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Jordi Sierra i Fabra

El autor: Semblanza personal

El 22 de septiembre de 1955 mi madre entró a curiosear una casa en construcción en el n.º 20 de la calle Gomis de Barcelona. No teníamos dinero, no podíamos comprar un piso ni en sueños, sólo pagar un alquiler mínimo; pero aquel día, al salir del colegio, mi madre entró en ese edificio para ver los pisos y mi vida cambió por primera vez. Yo iba leyendo, como siempre. Debía de ser el Pulgarcito. No me fijé en nada salvo que en el exterior de la casa había un patio. Le dije a ella de pronto que me iba a leer o a jugar afuera y eché a correr.

Atravesé una puerta de cristal muy grueso, prácticamente irrompible.

Yo tenía 8 años, era un arquetipo de mi tiempo, enclenque, con las costillas marcadas. Lo único que recuerdo del impacto fue que caía, caía, caía envuelto en miles de luces brillantes. Y esa caída duró una eternidad. Acabé con la nariz colgando de un hilo y la pituitaria al descubierto, un corte en la mejilla derecha, otro en la comisura del labio, otro en la cabeza y una docena más repartidos por todo el cuerpo, aunque el peor era el del brazo izquierdo, a lo largo, con los tendones de la mano cortados.

Cuando mi padre me vio ensangrentado lo único que se me ocurrió decirle, aterrado, fue: «Perdona, he roto un cristal», consciente de que se lo harían pagar y no teníamos dinero. En el hospital me salvaron el brazo y la movilidad de la mano, a tiempo de cogerme los tendones, ya encogidos al límite, y cosérmelos. Convertido en una momia y colgado de alambres, pasé a una habitación durante días.

Lo único que se me salvó, fue el brazo derecho.

Y con él, un cartón, un papel y un lápiz, un día, para superar el aburrimiento, escribí mi primer relato.

Aquel día descubrí dos cosas fundamentales: la primera, que escribiendo yo no tartamudeaba (porque era un tartamudo duro, duro de verdad, de los de hacer gestos y quedarme bloqueado sin respirar); la segunda, que escribir es algo solitario, propio, individual, y que nunca, nunca, has de hacer caso de nadie, ni en lo bueno ni en lo malo.

Lo de no tartamudear fue una revelación. Mi mano fluía. Las ideas que vertía mi mente se convertían en letras, palabras, frases, y no se detenían, formaban un dulce torrente. Estaban unidas. Mano y mente en un todo armónico. Era capaz de vomitar incesantes parrafadas, exactamente igual como las leía en todo lo que pillaba.

Mi primer relato (tres páginas) se lo di a leer a mi padre en busca de su aprobación y una palmadita en mi cabeza y él, tras leerlo, me lo rompió, me dijo que no hiciera tonterías y aprovechara la convalecencia para estudiar matemáticas, su eterna monomanía.

Jamás volví a enseñar nada a nadie, ni a mis amigos, ni a las chicas con la ilusa pretensión de impresionarlas. Nunca. Esa fue mi gran lección. Por eso hoy me duele que tantos chicos y chicas den lo que escriben a sus amigos, familiares, profesores o a mí buscando una opinión, un aliento, una esperanza, o lo cuelgan en Internet deseando que se lo lean. El camino es escribir, formarse, con tiempo y paciencia, hasta llegar a una madurez en la que tengamos criterio propio para saber si algo está bien o está mal, o si merece ya la pena el riesgo de presentarlo a un premio o a una editorial. Para ser escritor el tiempo no cuenta, sólo la paciencia y la formación personal. No hay que hacer caso a los que te halagan, y menos a los que te ignoran o humillan. Mi padre, el tipo más influyente en mi infancia y mi juventud, precisamente por su oposición a que escribiera, me dio sin saberlo mi primera lección. Y la entendí.

A partir de aquel accidente, pasé las horas que robaba a los estudios o a los recreos escribiendo, dibujando, jugando con las palabras. Mis primeras novelas, hasta los doce años, tuvieron ya más de cien páginas. También inventaba crucigramas (normales, silábicos, rómbicos), damerogramas, rayagramas, diagramas, pasatiempos diversos, jeroglíficos simples o largos (me encantó contar historias con signos en lugar de palabras), saltos de caballo, letragramas, signoramas, letras movedizas, cuadrogramas y un largo etc. Como leía novelas baratas, copiaba su formato, pequeño, de bolsillo, así que primero me hacía el libro de 125 páginas, al mismo tamaño, y luego lo escribía. Igual que tener primero el marco y luego hacer la pintura. Era un niño jugando, pero también un ser humano forjando un sueño. Todo esto lo conservo en mi casa. Es mi historia. Por eso me resulta fácil contarla, porque no uso la memoria, sino las pruebas, con fechas incluidas. Aquí toca hablar de una de mis posibles «virtudes»: siempre fui un optimista nato. Yo quería viajar, hacer algo, formar parte del mundo de la literatura como Verne o Kipling. No quería que me contaran películas: quería estar yo en las películas.

En mi colegio no había biblioteca, ni en mi barrio, y sin embargo leía prácticamente un libro al día. ¿Cómo? Mis vecinos me daban pan seco y periódicos viejos del día anterior, y un trapero me los compraba por dos reales, media peseta. Era lo que costaba alquilar un libro en una librería de segunda mano. Para mí aquella librería llena de libros viejos era mejor que una pastelería. Incluso en el olor. Los libros de alquiler buenos costaban cinco pesetas. Por dos reales sólo podía alquilar los cutres y horteras (como yo), de gangsters, del oeste, de marcianos... No me importaba. Mis maestros en la infancia fueron Silver Kane, Donald Curtis, Keith Luger, Clark Carrados, Fidel Prado y otros. Yo creía que eran autores americanos buenísimos. Con los años descubrí que eran jóvenes españoles que escribían esos libros en un par de días para poder comer, a destajo.

Leer me salvó la vida. Nunca fui un buen estudiante pero sí un buen lector. Mi padre y mis maestros me metían tanto en la cabeza que las matemáticas lo eran todo, que crecí temblando ante ellas, odiándolas. Nadie me dijo que eran un juego (lo son). Cuando más duro se me hacía entenderlas, más inútil me sentía. Por suerte mi rabia fue siempre positiva, la de creer que un día mi destino estaría en mis manos. Los golpes me hicieron siempre más fuerte. Las palizas sólo provocaban heridas o sangre.

Además de leer novelas cutres y horteras, leía tebeos y cómics. Mis héroes fueron El Capitán Trueno, Flash Gordon y Rip Kirby (Flash y Rip obra de Alex Raymond, aunque luego a Flash lo dibujase aún mejor Dan Barry). Luego estaban Hazañas Bélicas y El Jabato. Mis primeras novelas fueron policiacas y con el modelo de detective tipo Rip Kirby (él aparece en la portada de uno de mis libros de entonces). Las escribía, dibujaba y encuadernaba: «Venganza para cinco», «Trece horas», «Los rubíes robados»... Le ponía la fecha a todo, así que están documentadas. También dibujé cómics, me hacía revistas copiando las mejores historietas ajenas, e inventé a La Familia Pepe, mis propios personajes. No leí buenos libros hasta los 14, 15 o 16 años. Verne, Salgari... lo que pillaba. Mi primer maestro «serio» fue Edgar Rice Burroughs y sus novelas de Tarzán. De él aprendí el ritmo, la forma de cortar capítulos, de crear clímax y ambientes. Mi héroe infantil en cambio fue el Guillermo Brown de Richmal Crompton. También me devoré a Enid Blyton. Otro libro de cabecera fue «Las 1001 noches».

A los doce años tuve mi famoso encontronazo con la profesora de lengua. Era normal que lo pasara mal en clase de matemáticas, pero en lengua... Aquel día, en clase, la maestra puso una redacción, 3 folios, tema libre. En lugar de hacer lo típico, «Mi mamá me mima» o «Es primavera, qué bonito», escribí el cuento de un marciano verde, peludo, baboso y viscoso que bajaba de Marte a la Tierra y se perdía. Cuando la maestra leyó mi cuento me dijo que era un burro y, sin el menor sentido del humor, más bien ofendida, me clavó un cero. Con un cero mi padre me mataba, así que protesté: no había faltas (leía cada día), escribí 6 folios y, además, mi vocabulario era elevado porque siempre buscaba palabras nuevas en el diccionario, y no por raro, sino para mis libros. No tuve más remedio que decir, por primera vez y en voz alta, que yo quería ser escritor. Su respuesta fue muy contundente, tanto que marcó mi infancia. Me dijo: «¿Tú escritor, Sierra? Mira hijo, mejor te buscas un trabajo, porque eres un inútil y lo serás toda tu vida. No sueñes».

El peor daño me lo hizo esta última parte. Si a los 12 años no puedes soñar...

Aquel día jamás lo olvidaré. Me fui llorando a mi casa, me encerré en mi cuarto y grité: «¿Alguien cree en mí?». Mi padre no me dejaba escribir, y en la escuela decían que no servía para nada. Según los demás, yo era tonto, tartamudo... Pero los demás no estaban en mi cabeza, y ese día descubrí que sí, que había alguien que sí creía en mí: YO. De ahí partió mi primer reto, hacer un libro gordo. Era un niño. Escribía libros de cien páginas y me parecía algo natural, sencillo. Pensé que un libro gordo era mucho mejor libro puesto que los otros los hacía muy fácilmente. Y durante dos años o más escribí «Las memorias de un perro», mi primera «gran» novela. La terminé con quince y ya tuve muy claro que yo sería escritor. No sabía si rico, famoso... Eso me daba igual. El arte no se mide por el éxito o el dinero, se mide por lo que sientes al hacerlo. Y yo escribiendo era el tío más feliz del mundo.

Pero primero, volvamos un poco atrás.

Nací en Barcelona, el 26 de julio de 1947.

Mis recuerdos de infancia son grises. Blanco, negro y gris. Yo mismo vestía de gris. No recuerdo que en aquel tiempo hubiera colores. Yo era un niño como todos, feliz. Más tarde, cuando supe lo que me robaron, entendí la inocencia de la infancia.

La relación con mi padre siempre estuvo basada en los desencuentros. Cuanto más quería impresionarle, agradarle, que estuviera orgulloso de mí, peor me iba. Cuando le dije que quería ser escritor (ser hijo único es muy duro), me miró fijamente y me preguntó: «¿Cómo se estudia eso?». Le contesté que no se estudiaba, que yo leía cada día, escribía cada día, y aprendía solo. Se puso serio y arguyó: «Lo que no se estudia, no se aprende». Ante mi insistencia, me gritó: «España es un país de burros. Nadie lee. Te morirás de hambre. Hijo mío, eso, para comer, no da». Yo le dije que, aunque fuera poco, algo ganaría, ¿no?

No hubo forma. Me lo prohibió.

Desde entonces escribí siempre a las escondidas, tenía el papel debajo del libro, lo hacía en el patio del cole, en el bordillo de la calle, en el váter... Por suerte mis padres siempre respetaron mi intimidad y jamás registraron mis cajones, donde yo guardaba todo lo que hacía. Eso fue un milagro y por eso lo conservo. Jamás me he separado de ello.

Mis recuerdos literarios de ese tiempo, entre los trece y los quince años más o menos, son tres (aparte de los libros). Primero que hice una revista de barrio, para contar lo que pasaba por allí. Edité un número y a la gente no le gustó que contara justamente «lo que pasaba por allí». La cosa acabó mal y eso dio pie a que muchos años después lo escribiera en el libro de la colección Víctor, «Noticias frescas». Segundo, en el patio de un amigo, representamos obras teatrales que yo escribía. Me parece que no pasamos de dos. Y tercero, con un viejo magnetófono grabamos obras «radiofónicas» también escritas por mí y con los papeles repartidos entre los de mi pandilla. ¿Cómo ganábamos dinero? Pues llevábamos el magnetófono a casa de uno de nuestros padres, se lo dejábamos 24 horas para que escucharan la obra, y luego lo llevábamos a otra casa. Creo que inventé el video-club, aunque debería llamarlo gramófono-club-a-domicilio. Ganar dinero, ganamos poco, pero reírnos... Los efectos especiales eran lo mejor. Un chasquido de regla sobre la mesa era un disparo. Me inventaba hasta la publicidad. Total, que una publicación callejera, teatro amateur y grabaciones de obras teatrales-radiofónicas caseras fue todo mi aval como futura estrella de la comunicación. Menos mal que mi padre nunca llegó a saber nada de eso.

Hoy creo que fue fundamental un detalle de mi infancia: pertenezco a la última generación de niños que creció sin televisor. Primero porque éramos pobres. Segundo porque mi padre no compró uno hasta que yo tuve catorce o quince años (no recuerdo muy bien el momento) y tenía prohibido verlo porque había de estudiar matemáticas, matemáticas, matemáticas. Por contra, sí veía todo el cine posible. A veces dos o tres programas dobles, sábado y domingo más matinales. No es de extrañar que todas mis novelas puedan filmarse directamente, porque la mayoría son guiones de cine. Creo que he visto todo el cine que se ha hecho, una pasión que he conservado hasta el presente. Siempre he necesitado mi película diaria antes de acostarme si estoy en Barcelona.

A los 16 años acabé el bachillerato superior, con revalida, y ya cumplidos los 17 me puse a trabajar de día y a estudiar de noche.

Cuando mi padre me preguntó que quería estudiar, habida cuenta de que no podía pagarme una carrera ni era tan listo como para merecer una beca (y desde luego no podía ser nada de letras, como periodismo, porque no lo aceptaba), le dije que yo quería dejar «algo en este mundo». Eterno romántico. Dicho así parece muy dramático, pero hay que entender la situación, la época... La palabra arquitectura surgió como cosa natural. «Hacer» casas era bonito. Las casas perduraban. Lo malo es que la casa la hace, la crea, el arquitecto. Los demás son machacas. Yo, estúpido de mí, aunque sabiendo que nunca iba a ejercer aquello que estudiaría porque seguía empeñado en ser escritor, dije que sería aparejador.

Dios mío...

Cuando descubrí que eso eran TODO matemáticas y que encima el aparejador era más o menos el oficiante del arquitecto, fue demasiado tarde. Estuve casi seis años, seis, estudiando algo que ni entendía ni me apasionaba, que aborrecía, que me hacía sentir aún más inútil. Como además estudiaba de por libre, en los exámenes éramos dos mil candidatos y sólo aprobaban unos pocos.

Durante esos cinco años y medio, trabajé de día en una empresa de construcción. Fui un chupatintas ejemplar. De octubre de 1964 a mayo de 1970. Toda la época de los Beatles, de Woodstock, de los hippies, del despertar sexual, de la lucha política, de las reivindicaciones, trabajando ocho horas en una cárcel y luego estudiando tres en otra. Cinco años y medio de frustraciones…

Lo fundamental es que pese a los amores de la adolescencia y los amigos, no me rendí y seguí porfiando en pos de mi sueño: ser escritor. Ni por un momento me olvidé de eso, al contrario. Seguía produciendo cosas, sin parar. También superé la tartamudez mediante una sencilla fórmula: dejó de importarme, aprendí a reírme de mí mismo. Fue el primer paso. Los «defectos» te pueden cuando te hacen daño, en la infancia o la adolescencia. Era tartamudo, ¿y qué? Es peor ser imbécil y no saberlo. Eso fue sobre los 18 o 19 años. Cuando me di a conocer como comentarista de música poco después y me hicieron entrevistas por radio, descubrí que utilizando auriculares mi dicción mejoraba, oía mi propia voz de una forma distinta, directamente en mis oídos, medía las sílabas, bajaba el tono, respiraba de otra forma...

Hoy hablo como una ametralladora.

Cuando tuve mi propia máquina de escribir (la primera, una viejísima Underwood, la alquilamos para que practicara poco antes de que empezara a trabajar, y yo «practiqué» pasando a limpio muchas de mis paridas), primero transcribí «Las memorias de un perro» (supongo que «mejorándolo», ¡ay!). Luego, entre los 17 y los 19 años, pasé a máquina mis relatos fantásticos escritos en libretas escolares y di forma a un libro de otras 500 páginas (muchas de esas historias las reescribí de mayor y se publicaron). Finalmente hice mi obra más densa, «Sombras», en torno a los 21, ya directamente a máquina, supongo que infumable como se deduce por el título.

Mi único intento en estos años por salir a la luz consistió en enviarle a Narciso Ibáñez Serrador en 1966 dos de mis mejores relatos fantásticos. Eran los días de «Historias para no dormir», programa que hacía furor en la tele. Toda España temblaba cada semana. Estaba seguro de que eran tan buenos, que Narciso los filmaría en seguida y yo daría el salto. Adiós a la oficina siniestra. Recuerdo el día que fui a correos y el empleado vio el nombre y la dirección: «Narciso Ibáñez Serrador, Televisión Española». Me miró con mucho respeto (o eso pensé yo). Durante días, semanas, esperé una respuesta que, obviamente, jamás llegó. Eso no menguó en absoluto mi entusiasmo. Lo malo era que no había oportunidades, ni premios literarios para jóvenes, y si me presenté a alguno (me viene a la memoria uno del Reader's Digest), fue para perderlo sin llegar a saber nunca si lo que había hecho era bueno o malo. Por eso hoy en mi Fundación tengo mi propio premio para jóvenes y les escribo y les mando el informe del jurado alentándoles siempre amén de llamarles por teléfono.

En 1964 los Beatles ya habían entrado en mi vida. El día que los escuché por primera vez, todo cambió. Yo de niño oía óperas enteras por radio, mi Dios era Igor Stravinsky porque cuando descubrí «La consagración de la primavera» un nuevo mundo apareció ante mí. Oí «Twist and shout» un día jugando al billar en un club de la Plaza Lesseps. Como si acabase de tocar tierra un platillo volante. Me acerqué al juke-box y por primera vez vi aquel nombre: The Beatles.

La música se apoderó de mi existencia. Desgraciadamente los libros podía alquilarlos. Los discos no. Cash. Metálico. ¿Qué hacía yo para comprarme un disco, un LP (lo que sería hoy un CD) cada semana? Muy fácil: me iba a pie al trabajo y a la escuela, me hacía cada día un montón de kilómetros de arriba abajo de Barcelona (lloviera, nevara o hiciera calor), y con lo que me ahorraba del bus y del metro me alcanzaba cada semana para un LP. Hay que tener en cuenta que lo que ganaba se lo daba a mis padres, y yo tenía una asignación semanal para transportes, cine y poco más. Lo malo es que entonces salían muchos discos, era una locura. Así que cada sábado por la tarde iba a una tienda y me la pasaba escuchando discos para ver cuál me compraba. Uno entre diez. Para no perder el tiempo me leía las contraportadas. De esta forma aprendí inglés. Todo lo burro que era en matemáticas y en cambio me era fácil memorizar canciones, cantantes, guitarras, bajos, baterías, productores, estudios de grabación... Además tenía olfato. Intuía cuando un disco pegaría o no. De noche oía radios piratas fingiendo dormir, sobre todo Radio Luxemburgo. Estaba al día. Jamás imaginé que esos conocimientos iban a servirme de algo.

Un día, más o menos con 18 años, conocí a un tipo de una editorial. Me dijo que si quería ser escritor, en España, o tenía dinero o padrinos o un nombre. Yo, que era muy burro, me lo creí. Dinero no tenía. Padrinos... no conocía a nadie importante y menos para echarme una mano. Pero el nombre me lo podía hacer yo. De hecho la vida es muy simple. ¿Quién la complica? Nosotros. Con 18 años nadie te hacía caso. Me pregunté en qué era yo mejor que los demás. Y la respuesta fue «escribir». Me pregunté de qué sabía yo más que los demás. Y la respuesta fue «de música». Así que escribí de música.

Durante dos años mandé una carta semanal al programa n.º 1 de la radio española, «El Gran Musical», donde nacieron o se formaron todos los grandes del pop español de los 60. Eran cartas de 15 o 20 folios, hablando de los discos que oía, valorando, criticándolos, haciendo predicciones. Dos chicas que se encargaban de la correspondencia, tan fans como yo, acabaron prestándome atención. Ellas le hablaron de mí al Sumo Sacerdote de El Gran Musical, Tomás Martín Blanco, y en agosto de 1968, con 21 años recién cumplidos, hice mi primer viaje a Madrid como Delegado de El Gran Musical en Barcelona.

¿Y qué era eso? Nada. De vez en cuando leían un pedazo de mis cartas por radio y punto. Había delegados en toda España, dos por ciudad, chico y chica, gente joven y entusiasta, amante de la música. Un gran club de fans en el fondo. Pero fuimos unos pioneros. Cuando en 1969 nació la revista El Gran Musical yo estaba allí, debutando como periodista, con mi nombre, sin dejar de trabajar y estudiar.

Comencé a respirar, a sentirme libre, a faltar a clases, a intuir que en mi vida pasaban cosas. Puesto que ya escribía «profesionalmente», fui a Radio Barcelona, primero trabajando gratis en un programa nocturno, y después como responsable de algo más o menos llamado Los Musicales. Éramos un grupo de jóvenes que asistíamos a los programas de la radio en directo, sobre todo «Musical beat» los viernes. Nos sentábamos en primera fila y entrevistábamos a los grupos que actuaban. También hacíamos de disc jockeys (el tartamudo debutó como disc jockey) y en mi caso escribí alguna que otra letra en castellano para canciones famosas que coreábamos.

Durante unos meses trabajé, estudié, hacía artículos robando horas al trabajo en la constructora y me ocupaba de Los Musicales. Todo esto se terminó en 1970. En primavera de 1970 Joaquín Luqui, que había creado Disco Exprés en Pamplona, fue fichado por El Gran Musical. Disco Exprés me llamó para sustituirle. Cuando hablé con ellos comprendí que era mi oportunidad, pero que antes tendría que enfrentarme a mi padre. ¿Escribir de música? ¿Convertirme en un peludo? Demasiado. En aquellos días yo ganaba 6.000 pesetas al mes. Mi padre unas 13.000. Así que les pedí a los de Disco Exprés, sin inmutarme pero con el culo apretado, 15.000 pesetas de sueldo. Era la única forma de que mi padre aceptara y le convenciera. Los de Disco Exprés bizquearon, me dijeron que era mucho, y yo, con cara de póquer, les dije que si no lo valía, me podían echar a los seis meses.

Aceptaron.

Cuando le dije a mi padre que dejaba el trabajo y los estudios casi le dio un infarto. Cuando le dije que iba a ganar más que él, su corazón volvió a latir. No es que estuviera de acuerdo, pero por lo menos lo de «morirme de hambre» ya no figuraba en primer término. Aún así, en los años siguientes, pese a casarme y tener dos hijos, mi padre siguió mirándome como a un marciano. Iba con el pelo largo, vestía excéntricamente en Londres, mis amigos eran personas rarísimas. Que no fumara ni bebiera ni jamás tomase drogas no contaba. Su único hijo era un esperpento.

Ya vivía, si no como un escritor, sí, por lo menos, de escribir.

Por eso digo siempre que yo empecé a vivir en mayo de 1970. Hay un antes y un después de esa fecha.

Había conseguido un status. Ya era Jordi Sierra i Fabra. Me enviaban todos los discos gratis, hacía entrevistas, viajaba... Pero la espada de Damocles del servicio militar seguía pendiendo sobre mí. Llevaba años eludiendo irme, con prórrogas de estudios por lo de ser aparejador. Ahora ya no estudiaba. En el sorteo de años atrás me había tocado Sidi Ifni, el Sahara español. Me esperaban dos años tragando arena. Pero lo peor no era eso. Lo peor era mi aversión a los uniformes y las armas. Había ido a médicos tratando de que me encontraran algo. Y nada. Pero mi padre conocía a muchos médicos y uno era militar. Fue la primera vez que mi padre me ayudó a transgredir la ley y fue porque entendió muy bien lo que le dije: si me iba allí, vestido de uniforme, anulado como ser humano, y con un arma en la mano, me volvería loco. Así que mi padre sobornó con un reloj de oro y 4.000 pesetas a un comandante médico para que le hablara a otro médico del Hospital Militar y me dieran como inútil. La jugada no era fácil, al contrario, y me jugué el todo por el todo. El día 8 de enero de 1971 me presenté, con el cabello rapado y el macuto en un lugar para ser embarcado rumbo a Canarias. Cuando un oficial preguntó en voz alta si alguno objetaba algo, yo fui uno de los trece o catorce que dio un paso al frente. El médico al que me presenté cargado de informes y radiografías que ni miró, me preguntó qué alegaba, y yo, con la lección aprendida, dije que tenía «Arterioesclerosis pleuropulmonar». Lo conseguí: me dejaron en tierra y me enviaron al Hospital Militar, donde el médico sobornado tenía que haber hablado con el de los pulmones. El 25 de enero de 1971, al borde del infarto, me declararon útil..., para el cuerpo de servicios auxiliares, un cuerpo que no existía salvo en tiempos de guerra. ¿Alguien sabe cómo es el dulce color, el sabor y el aroma de la libertad?

Aquel 25 de enero salí del hospital a la carrera, me dirigí al trabajo de mi novia, levanté el pulgar hacia arriba cuando me vio y lo primero que le dije es que nos casábamos el 3 de abril. Ese fue el preámbulo de todo, porque en los meses siguientes, tras la boda, engendramos a mi hija Georgina y yo me puse a trabajar en mi primer libro editado. Todo por librarme de aquella infausta cadena cuando la objeción de conciencia era una quimera. Era libre, con el futuro en mis manos. Pero verdaderamente me arriesgué y mucho. Una apuesta crucial.

Certifiqué algo más que ya creía saber o intuía: en la vida has de jugártela siempre por aquello en lo que crees. O eso o te quedas.

Y las oportunidades son pocas. Dos o tres a lo sumo.

En verano de 1971 cumplí 24 años. Era un crío, pero me sentía mayor. Por lo menos disfrutaba de aquello por lo que había luchado, lo que había buscado años atrás: un nombre. Disco Exprés era la publicación número 1. Ya no tenía que ir a una editorial, con mis pelos largos y mi aspecto, llamar a la puerta y esperar que me echaran a los perros. Era Jordi Sierra i Fabra.

Hora de empezar a escribir «en serio».

Y ahí empezó todo, en septiembre de 1971 comencé a escribir la Historia de la Música Pop, mi primer libro profesional, que se editó en noviembre de 1972. El resto..., simple magia.

Jordi Sierra i Fabra