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Jaume I i el Llibre dels Fets

Don Jaume, el rey que forjó la España plural

Per José Luis Villacañas Berlanga
(Universidad de Murcia)

Un antes y un después de la historia hispana

Jaume el Conquistador es el hombre decisivo porque marca el antes y el después en la formación de la Corona de Aragón, de la política hispánica y de la europea. Por mucho que su entorno creyera vivir en un tiempo continuo y repetido, él conoció el instante de la crisis, cortó el nudo gordiano de la continuidad y produjo algo increíble y nuevo. Por él hay una historia antigua y una historia nueva, una que no nos afecta tanto y otra que nos sigue determinando a través de los siglos. Sin embargo, no debemos confundirnos. Este sentido de la novedad también lo tenía el propio rey. Él era muy consciente de lograr cosas nuevas, que ningún rey anterior había hecho. Y sin embargo, aquí está la clave del asunto: en un tiempo donde todo debía repetirse, la novedad era una excepción. Desde luego, los hombres de la Edad Media sabían que el tiempo trae cosas nuevas y que los reyes deben hacerle frente con leyes innovadoras. Ya en el código de los visigodos se reconoce esta necesidad de mejorar las leyes –como las nuevas enfermedades requieren nuevas medicinas, decía, así sucede con los tiempos, que traen nuevos problemas y nuevas soluciones– y en el más antiguo de los textos jurídicos catalanes, los Usatges de Barcelona, también. Pero la novedad era siempre algo extraordinario y responder con lo debido era la demostración de un poder fuera de lo común. Por lo general, los hombres sencillos hacían lo que dictaba la costumbre. El hombre que se eleva por encima de ella y hace algo nuevo, ese debe tener poderes especiales y así debe ser reconocido por la comunidad. Por eso, si hace una ley nueva, debe ser apoyado por el consejo, la cort y el concilio de todos los sabios, prelados, hombres poderosos y buenos del reino. En esa capacidad de consenso se reconoce su excepcionalidad. Este es el hombre que merece ser recordado, el hombre de las hazañas, de los grandes hechos. Que el rey Jaume se veía a sí mismo de esta manera lo demuestra el sencillo hecho, pero también único entre nuestros reyes medievales, de que dictara su biografía en un libro que se llamó Libre dels feyts, de las hazañas, de aquellas acciones que, por su novedad, eran el índice de una vida extraordinaria.

Ahora bien, la única fuente de poder excepcional para este mundo medieval era la gracia de Dios. Sólo ella garantizaba los frutos de la acción humana. Sin ella, toda acción pasaba estéril. Jaume pensaba haber recibido ese carisma con más intención y fuerza que todos los demás reyes anteriores y esto se apreció en muchos detalles. Eso fue lo que la época reconoció dándole el adjetivo de fortunatus. Cuando miramos su vida, apreciamos que ese carisma fue experimentado por el propio rey como una intensa certeza de su propio derecho. Por eso siempre le acompañó la convicción de estar iluminado por un destino favorable y se supo en posesión de una claridad mental acerca de lo que era preciso hacer. La fuerza de tomar resoluciones inflexibles en los momentos oportunos no le faltó, como tampoco careció de la capacidad de medir la ocasión y de aprovechar las circunstancias sin mala conciencia. En suma, su carisma fue experimentado como esa potencia personal que, a nuestros ojos modernos, permite tomar decisiones cargadas de riesgo. El universo medieval, para el que Dios derrama su influencia con la fuerza de una evidencia social incuestionable, apreció que Jaume estaba apoyado e iluminado por el carisma directo del cielo y por eso le llamó afortunado. Para nuestro universo mental moderno, que interpreta esa vivencia del carisma como resultado de una personalidad excepcional en su autoridad y poder, Jaume es el hombre decisivo.

Señales

Muchos detalles acreditaron ese carisma y todos ellos quedan contados en su autobiografía. Pero no siempre él con su relato verbal, o quien ultimara la historia con algunos detalles cultos, era consciente de hasta qué punto se daban en don Jaume los esquemas de los tiempos heroicos. Sin duda, quien contó la extraordinaria forma de su concepción ignoraba que una aventura semejante a la que vivieron sus padres aparece en la vieja saga de Tristán e Isolda, cuando, para cegar el amor de Tristán hacia la protagonista, se le suministra un filtro que le permitirá engendrar un hijo con una mujer interpuesta y no amada, Brunigilda. La forma de ser recibido en el templo, bajo cantos corales que anuncian su gloria, tiene mucho de escena mesiánica y un anuncio de llegar a ser el caballero cristiano perfecto nos lo ofrece el detalle de su bautizo bajo la advocación del apóstol Santiago, el hermano guerrero de Cristo, el caballero blanco de Dios, la reencarnación del mito de los Dioscuros, los dioses Castor y Pólux. Una muestra de las pretensiones carismáticas de Jaume, inigualadas en la historia medieval hispánica, nos lo ofrece el sencillo hecho de que ningún otro rey se atreviera a llevar el nombre del apóstol. Que esta pretensión fue aceptada por Dios, y querida, lo demostró con creces el hecho de que permitiera morir al gran rey el 26 de julio. ¿Se precisaba un signo ulterior de que su vida había sido perfecta? Él había comenzado su existencia cristiana asumiendo el nombre de Jaume y moría, por una discreción bien comprensible de la providencia, el día siguiente de la fiesta del apóstol. Era, sin duda, una muerte bendita, protegida por el hábito cisterciense, en paz con Dios y los hombres, gozando de la dicha suprema de padre y de rey, que transmitía el poder y el consejo final con la temblorosa voz de la última fuerza ante los ojos emocionados de su hijo y heredero. En aquel día, en Alzira, sin duda pasaron por la mente del rey muchas acciones por las que un hombre normal habría sido juzgado y condenado. Al fin y al cabo, un hijo de su carne había quedado ahogado en el Cinca, por orden suya. Adulterios sin número jalonaban su existencia y no siempre había dado a la iglesia lo pactado. Pero de todo ello un Papa lo había dispensado en la solemnidad de un concilio ecuménico, en Lyon, un par de años antes. La hora y el día de la muerte, la fortuna de la victoria que le traía Pere, su hijo, sugería con fuerza la última benevolencia divina y la sentencia de perdón.

Entre este alfa y esta omega, su vida estuvo cargada de señales. Una, que ha pasado desapercibida a los intérpretes, nos la ofrece esa historia, tan extraña, de la piedra dejada caer sobre su cuna. Oigamos al propio rey en su biografía: Sucedió al cabo de poco tiempo, que por una trampilla que daba encima de la cuna donde Nos estábamos, nos tiraron una piedra que cayó al lado de la cuna, pero no fue la voluntad de Dios que entonces muriésemos. (&5) Es desde luego un extraño suceso, que muestra la existencia de una mano anónima asesina. Sin duda, quien lo narró quizá se acordaba de una vieja historia del libro de Daniel en la que el protagonismo también lo tiene una piedra. Sería una piedra lanzada por mano no humana. Ella destruiría la estatua de oro y de plata, pero con pies de hierro y barro, que simbolizaba el falso poder de los babilonios que oprimían el pueblo de Dios. El sueño de Daniel es uno de los relatos más relevantes de la escatología cristiana medieval y fuente de inspiración de las corrientes apocalípticas, tan frecuentes en la época. La redacción de la Crónica de Jaume deja bien claro que aquella piedra, que alguien había dejado caer sobre su cuna, no era lanzada por la voluntad de Dios. Por eso había sido desviada de su curso y había quedado sin efecto. El niño Jaume no iba a tener los pies de barro ni iba a oprimir a su pueblo. Eso quería decir el que introdujo ese extraño suceso en su biografía. Aunque el relato no le pone nombre al autor de este hecho, todo el inicio del Libre dels feyts nos ha dejado pistas sobre quién estaba detrás. La profecía de Daniel identificaba esa piedra con el nuevo rey-Mesías cuyo reino no sería dado a ningún otro. En el parágrafo 11 de la Crónica se nos relata las Cortes iniciales de Lérida, de 1214, con un niño-rey de apenas 6 años. Allí se reunieron todos los nobles de la Corona, menos don Ferran y el conde Sans, que esperaban usurparnos el reino. Eran este don Fernando, abad de Montearagón, el hermano de Pere II el Católico, el padre del rey. Sans, por entonces conde de Roselló y Provenza, era hermano de Alfons II el Casto, y el candidato más fuerte a ocupar un trono que iba a quedar en manos de un niño de seis años. Sin embargo, el reino no sería dado a ningún otro que a este hijo no deseado, indefenso, cuya cabeza había quedado milagrosamente a salvo, porque alguien había desviado la trayectoria de la piedra lanzada sobre él.

¿Resulta excesiva esta vinculación entre el rey Jaume y el rey-Mesías de un Israel que, según el libro de Daniel, habría de liberar a su pueblo oprimido y dejarle regresar a su tierra? Veamos lo que dice el arzobispo Espàrrec de Tarragona, cuando se alza en medio de las Cortes de Barcelona en que se acordó la conquista de las Baleares: Viderunt oculi mei salutare tuum: estas son las palabras de Simeón al recibir al Señor en sus brazos, las cuales significan: Han visto mis ojos tu salud.... y así los míos ven la vuestra. (Llibre, &52). Simeón es el equivalente a Espàrrec, como Cristo es análogo a don Jaume. Pero todavía más explícito en la comparación fue Berenguer de Palou, el obispo de Barcelona. A nadie mejor que a vos, señor, puede aplicarse aquella visión que el Padre envió a nuestro señor Jesucristo, hijo de Dios, y que se llamaba excelsis; y en la que aparecieron nuestro Señor, hijo de Dios, Moisés y Elías al apóstol San Pedro (...) y vieron que bajaba del cielo una nube y se dirigía contra ellos, dejándose percibir estas palabras: ¡Ecce filius meus dilectus qui in corde meo placuit! Tal es la semejanza que podemos aplicaros a vos mirándoos como hijo de nuestro Señor.... Palou no hacía de don Jaume un rey-Mesías, pero lo pensaba en analogía con él y le atribuía un poder semejante al mesiánico, derivado directamente de Dios como hijo de nuestro Señor.

Humillaciones iniciales

Pero volvamos a los que le disputaron el trono. Fernando de Montearagón representó en la infancia del rey, y durante mucho tiempo dirigió los intereses de la casta de los ricos hombres aragoneses. Sans representaba la vieja nobleza señorial catalana, repartida en condados que reconocían el de Barcelona como el primero de ellos, pero poco más. Ninguno de ellos lo quiso y por eso Inocencio III tuvo que brindarle la protección de sus templarios en el alto Monzón. Mientras fue niño jamás le fueron leales. Toda la vida del rey está marcada por esta hostilidad inicial, por esta humillación. El rey recordará que tras las Cortes de Lleida, camino de Monzón, en 1214, no tenía de qué comer. Todo el patrimonio real estaba incautado, embargado, perdido. Pero con ser pesada, aquella no fue una humillación tan grande como la de Zaragoza, donde el joven rey, de apenas catorce años, junto con su primera esposa, Leonor de Castilla, fue detenido por sus más altos nobles. El joven matrimonio tuvo que ver cómo los hombres de Ahonés pernoctaban en su misma estancia. Allí fue sometido a una presión sin límites. Allí les fueron retirados una vez más sus poderes. Tras aquella humillación, la vida de los jóvenes se hizo imposible. Leonor avanzó sola hacia Las Huelgas, de donde no volvería a salir. Jaume fue todavía durante unos años un juguete en manos de los grandes. Nunca como entonces fue vigente aquella máxima, aquel lamento que recorre la Edad Media: ¡Ay del reino cuyo rey es un niño!.

Las señales no fueron en todo este tiempo sino dificultades. Pero estaban allí para que brillara con más fuerza el milagro de un reinado que, como todo lo propiamente mítico, antes se tuvo que presentar como improbable. Y así fue. Como Federico II de Sicilia, aquel niño llegó a rey por la fuerza de su propia conciencia, de su propia convicción, por el sentimiento íntimo de la realeza que le acompañaba desde el principio. No faltaron sucesores a aquellos dos grandes nobles, ni fue menor su hostilidad al rey. De hecho, esa batalla contra la alta nobleza aragonesa y catalana fue continua a lo largo de su vida. Todas aquellas ingentes dificultades debieron venirle a la conciencia el día postrero de su entrega de poderes a su hijo Pere, en Alzira. Los obstáculos habían sido sobrehumanos, pero él los había vencido todos. Omnis laus in fine canitur, dice el inicio del Libre del rey. Y añade: Y así quiso el señor que se verificase en nosotros, cumpliéndose lo que dice el apóstol Santiago, para que hasta el fin de nuestros días se conformasen nuestras obras con nuestra fe. Era, desde luego, la certeza de un triunfador, de un elegido, de un afortunado.

Una vida plena

¿Tenía razón el rey al idealizar su vida o era mera propaganda, la proyección de una imagen que venía a cubrir lo que no podía ignorarse, a saber, que el reino en el momento de la muerte de Jaume estaba en llamas, que Pere tenía que luchar contra los sarracenos de Montesa, contra los magistrados valencianos, contra los ricos hombres aragoneses, contra algunos nobles catalanes, y luego contra los franceses y contra el Papa? Es verdad: el reino estaba en dificultades a la muerte. Pero eran las dificultades anteriores a la estabilidad, la víspera de una grandeza que a él más que a nadie era debida y que sería reconocida por Europa entera. Para comprenderlo sólo debemos hacernos esta pregunta: ¿qué era esa misma Corona a la muerte de su padre, Pere II, en Muret? Con franqueza, tras Muret todo era posible, incluso la disolución de los vínculos de la Corona. ¿Acaso habían acudido a la cita contra Simon de Monfort los nobles aragoneses? Pere entabló batalla aquel día de septiembre de 1213 porque un caballero como él, que había destruido a los benimerines de Las Navas, no retrocedía ante nada. Pero sabía que estaba solo. Militar arrojado, hombre gentil, Pere era un gobernante imprevisible y variable que no supo dominar la situación del Mediodía, ni mantener una política coherente con la Iglesia, ni embridar el principio de dispersión feudal de los nobles vinculados a la casa de Barcelona, fueran los tolosanos o los provenzales. Al final de su carrera veía a su reino feudatario de Roma, sus ricos hombres posesionados de la administración de las grandes ciudades aragonesas, su fisco arruinado, su influencia al norte de los Pirineos anulada, sus nobles asentados en el principio del señorío. Entonces, Aragón fue una Corona por la decisión de un hombre central en la Historia de Europa, Inocencio III. Roma mandó a su legado, Pedro de Benevento, quien reunió Cortes unitarias de catalanes y aragoneses por primera vez en Lleida, logró paces y treguas en Cataluña, mucho más cohesionada por obra del prestigio espiritual de Tarragona y de Espàrrec, presionó a Sans para que abandonara la política de venganza contra Simon de Monfort y retirara su apoyo a los restos de la herejía cátara, separó al joven Jaume de este tío abuelo, lo entregó al Temple, de precisa obediencia papal, y garantizó que Francia no extendería su influencia por la Península Ibérica.

Este fue el terreno de juego que se encontró Jaume cuando obtuvo conciencia de su realeza. Si llegaba a usar su potestas, si quería conseguir una auctoritas, tenía que aceptar aquellas reglas de juego que los grandes poderes de la época habían diseñado en el momento de la máxima debilidad de su reino. Pero las reglas en sí mismas no podían ponerse en cuestión. La decisión por el sur hispano es el resultado de un cristalizado de fuerzas en el que estaba implicada Europa entera. El rey Jaume lo aceptó como un hecho inapelable del destino. A fin de cuentas, él era rey por ese mismo cristalizado de elementos. Así que no podía luchar contra las propias bases de su poder. Desde entonces resultó muy evidente, al menos para los dirigentes del reino, que la clave del reinado estaría en la capacidad de impulsar una expansión política hacia el sur que permitiera neutralizar la hegemonía castellana. La recuperación del protagonismo en el sur de Francia sólo podría emprenderse si las espaldas castellanas estaban cubiertas, de uno u otro modo. Aquí, Jaume lo intentó todo. Primero atraerse la benevolencia de Castilla, que ya había dado sus frutos en tiempos de Alfons II. Luego, al fracasar su boda con Leonor, los intentos de reunificar Aragón y Navarra, con su tratado de mutuo ahijamiento con Sancho el fuerte, el compañero de su padre en la batalla de Úbeda. Después, los intentos de casarse con la hija de Alfonso IX de León, exigiendo como dote el reino entero que, así, no habría pasado a Fernando III, reunificando los dos reinos hispano-occidentales. Ambos intentos eran más bien extremos y mostraban más una voluntad que un método. En realidad, lo único que quedaba por ensayar, y lo único que dependía de las propias fuerzas, era la expansión de conquista sobre los territorios sarracenos del sur, ya incapaces de oponer una gran resistencia militar.

Sin embargo, sólo un reino unido podría iniciar aquella ofensiva hacia el sur, capaz de dar a la Corona un poder suficiente que Castilla respetase. ¿Pero era el suyo ese reino unido? Desde luego, no lo era. La decisión y la ambición de Jaume era, desde luego, aprovechar cualquier base unitaria para multiplicar esa misma unidad, ampliarla, extenderla. Cuando Jaume resolvió el problema de Urgell, apenas con veinte años, se encontró al frente de una mesnada suficiente, con prestigio, en un instante de paz, con una Cataluña unida. No se ha señalado lo suficiente, pero entre la solución del primer conflicto de Urgell de su reinado y el inicio de la empresa de Mallorca apenas pasan unos meses. La inercia del prestigio logrado en Urgell llevó a confiar en aquel rey que, contra todo pronóstico, se había hecho con la situación. Las Cortes de Barcelona de 1228 lo confirmaron. Desde entonces, desde la conquista de Mallorca, de Borriana, de Valencia, y al fin la de Xàtiva, y prácticamente hasta la insurrección de Al-Azrach, en 1253-4, el rey no se quitaría la espada del cinto. Fueron veinticinco años y en ellos sus fronteras ya habían alcanzado las líneas previstas en los viejos tratados de Tudilén y Cazola. La Corona de Aragón quedaba constituida en sus territorios hispánicos. Y no sólo en ellos. La política de intervención en Sicilia quedó asegurada, la paz con Francia firme, las relaciones con el Papado asentadas, las primeras rutas hacia el Este abiertas con la cruzada que el rey impulsó y que ultimó su hijo Sánchez de Castro.

Cuando vemos la Corona a punto de disolverse en Muret, en manos del principio de dispersión feudal, y la comparamos con esta Corona consolidada, reconocida, respetada en Europa, sin la que Castilla no puede detener las continuas invasiones benimerines, nos damos cuenta de la obra ingente de este rey, que en el curso de su vida había constituido un territorio político de formidables posibilidades. Es verdad que nadie había conocido un rey de Aragón tan poderoso y esto no podían aceptarlo sin resistencias sus ricos hombres aragoneses y sus barones catalanes. Pero el principio real no se imponía con pretensiones informes, desmedidas. Al contrario: se hacía fuerte, él y sus ciudades aliadas, de la mano de un derecho moderno, racional, capaz de dar garantías a los procesos y a las magistraturas electivas. Así, el rey codificó los Fueros de Aragón en 1247, fortaleciendo luego la impresionante figura del Justicia en las Cortes de Ejea, una institución única en Europa y admirada todavía por Spinoza en el siglo XVII. Así, estableció una interpretación de los Usatges que disminuían las pretensiones señoriales de la nobleza, disciplinaban su inclinación perenne a la violencia y canalizaban su transformación en administración militar del reino. Igualmente, garantizó fueros anti-señoriales a los mallorquines, tan avanzados que Álvaro Santamaría ha podido hablar de ellos como inspirados en un espíritu casi democrático. Por fin, entregó a Valencia la condición de universitas valentina con fuero propio, de vigencia territorial y no personal, pactado a perpetuidad entre el rey y los representantes de sus ciudades mediante un contrato expreso. De esa manera, garantizó el principio de autonomía de sus territorios, mantuvo una política de equilibrio entre ellos, impidió que los ricos hombres expandieran su poder señorial y colonizaran la costa valenciana a la manera del Alto Aragón. Sin duda, eso hubiera sido un desastre político y social. Para detener estos intereses, ya en ese tiempo representativos de un modelo arcaico de reino, el rey insistió en mantener Valencia bajo la influencia catalana que, por lo demás, había sido radicalmente necesaria para su conquista. Pero las ciudades aragonesas y sus hombres, desde Zaragoza hasta Teruel, pasando por Daroca y Calatayud, fieles a Jaume en toda situación, siempre gozaron de una presencia clara en el suelo de Valencia, un territorio en el que se hermanaban las dos culturas de los territorios de la Corona, aunque bajo la hegemonía de la influencia catalana. Sin embargo, la política del rey era una verdadera política de Corona, no de territorios. La prueba es que tuvo enfrente varias veces, igual que su hijo Pere el Gran, conjuras conjuntas de la alta nobleza aragonesa y catalana.

Que la suya era una política consciente, se puede ver en la famosa conversación con Alfonso X, de regreso de la boda de su hija Violante con Fernando de la Cerda, en la frontera de Tarazona, en aquella semana en la que Jaume le dio los famosos siete consejos a su yerno, a los pies del Moncayo. Que su apuesta por una política de equilibrio y colaboración con Castilla estaba diseñada desde una clara conciencia de las necesidades expansivas de su propia Corona por el Mediterráneo, se vio claro en el asunto de Sicilia, en el desafío a la Casa de Anjou, contra Francia y contra el Papa. Esa cooperación, mantenida en la época de Sancho IV, permitió que Pere el Gran pudiera enfrentarse a la peor constelación de fuerzas políticas internacionales sin que Castilla pusiera la mano en un solo castillo de frontera. Al tener las espaldas cubiertas, Pere salió triunfante. En realidad, con cierto sentido, podemos decir que el sistema de fuerzas y de objetivos políticos vigente en la época de Jaume-Pere y Sancho IV ya será el constitutivo de la Monarquía Hispánica en la época de Fernando II. El caos de la monarquía castellana impidió avanzar por este camino histórico de manera inmediata, mientras la Casa de Barcelona se ordenaba como una gran monarquía pre-moderna de fuerte influencia europea. Pero la Historia jamás hace su recorrido en vano. Las sendas perdidas siempre se acaban reencontrando.