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Rosa Díaz

Semblanza crítica: Disciplina náufraga

(UNA PRESENTACIÓN DE ROSA DÍAZ)

No es fácil presentar a Rosa Díaz. Toda presentación es una reducción. No es fácil reducir a Rosa Díaz ciñéndola a los márgenes de una generación concreta de poetas, o adjudicándole los postulados estéticos de una escuela o corriente en la que navegar con el viento a favor. Rosa navega sola y hace frente ella sola a las tormentas. Desde siempre, desde que publicó La célula infinita hace casi tres décadas, no ha hecho otra cosa que seguir su deriva. Esta poeta sabe que el secreto de la poesía pertenece más al náufrago que al navegante. Ella es ―lo ha dicho― su propia disciplina. Disciplina náufraga por tanto.

Poeta a la intemperie (¿qué poeta verdadero no lo es?). Poeta huérfana de padres y padrinos poéticos. Nos cuenta que su padre le recomendó que le escribiera a un ladrillo y que probablemente de ahí provenga su inclinación a «desgastarse restauradoramente». Desde entonces, ya digo, sin padres ni padrinos, Rosa Díaz ha sido la huérfana perfecta de la poesía española. Huérfana de imposturas y de famas infames muchas veces. Poeta solamente. Poeta, como diría Lope, de la naturaleza y no de la industria. Poeta solamente que ha sabido levantar libro a libro, sobre cimientos hondos, una sólida casa de palabras. ¿Cuántos? Catorce o quince libros de poemas (ya no llevo la cuenta) lleva escritos en su isla del náufrago. La casa de la náufraga desde la que dice sin ambages ni falsos pudores: «Siempre pensé que lo mejor de mi poesía era yo, por lo tanto no tenía que buscar más lejos, sí más cerca y más hondo, de ahí que ahora escriba tal como pienso, sencillamente. Eso es todo». Sencillamente hablando. Hay un poema de un poeta nuestro llamado Blas de Otero que se titula así, «Sencillamente hablando». «Escribo hablando», decía Blas de Otero.

Rosa Díaz escribe y se escribe (hay poetas que escriben y poetas que se escriben, y la autora que hoy presentamos pertenece sin duda a esa segunda especie). Nuestra autora va escribiéndose en todos sus libros y nos va describiendo su camino, su ruta y su derrota y su naufragio. Un naufragio que también es nuestro. Un naufragio que es todos los naufragios. Porque hay algo, en la verdad vivida de Rosa Díaz, en su verdad escrita, que es de ella y es de todos. Por eso su poesía, su diario de naufragios y de navegaciones, no es un mero monólogo, sino un diálogo vivo, una marea viva, una interpelación constante a sus lectores. De las profundidades de su poesía emerge una palabra para todos, de todos. Su naufragio, de acuerdo, es solo suyo, pero en esa botella que, como Paul Celan, Rosa Díaz lanza al mar entramos todos, el mensaje de nosotros, la alegría y el miedo de todos los naufragios. Entonces, lo individual se torna colectivo. La poeta ha logrado que la botella llegue a su destino, que no es otro que el nuestro. Por eso la poesía de Rosa Díaz, a fuerza de íntima, se hace instrumento de comunicación y solidaridad.

«De los acorralados es el reino», afirma en uno de sus poemas Gonzalo Rojas. Y los versos de Rosa vienen a darle la razón al  chileno cuando toman partido irrenunciablemente por los desasistidos y por los derrotados, por los atropellados, los perplejos, los pequeños, los pobres y los rotos.

En Los campos de Dios, la poeta nos cuenta que por eso, por lo mismo que acabo de decir, ha vivido «la piel de los eunucos, de los apóstatas, de los mártires que cantaron su desesperanza frente a las metralletas. De los que ni tuvieron ni tienen fechas ni historias dignas; subordinados de la ira que fueron arrullados por  la miseria y ni les asistió ni les asiste jamás ningún milagro». Porque no existen los milagros y la poesía sabe que no existen y sin embargo en ella, en su batalla contra los espejismos de la prisa y el éxito, anida el único milagro posible.

Dice Rosa también en ese poemario que «si el ala de una mariposa se mueve puede empezar la catástrofe y, una lágrima más, también podría originar la gran riada de todos los océanos. Digo que mi patria es la planta de mis pies». No hay mayor disciplina de náufrago. Su patria ni siquiera es la arena de la playa que pisa, sino la planta de sus propios pies. Entre tantos esclavos de las patrias, el náufrago ha podido descubrir que su patria es la planta de sus pies y que, asimismo, «huye la Libertad por las listas de todas las banderas. Y se rompe por las filas de todos los enemigos. Y se conquista. Y se manipula. Y se pierde». Es la sabiduría del naufragio. La disciplina lúcida de Rosa Díaz, que va de sombra en sombra, como en la cita de María Zambrano con que abre Los campos de Dios, hasta alcanzar la luz: «Tendré que ir de sombra en sombra, recorriéndolas todas hasta llegar a ti, luz entera».

Y también madre entera. Madre que nos recuerda en su potencia y en su carga simbólica a la mujer de barro de Ángela Figuera. «Un big bang interior se produjo en mi sexo y me dolió de gozo como solo ese día me dolieron mis hijos», nos dice en un poema de Los campos de Dios. Pero también nos dice ―y aquí lo individual deviene colectivo― que existieron las madres de la Plaza de Mayo «cuyas manos portaban la desesperación de los retratos y los besos. Las madres avisadas en el Palacio de la Risa de Chile. Las madres del 36 en España». Está claro que la isla del naufragio de Rosa está rodeada de dolor y de amor por todas partes. Vamos a terminar. Tendríamos que hablar de las virtudes técnicas de Rosa Díaz, de su mano de orfebre de la lengua, de su ritmo y su neuma, es decir, de la respiración de sus poemas. De su sentido del humor. No olviden: los náufragos terminan aprendiendo a reírse de su sombra, es decir, de la nuestra. Tendríamos que hablar del mismo modo de la intertextualidad y otras especies de la espesa teoría literaria. Pero creo sinceramente que añadiríamos poco a este breve retrato del náufrago en su isla.

Recuerdo que hace años, cuando desde Zurgai le pedimos a Carlos Piera que esbozase un retrato de Antonio Gamoneda, casi un desconocido entonces, Piera lo resumió diciendo: «Así no se escribe. Así se es». Ahora abro Los campos de Dios, el libro de Rosa Díaz del que vengo hablando, y leo: «Árbol soy. Y si alguien quisiera que le diera mis frutos o mis manos, tendré que desatarme la camisa y, a corazón abierto, entregarle el hallazgo de mi vida». Hay poco que añadir a este regalo que es la palabra vivida. ¿Quién da más? Yo les invito a seguir las pisadas de esta disciplina náufraga que es Rosa Díaz, a caminar con ella, de sombra en sombra, hasta alcanzar su luz.

José Fernández de la Sota