Saltar al contenido principal

Novela hispanoamericana del siglo XIX / Fondo Benito Varela Jácome

En homenaje a don Benito Varela Jácome

Por Trinidad Barrera

Una reunión de profesores y amigos que tenga como misión glosar la labor de otro profesor, maestro y amigo de los aquí reunidos, resulta difícil, las tentaciones para caer en el elogio, en el ditirambo incluso resultan muy fuertes. Procuraré evitarlas pero tampoco, en aras de una objetividad, quiero caer en el silencio de la novedad y modernidad que supuso un trabajo modélico en muchos sentidos. Las líneas de preocupación de Benito Varela Jácome han sido muchas, formado en la Literatura Española, con un conocimiento de la misma sólido y crítico al mismo tiempo, supo mirar a la Literatura Hispanoamericana sin complejos, sin considerarla una hija bastarda de la española -visión que lamentablemente aún persiste en algunos sectores del mundo académico español- y dado que lo hizo desde fecha muy temprana, me estoy refiriendo a los años de formación de algunos de los que estamos aquí presentes, la mítica década de los setenta, el influjo que tuvo su labor sobre nosotros es un hecho objetivo. Téngase en cuenta que en los setenta el panorama académico español era muy distinto al actual, en todos los sentidos.

En 1976 cuando me encontraba haciendo la tesis doctoral, ávida de bibliografía sobre Literatura Hispanoamericana e ignorante de mucho acerca de la misma, llegó a mis manos un libro, El cuento hispanoamericano contemporáneo. Antología, selección y estudio de Benito Varela. Para mí fue un verdadero hallazgo, por tres cosas que el libro reunía y que quiero comentar aquí. Primero una puesta al día de las últimas tendencias del cuento hispanoamericano, precedida de una cronología que abarcaba desde 1924 a la fecha de realización del mismo, 1976. Su actualidad ultimísima no podía ser más evidente. Establecía un punto de partida que hacía coincidir el Manifiesto Surrealista con la publicación de una de las novelas más sintomáticas del regionalismo novelesco, La vorágine del colombiano José Eustasio Rivera. Dos años después, en 1926, el libro Los desterrados de Horacio Quiroga abría el panorama del cuento hispanoamericano contemporáneo, justamente el autor con el que se inicia la selección de cuentos, «El hombre muerto» fue la pieza elegida. Cierra la cronología al límite de la fecha de publicación del libro que comento, 1975, con la alusión a El libro de arena de Jorge Luis Borges. Dicha cronología alterna la cita de volúmenes de cuentos con la de las novelas fundamentales publicadas entre las dos fechas de enmarque y algún que otro título poético, sobre todo referido a Pablo Neruda. Hasta llegar a la fecha de 1940, desfilan las grandes obras del regionalismo y del indigenismo, Don Segundo Sombra, Doña Bárbara, Huasipungo, La serpiente de oro, Canaíma, Los perros hambrientos y a su lado autores menos populares por aquel entonces, los ecuatorianos Demetrio Aguilera Malta y José de la Cuadra, sin olvidar aquel a quien la crítica posterior ha canonizado con justicia, me refiero al argentino Roberto Arlt, modelo indiscutible de una generación de escritores rioplatenses que vendrá más tarde.

A partir de 1940, con La bahía del silencio de Eduardo Mallea figurarán las voces más representativas de la narrativa contemporánea, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Alejo Carpentier, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Lezama Lima y Severo Sarduy. Algunos de ellos aparecen citados con más de una obra y como balance de su conjunto hay que destacar la selección de obras y autores que hoy día vendrían a ajustarse al llamado «canon» de la narrativa contemporánea.

La segunda parte que quiero señalar es el estudio introductorio, caracterizado, como es habitual en él, por la claridad y el didactismo que respiran sus estudios -no en balde ha sido también profesor de Enseñanzas Medias-, la ilustración con cuadros y diagramas significaban todo un esfuerzo en aras de la claridad expositiva. Su repaso al cuento toma como punto de partida los años finales del XIX y los primeros del XX, la importancia a partir del Modernismo para continuar con la revolución mexicana y la narrativa. En ningún momento se pierde la contextualización histórico-social, marcando un modelo de análisis que sigue siendo válido en la actualidad. Cito: el escritor está en el círculo central de la producción, rodeado por las coronas circulares de ocho subsistemas; influido en dos niveles: el sincrónico de la época 1920-1940, de las preocupaciones estéticas y temáticas, de la configuración social, del contexto histórico-ideológico; y el diacrónico de una herencia, de una tradición literaria, de una cultura hispanoamericana, del acervo cultural de la humanidad (p. 19). Todo un modelo de acercamiento a la obra y su autor.

Continúa su estudio preliminar con el balance de la aportación vanguardista, con el paso del criollismo a la renovación, señalando en ese momento tres frentes esenciales, la dimensión telúrica de los cuentistas de América Central, con nombres aún hoy día poco estudiados como el salvadoreño Salazar Arrué, el hondureño Víctor Cáceres Lara, los costarricenses Carlos Salazar Herrera y Max Jiménez y el panameño José María Núñez; la importancia del Grupo de Guayaquil con la publicación en 1930 del mítico volumen Los que se van, ligado a los nombres de Gallegos Lara, Gil Gilbert o Aguilera Malta y por último la narrativa antillana destacando a los cubanos Carlos Montenegro y Lydia Cabrera y al dominicano Juan Bosch el nuevo indigenismo de la mano de Alcides Arguedas, Jorge Icaza o Ciro Alegría en El mundo es ancho y ajeno. Las nuevas versiones del tema gauchesco en la novela o el de la selva son ejemplos citados para completar ese tránsito a la renovación que, aunque se inicia a partir del cuarenta, tiene en las décadas anteriores unos ejemplos indiscutidos.

Los núcleos renovadores los escalonará en tres décadas, la primera, la del cuarenta al cincuenta, giraría en torno a tres espacios, el rioplatense, con los inicios narrativos del que más tarde sería el gran escritor del siglo XX, Jorge Luis Borges; el mexicano, en torno a las figuras de José Revueltas (Dios en la tierra, 1944) y Juan José Arreola cuyos primeros cuentos son recogidos a fines de la década en Varia invención. Por último, Cuba, en la que señala dos narradores gallegos de afincación en la isla Lino Novás Calvo y Ramón Ferreira y la gran figura de Alejo Carpentier.

«La curva del cuento hispanoamericano llega a su máxima ascensión en la década 1950-1960». Para esta década marca la importancia de Juan Carlos Onetti (Un sueño realizado y otros cuentos), Julio Cortázar (Bestiario), la consagración de Arreola con Confabulario, Roa Bastos con El trueno entre las hojas. El punto álgido de la década lo marcarán Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Al lado de estas grandes figuras no olvidará señalar una línea distinta para otros escritores como los peruanos Julio Ramón Ribeyro y Enrique Congrains Martín, los portorriqueños Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel y el cubano Cabrera Infante. Nombres nuevos frente a otros ya consagrados que despertaban el interés y mostraban la riqueza de la cuentística al otro lado del Atlántico.

Al llegar a la década del «boom» y tras hacer un repaso a las novelas más sintomáticas de aquellos años pasa a notar cómo algunos de los representantes alternan la novela con el cuento, García Márquez, Carlos Fuentes, Cortázar, Onetti. Más importante si cabe resulta hoy día el haber elegido además otros nombres que el tiempo ha venido a consagrar más lentamente, José Donoso, el reciente Premio Cervantes Jorge Edwards, Adolfo Bioy Casares, los venezolanos Adriano González León y Salvador Garmendia así como el peruano Alfredo Bryce Echenique. Capítulo aparte merece su indicación a la profusa narrativa cubana de la revolución, algunos de cuyos nombres fueron proclamando su disidencia con el tiempo, Jesús Díaz, Calvert Casey, Antonio Benítez, Eduardo Heras León o Norberto Fuentes. Y aún termina este prólogo con la alusión a narradores jóvenes animados por un decidido afán de ruptura, el salvadoreño Álvaro Menéndez Leal, el chileno Antonio Skármeta o el mexicano José Agustín. En ningún momento quiero que parezca que su estudio era un catálogo de nombres pues siempre se da una valoración y se establecen unas jerarquías que el paso del tiempo ha venido a confirmar.

Pasamos así al corpus central del libro, una antología de cuentos precedidos, cada uno, por unas páginas sobre el autor y el cuento en cuestión. Un total de diecisiete autores, desde Quiroga a Cabrera Infante pasando por Ciro Alegría, Arturo Uslar Pietri, Miguel Ángel Asturias, Borges, Novás Calvo, Carpentier, Onetti, Sábato («El Informe sobre ciegos»), Arreola, Rulfo, Cortázar, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa y José Donoso. Completan el conjunto tres modelos de análisis de textos, «La noche que lo dejaron solo» de Juan Rulfo, «Casa tomada» de Julio Cortázar y «Los funerales de la Mamá Grande» de García Márquez. El aspecto práctico preocupó siempre a Benito Varela, uno de los primeros profesores en aplicar el estructuralismo al análisis del relato. También en eso era novedoso su libro. Pocos años después publicaría Nuevas técnicas de análisis de textos (1980), libro que recuerdo me enseñó mucho de cara a los trabajos que realicé a comienzos de los ochenta.

Volviendo de nuevo a El cuento hispanoamericano contemporáneo hay otro aspecto importante que quiero hacer notar. Su actualizada bibliografía. Se manejaban libros que apenas habían salido al mercado por entonces, el estudio de Bratosevich sobre Quiroga, Literatura y arte nuevo en Cuba de Julio Cortázar, los famosos homenajes de Giacoman, etc., etc. Prácticamente la bibliografía citada y utilizada era de los setenta.

No es elogio fácil decir que el libro resultó ser muy valioso para nuestra generación pero pienso, sinceramente, que hoy día después de veinticinco años sigue conservando su valor y es un libro que nuestros alumnos deben consultar. Incluso quedan algunos autores de los citados por Benito Varela en su prólogo que no han sido estudiados con una mínima garantía de profundidad y rigor, todavía pueden salir de ahí algunos temas para Tesis.

En fin, también aquí, como en otros aspectos que han sido comentados, su trabajo ha marcado unas pautas que sólo el trabajo bien hecho ha podido hacer perdurable en el tiempo.