Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice Siguiente


ArribaAbajo

Prosa


Juan Meléndez Valdés


Emilio Palacios Fernández, (ed. lit.)






ArribaAbajo

Discursos forenses


ArribaAbajo

Nota del editor

Para formar esta colección de textos del fiscal don Juan Meléndez Valdés parto de la edición princeps Discursos forenses (Madrid, Imprenta Nacional, 1821), aparecida póstuma, y tengo en cuenta la versión manuscrita Acusaciones fiscales y discursos (Biblioteca Nacional, ms. 17811). Tales discursos aparecían en mi edición de Obras completas (ed. E. Palacios Fernández, Madrid, Biblioteca Castro, 1997, III, pp. 113-313), en la que enriquecía la vieja relación con dos nuevos textos titulados «Dictamen fiscal acerca de los Mayorazgos» y «Dictamen fiscal sobre organización de la Junta de Negocios Contenciosos». Añado ahora otros dos discursos descubiertos con posterioridad por Antonio Astorgano Abajo que son «Informe contrario a la manifestación de los cuatro Evangelios por un mecanismo óptico, 10 de abril de 1798» (Archivo Histórico Nacional, Consejos, Libro de Gobierno, libro 1388, ff. 452-453) e «Informe sobre postura del vino, 13 de abril de 1798» (Archivo Histórico Nacional, Consejos, Libro de Gobierno, libro 1388, ff. 367-370), que han sido publicados por el mismo Astorgano Abajo en «Dos informes forenses inéditos del fiscal Juan Meléndez Valdés en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte (1798)» (Cuadernos de Estudios del siglo XVIII, 6-7, 1996-1997, pp. 3-50). En la edición primitiva los discursos no estaban ordenados de manera cronológica, sigo yo con el mismo criterio y añado al final los nuevos. Se respetan los subrayados del texto legislativo y las notas que hacen referencia a las fuentes legales. Me ha parecido oportuno modernizar los textos y adaptarlos para una lectura actual.

Emilio Palacios Fernández




ArribaAbajo

- 1 -

Acusación fiscal contra don Santiago de N. y doña María Vicenta de F., reos del parricidio alevoso de don Francisco del Castillo, marido de la Doña María; pronunciada el día 28 de marzo de 1798 en la sala segunda de alcaldes de corte


Señor,

Vuestra Alteza ha escuchado estos días la triste relación de uno de los atentados más atroces a que pueden atreverse una pasión furiosa y el desenfreno de costumbres, y el loable empeño con que lo intentara disminuir la elocuencia de sus defensores. Otro que yo, amaestrado por un largo ejercicio en el arte difícil de bien hablar, y lleno de las luces y conocimientos que me faltan, llorando hoy compadecido sobre el delito y los infelices delincuentes, abrazaría gustoso esta ocasión de hacer triunfar victoriosamente la santidad de las leyes, y escarmentar en sus cabezas con un ejemplo saludable a la maldad y la relajación, que ya parece no reconocen en su descaro ni límites ni freno. Lejos, como lo está esta causa, de las marañas y criminales artificios con que los malvados se suelen ocultar a cada paso para huir de la espada vengadora de la justicia, vería en ella a dos parricidas alevosos sin velo ni disfraz alguno; un delito por sus atroces circunstancias sin ejemplo, aunque envuelto al principio en el horror de las tinieblas, descubierto ya, puesto en claro como la misma luz y confesado paladinamente; al público y la virtud, clamando sin cesar por el desagravio de la inocencia atropellada, y a las costumbres y al santo nudo conyugal solicitando ardientemente las penas más severas para respirar en adelante en seguridad y reposo.

Todo esto vería un fiscal acostumbrado a hablar en este sitio, y seguro ya de su reputación y su gloria. Pero yo, que empiezo por la primera vez las funciones de mi terrible ministerio acusando este atentado, horror y execración de todos; yo, pobre de ingenio, escaso de razones y falto de elocuencia, ¿qué podré decir que baste a satisfacer a Vuestra Alteza, ni llene dignamente su celo y sus deseos, ¿qué podré decir que corresponda al público clamor contra los reos?, ¿qué, instruido en ese voluminoso proceso atropelladamente y en brevísimos días? Mis palabras serán de necesidad desmayadas; mis reflexiones y argumentos, menos poderosos que lo mucho que habrá meditado Vuestra Alteza con su profunda sabiduría; y mis votos en nombre de la ley, acordándole como abogado suyo sus sagrados decretos, inferiores en mucho a los votos de todos los buenos, y al celo santo que veo resplandecer en el semblante y siento arder en el pecho nobilísimo y justo de Vuestra Alteza. Pero en medio de esto me aliento y me consuelo con que si el fin del orador, y mucho más de un magistrado, debe ser siempre increpar y perseguir el vicio, defender la virtud y celebrarla, persuadiendo y moviendo a aborrecer el uno, y amar y practicar la otra, no es arduo ni difícil ser elocuente en este caso, ni habrá uno solo de cuantos me oyen o han tenido noticia de tan negra maldad que no una en este punto sus fervientes voces con las mías, y le interpele en nombre del honor, de la inocencia, de la humanidad, de su seguridad misma, para que dé en este día un ejemplar memorable de su justísima severidad, y con él asegure el lecho conyugal y las costumbres públicas, vacilante y conculcadas, vengando en su nombre con la sangre de sus implacables asesinos la sangre derramada del malogrado don Francisco Castillo.

Casado éste desde el año de 1788 con doña María Vicenta de F., debía esperar a su lado el dulce reposo, el contento, la felicidad a que le hacían acreedor su mérito y distinguidas prendas, y una abundancia de bienes de fortuna poco común. El deseo de otros más sólidos y más verdaderos le había sin duda llevado al matrimonio, mirando en él su espíritu ilustrado, con una aplicación laudable, y sus continuos y útiles viajes, una perspectiva de bien y de purísimas delicias, que ansiaba su noble corazón, nacido para la amistad y las más honestas afecciones, y que hubiera cierto gozado con otra compañera. La que le deparó en su cólera su suerte desgraciada era indigna de hallar el bien en el seno de la inocencia, ni de disfrutar de otros placeres que los que ofrece la relajación a un alma criminal, y acompañan perpetuamente el delito, la vergüenza y los agudos remordimientos. Oído ha Vuestra Alteza de la lengua veraz de los testigos las razones y tristes riñas de este desastrado matrimonio, nacidas todas ellas, no como han querido probar los infelices delincuentes y en vano se esforzó en persuadirnos la elocuencia de sus defensores, de la altivez, la ligereza, el genio duro y desavenido, ni mucho menos la criminal conducta del sin ventura Castillo, sino de su infiel y torpe compañera. ¿Y qué?, ¿ella misma no lo asegura así en su declaración del día 22 de diciembre?, ¿tan grande es y poderosa la fuerza irresistible de la verdad, y tanto imperio alcanza aún sobre las almas más perdidas?, ¿no dice en ella que su marido no la violentaba?, ¿que la trataba bien?, ¿que la permitía las llaves y todo el gobierno de su casa?, ¿recibir gentes y visitas en ella?, ¿concurrir a las diversiones y tertulias, en suma, cuanto pudiera desear para llamarse feliz una madre de familia honrada, virtuosa y digna de tan buen marido?

Por más que éste llevase en paciencia, como cuerdo, sus continuos desabrimientos y aquellas liviandades menores sobre que el honor suele a veces cerrar dolorido los ojos y deslumbrarse en sus agravios por claros que los vea, no pudo sin embargo dejar de repugnar y prohibirla su trato sospechoso con algunos, singularmente con el aleve matador don Santiago. Aquí de nuevo se nos presentan los testigos domésticos, veraces y sin tacha, diciendo todos sus continuas salidas sola y de trapillo a visitarle; su porte y trato muy ajeno de una mujer de su clase y circunstancias; haberle regalado en varias ocasiones con dinero, ropas, y aun cama para dormir, dándole un picaporte para entrar en su casa a escondidas, y libremente; el baile escandaloso de que se estremece el pudor, y sobre el cual la justicia, las costumbres y el decoro público deben a la par correr un denso velo1; la ocultación del adúltero en un rincón de la casa, inmundo y asqueroso como el alma de los dos2, y cien otras cosas, que sin duda escucharía Vuestra Alteza con inquietud y desagrado, y en cuya enfadosa repetición abusara yo de su paciencia, y ofendiera de nuevo sus honestos oídos y este augusto lugar.

Hay una, sin embargo, entre ellas que no puedo pasar en silencio, porque pinta bien al vivo, así el carácter sanguinario de esta fiera cruel, esta Meguera, como el sufrimiento y la dulzura de su desgraciado consorte. Dice el testigo Antonio García que el día 3 de diciembre, y seis antes del atroz atentado, en una desazón que tuvieron se agarraron los dos, le hizo ella tres aruñones en la cara; y procurando los presentes ponerlos en paz y sosegarlos, exclamó esta víbora que la dejasen, que ella era bastante para acabar con su marido. Sacad, Señor, os ruego, de este solo hecho las consecuencias justas que os sugiera vuestra inalterable rectitud; sacadlas, y estará juzgada la causa. ¿No halláis en él, como yo veo, de parte de Castillo la moderación y la prudencia de un hombre de bien, y en la torpe mujer la desenfrenada osadía, el encono, las sangrientas iras que ya la atormentaban?

Desde entonces y mucho antes ella y el cobarde mancebo, encenagados en su pasión y perseguidos sin cesar de las furias infernales, revolvían en su ánimo el horrible atentado que después cometieron, caminando a su libertad y criminal reposo por medio de la sangre y del parricidio. Para mejor ejecutarlo, fecundo en ardides cual es siempre el delito, finge el adúltero un viaje a Valencia, en que engañado el buen Castillo, le favorece liberal con el dinero necesario; quédase en Madrid oculto y escondido; muda de posada, y se anda de una en otra disfrazado y mintiendo su patria y verdadero nombre, y se previene en fin de las pistolas y el cuchillo que después le sirvieron3; esperando los dos todo este tiempo con una atroz serenidad un día, una hora, una ocasión segura para deshacerse de un hombre a quien debieran entrambos adorar. En efecto, su porte con su aleve mujer era, según consta de todo ese proceso, cual oyó Vuestra Alteza de su misma boca: el de un marido ciego y deslumbrado, que la ama fino a pesar de sus tibiezas, y se lo acredita aún más que debiera con sus obras; que se olvida de su sangre y relaciones, de las amarguras y penas que sufría, del hielo, los desvíos y culpable conducta de una adúltera, para confundirla con sus regalos y favores, para enriquecerla más y más, y hacerla heredera de sus gruesos haberes en el fin de sus días. ¿Y cuál, Señor, cuál era respecto del infame asesino? El de un pariente tan honrado como fino y afectuoso; el de un buen amigo, que le admite en su casa con llaneza y amor, que le acoge en ella con noble franqueza, le da generoso su mesa, le socorre con dinero en sus necesidades, y llega, no hay dudarlo, desconfiado y receloso ya de su delincuente pasión, hasta el punto de transigir con él sobre su trato inmoderado, permitiéndole, si me es dado decirlo, una visita diaria a su mujer; cosa increíble, si así no resultase de las declaraciones del proceso.

Pero ¿acaso la maldad se sabe contener?, ¿perdonó jamás a la virtud o puede hacer paz con la inocencia? Ciegos más y más los dos alevosos amantes, y como arrastrados de un infernal furor, se buscan y frecuentan a escondidas, y así los hallan los testigos, cual oyó Vuestra Alteza, en los días inmediatos al 9 de diciembre en las calles, en los portales, en el paseo, hablando, concertando y alentándose mutuamente para la atrocidad que habían tramado. Aquí fue donde el traidor propuso ejecutarla a su misma presencia y atarla después para figurar un robo; aquí, donde exclamando ciego en su criminal pasión no poder vivir sin quitar la vida a su infeliz rival, ella le respondió que caso de morir uno de los dos, era mejor muriese su marido; aquí, donde por último acordaron el aciago día del execrable parricidio4.

Entretanto, Castillo padece una indisposición, que, aunque ligera, le obliga a guardar su casa, y aun a quedarse en cama. Un destino fatal parece que allana, que facilita el camino a los malvados para consumar su iniquidad: esta indisposición, que si por un instante pudiesen dar oídos al grito terrible de su conciencia y su razón, habría de contenerlos y hacerlos temblar y entrar en sí, los acaba de despeñar. Sale doña María Vicenta la mañana del desgraciado día 9 en busca de su bárbaro amante; hállale, y fráguase entre los dos el sitio, el punto, el modo de ejecutar el parricidio. Él debe ir enmascarado; ella, asegurarle la entrada; la seña es una persiana del balcón abierta, y la hora, de las siete a las siete y media de la noche5. Hay al mediodía una leve desazón del paciente, nacida de su amor, y porque la adúltera no le llevaba la comida: así lo oyó Vuestra Alteza de boca del otro don Antonio Castillo, tan fino con su malogrado amigo, como útil por su probidad y su celo al descubrimiento de los reos. La doña María al cabo se tranquiliza, o lo finge así disimulada6; pero ciega, ilusa, embebida en su criminal idea, ¿hay paso alguno suyo en toda aquella tarde que no sea, si nos faltasen otras pruebas, un convencimiento claro de su horrible maldad? ¿No se la ve en ella oficiosa, solícita, ocupada en deshacerse de toda la familia para quedarse por dueña de la casa? ¿No se la ve entretener fuera de ella con frívolos encargos a un criado, empeñarse en hacer salir, o más bien dijera echar a empellones, al fiel huésped Castillo, a pesar de su ansia y sus ruegos por acompañar al doliente, y lo crudo y llovioso de la tarde, negar la entrada al cajero que venía a firmar la correspondencia7 y andar en fin hecha un Argos, inquieta y azorada por cuantos llamaban a la puerta, esta mujer indiferente siempre y descuidada en los negocios domésticos, sin solicitud ni vigilancia alguna por el gobierno y orden de su familia? Pero las pisadas del fementido matador suenan en sus torpes oídos, y es forzoso tenerle el paso franco para que ejecute su maldad sobre seguro.

Llega por último el malvado, y ella le recibe gozosa, saliendo entonces de la alcoba del infeliz Castillo de servirle una medicina: hale dejado abiertas las puertas vidrieras para que en nada se pueda detener. Sepáranse los dos: a entretener ella sus criadas, y él a consumar la alevosía. Entonces fue cuando la fría rigidez del delito, afecto de una conciencia ulcerada y del sobresalto de terror, ocupó a pesar suyo todos los miembros de la doña María Vicenta; cuando entre las luchas y congojas de su delincuente corazón la vieron sus criadas helada y temblando, fingiendo ella un precepto de su inocente marido, insultándolo hasta el fin, para venir a acompañarlas8. ¿Y pudo su lengua en aquel punto articular su nombre y ser tan descarada la iniquidad? ¡Oh imprudencia!, ¡oh perfidia!, ¡oh barbaridad sin ejemplo!

Entretanto, el cobarde alevoso se precipita a la alcoba, corre el pasador de una mampara para asegurarse más y más, y se lanza, un puñal en la mano, sobre el indefenso, el desnudo, el enfermo Castillo. Éste se incorpora despavorido; pero el golpe mortal está ya dado, y a pesar de su espíritu y su serenidad sólo le quedan fuerzas en tan triste agonía para clamar por amparo a su alevosa mujer. ¡María Vicenta, María Vicenta!, repite por dos veces9; y ella, en tanto, entretiene falaz a las criadas, fingiendo desmayarse, el adulterio y el parricidio delante de los ojos, y la sangre, la venganza y las furias en su inhumano corazón.

Castillo, el infeliz Castillo, que la ha llamado en vano, hace un último esfuerzo y se arroja del lecho entre las angustias de la muerte, lidiando por defenderse con el bárbaro agresor: luchan y se agarran los dos, y logra en su agonía arrancarle la máscara, y descubrirle y conocerle; pero él, más y más colérico y despiadado, repite sus agudos golpes, y le hiere hasta once veces en el pecho y en el vientre, siendo mortales por necesidad las cinco de sus puñaladas. Cae con ellas la víctima inocente y sin aliento, volviendo sin duda sus desmayados y moribundos ojos hacia la misma adúltera que le mandara asesinar; y el matador, en tanto, con una serenidad atroz y sin ejemplo, va tranquilo a buscar y coger dos doblones de a ocho, precio de su horrible atentado, de la naveta de un escritorio, y a presencia del sangriento y palpitante cadáver10. Permita Vuestra Alteza que en este instante le transporte yo con la idea a aquella alcoba, funesto teatro de desolación y maldades, para que llore y se estremezca sobre la escena de sangre y horror que allí se representa. Un hombre de bien en la flor de sus días, y lleno de las más nobles esperanzas, acometido y muerto dentro de su casa; desarmado, desnudo, revolcándose en su sangre, y arrojado del lecho conyugal por el mismo que se lo manchaba; herido en este lecho, asilo del hombre el más seguro y sagrado; rodeado de su familia, y en las agonías de la muerte sin que nadie le pueda socorrer; clamando a su mujer, y esta furia, este monstruo, esta mujer impía haciendo espaldas al parricidio, y mintiendo un desmayo para dar tiempo de huir al alevoso11: este infeliz, el puñal en la mano, corriendo a recoger con los dedos ensangrentados el vil premio de su infame traición; la desesperación y las furias que lo cercan ya y se apoderan de su alma criminal, mientras escapa temblando y azorado entre la oscuridad y las tinieblas a ponerse en seguro; el clamor y la gritería de las criadas, su correr despavoridas y sin tino, su angustia, sus ayes, sus temores; el tumulto de las gentes, la guardia, la confusión, el espanto, y el atropellamiento y horror por todas partes. ¿Retira Vuestra Alteza los ojos?, ¿le aparta consternado? No, Señor, no: permanezca firme Vuestra Alteza; mire bien y contemple: ¡qué cuadro, qué objeto, qué lugar, qué hora aquélla para su justísima severidad y sus entrañas paternales, para su tierna solicitud y su indecible amor hacia todos sus hijos! Allí quisiera yo que hubieran podido empezar las diligencias judiciales; allí que hubieran podido ser preguntados los reos en nombre de la ley; allí, delante de aquel cadáver aún palpitante y descoyuntado, traspasado, o más bien despedazado el pecho, caídos los brazos, y todo inundado en su inocente sangre; allí, Señor, allí, y entre el horror, las lágrimas y la desolación de aquella alcoba; aquí a lo menos poderlos trasladar ahora, ponerlos en frente de esas sangrientas ropas, hacérselas mirar y contemplar, lanzárselas a sus indignos rostros, y causarles con ellas su estremecimiento y agonías. Así empezaría el brazo vengador de la eterna justicia a descargar sobre ellos una parte de las gravísimas penas a que es acreedora su maldad.

Cargados día y noche con su enorme peso, en vano, Señor, han intentado huirlas. La Providencia que, aunque inescrutable en sus caminos, vela sin cesar desde lo alto la inocencia atropellada, tendió en derredor sus invisibles redes, tomándoles los pasos a uno y otro; y cuantos han dado por salvarse, se puede bien decir han sido todos para correr al merecido cadalso.

La doña María es depositada en el momento, y empezada a interrogar; sonlo también sus criados y familiares íntimos; y aunque nada entonces se vislumbrase de los reos, aunque los cubriesen las tinieblas de la iniquidad o los abonase su nombre ante la justicia activa y consternada, la razón suspicaz y la reflexiva, ese pueblo inmenso de Madrid, cuantos saben el atentado, todos a una voz la señalan, todos la acusan y la increpan, todos la denuncian cual parricida. Vosotros, Señores, habéis sido testigos de la impresión extraordinaria que hizo esta maldad en los ánimos, corriendo en un momento su noticia de lengua en lengua, de casa en casa, de una en otra ciudad: el recelo y el temor se apoderó de todos, y no hubo siquiera uno que al oírla no se estremeciese y mirase en derredor pavoroso y temblando por su seguridad y su vida. Yo me hallaba entonces lejos de esta gran capital, en una de las primeras ciudades de Castilla12; sus honrados vecinos temblaban y temían del mismo modo, medrosas y exaltadas las imaginaciones, pero anunciando todos la delincuente; y este triste atentado, este alevoso parricidio ha sido el solo que entre esa multitud de novedades y rumores, que caen y se suceden unos a otros, y nacen tal vez y mueren en un día, mantiene su lugar, y conserva como el primero inquietos y azorados los corazones.

Examinada esta mujer, se encierra en una maliciosa ignorancia, y nada dice, a nadie señala, de ninguno recela. Mas cuando temen todos que la maldad se quede entre tinieblas, anhelando aunque en vano su castigo, empieza a descubrirse, a ponerla en claro la eterna Providencia. Castillo, el amigo fiel del malogrado don Francisco, declara con individualidad los lances importantes de aquel desastrado día13; y entonces es cuando, aún ocupada en su culpable adúltero y ansiosa de salvarle, escribe doña María la carta misteriosa que el Tribunal ha oído, al de todos desconocido don Tadeo Santisa. El mismo Castillo, a cuyas manos llega por acaso, hace que se retenga y se presente al juez; y esta carta fatal, este inconsiderado papel, puesto por él delante de la infeliz, la confunde y hace estremecer, y empieza a convencerla de su horrible delito14.

Por ella es también preso el alevoso adúltero; y ved, Señores, ved, y bendecid admirados la mano protectora del cielo. Este hombre desgraciado, que tanto debía temer, que siéndole posible debiera haber huido al último punto de la tierra, o escondiéndose en su profundo abismo; que recibe ya antes de su criminal amiga otro aviso sobre su presta y necesaria fuga15; que por las dificultades que halla al querer sacar del correo la importante carta de que tratamos, era de recelar verse ya descubierto y espiado; este hombre infeliz, que con la señal del asesinato sobre su culpable frente no halla reposo en parte alguna, en todas teme, y anda prófugo y azorado de posada en posada; este hombre iluso, ciego, desatentado, que oye por todas partes el clamor popular contra los reos, la actividad y el celo con que el magistrado los busca y persigue; el ahínco, la impaciencia de todos por descubrirlos; este hombre desastrado no puede resolverse a dejar a Madrid, y es al cabo arrestado, y puesto en un encierro en 26 de diciembre.

Desmaya al verse en él; desmaya y cae de ánimo, o porque cuasi siempre son los asesinos tan cobardes como viles, o porque ve sin duda la imagen sangrienta de su inocente amigo que le persigue y atormenta. Esta imagen fatal, presente día y noche a su amedrentada conciencia, le acusa, le confunde, hiere su espíritu de un vértigo, un pavor repentino, y arranca en fin de su boca desde el primer día la confesión de su negro delito libre y espontáneamente y con todas las circunstancias que escuchó Vuestra Alteza en la relación del proceso. Ya también lo había hecho su desgraciada cómplice; y oyó en él Vuestra Alteza sus sencillas declaraciones, admirando sin duda una conformidad entre las dos tan asombrosa como singular. En el cofre del alevoso se encuentra por un prodigio el mismo vestido que llevaba al cometer el parricidio, tinto todo y manchado con la sangre del inocente, que aún humea y se levanta al cielo; ese vestido que tenemos delante, objeto de lágrimas y horror, que nos hace estremecer sólo en mirarlo, irrefragable prueba contra su infeliz dueño.

Y en vista de esto, ¿se podrá dudar con fundamento ni razón que doña María Vicenta de F. y don Santiago de N. son reos convencidos y confesos del parricidio alevoso de don Francisco del Castillo?, ¿hubo por desgracia este delito? Le hubo, no hay duda en ello. ¿Hay indicios y presunciones contra los dos? Vuestra Alteza los ha escuchado con horror en la larga narración de este atentado. ¿Los infelices acusados se atreven a negarlo?, ¿lo desfiguran? En sus declaraciones lo confiesan a sabiendas, e de su grado, como dice la ley16; lo confiesan sencilla y paladinamente, sin disculpa ni excepción alguna; lo dicen ambos tan iguales, con tal conformidad, que si a un mismo tiempo, en un solo acto judicial, una declaración, y uno de los dos llevando la palabra lo hubiesen confesado, no pudieran hacerlo con una identidad más rara y singular.

Ni se oponga por el defensor de la aleve doña María que su declaración ha sido efecto de la violencia o del temor, y arrancada de su débil y angustiada boca entre los horrores de un encierro. Yo bien sé cuán sabia y justamente quiere nuestra ley de Partida que la declaración se haga sin premia, y obra sólo de la voluntad, sea tan libre como ella; también confieso que todo acto del hombre nacido de dolor o miedo injustos y vehementes ni es deliberada, ni imputable al infeliz apremiado; ni menos olvido cuán francos, cuán puros y leales deben ser todos los pasos de la santa justicia y sus fórmulas y procedimientos. Pero también sé que las penalidades del encierro, donde fue trasladada la infeliz criminal, son como tantas otras cosas que exagera la compasión, y se abultan y encarecen sobre lo justo por imaginaciones acaloradas: que no es la cárcel un lugar de comodidad y regalo para los reos, sino de seguridad y custodia, y que conviniendo tanto su separación y retiro para precaver sus torcidas intenciones, y alcanzarlos a convencer de sus excesos y maldades, una cuerda experiencia ha mostrado repetidas veces a la justicia no haber sido vanas en guardarlos las más exquisitas precauciones, y el entero apartamiento y los cerrojos. No por esto me haré el apologista de la dureza o de la arbitrariedad. Lejos de mi lengua estas palabras siempre, cual lo están sus odiosas ideas de mi corazón y mis principios. Pero si nuestras cárceles son por desgracia incómodas, apocadas, oscuras y no cual anhelan justamente la humanidad y la razón; si la indecible corrupción de los tiempos, y el lujo y la miseria multiplican tanto los reos, que no hay cuadras ni patios que basten a su número, los infelices detenidos en ellas de necesidad han de sufrir las estrecheces y defectos con que las tenemos hasta que venga el día de su mejora deseada.

Pero se dice que la doña María Vicenta debió ser tratada, como hijadalgo que es, muy de otro modo, y no aherrojada con los grillos; y aun se añade que era de obligación del juez examinar antes su estado y calidad para mandárselos poner según derecho. No he hallado cierto esta delicadeza, estos principios en la acendrada sabiduría de nuestras leyes. Todo ciudadano es según ellas a los ojos de la autoridad pública plebeyo, igual a los demás; y su clase, aunque más encumbrada y distinguida, queda eclipsada ante la majestad que representa. La nobleza es una excepción, una prerrogativa, un privilegio; y el reclamarlo en tiempo, y aprovecharse de él, es un derecho de solo el que le goza, y no una servil carga para el magistrado, para quien son todos, sin diferencia alguna, esclavos de la ley.

Si se insiste por último en que el juez excesivamente celoso reconvino a la doña María en su declaración del 23 con preguntas capciosas sobre lo que no resultaba el proceso, y conminándola con más rigurosos apremios, ¿no están en él, no acabamos de oír sus diligencias hasta aquel punto, señalándola ya bastantemente?, ¿no está su oficiosidad maliciosa por toda la tarde del funesto día 9?, ¿no es ya ella sola un gravísimo y más que sobrado indicio?, ¿no está su carta, su fatal, su desgraciada carta al desconocido Santisa?, ¿su turbación al reconocerla?, ¿su indecible osadía en quererla arrancar de las manos del juez?, ¿el testimonio mismo de su misterioso contesto?, ¿aquellas criminales palabras al don Santiago, retirado en tu casa, o salirse fuera del lagar y lejos del peligro? ¿Qué más señales, qué otros testimonios, qué mayores indicios apetece su defensor?

¡Indecible deslumbramiento!, ¡anhelo inmoderado de disculpar o disfrazar los yerros! Si la carta era inocente, y nada contenía que dañase, ¿a qué arrebatarla violentamente, ni intentarla despedazar?, ¿a qué aquel porte suyo tan escandaloso en esta diligencia? Sobraban ciertos indicios, sobraban presunciones y cargos para recelar por culpada a aquélla a quien el pueblo todo proclamaba ya por delincuente desde el primer día.

Mas no hubo derecho para abrir esta carta, y así cuanto viene de ella es ilegal y nulo. ¿No hubo, decís, derecho para abrir una carta escrita por una persona indiciada de un crimen tan atroz, puesta judicialmente en depósito, y bajo la mano misma de la ley?, ¿a un hombre desconocido en toda la familia?, ¿mandada echar al correo, residiendo él en Madrid?, ¿encargada con tanto ahínco y exquisito cuidado al criado don Domingo García y sospechosa a él y para el fiel Castillo, amigo íntimo, por no decir hermano, del infeliz don Francisco, y que tan bien sabía todos los secretos y amarguras de este desgraciado matrimonio? Castillo, ese hombre honrado, ese testigo ingenuo, ese antiguo y acreditado librero que todos conocemos, tan injustamente denigrado aquí. ¿Una carta, en fin, en que se podrían encerrar las pruebas convincentes de la inocencia y lealtad de los familiares de la casa que seguirían gimiendo de otro modo en la oscuridad de la cárcel, y entre grillos y horrores hasta que se hallase la verdad, y el tiempo o los acasos descubriesen al fin los alevosos? De este modo haría mal, sería digno de pena el que sabiéndolo denuncia al delincuente si el juez no le pregunta, porque al cabo él revela un secreto; así como el que lleva a la justicia con honrada solicitud el depósito recibido de unas manos sospechosas, porque no hay duda, ellas se lo confiaron, y él lo admitió. Cada ciudadano, Señor, es una centinela continua contra el crimen y la actividad incansable que agita a los malvados; la seguridad de todos se libra en la fidelidad de cada uno; de su activa vigilancia se fabrica y compone la común tranquilidad, y en ella reposan confiadas la inerte virtud y la pacífica inocencia. Así que, si la delación baja y oscura, vicio de todos el más infame y arma fatal de esclavos y tiranos, debe ser proscrita y execrada, como de los Gobiernos ilustrados y justos, así de las almas generosas, no cierto los avisos y denuncias sencillas, autorizados cual el presente por una persona interesada y conocida, recomendados altamente por señas importantes, hijos en fin del celo, la honradez y las más justas obligaciones. La carta, por último, no se entregó por la doña María a la fe pública del correo, siempre inviolable, sagrada para todos, sino a la diligencia de un criado; éste, si así se quiere, faltaría enhorabuena a los encargos y confianza de un ama imprudente, y tímido o curioso burlaría sus mal fundadas esperanzas. Álcese pues contra él, y quéjese de su falsía; persígalo y acúselo si le dan las leyes una acción; pero, ¿a qué nada de esto para el proceder judicial, ni contra las providencias sabias del magistrado, ante quien la carta misteriosa se presentó ya abierta?

Y demos de gracia que esta funesta carta, estos pasos tan útiles, pero tan mal juzgados, estas diligencias y apremios fuesen cual anhela su defensor, o no existiesen en el proceso: ¿por ventura los reclamó después la interesada?, ¿excepcionó algo sobre ese su estado de opresión al declarar el parricidio?, ¿sobre la estrechez de la prisión, el áspero rigor de los apremios, tanto aquí decantados?, ¿no aprueba, no repite en sus posteriores confesiones cuanto dijo en la que por ellos se pretende hacer nula, la del día 24?, ¿no se le recibe en toda libertad, aun fuera del encierro y en la sala misma de declaraciones?, ¿y no vemos todas las suyas confirmadas, ratificadas, identificadas, confundidas y hechas una misma con las del sencillo y desgraciado reo? Pues ¿qué quiere la doña María?, ¿de cuál diligencia se queja?, ¿qué reclama su defensor o qué niebla se podrá oponer a la verdad misma, clara y pura como es la luz?

Y el infeliz don Santiago, ¿de qué excepción querrá valerse contra esta terrible verdad, declarada por él desde el primer punto de su milagrosa prisión, sencilla y paladinamente, a sabiendas e contra sí qué opondrá? ¿A qué se acogerá para eludir su fuerza irresistible? Confieso a Vuestra Alteza que nada veo en todo este proceso, cuando lo considero, sino la mano omnipotente de la Providencia sobre los dos culpados, el peso insufrible de su maldad que los oprimía y abismaba, y los atroces remordimientos que les arrancaban a pesar suyo la verdad de sus labios criminales.

Así quieren la razón y la ley de Partida que sea la conoscencia o confesión: sin premia, a sabiendas, e contra sí17 para sujetar al delincuente a la pena del delito; y así han sido, Señor, las de don Santiago de N. y doña María Vicenta de F., reos ambos ante el cielo y los hombres de la injusta muerte de don Francisco del Castillo con una atrocidad sin ejemplo.

Pero ¿qué género de muerte? ¿De cuál delito son reos? Decir pudiera que del más negro y horroroso, dejando el regularlo a la alta sabiduría de Vuestra Alteza. Porque él, mirado bien, es una alevosía cualificada con las circunstancias más crueles: un padre de familias desnudo, desarmado y enfermo es acometido y muerto en su misma cama sobre seguro. Es un asesinato, porque el cobarde matador recoge al instante el vil premio de su iniquidad en los dos doblones de a ocho del escritorio; y ese premio, esta paga, este bajísimo interés se le ofreció su aleve compañera para después de la muerte en la mañana de aquel día, por más que se me diga no haber sido precio, sino dádiva generosa. Es un parricidio, porque la mujer y su adúltero amigo se ayudan, y de acuerdo y con armas18 matan a su marido e insigne bienhechor, casos comprendidos en este horrible crimen. Es un delito que rompe, destruye, despedaza los vínculos sociales en su misma raíz; un delito contra la seguridad personal en medio de la corte, en el asilo más sagrado y entre las personas más íntimas; un delito que ofende la nación toda, privándola de un hijo de quien eran de esperar inmensos bienes por sus conocimientos mercantiles, su celo y probidad; un delito, en fin, que ultraja la humanidad y la degrada. El adúltero, el nudo conyugal, las costumbres, la amistad, la patria, el seguro de la corte, el asilo de la casa propia se confunden indignamente en él: todo se conculca, todo se vilipendia, todo se atropella y trastorna; y aumenta todo la atrocidad del atentado.

¿Mas acaso los infelices reos se arrostraron a cometerlo impelidos de circunstancias que lo hagan menos horroroso?

La doña María, se dice, oprimida de un marido cruel, insultada continuamente por su genio altanero, y atropellada y castigada, no hallando otro medio de ponerse en seguro, abrazó éste, desgraciado por cierto, pero más digna ella de nuestra tierna compasión que de la severidad y el odio de las leyes. ¡Cuáles nos gobiernan, Señor!, ¡cuáles nos velan y defienden!, ¡qué país vivimos!, ¡en qué lugar estamos! Por tan acomodados, tan humanos principios, ¿qué seguridad tendremos ninguno de nosotros de nuestra pobre vida?, ¿quién no temerá hallarse saliendo de este augusto Senado con quien por una palabra sin razón, un desaire, un desprecio, un tono altanero y erguido, no le prive de ella en un instante, parte y juez a un mismo tiempo en el tribunal de sus venganzas?, ¿será el puñal del ofendido el justo reparador de sus agravios? ¿Un resentimiento, una ofensa, un genio duro, bárbaro si se quiere, autorizan acaso el asesinato ni la negra traición? ¡Sociedad desgraciada, si estas fuesen tus leyes y velases así sobre tus hijos! Los jueces, los Tribunales tienen día y noche patentes sus puertas, extienden su mano protectora a cuantos desvalidos los imploran, y a ninguno que la buscara le negaron su sombra. ¿Los interpeló acaso esta infeliz?, ¿recurrió a ellos en sus disgustos y amarguras o dio por dicha algún paso para salvarse de su ponderada opresión? Demasiadas gracias tienen ya las mujeres entre nosotros. Puede ser que estas gracias, y el favor excesivo que les dispensamos los jueces por una compasión y un principio de honor equivocados, hayan sido la causa de la muerte que debemos llorar, y yo persigo.

¿Y dónde?, ¿dónde están estos insultos y crudos tratamientos tan decantados? ¿No hemos oído la desgraciada prueba de la doña María, para que aún clame tanto su defensor sobre este punto? Por toda ella se nos presenta el infeliz e indulgente Castillo de un genio vivo, claro, y si se quiere intrépido y osado, pero facilísimo de acallar, de un corazón franco y generoso, y sin resentimientos ni rencor. Es un marido que transige, por decirlo así, sobre su deshonor con el mismo que le ofende, como oyera admirado Vuestra Alteza en su conducta condescendiente con el bárbaro don Santiago; es un marido que en medio de los excesos y pasos criminales de su aleve mujer, que él sin duda sabía, hace con ella en uso de sus solemnes fueros lo menos que pudiera y que debiera hacer. Riñe una vez, y quiere, en lugar de corregirla, salirse despechado de su casa a habitar y dormir en su tienda; riñe, y por uno de aquellos accidentes que la perfidia sabe tan bien fingir, corre a medianoche con un criado a buscar solícito un médico que la asista en su aparentada locura19. Riñe, y sufre que lo arañe en el rostro; riñe, y es duro, y la deja salir a todas horas, concurrir a tertulias y teatros, y recibir en su casa a cuantos quiere20. ¿Y éste es el marido cruel, éste el león implacable y tan temido, éste el hombre que la castiga y atormenta, éste aquel a quien su oprimida compañera no puede arredrar sin un asesinato? Más severo, más duro le hubiera yo querido, y acaso no ejercería hoy mi terrible ministerio persiguiendo sus parricidas.

Nunca, se insiste, pudo la doña María recelar este atentado del ánimo apocado de su adúltero amante. ¡Nunca lo pudo recelar, y se embebece con él en el modo de ejecutarlo por más de dos meses, y va una vez a disuadírselo agitada de anticipados remordimientos por el último suplicio de otro reo21, y aprobándolo ella, aparente el traidor su fingido viaje para más bien cubrirlo y deslumbrar! ¡Y ella le llora para más electrizarle, y de la terrible sentencia de que caso de morir uno de los dos, muriese su marido, y le busca y persigue todos aquellos días, y le ceba y alienta con las dos onzas de oro, le da la señal de la persiana, le habla al entrar de la sala y corre artificiosa a entretener las criadas, y fingir un desmayo, mientras se consuma la negra alevosía! ¿Y se osa decir que no creía que el atentado se ejecutase? ¿Cómo, os pregunto, lo pudiera creer?, ¿cómo concurrir y cooperar a él? ¿Se quiere para esto que ella misma lleve con su mano el puñal del amante, y aseste impávida su punta al pecho del enfermo y desarmado marido? Así, ¿tampoco concurrirán al robo el ladrón que tiene la escala por donde sube el compañero, o apunta con el trabuco al caminante mientras otro le registra y ata?

Quisiera, Señor, quisiera ser indulgente y poderme contener. Acaso mis palabras herirán con más calor que el conveniente el ministerio de templada severidad que ejerzo en nombre de la ley. Pero tan horrible maldad me despedaza el corazón: dad algún alivio a mi justo dolor y mi ternura; el malogrado, cuya muerte persigo, era por desgracia mi amigo; conocilo por la rara opinión con que corría su nombre; y cuando se prometía y yo me prometía unirnos con mi nuevo destino en lazos de amistad más estrechos, le veo robado para siempre de entre nosotros, y perdido para los buenos y la patria por la crueldad de una ingrata mujer y de un amigo tan cobarde como fementido.

Por último, se dice que esta infeliz mujer estaba sin libertad ni capacidad alguna para tan gran maldad. Feble y apocada por naturaleza, añadía a la debilidad de su sexo la de su propia constitución, y una pasión furiosa la había convertido en una máquina, que sólo recibía su impulso y movimiento de las insinuaciones del adúltero. Así se la ve después ni sentir, cual debiera, la muerte del marido siquiera por la decencia y su seguridad, ni mudar de semblante, impasible cuando se la prende, ni entristecerse por su encierro y dura soledad, ni faltarle, en fin, el apetito entre los horrores de la cárcel, hasta dormir en ella con el mayor sosiego.

Esto se ha dicho por su defensor. Esto se ha dicho, ¿y podrá sufrirse con paciencia? ¡Era tímida la que sabe exclamar a su alucinado amante, que caso de morir uno de los dos, muriese su marido! ¡Era débil la que se arroja a él y le llena de arañazos!, ¡la que insiste, al intentarla separar, en que la dejen, que ella sola basta para acabarle!, ¡tímida la que se ceba, se complace por tantos días en un proyecto tan horrible!, ¡la que ve con impávida serenidad el alevoso puñal en la mano!, ¡apocada la que, a pesar de las continuas reconvenciones del inocente asesinado, continúa ciega en sus criminales amistades!, ¡la que anda a todas horas de calle en calle, de posada en posada en busca del don Santiago!22

Pero la pasión de este infeliz la tiene electrizada, sin deliberación, frenética y sin seso. ¡Extraña jurisprudencia!, ¡singular raciocinio!, ¡raro modo, por cierto, de defender un reo y disculpar sus delitos! Así el ladrón pudiera excepcionar que su pasión le ciega, que la idea seductora del dinero le quita enteramente la libertad de obrar, y que no está en su mano, si lo ha visto, dejar de arrebatarlo; el adúltero, que la hermosura y los encantos de la madre de familias honesta le inflama y enloquece; y el torpe violador, que en una constitución toda de fuego no le es dado calmar la imperiosa fuerza de su temperamento, ni domar en nada su brutal desenfreno. Ningún delito será imputable por estos horrorosos principios, ninguno lo sería si por desgracia fuesen verdaderos. Porque, ¿cuál hay que no nazca de una pasión furiosa?, ¿o qué delincuente, por endurecido en el mal, al cometer sus atentados estará sereno? No negaré tal vez que la memoria aguda de su maldad y mil tristes presentimientos tengan al presente como estúpida a la doña María. Así también suelen estarlo los mayores facinerosos cuando se ven en una cárcel, abandonados al gusano roedor de sus conciencias, delante de sí la horrible imagen de sus atrocidades, y desnuda sobre su garganta la espada de la ley: que el mayor corazón se pierde, el más despierto consejo se confunde a la vista de los delitos23. Pero no son por esto menos delincuentes; sus pasiones indóciles y su pervertida razón no pueden impedir el saludable efecto de las leyes en la dirección de las acciones, ni eran ellos estúpidos al cometer el mal. No lo era, no, la desgraciada doña María Vicenta, combinando exactamente las infernales operaciones del desastrado día 9; no lo era, no, volviendo en él a su casa a la una y media de la tarde, enfermo y en cama su marido, de acordar el parricidio con su alevoso amante.

Ni tiene otros descargos este infeliz, por más que su defensor quiera decirle loco en su delincuente amor24. Bien sé yo la fuerza terrible de las pasiones, y su funesto imperio en los corazones que inflaman y sojuzgan: la historia ofrece a cada paso ejemplos memorables de esta fuerza, y la moral y el estudio detenido del hombre apoyan y convencen cuanto la historia dice. Pero también sé que es nuestra obligación el dirigirlas o domarlas, no siéndoles dado el poder de arrastrarnos al mal irresistiblemente: que estas enfermedades del alma, por graves que parezcan, no son, sin embargo, incurables; que para ello se nos dio la razón y el sagrado instinto del bien, que se han negado al bruto; que esta fiel compañera nos clama sin cesar si tropezamos; que en medio de su imperio que ejercen tan duro y tan temible, nos queda ilesa siempre la libertad, y con ella la justa imputación de nuestros pasos, y que, por todo esto, cuando sucumbimos y caemos, somos reos ante Dios y los hombres de nuestro vencimiento y cobardía, como lo es hoy el infeliz don Santiago por los horribles frutos de un amor criminal, que debió sofocar cuando lo vio nacer, trabajando en lograrlo noche y día, en vez de embriagarse en él, ni abrigarlo en su pecho para llevar al cabo sus impías sugestiones.

Y si esto nada hace, su apocamiento, su genio melancólico y adusto, sus pocas expresiones, su excesiva cortedad25, ¿qué pueden, aun dado caso que así fuesen, qué pueden hacer para disminuir un delito tan execrable?, ¿qué pueden hacer para sustraerle al crudo escarmiento que la ley le señala?, ¿qué puede hacer la dolencia que padeció por el pasado San Mateo, naciese norabuena no de una insolación, sino de aflicción de su espíritu?26. Este hombre melancólico, este tan encogido, este apocado y cobarde, se ceba como su cómplice por tanto tiempo en la idea espantosa de su maldad; trata de preocupación sus saludables reflexiones, cuando de ella le intenta disuadir, y se atreve, siendo la primera, a la mayor atrocidad: pruebas todas, nada dudosas, de la ferocidad de su ánimo. Obra, sí, como cobarde, porque acomete sobre seguro a un hombre desnudo, desarmado y enfermo. Y ¿quién es este hombre? Temblad, Señor, temblad al escucharlo: el mismo cuyo lecho ofende, que le admite en su casa, que le pone a su mesa, su bienhechor, el que le dio liberal el dinero para su mentido viaje a Valencia, y tal vez por alejarle así del lado sospechoso de su adúltera compañera.

Ninguno, pues, de los dos tiene ni sombra de disculpa con que disminuir lo atroz del atentado; éste fue el mayor que pudo cometerse, y por cierto, como dije antes, no alcanzo a señalarle lugar entre los delitos. Él ataca la seguridad personal hasta en lo más íntimo y sagrado; ataca el santo nudo conyugal, y le rompe impíamente y despedaza; ataca las costumbres públicas, y cuanto hay de más augusto y venerable sobre la tierra. Con este ejemplo fatal, ¿quién fiará de nadie, si debe recelar hasta de su mujer?, ¿quién abrirá su corazón a la dulce amistad, si el amigo asesina?, ¿quién a la generosidad y la beneficencia, si es su premio la muerte?, ¿quién en su lecho podrá dormir tranquilo, si en el suyo, cercano de gentes y criados, no se vio seguro el desgraciado don Francisco Castillo? No encuentro ciertamente, lo repito, Señor, no encuentro ni pensamientos ni palabras para su horrible deformidad.

Así todos los pueblos le han perseguido y castigado con las mayores penas, igual en este punto la Antigüedad remota con la edad presente. Legisladores ha habido que no se atrevieron ni aun a nombrarlo en sus códigos, creyendo imposible en la naturaleza un crimen tan enorme27. Mas a cuantos lo han hecho, la muerte les ha parecido poco, y ha sido preciso inventar y añadirles aparatos y circunstancias que la hagan a la imaginación más y más espantable. Los antiguos egipcios punzaban todo el cuerpo del parricida con cañas muy agudas; revolvíanlo después en un haz de espinas, y le pegaban fuego28. Los griegos le apedreaban hasta morir29. Entre los virtuosos romanos, después de azotado crudamente, se le encerraba en un saco con ciertos animales fieros para hacerle su fin más doloroso30. En otras partes se le enterraba vivo; en otras se despedazaban sus miembros con ardientes tenazas; en otras se abrasaban y rompían en una rueda31. Una ley del antiguo Fuero Juzgo le señala la pena capital, repartida su hacienda entre los herederos del difunto32. Nuestro gran legislador don Alfonso, siguiendo como suele en sus Partidas los pasos de los sabios romanos, ordena en fin en la ley 12 del título de los Omecillos33 «que, si el padre matare al fijo, o el fijo al padre, o el marido a su muger, o la muger a su marido, o cualquiera que diese ayuda o consejo porque alguno de los dichos muriese a tuerto con armas o con yerbas, paladinamente o encubierto, quier sea pariente del que así muriere, quier extraño, que este tal que fizo esta enemiga, que sea azotado públicamente ante todos, e desí que lo metan en un saco de cuero, e que encierren con él un can, e un gallo, e una culebra, e un jimio, e después que fuere en el saco con estas cuatro bestias, cosan la boca del saco, e lánzelos en la mar, o en el río que fuere más cerca de aquel lugar do acaesciere». Así la ley, Señores.

Y vosotros, sabios ejecutores de ella, rectísimos ministros de la santa justicia, ¿podréis a su vista dudar un solo instante en imponer la clarísima pena que señala a los dos desgraciados parricidas doña María Vicenta de F. y don Santiago de N.? Otro os dijera, arrebatado de su celo, que el fatal cadalso se levante enfrente de la casa, teatro del horrendo delito. Él es tan atroz en sí mismo, y por sus funestas consecuencias en el orden social, que merece le deis el mayor aparato judicial, para que imponga y amedrente a los malvados. Los grandes atentados exigen muy crudos escarmientos: éste, Señores, es el más grave que pudo cometerse. En esta perversión y abandono brutal de las costumbres públicas; en esta funesta disolución de los lazos sociales; en esta inmoralidad que por todas partes cunde y se propaga con la rapidez de la peste; en este fatal egoísmo, causa de tantos males; en este olvido de todos los deberes; cuando se hace escarnio del nudo conyugal; cuando el torpe adulterio y el corrompido celibato van por todas partes descarados y como en triunfo apartando a los hombres de su vocación universal, y proclamando altamente el vicio y la estéril disolución; en estos tiempos desastrados; este lujo devastador que marcha rodeado de los desórdenes más feos; estos matrimonios que por todas partes se ven indiferentes o de hielo, por no decir más; un delito contra esta santa unión exige toda nuestra severidad; un delito tan horroroso la merece más particularmente; y esas ropas acuchilladas que recuerdan su infeliz dueño; esa sangre inocente en que las veis teñidas y empapadas, clamándoos por su justa venganza; la virtud que os las presenta cubierta de luto y desolada; ese pueblo que tenéis delante, conmovido y colgado de vuestra decisión; el rumor público que ha llevado este negro atentado hasta las naciones extrañas; la patria consternada, que llora a un hijo suyo malogrado y hundidas con él mil altas esperanzas; el Dios de la justicia que os mira desde lo alto y os pedirá algún día estrechísima cuenta del adúltero y del parricida; vuestra misma seguridad comprometida y vacilante sin un ejemplar castigo; todo, Señores, os grita, todo clama, todo exige de vosotros la sangre impía de estos alevosos. Fulminad sobre sus culpables cabezas en nombre de la ley la solemne pena por ella establecida; y paguen con sus vidas, paguen al instante la vida que arrancaran con tan inaudita atrocidad. Sean ejemplo memorable a los malvados, y alienten y reposen en adelante la inerme inocencia y la virtud, estando vosotros para velar sobre ellas, o a lo menos vengarlas.




ArribaAbajo

- 2 -

Acusación fiscal contra Marcelo J., reo confeso de parricidio por la muerte violenta dada a su mujer María G.; pronunciada el día 23 de abril de 1789 en la sala segunda de alcaldes de corte


Señor,

Cuando he reconocido el proceso sobre la muerte violenta dada por Marcelo J. a su infeliz mujer María G. en la mañana del 5 de septiembre pasado, sobre que Vuestra Alteza debe pronunciar este día su inapelable soberano juicio; cuando he considerado atento y silencioso todas las circunstancias y accidentes de este desgraciado suceso, volviendo muchas veces mi tranquila reflexión y fijándola por largo tiempo en el reo Marcelo, autor del sangriento atentado, entrándome, digámoslo así, en su mismo corazón, registrándolo cuidadoso a la clara luz de la moral filosofía, interrogándole y oyéndole sin el terror que inspiran la presencia de un juez y el orden y aparato judicial, y observándole y estudiándole detenidamente para hallar en él, si era posible, a fuerza de pruebas y pesquisas los criminales motivos de tan bárbaro parricidio, confieso a Vuestra Alteza que no he podido menos de vacilar por largo tiempo, asaltado de un tropel de dudas sobre el partido que debía abrazar en esta acusación y el verdadero estado de Marcelo, gimiendo entonces amargamente por mi suerte y enojoso destino, o más bien por la poquedad y ruin flaqueza de la razón humana y el congojoso estado de los jueces, que limitados y expuestos al error, como todos, se ven sin embargo constituidos por el cielo árbitros supremos de las haciendas, de las honras, de las vidas de sus semejantes. Debiéramos ser ángeles en entender y juzgar, poder profundizar los abismos del corazón humano y el misterioso laberinto de sus pasiones y sus obras, y una sombra nos hace tropezar, y un vislumbre engañoso nos arrastra al error sin advertirlo.

Lo grave y delicado de la causa me mueve a imaginar que se halla Vuestra Alteza en el mismo grado de triste incertidumbre; y por tanto le ruego se digne de prestarme toda su atención, y afirmarse más y más en el estado de impasible igualdad que sabe en sus juicios, oyendo con plácida indulgencia mis reflexiones sobre un hecho, que mientras más lo considero, menos acierto a graduarlo.

En efecto, cuando lo meditaba para decidirme y seguir en él sin tropiezo la sagrada voz de la justicia, en cuyo augusto nombre denuncio y persigo al delincuente, veía de una parte un parricidio, si no de anticipada deliberación y agravado con la odiosa circunstancia de alevoso, lleno al menos de indecible crudeza y de barbaridad: a una mujer infeliz, de fuerzas débiles y sin armas ni ayuda, sola en medio del campo, lejos de la vista y el brazo de los hombres, sin abrigo ni poder, al arbitrio de un marido feroz, que la castiga y apalea más duramente que a una bestia; sin tener la desventurada a quien volverse ni clamar por amparo en su amargura y abandono; al bárbaro agresor, que de cólera ciego la derroca en el suelo a la violencia de los golpes, que vuelve, los repite, y no contento con esta atrocidad tan desmedida y fuera de razón, se vale en fin de una navaja que lleva por acaso para herirla más reciamente, y acabar de una vez con su infeliz y lastimada vida. Expira la desventurada entre sus manos implacables, y expiran y fenecen con ella en aquel punto los amores y tiernas solicitudes de una madre, y empiezan las lágrimas, el olvido, la mísera orfandad de un niño tiernecito de dos años, que deja al mundo con su temprana muerte en abandono y soledad.

Esto, Señor, he visto, de una parte, por el atroz parricidio y contra el reo. Pero cuando advierto por otra en su favor el genio duro y caprichoso de la obstinada esposa; la condescendencia, la paz, la constante dulzura y buena conducta del marido, así con ella como con los demás ciudadanos; las indecentes cuanto continuas voces de la primera sin fundamento ni razón alguna, ya de que le aborrecía a no poder más, ya de que quisiera verle entrar por sus puertas cosido a puñaladas, ya de que no quería ni vivir ni estar un punto en su odiosa compañía, hasta sufrir de buena gana que la llevasen al encierro de San Fernando antes de hacerlo34; cuando veo que en aquella propia mañana es forzoso que el alcalde de Hortaleza la amenace con su autoridad para hacerla entrar en su deber, unirla a su marido, y que lo siga al lugar del Pozuelo, donde él tiene su residencia y su vivir; cuando veo su extraña tenacidad en el camino, aun después de apaleada y arrojada en el suelo; cuando veo que el congojado Marcelo, en vez de huir prestamente para poner en salvo su persona, cometido ya el fatal atentado, va de su buen grado a delatarse a sí propio y entregarse en poder de la justicia; cuando le veo a pocos pasos de la iglesia poderse acoger sin tropiezo a la seguridad de su religioso asilo, para cubrirse al menos contra el brazo sangriento de las leyes, que aun inocente debieran entonces perseguirle, y, sin embargo, no hacerlo, sino pasar sin abrigarse en ella35; cuando le veo, en fin, con un porte tan singular, o diré más bien, incomprensible en un hombre sano de razón y verdadero criminal, acusarse por sí mismo de su negro delito, mostrar tranquilamente para prueba las manos parricidas aún tintas en la sangre de su infeliz mujer, correr, en suma, tan alegre a una cárcel, cual pudiera a una fiesta, recibir la cadena y los grillos como un regalo, y seguir del mismo modo en sus posteriores confesiones, y cuantos pasos ha dado en adelante36; no puedo, lo confieso, resistir a las impresiones de la blanda equidad, que asaltan y conmueven mi tierno corazón llenándole de dudas y ansiedades, para entibiarme un tanto en perseguirle y acusarle sobre su horroroso atentado.

Por esto, si el abogado fiscal reclamó sobre él al principio toda la severidad de la ley, si instó, si interpeló la rectitud de Vuestra Alteza, y celoso por un saludable rigor quisiera que al juzgarle no oyese otras voces que las de sangre y parricidio, para medirle con su propia medida y herirle con la espada de muerte que él hirió, yo no he podido menos, visto de nuevo su proceso y examinadas sus singulares circunstancias más detenidamente, de templar este día mis clamores y constituirme en algún modo, olvidado mi duro ministerio, por patrono suyo, representando a la capacidad de Vuestra Alteza, y poniendo en su alta consideración la buena probanza de este desventurado y lo mucho que dicen los testigos en beneficio de su causa.

Él, Señor, no hay dudarlo, está llanamente confeso en la muerte de su desgraciada mujer, y es reo por la ley de un parricidio. Habiendo salido con ella en la mañana del 5 del lugar de Hortaleza para ver y despedirse de su hermano Claudio J., y seguir su camino a Pozuelo, lugar de los padres de la María, y donde debían los dos vivir en adelante; en el campo por donde iban en compañía de un muchacho de corta edad llamado Antonio, continuaron desavenidos, y altercando como ya lo habían hecho en Hortaleza. El motivo no consta en el proceso, ni sería cierto de mucha gravedad; mas esto no era nuevo en el infeliz y pobre matrimonio, por ser la mujer, como ha probado el reo aun con su misma madre, de un genio altivo, duro y caprichoso, por el cual hacía seis meses que vivía en Hortaleza lejos de su lado y obligaciones, y del todo apartada de su trato y compañía. De las alteraciones vino Marcelo a las manos, y le dio un golpe en un brazo con cierto palo que llevaba, como de ejercicio pastor, para hacerla así callar; pero insistiendo terca la María y aún no cesando en sus molestas réplicas, le descarga otra vez en la cabeza más lleno de cólera y barbaridad; ni por esto ella calló, ni pudo contenerse en la disputa y gritería, cediendo siquiera a la violencia y a los golpes, y él, así más furioso, le repitió el tercero, mientras clamaba la infeliz al muchacho Antonio entre las agitaciones del dolor para que volviese a Hortaleza a buscar gentes que la amparasen en su angustia, librándola del brazo del marido. Hízolo en efecto él así, corriendo precipitado hacia el lugar; y, quedándose en tanto el duro y acalorado Marcelo solo con la María, que ya a la violencia de los palos se hallaba tendida en tierra, pero aún altercando y replicando más obstinada cada vez en su necia porfía, sacó por último una navaja, y la hirió con ella hasta acabarla, sin saber cómo ni dónde, según asegura en sus deposiciones.

Al instante, y sin cuidar tampoco si la infeliz quedaba muerta o viva, vase el reo corriendo hacia Hortaleza a delatarse a la justicia todo sobresaltado, y pidiendo, no sin empeño, que se le ponga preso. El alcalde Luis Morales, a quien se presentó, le pregunta admirado la extraña causa de su azoramiento y turbación; y él le contesta al punto refiriendo sencillamente, cual oyó Vuestra Alteza, un hecho tan atroz, señalando lugar y circunstancias, dándose a sí propio por su autor, y manifestando, como dije antes, las manos parricidas tintas todas en sangre en prueba desgraciada de su criminal veracidad37.

Préndese inmediatamente a Marcelo, como era de ley hacerlo; vase al sitio del triste suceso, y hállase a la María tendida en el suelo, bañada toda en sangre y sin vida, en la misma forma que él lo había declarado; y, traídos por último a la Sala la causa y el reo, éste repite en ella en sus deposiciones con el mismo candor y sencillez cuanto tuviera dicho ante el alcalde de Hortaleza, y las ratifica libremente, y se da de nuevo por autor del delito, asegurando siempre en todas ellas la buena armonía y la constante paz de su infeliz matrimonio, y haber sólo tenido antes de aquel funesto día y en los cinco años de estado que ha llevado entre mucha conformidad de parte suya algunas ligeras desazones.

Poco hay en qué detenernos, Señor, después de un hecho tan atroz, confesado tan clara y paladinamente, repetido siempre de una misma manera, con unas mismas circunstancias, y sin apremio ni violencia alguna de parte del desventurado Marcelo; poco hay en qué detenernos para haberle de declarar por reo parricida. Vuestra Alteza tiene bien presentes en nuestras sabias leyes de Partida la segunda del título de las Conoscencias, y las doce del de los Omecillos, que su alta sabiduría nunca puede olvidar, y yo le cité no ha nada en este mismo sitio, y la justísima severidad con que castiga la última un atentado tan cruel, una maldad tan horrorosa, una atrocidad tan inhumana; atrocidad, Señor, en contradicción absoluta con la tierna y oficiosa hermandad que deben profesarse los que unidos en lazo indisoluble de santo amor y continuos alivios, no deben vivir ni respirar sino para mutuas solicitudes y dulces confianzas, y apoyarse y sostenerse en el camino amargo de la vida, remedando en la tierra la paz y los contentos de la gloria, y así por todo ello de tan funestas consecuencias y sacrílego escándalo en el orden social. No sé pues qué singular acaso, qué fatalidad desgraciada ha podido hacer que las dos veces que he hablado en este augusto lugar haya de haber sido persiguiendo un delito que hace estremecer la humanidad, un delito ni aun de las mismas fieras más indómitas y crueles. Parece que estaba reservado a mi compasivo y tierno corazón este género amargo de probarle, haciéndome comprar a tanta costa, y pagar con mis lágrimas el alto honor de sentarme entre Vuestra Alteza a doctrinarme con su sabiduría y participar de su gloria. Y el hombre acaso más sensible de todos, alimentado desde niño con las máximas celestiales de la indulgente y pacífica filosofía, penetrado con ella de dulce conmiseración, lleno hacia los hombres de dulzura y amor, y que no puede por su complexión y carácter contemplar a un infeliz con los ojos enjutos, ni mirar la sangre derramada sin conmoverse, se encuentra por desdicha condenado a no oír sino maldades espantosas, a no ver sino horrores en derredor de sí, ni a desplegar sus labios sino para acusarlos. Ahora mismo está puesto el fúnebre patíbulo para los dos infelices que mi voz persiguió y que Vuestra Alteza ha juzgado; ahora mismo los sentimos, los escuchamos, parece que los vemos salir ya de la cárcel escuálidos, desfallecidos y casi moribundos, cercados de guardias y alguaciles, y entre los brazos de la religión y la piedad, que imploran fervorosas todos los consuelos del cielo para sus almas abatidas; ahora mismo ha sonado la hora postrera de su vida infeliz, y llega, ¡oh dolor!, a nuestros contristados oídos la confusión, el estrépito, el alboroto y triste griterío del gentío inmenso que los aguarda impaciente y conmovido para acompañarlos al suplicio. Mis acentos turbados se confunden con sus lágrimas y alaridos, y mi comprimido corazón, cubierto de luto y lúgubres imágenes, no acierta a hallar, a pesar de sus esfuerzos, el reposo y la serenidad dignos de este lugar y de mi elevado ministerio. Vuestra Alteza mismo en este instante tiembla como yo dentro de sí, y se siente conmovido todo y turbado en medio de su soberanía por los extravíos y miserias de la desgraciada humanidad.

Vuestra Alteza, pues, lo pronuncio estremeciéndome, Vuestra Alteza deberá castigar al desdichado Marcelo J. con la santa y justa crudeza con que le castiga la ley, con que ahora mismo está castigando a otros dos inhumanos parricidas, con que los hiere su espada vengadora. No hay remedio, Señor: cuando la ley ha hablado, todo debe callar y ceder a su voz, y anonadarse las más compasivas afecciones. Inalterable siempre, igual y beneficiosa para todos, excepto para el malo, sus penas, por duras que parezcan, son una indispensable medicina en la sociedad enferma y un freno que pone la razón a las pasiones despeñadas, como un muro de bronce, capaz sólo de contener a la iniquidad en sus sacrílegos atentados contra la inocencia y la virtud. Las costumbres públicas se libran en la seguridad doméstica y el buen orden de los matrimonios; con su lazo dulce y poderoso asegura a un mismo tiempo la naturaleza benéfica, la dichosa paz del individuo y la felicidad universal. Sólo los padres inocentes y buenos formarán hijos que los honren y retraten en sus acciones generosas; y de unos y otros corren y se derraman la paz y bienandanza por la gran familia del estado, cual un río tranquilo y caudaloso hinche con la alegría de sus aguas de frescura y fertilidad todo un imperio. En el regazo doméstico y el sagrado de los hogares, entre los brazos de los padres, es donde se forman o corrompen los ánimos, y se aprenden la iniquidad o la virtud más eficaz y poderosamente. Entonces, nuevas e inocentes las almas, y llenas de candor y amable confianza en cuanto las rodean, se echan en ellas para siempre las primeras semillas del bien o el mal moral, que las circunstancias y los tiempos deben desenvolver, para que den a la patria en días señalados abundante cosecha de acciones útiles y grandes, o esterilidad y maldición; y de allí salen necesariamente, cual de una oficina rica y general, el hombre de bien sencillo y compasivo, el artesano laborioso de trato y de palabras fieles, o el hombre brutal, artificioso y vago; la matrona casta y pundonorosa, o la vil y disoluta ramera; el labrador bueno y pacífico, o el forajido, en fin, que no respira sino discordias, latrocinios y sangre. Así, Señor, cualquier disimulo, por leve que parezca, sobre delitos en ofensa de esta santa unión, la primera, la más dulce y augusta de cuantas hermandandes puede contraer en la tierra el hombre menesteroso y desvalido para su alivio y su delicia, comunicación íntima de seres y fortunas, venero inagotable de inocentes placeres, causa y cimiento del amor filial y afortunado origen de los pactos y corporaciones que el hombre social ha formado después, trastorna necesariamente todo el orden moral, despedaza en su raíz los lazos que le estrechan y arrastran dulcemente hacia sus deberes más sagrados, y es una peste desoladora, un fuego inextinguible que cunde y se propaga de casa en casa, de familia en familia, abriendo por último en el estado una brecha funesta de tan dañosas como inconcebibles consecuencias. ¿Qué será, pues, cuando la sangre, la violencia, la muerte consuman por desgracia su enorme gravedad?, ¿quién la regulará debidamente? Cuando esta sangre se levanta hasta el cielo y clama por venganza, ¿qué escarmientos, qué penas se tendrán por bastantes a apaciguarla? Todo esto es la misma verdad: máximas de legislación inconcusas que dictan a una el corazón y la conciencia, sancionadas en todos los códigos de todas las edades y naciones, y cuya clarísima evidencia la razón no puede resistir. Yo lo conozco como Vuestra Alteza, y así, si considero a la luz de estos ciertísimos cuan universales principios el delito del infeliz Marcelo J., la ley utilísima y santa que le escarmienta con la muerte, y el desgraciado reo que se despeñó a quebrantarla, bañándose en su cólera en la sangre de su infeliz mujer, no puedo menos, lo confieso de buena fe, no puedo menos de llorar y conmoverme todo sobre su triste fatalidad, pero de hallarle acreedor sin remisión alguna a la severa pena del parricidio en que le veo confeso.

Mas, cuando conducido de la sana razón y alumbrado por la clara luz de la moral y la filosofía, considero con más cuerda atención que el delito no nace precisamente de la acción ofensiva y criminal, sino, como dice la ley, del ánimo dañado y torticero del delincuente; que este ánimo, cual sea bien cierto y comprobado, aumenta ante sus ojos o disminuye en mucho hasta anonadar su gravedad para la pena; que la muerte misma, la muerte, el más horrible y el mayor de los males así al individuo que sucumbió a sus golpes como a la sociedad a quien sin razón se la priva de un hijo que la sirve y adorna, puede sin embargo no serlo si se hace con justicia y por defensa propia, o faltan del todo la libre voluntad, el ánimo o la capacidad de delinquir en el que la ejecuta; cuando advierto que la débil infancia, la demencia, la simplicidad como ciegas y en tinieblas carecen del talento necesario para conocer bien el término y tristes consecuencias de lo mismo que obran, y que en esta ignorancia y lastimosa poquedad, faltas como lo están de las luces previsoras que tan saludables nos son a los demás para resistir y contenernos, destruyen y acaban a las veces con lo que más aman, para llorar su falta amargamente en el instante después; cuando veo, Señor, los muchos y diversos grados que puede tener en el hombre la escala moral de su voluntad torcida, sus raras modificaciones y accidentes, su cuasi infinita variedad; cuando veo, en fin, el cuidadoso esmero, la solicitud, la próvida sabiduría con que la ley los busca y los indaga todos, los contempla, los pesa detenida y procura aproximarse a ellos en la ardua regulación de las penas y el justo castigo de los malos; porque cualquiera, no hay dudarlo, y digan lo que quieran las plumas de bronce de algunos sanguinarios criminalistas, que sólo ven la justicia cuando acompañan su augusto simulacro el horror y las lágrimas, y entre los tormentos y la destrucción de sus hermanos, cualquiera, Señor, superior a la ofensa recibida, al ánimo maléfico y torcido del que la cometió o no necesaria al escarmiento público, es una tiranía, un atropellamiento, una inútil barbaridad, en vez de una justicia y saludable reparación; no puedo entonces menos de disminuir en mucho, y mirar con ojos compasivos el sangriento atentado de este hombre infeliz, templando y suavizando el ánimo dispuesto antes a perseguirle como al más atroz parricida, y a reclamar sobre su culpable cabeza en nombre de la humanidad atropellada todo el rigor y el odio de las leyes.

No querré yo por eso degradarle enteramente de su estado moral, borrándole del orden de ser inteligente, ni hacerle hoy a los sabios ojos de Vuestra Alteza cual su abogado pretendió, del todo incapaz de delinquir. Ni es loco declarado, ni fatuo y mentecato conocido de público por tal, ni sus pruebas y justificaciones han llegado a tanto; pero es un hombre como demente y sin cordura en opinión de unos testigos, falto de alcances y razón en el sentir de otros, lunático según alguno, y embebecido y fuera de sí no pocas veces; es un hombre a quien la misma María solía tener por loco y desestimar por tal, diciéndolo así a todos a cada paso y sin rebozo; un hombre unido a una mujer de genio duro y caprichoso, con recelos muy fundados de ofensas criminales de su parte, y en medio de cien cargos y reconversiones saludables, separada de su lado seis meses había, pero que a pesar de ello la amaba tiernamente y procuraba en todo darla gusto; unido a una mujer, azote y torcedor continuo de su infeliz marido, si me es dado usar de este lenguaje; un hombre que en la mañana de su fatal delito había bebido aguardiente de extraordinario y contra su costumbre en una taberna de esta corte; un hombre que en la misma mañana, al verle la María entrar en Hortaleza, huye de él azorada y le vuelve la espalda, cual si fuese su mortal enemigo, por no acompañarle a Pozuelo y vivir a su lado según debía, teniendo el infeliz que ocurrir al alcalde, e interpelar su autoridad para hacer que vuelva y que le siga; un hombre que en su desgraciada contestación no puede moderarla, ni aun hacerla callar al rigor de sus pesados golpes. Su obligación era, Señor, ceder y obedecerle, cortando así su cólera con prudente dulzura, y no irritarla necia, ni llamarla cual hizo sobre su cabeza con resistencia tan tenaz. Un hombre, en fin, que cometido ya el fatal parricidio, se va aún más dócil que el cordero al cuchillo, a delatar al juez, y a pedirle humilde los grillos que merece38. ¿Será dable que este hombre, siendo de verdad un parricida, un matador reflejo y criminal, lo hiciese así?, ¿se condujese así?, ¿corriese así a la cárcel? ¿Será a nadie creíble que manchado con tan negra maldad y en su sana razón no temblase sobrecogido, no le despedazase su conciencia, no llevase pintadas en su rostro las furias interiores de su alma, no huyese, no escapase al instante?, ¿que debiéndolo temer todo por su persona y por su vida nada recelase ni temiese, se mostrase al alcalde tan apacible y manso?, ¿que tanto confiase de su justicia, o su inocencia, que se fuese a entregar él mismo entre sus manos, publicando una atrocidad que ninguno sabía, ninguno le preguntaba?, ¿qué rostro, qué palabras, qué pasos, qué conducta es ésta en un hombre tan criminal y entero de juicio?

La ley quiere, y quiérelo sabiamente, que la confesión o conoscencia se haga por el reo a sabiendas e contra sí, esto es, con voluntad resuelta de acusarse, con pleno y deliberado consejo de la cosa que se revela al juez, y de las consecuencias y gravísimos daños de la confesión, con la razón serena, libre, entera, y no sobrecogida o violentada. La primera de todas las leyes y más universal, la que no oímos proclamarse en las plazas, leemos o aprendemos en los códigos, sino tomamos, recibimos, bebemos de la misma naturaleza y sentimos dentro de nosotros; la más general sin publicarse, la sabida de todos sin jamás aprenderse, la que habla siempre al hombre en todos los casos y circunstancias de su vida, la que le arrastra imperiosa al estado social, obligándole en él a doblar humilde la cerviz a las potestades legítimas; en la que, en fin, como dijo sabiamente el orador romano39, no hemos sido enseñados sino formados, no adoctrinados, sino embebidos, llenos, empapados, es la de la conservación propia, la del amor de sí. El racional, por ella hecho de rey vasallo y siervo sumiso del señor, que antes era tan altanero como libre, renuncia gustoso a su independencia natural y se sujeta dócil a la aspereza de la ley, que le enfrena en sus pasos para enderezárselos al bien, y le corrige y pena para mejorarle y defenderle. Parece, pues, imposible que sin un heroísmo de virtud el más extraordinario, o un trastorno, un desarreglo entero de razón, haya hombre alguno que, posponiendo y olvidando esta ley general e invariable, vaya de buen grado al cadalso, confesando a sabiendas y contra sí un delito que le lleva a él, un delito tan horroroso, y de todos entonces ignorado. El silencio más inviolable, la ocultación, la fuga hasta lo postrero de la tierra, esto y no otra cosa era lo natural en su desgraciada situación, lo que a cualquiera inspiraría instinto de guardarse.

Podría ser acaso que, sobrecogido de su mismo delito, aterrado con su atrocidad, amedrentado con su espantosa imagen, y oprimido y como abismado por ella en todas partes, hubiese ido en los primeros momentos de haberlo cometido el desgraciado Marcelo a declararlo al juez, como para arrojarlo de su acongojado corazón y librarse de una vez de su insufrible peso. Así se nos refiere de algunos delincuentes, que, atemorizados por su conciencia criminal, sin deliberación en sus acciones, transidos, azorados y perdidos del todo el tino y la razón, huyendo y fatigándose por salir del recinto donde cometieron sus maldades, no lo han logrado hacer, ni dar un solo paso con resolución para escapar y ponerse en seguro en medio de los esfuerzos más singulares. Porque es, Señor, muy temible el grito de la conciencia, y su poder irresistible en una y otra parte, así para no temblar los que no han delinquido, como para llevar siempre los criminosos presente ante los ojos la fea imagen de sus atrocidades con sus terribles penas, hallándose al cabo cogidos y enredados en los lazos mismos de iniquidad que tendieran en su perversidad a la inocencia.

Pero Marcelo es el mismo de siempre, y siempre acompañado de la misma tranquilidad. Constante en sus principios desde el primer día hasta el presente, declara con sencillez en Hortaleza y declara con sencillez en esta cárcel, inmediatamente después del atentado y en el 10 de octubre, más de un mes después de haberlo cometido. Allí se delata y acusa, y aquí también; no le disculpa allí, ni excepciona nada en abono de su desgracia, y tampoco lo hace en su confesión ante el señor alcalde; de manera tal que Marcelo, que piensa así, que obra y se conduce así en el largo tiempo de su causa cuando lo ha tenido muy sobrado para buscar en él, como todos los reos, disculpas y excepciones plausibles con qué disfrazar su parricidio a los ojos de la ley o disminuir cuando menos su horrible atrocidad, o es un héroe de virtud que, penetrado íntimamente de la gravedad de su delito y conociéndose deudor al orden público de una reparación, la quiere hacer de su buen grado completa, solemne y a sabiendas por su amor ardiente a la justicia, o es al contrario un mentecato sin seso ni deliberación, que ni supo al principio lo que hacía cuando acabó con su infeliz mujer, ni ha alcanzado después la virtud legal, los terribles efectos de sus sencillas confesiones, o sabe, cual debiera para serle imputables, que prueban cumplidamente el hecho, como dice la ley 2.ª antes citada: Ca por ellas se puede librar la contienda, bien así como si lo que conocen fuese probado por buenos testigos, o por verdaderas cartas.

Vuestra Alteza, Señor, con su sabiduría y prudencia consumadas sabrá sin duda poner a este reo en el lugar que merece por su criminal atentado. Pesando en un recogimiento profundo y con una razón impasible lo deliberado de su acción en la balanza igual de la justicia, estimará en este día sus facultades mentales en aquel grado de luz o turbación en que deban colocarse para declararle según ellas por incurso en toda la pena de la ley, o templarla y minorarla un tanto, atendiendo su espíritu y las extraordinarias circunstancias de la ofensa. Yo, ciertamente, cada vez más dudoso entre uno y otro extremo, apenas osaré decidirme por el rigor o la clemencia. Las dificultades debilitan lo grave de las pruebas. Éstas nacen de nuevo en medio de las dudas, y la razón vacilante y recelosa no ve al fin de ningún lado aquella claridad como la luz, en que non venga ninguna dubda40, como la ley se explica, aquel peso que arrastra sin arbitrio, aquel silencio solemne que inspira la evidencia, aquella íntima seguridad de convicción en que descansa y se apoya la santa justicia en sus resoluciones.

Abogado de la ley y órgano continuo de sus decretos invariables, no puedo menos de recordársela a Vuestra Alteza, y clamar sin cesar por su saludable observancia en este ministerio de severidad, en que todos los sentimientos, toda opinión privada deben enmudecer cuando ella ha hablado. Pero como su letra sin su espíritu suele ser a veces la mayor injusticia41; como jamás puede apartarse de la compasiva equidad ni de los eternos principios de la moral universal sin que lo sea; como estos principios luminosos de todos los tiempos y países son siempre el mejor comentario de sus textos; como el magistrado debe indagar en el silencio más profundo la conciencia del reo, pesando escrupulosa y detenidamente el hecho sobre que pronuncia con todas sus circunstancias y excepciones, para declararlo o no por comprendido en la ley42; como tantas nos predican y encomiendan la blandura y detención en nuestras arriesgadas decisiones, quieran todas ellas absolver más antes al culpado que castigar al inocente43; que siempre en nuestros pechos se ostente y resplandezca la indulgente equidad; que la conmiseración pese más que el rigor; que éste no se desplegue enteramente sino contra los crímenes reiterados y de deliberada reflexión; que aun éstos los mire el juez con respeto y humanidad; y que nunca, en fin, nunca se encrudezca contra el delincuente, sino que castigue llorando, y como a pesar suyo, cuando la misma clemencia no pueda personar, y para escarmentar a los demás con la medicina del ejemplo, reparando el orden social trastornado y echado por tierra con la ofensa44. Yo, que no ha nada interpelé desde este mismo sitio toda la severidad de Vuestra Alteza sobre otro sangriento parricidio, viendo las desastradas consecuencias que podría traer a las costumbres públicas aquella horrible acción, y con mis voces y mis ruegos inflamé su celo y su justicia contra los dos infelices que expían acaso en este mismo instante su ceguedad y su delirio, más indulgente ahora acuso también de parricida al desgraciado Marcelo J., y reclamo sobre su miserable cabeza las terribles penas de la ley de Partida que Vuestra Alteza sabe. Pero tampoco al mismo tiempo me es dado el negarme a la inspiración de mi conciencia para representarle, cual lo hago, la bondad de su prueba, la increíble simplicidad de su delación y sus declaraciones, y las reflexiones y descargos gravísimos que ofrecen una y otras, para que Vuestra Alteza, meditándolo y pesándolo todo con su alta penetración, y oyendo por igual, como lo hace siempre en sus juicios, a la compasión y a la justicia, imponga, en fin, a este desventurado la pena condigna a su delito.

¡Infeliz de mí si no tuviera este alivio y triste desahogo entre las espinas de mi amargo ejercicio!, ¡si no pudiese llorar y enternecerme sobre los mismos desdichados que acuso y que persigo! ¡Infeliz de mí, mil veces infeliz, si hubiese de hablar siempre olvidado de la mansa equidad, y sofocando dentro de mi seno los dulces sentimientos de la conmiseración y la indulgencia, que me hacen mirar como propias las desgracias de mis hermanos, y me asocian íntimamente a todas sus penas y miserias! Homo sum: humani nihil a me alienum puto.




ArribaAbajo

- 3 -

Acusación fiscal contra Justo A. y su hija Juliana, reos confesos de comercio incestuoso por espacio de tres años; pronunciada el día 21 de mayo de 1798 en la sala segunda de alcaldes de corte


Señor,

¡Cuán cierto es que el hombre, este ser prodigioso, tan envanecido por la dignidad de su naturaleza, y tan erguido y satisfecho de su preeminencia y decantadas luces, no es con todo otra cosa que un abismo de miseria y triste corrupción, peor que las mismas bestias, si se abandona ciego al furor de sus pasiones! ¡Y con cuánta verdad se dice de él que nunca, por mucho que lo estudie y medite la más detenida reflexión, ya en la gran familia social, ya aislado y secuestrado de ella, se le ha conocido ni llegado a sondar bastantemente! No alcanzan, no, los libros, ni cuanto nos enseñan sobre sus extravíos y pasiones los mayores filósofos, por más cuidadosos que lo hayan contemplado. Tan otro siempre como vario y peregrino, cada día, en cada hora, en cada acción y situación distinta, la experiencia frecuente de los varios casos de la vida y la práctica de los negocios descubren en él a cada paso a un genio reflexivo cosas del todo nuevas, o que lo son al menos, atendidas sus singulares circunstancias. Y es buena prueba de esta importante verdad, dejando a un lado otras sin número de historiadores y moralistas célebres, el horrible delito sobre que Vuestra Alteza debe pronunciar hoy su solemne juicio, y los desventurados que vivieran por tanto tiempo y tan tranquilamente abismados en el cieno de su infernal torpeza. Yo creía hasta ahora que lo que se nos cuenta de comercios incestuosos, de abominables mezclas de hermanas con hermanos, de padres con hijas, era cosas de ranchos de salvajes, perdidos y errantes por las selvas, cuasi como las fieras, disputando con ellas su escaso y miserable alimento, y apenas superiores con su débil razón al más grosero instinto, o de naciones bárbaras y remotas en tiempos y lugares, envueltas desgraciadamente en la noche infausta del error45, o reservadas sólo a aquella primera edad de la historia del mundo tan fecunda en portentos, y propia en el día para fábulas y tragedias. Los hechos lamentables y decantados de Thyestes, de Edipo, de Machareo y Mirrha46 sonaban en mis oídos siempre con horror, pero como imposibles ya de realizarse, mirando sus historias mi curiosa atención más bien como un agradable pasatiempo que como lecciones útiles al escarmiento de la edad presente.

Por desgracia nuestra las vemos realizadas hoy, estremeciéndose el pudor y la naturaleza, en los infelices Justo A. y Juliana su hija, de edad el primero de treinta y siete años, y de diecisiete la segunda. En nuestros tristes días, a nuestros propios ojos, en esta misma corte han vivido los dos por el largo espacio de tres años, cual no es dado repetirlo yo, y con la nefaria torpeza que Vuestra Alteza ha oído. En esta gran capital, donde abundan por común desgracias a cada paso y dondequiera los objetos de la más vergonzosa prostitución; donde la corrupción imprudente camina sin freno tan libre y descocada, insultando a la virtud y la decencia pública; donde malgrado la severa vigilancia de Vuestra Alteza, la liviandad, el ocio, la miseria, la infame seducción ofrecen sin cesar al vicio nuevas y nuevas víctimas; donde mil infelices van día y noche por esas calles brindando a todos con sus sucios y venales favores; donde, en fin, es tan fácil, ¡ojalá no lo fuese!, sacrificar el vicioso a su sensualidad y lascivo desenfreno; aquí ha sido una hija el torpe ídolo de las abominaciones de su padre; aquí ha sido el padre el adúltero amante de su hija, y se han hecho los dos con su comercio incestuoso el escándalo y execración de cuantos veo presentes o conocen esta negra maldad, y acreedores por ella a las mayores penas del brazo vengador de Vuestra Alteza.

Confesos ambos en este comercio abominable con las calidades que requiere la ley, ¿a qué repetir yo sus delincuentes pasos ni brutales acciones? Sobradamente públicas se han hecho por desgracia con lo largo de este proceso, y harto han tenido que ejercitarse oyéndolas ahora la majestad y el decoro del Senado. ¿A qué, pues, decir que el sensual y corrompido padre, después de haberla descuidado, o más bien olvidado y abandonado enteramente, vuelto ya de Castilla a esta corte, empezó a despertar en su infeliz hija la fatal llama del placer sensual, cuando aún estaba apagada en su inocente cuerpo por la naturaleza? ¿Cuándo, en la edad tierna de solos trece años y en su débil constitución, era indispensable anticiparla, violentarla, electrizarla con mil y mil oprobios para que despertase?, ¿cuándo su corrupción en cualquier otro pudiera ser más antes el efecto de una fuerza brutal que de seducción cariñosa a los ojos de una razón despreocupada?47. Este malvado entonces se apodera de su inocente espíritu; complácese inhumano en su flaqueza y su debilidad, y sojuzgando su razón y fuerzas ternezuelas con el fatal imperio de su experiencia y sus dañosas luces, la guía artificioso al atentado más execrable y feo, sin ella conocer que lo fuese; le muestra, le señala la seductora senda del placer entre los horrores del incesto, y, ¡oh demencia!, ¡oh perversidad increíbles!, en aquella su feliz cuando desgraciada ignorancia la conduce impío en sus lascivos brazos, o la arrastra más bien a un delito que ni aun puede pronunciarse sin estremecernos.

Ni aquí para el brutal, o con esto se contenta, sino que, abusando a veces de lo más santo de nuestra purísima religión, y teniendo en nada sus leyes inefables y la divina luz de sus preceptos, se atreve, atropellándolos, a tomar el augusto nombre de Dios en su torpe y cenagosa boca para deshacerle las nieblas que ya formaba la razón, aunque débil, en su conciencia inocente; para extinguir en ella, y ahogar y sofocar del todo esta luz celestial, este sentido íntimo, impreso en nuestros pechos por el dedo mismo de nuestro benéfico Hacedor, que nos enseña, nos ilumina y nos conduce al bien, o nos persigue y despedaza noche y día hasta en la cumbre de la opulencia, en los brazos mismos del placer o entre los delirios del delito; para tranquilizarla sobre su estado y adormecerla en su espantoso abismo; para, en fin, persuadirla que ni el cielo ni los hombres eran ultrajados en este tan execrable comercio. ¡Desventurado!, ¡hombre loco y perdido!, ¿pudiste abandonar las santas relaciones de padre, sus dulces y sagrados derechos por el del ministerio que tomaste?, ¿pudiste olvidar que eras en la tierra para tu hija la imagen de aquel Dios todo pureza, que tanto ultrajaban tus acciones y con tus palabras mancillabas?, ¿pudiste sofocar en tu pecho el sagrado horror, la repugnancia saludable que la augusta religión de tus mayores, la sociedad en que vivías, el ejemplo general de todos, la opinión universal, los hombres, la naturaleza, te inspiraban a una hacia el ídolo de tus torpezas? Otra y otra vez desventurado, ¡en qué abismo no has caído con tu lasciva ceguedad!

Así arrastrado de ella, y ardiendo furioso en su infernal lujuria, no sabe respetar ni el parentesco ni la sangre para cometer descaradamente sus abominaciones. Sí, Señor, sí; nada le contiene ni enfrena; todo lo atropella y conculca; en la casa misma de su hermana, en su habitación y al lado suyo yace el incestuoso con la niña infeliz, la inflama, la seduce, la amaestra paso a paso en la inmundicia de sus vicios, y despedaza en fin y mancha su inocente pureza. Y no contento ya con escandalizar a sus parientes, teniendo como si dijéramos en nada las leyes santas del pudor y del decoro público, va de casa en casa y de vecindad en vecindad como ostentando su nefaria pasión, y predicando a todos el incesto con su desenfreno y sus acciones.

Dígalo si no lo acaecido en el lugar de Menga, el atentado allí de su lubricidad, la resistencia y los clamores de la infeliz Juliana, los consejos saludables que da a esta desdichada la mesonera Francisca para que se confesase al instante de aquella abominación y buscase su amparo y medicina en la dirección y los avisos del ministro del Dios de la pureza, y la destreza cruel, las artes infernales con que el padre impío la separa de este santo propósito, y entibia, debilita y apaga al cabo en ella el fuego saludable del arrepentimiento, que ya empezaba a arder en su corazón menos culpable, poniéndole a las claras todo el horror de su extravío para bien común de entrambos48.

Ciego así más y más, embriagado, frenético en sus inmundas llamas, no puede vivir ni reposar ni un día ni una hora sin su culpada y miserable hija: la busca en todas partes su imaginación exaltada y a todas quiere que le siga, como la sombra al cuerpo que la forma. ¿Cuánto, si no, no cuesta hacer que la separe de su lado y la deje en Arévalo, debiendo ir él a trabajar en sus dorados al lugar de Narros del Castillo?, ¿y qué de cosas no le sugiere entonces su pasión impía para cubrir con las solicitudes y cuidados de padre su abominable amor?, ¿qué de cosas no le sugiere? ¡Y cómo en todas ellas se descubren bien claro las llamas que dentro le devoran!

Así que, recelosos o más bien seguros sus parientes del atentado feo, y sobre todos ellos un padre capuchino, que entre estas pobres gentes tuviera por profesión y su estado la mayor consideración y autoridad, toman por último la mano para salvarle de tan horrible abismo; pero nada de cuanto hacen basta a librarlo de él, no alcanzan nada de su obstinación ni sus amonestaciones ni sus ruegos: separan tras esto, o diré más bien arrancan, en fin, la desgraciada hija de su inicuo poder, y la trasladan a esta corte; mas tampoco consiguen apagar la locura de sus deseos, ni arredrarle en su brutalidad. Intenta la infeliz Juliana, habiendo descubierto su miserable estado al ministro de Dios, y oído sin duda de su sagrada boca los anatemas más terribles, los avisos y dirección más saludables, intenta negarse en adelante a la torpeza de sus deseos y huir arrepentida de sus criminales brazos; pero el inicuo padre insiste ciego, la estrecha, la sigue, la importuna, la intimida con sus amenazas, y ella nada consigue, nada bueno puede, sino cede de nuevo más y más infeliz a la costumbre y sus halagos. Cásase en tanto el torpe incestuoso por tercera vez, y tiene ya una mujer legítima con quien apagar honestamente su concupiscencia desenfrenada, viviendo feliz en el seno de la inocencia y de la santidad del matrimonio; y sin embargo de esto, ¡oh perversidad!, ¡oh corrupción!, ¡oh brutalidad increíble!, la deja casi luego por la hija; no puede olvidar su fatal imagen entre unos placeres permitidos, y nada halla que le baste a inflamar sino aquel su amor tan asqueroso, y aquel hábito envejecido, aquel oprobio de ultrajar en sus brazos al cielo y la naturaleza; hasta que al cabo esta misma mujer (y acabemos, Señor, tan vergonzosa e ingrata narración), esta misma mujer, vertidas en vano mil lágrimas, perdidos mil ruegos, mil amonestaciones para reconciliarle con la honestidad de sus deberes, se ve constituida en la cruel necesidad de denunciar por último al magistrado la pasión y abominaciones del marido, para cortar de una vez tantos horrores49.

Aquellos antiguos Edipos, aquellos afamados incestuosos que la fábula nos refiere, cayeron en su infelicidad a pesar suyo, y arrastrados de una fatalidad inevitable. Conducidos al precipicio que anhelaban huir por una mano superior e invisible, y por rodeos y acasos portentosos, se hallaron, sin saberlo, sumidos en su abismo, queriendo, aunque en vano, hacer frente al delito, y no entendiendo en su miserable ignorancia que comerciaban con sus madres; ni en ello quebrantaban entonces otra ley que la natural, que hablaba a sus conciencias y el instinto sagrado del pudor; o temblaban sobre sí más penas que el agudo y cruel remordimiento que los despedazaba interiormente; que esto y no otra cosa eran en la Antigüedad, cubiertas con el velo de una saludable alegría, aquellas furias vengadoras, que se nos dice perseguían y amedrentaban a los grandes delincuentes con su pavorosa presencia y los azotes levantados. Mas sin embargo de esto, cuando huyeron las sombras que los cegaban sobre su oscuro estado, cuando conocieron todo el horror de su calamidad y el laberinto inapelable de oprobios y delitos en que yacían padres, esposos, hijos, hermanos, todo a un mismo tiempo, verdugos y jueces de sí propios, o se dieron a sí mismos la muerte, o vivieron en adelante errantes y azorados, huyendo de la vista y trato de los hombres, cubiertos de tristeza y dolor, llenando la tierra de quejas y alaridos, y llorando día y noche su fatalidad involuntaria: memorables ejemplos de piedad y terror a todos los mortales.

Pero este desdichado se abandona a sabiendas a su abominación, y a sabiendas prosigue en ella; oye el grito imperioso de su conciencia, que le atormentaría sin cesar, acosándole día y noche por todas partes, y lo desdeña y tapa los oídos a sus clamores; la luz augusta de la religión viene a fortificar con amenazas más terribles este grito saludable, y a ofrecerle piadosa sus auxilios y gracias celestiales para que rompa sus cadenas y salga de una vez del abismo en que yace, y también la cierra los oídos; le conmina la ley civil con penas, si no más espantosas, más inmediatas y sensibles, y también obstinado se los cierra; la opinión y la vergüenza pública le señalan y persiguen como un monstruo cargado con el odio de Dios y de los hombres, y se mofa descarado de ellas; sus parientes le ruegan cariñosos, o le increpan y amenazan severos para apartarle, por el miedo, de su abominable pasión, y él se ríe imprudente, y prosigue en ella con nuevo desenfreno; una mujer honesta y cariñosa, escogida por elección y gusto propio, le convida, en fin, con un amor legítimo y autorizado, y la desprecia y vuelve la espalda por la hija. Su lubricidad y su furor, como bestias sin freno, lo traspasan y atropellan todo. ¡Infeliz!, ¡mil veces infeliz! Nada es agradable a tus ojos sino la oscuridad, ni a tu corazón sino el delito; nada te es agradable o solicita tus deseos sino lo que te arrastra a la perdición más lastimosa. La honestidad y la virtud perdieron para ti sus gracias celestiales; estas gracias, consuelo de las almas sensibles, su inefable delicia, no tienen para ti ni encantos ni hermosura, ni pueden brillar a tus ojos con su pureza inmaculada. Nada es poderoso sobre ti sino lo que te abisma en el precipicio más profundo; nada te llama, te incita, te provoca sino los horrores del incesto. Ese tu triste ídolo, ese tu amor nefario, contra el cual se levantan a una el pudor, la naturaleza y todos los derechos, eso te irrita, te arrastra, te despeña; semejante en tus gustos a aquellos insectos asquerosos, que sólo viven y se gozan entre el cieno y las inmundicias.

Y tú, desventurada Juliana, objeto para mí de lástima y horror, víctima fatal cuando inmadura de la corrupción y la torpeza, hija del más indigno padre, condenada por él a la desdicha desde que abriste los ojos a la luz, abandonada por su insensible alma cuando necesitabas de sus auxilios y caricias en tu infancia menesterosa, buscada después sólo para tu infamia y perdición, y entregada con él por tanto tiempo a todo el furor de su pasión impía, ¿quién verá tus desdichas y no llorará sobre ti?, ¿quién verá tu criminal condescendencia sin compadecerse y temblar sobre tu suerte desgraciada?, ¿quién el fatal abismo a que fuiste arrastrada sin que sienta un saludable horror dentro de sí?, ¿quién lo verá, ni tu execrable amor, sin maldecir, sin detestar al punto tu infame corruptor, causa de tu extravío y origen desastrado de todas tus miserias? Eres delincuente, no lo puedo negar; tus delitos, mayores en gravedad y número que lo que tú misma puedes allá pensar. Eres liviana, escandalosa, incestuosa, adúltera, motivo de animadversión para las leyes y los hombres, pero en medio de todo, ¡cuán digna de indulgencia y conmiseración en tu calamidad y tus delitos!

Ni es uno solo el que han cometido esos desventurados. En este incesto abominable van embebidos muchos de enorme gravedad. La infeliz niña fue seducida en la corta edad de trece años, según su confesión, por el bárbaro padre. Ved, Señor; un estupro, ¡y cuán torpe, cuán feo por su anticipación inmadura en la víctima que atropelló!, ¡cuán digno de toda la severidad de Vuestra Alteza en estos tristes días de relajación y desenfreno, que tanto execraran nuestros padres si se alzaran de sus sepulcros y los pudieran ver; en estos tristes días en que el pudor y la decencia parece que han huido de sobre esta tierra contaminada en pos de la desvalida virtud, acosados y escarnecidos por la más vergonzosa disolución y la confusión de los estados y el libertinaje más impudente! Violentada fue, no hay tampoco dudarlo, para ceder al principio a su criminal deseo. La ignorancia de su tierna edad, la inocencia de alma, su feliz compañera, el recogimiento y cuidado con que fuera criada por parientes, las persuasiones seductoras, la autoridad, y a veces la imperiosa amenaza, las caricias de amante envueltas con astucia entre agasajos inocentes, los ardides y lazos que le enseñara en daño de la hija su experiencia criminal, los halagos irresistibles, los pasos, las acciones que una lubricidad desenfrenada sabe sugerir, y cuyo imperio tan poderoso es en aquella edad inexperta toda de fuego y de placeres, ¿no harán, Señor, al lujurioso justo A. un torpe violentador a los ojos de la razón y de la ley?50, ¿no le harán digno de la pena de muerte que ella impone?51. Una niña infeliz de trece años, de constitución y fuerzas débiles, tan tímida como inexperta, perseguida, acosada, fatigada continuamente, ¿no debió al cabo sucumbir y rendirse al poder, a las artes y el imperio de su padre? Su comercio impío y descarado por tantos tiempos y a vista de parientes y personas tan íntimas, con desprecio y escarnio de sus quejas y amonestaciones, llevado luego hasta las humildes aldeas, y sabido y público por todas partes, ¿no le harán a los mismos ojos un obstinado escandaloso? Unido en fin a una mujer legítima, pero continuando más ciego en sus abominables furores, aun a sus mismos ojos, y en desprecio de las santas leyes del matrimonio, ¿no añade a todos sus excesos por colmo el adulterio? Las penas de este grave delito, ¿no amenazan también su delincuente vida?52. ¡Qué de crímenes y maldades!, ¡qué de oprobios y horrores en uno solo! Pero ya es sobrado, Señor, de fealdades y torpezas: avergoncémonos de continuar en lo que es horrible hacer.

Es verdad que sus defensores intentan hoy solícitos disminuir lo abominable de estos hechos con varias disculpas y motivos, que dejándolos sin duda criminales, los libran sin embargo, según ellos, de su principal gravedad, debilitando en mucha parte la deformidad asquerosa con que se presentan a nuestros ojos. Pero ¡cuán vanos todos!, ¡qué endebles!, ¡qué livianos y de cuán poco precio en la alta sabiduría de Vuestra Alteza, que sabe bien mirar en los pasos del hombre y sus pasiones y extravíos, no lo que aparenta su grosera corteza, sino sus motivos más íntimos, su efecto y su valor seguro, su influjo y relaciones en el orden social! Ya, dicen, la prolongada ausencia del incestuoso, su separación de la hija en los primeros años, cuasi que le hace desconocerla y olvidar del nombre y santos deberes paternales, cuando vuelto a la corte empieza cual si fuese una extraña a asaltar su inocencia y provocar sus llamas, probando y ejercitando en ella asquerosas artes de su criminal seducción. Puesto caso que los interiores impulsos y simpatías de la sangre, si es que se dan algunos, y no son obra todos, analizados en su origen, de los hábitos y opiniones sociales que nos cercan y forman desde el instante mismo en que nacemos, se entibian y aun llegan a apagarse con el alejamiento y ningún trato; como crecen con éste, y se fortifican y echan en las almas hondas raíces, hasta el punto feliz en que los vemos en nuestras cultas sociedades. Ya, añaden, lo embrutecido de su espíritu y su crasa torpeza le hacen no conocer en las tinieblas de su ceguedad lo feo y horroroso de la maldad a que se despeñaba, o más bien no reflejar en ella ni un solo punto, dominado cual lo estaba de su temperamento y su locura; así como lo apurado y estrecho de su suerte y su pobreza y triste desnudez le obligan a partir con la hija su lecho miserable, exponiéndose necesariamente a los lazos fatales, a la tentación poderosa, a la ocasión y el riesgo inevitable de la fea maldad que al cabo consumó. Porque, Señor, nos dicen, ¿quién en su lugar hubiera resistido?, ¿quién no hubiera tropezado?, ¿quién no caído?, ¿quién en medio del fuego no se hubiera abrasado? Ya, prosiguen los defensores, la suma ignorancia y la inocencia de la desgraciada Juliana, su debilidad y cortos años, y el cuidado mismo con que fuera educada hasta la hora fatal de la vuelta del padre, le estorban advertir al principio los ardides y tramas de su desastrada pasión, como tampoco en su infeliz caída alcanza a conocer lo grave y horroroso de su abominación, ni el abismo después de miseria y perdición en que yace sumida, abandonada tantos años a su pasión incestuosa; o, cuando la confiesa interrogada legalmente, los terribles daños que llama sobre sí con su inconsiderada confesión, ni el rigor excesivo, el peso inmenso de las penas a que desde entonces debe quedar sujeta. Añadiendo, por último, que su reverencia y temor ciego hacia el autor culpable de sus días, lo arriesgado, o más bien irresistible de una tentación continua y tan activa, de un fuego doméstico y a todas horas, aquellos agasajos, aquellas caricias y ternuras de la pasión más fea, cubiertas a sus ojos con el velo del amor paternal, el imperio y el poder que da este nombre sagrado sobre la persona del hijo para persuadirle y volverle adonde el padre quiere, aquellas palabras, aquellas acciones infernales que pueden inflamar al hielo mismo, las dudas y remordimientos de la infeliz incestuosa en medio de un impuro comercio, sus desvíos y su resistencia alguna vez a las sugestiones y asaltos del lascivo y atrevido cómplice, y el que al cabo ella misma, agitada de su conciencia, y arrastrada y herida de un arrepentimiento saludable, cuenta su triste estado, y busca afligida su amparo y su remedio en el consejo y lado de sus parientes, deben hacer de la culpable a los ojos de la humanidad y la razón un objeto más bien de triste conmiseración que de execración y escándalo, para intentar nosotros perseguir y escarmentar ahora sus cuasi necesarios extravíos y su fatalidad y su miseria, según la letra y aspereza espantosa de las leyes.

Todas éstas son disculpas, Señor, disculpas y nada más, que no pueden vencer lo fuerte de mis argumentos y razones, lo criminal del hecho y el horror santo y la fealdad con que nosotros debemos concebirlo. O si hay algunas, lo conozco de buena fe, dignas de atención de Vuestra Alteza, disminuyen sólo lo grave del delito con la infeliz Juliana, para que hoy la miremos más bien como una víctima fatal en sus primeros pasos, y arrastrada después de la costumbre, del imperio, y una necesidad apenas evitable, que como siempre cómplice de malicia y deliberación, reflexionadas en tan sacrílega maldad. Su edad al deslizarse y empezar a caer era tan tierna y tan incauta, que apenas entonces se atreve la razón a juzgarla por verdadera criminal. Porque bien sabidos son de Vuestra Alteza la conmiseración y miramiento con que gradúan las leyes los yerros de la menor de edad; como que entonces faltan buena parte de la consideración y malicia que nos traen después, y acaso en daño nuestro, las experiencias y los años53. Vémosla tras esto en su conducta cediendo antes a la autoridad, acariciada, seducida, enredada en los lazos que le tiende continuo la perversidad, que condescendiendo y queriendo de su buen grado envolverse y aprisionarse en ellos; llorando y resistiendo en Menga, confesándose en esta corte, y solicitando sus alivios al pie de los altares, denunciándose a sus parientes para hallar en su sombra remedio y protección, y confesando por último en juicio con tanta sencillez como vergüenza sus torpezas y extravíos. Pasos todos que muestran para mí un cierto candor e imprevisión, nada conformes con la corrupción de ánimo y la perversidad de costumbres que ese feo delito, esta abominación, deben llevar consigo. Su confesión misma, por entera y llana que parezca, admite ciertamente muchas dudas en todo espíritu desengañado sobre si podrá estimarse de verdad, a sabiendas e contra sí, esto es, con entero y deliberado consejo de sus fines y tristes consecuencias, cual la pide la ley, para serle imputable al confesarlo54. Sobre este grave punto, no bien meditado hasta ahora de los glosadores y pragmáticos, ya he tenido el honor de exponer a Vuestra Alteza mis reflexiones acusando a otro reo; y en cuanto a esta infeliz, su timidez y pocos años, su abatimiento y cobardía, su estado de menor, la ignorancia y flaqueza de su sexo, todo aboga por ella, todo la favorece, y clama y solicita la conmiseración de Vuestra Alteza. Pero el padre corrompido y torpe debió siempre saber que su llama impura, su criminal pasión le arrastraban hacia una hija, y que el cielo y los hombres detestan esta llama; debió siempre saber que su conciencia, que la religión, que las leyes, la sociedad y las costumbres, y cuanto mira y le rodea, todo le clama y se levanta contra su furor; debió siempre saber, y nunca lo ignoró, discúlpenle cual quieran sus defensores, que el objeto infeliz de sus deseos, la causa de sus excesos y delirios, la que le trastornaba y le perdía, era por su mal una hija, y una hija de solos trece años. ¡Qué de corrupción!, ¡qué de abandono!, ¡qué infernales furores!, ¡cuánta perversidad y desenfreno no son necesarios para no arredrarse por tan tierna edad, y confundirse de vergüenza a este nombre de hija, sino atropellarlo y despreciarlo todo! Lo debió saber y nunca lo ignoró, porque estos principios capitales de natural justicia, verdades primeras de la ley, por no llamarlas con algunos sentimientos íntimos del alma, anteriores a toda reflexión: No harás con otro lo que no quisieras que él te hiciese; te compadecerás del infeliz; serás honesto y casto; conocerás y adorarás a un primer Hacedor de suma bondad e inteligencia, causa de cuanto es, y fuente de vida, dados cual nos han sido de su mano próvida y bienhechora para alumbrar nuestra conducta como seres libres e inteligentes en todos nuestros pasos, jamás se nos borran ni dejan de avisarnos; el corazón los siente y reconoce por más que los ultraje, y siempre es culpa nuestra si les negamos sordos los oídos. Así que, Señor, cuando vuelve de Castilla a esta corte, ¡infeliz de él!, pues que la vista de una parte de sus mismas entrañas, la mitad de su ser y su vida, el blanco que debiera ser de sus esperanzas y cariños, la ayuda y el consuelo de su pobreza, y acaso la sombra y el remedio de su futura ancianidad, su hija en suma, su hija, no le inspira otra ternura, no le enciende otro amor que uno tan cenagoso y abominable. ¡Infeliz de él, a quien su timidez, su inocencia, su debilidad no arredran en su brutal deseo! ¡Infeliz de él, que no sabe abrazarla sino para conducirla al incesto! ¡Infeliz de él, que sintiendo nacer en su alma corrompida esta llama fatal, no piensa en apagarla y en cortar para siempre los caminos de que crezca en su daño y le devore! ¿Por qué entonces, si no, no le volvió la espalda, como se la volviera en sus primeros años?, ¿por qué no la abandona y huye de ella?, ¿por qué no huye, regando de lágrimas la tierra, a esconder de la vista y noticia de los hombres su criminal furor?, ¿por qué se niega duro al ruego y amenazas de sus parientes, a los remordimientos de su conciencia, a las lágrimas de su buena mujer, a cuanto puede mover un corazón, y enfrenar y parar el más furioso, para cortar después su llama incestuosa?, ¿por qué saca a la hija del seno y cuidado de su buena tía para mejor perderla y corromperla?, ¿por qué la deja, si así se quiere, en la ignorancia y las tinieblas, para que no comprenda el precipicio a que la arrastra?, ¿por qué en vez de llamarla a su lecho, de inflamarla y electrizarla con sus halagos, con sus negras acciones, no se arroja de él al instante a templar en duro y helado suelo su desenfrenado ardor y el huracán de sus deseos?, ¿por qué entonces no clama y se convierte al cielo para que la liberte en tan furiosa tempestad?, ¿por qué no escucha dócil a la religión y la razón, que le darán auxilios y remedios para que le fortifiquen y aseguren contra el torrente de sus terribles tentaciones?, ¿por qué, por qué no busca una mujer legítima, y apaga entre sus brazos el nefario incendio de que se ve tocado?

Pero no, Señor, no. Este fuego infernal es como inextinguible en sus entrañas; nada lo templará; vivirá con él hasta consumirle y devorarle. Ya tiene al fin esa mujer legítima con quien debe apagarlo, y sigue sin embargo en su abominación; tiene unos brazos a que puede enlazarse honestamente, y persigue a la hija, y la amenaza airado porque huye de los suyos; se debe todo a una mujer y a la santidad del matrimonio, y oyéndolo ella misma llama a la otra a su lecho, y la brinda y provoca al incesto y al adulterio. ¡Desventurado!, ¡una y mil veces desventurado! Nada puede arrancarte de esa envejecida costumbre, nada de tus horrores y torpezas; parece que has hecho una segunda naturaleza del delito.

¡Y qué delito, Señor! ¿Quién hay que pueda con serenidad considerarlo, que lo oiga nombrar, y no se estremezca involuntariamente?, ¿que aunque más corrompido en sus inclinaciones, voraz en sus deseos o disoluto en sus costumbres, no sienta levantarse contra sus autores todo su ser? Parece que basta el pronunciar incesto, amores de un padre con su hija, comercio carnal entre los dos, para señalar a los ojos de todos la atrocidad mayor. No se necesita de pruebas ni razones, no de argumentos sutiles ni recónditos para convencernos al punto de su asquerosa deformidad. El sabio y el rudo, el grande y el humilde, el rico como el pobre, el corrompido y el virtuoso, todos lo detestan del mismo modo, todos se avergüenzan, se estremecen, se horrorizan al escucharlo. Naturaleza ha puesto en nuestros pechos nos inspirara voluntariamente un saludable horror hacia él, que previene la misma reflexión y hace de nuestro juicio como un instinto. Conducidos así al bien por esta segura maestra, alumbrados de la conciencia, arrendados cual por un freno, de una voz interior que sin cesar nos habla y nos avisa, la madre más hermosa, la hija más interesante y agraciada, vistas noche y día en aquella familiar soltura que reina siempre sin riesgo del recato en lo interior de todas las familias, oídas y excitadas continuamente a desplegar sus gracias y atractivos, celebradas por ellos y aun acariciadas, son, sin embargo, como estatuas inanimadas, como el mármol o el hielo, a los corazones más de fuego y a los ojos más atrevidos y procaces.

No debiera ser de otro modo en las miras benéficas y sabias de la naturaleza sin gravísimos daños hacia el género humano. Porque, ¿qué sería de las costumbres privadas, de la unión y la paz de los hogares, y tras ellas del reposo común y las costumbres públicas sin este firme valladar?, ¿qué sería de la castidad y la santa inocencia, si prendiese llama tan fatal en las familias?, ¿qué sería en ellas del orden y el decoro domésticos?, ¿del recato y el pudor?, ¿de cuanto hay de más sagrado y útil entre los hombres? El padre y el abuelo, abusando de la autoridad saludable que les da sobre sus hijas la naturaleza, las obligarían, atropellando su corazón o ahogando sus deseos, a recibir su mano; y harían así del sagrado lazo del matrimonio un yugo insoportable, un acto de opresión y tiranía, en vez de serlo de ternura y cariño y dulces simpatías. Así que, mientras más necesario fue su imperio para el buen orden y paz de la familia, más fuerte y poderoso debió ser el valladar que los contenga en sus deberes, quitándoles hasta la tentación de envilecer con un mal uso tan santa potestad. Si no fuese, además, por este badallar, por este muro santo, llamados hijos, padres, hermanos por la naturaleza a vivir en, la mayor intimidad y bajo un mismo techo, la falta y continua ocasión, los acasos, la proximidad, los cariños y ternuras más inocentes atizarían a cada paso las más desarregladas pasiones, las llamas más funestas. ¿Qué virgen entonces en su delicadeza y timidez guardaría su honestidad y su hermosura de los asaltos continuos y seguros de un padre o de un hermano, embebecidos y ciegos con sus gracias?, ¿y cuál de ellos pudiera resistir en nuestra miserable fragilidad y corrompido ser a la seducción y oficiosas caricias de la madre y la hija?, ¿qué de veces se verían todos, rivales a un mismo tiempo y sucesores en sus amores corrompidos, ocupando el hijo joven el lado de su mismo padre, o la nieta el de su anciana abuela, aún calientes los lechos con sus abrazos? Las familias, Señor, estos dulces asilos donde la paz gusta abrigarse en el seno del buen orden, y se acogen como a seguro puerto la inocencia y la virtud; donde deben calmarse las zozobras del corazón, sobresalto y mal contento con los embates del mundo y enconos y asechanzas de los hombres, entonces arderían en iras y furores; y gimiendo en odiosas competencias, el amor sobre ellas, el más funesto amor agitaría sus teas para con sus llamas devorarlas. Las inquietas sospechas sucederían a la amable y sencilla confianza; se apagarían las gratas afecciones que estrechan dulcemente a los hijos, padres, hermanos, uniendo como en uno solo sus corazones; y en su lugar sucederían los odios eternos, las venganzas, cuya sola idea nos hace estremecer. Una corrupción inmatura, obra de la imprevisión y el trato íntimo, arruinaría en los hermanos su temperamento y robustez. No tendría ni apoyo ni seguridad la opinión de la castidad de las doncellas, poderoso atractivo al matrimonio en la fogosa juventud; y en el asilo mismo de la seguridad se tenderían a la inocencia las más fatales redes, apagándose con tan justos recelos, en daño de la sociedad, el honesto amor y los deseos de cuantos por esposas las pudieran buscar.

No habría costumbres, Señor, no habría costumbres; caería por tierra la educación doméstica. A los padres, encargados por la naturaleza de dársela a sus hijos y de enseñarles la santa virtud y la decencia, debió aquélla inspirarles un aborrecimiento natural de cuanto pudiera corromperlos. El matrimonio no es cierto una corrupción; pero como dice bien un filósofo, antes del matrimonio es indispensable requebrar, seducir y hacerse amar, y esto es precisamente lo que debe causar horror. Fue, pues, necesario fijar un coto, un muro insuperable entre padres e hijos, entre los que deben recibir la educación y los que deben darla, evitando entre ellos la sombra misma de la corrupción aun por la causa más legítima. De otro modo la inocencia y el pudor huirían despavoridos del interior de los hogares; el amor casto y puro, consuelo delicioso en las miserias de este mundo, vivificante alivio para el tedio y afanes de la vida, valladar a la prostitución y al torpe celibato, perenne venero de deliciosas esperanzas y perspectivas infinitas, el amor casto y puro apagaría por siempre sus honestas teas y desaparecería de entre los hombres. Se invertirían torpemente en la propagación de la especie las altísimas miras del supremo Hacedor, que destinado a los dos seres a concurrir a par en la sublime obra de su reproducción, quiere siempre una cierta igualdad de edades y robustez, una paridad de gustos y aficiones, un equilibrio misterioso de solicitudes y deseos, incompatibles con la sujeción del hijo y el imperio y majestad del padre, el respeto de las canas y la jovialidad de amante y pocos años, entre los que deben emplearse en formar en el matrimonio una nueva familia, que le bendiga y glorifique. Se trastornarían en ellas todos los oficios y relaciones más sagradas; y nada habría, nada, que no participase de tan fatal contagio. El padre, magistrado encargado por la sociedad y la misma naturaleza de la felicidad de los seres que engendró, se olvidaría de su autoridad tutelar y protectora, y prostituiría a veces sus canas venerables y su augusta y santa dignidad a los pies de la hija, mujer suya, sufriendo a cada paso vergonzosamente su imperio y sus caprichos. Sería la madre anciana igual y superior del hijo su marido; sería la hija madre y hermana de los hijos de su mismo padre; y las casas, en fin, entrando por sus puertas este monstruo, un infierno espantoso de celos y pasiones que acabasen con todo55.

Mas próvida, la bondad infinita ha sabido remediar tantos inconvenientes, ocurrir a tan grave y trascendental desorden, apartándonos con un horror provechoso hasta de la misma tentación de caer y de hacer entrar la sangre, por decirlo así, mezclados los padres con los hijos, en la fuente misma de donde salió, para degenerarse y corromperse; ha sabido extinguir el fuego de amor sensual entre personas tan unidas, para hacerlas arder en otros más puros y suaves; ha sabido, por este feliz medio, unir sin riesgo las familias y hacer que vivan sin recelo bajo de un mismo techo la inocencia y las gracias con la familiaridad y los deseos, la beldad incauta y el joven ardiente y atrevido, conservando así ilesa la limpieza de las costumbres entre las más tiernas afecciones; ha sabido hacer que se amen vivamente los hijos y los padres, las hermanas y los hermanos, pero que se respeten; ha sabido, por último, lanzar fuera de los hogares la llama inefable del amor, para derramar entre todos los hombres los vínculos y prendas de benevolencia y de fraternidad, y enlazarlos más y más en esta red misteriosa, este sublime encanto de ternura y dulces afecciones, en que libra su existencia y su felicidad el género humano56. Porque así suavemente saliendo fuera los matrimonios, las amistades y cariños se propagan y estrechan de casa en casa, de una en otra familia; éstas se mezclan y confunden de mil modos distintos; se apoyan, se sostienen, haciendo derramar un solo todo para el común provecho. La hermosa juventud, alivio y esperanza de sus ancianos padres y de otra nueva edad, forma su corazón y purifica sus costumbres; y las felices perspectivas con que adorna su venturosa unión, la mantienen y alientan en el amor de sus deberes y los caminos de la santa virtud.

De aquí, Señor, la severidad de las penas con que entre los pueblos más cultos y en todas las edades ha sido siempre castigado el incesto, la opinión universal de su torpeza, y la justísima deformidad con que se le ha pintado por los moralistas y filósofos. El divino Platón, en su libro 8.° de las Leyes57, nos dice hablando de él: «Que aquellos mismos que no tienen probidad alguna y hasta el común del pueblo, ignorante y rudo como lo es, lo miran con tanto horror, que no sienten ni el menor deseo criminal hacia la hermana más hermosa, porque es ilícito por sí, torpísimo entre todo lo más torpe, y está en abominación a la misma Divinidad». Otro tanto decía en Jenofonte el más sabio y virtuoso de los griegos, Sócrates, creyendo establecida por los dioses la saludable ley de que ni los padres se mezclasen con los hijos, ni los hijos con los padres. Cicerón le llama en su oración por Cluencio execrable y nefario, indómita y desenfrenada lujuria, delirio abrasador, maldad increíble y nunca oída, borrón de las familias contra el pudor, la honestidad y la piedad, acreedor a un mismo tiempo a la ira de los dioses y a la infamia de los hombres; y le tiene, en fin, siempre que de él se acuerda en sus obras inmortales, por una de aquellas cosas malas en sí mismas, y que lo son por naturaleza y antes de toda ley. Plutarco y Séneca lo detestan casi con las propias palabras; y no hay sabio ninguno de la docta Antigüedad que no publique y autorice en todos los siglos en nombre de la moral, de la inocencia, del decoro, la virtud y la utilidad pública, esta importantísima verdad.

Lo mismo han hecho los legisladores, sancionándola con el sello de su autoridad, y dándole, si es posible, mayor fuerza. El primero y más antiguo de todos, el divino Moisés, el inspirado y escogido del Dios de la justicia, impone en su Levítico, a cualquiera de su pueblo que cometa tal abominación, la pena capital58. ¿Cuáles no serían las de la sabia Grecia, que con tanto horror puso en acción este feo delito en sus teatros, y cuyos filósofos y poetas le persiguieron tanto y condenaron, sepultándolo para el ejemplo y su castigo entre los horrores del infierno?59. Los romanos los escarmentaban despeñando al incestuoso de la roca Tarpeya y, después, perdido ya este uso, con la muerte, la deportación, los azotes y la confiscación de sus bienes60. La Iglesia, tan santa y pura en su disciplina y sus costumbres, lo detesta con el mismo horror, y anatematiza y sujeta a penitencia pública más severa a sus hijos caídos en tan nefasta fragilidad, enseñadas ya en esto del apóstol san Pablo, que manda a los de Corinto expeler al incestuoso del medio de los fieles, y lo da y entrega a Satanás; maldición y pena de todas la mayor61. Así que el ayuno, la abstinencia de carnes, la prohibición de entrar en el santuario ni acercarse al altar, que ella les impone en sus cánones, son señales para nosotros nada dudosas de su justísima execración62. La ley de los lombardos, la de los francos, las de nuestros antiguos visigodos, las de cuantos pueblos belicosos salieron del norte a dividir y echar por tierra el imperio de Occidente, endeble y corrompido por la prosperidad y los regalos, le abominan y corrigen severísimamente63. Todas usan de un mismo lenguaje: le llaman a una opuesto a la naturaleza, horrible, nefario y execrando, y no hallan palabras ni voces suficientes para ponderar su torpeza64. Ni son menos rigurosas las de nuestros Fueros, Partidas y Recopilación que Vuestra Alteza tiene tan presentes; y si los desdichados Justo y Juliana A. son escarmentados según su letra65 como lo deben ser y yo lo demando a Vuestra Alteza en nombre de estas leyes que religiosamente ha jurado guardar en sus juicios, ¿qué no deben temer, y a qué terribles penas no se han hecho acreedores, singularmente el primero, causa y origen de la corrupción y ruina de la infeliz Juliana, y abismado con ella por tanto tiempo en el cieno de sus excesos? La muerte y la confiscación amenazan a estos miserables; la muerte, Señor, la muerte los amenaza; al justo A. a lo menos, como culpado, y a quien notan las leyes señaladamente, no tienen respecto de él sus horrores menor pena, y su desenfreno y su infame lujuria lo llevan sin remedio al cadalso; porque si alguno yoguiere, dice la Ley 3, tít. 8, lib. 4.° del Fuero Real; si alguno yoguiere con muger de su padre, fáganle como a traidor. Con parienta o con cuñada faciendo algún ome pecado de lujuria a sabiendas, ordena el Señor Rey don Alfonso, 1. 3., título 18 de la partida 7, no se habiendo ayuntado con ella en casamiento, si le fuere probado enjuicio por testigos que sean de creer, o por conoscimiento, debe haber pena de adulterio, esto es, como dicen la ley 15 del título de los Adulterios y la 2.11 del de las Traiciones, debe morir por ende. ¿Cuánto más, cuánto deberá morir haciendo, Señor, este pecado un padre con su hija, esto es, con la mitad de su ser y sus mismas entrañas y su vida? Y la ley 7.ª, tít. 20, lib. 8.° de las Recopiladas: Grave crimen, añade, es el incesto, el cual se comete con parienta hasta el cuarto grado, o con madre, o con cuñada... y este crimen de incesto es en alguna manera herejía, y cualquier que lo cometiere, allende de las obras penas por derecho establecidas, pierda la mitad de sus bienes para la nuestra cámara. ¡Tanto detestan nuestras justas leyes esta horrible maldad!, ¡tan crudamente castigan sus autores!, ¡y a tanto Vuestra Alteza está obligado ahora para con estos dos, no sé si los llame mejor bestias que racionales, o frenéticos en vez de delincuentes!

Bien sé yo que hay delitos que debieran, si posible fuese, esconderse de todos por su inconcebible torpeza, o condenarse por su atrocidad a eterno olvido, no dando al hombre con revelarlos ni aun la idea fugitiva de que pueden existir; porque cierto, Señor, no es a las veces menos saludable el escarmiento público que el silencio y el misterio de las grandes maldades. ¡Ojalá que pudiese yo, esforzando estas reflexiones, clamar a Vuestra Alteza por esos infelices, y tomar en su abono el lenguaje de la conmiseración y la indulgencia! ¡Ojalá que lo pudiese yo, y exhortarle y rogarle a que templase en sus cabezas el rigor de la ley, haciendo así que se ignorase que ha habido en nuestros días un padre tan desnaturalizado y corrompido que pudo degradarse hasta el comercio infame de su hija, y levantarla a sus inmundos brazos para perderla en ellos y perderse; ni que ha habido una hija, que aunque seducida y arrastrada, trastornó en ellos sin embargo las santas relaciones y deberes que puso entre los dos naturaleza! ¡Ojalá que lo pudiese yo, y que, guardando las leyes del recato en el mismo castigo de la torpeza, el grillete, las privaciones, el trabajo, el menosprecio y la vergüenza fuesen sólo las penas de las costumbres y el pudor tan indignamente atropellados! Pero, abogado del público y las leyes, no está en mi mano el hacerlo, ni puede tampoco Vuestra Alteza ser indulgente y blando.

Ved, Señor, si no con ojos reflexivos esa espantosa depravación que va inmoralizando el mundo entero; ese torrente impetuoso de vicios y delirios, que corre a tragarse las sociedades y a abismar en todos los desórdenes las generaciones venideras; esa perversidad refleja y meditada, que se atreve a formar un sistema de la misma corrupción y a hacer problemático y dudoso el vicio y la virtud. Ved al audaz sofisma y a la sangrienta burla reírse de todo, oscurecerlo todo, confundirlo y trastornarlo todo. Ved y llorad cuasi rotos y por tierra los lazos más sagrados. Ved los nombres sacrosantos de esposos, padres, hijos, amigos, reconocimiento, probidad, reducidos a voces sin sonido. Ved estos días de lágrimas en que se pretenden robar todos los consuelos al hombre de bien; en que se despoja a la virtud de sus celestiales encantos; en que se estudia, se trabaja en privar al corazón hasta de sus más caras ilusiones; en que, en fin, la inocencia y el pudor han volado a los cielos tras la desvalida justicia. Ved estos días de lágrimas y de calamidad, y hallaréis que no es dado ni a mí el clamar sino por la aspereza de la pena, ni a Vuestra Alteza usar de la blanda indulgencia y el silencio. Es indispensable para salvarnos un dique más fuerte y poderoso que el torrente que nos amenaza; al brazo sólo de Vuestra Alteza es dado el levantarlo, y ésta es su primera y más estrecha obligación, velando incesantemente sobre la santidad de las costumbres; penetrándose cada día más y más de que ellas solas son el baluarte, la defensa más firme del orden social; de que los delitos que las ofenden, si se disimulan o descuidan, son el origen, la emponzoñada raíz de incalculables males; de que sin ellas son nada las instituciones más sublimes, ni el brillo de las ciencias, ni la educación, ni la opulencia, ni el poder; cuidando de que las leyes que las alientan y protegen tengan toda su fuerza, brillen como una luz en medio de las tinieblas, uniendo estrechamente costumbres y leyes entre sí las unas con las otras, para que mejor se apoyen y sostengan contra el continuo embate del libertinaje y la perversidad, empeñados en aniquilarlas; y alzando, sobre todo ahora, su espada vengadora contra estos infelices, que, teniendo en nada la santidad de las costumbres, el rigor de las penas, la voz de la naturaleza, el clamor de sus conciencias, las amonestaciones de los suyos, los anatemas de la religión, cuanto puede arredrar en sus desórdenes al corazón más corrompido, han vivido por tan largo tiempo sepultados en el oprobio del adulterio y el incesto, para que expíen ya, según lo grave de sus feos delitos y el tenor de nuestras leyes, los ultrajes que han hecho a la naturaleza, a las costumbres, a la santidad del matrimonio, al ejemplo universal, a cuanto hay en fin de más augusto y respetable entre los hombres.




ArribaAbajo

- 4 -

Acusación fiscal contra Manuel C., reo confeso de un robo de joyas, de diamantes y perlas hecho en la iglesia y a la santa imagen de Nuestra Señora de la Almudena; pronunciada el día 14 de junio de 1798 en la sala segunda de alcaldes de corte


Señor,

¡Cuán amarga es la suerte del magistrado en todo el orden y pasos de su vida!, ¡qué carga tan pesada de solicitud de espíritu, de afanes y vigilias debe abrumar sus hombros desde que los cubre con la honrosa toga! Y por ella, ¡qué de sacrificios no tiene que hacer continuamente de sus afectos más suaves o más seguras opiniones a la razón pública de la ley que debe gobernarle! Cuando ésta, Señor, ha hablado, cuando ha sancionado una cosa o pronunció sobre una acción sus terribles oráculos, todo debe enmudecer y anonadarse ante ellos. El entendimiento más ordenado y claro, los principios privados más luminosos, las afecciones más tiernas e inocentes, la conmiseración, las blandas epiqueyas del juez más justiciero y compasivo, cuanto es, en fin, más grato a un corazón honrado y generoso, más caro a la razón, todo desaparece ante su impasible igualdad. La ley lo tiene decidido así: ha mandado tal cosa, y tal ha prohibido con tales escarmientos y penas. Y esta regla inviolable de nuestra conducta civil y nuestras acciones y juicios nos puede sola señalar el camino de obrar y decidir seguros y acordados, fuera del cual todo es errores y precipicios, todo voluntades privadas, todo parcialidades, y todo con ellas desorden e injusticias. No basta, no, que se presente a nuestros ojos como monstruoso el precepto; que por pesado y duro se nos resista; que nos parezca, si se quiere, incapaz de causar ningún bien, o aun contrario a la utilidad general; que nos ofrezcan otro en lugar suyo más ajustado y saludable la experiencia y el saber. El particular ilustrado y celoso podrá denunciarlo ante el tribunal de la razón: escribirá, señalará, demostrará los males que consigo trae, los frutos de bien que daría su abolición o su enmienda; el magistrado los representará con mayor entereza y energía, tendrá más llano y fácil el camino para poderlo hacer, elevará sus voces hasta el trono, y clamará sin cesar penetrado de las santas obligaciones de su estado; pero ambos a dos, mientras que sus reflexiones son oídas, mientras que la evidencia de la verdad ilumina por último el espacio que ocuparon el error y las falsas opiniones, mientras se deroga o mejora la ley poco atinada que han reclamado entre los hervores mismos de su celo, doblarán humildes la cerviz y la obedecerán en silencio, temblando sustituirle su razón privada, su voluntad parcial, y con ellas la arbitrariedad, el antojo, la confusión, la tiranía judicial, más que todas odiosa. Verán el bien, suspirarán por él, lo tocarán, lo palparán sus manos, y seguirán, sin embargo, el camino fatal que los aleja de abrazarlo. Así, en la Antigüedad, el justo, el inocente Sócrates bebió su muerte en la cicuta, pudiendo con la fuga salvarse; y el virtuoso Arístides escribió por sí mismo el voto de su indigno destierro para el rústico que no le conocía. Porque todo aquel que resiste a la ley, que no la obedece, que la tuerce con cualquier pretexto, ni es digno de gozar sus saludables beneficios, ni menos de anunciar desde su santuario sus augustos decretos a sus conciudadanos.

Estas reflexiones tan tristes como ciertas he hecho yo, Señor, involuntariamente al ir reconociendo la causa del infeliz Manuel C. sobre el robo en lugar sagrado de varias alhajas de pedrería y perlas hecho a la venerable imagen de Nuestra Señora de la Almudena en la noche del 2 de junio del año pasado, que Vuestra Alteza tiene ahora a la vista, y está examinando escrupulosamente para imponer al reo con su soberano juicio la pena condigna a su delito.

He visto un robo de la mayor atrocidad al juicio de nuestros mejores criminalistas, pintado con execración por todos ellos, ponderado, exagerado, cargado de anatemas, tenido por algunos por un horrible sacrilegio, y merecedor en la opinión de otros del último suplicio. Un robo ejecutado en el seguro de la corte, de efectos no vulgares, sino de gran valor; que si las penas son, como deben ser y nos enseñan la moral y la legislación, iguales al delito, análogas a su naturaleza y en medida y justa proporción con su gravedad y circunstancias, en nada parece distinguirse del robo acompañado de escalamiento y homicidio, puesto caso que ambos son castigados con la misma pena capital. Un robo, en fin, que tiene sobre sí esta terrible pena por dos célebres autos acordados del señor rey Felipe V; pero que tal vez nos fascina y asusta, mirado como de lugar y cosa sacra, por una cierta idea de indecible osadía, desacato y abandono brutal de toda religión que creemos en el que lo ejecuta; y como hecho en la corte, por un respeto hacia ella exagerado y una necesidad mal entendida, o que hubo entonces, del último rigor contra los ladrones que turban su sosiego, para por uno y otro no mirar este crimen, bien que grave, con ojos atentos e imparciales, y juzgarlo, cual se debe, con reflexión severa, libres de opiniones anticipadas, por el daño real que causa al individuo y al orden social. Un robo que siéndolo sin foradamiento, sin fuerza armada, ni sangre, ni muerte, sin arrancar al mercader o al trajinero el capital con que vivían, sin privar como tantos otros del fruto de su sudor y de una generación entera de trabajos y afanes al labrador aplicado y pacífico, y abismarle tal vez en la mendicidad con su numerosa familia, no parece ante un corazón compasivo digno de tan riguroso escarmiento. Un robo, en suma, que acaso por todas estas cosas se halla respecto de él fuera de proporción; y merecería según la verdadera escala moral de delitos y penas otra no tan severa, más conforme, más análoga al crimen que la de nuestras leyes.

En su vista, y de la confesión llana, sencilla del reo Manuel C., su desgraciado autor, ¿qué queda ya que hacer ni qué otra cosa pueden en este día pedir a Vuestra Alteza mi austera obligación y mi amor a las leyes, que el que fulmine sobre su culpable cabeza el terrible escarmiento que su letra señala, para que pague al punto con su vida un atentado cometido en un templo y en medio de la corte, mirado y repudiado de ellas como gravísimo, y merecedor de tan sangrienta pena?

Habiendo notado los sacristanes de la antigua parroquia de la Almudena, a cuya vigilancia y cuidado estaba encomendada su custodia, dos días después de cometido el robo, que faltaban a su devota y santa imagen varias alhajas riquísimas de las que últimamente llevaba sobre sí por adorno, lo avisaron a la venerable cofradía, que formó al instante lista de todas ellas, y la puso solícita en manos del Excelentísimo Señor Gobernador del Consejo. Diose por éste un encargo especial al señor alcalde de la causa, para que en ella procediese con su actividad y celo acostumbrados. Hízolo así: inquirió, preguntó, reconoció cuanto le fue posible, y ya el día 7 logró recoger de una prendera, como fruto de su solicitud, ciertos hilos de perlas, pequeñas partes de las joyas robadas al santo simulacro. Por este venturoso hallazgo se dio bien presto y sin mucha fatiga con el delincuente Manuel. Preguntósele sobre el collar y perlas halladas en la prendería, y puestas a vender de su orden; y, por las dudas y ambigüedad de sus respuestas, se aseguró con cuidado su persona y reconoció su habitación. Nada se halló en ella que indujese sospecha; mas su mujer, poco advertida, negó constantemente haber visto ni usado del collar ocupado, como el marido aseguraba; y así por esto, como por la variedad del delincuente en sus satisfacciones y descargos, quiso pasar con él el señor juez al cuarto de un cochero, donde decía tener depositado el dinero de otro collar vendido, para ocuparlo y seguir adelante en su pesquisa.

En el camino, la conciencia que le acusaba no le dejó ocultarse por más tiempo; y así, llamando aparte al mismo señor juez, le dijo compungido y entre sobresaltos y temores que si con él usaba de conmiseración, se acusaría de un delito en que por su desgracia había incurrido. El juez le respondió que haría en su abono cuanto le fuese dado, pero que sola la piedad del rey podía indultarle de su yerro; y él, entonces, más sobrecogido y azorado, confesó su robo sencillamente, y hallarse todas las alhajas, a excepción del collar, enterradas en cierto jardín que estaba a su cuidado.

En efecto, así era la verdad y allí se hallaron. Y llevado el reo a la cárcel, declaró en toda forma que la noche del 2 de junio encontró por acaso el rosario de la sagrada imagen como a las nueve, que lo fue acompañando por devoción, y entrándose en la iglesia, se quedó dormido inadvertidamente, hasta que despertando como a la hora de las diez, acordó permanecer así por no alborotar las gentes si llamaba; que, paseándose en el templo por entretener el tiempo y sin ningún mal propósito, se entró en el presbiterio, y, viendo un hueco detrás de la gradería y en él una escalera, subió por ella al trono de la santísima Virgen, y a tientas, por entre la cortina que la cubría, la fue quitando las joyas de su adorno, poniéndolas todas en un pañuelo. Que así hecho se volvió con ellas a su puesto, y esperando el día, a escondidas y en silencio pudo evadirse de la iglesia sin ser visto, llevándolas a guardar al sitio del jardín donde se hallaron. Pero bien presto vio que no podía sacar de su impío atentado el copioso fruto que esperó por el alto valor de las presas, y lo difícil que sería a un hombre de su condición desapropiarse de ellas sin sospecha. Con estas dudas y recelos determinó, pues, volver las más ricas a su venerable y verdadero dueño, y quedarse con las sartas de perlas, que empezó a convertir en collares para enajenarlos poco a poco, cual el que se halló en poder de la prendera, y fue, como dije, el principio feliz de descubrirse todo66. He querido hacer a Vuestra Alteza esta sencilla relación del hecho, aunque en la duda de ocupar con molestia su elevada atención, así porque pretendo sacar de ella todas mis reflexiones y argumentos, como porque su sola exposición satisface concluyentemente a cuantas disculpas y excepciones acaba de traernos el abogado defensor en descargo de este infeliz y su grave delito.

Manuel C., ese desventurado que tenemos enfrente tan escuálido, tan abatido y consternado, es reo, Señor, de un robo hecho en el seguro de la corte, en un templo de su mayor piedad y devoción, de alhajas de gran precio, inmediatas al simulacro de la santa imagen que se venera en él, con malicia, premeditación, y el mayor desacato y osadía. Nada tiene que pueda disculparlo; nada que disminuya lo atroz de su maldad; nada que pueda sustraerle de la amarga y cruda pena que amenaza su vida. Su confesión, si nada más hubiese, es la más fuerte, la más segura prueba de esta triste verdad; sigámosla si no paso a paso en su mal urgida tramoya para demostrarlo y confundirle. Este hombre, según dice, encontró por acaso en la platería el rosario de la venerable imagen, se incorporó por devoción con él, fue a la iglesia y se quedó dormido. Es opinión conforme de los buenos criminalistas, y fundada en las leyes, en la sana razón y en los principios inconcusos de jurisprudencia criminal, que el que confiesa cualquier hecho con ciertas circunstancias que disminuyen su gravedad, o le hacen inocente para huir a su sombra de que le sea imputado, tome sobre sí la estrecha obligación de acreditarlas, singularmente si son inverosímiles y contra el orden común de los muchos; porque ellas, bien mirado, son unas excepciones, cuya prueba en todos los juicios es siempre para aquel a quien deben aprovechar. Así como celosa la justicia y el magistrado que la representa, para condenar un ciudadano, para imponerle con acierto una enmienda, una pena medida al criminal exceso con que ha turbado el orden establecido y dañó al individuo y a la sociedad, tienen siempre que probar por su parte que ha habido tal delito, que el acusado de él lo cometió, y cuántos pasos y qué medios, una disonancia de fines manifiesta.

Aquéllos, en continua atalaya para guardar del crimen la paz y la inocencia que le están confiadas, viéndolas ofendidas buscan solícitos por toda la serie del proceso la luz y la verdad, a fin de repararlas con la pena que sufre el malhechor, y éste, al contrario, por la primera, la más eficaz y poderosa de todas las leyes, la de su conservación y bienestar, trabaja y se desvela con sus excepciones y descargos en acrisolar si puede su inocencia, o envolverse culpado en las tinieblas del delito para escapar del todo de la pena que le amenaza, o en disminuir al menos la atrocidad de su atentado, a fin de sufrir otra menos acerba. Pudiérase decir que en último análisis todos aspiran a una misma cosa, la conservación y la existencia: el magistrado y la justicia, a la de la comunidad, y el delincuente, a la de su odiosa y mal organizada persona.

Sentadas estas claras cuan sencillas verdades, ¿ha probado por ventura el desgraciado reo, para hacer verosímil el principio de su exposición, ninguna de sus partes?, ¿que fuese en él frecuente la asistencia del piadoso rosario?, ¿haberlo hecho siquiera alguna vez?, ¿que alguno de los muchos que lo acompañaban le hubiese conocido?, ¿habló por fortuna con alguien al unirse con él, al entrar en la iglesia, ni acabarse? Nada, por cierto; es, por su mal, un hombre misterioso, a quien nadie ve, a quien nadie saluda, en quien nadie repara; invisible como un espíritu y fugitivo como una sombra. ¿Tan largo es además el plazo de tiempo que corre al deshacerse un rosario, que lo tuvo el reo para quedarse dormido como asegura? ¡Oh, qué facilidad tan singular!, ¡qué sueño tan oportuno, tan acomodado y a la mano! Si tan fatigado, tan rendido está, ¿a qué andarse vagando ocioso y sin motivo de una en otra calle?, ¿por qué no recogerse a descansar? Y si el rosario que halla le separa de hacerlo, ¿cómo no le despierta?, ¿cómo no ahuyenta su mal trazado sueño? ¡Buenos fines dio por cierto a esta devota práctica, y frutos sacó bien sazonados de su piadosa concurrencia!

Lo que es de creer a todo buen juicio, la consecuencia más conforme a las invencibles reflexiones que acabamos de hacer es: o el que no fue al rosario de que habla este hombre singular, invisible en él a todos; o que, meditado el impío robo y resuelto ya en su culpable ánimo, a su sombra se introdujo en la iglesia, haciendo servir la religión a tan criminal osadía para agravarla aún más con el medio mismo que abrazaba; pero cuidando en todo caso, reservándose mucho de descubrirse a nadie, de que nadie le conociese, para asegurar mejor la impunidad de su atentado. No de otra suerte que aquellas bestias fieras que entre las sombras de la noche aguardan en acecho su sangrienta ocasión para lanzarse con seguridad sobre la infeliz presa que han espiado, y devorarla a su salvo en el horror de las tinieblas.

Quedose en el templo dormido, y despertó como a las diez de la noche; y en aquella hora, entre el sobresalto y el pavor que debería causarle el verse solo en él, es, sin embargo, tan mirado y sufrido que por no alborotar y dar sospechas, determina permanecer allí y aguardar tranquilo el día para poder salir. ¡Extraña resolución!, ¡rara conformidad en un hombre casado, a quien esperan afligidos sus hijos, a quien llama a su casa una buena mujer, que estaría precisamente con su larga tardanza, inquieta, desvelada y en la mayor zozobra, y exponiéndose él propio, si no llama, a la contingencia, o más bien seguridad, de que al escapar por la mañana se le note sin remedio de lo mismo que cuidaba evitar! Porque cierto, Señor, cualquiera en su lugar sería para todos menos sospechoso gritando y clamando consternado al punto que despierta, que aguardando en silencio toda una noche para evadirse cuando se abra el templo. ¿Y en qué tiempo, pregunto, y a qué hora toma este infeliz esta resolución? En el mes de junio y a las diez la noche, esto es, cuando lejos de turbar la quietud y alborotar llamando, todos velan, están en movimiento, y es como si dijéramos la entrada de la noche en el invierno; cuando las gradas de la puerta del templo están, como suelen en verano, inundadas de gentes que salen a aquella hora a esparcirse y solazarse en ellas. ¡Demasiado paciente es Manuel, y escrupuloso y detenido, pues teniendo tan llano como fácil el medio de avisarlas para poder salir, quiere, sin embargo, por no alarmar a unos sacristanes que no conoce, faltar de su buen grado a las obligaciones de su pobre familia, perder su lecho y su comodidad, y lo que es mucho más, exponer al riesgo su persona de que aquellos mismos que ahora le contienen, le descubran después, y acusen y persigan cual un sacrílego ladrón!

Los sacristanes reconocen el templo con cuidado, como hacen todas las noches, y no ven, cual debieran, en su ronda a este buen hombre, que tranquilo duerme; pasan por junto al sitio donde está cuasi tocando con él; y, siendo interés suyo y práctica constante mirarlo y examinarlo todo, no le oyen, no le sienten, no reparan en él de modo alguno. ¡Descuido inconcebible, o prodigiosa ceguedad! Sin duda que la santa Virgen los deslumbra, les vendaba los ojos, tercera o cómplice del mismo que debía de ultrajarla en despertando, alzando las manos criminales hasta su simulacro para despojarle de sus joyas y adornos con impío atrevimiento.

Despierta al cabo de su mal tramado sueño; y cuando el corazón más esforzado, más dueño de sí propio, se hubiera sobrecogido y aterrado por la hora desusada y lo pavoroso y venerable del sitio en que se ve, él al contrario, tranquilo y animoso, empieza a pasearse por el templo cual pudiera en su cuarto. ¿Y quién, Señor, se pasea? Aquel mismo que nos dice no atreverse a llamar porque no se le sienta, por no alborotar, por no causar sospechas. ¿Se querrá más palpable la contradicción?, ¿más descubierto y claro el criminal enredo? Su mal destino, que en todo le persigue, le lleva al instante al presbiterio, sube por su escalera, tienta entre las tinieblas con las manos, y al punto tropieza con la sagrada imagen y sus ricas preseas. ¡Desgraciados acasos, que todos le conducen al delito! Este hombre tan bueno y tan sencillo, que, según afirma en sus declaraciones, jamás había tenido la fatal tentación, el pensamiento, la desastrada idea de tan atroz maldad, la concibe entonces, la consiente y ejecuta en un mismo momento. Así que, en vez de postrarse ante la santa Virgen, de besar humilde sus celestiales plantas, de acogerse devoto a su piadoso amparo y bajarse del trono sobrecogido de miedo y religión, le quita sosegado cuantas alhajas le vienen a la mano; y, viendo que se mueve el simulacro, lejos de temblar y acobardarse en su abominable maldad, como cualquiera haría, examina con tranquilidad impasible en qué consistirá; y hallando ser la causa el torno de la peana en que descansa la sagrada efigie, para robarle más preseas le da vuelta hacia sí, no alcanzando ya el brazo a las demás, y continúa en expoliarla con el más sacrílego sosiego67.

¡Desventurado!, ¡y lo pudiste hacer!, ¡y no temblabas poner tus impías manos en aquel venerable simulacro, mancharlo con tu torpe impureza, y profanar tocándola a la misma Madre de tu Dios!, ¡no temblabas que su cólera vengadora descargase al instante sobre tu culpable cabeza, como cuentan las historias haber sucedido más de una vez!, ¡no temblabas, no te estremecías a cada presente que arrancabas, cada vez que alargabas el codicioso brazo, cada vez que insultabas a la Reina del cielo y las misericordias, la que tú mismo llamabas tu abogada, y lo era de verdad entre tus sacrílegos ultrajes!, ¡no temblabas, impío, considerando la religión augusta del lugar, el lúgubre silencio, las tinieblas que te cercaban, la soledad espantosa en que te veías, el contemplarte ya como fuera del mundo y en la habitación de la muerte, bajo la mano del Señor, entre las imágenes de los santos, los cadáveres de los fieles, la trémula luz de las lámparas que parecen sólo arder para aumentar con las sombras el pavoroso horror, el miedo involuntario, irresistible, santo, que inspiran a todos esas cosas, mamamos los cristianos con la leche, y tan saludables efectos causan en nosotros de desengaño y compunción! ¡Otra y mil veces desventurado!, ¡tu conciencia no tronaba entonces!, ¡tu corazón no palpitaba y no desfallecía!, ¡todo tu cuerpo y tu ser no se estremecía y desmayaba! ¡Y éste, Señor, es el hombre que no va al templo sino por devoción, que en él se duerme por acaso, y que en un momento de desgraciada irreflexión concibe y ejecuta el horrible atentado que le tiene aquí! ¡Criminal osadía!, ¡impudencia increíble de alucinar y de fingir! No era en mi opinión el primero: familiarizado está con la maldad el que se atreve a ella con tanto descaro, y, entre tantos objetos que deben arredrarle, la prosigue y consuma con tan brutal sosiego.

Mas volvamos a la historia del hecho. Ha puesto las alhajas en un pañuelo, recógelo, y e baja del trono a esconderse y esperar con el día la ocasión favorable de poder escapar. Y por ventura en el tiempo que le resta, ¿siente este infeliz despertarse en su alma el doloroso arrepentimiento de la abominación en que ha caído? La augusta religión que acaba de ultrajar, ¿le encuentra acaso dócil a sus saludables avisos? El roedor gusano de los remordimientos, ¿puede algo con él? O nuevo como se nos pinta en el delito, ¿tiembla siquiera sus tristes consecuencias, el rigor de las penas que amagan su miserable vida? ¡Dureza invencible de corazón, que descubre bien claro su perversidad! Nada siente; nada le punza ni hace fuerza; todo le halla empedernido y sordo. ¡Cuán fácil, si no, le hubiera sido entonces, cuán provechoso ahora, el volver y deponer llorando las fatales alhajas encima del altar, arrodillarse ante él y la sagrada Virgen, pidiendo humildemente por su medio el perdón de tanto atrevimiento! Entonces sí que habiendo sido encontrado pudiera en su abono excepcionar, alegaría con razón la tentación involuntaria y lo indeliberado y momentáneo de su negro delito. Pero nada menos, Señor: lo tenía de antemano bien trazado, meditado y resuelto; y así en su obstinación no piensa sino en aprovecharlo, escapando del templo a poner en seguro el riquísimo fruto que le da. Lo lleva, pues, lo entierra en el jardín que a su cuidado tiene; reconócelo allí más a su salvo; ve, según dice, lo arriesgado y difícil de desprenderse de tan ricas preseas sin caer en sospecha por su excesivo precio y exponer así su criminal persona, y entonces (dóyselo ahora de gracia) pensó en restituírselas, y practicó para ello la extraña diligencia de buscar la cajita con llave, de que nos habla en sus declaraciones68, por más que ni haya probado tan sencillo y fácil hecho, ni conste cual debiera en autos para favorecerle, ni en los cuatro días que mediaron del robo a su prisión tampoco sepamos ni pueda concebirse por qué no se hizo esta restitución tan ansiada del reo, ahora tan ponderada por su celoso patrono, y que tan fácil era como segura por mano de cualquier sacerdote. ¡Mas qué, Señor!, ¿aún entonces intenta arrepentido volver todas las joyas, desprenderse de ellas, arrojarlas de sí para que no le acuerden su execrable maldad?, ¿tanto le abruma, le horroriza el delito o no piensa al contrario, bien hallado con él, en hacérsele útil a pesar de su desprendimiento?, ¿no quiere a este fin quedarse con las perlas para beneficiarlas?, ¿no empieza a dividirlas en collares para darles salida más a su salvo?, ¿y alguno no lo ha vendido ya?, ¿no discurre, no finge la ridícula tramoya del papel dotal de su mujer para alucinar sus compradores y presentarse ante ellos más seguro?69. ¡Buen arrepentimiento, y esto se nos alega y encarece y se quiere con esto mover la piedad de Vuestra Alteza! ¿Qué delincuente no lo tiene así?, ¿cuál es tan duro, tan obstinado en el delito, que en cogiendo su fruto criminal no quiera ser bueno y habido por honrado?, ¿o qué asesino no tiembla dado el golpe, no se aflige y consterna por la sangre inocente que acaba de verter?, ¿quién no quisiera entonces no haberlo hecho? Pero ni la ley ni la razón se satisfacen con estos estériles deseos; buscan obras sensibles, no vanas apariencias; dejan el corazón y la conciencia allá para el Dios que los ve y alcanza a penetrar sus oscuros misterios, y premian o castigan la acción externa y material con recompensas o escarmientos que lo son como ella; porque esto sólo importa sus fines menos elevados, el reposo y firmeza del orden social, y en esto sólo estriba la suerte y bienandanza de los pueblos, no en votos ni propósitos tan voluntarios como tardíos.

¿Y dónde, hablando con las leyes, está probado, dónde resulta manifiesto y claro este tan encarecido designio de restituir las alhajas principales? Lo ha excepcionado el reo; esle de importancia acreditarlo, porque si bien de su delito no le limpiara en todo, pero lo disculpara, lo apocaría al tanto. ¿Y qué nos trae para justificarlo, para persuadirlo a Vuestra Alteza? La cita de un solo testigo que no le reconoce, ni se acuerda de nada; que en tan breves días como corren entre el hecho y su examen, no puede hacer memoria de una circunstancia tan señalada cual la de la cajita y la llave. ¡Desventurada prueba!, ¡infeliz y mal aconsejado, que no alcanzas a acreditar ni esta leve excepción ni esta disculpa de tu criminal atentado, que no puedes hallar ni un testigo de aquellos que por cierta bondad mal entendida se hallan siempre dispuestos a decir sobre todo, a saberlo todo y haberlo visto todo! ¡Otra vez infeliz y mal aconsejado! Tu excepción misma se vuelve contra ti, y es una nueva prueba de tu negra maldad. Además, Señor, ¿a qué en este hombre tan exquisita diligencia para restituir una cosa que tanto aflige su delincuente corazón, tanto le abruma con su peso?, ¿a qué esta llave que precisamente había de quedarse en su poder?, ¿dudaba, sospechaba acaso de la fidelidad del sacerdote, a quien dice pensaba entregar las ricas joyas, para por él volverlas a su sagrado dueño? Lo mismo justamente y nada más ni menos pudiera recelar dándoselas cerradas y en la caja, que sin esta caja o dándosela abierta; porque tan fácil era en un caso como otro el que una mano poco religiosa, faltando a la obligación del mandato, las convirtiese en provecho. Mas no por cierto, y en vano nos cansamos en impugnar ficciones. Esta misteriosa cajita, esta llave, estas tan raras prevenciones son inventos y embustes de un hombre ya probado en marañas y delitos, como lo son también el sueño que le viene al entrar en el templo, su tentación involuntaria al verse junto al trono de la santa Virgen, y aquél consentirla y caer tan del momento, para acometer y consumar su crimen execrable: miserables patrañas, que tendrán este día su justo galardón.

Por esto sabe bien y pone en obra el medio de deshacerse de las perlas; por esto finge el artificioso papel del aumento de la carta dotal con la menuda descripción de bienes que contiene, y que Vuestra Alteza debe reparar, para convencerse por él de que este desgraciado sabe concebir y llevar al cabo un embuste con tino y con destreza; y que si guardaba las alhajas no era, como excepciona, para restituirlas, sino esperando el tiempo, la ocasión segura de convertirlas en su beneficio, como empezara a hacerlo con los ricos collares que vendía.

Ni hace en su abono la turbación y sobrecogimiento en que le vemos al presentarse en su casa la prendera y el platero a preguntarle sobre las perlas, y hablarle del robo de la santa imagen, o cuando el señor juez se apodera de su infeliz persona. Vuestra Alteza sabe bien el valor de estos temores pánicos, de estas turbaciones y miedos, de que he tenido el honor de hablarle ya. A veces, los mayores malvados tienen ciertos momentos de involuntario terror, en que desmayan y caen en una debilidad de niños; que no siempre, por embrutecidos que estén, logran adormecerse sobre sus desórdenes. Ellos que las conocen, se ven sus negras almas tales como son; y son a un mismo tiempo, por más que disimulen, por más que se jacten de firmeza, sus más severos jueces y crudísimos verdugos, sin que les sea dado, aun en su mayor corrupción, el declinar del todo el terrible anatema, no sólo de los hombres, sino de sus criminales conciencias. La virtud, al contrario, aunque abatida o entre grillos, inmutable y serena, se inunda en su interior de gozos y esperanzas inmortales. Justa, Señor, la Providencia lo ordena y lo dispone así en bien de la inocencia contra la iniquidad que la atropella; consumado y el mal, al punto empiezan el terror y el tardío arrepentimiento a levantar más reciamente el grito, y acusar sin piedad al desgraciado que antes no los oyó. Perseguido y acosado de ellos, el delincuente lleva siempre en sus hombros el inmenso peso del delito que no le permite descansar; por todas partes le acompaña y abruma, y en cuantos rostros ve, mira a despecho suyo con humillación otros tantos jueces rigurosos que fulminan su terrible sentencia. Ni en el silencio de la noche, entre el reposo y el olvido del sueño logra encontrar la paz, le pueden dejar quieto su imaginación azorada, su corazón ulcerado, llenos de presentimientos y pavores; que no una sola vez se viera con asombro a un gran criminal levantarse dormido, gritar, amenazar, correr despavorido, y revelar involuntariamente las maldades más conocidas, y que nadie sino él solo sabía. Yo mismo, Señor, he visto a uno en las congojas de la muerte, cuya funesta imagen jamás olvidaré, lleno de vicios y de dinero, infeliz fruto de logros e injusticias, sin ánimo bastante para arrojar de sí su criminal riqueza; sus gestos espantables, sus movimientos, sus lúgubres y profundos gemidos, su despavorido mirar, sus palabras mal articuladas, todo por desgracia pintaba las batallas y horrores de su despechado corazón. Así ese desgraciado, que ahora espera temblando su juicio, atormentado entonces por su alarmado espíritu, lleno día y noche de la abominación de su atentado, teniendo ante los ojos continuamente el venerable simulacro despojado por sus impías manos, el silencio, la devoción, la soledad tremenda, la augusta religión del templo que ultrajó, todo lo más sagrado y venerable hollado por él y atropellado, cuando ve la cara del juez, no puede resistirla, lee en ella con asombro su fatal convencimiento, y confiesa al instante el delito execrable en que cayó. Delito que en vano se empeña en disculpar su celoso defensor por momentáneo y no premeditado; pues cuantos pasos da en la noche del desgraciado día en que se despeñó a él, cuantos acasos, cuantas falsedades inventa, cuanto después discurre y ejecuta, todo lleva consigo un plan pensado y bien trazado de antemano, y puesto luego en obra como se pensó, con el arrojo y la serenidad de un delincuente consumado.

Es verdad, siguiendo el otro medio de la infeliz defensa que acabamos de oír, es verdad que el encontrarse acaso con un rosario, acompañarlo por ociosidad o devoción, quedarse dormido en el templo repentinamente, acercarse después al presbiterio, y subir sin propósito alguno por su escalera, son cosas todas inocentes en sí, como también lo es el tomar en la mano unas alhajas, y aun ponerlas en un pañuelo. ¿Mas dónde estamos, si no se engañaron mis oídos, para hablar de este modo?, ¿es esto defender o querer alucinar?, ¿usar de razones o amontonar sofismas? Tampoco, discurriendo así, será un delito el sangriento homicidio; porque, cierto, nada tiene de criminal el tomar en las manos una escopeta, ponérsela al pecho, encararla a un hombre descuidado y mover el gatillo con el dedo. Pero no serán ciertamente inocentes, ni así los juzgan la razón y las leyes, la muerte alevosa que viene al infeliz de estas acciones combinadas, ni el execrable robo que resultó de aquéllas. Queda pues, o yo me engaño mucho, también desvanecido este mal pensado argumento.

Y la necesidad que le obliga a valerse de las perlas que vendía, ¿dónde, pregunto, está probada?, ¿dónde es extrema, como debiera ser?, ¿dónde involuntaria, para poderse disculpar y no serle imputable? ¿Ponen todas acaso a cubierto del delito?, ¿basta decir necesidad para que luego se crea? En una corte llena de establecimientos de piedad, de almas caritativas y corazones generosos que buscan ellos mismos, se apresuran y vuelan en pos del indigente para socorrerle y enjugar sus lágrimas, ¿habrá en buena razón ninguna que lo sea extrema? O el deber un hombre algunas cantidades, ¿le dará al punto el horrible derecho de robar para satisfacerlas? ¡Qué principios, Señor!, ¡qué funestos principios! ¿A quién interesa esta ficción: al ignorante que escribió el papel o al reo Manuel que le alucinó con sus marañas? A éste importaba ciertamente, y éste, que llevaba toda su utilidad, ha debido probarnos lo contrario, como sin fruto lo intentó, o cargarse también con este grave yerro.

Después de tantos como este desgraciado tiene sobre sí, en vano es hablar de su arrepentimiento. Él lo excepciona, y hoy nos lo repite celoso su abogado; mas entrambos, sin prueba ni razón, y con unas en contra tan poderosas e invencibles cual Vuestra Alteza ha oído con la mayor y más fuerte de todas: la del plazo fatal que deja correr del robo a su prisión, sin dar paso ninguno, sin moverse a nada de eficaz en la restitución de las alhajas. Queda pues concluido que es reo ese infeliz de un robo deliberado y voluntario, en el seguro de la corte y en un lugar sagrado, de cosas de gran precio destinadas al inmediato adorno del devoto y antiguo simulacro de la santa Virgen de la Almudena, y poniendo las manos con desacato en la misma madre del Señor.

Este robo, en opinión de los criminalistas y por la ley romana y de nuestras sabias Partidas70, es juzgado un impío sacrilegio, y tenido en todas las edades, al juicio de todos, y en todas las naciones por gravísimo. Parece cierto que aun dejando a un lado toda religión y las ideas sublimes que ella inspira de temor y respeto profundo a la divinidad, no podían los templos ponerse en seguro de otro modo contra los atentados de la maldad y la ciega codicia. Estos lugares santos, consagrados al culto, llenos en todas partes de preseas y dones de la devoción de los fieles, deshabitados y faltos de custodia, no pocas veces en medio de los campos y en las cumbres mismas de las montañas, convidando al piadoso por su devoción y al malvado por sus riquezas, abiertos casi siempre y patentes a todos los hombres, de todos los estados, de todas las edades y condiciones, grandes y pequeños, pobres y ricos, o serían asaltados continuamente con torpe irreverencia, violados, despojados de todos sus adornos, y escogidos a veces por morada de la iniquidad, veríamos con horror trocado el santuario en madriguera de ladrones; o necesitaban ser puestos de un modo extraordinario bajo la inmediata protección de la ley; armarlos de invencibles defensas que los cubran y aseguren en la opinión e imponer un miedo religioso a las imaginaciones más osadas por lo terrible de las penas que amenazan sus sacrílegos profanadores. Así ha sucedido en todos los países y creencias sin excepción alguna. Por dondequiera, el templo, la morada de Dios, ha sido mirada como su casa propia, ha despertado siempre los pensamientos más solemnes de veneración altísima y profunda, y tenido de todos por inviolable y santo; sus desacatos y ultrajes han horrorizado, y fueron perseguidos con el mayor rigor. ¿Recordaré aquí en prueba lo que nos dicen las Santas Escrituras del templo de Dios en Israel, el pavor reverente que a todos inspiraba y los célebres castigos que el Señor hizo en sus profanadores?, ¿o la guerra sagrada de los griegos por el templo de Delos, la execración, los anatemas que la acompañaron, y el odio universal contra el general de los tocenses, expoliador de sus tesoros? ¿O repetiré, en fin, a Vuestra Alteza lo que tan bien sabe del respeto indecible de los romanos hacia los templos de sus dioses, de aquel pueblo siempre victorioso, dechado de virtud y religiosidad en sus mejores días, a quien debemos tantas instituciones, tantas memorias venerables, cuyo solo nombre excita los más sublimes recuerdos, y que tantas lecciones nos dejara de desinterés y amor patrio, de civil prudencia y justicia en sus sabios y sus célebres leyes?

Así pues, los ultrajes, las profanaciones, los robos de los templos fueron escarmentados severísimamente de griegos y romanos, y lo han sido después por todas nuestras leyes desde las más antiguas. Entre ellas no puedo dejar de recordar a Vuestra Alteza la 18, tít. 14, Partida 7.ª, que manda: que ladrón que furtare en la iglesia o de otro lugar religioso alguna cosa santa o sagrada, debe morir por ende, y la 10, tít. 18, Partida 1.ª, que declara por sacrilegio el robar del templo no sólo las cosas que le son propias, sino aun las depositadas en él; el sacar fuera, como la ley se explica, las cosas que y estubieren, quier fueren de la iglesia, o de otro que las obiere y puesto por guarda.

Y cierto, parece que como naturalmente y sin esfuerzo alguno es ésta la opinión universal del género humano. El lugar donde nos acercamos más particularmente al Ser omnipotente y benéfico, que sostiene y alienta nuestro ser deleznable y nuestra vida; donde nos postramos bañados en lágrimas a implorar su clemencia y su bondad; donde nos reunimos como en un centro a tributarle himnos de gratitud por sus inmensos beneficios; allí donde purgados de nuestras imperfecciones y miserias ansiamos semejar a las inteligencias celestiales y nos ponemos como en comercio y relación íntima con el mismo Dios; donde gemimos y clamamos llamando sobre nuestras culpables cabezas los tesoros de sus misericordias; allí donde cuanto vemos y oímos nos recuerda poderosamente nuestra nada y la Divinidad; donde parece que ésta habla oficiosa al hombre, y le ayuda y conforta contra los escollos de la vida; allí donde los desvalidos hallan amparo, sosiego y paz los consternados y abatidos por los vaivenes del mundo, los angustiados y llorosos inmortales consuelos, y hasta los mismos delincuentes, como en un puerto de salud, asilo y seguridad. Este lugar sagrado, esta morada del Señor, esta casa de esperanzas y de felicidad, ¿pudiera no mirarse como inviolable?, ¿no tener por suya la opinión general y escrita en todos los corazones la utilísima ley que la proclama por segura, y a sus atentadores como sacrílegos? Hasta una grosera piedra, un árbol antiguo, un bosque, una montaña, cuando los creían visitados por la Divinidad, han sido mirados con reverencia, y acatados y temidos como inviolables por los pueblos rudos e inciviles. ¡Tanto poder alcanzan la religión, las ideas y el respeto de Dios sobre la conciencia universal de las naciones!

Yo sé bien los diversos grados que admite, como todos, este delito del sacrilegio: que es otra cosa el atropellamiento deliberado del templo por ultrajar impíamente al Señor que le habita, que la acción que se comete en él con distinto propósito; otra la profanación y otra la irreverencia; otra el robo de una cosa consagrada, un vaso, un ara, un cáliz, que el de la joya o la presea que no lo está; porque la consagración, o lo que es lo mismo, la adscripción y señalamiento de la cosa al altar, tiene entre los cristianos sus ceremonias y bendiciones religiosas, y es para nosotros como una adjudicación particular que hacemos al Señor del vaso que se le consagra, un dominio que le cedemos, si puedo usar de este lenguaje, y un título especial que le damos sobre él. Criminalistas, sin embargo, ha habido que, no estimando en nada estos clarísimos principios, inflamados de un celo poco ilustrado, obstinados sectarios de la ciega opinión, y apoyados en la ley de Partida, han querido hacer, confundiéndolo todo, de acciones que no lo eran, deliberados sacrilegios71. Este desgraciado delincuente no quiso por cierto, lo confieso, ultrajar irreligioso el templo de la madre de Dios, sino sólo robarlo: hubiera mejor tomado las alhajas de casa de sus antiguos dueños que del lugar santo en que se hallaban; mejor de las paredes de la iglesia que de la sacra imagen, y mejor su valor que no ellas mismas. Por esto, a pesar de la ley que dejo ya citada, y venerándola cual debo profundamente, pero subiendo el pensamiento a la oscuridad del siglo en que se concibió, no clamaré yo mucho sobre su sacrilegio. Es un ladrón que roba del templo lo que no puede asaltar en otra parte; un ladrón que roba unas preseas, que acaso por tan ricas no debieron estar donde se hallaban; un ladrón, en fin, que en su odioso atentado no tuvo otro móvil que el sórdido interés, ni otra idea que la de enriquecerse acaso para vicios y disipaciones. Y si opiniones o sofismas de la pasada edad, no bien meditados por los tratadistas y pragmáticos, pintaron hasta aquí más horrorosa que ella es en sí misma esta acción criminal, la ilustración presente, apoyada en las mayores luces de la moral legislativa, y la razón más ejercitada y sobre más seguros principios, deben ya, sobreponiéndose al error, colocarla en el justo lugar que le compete, sin encubrir o disculpar en nada, ni menos encarecer sin fruto su odiosa gravedad.

Mas si por este lado, y el de haber consumado su delito sin foradamiento ni violencia, ni asaltar o romper puerta o pared, a escondidas y encubiertamente, como dice la ley de Partida72, tiene alguna esperanza este infeliz de salvar del suplicio su miserable vida, no la puede tener, ni hallará camino a la piedad como autor de un robo en el seguro de la corte y de cosas de tan alto valor. Éste, bien lo sabe Vuestra Alteza, y yo lo pronuncio estremeciéndome, tiene irresistiblemente sobre sí la pena capital por sus célebres autos acordados 19 y 21 del tít. 11, lib. 8.° de la Recopilación. La frecuencia escandalosa de los robos a la entrada del presente siglo, afecto de la debilidad de la justicia en el último período de la dinastía austríaca; las libertades que trajo necesariamente consigo la sangrienta Guerra de Sucesión; lo desconocidas que eran entonces ciertas providencias de policía, que aseguran el orden y sosiego público; las jurisdicciones privilegiadas y sus frecuentes competencias, que suspendían las más veces la pronta acción del magistrado, tan en provecho del desorden como en desdoro de la justicia, y sobre todo la necesidad, como dice la ley, de hacer segura la corte a cuantos vinieren y residan en ella, obligaron al señor Felipe V a establecer en 25 de febrero del año de 34 la Pragmática Sanción del citado auto 19, confirmada en el 21, y que estremecen sólo en leerlas. Un robo de cortísima entidad, un solo testigo idóneo que deponga de él, aunque sea el mismo cómplice confeso, y dos indicios o argumentos graves, bastan en ellas para la prueba del delito, y llevan al suplicio al delincuente; cuando aquí, Señor, no hay sólo indicios, sino una confesión espontánea, sencilla y paladina del mismo reo. Más poderoso y eficaz que no un solo testigo, hay el hallazgo de las cosas robadas en su poder, y cosas que pasan en valor de trescientos mil reales; hay sus pasos por venderlas, realizados ya en algunas; hay, en fin, las dos causas acumuladas sobre la conducta anterior de este infeliz, en que está clara su relajación y vida disipada, y aquellos dos relojes que se le hallaron en la primera, uno de oro y de repetición, relojes que no sé cómo salva su celoso defensor en un pobre jardinero, distraído entonces en la amistad sospechosa, lleno de obligaciones y con un jornal miserable de seis reales.

Me dilato más que debiera, abusando del precioso tiempo y la bondad de Vuestra Alteza. Sé bien lo mucho que se ha reflexionado sobre esta espantosa ley; que su pena parece fuera de proporción con el delito; que confunde los hurtos domésticos y con violencia, con los que no lo son; los hechos con fractura de puerta o de pared, con los mañosos y a escondidas, diferentes entre sí por derecho; los robos de grandes cantidades con los pequeños; los cometidos a fuerza armada con herida o con muerte, con los simples y sin armas ni heridas; que, no distinguiendo para el escarmiento entre unos y otros, convida ella misma los ladrones al asesinato, para ocultarse a su sombra y asegurar su impunidad: el hombre muerto se dice que no habla; y cuando el malhechor no ve en la ley alguna esperanza de mejorar su suerte no matando, si no lo hace es un inconsiguiente; que pone mil veces a Vuestra Alteza en la más triste y dolorosa angustia, obligándole bajo este augusto solio a que cerrando el corazón a sus más caros sentimientos, sin ver más que la ley y sus inflexibles deberes, se ostente en sus juicios con un rigor que no cree necesario, y desconoce su piedad; que la terrible pena que impone la Pragmática, si asustó al principio las imaginaciones, si arredró a los malvados y bastó entonces a contener el mal, lejos de hacerlo hoy, es contraria cuasi siempre al saludable fin que se propuso, y asegura más bien la impunidad de los ladrones, que solicita su castigo. Porque ¿quién será de tan duras entrañas, quién tan esclavo de su dinero y la codicia, quién tan ajeno a toda compasión y tan revestido de inhumanidad y bárbara fiereza, quién tan insensible, tan impío, que denuncie y persiga a un infeliz que le ha quitado algunas monedas de oro o plata, para llevarle con sus pasos y por cosa de nada al cadalso? ¿Lo hará alguno si lo ha pensado bien, si en su interior compara el mal que ha padecido con el golpe gravísimo que acusándole descarga sobre su infeliz autor?

Sin embargo, Señor, el terrible auto acordado es una ley viva que debe gobernarnos, y de que ni es dado a Vuestra Alteza el separarse en sus juicios con interpretaciones, ni a mí mucho menos rogarle que lo haga so color de equidad. Quisiera yo, si dable fuese, poder en algún modo componer la dispensa de su estrecha observancia con lo santo de mi obligación, y hallar un camino que seguir entre la impasible firmeza de un fiscal y la blandura y compasión que me son naturales; acusar a ese infeliz como reo de muerte y salvarle la vida; alegar en su favor la indecible piedad de la santísima Virgen que ha ultrajado para con los mayores pecadores, la protección y religioso asilo del templo que profanó hacia los delincuentes, el espíritu y sentimientos de la Iglesia todo de paz, de mansedumbre y lenidad, los remordimientos y el temor que desde luego le agitaron, para sin apremio y libremente confesar su maldad, su triste abatimiento, y ese rostro y persona que miramos, capaces ellos solos de ablandar a la misma dureza por su flaqueza y palidez, los oficios y caritativos ruegos de la venerable hermandad que intercede por él, y clama sin cesar, los dolorosos gritos de mi sensible corazón que me hacen temblar al demandar su muerte, y aun más que todo esto la entrañable solicitud, la equidad y paternal amor de Vuestra Alteza que debe pronunciarla. Pero la ley, la ley..., y estos días de mal y de confusión y desorden que renuevan los desgraciados del año de 34, me sellan los labios, y hacen enmudecer. No se espere, pues, que yo venga en ellos a ser el abogado de una criminal indulgencia, y a profanar mi ministerio en el santuario mismo de las leyes. Los robos se han hecho tan familiares, tan escandalosos, como entonces lo fueron; la seguridad está tan vacilante; la autoridad de la justicia y sus depositarios va por tierra; su voz y augusto nombre perdieron ya en los ánimos toda su autoridad, y el delito y la relajación se mofan de una y otros con insolencia; las provincias se oyen llenas de tropas de bandidos que se entran por los pueblos con un arrojo increíble, baten las puertas de las casas, cual las de una plaza asaltada, con gruesos maderos; atormentan los hombres, insultan la castidad de las mujeres, atropellan los templos y lugares santos, hieren los sacerdotes, y no hay género de maldad que no cometan. Aquí en la corte una insaciable disipación atiza todas las pasiones, persuade todos los excesos, disculpa y da calor hasta al mismo delito, y arrastra a codiciar y arrebatar lo ajeno; todo lo amenaza, y con todo acabará. Hay en las almas un contagio secreto de relajación y desorden que las inficiona y deprava; y el vicio, en fin, el vicio se ostenta con tanto desenfreno, que la virtud y la inocencia claman sin cesar los más severos escarmientos; por unos escarmientos que arredren su osadía en sus pasos torcidos y maquinaciones execrables; escarmientos tales que basten a librarnos de esa peste fatal de crímenes y horrores de que nos vemos rodeados. Vuestra Alteza ve todo, se contrista por todo, y está puesto ahí como en una atalaya de incesante solicitud para ocurrir a todo y remediarlo todo. Hágalo así este día, y, cual órgano puro de la ley, imponga su justo merecido al desgraciado Manuel C., para enmienda de este gran pueblo y escarmiento universal. Aprendan todos en su triste cabeza que los templos son inviolables; que la religión que los ocupa, los cubre y los defiende; que la corte debe ser segura; que los atentadores de su sosiego lo pagan con la vida; y que por último Vuestra Alteza, aunque se conmueva y aflija en lo interior de su alma, y por más que clame, que interceda su tierna compasión, no tiene ni otro norte ni otra regla inmutable en todos sus juicios que las santas leyes que juró tan religiosamente al empezar sus augustas funciones.




ArribaAbajo

- 5 -

Acusación fiscal contra Basilio C., Reo confeso de abigeato; pronunciada el día 27 de julio de 1798 en la sala segunda de alcaldes de corte


Señor,

Si jamás se presentó algún reo al juicio de Vuestra Alteza desnudo de descargos, y como tal, indigno de su solícita clemencia y paternal cuidado por envejecido en el delito y delincuente consumado; si alguno por tanto debe ser juzgado por la letra y el rigor de la ley precisamente, es sin duda alguna el que Vuestra Alteza tiene ahora a la vista y cuya sentencia debe pronunciar. Los hombres más perversos, por palpables que sean en sus criminales extravíos, por frecuentes y graves que se hallen, saben, sin embargo, cubrirlos tan mañosamente, o producen en su descargo tales excepciones y tan plausibles pruebas, que reconciliándolos en algún modo con la justicia que han atropellado, debilitan en su acción el brazo para herir levantado; y despertando en la conciencia judicial la esperanza de una futura saludable enmienda, la mueven sin arbitrio a la equidad y compasión sobre los yerros que debe castigar. Estos yerros se cometieron, es verdad; el particular inocente gimió víctima de ellos; el orden social se siente trastornado, todo pide una reparación, un escarmiento para lo venidero; pero el fatal acaso, un error desgraciado, una perversa compañía, el furor de una pasión violenta, las imperiosas circunstancias en que el delincuente se vio envuelto, cien otras cosas en su daño le arrastraron al delito cuasi sin libertad; consumolo por mal suyo, y es reo sin duda ante los ojos de la ley, tan impasible como igual en todos sus juicios.

Mas ella misma, cuando los pronuncia, advierte complacida que aquel corazón delincuente aún no está del todo corrompido; que siente y se conmueve al aguijón de la conciencia, a los latidos del honor, a los impulsos del interés bien dirigido; y que el cauterio de la pena, abrasándole (si me es dado decirlo) las partes más vivas y sensibles, lo puede despertar para que de nuevo entre en la senda que por su mal dejó. Ella misma lo advierte; y es dado a la prudencia prometerse y aun esperar en adelante, cuando juzga y castiga tales reos, alguna mejora saludable que reparando sus costumbres desarraigue en sus almas el vicio que las pervirtió, y replante y fortifique en ellas otra vez la virtud, sin que la sociedad pierda para siempre a unos miembros que, purgados con la pena sus anteriores yerros, volverán a servirla corregidos y honrados.

No así, Señor, no así en la presente causa. Dondequiera que en ella convierta Vuestra Alteza su atención, hallará al punto el vicio, la perversidad, el abandono; y, muerta del todo la esperanza, nada puede aguardar, nada confiar, ni prometerse para otros nuevos días de ese desgraciado criminal, sino el que siga en ellos encenagado más y más en la corrupción y el desorden en que hasta aquí ha vivido. ¡Miseria tan extraña como inconcebible de nuestro humano ser, lleno por todas partes de contradicciones y misterios en que se pierde la razón! El hombre que se sabe elevar por su virtud y grandes hechos cuasi a las perfecciones del ángel, se envilece a veces y degrada, inferior a la bestia material y grosera; y esclavo y víctima de su ceguedad y sus vicios, la honradez, las virtudes, el público decoro, la santa honestidad, las afecciones más gratas o sublimes le son en su letargo palabras sin sonido. En vano el ojo observador se afana entonces por encontrar en él el tipo original que le distingue; su vida es la de un bruto, y de un bruto dañino sus inclinaciones y sus hechos.

Tal es, Señor, la vida del infeliz Basilio C. que tenemos presente. Vese por todas partes a este hombre tan inmoral, tan vil y abandonado, que es preciso cerrar los ojos a la misma evidencia para no confesarlo. Por demás su celoso patrono, no siéndole posible negar ya sus delitos y una continua serie de acciones desregladas que forman cuasi el círculo entero de su vida, nos lo ha querido disculpar con la extremada necesidad a que dice se ha visto reducido, con lo calamitoso de los tiempos, con la pobreza de su condición, la dañosa y fatal compañía de otro criminal desconocido que le seduce y le pervierte, pero cuya existencia no diciéndola nadie, ni habiéndose probado, debe sin género de duda darse por vana y gratuita; y en fin, con la ansiedad terrible de un padre de familias que en su consternación no ve donde volverse para ganar con honra su alimento y sustentar sus miserables hijos.

Lo menos es a mis ojos y pesa en mi reflexión con este infeliz reo el delito de su abigeato, origen primero de esta causa. Confeso en él sin premia, de su buen grado y llanamente, está ya sentenciado por la ley, cuya próvida solicitud no ha podido olvidar ni aun a las mismas bestias como auxiliadoras del hombre en sus trabajos, y parte bien preciosa de su propiedad y bienestar. Y sin ellas, cierto que reducidos a nuestras solas fuerzas y la debilidad de nuestros brazos, ni la tierra llevara las grandes labores, y tras ellas los ricos y copiosos frutos con que ahora se corona y nos sustenta, ni el comercio y la industria pudieran florecer, ni el acarreo y las artes de edificar se conocieran, ni el hombre, en fin, fuera otra cosa que un ser aislado, pobre, sin medios ni energía, como perdido por el ancho mundo, y apenas diferente en su desnudez y miseria de las bestias mismas que ahora bajo su mano le alivian, enriquecen y multiplican inmensamente sus comodidades y la esfera asombrosa de su actividad. Por eso las leyes las celan y defienden con tanto cuidado, y persiguen tan severamente su abigeato. En ellas, pues, tiene este yerro su pena señalada; y a Vuestra Alteza no le es dado otra cosa que pronunciarla ahora, y aplicársela al reo con igualdad inalterable para su propia corrección y escarmiento de los demás. Todos así mirarán a las bestias no como perdidas por los campos y sin defensa alguna, sino bajo la guardia y sombra de las leyes; éstas serán su principal y más vigilante custodia, y la indigna tentación de su robo recordará al instante el castigo y el nombre de Basilio que intimide y detenga la mano criminal y codiciosa.

Pero las pruebas y excepciones con que el reo se intenta defender, los hechos que por ellas resultan consignados en la boca misma de sus testigos, son desgraciadamente sus más terribles cargos, su mayor y más fuerte acusación, capaces ellos solos de apagar hasta en el corazón más apocado y débil, no que en el espíritu de Vuestra Alteza tan constante como compasivo, aun aquella sensibilidad involuntaria y como maquinal que naturalmente nos arrastra a mirar con ojos de indulgencia los yerros y extravíos de cualquier criminal, a buscar, si es posible, pretextos que los cubran o lenitivos que los disminuyan, o a enternecernos por lo menos sobre su situación y sus desdichas. ¿Quién de ellos, Señor, en estas pruebas generales que se ofrecen y presentan por todos de hombría de bien, de sencillo y buen porte, de laboriosidad y aplicación, de recogimiento, de veracidad y conducta arreglada, no halla al instante como a la mano, y sin trabajo alguno, un testigo de abono que hace pomposamente un panegírico de su persona y buenas prendas y nos le pinta en su declaración como el hombre más asentado, el más cabal, el padre de familias más honrado, y el mejor ciudadano?

Como está por la ley en elección de aquellos a quien tangere la pesquisa, señalar los testigos de su prueba y presentarlos ante el juez73; como interrogado no suele concebirse sino generalmente y de manera tal que aun salvas las formas exteriores de la verdad puede por igual a todos convenir cuanto se pregunta y se responde, confundidos en una el hombre verdaderamente honrado con el criminal y aun el perverso, ¿quién de éstos hay tan desgraciado, tan aislado en sí mismo, y tan para poco y sin destreza que no cuente por suyo un amigo, un conocido, un hombre de éstos, no sé si con razón llamados buenos, en cuya boca están siempre nacidos la aprobación y el elogio de quienes les solicita, para apoyarse luego en sus palabras y cubrir con ellas sus delitos? Éste es un error tan dañoso como general, y que por desgracia aún cuenta valedores en los mismos que por su estado debieran corregirlo. Porque, si bien es cierto que el hombre de bien debe celar cuanto le sea posible los defectos y manchas de otros, como que en esta miseria, esta debilidad en que nacimos, esta ceguedad de las pasiones, esta corrupción general y fatal contagio del ejemplo, nadie hay que no las tenga, todos tropezamos y caemos; si bien es cierto que la moral y el Evangelio nos proclaman a una esta ley saludable de indulgencia y mansa caridad, tan útil, si no más, a aquel que la practica como al mismo cuyas flaquezas encubre y disimula, pero el interés de la verdad, la santidad del juramento, el augusto hombre de Dios interpelado y puesto por testigo, el constante derecho que tienen la inocencia y el público de conocer al malo para evitarle y prevenir sus tiros, todo nos pone, nos intima la santa y estrecha obligación de profesar sin rebozo esta verdad, y la aprobación o la censura74 cuando legalmente somos interrogados, sin que el vano temor, una compasión irracional, una caridad mal entendida jamás nos retraigan de hacerlo. De otro modo fuera siempre segura la suerte del perverso; perdería del todo el miedo saludable de verse conocido y descubierto; las leyes le protegieran y alentaran en vez de denunciarlo y perseguirlo; y hecho blanco continuo de su astucia y de sus malas artes el inocente, llegaría a atreverse con descaro hasta lo más sagrado. Éste es, Señor, un punto gravísimo sobre que me propongo llamar algún día toda la atención de Vuestra Alteza, para reconciliar, si me es posible, con la sana y acendrada moral, y las obligaciones sociales y las leyes, el falso celo y la opinión extraviada que tanto dañan hoy a los deberes de la santa justicia. Mas entre tanto, y volviendo a nuestro caso, en el estado actual de esta opinión todos los delincuentes encuentran dondequiera aquellos hombres malamente buenos de que he hablado, que o los disculpen o los santifiquen; todos los encuentran dondequiera, todos menos Basilio.

Y así, en la prueba, dicen de él sus testigos cuanto pudieran los enemigos más sangrientos: que le tienen por de mala y aun dañada conducta, sin honradez ni buena fe; que no gusta de aplicarse al trabajo; que vive vago y sin oficio alguno; que se vendió en la pasada guerra para servir por otro, dejando abandonada su pobre familia; que luego desertó de las banderas y huyó escalando la cárcel de Alcalá donde se hallaba preso; que anduvo tras esto prófugo y a escondidas, siempre sospechoso y mal notado, acordando por ello los testigos, miembros entonces de justicia, asegurar su persona y formarle causa criminal; que no consintió, en la confesión que allí hizo, se le anotase como desertor, sino más antes de ladrón, porque mejor quería (así se explican) ir por esto a presidio que no a servir al rey. ¡Torpísimo abandono de la vergüenza y honradez!, ¡vileza inconcebible sin una depravación del todo consumada, que ya en aquel tiempo no le era desconocido el robo por los dos o tres de que hacen memoria sus declaraciones! En suma, Señor, tan estragada es su conducta, tan fuera de razón, tan abandonada al vicio y al desorden, que en nada puede hallar disculpa ni indulgencia a los ojos de estos buenos y honrados labradores. Y, si como antes dije, y así es la verdad, que a todos nos tienen siempre fáciles los intereses de los reos para el disimulo y la piedad, ¿cuál será en sí la vida de este hombre desgraciado, cuánto su olvido de toda honradez, y cuán deplorable su abandono cuando de nadie los encuentra? ¿Qué hondas raíces tendrá el vicio en su alma, ni qué esperanzas podremos concebir de escarmiento y enmienda para lo venidero?

Yo, de mi parte, no concibo ningunas por el letargo y envilecimiento en que lo considero. Así que, a pesar de mi natural indulgencia, no puedo menos de clamar sin cesar, y excitar el celo y la justificación de Vuestra Alteza para que le castigue y escarmiente con todo el rigor de las penas que le impone la ley. Los robos cunden y se aumentan por todas partes escandalosamente; no se oye otra cosa en la boca de todos que quejas y clamores sobre ello, y hechos y atentados que justifican por mal nuestro esta triste verdad. Las personas se ven atropelladas, los caminos públicos salteados, las casas allanadas. Una ley75 nos encarga proceder con todo celo, cuidado y aplicación a la persecución, prisión, averiguación y castigo de los ladrones y gente perdida, deforma que se consiga la extinción de semejante gente, mejor en mi opinión dijera peste y ruina de los pueblos, y escándalo y baldón de la sociedad que no lo hiciere; y otra nos enseña que a veces para el ejemplo de la justicia se debe y conviene hacer mayor castigo76, olvidar del todo la piedad, exacerbar las penas, conformes en esto nuestras leyes con las sabias de la antigua Roma, que en los delitos reiterados y con los delincuentes de costumbre extendieron saludablemente hasta la capital sus penas menos duras en los primeros yerros77.

Hágalo así Vuestra Alteza en estos días de perversidad y latrocinio, si de veras anhela su mejora. Hágalo así para huir, si es posible, de otros más calamitosos y tristes a que nos vemos amagados; y dilate para ello su vista observadora por la dolorosa perspectiva que delante se nos presenta. La holgazanería, la válida cuanto vil mendiguez, estas dos pestes del individuo y de la sociedad se ostentan dondequiera con el mayor descaro a la sagrada sombra de la religión y la piedad, insultando con insolencia al hombre sensible y reflexivo, que prevé y aun calcula su triste paradero. Por esto, dice una ley recopilada78, no se pueden hallar labradores, y fincan muchas heredades por labrar, y viénense a ermar, y las industrias y talleres piden brazos que no pueden encontrar. El hombre, nacido para el trabajo, destinado a él por su soberano y próvido Hacedor en su estado de felicidad primitiva, condenado a sufrirlo después de su pecado, y a vivir del sudor de su frente criminal, y forzado por último a buscarlo para descargarse y endulzar el insoportable tedio que siente en la inacción, y mina y destruye su felicidad y su vida; el hombre, trabajador por naturaleza, por obligación y por comodidad, se olvida vergonzosamente de sus nobles destinos, de la ley saludable que tiene sobre sí, y corre como arrebatado de un torrente al ocio que le pierde, y con él al vicio y al delito.

Castigue, pues, Vuestra Alteza si quiere buenos ciudadanos, si desea restablecer sobre el sólido apoyo de las costumbres el augusto imperio de las leyes, y a su sombra la seguridad pública y la felicidad particular; castigue si anhela desterrar la vagamunda ociosidad, y tras ella el desenfrenado latrocinio; castigue este desorden, origen de otros mil. El hombre ocioso y vago en su torpe degradación y embrutecida miseria, abrigando en el pecho la inmoralidad y los vicios que acompañan siempre al abandono y la vileza, y sin freno ni miramiento alguno que regule sus pasos, no es ni ciudadano ni padre de familias. ¿Qué vínculos si no le enlazan con la sociedad y en ella le contienen?, ¿qué relaciones guarda con su parentela? O indignamente célibe y en esterilidad infame y corrompida, o padre por desgracia de otra generación de miserables, sin patria, ni hogar, sin pastor que le instruya en las leyes santas y doctrinas de la religión que profesa, sin sujeción a autoridad ninguna, libre por todas partes como las bestias de los campos y sembrando en derredor la peste y la laceria que lleva sobre sí, es un zángano inútil, una polilla destructora, que tras el mal ejemplo que continuo da, vive del sudor de otros, sin lo trabajar ni merecer, como dice la ley que acabo de citar79, consume así el producto de las clases laboriosas, y abruma y amenaza su propiedad, y con ella el bienestar común y la suerte y el honor del Estado.

Proteja Vuestra Alteza esta propiedad con el mayor cuidado, como fuente de riquezas inagotable, y cimiento solidísimo del edificio social, para que todos con su amparo la busquen y mejoren. En todas las naciones, desde la Antigüedad más remota a la civilización de nuestros días, el estado de esta propiedad, su honor o vilipendio, su mayor o menor firmeza y protección fueron siempre la más segura regla de la infelicidad o su opulencia. Llévenle una atención particular las bestias y ganados, sin cuyo auxilio la esfera y el alcance del hombre en sus cultivos y trabajos sería limitadísimo y cuasi ninguno el beneficio. Abandonados en los campos sobre el seguro de su mansedumbre, sin guarda muchas veces que los cele, y lejos por necesidad de la vista y cuidado de sus dueños, se hallan continuo expuestos a una ocultación criminal, y tientan al delito más poderosamente que otras cosas80. Por esto, debe ser con ellos la vigilancia más activa, más severa la ley que los defienda, para que el propietario pueda vivir seguro, contemplándolos siempre bajo su sombra protectora. Por esto, nuestra ley de Partida castiga su robo con tan exquisito rigor, y persigue tanto a los abigeos, que, como ella dice, se trabajan mas de furtar bestias o ganados que otras cosas81. Por esto, los castigó antes aún con mayor severidad la ley romana con la muerte, o echándolos a las bestias, a las minas, a los trabajos públicos82; y acumuló sobre ellos las acciones que los perseguían, todo en favor del propietario83. Y, en fin, por todo esto el infeliz Basilio C. debe sufrir ahora la pena que le impone en nuestra 7ª partida la ley 19, tít. de los furtos, poniéndolo por algún tiempo, como ella se explica, a labrar en las labores del Rey, pues por su fortuna sus robos no llegaron a las cuatro yeguas, o otras tantas bestias que señala para que el abigeo deba morir por ende.

Sustráigalo Vuestra Alteza del lado y compañía de los hombres honrados, pues él no puede serlo. Sustráigalo por robador de bestias y como perdido y vagabundo, que así se lo manda la ley 6ª recopilada, del título de los ladrones. En el escarmiento de los malos se vinculan la seguridad pública y el bienestar de la inocencia. El árbol seco, la yerba venenosa, la planta parásita y estéril se deben arrancar, y cortarse el miembro corrompido para salud de los demás. Así que, Señor, este hombre abandonado, que por su mala vida, por su ocio criminal y pésima conducta no ha podido hallar ni un hombre de bien, ni un solo testigo que se atreva a abonarlo, no es digno ciertamente de la sociedad en que está; ni puede darnos esperanza alguna de que en adelante lo sea, volviendo al camino por medio de la pena, del bien, y del trabajo que olvidó. Viva pues, y respire lejos y separado de nosotros, el que sólo como la peste nos puede corromper.

No así don Juan de N., cuya prueba es tan otra y tan en su favor; cuyo delito nació sin duda de sus cortos alcances; y cuya larga prisión le ha hecho purgar sobradamente la culpable imprudencia de haber forjado las certificaciones que abonan las supuestas compras de Basilio. En él, pues, es dado a Vuestra Alteza ejercitar con fruto su natural compasión, como en el otro su severidad y justicia; y dar así en entrambos a los hombres un nuevo testimonio de que, castigando y perdonando, sabe Vuestra Alteza hacer que resplandezca esta santa virtud en todos los juicios, y velar igualmente sobre el bien general que le está confiado.



Arriba
Indice Siguiente