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Libro Segundo

Del descubrimiento de la Nueva España



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Capítulo I

De la primera noticia que tuvieron los españoles de la Costa de la Nueva España.

     Gobernando Diego Velázquez la isla de Cuba, Francisco Hernández de Córdoba, Cristóbal Morante y Lope Ochoa de Caicedo, vecinos de Cuba, armaron tres navíos en el año de mill e quinientos y diez e seis: unos dicen que con favor de Diego Velázquez, el cual era muy inclinado a descubrir; otros dicen que a su costa. El fin que llevaron estos armadores dicen algunos que fue para descubrir y rescatar (aunque se tiene por más cierto que para traer esclavos de las islas de Guanajos, cerca de Honduras). Fue Capitán destos tres navíos Francisco Hernández de Córdoba; llevó en ellos ciento y diez hombres, y por piloto a Antón de Alaminos, natural de Palos, y por veedor a Bernardino Íñiguez de la Calzada. También dicen que llevó una barca de Diego Velázquez, cargada de matalotaje, herramientas y otras cosas para las minas, para que si algo traxesen, le cupiese parte. Desta manera salió Francisco Hernández del puerto de Santiago de Cuba, el cual, estando ya en alta mar, declarando su pensamiento, que era otro del que parescía, dixo al piloto: «No voy yo a buscar lucayos (lucayos son indios de rescate), sino en demanda de alguna buena isla, para poblarla y ser Gobernador della; porque si la descubrimos, soy cierto que ansí por mis servicios como por el favor que tengo en Corte con mis deudos, que el Rey me hará merced de la gobernación della; por eso, buscadla con cuidado, que yo os lo gratificaré muy bien y os haré en todo ventajas entre todos los demás de nuestra compañía.»

     Aceptando el piloto las promesas y ofrescimientos, anduvo más de cuarenta días arando la mar y no hallando cosa que le paresciese bien. Una noche, al medio della, estando la carabela con bonanza, la mar sosegada, la luna clara, la gente durmiendo y el piloto envuelto en una bernia, oyó chapear unas marecitas en los costados de la carabela, en lo cual conosció estar cerca de tierra, y llamando luego al contramaestre, dixo que tomase la sonda y mirase si había fondo, el cual, como lo halló, dixo a voces: «Fondo, fondo»; tornando a preguntarle el piloto «en qué brazas», respondió «en veinte»; mandóle el piloto que tornase a sondar, entendiendo por la repuesta que estaban cerca de tierra. Muy alegre se fue el piloto al capitán Francisco Hernández, diciéndole: «Señor, albricias, porque estamos en la más rica tierra de las Indias»; preguntándole el Capitán: «¿Cómo lo sabéis?», respondió: «Porque, siendo yo pajecillo de la nao en que el almirante Colón andaba en busca desta tierra, yo hube un librito que traía, en que decía que, hallando por este rumbo fondo, en la manera que lo hemos hallado ahora, hallaríamos grandes tierras muy pobladas y muy ricas, con sumptuosos edificios de piedra en ellas, y este librito tengo yo en mi caxa.» Oyendo esto el Capitán, tiniendo por cierta la ventura que buscaba, dixo a voces: «Navega la vuelta de tierra, que, vista, saltaremos en ella, y si ansí fuere lo que decís, no habréis perdido nada y creeremos lo demás que estuviere escripto.» Navegando otro día, a las diez de la mañana, con grande alegría vieron tierra, y de barlovento una isla pequeña que se llamó Cozumel, por la mucha cantidad de miel que en ella había. El piloto, no pudiendo tomar aquella isla, surgió muy bajo, más de treinta leguas, y saltaron en tierra el Domingo de Lázaro, a cuya causa llamaron a aquella tierra Lázaro; a los que saltaron, que serían hasta doce hombres, acudieron luego indios, los cuales, haciendo una raya muy larga en el suelo, les dixeron por señas que si de aquella raya pasaban, los matarían a todos. El Capitán, no espantándose de nada desto, les mandó que pasasen adelante, para ver si había algún edificio de los que el piloto decía. De ahí a poco acudió mucha gente de guerra, que de tal manera maltrataron a los españoles, que, matando dos dellos, a los demás, heridos de muchos flechazos, hicieron retraer a los navíos. El piloto salió con diez e seis flechazos y el Capitán con más de veinte, por lo cual les fue forzado arribar a Cuba para curarse, y así, viniendo a la Habana, escribieron a Diego Velázquez el subceso de lo pasado y cómo querían ir a Santiago de Cuba a acabar de curarse.

     Sabida esta nueva por Diego Velázquez (aunque con pesar de las heridas de sus amigos), contento con el nuevo descubrimiento, comenzó luego a hacer gente para vengar el daño que sus amigos habían rescebido de los indios de Lázaro. Hecha ya la gente, llegó Francisco Hernández de Córdoba con los demás compañeros, de los cuales, Diego Velázquez, informándose más por extenso, cobró nuevo ánimo para emprender esta jornada, la cual dilató hasta que el piloto Alaminos sanase de las heridas que había rescebido. Esto es lo que algunos dicen, aunque hay otros que, aunque no en el todo, varían en algo, y es que, en saliendo Francisco Hernández del puerto, encaminanda su derrota a las islas de Guanajos a rescatar lucavos (que son indios de servicio para las minas y haciendas de los españoles), engolfándose con tiempo que no le dexó ir a otro cabo fue a dar en tierra no sabida ni hollada de españoles, do halló unas salinas en una punta que llamó de las Mujeres, por haber allí torres de piedra con gradas y capillas cubiertas de madera y paja, en que estaban puestos muchos ídolos que parescian mujeres. De allí se fue otra parte que llamó cabo de Cotoch, donde andaban unos pescadores que, de miedo se retiraron en tierra, y llamándolos, respondían cotohc que quiere decir «casa», pensando les preguntaban por el lugar, para ir a él; de aquí se quedó este nombre al cabo desta tierra.

     Poco más adelante, hallaron ciertos hombres que, preguntados cómo se llamaba un gran pueblo que estaba allí cerca, dixeron Tectetlán que quiere decir «no te entiendo»; pensando los españoles llamarse así, y corrompiendo el vocablo, le llamaron Yucatán hasta hoy. De allí fue Francisco Hernández a Campeche, lugar grande, el cual (como dixe), llamó Lázaro, por llegar a él el Domingo de Lázaro. Salió en tierra, tomó amistad con el señor y rescató allí (aunque esto no lo tengo por muy cierto). De Campeche fue a Champotón, pueblo grueso, cuyo señor se llamaba Mochocoboc, hombre de guerra, el cual no les consintió entrar ni rescatar, ni dio provisión alguna como los de Campeche habían hecho. Francisco Hernández, o por no mostrar cobardía, o por probar para lo que eran aquellos indios, sacó su gente, no bien armada, y los marineros a que tomasen agua, y ordenó su escuadrón para pelear, si menester fuese. Mochocoboc, por desviarlos de la mar y que no tuviesen cerca la guarida, hizo señas que fuesen tras de un collado donde la fuente estaba; temieron los nuestros de ir allá, por ver ser los indios muchos, y, a su modo, muy bien armados, con semblante y determinación de combatir; por lo cual, Francisco Hernández mandó soltar el artillería de los navíos para espantarlos. Los indios se espantaron del gran ruido de los tiros y del fuego y humo que dellos salía; atordeciéronse algún tanto del ruido, aunque no huyeron, antes arremetieron con buen denuedo y concierto, con gran grita, que es con la que ellos mucho se animan, tirando piedras, varas y saetas. Los españoles se movieron a buen paso, y siendo cerca dellos, dispararon las ballestas, y con las espadas mataron muchos, por hallarlos sin armas defensivas. Los indios, con la presencia de su señor, aunque nunca tan fieras heridas habían rescebido, duraron en la pelea hasta que vencieron, y así, en la batalla y en el alcance y al embarcar, mataron más de veinte españoles y hirieron más de cincuenta. Quedó Francisco Hernández con treinta y tres heridos; embarcándose, llegó a Santiago de Cuba, destruido, aunque con buenas nuevas de la tierra, y el año siguiente, como diremos luego, Diego Velázquez invió a Joan de Grijalva a seguir el descubrimiento, y a España a pedir la gobernación, por la parte de su barca (como Gómara escribe).

     Entre estos dos paresceres hay otro, y es que, llegado Francisco Hernández con tiempo a la costa de Yucatán, a una parte que se dice Campeche, los indios, después de haber él saltado en tierra, por las nuevas que habían tenido de sus vecinos, le hicieron tornar a embarcar, sin dexarle reposar ni tomar agua ni otros bastimentos. Embarcado, y queriendo volver a lo que iba (que era a los Guanajos), dióle un tiempo que le echó nueve o diez leguas abaxo hacia la Nueva España, adonde cerca de la costa había un puerto que se dice Champotón, junto al cual entra un pedazo de mar que paresce río, y allí, por suplir la nescesidad que llevaban, tornó a saltar en tierra, y, queriendo entrar en el pueblo, salió a él mucha gente de guerra, por el aviso que tenían de sus comarcanos; donde, trabándose una recia batalla, murieron muchos indios y algunos españoles, y los demás, no pudiendo sufrir la multitud de los indios, se retraxeron y metieron en los navíos, y, alzando velas, fueron a dar a la costa de la Florida, para tomar agua, de la cual tenían gran nescesidad, donde, como iban heridos y fatigados, acometidos por los indios, les fue forzado tornarse a embarcar e irse a la isla de Cuba, donde, como dixe, se supo la nueva de lo que les había subcedido; por lo cual, ahora digamos qué es lo que sobre ello, proveyó Diego Velázquez



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Capítulo II

De lo que Diego Velázquez hizo sabido el subceso de Francisco Hernández.

     Después que Diego Velázquez se informó del Capitán Francisco Hernández y del piloto Alaminos, de la tierra descubierta y de la prosperidad que prometía, con alegre ánimo, como solía las demás cosas, comenzó a hacer una armada con determinación de inviar por General della al Francisco Hernández, de quien, por su virtud y esfuerzo, tenía mucho concepto, el cual a la sazón murió y dexó por heredero de sus bienes y de la aución y derecho que tenía y le podía pertenescer de lo descubierto a Diego Velázquez, el cual, viendo que el negocio era de mucha importancia y de confianza, determinó de cometerle a Joan Grijalva, su sobrino, el cual se detuvo hasta que el piloto Alaminos sanó, porque no había otro tan diestro como él.

     La armada fue de cuatro navíos, muy proveída, así de buena gente como de armas y mantenimientos. Dio el mejor navío a Joan de Grijalva, porque era General, y de los otros hizo Capitanes a Pedro de Alvarado y Alonso de Ávila y a Francisco de Montejo; hizo Alférez general a Bernardino Vázquez de Tapia, de los cuales hablaré adelante en el discurso desta historia. La demás gente era muy buena y muy lucida, porque eran hombres hacendados y que tenían indios en la isla, y como leal servidor del Rey, invió Oficiales para la Real hacienda, entre los cuales iba por Tesorero un Fulano de Villafaña, al cual dio muchas cosas de rescate de ropa y mercaduría para dar a los indios por comida o oro y plata, y para hacer con buen título este viaje, lo hicieron saber a los flaires jerónimos, pidiéndoles licencia para ello, los cuales, en aquel tiempo, gobernaban las Indias por el Cardenal don Francisco Ximénez, Gobernador de Castilla por el Rey D. Carlos, desde la isla Fernandina; dieron licencia, y de su mano inviaron por Veedor a una persona de mucha confianza. Puesto todo a punto en Sanctiago de Cuba, do residía Diego Velázquez, hizo alarde de docientos hombres, todos vecinos de la misma isla, con los marineros, que eran los que bastaban para el viaje, y por que Dios (sin el cual no hay cosa acertada) guiase en su servicio tan buena empresa, después de haber bendecido las banderas y hecho otras cerimonias en semejantes casos acostumbradas, oyendo todos, después de haber confesado y reconciliado unos con otros, una misa al Espíritu Sancto, en orden, con música de atambores y pífaros, se embarcaron, acompañándolos hasta el puerto Diego Velázquez, el cual, abrazando al General y a los demás Capitanes, les hizo un breve razonamiento en la manera siguiente:

     «Señores y amigos míos, criados y allegados: Antes de ahora tendréis entendido que mi principal fin y motivo en gastar mi hacienda en semejantes empresas que ésta, ha sido el servir a Dios y a mi Rey natural, los cuales serán muy servidos de que con nuestra industria se descubran nuevas tierras y gente, para que con nuestro buen exemplo y doctrina, reducidas a muestra sancta fee, sean del rebaño y manada de los escogidos. Los medios para este tan principal fin son: hacer cada uno lo que debe, sin tener cuenta con ningún interés presente, porque Dios, por quien acometemos tan arduo y tan importante negocio, os favorescerá de tal manera, que lo menos que os dará serán bienes temporales.»

     Acabada esta plática, el General y los demás Capitanes y personas principales, con menos palabras, respondieron que harían todo su deber cuanto en sí fuese, como su merced vería por la obra, y así, no sin lágrimas de los que quedaban y de los que se despedían, con gran ruido de música y tiros que dispararon de los navíos, se hicieron a la vela, y, sin subcederles cosa que de contar sea, llegaron a la Habana, puerto de la misma isla, ciento y cincuenta leguas de donde salieron.



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Capítulo III

De lo que en la Habana se hizo y de lo que, después que della salieron, subcedió.

     Llegados con buen tiempo a la Habana, se reformaron de bastimentos, y otras cosas nescesarias para el viaje; estuvieron allí algunos días, deseosos todos de ver la nueva tierra, por las cosas que della decía el piloto Alaminos; salieron de allí al cabo de la isla que se dice Guaniguanico, o Punta de Sant Antón, y en el puerto, después de haberse todos confesado, se tresquilaron las cabezas, que fue la primera vez que los españoles lo hicieron en las Indias, porque antes se presciaban de traer coletas. Hicieron esto porque entendieron que el cabello largo les había de ser estorbo para la pelea. Navegaron ciertos días con próspero tiempo, sin subceder cosa memorible; llegaron a una tierra que les paresció fresca y de buen arte, e yendo cerca de la costa della, veían a trechos muchos como oratorios o ermitas blanqueando; prosiguiendo desta manera su viaje por la costa adelante, e ya que se quería poner el sol, llegaron a un ancón y puerto que hacía la mar, donde estaba un pueblo, el cual, cerca de la mar, tenía un templo con una torre grande de piedra y cal, muy sumptuosos; tenía en cuadro por la una pared ochenta pies; subíase a lo alto dél por treinta gradas: había arriba una torre cuadrada, dentro de la cual salía otra torre que se andaba alderredor, donde los indios parescía haber tenido sus ídolos, los cuales, como después se supo, con la venida de los nuestros, habían alzado. La torre principal tenía arriba un poco de plaza, con un andén o pretil a la redonda, entre el cual y la torre había espacio de más de doce pies. Víase della gran parte de la costa y tierra de Yucatán; parescíase un pueblo muy torreado. Cerca deste templo o mezquita, que los indios llamaban cu, había otros edificios de piedra, a manera de enterramientos; había asimismo unos mármoles enhiestos, de una hechura extraña, que parescían cruces. El templo estaba un tiro de ballesta de la mar, y el pueblo un poco más adentro, en la tierra; tenía casas de piedra con portales sobre postes; era muy fresco de aguas y arboledas. El templo era muy celebrado por toda aquella tierra, a causa de la mucha devoción con que a él concurrían de diversas partes en canoas, especialmente en tiempo de verano. Pasando un estrecho de mar, venían y hacían allí sus oraciones, ofrescían muchas cosas, a los ídolos, haciéndoles muy grandes y solemnes sacrificios, no solamente de brutos animales, pero de hombres y mujeres, niños, viejos, niñas y viejas, conforme a las fiestas que los sacerdotes del templo publicaban. Finalmente, no de otra manera era estimado este templo entre ellos que la casa de Meca entre los moros.

     Allegando aquí los nuestros, salió mucha gente de guerra a ellos, con arcos y flechas y otras armas. Entonces, el Capitán mandó armar a sus soldados y sacar los bateles para saltar en tierra, disparando desde ellos algunos tiros, lo cual viendo los indios, se volvieron al pueblo, para sacar las mujeres, niños y viejos y sus haciendas y ponerlas en el monte y en otros pueblos cercanos. En el entretanto, el Capitán saltó en tierra con toda su gente, y luego subieron al templo, y desde lo alto dél vieron otros muchos pueblos con muchos edificios que blanqueaban desde lexos, y holgaron mucho los nuestros de ver tierra nunca vista de españoles y tan sumptuoso edificio. Paseáronse por él, y dicen que aquí mandó el Capitán que el sacerdote que traían dixese misa, al cual, por no haber sacado tan presto el ornamento, trató algo descomedidamente, por lo cual, en la batalla que después hubo, le castigó Dios. Hecho esto, el Capitán entró con alguna gente en el pueblo y procuró tomar algunos indios para informarse, a los cuales, haciendo muy buen tratamiento, los invió a los suyos, dándoles a entender lo mejor que pudo que ellos no venían a hacerles mal ni a quitarles sus haciendas, sino a tenerlos por amigos y contratar con ellos, como vían por la obra. Estos indios aseguraron a otros muchos de los demás, los cuales volvieron a sus casas y comenzaron a tratar con menos recelo a los nuestros, y preguntando qué tierra fuese aquélla y cómo se llamaba, dixeron que era isla y que se llamaba Cozumel. Preguntados también qué tierra era otra que se parescía desde el templo, que tenía un pueblo torreado, cuatro o cinco leguas de allí, dixeron que Yucatán. Por esta orden se informó el Capitán de otras muchas cosas, y cómo en aquella isla había muchos gallipavos y muchas redes con que pescaban.



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Capítulo IV

Cómo Grijalva salió de Cozumel y de lo demás que le subcedió.

     Viendo el Capitán que en la isla de Cozumel no había resistencia y que podría volver a ella cuando quisiese y le paresciese, proveyéndose de algunas cosas, se tornó a embarcar para costear la isla y descubrir más tierra, e yendo así, vieron desde lejos una persona que desde la costa les hacía señas con un paño. Acercándose, vieron ser una india, la cual venía dando voces y haciendo señas tras los navíos para que la rescibiesen. El Capitán mandó echar un batel y que en él fuese Bernardino Vázquez de Tapia, el cual la tomó y metió en el batel, y traída al Capitán, dixo que ella y otros indios, con una brava tormenta, habían dado en aquella costa y que su tierra estaba de allí más de trescientas y cincuenta leguas.

     Pasando adelante, vio que la tierra se acababa y cómo los indios le habían dicho verdad de que era isla, por lo cual dyeterminó de atravesar a la otra tierra que se parescía y le habían dicho que era Yucatán, y llegado a ella, la fue costeando, y vio cómo cerca de la mar parescían algunos pueblos torreados y que sus edificios ran de piedra y cal, lo cual no menos les paresció que la isla de Cozumel. Yendo todavía costeando, acontesció que, habiendo un día navegado al ueste y norueste, otro día, cuando amanesció, se hallaron todos los navíos adonde habían estado el día antes por la mañana, y fue la causa que las aguas corrientes que por aquella parte había, venían de hacia el puerto de Honduras y Caballos, las cuales corrían hacia aquella parte con gran velocidad, por lo cual, tornando a navegar, llegaron a una bahía que la mar hacía, a manera de laguna en la tierra, y tiniendo el piloto sospecha que era algún estrecho que apartaba y dividía la una tierra de la otra, porfió a entrar cuanto pudo con los navíos hasta que dieron en poca hondura, de manera que no pudieron pasar adelante, por lo cual, el Capitán mandó sacar algunos bateles y que en ellos fuese alguna gente a descubrir lo que de ahí adelante había. Fueron, y después de haber andado mucho, no descubrieron cosa notable, y, de cansados, se volvieron.

     Este ancón o bahía tan grande que apartaba aquellas dos tierras, dio ocasión a que después, tornando los nuestros a bojar aquella tierra, dixesen los pilotos que aquel ancón salía al Puerto Deseado, y así, dixeron que la tierra de Yucatán era isla y que aquella agua dividía las dos tierras, haciéndolas islas. A esta bahía llamaron los nuestros bahía de la Ascensión, porque en tal día llegaron a ella, y como se tuvo por entendido que aquel agua corría por mucha distancia, y que la tierra de Yuestán se acababa allí, acordaron todos de volver por donde habían venido e ir costeando toda la tierra de Yucatán; salieron con muy gran trabajo, porque casi estaban encallados los navíos. De allí, costeando la costa de Yucatán, volvieron a la isla de Cozumel, a la cual habían llamado la isla de Sancta Cruz, porque el día de Sancta Cruz de Mayo habían llegado a ella. Desde allí, tornando a navegar, atravesando la costa de Yucatán para verla y cercarla toda y saber lo que en ella había, llegaron a una punta que salía a la mar, sobre la cual estaba un edificio de cal y canto, que, saltando los nuestros en tierra, supieron ser un templo de grande devoción, donde venían a hacer oración y sacrificios mujeres de religión, por lo cual, el Capitán llamó aquella punta la Punta de las Mujeres. No faltó quien dixo que en aquella tierra había amazonas aunque los nuestros nunca las vieron, porque decían algunos indios que con la venida de los españoles se habían retirado la tierra adentro.

     Desde allí fueron navegando por la costa muchos días hasta que se vieron en gran nescesidad de agua, y queriéndola tomar, determinaron de acercarse a tierra, y porque hallaban siempre menos fondo, acordóse que fuesen delante los navíos más pequeños. Yendo así ya legua y media de la tierra, los navíos que iban delante comenzaron a rastrear por el arena y lama, tanto, que salía la señal arriba, por lo cual acordaron de dar la vuelta a la mar, pero no lo pudieron hacer con tanta presteza que primero no se vieron en muy gran peligro. Finalmente, saliendo con muy gran trabajo, tornando a seguir su camino costa a costa, llegaron donde el mar hacía una vuelta hacia la tierra, que parescía puerto, y allí, el piloto Alaminos, que fue el que había llegado allí con Francisco Hernández de Córdoba, reconosció ser la tierra de Campeche, de donde los indios habían echado a Francisco Hernández. Surgieron en aquella punta que hacía puerto, y aquel día todo y la noche siguiente el Capitán hizo sacar los bateles y que los Capitanes y personas principales de los otros navíos viniesen al suyo para tractar y comunicar lo que sería bien que se hiciese, y estando todos juntos, el Capitán les dixo así:

     «Señores y amigos míos: Ya veis la nescesidad grande que de tomar agua tenemos, y que estamos en tierra donde los moradores della son muchos y enemigos nuestros, como paresce por el mal tratamiento que hicieron al Capitán Alonso Hernández de Córdoba, como por sus ojos vio el piloto Alaminos, que está presente. Riesgo veo y peligro, de una parte y de otra, pero parésceme, salvo vuesto mejor consejo, que debemos antes rescebir la muerte de nuestros enemigos, procurando la conservación de nuestra vida, que de pusilánimos y flacos dexarnos morir de sed, pues no hay género de mayor cobardía que dexarse el hombre matar no haciendo la resistencia (aunque faltase esperanza de vencer) que es obligado en ley natural, y así, si, señores, os paresce, pues somos muchos más que los de Francisco Hernández, y no menos que ellos obligados a hacer el deber, yo determino que mañana, antes que amanezca, salgamos los que cupiéremos en los bateles, y puestos en tierra, inviaremos por la demás gente, y así, antes que los indios nos puedan ofender al desembarcar, sin ser sentidos, estaremos en tierra, puestos a punto para resistirles si nos acometieren.»

     Acabando de hablar el General, como los Capitanes y la demás gente principal tenían el mismo propósito que su caudillo, con alegre semblante vinieron todos en su parescer, y así, otro día, muy de mañana, se puso por obra lo que el General había ordenado.



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Capítulo V

Cómo Grijalva saltó en tierra y de lo que con los indios le avino.

     Otro día, bien de mañana, los nuestros, conforme a lo que el día antes se les había dicho, sacaron los bateles y pusieron los tiros en ellos. Entrado el General con los demás Capitanes y gente que supo a punto de guerra, saltaron en tierra, y, antes que fuese bien de día, los que quedaban en los navíos se juntaron con los que primero habían saltado, y así, todos juntos, se llegaron a un edificio, como teatro, que estaba cerca de la costa donde Grijalva quisiera que luego se dixera misa, porque el día antes había avisado a Joan Díaz, clérigo, que sacase el ornamento para cuando fuese menester, y como en aquel lugar, más que en otro, había aparejo para que todos oyesen misa, y entendió que el sacerdote se había olvidado de sacar el ornamento, riñóle con más cólera de la que fuera razón, diciéndole algunas palabras ásperas que a todos los de la compañía pesó y paresció mal, por lo cual paresce que permitió Dios que otro día, peleando con los indios, le dieron un flechazo en la boca que le derribaron tres dientes, y a no llevar cerrada la boca, como él confesó, le pasara la flecha; lo cual, entendiendo él que había sido por su pecado, como públicamente había afrentado al sacerdote, ansí públicamente, dando exemplo de hombre arrepentido, le pidió perdón, tratándolo de ahí adelante como lo deben ser los puestos en tal dignidad. Esto es lo más cierto que acontesció a Grijalva con el sacerdote en este lugar, y no en el que antes dixe, como algunos piensan. El sacerdote, pues, antes que otra cosa respondiese ni se hiciese, invió por el ornamento, y revestiéndose, comenzó la misa, al medio de la cual asomaron en gran concierto muchos escuadrones de indios, y marchando en son de guerra, llegaron a un tiro de ballesta del edificio donde la misa se decía. Los nuestros no se alteraron.

     Acabádose la misa, el Capitán hizo poner en orden su gente, con los tiros de campo delante, y deseando hablar con los enemigos de paz, fuese poco a poco hacia ellos, haciendo señales de paz. Como los indios vieron que los nuestros se iban acercando, ellos se fueron, poco a poco, retrayendo, hasta que los nuestros llegaron donde estaba un poco de agua muy buena, y como el intento de Grijalva y de los suyos era hartarse de agua y proveer los navíos della, mandó hacer alto, y así, bebieron todos hasta que se hartaron, porque la sed, con la falta de agua, había ido en aumento. Luego, como el Capitán vio que los indios no acometían, no quiso él acometerlos, para convidarlos a paz y amistad; antes, en el entretanto, mandó que se traxesen vasijas para llevar agua a los navíos, en lo cual se ocuparon aquel día y otros dos.

     Los indios, visto que los nuestros habían asentado junto a los pozos, pusieron su real cerca de una arboleda grande, un tiro de ballesta de los nuestros, y, según después paresció, tenían determinado de pelear con los nuestros, lo cual suspendieron hasta que llegaron tres o cuatro escuadrones de mucha gente que esperaban, por dar más a su salvo la batalla; pero no osando aún con esto determinarse, por ver que los nuestros se estaban en el lugar que habían tomado, pensando que debían de ser más de los que parescían, inviaron algunos indios, como espías, para que reconosciesen el lugar de los españoles y viesen cómo estaban fortalescidos y las armas y gente que había, a los cuales el Capitán y los demás, por su mandado, rescibieron y trataron muy bien, y dándoles algunas cosas de las de Castilla, les dixeron por señas que dixesen a su señor que ellos no venían a hacerles mal ni a quitarles sus haciendas, ni dar otra pesadumbre, sino tener su amistad y contratar con ellos, y a tomar de aquella agua que había en aquellos pozos.

     Los indios respondieron en pocas palabras, con muestra de enojo, que no había para qué. Al segundo día, perseverando en su propósito, inviaron tres o cuatro mensajeros, por los cuales dixeron al Capitán que qué hacían allí, que se fuesen; si no, que los echarían por fuerza. El Capitán respondió que en acabando de tomar el agua se iría, y que no rescibiesen pesadumbre si se detuviesen algún día en hacer el aguada, porque ya les habían dicho que no venían a hacerles enojo.

     Desta manera, fueron y vinieron tres o cuatro veces, llevando la misma respuesta al Capitán, hasta que, no pudiéndose ya sufrir los indios, no habiendo acabado de tomar el agua los nuestros, inviaron más mensajeros, diciendo que luego a la hora se fuesen, si no, que los matarían a todos. El Capitán respondió que ya acababan de hacer el aguada y que luego se irían, y volviéndose al escribano con quien solían hacer semejantes auctos, le pidió delante los Capitanes y otras personas, estando presentes los indios, le diese por testimonio que él y los suyos no venían a hacerles mal, y que si, defendiéndose, los ofendiesen, fuese a su culpa, porque él y los suyos no habían venido sino por agua y a contratar con ellos, si lo tuviesen por bien. Esto dio a entender el Capitán, lo mejor que pudo, a los mensajeros, y así, se fueron luego; incontinente vinieron otros con uno como brasero de barro, con lumbre y ceniza, do delante de los nuestros echaron cierto sahumerio que hacía mucho humo y olía bien, y, poniéndole cerca del Capitán, le dixeron: «Ios en el entretanto que este sahumerio se acaba, porque, donde no, moriréis luego.» El Capitán, viendo que ya se le iban desvergonzando, con rostro airado, les requirió delante el mismo escribano que estuviesen quedos y le dexasen acabar de tomar agua, pues estaban donde no les ofendían en cosa, y que él no se iría hasta que hubiese acabado de tomar el agua, pues era cosa que ninguna nasción la podía negar a otra no habiendo prescedido enemistad.



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Capítulo VI

De la batalla que Grijalva hubo con los indios y de lo que en ella pasó.

     Grijalva, viendo que los indios que habían traído el brasero, sin responder cosa con enojo se habían apartado y vuelto a los suyos, mandó que todos estuviesen a punto para cuando moviesen arma los contrarios, los cuales, estando muy atentos al acabar del humo, comenzaron a moverse en gentil orden, con denuedo grande de pelear, viniéndose poco a poco hacia los nuestros, tirando muchas piedras con hondas y arrojando varas y dardos. El Capitán mandó, so pena de muerte, que ninguno de los suyos se moviese hasta que él hiciese señal; y viendo que ya las saetas daban en el real y que no se debía sufrir sin que hiciese la resistencia debida, diciendo pocas palabras en alta voz, con que animaba a los suyos, dio a entender que peleaban para defenderse; y haciendo señal, mandó a Bernardino Vázquez de Tapia, su Alférez general, los acometiese. Dentro de poco espacio se trabó una brava batalla, que duró en aquel lugar do se juntaron más de dos horas.

     Los indios, como traían pensado, poco a poco peleando, se fueron retrayendo, a una arboleda, donde, como a celada, traxeron los nuestros, a los cuales, en breve espacio, cercó gran multitud de indios, los cuales hicieron notable daño en los nuestros. Aquí murió Juan de Guetaria, hombre de suerte, sabio y esforzado, cuya falta se sintió después mucho.

     El General, viéndose cercado y que de refresco acudían enemigos y que los suyos iban desfallesciendo, así por las heridas como por el cansancio, mandó cargar los tiros y recogió toda la más gente que pudo, con el Alférez general, al lugar donde él estaba, que era más conveniente para hacer daño en los enemigos, de adonde, animando a los suyos y diciéndoles que se acordasen que eran españoles, y que ya no peleaban por la honra, sino por la vida, acometió a los enemigos como si comenzara de nuevo, mandando soltar los tiros y tirar las ballestas.

     En este lugar dieron a Grijalva el flechazo que diximos en el capítulo pasado, sin otros que le hicieron mucho desangrar, porque los indios eran muchos, y en la parte donde estaban, más poderosos, a causa que detrás de los árboles se guardaban y flechaban a su salvo a los nuestros. Viendo esto el General y que si de allí no salía no podía escapar hombre de los suyos, tirando del Alférez, a grandes voces mandó a los suyos salir de aquella espesura lo mejor que pudiesen a lo llano; en lo cual los nuestros, como les era forzado volver las espaldas, iban con paso largo, no tiniendo lugar de ofender; recibieron muchas pedradas y flechazos hasta que salieron a lo llano, donde juntándose, hicieron alto, donde desde el arboleda no podían alcanzar los arcos. Estuvieron allí hasta cerca de la noche, defendiéndose, según algunos dicen, lo mejor que pudieron; aunque es opinión de otros, que estando puestos en aquel lugar los nuestros no fueron más acometidos de los indios, de los cuales hubo muchos muertos; de los nuestros algunos, y los demás en muchas partes del cuerpo heridos.

     Otro día, viendo el Capitán cómo los indios no salían a hacerle guerra, recogió su gente a par de los pozos, adonde se curó él y los demás heridos. Los Capitanes y otras personas principales, viendo que su General estaba tan mal herido, le rogaron muchas veces se metiese en un navío con algunos de los que tenían heridas peligrosas, y que en el entretanto que él y los demás heridos convalescían, ellos entrarían en el pueblo y harían todo el daño que pudiesen, para que de ahí adelante los indios no tuviesen atrevimiento de acometer a los españoles. El General, agradesciéndoles con buenas palabras su voluntad y celo, respondió que él no venía a vengar injurias ni a pelear con los indios, sino a descubrir aquella tierra, para que dando della noticia a Su Majestad proveyese cómo en ella se desarraigase la idolatría y otros pecados nefandos con que Dios era gravemente ofendido, y se plantase la fee católica; y así, luego en nombre de Su Majestad y para Su Majestad, delante del escribano, que se lo dio por testimonio, y de los demás que estaban presentes, por Diego Velázquez, que le había enviado, tomó posesión de aquella tierra; hecho lo cual, mandó que primero se embarcasen todos los heridos y después los demás, para que si los indios quisiesen acometerles, hubiese quien los pudiese resistir.

     El día antes que esto se hiciese, estando algunos de los nuestros en los navíos, acontesció que como estonces, siendo las aguas vivas, echaron las amarras cerca de la tierra en tres o cuatro brazas, y de ahí a poco comenzó la mar a menguar, quedaron los navíos casi en seco, acostados en la lama y arena, de manera que las gavias tocaban en el agua, lo cual fue gran confusión para los nuestros, porque a venir un poco de viento que levantara la mar, los navíos se hicieran pedazos y los nuestros quedaran aislados, puestos a gran riesgo, por estar tan heridos y tantos enemigos tan cerca, sin haber reparo alguno, adonde se acoger; pero como el otro día siguiente volvió pleamar, se tornaron a endereszar los navíos, poniéndose como estaban cuando surgieron; y así, porque otra vez no subcediese lo mesmo, mandó el Capitán que con los bateles y con las anclas los sacasen a la mar, lo cual se hizo con mucho trabajo.



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Capítulo VII

Cómo el Capitán y su gente se embarcó y de lo que después subcedió.

     Nadando ya los navíos en el agua que habían menester, el Capitán se embarcó con su gente, guiando su navegación por la costa, y nueve o diez leguas hacia Champotón, antes que llegasen a él, hallaron una gran bahía, donde se hacía una isleta, en la cual vieron un grande y sumptuoso templo, y por él algunos indios que debían ser sacerdotes. Hiciéronles señas que viniesen, pero, o porque no las entendieron, o porque no osaron, no vinieron. Veían los nuestros desde los navíos las casas del pueblo, algunas de las cuales eran sumptuosas, y un río que corría cerca dél. Quisieran los que venían sanos saltar en tierra, pero por estar herido el Capitán y otros muchos que aún no habían convalescido, temerosos no les subcediese alguna desgracia lo dexaron de hacer, y así siguieron su viaje sin entrar en Champotón, tomando la derrota que era menester para costear y descubrir la tierra. Siguiendo desta suerte su viaje, uno de los navíos comenzó a hacer mucha agua, de tal manera que a no hallar un puerto quince o veinte leguas de Champotón, peligraran los que iban en él; habíase maltractado cuando se trastornó con los demás en Campeche. En este puerto adereszaron el navío, porque tuvieron lugar de saltar en tierra sin contradicción de enemigos, a causa de unas arboledas que cerca estaban, las cuales tomaron por reparo.

     Adereszado el navío, el Capitán siguió su viaje, y porque había quedado concertado que Diego Velázquez, que los inviaba, despacharía otro navío con gente y bastimentos, para que hobiese oportunidad de poblar, y porque los que viniesen estuviesen avisados de que Grijalva y los suyos habían pasado por allí, hicieron unas letras en un árbol grande, y en un calabazo que colgaron del árbol pusieron una carta que decía el Capitán Grijalva había llegado allí y que iba adelante descubriendo tierra, con propósito de no volver allí hasta pasados dos meses; y fue así que el Gobernador Diego Velázquez despachó el navío y por Capitán dél a Cristóbal de Olid, el cual partió con mucha y buena gente, adereszado de armas, artillería y bastimentos, y no hallando rastro de Grijalva se volvió, lo cual fue causa que Grijalva no poblase en muchas partes que pudiera, porque el navío que esperaba había de traer la facultad para ello.

     A este puerto, donde Grijalva dejó estas señales llamaron los pilotos el Puerto Deseado, los cuales, tomando el altura del sol y del norte, se tornaron a rectificar que la mar de la bahía de la Apsención venía a aquel Puerto Deseado, afirmando que Yucatán era isla. Saliendo de allí, navegando y costeando la tierra, pasaron por unas bocas que la mar hacía en la tierra y dentro hacía grandes lagunas. A estas bocas llamaron los nuestros los Puertos de los Términos. Yendo así navegando, llegaron a la boca de un río grande que traía mucha corriente, tanto que por muy largo trecho metía el agua dulce en la mar. Entraron con los navíos en él con trabajo, y habiendo subido obra de media legua, descubrieron un pueblo, al parescer grande y de mucha frescura; surgieron allí, y poco después de estar surtos vinieron muchas canoas grandes llenas de indios bien adereszados con ricas mantas y armas muy lucidas, con vistosos plumajes en las cabezas, los arcos embrazados a manera de guerra.

     Como los nuestros desde los navíos se vieron rodear por todas partes de tanta gente que traía denuedo de pelear, sobresaltáronse algún tanto, y así se adereszaron todos para defenderse si fuesen acometidos; e ya que los indios se iban acercando, el General mandó que les hiciesen señal de paz y como que los llamaban para hablar con ellos. Los indios, entendida la seña, sin ningún recelo se juntaron con los navíos, del uno de los cuales el Capitán por señas dio a entender a una canoa donde venía con otros principales uno como señor, que fuese a la nao capitana, donde estaba el General, la cual salió luego de entre las otras, y por las señas que los otros navíos le hicieron llegó a la nao capitana, desde la cual el General y otros caballeros le mostraron mucho amor y dieron señas de tanta amistad, que aquel señor y los principales que con él iban subieron al navío, donde el General los abrazó y mostró cuanto él pudo el contento que tenía de verlos en el navío. Hízoles dar de comer y beber; regalólos mucho, y antes que se despidiesen, les dixo que él no venía a hacerles mal, sino a tener su amistad, y que en confirmación desto le rogaba rescibiesen aquellas camisas, ropas y otras joyas que les daba, para que tratando con los suyos les diese a entender que los hombres de España no eran tequanes, que quiere decir «crueles», porque tequán quiere decir «cosa brava», sino piadosos y amigos de hacer placer.

     Rescebidos los dones, los indios, a vista de todos los demás, muy alegres, volvieron a su canoa, a la cual siguieron todas las demás y rodeándola estuvieron todas paradas un gran rato para saber de aquel señor y sus compañeros lo que habían pasado con el General; acabada su plática, que no tardó mucho, todos juntos se fueron al pueblo. Lo que della resultó paresció luego por la obra, porque otro día vinieron algunos indios muy bien adereszados, los cuales, con mucho comedimiento y amor, dieron al General algunos plumajes ricos y otras cosas de estima que había en su tierra, a los cuales Grijalva rescibió con muy alegre rostro, mandándoles dar de comer y beber y algunas ropas de seda, que los indios tuvieron en grande estima; e ya que se querían despedir, les dixo que ellos traían alguna nescesidad de comida, que si no les daban enojo, saltarían en tierra, para que por rescate se la diesen. Los indios respondieron que su señor no rescibiría pena dello, pero que esperasen, que otro día volverían con la repuesta.



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Capítulo VIII

Cómo vino el señor de aquellos indios a la nao capitana y de lo que luego pasó.

     Vueltos los indios con gran contento y alegría, así por los preciosos dones que llevaban como por el amor con que el General y los suyos los habían tratado, entraron acompañados de muchos indios que los estaban esperando a la lengua del agua, adonde estaba su señor, al cual, muy alegres, dando la embaxada del Capitán con la reverencia y cerimonias que suelen, pusieron los dones y presentes delante de su señor, el cual, como después se supo y paresció por la obra, los tuvo en mucho, por ser cosas jamás vistas en su tierra; y aunque bárbaro, no queriendo que en liberalidad y magnificencia los extranjeros le hiciesen ventaja, adereszándose lo más ricamente que él pudo, acompañado de los principales de su tierra y casa, también conforme a su calidad vistosamente adereszados, con gran ruido y armonía de música de caracoles y otros instrumentos, entró en las canoas, llevando consigo presentes de oro, plata, piedras y plumas y mucha cantidad de comida. Grijalva, como vio que se acercaban y que venían magnifestando mayor amistad, mandó se tocasen en todos los navíos los atambores y pífaros, de lo cual el señor del dicho pueblo no rescibió poco contento. Grijal va antes desto tenía proveído cuando vio salir al señor para los navíos, que todos se adereszasen lo más lucidamente que pudiesen, y los Capitanes de los otros navíos con algunos de su Capitanía se viniesen a la capitana para que con mayor auctoridad rescibiesen a aquel señor que con tanta majestad venía.

     Subió el señor, que los indios llaman cacique, a la capitana con gran estruendo de música de los nuestros y de los suyos, abrazáronse los dos con grande amor, y tomando el General por la mano al cacique le truxo por el navío, mostrándole cosas que él no había visto, al cual todos los demás Capitanes y personas principales, como estaba ordenado, hablaron con grande amor y él a ellos. Las otras personas principales que con el cacique entraron, del General y Capitanes fueron tractados como su calidad pedía. El cacique, acabando de ver lo que en el navío había, con grande comedimiento echó a la garganta del General una cadena de rosas y flores, muy olorosas, y púsole en la mano una flor compuesta de muchas flores, que ellos llaman suchil; púsole en los molledos de los brazos, a su costumbre, dos grandes axorcas de oro; dióle piedras y plumajes ricos, mandando poner luego delante dél muchas aves, tamales, frisoles, maíz y otras provisiones de comer, con que no poco se alegró el General y su gente. Esto así hecho, tornando el General a abrazar al cacique, le hizo sentar en una silla de espaldas y poner luego dos mesas, la una para donde él y el cacique solos comiesen, y la otra para sus Capitanes e indios principales que el cacique traía. Comieron todos con mucha alegría. Acabada la comida, el cacique, agradesciendo la honra que se había hecho, dixo al General que el día pasado ciertos criados suyos le habían dicho que su merced quería saltar en tierra, y que para ello le habían pedido su licencia; que él y todos los suyos estaban a su servicio, que viniese norabuena, porque él y los suyos sabían que en hospedar a personas de tan buen corazón hacían servicio a sus dioses, y que no podían creer sino que gente tan buena fuese hija del sol.

     Dichas estas y otras muchas sabrosas palabras, que por señas entendían los nuestros, el General le dio algunas cosas que aunque no eran de mucha estima, por ser extrañas, él las tuvo en mucho, y con esto le dixo que le agradescía mucho tan buena voluntad, la cual pagaría más largamente cuando por allí volviese, porque le parescía que era merescedor, por su mucha bondad, de que se le hiciese todo servicio.

     Acabados estos y otros comedimientos, porque ya era hora, mandó el General echar los bateles al agua, donde entraron todos los que cupieron. El General se metió en un batel con los Capitanes y el señor con sus principales en su canoa, y así juntos, acompañados de todos los demás, con mucha música, saltaron en tierra, donde luego, dándolo por testimonio un escribano, tomó posesión en nombre de Su Majestad, por Diego Velázquez, de aquella tierra.

     Llamábase el pueblo Potonchan, y la provincia Tabasco, cuyo río se llamó de ahí adelante de Grijalva por haber entrado en él el General Joan de Grijalva. Hecho este aucto, el General con los suyos fue a la casa del cacique, que era muy sumptuosa, en la cual fue muy festejado, donde en el entretanto dio a entender al señor cómo hacia el occidente, muy lejos de allí, había una gran tierra que llamaban España, cuyo Rey era muy poderoso, así por la mucha gente que tenía, como por los grandes heberes y provincias que poseía, y que ellos eran sus vasallos inviados por él a descubrir aquellas tierras y tractar con los moradores dellas y enseñarles cómo no se había de creer en las piedras ni animales, ni en el sol, ni en la luna, que ellos falsamente tenían por dioses, sino en un solo Dios hacedor y criador del cielo y de la tierra, al cual los españoles y cristianos adoraban, y que esto lo entendería adelante con la comunicación y amistad que tendría con los españoles.

     El cacique, que debía de ser de buen entendimiento, respondió que el Rey de los nuestros debía de ser, como el General decía, muy poderoso, pues tenía vasallos tan fuertes que osasen, siendo tan pocos, venir a tierras extrañas, llenas de tantas gentes, que para uno dellos había más de tres mill; e que pues decía que había de volver por allí, que él holgaba mucho dello para entender dél como de su amigo aquella nueva religión y adoración de un solo Dios que le decía, y que paresciéndole tal, dexaría la suya, porque verdaderamente entendía que aquellos sus dioses eran muy feos y crueles, pues les pedían sacrificios de hombres y mujeres.

     No poco contento el General con la respuesta del cacique, con lágrimas y otras muestras de mucho amor se despidió dél y se tornó a embarcar, acompañándole el cacique y principales hasta que se metió en el batel, desde el cual se tornó a despedir tan amorosamente como de antes.



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Capítulo IX

Cómo Grijalva se tornó a embarcar y costeó la tierra y de lo demás que le acontesció.

     Embarcados que fueron los nuestros, comenzaron a navegar costeando la tierra, cerca de la cual, andadas quince leguas, llegaron a la boca de un río que parescía grande, el cual, porque tenía muchas palmas, llamaron de ahí adelante el Río de Palmas, y pasando adelante, de trecho a trecho, vieron muy cerca del agua unos bultos grandes y blancos que parescían humilladeros o oratorios. Deseando saber el General qué cosa fuesen, mandó a Bernardino Vázquez de Tapia, su Alférez general, y a otro hombre de cuenta que saltasen en un batel y entrando en tierra viesen qué eran aquellos bultos que tanto campeaban; y haciéndolo, vieron que eran unos edificios hechos de maderos y ramas muy texidas a manera de tolvas de molinos, a los cuales edificios se subía por unas escalerillas muy angostas; estaban casi llenos de arena, hecho en medio un hoyo, el cual los moradores de aquella tierra henchían de agua de la mar, la cual con el gran sol que por allí hace, cuajándose se volvía en sal muy buena y de muy buen gusto; gastábase mucho la tierra adentro. Prosiguiendo la navegación, vieron los nuestros muchos ríos, y algunos dellos muy caudales, que entraban en la mar, y todos los días, en poniéndose el sol, si la costa era limpia, surgían en ella, y si no había buen surgidero, metíanse en la mar, poniéndose al reparo.

     Fue cosa maravillosa, como después acá ha parescido, que siendo, como es, aquella costa tan brava y tan peligrosa, que ningún navío osa en este tiempo llegarse a la costa que no perezca, estonces, navegando y surgiendo tan cerca della por tantos días, ninguno peresció, habiéndose perdido después acá muchos, lo cual es gran argumento de que Dios allanaba las esperezas y quitaba los peligros para que su sancto Evangelio fuese predicado en tierras tan extrañas, donde el demonio por tantos años había tiranizado aquellas miserables gentes.

     Prosiguiendo su viaje, pasaron cerca de unas sierras, cuyas grandes peñas daban en la mar; parescíanse entre sierra y sierra unas tierras de gran frescura y de hermosas arboledas y bocas de ríos que, con gran copia de agua, entraban en la mar. Veíanse asimismo, desde las gavias de los navíos, la tierra adentro, otras muy grandes sierras, y lo que era llano muy fresco. De ahí a pocas leguas, yendo navegando un día, vieron por delante islas y arrecifes que se hacían en la mar a una parte y a otra por donde navegaban, por lo cual les era forzado ir sondando con cuidado de no dar en algún baxo. Yendo así, no lexos de las naos, vieron dos o tres canoas con indios que andaban pescando; el General, como los vio, mandó saltar en un batel al Alférez con otros de la compañía, para que, dando caza a las canoas, tomase alguna dellas; salió luego otro batel para atajarlas que no se fuesen, y así, se dieron tanta priesa, que aunque las canoas huían mucho, en breve tiempo, se fueron acercando a ellas. Los indios, viendo que no se podían escabullir, dexando de remar, tomando unas navajas de pedernal que traían en las canoas, comenzáronse a sacrificar, sacándose sangre de las orejas, narices y lengua y de los muslos y otras partes del cuerpo, ofresciendo la sangre que salía al sol, creo que ofreciéndose a él como a su dios y defensor, puestos en aquel peligro. Este fue el primero sacrificio de sangre que los nuestros vieron en esta tierra. Tomaron los de los bateles una o dos canoas y piedras verdes y azules de poco valor. Estas señales y derramamiento de tanta sangre dio ocasión a que los nuestros llamasen a aquella isla Isla de Sacrificios. Está de la tierra firme un cuarto de legua. No hallando en ella persona viva de quien pudiese informarse, otro día determinó el General de saltar en tierra con los bateles; los indios, con las buenas nuevas que los indios de las canoas les habían dado, sin ningún recelo vinieron a ver al Capitán, trayéndole alguna comida y fructas, lo cual fue gran refresco para los nuestros, porque tenían ya gran nescesidad de mantenimientos. Estuviéronse todo aquel día cerca de una boca de un río pequeño, de agua muy buena, que entra en la mar, donde algunos se lavaron y otros nadaron, no hartándose de aquella agua por la nescesidad grande que della otras veces habían pasado. A puesta del sol se volvieron a dormir a los navíos.

     Otro día, el General, saltando en tierra, mandó llevar muchas ropas, joyas, piedras, cuentas y otras cosas de mercería para rescatar y descubrir si los indios tenían oro o plata y piedras presciosas, puestas estas cosas de rescate sobre unas mesas, para que los indios las pudiesen ver y rescatar las que quisiesen. Llegaron muchos dellos que, así por la buena conversación que hallaron, como por lo que aquellas cosas tan nuevas a sus ojos les contentaban, comenzaron a rescatar algunas dellas, dando en pago unas hachas de Chinantla, que son de cobre que reluce como oro, de las cuales, creyendo Grijalva que era oro baxo, tomó muchas, aunque dicen algunos que ciertas dellas tenían calzados los filos con oro; rescató asimismo otras cosas de pluma y algodón y algunas piedras que los indios llaman chalcuites. Llegó Grijalva a aquella isleta día de Sant Joan, y como, preguntados los indios cómo se llamaba aquella tierra, respondieron que Ulua, llamaron al puerto Sant Joan de Ulua.

     Habiendo Grijalva rescatado las cosas que dixe, creyendo ser las hachas de oro baxo, y que conforme a la muchedumbre que dellas tenía, no podía dexar de volver muy rico, trató de volverse luego sin poblar, como aquel que no había conoscido su buena ventura, y así, otro día llamando los Capitanes y personas principales, les habló en esta manera:

     «Señores y amigos míos: Entendido tengo que entre nosotros hay dos paresceres; el uno contrario del otro, porque algunos de vosotros sois de parescer que, por las buenas muestras que hay en esta tierra, poblemos en ella, inviando alguna persona a Diego Velázquez para que nos invíe más gente y bastimentos; otros, decís que no traigo poder para poblar, sino para descubrir, y que a eso venistes, y no a otra cosa, y que pues esto está hecho, que os queréis volver a Cuba, donde tenéis vuestros indios y haciendas, y que si, volviendo, os paresciere acertada la jornada, daréis la vuelta conmigo, como lo habéis hecho. Cierto, no puedo. dexar de estar dubdoso y perplexo entre dos paresceres tan diversos, pues cada uno dellos paresce tener razón. Mi parescer es, salvo el vuestro, que, pues Diego Velázquez no ha inviado a Cristóbal de Olid, como prometió, que debe de querer que nos volvamos y que no poblemos hasta que vea la relación que llevamos. Estos indios son muchos y están en su tierra proveídos de lo nescesario; nosotros estamos en el ajena, faltos de bastimentos y armas, y no tantos cuantos seríamos menester. Podría ser que, como gente tan diferente de la nuestra, el día que nos vean hacer asiento piensen que les queremos quitar la tierra, y así, se levantarán contra nosotros, y el negocio de la población no tendrá firmeza.»

     Acabada esta plática, Alonso de Ávila y Pedro de Alvarado, que eran de parescer contrario del de Grijalva, rogándose el uno al otro para que respondiese, después de hecho su comedimento, Pedro de Alvarado dixo así: «Entendido tenemos todos, señor y valeroso Capitán nuestro, que con todo cuidado habrá vuestra merced mirado este negocio, y que en él hay tanta dificultad como paresce, por lo que vuestra merced nos ha dicho; pero como ninguna cosa haya tan dubdosa ni perplexa que por entrambas partes tenga igual contradicción, y ninguna tan cierta que no pueda, en alguna manera sen contradicha, debemos siempre, los que consultamos, tener cuenta con el provecho, si va acompañado con hacer el deber, y así, aunque haya algunos inconvenientes, si lo que se hace vale más, no se ha de tener cuenta con ellos. Esto digo, porque aunque expresamente Diego Velázquez no dio licencia para poblar, tampoco lo prohibió, sino que, a la partida, delante de los más de nosotros dixo: «Ya sabéis, Grijalva, cuánto importa este descubrimiento; hacerle heís con todo cuidado, y dél me daréis relación, y, sobre todo, os encomiendo que, visto lo que subcediere, hagáis en todo como yo haría si presente fuese». De las cuales palabras se vee claro que no ató a vuestra merced las manos para no poder hacer asiento en esta tierra, que tantas muestras ha dado de riqueza, cuanto más que, aunque expresamente lo vedara, ni Dios ni Su Alteza del Rey, nuestro señor, dello serán deservidos; porque muchas veces acontesce que cuando se hace la ley es nescesaria, y andando el tiempo, según lo que se ofresce, no hace mal el que la quebranta, porque el principal motivo della es el bien común, y cuando falta y se sigue daño, cesa su vigor, y cerca desto, si apretamos más el negocio, ¿qué pesar puede rescibir Diego Velázquez poblando por él, en nombre de Su Alteza, pues el descubrimiento se encamina para esto? A lo que vuestra merced dice que somos pocos y que los indios son muchos, y que los más de nosotros desean volver a Cuba, no hay que parar en esto, pues estando conformes, pocos valemos por muchos, y no somos tan pocos que, inviando luego mensajero a Diego Velázquez, no nos podamos entretener, aunque durase la guerra un año, la cual tengo entendido que no habrá, porque si los indios, con el buen tractamiento que en tan pocos días les hemos hecho, nos tienen tanta voluntad, ¿qué harán cuando por muchos les hiciéremos buenas obras?, pues el amistad no se conserva sino con buenas obras y largo tiempo en el deseo de los de contrario parescer. Lo que se puede responder es que, asentado vuestra merced y nosotros, mudarán parescer, o por vergüenza o por no poder ser de los primeros en esta conquista, Y si algunos hobiere que todavía porfíen en irse, vayan con Dios y sirvan de mensajeros, que no serán tantos que nos puedan hacer falta.»

     Acabada esta plática, Alonso Dávila y los demás Capitanes dixeron que eran de aquel parescer si su merced venía en él; pero como Grijalva pensaba que estaba rico con las hachas de rescate, y tenía algunos al oído, que le decían que con el haber que llevaba podría descansar en Cuba, o volver a la misma empresa con más pujanza, replicó desimuladamente que miraría el negocio y haría lo que conviniese.



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Capítulo XI

Cómo Grijalva se embarcó y partió para la isla de Cuba.

     Grijalva, aunque los más y más principales de su exército eran de parescer que se poblase, por haber hallado tanta comodidad, se entró aquel día en los navíos con otra ocasión de la que parescia, y a la media noche dixo al piloto mayor, Alaminos, que alzasen anclas y se hiciesen a la vela. Lo que cerca desto algunos dicen es que, aunque topó con su buena ventura, no la conosció, dexándola ir de entre las manos para Hernando Cortés, de cuyos valerosos hechos será lo principal desta historia. En esta jornada no subcedió cosa que de contar sea, porque no veía Grijalva la hora de llegar a Cuba, pensando que iba muy rico y que había hecho mucho en llevar tan buenas y tan ricas muestras de la tierra, para dar nuevas de las cuales se adelantó Pedro de Alvarado, y llegó por tierra primero un Joan de Cervantes, que había visto venir la flota, el cual dio nueva a Diego Velázquez de la venida de la flota de Grijalva. Pesó mucho desto, como era razón, a Diego Velázquez, y más cuando supo que los más del exército habían sido de parescer que se poblase y que hubiese sido tan para poco su sobrino que no lo hubiese hecho, pues había llevado tantos y tan buenos caballeros, y la tierra que había descubierto era tan aparejada para ello, y así, antes que Pedro de Alvarado llegase, publicó luego que tenía determinación, como lo hizo, de tornar con más pujanza a armar otra flota y gastar en ella toda su hacienda y la de sus amigos, para lo cual comenzó a tractar con Andrés de Duero, que era muy su amigo y hombre de mucha cordura, a quién sería bien encargar la jornada, para que con honra saliese con la empresa, porque, como por el subceso había parescido, Francisco Hernández de Córdoba, aunque valiente y animoso, había sido desgraciado, y aunque quisiera, por la poca gente que llevaba, no podía poblar, y Grijalva, aunque pudo, no se atrevió.

     En el entretanto que él con Andrés de Duero tractaba este negocio llegó Pedro de Alvarado y luego Grijalva, los cuales luego inviaron las muestras de la tierra descubierta, que eran las hachas que deximos, cotaras, plumajes, ropas de pluma y algodón y algunas joyas de oro y plata, las cuales muestras, como pusieron nuevo ánimo a Diego Velázquez para hacer nuevo gasto, así le acrescentaron el enojo contra Grijalva; y como el que entendía que en el esfuerzo y prudencia del General consistía el buen subceso de lo que emprendía, puso al principio los ojos sobre dos o tres caballeros, que el uno se llamaba Vasco Porcallo y el otro Diego Bermúdez y el otro Garci Holguín, de lo cual no poco se agravió Pedro de Alvarado, porque dixo que si no le hacían General no volvería a la jornada, aunque después, por medio de Andrés de Duero, tornó a ella, por ser, como había visto, digna de emplearse en ella cualquier hombre de valor.

     La elección de uno destos caballero se estorbó por las envidias Y emulaciones que entre ellos había y porque Diego Velázquez se recataba de lo que le subcedió con Hernando Cortés, no se le alzasen con la gobernación de la tierra, de la cual los Reyes Católicos, por sus cédulas y provisiones le habían hecho Adelantado, dando licencia los flaires jerónimos para que armase y descubriese y de lo así poblado tuviese cierta parte, comenzó a comprar navíos y a hacer otros muchos gastos, en los cuales, como después paresció en las cartas de pago, dicen que gastó con la ayuda de sus amigos, más de cien mill ducados. Ya que en el puerto había doce muy buenos navíos y la munición y lo demás nescesario para la navegación, tornó a pensar a quién encomendaría tan importante negocio, que con fidelidad, esfuerzo y seso le acometiese y saliese con él; y como en los negocios de dubda aprovecha mucho un buen tercero, Andrés de Duero, que era grande amigo de Hernando Cortés, y le favorescía y ayudaba cuanto podía, porque había conoscido dél que tenía aquellas partes que eran nescesarias para emplearle en tan buen negocio, dicen que de secreto dixo a Diego Velázquez que ninguno otro convenía que fuese por General sino Hernando Cortés, porque los demás caballeros parescían bulliciosos y entre ellos había grandes competencias sobre quién iría; e que yendo alguno dellos, se habían de quedar los demás, que no habían de dexar de hacer falta; y que yendo, había de haber disensión y desgracias, y que ninguno dellos estaba tan obligado a servirle como Hernando Cortés, por haberle siempre honrado y puesto en cargos y haberle casado y hecho Alcalde, y que en todo lo que se había ofrescido, había mostrado ser bien bastante para aquella jornada, y que por estas y otras razones que él sabía, no debía a otro que a Cortés confiar la jornada.



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Capítulo XII

Cómo Diego Velázquez, persuadido por Andrés de Duero, eligió por General de su armada a Fernando Cortés y lo que dellos se dixo.

     Diego Velázquez, visto que las razones de Andrés de Duero, de quien él tanto crédicto tenía, eran bastantes, a su parescer, según en aquel tiempo estaban las cosas, determinó de elegir a Fernando Cortés por Capitán General de la Armada; y así luego, antes que con él hiciese las capitulaciones, le mandó pregonar por General con trompetas y atabales. Oído por todos los vecinos de Sanctiago de Cuba el pregón, no faltó quien, pronosticando, dixo a otros en la plaza: «Diego Velázquez ha elegido por General del Armada a Hernando Cortés; él le echará el agraz en el ojo», y así luego, acabadas de firmar las capitulaciones, dio a entender no haberse engañado el que dixo aquello. Comenzó Cortés a hablar a muchos, convocó a otros, así en secreto como en público, haciendo a cada uno grandes promesas y no pudo recatarse tanto, aunque era muy avisado, que no descubriese algo de lo que tenía en su pecho, que venido a noticia de Diego Velázquez, no le hizo buen estómago, principalmente que Andrés de Cuéllar, hombre ya anciano y deudo de Diego Velázquez, le había dicho, luego como supo la elección: «Hijo, mal habéis hecho, porque con quien habéis tenido enojo, no debíades tractar negocio en que después se pueda vengar, porque los hombres, por hacer su provecho, no tienen cuenta con muchas obras buenas, si hay alguno que haya dado desgusto.

     En el entretanto que estas cosas se decían, Hernando Cortés adquería amigos, gastaba lo que tenía, y aun se empeñaba, porque sabía que en la guerra cuando gasta el Capitán es amado y tenido y hace las cosas a su gusto. Pasaron en esto veinte y cinco días, e ya que la gente estaba hecha y todo a punto, quiso Diego Velázquez revocar lo hecho y señalar a Alonso de Mendoza, compañero en el cargo de Alcalde de Hernando Cortés. Entendiendo esto Cortés, hizo que no lo entendía, y dióse toda la priesa que pudo, haciendo Alférez general de la gente a Villarroel, que después se llamó Antón Serrano de Cardona; hizo que se hiciese alarde de los que al presente estaban en Sanctiago de Cuba, sacando de repente, sin comunicarlo con Diego Velázquez, una bandera muy hermosa, la cual con atambor y pífaro llevó arbolada Villarroel.

     Juntáronse cincuenta hombre de pie y de caballo; difirió Cortés el dar de los demás cargos hasta que estuviesen en la Habana; fuese con esta gente, galanamente adereszado en calzas y en jubón, con la espada en la cinta y una ascona en la mano, al son del atambor, marchando hacia la iglesia, donde diciendo la misa un flaire llamado Fray Bartolomé de Olmedo, de la Orden de la Merced, bendixo la bandera, lo cual hecho, se volvieron en ordenanza a casa de Cortés, donde estaba adereszado para todos muy bien de comer; gastaron todos los soldados aquel día en jugar y en otros pasatiempos hasta la noche, que Cortés les dio una cena tan espléndida como había sido la comida; al cabo de la cual, trabándose entre ciertos soldados una pendencia, mataron a un hombre que se decía Joan de la Pila, carpintero de ribera, el cual había de ir en el Armada: estuvo tendido en el suelo sin que nadie le alzase ni hiciese alboroto, hasta que a las dos de la noche, Cortés, con toda la gente que había en su casa se fue a la iglesia, y acabando de oír misa del mismo flaire, a las tres de la mañana, tomando consigo veinte soldados se fue a la casa de Alonso de Mendoza, y llamando a la puerta dixo a los que le respondieron: «Llamad acá al señor Alonso de Mendoza, que le quiero hablar.» Dende a poco salió Alonso de Mendoza armado con una hacha encendida delante; mandó abrir la puerta, saludáronse amigablemente, apartáronse a solas y hablaron más de una hora en secreto. Créese que lo que con él tractó fue decir que Diego Velázquez estaba arrepentido y que no sabía por qué; que él no dexaría la jornada, porque su corazón le daba que había de ser muy próspera y que había de tener muy buen fin; y que si en algo se pusiese Diego Velázquez, que le suplicaba, pues era Alcalde y compañero, le favoresciese, porque adelante se lo pagaría. Estas y otras palabras se cree que Cortés dixo a Alonso de Mendoza, por otras que él después dixo a algunos de sus amigos.



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Capítulo XIII

Cómo Hernando Cortés se hizo a la vela, y de la plática que hizo a sus soldados.

     Vuelto Cortés a su posada, no con poco contento de lo que había tractado con Alonso de Mendoza, estando juntos todos los soldados, que serían hasta ochenta, rogándoles que con cuidado le oyesen, les habló desta manera: «Señores y amigos míos: Sí tuviésedes como yo entendido la buena dicha y ventura que en esta jornada que emprendemos se nos promete, ninguna habría de vosotros que ya no le pesase de estar más aquí, porque aliende de lo que vosotros sabéis de la riqueza y prosperidad de aquella tierra que Francisco Hernández y Joan de Grijalva dexaron para nosotros, hay otras muchas razones que os deben mover para embarcarnos muy contentos: primeramente, ser los primeros que, poblando, plantaréis la fee católica y pondréis en policía aquella gente bárbara, que es tanta en número que no se puede numerar; Su Majestad del Rey, nuestro señor, tendrá cuenta con vuestras personas como con primeros conquistadores; daros ha renta, haceros ha señores, de vasallos y honraros ha, como confío que hará, cuando sepa vuestros señalados servicios. Esta isla está ya tan llena de gente, que para vuestras personas no hay lo que mereséis; razón será que, como valerosos, busquéis vuestra fortuna y os enseñoréis della, que yo hallo que muchas veces acude y responde a los buenos pensamientos cuando por los medios que convienen se ponen por obra; navíos tenemos y todo, lo nescesario para la jornada; no falta sino que con alegre ánimo acometamos este negocio; conoscido me tenéis en paz y en guerra, que con mi poca posibilidad no os he faltado; menos os faltaré ahora, pues tengo más poder para haceros mejores obras e yo más nescesidad del ayuda de vuestras personas, que yo no puedo pelear más de por un hombre; y si con alguna razón vosotros tenéis contento de llevarme por vuestro caudillo, mucho mayor le tengo yo de llevaros por compañeros, pues sé que ni en fidelidad ni esfuerzo, que son dos cosas principales en el buen soldado y con las cuales la guerra se hace dichosamente no debéis dar ventaja a otros muchos. Diego Velázquez, por ruines terceros desconfía de mí, y no tiene razón, porque mi intento es de servir a Dios y al Rey, como leal vasallo; y que en esto yo me quiera adelantar, no debe pesar a alguno. Si a la partida, que será luego, hobiere algún estorbo, estad advertidos que no habéis de consentir que de las manos se os vaya la buena ventura.»

     Acabada esta plática, el Alférez y otros principales, en nombre de los demás, le dieron las gracias, y lo que le respondieron en pocas palabras, decía así: «Señor y Capitán nuestro: Ni queremos ser soldados de otro, ni que otro sea nuestro Capitán; y pues decís, como lo entendemos, que emprendemos negocio en que tendremos buena dicha y ventura, comenzadle vos primero, como caudillo nuestro, y salgamos ya de aquí para donde nuestra buena ventura nos llama.»

     Dichas estas palabras, Hernando Cortés salió de casa, en la delantera, con su gente en orden, que le seguía; baxó por una cuesta abaxo que daba en la lengua del agua, en la cual estaban ya esperando los bateles; mandó que se embarcasen poco a poco, e ya que los más estaban embarcados, que no quedaban con él sino cinco o seis soldados, llegó Diego Velázquez, caballero en una mula, con cuatro mozos de espuelas españoles y la color algo mudada; aunque él se reportó cuanto pudo, dixo a Cortés: «Hijo, ¿qué es esto que hacéis?; ¿qué mudanza es ésta?; ¿para qué os embarcáis sin tener pan y otras cosas nescesarias para la jornada? Deteneos, por vida vuestra, hasta mañana, que de mis estancias se traerá pan y carne y lo demás que menester fuere, porque no querría que vos y los que con vos van padesciesen nescesidad.» Cortés le respondió, con determinación de no volver atrás, atendiendo al fin con que Diego Velázquez le rogaba que se detuviese: «Señor, beso a vuestra merced las manos, que no hay al presente tanta nescesidad, porque los navíos están bien proveídos, y donde yo voy no padecerán mis soldados nescesidad, que bien sabe vuestra merced que para mí y para ellos lo sabré buscar.» Calló Diego Velázquez, no sabiendo qué se hacer, y porque no se le desmandase Cortés, no le replicó.

     En esto llegó el batel de la capitana, y entrando en él con los soldados, quitando el sombrero a Diego Velázquez, le dixo: «Señor, Dios quede con vuestra merced, que yo voy a servir a Dios y a mi Rey, y a buscar con estos mis compañeros mi ventura.» Así se metió en la capitana, y Diego Velázquez, muy enojado, aunque lo disimuló cuanto pudo, se volvió a su casa. Cortés luego se metió a la mar, mandando soltar un tiro, que era señal para que todas las demás velas, que eran doce entre chicas y grandes, hiciesen lo mismo y, siguiéndole, se juntasen con él. Y porque Gómara, que siguiendo, a Motolinea, dice, por no haber sido bien informado ni vio, como yo, las capitulaciones que entre Diego Velázquez y Cortés se hicieron, que Hernando Cortés iba por compañero y no por Teniente de Diego Velázquez, y que había gastado con Diego Velázquez mucha cantidad de pesos de oro, para hacer lo que debo a la verdad de la historia, y para que conste el gran valor de Hernando Cortés, pondré al pie de la letra las capitulaciones que con él hizo Diego Velázquez, y pues en el discurso de todo lo de adelante tengo de tener principal cuenta con tan excelente Capitán, antes que prosiga su navegación y jornada, diré quién fue y las cosas que le acontescieron en Cuba, para que, como yo le oí muchas veces decir, los hombres entiendan que después de Dios, de su buen seso, diligencia y valor, han de hacer caudal para venir a ser estimados, como ello fue, no estribando, como algunos hacen, en la virtud ajena; pensando por ella merescer la gloria que por ella alcanzó el que primero la tuvo.



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Capítulo XIV

Del treslado de las capitulaciones que entre Diego Velázquez y Hernando Cortés pasaron.

     Y porque el que leyere esta historia, llegando a este capítulo, no juzgue atrevidamente, paresciéndole que me contradigo, es de saber que aunque en lo que antes tengo escripto dixe que las capitulaciones e instruición que Diego Velázquez hizo con Hernando Cortés fue después que tuvo nueva de un Joan de Cervantes y de Pedro de Alvarado de la venida de Grijalva, pasa así que creyendo Diego Velázquez, como paresce por la cabeza desta instruición, que la armada de Grijalva debía estar en algún riesgo, determinó de proveerla con la que luego armó con Hernando Cortés, y al mismo tiempo que se hizo esta instruición Pedro de Alvarado estaba ya en la costa de Cuba; de manera que cuando esta instrucción se publicó, como dixe, ya había nueva de la venida de Grijalva, aunque cuando se ordenó estuvo secreta; que de lo uno a lo otro hubo muy pocos días. Dice, pues, la instruición así:

     «Por cuanto yo, Diego Velázquez, Alcaide y Capitán general e Repartidor de los caciques e indios desta Isla Fernandina, por Sus Altezas, etc., invié los días pasados, en nombre y servicio de Sus Altezas, a ver y bojar la isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, que nuevamente había descubierto, y a descubrir lo demás que Dios Nuestro Señor fuese servido, y en nombre de Sus Altezas, tomar la posesión de todo, una Armada con la gente nescesaria, en que fue y nombré por Capitán della a un Joan de Grijalva, vecino de la villa de la Trinidad desta isla, el cual me invió una carabela de las que llevaba, porque hacía mucha agua, y en ella cierta gente que los indios en la dicha Sancta María de los Remedios le habían herido, y otros adolescidos, y con la razón de todo lo que le había ocurrido hasta otras islas e tierras que de nuevo descubrió; e la una es una isla que se dice Cozumel, y le puso por nombre Sancta Cruz, y la otra es una tierra grande que parte della se llama Ulúa, que puso por nombre Sancta María de las Nieves, de donde me invió la carabela y gente y me escribió cómo iba siguiendo su demanda, principalmente a saber si aquella tierra era isla o tierra firme, e ha muchos días que de razón había de haber sabido nuevas dél, hasta hoy no se sabe, que debe de tener o estar en alguna extrema nescesidad de socorro; e asimismo, porque una carabela que yo invié al dicho Joan de Grijalva desde el puerto desta ciudad de Sanctiago, para que con él y la Armada que llevaba se juntase en el puerto de Sant Cristóbal de la Habana, porque estuviese muy más proveído de todo, y como al servicio de Dios y de Sus Altezas convenía fuese, cuando llegó adonde pensó hallar al dicho Joan de Grijalva, no le halló porque se había hecho a la vela y era ido con toda el Armada, puesto que dexó aviso del viaje que la dicha carabela había de llevar; y como la dicha carabela en que iban ochenta o noventa hombres, no halló la dicha Armada, tomó el dicho aviso y fue en seguimiento del dicho Joan de Grijalva; y según paresce y se ha sabido por relación de las personas heridas y dolientes que el dicho Joan de Grijalva me invió, no se había juntado con él ni della había sabido ninguna nueva, ni los dichos dolientes y heridos la supieron a la vuelta, puesto que vinieron mucha parte del viaje costa a costa de la isla de Sancta María de los Remedios, por donde había ido, de que se presume que con tiempo forzoso podrían decaer hacia tierra firme o llegar a alguna parte donde los dichos ochenta hombres podrían corer detrimento por el navío, o por ser pocos, o, por andar perdidos en busca del dicho Joan de Grijalva, puesto que iban muy bien pertrechados de todo lo nescesario; y demás desto, porque después que con el dicho Joan de Grijalva invié la dicha Armada, he sido informado de muy cierto por un indio de los de la dicha isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, cómo en poder de ciertos caciques principales della están seis cristianos captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas, que los tomaron muchos días ha de una carabela que con tiempo forzoso por allí aportó perdida, que se cree que alguno dellos debe ser Nicuesa, Capitán que el muy católico Rey don Fernando, de gloriosa memoria, mandó ir a Tierra Firme; y redimirlos será grandísimo servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas. Por todo lo cual, paresciéndome que al servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Alteza convenía enviar así en seguimiento y socorro de la dicha Armada que el dicho Joan de Grijalva llevó, y busca de la dicha carabela, que tras él en su seguimiento fue, como a redemir, si posible fuese, los dichos cristianos, que en poder de los dichos indios están captivos, acordé, habiéndolo muchas veces mirado y pensado, pesado y platicado con personas cuerdas, de inviar, como invío, otra Armada tal y tan bien bastecida y aparejada, así de navíos e mantenimientos como de gente y todo lo demás para semejante negocio nescesario; que si por caso, a la gente de la otra primera Armada y de la carabela que fue en su seguimiento, hallase en alguna parte cercada de infieles, sea bastante para la socorrer e decercar; e si ansí no los hallare, por sí sola pueda seguramente andar y calar seguramente en su busca todas aquellas Indias e islas y tierras y saber el secreto dellas y hacer todo lo demás que al servicio de Dios Nuestro Señor cumpla a al de Sus Altezas convenga; y para ello he acordado de la encomendar a vos, Hernando Cortés, e os inviar por Capitán della, porque por experiencia que de vos tengo del tiempo que en esta isla en mi compañía habéis servido a Sus Altezas, confiando que sois persona cuerda y que con toda prudencia y celo de su real servicio daréis buena cuenta y razón de todo lo que por mí, en nombre de Sus Altezas, os fuere mandado acerca de la dicha negociación, y la guiaréis y encaminaréis como más al servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas convenga; y porque mejor guiada la negociación de todo vaya, lo que habéis de hacer es mirar e con mucha vigilancia y cuidado inquerir e saber, es lo siguiente:

     «Primeramente, el principal motivo que vos y todos los de vuestra compañía habéis de llevar es y ha de ser, para que en este viaje sea Dios Nuestro Señor servido y alabado, y nuestra sancta fee católica ampliada, que no consentiréis que ninguna persona de cualquier calidad y condisción que sea diga mal a Dios Nuestro Señor ni a su sanctísima Madre ni a sus sanctos, ni diga otras blasfemias contra su sanctísimo nombre por ninguna ni alguna manera, lo cual, ante todas cosas les amonestaréis a todos; y a los que semejantes delictos cometieren, castigarlos heis conforme a derecho con toda la más riguridad que ser pueda.

     «Item, porque más cumplidamente en este viaje podáis servir a Dios Nuestro Señor, no, consentiréis ningún pecado público, así como amancebados públicamente, ni que ninguno de los cristianos de vuestra compañía haya acceso ni coito carnal con ninguna mujer fuera de nuestra ley, porque es pecado a Dios muy odioso, y las leyes divinas y humanas lo prohiben; y proscederéis con todo rigor contra el que tal pecado o delicto cometiere, y castigarlo heis conforme a derecho por las leyes que en tal caso disponen.

     «Item, porque en semejantes negocios, toda concordia es muy útil y provechosa, y por el contrario, las disensiones y discordias son dañosas, y de los juegos de naipes y dados suelen resultar muchos escándalos y blasfemias de Dios y de sus sanctos, trabajaréis de no llevar ni llevéis en vuestra compañía personas algunas que se crea que no son muy celosas del servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas, y tengáis noticia que es bullicioso y amigo de novedades e alborotador, y defenderéis que en ninguno de los navíos que lleváis haya dados ni naipes, y avisaréis dello así a la gente de la mar como de la tierra, imponiéndoles sobre ello ciertas penas, las cuales executaréis en las personas que lo contrario hicieren.

     «Item, después de salida el Armada del puerto desta ciudad de Sanctiago, tendréis mucho aviso y cuidado de que en los puertos que en esta Isla Fernandina saltáredes, no haga la gente que con vos fuere enojo alguno ni tome cosa contra su voluntad a los vecinos, moradores e indios della; y todas las veces que en los dichos puertos saltáredes, los avisaréis dello con apercebimiento que serán muy bien castigados los que lo contrario hicieren; e si lo hicieren, castigarlos heis conforme a justicia.

     «Item, después que con el ayuda de Dios Nuestro Señor hayáis rescebido los bastimentos e otras cosas que en los dichos puertos habéis de tomar, y hecho el alarde de la gente e armas que lleváis de cada navío por sí, mirando mucho en el registrar de las armas, no haya los fraudes que en semejantes casos se suelen hacer, prestándoselas los unos a los otros para el dicho alarde; e dada toda buena orden en los dichos navíos e gente, con la mayor brevedad que ser pueda, os partiréis en el nombre de Dios a seguir vuestro viaje.

     «Item, antes que os hagáis a la vela, con mucha diligencia miraréis todos los navíos de vuestra conserva, e inquiriréis y haréis buscar por todas las vías que pudierdes, si llevan en ellos algunos indios e indias de los naturales desta isla; e si alguno hallardes, lo entregad a las justicias, para que sabidas las personas en quien en nombre de Su Alteza están depositados, se los vuelvan, y en ninguna manera consentiréis que en los dichos navíos vaya ningún indio ni india.

     «Item después de haber salido a la mar los navíos y metidas las barcas, iréis con la barca del navío donde vos fuéredes a cada uno dellos por sí, llevando con vos un escribano, e por las copias tornaréis a llamar la gente de cada navío según la tenéis, repartida, para que sepáis si falta alguno de los contenidos en las dichas copias que de cada navío hobiéredes hecho, porque más cierto sepáis la gente que lleváis; y de cada copia daréis un treslado al Capitán que pusierdes en cada navío, y de las personas que halláredes que se asentaron con vos y les habéis dado dineros y se quedaren, me inviaréis una memoria para que acá se sepa.

     «Item, al tiempo que esta postrera vez visitáredes los dichos navíos, mandaréis y apercibiréis a los Capitanes que en cada uno dellos pusierdes, y a los Maestres y piloto que en ellos van y fueren e cada uno por sí e a todos juntos, tengan especial cuidado de seguir e acompañar el navío en que vos fuéredes, e que por ninguna vía y forma se aparten de vos, en manera que cada día todos os hablen, o a lo menos lleguen a vista y compás de vuestro navío, para que con ayuda de Dios Nuestro Señor lleguéis todos juntos a la isla de Cozumel, donde será vuestra derecha derrota y viaje, tomándoles sobre ello ante vuestro escribano juramento y poniéndoles graves y grandes penas; e si por caso, lo que Dios no permita, acaesciese que por tiempo forzoso o tormenta de la mar que sobreviniese, fuese forzado que los navíos se apartasen y no pudiesen ir en la conserva arriba dicha y allegasen primero que vos a la dicha isla, apercebirles heis e mandaréis so la dicha pena que ningún Capitán ni Maestre, so la dicha pena, ni otra persona alguna de los que en los dichos navíos fuere, sea osada de salir dellos ni saltar en tierra por ninguna vía ni manera, sino que antes siempre se velen y estén a buen recaudo hasta que vos lleguéis; y porque podría ser que vos o los que de vos se apartasen con tiempo, llegasen a la dicha isla, mandarles heis y avisaréis a todos, que a las noches, faltando algún navío, hagan sus faroles por que se vean y sepan los unos de los otros; y asimismo, vos lo haréis si primero llegardes, y por donde por la mar fuéredes, porque todos os sigan y vean y sepan por dónde vais; y al tiempo que desta isla os desabrazáredes, mandaréis que todos tomen aviso de la derrota que han de llevar, y para ello se les de su instruición y aviso, porque en todo haya buena orden.

     «Item, avisaréise y mandaréis a los dichos Capitanes y Maestres y a todas las otras personas que en los dichos navíos fueren, que si primero que vos llegaren a algunos de los puertos de la dicha isla algunos indios fueren a los dichos navíos, que sean dellos muy bien tractados y rescebidos, y que por ninguna vía ninguna persona, de ninguna manera e condisción que sea, sea osado de les hacer agravio, ni les decir cosa de que puedan rescebir sinsabor ni a lo que vais, salvo como están esperando, y que vos les diréis a ellos la causa de vuestra venida; ni les demanden ni enterroguen si saben de los cristianos que en la dicha isla Sancta María de los Remedios están captivos en poder de los indios, porque no los avisen y los maten, y sobre ello pondréis muy recias y graves penas.

     «Item, después que en buen hora llegardes a la dicha isla Sancta Cruz, siendo informado que es ella, así por información de los pilotos como por Melchior, indio natural de Sancta María de los Remedios, que con vos lleváis, trabajaréis de ver y sondar todos los más puertos y entradas y aguadas que pudiéredes por donde fuéredes, así en la dicha isla como en la de Sancta María de los Remedios e Punta Llana, Sancta María de las Nieves, y todo lo que halléredes en los dichos puertos haréis asentar en las cartas de los pilotos, y a vuestro escribano en la relación que de las dichas islas y tierras habéis de hacer, señalando el nombre de cada uno de los dichos puertos e aguadas e de las provincias donde cada uno cayere, por manera que de todo hagáis muy cumplida y entera relación.

     «Item, llegado que con ayuda de Dios Nuestro Señor seáis a la dicha isla de Sancta Cruz, Cozumel, hablaréis a los caciques e indios que pudierdes della y de todas las otras islas y tierras por donde fuéredes, diciéndoles cómo vos is por mandado del Rey, nuestro señor, a los ver y visitar, y darles heis a entender cómo es un Rey muy poderoso, cuyos vasallos y súbdictos nosotros y ellos somos, e a quien obedescían muchas de las generaciones deste mundo, e que ha sojuzgado y sojuzga muchas partidas dél, una de las cuales son en estas partes del mar Océano donde ellos e otros muchos están, y relatarles heis los nombres de las tierras e islas; conviene a saber, toda la costa de Tierra Firme hasta donde ellos están, e la Isla Española, e Sant Joan e Jamaica y esta Fernandina y las que más supierdes; e que a todos los naturales ha hecho y hace muchas mercedes, y para esto, en cada una dellas, tiene sus Capitanes e gente, e yo, por su mandado, estoy en esta Isla; y habida información de aquella adonde ellos están, y en su nombre, os invío, para que les habléis y requiráis se sometan debaxo de su yugo, servidumbre e amparo real, e que sean ciertos que haciéndolo así e serviéndole bien y lealmente, serán de Su Alteza y de mí en su nombre muy favorescidos y amparados contra sus enemigos, e decirles heis cómo todos los naturales destas islas ansí lo hacen, y en señal de servicio le dan y envían mucha cantidad de oro, piedras, plata y otras cosas que ellos tienen; y asimismo Su Alteza les hace muchas mercedes, e decirles heis que ellos asimismo lo hagan, y le den algunas cosas de las susodichas e de otras que ellos tengan, para que Su Alteza conozca la voluntad que ellos tienen de servirle y por ello los gratifique. También les diréis cómo sabida la batalla que el Capitán Francisco Hernández, que allá fue, con ellos hubo, a mí me pesó mucho; y porque Su Alteza no quiere que por él ni sus vasallos ellos sean maltratados, yo en su nombre os invío para que les habléis y apacigüéis y les hagáis ciertos del gran poder del Rey Nuestro señor, e que si de aquí adelante ellos pacíficamente quisieren darse a su servicio, que los españoles no tendrán con ellos batallas ni guerras, antes mucha conformidad e paz, e serán en ayudarles contra sus enemigos, e todas las otras cosas que a vos os paresciere que se les debe decir para los atraer a vuestro propósito.

     «Item, porque en la dicha isla de Sancta Cruz se ha hallado en muchas partes della, y encima de ciertas sepolturas y enterramientos cruces, las cuales diz que tienen entre sí en mucha veneración, trabajaréis de saber a inquerir por todas las vías que ser pudiere e con mucha diligencia y cuidado la significación e por qué la tienen; y si la tienen, por que hayan tenido o tengan noticia de Dios Nuestro Señor, e que en ella padesció hombre algunos, y sobre esto pondréis mucha vigilancia, y de todo por ante vuestro escribano tomaréis muy entera relación, así en la dicha isla como en cualesquier otras que la dicha cruz halláredes por donde fuéredes.

     «Item, tendréis mucho cuidado de inquerir y saber por todas las vías y formas que pudiéredes, si los naturales de las dichas islas o de algunas dellas tengan alguna secta o creencia o ricto o cerimonia en que ellos creen o adoren, o si tienen mesquitas o algunas casas de oración, o ídolos o otras semejantes cosas, y si tienen personas que administren sus cerimonias, así como alfaquís o otros ministros, y de todo muy por extenso traeréis ante vuestro escribano entera relación, por manera que se le pueda dar fee.

     «Item, pues sabéis que la principal cosa que Sus Altezas permiten que se descubran tierras nuevas, es para que tanto número de ánimas como de innumerable tiempo acá han estado y están en estas partes perdidas fuera de nuestra sancta fee, por falta de quien della les dé conoscimiento verdadero, trabajaréis por todas las maneras del mundo, si por caso tanta, conversación con los naturales de las islas e tierras donde vais tuvierdes, para les poder informar della, cómo conozcan, a lo menos, haciéndoselo entender por la mejor vía e orden que pudierdes, cómo hay un solo Dios verdadero, criador del cielo y de la tierra y de todas las otras cosas que en el cielo y en el mundo son, y decirles heis todo lo demás que en este caso pudierdes y el tiempo para ello diere lugar, y todo lo demás que mejor os paresciere que al servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas conviene.

     «Item, llegados que a la dicha isla de Sancta Cruz seáis e por todas las otras tierras por donde fuéredes, trabajaréis por todas las vías que pudiéredes de inquerir y saber alguna nueva del Armada que Joan de Grijalva llevó, porque podría ser que el dicho Joan de Grijalva se hobiese vuelto a esta isla e tuviesen ellos dello nueva y lo supiesen de cierto, e que estuviesen en alguna parte o puerto de la dicha isla; e asimismo, por la misma orden, trabajaréis de saber nueva de la carabela que llevó a su cargo Cristóbal de Olid, que fue en seguimiento del dicho Joan de Grijalva. Sabréis si llegó a la dicha isla, e si saben qué derrota llevó, e si tienen noticia o alguna nueva della e adónde están y cómo.

     «Item, si dieren nueva o supiéredes nuevas de la dicha Armada que está por allí, trabajaréis de juntaros con ella, y después de juntos, si hubiéredes sabido nueva alguna de la dicha carabela, daréis orden y concierto para que quedando todo a buen recaudo o avisados los unos de los otros de adónde os podréis esperar y juntar, porque no os tornéis a derramar, e concertaréis con mucha prudencia cómo se vaya a buscar la dicha carabela e se traiga adonde concertáredes.

     «Item, si en la dicha isla de Sancta Cruz no supiéredes nueva de que el Armada haya vuelto por ahí o esté cerca, y supiéredes nuevas de la dicha carabela, iréis en su busca, y hallado que la hayáis, trabajaréis de buscar y saber nuevas de la dicha Armada que Joan de Grijalva llevó.

     «Item, hecho que hayáis todo lo arriba dicho, según y como la oportunidad del tiempo para ello os diere lugar, si no supiéredes nuevas de la dicha Armada ni carabela que en su seguimiento fue, iréis por la costa de la isla de Yucatán, Sancta María de los Remedios, en la cual, en poder de ciertos caciques están seis cristianos, según y como Melchior, indio natural de la dicha isla, que con vos lleváis, dice que os dirá, y trabajaréis por todas las vías y maneras que ser pudiere por haber los dichos cristianos por rescate o por amor, o por otra vía donde no intervenga detrimento dellos ni de los españoles que lleváis ni de los indios, y porque el dicho Melchior, indio natural de la dicha isla, que con vos lleváis, conoscerá los caciques que los tienen captivos, haréis que el dicho Melchior sea de todos muy bien tractado y no consentiréis que por ninguna vía se le haga mal ni enojo, ni que nadie hable con él, sino vos solo y mostrarle heis mucho amor y hacerle heis todas las buenas obras que pudiéredes, porque él os le tenga y os diga La verdad de todo lo que le preguntáredes y mandáredes, y os enseñe y muestre los dichos caciques; porque como los dichos indios en caso de guerra son mañosos, podría ser que nombrasen por caciques a otros indios de poca manera, para que por ellos hablasen y en ellos tomasen experiencia de lo que debían de hacer; y por lo que ellos dixesen e tiniendo al dicho Melchior buen amor, no consentirá que se nos haga engaño, sino que antes avisará de lo que viere, y, por el contrario, si de otra manera con él se hiciere.

     «Item, tendréis mucho aviso y cuidado de que a todos los indios de aquellas partes que a vos vinieren, así en la mar como en la tierra, adonde estuviéredes, a veros y hablaros o a rescatar o a otra cualquier cosa, sean de vos y de todos muy bien tratados y rescebidos, mostrándoles mucha amistad e amor e animándolos según os paresciere que el caso o a las personas que a vos vinieren lo demanda, y no consentiréis, so graves penas, que para ello pondréis, que les sea hecho agravio ni desaguisado alguno, sino antes trabajaréis por todas las vías y maneras que pudiéredes, cómo cuando de vos se partieren vayan muy alegres, contentos y satisfechos de vuestra conversación y de todos los de vuestra compañía, porque de hacerse otra cosa Dios Nuestro Señor y Sus Altezas podrían ser muy deservidos, porque no podría haber efecto vuestra demanda.

     «Item, si antes que con el dicho Joan de Grijalva os juntárades, algunos indios quisieren rescatar con vos algunas cosas de las que vos lleváis, porque mejor recaudo haya en todas las cosas de rescate y de lo que dello se hobiese, llevaréis una arca de dos o tres cerraduras y señalaréis entre los hombres de bien de vuestra compañía los que os paresciere que más celosos del servicio de Sus Altezas sean, que sean personas de confianza, uno para Veedor y otra para Tesorero del rescate que se hobiese y rescatáredes, así de oro como de perlas, piedras presciosas, metales e otras cualesquier cosas que hobiere; y si fuere el arca de tres cerraduras, la una llave daréis que tenga el dicho Veedor y la otra el Tesorero, y la otra tendréis vos o vuestro Mayordomo, y todo se meterá dentro de la dicha arca y se rescatará por ante un escribano que dello de fee.

     «Item, porque se ofrescerá nescesidad de saltar en tierra algunas veces, así a tomar agua y leña como a otras cosas que podrían ser menester, cuando la tal nescesidad se ofresciere, para que sin peligro de los españoles se pueda hacer, inviaréis, con la gente que a tomar la dicha agua y leña fuere, una persona que sea de quien tengáis mucha confianza y buen concepto, que sea persona cuerda, al cual mandaréis que todos obedezcan, y miraréis que la gente que así con él enviardes sea la más pacífica y quieta y de más confianza y cordura que vos pudiéredes y la mejor armada, y mandarles heis que en su salida o estada no haya escándalo ni alboroto con los naturales de la dicha isla, y miraréis que salgan e vayan muy sin peligro, y que en ninguna manera duerman en tierra ninguna noche ni se alexen tanto de la costa que en breve no puedan volver a ella, porque si algo les acaeciere con los indios, puedan de la gente de los navíos ser socorridos.

     «Item, si por caso algún pueblo estuviere cerca de la costa de la mar, y en la gente del viéredes tal voluntad que os parezca que seguramente, por su voluntad e sin escándalo dellos e peligro de los nuestros, podáis ir a verle e os determináredes a ello, llevaréis con vos la gente más pacífica e cuerda y bien armada que pudiéredes, y mandarles heis ante vuestro escribano que ninguno sea osado de tomar cosa ninguna a los dichos indios, de mucho ni poco valor, ni por ninguna vía ni manera, so graves penas que cerca dello les pondréis, ni sean osados de entrar en ninguna casa dellos ni de burlar con sus mujeres, ni de tocar ni llegar a ellas, ni les hablar, ni decir, ni hacer otra cosa de que se presuma que se pueden resabiar, ni se desmanden ni aparten de vos por ninguna vía ni manera, ni por cosa que se les ofrezca, aunque los indios salgan a vos, hasta que vos les mandéis lo que deben hacer, según el tiempo y nescesidad en que os hallardes e viéredes.

     «Item, porque podrá ser que los indios, por os engañar y matar, os mostraran buena voluntad e incitaran a que vais a sus pueblos, tendréis mucho estudio y vigilancia de la manera que en ellos veáis; y si fuéredes, iréis siempre muy sobre aviso, llevando con vos la gente arriba dicha y las armas muy a recaudo, y no consentiréis que los indios se entremetan entre los españoles, a lo menos muchos, sino que antes vayan y estén por su parte, haciéndoles entender que lo hacéis porque no queréis que ningún español les haga ni diga cosa de que resciban enojo; porque viéndose entre vosotros muchos indios, pueden tener cabida para que abrazándose los unos con vosotros, salgan los otros, que como son muchos podríades correr peligro y perescer, y dexaréis muy apercibidos los navíos, así para que estén a buen recaudo, como para que si nescesidad se os ofresciere, podáis ser socorrido de la gente que en ellos dexáis, y dexarles heis cierta seña, así para que ellos hagan, si en nescesidad se vieren, como para que vos la hagáis si la tuviéredes.

     «Item, habido que, placiendo a Nuestro Señor, hayáis los cristianos que en la dicha isla de Sancta María de los Remedios están captivos, y buscado que por ella hayáis la dicha armada y la dicha carabela, seguiréis vuestro viaje a la Punta Llana, que es el principio de la tierra grande que ahora nuevamente el dicho Joan de Grijalva descubrió, y correréis en su busca por la costa della adelante, buscando todos los ríos y puertos della hasta llegar a la bahía de Sant Joan y Sancta María de las Nieves, que es desde donde el dicho...



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Capítulo XV

De quién fue Hernando Cortés y de sus costumbres y linaje.

     Fue Hernando Cortés, a quien Dios con los de su compañía tomó por instrumento para tan gran negocio, natural de la villa de Medellín, que es en Extremadura, una de las mejores provincias de España. Fue hijo de Martín Cortés de Monroy, no rico, aunque de noble casta, y de D.ª Catalina Pizarro, del alcunia de los Pizarros y Altamiranos, también noble. Nasció en el año de mill e cuatrocientos y ochenta y cinco. Diéronle sus padres a criar a un ama, con menos aparato del que después el valor de su persona le dio. Crióse siempre enfermo, y tanto que muchas veces llegó a punto de morir.

     Dicen que su ama, siendo muy devota del apóstol Sant Pedro, se lo ofresció con gran devoción con ciertos sacrificios dignos de mujer cristiana que hizo, y así piadosamente se cree que por tomarle la piadosa mujer por intercesor y abogado, de ahí adelante convaslesció; por lo cual, después que vino a los años de discreción, tuvo siempre especial devoción al apóstol Sant Pedro, tomándole por su intercesor y abogado, de tal manera que desde que tuvo alguna posibilidad, cada año lo mejor que él podía celebraba su fiesta. Siendo de edad de catorce años le inviaron sus padres a Salamanca, donde en breve tiempo estudió Gramática, porque era muy hábil; quisieran sus padres que siguiera el estudio de las leyes, mas como su ventura le llamaba para empresa tan importante, dexando el estudio por ciertas cuartanas que le dieron, de las cuales sanó dentro de ciertos meses, que volvió a su tierra, en este comedio el Comendador de Lares se aprestaba para pasar a las Indias. Cortés era ya de diez a nueve años; pidió licencia a sus padres, la cual le dieron de buena gana, porque entendían del que era inclinado a la guerra y había mostrado en algunas cosas que se le ofrescieron que, prosiguiéndola, sería valeroso en ella.

     Fletóse en un navío de Alonso Quintero, que iba en conserva de otros cuatro navíos; llegaron todos juntos a las Canarias, y en la Gomera, hecha oración a Sancta María del Paso, tomaron refresco. Alonso Quintero, codicioso de vender bien sus mercadurías en la isla de Sancto Domingo, sin dar dello noticia a sus compañeros, se hizo a la vela una noche. Poco después le hizo tan recio tiempo que le volvió al puerto de do había salido, quebrado el mástil. Rogó a los compañexos que mientras le adereszaba, le esperasen; hiciéronlo, aunque no se lo debían; partieron todos juntos, y después de haber navegado así muchos días, viendo Quintero el viento próspero, engañado con la cobdicia, que engaña a muchos, tornó a adelantarse, y como aquella navegación era nueva y los pilotos eran poco diestros en ella, vino Quintero a dar adonde no sabía si estaba bien o mal. No pudo disimular la turbación y tristeza. Visto esto, los pasajeros se entristecieron mucho, y los marineros, no menos turbados, se descargaban de la culpa echándola los unos a los otros. Los bastimentos les comenzaron a faltar, y el agua que traían vino a ser tan poca que no bebían sino de la llovediza cogida en las velas, que por esto era de peor gusto. Cresciendo los trabajos, crescía en todos la confusión y turbación; animábalos el mozo Cortés, como el que se había de ver en otros mayores aprietos.

     Estando así confusos e ya más congoxosos de la salud del ánima que del cuerpo, temerosos de dar en tierra de caribes do fuesen comidos, el Viernes sancto, cuyo día y lugar los hacía más devotos, vino una paloma al navío, asentóse sabre la gavia, que parescía a la que vino a Noé con el ramo de la oliva; lloraban todos de placer y daban gracias a Dios, creyendo que estaban cerca de tierra; voló luego la paloma y ellos endereszaron el navío hacia do la paloma ¡ba volando, siguiendo este norte y estrella. El primero día de Pascua de Resurrección, el que velaba descubrió tierra, diciendo a grandes voces «¡tierra!, ¡tierra!», nueva, por, cierto, a los que andan perdidos por la mar, de grandísima alegría y contento, con la cual Cortés, aunque mostró placer, no fue tan grande que diese muestra de haber temido como los demás.

     El piloto reconosció la Punta de Semana, y desde a tres o cuatro días entraron en el puerto de Sancto Domingo, para ellos muy deseado, do hallaron las otras cuatro naos que había muchos días que estaban en el puerto. Otros dicen, y tiénese por cierto, que antes que Cortés se determinase de hacer esta jornada, pidió licencia a sus padres para seguir la guerra en el reino de Nápoles; y que, o por ir tan pobre de posibilidad cuanto rico de pensamientos, o porque la edad entonces hacía su oficio, llegando a Valencia mudó propósito, de adonde se volvió a sus padres e hizo la jornada que hemos dicho.



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Capítulo XVI

Do se prosigue lo que el pasado promete.

     Pasados estos y otros trabajos, sin los cuales pocas veces los hombres vienen a tener estima, saltó Cortés en Sancto Domingo, y derecho se fue a casa de Don Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, Gobernador que estonces era de la isla; y después de haberle besado las manos y dicho que era de Extremadura, le dio ciertas cartas de recomendación. El Comendador le rescibió graciosamente, y después de haberle preguntado algunas particularidades de la tierra, le dixo que se fuese con Dios a su posada y que si algo se le ofresciese en que pudiese ser aprovechado, se lo dixesen, porque lo haría de buena voluntad. Con esto se despidió Cortés, besándole las manos por el ofrescimiento, y de ahí adelante, aunque estaba muy pobre, y tanto que, de una capa se servían tres amigos para salir a negociar a la plaza, se dio luego al trabajo de las minas y otras granjerías de la tierra, tomando algún principio para el fin tan dichoso que sus grandes pensamientos prometían.

     Dicen otros que saltando en tierra, no halló en la ciudad de Sancto Domingo al Comendador a quien llevaba las cartas, y que su Secretario, luego que le conosció, le aconsejó pidiese al Cabildo de la ciudad vecindad, para que como a vecino le diesen solar para edificar casa y tierras donde labrase, en el entretanto que otra cosa se ofrescía en que más fuese aprovechado. Aceptó el consejo y dióle gracias por él, y venido el Gobernador a la ciudad, le besó las manos y pasó sobre ello lo que hemos referido. Luego de ahí a pocos días, a causa de una gran señora viuda que se llamaba Anacaona, se rebelaron las provincias de Aniguavagua y Guacayarima, a cuya reducción y pacificación iba Diego Velázquez, persona, como al principio deste libro dixe, de calidad y de todo buen crédito. Fue con él Cortés todo lo mejor adereszado que él pudo, lo cual fue causa que el Gobernador le diese ciertos indios en tierra del Dayguao y la Escribanía del Ayuntamiento de la villa de Achúa, que el Comendador había fundado, donde Cortés vivió seis años dándose a granjerías y sirviendo su oficio a contento de todo el pueblo.

     En este tiempo quiso pasar a Veragua, tierra afamada de muy rica; dexó de hacerlo por un dolor grande que le dio en una pierna. Decían sus amigos que eran las bubas, porque siempre fue amigo de mujeres, y las indias mucho más que las españolas inficionan a los que las tratan. Con esta enfermedad, sea como fuere, que ella le dio la vida después de Dios, excusó la ¡da con Nicuesa y se libró de los trabajos y peligros en que se vio Diego de Nicuesa y sus compañeros; porque andando descubriendo y no poblando, buscando mejor tierra, traía la gente descontenta, de manera que hizo algunas crueldades con ella, y así ninguna cosa le subcedió bien.

     Fue Cortés hombre afable y gracioso; presciábase de ganar amigos y conservarlos, aunque fuese a costa de su hacienda; hacía con mucho calor lo que podía con ellos; procuró siempre el amistad de los mejores y que más podían; tenía muy claro juicio y aprovechábase muy bien de lo que había estudiado; nunca se determinaba a negocio, sin pensarlo muy bien y consultarlo con los amigos de quien se confiaba; era amigo de leer cuando tenía espacio, aunque era más inclinado a las armas; veneraba y acataba mucho a los sacerdotes; procuró siempre cuanto en sí fue la pompa y auctoridad del culto divino; honraba a los viejos y tenía en mucho a los valientes y animosos, y, por el contrario, era poco amigo de los pusilánimos y cobardes.

     Cuando vino a mandar y tener cargo de General, supo darse maña cómo de los más fuese amado y temido; gastaba su hacienda con liberalidad, especialmente cuando pretendía más señorío, como hizo cuando lo de Narváez, porque entendía que ganadas las voluntades, era fácil el ganar las haciendas; perdonaba las ofensas de buena voluntad cuando los que las cometían se arrepentían dellas; en el castigar era misericordioso; regocijábase mucho con las damas, y era muy comedido y liberal con ellas; jugaba todos juegos sin parescer tahur, mostrando tan buen rostro al perder como al ganar; en las fiestas y banquetes que hizo fue muy largo. Edificó en México dos casas muy sumptuosas; cúlpanle todos no haber hecho iglesia, conforme a la grandeza de las casas; los que le defienden, dicen que era su pensamiento hacer el templo más sumptuoso que el de Sevilla, y que por no haber estonces oficiales españoles lo dexó. Como quiera que sea, él se descuidó más de lo que convenía. Cúlpanle también muchos de no haber pedido o dado perpectuidad de indios a los conquistadores, como pudiera, a causa de tenerlos siempre debaxo de la mano; pues él, aunque tan valeroso, no pudiera sin ellos conquistar tan grandes reinos y señoríos; no falta quien le defiende desto, aunque como hombre no podía acertar en todo. Cúlpanle asimismo muchos de los conquistadores que en el repartir de las ganancias de la guerra tomaba lo más y mejor para sí; podía ser que como a cada uno paresciese que merescía más que el otro, le cresciese en el ojo lo que Cortés meresciendo tanto tomaba para sí.

     Fue Cortés hombre de mediana disposición, de buenas fuerzas, diestro en las armas y de invencible ánimo; de buen rostro, de pecho y espalda grande, sufridor de grandes trabajos a pie y a caballo; parescía que no se sabía cansar; velaba mucho y sufría la sed y hambre mucho más que otros; finalmente: cuán dichoso y valeroso Capitán fuese, cuán avisado en el razonar, cuán recatado con los enemigos, cuán deseoso de que el Evangelio se promulgase, cuán piadoso y amigo de los suyos y cuán leal a su Rey, parescerá claro por el discurso desta historia, en la cual no tractaré de su muerte hasta que hable cómo y por qué partió desta tierra para España, donde quedó; y porque he dicho cómo pasó a las Indias, e Diego Velázquez le encomendó el descubrimiento y conquista desta tierra, diré por los capítulos siguientes cómo casó en Cuba y las pasiones que tuvo con Diego Velázquez, tocando primero el pronóstico que de su prosperidad tuvo.



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Capítulo XVII

Del pronóstico que Hernando Cortés tuvo de su buena andanza.

     No es de pasar en silencio, antes que trate las pasiones que Cortés tuvo con Diego Velázquez, el pronóstico que él muchas veces contó de la prosperidad en que vino; porque con haber estado en Puerto de Plata con otros dos compañeros, tan pobre que se huyeron por no tener con qué pagar el flete, estando en Azúa sirviendo el oficio de escribano, adurmiéndose una tarde soñó que súbitamente, desnudo de la antigua pobreza, se vía cubrir de ricos paños y servir de muchas gentes extrañas, llamándole con títulos de grande honra y alabanza; y fue así que grandes señores destas Indias y los demás moradores dellas, le tuvieron en tan gran veneración que le llamaban Teult, que quiere decir «dios y hijo del sol y gran señor», dándole desta manera otros títulos muy honrosos; y aunque él como sabio y buen cristiano sabía que a los sueños no se había de dar crédito, todavía se alegró, porque el sueño había tido conforme a sus pensamientos, los cuales con gran cordura encubría por no parescer loco, por el baxo estado en que se vía, aunque no pudo vivir tan recatado que en las cosas que hacía no mostrase algunas veces la gran presunción que tenía en su pecho encerrada. Dicen que luego, después del sueño, tomando papel y tinta dibuxó una rueda de arcaduces; a los llenos puso una letra, y a los que se vaciaban otra, y a los vacíos otra, y a los que subían otra, fixando un clavo en los altos. Afirman los que vieron el dibuxo, por lo que después le acaesció, que con maravilloso aviso y subtil ingenio, pintó toda su fortuna y subcesos de vida.

     Hecho esto, dixo a ciertos amigos suyos, con un contento nuevo y no visto, que había de comer con trompetas o morir ahorcado, e que ya iba conosciendo su ventura y lo que las estrellas le prometían; y así de ahí adelante comenzó más claro a descubrir sus altos pensamientos, aunque, como luego diremos, la fortuna le contrastaba cuanto podía para que entendamos que, como dixo Aristóteles, la virtud y la ciencia se alcanzan con dificultad.



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Capítulo XVIII

De las pasiones que hubo entre Diego Velázquez y Hernando Cortés.

     Después que Hernando Cortés tuvo entendida la tierra y conosció los motivos e intentos de Diego Velázquez, que eran pretender la gobernación de Cuba, porque estonces era Teniente de D. Diego Colón, hijo del Almirante, primero descubridor, del cual se ha de hablar en la primera parte desta historia, comenzó, como hombre bullicioso, a tractar con ciertos amigos suyos, que sería bien dar aviso al Almirante, que estaba en Sancto Domingo, cómo Diego Velázquez trataba de alzarse con la gobernación de Cuba, para la conquista de la cual había sido inviado Diego Velázquez en nombre de Colón y de los Reyes Católicos en el año de mill e quinientos y once.

     Hecha cierta liga para este efecto entra Cortés y sus compañeros, escribieron ciertos capítulos contra Diego Velázquez, determinando de irse secretamente a la Yaguana, que estaba de allí más de ciento y cincuenta leguas, y de allí con canoas pasar un golfo de más de treinta leguas para entrar en Sancto Domingo. No pudo ser el negocio tan secreto que Diego Velázquez no lo viniese a entender, y así mandó luego prenderlos, con determinación de inviarlos luego al Almirante con los capítulos que habían hecho, para justificar su causa.

     Había al presente en el puerto de la villa de Barucoa un buen navío, en el cual mandó meter a Cortés bien aprisionado y debaxo de sosota; pero él tuvo manera, aunque con mucho trabajo, cómo quitarse las prisiones y salirse por un escotillón a tal hora de la noche que los que en el navío estaban dormían muy profundamente. Dubdoso qué haría, porque no sabía nadar, abrazándose con un madero, con grande ánimo se echó al agua; a la sazón era la mar menguante, y a esta causa la corriente le metió la mar adentro más de una legua de la otra parte del navío. Quiso su ventura que, aunque ya estaba cansado, volviendo la cresciente, le tornase a tierra. En el camino vio gran copia de tiburones y de lagartos, de que no poco temió que le tragasen; y así, por este miedo como porque el trecho era grande, vino a desfallecer tanto que muchas veces estuvo determinado de soltar el madero y dexarse ahogar, porque ya no podía sufrir el trabajo; pero esforzándose lo más que pudo, encomendándose a Dios y a su abogado el apóstol Sant Pedro, se halló en seco en la costa, que una grande ola le había echado, y no como dice Gómara, que trocando sus vestidos con el mozo que le servía y saliendo por la bomba, se metió en un esquife.

     Estando, pues, en la playa tornó en sí, tanteó la tierra, y abriendo los ojos, no se puede decir el contento que rescibió reconociendo dónde estaba; pero entendiendo que ya se acercaba el día y que echándole menos las guardas del navío le habían de buscar par todas partes, fuera de camino se escondió entre unos matorrales, y cuando fue tiempo se metió en la iglesia de la villa, desde la cual, como vivía cerca Joan Xuárez y su hermana Catalina Xuárez, comenzó a tratar amores con ella. En este comedio, Juan Escudero, alguacil mayor que, por dar contento a Diego Velázquez, le espió tanto para prenderle que un día, por ver Cortés mejor a la hermana de Joan Xuárez, que era de buen parescer y entendimiento, saliendo al cimenterio de la iglesia, el Alguacil mayor, entrando por la otra puerta, se abrazó con él y lo llevó a la cárcel. Los Alcaldes proscedieron contra él y le sentenciaron rigurosamente, de cuya sentencia apeló para Diego Velázquez, que verdaderamente era bueno y piadoso, el cual, revocando la sentencia y comutándola en una pena muy liviana, de ahí adelante le favoresció por medio de Andrés de Agüero, el cual privaba mucho con Diego Velázquez, por ser muy cuerdo y valeroso, y no como otros dicen, mercader. Otros afirman, y es creíble de la bondad de Diego Velázquez, que un Joan Juste, que a la sazón era Alcalde ordinario, por ciertas pasiones que había tenido con Cortés, le perseguía, y que Diego Velázquez, como Gobernador, le amparaba y defendía. Dicen también otros, lo que es contrario desto, que dos veces le mandó prender.

     Como quiera que fue, Cortés, así por el valor de su persona, como por medio de Andrés de Duero, vino en tanta gracia con Diego Velázquez, que por su comisión, como paresce por la instruición dello arriba inserta, acometió y salió con el mayor negocio que romano ni griego jamás emprendió ni consiguió.





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Capítulo XIX

Cómo se casó Cortés, y de un gran peligro de que se libró.

     Acabadas las pasiones, Diego Velázquez procuró que Cortés se casase con Catalina Xuárez, y efectuado el casamiento como él lo deseaba, lo festejó lo más que pudo, porque era muy inclinado a honrar y favorece a sus amigos, especialmente en tales casos, y porque hasta estonces se habían hecho pocos casamientos.

     Era Joan Xuárez hijo de Diego Xuárez y de María de Marcaida, vecinos de Sevilla. Pasó a la isla Española con el Comendador de Lares, D. Fray Nicolás de Ovando. Pasó Catalina Xuárez por doncella de la hija del contador Cuéllar, suegro que fue de Diego Velázquez, y después del descubrimiento de México vinieron otras dos hermanas suyas a Cuba y de allí a México, las cuales murieron sin casarse, aunque estaba tractado con personas honradas. Murió después Catalina Xuárez en Cuyoacán por octubre del año de veinte y dos, después de ganado México. No tuvo Cortés della hijo alguno.

     Antes de todos estos subcesos, porque convenía que pasase por grandes trances el que había de verse en tan gran pujanza, viniendo Cortés un día de las bocas de Bain para Barucoa, donde a la sazón vivía, ya anochecido, se levantó una gran tempestad que trastornó la canoa en que venía, y él, como no sabía nadar, por gran ventura se abrazó con la canoa media legua de tierra, y atinando a una lumbre de pastores que estaban cenando a la orilla del mar, ayudándole la marca y viento que corría hacia tierra, se halló bien fatigado en la orilla, donde conoscido por los pastores, desnudándole de la ropa que traía mojada, le cubrieron con la mejor que se hallaron, encendiendo en el entretanto mayor fuego do se calentase y se enxugase su ropa; diéronle aquella noche a cenar de lo que tenían, y a la mañana, vestido de su ropa, que estaba ya enxuta, se fue a su casa, que no estaba lexos de allí, agradesciendo con muy buenas palabras, porque las tenía tales, el beneficio rescebido.



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Capítulo XX

Do se prosigue la navegación y jornada de Hernando Cortés y provisión del Armada.

     Partiéndose Hernando Cortés del puerto de Sanctiago de Cuba a diez e ocho de noviembre, tan a pesar, como todos dicen, de Diego Velázquez, invió luego una carabela a Jamaica para cargarla de bastimentos, mandando al capitán della que con lo que comprase se viniese a la Punta de Sant Antón, que está al fin de la isla de Cuba hacia poniente, y él en el entretanto, con los demás que llevaba, se fue a Macaca, do compró trecientas cargas de pan y mucha cantidad de tocinos, y de allí, yéndose a la Trinidad, compró un navío de Alonso Guillén y tres caballos y trecientas cargas de maíz. Allí tuvo aviso que pasaba un navío cargado de vituallas que Joan Núñez Sedeño inviaba a vender a unas minas. Mandó luego que Diego de Ordás le saliese al camino, y pagando lo que era razón, por fuerza o por grado, le tomase las vituallas. Diego de Ordás lo hizo así, compró mill arrobas de pan y mill e quinientos tocinos y muchas gallinas, yéndose con todo esto, como le era mandado, a la Punta de Sant Antón.

     En el entretanto, Cortés recogió en la Trinidad y en Matanzas y en otros lugares cerca de docientos hombres de los que habían ido con Grijalva, e inviando los navíos delante con los marineros y algunas personas de quien él se confió, con toda la demás gente se fue por tierra a la Habana, que estonces estaba poblada, a la parte del sur, a la boca del río Onicaxonal. Los vecinos de allí, temiendo enojar a Diego Velázquez, no quisieron venderle bastimentos algunos, y él, como iba puesto en justificar su negocio lo mejor que pudiese, aunque era más poderoso que ellos, no quiso tomar nada por fuerza, y así comprando de uno que cobraba los diezmos y de un receptor de bulas dos mill tocinos y otras tantas cargas de maíz e yuca e ajos, contento de haber proveído medianamente su flota, prosiguió su viaje.

     Llegaron luego en una carabela ciertos caballeros, de los cuales eran los principales, y que después fueron Capitanes en la conquista de la Nueva España, Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado y Cristóbal de Olid. Recibiólos Cortés con muy alegre rostro, porque eran personas de mucha cuenta y de quien después se ayudó mucho. Así en conserva llegaron a Guaniguanico, donde ordenando su gente y concertando su matalotaje, vino un criado de Diego Velázquez que se decía Garnica, con cartas por las cuales le rogaba afectuosamente, con palabras de mucho amor, no se partiese hasta que se viesen. Este mismo mensajero traxo también cartas y mandado de Diego Velázquez para Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado, Diego de Ordás, Cristóbal de Olid, Morales, Escobar y Joan Velázquez de León, que todos habían sido sus criados y capitanes, si no era Alonso de Ávila, a quien tenía por particular amigo, encargándoles y mandándoles que impidiesen el viaje a Cortés, y que como leales amigos se lo prendiesen y enviasen a buen recaudo. Los más dellos vinieron en que era bien, pues Cortés daba tan claras muestras de quererse alzar contra Diego Velázquez, de quien tan buenas obras había rescebido, que le prendiesen, aunque algunos eran de parescer contrario, diciendo que aquel era el hombre que ellos habían menester, y no a Grijalva, que de las manos dexó la buena ventura para sí y para otros; y como siempre vencen los que son más, determinóse muy en secreto que en el navío de Diego de Ordás hiciesen un banquete, para el cual convidando a Cortés, después de haber comido, le pudiese prender con alguna gente que para ello tenían puesta de secreto.

     Cortés, no sabiendo de las cartas que a aquellos caballeros se habían dado, nada receloso del convite, le aceptó con alegre rostro, y metiéndose con pocos en una barca para entrar en el navío de Diego de Ordás, tuvo aviso, créese que de alguno de los que contradixeron, de lo que estaba tratado; fingió luego vómito de estómago, y metiendo la manó echó un poco de flema, y así diciendo que se sentía mal dispuesto y que no estaba para comer, agradesciéndoles mucho la comida, aunque en su pecho sentía otra cosa, se volvió a su navío, adonde llamó luego a los que entendía que eran sus amigos, y a unos rogó que estuviesen apercebidos y a punto para lo que se ofresciere, y a otros de quien más se confiaba, descubrió el secreto y la intención que contra él tenía Diego Velázquez de impedirle la jornada, dándoles en esto a entender cuánto a todos importaba que él y no otro la hiciese, porque si Diego Velázquez la cometía a otro, no sería tan amigo dellos como él. Los unos y los otros, con juramentos y palabras de mucho amor, le ofrescieron sus personas y vidas, prometiéndole de morir donde él muriese.

     Confiado Cortés de la promesa déstos, que eran los más de la flota, se dio luego tan buena maña y tanta priesa que aquella noche hizo embarcar toda la gente, y antes del día salió del puerto, que fue la peor repuesta que se podía dar a Diego Velázquez. Todavía los Capitanes, aunque se hacían a la vela, estaban en propósito de prender a Hernando Cortés, cuando para ello hobiese tiempo; pero como Dios quería otra cosa, levantóse de súbito una tan gran tormenta, que de tal manera apartó los unos de los otros, que apenas iba navío con navío. Visto esto, los Capitanes mudaron el propósito, y algunos dellos lo manifestaron a Hernando Cortés, prometiéndole de serle leales amigos, pues veían que claramente Dios era servido que él y no otro prosiguiese tan importante negocio. Él, como sagaz, no descubriendo el vómito que había fingido, por no darles a entender que les había tenido miedo, de ahí adelante los tractó con más amor y hizo mayor confianza dellos, diciendo que como con Diego Velázquez habían sido tan leales, así lo serían de ahí adelante con él, y él quedaría obligado a morir por ellos cuando se ofresciese.



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Capítulo XXI

De los navíos y gente de Cortés, y la bandera y letra que tomó.

     Llegados todos los navíos y gente del armada de Cortés a Sant Antón, hizo luego allí alarde, y halló que llevaba quinientos e cincuenta españoles, de los cuales los cincuenta eran marineros. Repartió toda la gente en once compañías y diólas a los capitanes Alonso de Ávila, Alonso Hernández Puerto Carrero, Diego de Ordás, Francisco de Montejo, Francisco de Morla, Francisco de Saucedo, Joan de Escalante, Joan Velázquez de León, Cristóbal de Olid y a un Fulano de Escobar, y Cortés como General tomó otra; y así los once Capitanes, cada uno con su gente, se embarcaron en once navíos, para que cada Capitán tuviese cargo de su gente y navío. Nombró por piloto mayor de la flota a Antón de Alaminos, porque era el que mejor entendía el viaje, a causa que en el primero descubrimiento había ido con Francisco Hernández de Córdoba y después con Grijalva. Aliende de toda esta gente, para el servicio della llevaba Cortés docientos isleños nascidos en Cuba y ciertos negros y algunas indias para hacer pan, y diez y seis caballos e yeguas. De matalotaje se halló que había cinco mil tocinos, seis mill cargas de maíz, mucha yuca y gran copia de gallinas, vino, aceite y vinagre el que era menester, garbanzos y otras legumbres abasto, mucha buhonería o mercería, que era la moneda y rescate para contratar con los indios, porque, aunque tenían mucho oro y plata, no tenían moneda dello, ni de otro metal, sino era en ciertas partes, unas como pequeñas almendras que ellos llamaban cacauatl, y déstas hoy por más de quinientas leguas de tierra usan los indios en la Nueva España en lugar de moneda menuda, porque también usan de la nuestra; y de comida y bebida repartió Cortés matalotaje y rescate por todos los navíos, conforme a lo que cada uno había menester.

     La nao capitana, donde Cortés iba, era de cien toneles; otras había de a ochenta y de a sesenta, pero las más eran pequeñas y sin cubierta, como bergantines. La bandera que Hernando Cortés tomó y puso en su navío era de tafetán negro, su devisa era una cruz colorada en medio de unos fuegos azules y blancos; el campo y orla negros; la letra que iba por la orla decía: «Amigos, la cruz de Cristo sigamos, que si en ella fee tuviéramos, en esta señal venceremos.» Era tan devoto de la Cruz, que doquiera que llegaba, habiendo para ello lugar decente, ponía una cruz en el sitio más alto que hallaba, para que de lexos pudiese ser vista y adorada de los que después por allí pasasen; queriendo también dar a entender a los moradores de aquellas tierras a quien iba a convertir a nuestra sancta fee, que en otra señal como aquella Jesucristo, Dios y Hombre, murió para que el hombre se salvase y heredase el cielo, para el cual Dios le había criado; y aunque dicen algunos que los primeros descubridores hallaron cruces, los indios más las tenían acaso que por saber lo que eran ni lo que significaban, como muchos de los antiguos las tenían, por tormento, afrenta y oprobio, salvo si no decimos que Dios por sus ocultos juicios quiso que las hobiese en todas las partes del mundo, y en estos para que los moradores dellas, que habían de ser alumbrados por los españoles, con devoción considerasen el misterio que en tal señal por tanto tiempo les había estado encubierta, y en otras para dar a entender que después que en tal señal, el que era y es vida, Jesucristo Nuestro Señor y Dios, por darnos vida murió fuese tan honrosa que todo cristiano se arrodillase a ella como al mismo Cristo que en ella nos redimió, por lo cual Cortés con gran razón, como el Emperador Constantino, poniéndose debaxo desta fuerte bandera y estandarte, dixo lo que él: «En esta señal venceremos», y fue así que le fue tan favorable, que Príncipe en el mundo no hizo tan señaladas cosas.



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Capítulo XXII

De la plática y razonamiento que Cortés hizo a sus compañeros.

     Ordenado todo como tenemos dicho, Hernando Cortés, en quien era nescesario para tan dichosa jornada concurriesen, como concurrían a la igual, saber y esfuerzo, paresciéndole que era razón, pues ya estaba todo a punto y no faltaba otra cosa sino el comenzar, animase a sus compañeros; y para que todos tuviesen entendido cuánto importaba la jornada que emprendían, haciendo señal de silencio, puesto en parte de donde de todos pudiese ser oído, les habló en la manera siguiente:

     «Señores y hermanos míos: Entendido tengo que cada uno de vosotros en particular habrá hecho su consideración del viaje y conquista que al presente intentamos, y cómo en ella ponemos el cuerpo a tantos trabajos y la vida a tantos peligros, entrando por mar que hasta nuestros días no ha sido de cristianos navegado, y procurando tan pocos en número como somos (aunque muchos, como espero en Dios, en virtud y esfuerzo), entrar por tierras tan grandes que con razón las llaman Nuevo Mundo, moradas y habitadas, como tenemos entendido, de casi infinitos hombres, en lengua, costumbres y religión y leyes tan diferentes de nosotros, que siendo la similitud causa y vínculo de amor, no pueden dexar de extrañarnos mucho; y no habiendo de presente, aunque les hagamos muy buenas obras, cómo se confíen de nosotros, sernos enemigos, recatándose de que los engañemos, principios tan duros y ásperos verdaderamente no se pueden hacer fáciles y sabrosos, si no se considera la grandeza del fin en quien van a parar; y pues este es el mayor y más excelente que en la tierra puede haber, que es la conversión de tan gran multitud de infieles, justo es que, pues llevamos oficios de apóstoles y vamos a libertarlos de la servidumbre y captiverio de Satanás, que todo trabajo, heridas y muertes demos por bien empleadas; pues haciendo tanto bien a estas bárbaras nasciones y tanto servicio a Dios, lo mejor ha de redundar en nosotros, porque este es el mayor premio del que hace bien, que goza dél más que aquel a quien se hace, como del que hace mal, lloverle encima. Ofensas hemos hecho todos a Dios tan grandes, que por la menor dellas, según su justicia, merescemos muy bien el infierno; y pues, según su misericordia, nos ha hecho tanta merced de tomarnos por instrumento para alcanzar al demonio destas tierras, quitarle tantos sacrificios de carne humana, traer al rebaño de las escogidas tantas ovejas roñosas y perdidas, y, finalmente, hacer a Ia Divina Majestad tan señalado servicio entre tantos trabajos y peligros como se nos ofrescerán, grande alivio y verdadero consuelo es saber que el que muriere, muere en el servicio de su Dios y predicación de su fee, y el que quedare, si algo nos debe mover lo temporal, permanescerá en tierra próspera, illustrará sus descendientes, hallará descanso en la vejez de los trabajos pasados, y nuestro Rey e señor tendrá tanta cuenta con nuestros servicios, que gratificándoles como puede, anime a otros que, con no menos ánimo que nos, acometan semejantes empresas; y porque veáis claro que en esta jornada se interesan el servicio de Dios, la redención destos miserables, el rendir al demonio, el servir a nuestro Rey, el illustrar vuestras personas y el ennoblecerse y afamar vuestra nasción, el ganar gloria y nombre perpectuo, el esclarecer vuestros descendientes y otros muchos y maravillosos provechos, que no todos, sino cualquiera dellos basta a inflamar y encender cualquier ánimo, cuanto más el del español; será superfluo y aun sospechoso con más palabras tractar cuánto nos conviene, pues hemos puesto la mano en la esteva del arado, por ningún estorbo volver atrás, que grandes cosas jamás se alcanzaron sin trabajo y peligro. Lo que de mí os prometo es que con tanto amor procuraré el adelantamiento de vuestras personas como si fuésedes hermanos míos carnales, y porque todos miran al Capitán, no se ofrescerá trabajo ni peligro que en él no me halle yo primero. Esto era lo que pensaba deciros. Ea, caballeros valerosos; si a mis palabras habéis dado el crédicto que es razón, comenzadme a seguir; y si hay algo que responderme, lo haced luego, que tan buena fortuna no es razón dexarla de las manos.»

     Acabado este razonamiento, fue grande el contento que todos mostraron y el esfuerzo que tomaron, y tomando la mano uno de los Capitanes, que algunos dicen que fue Pedro de Alvarado, otros que Francisco de Montejo, le respondió así:

     «Valeroso y excelente Capitán nuestro, a quien Dios proveyó por tal para adelantamiento nuestro y pro de tantas nasciones como esperamos conquistar; no tenemos que responderte, más de que, pues has hablado conforme a lo que quieren ánimos españoles, que nos hallarás tan a tu voluntad, pues esta es la nuestra, que en ninguna cosa echarás menos nuestra, fidelidad, amor e esfuerzo, diligencia y cuidado; y pues a cada uno de nosotros y a todos juntos conviene seguirte, por lo que nos prometes, la última palabra nuestra es que mandes lo que se debe hacer, pues nosotros estamos esperándolo para obedescerte.»

     Muy alegre Cortés con la repuesta de sus compañeros, dicha primero una misa al Espíritu Sancto, poniendo por intercesor a su abogado Sant Pedro, hizo señal de que todos se hiciesen a la vela.



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Capítulo XXIII

Cómo Cortés partiendo para Cozumel, un navío se adelantó y de lo que subcedió.

     Acabado el razonamiento de Cortés y la respuesta de los suyos, todos con alegre ánimo, oída primero una misa que se dixo al Espíritu Sancto, se comenzaron a embarcar cada Capitán en su navío, como de antes estaba concertado. Yendo todos en conserva, dicen que un navío, o con tiempo (y esto es lo más cierto) o porque era más velero, se adelantó y vino a surgir a un puerto que más tiene manera de playa que de puerto; estaba algo escondido y hacía un poco de abrigo. Puestos allí, no sabiendo dónde estaban, vieron, mirando a la costa, una lebrela que, como sintió ruido de gente y reconosció ser voces de españoles, coleando y ladrando dio muestras de querer pasar adonde el navío estaba. Los nuestros, padesciendo ya nescesidad de comida, considerando que donde aquella lebrela estaba, debía de haber gente española que los socorriese, metiéronse algunos en una barca, y pasando de la otra parte, no hallaron más de la lebrela, la cual hizo grandes extremos de alegría, coleando, saltando, ladrando y corriendo de una parte a otra.

     Los nuestros la regalaron mucho y traxeron consigo, la cual, proveyéndolo Dios así, les fue tan provechosa que sola cazó muchos conejos, de que las nuestros se sustentaban, y acompañada de dos o tres cazó muchos venados, tanto, que no solamente proveyó bastantemente a la nescesidad de la hambre, pero hízose dellos tanta cecina en el navío que después, llegados los otros, la repartieron entre ellos. Lo que se pudo saber de hallar aquella lebrela fue que con tiempo un navío de españoles dio en aquella costa, y sin perderse estuvieron allí algunos días, y después como con nescesidad se hiciesen a la vela, dexaron allí la lebrela sin acordarse della, para que después, por oculto juicio de Dios, fuese ayuda de otros perdidos.



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Capítulo XXIV

Cómo Cortés, prosiguiendo su viaje, llegó a la isla de Cozumel.

     Yendo Hernando Cortés con su flota a vista de tierra en demanda de la Nueva España, habiendo salido con muy buen tiempo, que fue una mañana, a diez e ocho días del mes de hebrero del año, del Señor de mill e quinientos y diez e nueve, habiendo, como es uso, dado nombre a todos los Capitanes y pilotos, que fue de Sant Pedro su abogado, avisándoles asimismo, proveyendo para lo porvenir, que todos tuviesen ojo a la capitana, que llevaba un gran farol para de noche, y cómo el viaje que habían de hacer desde la Punta de Sant Antón, que es en Cuba, para el cabo de Cotoche, que es la primera punta de Yucatán, como era casi leste oeste, como quien dice de oriente a occidente: y como después habían de seguir la costa entre norte y poniente, la primera noche que comenzaron a navegar para atravesar aquel pequeño estrecho, que es de poco más de sesenta leguas, levantóse el viento nordeste con tan recio temporal que desbarató la flota, de manera que cada navío fue por su parte, aunque todos llegaron sin perderse ninguno, de uno en uno y de dos en dos, a la isla de Cozumel, do estaba el navío que halló la lebrela.

     «Los indios de la isla, como vieron surtos tantos navíos, temieron, y alzando el hato, se metieron al monte, y otros se escondieron en cuevas. Viendo esto Cortés, mandó a ciertos soldados que, adereszados como convenía, saltasen en tierra y viesen qué había; los soldados fueron a un templo del demonio que no estaba lexos de la costa; era el templo sumptuoso y de hermoso edificio; allí luego hallaron un pueblo de buenas casas de cantería; entraron dentro, estaba despoblado, hallaron alguna ropa de algodón y ciertas joyas de oro, que llevaron a su Capitán. Holgóse Cortés de verlas, y traídos algunos indios, haciéndoles buen tratamiento, mostrándoles cuanto amor pudo y dándoles algunas cosillas que hay entre nosotros, con alegre semblante los invitó a los suyos, lo cual fue causa que los demás indios poco a poco comenzasen a salir y a venir, trayendo a los nuestros pan de maíz, fructas y mucho pescado, que de todo esto había abundancia en aquella isla. Rescibíanlos muy bien, los nuestros, porque así estaban avisados de su General, el cual para más asegurar aquellos indios, dio al señor, llamado Calatuni, que había venido con ellos, ciertas cosas de mejor parescer y de más prescio, las cuales dio a entender el señor o cacique que tenía en mucho; y así, después de despedido, le invió muchos presentes de comida, los cuales Cortés, dándoles otras cosas, rescibió alegremente; y para más asegurarlos y que entendiesen que él ni los suyos no venían a hacerles mal, hizo una cosa que les aprovechó mucho, y fue que mandó traer delante de los indios todas las preseas y oro que los soldados habían traído del pueblo, para que los indios, conosciéndolas, cada uno tomase lo que era suyo. Desto, como era razón, se maravillaron los indios mucho, y tomando cada uno lo que conosció ser suyo, muy contentos se volvieron a su señor, el cual de ahí adelante con más amor proveyó abundantemen a los nuestros.



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Capítulo XXV

Cómo en Cozumel tuvo lengua de Jerónimo de Aguilar.

     Estando desta manera Cortés, y cresciendo siempre entre los suyos y los indios de Cozumel la contractación y amistad, tuvo noticia que en la costa de Yucatán la tierra adentro había cinco o seis españoles, los cuales los indios de Cozumel dieron a entender por señas, diciendo que eran unos hombres como los nuestros, y tocándose sus barbas, daban a entender que las de aquellos eran largas y crescidas. Entendiendo Cortés ser españoles, le tomó gran voluntad de saber dellos; pero como era dificultoso, y él deseaba proseguir su jornada, no hizo tanto caso como debiera; pero como Dios encaminaba los negocios mejor que Cortés lo podía desear, saliendo Cortés dos o tres veces del puerto de Cozumel en demanda de la Nueva España, con tiempo que le hizo muy bravo, se volvió, y entendiendo por esto que Dios quería que aquellos cristianos saliesen de captiverio y volviesen al servicio de Dios, invió a Diego de Ordás y a Martín de Escalante por Capitanes de dos bergantines, y en el batel de la capitana invió una canoa a aquellos españoles, dándoles por ella a entender que él era venido allí con once navíos, y que lo mejor que pudiesen se entrasen en aquel batel, en guarda del cual inviaba dos bergantines, para que con más seguridad se viniese con ellos. Estos Capitanes, sospechando que Aguilar no sabría leer muy bien, escribieron otra carta de letra de redondo, que contenía lo mismo que la del General, añadiendo que les esperarían seis días. Dieron la una carta y la otra a dos indios que llevaban de la isla de Cozumel, los cuales, aunque con mucho miedo, porque tenían guerra con los de aquella costa, entraron la tierra adentro. Los nuestros esperaron la repuesta los seis días que prometieron y otros dos después. Entretanto, Cortés estaba con pena, creyendo, o que los españoles eran muertos, o que los indios no habían llevado las cartas; y así, haciendo muy buen tiempo, determinó de embarcarse y proseguir su viaje. Saliendo con tiempo próspero, súbitamente se levantó una tan gran tempestad que pensaron todos perescer, y así les fue forzado, que fue la tercera vez, tornar al puerto.

     Los indios que llevaban las cartas, para darlas secretamente a Aguilar y a los otros españoles, las metieron entre el rollo de los cabellos, que los traían muy largos. Dieron las cartas a Aguilar, el cual estuvo muy dubdoso si las mostraría al cacique, su señor, o, si se iría con los mensajeros; y finalmente, así por cumplir con su fidelidad, como porque no se le sigua algún peligro, fue con ellas a su señor, y diciéndole lo que contenían, el señor le dixo sonriéndose: «Aguilar, Aguilar, mucho sabes, y bien has cumplido con lo que debes al amor y fidelidad que como buen criado debías tener y has hecho más de lo que pensabas, porque te hago saber que yo antes que tú tuve estas cartas en mis manos»; y fue así, porque los indios, no sólo guardan fidelidad a su señor, pero al extraño cuando le van a hablar; y así, éstos, de secreto, aunque los nuestros les habían mandado lo contrario, acudieron primero al señor.

     Entendido, pues, por el cacique lo que las cartas contenían, admirándose de que el papel supiese hablar y que por tan menudas

señales los ausentes manifestasen sus conceptos, porque entre los indios, como antiguamente los egipcios (según escribe Artimidoro), no se entendían por letras, sino por pinturas, reportándose un poco el señor, que se había alterado con las nuevas (porque, como adelante diremos, le era muy provechoso Aguilar), le dixo: «Aguilar, pues, ¿qué es ahora lo que tú quieres?», al cual respondiendo Aguilar, dixo: «Señor, no más de lo que tú mandares.» Convencido el cacique con el comedimiento de Aguilar, le tornó a decir: «¿Quieres ir a los tuyos?» Replicó Aguilar: «Señor, si tú me das licencia, yo iré y volveré a servirte.» El cacique con rostro más sereno y alegre le dixo: «Pues vee enhorabuena, aunque sé que no has de volver más.» Con todo esto le detuvo dos días esperando si él se iba o arrepentía, y como vio que no hacía lo uno ni lo otro, le llamó y dixo: «Aguilar, grande ha sido tu bondad, tu humildad, fidelidad y esfuerzo con que en paz y en guerra me has siempre servido; digno eres de mayores mercedes que yo te puedo hacer; y aunque por una parte me convida el amor que te tengo y la nescesidad en que me tengo de ver, caresciendo de tu compañía, por otra, este mismo amor, merescido por tus buenos servicios, y lo que yo debo a señor, me fuerzan a que te dé libertad, que es la cosa que el captivo. más desea; y pues es esta la mayor merced que yo te puedo hacer, vete norabuena a los tuyos, y ruégote por esta buena, obra que te hago y por otras que te habré hecho, que me hagas amigo desos cristianos, pues como por ti he entendido, son tan valientes.»

     Aguilar, rescebida la licencia, con grande humildad se le postró a los pies, y con muchas lágrimas en los ojos (creo que del demasiado contento) le dixo: «Señor, tus dioses queden contigo, que yo cumpliré lo que me mandas como soy obligado». De allí se fue a despedir de otros indios principales con quien tenía amistad. Dicen que el cacique le invió acompañado con algunos indios hasta la costa, donde le guiaron los indios que le traxeron las cartas. Andando por la costa, halló cómo los bergantines le habían esperado por allí ocho días, e muchas cruces levantadas de cañas gruesas, a las cuales, hincado de rodillas, con grandes lágrimas adoraba y abrazaba, paresciéndole que ya estaba en tierra de cristianos y que su largo deseo era cumplido; y como vio que los bergantines no parescían por la costa, entristecióse algún tanto; y pensando en el remedio que tendría para conseguir su deseo, yendo más adelante, vio los ranchos hechos de palmas do los nuestros habían estado; y creyendo que estaban dentro, con gran alegría apresuró el paso, y como llegado no halló a nadie, desmayó mucho; pero como Dios lo guiaba yendo pensativo por la costa abaxo, andada una legua, topó con una canoa llena de arena, la cual vació con ayuda de tres indios que con él iban. Tenía la canoa podrido un lado y por él hacía agua. Aguilar se metió con ellos en la canoa para ver si podría navegar, y como vio que hacía tanta agua, haciendo saltar los dos en tierra, se quedó con el uno, acostándose al lado que no hacía agua; y como vio que desta manera podía navegar, salió a tierra para buscar algún palo con que remase. Proveyó Dios que halló una duela de pipa con que muy a su placer pudo remar; y así, yendo la costa abaxo en busca de los navíos, atravesando por lo más angosto, que por lo menos serían cinco leguas, dio en la costa de Cozumel, y por las grandes corrientes vino a caer dos leguas de los navíos. Como los vio, saltó en tierra con el compañero, e yendo por la playa adelante otro día, que era primer domingo de Cuaresma, ya que el General y su gente habían oído misa y estaban a pique para tornarse a partir, un español llamado Ángel Tintorero, que salía de caza aquella mañana de los montes, estando sacando camotes, que es una fructa de la tierra, alzando la cabeza vio venir a Aguilar, y dándole el corazón lo que era, le dixo: «Hermano, ¿sois cristiano?, y respondiendo Aguilar que sí, sin más aguardar, Ángel Tintorero respondió: «Pues yo voy a pedir las albricias al General», el cual había mandado cient pesos al primero que le diese nuevas del cristiano que tanto deseaba ver.

     Corrió tanto Ángel Tintorero, por que otro no ganase las albricias, diciendo a los que topaba que venían indios de guerra, haciéndoles desta manera volver al real, que llegó casi sin habla do el General estaba, al cual pidió las albricias, y otorgándoselas, fue tanta la alegría con que hablaba, que casi fuera de sí, unas veces le llamaba Señoría, y otras Merced. Finalmente, contando lo mejor que pudo lo que le había subcedido y cómo Aguilar venía, fue tan grande el alegría que rescibió toda la gente, que con habei mandado Cortés, debaxo de pena, que ninguno saliese a verle, los más del exército, unos en pos de otros, salieron por tierra, y casi todos los marineros por la mar se metieron en las barcas a buscarle: y cuando los delanteros que iban por tierra toparon con él, dieron muchas gracias a Dios, y abrazándole le preguntaron diversas cosas. Aguilar estaba tan alegre que apenas podía responder. Acompañado, pues, de mucha gente llegó a la tienda del General; venía desnudo en carnes, cubiertas sus vergüenzas con una venda, que los indios llaman mástil; tresquilada la cabeza desde la frente y lados hasta la mollera, lo demás con cabellos muy crescidos, negros y encordonados, con una cinta de cuero colorado que le llegaba más abaxo de la cinta; llevaba un arco en la mano y un carcax con flechas colgado del hombro, y del otro una como bolsa de red, en la cual traía la comida, que era cierta fructa que llaman camotes. Venía tan quemado del sol, que parescía indio, sino fuera por la barba que la traía crescida, y los indios de aquella tierra acostumbraban a pelársela con unas como tenazuelas, como hacen las mujeres las cejas; venía todo enbixado, que es untarse con un cierto betún que es colorado como almagra, aprovecha esto contra los mosquitos y contra el calor del sol; venía acompañado del indio de la canoa; otros dicen que con los dos indios que le llevaron las cartas.

     Y porque pretendo no callar otras opiniones, escribe Motolinea, a quien siguió Gómara, que el primer domingo de Cuaresma que Cortés y su gente habían oído misa para partirse de Cozumel, vinieron a decirle cómo una canoa atravesaba y venía a la vela de Yucatán para la isla, e que venía derecha hacia do las naos estaban surtas, y que salió Cortés a mirar a do iba, y como vio que se desviaba algo de la flota, dixo a Andrés de Tapia que con algunos compañeros encubiertamente fuesen por la orilla del agua hasta ver si los que iban en la canoa saltaban en tierra; hiciéronlo así, la canoa tomó tierra tras de una punta y salieron della cuatro hombres desnudos, los cuales traían los cabellos trenzados y atados sobre la frente, como mujeres, con los arcos en las manos y a las espaldas carcáxes con flechas; acometiéronlos los nuestros con las espadas desenvainadas para tomarlos; los tres dellos, como eran indios, huyeron; el otro, que era Aguilar, se detuvo, y en la lengua de los indios dixo a los que huían que no temiesen, y volviendo el rostro a los nuestros, les dixo en castellano: «Señores, ¿sois españoles?» Otros dicen que dixo: «Señores, ¿sois cristianos?» Respondiéronle que sí, se alegró en tanta manera que lloraba de placer, e hincándose luego de rodillas, alzando las manos al cielo, dio muchas gracias a Dios por la. merced que le había hecho en sacarle de entre infieles, donde tantas ofensas se hacían a Dios, y ponerle entre cristianos. Andrés de Tapia, atajándole la plática, llegándose a él lo abrazó amorosamente y dio la mano para que se levantase; abrazáronle los demás, y así se vino con los indios compañeros, hablando con Andrés de Tapia, dándole cuenta cómo se había perdido, hasta que llegó do estaba el Capitán.



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Capítulo XXVI

Cómo Aguilar llegó do estaba Cortés, y de cómo le saludó y fue rescebido.

     Era tan grande el deseo que los nuestros tenían de ver a Aguilar e de oír las extrañezas que había de contar, que unos se subían en lugares altos, otros se adelantaban a tomar lugares do Cortés estaba, otros iban muy juntos con él, para entrar juntamente e oírle lo que diría. Llegado, pues, Aguilar do Cortés estaba, desde buen espacio atrás, inclinada la cabeza, hizo grande reverencia; lo mismo, hicieron los indios que con él venían, y, luego, llegándose más cerca, después de haberle dado a Cortés la norabuena de su venida, se puso con los indios en cuchillas, poniendo todos a los lados derechos sus arcos y flechas en el suelo; poniendo las manos derechas en las bocas, untadas de la saliva, las pusieron en tierra, y luego las traxeron al lado del corazón, fregando las manos. Era esta la manera de mayor reverencia y acatamiento con que aquellos indios [veneraban] a sus Príncipes, dando, como creo, a entender, que se allanaban e humillaban a ellos como la tierra que pisaban.

     Cortés, entendiendo ser esta cerimonia y modo de salutación, tornó a decir a Aguilar que fuese muy bien venido, porque era dél muy deseado, y desnudándose una ropa larga, amarilla con una guarnición de carmesí, con sus propias manos, se la echó sobre los hombros, rogándole que se levantase del suelo y se sentase en una silla. Preguntóle cómo se llamaba e respondió que Jerónimo de Aguilar, y que era natural de Écija. A esto, diciéndole Cortés si era pariente de un caballero que se llamaba Marcos de Aguilar, respondió que sí. Sabido esto, le volvió a preguntar si sabía leer y escrebir, y como respondió que sí, le dixo si tenía cuenta con el año, mes y día en que estaba, el cual lo dixo todo como era, dando cuenta de la letra dominical. Preguntadas otras cosas desta manera, le mandó traer de comer; Aguilar comió y bebió poco. Preguntado que por qué comía y bebía tan templadamente, respondió como sabio, porque a cabo de tanto tiempo como había estado acostumbrado a la comida de los indios, su estómago extrañaría la de los cristianos; y siendo poca la cantidad, aunque fuese veneno, no le haría mal. Dicen que era ordenado de Evangelio, y que a esta causa, como adelante diremos, nunca se quiso casar. Hízole Cortés muchos relgalos y caricias, conosciendo la nescesidad que tenía de su persona, para entender a los indios que iba a conquistar, y porque era largo para de una vez informarse del subceso de su vida y cómo había venido a aquel estado, le dixo que se holgase y descansase hasta otro día, mandando al mayordomo que lo vistiese, el cual estonces no la tuvo por mucha merced, porque como estaba acostumbrado de tanto tiempo a andar en carnes, no podía sufrir la ropa que Cortés le había echado encima.



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Capítulo XXII

De lo que otro día Aguilar contó.

     Otro día, con no menos gente, preguntándole Cortés cómo había venido en poder de aquellos indios, dixo: «Señor, estando yo en la guerra del Darién y en las pasiones de Diego de Nicuesa y Blasco Núñez de Balboa, acompañé a Valdivia, que venía para Sancto Domingo a dar cuenta de lo que allí pasaba al Almiante y Gobernador y por gente y vituallas y a traer veinte mill ducados del Rey. Esto fue el año de mill e quinientos y once; e ya que llegábamos a Jamaica se perdió la carabela en los baxíos que llaman de Las Víboras o de los Alacranes o Caimanos. Con dificultad entramos en el batel veinte hombres sin velas e sin pan ni agua e con ruin aparejo de remos.» Esto dice Motolinea. Otros que oyeron a Aguilar dicen que los que entraron en el batel no fueron sino trece, de los en cuales murieron luego los siete, porque vinieron a tan gran nescesidad que bebían lo que orinaban; los seis vinieron a tierra, de los cuales los cuatro fueron sacrificados por los indios; quedaron los dos, que fueron Aguilar y un Fulano de Morales.

     Prosiguiendo Aguilar su plática, dixo: «E desta manera anduvimos catorce días, al cabo de los cuales nos echó la corriente, que es allí muy grande y va siempre tras del sol, a esta tierra, a una provincia que se dice Maya. En el camino murieron de hambre siete de los nuestros, y viniendo los demás en poder de un cruel señor, sacrificó a Valdivia y a otros cuatro; y ofresciéndolos a sus ídolos, después se los comió, haciendo fiesta, según el uso de la tierra, e yo con otros seis quedamos en caponera, para que estando más gordos, para otra fiesta que venía, solemnizásemos con nuestras carnes su banquete. Entendiendo nosotros que ya se acercaba el fin de nuestros días, determinamos de aventurar la vida de otra manera; así que quebramos la jaula donde estábamos metidos e huyendo por unos montes, sin ser vistos de persona viva, quiso Dios que, aunque íbamos muy cansados, topásemos con otro cacique enemigo de aquel de quien huíamos. Era este hombre humano, afable e amigo de hacer bien; llamábase Aquincuz, gobernador de Jamancona; diónos la vida, aunque a trueco de gran servidumbre en que nos puso; murió de ahí a pocos días, e yo luego serví a Taxmar, que le subcedió en el estado.

     «Los otros cinco mis compañeros murieron en breve, con la ruin vida que pasaban; quedó yo solo e un Gonzalo Guerrero, marinero, que estaba con el cacique de Chetemal. y casó con una señora principal de aquella tierra, en quien tiene hijos; es capitán de un cacique llamado Nachancam, e por haber habido muchas victorias contra los enemigos de sus señores, es muy querido y estimado; yo le invié la carta de vuestra merced y rogué por la lengua se viniese, pues había tan buen aparejo y detúveme esperándole más de lo que quisiera; no vino, y creo que de vergüenza, por tener horadadas las narices, labios y orejas y pintado el rostro y labradas las manos al uso de aquella tierra, en la cual los valientes solo pueden traer labradas las manos; bien creo que dexó de venir por el vicio que con la mujer tenía y por el amor de los hijos.

     También hay otros que dicen (que no puso poco espanto en los oyentes) que Aguilar en esta plática dixo que saltando de la barca los que quedaron vivos, toparon luego con indios, uno de los cuales con una macana hendió la cabeza a uno de los nuestros, cuyo nombre calló; y que vendo aturdido, apretándose con las dos manos la cabeza, se metió en una espesura do topó con una mujer, la cual, apretándole la cabeza, le dexó sano, con una señal tan honda que cabía la mano en ella. Quedó como tonto; riunca quiso estar en poblado, y de noche venía por la comida a las casas de los indios, los cuales no le hacían mal, porque tenían entendido que sus dioses le habían curado, paresciéndoles que herida tan espantosa no podía curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Holgábanse con él, porque era gracioso y sin perjuicio vivió en esta vida tres años hasta que murió.

     Esta plática y relación puso gran admiración a los que la oyeron, y cada día, así Cortés como los suyos, le preguntaban otras muchas cosas que por ser dignas de memoria y del gusto de la historia pondré en el capítulo siguiente.



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Capítulo XXVIII

De la vida que Aguilar pasó con el señor a quien últimamente sirvió y de las cosas que en su servicio hizo.

     Dicen los que particularmente comunicaron a Aguilar, cuya relación sigo en lo que diré, que cuando vino a poder deste cacique, los primeros tres años le hizo servir con gran trabajo, porque le hacía traer a cuestas la leña, agua y pescado, y estos trabajos sufríalos Aguilar con alegre rostro por asegurar la vida, que tan amada es. Naturalmente estaba tan subjecto y obedescía con tanta humildad, que no sólo con presteza hacía lo que su señor le mandaba, pero lo que cualquier indio por pequeño que fuese, tanto, que aunque estuviese comiendo, si le mandaban algo, dexaba de comer por hacer el mandado. Con esta humildad ganó el corazón y voluntad de su señor y de todos los de su casa y tierra. Y porque es malo de conoscer el corazón del hombre y el cacique era sabio y deseaba ocupar a Aguilar, como después hizo, en cosas de mucho tomo viendo que vivía tan castamente que aun los ojos no alzaba a las mujeres, procuró tentarle muchas veces, en especial una vez que le invió de noche a pescar a la mar, dándole por compañera una india muy hermosa, de edad de catorce años, la cual había sido industriada del señor para que provocase y atraxese a su amor a Aguilar; dióle una hamaca en que ambos durmiesen. Llegados a la costa, esperando tiempo para entrar a pescar, que había de ser antes que amanesciese, colgando la hamaca de dos árboles, la india se echó en ella y llamó a Aguilar para que durmiesen juntos; él fue tan sufrido, modesto y templado, que haciendo cerca del agua lumbre, se acostó sobre el arena; la india unas veces lo llamaba, otras le decía que no era hombre, porque quería más estar al frío que abrazado y abrigado con ella; él, aunque estuvo vacilando, muchas veces, al cabo se determinó de vencer a su sensualidad y cumplir lo que a Dios había prometido, que era de no llegar a mujer infiel, por que le librase del captiverio en que estaba.

     Vencida esta tentación y hecha la pesca por la mañana, se volvió a su señor, el cual en secreto, delante de otros principales, preguntó a la india si Aguilar había llegado a ella, la cual, como refirió lo que pasaba, el señor de ahí adelante tuvo en mucho a Aguilar, confiándole su mujer y casa, de donde fácilmente se entenderá cómo sola la virtud, aun cerca de las gentes bárbaras, ennoblesce a los hombres. Hízose Aguilar de ahí adelante amar y temer, porque las cosas que dél se confiaron tractó siempre con cordura, antes que viniese en tanta mudanza de fortuna. Decía que estando los indios embixados con sus arcos y flechas un día de fiesta, tirando a un perro que tenían colgado de muy alto, llegóse un indio principal a Aguilar que estaba mirándolo detrás de un seto de cañas, y asiéndole del brazo le dixo: «Aguilar, ¿qué te paresce destos flecheros cuán certeros son, que el que tira al ojo da en el ojo, y el que tira a la boca da en la boca?; ¿qué te paresce si poniéndote a ti allí, si te errarían?» Aguilar, con grande humildad, le respondió: «Señor, yo soy tu esclavo y podrás hacer de mí lo que quisieres; pero tú eres tan bueno que no querrás perder un esclavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares.» El indio después dixo a Aguilar que aposta le había inviado el cacique para saber, como ellos dicen, si su corazón era humilde.



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Capítulo XXIX

Cómo Aguilar en servicio de su señor venció ciertas batallas.

     Estando Aguilar muy en gracia de su señor, ofrecióse una guerra con otro señor comarcano, la cual había sido, en años atrás muy reñida y ninguno había sido vencedor; y así, durando los odios entre ellos, que suelen ser hasta beberse la sangre, tornando a ponerse en guerra, Aguilar le dixo: «Señor, yo sé que en esta guerra tienes razón y sabes de mí que en todo lo que se ha ofrescido, te he servido con todo cuidado; suplícote me mandes dar las armas que para esta guerra son nescesarias, que yo quiero emplear mi vida en tu servicio, y espero en mi Dios de salir con la victoria.» El cacique se holeó mucho, y le mandó dar rodela y macana, arco y flechas, con las cuales entró en la batalla; y como peleaba con ánimo español, aunque no estaba exercitado en aquella manera de armas, delante de su señor hizo muchos campos y venciólos dichosamente. Señalóse y mostróse mucho en los recuentros, tanto que ya los enemigos le tenían gran miedo y perdieron mucho del ánimo en la batalla campal que después se dio, en la cual Aguilar fue la principal parte para que su señor venciese y subjectase a sus enemigos.

     Vencida esta batalla, cresciendo entre los indios comarcanos la envidia de los hechos de Aguilar, un cacique muy poderoso invió a decir a su señor que sacrificase luego a Aguilar que estaban los dioses enojados dél porque había vencido con ayuda de hombre extraño de su religión. El cacique respondió que no era razón dar tan mal pago a quien tan bien le había servido, y que debía de ser bueno el Dios de Aguilar, pues tan bien le ayudaba en defender la razón. Esta respuesta indignó tanto aquel señor, que vino con mucha gente, determinando con traición de matar a Aguilar y después de hacer esclavo a su señor; y así, ayudado y favorescido de otros señores comarcanos, vino con gran pujanza de gente, cierto que la victoria no se le podía ir de las manos.

     Sabido esto por el señor de Aguilar, estuvo muy perplexo y aun temeroso del subceso; entró en consejo con los más principales; llamó a Aguilar para que diese su parescer; no faltaron entre los del consejo algunos que desconfiando de Aguilar, dixesen que era mejor matarle que venir a manos de enemigo que venía tan pujante. El señor reprehendió ásperamente a los que esto aconsejaban, y Aguilar se levantó con grande ánimo y dixo; «Señores, no temáis, que yo espero en mi Dios, pues tenéis justicia, que yo saldré con la victoria, y será desta manera que al tiempo que las haces se junten, yo me tenderé en el suelo entre las hierbas con algunos de los más valientes de vosotros, y luego nuestro exército hará que huye, y nuestros enemigos con el alegría de la victoria y alcance, se derramarán e irán descuidados; e ya que los tengáis apartados de mí con gran ánimo, volveréis sobre ellos, que estonces yo los acometeré por las espaldas; e así, cuando se vean de la una parte y de la otra cercados, por muchos que sean desmayarán, porque los enemigos cuando están turbados, mientras más son, más se estorban.»

     Agradó mucho este consejo al señor y a todos los demás, y salieron luego al enemigo; Aguilar llevaba una rodela y una espada de Castilla en la mano; e ya que estaban a vista de los enemigos. Aguilar en alta voz, que de todos pudo ser oído, habló desta manera: «Señores, los enemigos están cerca; acordaos de lo concertado, que hoy os va ser esclavos o ser señores de toda la tierra.» Acabado de decir esto, se juntaron las haces con grande alarido: Aguilar con otros se tendió entre unos matorrales, y el exército comenzó a huir y el de los enemigos a seguirle; Aguilar, cuando vio que era tiempo acometió con tanto esfuerzo que, matando e hiriendo en breve, hizo tanto estrago que luego de su parte se conosció la victoria porque los que iban delante, fingiendo que huían, cobraron tanto ánimo y revolvieron sobre sus enemigos con tanto esfuerzo, que matando muchos dellos, pusieron los demás en huída. Prendieron a muchos principales, que después sacrificaron. Con esta victoria aseguró su tierra y estando el adelante no había hombre que osase acometerle. Esta y otras cosas que Aguilar hizo le pusieron en tanta gracia con su señor, que un día, amohinándose con un su hijo, heredero de la casa y estado, por no sé qué le había dicho, le dio un bofetón. El muchacho, llorando, se quexó a su padre, el cual mansamente dixo a Aguilar que de ahí adelante mirase mejor lo que hacía, porque si no tuviera respecto a sus buenos servicios, le mandara sacrificar. Aguilar le respondió con humildad que el muchacho le había dado causa y que a él le pesaba dello, y que de ahí adelante no le enojaría. El señor, volviendo adonde el hijo estaba, le mandó azotar, porque de ahí adelante no se atreviese a burlar con los hombres de más edad que él. Quedó con esto muy confuso Aguilar, aunque más favorescido y de todos tenido en más.

     Después desto pasaron por aquella costa los navíos de Francisco Hernández de Córdoba y los de Grijalva, y como los indios tuvieron algún trato con ellos, tuvieron en mucho a Aguilar, porque parescía a los otros, aunque siempre tuvieron en él muy grande recaudo porque no se fuese.

     Dicen, como escribe Fray Toribio, que la madre de Aguilar, como supo que su hijo estaba en poder de indios y que comían carne humana, que tomó tanta pena, que tornándose loca, de ahí adelante nunca jamás quiso comer carne cocida ni asada, diciendo, que era la carne de su hijo; y estas y otras muchas cosas se dicen de Aguilar, que por no ser tan averiguadas dexo de escrebir; y volviendo al proceso de la historia, diré algo de la isla de Cozumel y tierra de Yucatán.



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Capítulo XXX

Qué tierra es Yucatán y por qué se llamó así, y lo que los religiosos de Sant Francisco después hallaron en ella.

     Justo es que, pues hemos de proseguir conforme a la verdad de la historia la dichosa jornada de Cortés, que primero que vaya adelante, diga algo de la isla de Cozumel y de lo que en ella hizo Cortés antes que se partiese, el cual, cuando vio que los indios tenían ya tanta amistad con los nuestros, que se sufría por lengua de Aguilar desengañarlos de la idolatría en que estaban; y así, juntando los más que pudo, y entre ellos a todos los principales y a los que eran sacerdotes de los demonios, asentado en alto, y a par dél Aguilar, en pie en el principal templo dellos, les habló en la manera siguiente:

     «Hermanos e hijos míos: ya sabréis e habréis visto y entendido del tracto y comunicación que con vosotros hemos tenido, que aunque somos tan diferentes en lengua, costumbres y religión, nunca os hemos hecho enojo ni dado pesadumbre ni pretendido vuestra hacienda, lo cual si bien lo miráis, claramente os da a entender que tenemos los corazones piadosos y que no deseamos ni queremos más que teneros por amigos, para que si entre vosotros hobiere alguna cosa buena que imitar la sigamos, y así vosotros hagáis lo mismo, conosciendo haber algo entre nosotros que debáis seguir. Ya os dixe al principio, cuando entré en esta isla, que yo y estos mis compañeros veníamos por mandado de un gran señor que se dice D. Carlos, Emperador de los romanos, cuyo señorío es a la parte del occidente, para que le reconoscáis por señor, como nosotros hacemos y porque veáis cuánto le debéis amar, sabiendo que así en las costumbres y policía humana, como en la religión, estábades engañados, nos invió para que principalmente os enseñásemos que sepáis que hay un solo Dios, que crió el cielo y la tierra, y que las criapturas que adoráis no son dioses, pues veis que son menos que vosotros, y que el demonio os traiga engañados parece claro, pues contra toda razón natural manda y quiere que los innocentes y sin culpa sean sacrificados. Este mismo hace que contra toda ley natural y contra la generación humana, los hombres tengáis acceso con otros hombres, habiendo Dios criado las mujeres para semejante uso; coméis os unos a otros, habiéndoos Dios dado tanta variedad de animales sobre la tierra, de aves en el aire y peces en el agua. Nuestro Dios es clementísimo; crió todo lo que veis para servicio del hombre, y para que después que muriese, creyéndole y guardándole su ley en esta vida, para siempre después le gozase; y pues sois, como nosotros, nascidos y criados para adorar y gozar a este gran Dios que todo lo que veis crió, y que por llevarnos para sí murió en la cruz, resucitando para que después resucitásemos, quebrantad y deshaced esas feas estatuas de piedra y madera, que ellas no son dioses, ni lo pueden ser, pues las fabricaron vuestras manos; y para que mejor lo creáis, quiéroos descubrir una maldad con que hasta ahora os han engañado los ministros del demonio, perseguidor vuestro, y es que como esas figuras son huecas por de dentro, métese un indio por debaxo y por una cerbana habla y da respuesta, fingiendo que las figuras hablan; y porque no penséis que os engaño, delante de vosotros derribaré un ídolo y haré que los sacerdotes confiesen ser así lo que digo.» Diciendo esto, hizo pedazos un ídolo y luego los demás compañeros los otros; confundiéronse los sacerdotes y dixeron públicamente que aquel secreto no lo podía revelar ni magnifestar otro que aquel gran Dios de quien hablaba el General.

     Fue cosa de ver cómo los indios ayudaron luego a los cristianos a quebrantar los ídolos. Alegre desto, como era razón, Hernando Cortés, hizo poner cruces, dándoles a entender que en una como aquélla Dios, hecho hombre, había padescido por librar al hombre de la servidumbre del demonio. Dióles luego una imagen de Nuestra Señora, diciéndoles que aquella era figura de la Madre de Dios, de quien Él había nascido; que la tomasen por abogada y a ella pidiesen el agua y buenos temporales, porque se los daría, porque nadie podía tanto con Dios como ella. Rescibieron esta imagen los indios con gran devoción y reverencia y adoráronla de ahí adelante, alcanzando todo lo que pedían, y aficionáronse tanto a los nuestros, que a todos los navíos que después por allí pasaron, rerscibieron de paz e hicieron muy buen tractamiento, proveyéndolos de todo lo nescesario, mostrándoles la imagen que Cortés les había dado, al cual llamaban señor y padre; y como vían que los nuestros, quitándose las gorras se hincaban de rodillas y la adoraban, crescía en ellos la fee y devoción.

     Después que Cortés hubo acabado su plática y derrocado los ídolos, puesto las cruces y dado la imagen, diciéndoles otras cosas de nuestra sancta fee, abrazó a los señores y a los sacerdotes, encomendándoles mucho se acordasen de lo que les había dicho; dióles algunas joyas; despidióse dellos no sin muchas lágrimas y otras muestras de grande amor entre los nuestros y ellos.



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Capítulo XXXI

Do se prosigue la materia del precedente.

     Esta isla de Cozumel, donde tan bien fueron rescibidos los nuestros, llamóse por Joan de Grijalva, Sancta Cruz, porque el día de la Cruz de Mayo la descubrió; y aunque hemos dicho que después de derrocados los ídolos, Cortés hizo poner cruces, dicen algunos que en un cercado almenado de buen edificio, en medio dél hallaron una cruz de cal y canto, de más de estado y medio en alto, a la cual moradores de la isla adoraban por dios de la lluvia; de manera que cuando tenían falta de agua iban a ella los sacerdotes, y con ellos los hombres y mujeres, niños y niñas, y con gran devoción, ofresciéndole copal, que es entre los indios como encienso, sacrificándole codornices para le aplacar, le demandaban agua. Afirmaban los viejos que jamás la habían pedido, que luego o dentro de poco tiempo no lloviese, lo que no les acontescía con los otros dioses.

     Tiene esta isla de box, según algunos dicen, diez leguas, y según otros, más, y según otros, menos. Está en el mismo altor que México, que son diez e nueve grados; dista de la Punta de las Mujeres o Amazonas, que llaman cabo de Cotoche, cinco leguas largas; hay en esta isla buenos edificios de cal y canto, especialmente los templos; la gente andaba desnuda; cubrían sus vergüenzas con una tirilla de lienzo; su principal mantenimiento era pescado, a cuya causa entre ellos había grandes pescadores. Hay venados pequeños y puercos monteses también pequeños; son negros, tienen una lista blanca por medio y el ombligo en el lomo; andan las más vez en manada, defiéndense bravamente, y cuando los acosan se encierran en cuevas, para sacarlos de las cuales les hacen un seto de rama alderredor, y echándoles humo, salen luego, y como están cercados, con facilidad los cazadores los flechan y alancean.

     En esta isla montuosa; en lo llano habitan los moradores; es de buen temple y sana, y dase mucho maíz; hay gran copia de aves, que llaman gallinas de la tierra; mucha miel y cera. Tenía cinco mill moradores, aunque ahora may muy muchos menos; la causa es porque estonces cada uno tenía las mujeres que podía sustentar.

     Había en ella cinco pueblos y muchas cuevas, donde vivían los moradores. Sembraban en las resquebrajaduras de las piedras. Está por un río grande abaxo quince leguas de Yucatán, y por la tierra treinta. Es subjecta a Yucatán y allí traen su tribucto. E porque he tocado en Yucatán, será bien saber, que en gran parte de aquella tierra, de los cuatro elementos paresce que faltan los tres, porque es toda como un peñasco, y así la llaman malpaís; apenas se vee tierra. Siembran los moradores en las grietas y resquebrajos que hacen las peñas, y acude bien por la humedad de los ríos y arroyos que corren por debaxo, aunque diez y doce estados de hondo llevan los ríos sus peces; tómase el agua debaxo de la tierra. Paresce también que falta el elemento del aire, por ser la tierra llana y llena de arcabucos muy espesos; con todo esto es tierra sana; abunda de cera y miel; hay mucha copia de algodón, que ahora la hace muy rica por la ropa que en ella se labra; danse mucho las legumbres y fructas de la tierra. Hay al presente monesterios de Sant Francisco y algunos pueblos de españoles, el principal y cabeza de los cuales se llama Mérida. Señalóse en la conquista desta tierra y población della D. Francisco de Montejo, de lo cual diré en la primera parte desta historia. Agora, viniendo al viaje de Cortés, diré cómo tomó a Champotón y lo que en él le subcedió.



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Capítulo XXXII

Cómo Hernando Cortés tomó a Champotón y de lo que le subcedió.

     Salió Cortés con su flota en demanda del navío que le faltaba, que con el tiempo se perdió al salir de la Punta de Sant Antón y Cabo de Corrientes, que por ser pequeño no pudo sufrir el tiempo. Llamábase El Guecho. Cresce la mar mucho cerca de Campeche, y es esto cosa de mirar en ello, porque en toda la mar del Norte no cresce ni decresce sino muy poco, desde la Mar del Labrador a Paria. Tráense dello diversas razones, aunque las menos satisfacen.

     Prosiguiendo Cortés su derrota, llegó a una ensenada que hace unas isletas, cerca de una de las cuales, que Grijalva llamó Puerto de Términos, halló el navío sano y entero, y toda la gente buena, proveída de mucha cecina que con la lebrela habían cazado; y había tanta copia de conejos, que los mataban a palos. Llamó Cortés a aquel puerto el Puerto Escondido; alegróse grandemente en haber hallado el navío sin haber subcedido desgracia; regocijáronse mucho los unos con los otros, preguntándose cómo les había ido, porque los de la flota creyeron que el navío había dado al través, y estaban ya desconfiados de toparle, o que, a lo menos, morirían de hambre los que en él iban, por no ir muy bien proveídos. Los del navío también creyeron que, o la flota era desbaratada o que habían pasado muy adelante. El Capitán del navío se llamaba Escobar.

     Juntos, pues, todos, aunque hasta allí habían padescido muchos trabajos, con buen tiempo navegando la vía de Sant Joan de Lúa, llegaron a un río muy grande que Grijalva descubrió, por lo cual le llamaron el Río de Grijalva, e por otro nombre el río de Tabasco o de Champotón, en la boca del cual surgió el General, no atreviéndose a entrar con los navíos gruesos, desde los cuales vieron luego gran población no lexos del río. Acudieron a la lengua del agua muchos indios a manera de guerra, con arcos y flechas, plumajes y devisas, pintados a la usanza de la guerra; venían determinados de no dexar desembarcar a ninguno de los nuestros, paresciéndoles que les subcedería como con los navíos que antes habían ojeado. Cortés, dexando guarda la que era menester, saltó con la demás gente en los bateles con ciertas piezas de artillería y los suyos bien armados; entró por el río arriba, aunque la corriente no les ayudaba nada; andada legua y media, vieron un gran pueblo con casas de adobes cubiertas de paja y cercado de madera con gruesa pared almenada y con sus troneras para flechar a los enemigos. Entonces, dicen unos que los indios entraron en muchas canoas y muy enojados reprehendiendo a los nuestros, porque se habían atrevido a entrar por su tierra. Otros dicen que desde la playa los amenazaban.

     Acercóse Aguilar a ellos, y por Aguilar y por un indio que traía, lo mejor que pudo les dio a entender que no venía a hacerles mal, sino a ser su amigo y contratar con ellos. Los indios, o porque estaban lexos, o porque no querían entenderlo, respondieron que no entendían. Cortés entonces se acercó hasta zabordar en tierra, y el indio, como vido tiempo para su deseo, saltó en tierra y fuese a los otros indios, diciéndoles que aquellos hombres advenedizos tenían mal corazón y que tan crueles y robadores; que no los rescibiesen ni proveyesen de cosa. Hizo este indio con sus palabras tanta fuerza en los pechos de los demás indios que fue muy dificultoso, como diremos, el subjectarlos. Hízoles Cortés señal de paz y rogóles por Aguilar que le oyesen; pidióles alguna comida para pasar adelante; ellos en una canoa le inviaron un poco de maíz y tres o cuatro gallinas de la tierra, diciéndole que tomase aquello y que se fuese luego; si no, que le harían cruda guerra, y tractarían a él y a los suyos como habían tractado a los otros sus compañeros. Replicóles el General que toda templanza que no fuesen tan crueles e que ya veían que para tantos hombres era poca comida aquella; que le traxesen más, que él se la pagaría. Los indios, mientras más blandamente les hablaba, más se indignaban contra él, tornando a amenazarle que si no se iba, matarían a él y a los suyos. Esto era a hora de vísperas.

     Cortés, vista la crueldad y mala intención de aquellos indios, recogióse a una isleta que el río allí hace, y en la noche cada uno pensó engañar al otro, porque los indios levantaron la ropa y sacaron las mujeres y niños, juntando toda la gente de guerra, para dar en los nuestros; y Cortés invió tres hombres el río arriba a buscar el vado, y aunque el río es muy grande, como era verano, le hallaron. Mandó a éstos que pasado el río diesen vuelta al pueblo para ver si por alguna parte podía entrar, los cuales, habiéndolo bien visto, volvieron y dixeron que por las espaldas un arroyo arriba se podía entrar. Entendido esto por Cortés, lo más secretamente que pudo invió a Alonso de Avila, Capitán que era de un navío, persona de quien Cortés tenía mucho concepto, con ciento y cincuenta hombres de pie, para que aquella noche, encubiertamente, se pusiese cerca del pueblo por la parte que los tres hombres habían dicho que se podía entrar, con aviso que cuando él desde los bateles mandase soltar un tiro, acometiese con grande esfuerzo al pueblo. En el entretanto que Alonso de Ávila iba con su gente, el General mandó que los Capitanes de los navíos saltasen con sus soldados en los bateles, y él se metió en otro con hasta treinta soldados, mandando a Alonso de Mesa, que era el artillero, que cargase dos tiros a la proa del batel, y así, puestos todos a punto, con pocas palabras los animó desta manera:

     «Señores y amigos míos: Nosotros como cristianos hemos hecho el deber, convidando a estos indios con la paz y comprándoles la comida, de que tanta nescesidad tenemos, nos la niegan; y como si les hubiésemos hecho algún daño, nos tienen por sus enemigos. Resta que tornándolos a convidar con la paz y amistad, si no la admitieren, los acometamos, como está concertado, con toda furia, para que hagan por temor lo que no quieren por amor, y pues todos habéis de pelear, no por quitar la vida a otros, sino por sustentar la vuestra, razón es que cada uno haga lo que debe.»

     Dichas estas palabras, se fue llegando a tierra poco antes que amanesciese, e ya los indios estaban en la playa despidiendo contra los nuestros muchas flechas. El General hizo señal de paz, y por Aguilar les rogó le oyesen; díxoles lo que otras veces, y finalmente, pasada uno hora en demandas y respuestas, diciendo Cortés que había de entrar en el pueblo y ellos que no, mandó soltar el tiro, y saltando luego en tierra con toda la gente los acometió con grande esfuerzo; luego Alonso de Ávila por la rezaga, como estaba concertado, dio en el pueblo. Los indios, como se vieron cercados y sintieron la celada, espantados de los tiros y del ardid de los nuestros, quedaron muchos dellos muertos, desampararon el pueblo, metiéronse en el monte. Cortés, con muy poco daño de los suyos, entró en el templo de los ídolos, que era fuerte y muy grande, donde puso su gente; halló poca presa, aunque mucha comida; y aquella noche, puestas sus guardas y centinelas, descansó hasta otro día, en el cual subcedió lo siguiente.



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Capítulo XXXIII

De lo que a Cortés le acaesció el día siguiente con los indios del río de Grijalva.

     Otro día después de curados los heridos, que serían hasta cuarenta, mandó Cortés que le traxesen allí los indios presos, y por la lengua de Aguilar les dixo: «Amigos y hermanos míos: Porque sepáis que nosotros no os venimos a hacer mal, aunque vosotros nos le habéis procurado, os podéis ir libremente a vuestro señor y decirle heis de mí parte que de los heridos y muertos y de todo el daño hecho a mi me pesa más que a ellos, aunque, como sabéis, vosotros tenéis la culpa, pues habiéndoos sido rogado tantas veces con la paz no la habéis querido. Diréis también a vuestro señor, de mi parte, que yo le deseo tener por amigo, y que si no lo rescibe por pesadumbre, me venga a ver, porque tengo muchas cosas que le decir de parte de Dios y del gran señor que me invía; y si no quisiere venir, decirle heis que yo le iré a buscar, y le rogaré por bien me provea de comida, porque no es razón en tierra poblada de hombres tan valientes como vosotros muramos de hambre. Traerle heis a la memoria como los indios de Cozumel nos rescibieron y proveyeron de lo nescesario, quedando, [cuando] nos partimos, por muy amigos nuestros.

     Los indios se partieron muy alegres, como aquellos que habían cobrado su libertad, e aunque con muchas palabras encarescieron a su señor y a otros principales el buen tratamiento que Cortés les había hecho y relataron por extenso lo que les había encargado, no por eso el señor mudó propósito, antes más endurescido, juntó gente de cinco provincias, en que habría más de cuarenta mill hombres, entre los cuales venían los señores y caudillos que los regían, conjurados de morir todos o matar aquellos pocos españoles y comerlos con gran regocijo en la primera fiesta principal que viniese.

     Otro día vinieron hasta veinte indios bien adereszados a su modo que parescían hombres principales, y dixeron a Cortés que su señor le rogaba que no quemasen el pueblo, que ellos le traerían vituallas. Cortés, respondiéndoles graciosamente, les dixo que él no se enojaba con las paredes, pues soltaba los hombres que tenía presos, e que ya les había otras veces dicho que de parte de Dios y de un gran rey, su señor, tenía que decirles cosas que si las oyesen les darían gran contento. Los indios, que más eran espías que embaxadores, se volvieron, y por asegurar a los nuestros, otro día vinieron con alguna comida, la cual Cortés les pagó algunas cosas de Castilla. Dixéronle después de haberle dado la comida y rescebido el rescate, que su señor decía que libremente podía entrar por la tierra adentro a rescatar comida. Holgó mucho desto Cortés, creyendo que, como habían sido vencidos y sentido las grandes fuerzas de los españoles, querían más la paz que la guerra. Cortés les respondió que se lo agradescía mucho y que así lo haría.

     En el entretanto los indios se acaudillaron en partes donde de los nuestros no pudiesen ser vistos, para acometerlos cuando fuese tiempo. Cortés, no recelando la celada, otro día invió tres Capitanes, los cuales fueron Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado y Gonzalo de Sandoval, cada uno con ochenta compañeros; el uno de los Capitanes dio en unos maizales cerca de un pueblo, y rogando a los indios le vendiesen maíz, los cuales no queriendo, de palabra en palabra, vinieron a las armas, y fue la furia con que los indios acometieron tan grande, que parescía llover flechas sobre los nuestros. Resistió la capitanía lo que pudo, hasta que se vinieron retrayendo a una parte donde los indios los pusieron en grande aprieto, y murieran todos sin quedar hombre si las otras dos compañías no acudieran a la grita. Trabáse de nuevo una brava batalla que duró hasta la noche, en la cual murieron algunos españoles y fueron heridos muchos, y de las armas; casi los más se encalmaron; hicieran grande estrago en los indios, aunque por ser tantos no los pudieron vencer.

     Luego otro día, como Cortés entendió la malicia e odio en que los Champotón perseveraban, después de haber llevado aquella noche todos los heridos a las naos, hizo que muy de mañana, luego después de haber oído misa, saltasen en tierra los sanos, e juntó en campo quinientos hombres y doce de a caballo, que fueron los primeros que en aquella tierra entraron. Ordenólos y repartiólos por sus capitanías, poniéndolos por los caminos hacia el lugar do había de ir, que se llamaba Acintla, que quiere decir en nuestra lengua «lugar cerca de agua». Ordenó el artillería, de la cual llevaba cargo Alonso de Mesa, el cual en lo más de la conquista fue muy nescesario. Los indios, en el entretanto, no se descuidaban nada, porque no era amanescido cuando en número de más de cuarenta mill en cinco escuadrones salieron a buscar a los nuestros, y como gente práctica en la tierra, los esperaron entre unas acequias de agua y ciénagas hondas y malas de pasar.

     Cuando los nuestros se vinieron a juntar con los indios, se hallaron muy embarazados y comenzaron a perder el orden que llevaban. El General, con los de a caballo, fue hacia do entendió que estaba la mayor fuerza de los enemigos, mandando a la gente de pie que caminase por una calzada que de una parte y de otra estaba llena de agua; él pasó con los de a caballo por la mano izquierda do iba la gente, y no pudo llegar a los contrarios tan presto como pensó, ni ayudar a los suyos. En el entretando, los indios acometieron con gran furia a los nuestros con varias flechas y piedras de honda; teníanlos cercados y metidos en una hoya a manera de herradura; pusiéronlos en tan gran peligro, aunque los nuestros hacían gran daño en ellos con las ballestas, escopetas y artillería, que se vieron muy fatigados, así porque los indios eran muchos y acometían siempre de refresco, mudándose unos y viniendo otros, como porque se reparaban con los árboles y valladares.

     Los nuestros se dieron priesa a salir de aquel mal paso, metiéndose hacia un lado a otro lugar más espacioso y llano y con menos acequias, donde se aprovecharon más de las armas y especialmente de los tiros, los cuales hicieron mucho daño, porque como los enemigos eran muchos, daban siempre en lleno. Con todo esto, como los enemigos eran tantos y los españoles se iban cansando y había siempre más heridos, los arremolinaron en tan poco estrecho de tierra, que les fue forzado para defenderse pelear vueltas las espaldas uno a otros; y aun desta manera estuvieron en muy gran peligro, porque ni tenían lugar de jugar el artillería ni de hacer campo con las armas, porque los de a caballo aún no habían llegado. Estando en tan estrecho trance aparesció uno de a caballo, que pensaron los nuestros ser el General o Francisco de Morla; arremetió a los indios con muy gran furia; retirólos gran espacio; los nuestros cobraron esfuerzo y acometieron con gran ánimo, hiriendo y matando en los indios; el de a caballo desapareció, y como los indios eran tantos, revolvieron sobre los nuestros, tornándolos a poner en el estrecho que antes; el de a caballo volvió y socorrió a los nuestros con más furia e ímpetu que de antes; esto hizo tres veces, hasta que Cortés llegó con los de a caballo, harto de pasar arroyos e ciénagas y otros malos pasos, el cual, viendo su gente en tan gran peligro, les dixo en alta voz: «Adelante, compañeros; que Dios y Sancta María es con nosotros y el Apóstol Sant Pedro, que el favor del cielo no nos puede faltar si hacemos el deber.» Dichas estas palabras arremetió a más correr con los otros de a caballo por medio de los enemigos; lanzólos fuera de las acequias y retráxolos en parte do a su placer los pudo desbaratar. Los indios dexaron el campo, y confusos y sin orden se metieron huyendo por las espesuras, que no paró hombre con hombre. Acudieron luego los de a pie y siguieron el alcance, en el cual mataron más de trecientos indios, sin otros muchos que hirieron. Pasó esta batalla Lunes sancto.

     El General, conseguida esta victoria, mandó tocar a recoger; fueron los heridos de flechas y piedras sesenta; dicen que no murió ninguno: mandólos el General curar todos; dieron muchas gracias a Dios por la merced que les había hecho en librarlos de tantos enemigos; comenzaron a tractar quién sería el de a caballo; los más decían ser el Apóstol Sanctiago, aunque Cortés, como era tan devoto de Sant Pedro, decía ser su abogado, al cual en aquel día con gran devoción se había encomendado; y aunque no está cierto cuál de los dos Apóstoles fuese aquel caballero, lo que se averiguó por muy cierto fue no haber sido hombre humano ni alguno de los de la compañía; de adonde consta claramente cómo Dios favorescía esta jornada, para que su sancta fee se plantase en tierra do por tantos millares de años el demonio tiranizaba.



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Capítulo XXXIV

Cómo vencidos los champotones, convencidos por buenos comedimientos, se dieron por amigos.

     Acabada esta batalla, que se concluyó, con la noche, los nuestros descansaron en el real dos días, porque estaban cansados y fatigados de la hambre. En el entretanto, Cortés invió algunos de los indios que tenía presos al señor y a otros comarcanos caciques que con él se habían juntado a hacer la guerra, a decirle que le pesaba del daño hecho entre ambas las partes, y que ellos lo habían mirado mal en no tener cuenta con los ofrescimientos que les había hecho y con no admitir el aviso que cerca de lo que les convenía, les quería dar de parte Dios y de aquel gran Emperador por cuyo mandado venía a comunicarlos, y que por lo subcedido entenderían cuán poca razón habían tenido, pues tan pocos españoles habían vencido a tantos indios, y que con todo esto, él les perdonaba la culpa que en esto habían tenido si luego venían a él a darle razón por qué habían estado tan endurescidos y habían porfiado tanto contra tan buenos comedimientos, y que les apercebía que si dentro de dos días no venían, que él los iría a buscar por toda la tierra, destruyendo y talando cuanto hallase y no dando vida a hombre que topase.

     Como la repuesta se tardó algo, al tercero día Cortés salió al campo con determinación de buscarlos; en esto vinieron hasta cincuenta indios principales de parte de todos aquellos señores que habían sido en la liga, los cuales, humillándose al Capitán, hablaron desta manera: «Los que aquí venimos somos tus esclavos, y de parte de nuestros señores, que también se ofrescen por tus esclavos, te hacemos saber que están muy pesantes de haberte enojado, aunque han llevado la peor parte, y dicen que bien paresce que tenían poca razón y tú mucha, pues sus dioses, siendo nosotros tantos, no quisieron darles la victoria, y que pues ellos conoscen su culpa y tu mucha razón y el gran esfuerzo con que has peleado, te suplican los perdones y rescibas por tus amigos, que ellos te guardarán para siempre esta fee y palabra que te dan, en testimonio de lo cual te piden les hagas merced de darles licencia para enterrar los muertos y seguridad para venirte a besar las manos y oír todo lo que les quisieres decir.»

     Cortés con alegre rostro respondió en pocas palabras que se holgaba hubiesen venido en conoscimiento de su error y que les daba licencia para lo que pedían, y que en la venida de los señores no le mintiesen, porque ya no los oiría por mensajeros. Despidiéronse con grandes comedimientos los indios, y después de dada la repuesta, sus señores les preguntaron extensamente del asiento y orden de los nuestros, la gravedad y severidad con que el General los había rescebido y respondido, las armas y bullicio de gente y otras particularidades que no en poca admiración los pusieron; y así juntos, antes que ninguno fuese a su casa, trataron si sería bien cumplir la palabra o volver sobre los nuestros.

     Finalmente, después de grandes altercaciones, se resumieron en ir a ver al Capitán, por no poner en condisción sus personas y estados, entendiendo que sus fuerzas no eran iguales con las de los nuestros y que parescíamos invencibles e inmortales. Con esta determinación salieron a su modo ricamente vestidos, acompañados de muchos indios, con joyas de oro que valdrían hasta cuatrocientos pesos, para presentar al General. Fue la cantidad tan poca, porque en aquella tierra no labran oro, ni hay minas de plata; llevaron, que era lo que más hacía al caso, mucho bastimiento de pan, gallinas y fructas. El señor principal iba acompañado de los otros señores, entre dos de los más principales; la demás gente iba un poco atrás.

     Llegaron do el General estaba, y poniendo delante del los criados el presente, ellos le hicieron un grande acatamiento. Levantóse Cortés de la silla y abrazó primero aquel señor, y luego a todos los demás por su orden. Hecho esto, un indio, haciendo gran comedimiento, se puso a un lado entre aquel señor y el General. Aguilar se puso del otro lado, para declarar lo que el indio quería decir, al cual señor, haciendo gran comedimiento y reverencia a Cortés, dixo todo lo que él por su propia boca pudiera decir, para que lo dixese a Aguilar. Es esta costumbre entre ellos, que cuando el señor con quien hablan no entiende la lengua, ponen a un criado a que hable, pues el criado del otro señor ha de declararlo, y así guardan entre ellos su auctoridad y reputación. Lo que este señor dixo por boca de su criado, e interpretado por Aguilar, fue que él y aquellos señores humildemente se ofrescían por sus criados, y que de lo pasado les pesaba mucho, porque habían sido engañados; que de ahí adelante le servirían en todo, e que en señal desto le traían aquel oro y joyas y ofrescían aquel bastimento para el real, y que ellos y la tierra toda estarían siempre a su servicio y le obedescían como a su señor, aquel gran Príncipe en cuyo nombre habían venido.

     Holgóse Cortés en extremo con lo que el señor les dixo, tornóle a abrazar e hízole grandes caricias; dio a él y a los otros señores cosas de rescate, con que muchos se holgaron; díxoles que él y los suyos serían muy sus amigos.

     Acabadas estas palabras y otras de mucha amistad que entre el General y ellos pasaron, aquel señor y otros, oyendo el relinchar de los caballos, que estaban atados en el patio, preguntaron que qué habían los tequanes, que quiere decir «cosas fieras». Respondióles Cortés que estaban enojados porque no había castigado gravemente su atrevimiento, pues se habían puesto a hacer guerra a los cristianos. Ellos amedrentados, creyendo ser esto así, traxeron muchas mantas do se echasen los caballos y muchas gallinas que comiesen para aplacarlos; decíanles que no estuviesen enojados y que los perdonasen, porque de ahí adelante serían muy amigos de cristianos. A esto Cortés y los que allí se hallaron desimularon mucho, porque por entonces convenía así.

     Preguntóles qué había sido la causa por que con él se habían habido tan ásperamente, pues con otros que por allí habían pasado como ellos, se habían habido humanamente. Respondieron que los otros navíos y los que en ellos venían eran pocos y los primeros que por allí visto habían, y que contentándose con rescatar algunas cosillas y con pedir pocas cosas para comer, se habían pasado de largo; pero que ahora tantas naos y tantos hombres los habían puesto en gran sospecha que les venían a tomar el oro y su tierra y haciendas; y que tiniéndose ellos por hombres esforzados entre todos sus vecinos y que no reconoscían señorío a nadie ni que dellos ningún otro señor sacaba tribuctos ni gente para sacrificar, le había parescido gran cobardía siendo ellos tantos y los nuestros tan pocos no matarlos a todos; y que para esto, el indio que se había huido los había animado mucho, diciendo ser los nuestros robadores, de mal corazón, amigos de mandar y señorearlo todo, pero que se habían engañado, así en creer al indio, como en pensar que podían destruir a los nuestros. Dixeron tras esto que los tiros y las espadas desnudas y las grandes heridas que con ellas los nuestros hacían, los había en gran manera espantado, y que aquellos tequanes, que eran los caballos, eran tan bravos y tan ligeros que con la boca los querían comer y parescía no correr sino volar, pues los alcanzaban por mucho que ellos corrían, y que sobre todo aquel caballo que primero vieron, les quitaba la vista de los ojos y había puesto gran espanto, de adonde cuando los otros vinieron, se tuvieron por perdidos, y que siempre creyeron que el caballo y el hombre era todo uno.



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Capítulo XXXV

Cómo Cortés dixo algunas cosas a aquellos señores tocantes al servicio de Dios y del Emperador.

     Pasadas estas cosas, luego que Cortés entendió que la amistad no era fingida, haciéndolos asentar, por lengua de Aguilar les habló desta manera: «Señores y amigos míos: Todas las veces que os invié a hablar para que viniésedes en la amistad que ahora tenemos, os dixe que de parte de Dios y del Emperador, mi señor, tenía que deciros algunas cosas que os importaba mucho saber, las cuales, por estar sospechosos de nuestra amistad no quesistes oír; y pues ahora entendéis cómo jamás hemos pretendido vuestro daño, será bien que con todo cuidado oigáis lo que cerca de Dios y del Rey os quiero decir; y así, ante todas cosas, sabed que no hay más de un Dios, criador y hacedor de todo lo que veis, y que no puede haber sino uno, porque Éste lo ha de poder todo y saber todo, ca si hobiese otros, no podría sustentarse la unidad y concordia que hay en todas las cosas criadas. Este Dios es tan poderoso que de nada crió el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres; es tan bueno que lo sustenta todo; es tan justo que ni el bueno queda sin galardón, ni el malo sin castigo; quiso tanto al hombre que, viendo cómo el demonio le había engañado, se hizo hombre, nasciendo de madre virgen; murió por él, porque el hombre, aunque le veis morir, el ánima, que es imagen de Dios, nunca muere, y después vendrá tiempo que el cuerpo se junte con el ánima para nunca más apartarse; de manera que el hombre que en esta vida, creyendo en un solo Dios, vivió bien, cuando este mundo se acabe, que será el día del Juicio, resucitará en cuerpo y en ánima, para gozar deste Dios para siempre jamás, que es verdadera gloria; y, por el contrario, el que no creyere en Él, o el que habiendo creído, viviere mal, en aquel tiempo tomará su cuerpo para ser atormentado para siempre en las penas del infierno; y para que sepáis de raíz vuestra perdición y engaño, sabréis que después que Dios crió los ángeles, uno dellos que se llama Lucifer, con muchos que le siguieron, se quiso igualar con su Criador, por la cual ofensa fue echado del cielo con sus compañeros. A éste y a ellos llamamos diablos, que quiere decir caviladores, porque con el pesar que tienen de que el hombre suba al asiento que ellos perdieron, procuran con gran cuidado, quitando la honra al verdadero Dios, tomarla para sí, haciéndose adorar de los hombres como si fuesen verdaderos dioses; y así, debaxo de diversas figuras procuran ser venerados, en lo cual hay dos grandes engaños: el primero, que hacéis dios de una piedra, que no siente, o de un animal, que matáis para comer; el otro, que os piden vuestra vida y sangre, la cual nunca os dieron ni pueden dar ni quitar: y así, para que se pierdan vuestras ánimas y después vuestros cuerpos, os permiten y mandan que os comáis unos a otros; que el más poderoso tiranice al más flaco; que uno pueda tener muchas mujeres y, lo que peor es, que unos con otros tengáis acceso carnal y que cometáis otros nefandos y abominables pecados que claramente son contra toda razón natural y muestran que el dios, si tal se puede llamar, que los consiente, es malo y nefando. El Dios que yo os predico no quiere sino vuestro bien, y quiéreos tanto, que no quiere que hagáis cosa mala por la cual muráis para siempre; y si la hicierdes, que os pese della, volviéndoos a Él, el qual, ha querido que el Rey de España y Emperador de los cristianos, mi señor, por comisión de un Sumo Sacerdote que en la tierra está en lugar de Dios, rigiendo y apacentando las ánimas, me inviaron con esta gente que veis a buscaros, como a hombres que estáis fuera del camino, y alumbraros como a ciegos que estáis con los engaños del demonio, y a que conoscáis los errores, pecados y maldades en que por engaño de los demonios habéis vivido; por esto debéis mucho a gran señor; reconocelde y servilde tan grand merced, admitiéndole de vuestra voluntad por Príncipe y señor vuestro, para que él por sus ministros os enseñe la ley cristiana y sustente y conserve en justicia; y porque yo vengo en su nombre a daros a entender lo que he dicho, ruégoos que en su nombre me rescibáis y deis vuestra palabra de conoscer y creer un solo Dios y servir y obedescer a este Emperador de los cristianos.»

     Acabada esta plática, que aquellos señores y los vasallos que con ellos iban oyeron con gran atención, admirados y aun convencidos con la fuerza de la verdad que no habían oído, dieron muchas gracias al General, y aquel señor con consentimiento y ruego de los demás, por sí e por ellos respondió desta manera: «Señor, gran merced es la que nos has hecho en darnos a entender la ley que vosotros tenéis y guardáis, y cierto, debemos mucho a ese gran señor que te invía, y no menos a ti, porque veniste. Nosotros, aunque no tan claramente como querríamos. por ser tan la primera vez que nos hablas, conoscemos los vicios en que hemos vivido, y que no son dioses, sino diablos, como dices, los que hasta ahora habemos adorado, pues siempre nos han dexado vivir mal y querido que con nuestra sangre y vida les hagamos sacrificio. Nosotros, pues, desde ahora para siempre nos ponemos en tus manos con nuestros vasallos, tierras y haciendas, para que las ofrescas a ese Emperador de los cristianos que tanto nos ama, y seguiremos la ley que por ti nos predica»

     Con estas palabras se despidieron muy graciosamente de Cortés, y en llegando a sus casas le inviaron nuevo refresco y con él doce o trece indias para que hiciesen tortillas, entre las cuales vino una que después, bautizándola, llamaron Marina, y los indios, Malinche. Esta sabía la lengua mexicana y la de aquella tierra, por lo cual, como adelante diré, fue muy provechosa en la conquista de la Nueva España.



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Capítulo XXXVI

Cómo Marina vino a poder de los nuestros y de quién fue.

     Ya que Dios, para la conversación y bien de tantos infieles, había proveído de Aguilar, quiso que entre las esclavas que estos señores inviaron fuese una Marina, cuya lengua fue en gran manera para tan importante negocio nescesario; y pues se debe della en esta historia hacer notable mención, diré quién fue, aunque en esto hay dos opiniones: la una, es que era de la tierra de México, hija de padres esclavos, y comprada por ciertos mercaderes, fue vendida en aquella tierra; la otra y más verdadera es que fue hija de un principal que era señor de un pueblo que se decía Totiquipaque y de una esclava suya, y que siendo niña, de casa de su padre la habían hurtado y llevado de mano en mano [a] aquella tierra donde Cortés la halló. Sabía la lengua de toda aquella provincia y la de México, por lo cual fue tan provechosa como tengo dicho, porque en toda la jornada sirvió de lengua, desta manera: que el General hablaba a Aguilar y el Aguilar a la india y la india a los indios.

     Repartió Cortés estas esclavas entre sus Capitanes para el servicio dellos, y cupo Marina a Puerto Carrero. Esta india se aficionó en tanta manera a los nuestros, o por el buen tratamiento que le hacían, visto cuánto convenía regalarla, o porque ella de su natural inclinación los amaba, alumbrada por Dios para no hacerles traición, que aunque muchas veces fue persuadida, unas veces por amenazas y otras por promesas de muchos señores indios, para que dixese unas cosas por otras, o diese orden cómo los nuestros paresciesen, nunca lo quiso hacer, antes, de todo lo que en secreto le decían, daba parte al General y a otros Capitanes, y así los hacía siempre vivir recatados. Casóse después esta india, en la prosecución de la conquista con Joan Xaramillo, conquistador y hombre que en la guerra sirvió valientemente.



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Capítulo XXXVII

Cómo Cortés partió de Champotón y vino al Puerto de Sant Joan de Lúa.

     Después que Cortés hubo pacificado los champotones, deseoso de llegar al fin de su esperanza, adereszando su viaje y proveyendo sus navíos, determinó otro día, que era Domingo de Ramos, hacer una solemne procesión, para la cual convidó aquellos señores indios y a sus vasallos, los cuales, como son amigos de novedades, vinieron de muy buena gana, ricamente adereszados y tantos en número (porque también vinieron las mujeres y niños) que cubrían los campos. Hizo Cortés la procesión con ramos en las manos, con toda pompa, auctoridad, devoción y lágrimas que pudo, la cual solemnidad miraron los indios con gran atención y cuidado, y hubo entre ellos algunos que dixeron que el Dios de los cristianos era el verdadero y el Todopoderoso, pues gentes de tanto esfuerzo y valor, con tanta auctoridad y pompa, con tanta reverencia y veneración, con tantos instrumentos de música y voces, le servían y adoraban. Cortés, no dexando el ramo de la mano, llamó a Aguilar, y para despedirse de aquellos señores y de los demás indios le dixo que les dixese: «Señores y amigos míos: Yo confío en el Dios que adoro y os he predicado, que es solo verdadero Dios y señor nuestro, que adelante entenderéis la mucha verdad que con vosotros he tratado, y se que encomendándoos a Él y a su Sanctísima Madre, cuyas imágenes os dexo que adoréis, no le pediréis cosa, como acontesció a los de Cozumel, que no la alcancéis, y alumbrará vuestros entendimientos para que mejor conoscáis la ceguedad en que hasta ahora habéis estado; y pues el Emperador y Rey, mi señor, nos ha inviado para que siendo vosotros nuestros amigos vengáis en este conoscimiento, ruégoos mucho porque después yo os inviaré sacerdotes que os enseñen, que tengáis vuestro corazón puesto en sólo Dios, y con los cristianos que por aquí pasaren uséis de toda caridad, guardando la palabra que me tenéis dada de servir en lo que pudiéredes a este gran Príncipe que me invía.»

     Acabada esta breve plática, los abrazó, y ellos, diciendo que harían todo lo que les mandaba, le acompañaron hasta que con toda la gente se metió en los navíos y se hizo a la vela. Saludólos Cortés desde los navíos con una hermosa salva de artillería; prosiguió su derrota sin subcederle cosa memorable; llegó al río de Alvarado, cuyo puerto es Sant Joan de Lúa; no entró por él, como dicen algunos, porque tiene baxíos a la boca, y así, si no son barcas pequeñas, no entran navíos de más carga, y si este río se pudiera navegar con navíos gruesos, fuera importante negocio para la seguridad y contratación de la Nueva España, porque se pudiera hacer en él puerto muy abrigado; y así por no haber otro, sirve el de Sant Joan de Lúa, tan descubierto para el norte, que muchas veces da con los navíos al través.

     Hay otro puerto, que es el de Diauste y Papalote, pero no se cursa, porque es puerto muy abierto. Tiene un peñolcillo, detrás del cual surgen los navíos.

     Deste río de Alvarado al puerto de Sant Joan de Lúa no hay más de ocho leguas, por lo cual, saliendo de Champotón, que es el río que se llamó de Grijalva, no tuvo Cortés nescesidad de desembarcar en el río de Alvarado, sino derecho tomar puerto en Sant Joan de Lúa, donde hasta hoy le toman todos los navíos que vienen de España. Llegó Cortés a este puerto con su armada sana y salva jueves sancto, año de MDXIX.

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