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Jaime Moll

El autor: Semblanza

Julián Martín Abad
(Publicado en Julián Martín Abad, Jaime Moll. Semblanza y bibliografía, Madrid: Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2012, pp. 21-40.)

Quizás sea tarea sencilla la de ofrecer la etopeya de Jaime Moll, pero no es tarea fácil. No pecaré de atrevido. Mi propósito es más concreto, ofrecer su bibliografía acompañada de una imprescindible contextualización. El lector encontrará algún recuerdo personal, inevitablemente.

Jaime Moll ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos el 30 de septiembre de 1954. Después de diez años largos sin oposiciones, aún admitiendo la tradicional endogamia como principio seleccionador, los cuarenta nuevos facultativos, compitieron en una dura oposición por varias razones: no era gravemente significativo el número de nuevos facultativos que procedían del Cuerpo Auxiliar de Archivos, Bibliotecas y Museos, concretamente 7, a los que había que añadir 9 facultativos interinos, y en cambio sí llama la atención el cuantioso número de doctores, 7, y de Profesores ayudantes de Cátedras, 15, siendo sin duda el número de becarios el más destacable, 18; la media de edad obviamente era alta, se situó en los 31 años; sin duda lo más llamativo eran las muchas publicaciones de casi todos los opositores.

El sistema selectivo fijado en el «Reglamento de oposiciones a ingreso en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos», aprobado el 14 de julio de 1953, respondía de hecho a la mentalidad conservadora y elitista que establecía que para ser bibliotecario facultativo, amén de la formación biblioteconómica y administrativa, era necesario conocer latín, paleografía, codicología e incunabulística. Se pretendía realmente seleccionar bibliotecarios completos, capaces de desempeñar todas las posibles especialidades. El Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas publicaba habitualmente una útil bio-bibliografía de cada uno de  los nuevos facultativos, acompañada además de una fotografía de carné, lo que nos permite concretar el curriculum vitae de Moll en ese momento: nacido en Barcelona, el 15 de febrero de 1926, era licenciado en Filosofía y Letras (Historia) por la Universidad de su ciudad natal (1948), siendo desde dos años antes becario del Instituto Español de Musicología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y habiendo pasado a la situación de colaborador y secretario del mismo Instituto en 1952. De los 40 nuevos facultativos, 28  procedían de las facultades de Historia de diversas Universidades, especialmente Madrid y Barcelona, pero él se singulariza entre sus compañeros de oposición por sus artículos especializados en  Anuario Musical  aparecidos durante los años 1950 y 1953. Presumo que fue en la Sección de Música de la Biblioteca Nacional donde permaneció los primeros meses como «funcionario en prácticas», tal como establecía la convocatoria de las oposiciones. 

Sin duda alguna fue muy apreciada la incorporación de un musicólogo al Cuerpo facultativo. Lo muestra la nota de Enrique Lafuente Ferrari, responsable del Departamento de Bellas Artes y Exposiciones, y por ello uno de los tres Vicedirectores de la Biblioteca Nacional,  cuando al señalar en su prefacio al catálogo de la primera de las exposiciones organizadas por dicho Departamento (creado el año anterior dentro de una meritoria y fructífera reorganización de la Biblioteca Nacional que no logró largueza), la Exposición de Música Sagrada Española, celebrada en noviembre de 1954, es decir un mes largo después del nombramiento de Moll como facultativo, cuando escribe: «El catálogo de esta selecta exposición musical ha sido confiado a la competencia de D. Jaime Moll, un joven especialista en musicología, recientemente incorporado a los trabajos de la Biblioteca. De esta oportunidad se congratula el Departamento de Exposiciones, que, como la Biblioteca toda en esta nueva etapa, ha de fomentar eficazmente la formación de especialistas en su deseo de utilizar todo valor positivo en la reorganización a fondo de nuestra Biblioteca Nacional, tan necesitada de estas colaboraciones que modernicen su vieja estructura». Cuando leemos la escueta nota introductoria al catálogo descubrimos un rasgo permanente en la personalidad del nuevo bibliotecario y, lógicamente, en su bibliografía: la ausencia de afán de protagonismo y la concentración en lo esencial, lo realmente necesario.

El musicólogo continuará ofreciendo artículos, informes, colaboraciones, etc., durante bastantes años, hasta 1975. Precisamente este año consigue el grado de doctor en la Universidad de Barcelona, con un trabajo sobre la notación musical visigótico-mozárabe; justamente ese mismo año presentaba una ponencia sobre «La notación visigótico‑mozárabe y el origen de las notaciones», en el I Congreso Internacional de Estudios Mozárabes, celebrado en Toledo. Su participación en uno de los volúmenes de la Miscelánea en Homenaje a Monseñor Higinio Anglés me permite señalar otro detalle que se desprende de su bibliografía: nunca faltará su nombre en los homenajes, en forma de libros, rendidos a compañeros y personas con intereses científicos cercanos  a los suyos. Podríamos pensar que publicó casi siempre cuando una causa especial le obligaba a una fecha de entrega y que la prisa nunca fue su consejera. El bibliotecario interesado en la problemática de las bibliotecas musicales y sus fuentes de información especializada, por participación personal en asociaciones y congresos, se muestra especialmente activo durante los años 1955 a 1957,  ofreciendo sus artículos e informes en el Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas. Son claramente circunstanciales sus trabajos sobre cuestiones biblioteconómicas, fruto sin duda de encargos, al igual que su participación en la Enciclopedia de la cultura española, que dirigió Florentino Pérez-Embid, o en la edición facsimilar, de carácter institucional, de un ejemplar de la edición zaragozana del Viaje de la Tierra Santa, de Bernhard von Breidenbach, del 16 de enero de 1498.

El primer y único destino de Jaime Moll como funcionario del Cuerpo facultativo ha sido la biblioteca de la Real Academia Española. Se incorporó en 1955, como sucesor del conocido latinista Bonifacio Chamorro Luis. Este destino profesional cambiará radicalmente sus intereses, pero no de inmediato como acabamos de ver. El punto de arranque de esta nueva orientación en su bibliografía personal es claramente el año 1964 y justifica asimismo su actividad docente en la Escuela de Documentalistas (Archiveros y Bibliotecarios) pocos años después. Claramente, el nuevo bibliotecario se fabrica a sí mismo  a la medida de la colección con la que ha de trabajar y de los lectores (en este caso sería mejor decir de los investigadores) a los que ha de atender.

La Escuela de Documentalistas, fue realmente el nuevo nombre, a partir de septiembre de 1964, que recibieron unos Cursos para la Formación Técnica de Documentalistas, Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, que venía impartiendo la Dirección General de Archivos y Bibliotecas desde hacía bastantes años. Ofrecía dos cursos, uno para Ayudantes de Documentación, de  un año, y otro para  Documentalistas, de dos años,  con asignaturas específicas  para la rama de Bibliotecas y para la de Archivos. En la primera de esas ramas se encargó de la asignatura de «Historia del Libro y de las bibliotecas», durante bastantes años, Matilde López Serrano, la conocida historiadora de la encuadernación española. La sucederá Jaime Moll, al menos en los dos últimos cursos, es decir en los años 1976-1979. Recuerdo perfectamente que en sus clases -yo cursé la asignatura de «Historia del libro y de las bibliotecas» el año 1977- se centraba especialmente en los problemas bibliográficos del libro [español] del Siglo de Oro. No sorprenderá, ya que poco después, en 1979, apareció su celebrado artículo  con ese mismo título. La Escuela funcionó hasta 1979 (con el nombre de Escuela de Bibliotecarios en el último año) y a partir de 1980 pasó a denominarse  Centro de Estudios Bibliográficos y Documentarios, desapareciendo definitivamente en 1985. En un folleto que se publicó en 1981, este Centro ofrecía un «Curso para postgraduados», entre los meses de enero y junio, y he encontrado el nombre de Jaime Moll entre los profesores encargados del «Área 3. Bibliografía y fuentes de información», que coordinaba Justo García Morales, en aquel momento director del desaparecido Centro Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico. Desconozco cuál era el campo de la bibliografía del que se encargaba en dicho Curso... La asignatura de historia del libro y de las bibliotecas aparece  incluida en el «Área 2. Historia de la Comunicación y de la Lectura», y en la relación del profesorado no figura Moll.

Continuó como director de la biblioteca de la Real Academia Española hasta el año 1987, en que se incorporó definitivamente a la Universidad Complutense de Madrid -venía ejerciendo allí la docencia primero como profesor adjunto, desde 1981, y después como profesor titular, desde 1983-, sucediendo a José Simón Díaz, en la Cátedra de Bibliografía. Su actividad docente no fue prolongada -se jubiló en 1991- y no es fácil determinar su eficacia. He podido concretar cuatro tesis doctorales dirigidas por él, supongo que las únicas: Fondos hispánicos en la Biblioteca Nacional de Viena, de Miguel Nieto Nuño (1988); La obra de Salvador de Madariaga: ensayo bibliográfico, de Elena Cenit Molina (1991);  Estudio bibliográfico de los textos profanos de prodigios en los Siglos de Oro, de Gonzalo Gil González (1994); y  Producción y comercio del libro en Santiago (1501-1553), de Benito Rial Costas (2006, en codirección con Luis Iglesias Feijoo, en la Universidad de Santiago de Compostela). En otros casos únicamente puedo servirme de mi memoria, pero no documentar la segura intervención más o menos directa de Jaime Moll para lograr que algunas alumnas trabajasen en bibliotecas portuguesas: el mejor ejemplo es la obra de Helena García Gil, Livros quinhentistas espahóis da Biblioteca da Academia das Ciências de Lisboa1.

La presencia de su nombre es obligada en todos los acontecimientos bibliográficos desde 1980 hasta su fallecimiento el 20 de octubre de 2011. Recordaré algunos.

En primer lugar su aportación al «Repertorio de Impresos españoles perdidos e imaginarios» (RIEPI), que se proponía -tomo las informaciones de una hoja suelta, firmada por Antonio Hurtado Torres, repartida a los asistentes a la «Primera Reunión de Especialistas en Bibliografía Local», de la que también daré noticia-: «enumerar todos los libros, folletos, pliegos y hojas sueltas de los que no se tiene noticia de su existencia en ninguna biblioteca pública española, señalando su localización si se encuentra en alguna biblioteca extranjera, y por otra parte, dar cuenta de aquellos impresos que se vienen citando en numerosos catálogo bibliográficos, pero de los que se duda de su existencia real, que serían los libros imaginarios». El trabajo surgió como consecuencia de un concurso convocado por el Ministerio de Cultura, a cuya convocatoria acudió el Departamento de Bibliografía de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, cuyo director era, como sabemos, José Simón Díaz. Jaime Moll aportó una cuantiosa relación de «Comedias sueltas no identificadas».

Los días 26-28 de mayo de 1983 se celebró en Madrid la ya recordada «Primera Reunión de Especialistas en Bibliografía Local», a la que asistieron buen número de representantes de los Centros de Estudios Locales y otras muchas personas pertenecientes o muy relacionadas con el Departamento de Bibliografía de la Universidad Complutense de Madrid. En esa reunión está el origen de  un importante proyecto de investigación bibliográfica, materializado en un proyecto editorial hoy realmente detenido: «Tipobibliografía Española». Jaime Moll fijó un «Ejemplo de descripción de impresos», que hemos asumido los colaboradores del proyecto al construir las tipobibliografías de las diversas localidades. Este proyecto llegaría, andando años, a la creación de la «Asociación española de Bibliografía», concretamente el 2 de febrero de 1988; Moll formó parte de la primera Junta Directiva como vocal, y de hecho ha continuado formando parte de las sucesivas Juntas Directivas, también como Presidente en algún momento. Desgraciadamente esta Asociación no ha respondido a las expectativas de sus fundadores. También Jaime Moll ha estado presente en las actividades del Instituto de Historia del Libro y de la Lectura, nacido a la par de dicha Asociación, sin duda mucho más exitoso, como lo ponen de manifiesto sus congresos y publicaciones. Era la suya una presencia obligada, también en cursos de carácter profesional, pero lo mejor de su talante y su sabiduría se descubría en la conversación sobre tal o cual problema bibliográfico que uno se encontrase en su investigación. Siempre disponía del tiempo necesario y también de los datos útiles y precisos. Acumulo en la memoria un sinfín de encuentros, primero en la biblioteca de la Real Academia Española y en los últimos años en la Sala de Investigadores «Miguel de Cervantes» de la Biblioteca Nacional a la que acudía casi a diario.

Al recorrer su bibliografía nos encontramos en 1964 una primera entrega del catálogo de las comedias sueltas -«fórmula característica en la bibliografía dramática española», según sus propias palabras-  conservadas en la biblioteca a la que se  había incorporado como director varios años atrás. Descubrió sin duda que el estudioso interesado en este tipo de impresos no contaba, a la altura de ese año, con un repertorio mínimamente suficiente: sólo podía acudir al catálogo pionero de Paul Patrick Rogers2 y a los más cercanos de Ada M. Coe3, y de J. A. Molinaro, J. H. Parker y Evely Rugg4, y en el caso de las bibliotecas españolas, donde la presencia de ejemplares se sospechaba cuantiosa, únicamente a viejos trabajos como el de Eduardo Juliá Martínez en relación con la Biblioteca Pública de Toledo5. No sorprende, pues,  que Jaime Moll, conociendo la riqueza de su biblioteca en este tipo de impresos,  habiendo descubierto el nacimiento de interés tanto de bibliógrafos como de estudiosos del teatro español -en 1965 aparecerían varios catálogos, como los de William A. McKnight y Mabel Barret Jones6, y de B. B. Ashcom7- se animase a preparar un catálogo rico y útil, aunque recurriendo a un tipo de noticia del que luego se arrepentiría, según le oí más de una vez, pues en el catálogo no aparecen individualizados los ejemplares, ni históricamente ni por su localización. Sí en cambio llevó a cabo una importante tarea de identificación de los autores de muchas de las obras que se habían editado como anónimas, bajo la responsabilidad de «Un ingenio de esta corte» y otras fórmulas similares. La verdad es que, a pesar del tiempo transcurrido, de la importante aportación de algún bibliógrafo esforzado como William J. Cameron, y de la publicación de un conjunto realmente cuantioso de catálogos de colecciones de «comedias sueltas» en bibliotecas españolas, británicas y norteamericanas, especialmente, no disponemos de un catálogo colectivo definitivo. El catálogo de la  colección de la Biblioteca Nacional de España es aún una difícil asignatura pendiente.

Creo que hay un detalle significativo para justificar además la atención de Jaime Moll a este tipo de obras, al igual que a otras, como veremos, y es su interés personal por la sociología de la literatura, mejor sería decir por los hechos sociológico-editoriales. Este interés motiva sus estudios sobre las Partes y las Relaciones de comedias, e igualmente su atención, ciertamente pionera, a la Serie numerada de comedias sueltas de la imprenta valenciana de los Orga. Este artículo, publicado en 1972, es fruto anexo al catálogo de comedias sueltas antes comentado (declara expresamente haber utilizado también los dos recordados de las Universidades de Toronto y de North Carolina). «Ofrece la reconstrucción de la serie -en palabras del propio autor- un interés sociológico grande, como indicadora de una larga afición lectora de nuestro teatro del siglo XVII y primera mitad del XVIII, que ya se puede advertir en otras series -llamemos conservadoras- editadas en distintas ciudades españolas, mientras el último teatro del siglo XVIII y la traducción de obras extranjeras, a veces de éxito efímero, tienen una vida aparte, constituyendo muy a menudo series distintas. Ningún interés ofrecen la mayoría de las comedias de los Orga -principalmente las del Siglo de Oro- para las ediciones críticas. Su alejamiento del original -manuscrito o impreso- controlado por el autor las desvaloriza» (p. 366). En esta ocasión y en alguna otra más, anuncia la próxima publicación de la serie numerada ofrecida en Barcelona por el impresor y librero Carlos Gibert y Tutó, caracterizada por el hecho de «que reediciones de comedias de éxito o nuevas ediciones cubren los huecos de comedias pasadas rápidamente de moda», pero realmente no ofreció el resultado de su reconstrucción, y sí solo editó modélicamente un memorial del citado impresor y librero. Lo recuerdo para señalar otro rasgo característico en las investigaciones  bibliográficas de Jaime Moll: su utilización intensa de las fuentes archivísticas. No ha sido algo habitual, por desgracia, entre los bibliógrafos españoles. Su investigación en archivos  le  ha permitido igualmente el hallazgo de interesantes documentos impresos de interés bibliográfico, cuyo facsímil ha ofrecido en alguna ocasión, como por ejemplo la curiosa Memoria de los Romances, Relaciones, Historias, Entremeses, Estampas, Libros, y otras menudencias, que se hallan en Valencia en la Imprenta de Agustín Laborda y Campo, impresa hacia los años sesenta del XVIII.

Descubrimos, en estos primeros estudios sobre los antiguos impresos teatrales,  algún toque de atención, de especial interés como justificación de futuros trabajos. En «Las nueve partes de Calderón editadas en comedias sueltas (Barcelona, 1763-1767)», de 1971, dice: «Reservamos para otra ocasión el estudio de las ediciones contrahechas de las partes de las comedias de Calderón preparadas por Vera Tassis, aparecidas al agotarse las primeras ediciones originales y hechas a base de las comedias sueltas correspondientes, con portada y remedo de licencias falsificadas. De otros grandes autores clásicos también tenemos ediciones contrahechas realizadas por el mismo sistema. Lo lamentable es que sean consideradas como auténticas por algunos bibliógrafos  e investigadores» (p. 260). El énfasis es mío. Recordaré más textos de Jaime Moll que nos irán conduciendo a su pionero, inevitable y fundamental artículo  de 1979. Otro detalle de interés -recuérdese lo recordado respecto al modelo de noticia bibliográfica utilizado por Jaime Moll en su catálogo de comedias sueltas de 1964-: en su artículo de 1976, «Un tomo facticio de pliegos sueltos y el origen de las «Relaciones de comedias», descubrimos por primera vez su empleo de un tipo de noticia bibliográfica completa, plenamente identificadora, tanto de la edición como del ejemplar, habitual a partir de ahora en todos sus trabajos.

A partir de los primeros años setenta del pasado siglo la bibliografía de Jaime Moll nos ofrece casos o enredijos -término del que gustaba Antonio Odriozola y que yo he repetido gustosamente- bibliográficos certeramente resueltos o desenredados. Analiza los tipos y los tacos xilográficos, busca en los archivos, compara con ojo avizor ejemplares y reconstruye las pequeñas historias de los talleres de imprenta, sin olvidar nunca la historia general que puede condicionar sus actuaciones, pues sabe y lo declara que «la bibliografía española del siglo XVII y principios del siglo XVIII presenta un gran número de ediciones contrahechas y ediciones falsificadas». Por ello, «si el editor de textos pretende acercarse lo más posible al original del autor, precisa realizar un profundo estudio bibliográfico previo, estudio que, por otra parte, ofrecerá un gran interés para la sociología literaria y el conocimiento del ambiente editorial español de la época» («Sobre la edición atribuida a Barcelona de la "Quinta parte de Comedias" de Calderón», p. 213). En esta ocasión salía al paso de una opinión autorizada, la  del profesor S. E. Leavitt, opinión que desautoriza. Poco antes de la cita recordada había insistido en algo fundamental, que todavía en ocasiones se olvida: «Desde el punto de vista del moderno editor de obras de los siglos XVI y XVII, poco interés ofrecen las ediciones que no están basadas en los originales. Sus correcciones y variantes no son fruto de un contacto con el manuscrito original o con el autor, sino obra de los componedores o correctores de las imprentas» (p. 208). 

Aparece por primera vez, en 1974, en su breve artículo «Diez años sin licencias para imprimir comedias y novelas en los Reinos de Castilla: 1624-1634», concretamente en una última nota, el término muy repetido luego por Jaime Moll de bibliografía estructurada, en el sentido de hermenéutica tipobibliográfica y editorial que permitirá al editor actual conocer el valor de la versión textual de cada una de las ediciones. Precisamente la nota viene a concretar un comentario sobre la difusión de las obras literarias, en el que recordando la necesidad de descubrir las vicisitudes de los textos y de su transmisión,  señala literalmente que «en el estudio de las obras del Siglo de Oro no puede olvidarse la estructura política y administrativa de la España coetánea por su decisiva influencia en la legislación sobre el libro» (p. 103).

También en este año 1974 nos encontramos por primera vez con el término emisión (como equivalente del término inglés issue, en francés émission), tomado de la obra de Wallace Kirsop, Bibliographie matérielle et critique textuelle. Vers una collaboration8, en «El problema bibliográfico de la «Primera parte de comedias» de Tirso de Molina» (p. 88). Como ya he señalado en alguna ocasión, Jaime Moll aplica la hermenéutica tipobibliográfica y editorial a la vista de las conclusiones de otros estudiosos, en este caso un artículo de Ruth Lee Kennedy, aparecido justamente el año anterior9 e inmediatamente después de su lectura. Es sin duda consecuencia de una atención prioritaria y sostenida en pro de una metodología que como historiador y bibliógrafo -el doble aspecto es inseparable en su personalidad como investigador-, quiere brindar al editor de textos áureos, principalmente de los dramáticos. En una nota (p. 88) anuncia: «En un trabajo de próxima publicación estudiamos la tipología de las ediciones españolas de los siglos XVI y XVII, necesaria para establecer una bibliografía estructurada, base imprescindible de la crítica textual». Conviene tomar nota, para entender bien su modus operandi que, en una nota de este mismo trabajo sobre la edición tirsiana se alude ya a lo ocurrido en el caso de la edición contrahecha de las Novelas ejemplares cervantinas, Madrid, 1613, impresa en Sevilla, con la fecha 1614, estudio que publicará ocho años después, en 1982. La explicación nos la ha ofrecido, con su brevedad característica, el propio Jaime Moll en la nota que precede a la segunda y última recopilación de algunos de sus artículos dispersos, a la que luego aludiré, bajo el título Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro en 2011: «En  la segunda mitad de los setenta del siglo pasado, teníamos preparado un conjunto de trabajos encabezado por los  Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro. La situación editorial era crítica y gracias a la generosidad de la Real Academia Española publiqué en su Boletín (LIX (1979) 49-107) el trabajo inicial, mientras el resto de los trabajos se fue posteriormente repartiendo en otras publicaciones» (p. 7).

Jaime Moll se había propuesto ofrecer hacia 1979 un volumen con el título bien conocido de Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro con dos partes claramente separadas: una amplia introducción -el artículo publicado  en el Boletín de la Real Academia Española- y un conjunto de ejemplos prácticos de fijación de una bibliografía estructurada  de diversas ediciones. Nunca se propuso posteriormente rehacer ese volumen previsto, aunque la situación editorial fuera más adelante totalmente favorable, y no es fácil determinar qué ejemplos prácticos formarían esa segunda parte en la mente del autor. Ya hemos visto que con seguridad el estudio dedicado a la edición contrahecha sevillana de las Novelas ejemplares, Madrid, 1613, y tengo el convencimiento de que también el trabajo publicado en 1982 sobre «La primera edición de las «Novelas amorosas y exemplares» de María de Zayas y Sotomayor»), pues presumo estaba redactado en 1979 debido a una alusión que se incluye en un artículo publicado en ese año («Por qué escribió Lope La Dorotea: (Contribución de la historia del libro a la historia literaria»).

Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro es sin duda uno de los artículos más citados durante estos treinta años por bibliógrafos, filólogos e historiadores. Acudiré a una autorizada valoración ajena. Víctor Infantes, en una nota necrológica, que apareció primeramente en la prensa, pero que los amigos de Jaime Moll hemos recibido en forma de díptico bibliofílico, ha escrito: «Esta ancilar aportación, aparentemente un artículo de apenas 58 páginas en una revista profesional, supuso un antes y un después en la manera de entender el libro español antiguo. Era la primera vez que se aplicaban en España los presupuestos de la bibliografía material y la claridad de exposición, los ejemplos y la metodología aplicada marcó, indeleblemente, a todos los que leyeron aquellas páginas, plagadas de la erudición necesaria para quienes fueron capaces de reconocer la transcendencia de sus palabras. Nada ha sido igual en el entendimiento de los impresos españoles pretéritos desde la aparición de este luminoso estudio». 

No me resultó fácil  como director de la colección Instrumenta Bibliologica de la Editorial Arco/Libros, convencerle, en 1993, para editar la selección de trabajos aparecida al año siguiente bajo el título De la imprenta al lector: Estudios sobre el libro español de los siglos XVI al XVIII. Por supuesto fracasé en mi intento de incluir el artículo de 1979. Me insistió en que tenía ya comprometida la publicación de Problemas, pero lo cierto es que nunca llegó esa anunciada edición. En  2010, curiosa y sorpresivamente, ofreció él mismo para su publicación otro volumen de trabajos previos y otros inéditos. Mi único mérito ha sido en esa ocasión lograr, a través de Lidio Nieto, que el título del volumen fuera el del primer artículo del volumen. Estoy seguro que se le mencionaron a Jaime Moll, para convencerle, títulos curiosos de volúmenes en que se reunieron textos previamente publicados y se eligió como título el de uno de ellos, no siempre el primero del volumen: quizás Instrucciones para olvidar el «Quijote», de Fernando Savater, o Una cita con Borges, de José María Conget, ya no recuerdo. Problemas bibliográficos del libro del Siglo de Oro era el título necesario. La nueva versión del célebre artículo ofrece dos novedades: la incorporación de un primer apartado sobre «El proceso de impresión» y un «Esquema  de estructura bibliográfica» añadido al final, textos previamente publicados en 2000 y 2005. Se incrementa así sobremanera su eficacia didáctica.

A partir de 1981, junto a artículos que atienden a tipos de impresos de difícil control bibliográfico, las cartillas o los calendarios, los libros para todos, junto a artículos sobre diversas ediciones emblemáticas de los siglos XVI y XVII, podemos fijar dos nuevos campos que reciben una particular atención en la bibliografía de Jaime Moll: la valoración de la industria española adecuadamente contextualizada por la valoración de la europea, durante los siglos XVI y XVII; y el estudio en profundidad del material tipográfico de buen número de talleres de imprenta españoles, con especial atención al siglo XVIII. En este momento, al contrario de los años previos a 1979, la diversidad temática de sus artículos, en ocasiones capítulos de obras colectivas, responde en bastantes casos a encargos y no a un plan fijado por el propio historiador y bibliógrafo. 

Cierro, pues, mi comentario previo a su bibliografía, diciendo: gracias, compañero bibliotecario; gracias, amigo; gracias Maestro Moll.

[1] Lisboa, 1989.

[2] The Spanish Drama Collection in the Oberlin College Library. A descriptive catalogue. Oberlin, Ohio, 1940.

[3] «Sueltas in the Library of Ada M. Coe, Professor Emeritus of Wellesley College», Bulletin of the Comediantes, X (1958).

[4] A bibliography of «Comedias Sueltas» in the University of Toronto Library. Toronto, 1959.

[5] «Aportaciones bibliográficas: Comedias raras existentes en la Biblioteca Provincial de Toledo», Boletín de la Real Academia Española, XIX-XX [1932-1933].

[6] A catalogue of «Comedias sueltas» in the Library of the University of North Carolina. Hapel Hill, 1965.

[7] A descriptive catalogue of the spanish «Comedias sueltas» in the Wayne State University Library and the private library of Professor B. B. Ashcom. Detroit, 1965.

[8] Paris, 1970.

[9] «Did Tirso send to press a "Primera parte" of Madrid (1626) which contained "El condenado por desconfiado"?». Hispanic Review, 41.