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Manuel Ugarte

Biografía de Manuel Ugarte

Por Franco Quinziano
(Università di Urbino Carlo Bo)

Regreso a Europa y exilio voluntario (1919-1935): escritura literaria y balances de su itinerario intelectual

Nuevamente en Europa, donde arriba a finales de febrero de 1919, Ugarte regresa a su actividad de cronista y literato, colaborando de modo activo con la prensa europea e hispanoamericana. Sus principales colaboraciones, en estos primeros años 20, se publican en El Heraldo de Madrid, el español La Libertad, la francesa La Revue, El Universal de México y el diario porteño La Razón, desde cuyas páginas prosigue su combate por la causa de la unidad latinoamericana. Esta primacía asignada a la colaboración en el campo del periodismo se debe también a su nueva situación financiera, ahora sin recursos, después de haber consumido la fortuna familiar en su gira continental y de la quiebra económica de su padre en 1914. A partir de ahora las colaboraciones periodísticas y los derechos de autor de sus libros serán sus únicas fuentes de ingreso.

Primera página del artículo «Manuel Ugarte habla al Hispanoamericanismo» (Fuente: «La Rábida», Huelva, año XV, n.º 156 (31/7/1927), pp. 13-14). Ugarte decide instalarse en Madrid con el firme propósito de retomar los contactos literarios y revalidar sus credenciales y prestigio de escritor de antaño, superando el ostracismo al que se le ha condenado después de su gira continental. En la capital española conoce a quien será su compañera, Thérèse Desmard, una joven francesa a la que le lleva más de veinte años y con quien contraerá matrimonio en 1929. En los primeros meses de ese año dicta varias conferencias en instituciones españolas, entre ellas en la Universidad de Madrid y El Ateneo de la capital, así como en el Monasterio de La Rábida, invitado por la Sociedad Colombina de Huelva, con la que el escritor argentino mantendrá estrechos vínculos de amistad hasta mediados de los años 30. Asidua será asimismo su colaboración con la revista de la citada institución onubense, La Rábida, para la cual escribe artículos en los que, como ha estudiado recientemente el investigador Andrés (2014b), Ugarte confiesa sus simpatías hacia España y su cultura, reivindicando el legado ibérico en el seno de la comunidad de los países de América. En dicha perspectiva Manuel Andrés, parafraseando a Sepúlveda16, explica que, si Ugarte halló en España un altavoz adecuado para hacer valer su mensaje de unidad latinoamericana, la proclamada Madre Patria encontraría en él "uno de sus principales soñadores" (2014a: 616).

A partir de estos años y a raíz de la continuidad de su estrecho lazo con el mundo hispánico, de modo más acusado en sus años de madurez, irá desplazando la defensa del hispanoamericanismo hacia la exaltación del iberoamericanismo, concebido como la plasmación de una robusta comunidad cultural en oposición a la hegemonía anglosajona (Andrés 2014a): La realidad étnica y espiritual de nuestra América no será nunca, a mi juicio, el universalismo vago ni el indianismo remoto, sino el iberoamericanismo, confesará el escritor porteño en sus últimos años (1943: 44). La larga amistad con Unamuno, Blasco Ibáñez y Rueda, entre otros, así como los numerosos escritos dispersos en su copioso archivo personal corroboran la admiración y el respeto, más pronunciado a partir de los años 20, que el autor argentino manifestó hacia la ex Madre Patria: Nuestro camino, se lee en un borrador ugarteano, está en el cruce de caminos de la América autóctona con la conquista ibérica. Esa es la realidad étnica. En cuanto a la realidad espiritual, no puede ser otra que el idioma castellano y la cultura hispana que se sobrepuso (AGN, Legajo 2232).

En 1920 se publica la segunda edición de El porvenir de la América Latina (con un título levemente modificado: El porvenir de la América Española) y la de sus Cuentos de la Pampa, en los que, a los cuatro relatos que habían visto la luz en 1903 y otros de sus Cuentos argentinos, Ugarte añade un nuevo prólogo y varios cuentos más, muchos de ellos ya incluidos en sus ediciones francesa (1907) e italiana (1908). De todos modos, esta nueva edición, más completa que las precedentes, presenta algunas diferencias respecto a los cuentos incluidos en las dos ediciones europeas recién citadas, como indica Gasquet en dos utilísimos anexos (2015: 185-188).

Merbilhaá (2009a: 377-378) considera que 1921, año en que el escritor decide dejar Madrid para instalarse con su compañera Desmard en la ciudad de Niza, en busca de mayor tranquilidad y de un clima más benévolo, sanciona una bisagra biográfico-histórica en su itinerario, dando inicio a un nuevo periodo en su trayectoria intelectual orientado a retomar, después de una pausa de casi diez años, la escritura literaria. Sin duda constituye el último -y tardío- esfuerzo del rioplatense por reinsertarse y recuperar el prestigio de otrora en campo literario: en dicha perspectiva Gasquet opina que c'est la dernière tentative pour reprendre une production littéraire soutenue, hautement marquée par une prose mémorialiste dans laquelle Ugarte intercale des réflexions sociologiques et politiques (2015: 19).

Al año siguiente se publica su libro de relatos Las espontáneas (1922a), corroborando su regreso a la escritura de ficción. En Las espontáneas Ugarte vuelve a incursionar en el mundo femenino, explorado en algunos de sus primeros relatos de los Paisajes parisienses y en Mujeres de París (1904). En este texto, explica el autor en su prólogo, las «espontáneas» son retratos de mujeres a la vez enfermas y atrayentes, culpables y simpáticas, que se hallaban diseminados en diversos libros míos (1922a).

Manuel Ugarte en su despacho en Niza c. 1924-1925 (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2233) En estos largos años en Niza, entre 1922 y 1933, Ugarte regresa a su vocación literaria, que complementa con colaboraciones para diversos periódicos con el fin de solventar su cada vez más precaria situación económica, en especial para el madrileño La Libertad, convirtiéndose en su corresponsal en Francia por algunos años, hasta que en 1924 sea sustituido por el filósofo Ortega y Gasset, exiliado en Francia ante el acoso de la dictadura de Primo de Rivera. Al tiempo que Ugarte regresa a la ficción literaria, en esos mismos primeros años de la década del 20 veía la luz el volumen de sus Poesías completas (1921). Aún adolescente, Ugarte había dado muestras de su temprana vocación lírica, publicando entre 1893 y 1898 algunos libros de poesía, gracias a la ayuda económica de su padre. Unos años más tarde, en 1906, salía a la luz su poemario Vendimias juveniles, en el que recogía las composiciones, de carácter amoroso y de íntimos recuerdos de sus años de adolescencia -vendimias de mi primera juventud, en palabras del mismo poeta (1921: 12)-, complementadas con otros poemas de carácter social, siguiendo el ejemplo de la lírica de Almafuerte.

Ugarte no destaca por ser un acreditado poeta y en verdad su producción lírica constituye la parcela que menos atención ha concitado en el seno de la crítica, habiendo sido muy poco explorada hasta ahora. Sin embargo, sus poemas, iniciados bajo el influjo de Bécquer y Núñez de Arce, y siguiendo luego el ejemplo de Almafuerte y Rueda (Carnero 1985: 70-71), fueron enjuiciados positivamente a inicios del siglo pasado por un sector de la crítica europea. Basta releer los juicios críticos que sus Vendimias juveniles promovieron y que el mismo autor -con carácter de autopromoción- se encargó de incluir en la edición de sus Poesías completas, para corroborar el alcance de dichas valoraciones críticas.

Ugarte condensa su visión de la poesía -y del poeta- en el prólogo que precede Trompetas de órgano, de Rueda: Ser poeta es percibir y traducir en ensueño la esencia y la savia de la Naturaleza y del yo interior. Solemne, impresionante o evocadora, rugido de mar, galope de caballos o temblor de estrellas, la Poesía ha de ser siempre sinceridad, generosidad, enfermiza, si queréis, pero capaz de horadar [...] todas las superficialidades y abrirse camino hacia el ignoto sin salir de lo humano (1908: 216)17. El mismo autor acabará confesando la primacía de la prosa, al relegar las palpitaciones y la sensibilidad del verso a un segundo plano en favor de la prosa, instrumento privilegiado para desplegar su ideario: en los tiempos de lucha por que atravesamos, el hombre se debe casi más a la justicia y a la verdad que al ensueño y a la belleza, por lo que su arma es la prosa flexible y ágil («Prólogo» 1921: 13).

Reproducción de un madrigal de Manuel Ugarte de los años 20, con ilustración de Alejandro Sirio (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2232) En esta edición el poeta recoge en su primera parte los poemas de sus Vendimias juveniles, mientras que en la segunda -intitulada Los jardines ilusorios- incluye sus poesías más recientes, en las que, según sus propias palabras, la pasión se halla velada por la galantería y el desengaño por la intriga nueva: madrigales y rondeles, que reflejan [...] el prisma contradictorio, encanto y desencanto, de nuestros eternos amoríos (1921: 15).

En un arco temporal muy breve, entre 1922 y 1924, publica tres ensayos que abordan la problemática hispanoamericana y en los que describe sus viajes por el continente americano, insertando los discursos, las conferencias y vivencias de su gira latinoamericana, condimentados con innumerables consideraciones y reflexiones sobre la realidad y el destino de América Latina. Mi campaña hispanoamericana (1922) -relato de su gira continental y otras experiencias viajeras por América-, El destino de un continente (1923) -en el que recopila los discursos pronunciados en su gira continental- y La Patria Grande (1924) -compilación de artículos vinculados a la cuestión nacional- y, como se ha apuntado (Maíz 2003a: 20 y ss.), pueden ser concebidos, conjuntamente con El porvenir de la América Latina, como un gran macrotexto orientado a explorar la naturaleza socio-política de la América Hispana. En su monografía Maíz (2003a) aborda interpretativamente los componentes y las imbricaciones del hispanoamericanismo ugarteano en estos cuatro textos en el marco de una concepción histórica en la que el subcontinente representa un significante alternativo de la modernidad activado por una utopía de carácter continental.

Estos tres ensayos sancionan una fase de transición en la escritura ugarteana, en la medida que dichos textos, habitados por recuerdos y confesiones personales, y en los que la literatura de viaje y el modelo autobiográfico cohabitan con el modelo discursivo propio del ensayo de carácter político y sociológico, el autor va trazando una reflexión acerca de su propio itinerario intelectual, que habrá de ficcionalizar en algunas novelas de estos años, en primer lugar en El crimen de las máscaras (1924), y de modo más acusado en sus textos de madurez, de los años 30 y 40, inscritos en la vertiente confesional y permeados de recuerdos y experiencias personales.

El optimismo generacional y las ilusiones alimentadas en los primeros lustros de la centuria han comenzado a diluirse ante el peso de los horrores y el reguero de víctimas de la Primera Guerra Mundial, cuyas consecuencias promueven en Ugarte un proceso de reflexión y revisión parcial de algunas de las ideas-fuerza que habían guiado su ideario. De este modo, a partir de mediados de los años 20, tanto en el campo de la ficción novelesca como en el del ensayo y la literatura confesional es posible percibir en su escritura un continuo esfuerzo por trazar balances de su propio itinerario intelectual.

En esos mismos años regresa a la ficción novelesca, género en el que apenas se había ejercitado en los inicios del siglo, publicando en pocos años dos títulos: El crimen de las máscaras (1924) y El camino de los dioses (1926). Merbilhaá considera que en ambas narraciones se registra una misma indagación de géneros hasta entonces no explorados por el autor (2009b), al tiempo que ensaya una valoración de las sociedades de los años 20 desde la perspectiva no explícita de las antiguas certezas de la preguerra (2009a: 436). En la segunda novela el autor sitúa la trama en Centroamérica, abordando con originalidad e insuperable maestría el tema del desarrollo de la tecnología militar en el marco de una nueva -y premonitoria- conflagración mundial. En una carta que el novelista Blasco Ibáñez le envía a Ugarte a mediados de septiembre de 1926, luego de felicitarle, le comenta que en su opinión El camino de los dioses constituye uno de sus mejores textos, al unir en una sola obra el interés novelesco y la buena forma literaria (AGN, Legajo 2223: folio 95).

Portada de «El crimen de las máscaras». Valencia: Sempere, 1924 Merbilhaá opina que El crimen de las máscaras, «tragedia bufa» en la que varios de los nombres asignados a los personajes derivan de la afortunada tradición cómica de la comedia del arte italiana, constituye una fábula alegórica con reminiscencias modernistas, complejizada por procedimientos dramáticos y autorreferenciales, mientras que en El camino de los dioses predomina una trama detectivesca con marcas realistas (2009b). En esta primera novela, de evidentes connotaciones políticas y sociales, Ugarte ficcionaliza su propio itinerario intelectual encarnado en el del protagonista Pierrot, modelo de idealista y soñador, erigido en alter ego del autor (Galasso 2014, I: 172-178; Merbilhaá 2009b). Junto a Pierrot sitúa a los estudiantes, a quienes el escritor asigna la capacidad de movilizarse en apoyo de los ideales del protagonista. Ante ellos desfilan un sinfín de personajes que actúan como una comparsa de marionetas sobre el escenario y que remiten a las fuerzas de la sociedad burguesa, cuya misión es garantizar el orden y el statu quo, acallando -en clave autobiográfica- los sueños y la voluntad de cambio del protagonista.

La ficción novelesca, observa con perspicacia Merbilhaá (2009b), le permite proyectar más libremente tanto las encrucijadas del escritor-intelectual en el mundo social, cuanto que un balance de su propia trayectoria y la de su generación en el mundo hispanoamericano, tematizando la idea de una generación derrotada. Si en El crimen de las máscaras Ugarte ficcionaliza su propio itinerario intelectual, incorporando el caudal de sus propios ideales, sueños, engaños, desilusiones, silencios y derrotas -componentes que modelan la trayectoria de Pierrot- el autor argentino proseguirá en los años sucesivos transitando esta vertiente próxima al autobiografismo, a través de un vasto entramado de escritos que, como si se tratase de un work in progress, ocupan más de un millar de páginas (La vida inverosímil, El dolor de escribir, Escritores iberoamericanos de 1900, El naufragio de los argonautas y La dramática intimidad de una generación), organizados en torno a recuerdos y retazos de vivencias personales y orientados a trazar un balance de su propio itinerario y de su generación.

Carta de Manuel a Ugarte a José Carlos Mariátegui de 1928 (Fuente: Acervo digital del Archivo José Carlos Mariátegui bajo Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional) Al mismo tiempo Ugarte no ha abandonado su rol de propagandista y publicista, siendo considerado por el APRA y su líder Haya de la Torre como el verdadero precursor de la causa latinoamericana y antiimperialista. La correspondencia intercambiada en estos años con el cubano Julio Antonio Mella, el peruano Mariátegui y el líder nicaragüense Sandino atestiguan su rol de adalid en el campo de la lucha antiimperialista, al tiempo que corroboran el prestigio del que goza aún entre los líderes y los intelectuales del subcontinente.

Aunque las concepciones de las diversas asociaciones antiimperialistas vigentes hacia mediados de los años 20 se iban apartando de la concepción ugarteana del fenómeno, como recuerda Cormick, Ugarte fungió, en esos años, como referente para todos los que decidieran realizar una acción o movimiento antiimperialista (2013: 53). Así, por ejemplo, participa en 1925 en un acto en París en apoyo a la Revolución mexicana junto a Haya de la Torre, Vasconcelos e Ingenieros, mientras en febrero de 1927 es designado, junto con Vasconcelos, delegado por el Partido Nacionalista de Puerto Rico para asistir al Primer Congreso Antiimperialista Mundial que se celebra en Bruselas.

Meses más tarde, con ocasión de los festejos del décimo aniversario de la Revolución de Octubre, recibe una invitación oficial para visitar la Rusia revolucionaria. Ugarte decide aceptar el ofrecimiento, según confiesa en El dolor de escribir, debido a un instinto rebelde de revolucionario sin partido (1933: 150). Transcurre algo más de tres semanas en la Unión Soviética, alojado en la moscovita Casa de los Intelectuales, donde traba amistad con otros escritores y artistas, entre ellos Henri Barbusse y el mejicano Diego Rivera. En los manuscritos y documentos mecanografiados de su copioso fondo documental abundan las reflexiones sobre este viaje. No soy comunista, pero no es posible negar los resultados alcanzados, escribe a apenas 24 horas de su llegada a Moscú, y subraya que hay mucho que observar y que aprender en Rusia (AGN, Legajo 2226: borrador). 

Borrador manuscrito de Manuel Ugarte con consideraciones sobre su viaje a Rusia en noviembre de 1927, s. f. (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2226) Ugarte participa en diversas iniciativas y actos oficiales y aprovecha su estancia para estudiar in situ el proceso de transformación iniciado en 1917. En dicha perspectiva presta especial atención al proceso de reforma agraria en acto y a los procedimientos puestos en marcha para preservar el petróleo y explotarlo nacionalmente al margen de las empresas todopoderosas (Galasso 2012: 208); todo con la mirada puesta en la posibilidad de aplicar algunas de estas políticas transformadoras y experiencias de gestión en las naciones latinoamericanas, en la perspectiva de ir alcanzando mayores cotas de independencia nacional. Por encima de las doctrinas sociales, puede leerse en otro borrador, me interesaba sobre todo el problema de saber si nacía con Rusia una nueva fuerza susceptible de tener peso, llegado el caso, en favor de los pueblos sometidos (AGN, Legajo 2225: borrador). A su regreso a Niza, inicios de 1928, Ugarte traza un breve balance del viaje: Fui libremente y he regresado con la independencia de toda la vida. Creo que tenemos mucho que aprender de la revolución de 1917 y en este sentido, confiesa, el viaje ha sido provechoso (AGN, Legajo 2226: borrador).

En septiembre de 1929, año de intensa actividad, viaja a Berlín como delegado de la Unión Latinoamericana de Buenos Aires, fundada por Ingenieros y presidida por su amigo Palacios, ante el Congreso de la Liga contra el Imperialismo; un mes más tarde el escritor ecuatoriano César Arroyo le organiza un homenaje para recordar los 25 años de su lucha antiimperialista, al que, entre otros, adhieren Barbusse, Gabriela Mistral y Gómez de la Serna. Sin embargo, a partir de finales de esta tercera década del siglo y los inicios de la siguiente, como se ha observado en un reciente estudio (Cormick 2013), la figura de Ugarte, como literato e intelectual, comienza a transitar un creciente proceso de marginalización, experimentando su prestigio un evidente declive que se corresponde al gradual aislamiento que registra su figura en el mundo político-cultural latinoamericano.

En esos años, en vísperas de la crisis del 30, Ugarte publica una antología de algunos de sus textos, Las mejores páginas de Manuel Ugarte (1929), para ayudar a sus cada vez más escasos recursos, al tiempo que ha comenzado a redactar sus recuerdos y memorias. Aunque su prestigio como escritor había comenzado a diluirse a partir de la segunda mitad de los años 20, su rol de referente intelectual y activista en campo cultural era revalidado, al ser incorporado en 1928 en el comité de dirección de la renombrada revista Monde, que dirige Barbusse, junto a distinguidas personalidades de la talla de Unamuno, Gorki y Einstein. Por su parte las posibilidades de mantener sus colaboraciones periodísticas, a raíz de los problemas financieros que golpea a la prensa en Europa, con la excepción de Monde y pocas más, se hacen cada vez más difíciles. La crisis hace tambalear la situación de diarios y revistas, lo que reduce considerablemente sus fuentes de ingresos, agravando su ya precaria situación económica, apenas sostenible gracias a los escasos recursos aún disponibles debidos a la venta de la casa porteña materna y a su vida austera junto a Thérèse.

Ugarte sigue añorando su patria y en cartas enviadas a amigos y escritores confiesa su deseo de regresar a Buenos Aires, si bien las noticias poco alentadoras que le llegan desde el Río de la Plata le lleven a postergar aún la decisión. Un golpe cívico-militar, encabezado por el general Uriburu, derriba en septiembre de 1930 el gobierno constitucional de Yrigoyen. Ugarte levanta fuerte su voz contra el golpe de estado de los nacionalistas de derecha, que cuenta con el sostén de un sector de los intelectuales argentinos (Lugones, Giusti y Bianchi, entre otros) y juzga la caída del líder de la Unión Cívica Radical (UCR), más allá de los límites que percibe en su acción de gobierno, como un gran retroceso. Su posición, que resume en un artículo publicado en Monde el 1 de agosto de 1931, como hemos apuntado en otro lugar, no constituye una defensa del gobierno yrigoyenista, sino una encendida defensa de las libertades democráticas, del sufragio universal y del parlamentarismo como condiciones imprescindibles para la implementación de un programa de reformas sociales orientadas a la transformación gradual de la sociedad (Quinziano 1999: 64-65).

Cubierta de «La nación latinoamericana». Caracas: Ayacucho, 1978. Compilación de Norberto Galasso La crisis del 30 acentúa su posición de hombre de izquierdas: su optimismo hacia las posibilidades de cambio se desplazan ahora hacia posturas más radicales y revolucionarias18, que habrá de sintetizar en su artículo «La hora de la izquierda», publicado en Monde en septiembre de 1931. Saluda fervorosamente la llegada de la Segunda República en España en abril del 31 y al respecto redacta varios artículos en los que apoya con entusiasmo la caída del régimen monárquico de los Borbones. Pero, una vez más, ante el optimismo que le proporcionan algunos eventos y que le transportan a sus sueños juveniles, sigue hostigándole la desazón, al tiempo que se intensifican las preocupaciones por su cada vez más acuciante situación económica.

La injusticia y la animadversión vuelven una vez más a ensañarse con el escritor argentino: un grupo de escritores hispanoamericanos, por iniciativa de Gabriela Mistral, y encabezados, además de la poeta chilena, por Vasconcelos, Blanco Fombona, Alcides Arguedas y Gálvez solicitan públicamente en 1932 a las autoridades argentinas la concesión del Premio Nacional de Literatura por su amplia labor literaria. Sin embargo, la petición es rechazada con el argumento de que la obra literaria de Ugarte ha sido publicada, en su casi totalidad, en el exterior y no en Argentina.

A raíz de su cada vez más delicada situación económica, y no disponiendo ya prácticamente de recursos, se ve obligado en 1933 a vender su casa de Niza, situada en la rue Saint Philippe, trasladándose con su mujer a un humilde departamento de alquiler en París. Ese mismo año publica El dolor de escribir, texto de recuerdos, memoria y balance personal, con intercalaciones de reflexiones sobre temas de cultura nacional y -una vez más- sobre el rol del intelectual en las sociedades modernas (Unamuno 1998: 11-27; Quinziano 1999; Olalla 2013a).

Esta obra, que abre la serie de textos de memorias y balances personales y colectivos que caracteriza sus años maduros, se halla fuertemente permeada por la angustia y la aflicción. Ugarte, con 58 años cumplidos, plasma en estas páginas, en clave de autolegitimación social, su rol en el campo de las letras y la política, como escritor comprometido y publicista de la causa latinoamericana. Sus reflexiones vuelven a detenerse una vez más sobre las primordiales relaciones entre el productor intelectual y la sociedad, si bien ahora, en función de la propia y dolorosa experiencia personal, dichas consideraciones no logren esconder la nota pesimista que las domina (Quinziano 1999: 61-65). Mi ensueño hubiera sido situar (latitud y longitud) a la América Hispana dentro del pensamiento universal (1933: 235), escribe Ugarte, quien traza un autorretrato que en cierto modo constituye una defensa y autolegitimación de su praxis como intelectual y activista político y social (Olalla 2013a).

Cubierta de «El dolor de escribir». Madrid: Compañía Iberoamericana de Publicaciones, 1933 El escritor porteño precisa en más de una ocasión que, mientras otros se abrían paso hacia situaciones brillantes y bien remuneradas, su empeño y práctica intelectual le había procurado escasos reconocimientos y no pocos sinsabores. Significativas en dicha perspectiva son sus reflexiones acerca del hostigamiento y el aislamiento y olvido al que las élites culturales lo han condenado, sobre todo a partir de su gira continental de principios de siglo: Los gobiernos reforzaron en torno [a mi persona] el aislamiento profiláctico. Y la alevosía de algunos, combinada con la ingenuidad de otros, me condenó al ostracismo (1933: 196).

Ugarte establece un primer balance de su itinerario intelectual y esboza su autocrítica al no haber podido plasmar su utopía de unidad y emancipación de las naciones de la América Hispana. Ugarte revisa su praxis y su propio itinerario, así como el de su generación de comienzos del siglo: en dicha perspectiva enumera errores y traza una revisión de su rol como activista e intelectual, consciente de que el ideal latinoamericanista registra a inicios de los años 30 un evidente retroceso (Olalla 2013a: 67-69). A pesar del hostigamiento y de las derrotas padecidas, el escritor ha decidido que no ha llegado aún el momento de arriar banderas: condenado a la intemperie, yo persisto, en cambio, en mis intransigencias, en mis lirismos, y aliento cada día con más firmeza las esperanzas de mi primera juventud (1933: 148). La tarea ha quedado inconclusa y, trazando una perspectiva de continuidad generacional, advierte que la misma deberá ser completada por las nuevas generaciones: alguien tendrá que fijar en el papel el advenimiento de una colectividad nueva en el mundo. La tarea requiere quietud, serenidad, concentración, cuanto no me ha sido dado tener... Que los que vengan mañana [...] realicen la obra (1933: 214). Vuelve a asomar nuevamente aquí el optimismo ugarteano de sus años juveniles, intentando contrarrestar, aunque parcialmente, el desaliento que permea las páginas del texto. 

Entre Buenos Aires y Chile (1935-1946): marginalidad, aislamiento y nuevo balance generacional

Instalado en su pequeño departamento parisino, aislado social y culturalmente, y mientras su situación económica se agrava cada vez más, se intensifican los deseos de regresar a Buenos Aires. En una carta enviada el 5 de octubre de 1934 al escritor santafesino Manuel Gálvez, quien lo ha recordado en esos meses en un artículo publicado en Caras y caretas, Ugarte le confiesa que desde el punto de vista económico [...] deb[e] hacer proezas para no sucumbir. Y la hostilidad o la indiferencia aumenta la pesadumbre; luego añade: Aquí me tiene [...] sacrificado hasta sin colaboraciones para los diarios de Buenos Aires [...] ¡Qué lindo debe estar Buenos Aires! ¡Tengo tantas ganas de volver! (AGN, Legajo 2223: folios 150-151). El escritor, apesadumbrado y prácticamente sin recursos, decide emprender finalmente el retorno a Buenos Aires, debiendo vender su ingente biblioteca de más de 3000 volúmenes para costear el pasaje y sucesivamente el de su mujer Desmard.

El 21 de mayo de 1935, con nuevas ilusiones, desembarca en el puerto de Buenos Aires, después de un largo exilio voluntario de más de 16 años, dando inicios así a una nueva etapa en su itinerario intelectual en una Argentina dominada por la corrupción y el fraude de la Década Infame. En su país, a lo largo de la segunda mitad de los años 30, asevera Cormick, el escritor experimentaría su transformación de líder del antiimperialismo a figura marginal (2013: 54) en una fase en que las asociaciones antiimperialistas continentales, a las que Ugarte se hallaba vinculado, atraviesan un proceso de descomposición. Simultáneamente han emergido con fuerza como nuevos modelos emergentes, en Europa -y también América-, regímenes autoritarios que se referencian en el fascismo y el nazismo, modificando el mapa político y las antinomias hasta ese momento vigentes en el mapa internacional.

Caricatura de Manuel Ugarte en «Caras y caretas» (Fuente: Elvira Palacios. «¿Su primer peso?», «Caras y caretas», Buenos Aires, n.º 1970, 4/7/1936, p. 89) Tras la crisis que manifiestan los modelos de las democracias liberales, el mundo se debate entre el fascismo y el comunismo. En el cuadro de esta nueva disputa, Ugarte había regresado a inicios de los 30 a sus primigenias ideas socialistas y había iniciado un claro giro hacia posiciones más nítidamente de izquierdas, resumidas en su ya citado artículo «La hora de la izquierda» (Ugarte 1978: 227-233). Allí había señalado que la opción ya no se planteaba entre conservadores y radicales en Argentina, porque ambos constitu[ían] el terreno perimido de la vieja política criolla, y anuncia que en el país había sonado la hora de la izquierda (1978: 233), en la que daba cabida a todas las fracciones, incluidas las de la extrema izquierda que sinteticen la voz de la calle y la opinión general (Ugarte 1978: 232).

Con este nuevo bagaje de ideas a sus espaldas, el escritor regresa a Argentina y vuelve a depositar nuevamente sus esperanzas de cambio en el Partido Socialista. A los pocos meses de su arribo, acepta la solicitud de reincorporarse a la agrupación que le hace llegar, a través de una carta abierta en julio de 1935, el grupo dirigente encabezado por Bravo, Repetto y Palacios. Pero, una vez más, como en 1913, sus ideas y artículos sobre la cuestión nacional y la unidad continental antiimperialista generan no pocas fricciones con la dirección del partido. Ugarte se niega a participar en la campaña electoral de 1936 para, según propias palabras vertidas al diario Crítica, hacer de este modo explícita su protesta contra ciertas directivas y ciertos procedimientos (Galasso 2014, II: 323). El escritor alerta sobre los adversos resultados obtenidos y lanza sus dardos contra el grupo dirigente por la confección de las listas electorales, en las que siempre se candidatean a la misma docena de hombres, así como por el inmovilismo de la dirección nacional, dominada por la preeminencia del elemento extranjero que la ha alejado del sentido popular criollo (Galasso 2012: 203).

Sus opiniones motivan un pedido de expulsión por parte de la agrupación socialista de la sección 12 de Buenos Aires; ello provoca en Ugarte la decisión de renunciar una vez más al socialismo de su país, consciente de la imposibilidad de poder imprimirle una diversa orientación política-ideológica. En su carta de renuncia, hecha pública a mediados de 1936, explicita las razones que me alejan de la organización, sin alejarme de la ideología que defiendo desde mi primera juventud (Galasso 2012: 205). Su distanciamiento del Partido Socialista provoca, sin embargo, un cimbronazo en su concepción política: sus posicionamientos, como hombre netamente de izquierdas, que habían asomado con fuerza entre 1927 y 1928, comienzan a diluirse ahora a favor del nacionalismo democrático y latinoamericano.

Cubierta del número 4 de «Vida de Hoy», enero de 1937 (Fuente: CeDInCI) Sin pertenencia política alguna, la revista Vida de Hoy, de la que será su director, se erige en la nueva trinchera, desde la cual intentará continuar su batalla19. La publicación mensual tendrá más larga vida que el periódico Patria, alcanzando los 23 números en sus casi dos años de vida, de octubre de 1936 a agosto de 1938. Desde sus páginas el escritor porteño defenderá su concepto de democracia, libre de todo profesionalismo de la política y al servicio de la colectividad. En sus editoriales, ya alejado del ideario socialista y con un modelo discursivo moderado, valora la perspectiva de una democracia sólida, en la que a través de una política reformista y gradualista se promuevan leyes sociales en favor de los trabajadores, así como mejoras tangibles que eleven el nivel del país y de sus habitantes (Vida de Hoy, n.º 15, diciembre de 1937). Cormick indica que Ugarte propugna en estos años el abandono de las ideologías para dar paso a una acción orientada hacia la preservación de la nación mediante una democracia que expresase la "armonía de intereses" y posibilitase las reformas requeridas para la realización de los principios de justicia social (2013: 57).

Diversos son los núcleos temáticos a los que da cabida la revista, en la que impera el tono moderado del nacionalismo democrático, con una mayor atención a aspectos de la vida urbana de la gran capital, a la crisis del Partido Socialista y del parlamentarismo, así como al hastío de la opinión pública y la degradación de las instituciones en esos angustiosos años de la Década Infame. Algunos críticos, entre ellos Galasso (2012: 207) y más recientemente Cormick (2013), subrayan esta etapa en Vida de Hoy como la que registra cierto abandono por lo que atañe a su pensamiento antiimperialista, producto de la nueva política exterior de «buena vecindad» puesta en marcha por el presidente Roosevelt a partir de ese mismo 1936, y que, según la revista, anuncia una nueva era de fraternidad efectiva en América (Vida de Hoy, n.º 2, noviembre de 1936).

Observa en dicha perspectiva Cormick que se debe destacar que, la creciente relevancia que fue adquiriendo la lucha antifascista -sobre todo con el inicio de la Guerra Civil Española en 1936- fue desplazando, sin desaparecer, al tópico del antiimperialismo norteamericano de los discursos de las izquierdas. Ello fue aún más significativo tras la consolidación del cambio de política de los Estados Unidos hacia la región en 1936, que inauguraba una nueva era de "buena vecindad" (2013: 56). El escritor parece dispuesto a abrazar la conciliación entre ambas Américas, como se evidencia en los primeros números de la publicación. La ausencia de firmas destacadas del periodismo y del mundo cultural porteño, conjuntamente al ahogo financiero, que no logran revertir los avisos oficiales, acaban con la experiencia de la revista, cuyo último número se publica en agosto de 1938.

Ese mismo año, los suicidios de Leopoldo Lugones y sobre todo de su amiga, la poeta Alfonsina Storni20, en cuyo sepelio Ugarte ejerce como principal orador, lo sumen en una profunda desazón, agravada por el desánimo y hastío que impera en esos años de la Década Infame. A ello se suma nuevamente el aislamiento y el clima hostil que percibe en torno a su figura: por todas partes halló indiferencia, egoísmo, olvido, recuerda el escritor Alberto Hidalgo, quien añade que, ante la eventualidad de un suicidio, el escritor prefirió abandonar la patria (AGN, Legajo 2237).

Marianetti observa que, a su arribo a Argentina a mediados de los años 30, Ugarte se había quedado detenido en el tiempo, ya que no había asimilado ni comprendía las nuevas urgencias del presente y la necesidad de acometer nuevas estrategias de lucha en su batalla contra el imperialismo (1976: 137). Siguiendo estas consideraciones, Cormick examina el proceso de marginalidad que el escritor padece en esos mismos años, anotando que comenzaba ya a resquebrajarse el vínculo entre quien había sido considerado un referente de la lucha antiimperialista y aquellas juventudes latinoamericanas que habían sido las destinatarias de sus propios discursos [...]; vínculo [que] [...] se quebró para ya no recomponerse más (2013: 55 y 61): en dicha perspectiva -concluye la autora- el literato argentino se convierte en un figurón demodé, cada vez más marginal y con limitada incidencia sobre los jóvenes y el mundo intelectual de la América Hispana.

Decepcionado con su país, a menos de cuatro años de su regreso, con contadas amistades y sin perspectivas de inserción en el ambiente cultural porteño, Ugarte decide emprender un nuevo exilio voluntario junto a Thérèse, esta vez a Chile, instalándose en febrero de 1939 en los cerros de la ciudad de Viña del Mar: En Viña del Mar se ha alquilado una casa como un torreón, sobre una roca y en ella vive como un proscripto, escribe Hidalgo (cit. en Ugarte 1943: 251, nota 1).

Dibujo de Manuel Ugarte por Huelén (Fuente: Manuel Ugarte. «Recuerdos literarios del París de otros tiempos», «La Nación», Santiago de Chile, 14/4/1940) En Chile regresa a sus colaboraciones periodísticas, especialmente, para dos prestigiosos diarios de Santiago, La Nación y El Mercurio. Desde su refugio en tierras trasandinas sigue con preocupación los eventos de la Segunda Guerra Mundial, acortando lejanías y superando el aislamiento a través de un radiotransmisor que ha instalado en su casa de la calle Mackenna y que le permite acceder a diversas radios del continente y comunicarse con sus amigos. Ante el conflicto, una vez más, del mismo modo que en la primera conflagración, reafirma su posición neutral: No estoy con Francia ni estoy con Alemania. Estoy con América Latina. Deploro la catástrofe, pero, por encima de todo, me inquietan las consecuencias de esa catástrofe sobre nuestras repúblicas, afirma en declaraciones al periódico Ercilla, a escasas semanas de iniciada la contienda, en octubre de 1939.

Ugarte no parece haber asimilado los profundos cambios que se han ido produciendo en el mapa internacional de la primera posguerra y que se han ido acelerando a inicios de los años 30, y que le llevan a desconocer las diferencias sustanciales de causas y naturaleza de ambos conflictos mundiales, así como a subestimar la peligrosidad del avance nazista y fascista a escala europea y mundial. Su desplazamiento, a mediados de esa década, desde posiciones claramente de izquierdas, con una fuerte impronta del patrimonio de ideas procedentes del socialismo, hacia posturas vinculadas al nacionalismo democrático han reforzado en el escritor la primacía de la cuestión nacional y latinoamericana, en detrimento de la cuestión social, al tiempo que ha erosionado su convicción de la lucha democrática contra el fascismo. En dicha perspectiva su posición ante el segundo conflicto mundial resulta emblemática del desfase y de la ausencia de revisión de algunos de los presupuestos que habían guiado su praxis militante, de los intereses europeos en disputa y de la articulación de los mismos en el tablero latinoamericano.

En los legajos de su fondo documental es posible consultar numerosos recortes periodísticos chilenos en los que pueden leerse reportajes y declaraciones del autor sobre el conflicto mundial, sobre sus evocaciones de la campaña latinoamericana y las amistades en el París de entre siglos. Sin embargo, no cabe duda de que su protagonismo como escritor, intelectual y activista se ha resentido notablemente: su prestigio en el continente ha mermado de modo considerable a partir de inicios de los años 30, fruto -por un lado- de los cambios generacionales operados en aquellos años, pero también de los vaivenes ideológicos que desmentían parcialmente algunos de los posicionamientos que habían moldeado su larga trayectoria antiimperialista. Su autoexilio chileno, según Cormick, parece haber reproducido el mismo esquema [que en Buenos Aires en la segunda mitad de los años 30], en tanto, también allí este referente del antiimperialismo decidió excluirse de las batallas que aquellos otrora líderes reformistas estaban enarbolando. Ugarte ya no volvería a reconstruir en vida su rol de profeta del antiimperialismo desde posiciones nítidamente de izquierda (2013: 61).

Recluido en su casa de la calle Mckenna, donde ha detenido su planta viajera, reedita La Patria Grande (1939) y sus Cuentos de la Pampa (1940), mientras prosigue con la redacción del libro de recuerdos sobre sus amigos de generación, Escritores iberoamericanos de 1900, que verá la luz en 1943. En su primer encuentro con la prensa chilena, a su arribo al país trasandino, el autor precisaba que se hallaba preparando este libro: Hablo de Storni, de Delmira Agustini, de Lugones, de Chocano... Todos fueron mis amigos y todos están muertos (Galasso 2014, II: 347). Este texto -probablemente, junto con los Cuentos de la Pampa, El arte y la democracia, Las nuevas tendencias literarias y su novela El camino de los dioses, lo mejor de su producción literaria-, se halla organizado en torno a una docena de retratos de escritores de la llamada generación del 900, con el añadido de sendos capítulos sobre dos espacios culturales privilegiados -los ambientes literarios de Madrid y París- en torno a los cuales fueron moldeándose las tramas más relevantes que sustentaron el trazado de redes intelectuales en los albores del siglo XX.

Publicidad de editoriales de «Escritores iberoamericanos de 1900» (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2234) Ugarte traza en esta obra el perfil humano e intelectual de los escritores iberoamericanos de inicios del siglo -Darío, Agustini, Lugones, Amado Nervo, Gómez Carrillo y Vargas Vila, entre otros- condimentándolo con vivencias y anécdotas personales compartidas. El texto aborda no sólo el retrato de algunas personalidades claves del modernismo hispanoamericano, sino que incorpora los avatares y la derrota de toda una generación en la Europa de comienzos de siglo, con retazos de su vida en la bohemia parisiense y de la sociabilidad con intelectuales franceses y españoles. Aunque el subtítulo precisa que se refiere a «comentarios y recuerdos alrededor» de una docena de escritores de la América Hispana, Ugarte vuelve a efectuar un nuevo balance personal en el que legitima su propio itinerario intelectual. Continúa el texto, pues, en la línea confesional y autobiográfica que domina las páginas de El dolor de escribir, con el que en cierto modo este libro se complementa (Olalla 2013a), y que años más tarde proseguirá en El naufragio de los argonautas (1951), constituyendo estas tres obras un verdadero macrotexto dedicado a la evocación y legitimación de su propia trayectoria y la de sus compañeros de generación.

El letrado rioplatense reivindica la trayectoria de los novecentistas latinoamericanos, condenados al ostracismo y al fracaso, fruto de la retahíla de adversidades e injusticias que los mismos han debido sortear: Todos los escritores de los que he hablado [...] fueron invariablemente desgraciados. Ninguno escapó a la zozobra económica. Ninguno ocupó en su país altas situaciones o puestos honoríficos [...] Vivieron la mayor parte de su vida en la expatriación, rechazados por el ambiente de la república en que habían nacido (1943: 244). Si bien el autor explicita en las primeras páginas que abordará a los escritores de una generación malograda [...] y vencida (1943: 7), no cabe duda de que al referirse a las fatalidades de sus compañeros de generación, está aludiendo en primer lugar a su propio itinerario literario y político, como por otro lado es posible corroborar en los comentarios finales que organizan el último capítulo (1943: 249-254).

En estas páginas conclusivas, además de explorar las notas distintivas que han moldeado al grupo generacional, puede vislumbrarse la estrategia que organiza la trama del texto, a saber, legitimar su propia praxis intelectual e inscribir su naufragio, derrota y ostracismo en el de toda una generación malograda por su inadecuación radical al mundo. Emblemático en dicha perspectiva es el pasaje de la tercera persona singular, combinada con el «nosotros» que domina el modelo discursivo del texto, al «yo subjetivo»: La resistencia tenía que agravarse en mi caso, con la hostilidad provocada por los libros contra el imperialismo y las giras de conferencias alrededor de Iberoamérica (1943: 250).

Ugarte atestigua, a través de su propia experiencia, el perfil del intelectual que ha fracasado por culpa de poderosos intereses que regulan la vida de Iberoamérica (1943: 250); fuerzas que han impedido su plena realización y le han condenado, en primer lugar en su propio país, al olvido21. Como había escrito diez años antes, Ugarte volvía a insistir sobre el «aislamiento profiláctico» que contra su persona habían llevado a cabo los grupos de poder; sólo que ahora el autor argentino asignaba el ostracismo y el fracaso como marcas distintivas, no sólo personales, sino de toda una generación, a la cual las naciones de América Latina habían dado la espalda, privándola de medios y del debido prestigio y reconocimiento intelectual.

Cormick ha revisado recientemente la situación de aislamiento de estos últimos años del escritor rioplatense, agravada a partir de su regreso al país en 1935, concluyendo que es el propio Ugarte quien se autoexcluye -su estancia en Chile sería un indicio y consecuencia por demás evidente de esta posición de autoexclusión-, apartándose de los espacios y debates públicos en los que muchos de los otrora compañeros de ruta y reformistas de los años 20 e inicios de los 30 iban a continuar su práctica y lucha militante (2013: 58). No escasearon las invitaciones y salutaciones de asociaciones e instituciones de literatos y trabajadores de la cultura hacia su persona, como el PEN Club y el Sindicato de Trabajadores e Intelectuales. Sin embargo, una vez más Cormick certifica la voluntad del argentino de mantenerse al margen de los avatares de los compromisos políticos en los cuales estas organizaciones participaban. Esta voluntad que había expresado en algunas entrevistas que le hicieran al llegar al país (La Hora, 4 de marzo de 1939) lo llevó, luego, a solicitar a la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura que aceptase su renuncia al cargo de Presidente Honorario de la misma tanto como a su membresía, que escasos meses atrás le habían ofrecido (2013: 59-60).

Primera página de la entrevista «Manuel Ugarte: Hijo de América, ha detenido en Chile su planta viajera» publicada en «Zig-Zag», Santiago de Chile, 1943 (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2234) Aunque disponemos de esta importante y reciente aportación crítica, el periodo chileno no ha sido examinado aún de modo exhaustivo, debiéndose acudir a recortes periodísticos de la prensa de esos años y a algunos de sus borradores manuscritos y mecanografiados para arrojar más luz sobre estos años en el país trasandino22. Ello permitiría indagar más detenidamente sobre si el aislamiento que allí también experimentó fue el resultado de una decisión voluntaria o reflejo del silencio que padecía ya en tierras americanas, en función, principalmente, del desplazamiento en campo ideológico que fue alejándolo de su perfil de referente antiimperialista desde posiciones de izquierda. De lo que no cabe duda es de que el inicial apoyo y las manifestaciones de solidaridad que Ugarte encontró en Chile a su llegada, con el paso del tiempo, fueron diluyéndose, al punto que en carta redactada a finales de febrero de 1943 a sus amigos Gastón Talamón y Rómulo Fernández les confiesa que por contingencia de política local se ha interrumpido el apoyo que hasta ahora encontré aquí (AGN, Legajo 2224: folios 102-103).

Refugiado en su casa del cerro de Viña del Mar, cumplidos ya los 70 años, vuelven a manifestarse nuevamente los deseos de regresar a su país. Cada vez más próximo al pensamiento de los nacionalistas democráticos, y refutando, en declaraciones al periódico Nueva Democracia del 5 de julio de 1945, a quienes obstinadamente siguen buscando inspiraciones en la tumba de Mussolini o de Hitler, Ugarte sigue con atención, a través de la prensa y de la correspondencia con Manuel Gálvez, los eventos que han llevado al poder al general Perón, primero como Secretario de Trabajo y Previsión Social a finales de 1943 y en febrero de 1946 como nuevo presidente argentino. El escritor percibe que muchas de las medidas por él propugnadas en los años 30 en el campo de la legislación social -reformas justas y necesarias, declara a El Mercurio el 20 de febrero de 1946-, se han visto ejecutadas en esos últimos tres años y saluda esperanzado el triunfo del líder argentino, convencido, declara al periódico Ahora, que en su país se ha abierto una era nueva (23/5/1946). Sobre sus próximos pasos afirma: Ahora tal vez vuelva a mi silencioso refugio de Viña del Mar o tal vez quede en mi patria, ya que en ella hay ahora un aire más puro para respirar. Con esta última certeza y con el propósito de sumarse al nuevo curso político, próximo a su ideario nacionalista de carácter democrático y progresista, Ugarte regresa a Argentina, junto a Teresa, en mayo de 1946.

Homenaje a Manuel Ugarte con motivo de su designación como embajador en México en 1946 (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2235) Bien conocida es su entrevista de inicios de julio de 1946, gestionada por su amigo, el historiador Ernesto Palacios, con el presidente Perón. Este, de allí a pocos meses, habrá de nombrarlo embajador argentino en México, país con el que el autor ha mantenido, desde los albores del siglo XX, con el inicio de la Revolución, profundas relaciones de solidaridad y fraternidad (Yankelevich 1995; Lara Astorga 2008). Inicia de este modo la última fase en su larga trayectoria como promotor y defensor de la unidad de América Latina, ejerciendo como diplomático del primer gobierno peronista.

Este nuevo rol en el itinerario ugarteano -que reconoce antecedentes en los lejanos años 20, cuando cumplió funciones de cónsul honorario de Bolivia en Niza-, se halla signado por los continuos desencuentros con funcionarios de la cancillería, lo que lleva a Ugarte a padecer continuos desplazamientos en sus destinos. Como resultado de una de estas colisiones con la burocracia del ministerio, de México es trasladado a la embajada en Nicaragua, donde llega a principios de agosto de 1948. A los pocos meses de establecerse en el país de Darío, a inicios de 1949 le comunican su nuevo destino como embajador en Cuba. Finalmente, en enero de 1950, debido a diferencias con la gestión del nuevo ministro Hipólito Paz y ante la constatación de que el senado ha rechazado el acuerdo para su cargo de «Embajador Extraordinario», decide presentar su renuncia, cerrándose así su periodo en el campo de la diplomacia. En su carta de renuncia al presidente Perón afirma: He cumplido con mi deber sin que se pueda hacer reserva alguna en lo referente a la dignidad con que, mantuve el buen nombre de la patria [...] Me retiro, pues, señor Presidente, limpio y sin tacha (Galasso 2014, II: 401).

Al igual que su periodo chileno, estos breves años como diplomático en Centroamérica constituyen otra fase escasamente explorada por la crítica, echando en falta aportaciones que examinen su desempeño en los países en lo que representó a su país como embajador entre 1946 y 1950, sus iniciativas en las naciones donde residió, las raíces profundas de sus diferencias con la cancillería, en especial a partir de la salida del ministro Bramuglia, sin desatender las dificultades que habría debido sobrellevar Ugarte, escritor y sin ataduras de ningún tipo, en adecuarse a los condicionamientos impuestos por las obligaciones burocráticas a que se hallaba sometida la función pública.

Aunque seguirá apoyando al gobierno del general Perón, no dejará de formular críticas a las contradicciones, a los vaivenes y los procesos de burocratización del gobierno justicialista. Ya separado afectivamente de su mujer Desmard, decide no regresar al país; después de un breve periodo en México, se radica en Madrid, donde prosigue la redacción de su libro El naufragio de los argonautas, publicado en 1951. En este texto amplía sus recuerdos y reflexiones sobre sus amigos poetas y escritores de inicios de siglo, al tiempo que continúa con los borradores de su próximo ensayo, La reconstrucción de Hispanoamérica, que verá la luz póstumamente, diez años más tarde. Ese mismo 1951 regresa a Buenos Aires sólo para cumplir con el compromiso de emitir su voto en los comicios de noviembre y apoyar así la reelección presidencial de Perón, volviendo a los pocos días a Europa, esta vez a Niza, a un pequeño departamento de alquiler, donde es hallado sin vida el 2 de diciembre. Las razones de su fallecimiento no han sido despejadas por la policía francesa, pero, debido a las fuertes emanaciones de gas que se respiran en la habitación que ocupaba el escritor, el mundo intelectual y político sospecha que no se ha tratado de una muerte accidental, inclinándose por el más que probable suicidio.

A casi tres años de su fallecimiento, en noviembre de 1954, su mujer Thérèse Desmard repatria a Buenos Aires sus restos mortales. En el puerto la espera un puñado de amigos y algunos simpatizantes de su labor literaria y política: el escritor Manuel Gálvez, el diputado peronista J. W. Cooke, Rodolfo Puigróss, intelectual proveniente de la izquierda comunista y próximo al peronismo, el poeta y ensayista del grupo de Boedo Elías Castelnuovo y quien será su editor y «redescubridor» en esos años, Jorge Abelardo Ramos (Maíz 2013). Más numerosa es la asistencia al funeral cívico en un teatro del centro porteño que organiza la Comisión de Homenaje del Sindicato de Escritores, y en la que, entre otros, participan el poeta Cátulo Castillo, el dramaturgo Vaccarezza, Gálvez y el historiador Torre Revello, siendo inhumados sus restos el 7 de noviembre en el cementerio de la Recoleta, en el panteón familiar. El periódico Democracia, vinculado al oficialismo peronista, daba noticia del sepelio en una pequeña nota, casi escondida, de su edición del 8 de noviembre de 1954: Ayer a las 10, en el [...] cementerio de la Recoleta se procedió a despedir los restos del ciudadano que se destacó por sus ideales de unión latinoamericana. En esa oportunidad hicieron uso de la palabra varios oradores, todos los cuales exaltaron la personalidad del extinto.

Cubierta de «Crónica», Asunción del Paraguay, n.º 13-14, 31/10/1913 (Fuente: Archivo General de la Nación, Argentina, Legajo Manuel Ugarte 2233) Autor prestigioso e intelectual reconocido en el ambiente literario y cultural europeo e hispanoamericano en los tres primeros decenios del siglo XX, a partir de principios de los años 30 Ugarte fue perdiendo centralidad en el escenario intelectual y político de América Latina. Como corolario de este excursus, aquí bosquejado en apretada síntesis y complementado con algunas de las aportaciones más sustanciales que ha trazado la crítica en los últimos años, valgan las palabras del mismo escritor argentino, quien, reflexionando sobre su propia trayectoria intelectual y político-propagandista, ofrece en El dolor de escribir una apropiada síntesis de su malogrado itinerario vital: Soñé hacer grandes cosas, con la esperanza de favorecer a los míos. [...] Pero me voy sin haber podido realizar lo que soñé a favor de mi patria directa, que es la Argentina, y de mi patria superior, que es la América Hispana. En ningún momento se me dejó dar medida de lo que hubiera podido hacer [...]. El ideal de escritor no se ha cumplido. No he realizado lo que soñé [...] Los que vengan mañana comprenderán la concepción y medirán la zona que quise abarcar (1933: 208 y 233).

16. I. Sepúlveda Muñoz. El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo. Madrid: Marcial Pons Historia, 2005, p. 87. 

17. Interesantes son las consideraciones que Ugarte dejó plasmadas en este prólogo: como anota Carnero, el prologuista repudia el decadentismo, la oscuridad y el culturalismo, reclamando el uso de materiales autóctonos y la exteriorización del alma nacional latinoamericana, al tiempo que denuncia la injusticia cometida con Rueda por quienes no quieren reconocerlo como renovador de la poesía española e hispanoamericana (1986: 70).

18. Galasso sostiene que este gradual giro hacia posiciones más revolucionarias en el seno de la izquierda encuentran su germen en 1927, año de su viaje a la Rusia revolucionaria, cuyos logros -sin abrazar el comunismo por ello- habrían impactado de modo notable en el escritor rioplatense (2014, II: 259). Para ello, se remite al discurso que el argentino pronunció en Moscú en el Congreso de Amigos de la URSS el 19 de noviembre de 1927 y recogido en la antología compilada por Galasso (1978: 225-226).

19. Es posible consultar la colección -casi completa- de la revista, con excepción de los números 2 y 13, en las hemerotecas del CeDInCI y de la Academia Argentina de Letras, situadas ambas en la ciudad de Buenos Aires.

20. El mismo escritor, en su primer contacto con la prensa chilena, confiesa: He abandonado Buenos Aires porque me entristeció mucho la muerte de Leopoldo Lugones y del gran maestro Horacio Quiroga. Luego, la dulce poetisa Alfonsina Storni y, más tarde, el gran Lisandro de la Torre (Galasso 2014, II: 347).

21. En esta perspectiva Ugarte había advertido años antes, en clave de autolegitimación, que levantarse en América contra ciertas corrientes ha sido todo el tiempo un sinónimo de pobreza, ostracismo, y en algunos casos, deshonor y muerte (La Patria Grande 1924a: 116).

22. Se señala que hace unos pocos años, en julio de 2013, se han incorporado al fondo del CeDInCI varias carpetas con apuntes manuscritos y mecanografiados pertenecientes al escritor argentino y procedentes en su mayoría de Chile. Dicho archivo contiene diversos borradores, entre ellos, varios escritos referidos a la educación pública y a las bibliotecas populares en su país, sobre los que venía trabajando a su regreso a Buenos Aires, entre 1935 y 1938, artículos periodísticos, borradores de varias conferencias y una recopilación mecanografiada de varios prólogos a libros de otros autores, que redactó a lo largo de su vida y que probablemente pensaba publicar en esos años. Ver Fondos ARCEDINCI FA-068 Manuel Ugarte (Fondo).