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María Cinta Montagut

Semblanza crítica

Marta Pessarrodona, prologuista de Como un lento puñal, destaca en la poética de la autora la imaginería del yo como «cazador solitario», pero, más que trazar un paralelismo con la novela de MacCullers, llama la atención sobre la importancia con que Montagut asume la «mirada de quien ama». Esta mirada busca fisurar una situación de aislamiento, para ir al encuentro de la complicidad y del conocimiento del otro; pero también es una forma de reconocerse. Pues en esa búsqueda casi suplicante de alguien que nos guarezca, hay un claro afán de ampararse contra el tiempo de la soledad, donde el cuerpo ajeno es la única realidad posible, un presente que aleja el pasado, acallando las voces de la memoria para corear tan sólo el asombro y el silencio (Teoría del silencio). Cuerpo como conocimiento y anclaje, pero también muro cuando la comunicación es imposible. Además, cabe señalar que si lo que le da valor al tiempo es la manera de estar en el mundo y de indagar acerca del individuo, indagación a la que no permanece ajena la poesía de Montagut cuando asigna a cada instante un lugar preciso en la conciencia del devenir, nos hallamos sin duda ante esa temporalidad entendida como «horizonte del ser», la idea heideggeriana en la que el lenguaje es a la vez anfitrión y huésped: una «casa del ser», un lenguaje primordial en contacto con la verdad, a partir del cual aquél se desarrolla y adviene a su destino.

Cuerpo y lenguaje son instrumentos de conocimiento, espacios y estancias de nuestra existencia, pero también lugares éticos. Si lo que constituye el andamiaje de la modernidad es un mirar con contenido moral, consustancial a todo poeta, este ejercicio de observación y pensamiento, presente ya en El tránsito del día, en la La voluntad de los metales, su último libro, hace posible que el lenguaje se estremezca ante una conciencia sacudida en la que se desvanece todo anhelo de refugio. De la necesidad del otro, se pasa a lo que cabría llamar la «plegaria por los otros», pues la realidad se ha vuelto frágil y precisa de nuestro compromiso.

A partir del descenso a los infiernos colectivo que fue el atentado al World Trade Center de Nueva York en septiembre de 2001 (al que la poeta hace referencia indirecta -para símbolizar cualquier masacre-, a través del poema de Lorca «Ciudad sin sueño»), la mirada se vuelve un gran ojo, que, como una lente de aumento, recorre el horror de la destrucción a partir de las escenas individuales, en una poesía sobria y precisa que elude el anonimato y asigna al detalle mínimo la dimensión propia de un destino. Nos hallamos en una especie de infierno, y la tierra se ha convertido en un enorme crisol en cuyo interior se funden los metales. El único color que emerge es el gris de la ceniza, el plomo de las torres en ruinas que se extiende como un cendal de la muerte, y en donde la simbología de lo pétreo, lo duro y el metal se funden, remitiéndonos a la imaginación dinámica de la obra de Bachelard. Aquí, aunque la mirada sea la de la cámara que denuncia, las palabras, al personalizarse, se hacen hueso y carne y son, a su vez, susceptibles de quedar heridas. De ese modo el camino emprendido en un nivel heideggeriano de un anhelo de avenencia y crecimiento del ser, hace posible, a otro nivel, la semejanza y el compromiso, que tienen ya mucho que ver con la empatía propia de la mujer. «Lo desconocido, que muere de rodillas / soy yo / cualquiera que sea / el olor de su sombra», reza el epígrafe que Montagut incluye de la poeta de habla francófona Nadia Tueni.

Finalmente, de otra voz de mujer, la de la italiana Antonella Anedda, recoge la idea de que la realidad no es tenaz, y necesita de nuestra protección, integrándola en su visión de un universo desbordado y perdido. Una poética de la madurez desolada, donde la palabra es cuestionada por su incapacidad para detener o siquiera renombrar el desastre. Pero precisamente por las pocas cosas vivas que persisten, la palabra adquiere sentido de arraigo. Alejándose de la tradición romántica que cruza el siglo XX, del hombre solo frente a la inmensidad de la naturaleza, la poesía de Montagut está atravesada por un empeño de conciliación, sea cruzando espacios urbanos y domésticos, sea caminando por escenarios naturales, que no son sino voluntad humana de durar y discernimiento de lo que jamás ha de volver. Poesía reflexiva y cercana pero alejada de una poesía social, incluso de una realista -aunque no haya espacio para lo irreal en ella-, que se nutre de la mejor tradición francesa, desde Aragon y Éluard hasta las poetas bretonas de la segunda mitad del XX.

Rosa Lentini