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Marcelino Menéndez Pelayo

Biografía de Marcelino Menéndez Pelayo

Por Borja Rodríguez Gutiérrez

Marcelino Menéndez Pelayo: imágenes en claroscuro

Marcelino Menéndez Pelayo.A primera vista parece absurdo pensar que ignoramos mucho de la vida interior de uno de los escritores de quien conservamos más cartas personales. El epistolario publicado de Marcelino Menéndez Pelayo incluye más de quince mil cartas entre las por él escritas y las recibidas. Y sin embargo, esa abundancia de testimonios, esos millones de palabras vertidas por él y por sus corresponsales dejan en la oscuridad muchos puntos de la vida y el carácter de quien tantas veces se ha designado simplemente como el «polígrafo». No es fácil descubrir la auténtica personalidad, los sentimientos y las emociones de este personaje que a lo largo de su vida se refugió más de una vez en su hábito de erudito, de sabio, de prodigio, de monumento a sí mismo.

No ayudan tampoco a ello las biografías. Escasas y realizadas por amigos, discípulos y admiradores (Adolfo Bonilla, Miguel Artigas, Enrique Sánchez Reyes) son más bien hagiografías donde se nos presenta un Menéndez Pelayo benéfico, ascético, monástico, seráfico e inverosímil. El ser humano, Marcelino, el muchacho prodigio, el estudiante juerguista, el ardoroso polemista, el asiduo de la vida social, el viejo prematuro, tiene todavía muchos puntos en la sombra de lo desconocido.

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El estudiante

Marcelino Menéndez Pelayo con 15 años, estudiante en Barcelona.Un acaso venturoso me trajo como alumno a los bancos de la Universidad de Barcelona. Así decía don Marcelino rememorando a su maestro, Manuel Milá y Fontanals. Los biógrafos de Menéndez Pelayo siempre se han complacido en las anécdotas de su infancia y juventud, aquellas que representan al genio en ciernes asombrando a sus vecinos. Dejémosles a ellos esos recuerdos canónicos y vayamos a buscar al estudiante que llega a Barcelona. ¡Qué momento para el joven Marcelino! De repente fue uno más, uno de tantos, un desconocido en las aulas y las calles de aquella ciudad maravillosa que le hablaba de libertad y de locuras de juventud, un estudiante que dejaba de ser esa extraña combinación de monumento patriótico, fenómeno de feria, monaguillo intachable y repelente niño Vicente que en Santander vivía. Barcelona se grabó en su corazón para siempre. Por ello años después, cuando dejó en herencia su biblioteca a su ciudad, no dejó de indicar que si algún día Santander no la cuidaba con el celo que debiera, la biblioteca fuera llevada a la Universidad Central de Barcelona. La que fue, para siempre, «su» universidad a pesar de ser estudiante en Madrid y Valladolid y profesor en Madrid. Aunque la vida del hombre sea perpetua educación y otras muchas hayan podido teñir con sus varios colores mi espíritu, que, a falta de otras condiciones, nunca ha dejado de ser indagador y curioso, mi primitivo fondo es el que debo a la antigua escuela de Barcelona. Después la guerra carlista hizo que los padres del joven estudiante prefirieran la mayor seguridad del viaje a Madrid. Allí se encontró con Salmerón como profesor y entre ellos surgió la oposición que culminó con Menéndez Pelayo examinándose en Valladolid de Metafísica, para evitar al ex presidente de la República. Un tribunal, el de Valladolid, en el que estaba un profesor llamado Gumersindo Laverde.

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El polemista

Comienza aquí una relación singular y difícil de comprender. ¿Cuál era la fascinación de Laverde, cuál su capacidad de seducción para subyugar de tal manera al ardoroso joven que estaba dispuesto a discutir con todo lo que se moviera y a apabullar al mundo con su sabiduría? Durante varios años, las cartas de Laverde a Menéndez Pelayo van a ser un rosario de encargos, proyectos y programas que el santanderino cumple sin dudarlo y sin apenas cuestionarlo. Menéndez Pelayo parece no saber a dónde dirigir sus muchas, muchísimas energías. Y Laverde le encauza y le guía, le dirige hacia unos objetivos concretos y definidos. Y así surge el provocador, el polemista, el amante de la controversia, el Menéndez Pelayo más amado y reverenciado para todas las derechas católicas que en esta España han sido, el autor de la Historia de los Heterodoxos EspañolesLa Ciencia Española. Esta carga, esta imagen que tendrá que mantener a lo largo de su vida le va a pesar mucho y al final de su vida, enfermo, cansado, anciano sin haber cumplido los cincuenta y cinco años, se atreve a renegar de ese polemista furibundo apasionado e inexperto, contagiado por el ambiente de la polémica y no bastante dueño de su pensamiento ni de su palabra. Así recuerda el anciano enfermo al joven autor de los Heterodoxos.

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El hombre de mundo

Marcelino Menéndez Pelayo. Escultura en el vestíbulo de la Biblioteca Nacional.Menéndez Pelayo, ya un flamante catedrático, se instala en Madrid en la Fonda de las Cuatro Naciones, donde va a residir quince años. Aún no ha cumplido los veintitrés años, pero rápidamente se integra en la vida social de la capital del reino. Traba amistad con Ramón de Navarrete, Asmodeo, un cronista de la sociedad elegante que le introduce en todos los salones de Madrid y le lleva de la mano por los distintos ambientes de la Corte. El sabio inexperto se convierte rápidamente en un habitual de la vida social madrileña. Juan Valera, a quien ya conocía, se convierte rápidamente en su compañero preferido de andanzas y conversaciones. El joven Marcelino sigue complaciéndose en la compañía de hombres mayores que él. A sus veintidós años se entrega a la misma vida que Valera, por entonces de cincuenta y cinco y Navarrete que ya ha cumplido los sesenta y uno. Su nuevo estilo de vida escandaliza a sus amigos de Santander y en 1880 Pereda llega en embajada a Madrid para llevarle al buen camino. Pero las prédicas del digno polanquino no tienen mucho efecto. Pereda cuenta, sin grandes esperanzas, el resultado de sus gestiones a Laverde ya que Menéndez Pelayo, en su opinión, tiene ya muy arraigada la idea de su alto valor y es difícil que crea que puede equivocarse en algo. Y además, pese a todas sus prevenciones, el autor de Sotileza no puede dejar de comentar con cierta comprensión que «las atenciones que merece a los más encumbrados personajes y el mimo con que lo tratan en sus mesas y tertulias es una terrible tentación a sus años». Y concluye Pereda con indisimulada admiración: Yo no he visto nada parecido a la rapidez con la que ha llegado nuestro amigo, con sus propias fuerzas, a lo más alto entre doctos y legos en aquella sociedad. Pereda no se equivocaba. Menéndez Pelayo no renunció nunca a esa vida que sus conciudadanos de Santander tanto escandalizaba. Rubén Darío le recuerda en esa Fonda de las Cuatro Naciones, en un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de cosas sabias, de cosas sabias de don Marcelino.

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El sabio

Marcelino Menéndez Pelayo, con 42 años, director de la Biblioteca Nacional. Óleo de Luis Menéndez Pidal. Grabado de Lemus.Nadie le discutió en vida su condición de sabio. Que lo era desde luego y pocas personas pudieron ostentar ese título con tanta justicia. Pero sabio despistado, pacífico, apartado del mundo, dedicado tan sólo a su ciencia e ignorante de las maniobras del mundo para medrar en él, nunca. Sus despistes, que algunas anécdotas han magnificado, no afectaron nunca a su capacidad para conseguir puestos, sueldos y posición. Coleccionista incansable de condecoraciones, homenajes, dignidades y encomiendas, se siente insatisfecho del reconocimiento recibido y espera nuevas recompensas, olvidando todas las anteriores cuando alguna le es negada. Su epistolario es una intrincada maraña de recomendaciones recibidas y pedidas, proyectos de cargos y de nombramientos. También aquí sus admiradores quieren presentarnos un ente puro a quien las recompensas y dignidades le llegan sin que «San Marcelino» haya imaginado siquiera pedirlas. Pero de nuevo la correspondencia (la mayor parte de las cartas de Menéndez Pelayo se publicaron mucho después de que aparecieran las biografía antes citadas) y los hechos nos presentan otra historia. Historia que habla de búsqueda de votos, de cartas sobre elecciones, de cálculos, de apoyos y enemistades, de un candidato a la dirección de tres academias que sólo triunfó (y a la segunda intentona) en la de la Historia.

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El bibliotecario

Librería en el despacho de la casa de Marcelino Menéndez Pelayo.Si alguna vez un hombre nació para vivir rodeado de libros ese fue Menéndez Pelayo. Como profesor se desempeñó veinte años, pero su interés y dedicación se dirigieron sobre todo a los libros que siempre le interesaron más que los estudiantes. De forma que cuando en 1893 es nombrado Bibliotecario Perpetuo de la Academia de la Historia, trasladó su domicilio a la Academia, donde estaba más cerca de los libros. Y cuando en 1899 es nombrado Director de la Biblioteca Nacional renuncia a la cátedra y se entrega gozosamente a su auténtico y nunca olvidado amor. Amó a Dios sobre todas las cosas y al libro como a sí mismo dice Enrique Menéndez Pelayo de su hermano. Vivir entre libros es ha sido siempre para mí mi mayor alegría añade el propio Marcelino.

Y entre todas las bibliotecas la suya, esa obra de mi paciente esfuerzo como él mismo indica, construida en el jardín de la casa de sus padres, donde en 1885, el erudito que estaba a punto de cumplir la treintena contaba jubiloso a Laverde que ya había reunido 8.000 volúmenes. Muchos más llegaron a ser pues no en vano decía su propietario que le había costado muchos sacrificios y desvelos; la única obra mía de la cual estoy medianamente satisfecho.

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El coleccionista de honores

Antigua sala de lectura en la biblioteca de Marcelino Menéndez Pelayo.Jamás se cansó Menéndez Pelayo de los fastos y homenajes, las condecoraciones, los honores y las recompensas. Fue un incansable coleccionista de ellas a lo largo de su vida, y las no conseguidas amargaron en demasía su espíritu y le impidieron disfrutar de las que sí tenía. Académico de la Real Academia de la Lengua, de la de la Historia, de la de Bellas Artes de San Fernando, y de la de Ciencias Morales y Políticas, Bibliotecario perpetuo y después Director de la Academia de la Historia; académico correspondiente de la de Buenas Letras de Barcelona, de la Sevillana de Buenas Letras y de la de San Carlos de Valencia, miembro preeminente de la Academia de Letras Humanas de Málaga, socio honorario de la Sociedad Arqueológica Luliana y de la Arqueológica Tarraconense, miembro de la Academia Aráldica Genealógica Italiana, de la Société Academique Hispano-Portugais de Toulouse, de la Academia Scientarum Oliponensis, de la Società Bibliografica Italiana, de la Hispanic Society of America y de la Royal Society of Literature of the United Kingdom; diputado por Palma de Mallorca y por Zaragoza; senador por la Universidad de Oviedo y por la Academia de la Lengua; decano de la Facultad de Letras de la Universidad de Madrid, vicepresidente del Ateneo, presidente de la Sociedad de Bibliófilos Españoles; Consejero de Instrucción Pública, Caballero Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII, Comendador de la Legión de Honor y de la Orden del Rey Leopoldo de Bélgica.

Ese afán de títulos y recompensas le llevó a una de las mayores decepciones de su vida: el fracaso en su intento de ser elegido director de la Real Academia de la Lengua. Fue en 1906 y el asunto tuvo sus consecuencias. El anterior director de la Academia, Conde de Cheste, había fallecido. Siguiendo una ley no escrita, un aristócrata, que hubiera sido ministro era el candidato natural para el puesto: ésa había sido la condición de todos los directores de las Academia hasta el momento. Pero en ese momento Benito Pérez Galdós y Jacinto Octavio Picón lanzaron públicamente la candidatura de Menéndez Pelayo. La derecha académica no concedió gran importancia a la propuesta de los dos novelistas («dos personas de menor cuantía» los llamó Emilio Cotarelo), pero Menéndez Pelayo sí. Y más cuando en una carta abierta más de 120 firmas pidieron públicamente a Alejandro Pidal, rival de Menéndez Pelayo, que no se presentara y que dejara campo libre al santanderino que según los firmantes estaba por encima de toda discusión y de toda concurrencia. Entre los que apoyaron públicamente la candidatura de Menéndez Pelayo se contaban los hermanos Álvarez Quintero, Gregorio Martínez Sierra, Carlos Arniches, Joaquín Dicenta, Pío Baroja, Azorín, Antonio Machado, Felipe Trigo, Álvaro de Albornoz. Manuel Azaña, Pedro Mata, Augusto Barcia, Ramón Pérez de Ayala, Eduardo Zamacois, Francisco Villaespesa, Gabriel Miró... La carta se publicó el mismo día de la elección, un 22 de noviembre de 1906, muy pocos días después de que Menéndez Pelayo hubiera cumplido los cincuenta años. Veintiún académicos pudieron votar y de ellos solo tres lo hicieron por Don Marcelino: Picón, José Ortega y Munilla y Juan Cavestany. Dieciséis en cambio votaron a Pidal y en la lista de votantes hay nombres que fueron una amarga decepción para Menéndez Pelayo: Antonio Maura, Emilio Ferrari, Emilio Cotarelo, Ramón Menéndez Pidal. Menéndez Pelayo no asistió a la votación y Galdós tampoco pudo hacerlo. Un año después se repitió la elección pues el nombramiento de Pidal era interino. Pidal obtuvo quince votos y Menéndez Pelayo siete. Esta vez los votantes de don Marcelino fueron Francisco Rodríguez Marín, que acababa de ingresar en la Academia, Galdós, Echegaray, Picón, Ortega Munilla, el padre Miguel Mir, que en la anterior había votado a Pidal y el propio Menéndez Pelayo que en este caso sí que asistió. Pero el grueso de la academia continuó apoyando a Pidal.

La amargura de Menéndez Pelayo fue indecible. Rompió relaciones con Alejandro Pidal, con quien hasta el momento había cruzado cartas muy corteses y del que había celebrado con júbilo su llegada al Gobierno. Finalizó su amistad con Emilio Cotarelo, antes discípulo y colaborador, y con el que un día se lío a bastonazos en plena calle de Alcalá. Y abandona la Academia. La edición de las obras de Lope de Vega, un encargo académico, queda interrumpida en el volumen XIII. No volvería a ello nunca. Los tomos XIV y XV se publican después de su muerte, pero ya sin los prólogos que Menéndez Pelayo nunca compuso. Su último acto académico es la recepción de su amigo Francisco Rodríguez Marín, que toma posesión en esas fechas. La Academia, el lugar donde había soñado estar desde niño le había vuelto la espalda y sobre todo lo habían hecho los representantes de esa derecha cristiana que él había defendido tantas veces en tantas polémicas. Mi alejamiento de aquella Corporación [la Academia] es absoluto y probablemente definitivo, por razones de dignidad personal cuyo origen Vd. conoce y que luego se han exacerbado con nuevos agravios. La Academia, sometida al ignorante capricho de los hombres políticos o a las malas artes de cualquier intrigante, va perdiendo a toda prisa su carácter literario. Conservo allí algunos buenos amigos, pero están en minoría insignificante, y para la mayor parte de los académicos no puede haber peor recomendación que la mía. He dejado de concurrir aun a las sesiones ordinarias. Son palabras de diciembre de 1911, cinco meses antes de su muerte. La herida de aquella elección fracasada nunca cicatrizó.

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El santanderino en el exilio

Marcelino Menéndez Pelayo.Su ciudad. Santander. Que se enorgullecía de él, como de un tesoro, que le subvencionó viajes y le tributó homenajes. El santanderino legó, en un gesto sin parangón ni igual, la obra de su vida: todos los derechos de autor de su vasta obra destinados a mantener su biblioteca. Todo lo que era Menéndez Pelayo, probablemente para sí mismo, más que para nadie, se podía resumir en los libros: los que había escrito, los que había leído y los que había acumulado a lo largo de su vida, invirtiendo en su biblioteca la mayor parte de su dinero, y todo el amor de que era capaz. Santander se encontró, en 1912, dueña de una de las dos mejores bibliotecas de España y, además con una sólida fuente de financiación para mantenerla. Todo ello lo cede Menéndez Pelayo para devolver a los santanderinos todo lo que le habían dado. Una relación de amor mutuo y mantenido a lo largo de los años, amor indómito y entrañable en palabras de Menéndez Pelayo a su ciudad de Santander. Y sin embargo...

Sin embargo aquel chiquillo serio, solemne y grave, demasiado serio, solemne y grave, que a los quince años llegó a Barcelona y respiró el aire de libertad que le llegaba entreverado de brisa del Mediterráneo, poesía romántica y vida libre de estudiante, ya no volvió a Santander. Los regresos a su tierra natal son siempre breves, vacaciones, visitas a la familia, y sólo se hacen más frecuentes cuando llega el decaimiento físico que le lleva a la muerte. Viaja. No sólo los viajes al extranjero. Ya en Madrid se aficiona a pasar vacaciones de Pascua en diversas ciudades (nunca en Santander). Va a Lisboa, Barcelona, Valencia, Sevilla (uno de sus destinos preferidos). Pero es sobre todo el brillo y la sociedad de la Corte lo que le seduce, atrae y subyuga. Alrededor de ese farol deslumbrador da vueltas y vueltas durante años esta cigarra que trabaja más que todas las hormigas juntas. Evocaciones posteriores de sus hagiógrafos nos lo quieren presentar como un exiliado en Madrid, solitario y olvidado de todos, que añora la vida feliz y tranquila de Santander. Pero eso no cuadra con esa intensa vida de salones, bailes y fiestas, con su incesante actividad pública, con su presencia en todas partes, con su vida alegre y libre de soltero sin compromiso. Vida a la que nunca renunció y que sólo lejos de la ciudad que le honraba y reverenciaba, pero que esperaba de él un comportamiento apropiado a su condición de epítome de los valores cristianos, podía llevar a cabo. Santander no dejaba de ser una cárcel con barrotes invisibles de obligaciones, compromisos, buenas apariencias y aburrimiento, en la que una estancia prolongada era imposible. Siempre más hermosa, acogedora y querida en la lejanía y en la nostalgia, que en el día a día de la formal residencia.

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El hombre que quiso vivir y morir con sus mayores

Entierro de Marcelino Menéndez Pelayo.Por fecha de nacimiento Menéndez Pelayo pudo haber sido un «hombre del 98», o al menos uno de sus precursores: sólo era ocho años mayor que Unamuno, diez años más joven que Joaquín Costa y de la misma edad que «Silverio Lanza». Pero él quería otra cosa, adelantar en el tiempo y formar parte de la generación de sus mayores, como su amigo Galdós, catorce años mayor que él, como Pereda, primero amigo de sus padres, y luego pupilo y protegido del genio, aunque tuviera veintitrés años más, como Valera, uno de su amigos más íntimos, modelo de Menéndez Pelayo para tantas cosas, que le sacaba ni más ni menos que treinta y dos años. Y tanto fue su empeño que lo consiguió, convenció a todo el mundo de que la realidad era la que él quería que fuera, y vivió y murió con esa generación. El hombre que quiso ser mayor de lo que era, envejeció antes de lo que debía y murió mucho antes de cuando le correspondía. Los dioses cobran un alto precio a quienes quieren apresurar el tiempo. En sus últimos días la idea de la muerte se le presenta con frecuencia. «Dondequiera que tiende uno la vista encuentra algún sepulcro» le dice a un antiguo compañero de estudios en el Instituto santanderino. Y es que se encuentra en pleno declive. En octubre de 1911, llega a Madrid desde Santander, lleno de dolores. La carta en la que cuenta su viaje a su hermano Enrique, médico de carrera, que no de vocación, es la de un hombre muy enfermo: reducida a comer alimentos bandos, cansado, con problemas de riñón, atribulado por la necesidad de acostumbrarse a una dentadura postiza... En diciembre de ese año le reconoce a uno de sus íntimos, Antonio Rubió, sus temores: «estoy algo delicado de salud, y lo que es peor, aprensivo y preocupado contra mi costumbre, aunque los médicos aseguran que no es cosa grave lo que tengo». En enero de 1912 responde a una petición de Camile Pitollet confesando que la enfermedad no le permita ya realizar ninguna actividad en la Revista de Archivos. En marzo, en una carta a uno de sus mejores amigos, Juan Estelrich habla esperanzado de su recuperación, aunque el panorama que le describe no es muy alentador. Pero la recuperación no llega. El 2 de mayo, cuando sólo le quedan diecisiete días de vida, un cansado Menéndez Pelayo escribe a Adolfo Bonilla y San Martín: «Los médicos dicen que adelanto mucho, y quisiera creerles...»

Con razón no les creía. Murió el 19 de mayo, sin llegar a cumplir cincuenta y seis años, dejando una obra inmensa a la que dedicó toda su vida y que fue, hasta sus últimos días, la razón de su existencia. En esa carta a Bonilla, tras de las noticias de su enfermedad, añade: «Lo que funciona normalmente es la cabeza, a Dios gracias, y ni un solo día dejo de cumplir muy gustosamente la tarea. Al contrario, cada día me encuentro más ágil y dispuesto para el trabajo».

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