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La caída de Constantinopla

La suerte del último emperador bizantino

Sin duda alguna, había un factor enorme enmedio de esta historia que ya hemos mencionado más de una vez; se trata de la muralla de la capital, que era de unas dimensiones colosales, obra de ingeniería única en el mundo que, no por haber sido construida hacía más de mil años, había perdido su importancia en 1453.

Constantino XI Paleólogo (1408-1453), último emperador del Imperio Bizantino (1449-1453). Retrato imaginario, de estilo romántico, realizado en el siglo XIX.Constantino estaba luchando valerosamente, se había desprendido de las insignias imperiales y continuaba combatiendo como un soldado común, pero el aliento les faltaba a los soldados que defendían la ciudad: sin la ayuda de los soldados genoveses que habían corrido detrás de Giustiniani, el esfuerzo era absolutamente agotador.

Los jenízaros, que habían penetrado por la muralla a la altura de la puerta de San Román, gracias al efecto desmoralizador conseguido por el pequeño grupo que entró por la Kerkoporta e izó la bandera en una de las torres cercanas al palacio de Blaquernas, lograron masacrar a los bizantinos atrapados en el sector entre muros, y entonces se vio el último y titánico esfuerzo del emperador tratando de evitar lo inevitable, pues ya la toma de la ciudad se había hecho irremediable, los defensores eran cada vez menos y los soldados otomanos entraban ya por cientos por las puertas de la muralla interior; Constantino murió como un héroe haciendo honor a sus títulos, haciendo honor al prestigio de un Imperio que, no por haber caído, había sido menos grande. Sin embargo, nadie ha podido saber, a ciencia cierta, cómo murió Constantino, ni dar noticia del verdadero paradero del cuerpo del emperador muerto, con lo cual un halo de oscuro misterio se cierne sobre esta triste historia. La Historia nos cuenta que se sacó las insignias y peleó como un soldado más, algo que nunca ha sido probado de todas maneras. Dicen que Mahomet preguntó por Constantino, y que se alivió cuando lo dieron por muerto; dicen que el cuerpo de alguno de sus oficiales fue confundido con el del emperador, dicen que enterraron ese cuerpo, y que esa tumba fue venerada por mucho tiempo, dicen...

Es posible que con la muerte de Constantino XI estemos ante la presencia del nacimiento de un nuevo mito, el mito romántico de un luchador inigualable, algo que fue creciendo ante la necesidad del pueblo griego de creer nuevamente en sus héroes, cuando luchaban por sobreponerse del yugo turco. Aún sin este mítico final, Constantino XI ha sido un hombre admirable, luchador incansable, que se constituyó en un más que meritorio adversario, contando solo con fuerzas exiguas, del mejor pertrechado de los ejércitos de la época, y es esa enorme dimensión que alcanza como hombre y como soldado lo que lo hace una persona descollante dentro de la inmensa Historia de la Humanidad. Sin embargo, si hay que destacar algo del emperador, es su decisión de no huir de Constantinopla, de esperar a su adversario y seguir el juego hasta el final, con pocas probabilidades de vencer; esto puede significar dos cosas: la fe impresionante de este hombre en Dios, que lo haría ser optimista hasta el final, o la entereza de un carácter enormemente decidido a llegar hasta las últimas consecuencias para defender lo que es suyo; tal vez las dos cosas fueran ciertas.