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La Sociedad Secreta y la rebelión de los magos: una aproximación a «Los siete locos» y «Los lanzallamas»1

Rose Corral





... l'imaginaire, bien loin d'être vaine passion, est action euphémique et transforme le monde selon l'Homme de Désir.


Gilbert Durand, Les structures anthropologiques de l'imaginaire.                


Novelas de múltiples planos, densas, complejas, Los siete locos (1929) y su continuación Los lanzallamas (1931)2 son sin duda las más significativas y originales de Roberto Arlt, las que ofrecen también mayores retos a la crítica. Si en su primera novela, El juguete rabioso, publicada en 1926 -relato emparentado con la novela de aprendizaje-, aparecen ya en germen varias de las constantes temáticas y de estilo de su narrativa posterior, su construcción sobria y nítida, su desarrollo lineal y verosímil (aspectos sin duda vinculados con la percepción de un mundo todavía estable y equilibrado), contrastan notablemente con el universo caótico de Los siete locos y Los lanzallamas. Estas nos introducen en efecto en un mundo heterogéneo, ambiguo, que oscila entre el folletín y la aventura, entre las reiteradas incursiones en las zonas subconscientes de los personajes y la fantasía política con el extraño proyecto de revolución que persigue la Sociedad Secreta organizada por el no menos extraño Astrólogo3. La trayectoria interior del protagonista, Remo Erdosain -«inventor fracasado» y «delincuente al margen de la cárcel», se dice en las primeras páginas de Los siete locos-, corre parejo y se entreteje con la historia de los demás «locos» que integran la Sociedad Secreta. Aparece una gran diversidad de personajes secundarios, algunos fugazmente como el Buscador de Oro o El Mayor, otros mejor delineados (pensamos, en particular, en Haffner, apodado el «Rufián Melancólico», antiguo profesor de matemáticas dedicado ahora al negocio de la prostitución, en Hipólita o la Coja -ex-sirvienta y ex-prostituta-, en el místico Ergueta), personajes que siguen en buena medida destinos paralelos que sólo convergen de manera circunstancial en el asunto de la Sociedad Secreta. Un poco a la manera de Gide que, precisamente por aquellos años, sostenía en Los monederos falsos (1925) que «todo debía entrar en una novela»4, Arlt abandona la conocida prescripción naturalista de «la tranche de vie» en un sentido temporal y presenta ahora, por el contrario, una visión en profundidad. En lugar de reconstruir «vidas», las novelas penetran reiteradamente en los «estados de conciencia» (Sl, p. 4) de los personajes, en la «zona de la angustia» (Sl, p. 5), y dan asimismo cabida a sus sueños y fantasías, sus alucinaciones u obsesiones. Los personajes de Los siete locos y Los lanzallamas parecen hallarse al final de una atormentada y errática trayectoria cuyas etapas anteriores ignoramos o de las cuales sólo se nos entregan algunos fragmentos.

Tomada al pie de la letra, parece imposible unificar en una visión coherente y verosímil la propuesta revolucionaria del Astrólogo. Como lo advierte Adolfo Prieto, el asunto de la Sociedad Secreta y todo lo que tiene que ver con él configura en las novelas una «poderosa metáfora», un «orden de flancos abiertos» que admite distintas lecturas5. Las críticas, válidas y en buena medida proféticas, que formulan los personajes en torno a la naciente sociedad capitalista porteña, se combinan con los detalles de la organización revolucionaria y con las propuestas fantasiosas, mágicas, que pretenden acabar con dicha sociedad. Sorprende, por lo mismo, el empeño de la crítica arltiana por descontextualizar las «ideas» políticas de los personajes, ordenarlas, sistematizarlas, convertirlas incluso en un testimonio directo y unívoco del autor, olvidando sin embargo algo esencial: la estrecha vinculación entre el proyecto revolucionario y los «locos» de la novela (los marginados o «las fuerzas perdidas», Sl, p. 98, de la sociedad a las que busca seducir por todos los medios el Astrólogo) a quienes va dirigido6. Las numerosas referencias a la historia contemporánea -subrayadas en particular por los comentarios y notas a pie de página de un personaje que se autodenomina «cronista» y «comentador»-, los posibles modelos «reales» de revolución y de organizaciones secretas no interesan en tanto documento o verdad objetiva. Al incorporarse a la ficción, la realidad histórica se supedita, como intentaremos mostrarlo, a una verdad imaginativa. El presente análisis procura situar el debate central de Los siete locos y Los lanzallamas en la ficción: ¿qué pretende en realidad el Astrólogo, jefe e ideólogo indiscutible del grupo? ¿cuál es la eficacia propia de su plan revolucionario y qué función cumple en la trama narrativa?

La Sociedad Secreta persigue un doble objetivo: por una parte, la desaparición o, mejor dicho, la destrucción ciega, apocalíptica de la sociedad de explotación capitalista y, por otra, el restablecimiento de la fe perdida, de un «dios creador del cielo y de la tierra» (Ll, p. 202), condición necesaria para sanar el alma enferma del hombre contemporáneo. En el tono vehemente que suele caracterizarlo, el Astrólogo afirma: «Yo creo en un único deber: luchar para destruir esta sociedad implacable. El régimen capitalista en combinación con los ateos han convertido al hombre en un monstruo escéptico, verdugo de sus semejantes por el placer de un cigarro, de una comida o de un vaso de vino» (Ll, p. 203). El «mal del siglo» que representa la «irreligión» (Sl, p. 59) o, para decirlo con una fórmula célebre de Nietzche, la «muerte de Dios», el abismo cada vez mayor entre ciencia y fe, se asocian con otras miserias de la modernidad: los adelantos tecnológicos que esclavizan al hombre y lo deshumanizan, el crecimiento anárquico de las urbes que denuncia en particular el Buscador de Oro, otro de los integrantes del grupo. La ausencia de valores o de ideales que prevalece en la evocación que hace el Astrólogo del primer tercio del siglo XX parece ser el factor decisivo del desamparo, de la angustia de los hombres, o de lo que llama también «la enfermedad metafísica de todo hombre» (Sl, p. 93). La Sociedad Secreta y el programa formulado por el Astrólogo intentan ser, entonces, una solución o una respuesta a estos males. Respuesta sin embargo contradictoria, dispar, difícilmente viable, en la que todo cabe7: las fantasías omnipotentes, los sueños «extraordinarios», la «mentira metafísica», y una desconcertante y posiblemente irónica amalgama entre distintas ideologías: «No sé [argumenta el Astrólogo] si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda» (Sl, p. 22). Poco después, afirma también: «Seremos bolcheviques, católicos, fascistas, ateos, militaristas, en diversos grados de iniciación» (Sl, p. 97)8. En un mismo terreno se codean Lenin, Mussolini, Henry Ford, Al Capone y distintos modelos de sociedad secreta, contemporáneos como el Ku-Klux-KIan o pasados como la sociedad organizada en el siglo IX por un bandido árabe, Abdala-Aben-Maimun. En todos ellos encuentra el Astrólogo algún aspecto digno de ser tomado en cuenta, independientemente de los fines perseguidos por cada uno de los aludidos. Si la voluntad, la fuerza que abriga la empresa de Lenin lo convierten en «el último dios terrestre que pasó por el mundo» (Ll, p. 237), de Mussolini, que ha sabido «apoderarse del alma de una generación», admira el autoritarismo, la «eficacia del bastón en la espalda de los pueblos» (Sl, p. 95). Una de las ideas medulares de la teoría del Astrólogo es la mentira o, mejor, el «poder de la mentira» (Sl, p. 108), idea que pone en práctica en el seno mismo de la Sociedad Secreta. En efecto, los engaños, las comedias, las «farsas» -así se titula justamente una de las primeras reuniones del grupo en la quinta del Astrólogo en Temperley, en las afueras de Buenos Aires- están a la orden del día. Semejante al titiritero que imagina ser en una larga meditación nocturna (Sl, pp. 164-165), el Astrólogo mueve los hilos de la historia, pero permanece en la sombra, guardando siempre, como dice uno de los personajes, «el secreto de sus procedimientos» (Sl, p. 104). No puede pasarse por alto la constante manipulación de la información que el Astrólogo entrega a cada uno de los aspirantes a revolucionario, la estrecha vigilancia que ejerce sobre algunos de ellos y, finalmente, la sospecha general a que dan lugar tales métodos.

Haffner, Erdosain o el Abogado no saben a ciencia cierta dónde ubicar al Astrólogo, qué propósitos se esconden tras su singular y enigmático «rostro romboidal» (Sl, p. 20). Al principio de Los siete locos, Erdosain, que lo conoció en una Sociedad Teosófica, conjetura que se trata de un «delegado bolchevique» (Sl, p. 19). Poco después, en una conversación a solas con Haffner, al término de la primera entrevista en la casa del Astrólogo, Erdosain le pregunta a quemarropa:

-Pero usted, en su interior, ¿qué piensa del Astrólogo?

-Que es un maniático que puede tener o no éxito.

-Pero sus ideas...

-Algunas son embrolladas, otras claras, y francamente, yo no sé hasta dónde quiere apuntar ese hombre. Unas veces usted cree estar oyendo a un reaccionario, otras a un rojo, y, a decir la verdad, me parece que ni él mismo sabe lo que quiere.


(Sl, p. 31)                


El Abogado, partidario pasajero de la Sociedad Secreta, se irrita ante las incongruencias de su pensamiento y rompe de manera abrupta las reglas del juego que todos observan; primero, al discrepar abiertamente con sus ideas y, después, al abofetearlo no sin antes tildarlo de «comediante», «cínico» y «aventurero» (Ll, p. 242). El mismo desconcierto se apodera del lector al no lograr conciliar los distintos papeles asumidos por el Astrólogo. La dimensión política o «revolucionaria» de la figura del Astrólogo parece haber opacado otros de sus atributos que refuerzan, por una parte, el misterio que envuelve su persona y que, por otra, lo acercan al sustrato fantasioso de su proyecto. Al dudoso «oficio» de astrólogo, hay que agregar su manifiesta afición por las ciencias ocultas, perceptible, por ejemplo, en su admiración por el místico Swedenborg o en el hecho de considerarse literalmente un «iluminado» (Sl, p. 162)9. Su estrafalaria vestimenta -¿otro disfraz?-, detalle aparentemente secundario, desorienta, se convierte en un elemento más de misterio e impide precisar su origen: «[...] apareció por la puerta la gigantesca figura del Astrólogo, cubierto con un guardapolvo amarillo y la galera echada sobre la frente, sombreándole el anchuroso rostro romboidal» (Sl, p. 20). Poco después, el narrador apunta que el guardapolvo amarillo del Astrólogo «parecía la vestimenta de un sacerdote de Buda» (Sl, p. 21), y en las últimas páginas de Los lanzallamas se recurre de nuevo a otro símil: «[...] visto de espaldas, con su sombrero plano, parecía un profesor del rito protestante» (Ll, p. 381). El Astrólogo se parece, en efecto, a varios posibles modelos que, apenas esbozados, se esfuman. Pero permanece la duda en torno a su identidad, de perfiles borrosos, y a sus propósitos últimos. Nada en la novela autoriza en efecto a formular un juicio definitivo en torno a la figura ambigua del Astrólogo. Este expone sus ideas a lo largo de interminables reuniones en Temperley sin que se interponga alguna mirada privilegiada, omnisciente, que se aparte de la perspectiva del personaje, enjuiciándolo o enfocándolo desde un punto de vista distinto. De ahí, en buena medida, que el carácter impredecible, versátil de la personalidad del Astrólogo se sostenga hasta el término de Los lanzallamas, y que la historia de la Sociedad Secreta, ajena a las jerarquizaciones, permanezca asimismo abierta a las interpretaciones. Si volvemos ahora a nuestro punto de partida, la mentira esencial sobre la que descansa la teoría del Astrólogo es la mentira «elocuente, enorme, trascendental», «extraordinaria», cercana al prodigio, a la que llama «mentira metafísica» (Sl, p. 93), capaz de devolverles a los hombres la felicidad perdida. Esta responde, pues, a la enfermedad diagnosticada por el Astrólogo y se origina en su creencia de que «sólo los prodigios conseguirán emocionar» (Sl, p. 78) al hombre. Con el propósito de sacudir la inercia y el aburrimiento de sus prosélitos y de comprobar así su teoría, el Astrólogo (del que se dice también que es un «maestro en sorpresas», Sl, p. 103), invita a un mayor apócrifo10 a la primera reunión del grupo para representar el papel del militar encargado de infiltrar la Sociedad Secreta en el ejército y deja que el Buscador de Oro los maraville con su historia del oro coloidal. Al enterarse poco después de que tal historia es una invención más para cautivarlos, Erdosain se queja amargamente: «[creía] que entre tantas mentiras, ésa sería una de las pocas verdades» (Sl, p. 113). A pesar de que el clima de desconfianza anteriormente apuntado pone en entredicho la complicidad real de los integrantes de la Sociedad Secreta, no puede ignorarse que los discursos del Astrólogo dedicados a la destrucción de la actual sociedad y al plan quimérico de otra futura, discursos que pertenecen de lleno a un mundo en que la fantasía tiene libre curso, reciben la entusiasta adhesión de los miembros del grupo. Alternan las fábricas de gases capaces de exterminar a una población entera en unos cuantos minutos, las guillotinas, el «Rayo de la muerte» que hace «saltar en cascajos las ciudades de portland», que esteriliza campos y «convierte en cenizas las razas y los bosques» (Sl, pp. 179, 180), las bíblicas «lluvias de fuego» (Ll, p. 335), con la falsa resurrección de lo sagrado mediante milagros apócrifos, dioses inventados, «mentiras perfectas» destinadas a las «enfermedades más fantásticas del entendimiento y del alma» (Sl, p. 181); un mundo, pues, poblado de deseos y sueños omnipotentes en donde la magia -magia circunscrita a las palabras- recobra sus antiguos poderes11. Erdosain, por ejemplo, se imagina convertido en «Dueño del Universo»: «Héroes de todas las épocas sobrevivían en él. Ulises, Demetrio, Aníbal, Loyola, Napoleón, Lenin, Mussolini, cruzaban ante sus ojos como grandes ruedas ardientes, y se perdían en un declive de la tierra solitaria bajo un crepúsculo que ya no era terrestre» (Sl, p. 179). Por su parte el Astrólogo, en el colmo del delirio, profiere la siguiente arenga:

Estamos distribuidos en todas las tierras, bajo todos los climas. Somos hombres subterráneos, algo así como polillas del acero. Roemos el cemento de la actual sociedad. Lo roemos despacio, pacientemente. [...] Nos hemos infiltrado como lepra en todas las capas de la humanidad. Somos indestructibles. Crecemos día por día, insensiblemente. [...] Revestimos mil aspectos. Somos los omnipotentes.


(Ll, p. 254)                


En medio de la exaltación que les producen sus propias fantasías todopoderosas, Erdosain, el Astrólogo, el Buscador de Oro, olvidan el propósito inicial de su empresa e inventan ser una suerte de élite que maneja, para el «rebaño», «la divina bazofia» (Sl, p. 94), y que, para mantener su dominio, pretende llevar a cabo una feroz explotación, peor que la que dicen combatir. En efecto, al dinero, producto de los prostíbulos y primer financiamiento de la futura revolución, el Astrólogo agrega otras fuerzas de explotación: «Explotaremos la usura... la mujer, el niño, el obrero, los campos y los locos [...]. Llevaremos engañados a los obreros, y a los que no quieran trabajar en las minas los mataremos a latigazos» (Sl, p. 96). Estas fantasías en las que triunfan sin dificultad los «locos» de las novelas constituyen un triunfo efímero que no logra ocultar la desoladora realidad de sus existencias fracasadas, marginadas, y de su radical impotencia a la hora de actuar12. Si se adhieren irracional y compulsivamente a la Sociedad Secreta y al plan del Astrólogo, sin comprometerse en el fondo con la empresa trascendental que se supone es una revolución, es por la naturaleza misma de dicho proyecto. Entre tantas invenciones, mentiras, farsas, la propuesta revolucionaria del Astrólogo se asemeja en conjunto a una simulación más, de una eficacia no obstante de distinta magnitud: «Yo sé que no puede ser, pero hay que proceder como si fuera factible», (Sl p. 94; nosotros subrayamos). Esta réplica circunstancial del Astrólogo a la objeción de alguno de sus adeptos encierra en clave el carácter de las soluciones planeadas por la Sociedad Secreta y su cabecilla. No se trata por lo tanto de hacer la revolución, sino simplemente, como lo admite el mismo Astrólogo, de sustituir la acción de la cual son sin duda todos incapaces, por un plan o un proyecto que vuelve «factible» en la fantasía, y de un modo mágico, la tan anunciada revolución, que le da en suma «a lo falso la consistencia de lo cierto» (Sl, p. 114), gracias al indiscutible carisma verbal de su jefe. Proyecto que difícilmente, sin embargo, puede salvar la distancia que media entre la palabra o el discurso y la acción. Con un sentido próximo a la réplica anterior del Astrólogo, el protagonista, Erdosain, observa, en uno de sus monólogos, que «el poder hacerlo [se refiere a uno de sus delirios de destrucción total de la humanidad] le quitaría interés al asunto» (Sl, p. 54). Esta reflexión no deja lugar a dudas: se escoge lo imaginario por el tipo de respuesta (mejor tal vez sería decir por la ausencia de respuesta) que éste supone. En este contexto, el asesinato simulado de Barsut -una suerte de doble del protagonista- decidido a última hora por el Astrólogo, resulta emblemático del proyecto de revolución en su totalidad: el simulacro de muerte ocupa el lugar de la acción verdadera. Resulta irónico por cierto que el Astrólogo, que sueña con ser un «hombre de acción» (Sl, p. 160), capaz de planear innumerables formas de muertes violentas, se revele indeciso a la hora de llevar a cabo la de un solo hombre. En cuanto surgen los primeros tropiezos, el grupo se dispersa antes siquiera de dar algunos de los pasos que conduzcan a la realización del proyecto. Planean, pues, una revolución imposible en el orden de los hechos, pero viable en el orden ilimitado de lo imaginario. Frente a la ciudad «desconocida» (Ll, p. 290) de la que habla Erdosain, frente al «terror» (Sl, pp. 7-9) que recorre sus calles y al no ser en que los confina la sociedad, en Temperley, en la casa del Astrólogo, y concretamente en el espacio que abre en la novela el asunto de la Sociedad Secreta, el protagonista y los demás integrantes del grupo dejan de ser los personajes anónimos y acosados que deambulan por la ciudad para convertirse, por arte de magia, en atractivos y poderosos «jefes»: Erdosain, en «Jefe de Industrias», el Buscador de Oro, en «Jefe de Colonias y Minas», el Rufián, en «Jefe de los Prostíbulos» o en el «Gran Patriarca Prostibulario». Esta nueva identidad, fingida y fantasiosa como la revolución que pretenden llevar a cabo, es subrayada por el uso de los seudónimos que, en algunos casos, como en el del Buscador de Oro, toma el lugar del nombre que nunca nos es revelado. Sólo en las últimas páginas de Los lanzallamas, nos enteramos, mediante un recorte de periódico, que el famoso y prestigioso Astrólogo se llama, simplemente, Alberto Lezin, nombre que lo restituye en forma abrupta a una cotidianidad vulgar, sin relieve. Los papeles representados, los títulos y los seudónimos, otorgan a los «locos» un disfraz, una identidad prestada, preferible sin embargo a no ser nadie. Leída desde este ángulo, la simulación, más allá del juego intrascendente que aparenta ser en una primera aproximación, resulta sinónima de identidad: simulan «ser» para existir mínimamente13. Lejos de constituir una alternativa viable que intente en verdad actuar y transformar la realidad hostil y enajenante de los personajes, la eficacia de esa revolución parece ser, fundamentalmente, de orden simbólico: los personajes viven de un modo imaginario las fantasías que giran en torno a una sociedad futura, seducidos por la magia que emana de las palabras del Astrólogo, quien, con su «magnífica locura», evoca ante ellos una «tierra de posible renovación» (Sl, pp. 96-97)14. Mucho más parecido en definitiva a un mago o a un hechicero que al político o revolucionario en que se ha querido encerrarlo15, el Astrólogo, al igual que aquél, se transforma, en el seno del grupo, en un «conductor iluminado de la angustia común»16. Como lo hemos visto, no se dirige al raciocinio de sus seguidores, sino a su capacidad imaginativa con procedimientos seductores, cercanos a la magia: conjuros, falsos prodigios, etc., procedimientos olvidados por la modernidad técnica, mecánica. No es por lo tanto extraño que en la ciudad del futuro soñada por uno de los «locos», «toda ciencia será magia» (Sl, p. 180). Entre las historias individuales de los «locos», centradas en torno a una identidad problemática, y la utopía o el sueño de liberación que proyecta en el espacio narrativo el asunto de la Sociedad Secreta, no hay contradicción. La solución total que ofrece el Astrólogo sirve de contrapunto imaginario a sus existencias vacías, malogradas, y a sus deseos frustrados de ser.

Por último, diremos que frente a una crítica empeñada en desentrañar las «ideas» del autor, hemos creído importante subrayar, a lo largo de nuestro análisis, que las respuestas de Arlt, como ocurre en cualquier auténtico creador, no se dejan reducir fácilmente a esquemas o tesis. Lo que interesa en definitiva no es la verosimilitud o no del plan revolucionario y de la Sociedad Secreta sino -parafraseando al Astrólogo- la verdad de la mentira o sea la verdad de la ficción que sólo puede ser una verdad poética, imaginativa. Al poner de manifiesto sus carencias, en particular su desorientación y precaria identidad, la aventura colectiva de los «locos» anuncia al hombre anónimo de la modernidad y a la vez prefigura la crisis del mundo actual, mundo caótico, sin valores, que Arlt descifra más allá de sus signos aparentes.





 
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