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Rosa Díaz

Autobiografía con poética

Nací en Sevilla el 24 de diciembre de 1946, en el número 39 (hoy 41) de la calle Gravina. Tuve suerte de conocer la literatura oral por los miembros de mi familia, que me contaron los cuentos populares, los romances de ciegos, las historias antiguas que le fueron legadas, y pusieron en mis manos unos deliciosos cuentos de trovos que, aún sin saber leer, los aprendí de memoria y me dotaron de retentiva y estimulación.

Mi primer colegio fue el Liceo Escuela, de cuyo patio recuerdo el limonero con una horquilla donde me podía sentar. Desde ella fui feliz cuando descubrí lo bonito que era imaginar y quedarse quieta dentro del movimiento. Estar sola rodeada de gente y en silencio dentro del ruido. A los tres años me enseñaron a leer mis padres, mi abuela y la señorita Pilar; a ella no la recuerdo nítidamente, pero tenía un vestido estampado y las manos muy blancas.

Me alimenté de lo viejo. Y si una tía abuela recitaba a los clásicos y otra llevaba una luz enigmática enroscada en su anular, mi abuela tenía la paciencia de haber sobrevivido a todas sus desgracias. Por ella tengo en la mente el siglo diecinueve, el campo y las fiestas de su pueblo, la guerra fratricida del treintaiséis y el ideario masónico.

A los cinco años, ya en el colegio de Las Esclavas, me refugio en la escritura como el mejor de mis entretenimientos. A los ocho ingreso en el Conservatorio Oficial de Música para iniciar los estudios de solfeo y piano, y me regalan un diario para que escribiera en él. No me basta con anotar el día a día, sino que le doy una forma novelada para poderlo leer en las sobremesas. Mi educación fue muy heterogénea y, diría, muy desequilibrada. Recuerdo que en clase de religión nos hablaron de la masonería como algo infernal y, al comentarlo en casa, mi abuela me recomendó que no me creyera ni media palabra. Luego se encargó de decirme que mi abuelo era masón, además de ser el hombre más inteligente y más bueno de la tierra. Por otra parte, en la austera década de los años cincuenta, mis padres eran altos, guapos y modernos, aunque yo, bajo una disciplina jesuítica de Ejercicios Espirituales con sus pláticas sobre el pecado, el infierno y la fragilidad de la vida, empecé a conocer el miedo y el terror a la muerte. Pero la psicología era algo que no estaba al alcance de la sufrida clase media a la que yo pertenecía y, con mi instintiva autoayuda, aprendí a convivir con la disparidad de criterios. Otro episodio formativo en aquella época fue la posibilidad de viajar. También a los ocho años ya me había desplazado en autocar y en moto, en tren, en barco y en avión. Mucho más tarde, en la década de los ochenta, empecé a vestir ropa étnica por solidaridad con todos los pueblos del mundo.

Como mis redacciones iban adquiriendo un prestigio entre mis compañeras y entre mis profesoras, mi padre me podó el ego y me sugirió que le escribiera a un ladrillo. Con el tiempo comprendí que eso me previno para bien y sobre todo me hizo pensar. De ahí quizás provenga mi ejercicio de «desgastarme restauradoramente». Siempre tuve la sensación de estar construyéndome. Esta teoría, que bien pudiera ser ayurvédica y ahora comprendo, la recojo en la ignorancia absoluta. En esa ignorancia con la que se pierde el miedo a volar y nos arriesgamos a medir nuestra propia fuerza.

No voy a contar un cuento de niña pobre, pero la muerte de mi padre cambió mis quince años. Fue la edad en la que dejé los estudios y comencé a dar clases de contabilidad, cálculo mercantil, mecanografía y taquigrafía, y, al poco tiempo, entré a trabajar en una empresa privada como auxiliar administrativo.

Ya había leído algunos clásicos del Siglo de Oro. Después, de forma autodidacta y con mucho eclecticismo, llegué a Shakespeare y a Bécquer, y lo mismo me interné en Unamuno que en el teatro de Casona o en la novelística rusa. Con Tolstoi, Dostoyevski y Gógol comprendí la revolución bolchevique. Descubrí a Lorca, leí sus obras completas con su racimo de mujeres. Me apasionaban Rubén Darío, Amado Nervo, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, José Martí, Tagore, Juan Ramón y un largo etcétera. En aquellos años leí más que nunca y dejé de escribir. Pensé, creo que con buen criterio, que no me saldría nada mío sino algo influido por la inmediatez de voces de tan relevante magnitud.

En 1965 me conceden un premio de poesía convocado por la Cátedra de Literatura de la Universidad de Sevilla, para alumnos de la Escuela de Magisterio. Me presentó un amigo y no fui a recogerlo. En aquel entonces ya estaba enredada con el amor, el sexo, las reivindicaciones salariales, la igualdad de derechos, la minifalda y el movimiento jipi. Me casé en 1967 y, en la primavera del 68 fui madre como una revolución del Mayo francés. Y, como dije en Monólogos con la SE 30, la poesía pasaba en los cacharros de cocina, en los flanes de huevo y en la leche frita. Nunca he estado cazándome las ideas o las inspiraciones, siempre pensé que la poesía formaba parte de mí y también acontecía cuando le hablaba a mis hijos y a las paredes, y esa continencia fue buena, pienso yo.

Cuando cumplo treinta años rompo casi todo lo escrito hasta ese momento y conservo solamente los poemas que conforman La célula infinita. Entro a formar parte del Grupo Gallo de Vidrio y los publico a mis expensas en la colección «Algo Nuestro» en 1980. De ahí parten las líneas matrices que, más tarde, conformarán mi obra.

El publicar en ABC me dio la oportunidad de exponer mi criterio en muy diversas materias. Esto ha quedado como un poso de reflexión que ha dado coherencia a mi pensamiento y al sentido humanístico que tengo de la vida. Lo supe cuando el profesor José María Barrera escribió sobre mi poesía completa y sacó tanta información de mí en esos artículos.

Vocal por Sevilla de la Asociación Colegial de Escritores de España (2000-2008); Vicepresidenta primera de la Asociación Andaluza de Críticos y Escritores Literarios, en tercera legislatura; Coordinadora del ciclo «Aula Atenea» del Excmo. Ateneo de Sevilla, cursos 2002-2009; incluida en el programa Poetas en el Aula de la Consejería de Educación y Ciencia y asidua colaboradora del Circuito Literario y del Circuito Infantil y Juvenil de la Junta de Andalucía; invitada a varios eventos culturales nacionales e internacionales; distinguida por las localidades sevillanas de Cantillana y de Albaida del Aljarafe, donde un azulejo del pintor Sergio Cruz señala la casa donde escribí Tótem; en mayo de 2010, insignia de Don Luis de Góngora y Argote impuesta por la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba...

Aunque empecé a familiarizarme con la música clásica a muy corta edad, me enamoró el Moon River de Henry Manzini, me fascinó el primer Battiato, la fusión de Camarón y Astor Piazzolla, por la revolución que hizo con aquello del barrio de Boca y porque amaba a Bach y a Rachmaninov por igual.

He buscado mi senda en solitario y a golpe de ciego. En poesía nunca he tenido patria ni rey ni paraíso, aunque sí he rezado a algunos escritores como si fueran santos heterodoxos que creaban mundos, describían el mundo y abrían ventanas para mirar más lejos y más hondo. Así he ordenado una serie de palabras que dan forma a mi pensamiento y mi testimonio, procurando esa ética ―que proponía Spinoza a las acciones humanas― de inteligencia, sentido y verdad. Y así me han salido libros con distintos tempos, vertiendo en ellos un lenguaje críptico o coloquial apenas sin proponérmelo y sin preocuparme de nada que no fuera mi instinto, ya que la poesía me llegaba como animal palpitante a través del sexto sentido, dentro de las proteínas y las feromonas, mucho más allá de la retina y también mucho más allá del aire o lo tangible. Por ese fogonazo sigo desplazando el pensamiento para razonar, discrepar, buscar sentido a las perplejidades, quizás para multiplicar la confusión o ir a otras versiones u otras maneras de claudicar. En mi caso la poesía, además de ser una respiración, es una catarsis para alcanzar lo esencial e ir a lo profundo del sentimiento y del sentimiento colectivo que llevamos aprendido en los genes y forma parte de nuestro subconsciente.

En principio creía que esto de ser amanuense de las emociones de la historia y de la historia de las emociones, me serviría personalmente para comprender y conducirme mejor. Hoy intuyo que solo es un don con el que puedo medir mi soledad o el vacío que he provocado y con el que voy excavando las grandes palabras hasta dejarlas huecas y enfrentadas a sí mismas: ¿Amor? ¿Libertad? ¿Existencia? ¿Tiempo? ¿Muerte? Y solo me queda el yo uno y trino e irremediablemente solo frente al cosmos.

Como en un estudio radiológico han salido en hueso vivo mi ternura, mi ironía, mi fortaleza, mi debilidad y el sentido del humor con el que encajo la muerte diaria. Así como cierta poesía cívica que me sirve de testimonio. Esto lo hice parte de mis contenidos porque me interesó y me interesa denunciar la hipocresía de la sociedad y la culpa que llevan nuestras manos limpias de ciertos delitos. Y cuando digo delitos señalo el mapamundi, los niños esclavos, la destrucción del ecosistema, la carne de metralla y otros muchos etcéteras. Todo lo que es arrasado y manipulado por la inercia y negligencia de unos y las sociedades prepotentes.

Voy a mi ser intrínseco dando como cierto que lo irracional puede ser también lo más razonable. Esto me lleva a la matemática y a la complejidad de sentirme atrapada en el fenómeno tiempo con miles de formas poliédricas facetadas y multiplicantes.

Pienso que la poesía es un fluido imparable que lo impregna todo y que en su todo están todas las distintas maneras de interpretarla.

Pero sí quiero disociar el oficio o vicio de escribir del proceso poético; de ahí que haya formado dos obras en paralelo.

El oficio me ha llevado al artículo periodístico, a la biografía, al cuento, al ensayo, a la narrativa y a la literatura infantil; digamos a lo fable. Y el proceso, mi parte esencial necesitada de lo inefable para dar cobertura a mi «trayectoria de vida o evolución humana», me lleva a la poesía. Trago fuerte con sedimentación y epitelio que se da una vuelta de tuerca por el complejo neuronal, o por esos ejercicios de memoria con que andamos por lo muerto hasta resucitar el instante.

Estos exponentes tampoco están lejos del fingidor que, mezclando sus verdades y sus mentiras, crea, se crea, se cree y direcciona más o menos su propio yo. Aunque soy lo suficientemente permisiva para aceptar que todo tiene más de una respuesta. Para ser sincera, en esta dualidad e incluso tríada que somos, y a estas alturas de la metafísica, suelo tener por lo menos tres verdades distintas y una duda verdadera.

Por todo esto y lo que me callo es justo que le dé gracias a la vida. Por mi propia naturaleza y por el arsenal que he podido sacar de ella. Por mi marido, mis hijos y mis nietos. Confieso que soy feliz barriendo mi azotea, amantillando mis flores y haciendo cierta cocina menestral. Sí, como las poleadas: con su matalahúva frita, sus astillas de canela y su piel de limón... Y veis, si lloro, como dije en un verso de mi Gata mamá, es porque pico cebolla.

Rosa Díaz