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Padre Coloma

El autor: Biografía

El P. Luis Coloma nació el 9 de enero de 1851 en Jerez de la Frontera (Cádiz), hijo del afamado médico jerezano don Ramón Coloma Garcés y doña Concepción Roldán. El estudio biográfico de doña Emilia Pardo Bazán -El P.  Luis Coloma. Biografía y estudio crítico- refiere destellos biográficos de sus años de adolescencia y juventud. Pinceladas breves, pues a la escritora lo que realmente le interesa, a tenor de lo escrito, es su novela Pequeñeces. Doña Emilia refiere que a la edad de doce años Luis Coloma dejó la casa paterna para ingresar en la Escuela Preparatoria Naval de San Fernando. Sin embargo, no tenía vocación de marino, decantándose por los estudios de Derecho, «contándose entre los más brillantes alumnos de la Universidad de Sevilla», según doña Emilia. En Sevilla, Luis Coloma alternaría sus estudios en la Facultad de Derecho con su inicial vocación literaria. De hecho conoce a Fernán Caballero y a Gertrudis Gómez de Avellaneda, convirtiéndose, especialmente la primera, en mentora ideológica de Coloma, tal como se percibe años más tarde en su libro Recuerdos de Fernán Caballero. Estos datos y los que a continuación presentamos aparecen también en el material noticioso que ofrece el P. Rafael María de Hornedo en el prólogo que figura al frente de la cuarta edición de las Obras Completas de Coloma y que pueden completarse también con los ofrecidos por el P. Constancio Eguía en las ediciones correspondientes a los años 1947 y 1952 (2.ª y 3.ª edición).

Luis Coloma pese a finalizar sus estudios, colegiarse como abogado y ejercer las típicas labores de pasante en el bufete del acreditado jurista  don Hilario Pina, no tardó mucho en abandonar tales obligaciones para decantarse por el periodismo y la literatura. La crisis revolucionaria influyó decisivamente en su ánimo, convirtiéndose en acérrimo defensor de la causa alfonsina a fin de restaurar la monarquía borbónica. Por estas fechas colabora en el periódico madrileño El Tiempo. Periódico político de la tarde, fundado el 23 de febrero de 1870 por el marqués de Bedmar y el conde de Toreno. Su director -Miguel López Martínez- y sus principales redactores -Plácido Jove, José Ortega y Manuel Pérez de Molina- representaban la tendencia conservadora afín a la Restauración. Colaboraciones periodísticas que también se extenderían a publicaciones de su ciudad natal, como sus artículos insertos en El Porvenir. Se trata de una época azarosa, de incertidumbre política, en la que Coloma participa de forma activa, postulándose en los círculos literarios y en las tertulias políticas como claro defensor de la Restauración borbónica. Precisamente la clave de su novela Pequeñeces estará infartada en todo este mundo de intrigas y aventuras políticas. En este contexto histórico tendrá lugar un incidente que hará posible un cambio radical en su vida: la herida de bala en el pecho que le produjo, fortuitamente o no, el disparo de un revólver. Sus biógrafos o estudiosos -desde Emilia Pardo Bazán, Hornedo, Eguía Ruiz, Luis Fernández- lo consideran fortuito, aunque algunos atribuyeron este lance a misteriosas causas. Familiares directos y amigos íntimos atestiguan que Coloma se hirió involuntariamente, cuando estaba limpiando el revólver en su cuarto. Lo cierto es que Coloma vio la muerte de cerca. Los médicos pronosticaron un desenlace fatal debido a la gravedad de la herida. Sin embargo, la recuperación fue rápida, asombrosa, fuera de todo pronóstico. A partir de este instante, Coloma tiene el firme propósito de ingresar en la Compañía de Jesús.

El 5 de octubre de 1874 marcha a Châteaux de Poyanne, en Las Landas (Francia), donde los jesuitas españoles, desterrados de España, habían establecido un noviciado. Coloma estuvo bajo la tutela del P. Vicente Gómez. Por estas fechas, dicho Seminario estaba dirigido por el Padre Provincial de Castilla, el madrileño Juan Nepomuceno. Eminentes jesuitas serán profesores de Coloma, como los PP. José Mendive, Juan José Urraburu, Pablo Villada, Ángel María de Arcos, Cecilio Gómez Rodales, Julio Alarcón, entre otros. Durante los años 1875, 1876 y 1877 permanece en Châteaux de Poyanne. En este último año regresa a España ocupando diferentes cargos propios de la Institución. Por estas fechas colabora en la revista La Ilustración Católica, semanario que empezó a editarse a partir del 1 de agosto de 1877, con grabados y del que se conservan tres colecciones en la Hemeroteca Municipal de Madrid. Durante el curso académico 1877-1879 ejerce la docencia como profesor de  Derecho Romano en la Universidad Pontificia de Comillas. Estudia Filosofía Escolástica durante el periodo académico 1879-1880 en el colegio de Carrión de los Condes (Palencia). En años posteriores será profesor en distintos centros docentes de los jesuitas y completará su formación religiosa en diversos seminarios de la Orden, como en la Casa de Estudios de Oña (Burgos) y Manresa. El 2 de febrero del año 1886 se produce su inclusión definitiva a la Compañía de Jesús con la emisión de los últimos votos, incorporándose a partir de esta fecha a la Universidad de Deusto, cuya principal misión será formar parte del consejo de redacción de la revista El Mensajero del Corazón de Jesús.

Por estas fechas ya tiene en su haber literario Solaces de un estudiante, redactado bajo la tutela de la entonces anciana escritora Fernán Caballero, autora de la introducción que figura al frente de la obra. Trabajo de juventud pues, como señala la propia prologuista, Coloma «es un joven que no cuenta veinte años». También en época temprana inicia la publicación de cuadros de costumbres, cuentos y relatos breves que se irán hermanando bajo el título de Lecturas Recreativas. El mismo Luis Coloma en su introducción al primer volumen que figura al frente de dichas Lecturas, 24 de septiembre de 1884, explica con nitidez a los suscriptores de El Mensajero del Corazón de Jesús sus propósitos e intenciones de claro matiz reflexivo y moral. En este corpus se armonizan diversos contenidos temáticos, pudiéndose establecer distintos grupos, desde los cuentos infantiles y maravillosos, hasta político-sociales, legendarios y rurales. No faltan tampoco las estampas o escenas costumbristas dotadas de una mínima peripecia argumental que las aproxima al relato breve o cuento. Entre los cuentos infantiles y maravillosos cabe citar Ajajú, variante temática del popular relato de La Cenicienta. Periquillo sin miedo, que entronca con la fábula de Esopo, la relacionada con las dos alforjas. De carácter simbólico y maravilloso es también Porrita, componte, en el que se castiga la ambición.

El corpus de cuentos político-sociales granjeó también merecida fama a Coloma, especialmente los titulados Medio Juan y Juan y Medio, Caín y Mal Alma. Satíricos y costumbristas cabe destacar Por un piojo, La Gorriona y Era un santo, cuyo contenido es la descripción y análisis de costumbres que van en detrimento de la moral cristiana. En algunos de ellos, como el titulado La Gorriona, Coloma describe el ambiente aristocrático que preludia su célebre novela Pequeñeces. De carácter  legendario se podría citar el titulado Paz a los muertos que, en cierto modo, se asemeja a La Promesa de Bécquer: sepultura de una persona que la tierra se niega a recibirlo. Sólo las lágrimas de un ser querido hará posible que la tierra se abra y reciba al cuerpo del difunto. Presencia también de cuentos rurales con final trágico, como Ranoque y Juan Miseria. De gran fama y difusión sería el relato Pilatillo, cuya técnica narrativa está entre los géneros novela y cuento. Interesante relación por lo acertado en la descripción del ambiente andaluz de toreros, chulos y cante hondo o flamenco.

Es evidente que el P. Coloma se revela como excelente narrador de cuentos, algunos de ellos inolvidables para el mundo infantil, como  Ratón Pérez. Sin embargo, no fue este género el que más fama le dio, sino su novela Pequeñeces, obra que situó a su autor en el primer plano de la actualidad literaria. La novela censura de forma agria y virulenta la aristocracia durante la época de la Restauración alfonsina, enjuiciada en su momento como una novela clave en donde el máximo interés del lector era identificar a los personajes del relato. Se comentó, incluso, que la marquesa de Nájera había proporcionado a Coloma sus memorias autobiográficas como material novelable y de censura a la aristocracia corrupta. De hecho las intrigas aristocráticas y los turbios manejos de la sociedades secretas constituyen el fondo de la novela, cuyas páginas están plagadas de contrastes y escenas de gran vigor, como la presentación de los protagonistas, la despedida del colegio, el asesinato de Jacobo Sabadell, el encuentro de Currita y la marquesa de Villasis en la iglesia y la muerte de los niños Paco Luján y Alfonsito Téllez. De no menos fuerza y pulso narrativo son los tipos que aparecen en Pequeñeces, analizados y presentados desde una doble óptica. Por un lado, los disolutos, como Currita Albornoz y su amante, Jacobo; por otro, los piadosos como la marquesa de Villasis y Sabadell. Conjunto de personajes que se engarzan con otros bien pergeñados y desarrollados, en especial los pertenecientes al mundo infantil, como Paquito y Lilí, hijos de Currita; Monina, nieta de la marquesa de Villasis, y Alfonsito Téllez, hijo de los marqueses de Sabadell. Galería de retratos o personajes que se complementan con otros de ilustre tradición literaria por su presencia en la sociedad de buen tono, como Frasquito, digno representante de los lechuguinos, petimetres o gomosos de la época.

Existen, evidentemente, múltiples matices interpretativos en Pequeñeces, como el integrismo -mantenimiento de la integridad de la tradición española, asociación de la monarquía con las bases populares con casi abstracción de la aristocracia-, aspecto que no pasa desapercibido a E. Pardo Bazán, y un cierto matiz revolucionario, en opinión de Juan Valera, al afirmar que fomenta el odio de los ricos en los pobres y en la sociedad más necesitadas de las provincias el falso concepto de que Madrid es una Síbaris o una Babilonia levantada a costa del resto de España. Desde el punto de vista de la técnica y recursos narrativos se puede decir que Pequeñeces representa el naturalismo finisecular. Las filtraciones atenuadas del folletín son fácilmente perceptibles, al igual que las variantes o préstamos idiomáticos -anglicismo y galicismos- son, de igual forma, evidentes, en consonancia con la sociedad de buen tono de la época. La base alegórica del relato es también evidente; por un lado, el promontorio de Loyola como única posibilidad de salvación; por otro, Madrid, convertido en una charca hedionda. Otro tanto sucede con los personajes. Currita representa la corrupción y Frasquito, emparentado con toda la nobleza, restaurado como buen petimetre con postizos y afeites, desconfía de la nobleza de nuevo cuño y simboliza la Restauración. Con las escenas y su interpretación sucede lo mismo, pues para un sector de la crítica -el oratorio transformado en gallinero- representa la grandiosidad del mundo antiguo convertido en la Restauración en un lugar en ruinas y sucio. Escenas, como la de la cabalgata de Currita con los cocheros, entre otras, que dan a la novela un claro sesgo alegórico.

Lo cierto es que la novela tuvo un éxito hasta el momento desconocido. Pardo Bazán en su Nuevo Teatro Crítico comenta en el año 1891, por ejemplo, que la tercera edición de Pequeñeces (siete mil ejemplares) se vendió con inusitada celeridad, ni siquiera llegó a verse en las librerías, al igual que la cuarta edición, que constaba de diez mil ejemplares. El P. Blanco y García constata también estos datos, afirmando que con la cuarta edición se alcanzó la cifra de treinta mil ejemplares vendidos. Éxito tan grande que hizo creer a buena parte de la crítica -salvo Clarín y Valera, entre otros- que muerto Alarcón, Coloma era su sucesor legítimo.

Al finalizar la década de los años noventa publica Retratos de antaño (1895) empresa que Coloma llevaba en mente desde hacía dos décadas, tal como confiesa a su amigo el duque de Luna en la dedicatoria que figura al frente de la obra. En dicha introducción-dedicatoria se especifica el contenido e intención de libro de Coloma: dar vida a la duquesa de Villahermosa, doña Manuela Pignatelli y Gonzaga, modelo ejemplar de vida y abuela del mencionado duque de Luna. En el año 1898 publica la biografía novelada de María Estuardo, La reina mártir, subtitulada por su autor Apuntes históricos del siglo XVI, basada en la Historia del cisma de Inglaterra, del P. Ribadeneyra. En el año  1903 publica el Marqués de Mora, semblanza de este personaje, reflejo de las ideas volterianas de buena parte de la nobleza española en el reinado de Carlos III. Corpus de relatos históricos que se completa con la novela inconclusa Boy y Jeromín, la más popular, esta última, de todas sus novelas después de Pequeñeces, que supone una auténtica crónica de la vida de don Juan de Austria, conocido con el nombre que da título al relato. De gran fuerza narrativa son los episodios relativos a la presentación de Jeromín ante su padre el emperador Carlos I, en Yuste; su reconocimiento por Felipe II; la historia amorosa con doña María de Mendoza; la campaña de las Alpujarras; los preparativos de la Santa Liga; la batalla de Lepanto; el gobierno de don Juan de Austria en Flandes y la entrevista de su madre Bárbara Blomberg. Cierra la serie de relatos históricos el titulado Fray Francisco (1914), biografía novelada sobre la vida del cardenal Cisneros.

En los albores del siglo XX publica también obras de relativa importancia, aunque silenciadas por la crítica, como la Historia de la sagrada reliquia de San Francisco de Borja (1903), ensayos críticos como el titulado El Padre Isla, con motivo de su ingreso en la Real Academia Española en el año 1908, o semblanzas literarias, Recuerdos de Fernán Caballero (1910). El día 10 de junio de 1915 el P. Coloma fallecerá en Madrid a los sesenta y cuatro años de edad. Sus novelas, especialmente Pequeñeces y Jeromín, revivirán décadas más tarde entre el gran público gracias a las adaptaciones cinematográficas. Sus relatos breves y cuentos insertos en sus Lecturas recreativas -Periquillo sin miedo, Ratón Pérez, La Gorriona...- formarán parte indeleble de un legado cuentístico imprescindible para la historia del cuento español. Legado que junto a la producción de los maestros del cuento -Trueba, Campillo, Fernanflor, Blasco, Fernán Caballero, Valera, Alarcón, Pardo Bazán, Clarín, Pereda, Galdós, entre otros- configurarán la época áurea de dicho género literario.

Enrique Rubio Cremades