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Jaume I i el Llibre dels Fets

Rutes del reinado de Jaume I

Per José Luis Villacañas Berlanga
Universidad de Murcia

Es preciso confesarlo: Jaime, nuestro rey Jaime, ha sido juzgado con reservas por aragoneses y catalanes. Unos, los primeros, mantienen vivo el rescoldo de las viejas brasas. Cuando se profundiza en los sentimientos –y los aragoneses, gente franca, los tienen a flor de piel– el reproche no tarda en aparecer: don Jaime no cumplió la promesa de entregar Valencia al dominio del Fuero de Aragón. Las duras y esforzadas tierras aragonesas se quedaron sin salida al mar. Este sería el sentimiento básico. Es lo de menos que nunca hubiese promesa a los aragoneses de integrar Valencia en su orden jurídico. Es lo de menos que esta reivindicación fuera sólo la de los ricos hombres, y no la de las villas aragonesas. Los clichés históricos son así y cuesta mucho trabajo moverlos. Por su parte, los catalanes tampoco dejan de torcer el gesto cuando se trata de una valoración de Jaime. Para ellos, los más, el rey conquistador significa el final de los viejos ideales de influencia sobre la Provenza y el Midi francés. Desde luego, algunos, los menos, tampoco se sienten del todo conformes con su decisión a favor de un reino de Valencia con plena identidad institucional y constitucional. Así que, esa es la verdad, sólo este viejo reino se siente plenamente identificado con la obra de don Jaime.

Esta identificación es la fuente de su intensa memoria entre nosotros. Incluso de su dimensión mítica, como corresponde a un padre fundador. Los que firmaron con él en 1261 el pacto constituyente de la «universitas valentina», dándose derechos y deberes recíprocos de respeto a los Furs y a las instituciones del reino, creían estar subscribiendo un acto de derecho natural y, en la comprensión medieval, tales pactos tenían un valor sencillamente eterno. Hoy nos cuesta trabajo hablar de eternidad, pero incluso hoy se intuye que allí se subscribió un pacto más bien permanente. La historia no ha dejado de repetirlo: el apego de los valencianos a sus instituciones -Corts, Consell, Jurats- ha estado regido por la fidelidad. A veces, aquellas se habían contraído a meros símbolos y a ellos le dieron los valencianos su intenso afecto. Otras, como la presente, esas instituciones fueron operativas y a ellas le entregaron además su trabajo y su ingenio.

Esta identificación entre rey y reino fue consciente para los mismos actores. Don Jaime pronto vio que Valencia era su mejor obra y su mayor hazaña y los valencianos pronto exigieron el reconocimiento por parte de la autoridad real de su fraternitas, de su germanitas. Esa era la condición básica que permitía su unión. Y aunque en tiempos de don Jaime, la frontera del reino todavía se lanzaba a lo largo de esa línea recta que, desde los llanos de Almizra, cerca de Villena, a los pies de las montañas de Biar, llega hasta Calpe, atravesando los valles que por detrás de Onteniente llegan hasta Cocentaina y desde allí se internan hacia el mar, siguiendo siempre la mole del Benicadell, de la Peña Cadiella del Myo Cid, fue el propio Jaime el que dispuso las cosas para la posterior expansión territorial, la que llevaría a cabo su nieto Jaime II, de la que ahora se han cumplido los 700 años, dejando el reino en la frontera del Segura hasta Guardamar. Y no sólo por el pacto matrimonial entre su hija, la infanta Constanza, y el infante don Manuel de Castilla -que implicaba una autonomía de aquellas tierras con clara influencia de la Corona-, sino por el sencillo hecho de que tras la gran rebelión musulmana de 1264 fue él, Don Jaime, quien las tomó y hasta cierto punto las repobló de cristianos para su yerno, Alfonso el Sabio. Aquí, como es sabido, la política de Jaime II recibió una profunda inspiración de la de su magno antecesor.

Cerremos estos detalles históricos. No cabe duda de que el reino de Valencia, políticamente, es hechura y constitución de don Jaime. Sin embargo, esto se puede demostrar de muchas maneras. Un observador poco atento, podría tener la impresión de que el rey Jaime lo organizó todo desde su palacio de Valencia, con su consejo de ricos hombres y prelados, con su legión de notarios y de letrados. Es fácil que alguien, imaginando aquellos días, piense en la realidad valenciana como el territorio ordenado, rico y poblado que vemos hoy. Se equivocaría. Para entender la obra de Jaime tenemos que recrear muchas distancias históricas. Debemos procurar que surja ante nuestra vista una tierra en mutación, en cambio. Como el azogue, van y vienen los hombres, cambian de manos las cosas, nombres latinos tachan los caracteres coránicos, nuevos mojones se colocan en las lindes, unas casas se levantan y otras se hunden. La conquista, a veces violenta, a veces pacífica, siempre agita las poblaciones, los cultivos, las tierras, las ciudades. En ese momento crucial, en que los conquistadores venidos de todas partes liquidan sus bienes y marchan a los lugares de origen, o se enrolan en nuevas aventuras, y todavía no han llegado las gentes que construyen, enseñan, predican, legislan, cultivan, venden y compran, en ese momento decisivo, en ese instante que es el verdadero punto cero de la Historia, en el que un mal paso cuesta siglos de recuperar, ahí, en ese instante, en ese escenario, debemos imaginar al rey y valorar su empresa.

Entonces podemos decir que todo se sostuvo por su esfuerzo hercúleo. En perpetuo movimiento, a veces con un séquito mínimo, sin impedimenta, improvisando la comida como un paisano al pie del caballo, repartiéndose con sus ayudantes un poco de queso y de pan, protegido por el único escudo de su autoridad, el rey vuela por los caminos de las tierras valencianas, de una parte a otra, con la celeridad del rayo, atendiendo lo necesario e incluso lo conveniente. Y esta serie de fascículos lo muestra. Ni el más humilde rincón de las tierras valencianas ha dejado de ser pisado por el rey. Si tuviéramos una descripción secuencial de sus viajes y desplazamientos por tierras valencianas, nos parecería un tormento tanta movilidad, tanto vértigo, a nosotros, que vamos motorizados a todos sitios. No: el rey Jaime no ha constituido históricamente el reino de Valencia desde un gabinete y desde un pacto de Cortes. Lo ha hecho a uña de caballo, abriendo caminos, identificando paisajes, reconociendo lugares. Todavía el lector de su autobiografía se emociona de su descripción de la vega de Játiva. Todavía parece saltar con él entre las acequias cuando organiza los ataques de caballería en la huerta valenciana. Todavía puede pisar el camino que él abrió para ir desde el Puig al mar.

Otros sitios fueron origen de tristes experiencias. Fuera del horizonte valenciano queda su lejano nacimiento en Montpellier, su abandono en el laberinto lóbrego de Carcasona, su raída infancia en Monzón, las humillaciones de Zaragoza, con su primera esposa Leonor, incluso la zozobra de la conquista de Mallorca, con aquellos entierros transidos de dolor de los Montcada. Las tierras valencianas no fueron sino testigos de plenitud. La dudosa infancia de un hijo no deseado, ignorado, huérfano, o la trabajosa adolescencia de un rey humillado, quedan para otros escenarios. Valencia y sus tierras sólo iluminaron a Jaime con fama gloriosa. Jacobus Fortunatus, le llamaron desde que tomase la Magna Valentia. Y lo fue hasta el final, en esa resistencia heroica que se lo llevó bajo el ardiente sol de julio, en los llanos de Luchente, en la frontera, luchando contra los musulmanes, como siempre había querido, como un caballero cristiano. Luego, el viaje final, desde Játiva hacia Alzira, y desde allí hacia Valencia, ya con el hábito de Císter, en el último viaje, aquel en el que ya no vamos, sino que somos llevados.

Pero en medio de esa vida, desde el río Senia hasta el Segura, desde los picos Castelfabid y Ademuz hasta la llanura de Valencia, desde Morella hasta Orihuela, desde Benifassá hasta Elche, no hay camino en Valencia que no haya sido pisado por Jaime. El fundador, aquí, se eleva hasta la naturaleza del mito, como si sus pies creasen y abriesen la tierra de su reino al compás de sus pasos. De esta manera, su primer rey fue, sin duda, quien mejor conoció su reino y quien más sinceramente lo amó. Esas sendas y esos caminos son los que ahora todos los valencianos siguen, tras sus huellas. Lo que entonces fue un ingente esfuerzo, hoy puede ser un placentero viaje. Cuando, todavía impresionado por el esplendor de sus paisajes y de sus monumentos, el viajero repase sus vivencias sobre estas tierras valencianas, no olvide brindar por el hombre que fue pionero en su viaje, el primer testigo, el que gozó con toda intensidad de esos mismos sentimientos. En ese momento, se unirá el pasado y el futuro, el trabajo histórico propiamente dicho, que no puede tejer su delicada tela sin algunos hilos de fidelidad.