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Juan García Hortelano

Apunte biográfico de Juan García Hortelano

El escritor en una terraza de la calle Princesa (Madrid, 1962).Juan García Hortelano nace el 14 de febrero de 1928 en una familia de la entonces no muy extensa clase media, en Madrid, y es el primogénito de los cuatro hijos que tuvieron Juan García Gutiérrez (médico y químico) y Milagros Hortelano Martínez. Contamos, como ahora veremos, con estos y otros datos que el escritor ha proporcionado, en entrevistas o en distintos escritos, así como los testimonios de su familia y otras fuentes de distinto tipo. Pero quizá lo primero que hay que subrayar es que a Juan García Hortelano no le interesó mucho dar a conocer su vida, no dio importancia a su biografía y quería ser conocido en sus obras, y probablemente esto ya está señalado cuando decía que después de los años de la Guerra Civil, en su infancia, no le había sucedido nada de interés.

Podría decirse que al igual que otros escritores, dos casos semejantes y bien distintos serían Benito Pérez Galdós y Juan Benet, la discreción con respecto a su biografía supone establecer unos límites para los lectores que como consecuencia de la obra puedan interesarse en el hombre. Es cierto que desde sus comienzos en la publicación, como en los relatos que recoge en Gente de Madrid (1967), algunos textos presentan claras resonancias autobiográficas, según han señalado la crítica y el autor en distintas ocasiones, pero, no obstante, esos elementos no pueden ser empleados para componer una biografía del escritor: se trata de motivos, descripciones y personajes ficcionalizados, en los que la imaginación jugaría un papel determinante. Creo que, en este sentido, García Hortelano se sentiría próximo a las ideas de Marcel Proust, en Contra Sainte-Beuve (1954, póstumo), para quien no solo es erróneo identificar el autor de una obra y su narrador, sino que también se enfrenta a la creencia de que la biografía del escritor puede explicar por completo la obra, ya que sería la capacidad imaginativa la que construye la ficción y de ella forma parte el yo que narra.

Si repasamos las ediciones y estudios dedicados al García Hortelano, veremos que en realidad no sabemos demasiado sobre su vida. Empezando por esos años de infancia, es significativo que sea uno de los «niños de la guerra», pues estalla cuando tiene ocho años, y, claro está, la experiencia de la posguerra en la España franquista resulta decisiva en su vida.

Antes de la guerra, desde 1934, asiste al colegio de los Maristas en la calle Los Madrazo, es decir, muy cerca del edificio de las Cortes en Madrid. En esos años, según explicó en varias ocasiones, las figuras fundamentales en su vida fueron su madre y su abuela, y con su padre mantuvo una relación correcta, afectuosa pero no intensa. El comienzo de la guerra civil supone su traslado a Cuenca, con su tía-abuela Amparo, donde tendrá como compañero de juegos al futuro pintor Gustavo Torner, para luego regresar a Madrid, en 1937, a casa de sus abuelos maternos, Sofía y Gabriel. Este último, según refleja algunos de sus relatos, será quien impulse su afición a la lectura, que comenzó con las obras de Julio Verne, Emilio Salgari y, entre otros, Elena Fortún. Paradójicamente, estos dos últimos años de la guerra son los únicos en su vida en los que aseguraba haber gozado de una libertad completa, aunque también ha recordado que un amigo, Silverio Abaitua, le salvo la vida momentos antes de que se produjera un bombardeo.

Las clases particulares que sigue en casa y la influencia de su profesora de francés, doña Juana Berthe, son fundamentales en su formación de esos años, hasta que vuelva a ingresar de nuevo, el año 1940, en los Maristas. Durante el año siguiente sufre la pérdida de su padre y de sus abuelos Sofía y Gabriel, y a continuación ingresa en un internado, el de los Escolapios de Getafe, una especie de «reformatorio» que supuso para él una profundización en la «mala educación», en el aprendizaje de todo lo que no se debe aprender. Esta suma de acontecimientos no cabe duda de que supondría una quiebra irreparable en su mundo personal, un drástico final de su infancia.

Juan García Hortelano con Juan Benet, Manuel Vicent y Ramón Irigoyen (Logroño 1983).Con respecto a los comienzos de posguerra, en sus años de juventud, los juicios que ha emitido han sido por completo negativos, afirmando que vivió una época oscura, sórdida, destructiva y venenosa. La atmósfera de los años 40 hace que él y otros escritores de su generación sean autodidactas, aunque en esa época él contó con la orientación del comediógrafo Luis Fernández Sevilla, a quien había conocido gracias a su amistad con su hijo José Luis Fernández, que le permitió utilizar su biblioteca para ampliar sus lecturas.

A partir de 1945 compagina los estudios de Derecho en la Universidad de Madrid (luego volvería a denominarse Complutense) con la asistencia al Ateneo de Madrid, en cuya biblioteca puede continuar sus lecturas. A esas alturas, ya en los años universitarios, es cuando un amigo le recomienda a un poeta llamado García Lorca, pues las limitaciones existentes suponían que era normal conocer antes a T. S. Eliot que a Machado. En 1950 obtiene una Beca del Instituto de Estudios Políticos, que pierde poco después por discrepancias con las autoridades académicas, y en ese mismo año se afilia al Partido Comunista de España. Saldría de esa organización alrededor de 1965, algún tiempo después de que se produjera la expulsión de Jorge Semprún y Fernando Claudín.

En 1953 ingresa por oposición en la Administración del Estado, en el Ministerio de Obras Públicas, en donde desarrolla una actividad profesional que definió de la siguiente manera: Voy al Ministerio por la mañana, salgo a las tres. Voy a casa, como y me lavo el cerebro (Moix, 1972, p. 58). De este modo se puede resumir una vida monótona de funcionario por la mañana y otra como escritor por las tardes, tal y como se refleja en alguna de sus narraciones. Durante esos años, junto a su activismo político, asiste a las tertulias de Café Gijón, del Gambrinus, del Café Comercial, y como resultado de los primeros años de escritura, su primera publicación es el relato «Carlos (uno y todos)» (1950). Luego se presenta y queda finalista en el premio Nadal (1956), con Barrio de Arguelles, y también en el Sésamo (1957), con Salida al amanecer, y ambas obras permanecerán inéditas. Vemos así su enorme autoexigencia y una continua labor de escritura que dará sus mejores frutos al final de la década. García Hortelano saltará a la fama en el mundo de las letras gracias a dos premios: el primer premio Biblioteca Breve (1959), que gana con Nuevas amistades, y el Prix Formentor (1961), con Tormenta de verano, este último de gran relieve internacional, pues suponía la publicación simultánea en trece países, en algunos casos en editoriales europeas realmente influyentes. También esto supondrá un establecimiento de relaciones con Carlos Barral y otras figuras en el mundo literario de Barcelona.

El contraste entre el perfil mundano de Carlos Barral y sus amigos en Barcelona y el de los escritores madrileños suele ejemplificarse en una de las anécdotas más repetidas sobre nuestro autor: cuando fueron a recibir al escritor que venía de Madrid, al ver su indumentaria convencional y su bigote, Carlos Barral dijo que tuvo la impresión de que habían dado el premio a un Guardia Civil. Sin embargo, la brillante réplica de Hortelano es mucho menos conocida: el escritor dijo que, al ver la camisa abierta y el medallón que lucía el editor, pensó que iba a recibir el premio Biblioteca Breve de manos de un legionario.

Juan Marsé ha recordado como él y otros lectores imaginaban al autor de Nuevas amistades como un «distante notario de la realidad» y al conocerle encontraron una personalidad irónica, divertida, mordaz, generosa y contenida. Estos son alguno de los adjetivos más repetidos en los múltiples testimonios y anécdotas que se cuentan sobre él (en los números de homenaje que figuran en la bibliografía se recogen algunos de ellos). En ellos, hay unanimidad al señalar que era uno de los mejores narradores orales que ha dado nuestro país, algo que no siempre está en relación con el talento para escribir.

Entre 1962 y 1966 trabajó como guionista en la productora Este Films, de Barcelona, pero la poca dedicación a su obra literaria, le hace dejarlo y volver al Ministerio. En 1964 conoce a quien será su mujer, María, y un año más tarde nacerá su hija Sofía.

Después, en el capítulo de sus publicaciones, hay que señalar que su primer volumen de relatos Gente de Madrid, apareció muy aligerado en sus páginas por efecto de la censura en 1967. En 1969 conocerá a Juan Benet, con el que entablará una gran amistad: a partir de ahí, en conferencias y actos públicos, entablarán distintos debates en los que causarán la diversión del público, de conferenciantes y especialistas, y también la estupefacción de algunos.

Según indica en distintos lugares, El gran momento de Mary Tribune (1972) le ocupa durante ocho años, con lo que veríamos que esta extensa obra, y el cambio que supone, tiene una larga gestación. En estos momentos ya se ha convertido en uno de los autores de referencia y dejaba atrás la adscripción al objetivismo, de forma semejante a como había cesado su militancia política, si bien es cierto que su ideología de izquierdas y su compromiso social y político lo mantuvo de forma constante durante toda su vida. En esa nueva línea de su escritura, a la que nos referiremos más adelante, se situará su siguiente colección de cuentos, Apólogos y milesios (1975), en los que, como indicaba en su lema cervantino, encontramos tanto una función moral como el simple juego y entretenimiento.

En 1977 publica su primer libro de poemas, con el peculiar título Echarse las pecas a la espalda, al que se une luego su edición El grupo poético de los 50 (1978), de gran interés para el estudio de la poesía del medio siglo. En 1979 se publica Los vaqueros en el pozo, con la que ahonda en su ruptura con el objetivismo y en 1982 con Gramática parda obtendrá el Premio de la Crítica, pues sin duda se trata de una de sus obras maestras. En 1987 publica un volumen de relatos titulado Mucho cuento y poco después, en 1989, sufre los efectos de la enfermedad que acabará con su vida, un cáncer de pulmón. Durante esos años afirmaba estar embarcado en la relectura de las obras de Montaigne, Saint-Simon y Marcel Proust. Y, a pesar de su situación, continúa trabajando intensamente: publica el volumen de relatos titulado Los archivos secretos (1988); y con el pseudónimo «Luciana de Lais» la novela erótica Muñeca y macho (1990). Viaja, continúa colaborando en periódicos y revistas, y desarrolla una gran actividad hasta que la enfermedad pone fin a sus días un 3 de abril de 1992.