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ArribaAbajo- XXVII -

Hasta entonces había conseguido que Carlos no me hiciera confidencia alguna sobre las pretensiones que en mala hora para él lo habían llevado a casa.

Mas luego que nos encontramos solos en mi cuarto, donde me llevó pretextando deseo de descansar y de que leyésemos algo, conocí que iba a ponerme en la difícil situación de la cual había logrado escapar hasta allí a fuerza de maña. Se acostó en mi cama, quejándose de calor; y como le dije que iba a mandar que nos trajeran algunas frutas, me observó que le causaban daño desde que había sufrido intermitentes. Acerquéme al estante preguntándole qué deseaba que leyésemos.

-Hazme el favor de no leer nada -me contestó.

-¿Quieres que tomemos un baño en el río?

-El sol me ha producido dolor de cabeza.

Le ofrecí álcali para que absorbiera.

-No, no; esto pasa -respondió rehusándolo.

Golpeándose luego las botas con el látigo que tenía en la mano:

-Juro no volver a cacería de ninguna especie. ¡Caramba! mire usté que errar ese tiro...

-Eso les sucede a todos -le observé acordándome de la venganza de Braulio.

-¿Cómo a todos? Errarle a un venado a esa distancia, solamente a mí me sucede.

Tras un momento de silencio, dijo buscando algo con la mirada en el cuarto:

-¿Qué se han hecho las flores que había aquí ayer? Hoy no las han repuesto.

-Si hubiera sabido que te complacía verlas ahí, las habría hecho poner. En Bogotá no eras aficionado a las flores.

Y me puse a hojear un libro que estaba abierto sobre la mesa.

-Jamás lo he sido -contestó Carlos-, pero... ¡no leas hombre! Mira: hazme el favor de sentarte aquí cerca, porque tengo que referirte cosas muy interesantes. Cierra la puerta.

Me vi sin salida; hice un esfuerzo para preparar mi fisonomía lo mejor que me fuera posible en tal lance, resuelto en todo caso a ocultar a Carlos lo enorme que era la necedad que cometía haciéndome sus confianzas.

Su padre, que llegó en aquel momento al umbral de la puerta, me libró del tormento a que iba a sujetarme.

-Carlos -dijo don Jerónimo desde afuera-: te necesitamos acá -había en el tono de su voz algo que me pareció significar: «eso está ya muy adelantado».

Carlos se figuró que sus asuntos marchaban gloriosamente. De un salto se puso en pie contestando:

-Voy en este momento -y salió.

A no haber yo fingido leer con la mayor calma en aquellos instantes, probablemente se habría acercado a mí, para decirme sonriendo: «En vista de la sorpresa que te preparo, vas a perdonarme el que no te haya dicho nada hasta ahora sobre este asunto»... Mas yo debí de parecerle tan indiferente a lo que pasaba como traté de fingirlo; lo cual fue conseguir mucho.

Por el ruido de las pisadas de la pareja, conocí que entraba al cuarto de mi padre.

No queriendo verme de nuevo en peligro de que Carlos me hablase de sus asuntos, me dirigí a los aposentos de mi madre. María se hallaba en el costurero: estaba sentada en una silla de cenchas, de la cual caía espumosa, arregazada a trechos con lazos de cinta celeste, su falda de muselina blanca; la cabellera, sin trenzar aún, rodábale en bucles sobre los hombros. En la alfombra que tenía a los pies, se había quedado dormido Juan, rodeado de sus juguetes. Ella, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, parecía estar viendo al niño: habiéndosele caído de las manos el linón que cosía, descansaba sobre la alfombra.

Apenas sintió pasos levantó los ojos hacia mí; se pasó por las sienes las manos para despejarlas de cabellos que no las cubrían, y vergonzosa se inclinó con presteza a recoger la costura.

-¿Dónde está mi madre? -le pregunté, dejando de mirarla por contemplar la hermosura del niño dormido.

-En el cuarto de papá.

Y hallando en mi rostro lo que buscó tímidamente al decir esto, sus labios intentaron sonreír.

Medio arrodillado yo, enjugaba con mi pañuelo la frente al chiquito.

-¡Ay! -exclamó María-, ¿acaso vi que se había dormido? voy a acostarlo.

Y se acercó a tomar a Juan. Yo lo estaba alzando ya en mis brazos, y María lo esperaba en los suyos: besé los labios de Juan entreabiertos y purpurinos, y aproximando su rostro al de María, posó ella los suyos sobre esa boca que sonreía al recibir nuestras caricias y lo estrechó tiernamente contra su pecho.

Salió para volver momentos después a ocupar su asiento, junto al cual había colocado yo el mío.

Estaba ella arreglando los utensilios de su caja de costura, que había desordenado Juan, cuando le dije:

-¿Has hablado con mi madre hoy sobre cierta propuesta de Carlos?

-Sí -respondió, prolongando sin mirarme el arreglo de la cajita.

-¿Qué te ha dicho? Deja eso ahora y hablemos formalmente.

Buscó aún algo en el suelo, y tomando por último un aire de afectada seriedad, que no excluía el vivo rubor de sus mejillas ni el mal velado brillo de sus ojos, contestó:

-Muchas cosas.

-¿Cuáles?

-Ésas que usted aprobó que ella me dijera.

-¿Yo? ¿y por qué me tratas de usted hoy?

-¿No ve que es porque algunas veces me olvido...

-Di las cosas de que te habló mi madre.

-Si ella no me ha mandado que las diga... Pero lo que yo le respondí sí se puede contar.

-Bueno; a ver.

-Le dije que... Tampoco se pueden decir ésas.

-Ya me las dirás en otra ocasión, ¿no es verdad?

-Sí; hoy no.

-Mi madre me ha manifestado que estás animada a contestarle a él lo que debes, a fin de que comprenda que estimas en lo que vale el honor que te hace.

Miróme entonces fijamente sin responderme.

-Así debe ser -continué.

Bajó los ojos y siguió guardando silencio, distraída al parecer en clavar en orden las agujas de su almohadilla.

-María, ¿no me has oído? -agregué.

-Sí.

Y volvió a buscar mis miradas, que me era imposible separar de su rostro. Vi entonces que en sus pestañas brillaban lágrimas.

-¿Pero por qué lloras? -le pregunté.

-No, si no lloro... ¿acaso he llorado?

Y tomando mi pañuelo se enjugó precipitadamente los ojos.

-Te han hecho sufrir con eso, ¿no? Si te has de poner triste, no hablemos más de ello.

-No, no; hablemos.

-¿Es mucho sacrificio resolverte a oír lo que te dirá hoy Carlos?

-Yo tengo ya que darle a mamá gusto; pero ella me prometió que me acompañarían. Estarás ahí, ¿no es cierto?

-¿Y para qué así? ¿Cómo tendrá ocasión de hablarte él?

-Pero estarás tan cerca cuanto sea posible.

Y poniéndose a escuchar:

-Es mamá que viene -continuó, poniendo una mano suya en las mías, para dejarla tocar de mis labios, como solía hacerlo cuando quería hacer completa, al separarnos, mi felicidad de algunos minutos.

Entró mi madre, y María, ya en pie, me dijo:

-¿El baño?

-Sí -le repuse.

-Y las naranjas cuando estés allá.

-Sí.

Mis ojos debieron de completar tan tiernamente como mi corazón lo deseaba estas respuestas, pues ella, satisfecha de mi disimulo, sonreía al oírlas.

Estaba acabando de vestirme a la sombra de los naranjos del baño, a tiempo que don Jerónimo y mi padre, que deseaba enseñarle el mejor adorno de su jardín, llegaron a él. El agua estaba a nivel con el chorro, y se veían en ella, sobrenadando o errantes por el fondo diáfano, las rosas que Estefana había derramado en el estanque.

Era Estefana una negra de doce años, hija de esclavos nuestros: su índole y belleza la hacían simpática para todos. Tenía un afecto fanático por su señorita María, la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente.

Llegó Estefana poco después que mi padre y el señor de M***; y convencida de que podía acercarse ya, me presentó una copa que contenía naranja preparada con vino y azúcar.

-Hombre, su hijo de usted vive aquí como un rey -dijo don Jerónimo a mi padre; éste le repuso, a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos para tomar el camino de la casa:

-Seis años ha vivido como estudiante, y le faltan por vivir así otros cinco cuando menos.




ArribaAbajo- XXVIII -

Aquella tarde, antes de que se levantasen las señoras a preparar el café, como lo hacían siempre que había extraños en casa, traje a conversación las pescas de los niños y referí la causa por la cual les había ofrecido presenciar aquel día la colocación de los anzuelos en la quebrada. Se aceptó mi propuesta de elegir tal sitio para paseo. Solamente María me miró como diciéndome: «¿conque no hay remedio?».

Atravesábamos ya el huerto. Fue necesario esperar a María y también a mi hermana, quien había ido a averiguar la causa de su demora. Daba yo el brazo a mi madre. Emma rehusó cortésmente apoyarse en el de Carlos, so pretexto de llevar de la mano a uno de los niños: María lo aceptó casi temblando, y al poner la mano en él, se detuvo a esperarme; apenas fue posible significarle que era necesario no vacilar.

Habíamos llegado al punto de la ribera donde en la hoya de la vega, alfombrada de fina grama, sobresalen de trecho en trecho piedras negras manchadas de musgos blancos.

La voz de Carlos tomaba un tono confidencial: hasta entonces había estado sin duda cobrando ánimo y empezaba a dar un rodeo para tomar buen viento. María intentó detenerse otra vez: en sus miradas a mi madre y a mí había casi una súplica; y no me quedó otro recurso que procurar no encontrarlas. Vio en mi semblante algo que le mostró el tormento a que estaba yo sujeto, pues en su rostro ya pálido noté un ceño de resolución extraño en ella. Por el continente de Carlos me persuadí de que era llegado el momento en que deseaba yo escuchar. Ella empezaba a responderle, y como su voz, aunque trémula, era más clara de lo que él parecía desear, llegaron a mis oídos estas frases interrumpidas:

-Habría sido mejor que usted hablase solamente con ellos... Sé estimar el honor que usted... Esta negativa...

Carlos estaba desconcertado: María se había soltado de su brazo, y acabando de hablar jugaba con los cabellos de Juan, quien asiéndola de la falda, le mostraba un racimo de adorotes colgante del árbol inmediato.

Dudo que la escena que acabo de describir con la exactitud que me es posible, fuera estimada en lo que valía por don Jerónimo, el cual con las manos dentro de las faltriqueras de su chupa azul, se acercaba en aquel momento con mi padre; para éste todo pasó como si lo hubiese oído.

María se agregó mañosamente a nuestro grupo con pretexto de ayudarle a Juan a coger unas moras que él no alcanzaba. Como yo había tomado ya las frutas para dárselas al niño, ella me dijo al recibírmelas:

-¿Qué hago para no volver con ese señor?

-Es inevitable -le respondí.

Y me acerqué a Carlos convidándolo a bajar un poco más por la vega para que viésemos un bello remanso, y le instaba con la mayor naturalidad que me era posible fingir, que viniésemos a bañarnos en él la mañana siguiente. Era pintoresco el sitio; pero, decididamente, Carlos veía en éste, menos que en cualesquiera otros, la hermosura de los árboles y los bejucos florecidos que se bañaban en las espumas, como guirnaldas desatadas por el viento.

El sol al acabar de ocultarse teñía las colinas, los bosques y las corrientes con resplandores color de topacio; con la luz apacible y misteriosa que llaman los campesinos «el sol de los venados», sin duda porque a tal hora salen esos habitantes de las espesuras a buscar pastos en los pajonales de las altas cuchillas o al pie de los magueyes que crecen entre las grietas de los peñascos.

Al unirnos Carlos y yo al grupo que formaban los demás, ya iban a tomar el camino de la casa, y mi padre con una oportunidad perfectamente explicable, dijo a don Jerónimo:

-Nosotros no debemos pasar desde ahora por valetudinarios; regresemos acompañados.

Dicho esto, tomó la mano de María para ponerla en su brazo, dejando al señor de M*** llevar a mi madre y a Emma.

-Han estado más galantes que nosotros -dije a Carlos, señalándole a mi padre y al suyo.

Y los seguimos, llevando yo en los brazos a Juan, quien abriendo los suyos se me había presentado diciéndome:

-Que me alces, porque hay espinas y estoy cansado.

Refirióme después María que mi padre le había preguntado, cuando empezaban a vencer la cuestecilla de la vega, qué le había dicho Carlos; y como insistiese afablemente en que le contara, porque ella guardaba silencio, se resolvió al fin, animada así, a decirle lo que había respondido a Carlos.

-¿Es decir -le preguntó mi padre casi riendo, oída la trabajosa relación que ella acababa de hacerle-, es decir que no quieres casarte nunca?

Respondióle meneando la cabeza en señal de negativa, sin atreverse a verlo.

-Hija, ¿si tendrás ya visto algún novio? -continuó mi padre-: ¿no dices que no?

-Sí digo -contestóle María muy asustada.

-¿Será mejor que ese buen mozo que has desdeñado? -y al decirle esto, mi padre le pasó la mano derecha por la frente para conseguir que lo mirase-. ¿Crees que eres muy linda?

-¿Yo? no, señor.

-Sí; y te lo habrá dicho alguno muchas veces. Cuéntame cómo es ese afortunado.

María temblaba sin atreverse a responder una palabra más, cuando mi padre continuó, diciéndole:

-Él te acabará de merecer; tú querrás que sea un hombre de provecho... Vamos, confiésamelo; ¿no te ha dicho que me lo ha contado todo?

-Pero si no hay qué contar.

-¿Conque tienes secretos para tu papá? -le dijo mirándola cariñosamente y en tono de queja; lo cual animó a María a responderle:

-¿Pues no dice usted que se lo han contado todo?

Mi padre guardó silencio por un rato. Parecía que lo apesaraba algún recuerdo. Subían las gradas del corredor del huerto cuando ella le oyó decir:

-¡Pobre Salomón!

Y pasaba al mismo tiempo una de sus manos por la cabellera de la hija de su amigo.

Aquella noche en la cena, las miradas de María al encontrarlas yo, empezaron a revelarme lo que entre mi padre y ella había pasado. Se quedaba a veces pensativa, y creí notar que sus labios pronunciaban en silencio algunas palabras, como distraída solía hacerlo con los versos que le agradaban.

Mi padre trató en cuanto le fue posible de hacer menos difícil la situación del señor de M*** y de su hijo, quien, por lo que se notaba, había hablado con don Jerónimo sobre lo sucedido en la tarde: todo esfuerzo fue inútil. Habiendo dicho desde por la mañana el señor de M*** que madrugaría al día siguiente, insistió en que le era preciso estar muy temprano en su hacienda, y se retiró con Carlos a las nueve de la noche, después de haberse despedido de la familia en el salón.

Acompañé a mi amigo a su cuarto. Todo mi afecto hacia él había revivido en esas últimas horas de su permanencia en casa: la hidalguía de su carácter, esa hidalguía de que tantas pruebas me dio durante nuestra vida de estudiantes, lo magnificaba de nuevo ante mí. Casi me parecía vituperable la reserva que me había visto forzado a usar para con él. Si cuando tuve noticia de sus pretensiones, me decía yo, le hubiese confiado mi amor por María, y lo que en aquellos tres meses había llegado a ser ella para mí, él, incapaz de arrostrar las fatales predicciones hechas por el médico, hubiera desistido de su intento; y yo, menos inconsecuente y más leal, nada tendría que echarme en cara. Muy pronto, si no las comprende ya, tendrá que conocer las causas de mi reserva, en ocasión en que esa reserva tanto mal pudo haberle hecho. Estas reflexiones me apenaban. Las indicaciones recibidas de mi padre para manejar ese asunto eran tales, que bien podía sincerarme con ellas. Pero no: lo que en realidad había pasado, lo que tenía que suceder y sucedió, fue que ese amor, adueñado de mi alma para siempre, la había hecho insensible a todo otro sentimiento, ciega a cuanto no viniese de María.

Tan luego como estuvimos solos en mi cuarto, me dijo, tomando todo el aire de franqueza estudiantil, sin que en su fisonomía desapareciera por completo la contrariedad que denunciaba:

-Tengo que disculparme para contigo de una falta de confianza en tu lealtad.

Yo deseaba oírle ya la confidencia tan temible para mí un día antes.

-¿De qué falta? -le respondí-: no la he notado.

-¿Que no la has notado?

-No.

-¿No sabes el objeto con que mi padre y yo vinimos?

-Sí.

-¿Estás al corriente del resultado de mi propuesta?

-No bien, pero...

-Pero lo adivinas.

-Es verdad.

-Bueno. Entonces ¿por qué no hablé contigo sobre lo que pretendía, antes de hacerlo con cualquiera otro, antes de consultárselo a mi padre?

-Una delicadeza exagerada de tu parte...

-No hay tal delicadeza: lo que hubo fue torpeza, imprevisión, olvido de... lo que quieras; pero no se llama como lo has llamado.

Se paseó por el cuarto; y deteniéndose luego delante del sillón que yo ocupaba:

-Oye -dijo-, y admírate de mi candidez. ¡Cáspita! yo no sé para qué diablos le sirve a uno haber vivido veinticuatro años. Hace poco más de un año que me separé de ti para venirme al Cauca, y ojalá te hubiera esperado como tanto lo deseaste. Desde mi llegada a casa fui objeto de las más obsequiosas atenciones de tu padre y de tu familia toda: ellos veían en mí a un amigo tuyo, porque acaso les habías hecho saber la clase de amistad que nos unía. Antes de que vinieras, vi dos o tres veces a la señorita María y a tu hermana, ya de visita en casa, ya aquí. Hace un mes que me habló mi padre del placer que le daría yo tomando por esposa a una de las dos. Tu prima había extinguido en mí, sin saberlo ella, todos aquellos recuerdos de Bogotá que tanto me atormentaban, como te lo decían mis primeras cartas. Convine con mi padre en que pidiera él para mí la mano de la señorita María, ¿Por qué no procuré verte antes? Bien es verdad que la prolongada enfermedad de mi madre me retuvo en la ciudad; pero ¿por qué no te escribí? ¿Sabes por qué?... Creía que el hacerte la confidencia de mis pretensiones era como exigirte algo a mi favor, y el orgullo me lo impidió. Olvidé que eras mi amigo: tú tendrías derecho -lo tienes- para olvidarlo también. ¿Pero si tu prima me hubiese amado; si lo que no era otra cosa que las consideraciones a que tu amistad me daba derecho hubiera sido amor, tú habrías consentido en que ella fuera mi mujer sin...? ¡Vaya! yo soy un tonto en preguntártelo y tú muy cuerdo en no responderme.

-Mira -agregó después de un instante en que estuvo acodado en la ventana-: tú sabes que yo no soy hombre de los que se echan a morir por estas cosas: recordarás que siempre me reí de la fe con que creías en las grandes pasiones de aquellos dramas franceses que me hacían dormir cuando tú me los leías en las noches de invierno. Lo que hay es otra cosa: yo tengo que casarme; y me halagaba la idea de entrar a tu casa, de ser casi tu hermano. No ha sucedido así, pero en cambio buscaré una mujer que me ame sin hacerme merecedor de tu odio, y...

-¡De mi odio! -exclamé interrumpiéndole.

-Sí; dispensa mi franqueza. ¡Qué niñería!; no; ¡qué imprudencia habría sido ponerme en semejante situación! Bello resultado: pesadumbres para tu familia, remordimiento para mí, y la pérdida de tu amistad.

-Mucho debes de amarla -continuó después de una pausa-; mucho, puesto que pocas horas me han bastado para conocerlo, a pesar de lo que has procurado ocultármelo. ¿No es verdad que la amas así como creíste llegar a amar cuando tenías dieciocho años?

-Sí -le respondí seducido por su noble franqueza.

-¿Y tu padre lo ignora?

-No.

-¿No? -preguntó admirado.

Entonces le referí la conferencia que había tenido días antes con mi padre.

-¿Conque todo, todo lo arrostras? -me interrogó maravillado apenas hube concluido mi relación-. ¿Y esa enfermedad que probablemente es la de su madre?... ¿Y vas a pasar quizá la mitad de tu vida sentado sobre una tumba...?

Estas últimas palabras me hicieron estremecer de dolor: ellas, pronunciadas por boca de un hombre a quien no otra cosa que su afecto por mí podía dictárselas; por Carlos, a quien ninguna alucinación engañaba, tenían una solemnidad terrible, más terrible aún que el con el cual acababa yo de contestarlas.

Púseme en pie, y al ofrecerle mis brazos a Carlos, me estrechó casi con ternura entre los suyos. Me separé de él abrumado de tristeza, pero libre ya del remordimiento que me humillaba cuando nuestra conferencia empezó.

Volví al salón. Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un vals nuevo, María me refirió la conversación que al regreso del paseo había tenido con mi padre. Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo: recordando ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios.




ArribaAbajo- XXIX -

La llegada de los correos y la visita de los señores de M*** habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el día siguiente, casi sin interrupción; pero en los momentos que nos reuníamos con la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora de descanso: a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo.

A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba, y respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió:

-Hemos hecho algo, pero nos falta mucho. Conque hasta mañana temprano.

En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.

Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces sus ojos, en arrobadora languidez, no huían de los míos.

-¿Viste a tu amigo esta mañana? -me preguntó procurando hallar respuesta en mi semblante.

-Sí: ¿por qué me lo preguntas ahora?

-Porque no he podido hacerlo antes.

-¿Y qué interés tienes en saberlo?

-¿Te instó él a que le pagaras la visita?

-Sí.

-Irás a pagársela, ¿no?

-Seguramente.

-Él te quiere mucho, ¿no es así?

-Así lo he creído siempre.

-¿Y lo crees todavía?

-¿Por qué no?

-¿Lo quieres como cuando estabais ambos en el colegio?

-Sí; pero ¿por qué hablas hoy de esto?

-Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él siguiese siéndolo tuyo... Pero tú no le habrás contado nada.

-¿Nada de qué?

-Pues de eso.

-¿Pero de qué cosa?

-Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho, ¿no?

Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para preguntarme si había hablado de nuestro amor a Carlos, y le respondí:

-Es la primera vez que no te entiendo.

-¡Avemaría! ¿cómo no has de entender? Que si le has hablado de lo que...

Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de su infantil afán, prosiguió:

-Bueno; ya no me digas; y se puso a hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.

-Si no me miras -le dije- no te confieso lo que le he dicho a Carlos.

-Ya, pues... a ver, di -respondióme tratando de hacer lo que yo le exigía.

-Se lo he contado todo.

-¡Ay! no; ¿todo?

-¿Hice mal?

-Si así debía ser... Pero entonces ¿por qué no se lo contaste antes de que viniera?

-Mi padre se opuso a ello.

-Sí, pero él no habría venido; ¿y no hubiera sido mejor?

-Sin duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.

-¿Seguirá, pues, siendo tu amigo?

-No hay motivo para que deje de serlo.

-Sí, porque yo no quiero que por esto...

-Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.

-¿Conque te separaste de él como de costumbre? ¿y él se ha ido contento?

-Tan contento como era posible conseguirlo.

-Pero yo no tengo la culpa, ¿no?

-No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has hecho.

-Si te quiere de veras, así debe ser. ¿Y sabes por qué ha pasado todo así con ese señor?

-¿Por qué?

-¡Pero cuidado con reírte!

-No me reiré.

-Pero si ya estás riéndote.

-No es de lo que vas a decirme sino de lo que ya has dicho; di, María.

-Ha sido porque yo le he rezado mucho a la Virgen para que hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.

-¿Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías?

-Eso era imposible: siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va -agregó- y Emma se está durmiendo. Ya, ¿no?

-¿Quieres irte?

-¿Y qué voy a hacer?... ¿Mucho escribirán mañana también?

-Parece que sí.

-¿Y cuando Tránsito venga?

-¿A qué horas viene?

-Mandó decir que a las doce.

-A esa hora habremos concluido. Hasta mañana.

Respondió a mi despedida con las mismas palabras, pero admirándose de que me quedase con el pañuelo que ella tenía en la mano que me dio a estrechar. María no comprendía que ese pañuelo perfumado era un tesoro para una de mis noches. Después se negó casi siempre a concederme tal bien, hasta que vinieron los días en que se mezclaron tantas veces nuestras lágrimas.




ArribaAbajo- XXX -

En la mañana siguiente, mi padre dictaba y yo escribía, mientras él se afeitaba, operación que nunca interrumpía los trabajos empezados, no obstante el esmero que en ella gastaba siempre. Su cabellera riza, abundante aún en la parte posterior de la cabeza, y que dejaba inferir cuán hermosos serían los cabellos que llevó en su juventud, le pareció un poco larga. Entreabriendo la puerta que caía al corredor, llamó a mi hermana.

-Está en la huerta -le respondió María desde el costurero de mi madre-. ¿Necesita usted algo?

-Ven tú, María -le contestó a tiempo que yo le presentaba algunas cartas concluidas para que las firmase-. ¿Quieres que bajemos mañana? -me preguntó firmando la primera.

-Cómo no.

-Será bueno, porque hay mucho que hacer: yendo ambos, nos desocuparemos más pronto. Puede ser que el señor A*** escriba algo sobre su viaje en este correo: ya se demora en avisar para cuándo debes estar listo. Entra, hija -agregó volviéndose a María, la cual esperaba afuera por haber encontrado la puerta entornada.

Ella entró dándonos los buenos días. Sea que hubiese oído las últimas palabras de mi padre sobre mi viaje, sea que no pudiese prescindir de su timidez genial delante de éste, con mayor razón desde que él le había hablado de nuestro amor, se puso algo pálida. Mientras él acababa de firmar, la mirada de María se paseaba por las láminas del cuarto, después de haberse encontrado furtivamente con la mía.

-Mira -le dijo mi padre sonriendo al mostrarle los cabellos-, ¿no te parece que tengo mucho pelo?

Ella sonrió también al responderle:

-Sí, señor.

-Pues recórtalo un poco -y tomó para entregárselas las tijeras de un estuche que estaba abierto sobre una de las mesas-. Voy a sentarme para que puedas hacerlo mejor.

Dicho esto, acomodóse en la mitad del cuarto dando la espalda a la ventana y a nosotros.

-Cuidado, mi hija, con trasquilarme -dijo cuando ella iba a empezar-. ¿Está principiada la otra carta? -añadió dirigiéndose a mí.

-Sí, señor.

Comenzó a dictar hablando con María mientras yo escribía.

-¿Conque te hace gracia que te pregunte si tengo muchos cabellos?

-No, señor -respondióle consultándome si iba bien la operación.

-Pues así como los ves -continuó mi padre-, fueron tan negros y abundantes como otros que yo conozco.

María soltó los que tenía en ese momento en la mano.

-¿Qué es? -le preguntó él, volviendo la cabeza para verla.

-Que voy a peinarlos para recortar mejor.

-¿Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto? -le preguntó después de dictarme una frase.

-No, señor.

-Cuidado, niño, con equivocarse.

María se sonrojó, mirándome con todo el disimulo que era necesario para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño, que tenía al frente.

-Pues cuando yo tenía veinte años -prosiguió-, es decir, cuando me casé, acostumbraba bañarme la cabeza todos los días con agua de Colonia. Qué disparate, ¿no?

-Y todavía -observó ella.

Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que acostumbraba.

Yo leí el final de la frase escrita, y él, dictada otra, continuó su diálogo con María.

-¿Está ya?

-Creo que sí; ¿no? -añadió consultándome.

Cuando María se inclinó a sacudir los recortes de cabellos que habían caído sobre el cuello de mi padre, la rosa que ella llevaba en una de las trenzas le cayó a él a los pies. Iba ella a alzarla, pero mi padre la había tomado ya. María volvió a ocupar su puesto tras de la silla, y él le dijo después de verse en el espejo detenidamente:

-Yo te la pondré ahora donde estaba, para recompensarte lo bien que lo has hecho -y acercándose a ella, agregó, colocando la flor con tanta gracia como lo hubiera podido Emma-: todavía se me puede tener envidia.

Detuvo a María, que se mostraba deseosa de retirarse por temor de lo que él pudiera añadir, besóle la frente y le dijo en voz baja:

-Hoy no será como ayer; acabaremos temprano.




ArribaAbajo- XXXI -

Serían las once. Terminado el trabajo, estaba yo acodado en la ventana de mi cuarto.

Aquellos momentos de olvido de mí mismo, en que mi pensamiento se cernía en regiones que casi me eran desconocidas; momentos en que las palomas que estaban a la sombra en los naranjos agobiados por sus racimos de oro, se arrullaban amorosas; en que la voz de María, arrullo más dulce aún, llegaba a mis oídos, tenían un encanto inefable.

La infancia, que en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas; la adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas visiones de amor... presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén -ensueño o realidad- que aún no ha olvidado.

No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas; no el vuelo majestuoso de las águilas negras sobre las cimas cercanas, no era eso lo que veían mis ojos; era lo que ya no veré más; lo que mi espíritu quebrantado por tristes realidades no busca, o admira únicamente en sus sueños: el mundo que extasiado contemplé a los primeros albores de la vida.

Divisé en el negro y tortuoso camino de las lomas, a Tránsito y a su padre, quienes venían en cumplimiento de lo que a María tenían prometido. Crucé el huerto y subí la primera colina para aguardarlos en el puente de la cascada, visible desde el salón de la casa.

Como estábamos al raso, todavía no eran cortos los montañeses para conmigo; me dijeron todas aquellas cosas que solían en pasándose algunos días sin vernos.

Pregunté por Braulio a Tránsito:

-Se quedó aprovechando el buen sol para la revuelta. ¿Y la Virgen de la Silla?

Tránsito acostumbraba preguntarme así por María desde que advirtió la notable semejanza entre el rostro de su futura madrina y el de una bella Madonna del oratorio de mi madre.

-La viva está buena y esperándote -le respondí-; la pintada, llena de flores y alumbrada para que te haga muy feliz.

Así que nos acercamos a la casa, María y Emma salieron a recibir a Tránsito, a la cual dijeron, entre otros agasajos, que estaba muy buena moza; y era cierto, pues la felicidad la embellecía.

José recibió, sombrero en mano, los cariñosos saludos de sus señoritas; y zafándose la mochila que traía a la espalda llena de legumbres para regalo, entró con nosotros, instado por mí, al aposento de mi madre. A su paso por el salón, Mayo, que dormía bajo una de las mesas, le gruñó, y el montañés le dijo riendo:

-¡Ola! abuelo, ¿todavía no me quieres? Será porque estoy tan viejo como tú.

-¿Y Lucía? -preguntó María a Tránsito-. ¿por qué no quiso acompañarte?

-Si es tan floja que no, y tan montuna.

-Pero Efraín dice que con él no es así -le observó Emma.

Tránsito se rió antes de responder:

-Con el señor es menos vergonzosa, porque como va tantas veces allá, le ha ido perdiendo el miedo.

Tratamos de saber el día en que hubiera de efectuarse el matrimonio. José, para sacar de apuros a su hija, contestó:

-Queremos que sea de hoy en ocho días. Si está bien pensado, lo haremos así: en casa madrugaremos mucho, y no parando, llegaremos al pueblo cuando asome el sol: saliendo ustedes de aquí a las cinco, nos alcanzarán llegando; y como el señor cura tendrá todo listo, nos despacharemos temprano. Luisa es enemiga de fiestas, y las muchachas no bailan: pasaremos, pues, el domingo como todos, con la diferencia de que ustedes nos harán una visita; y el lunes cada cual a su oficio: ¿no le parece? -concluyó dirigiéndose a mí.

-Sí, pero ¿irá a pie Tránsito al pueblo?

-¡He! -exclamó José.

-¿Pues cómo? -preguntó ella admirada.

-A caballo; ¿no están ahí los míos?

-Si a mí me gusta más andar a pie; y a Lucía no es sólo eso, sino que les tiene miedo a las bestias.

-¿Pero por qué? -preguntó Emma.

-Si en la Provincia solamente los blancos andan a caballo; ¿no es así, padre?

-Sí; y los que no son blancos, cuando ya están viejos.

-¿Quién te ha dicho que no eres blanca? -pregunté a Tránsito-; y blanca como pocas.

La muchacha se puso colorada como una guinda, al responderme:

-Las que yo digo son las gentes ricas, las señoras.

José, luego que fue a saludar a mi padre, se despidió prometiéndonos volver por la tarde, a pesar de nuestras instancias para que se quedase a comer con nosotros.

A las cinco, como saliese la familia a acompañar a Tránsito hasta el pie de la montaña, María, que iba a mi lado, me decía:

-Si hubieras visto a mi ahijada con el traje de novia que le he hecho, y los zarcillos y gargantilla que le han regalado Emma y mamá, estoy segura de que te habría parecido muy linda.

-¿Y por qué no me llamaste?

-Porque Tránsito se opuso. Tenemos que preguntarle a mamá qué dicen y qué hacen los padrinos en la ceremonia.

-De veras, y los ahijados nos enseñarán qué responden los que se casan, por si se nos llegare a ofrecer.

Ni las miradas ni los labios de María respondieron a esta alusión a nuestra futura felicidad; y permaneció pensativa mientras andábamos el corto trecho que nos faltaba para llegar a la orilla de la montaña.

Allí estaba esperando Braulio a su novia, y se adelantó risueño y respetuoso a saludarnos.

-Se les va a hacer de noche para bajar -nos dijo Tránsito.

Se despidieron cariñosamente de nosotros los montañeses. Se habían internado algún espacio en la selva cuando oímos la buena voz de Braulio que cantaba vueltas antioqueñas.

Después de nuestro diálogo, María no había vuelto a estar risueña. Inútilmente trataba yo de ocultarme la causa; bien la sabía por mi mal: ella pensaba al ver la felicidad de Tránsito y Braulio, en que pronto íbamos nosotros a separarnos, en que tal vez no volveríamos a vernos... quizá en la enfermedad de que había muerto su madre. Y yo no me atreví a turbar su silencio.

Bajando las últimas colinas, Juan, a quien ella llevaba de la mano, me dijo:

-María quiere que yo sea guapo para caminar, y ella está cansada.

Ofrecíle entonces mi brazo para que se apoyara, lo que no había podido hacer antes por atención a Emma y a mi madre.

Estábamos ya a poca distancia de la casa. Se iban apagando los arreboles que al ocultarse el sol había dejado sobre las sierras de occidente: la luna, levantándose a nuestra espalda sobre las montañas de que nos alejábamos, proyectaba las inquietas sombras de los sauces y enredaderas del jardín en los muros pálidamente iluminados.

Yo espiaba el rostro de María, sin que ella lo notase, buscando los síntomas de su mal, a los cuales precedía siempre aquella melancolía que de súbito se había apoderado de ella.

-¿Por qué te has entristecido? -le pregunté al fin.

-¿No he estado pues como siempre? -me respondió cual si despertase de un ligero sueño-. ¿Y tú?

-Es porque has estado así.

-Pero ¿no podría yo contentarte?

-Vuelve pues a estar alegre.

-¿Alegre? -preguntó como admirada-; ¿y lo estarás tú también?

-Sí, sí.

-Mira: ya estoy como quieres -me dijo sonriente-; ¿nada más exiges?...

-Nada más..., ¡ah! sí: aquello que me has prometido y no me has dado.

-¿Qué será? ¿creerás que no me acuerdo?

-¿No? ¿y los cabellos?

-¿Y si lo notan al peinarme?

-Dirás que fue cortando una cinta.

-¿Esto es? -dijo, después de haber buscado bajo el pañolón, mostrándome algo que le negreaba en la mano y que ésta me ocultó al cerrarse.

-Sí, eso; dámelos ahora.

-Si es una cinta -contestó volviendo a guardar lo que me había mostrado.

-Bueno; no te lo exigiré más.

-¡Conque bueno! ¿y entonces para qué me los he cortado? Es que falta componerlos bien; y mañana precisamente...

-Esta noche.

-También; esta noche.

Mi brazo oprimió suavemente el suyo, desnudo de la muselina y encajes de la manga; su mano rodó poco a poco hasta encontrarse con la mía; la dejó levantar del mismo modo hasta mis labios; y apoyándose con más fuerza en mí para subir la escalera del corredor, me decía con voz lenta y de vibraciones acalladas:

-¿Ahora sí estás contento? no volvamos a estar tristes.

Quiso mi padre que en aquella noche leyese de sobremesa algo del último número de El Día. Terminada la lectura, se retiró él, y pasé yo a la sala.

Se me acercó Juan y puso la cabeza en una de mis rodillas.

-¿No duermes esta noche? -le pregunté acariciándolo.

-Quiero que tú me hagas dormir -me contestó en aquella lengua que pocos podían entenderle.

-¿Y por qué no María?

-Yo estoy muy bravo con ella -repuso, acomodándose mejor.

-¿Con ella? ¿Qué le has hecho?

-Si es ella la que no me quiere esta noche.

-Cuéntame por qué.

-Yo le dije que me contara el cuento de la Caperuza, y no ha querido; le he pedido besos y no me ha hecho caso.

Las quejas de Juan me hicieron temer que la tristeza de María hubiese continuado.

-Y si esta noche tienes sueños medrosos -dije al niño-, ella no se levantará a acompañarte, como me has referido que lo hace.

-Entonces, mañana no le ayudaré a coger flores para tu cuarto ni le llevaré los peines al baño.

-No digas tal; ella te quiere mucho: ve y dile que te dé los besos que le pediste y que te haga dormir oyendo el cuento.

-No -dijo, poniéndose en pie y como entusiasmado por una buena idea-: voy a traértela para que la regañes.

-¿Yo?

-Voy a traerla.

Y diciéndolo se entró en su busca. A poco se presentó haciendo el papel de que la conducía de la mano por fuerza. Ella, sonriendo, le preguntaba:

-¿A dónde me llevas?

-Aquí -respondió Juan, obligándola a sentarse a mi lado.

Referí a María todo lo que había charlado su consentido. Ella, tomando la cabeza de Juan entre las manos y tocándole la frente con la suya, díjole:

-¡Ah, ingrato! duérmete pues con él.

Juan se puso a llorar tendiéndome los bracitos para que lo tomase.

-No, mi amo; no, mi señor -le decía ella-: son chanzas de tu Mimiya -y lo acariciaba.

Mas el niño insistió en que yo lo recibiera.

-¿Conque eso haces conmigo, Juan? -continuó María quejándosele-. Bueno, ya el señor está hombre: esta noche haré que le lleven la cama al cuarto de su hermano; ya él no me necesita: yo me quedaré sola y llorando porque no me quiere más.

Se cubrió los ojos con una mano para hacerle creer que lloraba: Juan esperó un instante; mas como ella persistió en fingirle llanto, se escurrió poco a poco de mis rodillas, y se le acercó tratando de descubrirle el rostro. Encontrando los labios de María sonrientes, y amorosos los ojos, rió también, y abrazándosele de la cintura recostó la cabeza en su regazo, diciéndole:

-Te quiero como a los ojitos, te quiero como al corazón. Ya yo no estoy bravo ni tonto. Esta noche voy a rezar el bendito muy formal para que me hagas otros calzones.

-Muéstrame los calzones que te hacen -le dije.

Juan se puso en pie sobre el sofá, entre María y yo, para hacerme admirar sus primeros calzones.

-¡Qué lindos! -exclamé abrazándolo-. Si me quieres bastante y eres formal, conseguiré que te hagan muchos, y te compraré silla, zamarros, espuelas...

-Y un caballito negro -me interrumpió.

-Sí.

Abrazóme dándome un prolongado beso, y asido al cuello de María, quien volvía el rostro para esquivarle los labios, la obligó a recibir idéntico agasajo. Se arrodilló donde había estado en pie, con las manos juntas rezó devotamente el bendito y se reclinó soñoliento sobre la falda que ella le brindaba.

Noté que la mano izquierda de María jugaba con algo sobre la cabellera del niño, al paso que una sonrisa maliciosa le asomaba a los labios. Con una rápida mirada me mostró entre los cabellos de Juan un bucle de los que me tenía prometidos; y ya me apresuraba yo a tomarlos cuando ella, reteniéndolos, me dijo:

-¿Y para mí?... tal vez sea malo exigírtelo.

-¿Los míos? -le pregunté.

Significóme que sí, agregando:

-¿No quedarán bien en el mismo guarda-pelo en que tengo los de mi madre?




ArribaAbajo- XXXII -

En la mañana siguiente tuve que hacer un esfuerzo para que mi padre no comprendiese lo penoso que me era acompañarlo en su visita a las haciendas de abajo. Él, como lo hacía siempre que iba a emprender viaje, por corto que fuese, intervenía en el arreglo de todo, aunque no era necesario, y repetía sus órdenes más que de costumbre. Como era preciso llevar algunas provisiones delicadas para la semana que íbamos a permanecer fuera de la casa, provisiones a las cuales era mi padre muy aficionado, riéndose él al ver las que acomodaban Emma y María en el comedor, dentro de los cuchugos que Juan Ángel debía llevar colgados a la cabeza de la silla, dijo:

-¡Válgame Dios, hijas! ¿Todo eso cabrá ahí?

-Sí, señor -respondió María.

-Pero si con esto bastaría para un obispo. ¡Ajá! eres tú la más empeñada en que no lo pasemos mal.

María, que estaba de rodillas acomodando las provisiones, y que le daba la espalda a mi padre, se volvió para decirle tímidamente a tiempo que yo llegaba:

-Pues como van a estarse tantos días...

-No muchos, niña -le replicó riéndose-. Por mí no lo digo: todo te lo agradezco; pero este muchacho se pone tan desganado allá... Mira -agregó dirigiéndose a mí.

-¿Qué cosa?

-Pues todo lo que ponen. Con tal avío hasta puede suceder que me resuelva a estarme quince días.

-Pero si es mamá quien ha mandado -observó María.

-No hagas caso, judía -así solía llamarla algunas veces cuando se chanceaba con ella-; todo está bueno; pero no veo aquí tinto del último que vino, y allá no hay; es necesario llevar.

-Si ya no cabe -le respondió María sonriendo.

-Ya veremos.

Y fue personalmente a la bodega por el vino que indicaba: y al regresar con Juan Ángel, recargado además con unas latas de salmón, repitió:

-Ahora veremos.

-¿Eso también? -exclamó ella viendo las latas.

Como mi padre trataba de sacar del cuchugo una caja ya acomodada, María, alarmándose, le observó:

-Es que esto no puede quedarse.

-¿Por qué, mi hija?

-Porque son las pastas que más les gustan y... porque las he hecho yo.

-¿Y también son para mí? -le preguntó mi padre por lo bajo.

-¿Pues no están ya acomodadas?

-Digo que...

-Ahora vuelvo -interrumpió ella poniéndose en pie-. Aquí faltan unos pañuelos.

Y desapareció para regresar un momento después.

Mi padre, que era tenaz cuando se chanceaba, le dijo nuevamente en el mismo tono que antes, inclinándose a colocar algo cerca de ella:

-Allá cambiaremos pastas por vino.

Ella apenas se atrevía a mirarlo; y notando que el almuerzo estaba servido, dijo levantándose:

-Ya está la mesa puesta, señor -y dirigiéndose a Emma-: dejemos a Estefana lo que falta; ella lo hará bien.

Cuando yo me dirigía al comedor, María salía de los aposentos de mi madre, y la detuve allí.

-Corta ahora -le dije- el pelo que quieras.

-¡Ay! no, yo no.

-Di de dónde, pues.

-De donde no se note. Y me entregó unas tijeras.

Había abierto el guarda-pelo que llevaba suspendido al cuello. Presentándome la cajilla vacía, me dijo:

-Ponlo aquí.

-¿Y el de tu madre?

-Voy a colocarlo encima para que no se vea el tuyo.

Hízolo así diciéndome:

-Me parece que hoy te vas contento.

-No, no; es por no disgustar a mi padre: es tan justo que yo le manifieste deseo de ayudarle en sus trabajos y que le ayude.

-Cierto; así debe ser; y yo procuraré manifestar que no estoy triste para que mamá y Emma no se resientan conmigo.

-Piénsame mucho -le dije besando el pelo de su madre y la mano con que lo acomodaba.

-¡Ah! ¡mucho, mucho! -respondió mirándome con aquella ternura e inocencia que tan bien sabían hermanarse en sus ojos.

Nos separamos para llegar al comedor por diferentes entradas.




ArribaAbajo- XXXIII -

Los soles de siete días se habían apagado sobre nosotros, y altas horas de sus noches nos sorprendieron trabajando. En la última, recostado mi padre en un catre, dictaba y yo escribía. Dio las diez el reloj del salón: le repetí la palabra final de la frase que acababa de escribir: él no dictó más: volvíme entonces creyendo que no me había oído, y estaba dormido profundamente. Era él un hombre infatigable; mas aquella vez el trabajo había sido excesivo. Disminuí la luz del cuarto, entorné ventanas y puertas, y esperé a que se despertase, paseándome en el espacioso corredor a la extremidad del cual se hallaba el escritorio.

Estaba la noche serena y silenciosa: la bóveda del cielo, azul y transparente, lucía toda la brillantez de su ropaje nocturno de verano: en los follajes negros de las hileras de ceibas que partiendo de los lados del edificio cerraban el patio; en los ramos de los naranjos que demoraban en el fondo, revoloteaban candelillas sin número, y sólo se percibía de vez en cuando el crujido de los ramajes enlazados, el aleteo de alguna ave asustada o suspiros del viento.

El blanco pórtico, que frontero al edificio daba entrada al patio, se destacaba en la oscuridad de la llanura proyectando sus capiteles sobre la masa informe de las cordilleras lejanas, cuyas crestas aparecían iluminadas a ratos por fulgores de las tormentas del Pacífico.

María, me decía yo, atento a los quedos susurros, respiros de aquella naturaleza en su sueño, María se habrá dormido sonriendo al pensar que mañana estaré de nuevo a su lado... ¡Pero después! Ese después era terrible; era mi viaje.

Parecióme oír el galope de un caballo que atravesase la llanura; supuse que sería un criado que habíamos enviado a la ciudad hacía cuatro días, y al cual esperábamos con impaciencia, porque debía traer una correspondencia importante. A poco se acercó a la casa.

-¿Camilo? -pregunté.

-Sí, mi amo -respondió entregándome un paquete de cartas después de alabar a Dios.

El ruido de las espuelas del paje despertó a mi padre.

-¿Qué es esto, hombre? -interrogó al recién llegado.

-Me despacharon a las doce, mi amo, y como el derrame del Cauca llega al Guayabo, tuve que demorarme mucho en el paso.

-Bien: di a Feliciana que te haga poner de comer, y cuida mucho ese caballo.

Había revisado mi padre las firmas de algunas cartas de las que contenía el paquete; y encontrando por fin la que deseaba, me dijo:

-Empieza por ésta.

Leí en voz alta algunas líneas, y al llegar a cierto punto me detuve involuntariamente.

Tomó él la carta, y con los labios contraídos, mientras devoraba el contenido con los ojos, concluyó la lectura y arrojó el papel sobre la mesa diciendo:

-¡Ese hombre me ha muerto! lee esa carta: al cabo sucedió lo que tu madre temía.

Recogí la carta para convencerme de que era cierto lo que ya me imaginaba.

-Léela alto -añadió mi padre paseándose por la habitación y enjugándose el sudor que le humedecía la frente.

-Eso no tiene ya remedio -dijo apenas concluí-. ¡Qué suma y en qué circunstancias!... Yo soy el único culpable.

Le interrumpí para manifestarle el medio de que creía podíamos valernos para hacer menos grave la pérdida.

-Es verdad -observó oyéndome ya con alguna calma-; se hará así. ¡Pero quién lo hubiera temido! Yo moriré sin haber aprendido a desconfiar de los hombres.

Y decía la verdad: ya muchas veces en su vida comercial había recibido iguales lecciones. Una noche, estando él en la ciudad sin la familia, se presentó en su cuarto un dependiente a quien había mandado a los Chocoes a cambiar una considerable cantidad de efectos por oro, que urgía enviar a los acreedores extranjeros. El agente le dijo:

-Vengo a que me dé usted con qué pagar el flete de una mula, y un balazo: he jugado y perdido todo cuanto usted me entregó.

-¿Todo, todo se ha perdido? -preguntóle mi padre.

-Sí, señor.

-Tome usted de esa gaveta el dinero que necesita.

Y llamando a uno de sus pajes añadió:

-El señor acaba de llegar: avisa adentro para que se le sirva.

Pero aquéllos eran otros tiempos. Golpes de fortuna hay que se sufren en la juventud con indiferencia, sin pronunciar una queja: entonces se confía en el porvenir. Los que se reciben en la vejez parecen asestados por un enemigo cobarde: ya es poco el trecho que falta para llegar al sepulcro... ¡Y cuán raros son los amigos del que muere, que sepan serlo de su viuda y de sus hijos! ¡Cuántos los que espían el aliento postrero de aquel cuya mano helada ya, están estrechando para convertirse luego en verdugos de huérfanos!...

Tres horas habían pasado desde que terminó la escena que acabo de describir conforme al recuerdo que me ha quedado de aquella noche fatal, a la que tantas otras habían de parecerse años después.

Mi padre, a tiempo de acostarnos, me dijo desde su lecho, distante pocos pasos del mío:

-Es preciso ocultar a tu madre cuanto sea posible lo que ha sucedido; y será necesario también demorar un día más nuestro regreso.

Aunque siempre le había oído decir que su sueño tranquilo le servía de alivio en todos los infortunios de la vida, cuando a poco de haberme hablado me convencí de que ya él dormía, vi en su reposo tan denodada resignación, había tal valor en su calma, que no pude menos de permanecer por mucho espacio contemplándolo.

No había amanecido aún, y tuve que salir en busca de aire mejor para calmar la especie de fiebre que me había atormentado durante el insomnio de la noche. Solamente el canto del titiribí y los de las guacharacas de los bosques vecinos anunciaban la aurora: la naturaleza parecía desperezarse al despertar de su sueño. A la primera luz del día empezaron a revolotear en los plátanos y sotos asomas y azulejos; parejas de palomas emprendían viaje a los campos vecinos; la greguería de las bandadas de loros remedaba el ruido de una quebrada bulliciosa; y de las copas florecientes de los písamos del cacaotal, se levantaban las garzas con leve y lento vuelo.

Ya no volveré a admirar aquellos cantos, a respirar aquellos aromas, a contemplar aquellos paisajes llenos de luz, como en los días alegres de mi infancia y en los hermosos de mi adolescencia: ¡extraños habitan hoy la casa de mis padres!

Apagábase la tarde al día siguiente, cuando mi padre y yo subíamos la verde y tendida falda para llegar a la casa de la sierra. Las yeguadas que pastaban en la vereda y sus orillas, nos daban paso resoplando asustadas, y los pellares se levantaban de las márgenes de los torrentes para amenazarnos con su canto y revuelos.

Divisábamos ya de cerca el corredor occidental, donde estaba la familia esperándonos; y allí volvió mi padre a encargarme ocultara la causa de nuestra demora y procurase aparecer sereno.




ArribaAbajo - XXXIV -

No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor: no descubrí entre ellas a María. Algunas cuadras antes de llegar a la puerta del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y Emma la animaba para que bajase. Nos les acercamos. La cabellera de María, suelta en largos y lucientes rizos, negreaba sobre la muselina de su traje color verdemortiño: sentóse para evitar que el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reía de su afán:

-¿No ves que no puedo?

-Niña -le dijo mi padre entre sorprendido y risueño-, ¿cómo has logrado subirte ahí?

Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a nuestro saludo, y contestó:

-Como estábamos solas...

-Es decir -le interrumpió mi padre-, que debemos irnos para que puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?

-Qué gracia, si yo le ayudé.

-Era que yo no tenía susto.

-Vámonos, pues -concluyó mi padre dirigiéndose a mí-; pero cuidado...

Bien sabía él que yo me quedaría. María acababa de decirme con los ojos: «no te vayas». Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.

-Por aquí fue por donde subimos -me dijo María mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca.

Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano, demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mías. Sentéme a sus pies y ella me dijo:

-¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá? Creerá que estamos locas.

Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante los míos, y la suave palidez de sus mejillas, me decían como en otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.

-Me voy sola -repitió Emma, a quien habíamos oído mal su primera amenaza-; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.

-No, no; espéranos un instante no más -le suplicó María poniéndose en pie.

Viendo que yo no me movía, me dijo:

-¿Qué es?

-Es que aquí estamos bien.

-Sí; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.

Lo retorció agregando:

-Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la mano, me cojo yo de él.

Persuadida de que podía arriesgarse a bajar sin ser vista, lo hizo como lo había proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco.

-¿Y tú ahora?

Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le ofrecí el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.

-Si no hubiera llegado, ¿qué habrías hecho para bajar? loquita.

-Pues habría bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temí caerme porque hacía mucho viento. Ayer también subimos ahí, y yo bajé bien. ¿Por qué se han demorado tanto?

-Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?

-Desear que pasaran.

-¿Nada más?

-Coser y pensar mucho.

-¿En qué?

-En muchas cosas que se piensan y no se dicen.

-¿Ni a mí?

-A ti menos.

-Está bien.

-Porque tú las sabes.

-¿No has leído?

-No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer a Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...

Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:

-Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?

Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.

-¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?

-¿Antenoche? ¡Ah! -repuso deteniéndose-; ¿por qué me lo preguntas?

-A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.

-No, no; tú sí.

-¿Sí qué?

-Sí puedes decirlas.

-Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.

-Me da miedo.

-¿Miedo?

-Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía sueño: oímos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué había... ¡Qué tontería! vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió.

-Acaba, pues.

-Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que no había oído nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenía en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que íbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por qué te has quedado así?

-¿Cómo? -le respondí, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.

Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me había azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a María le repitió el acceso; la misma que, sobrecogido, había oído zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.

-¿Cómo? -me replicó María-; veo que he hecho mal en referirte eso.

-¿Y te figuras tal?

-Si no es que me lo figuro.

-¿Qué te soñaste?

-No debo decírtelo.

-¿Ni más tarde?

-¡Ay! tal vez nunca.

Emma abría ya la puerta del patio.

-Espéranos -le dijo María-; oye, que ahora sí es de veras.

Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un pavor indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.




ArribaAbajo- XXXV -

El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el matrimonio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que estaríamos entre siete y ocho en la Parroquia. Habíase resuelto que mi madre, María, Felipe y yo seríamos los del paseo, porque mi hermana debía quedarse arreglando no sé qué regalos que debían enviarse muy de mañana a la montaña, para que los encontrasen allí los novios a su regreso.

Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra sentada en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y yo conversábamos reclinados en el barandaje.

-Tienes -me decía- algo que te molesta, y no puedo adivinar.

-Pero ¿qué puede ser? ¿no me has visto contento? ¿no he estado como esperabas que estaría al volver a tu lado?

-No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he descubierto lo que nunca en ti: que fingías.

-¿Pero contigo?

-Sí.

-Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.

-No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.

-Siempre.

-No; ha sido hoy.

-Va para cuatro meses que vivo engañando...

-¿A mí también?... ¿a mí? ¿engañarme tú a mí?

Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:

-Explícame eso.

-Si no tiene explicación.

-Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.

-Todo es cierto.

-¡No es!

-Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pensar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.

-Yo no sé qué será.

-Pues entonces, convéncete de que te he engañado.

-No, no; ya voy a decirte; ¿pero cómo te lo puedo decir?

-Piensa.

-Ya pensé -dijo María después de un momento de pausa.

-Di, pues.

-Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo que sea a mí.

-No; así no es.

-¿Y cómo entonces? ¡ah! es que lo que dices es cierto.

-Di de otro modo.

-Voy a ver; mas si no quieres esta vez...

-¿Qué?

-Nada; oye: no me mires.

-No te miro.

Entonces se resolvió a decir en voz muy baja:

-Por María, que te...

-Ama tanto -concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que con su ademán confirmaban su inocente súplica.

-Dime ya -insistió.

-He estado engañándote, porque no me he atrevido a confesarte cuánto te amo en realidad.

-¡Mas todavía! ¿y por qué no lo has dicho?

-Porque he tenido temor...

-¿Temor de qué?

-De que tú me ames menos, menos que yo.

-¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.

-Si yo te lo hubiera dicho...

¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?

-¿Lo crees así?

-Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa porque has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos días?

-Sí.

-¿Qué te ha dicho de mí?

-Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables de eso.

-Una palabra y no más: ¿qué cosa ha dicho? Él cree que mi enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.

-¡Oh! no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?

-Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar...

-Quizá no con tanto como yo.

-Pídele siempre.

-Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.

Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.

-¡Y esa ave negra! -dijo luego que concluí; y volvía con terror la vista hacia mi cuarto.

-¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?

-Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.

-¿Persistes en no contarme?

-Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte: es tan buena con nosotros...

A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para emprender nuestro viaje a la parroquia.

Antes de las cinco llamó Juan Ángel a mi puerta. Felipe y él hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y asegurando caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su ayuda.

Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome una taza de café, de dos que llevaba Estefana, me dio los buenos días, y llamó en seguida a Felipe para que recibiese la otra.

-Hoy sí -dijo éste sonriendo maliciosamente-. Lo que es el miedo; y el retinto está furioso.

Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo: un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa salpicada aún de rocío, descansaba sobre las gruesas y lucientes trenzas cuyas extremidades ocultaba: arregazaba con una de las manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color un cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendía de los hombros en numerosos pliegues.

-¿En cuál caballo quieres ir? -le pregunté.

-En el retinto.

-¡Pero eso no puede ser! -respondí sorprendido.

-¿Por qué? ¿temes que me bote?

-Por supuesto.

-Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes? Pregúntale a Emma si no es verdad que soy más guapa que ella. Verás qué mansito es el retinto conmigo.

-Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que no lo montas, puede espantarse con la falda.

-Prometo no mostrarle siquiera el fuete.

Felipe, caballero ya en el Chibo, que tal era el nombre de su caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos recorriendo el patio.

Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su rosillo predilecto, único que según ella, no era una fiera. No estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el retinto a María: ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve ruido del ropaje.

-¿Ves? -me dijo María ya sobre el animal-; él me conoce: cuando papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Ángel lo curara bien todas las tardes.

El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente conocía aquella voz acariciadora.

Partimos, y Juan Ángel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las señoras.

La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.

Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intranquilo por el brío del animal, me decía de modo que mi madre no alcanzase a oírla:

-Voy a darle un fuetazo, uno solo.

-Cuidado con hacerlo.

-Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato con el retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.

-Ahora que ése te conoce tanto, no será así.

-En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.

-¡Ah! sí; es un excelente animal.

-Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.

-Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.

-Vas a ver que no hace nada.

-¡Cuidado, cuidado! María. Hazme el favor de darme el fuete.

-Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.

Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.

-¿Qué es? -preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo había acortado el paso con tal fin.

-Nada, señora -replicó María-: que Efraín va persuadido de que el caballo me va a botar.

-Pero si tú... -empecé a contestarle, y ella, poniéndose disimuladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que callase, me lo entregó en seguida.

-¿Y por qué vas tan valiente hoy? -le preguntó mi madre-. La otra vez que montaste en ese caballo, le tuviste miedo.

-Y hubo que cambiártelo -agregó Felipe.

-Ustedes me están haciendo quedar malísimamente -contestó María mirándome sonrojada-: el señor estaba convencido ya de que yo era guapísima.

-¿Conque no tienes miedo hoy? -insistió mi madre.

-Sí tengo -respondióle-, pero no tanto, porque el caballo se ha amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...

Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en resplandores metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en grupos aislados interrumpían a distancia la llanura: las linfas de los riachuelos que vadeábamos, abrillantadas por aquella luz, corrían a perderse en las sombras, y las lejanas revueltas del Sabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas azules.

María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente.

Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura, hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente Felipe no había interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi madre sobre cuanto veía.

En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:

-¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha sucedido?

-No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.

-¿Es tan irremediable esa pérdida?

-Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de Braulio.

-¿En la de él solamente?

-Me es más fácil imaginarme la de Braulio. Él va a ser desde hoy completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por muchos años.

Ella me había escuchado sin mirarme, y levantando al fin los ojos, en los cuales no se había apagado el brillo de felicidad que en ella aquella mañana los iluminaba, respondió alzando el velillo:

-¿Esa pérdida no es pues muy grande?

-¿Y por qué insistes en hablar de ella?

-¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado así, y esto me convence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no estés contento por haberme visto alegre después de lo que me contaste anoche.

-¿Y esa noticia te causó alegría?

-Tristeza cuando me la diste; pero más tarde...

-¿Más tarde qué?

-Pensé de otro modo.

-Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegría.

-No tanto, pero...

-Estar como estás hoy.

-¿No digo? Yo sabía que no te podía gustar verme así, y no quiero que me creas capaz de una tontería.

-¿A ti? ¿y te imaginas que eso puede llegar a suceder?

-¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra, de no ver las cosas serias como deben verse.

-No; tú no eres así.

-Sí, señor, sí; por lo menos hasta que me disculpe. Pero hablemos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho conmigo, y mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.

Así lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y el de María volvieron a aparearse. Salíamos de nuevo a la campaña y veíamos blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los techos de las casas en medio de los follajes de los huertos.

-Di, María -le dije entonces.

-Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no estar contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir...

-¿Cómo enseñarte lo que no sé?

-¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decías anoche? Voy a aprovecharme de esa lección.

-¿Desde hoy?

-Desde ahora no -respondió sonriéndose de la misma gravedad que trataba de aparentar-. Oye, pues: yo no he podido prescindir de estar contenta hoy, porque luego que nos separamos anoche, pensé que de esa pérdida sufrida por papá, puede resultar... Y ¿qué pensaría él de mí si supiera esto?

-Explícate y yo te diré qué pensaría.

-Si esa suma que se ha perdido es tanta -se resolvió a decirme entonces, peinando las crines del caballo con el mango del foete, que ya le había devuelto-, papá necesitará más de ti... él consentirá en que le ayudes desde ahora...

-Sí, sí -le respondí dominado por su mirada tímida y anhelosa al confesarme lo que tanto recelaba la pudiera mostrar culpable.

-¿Conque es verdad que sí?

-Relevaré a mi padre de la promesa que me tiene hecha de enviarme a Europa a terminar mis estudios; le prometeré luchar a su lado hasta el fin por salvar su crédito; y él consentirá; debe consentir... Así no nos separaremos tú y yo nunca... no nos separarán. Y entonces pronto...

Sin levantar los ojos me significó que sí; y al través de su velillo, con el cual jugaba la brisa, su pudor era el pudor de un ángel.

Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se habían cambiado los vestidos, y salimos.

El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con él, de lo cual nos excusamos cuan finamente pudimos.

Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún tanto pálido, denunciaba su felicidad: Tránsito miraba tenazmente al suelo, y contestó con voz alterada al llegarle el turno: José, colocado al lado del cura, empuñaba con mano poco firme uno de los cirios; y sus ojos, que pasaban constantemente del rostro del sacerdote al de su hija, si no se podía decir que estaban llorosos, sí que habían llorado.

A tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada había amor, humildad e inocencia; era la promesa única que podía hacer al hombre que amaba después de la que acababa de pronunciar ante Dios.

Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los alcanzaríamos muy lejos.

A la media hora dimos alcance a la linda pareja y a José, quien llevaba por delante la vieja mula rucia en que había conducido con los regalos para el cura, legumbres para el mercado y la ropa de gala de los muchachos. Tránsito iba ya solamente con su vestido de domingo; y el de novia no le sentaba mejor: sombrerito de Jipijapa, por debajo del cual caían las trenzas sobre el pañolón negro de guardilla morada: la falda de zaraza rosada con muchos boleros y ligeramente recogida para librarla del rocío de los gramales, dejaba ver a veces sus lindos pies, y el embozo, al descuidarse, la camisa blanca bordada de seda negra y roja.

Acortamos el paso para ir con ellos un rato y esperar a mi madre, Tránsito iba al lado de María, quitándole del faldón las pelusas que había recogido en los pajonales: hablaba poco, y en su porte y rostro se descubría un conjunto tal de modestia, reconocimiento y placer que es difícil imaginar.

Al despedirnos de ellos prometiéndoles ir aquella tarde a la montaña, Tránsito sonrió a María con una dulzura casi hermanal: ésta retuvo entre las suyas la mano que le ofrecía tímidamente su ahijada, diciéndole:

-Me da mucha pena el pensar que vas a hacer todo el camino a pie.

-¿Por qué, señorita?

-¿Señorita?

-Madrina, ¿no?

-Sí, sí.

-Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? -dijo dirigiéndose a los montañeses.

-Sí -respondió Braulio-; y si no te avergüenzas hoy también de apoyarte en mí para subir los repechos, no llegarás tan cansada.

Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a José para que al día siguiente llevase la familia a comer con nosotros, y él quedó comprometido a empeñarse para que así fuese.

La conversación se hizo general durante el regreso, lo que María y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba de cansancio, como siempre que andaba a caballo. Solamente al acercarnos a la casa me dijo María en voz que sólo yo podía oír:

-¿Vas a decir eso hoy a papá?

-Sí.

-No se lo digas hoy.

-¿Por qué?

-Porque no.

-¿Cuándo quieres que se lo diga?

-Si pasados estos ocho días no te habla nada de viaje, busca ocasión para decírselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un día después de que hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce entonces a él que está muy agradecido por lo que le ayudas.

-Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me tendrá el no saber si acepta.

-¿Y si él no conviene?

-¿Lo temes?

-Sí.

-¿Y qué haremos entonces?

-Tú, obedecerle.

-¿Y tú?

-¡Ay! quién sabe.

-Debes creer que aceptará, María.

-No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me haría un mal muy grande. Pero hazlo como te digo: así puede ser que todo salga bien.



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