nombre de la puerta, a asaltar los infinitos pasajeros de todas clases que diariamente y a todas horas cruzaban la bahía.

     Las escenas ya chistosas, ya ridículas, ya serias, que en esta puerta acontecían, llegaron a adquirir tal popularidad y fama, que muchos hombres pacíficos y muchas más señoras temían tener que embarcarse a Regla, por lo expuestos que estaban a los desacatos y tropelías ocasionadas por la codicia insaciable de los boteros: los cuales nunca se contentaban con el número de dieciséis pasajeros calculado para cada bote, sino que querían siempre atestarlos de un modo bárbaro y peligroso.

     Esto dio origen a desgracias no pocas. Porque además de cargar con doble peso del que demandaban unas barcas frágiles y reducidas de suyo, cuando el viento no les era favorable para hacer uso de sus velas latinas, a fuerza de remo del puerto. Y no podemos menos de recordar aquí, que una de esas escenas sirvió de motivo a la señora condesa de Merlín para presentarnos en acción al personaje principal de la más celebrada de sus novelas: Sor Inés.

     Pero hoy todo ha cambiado y desaparecido. Con la introducción de los botes o bateas impulsados por vapor, que planificó una empresa anónima y edificó muelle al fondo del convento de San Francisco, rompiendo las murallas de la Habana, el tráfico y animación de la puerta de la Luz decayeron al extremo de ser la más solitaria y silenciosa de la ciudad. Y tal prisa se han dado a abrir otras puertas, que del corto tiempo en que se tomó la vista de la actual estampa, al en que escribimos este artículo, fuera de las que ya había correspondientes a los vapores de la carrera de Matanzas, la empresa de la mina Prosperidad ha abierto la suya ex profeso, con hermosas rejas de hierro afianzadas en altos pilares de piedra y su tinglado capaz que cubre el ancho muelle.

     La puerta de la Luz, tan concurrida y transitada por nuestras hermosas y mozalbetes que salían por ella con el fin de concurrir a las ruidosas ferias de Regla y a las juntamente célebres temporadas de Guanabacoa, vese al presente reducida a las visitas de uno que otro pasajero pobre y cauteloso que teme el ruido y humo de los vapores y a las tropas de los caballos que todas las mañanas llevan a bañar los caleseros. El centinela y el pacífico guarda, sin embargo, no la abandonan, ni la han abandonado nunca, al menos que sepamos y según lo mustio que aparecen sus semblantes al curioso que les observa de paso, creería que estaban allí puestos para llorar y referir al transeúnte lo que fue, en tiempos no muy lejanos, la solitaria puerta de la Luz.

     Paseo pintoresco por la isla de Cuba, publicado por el establecimiento litográfico del Gobierno y Capitanía General.

     En la Habana, año de 1841. Cuaderno núm. 7. Páginas 211 a 215.



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Casa de San Dionisio

     Un temor religioso sobrecoge el ánimo del escritor al estampar el solo nombre de San Dionisio, mayormente, cuando sin quererlo por sobre las almenas de la casa, divisa los pinos del cementerio. ¡Aquí la tumba de los dementes!, ¡allí la tumba de los muertos! ¡Qué consonancia tan terrible! ¡La muerte y la locura juntas! Nosotros respetamos las intenciones del sabio magistrado que así lo dispuso, y aun aplaudimos su filosófico pensamiento. La locura y la muerte son una misma cosa. El hombre demente existe en un mundo donde aún no han podido penetrar los sabios de la tierra: el hombre muerto reposa en otro mundo cerrado enteramente para el hombre vivo. La casa de los locos y la casa de los muertos deben estar, pues, en un mismo sitio. Si la sociedad tiene un sepulcro debajo de la tierra para sus muertos, que sirve de asilo a sus huesos, es cosa muy puesta en razón que erigiese también asilo sobre la tierra para aquellos que, perdiendo el juicio, perdieron la existencia moral, y demanden una tumba o lugar apartado, donde sus delirios no exciten a todas horas el horror, la lástima y tal vez el escarnio del hombre sensato. La sociedad en esto obedece a Dios callando. ¡Desgraciado del hombre que no encuentra un hueco en la tierra donde descansar sus huesos!, ¡desgraciado el loco que no tiene un asilo donde ocultar a los demás hombres las miserias de su razón extraviada!

     La situación de la casa de San Dionisio es al costado oriental del cementerio, entre éste y el hospital de San Lázaro, al fondo de la caleta del mismo nombre, dando su frente al sur, y bañada en todos sentidos por las brisas del mar; casi a las faldas de la célebre loma de Aróstegui, poco menos de dos millas del centro de la ciudad y cerca de una del castillo del Príncipe. Esta situación, según se ve, no puede ser más adecuada al fin de su instituto como lo es la de San Lázaro y la del cementerio general. Sitio retirado y silencioso, frescos y puros aires: ved aquí los requisitos que demanda naturalmente una casa destinada para hombres de suyo achaquientos, y ved los que goza la de San Dionisio en la Habana.

     Su erección fue el año 1827, gobernando el señor don Francisco Dionisio Vives, de quien tomó el título; y su apertura el primero de septiembre del siguiente año. Hízose la obra a expensas de una suscripción voluntaria promovida por dicho excelentísimo señor con el santo fin de amparar y recoger a los infelices dementes que, o vagaban por las calles hechos la burla y el escarnio de los muchachos y de la mendiguez juntamente, o gemían sumidos en los calabozos de la antigua cárcel sin aire, sin luz y sin abrigo corporal ni espiritual.

     El edificio tal como le representa la estampa que encabeza este artículo, descubre a primera vista una fachada sobre elegante, de firme y sólida construcción. Su sencillo antepórtico de orden corintio, junto con el enverjado de hierro sobre muros de mampostería, que rodea el pequeño jardín que tiene la casa delante y los pinos, obelisco, rejas y flores del cementerio, que se ven al fondo del cuadro, producen un contraste bello, que dan a la estampa y al objeto real muy gracioso y pintoresco aspecto.

     La puerta de entrada queda precisamente en medio, bajo el antepórtico, a cuyos lados abren cuatro ventanas de fuertes rejas de hierro, que dan luz y aire a otros tantos cuartos ocupados por el loquero, el mayordomo de la casa y dos soldados y un cabo, que no montan guardia, sino que están de respeto, para en caso de necesidad. Sobre el umbral de la citada puerta, en una lápida de mármol, con letras doradas de relieve, se lee esta inscripción:

     
A LA HUMANIDAD
     
AL SANO JUICIO
Mens Sana in Corpore Sano.
Francisco Dionisio Vives
Juan José Espada
GOBERNADOR
OBISPO
AÑO DE 1827

     La entrada es un pasillo de dobles puertas: la exterior o de la calle y la interior, que además tiene una reja de hierro y cae al primer patio. En éste un cuadrilongo de 28 vs. de largo y más de 12 de ancho, con pasadizos todo alrededor, soportados por gruesas columnas de piedra del mismo orden que las del antepórtico: bajo de ellos están las celdas de los dementes pensionistas, que por todas suman quince, con más tres calabozos reforzados de fuertes rejas, de los cuales actualmente sólo estaban ocupados dos.

     Cuando se abrió la casa en 1828, no tenía más que este patio y un gran jardín al fondo; pero posteriormente lo destruyeron para fabricar otras celdas, con patios correspondientes, según veremos después. Para entrar en el segundo que es cinco varas más chico que el primero y que tiene los mismos pasadizos y columnas, atravesamos otro pasillo, al cual abren dos puertas, que lo eran de otros tantos salones corridos a derecha e izquierda, donde se veían las largas mesas y bancos de pino en que se sientan los reclusos blancos a comer; pues los de color tienen las suyas en los pasadizos. En el centro de este segundo patio hay una hermosa fuente, que derrama un chorro abundante de agua por la boca de una bestia marina; y corona la pila el dios del silencio, representado en un precioso niño de mármol ordinario, que se ve de pie, con el indicador sobre los labios.

     Aquí en vez de celdas hay dos salones de norte a sur de treinta varas de largo cada uno, con muchas ventanas para su mejor ventilación, que sirven de morada a los locos que recoge y mantiene la caridad pública: sus camas son duras tarimas y su abrigo una frazada de lana. Antes de pasar al tercer patio, reparamos sobre el dintel en una lápida de mármol, donde se lee una inscripción del tenor siguiente:

     
Por el Excmo. Capitán General
     
DON JOAQUIN DE EZPELETA.
Bajo la dirección
DEL EXCMO. SR, MARQUEZ DE ESTEVA.
Y dirección del coronel D. Manuel Pastor.
AÑO DE 1839.

     Este tercer departamento pertenece exclusivamente a los hombres de color; tiene dos salones a la derecha, divididos de por mitad, y a la izquierda algunas celdas angostas, provistas de cepos para encerrar y sujetar a los locos que se muestran inquietos o desobedientes a la voz del loquero; también tiene dos baños de agua corriente, con dos llaves cada uno y dos estanques enladrillados de vara y media de profundidad.

     En fin, en el cuarto y último patio están el lavadero, la cocina y la letrina; es el más chico; está rodeado de un alto muro que tiene dos puertas, la una falsa y grande que sirve para extraer las basuras, la otra pequeña, y da al callejón divisorio entre la casa y el cementerio. Los salones de los cruceros son muy ventilados: lo mismo que las celdas, que abren ventanas a todos los aires; y los cinco departamentos, de que se compone la casa de San Dionisio, están enteramente divididos entre sí, porque en todos los pasillos hay dobles puertas, que cierran hacia el sur.

     Los patios, celdas, calabozos, pasillos, pasadizos y paredes respiraban tal aseo y limpieza que sobremanera nos admiró, no menos que el religioso respeto con que aquellos seres de extraviada razón miran a su guardián o loquero, don Ignacio Franco, quien tuvo la amable condescendencia de enseñarnos el establecimiento y darnos cuantas noticias e instrucciones le pedimos. Mientras pasábamos de un patio a otro solía quedarse atrás el loquero cerrando alguna puerta; entonces los dementes nos rodeaban hablándonos a un tiempo y cada cual conforme al tema de su locura; pero se aproximaba aquél, y todos se alejaban y le abrían paso, atentos siempre a sus menores acciones, como a sus palabras. La mayor parte de esos infelices estaban echados en sus tarimas cuando entramos; mas según fuimos penetrando en la casa, fueron ellos poniéndose en pie, por manera que a nuestro retorno, ya casi todos los ciento diecinueve que hoy encierra el establecimiento, ocupaban los pasadizos del primer patio, y comenzaron a darnos voces e insultamos desde lejos, porque nos veían con el lápiz y el papel en las manos, apuntando las noticias con que redactamos este artículo.

     Desde la edad fresca y lozana de los veinte años, hasta la débil y madura de los setenta, vimos allí locos; y es cosa singular que ninguno furioso; porque si bien es cierto que hay calabozos y estrechas celdas, rara vez, según nos dijo el loquero, se han visto en la necesidad de ocuparlos; y los cepos y los encierros más se dan como corrección de pequeñas faltas que como medios preservativos contra la furia de algún demente.

     A las seis de la mañana toman ellos un ligero desayuno, compuesto de pan y café puro; almuerzan a las nueve; báñanse (los que lo permite su estado) a las doce; comen a las dos de la tarde, y a las cinco meriendan con lo mismo que se desayunan. El esquilón que se halla en el pasillo del primer departamento avisa las horas de ponerse a la mesa; y el cañonazo que disparan en el puerto a las ocho de la noche, es la señal que les manda a acostarse y todos lo hacen sin necesidad de apremio, ni de otro aviso: a las nueve reina en todo el edificio el silencio de un convento de religiosos.

     No hablaremos aquí de las rentas que goza el establecimiento, porque siendo como es dependiente de la Real Casa de Beneficencia, la junta de ésta corre con su dirección y entretenimiento: nuestro co-redactor y amigo don Antonio Bachiller, encargado de ilustrar con un artículo descriptivo la estampa que representa dicha real casa, tratará largamente el asunto ex profeso.

     Nosotros nos retiramos de San Dionisio al cabo de una buena hora, es decir, a las cinco y más de media de la tarde, quedando encantados de la amabilidad del señor Franco, a quien los dementes tratan con el respeto de un padre cariñoso, y él a ellos como a hijos desgraciados. Hoy no hemos olvidado ninguna de sus cortesanas atenciones para con nosotros, extraños e importunos visitantes; tampoco se nos borrará nunca de nuestra imaginación la fisonomía de esa enfermedad que llaman locura, fisonomía espantosa que inspira lástima y horror a un tiempo. La palidez del rostro, la vaguedad en los ojos ahuecados, la macilenta expresión del semblante y las manías de todos y cada uno de los locos agrupados en torno de nosotros mirándonos unos como estatuas, asustándonos otros con sus contorsiones ridículas. ¡Oh!, éstas son cosas que no se pueden olvidar jamás. Dios nos conserve la razón y tenga misericordia de sus pobres criaturas, porque el hombre demente vive, es verdad, pero no existe en el mundo de los vivos.

     Paseo pintoresco por la isla de Cuba, publicado por el establecimiento litográfico del Gobierno y Capitanía General.

     En la Habana, año de 1841. Cuaderno núm. 7. Páginas 231 a 236.

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