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Mario Benedetti

Rincón de Haikus. Por Pedro Mendiola

Plagiar a Benedetti

(Mario Benedetti, Rincón de haikus, Madrid, Visor, 1999)

Me gusta pensar que el lector alicantino siente por Mario Benedetti la misma devoción desmesurada que los personajes de Amanece que no es poco profesaban por la obra de William «Fulkner». Algunos le descubrieron en las sesiones golfas de los Astoria; otros, en las páginas de un libro prestado; la mayoría, ya le conocía de mucho antes. Sería bastante absurdo, por tanto, y no digamos redundante, ensayar una presentación de este aguafiestas uruguayo, aunque no está de más recordar que recientemente ha sido galardonado, con el premio Reina Sofía de poesía iberoamericana y ha apadrinado en la Universidad de Alicante un Centro de Estudios Iberoamericanos que lleva su nombre. Su última obra poética es un cuaderno de haikus.

Quizá sea conveniente explicar algunas cosas. El haiku, una de las formas representativas de la cultura tradicional japonesa, es una breve composición de tres versos -de cinco, siete y cinco sílabas- cuyo origen data del siglo XVI. El prólogo del libro es una excelente aproximación a las peripecias literarias de esta forma poética, desde los viejos maestros japoneses, Matsuo Basho, Taniguchi Buson o Masaoka Shiki, hasta su asimilación occidental y su aventura latinoamericana en poetas como Octavio Paz o el también mexicano José Juan Tablada, quien la define como «la chispa de la sorpresa». «Una sensación, una duda, una opinión, un sentimiento, un paisaje y hasta una breve anécdota» -explica Benedetti-, integran este delicado compendio de sensaciones atrapadas, donde la brevedad y la sencillez fundamentan una poética de la fragilidad.

Benedetti, que no ha pisado Japón en su vida, ni habla una palabra de japonés, reconoce haberse interesado por el haiku como «envase» poético a partir de un libro de Cortázar, en cuyo título resonaban los ecos de un admirable poema de Basho: «Este camino / ya nadie lo recorre / salvo el crepúsculo». Manteniéndose fiel al estricto patrón estructural del haiku, Benedetti ha compuesto este «modesto trabajo latinoamericano» en el que, al trasluz de un vidrio empañado, desvela los mismos enigmas, los mismos fantasmas y los mismos amores que han acompañado a su poesía en los últimos tiempos. El haiku además, y esto es algo que aprovecha muy bien el poeta, requiere de una lectura «cómplice», que nos incite a volver a mirar. El verdadero goce estético sobreviene cuando, trascendiendo la aparente desnudez de estos tres versos, el espíritu poético regresa a nuestro lado, como aquel amante japonés, para murmurarnos al oído lo que sólo había dicho a medias durante la noche.

Pero -se preguntarán algunos-, ¿a qué santo un libro de haikus a estas alturas del partido? Al único santo de conservar la sinceridad, la serenidad y la libertad poética; y de no extraviarse en las veleidades de la grandilocuencia. Dicen los entendidos que cuando se ha entrado en la «edad larga» no cabe ya el genio poético. Nos parece estupendo, pero algunos de estos poemas («en plena noche / si mis manos te llaman / tus pechos vienen») resultan ser verdaderas sombras de asombro.

Curados de espanto y sin embargo... seguimos despertando cada día y por más que uno tosa no puede sacurdirse de encima este acento sospechosamente porteño; salimos a la calle a verificar si la ciudad sigue siendo verde absolutamente verde y con tranvías; y de vuelta a casa, silbando un tango amargo, nos miramos en todos los espejos e inevitablemente nos buscamos en las sombras y desde allí los años y quién sabe... En fin, que sólo nos queda plagiar a Benedetti.

Publicado en Información (16/03/2000)