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Novela hispanoamericana del siglo XIX / Fondo Benito Varela Jácome

En homenaje a don Benito Varela Jácome

Por Teodosio Fernández

Aunque no hayan sido el único período y el único género en los que ha centrado su atención, don Benito Varela Jácome ha declarado con frecuencia a lo largo de los últimos años su interés por algunos momentos de la narrativa hispanoamericana del XIX en general, y del naturalismo argentino en particular: no tanto por las novelas de Eugenio Cambaceres, las más divulgadas, como de otras (Irresponsable, de Manuel T. Podestá, Inocentes o culpables, de Juan Antonio Argerich, Libro extraño, de Francisco Sicardi) que reiteradamente ignoramos y que deben completar la significación de ese momento fundamental de la literatura rioplatense. Para avanzar en su estudio se puede y se debe contar con las numerosas aportaciones realizadas por don Benito Varela a los estudios sobre literatura hispanoamericana del siglo XIX, quizá los menos conocidos por la razón sencilla de que hasta hoy esa literatura ha llamado menos la atención. Aún hoy pueden leerse con provecho sus introducciones a Facundo o a María1. Nadie ha presentado mejor que él la evolución de la novela hispanoamericana del siglo XIX, tanto en su introducción al volumen XII de Las mejores novelas de la literatura universal2 como en el capítulo sobre ese tema incluido por Luis Íñigo-Madrigal en el tomo II de su Historia de la literatura hispanoamericana (Del neoclasicismo al modernismo)3.

La afición de don Benito Varela a los cuadros o diagramas me incomodó alguna vez. Luego comprendí que esos cuadros resumían o ilustraban con eficacia el desarrollo de sus observaciones y de sus ideas, en las que confluían tanto presupuestos teóricos como perspectivas de origen variado y complejo, y que pretendían exponerse con claridad. En las últimas décadas la crítica literaria ha sido con demasiada frecuencia un obstáculo más que una ayuda para el acercamiento a la literatura hispanoamericana: elaborada para uso exclusivo de los iniciados, a veces se concretó en estudios más interesantes por sus presupuestos teóricos que por sus aportaciones al conocimiento de las obras literarias, y que el cambio de las jergas pronto volvió ininteligibles. Los trabajos de don Benito Varela, siempre muy atento a los planteamientos teóricos y a su aplicación al análisis de los textos, conservan la eficacia con que se aplicaron al análisis minucioso de las técnicas o procedimientos narrativos, de las perspectivas adoptadas por el narrador, de los niveles espaciales y sociales representados. La utilización (muy personal) de una terminología compleja en este caso apenas parece encubrir pudorosamente un minucioso conocimiento de los textos: don Benito Varela ha leído, incansablemente, ejemplo que deberíamos seguir cuantos hacemos o intentamos la crítica literaria.

Por lo que a mí respecta, he podido encontrar sugerencias valiosas incluso en sus dudas o vacilaciones. Éstas me sirvieron, por ejemplo, para dirigir hace ya tiempo una nueva investigación destinada a aclarar la relación entre Jicoténcal, la novela de autor desconocido que apareció en Filadelfia en 1826, y Xicoténcal, príncipe americano, que Salvador García Bahamonde publicó en Valencia, en 1831, con intención de vindicar -dentro de ciertos límites- la empresa de Hernán Cortés en México y la conquista de América en su conjunto4, y para descubrir de paso que esta segunda novela, prácticamente ignorada, había encontrado un eco notable entre los escritores españoles e hispanoamericanos que después se ocuparon de la conquista de América. Entre estos, como es sabido, se contó Gertrudis Gómez de Avellaneda con su novela Guatimozín, último emperador de México, una autora también estudiada y editada por don Benito Varela5. Desde luego, mis numerosas deudas con él no se refieren sólo al siglo XIX: un artículo suyo sobre Atrapados, la última obra de Jorge Icaza6, me ayudó a descubrir la condición profundamente autobiográfica que ofrece toda la producción del escritor ecuatoriano, incluida una novela como Huasipungo, y a advertir dimensiones profundas que suelen negarse a la llamada «novela de la tierra». Pero, puesto que he preferido centrarme hoy en sus aportaciones a los estudios literarios sobre el siglo pasado, me limitaré a señalar que en sus trabajos sobre esa época siempre podrá comprobarse su capacidad para advertir complejidades y riquezas frecuentemente ignoradas. Su introducción a Aves sin nido, la novela de Clorinda Matto, constituye un buen ejemplo: La novelista -se lee allí- parte de unas realidades observadas y de la situación política proyectada sobre el ámbito provinciano. Pero en la exploración de estos contextos se mezclan elementos costumbristas, enfoques realistas, quedan huellas románticas y funciones folletinescas que contrastan radicalmente con ciertos alardes biológicos del naturalismo7. Con la constatación de esa caótica confluencia de opciones literarias podría haberse incurrido en la visión de una narrativa caracterizada por los anacronismos, fruto de la recepción tardía y de la pervivencia anárquica de las influencias europeas. Pero don Benito Varela observaba que el matrimonio Marín, introducido en la novela como representante de una clase media urbana, ilustrada, intelectual, defiende un proyecto ideológico basado en dos modelos: la moral católica, renovada, purificada, y el modelo cultural influido por las teorías positivistas y las ideas liberales8, con lo que declaraba la necesidad de tener en cuenta el ambiente ideológico, político y social en que Clorinda Matto había desarrollado su actividad literaria, para entender el mensaje que trataba de hacer llegar hasta sus lectores, y también las peculiaridades de ese mensaje. Don Benito Varela se refería también al triste final de la novela: La crítica, invariablemente -observaba-, califica este desenlace de folletinesco, de melodramático. Pero creemos que no está determinado por un simple destino ciego. Los desencadenantes del final invertido están en el interior de la misma sociedad depresiva explorada por la novelista, en la corrupción, en las imposiciones de servidumbre, en las prestaciones amorosas denigrantes9. Las convenciones románticas, en consecuencia, exigían apoyos verosímiles: los prejuicios raciales justificaban que en Sab una determinada condición étnica y social se convirtiera en otra forma de esa fatalidad romántica que acumulaba los sufrimientos e impedía el final feliz, como en Amalia imponían el desenlace trágico circunstancias históricas que el autor había desarrollado con extremada minuciosidad a lo largo de la obra.

Planteamientos como esos pueden llevarse más lejos, y pueden ser muy útiles al volver sobre la novela hispanoamericana del siglo XIX. Los análisis de Amalia, de María y de La charca realizados por don Benito Varela, además de los mencionados de Aves sin nido y de Herencia, permiten ver esa narrativa no como el resultado caótico de sucesivas oleadas foráneas de romanticismo, realismo y naturalismo, irregularmente difundidas a causa de una complicada geografía y otros obstáculos, sino como una manifestación de necesidades propias de los distintos países o del conjunto de Hispanoamérica. El desarrollo de esos planteamientos permite entrever que el romanticismo, poética de los liberales hasta los años sesenta del siglo pasado (o mientras lucharon por el poder), fue asumido por los nostálgicos o conservadores cuando el liberalismo acarreó el orden y la modernización. La estratificación de estos ciclos novelísticos con el realismo y el naturalismo -señalaba don Benito Varela refiriéndose a los entendidos como románticos- desborda todo encuadre de los escritores hispanoamericanos en tres generaciones cronológicas que establecen algunos historiadores10. Esa opinión se demuestra justificada al comprobar la aparición tardía de casi todas las mejores manifestaciones de la novela romántica -como María (1867), pero también como Cumandá (1879), de Juan León Mera, o como Enriquillo (1879-1882), de Manuel de Jesús Galván, o como la versión final y completa de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel (1882), de Cirilo Villaverde, por no citar obras aún posteriores-, y que sus autores figuraban entre los que añoraban un orden perdido o lo sentían en vías de desaparición. Eso ayuda a explicar la larga pervivencia del romanticismo hispanoamericano, y también su transformación en modernismo cuando se dio la ocasión, y su coexistencia aparentemente difícil con el realismo, poética de la objetividad exigida por el liberalismo positivista triunfante en los ámbitos intelectuales hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XIX, y que había encontrado sus primeras manifestaciones en novelas de Alberto Blest Gana como La aritmética del amor (1860) o Martín Rivas (1862), obras que ya aspiraban a formar parte de un ciclo semejante a La Comedia humana de Balzac. Esa interpretación reclama para la narrativa realista de Hispanoamérica una atención que hasta ahora no parecía merecer: vino a respaldar el sentido común en la visión de los procesos sociales, o al menos puede justificarse así su énfasis en valores como la laboriosidad y la honradez, inseparable de su crítica del arribismo, la haraganería y el culto de la riqueza. Los conflictos relacionados con el amor y el dinero ganaron el interés de los novelistas y sus lectores porque unos y otros formaban parte del nacimiento de un orden «burgués» que en sí mismo constituía una descalificación de las bruscas conmociones políticas que se pretendía dejar atrás.

Como es sabido, a medida que el siglo XIX se acercaba a su final ese orden nuevo fue mostrando con intensidad creciente sus contradicciones, que también encontraron un eco profundo en la literatura: el naturalismo fue consecuencia a la vez de la aplicación y la crisis de los planteamientos positivistas, y por ello resulta difícil precisar sus fronteras con el realismo. Son numerosas las novelas que muestran la confluencia de registros o de poéticas que el profesor Varela señaló para Aves sin nido o Herencia, desde planteamientos que apelan a la realidad hispanoamericana y no sólo al magisterio de los escritores europeos, lo que permite sortear discusiones interminables y quizás inútiles: ni siquiera la influencia de Zola garantiza la existencia del naturalismo en Hispanoamérica -ni en España: el profesor Varela lo sabe bien, como prueban sus estudios sobre Emilia Pardo Bazán-, pues los narradores se limitaron casi siempre a compartir su escandaloso interés por los aspectos más sombríos de la vida cotidiana. Ese interés no basta para marcar las diferencias de la narrativa naturalista con la realista, e incluso con ciertas manifestaciones «tremendistas» -en El matadero, de Esteban Echeverría, suele encontrarse su mejor manifestación- del romanticismo hispanoamericano. Más esclarecedora resulta la visión de un ámbito en el que la mentalidad cientificista propiciada por el positivismo hizo del naturalismo una prolongación del realismo, cuyos planteamientos se llevaron hasta sus últimas consecuencias: del lado del realismo quedarían las teorías positivistas -y optimistas- del progreso social; del lado del naturalismo, las tesis deterministas que sirvieron para diagnosticar los males del continente, para ocuparse de la barbarie, del salvajismo, de la degeneración y de la locura de una sociedad concebida como un cuerpo enfermo, en la que con frecuencia se vio operar negativamente la presencia de las razas de color y los elementos mestizos.

Esas opciones también se difuminaron y conjugaron en función de factores muy diversos. El profesor Varela lo señaló al analizar Herencia, donde advirtió que se había moderado el compromiso militante asumido por Clorinda Matto al denunciar la situación del indígena en Aves sin nido, a la vez que se adoptaba una intención correctora, al analizar los códigos morales y las transgresiones de la sociedad contemporánea, y se recurría a los procedimientos intensificadores del naturalismo, para diseñar situaciones sociales y funciones diegéticas11. Así pudo resumir los criterios estéticos que confluían en la novela: la representación realista de las estructuras socioeconómicas, la elaboración ficcional de una historia de raíz romántica, y el proceso diegético dinamizado con funciones de influencia zolesca12. Estas últimas citas bastan para mostrar que los análisis de don Benito Varela no se agotan en las enseñanzas y sugerencias que yo he tratado de aprovechar. Sus aproximaciones críticas conjugan perspectivas variadas, sin olvidar aportaciones provenientes de la Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada, sin ignorar la lucidez que puede aportar el conocimiento de la historia de la literatura (y de la hispanoamericana en particular) y de los procesos culturales por los que inevitablemente discurre. Desde esa perspectiva se puede entender la literatura como un sistema sociocultural, como un discurso comunicativo en el que no sólo operan el escritor y los lectores (y las condiciones de producción que median entre ellos), sino también los distintos factores que determinan la sucesión o coexistencia de los movimientos y poéticas, adecuando las manifestaciones literarias a la expresión de los gustos y necesidades de cada tiempo y lugar y configurando al mismo tiempos esos gustos y esas necesidades. Esa perspectiva justifica un trabajo como el ofrecido por el profesor Varela Jácome en su «Evolución de la novela hispanoamericana del siglo XIX». Esa perspectiva hace también necesario el análisis de obras como Aves sin nido o como Herencia, excluidas (al menos la última) del canon literario hispanoamericano. Explica también el interés con que don Benito trata ahora de atraer la atención hacia obras ignoradas del naturalismo argentino: también las obras que no han merecido los elogios de la crítica deben ayudar a comprender el proceso literario hispanoamericano. El profesor Varela, poco interesado en discusiones teóricas de rentabilidad dudosa y en especulaciones tal vez inútiles sobre la identidad cultural de Hispanoamérica, nos ha mostrado que debemos centrar nuestra atención sobre todo en ese proceso y en los textos que lo constituyen.

1 Véase Domingo Faustino Sarmiento, Vida de Juan Facundo Quiroga, estudio preliminar y bibliografía seleccionada por Benito Varela Jácome, Barcelona, Bruguera, 1970, y Jorge Isaacs, María, estudio preliminar, bibliografía seleccionada y glosario americanista por Benito Varela Jácome, Barcelona, Bruguera, 1968.

2 «Evolución de la novelística hispanoamericana del siglo XIX», Madrid, Cupsa Editorial, 1983, pp. IX-XXXVIII.

3 Madrid, Cátedra, 1987, pp. 91-133.

4 Véase Mercedes Baquero, «La conquista de América en la novela histórica del romanticismo español: el caso de Xicoténcal, príncipe americano», en Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 480, junio de 1990, pp. 125-132.

5 Véase su estudio preliminar y selección de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Poesías Selectas, Barcelona, Bruguera, 1968, y su introducción a Sab.

6 «El último testimonio novelístico de Jorge Icaza», en Anales de Literatura Hispanoamericana, VI, 7, pp. 305-329.

7 «Introducción» a Aves sin nido, en La mejores novelas de la literatura universal, XII, pp. 711-719 (712).

8 Introducción citada, p. 714.

9 Id., p. 719.

10 Historia de la literatura hispanoamericana, ed. cit., p. 94.

11 Véase «Estrategias narrativas de Clorinda Matto de Turner en Herencia», en Panoramas de nuestra América, n.º 2, La crítica literaria española frente a la literatura latinoamericana, coordinación de Leonor Fleming y María Teresa Bosque Latra, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993, pp. 143-158 (143).

12 Id., p. 144.