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Ramón de Campoamor

Presentación

Los versos de Ramón de Campoamor han quedado sujetos a la memoria, se han convertido en frases repetidas y forman parte del acervo popular; así las exclamaciones de la aldeana que acude al cura del pueblo para que le escriba una carta de amor: su «¡Qué hombre de hielo! / ¡Quién supiera escribir!» o la aseveración del ya viejo sacerdote, para quien «una niña siempre tiene / el pecho de cristal»; los de El tren expreso: esa «carta que es feliz, pues va a buscaros», triste anuncio de la muerte de su emisora; o el comienzo pareado de Los grandes problemas: «El cura del Pilar de la Horadada / como todo lo da, no tiene nada». Han pasado también a la imagen en ilustraciones, caricaturas y cuadros exentos, como los de José Benlliure, Eduardo Vassallo, Bagaría, etc. Sus contemporáneos jugaron con ellos en parodias y sátiras de los gobernantes de turno: «Escribidme una carta, amiga mía. / -Ya sé para quién es. / -¿Lo sabes por la poca policía / que aquí se nota? -¡Pues! / -Perdona, mas... -Tu asombro lo concibo; / es cosa de admirar. / Dame pluma y papel. -Gracias. -Ya escribo. / "¡Oh alcalde popular! [...]"» (Militares y paisanos, 3-V-1896). Hay numerosos ejemplos. Pretendemos ofrecer aquí imágenes (retratos, obras artísticas, ilustraciones de libros y revistas, reproducciones de cubiertas, cromos, postales, etc.) y textos (obra del autor, ensayos críticos y ediciones, artículos, parodias, imitaciones) que ayuden a conocer el éxito de Campoamor, así como su difícil y azarosa pervivencia. Sumaremos partituras y, en la medida de lo posible, algunas grabaciones. Tendrán cabida algunos ensayos generales sobre la poesía del siglo XIX, así como en torno a los medios de difusión y las prácticas lectoras en la centuria.

Esta es una página que quiere ser espejo de una época en la que el verso era memorizado y declamado de mil maneras y con muy distintos usos, de un tiempo en que la poesía era un arte que servía para ascender escalones en las jerarquías sociales y políticas, de unos años en que un poema tenía valor tanto en la esfera de lo íntimo como de lo público, de un momento en que la enseñanza favorecía la lectura, el aprendizaje del verso y la admiración hacia sus creadores...; costumbres y usos lectores perdidos o tocados de muerte. Cierto es que tales usos depararon muchos versos mediocres o de contenido y función dispares al actual concepto de la lírica. No es una página de reivindicación: que cada lector descubra, disfrute o condene a sabor.

Marta Palenque