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Ramón de Campoamor

El autor: Apunte biobibliográfico

La gloria de Ramón de Campoamor (ejercicio de «vanitas»)

Los juicios sobre Ramón de Campoamor se mueven entre extremos, oscilando entre los ditirambos más extraordinarios o el aplauso más rendido, entre la condena absoluta o la negación de su genio. Estos vaivenes críticos ya se advierten en su tiempo, cuando para algunos era el mayor poeta del siglo y un gran filósofo, mientras para otros era una nulidad, un poeta ripioso e insustancial, o incluso un peligro social por su escéptica concepción del mundo y su excesivamente naturalista descripción de personajes y situaciones. No parece posible establecer términos medios. Era muy querido todavía en las primeras décadas del XX, disputando el cetro poético con Gustavo Adolfo Bécquer. Pero a Campoamor algunos modernistas le criticaron con dureza por el sentido común, el sentimentalismo trivial y la simplicidad prosaica de sus estrofas, mientras que a Bécquer (con justicia) se le aupó como al campeón del simbolismo y la intimidad lírica. El mundo había cambiado, los vates ya no eran ni poetas-pájaros (a lo Zorrilla) ni cantores-políticos o civiles. Había nacido una poesía que defendía su independencia, por completo ajena al poder y a la función social del verso; es decir, opuesta a la figura del autor de las doloras. Comenzaba a madurar una nueva generación que rechazaba a los «poetas oficiales de la Restauración» (como los llama Manuel Machado) y surgían voces críticas hacia sus estrofas, ahora juzgadas representaciones de la mediocridad burguesa y de los males de la política decimonónica. Al viejo poeta le dolían tales comentarios. No obstante, permanecían sus composiciones, que seguían vivas y cercanas para el público, como demuestran las colecciones de poesía popular vendidas en los quioscos (dentro del circuito de la novela corta) y su continuada presencia en la prensa. Sus versos se insertaban en libros de texto y funciones escolares, y corrían de mano en mano a través de tarjetas postales de enorme éxito popular (destaca la «colección Cánovas», con magníficas fotografías de Antonio Cánovas del Castillo, Kaulak, en torno a la dolora «¡Quién supiera escribir!», comercializadas por Hauser y Menet en 1901). Se advierten sin embargo huellas en los poetas jóvenes:

Este del cabello cano
como la piel de armiño,
juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano […],

escribió Rubén Darío como homenaje a don Ramón, al que visitó en su primer viaje a Madrid, en 1892. Le calificó entonces de «amable y jovial filósofo», de «risueño moralista», aunque mostrándose a la vez contrario al modelo de político y poeta oficial que representaba. Entre los jóvenes que le defendían y salvaban en los inicios del siglo XX (y en cuya primera obra es a veces perceptible el eco de las doloras, tan difícil era escapar de su fuerte y dominante presencia, tanto en España como en América) se cuentan Joaquín Dicenta, Salvador Rueda, Manuel Machado, Antonio Palomero, Mariano de Cávia, Joan Maragall, Miguel de Unamuno…, a  cuyo empuje se debió la erección de su monumento en el Retiro madrileño, factura de Lorenzo Coullaut Valera, en 1914. La estatua sedente del poeta, rodeado de tres mujeres (encarnación de su dolora «Las tres edades») y escoltado, en piezas de menor tamaño, por ilustraciones de los poemas «El gaitero de Gijón» y, de nuevo, «¡Quién supiera escribir!», pasó a formar parte del paseo literario de la capital. En Navia, su ciudad de nacimiento, se había inaugurado otra el año anterior, ejecutada por Aurelio Carretero. Cabe adivinar su influjo, asimismo, en la literatura gnómica de Antonio Machado, y cómo no entreverle en la lección de Juan de Mairena, cuando «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa» se traducen en «Lo que pasa en la calle» (recordando la aseveración de la Poética campoamorina, que predica: «El arte supremo sería escribir como piensa todo el mundo»). También Manuel Machado le dedicó un homenaje pleno de admiración:

Él supo del tremendo mar la espuma,
y las canas en las sienes otra vez ardientes,
y la vana ceniza del fuego.
Del heroísmo, de la ambición, de la gloria
penetró los resortes, tal vez ridículos o inconfesables.
Supo del pobre corazón de los hombres,
conoció los rincones de la noche
y las mil hazañas del amor y de la muerte;
los crímenes y los misterios.
Y sonrió siempre como sonríe el alba
al salir de las sombras […] (Campoamor).

Los cantores más modernos (desde Luis Cernuda a Gabriel Celaya o los denominados poetas de la experiencia) han llamado la atención sobre su proyecto de un lenguaje poético nuevo y cotidiano, enfrentado a la altisonancia de los herederos de Manuel José Quintana y al dialecto artificial de los románticos. Campoamor defendió una poética de la palabra común y creó una obra original y un mundo literario propio con sus doloras, humoradas y pequeños poemas; actuó como narrador y consejero desde la atalaya de su poesía moral y fue exponente de un periodo de la historia y la cultura españolas regido por una burguesía conservadora que quería sentir, pero sin exceso, palpitar con orden. Sus estrofas tienen tanto ripios y lugares comunes como momentos felices, y su ironía (componente básico de su escritura) sigue deparando una sonrisa cómplice. Cómo no sonreír ante la fallida cita de esta dolora y su lección de humorismo a partir del contraste entre lo ideal y lo real:

En la noche del día de mi santo
(a Londres me escribiste)
«mira la estrella que miramos tanto
la noche en que partiste».
Pasó la noche de aquel día, y luego
me escribiste exaltada:
«Uní en la estrella a tu mirar de fuego
mi amorosa mirada».
Mas todo fue ilusión; la noche aquella,
con harta pena mía,
no pude ver nuestra querida estrella…
porque en Londres llovía (Una cita en el cielo).

En una carta a Menéndez Pelayo, el autor cifraba de este modo su concepto de ‘humorismo’: «La contraposición de situaciones, de ideas, actos o pasiones encontradas. La posición de las cosas en situación antitética suele hacer reír con tristeza».

Campoamor es, sobre todo, el poeta, pero para sus contemporáneos fue, además, el filósofo por sus varios ensayos sobre temas diversos. Los títulos y estribillos de sus textos serían, asimismo, lecciones vitales para su fiel público: «Quien vive, olvida», «Vivir es dudar», «Todo se pierde», «Nunca olvida quien bien ama»… Un filósofo de lo cotidiano que dice transcribir lo que observa: «¡Qué tremendas doloras/ va haciendo a todas horas/ la vida en sus batallas con la muerte!», exclama en el pequeño poema La orgía de la inocencia.

El monumento tallado por Coullaut Valera dejó clara la absoluta predilección de las mujeres por el mundo campoamorino, algo que responde a la realidad de su recepción, pues ellas fueron sus más fieles lectoras. El poeta construyó una poesía didáctica en la que son las principales interlocutoras, siempre en unos parámetros conservadores y en relación con la imagen moral del «ángel del hogar». En algunos versos  del asturiano la mujer es peligrosa porque puede embaucar, engañar y perder al hombre; es falsa y con dobleces. Y recomienda en Filosofía de las leyes que debe ser obediente y quedar siempre bajo el yugo masculino, permaneciendo limitada a la esfera de lo doméstico. Que hable de mujeres, y a ellas se dirija, no supone la defensa de su emancipación. Advierte a los hombres en La ciencia de engañar:

Sí, sí, caro lector, ésa que miras,
formando su virtud con falsedades,
da color de verdad a las mentiras,
y un aire de mentiras a las verdades.

Con ellas entabla el yo lírico, álter ego del poeta, un diálogo en el que ejerce de consejero experimentado, que alecciona, protesta o las interpela directamente: «Decid, lectoras, conmigo:/ ¡Cuánto gaitero hay así!» (El gaitero de Gijón), «No acierto, Enriqueta hermosa,/ cómo has llegado a pensar/ que yo te puedo enseñar/ el arte de ser dichosa» (El arte de ser feliz), «Conque una buena dolora/ me pides Juana, tan llena/ de candor…» (Las doloras), etc. A esta relación con el lectorado femenino pueden deberse las portadas sentimentaloides y cursis que acostumbran a llevar sus reediciones.

No sé si a Campoamor le habría gustado su inmortalización en mármol en las estatuas mencionadas antes dado que siempre se manifestó reacio a aceptar condecoraciones y premios. Buena manera de demostrar la coherencia de su pensamiento acerca de las vanidades mundanas. En 1872, durante el reinado de Amadeo de Saboya, José de Echegaray, ministro de Fomento (a quien Campoamor dedica «El tren expreso»), le otorgó la Gran Cruz de María Victoria como premio a su labor como propagador de las letras y de la educación en España, honor que el poeta –alérgico a los homenajes– rechazó; pese a todo, le fue concedida y como tal consta, aunque no la recogiera. Con más de 70 años, en la década de 1890, se siguió resistiendo a las alharacas oficiales y rehusó el ofrecimiento de un título nobiliario. A instancias de Leopoldo Alas, siempre amigo fiel, en 1892 se inauguró en Oviedo un teatro con su nombre (tampoco asistió a la inauguración). Luego se negó a ser coronado. La coronación de los poetas era un acto unido a la simbiosis literatura-política y resultaba cosa antigua a la altura de 1899, cuando se fragua el plan. No quiso subir al Parnaso, dejando mohínos al Círculo de Bellas Artes, a Emilia Pardo Bazán y al político Francisco Romero Robledo, entre otros ilustres promotores del fasto.

Los nuevos géneros inventados por Campoamor fueron copiados hasta la saciedad y, de hecho, se puede hablar de una escuela campoamorina o, al menos, de una larga serie de seguidores e imitadores. Esto es apreciable no solo en el verso, sino también en la prosa, en la que el título dolora pasó a convertirse en un nuevo subgénero caracterizado por la tristeza y melancolía de sus contenidos, parece que también por la brevedad (suele asimilarse a cuentos y relatos cortos). La misma suerte tuvo en la música: varios de sus poemas merecieron partituras de renombrados compositores y la dolora se convirtió en una poesía musical para piano. El término dolora, clave de su originalidad y cimiento de su popularidad, no se incorporó al DRAE hasta 1925, con la indicación y acepción siguientes: «Nombre inventado por el poeta Campoamor, hacia 1846. f. Breve composición poética de espíritu dramático, que envuelve un pensamiento filosófico sugerido generalmente por los contrastes de la vida o las ironías del destino, etc.». No todos los poetas han tenido la suerte de que uno de sus inventos pase al diccionario. (En ediciones posteriores se prescinde de la mención del autor y se anota como derivado de dolor; también se acorta la acepción que, antes, definía a la perfección la composición campoamorina).

En sus últimos años, don Ramón, ya retirado de la vida pública, recibía visitas de escritores y admiradores, que relataron luego su tristeza y apagamiento. Verdes Montenegro cuenta que cuando le expresaron su entusiasmo tras la reposición de la pieza teatral Cuerdos y locos, en 1899, dijo: «No sé cómo les ha gustado a ustedes; después de haber leído a Ibsen, todo parece anticuado e insignificante». En su testamento incluyó la siguiente cláusula: «Es su voluntad renunciar, como renuncia, para después de su muerte, la propiedad de sus obras literarias, las cuales podrán ser reimpresas libremente después de su fallecimiento». La mayor gloria para Campoamor se cifraba en permanecer en la memoria de sus lectores y, aún así, sería consciente de que su gesto era una lección de vanitas.

Biografía

Ramón de Campoamor y Campoosorio (Navia, Asturias, 1817-Madrid, 1901) se llamaba en realidad de primer apellido Pérez, aunque prefirió dar relevancia al segundo de su padre, Miguel Pérez Campoamor, y añadirle la preposición de. Comparte año de nacimiento con José Zorrilla y Gabriel García Tassara. En 1826 inició su educación en Puerto de Vega, cerca de su ciudad natal; cursó luego Filosofía en Santiago de Compostela (en 1833). Cuenta el propio autor que, tras una crisis espiritual,  continuó estudios para ingresar en la Compañía de Jesús, lo que pone en duda Manuel Lombardero matizando que, con probabilidad, asistiría a una granja escuela regentada por los jesuitas en Torrejón de Ardoz, localidad en la que habría residido con su hermana mayor, Rafaela, quien le tomó a su cuidado tras contraer matrimonio en 1829. En 1835 pasó al Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos (Madrid). Abandonó pronto el mundo de la ciencia y prefirió convertirse en hombre de letras. En sus palabras se lanzó «en el florido campo de la poesía». El vergel ameno que prestó cobijo a sus primeros escarceos literarios fue la revista No me olvides, periódico de Literatura y Bellas Artes, en donde aparecieron varias composiciones poéticas a lo largo de 1837, además del artículo «Acerca del estado actual de nuestra poesía». Entre 1837 y 1839 insertó asimismo versos en las revistas El Alba, Las Musas, Siglo XIX y El Panorama. 1837 es también el año de la fundación del Liceo Artístico Literario madrileño, en cuyas reuniones semanales de los jueves fue lector asiduo, y donde trabó amistad con Zorrilla, Pastor Díaz, Espronceda, Luis José Sartorius (secretario de la corporación), etc. La declamación de la oda «A la Reina Gobernadora, restauradora de las libertades patrias» le abrió las puertas del Partido Moderado. En una práctica común de aquella época, el joven utiliza las letras como un medio de promoción para ascender en la política. El teatro era el otro camino hacia el éxito y la notoriedad (con el consiguiente beneficio económico tras lograr el triunfo), pero no tuvo suerte: el drama El castillo de Santa Marina y la comedia Una mujer generosa (ambas de 1838) no llegaron a los escenarios. Insistió en el teatro con las comedias La fineza del querer (1840) y El hijo de todos (1841).

Su primer libro, Poesías (que luego se conocerá como Ternezas y flores, título que recibió como sección en las Obras poéticas de 1847) salió a la luz en 1840. El segundo es Ayes del alma (1842), con versos de carácter circunstancial; le siguió Fábulas originales (1842), que fue texto de lectura en las escuelas. También intentó la narrativa con Los manuscritos de mi padre (1842); parece que medía sus fuerzas y posibilidades en todos los géneros, pues se atrevió luego con la crónica parlamentaria, el ensayo y la teoría literaria (remito a «Cronología»). En estos años comenzó su colaboración en diversos periódicos, entre ellos Heraldo de Madrid (a partir de 1842) y El Español (1845-1846).

La colección inaugural de sus Doloras apareció en 1846. Posteriormente las irá dando a conocer en la prensa y las reediciones en forma de libro se sucederán de forma rápida hasta la fecha de su muerte. Al mismo tiempo, las semblanzas que había redactado para Historia crítica de las Cortes reformadoras (1845) le hicieron ganar tal notoriedad, y tantos amigos, que su carrera política arrancó con fuerza. Campoamor ocupó distintos destinos en este ejercicio: diputado suplente por Asturias (1845); auxiliar del Consejo Real (en 1846);  gobernador civil de la provincia de Castellón con el gobierno de Narváez (1847-1848); pasó, con el mismo cargo, a Alicante (1848). En esta última capital conoció y contrajo matrimonio con Guillermina O’Gorman, con la que vivió en la dehesa de Matamoros (luego llamada dehesa de Campoamor). Allí cerca estaba el Pilar de la Horadada que después mencionará en su pequeño poema «Los buenos y los sabios». Permaneció en dicho cargo hasta 1851. Entre 1853-1854 fue gobernador civil de Valencia. Ya a partir de 1854 el matrimonio se instalaría en Madrid, donde don Ramón dirigía el periódico El Estado y actuaba como oficial en la secretaría del Ministerio de Hacienda. Fue elegido además diputado por varias poblaciones y se mantuvo en el Congreso hasta la revolución del 68. Campoamor fue un político conservador y monárquico, y por los datos que se conocen parece que ejerció de manera eficaz y responsable. Por ejemplo, durante su estancia en Levante se mostró muy preocupado por la escolarización de los niños y acometió reformas en el terreno de la beneficencia pública. En el Congreso defendió la libertad de imprenta.

La política no le alejaba de las letras; al contrario, continuó escribiendo y preocupándose por la edición de su obra. En 1853 finalizó el poema épico Colón, compuesto en octavas reales; años después difundió una nueva edición ampliada de Doloras (1858, muy numerosas a partir de esta fecha). Sumándose a la moda de los cantares, comenzó a publicar varias de estas composiciones, tan parecidas, en esencia, a sus posteriores humoradas.

En 1861 fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua, ingresando con el discurso La metafísica limpia, fija y da esplendor al lenguaje en 1862. La contestación a cargo de Mariano Roca de Togores, Marqués de Molins, discurrió acerca del sentido del término dolora.

En su faceta de filósofo gozó igualmente de enorme prestigio: el volumen Lo absoluto (1865) no solo fue muy reseñado –y contestado por extenso– en la prensa, sino que tuvo una gran repercusión en los medios académicos y se usó como manual en las universidades. Hoy cuenta con modernas reediciones.

Al triunfar la revolución de 1868, don Ramón y su esposa abandonaron Madrid y se establecieron en su finca de Alicante. Su lealtad hacia la Reina le llevó a viajar hasta Pau para rendirle pleitesía en el exilio. Al año siguiente dio a las prensas el extenso poema simbólico-alegórico El drama universal, distribuido por entregas antes que como libro. Una primera serie de pequeños poemas, formada por «El tren expreso», «La novia y el nido», «Los grandes problemas» y «Dulces cadenas», irrumpió en 1871. La fama de «El tren expreso» fue rápida y extraordinaria. Aquí se inicia otro de los sólidos puntales de su prestigio y popularidad.

Animado por su éxito como poeta y ensayista, Campoamor se empeñó de nuevo en triunfar en las tablas y al fin le llegó el éxito con El palacio de la verdad (1871) y Cuerdos y locos (1873). Hay muchos rasgos en contacto entre este teatro y su obra en verso: algunas piezas dramáticas son calificadas por el autor como «doloras dramáticas», pues, en realidad, son una ampliación de este género (en el que el diálogo y la incorporación de personajes es esencial) y se confunden con los pequeños poemas, a su vez subtitulados «monólogos representables» (y lo fueron con gran aplauso en varias ocasiones).

Volviendo a su faceta como político, tras la restauración de la monarquía borbónica, Cánovas le nombró en 1875 director general de Beneficencia y Sanidad (cesó en 1878 para ascender a Consejero de Estado; regresó a Beneficencia entre 1884-1888). Más tarde sería diputado o senador por diversas provincias, y entre 1883 y 1884 ejerció como director de la sección de Literatura del Ateneo madrileño. A menudo regaló a sus seguidores la lectura de sus poemas en las veladas ateneístas y en distintos ámbitos públicos o privados. Rafael Calvo y otros conocidos actores los declamarán para un público más amplio en los escenarios.

En 1883 se imprimieron dos textos ensayísticos muy comentados en su época: Poética (una de sus más interesantes reflexiones de teoría literaria; fue reeditada en 1890 con añadidos)  y El ideísmo (nuevo libro de metafísica). Luis Cernuda comparó las ideas literarias de Campoamor con las de Wordsworth; Vicente Gaos con las de T. S. Eliot. El autor cimenta su obra con Poética, resumen y compendio de su particular concepción creativa; pero todavía no estaba agotado, aún le quedaba por inventar y, en 1886, publicó una primera edición de humoradas, de las que se harían varias series. En Poética define los subgéneros literarios que le habían hecho famoso ordenándolos de tal manera que deviene un sistema armonioso: «¿Qué es humorada? Un rasgo intencionado. ¿Y dolora? Una humorada convertida en drama. ¿Y pequeño poema? Una dolora amplificada».

En 1888 volvió a componer un poema largo simbólico: El licenciado Torralba y, en 1889, tuvo lugar la célebre polémica con Juan Valera sobre la desaparición de la forma poética (editada con el título La metafísica y la poesía) que, surgida apenas de una anécdota, encendió los ánimos de los contendientes (Clarín escribiría al respecto «Entre bobos anda el juego»).

Ya en la década de los noventa, el poeta se sentía enfermo y cansado. Su mujer falleció en 1890; no tuvieron hijos, pero le cuidaban sobrinos. Cuando sus achaques se lo permitían, se animaba a asistir a la tertulia de la librería de Fe, en Madrid. Nuevas doloras y humoradas continuaban insertándose en la prensa. La muerte le alcanzó el 12 de febrero de 1901 y fue enterrado, junto a su esposa, en el cementerio de San Justo. En 1909 se terminó el mausoleo construido por el escultor asturiano Cipriano Folgueras. Se ponía así definitiva losa a su paciente espera:

En mi vida infeliz paso las horas
mientras llega la muerte,
convirtiendo en doloras
las tristes ironías de la suerte (Mi vida).

Marta Palenque