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Luis Matilla

Semblanza personal

El teatro es un crisol en el que convergen y se funden múltiples expresiones artísticas. En ello radica su valor, su fuerza y su grandeza.

Luis Matilla

Nací en San Sebastián meses antes de finalizar la Guerra Civil. Mis primeras letras las aprendí en Portugal a donde mi padre se trasladó para realizar varias películas como director. A mi regreso a España estudié en el instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, y más tarde recalé en un colegio donde existía el grupo de teatro que coordinaba un jovencísimo Carlos Ballesteros, convertido años después en destacado actor de la escena española. Al finalizar la educación básica mi deseo hubiera sido estudiar Filosofía y Letras, pero mis padres, con la mejor intención, procuraron convencerme de que la carrera elegida por mí era más propia de señoritas que de muchachos en busca de un brillante porvenir. Así que sin demasiada convicción, me matriculé en Derecho en la Complutense. Afortunadamente ninguna de las asignaturas que tan libremente había elegido logró ganarme para su causa.

Allá por los años sesenta, mi Facultad era un hervidero cultural donde existían tres grupos de teatro, dos de cine y múltiples plataformas de encuentros, coloquios y conferencias «tapadera» de la manifiesta oposición de una gran parte del alumnado a la dictadura. Junto a Luis Gómez Llorente y otros compañeros fundamos la revista Omnis, una publicación que imprimíamos con una vieja máquina «vietnamita», y más tarde a multicopista. El día que por fin logramos los medios necesarios para editar la publicación en imprenta, nos llegó la prohibición bajo la excusa de que algunos de los temas tratados no tenían relación alguna con la vida académica. He de confesar que en aquella época pasaba más horas en la cercana Facultad de Filosofía que en la de Derecho. Me fascinaban las clases del profesor José Luis López Aranguren. Y hoy, con la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, estoy convencido de que sus magníficas lecciones plenas de humanidad, inconformismo y rebeldía contra el sistema imperante vinieron a reforzar definitivamente mi admiración y respeto por todos los auténticos maestros que con tanta valentía y rigor intelectual se esforzaron por transmitirnos una educación liberadora en tiempos tan difíciles para la libertad, la cultura y la educación.

A principio de los años sesenta empecé a realizar versiones de piezas teatrales extranjeras y a mediados de esa década firmé mi primer trabajo dramático original. Paralelamente a los textos para adultos escribí una obra dirigida al público infantil titulada El hombre de las cien manos que fue estrenada en el Teatro Español de Madrid. El alentador resultado obtenido me animó a plantear nuevas propuestas escénicas específicamente dirigidas a la infancia y la juventud. Algunas de ellas se publicaron en editoriales como Edebé, Fuente Dorada, Cincel y Austral Juvenil. Creía entonces, y sigo creyendo ahora, que la expresión dramática en las primeras edades nos brinda un efectivo camino hacia la formación de ciudadanos selectivos, críticos y creativos.

De aquella época es una curiosa anécdota que no me resisto a relatar. Se representaba en Valencia mi obra Juguemos a las verdades en el marco de las solemnes celebraciones falleras. Al poco tiempo de iniciarse el espectáculo, el alcalde decidió suspender la representación al considerarla inadecuada para el público infantil y, tal vez también, para la esposa de Adolfo Suárez, la cual se encontraba presente en la sala. Si algunas de mis obras anteriores para adultos habían sido prohibidas por la censura antes de conseguir llegar a un escenario, en aquella ocasión la facultad de suspender la función fue asumida por aquel edil prepotente. Naturalmente el hecho trascendió a la prensa y José Monleón publicó un artículo en la revista Triunfo que consiguió moderar mi galopante indignación. Meses más tarde esta obra sería programada por el Teatro María Guerrero de Madrid recibiendo numerosas críticas favorables.

Formé parte de un movimiento de Teatro Universitario verdaderamente singular en el que numerosos grupos de las distintas facultades alquilaban teatro en Madrid los días de descanso de la compañía -habitualmente los lunes- para representar obras imposibles de ver en las salas comerciales. Las autorizaciones, cuando se conseguían, únicamente permitían una representación de cámara y ensayo. Todo el esfuerzo de meses de trabajo se consumía en esa fantástica noche de «estreno y despedida» durante la cual soñábamos en llegar a ser algún día verdaderos profesionales de la escena. Colaboré con el Teatro de Cámara Pigmalión que dirigía Antonio Guirau, y mi vinculación al Teatro Universitario de Murcia me permitió realizar varias obras en colaboración con Jerónimo López Mozo y César Oliva.

Y llegó el momento de la gran decisión: el de comunicar a mis progenitores que prefería seguir la profesión de mi padre a tener que defender como abogado los intereses de empresarios y sociedades anónimas. La conmoción familiar fue mayúscula y, dadas las zozobras que esta inestable profesión le había deparado a mi padre durante toda su vida, éste decidió no facilitarme el camino inicial. Tuve que conseguir el carné de auxiliar de dirección trabajando como meritorio en películas españolas. Una vez logrado aquel trámite administrativo, obligatorio en aquella época para poder ser contratado, formé parte de algunos de los equipos que intervenían en las películas extranjeras que se rodaban en España, mayoritariamente norteamericanas e inglesas. Tras participar como ayudante en producciones que no dejaron demasiada huella ni en mí, ni creo que en los espectadores, tuve la suerte de participar en dos de los filmes que Richard Lester rodó en nuestro país: Golfus de Roma, último largometraje de Buster Keaton, y Cómo gané la guerra, película en la que intervino como actor John Lennon.

Me incorporé al grupo de teatro independiente Tábano tras el estreno de Castañuela 70 y con él realicé todas las giras que el colectivo efectuó por los países europeos en los que existían emigrantes españoles y también por el centro y el sur de América. Durante una de las giras por Nicaragua tuve la oportunidad de escribir dos guiones para TVE sobre la convulsiva realidad existente en aquellos momentos, circunstancia que me permitió recorrer el país llegando hasta los lugares de enfrentamiento entre las fuerzas sandinistas y la «contra».

Mi alejamiento del cine como ayudante de dirección se produjo definitivamente al presentárseme la oportunidad de coordinar el departamento audiovisual de una atípica empresa. Su objetivo era el de producir programas innovadores de educación en la imagen y los medios de comunicación en los centros educativos desde una perspectiva crítica y creativa ¡Por fin podía plantearme un trabajo relacionado con la enseñanza! Aunque el sueldo que me ofrecieron era tres veces menor al que recibía en el cine profesional, acepté, seguro de estar iniciando una nueva etapa que me iba a permitir relacionarme con profesores y alumnos para intentar incorporar la imagen a algunas de las líneas pedagógicas de los grandes maestros del siglo XX a los que tanto admiraba.

Si tuviera que definir el tipo de teatro para adultos que he realizado desde que comencé a escribir, puedo afirmar que intenté crear obras alejadas del realismo imperante en los años 60 y 70. Mis autores favoritos eran Jarry, Ionesco, Becket, Adamov y Valle Inclán, escritores que observaban la realidad de su época desde el absurdo, la perplejidad y la deformación, abiertos a esas imágenes surreales que producen en nuestra mente los espejos cóncavos y convexos de los que nos hablaba don Ramón María. Tras la selección por parte de dos directores consecutivos, conseguí estrenar en el Centro Dramático Nacional Ejercicio para equilibristas con dirección de Juan Margallo y actores provenientes del teatro independiente a excepción de OPS realizador del decorado y los figurines. Juan volvió a dirigir esta pieza con intérpretes colombianos en el Teatro Popular de Bogotá. Años más tarde colaboré en revistas como Pipirijaina, El Público y el semanario de humor Hermano Lobo.

Como formador de formadores he participado durante cerca de tres décadas en numerosas actividades de los Centros de Profesores y Recursos. Entre ellas cursos relacionados con la didáctica de los medios de comunicación. Pretendía con ello ampliar y reforzar la alfabetización audiovisual junto a tantos compañeros y compañeras que luchaban en todo el Estado español defendiendo la misma causa. Es un hecho insoslayable la necesidad de protegernos de la manipulación que sobre nosotros ejercen los medios, implantando en los centros educativos materias relacionadas con la lectura crítica de los mensajes que nos llegan a través de las múltiples pantallas que informan la vida de nuestros niños y jóvenes. Durante más de veinte años formé parte del movimiento de renovación pedagógica «Acción Educativa» desarrollando programas de enseñanza de la imagen y la expresión dramática y el diseño de las «Semanas Internacionales de Teatro para Niños» de Madrid. He escrito numerosos artículos y algunos libros sobre didáctica de los medios de comunicación y el teatro dirigido a las primeras edades.

A partir de 1979 mi producción escénica específicamente concebida para la infancia y la juventud se diversificó en dos vertientes concretas: el teatro tradicional a la italiana y el teatro de animación y recorrido para su representación en espacios abiertos, modalidad de la que he escrito ocho propuestas que fueron estrenadas en España, Cuba, Venezuela y Rusia. Uno de los grandes retos del teatro de animación consiste en lograr que las propuestas planteadas en los espectáculos no siempre provengan del texto inicial, sino que puedan surgir de las inspiraciones que nos ofrezcan los espacios naturales en los que se desarrolle la acción dramática y también de las aportaciones de los propios espectadores. Así mismo, resulta imprescindible contar con un tipo de intérpretes animadores capaces de establecer canales de comunicación dinámicos con el público asistente a cada representación.

Con el comienzo del nuevo siglo mi dedicación al teatro para los jóvenes espectadores se vio sustancialmente intensificada y las sesiones de libro-foro con alumnos de distintos centros educativos me permitieron entrar en contacto más directo con los destinatarios de mis últimas obras entre las que se encuentran los premios SGAE El árbol de Julia, Manzanas Rojas, El último curso y Los chicos de barracón n.º 2.

A la hora de hacer balance del trabajo teatral dirigido a la infancia y la juventud, constato que las dificultades con las que tropecé cuando intenté publicar mis textos escénicos en los años 70, siguen existiendo en la actualidad. Pocas son las editoriales que apuestan por la literatura dramática a pesar de que, como ocurre en mi caso, dos de las obras citadas anteriormente hayan alcanzado las catorce reediciones; hecho bastante insólito si nos referimos a libros de teatro destinado al lector infantil. A esta circunstancia se une la falta de interés de una parte del profesorado por los textos escénicos específicamente dirigidos a las edades de sus respectivos alumnos. No es demasiado habitual encontrar obras teatrales entre la selección de libros recomendados para la lectura en la escuela. El hecho de que la Biblioteca Virtual Cervantes haya incluido a un autor de teatro entre los destacados escritores y escritoras que figuran en sus bibliotecas de literatura para niños y jóvenes, me produce una honda satisfacción, al tiempo que suscita el sincero reconocimiento a la labor que esta entidad viene desarrollando desde su fundación.

Luis Matilla