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José Luis Puerto

Semblanza crítica

José Luis Puerto (La Alberca, Salamanca, 1953) es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca, y ha ejercido la enseñanza en institutos de Sevilla, Segovia y León, donde actualmente reside. Fue fundador y codirector, junto al también poeta Luis Javier Moreno, de la revista literaria Encuentros, y desempeña tareas editoriales que se han plasmado en la dirección de diversas colecciones poéticas, como Pavesas y Cuadernos del Noroeste, y la codirección de la serie de volúmenes de arte y literatura Plástica & Palabra, bajo el sello de la Universidad leonesa. Además de su obra poética y de la traducción de autores portugueses, ha compuesto diversos libros de investigación etnográfica, prosas aforísticas (El animal del tiempo, 1999) y estampas evocativas (Las cordilleras del alba, 1991), cuya sustancia narrativa no les impiden enlazar estrechamente con su producción lírica.

En su primer libro de poemas, El tiempo que nos teje (1982), se percibían aún materiales de acarreo procedentes de las lecturas frecuentadas -lírica tradicional, Lorca, Cernuda-, aunque ya se insinuaban algunas constantes temáticas de su escritura posterior; entre ellas, la evocación de un peculiar illud tempus, el de una infancia precaria pronta a convertirse en símbolo del jardín identificado con la pureza de los orígenes. Ello adquiere plena visibilidad en Un jardín al olvido (1987), donde ciertos elementos ruralistas resultan sublimados por una intensa subjetividad simbolizadora y mitógena. En virtud de ella, el paraíso rural se transforma en ara de una inocencia que ha sufrido los embates del tiempo, por un lado, y de la sociedad tecnolátrica, por otro, y que todos podemos reconocer en la medida en que sus ángulos más concretos son trascendidos en una visión universal. A partir de entonces, el universo de Puerto queda fijado en sus esenciales coordenadas simbólicas, que se explicitan en su libro en prosa Las cordilleras del alba, donde el reducido espacio hogareño se convierte en un bodegón de equilibrio estable y religioso (alacenas, cómodas, Cristos, palanganas, lozas, cántaras, alhajas...), que se corresponde con el espacio exterior de la aldea natal (verdor del heno, limpidez de la lluvia, caballerías, borregas, cordilleras de nubes...).

Una siguiente entrega, Paisaje de invierno (1993), presenta el símbolo central del invierno no en su sentido de decrepitud y muerte, sino de ascesis y reducción a lo esencial. Frente a la charlatanería ostentosa, la hibernación espiritual; frente a los gritos de la evidencia, la armonía de un mundo recogido en posición fetal. En este paisaje escueto, gélido «páramo gris de la rutina», van erigiéndose motivos bien reconocibles en el autor: la ciudad de provincias, la hilaza del paño, la sazón de la fruta. Así se representa el omphalos -el centro del centro- donde convergen estampas de un culturalismo necesario y vital, en la otra orilla de los esplendores novísimos. Por doquier se erige el dominio de los objetos, una pertinaz y «callada presencia de las cosas». La veta religiosa asoma solapada en determinadas viñetas históricas o culturales que no anulan la apropiación del espíritu recreado; o en algunos momentos en que se plasma un anhelo de búsqueda (¿de un dios?) en medio de la noche oscura. La contextura de este paisaje de invierno está atravesada por la mirada que se posa en la esencialidad objetual y estimula consideraciones melancólicas sobre el destino humano.

Siguiendo este camino de depuración y acendramiento se llega a Estelas (1995), donde el escaso dinamismo de la vida registra algunos de sus hitos grabados en la piedra. Los poemas de «Visión de Apocalipsis», en que monologan los personajes de la portada de la iglesia (coro de ángeles, Tetramorfos, dragón atravesado, ancianos), el entorno (agua del río, páramo) y «el contemplativo», se armonizan en un concierto donde se confabulan Arte y Naturaleza, según pautas establecidas por un Dios armonizador y geómetra. Continuación de este libro, aunque más sintético y menos apoyado en anécdota exterior, Señales (1997) es en realidad un único poema repartido en composiciones sólo aparentemente autónomas, en torno a unos cuantos motivos: epifanía, segregación espiritual respecto de los valores comúnmente aceptados, repliegue hacia el centro, indecibilidad... La obra se sostiene en una serie de reiteraciones temáticas internas -aunque en ocasiones se dan entre ella y otros libros anteriores- en torno a los motivos de la niñez pueblerina, la pobreza extrema, la candidez, expresado todo ello en recurrencias salmódicas. Otras reiteraciones son estructurales, como las producidas por la yuxtaposición de nombres que designan elementos del mundo primigenio, fruto del anhelo de la concordancia espiritual entre hombre, entorno social y medio natural. El poeta nos devuelve el juanramoniano «nombre exacto de las cosas», para convocar la magia de un mundo mediante la nominación del mismo: «Señales de cerezo, cortinal, / Conventino, espeñitas, cirigüeñas, / Escalerón, esquila, campocasa...».

En 1999 vio la luz Las sílabas del mundo, serie de poemas más amplios en general que los contenidos en Señales, y con cierto cañamazo narrativo, no exento en determinadas ocasiones de un tono moralizante aplicado al tiempo de profanaciones del presente social. Los retazos de los días, la aventura del amor, la sucesión de sus minúsculos avatares..., se resuelven en «las sílabas del mundo», el sintagma con que concluye el poema y que da título al libro: un compendio de música y silencio que pautan el mapa del amor y del dolor, de la belleza y del abismamiento. La retracción del yo, cada vez más alejado del estrépito mundano, no niega la comunión con la realidad exterior, sino que supone la retirada a los cuarteles de la intimidad, para recrear desde allí el jardín de esa infancia anterior a la historia.

El último libro de Puerto, De la intemperie (2004), un conjunto de poemas enjutos y esenciales, dibuja -lo mismo que el inédito Topografía de la herida- el punto de llegada de un proceso que ha ido de fuera adentro, en un ensimismamiento progresivo hasta el agustiniano interior intimo meo al que también se acerca de su mano el lector que aún no se haya dejado ganar por la algarabía del mundo.

Ángel L. Prieto de Paula