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Juan Villoro

El autor: Apunte biobibliográfico

Juan Villoro, una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana actual, nació en México en 1956. Hijo del filósofo catalán Luis Villoro y de la psicoanalista yucateca Estela Ruiz Milán, cursó sus primeros estudios en el Colegio Alemán de México, y se licenció en Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. A pesar de la afición de su abuela paterna, escritora de best sellers de autoayuda para colegios católicos, por contar anécdotas y radionovelas a sus nietos, fue la lectura de De perfil, de José Agustín, la que despertó su vocación literaria a los quince años, y lo condujo al taller de cuento de Difusión Cultural de la UNAM impartido por Miguel Donoso Pareja en 1973.

Aunque ya en 1977 comenzó a escribir guiones radiofónicos para el programa El lado oscuro de la luna, en Radio Educación, y ha cultivado, además de la narrativa, el ensayo, la crónica, la literatura infantil, la traducción, e incluso el teatro y el guión cinematográfico, fue precisamente en este género, en el de la narrativa breve, en el que se inició su producción literaria. Su primer libro, La noche navegable, un conjunto de once cuentos que son, en buena medida, relatos de jóvenes personajes que buscan su lugar en el mundo, fue publicado en 1980 en la editorial Joaquín Mortiz, dirigida por Joaquín Díez Canedo, a quien hizo llegar el manuscrito Augusto Monterroso, maestro de Villoro en el taller de narrativa del Instituto Nacional de Bellas Artes. La publicación coincidió, según recuerda el propio Villoro, con un terremoto en la Ciudad de México: «"A consecuencia del temblor, salió tu libro", me dijo el editor». En esta misma editorial, cuatro años más tarde, publicaría su segundo libro de relatos, Albercas, en el que lo fantástico y lo realista se funden en homenaje a Onetti, a Borges, a Bioy Casares y a Cortázar.

En la hoy extensa obra literaria de Juan Villoro se cuentan dos volúmenes de relatos más: La casa pierde, con el que obtuvo en 1999 el premio Xavier Villaurrutia, y el más reciente Los culpables, que mereció el premio de narrativa Antonin Artaud de la Embajada de Francia en México en 2008. «Monterroso nos demostró que la vida existe para volverse cuento», ha dicho el autor refiriéndose a aquel curso impartido en la Biblioteca Alfonso Reyes en 1976, y de un proyecto de relato («La vista de Suárez») nació, ya en 1991, la que sería su primera novela, El disparo de argón, a la que seguiría, seis años después, Materia dispuesta. El disparo de argón gira en torno a dos temas fundamentales: la mirada y la ciudad; y estos dos temas, la ciudad, que es México, y la mirada, son de hecho dos constantes en la literatura de Villoro.

Con el primero de estos dos motivos, la mirada, se relaciona otro de los géneros privilegiados en la escritura de Juan Villoro: la crónica. Tiempo transcurrido, de 1986; Palmeras de la brisa rápida, publicado tres años más tarde, y Safari accidental, de 2005, además de Los once de la tribu (1995) y Dios es redondo (Premio Vázquez Montalbán 2006), de tema futbolístico, se inscriben en este género. Villoro, que en alguna ocasión se ha definido como «un cronista de las ideas», ve en la crónica la respuesta a la necesidad de otorgar un sentido a la saturación mediática característica de la sociedad actual. La narración, «que admite la duda y la cordura de lo imaginario» se revela entonces como el antídoto a ese sinsentido, y de ahí el interés por cultivar una literatura de no ficción, en la que se incluyen tanto la crónica como el ensayo.

En lo que respecta a este último género, es obligado citar sus dos recopilaciones de ensayos literarios: Efectos personales (Premio Mazatlán 2000) y De eso se trata (2007). Ambos títulos dan cuenta del objetivo perseguido por el autor en estas obras: convertir la literatura en algo próximo al lector, para lo que apuesta por un ensayo menos académico y frío, y más cercano a la emoción. Lolita y Pedro Páramo, Monterroso y Valle-Inclán, el Hamlet de Bloom y el de Tomás Segovia (de cuya traducción toma su título el segundo de los volúmenes) se dan cita en estos ensayos, y revelan una concepción de la literatura que no conoce fronteras, puesto que, en palabras de Villoro, «la geografía de la imaginación permite influencias diversas».

La apuesta por convertir la literatura en una realidad más cercana al lector trasciende los límites del ensayo en la tercera novela de Juan Villoro, El testigo (Premio Herralde 2004), en la que un intelectual emigrado investiga la figura del poeta Ramón López Velarde a su regreso al México posterior al PRI. Encontramos de nuevo en esta novela las que más arriba calificamos como las dos constantes en la literatura de Villoro: la mirada (presente ya en el título) y la ciudad. Una ciudad que vuelve a aparecer como telón de fondo en Llamadas de Ámsterdam (2007), su cuarta novela, la historia de un amor que no pudo ser, y del que sólo quedan las conversaciones en una calle donde México se disfraza de Holanda.

El México de Juan Villoro, que rechaza el folklore artificioso y falso de quien busca satisfacer una mirada ajena ávida de exotismo, es el lugar «donde el carnaval se confunde con el Apocalipsis», «un país piramidal, telúrico», que encuentra su identidad en la mezcla, en el brusco contraste entre las ciudades futuristas y las comunidades indígenas, en una heterogeneidad de grotesca belleza. Sobre este país de riqueza kitsch ejerce Juan Villoro, desde la crónica, la narrativa o el relato, su mirada crítica y reflexiva, una mirada no desprovista de humor, que es la mirada del testigo que se carga de empatía hacia el objeto de su observación.

María Asunción Esquembre (Universidad de Alicante)

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