Saltar al contenido principal

Vicente Gallego

Semblanza crítica

Con la declinación de la lírica sesentayochista, de fuerte componente lingüístico, culturalista y metaliterario, a comienzos de los ochenta la poesía emergente dirigió su mirada al territorio de la experiencia biográfica, la referencialidad comunicativa, el escepticismo gnoseológico y el relativismo moral. Escepticismo y relativismo habían caracterizado la poesía anterior, pero ahora se expresaban con una ligereza formal y una falta de taxatividad enunciativa que tenían sus precedentes más cercanos en los simbolistas y modernistas menores de comienzos del siglo XX. Vicente Gallego (Valencia, 1963) encontró pronto un lugar de preeminencia entre los jóvenes, a la sombra del lirismo elegíaco de Francisco Brines y, en menor medida, de César Simón. La fluidez versificatoria y la solvencia imaginística de Gallego ya apuntaban en su presentación pública, Santuario (1986), pero no encontraron su sazón hasta La luz, de otra manera (1988), su primer libro reconocido en cuanto tal, cuyos versos desgranaban, con un vitalismo existencial salpicado de notas prosaicas esparcidas aquí y allá como al desgaire, los avatares cotidianos de un sujeto sensible, solitario y moderadamente macerado por el destino. En Los ojos del extraño (1990) aún se percibían los rasgos de su libro anterior, aunque el poeta parecía desconfiar de su propia facilidad y se orientaba hacia un narrativismo experiencial de índole pesimista.

En esta dirección, La plata de los días (1996) –libro que, en su conformación actual, absorbe los poemas del precedente que el autor ha querido preservar, según quedó establecido en la reunión de sus obras El sueño verdadero– supone un avance decidido, en cuanto que se abre a una entonación plenamente reflexiva que, en sus mejores instantes, se eleva hacia los fanales de la contemplación. En ésta se encuadra Santa deriva (2002), galardonado con el Premio Loewe. El libro se decantaba en su arranque por la cuerda hímnica; sin embargo, el discurrir de la lectura dejaba enseguida ver la desazón existencial, en poemas espesos y sombríos que no tenían parangón en la obra previa del poeta. Aunque Santa deriva representa, captado en su conjunto, una inflexión hacia una serenidad jubilosa, concretada en una suerte de cántico de criaturas referido a los elementos de la naturaleza, su entonación hímnica no siempre alcanza a imponerse a la precariedad de la vida, y la gozosa plenitud aparece amenazada por unas espantables alegorías del mal. El poema «Santa deriva», que da título al libro, metaforiza el avance ciego, impredecible y pavoroso del mundo y de los hombres hasta su consunción definitiva, por más que ese discurrir sonámbulo evoque engañosamente el orden regido por la voluntad provisora de un dios, según el principio leibniziano de razón suficiente. En este ir y venir, la composición final, «Escuchando la música sacra de Vivaldi», alienta una esperanza teleológica: la música convocada en esos versos traza una parábola en la que, si no se aclaran del todo las sombras de otros poemas, apunta un asomo de revelación, de naturaleza íntimamente trascendente.

Cantar de ciego (2005) prorroga la entonación del libro anterior en lo que tenía de celebratorio, sólo que, ahora, aquella plétora, e incluso las ocasionales poetizaciones de la sinrazón o de la tormentosa existencialidad, atenúan sus formas, adelgazan los resortes retóricos y escogen un fraseo sincopado, el verso a menudo breve, las formulaciones entrecortadas. Como consecuencia de la extrañeza del yo frente a una realidad desbordante, a la construcción domeñada y demorada le sucede un lenguaje elíptico que, al igual que ocurre con el fragmentarismo de la lírica tradicional, produce el efecto de que lo importante está generado por el poema, pero se sitúa fuera de él. El poeta avanza en un camino en el que resultan inútiles los antiguos y bien probados saberes métricos y retóricos. En este punto, aborda el asedio a un mundo del que pretende extraer –y al que pretende ofrecer– su sentido. Su poesía más reciente permite suponer una insatisfacción apenas oculta por la poética de las apariencias, sean éstas formales o temáticas, frente a las que apuesta con determinación por la expresión sustantiva de una intimidad que reproduce y personaliza –y a ello parece aludir el título– los hervores de la docta ignorancia o, si se quiere, de la sabiduría recóndita del ser.

Ángel L. Prieto de Paula