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José Manuel Blecua Teijeiro

Biografía

José Manuel Blecua Teijeiro nació el 10 de enero de 1913 en Alcolea de Cinca, pueblo de la provincia de Huesca, a unos 25 kilómetros al noroeste de Fraga. Entre la huerta y el secano que delimitaba el río pasó sus primeros años, y nunca dejó de ser, a su manera, un alegre mozo del campo aragonés, tostado por el sol, de buen porte y ojos vivarachos. Eso explica su amor por los pájaros y las flores, plasmado repetidamente en sus obras, y la forma en que vivió, de primera mano, algunas manifestaciones de la poesía tradicional: las endechaderas, los cantos de trabajo, las fiestas aldeanas...

En 1923 la familia se trasladó a Zaragoza, donde estableció una pensión en el número 3 de la calle Cinegio, en el corazón de El Tubo. Ahí trabajó durante toda su adolescencia, compaginando esa labor con sus estudios. Cursó bachillerato en el instituto Santo Tomás de Aquino, dirigido por Miguel Labordeta (padre de los poetas Miguel y José Antonio Labordeta), donde también empezó a impartir algunas clases particulares. Cursó las carreras de Filosofía y Letras y ―por imposición familiar― Derecho. Licenciado en ambas en 1933, empezó a trabajar como profesor ayudante en la Universidad de Zaragoza y en el instituto «Miguel Servet» de esa misma ciudad. Una beca le permitió asistir al primer curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander en verano de 1933. Allí pudo conocer personalmente a Ramón Menéndez Pidal, Tomás Navarro Tomás, Karl Vossler o Marcel Bataillon, los mejores investigadores de la época, que marcaron decisivamente su trayectoria posterior. También conoció a algunos jóvenes poetas que admiraba desde hacía años: Federico García Lorca, Pedro Salinas, Gerardo Diego y, sobre todo, Jorge Guillén, con quienes le unió desde entonces una sólida amistad. Desde ese momento, el más estricto rigor filológico y la más fina sensibilidad literaria se convirtieron en sus guías de su trabajo.

En 1935 obtuvo por oposición una cátedra de enseñanza media de Historia de la Lengua y de la Literatura Española y fue destinado al Instituto de Cuevas del Almanzora (Almería). Allí, casi sin recursos, organizó el periódico escolar Studio, catalogó la biblioteca del centro (tareas en las que le ayudó su compañero Santiago Andrés Zapatero) y empezó su labor investigadora, aunque algunos de esos primeros trabajos ―como el dedicado al Cancionero de Pedro Manuel Ximénez de Urrea o el de la luz en la poesía de Jorge Guillén―, se perdieron irremisiblemente. La Guerra Civil le sorprendió en Zaragoza y fue llamado a filas. Durante la contienda, debido a su ya incipiente sordera, sirvió en el cuerpo de Sanidad Militar, pero encontró tiempo para escribir sus primeros textos docentes (junto a sus amigos Jesús M. Alda-Tesán y Rafael Gastón Burillo) y proseguir sus investigaciones. En 1938 se casó con Irene Perdices Yangüela. Su primer hijo, José Manuel, nació en 1939; el segundo, Alberto, en 1941.

Después de la guerra fue destinado brevemente al Instituto Femenino «Núñez de Arce» de Valladolid, pero pronto fue trasladado al Instituto «Goya» de Zaragoza. En esa institución es donde se desarrolló, de verdad, su primera gran etapa docente e investigadora. En sus aulas se formaron estudiantes de la talla de Fernando Lázaro Carreter, Manuel Alvar, Tomás Buesa, Félix Monge, Domingo Ynduráin o Gustavo Bueno. Ahí se gestaron sus grandes manuales para la enseñanza de la literatura, publicados por la Librería General. La idea que los impulsaba, basada en la lectura y la comprensión de las obras más que en la árida sucesión de fechas, autores y movimientos, renovó completamente el panorama de los estudios literarios españoles en los años siguientes. Con la ayuda de Teodoro de Miguel creó la «Biblioteca clásica Ebro», una colección de textos pensada básicamente para la enseñanza, realizada con un rigor nada frecuente en la época. Su precedente más inmediato, la «Biblioteca literaria del estudiante», publicada por la Junta para Ampliación de Estudios, se vio ampliamente superada con esta nueva colección, mucho más asequible, manejable y pedagógica.

Pero durante esos años José Manuel Blecua fue mucho más que un profesor, que un gran profesor de instituto. Fue, también, uno de los grandes investigadores literarios de la posguerra, uno de los pocos que mantuvo vivo el espíritu del Centro de Estudios Históricos que había dirigido Ramón Menéndez Pidal. Sus trabajos de esa época no tuvieron, nunca, la menor concesión a la estilística ni a la interpretación ideológica, entonces tan vigentes, sino que se distinguieron, siempre, por entroncar con la mejor tradición de los estudios literarios: identificación, transmisión y fijación de los textos, estudio de su significado en el contexto histórico, delimitación de las tradiciones en que se inscriben… Buena muestra de ello fue su tesis doctoral sobre el Cancionero de 1628, defendida en 1944. En ese sentido, cabe destacar su esfuerzo por mantener vigente el contacto con los grandes investigadores exiliados, con los que sostuvo una intensa relación epistolar y a los que trató asiduamente en sus viajes al extranjero. Prueba de ese compromiso fue su «Biblioteca del hispanista», publicada por la Librería General, donde aparecieron excelentes monografías de María Goyri de Menéndez Pidal y de Otis H. Green, pero también de ilustres exiliados como Ángel del Río, José F. Montesinos y Agapito Rey. Algo parecido se podría decir de los creadores, pues a su relación personal con algunos de los grandes escritores españoles del «exilio interior» del momento (Dámaso Alonso, Leopoldo de Luis, Ildefonso-Manuel Gil, Ramón de Garciasol, Miguel Labordeta, Victoriano Crémer, José Luis Cano) sumó la de los escritores exiliados: Pedro Salinas, con quien volvió a coincidir en los cursos de verano del Middlebury College, Juan Ramón Jiménez, a quien conoció en Puerto Rico, Ramón J. Sender, Rafael Alberti, Juan Gil-Albert y, sobre todo, su amigo Jorge Guillén. En uno de los grandes libros de Cántico, precisamente (que, a su vez, servía de callado homenaje a fray Luis de León), se inspiró el joven matrimonio Blecua para crear su propia colección de poesía, «Cuadernos de las horas situadas», destinada a sus amigos, y donde aparecieron títulos tan significativos para esa época como Dos poemas de Ildefonso-Manuel Gil, En la muerte de Miguel Hernández de Vicente Aleixandre o Nueva cantiga de Santa María de la Arrixaca de Gerardo Diego.

Así, con meritorio esfuerzo, el profesor de instituto fue labrándose una carrera humana e investigadora cada vez más respetada. Las nuevas revistas e instituciones que, con mil trabajos, aparecieron en la primera posguerra, acudieron a él para que les ofreciera su apoyo: Castilla, en Valladolid, Archivo de filología aragonesa, en Zaragoza, Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo en su nueva etapa, en Santander, Archivum, en Oviedo, Ínsula, en Madrid... En 1946, con apenas 33 años, fue elegido miembro correspondiente de la Real Academia Española y, hacia esas mismas fechas, su edición del Laberinto de Fortuna dio pie a que María Rosa Lida de Malkiel comenzara la redacción de Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español. Desde 1952 unió a su trabajo en el instituto su función como profesor adjunto en la Universidad de Zaragoza.

Pronto llegaron las invitaciones para que impartiera seminarios y cursos monográficos. Desde 1947 lo hizo en los Cursos de Verano de Español para Extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca, que revitalizó completamente. Y luego llegaron las invitaciones desde el extranjero: en Middlebury (1950), en Saint Andrews (1951), en Columbus (1954)... Su papel decisivo en la evolución de la investigación y la enseñanza de la literatura española quedó patente en el otoño de 1955. Coincidiendo con una reunión de catedráticos de enseñanza media de Historia de la Lengua y de la Literatura Española, la Universidad de Sevilla invitó a algunos de ellos a impartir un ciclo de conferencias sobre el tema «Teoría y muestra de la explicación de textos literarios». Participaron Gerardo Diego, Rafael Lapesa, Fernando Lázaro Carreter y José Manuel Blecua, que departió sobre la poesía de Jorge Guillén. Por fin se había impuesto el método de enseñar literatura desde los textos, y no desde los manuales o la vana erudición.

Le repugnaba la etiqueta de sencillo antólogo que le podían haber creado varias de sus primeras publicaciones, pero hay que reconocer que algunas de esas obras tuvieron un papel decisivo en la evolución de los estudios literarios españoles. La Antología de la poesía española: poesía de tipo tradicional, aparecida en 1956 con prólogo de Dámaso Alonso, realizada de manera totalmente nueva hasta entonces (se daba cabida a las piezas del Cancionero musical de Palacio y a la obra de los vihuelistas y polifonistas del siglo XVI), sigue siendo la mejor muestra de ese tipo de literatura que se ha recogido nunca. Prueba de ello es que se siga reimprimiendo en nuestros días sin más cambios que los que se efectuaron en la segunda edición, de 1964. Y su Floresta de lírica española, aparecida en 1957, ha sido punto de referencia obligado para todos los lectores cultos de España e Hispanoamérica durante decenios.

En 1959 se trasladó con su familia a Barcelona, en cuya universidad había obtenido una cátedra de Historia de la Lengua y de la Literatura Española, aunque ―aragonés hasta la medula― nunca renunció a sus cursos en Jaca ni a sus colaboraciones con el Heraldo de Aragón. Con nuevos y mejores medios, su actividad investigadora se multiplicó. Son los años en que aparecieron sus grandes proyectos editoriales: las ediciones divulgativas de obras poéticas de Quevedo, Lope de Vega, Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, de El conde Lucanor de don Juan Manuel..., las ediciones críticas de Cántico de Jorge Guillén, de la Obra poética de Francisco de Quevedo y de la Obra poética de Fernando de Herrera. Sus estudios dispersos empezaron a recopilarse en volúmenes. Poco a poco, las grandes instituciones empezaron a reconocer sus méritos: ingresó en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona en 1969, en The Hispanic Society of America en 1970, en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras en 1970, Finalmente, la Real Academia Española lo eligió miembro de honor en 1982.

En la Universidad de Barcelona formó toda una nueva generación de filólogos, educados en el amor a los textos y a su estudio. Nombres como los de Javier Albiñana, Antonio Armisén, Raquel Asún, Manuel Aznar, José María Balcells, Vicenç Beltran, Sergio Beser, Salvador Clotas, M.ª Cruz García de Enterría, Aurora Egido, Santiago Fortuño, Luis Izquierdo, María Isabel López Bascuñana, José Carlos Mainer, M.ª Pilar Manero Sorolla, Joaquín Marco, Luis Maristany, Enrique Miralles, Ana M.ª Mussons, Rosa Navarro, Felipe B. Pedraza, Ignacio Prat, José M.ª Reyes Cano, Francisco Rico, José María Sala Valldaura, Aquilino Sánchez Pérez o Ramón Sumoy son solo unos pocos, entre muchísimos otros que se podrían añadir, suficientemente significativos de lo que supuso su docencia universitaria durante más de treinta años. En ese marco es donde más patente quedó el papel jugado por Blecua en la historia de la investigación literaria española. No fue solo su mejor representante en los difíciles años de la posguerra, sino que junto a un reducido grupo de profesores (Rafael Lapesa, Eugenio Asensio, Antonio Rodríguez-Moñino...), se convirtió en el nexo de unión entre la mejor etapa de la filología española, arrasada por la dictadura franquista (la representada por el Centro de Estudios Históricos, cuyos miembros tuvieron que exiliarse o fueron forzados a callar), y las nuevas generaciones de estudiantes que, a partir de los años sesenta, reiniciaron la investigación filológica, prácticamente paralizada durante veinte años. Y no es simple coincidencia que sus dos hijos, José Manuel y Alberto Blecua, se convirtieran en dos sólidos puntales de esa renovación.

En Barcelona, además, los contactos literarios de José Manuel Blecua se extendieron hacia los escritores catalanes contemporáneos (Salvador Espriu, Josep V. Foix, Marià Manent, Rafael Santos Torroella), y hacia una nueva generación de poetas, a los que sirvió de guía (Jaime Gil de Biedma, Guillermo Carnero, Pedro Gimferrer, Andrés Sánchez Robayna...). Desde la universidad diseñó lo que sería un Archivo de la poesía española, proyecto finalmente inacabado pero al que contribuyeron la mayoría de los autores del momento.

Tras su jubilación, en 1983, fue elegido por unanimidad profesor emérito de la Universidad de Barcelona. Pero eso no supuso el fin de sus investigaciones, pues ese periodo se revela, bien al contrario, como uno de los más fructíferos de su producción. Puso fin al proyecto de la publicación de la Obra poética de Francisco de Quevedo e inició la edición crítica de las Obras completas de don Juan Manuel, de la poesía y las traducciones poéticas de fray Luis de León, de una antología de la poesía barroca aragonesa... Al mismo tiempo, las universidades de Montpellier y de Zaragoza lo nombran doctor «honoris causa», la Generalitat de Cataluña le otorga la «Creu de Sant Jordi» y el Ministerio de Cultura la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Los premios «Aragón» y «Menéndez Pelayo», en fin, lo distinguen como el más brillante de los investigadores de la literatura española de su generación.

Los reconocimientos públicos se suceden a lo largo de estos años, sobre todo en su Aragón natal. En 1982, tras acuerdo unánime del claustro de profesores, el Instituto Mixto de Bachillerato número 7 de Zaragoza, fundado en 1979, pasó a denominarse Instituto de Educación Secundaria «José Manuel Blecua». El Colegio Público de Alcolea de Cinca, donde había nacido, ostentó orgulloso desde 1986 el nombre «José Manuel Blecua». Y desde 2001 el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón y el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Zaragoza coeditan la colección «José Manuel Blecua» de estudios pedagógicos. Pocos homenajes y distinciones le podían haber complacido más.

Apartado finalmente de la docencia en 1990, su domicilio en la calle Folgueroles o las mesas del cercano café Oxford, donde mantuvo una activísima tertulia, se convirtieron en centro de reunión para muchísimos amigos y discípulos que, aunque no lo tuvieron como maestro en las aulas, vieron en él un modelo de investigación. Siempre tuvo una palabra de consejo, una recomendación bibliográfica o una frase de apoyo para todos los que fueron a verle.

Falleció el 8 de marzo de 2003 en Barcelona. Pocos días después sus hijos, José Manuel y Alberto Blecua esparcieron sus cenizas por el patio del colegio de Alcolea de Cinca, que lleva su nombre. José Manuel Blecua Teijeiro quedaba, así, unido para siempre a la tierra que le vio nacer y donde vivió sus primeros años. Volvía así a los pájaros y las flores que tanto amó y a la escuela en que aprendió a leer poesía.

Rafael Ramos Nogales