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Soledad Carrasco Urgoiti

La autora: Apunte biobibliográfico

María Soledad Carrasco Urgoiti nació en el 18 de enero de 1922, en Madrid, hija de Enrique Carrasco, médico andaluz, y de Graziella Urgoiti Somovilla, hija a su vez de Nicolás María de Urgoiti. Gran parte de su infancia y adolescencia transcurrió en la casa de este empresario vasco que para entonces ya había trascendido sus comienzos en la industria papelera para convertirse en impulsor de varias empresas de gran repercusión en la cultura española hasta nuestros días: el diario El Sol, la editorial CALPE, la Casa del Libro. Participó también como accionista y vocal en numerosas otras publicaciones. Se trataba, pues, de una familia de talante liberal, con estrechos lazos en el mundo de la cultura y el arte, y que se definía, en palabras de la propia autora, por su «curiosidad por todas las ramas del saber, la apertura hacia otros pueblos y culturas y una sensibilidad alerta ante el arte en su forma clásica y en sus manifestaciones contemporáneas». Gracias al extenso círculo social constituido por los colaboradores de las empresas editoriales de su abuelo, Soledad Carrasco se formó en estrecho contacto con varias generaciones de los intelectuales y artistas que en el primer tercio del siglo XX pugnaban por sacar España de su atraso secular en lo económico, político y cultural.

Además de la importancia de la educación informal que recibió de este modo, comenzó su bachillerato en el Instituto Escuela, cuyos principios pedagógicos se inspiraban en los de la innovadora Institución Libre de Enseñanza. Su temprana inclinación por el estudio, su medio social y el tipo de educación que estaba recibiendo eran los cimientos educativos que compartía con un extenso grupo de mujeres que en los años siguientes se debería haber integrado, en igualdad con los hombres y por derecho propio, en las primeras filas del panorama científico, cultural, académico y pedagógico de España. Formaban parte de un mundo a la vez práctico e idealista que se vino abajo con la guerra civil.

Soledad ni siquiera pudo terminar el bachillerato en el Instituto Escuela: a pesar del carácter liberal e indiscutiblemente republicano de su familia, el acoso de que fueron objeto por parte de las milicias populares les obligó a salir de Madrid. Soledad continuaría su educación de forma irregular y autodidacta. Terminada la guerra regresó a Madrid y comenzó sus estudios (con premio extraordinario de ingreso) en la Universidad Central, donde en 1944 se licenció en Filología Románica. De este período siempre recordaría la aridez intelectual del Madrid de la posguerra y la sensación de no haber tenido verdaderos maestros: con el 60% del profesorado preso o en el exilio, su educación universitaria siguió siendo fundamentalmente autodidacta e informal, fundamentada sobre todo en la avidez con que leía cuanto llegaba a la nutrida biblioteca de su abuelo. Enseguida empezó a ejercer como profesora de latín y gramática española en el Colegio Estudio, fundado por Jimena Menéndez Pidal en 1940 y que sería uno de los pocos reductos donde sobrevivió el modelo pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, en algunos aspectos (como en la coeducación de niños y niñas) de forma clandestina.

Aprovechando la residencia en Estados Unidos de su tía María Luisa Urgoiti, Soledad se trasladó a Nueva York en 1946 con el propósito de perfeccionar su inglés y regresar a España convertida en profesora de lenguas extranjeras, puesto que ya sabía bien francés. Sus planes cambiaron pronto, impulsada por el contraste entre el pujante Nueva York y el Madrid gris que había dejado atrás, y guiada por los consejos de Federico de Onís, director del departamento de Hispánicas en Columbia University. Decidió que iba a quedarse para seguir la carrera opuesta a la pretendida originalmente: hacer un doctorado y ser profesora de lengua y literatura española en los Estados Unidos. Desde aquel momento su proyecto vital se hizo de ida y vuelta: puente de dos direcciones por el que trocar lo mejor de cada orilla. El vaivén Madrid-Nueva York duraría 61 años, hasta pocas semanas antes de su fallecimiento en Nueva York el 5 de octubre de 2007, justo cuando preparaba su mudanza definitiva a Madrid.

El ambiente que la joven Soledad Carrasco se encontró en Nueva York le permitía enla­­zar con el mundo que se le había quebrado diez años antes: entre el muy nutrido grupo de exiliados que se habían agrupado en torno a Columbia, estaban allí dos de los muchos sobrinos de Don Francisco Giner de los Ríos, el padre fundador de la Institución Libre de Enseñanza: Fernando de los Ríos, ministro socialista de la república y embajador en Washington durante la guerra civil, y su mujer Gloria Giner de los Ríos, activa pedagoga institucionista antes y durante el exilio. Allí estaba toda la familia García Lorca, viviendo en varios pisos del mismo edificio donde Soledad se establecería a partir de 1949 con su madre. Tomás Navarro Tomás, cuyos libros conocía desde Madrid, fue en persona «una revelación». Y no lejos, en Princeton, estaba Américo Castro, a quien visitó con frecuencia y que tanta influencia tendría en su trabajo posterior.

Para el espíritu irreductiblemente optimista de la joven estudiosa, la situación era simple: el proyecto modernizador emprendido por diversos miembros de su entorno familiar y social había sido truncado; las fundaciones de la disuelta Junta para Ampliación de Estudios habían sido cerradas en 1939: ya no existían ni el Centro de Estudios Históricos, ni la Residencia de Estudiantes, ni el Instituto Escuela. Pero el institucionismo madrileño, con sus más destacados miembros y colaboradores dispersos por el exilio, revivía trasterrado. El núcleo más numeroso se había reorganizado en torno al Colegio de México, pero el grupo de Nueva York no carecía de peso, y tenía la ventaja de estar en un país no hispano, de cultura y modos de vida mucho más distantes de Madrid que los mexicanos, con lo que se acentuaba la diferencia, el perspectivismo que se busca en todo viaje de estudio. Nueva York se convertía así en lugar especialmente privilegiado para continuar el otra vez truncado proceso de modernización de España, si ya no a través de la pedagogía innovadora propuesta por la ILE, por lo menos por ser refugio de la libertad de pensamiento, lugar seguro donde gestar, formular y enunciar una reflexión sobre la propia cultura que ya no era posible en la España de los años 40.

El terreno elegido para sus indagaciones fue la imagen del moro en la literatura, tema de su tesis doctoral (1954) y que en las décadas siguientes se ampliaría y diversificaría en otros modos de estudiar la alteridad. La convivencia y los choques de la frontera interior se multiplican en el choque de lo cristiano y musulmán, lo europeo y lo africano, lo hispano y lo otomano. Fronteras ricas en enfrentamientos y también en fusiones, transiciones e intercambios, cuidadosamente rastreados en el romancero, la novela, el teatro de lo que Américo Castro llamó Edad Conflictiva.

A pesar de su carácter no beligerante y de la suavidad con que expresaba sus planteamientos, el estudio de la alteridad era por entonces una forma de inconformismo. Trabajando en la vena de Américo Castro, si bien con textos preferentemente literarios, el trabajo de Soledad Carrasco puso de relieve la supervivencia de la secular cultura mixta de España en su literatura clásica. No era algo que la España hegemónica de la cultura y la política tuviera prisa por admitir: por entonces se prefería eludir, cuando no rechazar por completo, la noción de que en el tejido cultural hispano se entretejían castas y razas, lenguas y religiones. A pesar de la boga de que estos temas disfrutaron posteriormente, su trabajo tuvo durante décadas mucha más aceptación fuera que dentro de España hasta los años 80, cuando, coincidiendo con su jubilación y su regreso a Madrid durante diez años, se da un notable aumento en su producción y una progresiva atención a sus trabajos por parte del estamento académico español.

En 1998 la Junta de Andalucía le concedió el premio María Zambrano, seguido un año después por el homenaje ofrecido por la Fundación Temimi en Túnez. Ambas lados de la frontera coincidían así en reconocer la labor de toda una vida dedicada al estudio de esa misma frontera cultural, a la comprensión de su porosidad y al entendimiento de sus habitantes.

José Miguel Martínez Torrejón