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Miguel de Cervantes

Biografía

Por Jean Canavaggio

Cervantes en su vivir

Comisiones andaluzas

«Vista general de Sevilla» de Ambrosius Brambilla, 1585.A principios de junio de 1587, se encuentra Cervantes en Sevilla, tras haberse despedido de su mujer en circunstancias mal conocidas. Tal vez frustrado en sus aspiraciones literarias, y poco dispuesto a dedicar el resto de su vida al cuidado de los olivos y viñedos de su suegra, tal vez atraído por ocupaciones más acordes con su deseo de independencia, aprovecha los preparativos de la expedición naval contra Inglaterra, decretada por Felipe II, para conseguir un empleo de comisario, encargado del suministro de trigo y aceite a la flota, bajo las órdenes del comisario general Antonio de Guevara.

Proveído con este cargo, recorre los caminos de Andalucía para proceder a las requisas que le corresponde cumplir, muy mal recibidas por campesinos ricos y canónigos prebendados, aún más reticentes después del desastre, en el verano de 1588, de la Armada Invencible. Deseoso de conseguir un oficio en el Nuevo Mundo, presenta el 21 de mayo de 1590, acompañada con su hoja de servicios, una demanda al Presidente del Consejo de Indias, destinada al Rey. En ella menciona, entre los tres o cuatro que al presente están vaccos, la contaduría del nuevo reyno de Granada, la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatimala, el de contador de la galeras de Cartagena y el de corregidor de la ciudad de la Paz, concluyendo que con qualquiera de estos officios que V. M. le haga merced, la resçiuirá, porque es hombre auil y suffiçiente y benemérito para que V. M. le haga merced. El 6 de junio, el doctor Núñez Morquecho, relator del Consejo, inserta al margen del documento una negativa expresada en los siguientes términos: Busque por acá en que se le haga merced.

Mientras tanto, a los procedimientos dilatorios que le oponen sus proveedores, especialmente en Écija y Teba, a la excomunión fulminada contra él, a petición de algún canónigo reacio, por el vicario general de Sevilla, al encarcelamiento que le impone, en 1592, el corregidor de Castro del Río, por venta ilegal de trigo, se suman las acusaciones de sus adversarios y los abusos de sus ayudantes, hasta abril de 1594, momento en que se pone fin al complejo sistema de comisiones iniciado siete años antes.

Retrato de Miguel de Cervantes.Por cierto, como contrapartida de esta penosa experiencia, la fascinación que ejerce Sevilla sobre Cervantes contribuye a explicar sus prolongadas estancias a orillas del Guadalquivir, lejos de Esquivias y de su esposa: acumula de esta forma un rico caudal de experiencias, aprovechado por él en la elaboración de sus obras de ambiente sevillano, como la comedia de El Rufián dichoso o, entre las Novelas ejemplares, El Celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros. Ahora bien, a falta de datos concretos, difícil se nos hace apreciar el proceso que lo llevó de la experiencia viva a la creación literaria. Por lo que se refiere a su actividad de escritor, los pocos indicios de que disponemos -si se hace caso omiso de la historia del Cautivo, probablemente redactada hacia 1590 e incluida ulteriormente en la Primera parte del Quijote- son alguna que otra poesía de circunstancia y el contrato (a todas luces no cumplido), firmado en 1592 con Rodrigo Osorio, autor de comedias, por el que se comprometía a componer seis comedias en los tiempos que pudiere.

Encarcelamiento

En agosto de 1594 se ofrece a Miguel de Cervantes Saavedra que ostenta desde hace cuatro años un segundo apellido, tomado sin duda de uno de sus parientes lejanos una nueva comisión que lo lleva a recorrer el reino de Granada, con el fin de recaudar dos millones y medio de maravedís de atrasos de cuentas. Al cabo de sucesivas etapas en Guadix, Baza, Motril, Ronda y Vélez-Málaga, marcadas por enojosas complicaciones, finaliza su gira y regresa a Sevilla. Es entonces cuando la bancarrota del negociante Simón Freire, en cuya casa había depositado las cantidades recaudadas, incita a su fiador, el sospechoso Francisco Suárez Gasco, a pedir su comparecencia. Pero el juez Vallejo, encargado de notificar esta orden al comisario, lo envía a la cárcel real de Sevilla, cometiendo, por torpeza o por malicia, un auténtico abuso de poder.

Esta cárcel que, durante varios meses, le dio ocasión de un trato prolongado con el mundo variopinto del hampa, verdadera sociedad paralela con su jerarquía, sus reglas y su jerga, parece ser, con mayor probabilidad que la de Castro del Río, la misma donde se engendró el Quijote, si hemos de creer lo que nos dice su autor en el prólogo a la Primera parte: una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación, y en la cual bien pudo ver surgir, al menos, la idea primera del libro que ocho años más tarde le valdría una tardía consagración.

No conocemos la fecha exacta en que Cervantes recobró la libertad. Pero conservamos la respuesta del rey a su demanda, por la que se conminaba a Vallejo soltar al prisionero a fin de que se presentara en Madrid en un plazo de treinta días. No se sabe si éste cumplió el mandamiento, pero al parecer, se despide definitivamente de Sevilla en el verano de 1600, en el momento en que baja a Andalucía la terrible peste negra que, un año antes, había diezmado Castilla.

«Felipe II» de Sofonisba Anguissola, 1565.Entretanto, el 13 de septiembre de 1598, había muerto el Rey Prudente, acontecimiento que va a inspirar a nuestro escritor el famoso soneto al túmulo del rey Felipe II en Sevilla:

«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque, ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!

¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente!».

Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto
lo que dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario miente!».

Y luego encontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Un soneto que consideraba como el mejor de sus escritos y que los muchachos españoles, en tiempos no muy remotos, aprendían de memoria en el colegio. Otro poema en quintillas que se le atribuye puntualiza con notable ironía el desastre financiero que ensombreció los últimos años del reinado: Quedar las arcas vacías / donde se encerraba el oro / que dicen que recogías, / nos muestra que tu tesoro / en el cielo lo escondías.

El ingenioso hidalgo

Como queda dicho, se ignora casi todo de la vida de Cervantes durante aquellos años decisivos en que se desarrolla el proceso de redacción de la Primera parte del Quijote. En agosto de 1600 está atestiguada su presencia en Toledo. En enero de 1602 asiste en Esquivias al bautismo de una hija de un matrimonio amigo, pocos meses antes de publicarse el último retoño de los libros de caballerías que tanta acogida tuvieron en la centuria anterior: el Policisne de Boecia, cuya huella se observa en una de las historias interpoladas.

Casa de Cervantes en Valladolid.En el verano de 1604, con toda probabilidad, se traslada con su mujer a Valladolid, elegida por Felipe III como nueva sede del reino, donde se reúne con sus hermanas y su hija Isabel, residentes hasta entonces en Madrid. Allí es donde encuentra a un editor en la persona de Francisco de Robles, el propio hijo de Blas de Robles, que, en otro tiempo, había publicado La Galatea. Mientras consigue, el 26 de septiembre, el privilegio real que necesitaba, se difunde la noticia de la próxima publicación de su nuevo libro, recogida por Lope de Vega en una carta de su puño y letra, y por López de Úbeda, el autor de La pícara Justina. En los últimos días de diciembre de 1604, sale el Quijote de las prensas madrileñas de Juan de la Cuesta, y muy pronto se observan los primeros indicios de su éxito: en marzo del año siguiente, en el momento en que Cervantes obtiene un nuevo privilegio, que extiende a Portugal y Aragón el que se le había concedido para Castilla, se publican en Lisboa dos ediciones piratas y entra en el telar la segunda edición madrileña, que sale a luz antes del verano. Mientras tanto, los primeros cargamentos de la princeps son registrados en Sevilla y enviados a las Indias. Por las mismas fechas, don Quijote y Sancho aparecen por todas partes en los cortejos, bailes y mascaradas cuyo pretexto proporciona la actualidad, desfilando en junio en Valladolid, durante las fiestas dadas en honor del embajador inglés, lord Howard, con motivo de la ratificación de las paces firmadas el año anterior con el rey Jacobo I.

Casa de Cervantes en Valladolid.Pocos días después, a finales de junio, ocurre un extraño suceso en el que aparece mezclado nuestro autor: la muerte violenta de un caballero de Santiago, Gaspar de Ezpeleta. Herido a consecuencia de un duelo nocturno, ocurrido en el arrabal donde vivía el escritor con su familia, es recogido por éste en su casa y fallece dos días después sin haber confesado el nombre de su agresor. La investigación emprendida por el alcalde de Corte Villarroel, las deposiciones recogidas en el proceso, conservado en el archivo de la Real Academia Española, el encarcelamiento, durante un par de días, del autor del Quijote, a raíz de las insinuaciones de una vecina en contra de la conducta de sus hermanas y de su hija, arrojan una curiosa luz sobre la condición y vida del escritor y de sus familiares.

De la deposición de Andrea de Cervantes se infiere que, en esos años, su hermano era un hombre que escribe e trata negocios, e que por su buena habilidad tiene amigos. Entre estos amigos figuraban un asentista genovés, Agustín Raggio, vinculado a toda una red de negociantes italianos establecidos en Génova, Amberes y Madrid, y un financiero portugués, Simón Méndez, tesorero general y recaudador mayor de los diezmos de la mar de Castilla y Galicia; también un gentilhombre de cámara de los reyes Felipe II y Felipe III, Fernando de Toledo, señor de Higares, implicado en proyectos arbitristas que le llevarían a gastar de manera dispendiosa sus caudales. No deja de llamar nuestra atención la «otra cara», si se la puede llamar así, del autor del Quijote y, más concretamente, el hecho de que un ex recaudador de impuestos mantuviera relaciones con estos representantes del mundo de los negocios, algunos de los cuales, debido a sus deudas, tenían dificultades con la justicia, en una coyuntura marcada por el naufragio de los mercaderes castellanos y el enriquecimiento espectacular de varios genoveses.

En la Villa y Corte

«La nueva Plaza Mayor de Madrid», Anónimo.Tras el regreso de la Corte a Madrid, Cervantes se establece con su familia en el barrio de Atocha, detrás del hospital de Antón Martín, donde se le sabe alojado en febrero de 1608. Un año más tarde, se muda a la calle de la Magdalena, cerca del palacio del duque de Pastrana, y luego, en 1610, a la calle de León, en lo que se llamaba entonces el «barrio de las Musas», donde también vivieron, entre otros escritores, Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Vélez de Guevara. En los primeros meses de 1612, se traslada a una casa próxima, detrás del cementerio de San Sebastián, en la calle de las Huertas, frontera de las casas donde solía vivir el príncipe de Marruecos. Por fin, en el otoño de 1615, abandona esta morada por otra, situada en la esquina de la calle de Francos y de la calle de León.

Vista de Madrid a mediados del siglo XVII.Durante aquellos ocho años que le quedan de vida, no se aventura mucho fuera de la capital, salvo para breves estancias en Alcalá y Esquivias. La única circunstancia en la que su destino estuvo a punto de tomar otro rumbo fue, en la primavera de 1610, el nombramiento del conde de Lemos, protector suyo, como virrey de Nápoles. Cervantes, lo mismo que Góngora, abrigó el sueño de formar parte de su corte literaria; y de los indicios sacados por Martín de Riquer de un minucioso examen de los capítulos que, en la Segunda parte del Quijote, refieren la estancia del caballero manchego en Barcelona, se infiere que bien pudo el escritor emprender el viaje a la ciudad condal, en vísperas de la partida de Lemos, para defender sus pretensiones. Pero no consiguió del secretario del virrey, el poeta Lupercio Leonardo de Argensola, ni tampoco de su hermano Bartolomé, la confirmación de sus promesas. Como dirá en el Viaje del Parnaso, con cierta ironía melancólica:

«Que no me han de escuchar estoy temiendo»,
le repliqué; «y así, el ir yo no importa,
puesto que en todo obedecer pretendo.

Que no sé quién me dice y quién me exhorta
que tienen para mí, a lo que imagino,
la voluntad, como la vista, corta.

Que si esto así no fuera, este camino
con tan pobre recámara no hiciera,
ni diera en un tan hondo desatino.

Pues si alguna promesa se cumpliera
de aquellas muchas que al partir me hicieron,
lléveme Dios si entrara en tu galera.

Mucho esperé, si mucho prometieron,
mas podía ser que ocupaciones nuevas
les obligue a olvidar lo que dijeron.

(III, vv. 175-89)

Varios acontecimientos de índole familiar marcan la vida del escritor durante esos años: en primer lugar, sus desavenencias con su hija Isabel y sus dos yernos sucesivos, Diego Sanz y Luis de Molina, por asuntos de dinero y por la posesión de una casa situada en la calle de la Montera, cuyo legítimo dueño era un tal Juan de Urbina, secretario del duque de Saboya, quien, al parecer, mantuvo con Isabel un trato no exento de sospechas; luego, una sucesión de muertes: la de su hermana mayor, Andrea, ocurrida súbitamente en octubre de 1609, la de su nieta Isabel Sanz, seis meses más tarde, y la de Magdalena, su hermana menor, en enero de 1610.

Tal vez deban relacionarse estos sucesos con un acercamiento cada vez mayor del escritor a la vida de devoción: en abril de 1609, se afilia a la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento, sin que sepamos si llegó a acatar las estrictas reglas que ésta imponía a sus miembros, como ayuno y abstinencia los días prescritos, asistencia cotidiana a los oficios, ejercicios espirituales y visita de hospitales; en julio de 1613, se le admite como novicio de la Orden Tercera de San Francisco, a semejanza de su mujer y de sus hermanas; el 2 de abril de 1616, poco antes de morir, pronuncia sus votos definitivos.

A primera vista, esta gravitación no concuerda con las pullas irónicas y las alusiones impertinentes a las cosas de la Iglesia que recorren los textos cervantinos; parece contradecir su crítica de ciertas prácticas supersticiosas -observancia formal de los ritos, devoción interesada en las almas del Purgatorio- habituales entre sus contemporáneos. En realidad, en este desacuerdo con el tono medio de su época se trasluce a veces el influjo de determinadas corrientes de pensamiento: pudo proceder ocasionalmente de la lectura de Erasmo, así como de ciertos aspectos de la espiritualidad franciscana, muy adicta a la devoción interior; pero el humanismo de Cervantes, formado muy lejos del polvo de las bibliotecas, se fraguó en gran parte en la escuela de la vida y de la adversidad. Por otra parte, en cuanto salimos del terreno de su ideario, es empresa azarosa la de captar la espiritualidad del autor del Quijote, sabiendo que ésta hubo de trascender, por definición, las operaciones del entendimiento: a fin de cuentas, se nos escapa irremediablemente, lo mismo que el «yo» secreto del creyente que fue Cervantes. Por eso, el fervor que pregona al final de su vida no ha de interpretarse como una mera precaución frente a los guardianes de la ortodoxia o una concesión dispensada a sus hermanas. Por cierto, la Congregación del Santísimo Sacramento, fundada bajo el doble patrocinio del duque de Lerma y de su tío, el cardenal de Sandoval, era también una academia literaria a la que asistieron Vicente Espinel, Quevedo, Salas Barbadillo y Vélez de Guevara, y en la que se cortejaba a las Musas con la bendición de Nuestro Señor. Pero las formas que reviste su compromiso se nos aparecen ante todo como el fruto de una decisión meditada, la de un hombre que trató de unir la fe y las obras en el crepúsculo de su vida.