Saltar al contenido principal

Sebastián Mariner Bigorra

Semblanza sobre Sebastián Mariner Bigorra

Por Antonino González Blanco

Cuando van pasando los años y se adquiere perspectiva histórica uno de los recuerdos que más contribuyen a la definición de la propia personalidad es el recuerdo de los maestros que se han tenido en la vida. Los que tuvimos la fortuna de asistir a las clases de Don Sebastián experimentamos que su figura se agiganta con el paso del tiempo. Yo asistí a sus clases de métrica latina, de latín vulgar y medieval, e hice con él un par de cursos de doctorado. Más adelante tuvimos ocasión de trabajar juntos en la Cueva Negra de Fortuna durante años; hicimos juntos alguna expedición científica de muy feliz recuerdo; estuvo en nuestra casa varias veces y le visitamos nosotros alguna en su casa de Vila Plana. Fue maestro y amigo; y su amistad la sentimos como un recuerdo entrañable y como un honor.

Don Sebastián era un ortodoxo en clase. Explicaba la doctrina recibida y la explicaba con toda clase de razones y de casuística. Conocía la lengua latina hasta lo más profundo y lo que afirmaba era ciencia pura. No tenía el mordiente expositivo populista que hace que el alumno «despierte» del sopor de la niñez espiritual ante una provocación intelectual. El era constructor, albañil del espíritu y eso de entrada era duro. Era muy consciente de esas limitaciones cuando, en cierta ocasión, a la impertinente pregunta que le hicimos de por qué no estaba en la Academia respondió: «Mientras yo, al escribir, comience diciendo... (y repetía de memoria el comienzo de un trabajo suyo sobre lingüística absolutamente ininteligible para cualquier pobre mortal) ...no es de esperar que nadie me vaya a honrar». Bien es verdad que además sabía que esas guerras tienen otros combates que ganar. En una ocasión estábamos en la residencia de estudiantes del Consejo en compañía del Dr. Blázquez y de otros amigos y dentro de este clima distendido preguntó al Prof. Blázquez qué había que hacer para entrar en una Academia, a lo que éste respondió: «Don Sebastián ¡gestiones!», con lo que quedó muy claro que tenía las puertas cerradas.

Pero su ortodoxia no era obstáculo para que en sus clases admitiera todos los temas y problemas que pudieran plantearse referentes a la cuestión de que se trataba. Recuerdo de un curso de doctorado, en el que tratando de documentos altomedievales y muy en conexión con la historia le pregunté en qué asignatura de la carrera se estudiaban estos temas. Él, comenzó dar saltitos, como solía hacer cuando estando de buen humor, no sabía como expresar las muchas ideas que se le acumulaban en la cabeza y en la lengua, pero naturalmente evitando el decir algo que pudiera indicar un atisbo de crítica al plan de estudios o a sus autores. Y naturalmente no respondió directamente, porque, según él, estas cosas no se explicaban en asignatura alguna, pero si puntualizó que en todas las asignaturas han de tratarse los temas centrales y los periféricos.

Además Don Sebastián, por propia elección, vivía en la Edad Media, antes de Abelardo. No solamente porque rezaba el breviario, seguramente además de por su fe cristiana, por el placer que sentía recitando la música que encierran los salmos en el latín de San Jerónimo. Se ponía enfermo literalmente cuando se le decía que se había declarado una huelga y que los alumnos, aunque ellos no lo deseaban, se sentían forzados a no enfrentarse a sus compañeros. Completamente encendido en su rostro, pero con gran calma dedicaba el tiempo que fuera a mostrar a tales alumnos que eso no podía ser, que la clase era sagrada y que él la iba a dar y que ellos debían acudir. Éramos cinco alumnos aquel curso de 1970-71 y tras media hora de discusión escolástica, entramos a clase, no convencidos, pero temiendo que le iba a dar un infarto.

No era hombre de matices, sino como recuerda D. Ramón Menéndez Pidal a propósito de los españoles en la historia, era un «homme esencial». Afianzado en Dios, profundo cristiano, cumplidor de su deber como condición indispensable de la autenticidad de su moral, no tenía ningún empacho en confesarlo, aunque tampoco fuera haciendo alarde de ello. Creo que nunca hablé con él de estos temas, pero ni falta que nos hacía a ninguno de los dos.

Vivía el latín. Creo que de las personas que he conocido, la más centrada vocacionalmente en su profesión ha sido D. Sebastián Mariner.

Científicamente en su generación fue uno de los más brillantes expositores de la corriente estructuralista en la comprensión y exposición de nuestra lengua madre en España. Y fue uno de los más firmes y fiables estudiosos de la herencia latina en los diversos ámbitos de la lengua española y catalana: toponimia, etimologías, giros lingüísticos y sintácticos, todo lo iluminaba con su palabra sabia cuando los temas caían bajo su óptica investigadora.

Y culturalmente, recuerdo que gozaba en los intentos de lectura de los textos de la Cueva Negra como de no haberlo visto, no se puede imaginar. Con una edad que no garantizaba agilidad suficiente, subía a los andamios como cualquiera de nosotros. Recuerdo al Dr. Mayer, aterrado, diciendo: «¡Se va a caer! ¡Con su tensión no puede ni debe subir!»; pero D. Sebastián no sólo subió el primer día; subió todos los días y todas las veces que vino a Fortuna y permaneció allí arriba, todas las jornadas, las ocho horas del día que todos los demás estuvimos allí. ¡Y no parecía cansarse! Pienso que aquella experiencia le hacía rejuvenecer.

Y luego el gozo en la contemplación: El placer de sentir que el latín era una lengua viva, que experimentaba un crecimiento en su acerbo textual y que él era, a imitación de Sócrates, el «partero» de ese alumbramiento, le hacía exclamar cuando tras algunas semanas sin vernos, nos volvíamos a encontrar: «¡Es espléndido: el latín está vivo!».

Además, y no lo menos importante, Don Sebastián era un hombre de pueblo, de lo más profundo de nuestra tradición peninsular, un hombre de una pieza, del cual si eras amigo, lo eras para siempre y sin restricción alguna. Su firmeza fue proverbial: sus dolores y debilidades eran para él, en público no podía permitirse el lujo de hablar de tales cosas. Su conocimiento de la vida popular en lo que esta tiene de más radical; su destreza en los quehaceres y entresijos de la vida cotidiana; su cultura en todos los ámbitos de la supervivencia; su humildad feliz en no tener que ocultar nada de su vida, porque la sentía muy digna, pues era la vida de todos los hombres de su generación y de su mundo; su gozo en cada momento de la convivencia amistosa le hicieron una persona inolvidable y un maestro cuya presencia es mucho más profunda de lo que el mero conocimiento académico podría dejar presagiar. Una de esas personas cuya sombra crece y se engrandece con el paso del tiempo y el declinar de la vida. UN MAESTRO.