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Jerónimo López Mozo

Semblanza crítica: Apunte biográfico

Hijo de un telegrafista destinado a Gerona en castigo por haber permanecido fiel a la República durante la Guerra Civil, nací en aquella ciudad en 1942. A los cuatro años me trasladé con mi familia a Quintanar de la Orden, en Toledo, y otros tantos después a Madrid, donde fijamos nuestra residencia definitiva. No sabría decir cuándo pasé de la lectura de tebeos a la de novelas para jóvenes ni de la de estas a las de adultos, pero bastante antes de acabar el bachillerato ya estaba familiarizado con la obra de escritores como Chejov, Baroja, Blasco Ibáñez, Hansum, Curzio Malaparte, Juan Ramón Jiménez y Dostoyevski, entre otros. Casi al mismo tiempo, empecé a escribir: relatos al estilo de Julio Verne, que alquilaba por cinco céntimos a mis compañeros de clase; artículos para la revista mural de una biblioteca pública; y un par de obras de teatro. La primera, inspirada en los Diálogos de Platón, sobre la muerte de Sócrates; la otra, un alegato contra la guerra basado en Sin novedad en el frente, de Remarque. Pero mi vocación teatral surgió después de ver representada El diario de Ana Frank, en el teatro Español, creo que en 1957.

A partir de entonces, fui espectador de cuanto se representaba en los teatros madrileños; averigüé, gracias a Compañías de cámara y ensayo como «Dido, pequeño teatro» y a los grupos universitarios, que en Europa existía un teatro importante, que acabaría influyéndome; y Primer Acto fue, desde su aparición en 1957, mi revista de cabecera. En 1965 estrené por primera vez. La pieza se titulaba Los novios o la teoría de los números combinatorios y fue representada por el Teatro Universitario de Sevilla. En los cuatro años siguientes escribí una docena de obras que recogían, en mayor o menor medida, las enseñanzas de autores tan distintos como Ionesco, Beckett, Brecht, Artaud o Weiss. Entre ellas, Los sedientos, La renuncia, El testamento, Moncho y Mimí, Collage Occidental, Blanco en quince tiempos, Negro en quince tiempos, El retorno, Crap, fábrica de municiones, Matadero solemne y Guernica.

El período 1970-1975 fue rico en experiencias. Trabajé activamente con grupos independientes y universitarios, entre ellos el TEU de Murcia, dirigido por César Oliva, y el Teatro Lebrijano, por Juan Bernabé. Participé en creaciones colectivas y escribí obras en colaboración. En una, El Fernando, participamos ocho autores. No abandoné, por ello, la creación individual. Resultado de esa labor fue Anarchia 36, a la que siguieron otros cinco textos. La mayor parte de lo producido hasta entonces sufrió los rigores de la censura, aunque he de decir que algunas piezas fueron publicadas o llegaron a ser representadas por grupos que se arriesgaron a burlar los controles existentes. La dificultad para llegar a lectores y espectadores se vio compensada, en parte, con la obtención de varios premios que supusieron un estímulo nada desdeñable. Premios como el Sitges, el Nacional para Autores Universitarios o el Carlos Arniches me animaron a no arrojar la toalla.

El paso de la dictadura a la democracia, tan esperado, no supuso, contra lo que muchos esperábamos, el final de las dificultades. No se confiaba en los autores que habíamos crecido en una sociedad sin libertades. Pero yo tenía poco más de treinta años y, a esa edad, lo último que se me pasó por la imaginación fue jubilarme. Tenía cosas que decir, o así lo creía. De manera que proseguí mi andadura, teniendo muy presente que me esperaba una larga travesía del desierto y que las posibilidades de llegar a algún lugar eran escasas. Han transcurrido casi tres décadas desde que tomé la decisión de continuar, y de hacerlo, además, sin renunciar a mantener el compromiso político y social que me había guiado hasta entonces. No me corresponde a mí juzgar mi labor en este dilatado período. Pero sí dar cuenta de lo que llevo hecho. He escrito unas cuarenta obras, la mitad de ellas largas y, el resto, cortas.

Entre las primeras figuran Bagaje, D. J., Yo maldita india, Eloídes, Ahlán, El engaño a los ojos, Combate de ciegos, La Infanta de Velázquez, El arquitecto y el relojero, Ella se va, El olvido está lleno de memoria, Las raíces cortadas y Bajo los rascacielos (Manhattan cota -20) .

Entre las cortas, La diva, Viernes 28 de julio de 1983 de madrugada, Representación irregular de un poema visual de Joan Brossa, A telón corrido, Puerta metálica con violín, María Galiana (el sueño de una noche de teatro) y En aquel lugar de La Mancha.

Casi todas han sido publicadas y representadas, algunas traducidas a otros idiomas y no pocas premiadas. He obtenido, entre otros, el Castilla-La Mancha de Teatro, el Enrique Llovet, El Hermanos Machado, el Álvarez Quintero de la Real Academia Española, el Tirso de Molina, el Fray Luis de León, el Carlos Arniches, el Ciudad de San Sebastián y el Nacional de Literatura Dramática 1998. Son premios a obras concretas. Pero en poco más de un año he recibido dos reconocimientos a mi trayectoria teatral: la Medalla de la ADE por «mi dilatada dedicación al teatro como autor y partícipe en el debate intelectual y estructural que le es propio» y el homenaje de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos.

(De la introducción a La infanta de Velázquez, El Teatro de papel, Primer Acto, Madrid, 2006).