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Informe al Consejo sobre la Ley Agraria (1768) de Pablo Olavide

          M. P. S.:

     En 18 de febrero de este año, se sirvió V. A. prevenirme que le informe lo que se me ofreciere acerca de la Ley Agraria que convendrá establecer en razón de prohibir el subarriendo de tierras; fijar el número de yuntas, o cabida de tierras equivalentes, de que no debe exceder ningún dueño labrador; dar preferencia a los vecinos seculares en los arriendos, duración y prorrogación de estos y el método de establecer la renta de frutos, para que sea igual la condición del dueño y colono, sin olvidar los medios de reducir a pueblo los cortijos, y los demás que puedan proporcionar la posible igualdad en el aprovechamiento de tierras a los vasallos de vuestra real persona para arraigarlos y fomentar su industria.

     Con fecha de 11 de este mes se dignó también V. A. comunicarme la resolución que había tomado prohibiendo la reventa de terrazgos, con motivo de lo que manifestó el procurador síndico de la villa de Uijares de la Vega, reino de Granada, añadiendo V. A. que como no sólo este abuso atrasa la labranza en Andalucía, sino también el defecto de una ley agraria que prohíba que nadie exceda de cuatro o seis yuntas, para que la agricultura se ponga en muchas manos, y los cortijos se reduzcan por este medio en otros tantos pueblos, había resuelto el Consejo le expusiese yo mi dictamen sobre estos dos puntos, poniendo la mayor atención y celo en evacuar este informe.

     Conociendo la importancia de estos objetos, he aplicado toda la atención de que soy capaz a desempeñar tan alto encargo. No fiándome en mis propias luces, he procurado oír los dictamenes de personas inteligentes en la materia y, después de un maduro examen, y de la combinación más exacta de los principios que adoptan las naciones que se tienen por más ilustradas en la agricultura con las Particulares circunstancias que ofrece la actual constitución de nuestra labranza, y con especialidad la de Andalucía, voy a exponer mis ideas a la superior censura del Consejo.

     Jerez se queja del exorbitante precio a que han llegado los arrendamientos de sus tierras. La misma queja dio Sevilla, y están dando estas cuatro provincias. Todas tienen razón: el exceso ha llegado a un extremo que ya es intolerable, pues se han aumentado sus valores con monstruosa desproporción.

     Era regular que las tierras valiesen más hoy que al principio del siglo. Pero este aumento debía ser proporcionado al mayor número de especies circulantes, y al más alto precio que tienen los frutos. El mal está en que, calculado uno y otro aumento, es demasiadamente excesivo el de las tierras.

     Éste es un mal físico y verdadero, que perjudica al progreso de la agricultura y de la industria. El labrador encuentra sus ventajas en el producto neto que saca de su tierra. Éste disminuye en proporción que se le sube el arrendamiento de ella, y de aquí resulta una de dos cosas: o que el labrador se pierda, porque el producto que saca no alcanza a satisfacer los costos de la labranza, y entonces esta disminuye, o que para indemnizarse y conseguir un moderado lucro, suba el precio de los granos con exorbitancia y esto arruina a la industria. Porque dependiendo ésta del buen precio de los jornales, no puede florecer allí donde valen caros los alimentos de primera necesidad.

     Es pues indispensable que el gobierno se aplique a sujetar a justos límites los precios de los arrendamientos. Jerez y Sevilla proponen la tasa de las tierras, como remedio de aquel mal. Y puede presumirse que hay pocas ciudades que no lo propusieran. Educada la nación, después de muchos siglos, a no conocer ni aplicar otro remedio a los males que la destrozan sino el opresivo de las tasas, no se eleva la mayor parte a buscar otros. Lo triste es que no la hayan desengañado tantas infelices experiencias, ni la hayan ilustrado los luminosos principios con que el Consejo estableció la libertad en el comercio del trigo.

     Si la tasa puesta por tantos años a esta preciosa especie no pudo conseguir los efectos que se pensó atribuirle de abaratarla y hacer que abundase, sino todo lo contrario, ¿cómo se conseguirán con la tasa de tierras? Se experimentarían en ésta los mismos inconvenientes que produjo aquella. Los mismos contratos simulados la harían ilusoria, tanto más cuanto, por no ser posible determinar un precio fijo y general, por la gran diferencia que tienen entre sí las diversas calidades de terreno. Vendría a quedar la operación expuesta al arbitrio de las justicias y peritos, que con facilidad podrían ganar y corromper ricos para aplicarse a precios ínfimos las mejores tierras, y el labrador pobre, que es el que más necesita de la protección de las leyes, sería la victima de ésta.

     La razón y la experiencia han acreditado que los reglamentos de esta especie preparan los monopolios, abren paso a los fraudes, son inútiles para el pobre, y únicamente sirven de prestar nuevas armas a los poderosos, para tiranizar a los necesitados, y que, cuando menos, no surten el efecto que se proponen, pues el que necesita de la especie, por más que la tasa le limite el precio, se sujeta al convencional en fraude de la ley. Testigo el trigo, cuando estaba tasado, y todos los géneros sujetos a posturas.

     No me detendré más en persuadir lo perjudicial que sería esta providencia. El Consejo tiene anunciada su resolución en el asunto, por las que ha dado en otros de igual naturaleza. Así sólo añadiré que convendría desterrar de nuestro idioma este odioso nombre de tasa, para que no recordase la memoria de los perjuicios que ha ocasionado a la nación.

     Arrójese pues este remedio, peor que el daño, pero es necesario buscar otro, porque el mal existe, y es urgente. No será posible adoptar remedios oportunos a la dolencia, si no se conocen los principios que la ocasionan.

     Si las tierras están caras, es demostración invencible de que están escasas, de que las que en el día se cultivan no alcanzan para todos los labradores que las solicitan, de que se esfuerzan a lisongear la codicia de los propietarios, para que les concedan la preferencia. En una palabra, de que las tierras son pocas en proporción de los concurrentes.

     La causa de este sucesivo y contínuo aumento que se da al precio de las tierras consiste en dos cosas. La primera, en que los dueños de cortijos y dehesas están acostumbrados a arrendarlos por mayor, porque les acomoda más recibir la renta de uno, que tener que tratar con muchos pequeños colonos. El número de sujetos bastante ricos para arrendar sólos una posesión grande es muy corto. De aquí resulta que la mayor parte de las tierras se halla reducida a pocos grandes arrendadores, y que nunca pueden los pelentrines arrendar de primera mano. También resulta que por esta especie de estanco se altera el valor de las tierras, pues los grandes arrendadores reservan para si la mejor parte, y subarriendan a los pobres la peor, a precios tan exorbitantes que se han visto obligados a reclamar la atencion M gobierno. Hay muchos de estos grandes arrendadores que sacan de balde la parte que cultivan. Hay otros, que sin cultivar nada se enriquecen con este torpe lucro. Pero ya el consejo ha proveído de remedio a este daño, mandando que ningún eclesiástico ni secular pueda hacer estos subarriendos.

     La segunda causa consiste, en que el propietario es árbitro de despedir al colono, cuando quiere. Los arrendamientos son temporales, y por tiempo muy breve: raro es el que pasa de seis años. Cada vez que se cumple el plazo, el propietario exije del colono que le adelante el precio, y sino lo amenaza de que la arrendará a otro, seguro de que por la escasez de tierras labrantías, y copia de concurrentes, no faltará quien se la arriende. El colono que tiene ya sus aperos,

ganados, pajares, y demás provisiones, que pierde si desampara aquel terreno, se ve en la triste necesidad de subscribir a cuanto le dicta la tiranía del propietario, y cada año le va éste estrechando los precios hasta el punto de haberlos hecho ya intolerables.

     Esto sería fácil de remediar, mandando que los arrendamientos se pagasen en frutos por una cuota no convencional, pues en ésta habría los mismos excesos y tiranías que hay hoy en del dinero, sino fija y establecida por el Consejo, y para evitar el fraude de que simuladamente pudiesen convenir las partes en sobreprecios o gratificaciones por las cuales quisiese el propietario despedir al colono para arrendar su tierra a otro que de secreto le pagase más, pudiera mandarse, que ningún propietario pudiese despedir al colono que le pagase y cultivase la tierra, sino que estuviese obligado a pasar por el arriendo corriente hasta que se verificase uno de estos dos casos.

     Todos estos remedios son buenos en sí, y debe usarse de ellos; pero son pequeños o incompletos, y sólos no serían suficientes para mejorar nuestro triste estado. El remedio grande, mejor y natural de reducir las cosas a precios moderados será siempre el de facilitar su abundancia. Y por este inalterable principio se conseguirá reducir a lo justo el valor de las tierras, cuando se encuentre el modo de que éstas se extiendan a más de las que en el día se cultivan, y sean menos los que las necesiten. Estos dos conceptos están tan estrechamente unidos, que el último depende del primero, pues a medida que abunden las tierras se acomodarán más labradores. Serán menos los que las soliciten, y se moderará por sí mismo el excesivo precio de todas, resultando al propio tiempo el aumento y extensión de la agricultura. Así este remedio no sólo curará radicalmente el mal que se padece, sino que será un principio feliz de la prosperidad de la nación.

     Y si a este remedio se le junta la calidad de que al paso que extiende la agricultura la mejora, no tiene duda que debe ser preferido, porque no basta extender las tierras y disminuir su precio. Es preciso también mejorar su cultivo. La tierra produce a proporción de lo que se la labra. Aunque sea cierto que en su seno encierra el único inagotable tesoro de las verdaderas riquezas, no es menos constante que, para que las produzca, es menester enriquecerla y trabajarla con esfuerzos continuamente aplicados. Esta madre benéfica exige todas las atenciones del labrador, y sin ellas escasea los frutos, los da sin sazón y a mayor costo.

     Por otra parte, el interés del propietario, del colono y del Estado es que la tierra produzca todo lo posible. Al gobierno toca la elección de las reglas que dirijan a este importante fin. Es lastimosa la imperfección que en el día tiene la agricultura de estas provincias. Muchas causas producen esta desgracia: la actual situación en que se hallan las tierras, distantes en la mayor parte muchas leguas de la población; la defectuosa distribución de los lugares nemerosos y reconcentrados en pequeños puntos, dejando entre sí intervalos inmensos, montuosos, y desiertos; el mal reglado repartimiento de tierras, con el que las mejores, y en número crecido, están en pocas manos, dejando la muchedumbre abandonada a la miseria; la falta de beneficios sólidos ocasionada por la dificultad de conducir el estiércol; la escasez de éste y los demás fomentos a que da motivo la falta del ganado, pues, o no tiene el labrador todo el que necesita para calentar y vivificar el terreno que cultiva o lo mantiene en dehesas de pasto; y por concepto errado de la propia utilidad, ha separado los dos respetos de ganadero y labrador, privándose del recíproco auxilio que se dan estos ramos, y de las ventajas que debieran resultar a ambos si estuviesen siempre unidos.

     Todas estas causas, y otras de igual naturaleza, han hecho que siendo por lo general el terreno de Andalucía de los más fértiles que hay en Europa, y por consiguiente propio para todo género de producciones, se experimente con dolor, que éstas sean muy escasas, y que su agricultura sea imperfecta y limitada.

     Ya es tiempo de que reuniendo las ideas que dejo sentadas, explique mi dictamen sobre las leyes agrarias que convendrá establecer. La que fijara la tasa de las tierras, aún cuando produjese el efecto de poner el arriendo en justo precio (que no creo) sería un remedio precario, que no alcanzaría a fomentar y extender la agricultura, pues por su medio no se labraría una fanega más, ni se cogerían más granos. Yo aspiro a proponer leyes que, produciendo por sí mismas indirectamente y sin violencia el efecto que se desea de abaratar los arrendamientos, propaguen y extiendan la agricultura; corrijan los defectos en que se halla; quiten los estorbos que impiden sus progresos; faciliten los medios de mejorarla; aumenten la población útil; la distribuyan bien, derramándola en puntos inmediatos; que mutuamente se sostengan; la pongan en muchos brazos; que se apliquen a ella con el estímulo del propio interés; coloquen los frutos en muchas manos que, formando la concurrencia, produzcan la abundancia, sitúen a los colonos de modo que cojan amor a su tierra, les facilite el medio de beneficiarla y estercolarla, aumentando la cría de ganados, el plantío de árboles, y todos los demás ramos de la agricultura. Últimamente, que vivificando a ésta en todas sus partes de bien distribuida población y cultivo, contribuyan a la prosperidad del Estado.

     Para conseguir tan importante fin, sólo pueden ser buenas las leyes que conspiren al logro de dos objetos: el primero que se labre mejor lo que se labra. El segundo, que se labre más, y cuanto se pueda labrar. Si esto se verifica, no sólo se pondrá el precio de las tierras en el justo que corresponda a la población, sino [que] se conseguirán los demás esenciales bienes que dejo indicados. Pero antes de hablar de estos objetos, me parece conveniente dar al consejo una idea del estado actual de la agricultura en Andalucía. El conocimiento práctico de los males, servirá de aplicar con más acierto los remedios.

     Estos cuatro reinos, los más fértiles que se conocen en Europa, están en gran parte incultos y desiertos. Por las noticias que he procurado adquirir, se puede calcular que apenas estará cultivada una tercera parte. Todo lo demás está en dehesas y monte bajo, dando lugar a este deplorable desperdicio el mal entendido empeño de los ganaderos, protegidos de una legislación engañada, y la mala distribución de los lugares que, reconcentrados en un punto, y dejando entre sí intervalos de siete u ocho leguas, imposibilita que nadie pueda ir a cultivarlos.

     Este defectuoso estado de población ha obligado a la formación de cortijos que no son otra cosa que una casa, en medio de un campo inmenso, en que se acogen los directores de las labores, y los aperos necesarios para ellas. No es grande el que sólo tiene dos mil fanegas.

     Pero de esto resulta, que nadie labra todo su cortijo. ¿Cómo es posible que ninguno pueda beneficiar bien tanta tierra? Así, el uso y la necesidad han introducido la costumbre de que se divida en tres hojas, que la una se labre, la otra se barbeche, y la última quede de pasto para los ganados. Y todo viene a parar en que si de todo el suelo de Andalucía sólo está reducida a cultivo la tercera parte, cada año no se labra más que la otra tercera parte de esta tercera.

     Lo peor es que ni aún ésta se labra bien, porque siempre queda a cada labrador una porción tan excesiva que imposibilita la buena labranza. No quiero hablar de los que tienen y labran tres o cuatro cortijos, que no son raros. Pero suponiendo sólo que labre mil fanegas de tierras, ¿cómo es posible, que un hombre solo pueda beneficiarlas? ¿De dónde sacará el estiércol, si está sólo en el campo con algunos pocos jornaleros, que no asisten sino en los tiempos oportunos, y distante muchas leguas de toda población? Así, en el estado actual, es una necesidad el que desperdicie tanta tierra porque no tiene los medios de enriquecerla, para que le fructifique todos los años.

     Por otra parte, la tierra necesita de una constante aplicación. La actividad del hombre sólo tiene una esfera. Y es imposible que cuide de tanto con igual vigilancia. Todo está fiado al cuidado de capataces, hombres mercenarios que asisten allí, por su salario, sin el estímulo del propio interés; y de jornaleros precarios, que van por su jornal el día que los llaman. Así, haciéndose la labranza a fuerza de dinero, y por manos desidiosas, que trabajan por cumplir, sale muy cara, y no se hace bien.

     Todas las operaciones son tumultuarias y forzadas. La naturaleza tiene en cada sazón momentos determinados para cada trabajo: los barbechos, la siembra, la escarda, la recolección de los frutos, todo tiene un tiempo. Y cuando se trata de una posesión inmensa es menester atropellarse para hacerlo todo. Y siempre se ejecuta a costa de jornales, por mano de hombres que el día antecedente eran mendigos, y aquellos se hacen difíciles y caros.

     De aquí viene que esta agricultura se halla en el mayor estado de imperfección. Todas las maniobras se hacen mal, mal y groseramente, sin embargo de que un acaso feliz ha conservado en estas provincias el uso de los bueyes para la labor; se ara la tierra muy superficialmente; no se conoce ni aún el uso del rastro; no se arrancan las malas hierbas; no se escogen los granos para la siembra, y generalmente se ignoran hasta los instrumentos, máquinas y métodos más comunes en otras provincias.

     Las otras dos terceras partes de Andalucía están incultas y montuosas, únicamente destinadas a pastos. Se ve en este país lo que no se ve en otra parte, y lo que no se puede ver sin dolor. Esto es: ganaderos de oficio, hombres que hacen granjería de criar ganado para venderlo sin tener tierras de labor. Ellos hacen bien, desde que el gobierno se lo tolera, pues es una granjería descansada y útil irse a comer los rastrojos de los labradores, apoderarse de los baldíos y comunes, que no le cuesta nada, y criar con ellos sus ganados, que le dejan sin costo ni trabajo, alguna utilidad.

     Hoy está llena Andalucía de esta especie de criadores, que sin tener labor, gozan con descanso del sudor de los labradores, arruinando la labranza y perjudicando a la cría, pues debe tenerse por principio evidente que el verdadero criador es el labrador.

     Lo mismo es hablar de reducir una dehesa a labor, que levantar un grito repetido de que se pierde la cría de ganados. Son tantos los que dan el clamor, que han seducido a muchos indiferentes, pero poco instruidos, con preocupación tan tenaz, que cede difícilmente a la experiencia y la razón. Lo peor es que han hecho ilusión al gobierno mismo, que no ha reparado que este grito nace de labios interesados, que quieren que los baldíos no se rompan, que las dehesas no se labren, y que las tierras no se cierren, por disfrutar sin costa ni trabajo de aquellas hierbas. No ha visto los luminosos principios con que empezó a gobernarse Inglaterra, y que hoy adoptan todas las naciones cultas, de que sólo el labrador puede criar bien ganados. Que cuanto más se extienda la labranza más se ha de propagar la cría, y que, por consiguiente, cuanto menos haya de tierras incultas, tanto más habrá de ganados.

     Inglaterra, este reino hoy tan poblado y poderoso, estaba antes en los términos mismos que está hoy España. Entregada con los mismos errados principios a la cría de ganados, sobre todo del merino, por el comercio de sus lanas; no pensaba sino en su fomento, y estaba toda reducida a dehesas comunes y baldíos. Todas sus leyes eran privilegios de los ganaderos, que por necesidad cedían en perjuicio de los labradores, y estaba pobre, despoblada y miserable. Un rayo de luz penetró a su gobierno: conoció las mismas verdades que voy persuadiendo, y mudó su legislación. Todo fue desde entonces proteger la labranza, prometer una gratificación al extractor de granos, permitir y fomentar el rompimiento de las tierras incultas, mandar cercar las tierras, repartir hasta los comunes y dehesas boyales, reduciendo todo a propiedades, y desde entonces mudó el aspecto de aquel reino, se pobló, se enriqueció, y, lo que es más, se aumentó mucho la cría de ganados. Este sistema está hoy seguido por todas las naciones que piensan en el bienestar de sus pueblos.

     Nosotros nos hallamos hoy en el mismo caso en que estaba Inglaterra. Engañados, como ella, hemos creído que el comercio de nuestras lanas pedía la preferencia; que es también menester muchos pastos comunes en dehesas y baldíos para sustento del ganado estante. De esta idea han nacido las muchas inauditas leyes que les dan contra justicia y, con ruina del labrador, exorbitantes privilegios. No se pueden oír sin horror providencias que se han dictado con este errado juicio, hasta llegar a mandar que volviesen a reducirse a dehesas y baldíos todas las tierras que se habían labrado veinte años antes. ¡Qué golpe tan destructor! Y la experiencia ¿qué ha manifestado? Que la labranza se ha perdido, y que la cría no ha aumentado. En vez de que si la legislación hubiera hecho por la labranza la mitad de lo que ha concedido a la cría, sería hoy España uno de los más poderosos imperios de la tierra.

     Ya es tiempo, pues, de que nos desengañemos; de que la experiencia nos abra los ojos; de que la razón nos persuada, y de que nos despierte el ejemplo de las demás naciones. Si queremos crecer en población y riquezas, hagamos lo que éstas hacen. Imitemos las huellas de Inglaterra, protejamos, fomentemos la labranza. Cambiemos de legislación. Hagamos por los labradores todo lo que hemos hecho por los ganaderos: rompamos, cultivemos cuanta tierra se puede labrar, reduzcámoslo todo a propiedades, promoviendo su cerramiento. Extirpemos esta clase de ganaderos de cucaña, quitándole toda especie de pastos comunes, y fiémonos en los labradores, que con su cultivo no sólo nos enriquecerán con sus frutos, sino que nos multiplicarán los ganados.

     No es posible entender cómo una verdad tan sencilla ha podido estar tantos días escondida. Porque no sólo la experiencia y el ejemplo la autorizan, sino que con poca reflexión se demuestra. Sería yo muy prolijo si quisiera repetir aquí los raciocinios con que los varones ilustres de este siglo la han persuadido a sus naciones. El famoso tratado del amigo de los hombres, no es otra cosa que una continuada persuasión de esta verdad. Pero hay entre ellas algunas demostraciones tan simples, sin ser prolijas, que no puedo dejar de representarlas al Consejo.

     Está demostrado que una fanega de tierra, que en hierba mantendría una cabeza de ganado, labrada mantendría diez con su rastrojo y paja, quedando libre todo el ganado.

     Supongamos un baldío de mil fanegas de tierra. Dos o tres ganaderos ricos, llevan cada uno su punta de ganado. El pobre no tiene que llevar. Apenas posee una mula flaca, o un par de bueyes viejos. Los pastos no son para él. Y si tuviera dos fanegas de tierra propias, las mantendría mejor con su paja y rastrojo y cuando no le bastarían sus comunes. Los ganaderos ricos son los que todo lo devoran. Para estos no basta la extensión de la tierra. Pero lo peor es que ellos mismos no lo disfrutan, porque unos por otros se atropellan, y apenas empieza a despuntar la hierba cuando todos envían sus ganados, la comen sin sazón, la pisan, la impiden crecer, la fastidian de modo que ya no quieren comerla los ganados, y están obligados a desampararla para irla a buscar en otra parte. Así no les basta una provincia. Por esto se quejan siempre de la falta de pastos, y esta tierra, por lo mismo que es para todos, no sirve a ninguno.

     Reduzcamos ahora estas mil fanegas en veinte propiedades. Demos cincuenta a cada labrador. Hagamos que tenga allí su casa, que cerque su tierra y la siembre de pasto y labor. No hablo del beneficio de la labranza, de la comodidad de estercolar su tierra, del amor que le cogerá, de los árboles que plantará, de la población que aumentará, de los frutos que cogerá. Ningún objeto de estos me detiene. Sólo quiero considerar el ganado que multiplicará, para demostrar que por este medio se aumentará hasta la cría de ganados.

     Es cierto que reduciendo estos labradores sus suertes a dos hojas de pasto y labor, cada año estarán empleadas en pasto quinientas fanegas. Pero empleadas sin desperdicio. No habrá atropellamiento. Cada labrador se irá aprovechando sucesivamente de sus hierbas, y sus veinte y cinco fanegas las disfrutarán sus ganados sin zozobra, y por entero, pues no tiene duda que estas quinientas fanegas darán más y mejor pasto por este método, que pueden dar las mil cuando por, ser comunes, todos se atropellan a comerlo.

     Añádese a esto que estas quinientas fanegas, como que el año anterior han estado sembradas, dan mucho más pasto y mejor sazonado, logrando, al mismo tiempo que sus ganados lo disfrutan, el otro beneficio inestimable de que le estén estercolando, y preparando su campo para sembrar el año siguiente con ventajas.

     Pero todavía hay que añadir a esta cuenta, pues las otras quinientas fanegas sembradas dan mucho al labrador para el sustento de su ganado éste se come quieto y tranquilamente su rastrojo y tiene para el invierno, si acaso se detiene la hierba, toda la paja.

     De este modo es visible que las mil fanegas, reducidas a propiedades cerradas, alimentarán mucho mayor numero de ganado, y de este modo se reparten también en muchas manos, lo que facilita los medios de atender a su conservación. El ganadero grueso ni siquiera conoce el ganado que tiene: su excesivo número, y en alguna especie su ferocidad, le imposibilita su manejo. Él lo tiene en el campo a la inclemencia. Si la hierba se tarda, si la nieve cubre la tierra, si se introduce alguna epidemia, no puede socorrerlo. Entonces la mortalidad es inmensa, y son menester muchos años felices para repararla. El labrador, al contrario, tiene pocos, porque no puede mantener muchos; pero estos pocos multiplicados forman un total mayor que el de los ganaderos. Cada cual tiene su corraliza donde lo abriga, le tiene amor, y lo cuida. Si se tarda la hierba, si la nieve cubre el campo, lo socorre con su paja. Si la intemperie es rígida, lo mantiene en abrigo. Si algún contagio lo amenaza, procura precaverlo, o libertarlo, y nunca puede ser grande la mortalidad, ni verse los frecuentes estragos que produce en el día el menor de estos inconvenientes. Lo mejor es que el ganado retribuye esta atención al labrador, pues en su mismo corral le está dejando el estiércol con que ha de beneficiar la tierra.

     Esta materia está ya tan repetida y tan generalmente adoptada, que no me parece necesario insistir en ella. Y ahora sólo debe servir para mostrar, como he dicho, que las dos terceras partes de Andalucía están por este errado concepto incultas y desiertas.

     Veamos como está la población relativa a la agricultura. Ésta se puede dividir en cuatro partes. La primera y menos numerosa es la de los propietarios. De estos muy pocos se dedican a cultivar sus tierras. Si hay algunos que cuiden de su hacienda, es en lo que se halla plantado de olivares. Esta administración es poco trabajosa, ni exige más cuidado que el de recoger la aceituna y molerla. Pero es muy raro el que se dedica a la administración de lo que llaman cortijos, que son tierras blancas, en que se cultivan los granos. La mayor parte de los que tienen estas posesiones las arriendan, y nunca quieren arrendarlas por tiempo largo. El que más, arrienda por seis años porque a cada contrato nuevo exige del colono que le aumente el precio, y éste se ve obligado a subscribir, porque le sería mayor inconveniente dejar la tierra sin tener donde acomodar sus ganados, perdiendo sus pajares, y no sabiendo donde colocar sus utensilios.

     La segunda es de estos arrendadores grandes, que por un precio determinado arriendan en dinero uno, o más cortijos por junto. De estos, unos los labran todos por si, con la división de tres hojas, que va expuesta, y con la imperfección y negligencia que es preciso tenga la cultura de tanta tierra, dirigida por una sola mano. Otras, reservándose la mejor parte, o el terreno más escogido, subarriendan la peor a los pobres pelentrines, que sin tener tierra propia, viven de arrendar una porción pequeña, que trabajan con una, dos o tres yuntas que poseen, y les arriendan estos desechos suyos a tan altos precios, que suele quedar libre al arrendador la parte que se reserva. Otros hay que, sin ser labradores, hacen un infame y torpe comercio con este género, porque no habiendo muchos que pueden arrendar un cortijo entero, por su mucho precio, a que suele concurrir que los dueños exigen que les paguen adelantado, se aprovechan de estas circunstancias; reciben en arrendamiento uno, o más cortijos, y los subarriendan después a tan altos precios, que sobrecargan a los infelices colonos, de modo que hacen su condición insoportable.

     La tercera parte es de estos mismos pequeños arrendadores, que aquí se llaman pelentrines. De estos hay muchos en todos los lugares, villas y ciudades: clase respetable de hombres aplicados, que con su industria han adquirido dos o tres yuntas, que mantienen, y un corto caudal con que pagan el arrendamiento adelantado, porque así es la costumbre. Estos son los que trabajan una gran parte de la tierra que se labra pero no pueden labrar bien, porque ni tienen casa inmedita en que abrigarse, ni pueden ser cuidados de sus mujeres ni sus hijos, que se quedan en los lugares, acostumbrándose a la ociosidad y mendiguez, ni pueden coger amor a la misma tierra que cultivan, porque están cada año amenazados de que se la quiten, ni pueden aprovechar el estiércol de su ganado, porque no tienen donde recogerlo, ni aún disfrutar todos los buenos momentos de las sazones, por el mucho tiempo que pierden en ir y volver todos los días a sus casas. Sin embargo de todo, y de lo vejados que están en el precio por la codicia de las otras manos, son los que en gran parte dan al Estado los frutos que lo sostienen. Estos hombres son hoy infelices, malos labradores, arrendadores precarios, y mañana, si el gobierno quiere, puede transformarlos en labradores útiles y aprovechados, en contribuyentes arraigados y bien estantes; en vecinos cómodos y pobladores. Todo el secreto está en darles por medio de un arriendo muy largo, o de una enajenación, la propiedad de un pequeño terreno en que habiten con su ganado y familia. Estos serán entonces propietarios felices, y su gran número formará la abundancia, la prosperidad y riqueza del Estado.

     La cuarta parte es la de braceros y jornaleros. Estos hombres no tienen nada más que sus brazos, y con ellos han de ganar su sustento. Algunos, pero pocos, se destinan a arrendar pequeñas hazas de tierra de dos o tres fanegas cada una, de las que están inmeditas a los lugares, porque, en estando un poco lejos, es imposible que puedan atenderlas. Estas tierras son pocas: su misma inmediación las hace más estimables, porque pueden estercolarse, y los colonos no pierden tiempo en ir y venir. Los braceros son muchos, y toda su ambición está circunscrita a la tierra situada a menos de media legua de distancia. Los propietarios, abusando de estas circunstancias, se la hacen pagar a precios exorbitantes, causando dolor que un infeliz bracero pague diez pesos por el arriendo de una fanega de tierra, cuando a media legua de allí se ven millares de fanegas abandonadas, porque ya su distancia y desamparo imposibilita su cultivo.

     La mayor parte de estos, que es lo que forma la muchedumbre, son jornaleros, hombres los más infelices que yo conozco en Europa. Se ejercitan en ir a trabajar a los cortijos y olivares, pero no van sino cuando los llama el administrador de la heredad, esto es, en los tiempos propios del trabajo. Entonces, aunque casi desnudos y durmiendo siempre en el suelo, viven a lo menos con el pan y el gazpacho que les dan; pero en llegando el tiempo muerto, aquel en que por la intemperie no se puede trabajar, como, por ejemplo, la sobra o falta de lluvias, perecen de hambre, no tienen asilo ni esperanza, y se ven obligados a mendigar. No hay cosa tan común en Andalucía como ver en invierno inundarse las grandes y pequeñas poblaciones de hombres que llaman del campo, que el día antecedente trabajaban por su jornal y que al otro en que las lluvias impiden las faenas, se acogen al poblado, echándose, como enjambres, a pedir limosna por las calles. Cada invierno entran a Sevilla millares de ellos. Estos hombres la mitad del año son jornaleros, y la otra mitad mendigos. La necesidad los obliga a empezar esta profesión. Poco a poco, pierden el rubor y, acostumbrándose una vez a ello, después no quieren dejar este descansado modo de vivir, para volver a trabajar, y de aquí viene que cada año se hacen inmensas reclutas de pordioseros, que inundan la extensión de estos cuatro reinos.

     De todo esto resultan grandes inconvenientes a la agricultura. Uno es que nunca trabajan por ella los brazos que la hacen prosperar: quiero decir, los que han de coger la cosecha del terreno, y que, estimulados del propio interés, se

aplican con ardor y actividad al tenaz y sólido cultivo que la aumenta. Todo se hace por mano de jornaleros precarios y desidiosos, sin más objeto que el de ganar su jornal. Así les importa poco perfeccionar el trabajo. Ni los surcos del arado son profundos, ni la tierra se pulveriza, ni las mieses se escardan. El propietario y el arrendador costean todas las faenas a fuerza de dinero, saliendo muy costosas las labores que hacen más caros los frutos. Los jornaleros viven a merced del tiempo y de sus amos y cuando no les dan que trabajar se quedan a perecer. Sus mujeres y sus hijos son miembros inútiles que de nada sirven sino de infectar y corromper la sociedad pues no pudiendo ocuparse en nada, se echan a mendigar.

     Es cosa triste ver que de una familia entera sólo trabaja el jefe. Éste va los días que puede al campo a ganar su jornal: con él ha de mantener a su mujer, y a los hijos que tenga. Ya se conoce que no basta. Fábricas y otras ocupaciones en que los otros puedan ocuparse, no las hay. Aquí ni siquiera hilan las mujeres. Ir a trabajar al campo es cosa de que no hay ejemplo. Ha muchos siglos que no se ve que una mujer ni un muchacho ayude a los trabajos rústicos y verdaderamente, en la constitución actual, no puede ser. ¿Cómo ha de acompañar una mujer delicada, ni un niño tierno, a un hombre que va todos los días a trabajar dos leguas de su casa? Éste es un defecto que necesariamente nace de la mal distribuida población; de estar todos los lugares reconcentrados en un punto, y los campos que se cultivan desiertos, sin una casa, ni asilo en que abrigarse. La resulta de todo es que los brazos de las mujeres y muchachos, que componen más de la mitad de la población, son del todo inútiles para la agricultura; que comen de lo que otros trabajan sin cuidar, por su parte, a que nada se produzca, y de este modo se hace visible que en Andalucía apenas se cultiva la sexta parte de la tierra que tiene, y que trabaja en ella menos de la mitad de la gente que la habita. ¿Cómo ha de prosperar una provincia en que la mayor parte de la gente es inútil, y en que tanta tierra está perdida?

     Pero hay más; porque aún esta poca tierra que se labra, y que por la constitución física de las cosas se labra tan mal, nunca podrá labrarse bien, sino se enmienda una legislación errada, que por proteger al ganadero con perjuicio del labrador, ha conseguido arruinar la labranza y los ganados. Hablo de aquella ley que prohíbe cercar las tierras que, con pretexto de dar pasto a los ganados, impide que hasta el propietario mantenga los suyos, es con la prisa que tienen todos de comerse las hierbas, no los aprovecha ninguno, y es al mismo tiempo un obstáculo invencible a buena labranza, a la limpia de la tierra, al desagüe de los pantanos, al beneficio del estiércol, a la cría de árboles, a la fábrica de casas y, generalmente, a todos los bienes de la agricultura.

     Es imposible que florezca un país en donde cada labrador no puede cerrar su tierra, y en donde los ganados de todos puedan entrar a destrozarla. No tengo noticia de que se observe esta costumbre sino en España, y en toda las naciones cultivadas, Inglaterra, Francia, Suiza, Holanda, etc., hay proporcionalmente mucho mayor número de ganados.

     Son terribles los inconvenientes de esta ley. Sería inmenso referirlos todos. Por eso me ceñiré a apuntar brevemente algunos de los más notables que produce:

     Falta de amor a la misma tierra que es la base de la agricultura. ¡Qué pacto tan desigual entre el labrador, y su tierra abierta! ¡Yo te ofrezco todo mi sudor, y tu darás tus frutos a cuantos quieran cogerlos!

     Falta de diligencia para el cultivo. Lo que es de todos nadie lo cultiva.

     Falta de libertad. Una pequeña porción tiene pedazos de diversas calidades: tal requiere árboles, tal granos; tal semillas. ¿Quién expondrá cosas tan amadas y costosas a la voracidad del primer ganado que llegue? Ni puede el labrador seguir sus propias luces y utilidad en el empleo de las tierras, porque un prado artificial, que sembrado este año se disfruta los cuatro siguientes, y asegura en poca tierra la subsistencia de mucho ganado, éste tal prado, ¿quién ha de sembrarlo para que se lo coma el primero que llegue? En esta excursión libre de los ganados tampoco podrá el labrador hacer uso conveniente de sus tierras. Una porción de barbecho se puede ocupar en semillas, yeros, zaina, cañamones, habas, garbanzos, etc. Si los siembra en parte de su tierra, o si ella no es el centro de otras muchas empleadas en lo mismo, los surcos vacíos son un aviso para que devaste las semillas el que quisiere. Tampoco puede tener un orden económico en el aprovechamiento porque no guardará el rastrojo para la necesidad, sino que se acelerará por prevenir a sus vecinos. Los estiércoles de sus ganados también se malogran, porque no van a fecundizar la tierra para la cosecha siguiente, sino a redimir el hambre y necesidad presente de los mismos ganados.

     Falta del gasto necesario, para el buen cultivo, y multiplicación de producciones. Estos gastos son de dos maneras: unos perpetuos (como cortar la roca, llenarla de tierra, etc.) otros temporales (cercar la tierra, reparar la cerca, desaguar los pantanos, trasladar las piedras movedizas, etc) todo esto cuesta seguramente más que vale la tierra, y sólo determina a ello la opinión de la propiedad. Si ésta no es absoluta ¿quién ha de hacerlo?

     Injusticia en el usufructo de la tierra. Los pobres no tienen con que aprovecharla. El más poderoso la disfruta excesivamente. Es una cucaña, cuya mayor pieza toca siempre al más veloz.

     Daño en el mismo usufructo. Ciertas tierras están sin ganados, y nada producen. Otras tienen tantos, que perecen todos. Quien quisiere una idea sensible de los baldíos, o tierras abiertas, no tenga llave en su casa.

     Pérdida para el Real Erario. Las alcabalas que producirían las ventas perpetuas y temporales de las mismas tierras. El considerable aumento de frutos, y de aquí el de los derechos de aduanas, y mayor acrecentamiento de rentas. La proporción y facilidad para criar nuevos contribuyentes, y para mejorar los que hay. En el estado presente, cada propietario pierde como uno, en que no se cierren sus tierras. El rey pierde como un millón, y para lo que pierde la población no hay guarismo.

     Ruina de los ganados. No sólo por los que perecen en el tumultuoso y desordenado concurso de las tierras que no pueden sustentarlos, sino por los que dejan de sustentar las tierras vacías o montuosas, y principalmente por los que no se crían. Faltando el cerramiento, falta la regla fija del ganado posible en España.

     El famoso amigo de los hombres, en su disertación a la academia de Berna sobre la preferencia que se deba dar al cultivo del trigo, hablando con los jueces les dice así: «Cuando joven, esto es, en la edad en que nada se observa, pasé por Suiza. Me acuerdo, sin embargo, de haber oído que era menester allí licencia para poder cercar sus posesiones con una haya viva, y que se pagaba un derecho tan excesivo, por este permiso, que se acercaba a la sexta parte del valor del fondo. Me atrevo a decir a hombres justos, que gobiernan con equidad y con amor, que si esto es verdad, es una injusticia.»

     «No hay duda que las ventajas que resultan del método de cercar las viñas y los pastos son infinitas. Estas cercas han aumentado en algunas ocasiones diez veces más el producto de una hacienda, y cuantos han cercado las suyas han experimentado grandes beneficios. Las hayas resguardan los trigos del viento en su madurez y de los fríos en la primavera. Conservan el vigor del suelo y el estiércol que lo fertiliza. En fin: la misma cantidad de estiércol, o de labor, aprovecha en un campo bien cercado, al doble de lo que aprovechará en un campo abierto. También para tener estiércol son necesarios generalmente los ganados, y como no hay en todas partes forrajes naturales, es menester procurarlos artificiales. Los ingleses, en cuanto a esto, han conseguido la abundancia por medio de las mielgas, de la lucerna, del trébol de Flandes, y de otras hierbas, según la calidad de las tierras. Todos estos forrajes tan productivos que se siegan tres o cuatro veces al año, no desecan la tierra. Al contrario: la mejoran, porque la libertan de las malas hierbas, atraen los jugos y penetran más la tierra y porque dejan al fin cuando se barbechan raíces jugosas, que se convierten en estiércol. Para que las bestias ajenas no pisen y asolen estos pastos, y para evitar las quejas que entre vecinos suscitan los daños que hace el ganado cuando se escapa,, es muy a propósito que los campos estén cercados. Se puede decir que este resguardo duplica en cierto modo la afición del propietario a su hacienda, y es notorio que las cercadas están siempre mejor cultivadas que las otras... Cercad vuestros campos dignos alumnos de la naturaleza. Cercad vuestros campos... En una palabra, a mi parecer es una ley bárbara la que impide al propietario cercar su campo, sus pastos, su bosque. Es violar los derechos de la propiedad, base de las leyes, y esta prohibición, con cualquier pretexto que pueda introducirse, es indigna de todo gobierno fundado sobre la equidad y la libertad».

     Esta lección es muy oportuna para España donde, contra justicia y buena política, se impide al propietario que saque de su tierra las ventajas que es capaz de producirle; donde ni aún siquiera se puede aprovechar del agua que nace en su terreno, y abandonada a la codicia del ganadero perezoso, que sin cultivar nada se come los pastos, y rastrojos ajenos, está toda abierta, desmantelada y yerma. El resumen de lo que dejo manifestado es que, en Andalucía, la más de la gente no trabaja, la más de la tierra no se cultiva, y que la poca que se cultiva es grosera e imperfectamente.

     Esta simple exposición de hechos descubre el deplorable estado de la agricultura de estos reinos, y que ésta ha nacido de una legislación errada, que ha producido los defectos que hoy se hallan en su constitución física. Por consiguiente, que si el Consejo quiere mejorar nuestra actual situación, es preciso que nos dé nuevas leyes. Leyes que vayan dirigidas por los mismos principios luminosos que descubrió primero la Inglaterra, y han adoptado ya todas las naciones, logrando la prosperidad de sus Estados.

     La misma exposición de nuestros males indica los remedios, demostrando que el objeto de estas leyes debe ser conspirar a promover por todos los medios la labranza; hacer por ella todo lo que hasta ahora se ha hecho en favor de los ganados, persuadiéndose a que así tendremos más ganados, y más frutos; corregir los defectos locales, desenvolviendo la población superflua de los lugares para derramarla y hacerla útil en los campos. Enseñarle al propietario sus ventajas, inclinándole sin violencia, y con medios indirectos pero eficaces, a que divida sus inmensos terrenos. Que no labre sino lo que puede labrar bien. Que lo demás lo arriende, de modo que pueda labrarlo bien el que lo arriende, y multiplicándose los frutos se aumente su canon. Habilitar toda la tierra posible, repartiéndola con discreción entre los que hoy son inútiles y pueden transformarse en vecinos útiles, arraigados y contribuyentes, logrando, al mismo tiempo, la extensión de la labranza, el aumento de la población, y la abundancia de los frutos.

     Estos son los puntos capitales o los centros a que deben tirar todas las líneas de las leyes que se establezcan. No es dudoso que, sin una legislación nueva, no puede mejorarse nuestro estado. La experiencia del decadente, en que nos hallamos, acredita que la legislación que nos ha gobernado es insuficiente, y aún nociva. Las naciones extranjeras que siguen otras reglas florecen: imitémoslas pues. Desengañémonos del empeño de preferir a los ganados, y prefiramos la labranza. Estirpemos los vicios interiores. Desarraiguemos los que opriman entre nosotros sus progresos, y que no se hallan en nación alguna. Tengamos el valor de confesar que hemos estado ciegos, y abramos los ojos a la luz que nos da el ejemplo, hasta de nuestros mismos enemigos.

     Yo, por obedecer el orden del Consejo, penetrado de celo y convencido de su utilidad, voy a proponerle las leyes, que me parece debían dictarse en el día para lograr tan importantes fines.

     Pero antes de que explique mis ideas es preciso que hable sobre la ley agraria que propone el Consejo en cuanto a reducir a los grandes labradores a un número determinado de yuntas o fanegas. No tiene duda que, como he dicho, uno de los mayores males que padecemos es la desigual repartición de tierras, y que las más de ellas estén en pocas manos. Es constante que esto perjudica a la agricultura y al Estado; que lo que conviene es que haya muchos vasallos ricos y bien estantes, y no que en pocos se reúnan inmensas fortunas, y que este axioma de buena política se acomoda con más propiedad a los labradores que cultivan un terreno inmenso. Que la industria, y las fuerzas de un hombre tienen una esfera limitada; que quererla extender a más de lo que alcanza es inutilizarla, pues el que comprende más de lo que puede, no hace lo que reducido a círculo medido haría con gran efecto. Que de la demasiada extensión de la labranza proviene que las tierras se cultiven mal y que no se cultiven todas; pues el mismo terreno que puesto en muchas manos se sembraría, reducido a una sola queda en la mayor parte inculto, y el que se labra es de un modo imperfecto y defectuoso.

     Estos fundamentos demuestran que sería muy conveniente reducir estas grandes labores, fijándolas a un número limitado, y que sería de la última utilidad reducir los cortijos a pueblos; lo que se conseguiría repartiendo las tierras de que se componen en pequeñas suertes de cincuenta fanegas, con la obligación de edificar en cada suerte su respectiva casa, donde precisamente habitase el colono. Así se le pondría en estado de perfeccionar la cultura, sin el dispendio y dificultades que ocasiona la mucha distancia. Así podría recoger el estiércol de sus ganados y extenderlo con oportunidad sobre el terreno, con lo que fertilizado se sembraría todos los años, como sucede ahora con los ruedos de los pueblos viniendo a ser ruedo toda la campaña. De este modo se proporcionaría la posible igualdad en el repartimiento de tierras entre los vasallos y ésta sería, en fin, la perfección de la agricultura.

     Pero por lo mismo que sería la perfección, no se puede empezar por ella. Allá debe ir la legislación. Éste es el objeto a que debe dirigirse. Y éste es el que tendrán las leyes que yo proponga. Pero ha de ser por medios indirectos e impulsivos que obliguen al propietario a practicarlo él mismo voluntariamente y por su propio interés. Si se tratara de hacer poblaciones en terreno inculto, no había lugar a la elección, y es el mejor aquel método. Pero, tratándose de un terreno poblado, aunque viciosamente, cuya subsistencia depende de un método ya establecido, antes de llegar a tan violenta operación es menester prepararla con otras precursoras que dispongan y faciliten su buen efecto. Es menester tentar si puede conseguirse que los mismos interesados lo hagan libres por su propia utilidad, y esta legislación dulce y más eficaz es la que yo me propongo buscar.

     Muchas razones me persuaden a que esta ley agraria, de repente y sin preparación, sería una operación aventurada, y no conseguiría el efecto que pretende. El vicio de las grandes labranzas se halla tan extendido, que de ellas depende en gran parte la subsistencia de Andalucía. En cierto modo, las ha hecho necesarias la situación de las tierras a tanta distancia de los pueblos, que imposibilita su cultivo en pequeñas porciones. Para enmendar este defecto, es preciso transplantar la población sobre la misma tierra, operación que pide mucho tiempo. Si de un golpe se mandaran limitar las grandes labores, se perderían sus dueños, por la precisión en que se les pondría de malbaratar sus aperos y ganados de la labor.

     Esto causaría una convulsión general, que aniquilara los grandes labradores que hay, aunque imperfectos, y no sería posible que de repente se encontrase un número suficiente de pequeños colonos, en estado de fabricar casas, de substituirles y llenar su hueco, pudiendo resultar de todo un desorden o revolución que acabase de arruinar la agricultura.

     Es de temer, pues, que esa ley agraria, repentinamente establecida, bajo de cualquier aspecto que se mire, produjese algún mal efecto. Si era obedecida de repente, dejaban de labrar los grandes labradores, a quienes se destruía, porque se hacían inútiles sus pajares, y que estarían en la precisión de malbaratar sus ganados y demás aperos, sin que sea prudente esperar que sus labores pudieran tan prontamente sustituirse en un país en que las tierras están desiertas, sin casas ni abrigos, y muy distantes de las poblaciones. Si no era obedecida: ¿de qué sirve una ley que no ha de lograr su efecto? Y ¿cómo puede esperarse que lo fuese? ¿Quién podrá saber lo que cada particular hacía en su cortijo? ¿Quién podría llevar esta intervención? Y ¿cómo se le había de obligar, si no se veía que estaban prontos los medios de reparar su falta?

     Pero supongamos que la ley fuese cumplidamente obedecida. Esto haría que se labrase mejor lo que se labra; pero no se labraría más. Si estuviéramos en el caso de que toda la tierra estuviese labrada, y que el vicio interior únicamente consistiese en que estaba repartida en pocas manos, entonces era esta ley precisa: pero con ese defecto tenemos otros muchos, y uno de los principales es que lo más de la tierra está inculta y desierta. Que la mayor parte no se labra. En este supuesto, lo más prudente parece empezar por ponerla en cultivo, repartiéndola del modo que se desea y se puede entre pequeños labradores. Por este medio, que traerá la abundancia de las tierras, caerá el exorbitante precio con que hoy tiraniza al común el propietario, formándose muchos vecinos bien estantes. Y si, después de hecha esta operación, quedare todavía población bastante para llenar el vacío que deje la limitación que se imponga a los grandes labradores, entonces sería el tiempo de promulgar esta ley agraria.

     Cuando el mal ha tocado en cierto extremo, si se intenta aplicarle remedios prontos y violentos, se aventura el todo, y suelen resultar efectos contrarios al fin que se propone. En semejantes críticas circunstancias, dicta la prudencia el uso de los medios indirectos, que insensiblemente corrijan el vicio que tomó la circulación, y la restituyan a su debido curso. Yo, persuadido de estas ideas, voy ya a proponer las leyes que llamo precursoras, que creo convenientes en el día para que prospere la agricultura. Todo su espíritu se dirigirá a tres objetos: el primero, impedir la tiranía de los propietarios, poniendo las tierras en su justo valor, sin el remedio inepto y violento de la tasa, sino por reglas dulces de equidad, asegurando al colono con beneficio del propietario.

     El segundo, hacer que lo que se labra mal se labre bien, no por una ley agraria que violenta al propietario, y pueda producir una perjudicial revolución, sino por medios indirectos que, instruyendo al propietario, le hagan conocer sus ventajas, y lo estimulen, por su propio interés, a dividir él mismo su terreno, a repartirlo en pequeñas suertes, a dárselo a quien lo labre bien, a promover que se fabriquen casas sobre sus tierras y a que conspire y concurra a la transformación de sus cortijos en pueblos.

     El tercero, proporcionar que se labre más, cultivando la tierra que está inculta, con aumento de la labranza y los ganados, distribuyendo bien la población de los lugares, derramándola sobre los campos y criando un número considerable de vecinos útiles que aumenten los frutos. Voy a tratar estos puntos, por el método que va propuesto.

Punto primero: Medios para poner las tierras en su justo valor.

     Ya he dicho las causas por qué los arrendamientos de las tierras han subido a precios tan exorbitantes. Las arrendables son muy pocas, comparadas con la población existente. El número de arrendadores es grande. Todos desean cultivar. Ninguno tiene tierra propia. Así, cuando llega el caso de arrendarse alguna, se anticipan muchos a hacer ofertas al propietario porque se las ceda: la pujan unos sobre otros. Al deseo de la tierra, se une el despique y el empeño y llegan de este modo a precios tan subidos que la mayor fertilidad de una cosecha no puede libertar al colono de su ruina.

     El propietario abusa de estas circunstancias y no, contento con el exorbitante precio que exige, no quiere hacer arrendamientos largos. Es raro el que llega a seis años: lo corriente es contratarlos por uno. El motivo de esta conducta es que espera, al nuevo arrendamiento, levantarle más el precio, y si no le amenaza con despedirlo de la tierra. El infeliz colono que ya tiene allí su paja recogida, y que no sabe donde acomodar su ganado y aperos, está obligado a suscribir a cuantas leyes tiranas le impone el propietario.

     Los gruesos arrendadores abusan igualmente de esta escasez de tierra. Arriendan, como se ha dicho, un cortijo grande y lo subarriendan todo a precios excesivos, con que lucran una torpe ganancia, o se reservan la mejor parte, subarrendando las otras, de modo que les queda aquello de balde. Alguna vez, el grueso arrendador subarrienda las tierras sobrantes por el mismo precio que corresponde al por mayor de la dehesa o cortijo. Pero esta equidad aparente, envuelve la malicia de que, reservándose las mejores, da al subarrendador las inútiles que, si se arrendasen separadas, no valdrían la mitad.

     Toda esta tiranía, que levanta los precios de la tierra, y hace a los pobres esclavos de los ricos, puede destruirse con las cuatro leyes que quedan apuntadas.

     La primera (ya se ha servido indicarla el Consejo) que todo arrendamiento de tierras se pague en frutos. Ésta debe ser la primera ley, porque es la más justa, y será la más benéfica a la agricultura. Por ella se igualarán la condición del colono, y propietarios, que gozarán o sufrirán proporcionalmente de las influencias del cielo. En los años abundantes, creciendo la cuota de frutos, subirá el arrendamiento. En los estériles, bajando la cuota, disminuirá. La calamidad se partirá entre los dos, y no se verá la horrible tiranía de que un año calamitoso, cuando el pobre colono pierde su tiempo, trabajo y simiente, exija el propietario, con todo rigor, el mismo arrendamiento que pagaría si la cosecha fuese abundante.

     Convendrá, pues, mandar, por punto general, que ningún arrendamiento de tierras pueda hacerse a renta en dinero, si no en una cuota determinada de frutos. Esta ley corregirá el agravio que en el día padecen los colonos en el exorbitante precio de las tierras y proporcionará la justicia e igualdad del contrato, corriendo el propietario y el colono el mismo riesgo que ahora solo sufre éste en la esterilidad.

     Esta cuota no debe ser convencional: esto es, no debe quedar en arbitrio de los contrayentes convenir en si será el diezmo, o el noveno, etc., porque entonces subsistirá la misma tiranía, y la escasez de tierra obligará al colono a prometer una cuota exorbitante en frutos, como ahora la ofrece en dinero. Es, pues, necesario que sea fija, y determinada por el Consejo, por las reglas que diremos después.

     No obstante esto, pudiera haber fraude y tiranía, porque no haciendo el propietario arrendamientos largos, y siendo dueño de despedir al colono cuando quiera, lo despedirá seguramente para dársela a otro que, ofreciéndole en público la misma cuota de frutos que determine la ley, le ofrecerá en secreto una retribución anual, o gratificación porque se la arriende. Pero este riesgo debe prevenirse (y ésta es la segunda ley) mandando que ningún propietario pueda despedir al colono, aunque lo sea por determinado tiempo, y que éste haya expirado, sino en uno de tres casos: o que el propietario quiera labrarla por sí, haciendo constar no ser un pretexto paliado, y que en éste, si deja otras tierras, se subrogue en su lugar el colono despedido, o si éste no le paga su cuota dos años seguidos, o si no cultiva la tierra, dejando un año de labrar la mitad. Este privilegio de posesión es el mismo que hoy tiene el ganado trashumante, y es tan pernicioso en éste, como será justo y útil en el labrador.

     Debiéndose satisfacer la renta de las tierras en frutos, al tiempo de la cosecha, es muy fácil su cobranza. Con dificultad se puede verificar omisión culpable de parte del colono, como no sea por connivencia del propietario. Sin embargo, podría suceder que éste, cuidadosamente, dejase pasar la ocasión oportuna e pedir su cuota para tener después un pretexto de despedir al colono. A fin de evitar este inconveniente, convendría declarar que, para incurrir el colono en la pena de ser separado de la tierra por falta de pagar la renta, haya de anteceder que el propietario le interpele, pidiéndosela judicialmente en los meses de agosto o septiembre de cada año, y si así no paga en dos seguidos, entonces tendrá facultad para despedirlo.

     La tercera ley debe ser que el propietario esté obligado a pagar al colono todas las mejoras estables que hubiera hecho en las tierras, como desagües de pantanos, canales para riegos, cercas, casa, caballerizas, oficinas, árboles y demás cosas útiles en sí mismas, o importantes para el mejor y más fácil cultivo, que mejoran la heredad, la dan más valor, y que tal vez se animará a costear el colono, fiado en una larga residencia, y en que, cuando no la logre, se las ha de satisfacer el propietario. Esto se halla ya decidido por una ley de partida (Ley 24, Tít. 8, Part. 5), pero conviene renovarla para que no se olvide, (como otras muchas lo están), añadiendo que el colono no pudiese renunciar este beneficio, pues de otra forma lo exigiría así el propietario al tiempo del contrato, según que ahora sucede en perjuicio de la agricultura.

     La cuarta ley debe prohibir los subarriendos, como lo tiene y ha mandado el Consejo, y de este modo se evitará la tiranía de toda especie de arrendadores. Y a la verdad, si se ha de prescribir que todos los arrendamientos se paguen en frutos, deben ya hasta los ínfimos colonos arrendar de la primera mano, no siendo justo que con la sangre de estos infelices vivan hombres que los tiranizan, y encarecen las tierras y los frutos.

     Estas cuatro leyes bastan para llenar el objeto propuesto de impedir las tiranías de los poderosos, y poner a las tierras en su justo valor. No lo vigorizarán poco las que vamos a proponer, para el segundo punto, de que se labre mejor la que se labra.

Punto segundo: Medios para que se labre mejor lo que se labra.

     Hemos visto que los principales defectos de la labranza, que entre otros males producen el de encarecer las tierras, son la demasiada extensión de la que cada uno labra, lo desabrigado de ellas, pues están desiertas, sin casa ni fomento, lo distante que se hallan de las poblaciones, el no poder cerrarlas, quedando expuestas a la voracidad de los ganados que las desolan, perjudicando al mismo aumento de la cría y desanimando al labrador, para que nunca piense en mejorarlas.

     He dicho que la legislación debe propender a que cada labrador no labre sino la tierra que pueda labrar bien; que deben facilitársele los medios; que debe promoverse el que las grandes heredades se dividan en muchas manos, pero de tal modo, que no sean ni se consideren arrendadores precarios de poco tiempo, expuestos cada año a que se les quite la tierra, dejándolos sin tener donde guardar sus efectos, ni apacentar sus ganados, sino que se transformen en pequeños propietarios cuando se pueda, o, a lo menos, arrendadores tan dilatados, que su imaginación no alcance a ver el termino y, persuadidos de que sus hijos y sus nietos han de gozar del fruto de sus sudores, se animen a establecerse en la tierra, a cultivarla bien y mejorarla.

     He considerado que la ley agraria sobre la limitación de yuntas, o fanegadas, que pudiera conseguir una parte de estos objetos, es por ahora inmadura, y peligrosa. Que se necesita prepararla antes; que, dada de repente, se expusiera la agricultura actual, sin poder introducir de golpe otra nueva y que primero deben buscarse los medios de que el propietario, inducido de su propio interés, haga lo mismo que el gobierno desea.

     A tres se pueden reducir los medios de facilitar tan altos fines: el primero, que el gobierno forme leyes en virtud de las cuales los propietarios mismos, comprendidas las comunidades eclesiásticas, seculares y regulares, y los poseedores de vínculos y mayorazgos, por su interés, formen estos arrendadores de poca tierra que, por su largo arriendo, equivalgan a pequeños propietarios. El segundo, que el mismo gobierno haga muchos verdaderos pequeños propietarios con las tierras que tiene en su mano, como son las de propios y arbitrios, las de las órdenes militares, las que fueron de los regulares de la Compañía y las de capellanías y obras pías. El tercero, dar leyes bien entendidas, en virtud de las cuales cada labrador pueda trabajar bien su campo, lo que ahora no puede hacer.

     El primer paso que hay que dar para todo es derogar las leyes que prohíben a ciertas clases de propietarios arrendar sus fincas por tiempo dilatado, darlas a censo bajo de un canon, y, sobre todo, extender el efecto de estos contratos a los sucesores. Estas leyes puedan llamarse la segura destructora de la agricultura. No puede comprenderse el principio de tales ordenanzas. El único que se percibe es que ya se puede tener por una especie de enajenación. En efecto: parece que nuestras leyes conspiran a defender estas propiedades, y que no salgan de las manos que las poseen. Éste se puede también tener por el único objeto de las que permiten fundar los mayorazgos; pero yo no concibo, ni nación alguna ha concebido, que ésta sea una ventaja, sino mucho daño. Lo que importa al Estado es que toda su tierra esté bien cultivada. Verificándose ese hipótesi, será tan poderoso como puede ser a proporción de su terreno. Pero le es muy indiferente el nombre de poseedor, y muy perjudicial el que las heredades estén siempre en las mismas familias. Lo que le conviene es que muchos vendan sus posesiones, y muchos las compren. La razón de esto es tan sencilla como clara. Todo el que compra, mejora. Todo el que vende, o no tiene con que labrar su tierra, o no quiere. Acá se usa el remedio de echar un censo: pero ésta es otra carga más sobre ella. El propietario que se ve obligado a este extremo, añade a su desidia, o a la mala constitución de sus cosas, otro tributo más que cada año lo fatiga, y viene a parar en que, no pudiendo con la carga, abandona la tierra. Si la hubiera vendido, hubiera pasado a manos de otro en quien debe suponerse sobre el caudal necesario para la compra, el suficiente para que trate de mejorarla. El que vendió la tierra, se hallaría con un fondo con que destinarse al comercio, a una fábrica, o cualquier otro trato lucrativo y esta facilidad de comprar y vender da una circulación y actividad benéfica a la agricultura y al comercio.

     En los países que yo he visto, he observado que éste es el giro de las fortunas. El rico comerciante, que ha hecho ya su caudal, y quiere descansar, haciendo (como ellos dicen) un establecimiento sólido para sus hijos, emplea una parte de sus fondos en comprar una heredad, abandonada y destruida, y gasta la otra en repararla y rehacerla. El dueño de la tierra, que la dejaba perder, o porque su genio no le llamaba al campo, o porque su destino lo coloca en la corte, o en algún empleo que lo fija da un giro más de su gusto a aquel caudal, y establece una fábrica, o fomenta el comercio, dándolo a riesgo; y de esta revolución de fortunas nace una circulación que tiene la tierra bien cultivada, y al comercio fervoroso y floreciente. Su legislación ha conocido estas ventajas. Por eso, todo el empeño de sus leyes es facilitar este mutuo y continuo reflujo de compras y ventas. Hay naciones, como Alemania, y algunas del norte, que conservan todavía la contraria costumbre, como restos del dominio feudal, que no han sacudido por entero. Pero en Inglaterra, Francia, Holanda, Suiza donde la agricultura florece, y donde la legislación más ilustrada ha reformado las leyes de los siglos bárbaros, no hay ley que prohíba a ninguno vender su heredad, cuando le acomoda, porque el gobierno conoce que el que quiere venderla, no puede cultivarla bien, que el que quiere comprarla aspira a mejorarla, y que el último y mayor bien que le puede venir al Estado es que toda su tierra se cultive lo mejor que pueda. Que toda ley que propenda a esto será justa, por lo mismo que es útil, y que cualquiera que lo impida es inicua y destructora.

     Tanto han pensado así las naciones nombradas que no tienen ni sufren los mayorazgos. En Francia, en donde su constitución suele dar mucho al favor contra el interés público, se consigue tal vez alguna que llaman sustitución; pero siempre es limitada, cuando más por tres vidas; esto es, se permite que los bienes patrimoniales de una familia se adjudiquen a dos o tres generaciones; pero no se conocen estos mayorazgos sin término, que enclavan los bienes en un primogénito, con perjuicio de sus hermanos, por toda la sucesión de los siglos; y, la misma limitación con que se da, prueba que la licencia es en fraude de la ley, y cuanto ésta huye de esclavizar las heredades por evitar el perjuicio de ellas mismas.

     Nosotros nos hemos gobernado por principios contrarios. Parece que nuestro espíritu ha sido el de querer radicar constantemente las posesiones en las familias y comunidades. Hemos sido los destructores del reino, por ser protectores de las casas. Una ley no quiere que se arriende con transcendencia a los sucesores, y por tiempo dilatado, porque esto huele a enajenación. Otra permite que con facultad real (y ésta se ha concedido fácilmente) pueda cualquiera separar sus bienes del comercio de la nación, y esclavizarlos en manos de sus primogénitos, los que también quedan esclavos, pues en fuerza de aquella institución no pueden enajenarlos. Lo peor es que los autores que han dilucidado estas leyes han extendido mucho su tiranía. Las doctrinas que han servido de guía a los tribunales, las han multiplicado.

     El sucesor no está obligado a pasar por los arrendamientos de su antecesor. Las facultades de éste están circunscritas a su vida. Todo expira con su muerte, que es lo mismo que decir: ningún arrendador de mayorazgo pueda labrar casa, pueda coger amor a la tierra, pueda beneficiarla, cercarla, ni de ningún modo mejorarla, porque no sabe si mañana morirá el poseedor, si lo despedirá el sucesor, y si lo perderá todo.

     Por estas mismas doctrinas, ha sido práctica corriente oponerse los tribunales a las ventas. Para permitirlas alguna vez eran menester muchas causas y bien probadas; muchas informaciones de utilidad, operaciones todas largas, prolijas, costosas, que no todas pueden o quieren hacer, y que siempre dificultan este comercio activo de compra y venta, tan necesario para mantener las tierras en buen estado.

     Lo cierto es, que luego que cualesquiera tierras entran en mayorazgo se hacen ya paralíticas. Se ponen fuera del comercio, y se fijan en las manos de un hombre que puede ser desidioso, colocado en otra parte, o a quien no se conforme aquella ocupación. En cualquiera de estos casos, abandona su tierra. Él no puede venderla a otro que la mejore, ni puede aprovecharse del caudal que debiera producirle su valor, para hacerlo lucrar por otro medio, más conforme a su situación o su genio. No tiene más que dos recursos: o gravarla con un censo (si acaso puede conseguirlo), que cada día la aniquila más; o darla en arrendamiento a un hombre que, incierto del tiempo que le durará, pues a cada momento puede despedirlo el sucesor, no piensa en mejorarla, sino en disfrutarla, aunque sea arruinándola. Y, de todos modos, lo pierde la tierra, y por consiguiente el Estado. Pues no debemos olvidar este principio: que el mayor bien de un reino es el cultivo de su tierra; que éste es el termómetro de su poder y que el que tenga toda la que posee lo mejor labrada que ser puede, tiene ya toda la riqueza y poder de que es susceptible.

     Algunos de nuestros magistrados y autores políticos, conocieron en varios tiempos los muchos perjuicios de los mayorazgos, y han indicado diversos medios de corregirlos. Don Diego de Saavedra, en una de sus empresas, reclama el abuso de las nuevas fundaciones, y propone que convendría prohibirlas. Algunos años antes, había dicho lo mismo Pedro Navarrete, declamando contra los mayorazgos y vínculos cortos, que ocasionan la holgazanería. Pedro de Peralta, Don Fernando Vázquez Menchaca, Rodrigo Suares trataron en sus respectivas obras este asunto, opinando que sería útil al Estado limitar la libertad de tales establecimientos. Éste es, en fin, uno de los remedios políticos que el fiscal D. Pedro Rodríguez Campomanes, en el capítulo último de su inmortal tratado de la regalía de amortización, recuerda para favorecer la circulación de los bienes raíces.

     Con el mismo espíritu, se dictó la ley que prohíbe la unión por casamiento de dos mayorazgos, cuando la renta de uno de ellos excediese de dos cuentos de maravedises, ley que ha frustrado el poder, y que se halla olvidada, aunque en el año de 1713, pidió al consejo el fiscal que era entonces, la mandase observar. Estos eran remedios cortos para tan grandes males. Pero lo peor es que no se hayan adoptado y sostenido.

     Por todos estos fundamentos, se demuestra que no hubieran debido fundarse mayorazgos. Pero ya están fundados, y no sería prudente deshacerlos: yo no aspiro a tanto. No lo creo cuerdo ni posible. Sin embargo, me parece que sería muy conveniente una ley que mandase que con ningún pretexto pudiera fundarse nuevo vínculo ni mayorazgo y otra que renovara y sostuviera la de Carlos V, mandando que ninguno en adelante pueda poseer dos, cuya renta exceda de la cuota que determina: que escoja el que más le convenga, y pase el otro al inmediato.

     Quedarán sin duda muchos y grandes mayorazgos. No pocos estarán aglomerados en una misma cabeza. Pero este es un daño ya incurable. Manténgase enhorabuena en las personas que los poseen, y sus descendientes, pero extiéndase a lo menos un arbitrio que, sacando estas tierras de la esclavitud en que yacen, sean más beneficiosas a los mismos poseedores. Quiero decir, que sea permitido a los mayorazgos vender con la pensión de un canon en frutos, o arrendar, por tiempo largo, con el mismo canon, estando obligado el sucesor a pasar por las enajenaciones y arrendamientos hechos.

     Este temperamento satisface a todo, y sin perjuicio de tercero. Digo sin perjuicio, porque, haciéndose la enajenación o arrendamiento por la cuota que determina el gobierno, logra ya el sucesor de toda la ventaja que él mismo se pudiera buscar. Al propio tiempo, se sacan las tierras de manos de un poseedor indolente o distraído para ponerlas en las de un labrador activo y laborioso, que es lo que conviene al Estado y mejora la suerte del poseedor, que podrá dividir sus tierras y entregarlas a hombres que, fiados en su larga residencia, labrarán casa, beneficiarán la tierra, la sembrarán todos los años, la cercarán, plantarán árboles, criarán ganados, cogerán dos cosechas, las de granos y la de semillas, con lo que, percibiendo el labrador más frutos, le pagarán mas canon, y sacará toda la utilidad que puede y debe un hombre que tiene muchas tierras.

     Este temperamento, responde también a todas las objeciones que se pueden hacer. Con él se mantiene el mayorazgo en la misma familia, bien que venda o arriende a canon de frutos. Si lo vende, cede la propiedad, pero conserva el derecho al canon, y éste debe ser el mayorazgo, como hay muchos fundados, en todo o en parte, sobre censos, diezmos, o tercias. Si arrienda, cede el dominio útil, pero guarda el directo, con más el derecho de volver a hacer nuevo contrato cuando expire el primero.

     También se responde a la débil objeción que algunos hacen de que podría perderse con el tiempo hasta la memoria, y olvidarse cada familia de las tierras que corresponden. Pues aún cuando fuera probable este riesgo, no ha de sufrir el gobierno que se abandone la cultura y no produzca todo lo que pueda; porque tal vez habrá gente poco cuidadosa, que olvide sus derechos. Además, que no se olvidan tan fácilmente, y, en nuestro sistema, el canon en frutos, que se paga todos los años, y que se pagará cómodamente porque nada le cuesta al arrendador, respecto de que es una parte de lo mismo que coge. Es un recuerdo continuo y subsistente, que no puede dejarlo olvidar.

     Lo mismo que he dicho de los mayorazgos, entiendo de las capellanías y demás obras pías, pues están en el mismo caso, para el Estado, y para sí mismas, añadiendo ahora, que estoy íntimamente persuadido de que, por este medio, si el Estado gana mucho, los poseedores ganarán también. Ya sabemos cual es la administración de los mayorazgos. Sabemos que aún es peor la de las capellanías y obras pías. No hablo de lo que puede defraudar la malicia. Me basta lo que malogra la inatención, cuando se trata de caudales ajenos. Pero aun concediendo que se manejen por las mismas reglas que manejan los propietarios las suyas, debe esperarse, por este método, adelanten todo lo que adelantarán los mismos propietarios; pues si por estas leyes esperamos que florezca la agricultura, porque el labrador, reducido a pequeña suerte, y cierto de su permanencia, se aplicará a trabajar mejor la tierra, a beneficiarla, y a coger más frutos. Por las mismas, deben esperar los mayorazgos, obras pías y capellanías que florezca el valor de sus posesiones pues, aumentando en éstas los frutos, y creciendo su cuota en proporción de aquellos, debe también aumentar ésta. Concurre a esto en lo respectivo a obras pías y capellanías que, enseñando la experiencia cuanto es fraudulenta y descuidada su administración, por este medio se hace fácil y pura pues, reducidos sus valores a cuotas fijas, no cabe error en el cargo, y para la data tienen el expediente de arrendarlas.

     Para con las capellanías milita también otra particular razón de utilidad: el abandono que hasta ahora se ha tenido en el manejo de sus fincas ha hecho que muchas de ellas se hayan perdido. Sin embargo, hay personas que solicitan se les apliquen. Esto es muy fácil, con sólo presentar la fundación, ¿pues quién ha de oponerse a la colación de un beneficio, que no existe sino en el nombre? Pero este método produce un perjuicio efectivo al Estado, y a la disciplina eclesiástica, porque cuando se trata de que estos capellanes liquiden la congrua, para ascender a las órdenes mayores, encuentran modo de hacer regular las fincas, que, o no existen o están destruidas, por aquel valor que acomoda a completar la cuota que determina el sínodo. Así se introducen en el Estado eclesiástico muchos absolutamente indotados, de que resulta por la mayor parte la relajación de sus individuos, y se priva a la república de unas personas que pudieran ser útiles en el siglo, formando vecinos bien estantes y contribuyentes.

     El reverendo cardenal arzobispo de Sevilla, lleno de celo y amor por la disciplina, se me ha quejado de la triste necesidad en que se ve de ordenar a muchos que, armados con estos instrumentos de capellanías figuradas, piden las órdenes, sin que justamente se les pueda negar; porque no es fácil de averiguar la ficción, y se transforman en clérigos mendigos, indecentes, o negociantes.

     Todo esto se evitará arrendándose y dándose a censo las tierras de capellanías, pues determinándose por este orden la cuota fija de su renta, no puede haber engaño en la verificación de la congrua, y yo me atrevo a asegurar que esta ventaja, que sin duda producirá la regla propuesta, no será de las que menos contribuyan a beneficio del Estado y del clero.

     Las tierras que poseen los cabildos de las iglesias catedrales, y demás comunidades del clero secular, se hallan también en el propio caso que las de mayorazgos: igual prohibición de arrendar por tiempo dilatado y de enajenar a censo por un cierto canon. Los mismos estorbos para asegurar al colono en el aprovechamiento del terreno, único medio de adelantarle a que lo cultive bien. En fin: los propios motivos de no perjudicar a la Iglesia, y a los sucesores en los beneficios, con un contrato que huela a enajenación, todo esto constituye una perfecta igualdad, entre unas y otras fincas, de forma que cuanto he manifestado para persuadir la utilidad que resulta de levantar la prohibición para con los mayorazgos, y dejar a sus poseedores en la libertad de arrendarlas o darlas a censo por la cuota que señale la ley, se acomoda propiamente a las tierras que poseen las iglesias y comunidades del clero secular. Convendrá, pues, extender a éstas las providencias. Creo firmemente que los poseedores se interesan en ello tanto como la causa pública. Estos propietarios observan la laudable costumbre de no administrar sus tierras, sino darlas en arrendamiento. Al presente, por la defectuosa legislación que se lo impide, solo pueden hacerlo por un tiempo muy corto, incapaz de aficionar al labrador, ni de inspirarle el deseo de cultivar con solidez y esmero. Considérese las ventajas que lograrán sujetándose a las leyes que dicte el gobierno, por cuyo medio se multiplicarán las producciones, y con éstas las rentas del dueño, que ha de percibir una parte.

     Resta tratar de las tierras que disfrutan los regulares. Éste es asunto que merece especial consideración. Debe mirárseles con dos respetos: uno de arrendadores de las tierras ajenas; otro de administradores de las suyas propias.

     En el primer caso, nada hay que detenga el partido que conviene tomar. El arrendamiento de tierras para cultivarlas está declarada por verdadera negociación, prohibida a los regulares, y aun a los individuos del clero secular: éste es el sentir de los cánones y los autores que más favorecen las libertades eclesiásticas. Debe pues mandarse que los regulares no puedan arrendar tierras para labrarlas. Con esta providencia, se evitará que los religiosos se ocupen en granjerías, impropias de la perfección que pide su estado, y las tierras que ahora tienen en arrendamiento, que son muchas, quedarán para que las cultiven los vasallos legos contribuyentes, que las labrarán bien y las harán producir todo lo posible, que es en lo que consiste la felicidad de la nación.

     En cuanto a las tierras suyas propias que administran y labran de su cuenta los regulares, ocurre mucho que decir. En todos tiempos ha habido varones ilustrados que, conociendo cuanto disipan el espíritu y relajan la disciplina las faenas de la agricultura, las han considerado indignas de los regulares.

     El Reverendo obispo Don Juan de Palafox y Mendoza, en el libro que escribió en defensa de los diezmos de su iglesia de la Puebla de los Angeles, (obra que conocen por suya sus mismos enemigos), se explica en estos términos: «Parece ser contrario a la religión que profesan (los regulares de la compañía) que compren haciendas, y las reciban por donación, para que poseyéndolas se vean obligados a mezclarse de necesidad con la negociación y contratos, que por tantos derechos está prohibido a los eclesiásticos.» En otro lugar: «Que si por expresa decisión del derecho está prohibido a los eclesiásticos arrendar hacienda a los seculares, con mayor razón se debe prohibir compren haciendas, para administrar, y mucho más a los regulares.»

     El concilio mejicano había antes establecido que ningún párroco «de Indias, secular o regular, pudiese dentro de su feligresía, ni diez leguas en contorno, cultivar sus haciendas patrimoniales o eclesiásticas, siempre que hallasen quien quisiese arrendarlas».

     Con estos y otros graves fundamentos, persuade este venerable y docto prelado que los regulares deben vivir de limosna y de censos, separándose de la profana y embarazosa administración de las haciendas, para lo que cita el ejemplo de las monjas que se sustentaban de renta en la Puebla de los Angeles.

     Cuando esto se escribía en la América por un eclesiástico tan autorizado, no faltaba quien en España pensase del mismo modo. Jacinto de Alcázar y Arriaza, en su memorial intitulado Medios políticos, presentado a las Cortes del Reino en 1646, dice así: «Fuera importante para esta Corona se guardara en ella lo que observa Portugal, pues todos los bienes raíces que por herencia, donación o en otra forma adquieren religiones, para que no salga su dominio de seculares, les dan un año de término y en él les acomodan en renta por vía de foro, censo o arriendo. Providencia grande que hubiera importado en Castilla para lo temporal y espiritual, pues el religioso, que fuera de su convento se ocupa en estas administraciones, de ordinario, con la libertad, se deja llevar de la codicia, estraga la virtud, atrasa la perfección y aumenta la censura en grave ofensa de Dios.»

     La práctica constante de las tres primeras épocas de la Iglesia, hasta el siglo doce, fue darse por los monasterios sus bienes raíces con foro o enfiteusis contentándose con un moderado canon. Por este medio se establecieron de nuevo muchos pueblos, que aún subsisten, pagando a las comunidades de regulares la pensión que corresponde al suelo.

     No se veía entonces a los religiosos dejar el claustro y vagar en los pueblos para adquirir o manejar granjerías, comercios y otras negociaciones, como ahora sucede, con detrimento de los seglares y del Real Erario, y con relajación de su estado.

     Para evitar estos inconvenientes se expidió, a consulta del Consejo, la Real Cédula de 11 de septiembre de 1764, por la que usando S. M. de su soberana autoridad y protegiendo la observancia canónica y disciplina monástica, mandó que los religiosos granjeros se retirasen a sus clausuras y encomendasen a seglares la administración de sus haciendas.

     A vista de esta providencia, no admite ya duda que las ocupaciones y cuidado que exige la agricultura se oponen a la perfección de la vida monástica, pues su espíritu se dirige a separar de ellas a los regulares.

     Lo lastimoso es, que no haya producido el efecto que debía por la inobservancia de los mismos regulares y connivencia de las justicias. Lo que los primeros han ejecutado es afectar que retiran a los religiosos granjeros de las haciendas, pero en la realidad ellos continúan en su manejo pues, en fraude de la ley, se valen de condecorar a los capataces, con el título de administradores, siendo unos meros criados sujetos a las órdenes de los religiosos, que son los verdaderos administradores. Las justicias, que no pueden ignorar estos hechos, los disimulan; porque se las corrompe, o porque las gobierna una falsa idea de piedad. Y el gobierno se ha cansado en balde, dando las más estrechas órdenes para verificar el cumplimiento de aquella saludable disposición.

     El único modo de conseguirla será prohibir a los regulares la administración y cultivo de sus propias haciendas, mandando que las arrienden o den a censo. Sin este remedio radical serían siempre inútiles otras providencias.

     Esta nueva que yo propongo conducirá eficazmente para mantener la disciplina monástica. Será también ventajosa al interés de los mismos regulares. Arrendando sus haciendas a largos plazos, o dándolas a censo por la cuota de frutos que determine la ley, aseguran una renta cierta y más crecida que la que ahora perciben, pues con las reglas que dicte el gobierno se labrarán mejor sus tierras, puestas en manos de colonos activos y laboriosos. Esto mejorará sin duda la suerte de los regulares. No obstante las ventajas que logran por sus privilegios, hay ciertos vicios interiores en su actual manejo que impiden los progresos de su labranza, a excepción de alguna comunidad, gobernada por otros principios, que consigue acumular riquezas, que tal vez extrae fuera del reino por la dependencia que tiene de un superior extranjero. El resto de las religiones se dirige por los prelados, que son trienales, y los más anteponen su particular interés al de la comunidad. De esto resulta que los beneficios no se dan a tiempo; se escasean los precisos costos que exigen las continuas faenas de la agricultura; cada uno va a salir de su prelacía, sin contar con lo que acomoda al tiempo de su sucesor y a mejorar el cultivo. Y por este orden se pierde para los regulares y para el Estado el mayor producto que pudieran dar los inmensos terrenos que poseen aquellos.

     Debo también añadir que, como voy a proponer, conviene, para inducir a los propietarios a que enajenen o arrienden por tiempo muy largo, hacer leyes en virtud de las cuales prefieran por su propia utilidad este medio de enajenaciones y arriendos, señalando más ventajas al que lo hiciere así, y si no se les permitiera este arbitrio a los poseedores de mayorazgos, a las iglesias y a los regulares, se harían de peor condición que los demás, lo que causaría un perjuicio doble al Estado y a ellos mismos. Al Estado, porque quedarían impedidas muchas tierras que no pudieran labrarse tan bien como conviene; y a ellos mismos porque no podrían sacar todo el producto que otros.

     En estos términos, parece que serían convenientes las siguientes leyes:

     Que cada propietario pueda arrendar su heredad, en todo o parte, por el tiempo que quisiere a uno o más colonos, por la cuota de frutos que se determinase, quedando obligado a pagarle las mejoras que hubiere hecho en la tierra y sin poder despedirlo, sino en uno de dos casos: o que no le pague en dos años la cuota, suponiendo la justificación expresada; o que deje un año sin cultivar la mitad de la tierra.

     Que los mayorazgos y vínculos puedan enajenar o arrendar por tiempo dilatado, con la misma pensión o tributo en frutos, reglada por las disposiciones del Consejo, quedando obligado el sucesor a pasar por ellos, respecto de que ya goza todo lo que las leyes le permiten.

     Que todas las tierras de capellanías y obras pías se enajenen o arrienden por más de cien años a frutos por la mayor cuota que determine el Consejo, a fin de que saquen toda la ventaja posible de que se eviten los fraudes y descuidos de la administración, de que sean fáciles y exequibles sus cuentas, de que se estorben las suposiciones de congrua, y de que se pongan aquellas tierras en todo el valor que puedan dar.

     Que las iglesias, cabildos eclesiásticos y todas las comunidades del clero secular puedan también arrendar sus tierras por tiempo dilatado o darlas a tributo, por la pensión en frutos que dicte el Consejo, y que los contratos que hicieren obliguen a los sucesores.

     Que se prohíba a los regulares arrendar tierras ajenas para labrarlas.

     Que también se les prohíba la administración y cultivo de sus propias haciendas, mandándoles que las den a tributo o las arrienden bajo de las mismas reglas que el gobierno prescriba a los demás propietarios y reduciéndoles a vivir de renta, como conviene a sus institutos.

     Ahora vamos a hablar de esta cuota de frutos, que es el punto crítico de la operación y la llave o el resorte con que ha de girar toda ella. Deseando yo informar al Consejo con el mayor acierto, he tomado cuantas noticias me han parecido conducentes a encontrar el medio más justo y proporcionado al propietario y al colono. He hablado con los hombres más expertos. He combinado el valor que en un quinquenio han tenido las tierras por los arrendamientos celebrados entre propietarios y colonos, con lo que las mismas tierras han pagado de diezmo a la Iglesia. He hecho otros cálculos diferentes, que todos van propuestos por menor en el pliego adjunto, que incluyo al Consejo para que su ilustración examine, si le parecen sólidos, los principios en cuya virtud he procedido.

     De todos ellos resulta, que el diezmo es muy favorable al colono; el noveno es el que más se acerca a la igualdad, pero que si favorece a alguno es también al colono. Y que el octavo ya empieza a favorecer al propietario.

     Es menester tener presente que estos cálculos no giran sino sobre la cosecha de granos; porque en el estado actual de arrendamientos cortos y tierras abiertas nadie se aplica a más. Pero debe presumirse que cuando arriende el colono por largo tiempo y pueda cerrar sus tierras adelantará mucho, pues plantará árboles, cogerá la segunda cosecha, que llaman de semillas, pudiendo usar de sus aguas o manantiales, formará huertos, de que cogerá hortalizas; cercará su tierra con olivos, pinos, o moreras y, en fin, podrá aprovecharse de otras muchas industrias útiles y debiendo pagar diezmo de todo esto al propietario se mejora considerablemente su condición, en cualquiera de las tres cuotas.

     Por esta razón, y por la de que se aumente la cría de ganados, deseara el que por ahora se eximiera de esta cuota al colono; así se aplicarán a su fomento y por este medio se aumentará la labor. Y no se tema que esta ventaja pueda inducir al colono a preferir la cría a la labranza. Ya está prevenido este riesgo, pues he dicho que en los contratos debe estipularse que, a lo menos, la tierra debe trabajarse a pasto y labor, y que uno de los casos en que el propietario puede desposeer al colono es cuando éste deja un año sin cultivo la mitad de la tierra. Éste será otro estímulo más para que el propietario, por su interés, promueva la labor.

     A pesar de todo, es imposible fijar este canon o cuota de un modo tan justo y matemático que quede el ánimo enteramente satisfecho. Ésta es una operación que han de reglar el tiempo y la experiencia. Pero, como es preciso empezar por algo y dar un supuesto para proceder, me parece que no se puede dar otro más prudente que el expresado, el que puede servir de regla por ahora, quedando la autoridad del Consejo a la vista para aumentar o disminuir la cuota, según la persuadan las prácticas observaciones que resulten.

     Para proceder sin equivocación, debo advertir que estas cuotas se entienden deducido el diezmo eclesiástico, que debe sacarse primero. Y después deben sacarse las cuotas por la progresión que hemos dicho, esto es: el diezmo, el noveno o el octavo de lo que le quede al colono, después de pagado el diezmo de la Iglesia.

     Supuesto lo dicho, me parece que sería muy conveniente una ley que reglara esta cuota, a proporción del tiempo del arrendamiento y de la medida de la tierra. Su espíritu había de ser el de conceder más al que enajenara a canon o al que arrendara por largo tiempo. Más todavía al que hiciera lo uno o lo otro en pequeñas suertes. Por este medio indirecto, que es el más eficaz, porque sirve de estímulo el interés, se lograría que los propietarios, voluntariamente y sin que la Ley tuviese nada de dureza ni violencia, se apresurasen a enajenar, arrendar y dividir sus posesiones; a formar vecinos útiles, arraigados y bien estantes; a reducir sus cortijos a pueblos, y, en fin, a ser ellos mismos los instrumentos del aumento de la agricultura y de la población.

     Una ley sabia que, indirectamente, produjese estos bienes, sería la más perfecta de todas. Y yo creo que las produciría esta ley de la cuota, reglada de este modo:

     Que a todo propietario que arriende por menos de cien años se le pague, por ahora, el diezmo de todos los frutos que produzca la tierra, excepto el de ganados; pero con la calidad, de que no pueda despedir al colono, sino en uno de dos casos: o que no pague dos años la cuota, habiéndosele requerido judicialmente, como va dicho; o que deje un año de cultivar la mitad de la tierra y que le ha de pagar las mejoras estables que son ya más valor de la tierra.

     Que al que enajenare su tierra a canon en frutos o la arrendase con la misma pensión por más de cien años, se le pague por ahora un noveno; con declaración de que el contrato, sea de enajenación o de arriendo, queda nulo por el hecho de que el colono, o no pague dos años, o deje uno sin cultivo la mitad de la tierra; siendo entonces libre el propietario de subrogar otro colono en su lugar. Pero siempre, bien sea porque el término del arrendamiento se concluya, bien porque el colono esté en caso de que pueda ser despedido, ha de tener obligación el propietario de pagarle las mejoras.

     Que al que enajenare a canon o arrendase por más de cien años una tierra que no exceda de cien fanegadas, con la obligación al colono de habitarla y cercarla, se le pague el octavo por ahora, con las mismas declaraciones de arriba.

     En las dehesas y cortijos que tienen casas y otras oficinas útiles a la labranza ocurre el reparo de que, pagándose la renta de frutos, no sacará el dueño la parte de arrendamiento que corresponde a estas fincas. Pero se satisface con que, como las mismas casas y oficinas facilitan el mayor cultivo que multiplica las producciones en ellas, hallaría proporcionalmente el propietario el rédito de su finca. Y cuando esta razón no se tenga por bastante para indemnizar al dueño, se podría mandar que, regulándose por inteligentes que nombren las partes y el juez tercero en caso de discordia, la pensión moderada que merecen las casas y oficinas, que pueden ser útiles al colono, la pague éste en dinero, además de la cuota en frutos.

     También puede suceder que en las dehesas y cortijos ha algunas porciones de tierra que sean absolutamente inútiles para la labor y sólo produzcan pasto o monte y, en dicho caso, que se verificaría rara vez, se podrá igualmente regular el precio de esta tierra para indemnizar al propietario.

     Otro reparo se podrá oponer con el pretexto de la diferencia de las calidades de la tierra, pues la hay que es superior, otra mediana y otra ínfima. Pero esta diferencia no debe influir para variar la cuota. La mayor o menor estimación del terreno proviene de que éste sea más o menos fértil. Éste es el concepto que sirve de regla para considerar su renta, de que necesariamente se sigue que la tierra de superior calidad dará más frutos que la mediana y ésta excederá en las producciones la ínfima. Y, como el propietario percibe su pensión con respecto a lo que la tierra produce, se sigue también que el dueño de la superior cobra más que el de la mediana, y el propietario de ésta más que el de la ínfima; y todos quedan satisfechos, a proporción de la calidad de su terreno.

     Un ejemplo hará demostrable este pensamiento. Supongamos que se trata del arrendamiento de una fanega de tierra de superior calidad que regulada, en renta, debe ganar al año viente reales; de otra fanega de mediana calidad, que merece quince reales, y de otra de ínfima calidad que se estima en diez reales. Supongamos, también, que la primera de estas tierras produce veinte fanegas de grano, la segunda quince y diez la última. Y por este cálculo se sacará que la misma diferencia que se considera para el aumento de la renta del terreno, según su respectiva calidad, siendo la satisfacción en dinero, se halla pagada en frutos. Consiguientemente resulta que no hay agravio, para el propietario ni para el colono en que la asignación de cuota sea general y no se varíe por la calidad de las tierras; antes bien, este mismo método es el que mejor la determina, sin el riesgo de fraude y colusiones a que quedaría expuesta la operación, si se fiase a la regulación arbitraria de peritos.

     Me persuado a que estas leyes solas, tan suaves como son, pues no inducen violencia a nadie, producirían el efecto que se desea; porque todo propietario, bien lo sea de tierras libres, bien de vinculadas de iglesias y manos muertas, procurará hacer arrendamientos largos y de pequeñas suertes cercadas y habitadas por los colonos, que formarán un pueblo de su cortijo, y se conseguirá el primer medio, de que ellos mismos fomenten estos arrendadores de poca tierra, que, por su largo arriendo, equivalgan a pequeños propietarios.

     El segundo medio es que el gobierno haga muchos verdaderos pequeños propietarios con las tierras que tiene en su mano por estar bajo de su tutela y dirección. Ya he dicho que todas las capellanías y obras pías debieran por una ley arrendarse de este modo en pequeñas suertes, y ahora añadiré que, por las mismas razones, están en igual caso todas las tierras de las órdenes militares. S. M. se sirve de dar las encomiendas y los comendadores, que saben que aquella es una renta vitalicia y no ha de pasar a sus herederos, las suelen cuidar poco. El más aplicado hace lo que el propietario, que es arrendarla por poco tiempo, esperando adelantar el precio al nuevo contrato, y padece esta administración los mismos defectos que se desean corregir, en vez de que, si de una vez se enajenaran en suertes de cincuenta fanegas, por el método prevenido, se criara un numero crecido de pequeños propietarios útiles y la renta de los comendadores crecería por la misma proporción que hemos dicho para las demás obras pías.

     Puestas todas las encomiendas sobre de este pie, su producto cargaría sobre la cuota de frutos que correspondiera a las fanegadas que tuviera la tierra y que, por la regla dada, debe ser el octavo. Ahora mismo hay muchas que consisten en el diezmo, o las tercias, que resultan de arriendos inciertos y cortos; entonces se distribuirían todas estas tierras con arriendos menos imperfectos y más útiles.

     Convendría, pues, establecer la ley de que toda tierra de encomienda se venda a pensión de la octava parte de frutos, con las mismas calidades de arriba.

     Por el mismo método deberían repartirse todas las tierras de los propios y arbitrios de los pueblos. Es verdad que la ilustra equidad del Consejo ha mandado repartirlas entre los vecinos, dando la preferencia a los braceros. Pero está tan piadosa la providencia, tan digna de ser sostenida en la parte que puede ser provechosa a esta miserable clase de hombres, que es en las tierras inmediatas a los lugares, no puede serles útil en las distantes, porque debiendo esta gente vivir con su jornal y dar a su pedazo de tierra aquel tiempo que le sobra de sus ocupaciones, no puede emplearlo si está muy lejos de su habitación. Por otra parte ¿quién irá a trabajar una corta suerte de tierra, que no es suya, que el año siguiente puede repartirse a otro, cuando está situada a dos o tres leguas del lugar, yerma y desamparada, sin casa ni asilo en que meterse? ¿Y quién se atreverá a costearla por una tierra que no es suya? Fundada en estas razones propuso al Consejo la Junta de Propios y Arbitrios de Sevilla que repartiéndose las dehesas de Tablada, y Tabladilla que están inmediatas entre sus vecinos braceros, por las reglas dadas en la provisión de 12 de junio se repartiesen las veinte y nueve y más fanegas que tiene en términos muy distantes entre varios labradores, a razón de cincuenta fanegas cada uno, por el mismo método que hemos propuesto para los demás, y sólo con la adición de que se prefiera a los vecinos de Sevilla.

     Yo, fundado en las mismas razones y persuadido por la experiencia de que este beneficio es nulo para los braceros, cuando se trata de tierras distantes y que las dejan sin cultivo con mucho perjuicio, propuse al Consejo un temperamento, que en mi juicio abrazaba todos los extremos, y fue el de que repartiéndose entre los braceros, por el orden que el Consejo gradúa, las tierras que están a media legua del lugar, las demás se repartiesen en suertes de a cincuenta fanegas entre pelentrines, que se obligarán a hacer dentro de un año una corraliza, un hogar y un dormitorio, con más cercar su suerte, prefiriendo siempre al vecino del lugar sobre el forastero; y sin que fuese necesario otra cosa para darle la tierra que el que manifestase dos pares de bueyes suyos y que hiciese las referidas obligaciones.

     Allí expuse que por este medio se atendía a los braceros, dándoles una ocupación con que entretenerse y subsistir del único modo que lo pueden lograr y se atiende también a los pelentrines, hombres aplicados, que tienen sus bueyes y viven con su trabajo y a quienes no falta otra cosa, para ser propietarios útiles y vecinos pobladores, que un pedazo de tierra en que arraigarse, y lo serán desde que éstas se les repartan.

     No repetiré lo que tengo dicho allí, de lo útil que sería este temperamento a la agricultura en general, a la población, a los vecinos, al Estado y a los mismos propios, con la facilidad y pureza que daría este método a la pública administración. Me remito a lo que allí he expresado, y sólo añado que este ramo es copioso, que hay mucha tierra de esta especie que repartir por el modo dicho y poniéndola en tantas manos, fuera de los bienes indicados, produciría el de hacer bajar sus precios.

     Convendría, pues, hacer una ley que mandara que todas las tierras de propios y arbitrios, que están a media legua del lugar, se repartan todos los años entre los braceros a razón de dos fanegas, por el orden y reglas que previene la provisión de 12 de junio; pero que las que estuviesen situadas en suertes de cincuenta fanegas cada una, que se den en propiedad a los pelentrines que no tengan veinte fanegas suyas y tengan de dos pares de bueyes para arriba, con la obligación de hacer dentro de un año una corraliza, un dormitorio y un hogar en que habitar, y la de cercarla, obligándose también a dar la octava parte de sus frutos a los propios, sin que pudiera ser desposeído sino en el caso que no pagase la cuota de dos años, supuestas las diligencias judiciales, o que dejase uno sin cultivo, la mitad de su tierra.

     Del mismo modo, y por las mismas reglas, debieran repartirse todas las tierras que han dejado los regulares, que se llamaban de la Compañía de Jesús. Éstas están en manos del Gobierno, y no puede hacer mejor uso de ellas que derramarlas en la nación, para formar un número de útiles vecinos. El Gobierno, que ha indicado querer destinar estos bienes a instituciones piadosas, lo podrá hacer más fácilmente por este medio, y sin el riesgo de administraciones fraudulentas o negligentes; pues repartiéndolas entre vecinos, que deben pagar su cuota de frutos, podrá el gobierno aplicar esta cuota a los destinos que le parezcan y hallará la doble ventaja de que, haciendo valer a las tierras cuanto sea posible, tengan los objetos públicos un fondo más líquido y menos sujeto a fraudes o descuidos.

     En el entretanto que S. M. aplicaba estas cuotas, podía tomarse el medio de mandar que cada justicia o comisionado actual de aquellos bienes arrendase cada año las cuotas que correspondiesen a su territorio, y que las fuesen pasando a la tesorería más inmediata, en donde estuviesen depositadas hasta que S. M. las destinase con el mismo usufructo de los fondos.

     Convendría, pues, una ley que mandase dividir todas las tierras de los regulares del nombre de Jesús en suertes de a cincuenta fanegas cada una, y que se partiesen entre los vecinos labradores de dos yuntas arriba, del mismo modo y con las mismas condiciones que hemos dicho para las tierras de propios y arbitrios en las suertes de cincuenta fanegas.

     Recapitulemos ahora y veamos si con lo dicho se podrá conseguir el segundo medio que va propuesto, de que el gobierno haga muchos verdaderos pequeños propietarios con las tierras que tiene en su mano. Considérese que extensión de tierra ocupan las capellanías, las obras pías, las de las órdenes, las de propios y arbitrios, las de los regulares expulsos, agréguense a éstas, las que procurarán repartir, en arriendos largos y en pequeñas suertes, los propietarios, mayorazgos y manos muertas, impelidos de su propio interés, sin contar las que diremos después y pertenecen al tercer punto, de que se labre más; y fórmese juicio de si se mantendrán caras las tierras y si por el medio de la cuota de frutos, no se evita todo inconveniente en esta parte.

     Pero véase también, por otra, ¡cuánta tierra va a repartirse en pequeñas porciones! ¡Cuántos vecinos útiles arraigados y bien estantes van a formarse! ¡Qué aumentos de frutos con tantas nuevas manos que los cultivan! ¡Qué circulación y abundancia con tantas que los cogen! ¡Cuántos arrendadores de cuotas, que van a ser otros tantos mercaderes de granos! ¡Qué actividad, qué vida, qué movimiento adquirirán todos estos ramos!

     Antes de concluir este medio, conviene examinar la duda que puede suscitarse sobre si los arrendamientos que estén celebrados al tiempo de la publicación de las nuevas reglas que se establezcan, han de continuar hasta que se cumpla el plazo, o quedar, desde luego, cortados y nulos.

     Para que no se haga novedad en los arrendamientos, se podrá decir: que el efecto natural de la ley es operar en lo futuro, sin alterar lo que en tiempo hábil y de buena fe estaba ya ejecutado; que muchos arrendamientos se han celebrado con anticipación de la renta y sería embarazoso reintegrar al colono; que otros se suelen hacer por una pensión moderada con respecto a que el colono debe practicar a su costa algunas obras que cedan en beneficio de la propiedad, por lo que, si estos contratos se redujesen a cuota de frutos quedarían perjudicados el dueño o el colono y se daría motivo a litigios.

     Por el contrario, se podrá oponer: que, tratándose de enmendar la legislación y de establecer por punto general los medios de mejorar la agricultura, conviene que la operación sea uniforme, pues toda diferencia causaría confusión y abriría paso a colusiones y contratos simulados, en fraude de la ley; que, dirigiéndose ésta a la utilidad común del Estado, no debe embarazar su práctica el accidental perjuicio de algunos particulares; que para indemnizar a estos, en el caso de la anticipación de renta o mejoras, hay otros medios obvios y fáciles, sin que sea preciso recurrir a la continuación de los arriendos.

     Además de esto, cuando se piensa en desterrar abusos inveterados, aplicándoles un remedio radical, debe procederse con esfuerzo y apartar hasta la sombra del daño antiguo. De otro modo, el menor incidente hace que vuelva a tomar vigor el vicio que se pretende curar y todo va perdido.

     Esta máxima se halla adoptada por el Consejo, pues, en su provisión de 29 de noviembre de 1767, se sirvió declarar, que el repartimiento de tierras de propios y arbitrios, mandado hacer en la de 12 de junio del mismo año, se entendiese aunque estuviesen arrendadas y que sus colonos las hubiesen ya barbechado.

     Gobernado yo por el espíritu de esta sabia providencia, me parece sería conveniente mandar por una ley declaratoria de las antecedentes: que se entiendan cortados y nulos los arrendamientos hechos hasta el día de su publicación; y que se reduzcan todos a la nueva forma que se les da por el gobierno, quedando al arbitrio del propietario mejorar el contrato, por la graduación de cuotas que va asignada, y reservado el derecho de las partes, para que recíprocamente se indemnicen en lo que justamente les corresponda.

     El tercer medio es dar leyes bien entendidas, en virtud de las cuales cada labrador pueda labrar bien su campo.

     Ya he dicho cuánto se ha engañado nuestra legislación, dando siempre la preferencia a la cría de ganados, sobre la labor; debiendo haber considerado que el trigo, cebada, y demás granos son de primera necesidad, merecen la primera atención, y que la cría, aunque de suma importancia, tiene un lugar secundario y dependiente. De aquel errado concepto han salido muchas leyes destructoras: entre ellas, las que prohíben romper las dehesas, aunque sean de dominio particular; las que impiden el cerramiento de las tierras, mandando que, alzado el fruto, no pueda estorbar el labrador la entrada en las suyas a los ganados de los demás vecinos; la que prohíbe los acotamientos; y, sobre todo, los exorbitantes privilegios concedidos a la Mesta.

     Cualquiera que registre con cuidado las providencias que, en más de dos siglos, ha dictado el gobierno en favor de la cría de ganados, debe comprender que, en ellas mismas, dictaba la limitación de la labranza, la decadencia de los mismos ganados y la ruina de la agricultura. No me detendré en volver a persuadir que, aún en caso de que una atención fuese exclusiva de las otras, debería preferirse la de la labranza. Pues para esto basta reflexionar que, en el orden de las necesidades del hombre, son los granos la primera. Esto se entiende tomando el asunto en los extremos. Pero estoy muy lejos de pensar que la labor impida la cría, ni de que los ganados se aumenten en dehesas de pastos, antes creo que, si la tierra se cultivara toda y se destinara alternativamente a pasto y labor, se multiplicarán los ganados a proporción que se multiplican los granos. Estos dos objetos tienen entre sí tan íntima relación, que uno depende de otro, y ni puede prosperar la cría sin labor, ni florecer la labor sin la cría: compañeros inseparables del labrador el redil y el arado, al paso que éste, rompiendo las entrañas de la tierra la fertiliza para que produzca abundantes frutos, concurre aquel con sus auxilios a facilitar el beneficio, y ayuda con su auxilio (digo con su estiércol) a multiplicar las producciones.

     Ya he manifestado el ejemplo de las demás naciones que prosperan. Ya he calculado que una misma porción de tierra, cultivada a pasto y labor, mantendrá más ganado que dejándola erial y se cogerán a más los granos. Ya he demostrado que nuestra legislación está desacreditada por la experiencia, que no ha conseguido otra cosa que destruir la labor, sin aumentar la cría: pues se ve que, a pesar de tanto privilegio, está en la mayor decadencia, disminuyéndose por instantes, como lo comprueban los excesivos precios de las carnes. Que si el gobierno hubiera hecho por la labor lo que ha hecho por la cría, habría hoy mucho más ganado, y sería España el más poderoso imperio de la tierra. Y que pues tanta luz nos abre los ojos, enmendemos aquella legislación engañada con otra contraria y más ilustrada.

     Ahora añado, que se hará poco con criar tanto útil labrador, si no se le dan los medios de cultivar bien su campo, que, por utilidad de una y otra granjería, será conveniente mudar de leyes y, reservándome para hablar del rompimiento de dehesas y baldíos en el tercer punto (de que se labre más), me contraigo ahora a proponer que se manden encerrar, todas las tierras de labor. Y por si necesita todavía este punto de ilustración, iré diciendo por menor las utilidades que resultan de esta providencia.

     Los frutos se recogerán con mayor sazón y quietud, pues evitándose por este medio los atropellamientos que causan comúnmente los ganaderos, por anticipar sus ganados a comerse los pastos y rastrojos de las tierras abiertas, a más del daño que hacen en las mieses, son motivo de que el labrador acelere la recolección de sus frutos, con grande menoscabo y desperdicio de ellos.

     Se evitará el perjuicio que todo el año está causando el ganadero al labrador en sus sementeras, pues con la libertad que tiene aquel de pastar las tierras de labor abiertas, por la codicia de aprovechar la yerba de las inmediaciones de los sembrados o, por decir mejor, con este pretexto se introduce y se come las mismas mieses.

     Se evitará, también que la frecuencia de andar los ganados en los barbechos de las tierras, sobre todo el otoño cuando están mojados, no los allane y rebata, inutilizando el trabajo del labrador, poniendo dichos barbechos como si estuviesen eriazados, que es lo que ahora sucede.

     Se aumentará la misma cría de ganados; porque los pastos se aprovecharán con economía, y no con el desperdicio de ahora en que, por aprovecharlos todos, no los disfruta ninguno; sucediendo al labrador que no puede mantener ni aún sus mismos ganados, por lo esterilizados que quedan sus rastrojos, y está obligado a mantenerlos con paja desde principio de septiembre. No habrá criadores de tanto número de ganados como hay de presente, pero crecerá el número de criadores: lo serán todos los labradores y crecerá el número de ganados.

     Éste será el medio, de que puedan subsistir, y aplicarse a la labranza los labradores pequeños, pues, estando sus tierras abiertas, no pueden mantenerse por la injuria que reciben de los criadores poderosos; y sin este riesgo tendrán su pequeña labranza y en ella su correspondiente ganado.

     Podrá coger el labrador la segunda cosecha que llaman de semillas, cosecha que duplica casi el valor de las producciones, y que sólo coge en Andalucía el que goza el privilegio de tener su tierra cerrada, porque la violencia de los ganados no lo permite.

     El que tenga un manantial en su tierra lo aprovechará, regará una parte de su terreno y tal vez podrá hacerse un huerto, para cría de hortalizas y de árboles frutales. Nada de esto puede hacer ahora: la voracidad de los ganados todo lo destruye, con el pretexto de abrevaderos; a ningún propietario, se le permite sacar partido de sus aguas. Este artículo pedía reflexión, y necesita de una ley que determine el uso y propiedad de las aguas, que nacen en los campos. Toda la policía de este ramo estaría completa con declarar que el agua era del dueño de la tierra en que nace; que puede aprovecharla en los usos que quiera, y que no pierde su derecho hasta que sale de su campo y entre en otro, en cuyo caso es del dueño de éste. De este modo cada uno la aprovechará en su territorio. Ninguno puede detenerla, si no la aprovecha; si la detiene es porque la consume en algún fin útil, y esto es tan justo como conveniente.

     Si la tierra es de olivares será también útil el cerramiento. Por este medio se doblará la cosecha de este fruto. A pesar del cuidado de los dueños y justicias son terribles los daños que todo el año causan en ellos los ganados, principalmente al tiempo de la recolección, que es cuando se experimenta la mayor tropelía por la priesa, que se dan todos, de modo que, a más del daño que reciben los cosecheros en que les coman sus frutos, tampoco se aprovechan de las yerbas que producen. Ni los hacendados los cultivan y cuidan por el riesgo de los ganados, pues es mayor este daño cuando está el olivar más cultivado lo que no sucedería si estuviera cerrado, pues los dueños se empeñarían en darles el mejor beneficio, recogerían sus frutos con sazón y comodidad, aprovecharían las yerbas con sus propios ganados, si los tuviesen, y de no las venderían. Y en estas mismas yerbas, aprovechadas con esta economía, mantendrían más ganados que pueden mantener ahora con el modo violento y atropellado con que, por disfrutarlas todos, no las aprovecha ninguno.

     Aún hay más: muchos olivares se componen de tierras muy a propósito para sembrar y casi ninguno se siembra. Es un problema en Andalucía ¿Si conviene sembrar los olivares? Muchos dicen que la experiencia ha acreditado, que la siembra de trigo perjudica a la aceituna, y que sólo es compatible la cebada, y algunas otras especies; otros creen que el trigo y todas las demás semillas vienen bien, sin perjuicio del olivar. Lo cierto es que yo he visto provincias enteras de Italia y Francia plantadas de viales, o calles de olivares, en cuyos intermedios se siembra el trigo y, además de esto, de olivo a olivo, pende la vid, cogen tres cosechas, y triplican la tierra. Pero sin buscar el ejemplo tan lejos, aquí, a nuestra puerta, y en Jerez de la Frontera, los más olivares se siembran, y cogen sus dueños mucho trigo y cebada, sin perjuicio de los olivos. Esto consiste únicamente, en que aquellos olivares por una costumbre antigua y aprobada por el Consejo, están cerrados. Lo que demuestra no sólo que no perjudica al olivo la siembra de los granos, sino la gran utilidad que resulta del cerramiento, pues por su medio se duplican las cosechas. Y considérese la que tendría el Estado, si toda la Andalucía y toda España estuviera bajo del mismo pie.

     La mejor agricultura, la más adelantada, la tierra mejor cultivada de todas estas provincias, es la de Jerez de la Frontera. Y no se puede atribuir a otra cosa, porque no tiene otra diferencia, que su privilegio de cerramiento ¿Qué más es menester, pues, para persuadirnos, que este ejemplo vivo, práctico y entre nosotros mismos? Es, pues, de la última importancia, establecer una ley que mande que se cierren todas las tierras, que se labren, y, en virtud de ella, facilita el gobierno al labrador, que ya suponemos con su casa y habitando en su campo, los medios de que le coja amor y pueda labrarlo bien.

Punto tercero: Medios para que se labre más y cuanto se pueda labrar.

     Ya he manifestado que las dos terceras partes de Andalucía están incultas y desiertas, abandonadas a dehesas y baldíos. He dicho que la ciega y errada preferencia que nuestra legislación ha dado a la cría de ganados, ha dictado las leyes que mandan que no se puedan romper ni unas ni otros. He probado que éstas han destruido la labranza, sin favorecer la cría, y, gobernado por aquellos principios, que recuerdo sin querer repetirlos, voy a proponer lo que nuestra legislación debe enmendar en esta parte.

     Por los fundamentos expresados, todas las tierras deberían reducirse a labor, sembrándose la mitad un año y dejando la otra mitad a pasto alternativamente. La perfección de las cosas sería reducir toda la tierra posible a suertes, precisando a los labradores a que en cada una fabricasen casa que habitar, que hiciesen cercas y que mantuviesen el ganado correspondiente a la labor. Me persuado que por este método habría más frutos y ganados. Pero las mismas razones que me han detenido para no abrazar desde ahora la ley agraria de la limitación de labores, por el recelo de que una revolución súbita ponga en convulsión la cultura de los granos, me detienen también para no determinar que se mude de repente la práctica que se lleva en la cría de ganados: ya porque, para conseguir la multiplicación que se espera por este método, es menester que primero se reduzcan las tierras a suertes y pequeñas labores, ya porque, estando los ganados que hay en el día acostumbrados a dormir fuera de poblado, y por esto cerriles, y bravos no sería fácil hacerlos de repente domésticos, reducirlos a comer a la mano y recogerse en corralizas, como deberían practicarlo los nuevos labradores.

     Por otra arte, los criadores de ganados, preocupados con la máxima de que no es posible mantenerlos sin dehesas y tierras de pasto, se resistirían a mudar de método, si insensiblemente, y por medios indirectos, no se les inspira el que va propuesto. Y este efecto producirán, infaliblemente, las muchas suertes repartidas en otras tantas manos.

     Por estas razones, no me atrevo a proponer, por ahora, una ley que obligue a todos los dueños de dehesas a romperlas y destinarlas a pasto y labor. Esto sería muy útil; pero, en el día, es inmaduro y es menester reservarlo para después que se hayan establecido muchos nuevos pequeños labradores, que hayan multiplicado los ganados. Si entonces se viere que todavía hay población bastante para ocupar las dehesas, podrá mandarse que se rompan, y será ya sin riesgo de la cría, ni el de la novedad que pudiera producir ahora esta providencia; pues entonces habrá ya mucho ganado criado por el labrador independiente de estas grandes dehesas.

     Pero entretanto, me parece que sería muy conveniente derogar lo menos las leyes que prohíben a los dueños de las de esas el poderlas labrar. Esto debería declararse libre, quedando en el arbitrio del dueño, romperlas, o no. Al modo que ahora es libre a cada uno, dejar si quiere para pasto la dehesa, cortijo, o tierra, que por su naturaleza es de labor, así debiera serle permitido reducir a labor las tierras que, hasta aquí han servido de pasto. Esta ley, tan llena de justicia como de política, produjera, si quisiera el bien de que el cultivo de tierras no fuese de peor condición que la cría de ganados, y que quedasen a un nivel, a pesar de la preferencia que, por tantos títulos, se le debe al primero.

     De esta regla general, debiera, por ahora, exceptuarse las dehesas destinadas a potros y yeguas; no porque considere que son necesarias en sí para esta cría, sino porque las hace precisas la constitución actual de las cosas; pero estoy persuadido a que, estableciéndose el gran número de pequeños labradores que hemos propuesto, cada uno cuidará de los suyos, y de la gran copia de estos resultará un total que supere de mucho, no a los que hay, que son pocos, pues se halla la cría muy decadente sino a los que pudiera haber por el método actual, aún cuando la legislación enmendara lo que tiene de defectuoso y estorba, hoy, la prosperidad de esta especie.

     Esperemos, pues, a que se fomenten estos pequenos útiles propietarios: estos que serán los verdaderos criadores de toda especie de ganados. Puede ser que, en el entretanto, mejore el gobierno las reglas dadas, opresivas y contrarias a la libertad, que es el único principio de la abundancia. Resérvenseles sus dehesas, por ahora, hasta que una legislación más instruida y comprensiva del plan de todo este importante objeto, lo regle sistemáticamente. Entre tanto, contrayéndome al presente artículo, me parece que sería muy conveniente dictar una ley, por la cual se permitiera romper todas las dehesas, exceptuando por ahora las de potros y yeguas.

     Ahora voy a tratar de baldíos, y mi celo se inflama con las ideas que este objeto le presenta. ¡Qué inmensidad de tierras perdidas! ¡Cuántos millares de útiles y bien estantes propietarios pudieran formarse con lo que ahora se desperdicia! Ya he dicho que las dos terceras partes de Andalucía están incultas y desiertas. Creo haber quedado corto. No hay más que ver los caminos públicos, y hasta el que conduce en derechura a Madrid que, por su situación, debería ser lo más poblado: no se ve más tierra en cultivo, que una o dos leguas inmediatas a los lugares; todo lo demás está inculto se pasan seis o siete leguas seguidas, donde no hay señal de mano humana y como pudieran estar las más agrias montañas de un desierto. Cuando más, se ve una inmunda y humilde venta, para reposo incómodo de los caminantes. Pero allí están los riesgos: aquél es el asilo de los ladrones, porque están a muchas leguas de todo poblado. Y de este modo horrible están todas las jornadas que se hacen a Madrid, mediando inmensos desiertos, en que se pudieran formar muchos grandes pueblos, entre los intervalos de Jerez a las Cabezas, a Utrera, a Carmona, a Écija, a Córdoba, al Carpio, a Andújar, y así hasta encontrar con la Sierra Morena.

     No hay lugar que no tenga mucho más terreno baldío de lo que tiene cultivado, y algunos más del triplo y el cuádruplo. Para tomar una idea de esto basta decir que en Utrera, lugar que dista cinco leguas de Sevilla, que goza de las mejores tierras de campiña, y que por la inmediación a esta capital son más estimables, había tantos baldíos, que no obstante que D. Luis Curiel, con orden del Consejo, repartió con profusión muchos, le han quedado todavía veinte y un mil fanegas, que hoy está desperdiciando. Discúrrase lo que desperdiciará Jerez, que tiene diez y ocho leguas de término, y discúrrase, si puede concebirse, cuánta tierra habrá vacía en lo interior de las provincias.

     Todo este deplorable desperdicio, se quiere cohonestar con la cría de los ganados. Suplico al Consejo, tenga presente lo que llevo expuesto sobre este asunto. Recuerde lo que he demostrado, de que mil fanegas, reducidas a pasto y labor; podrán mantener más ganado que las mismas estando eriales, adelantando todo lo que dieren las quinientas de frutos; y conjeture cuanto ganado menos se cría, y cuantos granos dejan de cogerse en los inmensos baldíos de estos reinos.

     No repetiré lo que he dicho sobre el cerramiento, que todo es conducente para demostrar cuanto convendría repartir los baldíos. Y solo añadiré que, no teniendo estos otro uso que el pasto, se aprovecha para él muy poco; porque lo que es de todos, no se disfruta bien por nadie; porque por el atropellamiento de comerlo, ninguno lo come en sazón. Apenas empieza la yerba a despuntar, cuando entra el ganado, la pisa, no la deja crecer, y se malogra para todos. El ganado de cerda entra también, y si encuentra la tierra mojada el otoño, como es regular, la deja estéril para todo el invierno. Porque entonces no busca el pasto, sino los insectos para lo que levanta la corteza, estorba el nacimiento de la yerba, y deja una impresión tan fastidiosa, que no pueden sufrirla los demás ganados, con lo que aquellas tierras quedan inútiles para ellos.

     No hay baldíos en Inglaterra. No se conocen en Francia. Pero para qué es buscar el ejemplo tan lejos. No se tiene ni idea de este nombre en Vizcaya. Y, con todo, hay en estos países, proporcionalmente, más ganado que en España. ¿No es ésta una demostración?

     Estas verdades son tan manifiestas a las naciones agrícolas, que no sólo no sufren baldíos, pero ni permiten comunes. Un pasaje del Amigo de los Hombres, es tan terminante para el asunto, que aunque largo no puedo resistirme a copiarlo. Dice así:

     «Parece a primera vista, que éste es el patrimonio del público y, por consiguiente, una posesión del pobre, que hace pacer en ellos algún ganado, con cuyo producto se socorren sus cortas necesidades, y que saca de allí leña. Pero, en realidad, éste es otro tanto terreno inutilizado y perdido, por consiguiente, para el Estado y, más todavía, para los pobres, que no tienen interés mayor, que el hallarse en medio de una agricultura grande y cuyas labores multiplicadas les dan de comer y los hacen necesarios. Estos pobres laboriosos son los que hemos menester, lo que dije más arriba de las distribuciones de trigo entre los romanos, puede aplicarse a todo género de comunes y los hospitales. Si los comunes son bosques los asolan, los cortan en todo tiempo y los destruyen sin consideración. Si son campos están eriales, y no producen nada. Si son pastos están llenos de maleza y juncos; y los destrozan sin reparo. El rico envía a ellos mucho ganado, y acrecienta así su caudal con el del público. El pobre no puede llevar sino alguna bestia flaca y lánguida, y necesita de quien la guarde. La vigilante Inglaterra, ha conocido tan bien esta verdad, que ha convertido casi todos sus comunes en propiedades. Luego que algunos de los interesados en un ejido o común presentan memorial al Parlamento para que ordene la distribución de las tales tierras entre todos los que tienen derecho, quieran o no quieran los demás, el Parlamento nombra doce jurados expertos, quienes con las formalidades requisitas por la ley, van a hacer el repartimiento de aquella tierra, de la cual cada porción se hace, de este modo, propiedad absoluta de cada particular. Yo no puedo excusarme de aconsejar que se haga lo mismo en Suiza, con las formalidades relativas a los usos del país, y a los principios del gobierno.»

     ¿Si esto aconseja a los suizos, hablando de los comunes, que nos aconsejará a nosotros si viera nuestros inmensos baldíos?

     No se puede entender cómo verdades tan sencillas, han podido estar escondidas tantos siglos. Yo lo miro para España como un efecto de la Providencia. Si en los siglos pasados se hubieran repartido estas tierras, se hubieran dado como se dieron las demás. En aquellos tiempos el favor y la fuerza lo daban todo, y daban con profusión y preferencia. Un país conquistado se repartía entre siete o entre ocho de los que auxiliaban con las armas. A los monjes y demás eclesiásticos se les pagaban las oraciones, con que habían ayudado a conquistar el país, con una gran parte de lo conquistado, y las reservas se regalaban a los favorecidos, dejando la muchedumbre en inopia. Así, entonces se hubieran hecho noventa, o cien propietarios más, que no hubieran sacado la agricultura de la imperfección y pocas manos en que se halla. El cielo reservaba esta dádiva inmensa para este siglo, en que preside un gobierno ilustrado, que sabrá repartirla con equidad.

     Soy, pues, de dictamen, que se vendan y repartan, distribuyan y cultiven, todos los baldíos. Que, disfruten en suertes de diferentes cabidas, que voy a proporcionar de este modo:

     Al particular rico que quisiera comprar una suerte para labrarla por sí, o hacerla labrar, se le venderá en dinero a estimación de peritos, y se le transferirá el dominio de propiedad, con tal de que no baje la suerte de cincuenta fanegas ni exceda de doscientas. Digo que no baje, porque en menos extensión no puede formarse un labrador útil; y que no exceda, porque ya se incidiría en el defecto de las grandes labranzas. Y la medida de doscientas fanegadas me parece justa para que el labrador, a quien se debe obligar a hacer una casa y las demás oficinas de labranza, pueda labrarla bien. Comprendo que está dentro de la esfera de actividad de un hombre; podrá cuidarla, estercolarla, y beneficiarla.

     La desigualdad de las fortunas es necesaria, y conveniente en los Estados monárquicos. Lo que importa es que no haya ninguna demasiada, y que haya muchas medianas. Y habiendo tan inmensa distancia entre los propietarios de hoy y los que vamos a formar de cincuenta fanegas, conviene que para el orden y circulación haya algunos intermediarios, que serán estos los que harán más graduales las condiciones.

     Convendrá también, excitar a los ricos para que compren grandes pedazos de tierra baldía y los distribuyan entre pobres vecinos, formándolos tales con el interés de gozar la cuota. Como lo que más importa al Estado es el cultivo y la población, es menester promoverla por todos medios. Por otra parte, hay muchos infelices que no tendrán los medios de hacer una casa y de cercar su suerte, ni de tener dos pares de bueyes, y esto se lo podrán dar los que tengan dinero para sacar la cuota que corresponda, ganando el Estado por este camino el que, a costa de los ricos, se transformen los infelices braceros en propietarios útiles.

     Hay en España mucho dinero para imponer, que no se impone por no saberse en qué. Hay muchos extranjeros, que por el comercio han hecho gruesos caudales en Cádiz, Sevilla y otras partes, que cuando quieren establecerse se vuelven a su país a situar su dinero, porque no hallan en España dónde poderlo hacer. Si se les abriera esta puerta, es regular que muchos se quedarán. Que el mismo dinero que han ganado en este Reino lo invirtieran en él con grande beneficio, y se consiguiera que ni el dinero se extrajera, ni ellos se ausentaran. Que contribuyeran al cultivo de nuestra tierra y que ellos mismos fuesen los creadores de un número crecido de labradores.

     Sería, pues, conveniente permitirles comprar una parte de baldíos, a condición de que habían de distribuir en suertes de cincuenta fanegas entre pobres braceros, con la obligación de darles una casa en que habitar, un par de bueyes y los instrumentos necesarios para la labor.

     Pero como no convendría tampoco hacer monstruosas fortunas, sería menester también poner límite a este modo de adquirir. Y me parece, que se podía sujetar a dos mil fanegas; esto es, que a todo particular, que quisiera comprar dos mil fanegas de tierra en los baldíos, se le vendieran, pagando su importe en dinero a estimación de peritos, a condición de distribuirlas entre cuarenta braceros pobres, dando cincuenta fanegas a cada uno. De las cuales debe cederles el dominio útil, reservándose el de propiedad, obligándose a habilitarlos, con la casa, bueyes y demás instrumentos que hemos dicho; y debiendo a éste pagarle cada año el colono la octava parte de sus frutos, que es la cuota que por las reglas le corresponde.

     Todos los demás baldíos se venderán en suertes de cincuenta fanegas cada una, a censo o canon de la octava parte de frutos, a todo hombre que la pida, sin otra condición que la que tenga dos pares de bueyes suyos, y no posea otras veinte fanegas de tierra propias; que se obligue a hacer una corraliza, un hogar y un dormitorio en que habitar con sus ganados, dentro de un año, y a cercar su suerte dentro de dos, declarando que sólo se le podrá desposeer, si no paga la cuota de frutos en dos años, supuestas las diligencias judiciales, y si deja uno de cultivar la mitad de su tierra, en cuyos casos se dará a otro colono.

     El método ha de ser el dar a cualquiera que tenga dichas calidades y haga estas obligaciones la suerte que pidiere. Es justo que el primero que la pida tenga la preferencia, y cada cual pedirá la que más le acomode.

     Y no hay que temer que la pidan todos ni que esta operación pueda hacer alguna alteración perjudicial a los ganados por el método en que están. Lo primero, porque con la ley del cerramiento de las tierras, no serán necesarios tantos pastos. Lo segundo, porque no concibo que sea en el día tanta la población que pueda abrazar todas las tierras que van indicadas. Y lo tercero, porque no todos los baldíos son de igual calidad. Hay entre ellos muchos inferiores, que ahora no tomará nadie, y en ellos sobrará ciertamente pasto para el ganado que quedará de estos ganaderos de cucaña, que conviniera extirpar. El labrador mantendrá el suyo en su tierra.

     No se olvide que una de las leyes más necesarias es que estas suertes de cincuenta fanegas, de baldíos, de propios y todas las demás, no se han de poder dividir, sino que han de pasar íntegras al sucesor. Que el labrador que quiera dejar o abandonar su tierra pueda hacerlo, porque el que tiene este deseo no la trabajará bien. Que con licencia de la justicia, pueda traspasarla sin gratificación alguna, porque su precio lo lleva en sí, en la obligación de pagar su cuota, y sólo puede cobrar el valor de la casa, aperos y ganados de labor, que deberá pagarle a convención o estimación de peritos, según ajusten los contrayentes el que la adquiere de nuevo.

     También debe declararse que no han de estar sujetas a censo, y que todo el que se imponga sobre ellas sea írrito y nulo. Igualmente, que no debe fundarse sobre ellas capellanía, ni pasar a manos muertas. Salvemos lo poco que nos queda.

     Las justicias debieran hacer estas ventas con asistencia de los síndicos personeros y diputados del común, y sin más formalidad que la de escribir la partida en un libro, que debiera llamarse de baldíos, con la demarcación suficiente, cuyas hojas debieran estar firmadas de los citados y del escribano de cabildo, y cuya copia debería remitirse a la tesorería del ejército, para fines que diré después.

     ¿Qué número de útiles pequeños propietarios se puede criar por este medio? Me atrevo a vaticinar que dentro de poco tiempo crecerá tanto la población, que con el tiempo se tendrá por fortuna adquirir en los baldíos una de aquellas suertes, que ahora despreciarán por malas, y que el trabajo y el estiércol transformarán en buenas.

     Pero no es todo. Estas tierras valen y producen un inmenso tesoro. Las que se vendan a dinero forman desde luego una suma constante; las que se enajenen a censo, producirán todos los años una cuota tan crecida, que formará una renta monstruosa. ¿Qué haremos con este caudal? Voy a proponer al Consejo otro pensamiento que perfeccionará la felicidad que deben dar a este Reino los demás.

     Todos los lugares, villas, y ciudades tienen para sus gastos y reparos un fondo de propios y arbitrios. Fórmese otro fondo para gastos, reparos y mejoras de la provincia, y fórmese con este capital y rentas; quiero decir, que se haga una caja separada, que se llame de provincia, y que debe residir en la tesorería, donde se guarde este caudal, para emplearlo en beneficio público de la misma provincia, el modo y por las reglas, que voy a explicar.

     En el plan expresado se ha dicho que los baldíos han de venderse o a dinero en contado, o a pensión en frutos; y que a las justicias con intervención del síndico y diputados, y bajo la direccion del intendente, se les confía esta venta.

     Por lo que hace a lo que se venda en contado, debe mandarse que, aunque las justicias hagan los contratos, con las formalidades que se les deben prescribir, no han de percibir ni custodiar el dinero procedente de ellos, y que debe ser condición expresa que el comprador haya de ponerlo en la tesorería de provincia, donde se depositará en la caja que haya de haber para ello, y que sin que manifieste el recibo del tesorero, no se le pueda poner en posesión, quedando las justicias en la obligación de dar cuenta al intendente, para que este pase las noticias a la contaduría de ejército donde debe llevarse la cuenta y razón de todo.

     En lo respectivo a las suertes que se enajenaron a canon en frutos, hemos dicho ya que ha de haber un libro, donde se sienten las partidas con la claridad y demarcación competente, y una copia de éste, suficientemente autorizad, deberá remitirse a la contaduría de ejército, donde deben existir las copias de todos.

     Estando reducida toda esta operación a que cada lugar cobre cada año la cuota que corresponda a los baldíos de su territorio, para que esta administración sea más fácil y pura, se mandará, por punto general, que cada lugar arriende todos los años en pública subasta, esta cuota con la expresión de que no han de poder entregar el dinero a las justicias, sino que han de estar obligados los mismos arrendadores a ponerlo en la tesorería de provincia, sin que las justicias puedan descargarles de su obligación, ínterin no se les presente un recibo de ésta en buena forma y las justicias deberán dar cuenta al intendente del arriendo, su precio y el recibo de la tesorería, para que, pasando estas noticias a la contaduría de ejército, pueda ésta hacer los cargos a cada tesorería y llevar la cuenta y razón.

     Para todo este giro, bastará añadir a cada contaduría de ejército dos oficiales más, dedicados únicamente a este objeto. Porque reduciéndose todas las cuotas a una partida determinada, que es la del arrendamiento ofrecido por el mejor postor, todas las cuentas son simples y sencillas. No obstante, si parece conveniente, se puede exigir una contaduría de baldíos, con un contador y los suficientes oficiales.

     La administración será fácil y pura. Será fácil porque, una vez hechas las ventas, las justicias no tienen más que hacer que sacar a remate, todos los años, en arrendamiento el valor de las cuotas de su territorio; cuidar de que los postores, en quienes se haya rematado, traigan recibo de la tesorería de provincia de la cantidad en que haya quedado el remate, y dar de todo noticia al intendente.

     Este pasa las noticias a la contaduría, y con estos documentos le basta a ésta para hacer el cargo a la tesorería de provincia, pues por ellos sabrá el precio en que ha rematado su cuota cada lugar, lo que ha entregado cada arrendador en su tesorería respectiva, y lo que debe existir en la caja de provincia.

     Será pura, porque nadie puede malversar estos caudales, ni hacer uso de ellos. Se evitarán los depósitos simulados y las colusiones que sufren todos los caudales públicos; pues este método quita toda la posibilidad de malversar.

     En las cajas de provincia deberá existir todo el caudal producido de estos ramos: ¿Pero qué haremos con estos inmensos fondos? ¿Qué?: el beneficio general de España, el fomento de la misma agricultura, su aseo, comodidad y policía. ¿Qué hace cada lugar con los fondos de sus propios y arbitrios? ¿No los destina para el reparo de sus oficinas públicas, para la conservación de las cosas necesarias, y para aseo y comodidad suya? Pues destínese la caja de provincia para el aseo y comodidad de la provincia entera; destínese para construcción de caminos; para regar las tierras que se puedan, para hacer los ríos navegables; para establecer academias de agricultura práctica que tengan un fondo suficiente; para hacer experiencias, procurando introducir en su provincia los nuevos ventajosos métodos que han inventado las naciones agrícolas. Y, si es posible hallar término a estos objetos inmensos, para que la policía halle un socorro para refugios de la mendicidad.

     Pero aquellos objetos son bastos en sí mismos, y el tiempo los está continuamente reproduciendo. ¡Con qué ventajas los pudiera llenar esta caja de provincia! Las de propios y arbitrios no han podido llenar los suyos, o lo han hecho imperfectamente; porque en los siglos pasados, en que todo se ha descuidado, se descuidó también esta parte de administración, que ha sido hasta aquí fraudulenta y por esto se halla gravada con censos y cargas que apenas pueden satisfacer. No sucederá así en la de la provincia. El gobierno, ya más vigilante, se ha encargado de velar sobre los caudales públicos, y velará sobre éste. El método propuesto precave de todo fraude y mala versación, y no se verá jamás gravado con censos importunos, pues una de las leyes que deben establecerse es que no puedan imponerse, con ningún pretexto, sobre este fondo y que todo contrato de censo hecho sobre él sea por sí mismo írrito y nulo.

     El único temor que pudiera tenerse, es que algún ministro de hacienda quisiera echar mano de él. Pero este caudal debe estar bajo de la inmediata y privativa dirección del Consejo, quien sabrá defenderlo cuando se pida sin necesidad; y, cuando la haya vigente, sabrá ofrecerlo al Rey. Porque la primera deuda es salvar al Estado; y es otro beneficio de este fondo.

     Destinado para las otras obras públicas que hemos dicho, se debe guardar este orden. Los intendentes, con el práctico conocimiento que debe tener cada uno de su provincia, deben proponer al Consejo las obras públicas que les parezcan convenientes, prefiriendo siempre las más útiles. El Consejo, con su informe y las noticias que le pareciere tomar, resolverá las que hayan de hacerse y prescribirá el orden y forma de su administración.

     Cuando se considera el triste abandono en que yace este fértil Reino, no se puede dejar de gemir con dolor. A la reserva de dos o tres pequeñas provincias, en que su mucha población ha excitado la industria y se ostentan algo más cómodas y aseadas, todas las demás están en una deplorable negligencia. Ningún camino sólido, ningún puente, ninguna navegación de río, ningún aprovechamiento de agua para riego, ningún canal para el transporte. Quien no nos conozca sino por nuestros campos, nos tendrá por bárbaros. ¿Y cómo es posible remediar a todo esto? Los caudales del Rey no bastan y los ha menester para otras cosas. No hay población bastante para esperarlo de ella. Las dos terceras partes de los caminos están desiertas. ¿Cómo han de construirlos los naturales?

     La magnificencia del Rey, a quien no asombra la mayor empresa, ha querido construirlos. A este fin, ha impuesto una contribución de dos reales sobre cada fanega de sal. Pero cuanto pueda producir toda esta contribución en cincuenta años, no basta solamente para hacer el camino de Cádiz a Madrid; y lo peor es que, cuando se esté fabricando por el medio, estará ya destruido lo que se hizo al principio; con que será la rueda de Sísifo, que empieza siempre para nunca acabar.

     ¿Con qué fondos se harán, pues, tan grandes como importantes gastos?: con los baldíos. La providencia los ha reservado para estas magníficas empresas, para resurrección de España y para este siglo, en que un gobierno sabio, los empleará con discernimiento y pureza. Este fondo basta para todo. Es inmenso en sí: cada año se va reproduciendo y siempre irá aumentando. Con él cada provincia hará lo que más le convenga: Castilla acabará su canal; Aragón navegará su Ebro; Andalucía su Guadalquivir; regará con él, con Genil, con Corbones, y casi todas con los suyos.

     Lo que es más: esta operación puede ser rápida. En diez años, se puede ver España en una transformación prodigiosa y, los mismos que viéremos dictar las providencias, podremos ser testigos de sus efectos milagrosos.

     Cuando yo me figuro que, con sólo repartir esta tierra perdida de baldíos, puedo ver en España, y en poco tiempo, un inmenso y nuevo número de labradores útiles; una infinita multiplicación de frutos y ganados; un comercio, y circulación activa y laboriosa, y que estos mismos bienes producen otro fondo, con que puedo ver a mi nación culta y pulida; llena ya de caminos cómodos; de puentes necesarios; de navegaciones corrientes; de canales hechos, de riegos facilitados, y otras mil obras públicas que, al tiempo que pulen y adornan a la nación, están siempre fomentando la población y agricultura: se inflama mi celo, y el amor que me penetra por mi patria, se enciende en el más vivo y fervoroso entusiasmo.

     ¡Dichoso para España! ¡Dichoso mil veces aquel alegre día, en que dicte el Consejo tan saludables providencias!

     Antes de concluir, quiero proponerle otro pensamiento que me parece daría nuevo vigor y energía a los pasados. Nada hay que fomente tanto la agricultura, como el uso de las ferias y mercados francos, que al mismo tiempo que alivian a los labradores y criadores, dándoles la proporción de vender en tiempos oportunos, sirven de mucho provecho al común, porque abaratan los abastos; y es que, como todos concurren allí a vender, se pone a la vista la abundancia y de ella resulta el precio natural de las especies.

     Todas las naciones, atentas al beneficio público, han adoptado este método, y nosotros debiéramos adoptarlo, mandando que cada provincia tuviese dos ferias o mercados francos en el año: uno en el mes de abril y otro en el de septiembre, que son los tiempos en que los ganados tienen el mayor beneficio, y en que los labradores necesitan más el dinero para las principales faenas del campo que son en abril la recolección, y en septiembre la sementera.

     Estos mercados deberían situarse en pueblos en que las alcabalas sean realengas, y en las inmediaciones de un río, para que los ganados que concurren tengan abundantes aguas, que es lo que más necesitan, y debiera dárseles libertad de pastar los baldíos que le hubiesen quedado al tal lugar.

     Cada intendente propondrá al Consejo el pueblo que, reuniendo estas circunstancias, le parezca más oportuno en su provincia. Por lo que hace a ésta, me parece que lo sería la Puebla junto a Coria, situado a las orillas del Guadalquivir, inmediato a Sevilla y realengo.

     No tiene duda que este establecimiento producirá muchos bienes, y más si se verifica el sistema propuesto de hacer muchos pequeños y acomodados labradores, si cada uno cría todo el ganado que puede y le cabe en su tierra. Cuando llega la feria, se va a ella con las crías que le sobran: coge el dinero que invierte en beneficio de su campo. La muchedumbre de estos acarrea la abundancia, que conduce a la baratez, y los pueblos se acostumbran a este tráfico, a este flujo de compras y ventas, despiertan del letargo, y se ponen en este movimiento tan necesario al comercio y la circulación.

     En que estos mercados sean francos, nada se perjudica a los derechos reales, respecto de que todos los pueblos o están encabezados, o se administran. Si están encabezados, a los labradores y criadores o se les reparte o se les cobra la alcabala y ciento, por todo su tráfico por mayor; esto es, por todas las ventas que puedan hacer en el año. De este modo queda ya libre con este pago y no vuelve a pagar nada de todo lo que venda en el lugar de su vecindad. Si éste fuera a la feria, y se le hiciera pagar en ella los mismos derechos por la venta de los ganados que no vendió, pero pudo vender libremente en su lugar, se le haría pagar dos veces por la misma venta, lo que es contra justicia y contra la intención del Rey.

     Si los pueblos se administran, tampoco puede haber el menor riesgo de que se defrauden los reales derechos; porque ningún criador ni labrador puede sacar su ganado sin la competente guía, por el riesgo de ser denunciado. Si lo vende en la feria trae la debida vuelta de guía, y por ella se le cobran los derechos en la administración a que esta sujeto.

     Así en ningún caso puede resultar perjuicio a la Hacienda del Rey, pero de esta franquicia nacen grandes beneficios al comercio interior: se impide el cúmulo de estafas y vejaciones que se experimentan en las ferias, las incomodidades que se causan a compradores, vendedores y ganados; y últimamente la libertad, esta vida preciosa del comercio, lo hace crecer con fomento de la misma agricultura.

     He acabado, y no creo haber hecho un código de agricultura. La materia es superior a mis fuerzas y, quizá, superior a la de todo hombre. El asunto es inmenso, digno de los hombres más escogidos de la nación que, reunidos en un cuerpo y con las debidas noticias de todas las provincias, hagan unos reglamentos para todas y otros acomodados a cada una de ellas, que tal vez será necesario ir adelantando o corrigiendo. Porque en materia tan vasta y peligrosa no basta la meditación ni el conocimiento de los verdaderos principios. La experiencia y el tiempo enseñan mucho; y un asunto de tanta importancia, como que de él dependen todos los demás, debía estar fiado a una junta de hombres superiores que no tuviesen que pensar en otro.

     Yo me he ceñido únicamente a inspirar al Consejo aquellas providencias que en el día me parecen urgentes, para remedio de los extremos males que padece nuestra agricultura, y en cuya ejecución no preveo riesgo alguno. He procedido con tanta circunspección que, a pesar de que estoy convencido de lo que perjudican las grandes labranzas y las dehesas, no me he atrevido a proponer la limitación de las primeras, ni el preciso rompimiento de las segundas. He temido que una providencia repentina, y sin estar las cosas preparadas, hiciese una alteración sensible. He insinuado todo lo que me parece puede prepararla. Éste es el objeto a que se dirigen mis ideas, pero me parece preciso esperar a que las cosas se dispongan. Entre tanto, he dicho lo que sin duda sujetará la tiranía de los propietarios, lo que los inducirá sin violencia a dividir sus tierras, lo que formará un gran número de estos pequeños propietarios que deseamos y, por consecuencia, lo que ha de abaratar las tierras. Si estas providencias producen su efecto; si somos bastante felices para que, después de llena toda esta inmensa extensión de terreno, sobre todavía población o se forme de nuevo; si los propietarios, a pesar de tanto alicitivo, no dividen sus propiedades, y si los dueños de las dehesas, seducidos de sus falsas ideas, no las reducen a labor: entonces será el tiempo de que las leyes los obliguen y entonces lo podrán hacer, sin ningún riesgo.

Pero yo estoy persuadido a que no será necesario. Me parece que estas providencias lograrán los efectos a que aspiran y que, por sí mismas, producirán con dulzura los bienes indicados. La felicidad pública de España, está ahora en mano del Consejo, y la nación ve, llena de consuelo, que esté en tan buena mano.

     Yo he sido prolijo pero el asunto es basto, y he dejado de decir mucho. Para aliviar la atención del Consejo, me parece oportuno recoger todas estas ideas poniéndolas en un punto de vista. Voy, pues, a exponerle, en un catálogo metódico, las proposiciones que he fundado y que su autoridad, si lo halla conveniente, pueda transformar en leyes.

I

     Que ningún arrendamiento de tierras pueda hacerse a renta en dinero, sino en una determinada cuota de frutos, que se reglará después.

II

     Que ningún propietario, pueda despedir a su colono por cualquier tiempo que le haya celebrado el arrendamiento y aunque se haya cumplido el plazo, sino en uno de tres casos: o que éste no le haya pagado la cuota de dos años, presentando diligencias judiciales que acrediten haberle interpelado en los meses de agosto y septiembre de cada año; o que haya dejado uno de cultivar la mitad de la tierra; o que el propietario quiera labrarla, haciendo constar no ser un pretexto paliado, declarándose que, si deja otras tierras, tenga la preferencia el colono despedido y, asimismo, que si antes que se cumplan seis años deja de labrar aquella tierra, no pueda arrendarla a otro, sin ver primero si la quiere el despedido, que debe tener la preferencia.

III

     Que siempre que se verifique caso en que pueda despedir el propietario al colono, o que éste deje la tierra por haber cumplido el arrendamiento, esté aquel obligado a pagarle, a estimación de peritos (si no precediere convención voluntaria), el valor de las mejoras estables que haya hecho en la tierra.

IV

     Que la orden del Consejo dada a la villa de Uisares de la Vega, en razón de prohibir los subarriendos, se extienda a todas partes, mandando que ningún arrendador pueda subarrendar.

V

     Que se permita a todo propietario, aunque sea poseedor de vínculo o mayorazgo, iglesia, cabildo o comunidad eclesiástica, secular o regular, que pueda arrendar sus tierras, o darlas a censo por la cuota de frutos, que se establecerá después, y por el tiempo que quisiere, declarándose que el sucesor está obligado a pasar por los arrendamientos y enajenaciones hechas.

VI

     Que con ningún pretexto y por ninguna renta, pueda fundarse en adelante vínculo, mayorazgo, ni capellanía.

VII

     Que se declare por la ley general, que en todo arrendamiento por menos le cien años, se le pague, por ahora, al propietario el diezmo de cuantos frutos produzca la tierra, excepto el de ganados.

VIII

     Que de toda enajenación a censo en frutos, o todo arrendamiento por más de cien años, se le pague un noveno, por ahora.

     Que de toda enajenación a censo en frutos, o arrendamiento por más de cien años, si se versa en una suerte, que no exceda de cien fanegas de tierra, con la obligación al colono de fabricar en ella casa en que habitar y de cercarla, se le pague al dueño el octavo, también por ahora.

IX

     Que el arrendamiento de casa y demás oficinas útiles a la labranza, se pague separadamente con una pensión moderada en dinero, regulándose por inteligentes que nombre las partes, y el juez tercero, en caso de discordia.

X

     Que todas las tierras de capellanías y obras pías no puedan administrarse, sino que se dividan en suertes de cincuenta fanegas cada una, se arrienden por más de cien años, y se le pague la octava parte de frutos.

XI

     Que lo mismo se entienda para con todas las tierras que tengan las encomiendas de las órdenes militares.

XII

     Que se entienda lo mismo, con las de propios y arbitrios de los pueblos, exceptuando sólo las que estén situadas a media legua de población, que deberán repartirse entre los braceros, por las reglas dadas en la provisión de 12 de junio.

XIII

     Que se entienda lo mismo, con todas las tierras que han dejado los regulares que se llamaban de la Compañía de Jesús.

XIV

     Que para las tierras de que tratan los cuatro artículos precedentes, debe entenderse que todo colono ha de obligarse a fabricar dentro de un año una corraliza, un dormitorio y un hogar, para habitar allí con su familia; a cercar en dos años su suerte con árboles, haya viva, pita, o tapia, como más le acomode, y a cultivar todos los años la mitad de su suerte.

XV

     Que ninguna mano muerta pueda tomar en arrendamiento tierras ajenas, para cultivarlas, ni administrar las mas propias, sino que se les obligue a enajenar a canon en frutos, o arrendar a seculares, viviendo ellos monásticamente con el censo, o cuota, de estos frutos. Que puedan hacer los arrendamientos por el tiempo que quieran, obligándose los superiores que le sucedan a pasar por los arrendamientos hechos por sus predecesores, y fijándose las cuotas por las reglas dadas.

XVI

     Que se entiendan cortados y nulos los arrendamientos hechos hasta el día de la publicación. Y que se reduzcan todos a la nueva forma que se les da por el gobierno, quedando al arbitrio del propietario mejorar el contrato, por la graduación de cuotas que va asignada, y reservado el derecho de las partes, para que recíprocamente se indemnicen en lo que justamente les corresponda.

XVII

     Que cada particular sea dueño del agua que nace en su tierra, con la facultad de convertirla en los usos que quiera, entendiéndose que el agua es propia, y debe seguir a la tierra, siendo de aquella donde nace y por donde pasa, declarando que sólo son abrevaderos comunes, aquellos que nacen o pasan por tierras baldías o comunes.

XVIII

     Que toda tierra, que se cultive, o se cultivase en adelante, sea de granos, o de olivares, se cierre y acote.

XIX

     Que todo dueño de dehesa pueda romperla, cultivando el todo o parte que le convenga; y que generalmente se permita romper toda clase de dehesas, exceptuando por ahora las de potros y yeguas.

XX

     Que se vendan los baldíos por la siguientes reglas.

XXI

     A todo particular que quisiese comprar una suerte para labrarla por sí, se venderá en dinero a estimación de peritos, y se le transferirá el dominio de propiedad, con tal de que no baje la suerte de cincuenta fanegas, ni exceda de doscientas, obligándose a labrar en ella una casa y sembrar, a lo menos, la mitad todos los años.

XXII

     Al particular que quisiere comprar una porción de baldíos con el fin de establecer en ellos un número de vecinos, se le podrá vender la que pida, como no exceda de dos mil fanegas, dando su precio en dinero, a condición de que, dentro de un año, las ha de tener repartidas entre cuarenta pobres braceros, a razón de cincuenta fanegas a cada uno, a los que cederá el dominio útil, reservándose el directo; y a quienes ha de habilitar, dándoles una casa en que vivir, un par de bueyes, los instrumentos de labor para trabajar, obligándose éstos a pagarle la octava parte de sus frutos, con las otras reglas y condiciones que se han dicho para los demás.

XXIII

     Que todos los demás baldíos se vendan a suertes de cincuenta fanegas cada una, a censo o canon de la octava parte de frutos, a todo hombre que la pida, sin más condición que la de que haga constar que tiene dos pares de bueyes suyos, que no tiene otras veinte fanegas de tierra propias, y que se le obligue a fabricar dentro de un año una corraliza para su ganado, un hogar y un dormitorio para habitar con su familia, y a cercar su tierra dentro de dos, declarando que sólo se le podrá desposeer, si no paga dos años la cuota de frutos, supuestas las diligencias judiciales explicadas, o si deja uno de cultivar la mitad de su tierra. En cuyos casos se traspasará a otro colono, quien tendrá la obligación de pagar al despedido, a estimación de peritos, el valor de las mejoras que hubiere hecho.

XXIV

     A cada uno se le ha de vender la suerte que pida, arreglándose a las calidades explicadas.

XXV

     Las justicias, acompañadas del síndico personero y diputados del común, estarán autorizadas para otorgar los contratos.

XXVI

     No ha de haber otra formalidad en ellos, que escribir la partida, con expresión de la suerte y una clara y suficiente demostración en un libro, que ha de haber de baldíos, y en que firmarán el contratante con la justicia, el síndico personero y diputados, rubricando el escribano todas las hojas.

XXVII

     El escribano y justicias estarán obligados a remitir al intendente de ejército razón autorizada de las partidas de este libro, para que las ponga en la contaduría de ejército, o en la que se erija de baldíos, en que debe formarse otro para el gobierno de ella.

XXVIII

     Que el caudal procedente de las suertes que se vendan a dinero en contado, no ha de poder entrar ni depositarse en poder de las justicias; porque deberá ser condición expresa del contrato que el comprador ha de ponerlo en la tesorería de provincia, donde se depositará en una casa, que debe hacerse, destinada para este ramo; y no se le podrá poner en posesión hasta que manifieste recibo del tesorero, quedando las justicias en la obligación de dar cuenta al intendente de ejército, para que este pase las noticias a la contaduría de este ramo, donde debe llevarse la cuenta y razón de todo.

XXIX

     Que el producto de las cuotas, que deben pagar anualmente las suertes vendidas a pensión de frutos, se arriende cada año a pública subasta por las justicias, con intervención de los mismos síndicos y diputados, sin que tampoco el dinero que resultare por el remate pueda entregarse, ni custodiarse, por las justicias, pena de nulidad, sino que ha de ser obligación del arrendador (y así ha de expresarse en el contrato), poner la cantidad del remate en la tesorería y caja de provincia, y no ha de permitírseles el uso hasta que presenten el recibo de la entrega en buena forma, dando las justicias cuenta al intendente del arriendo, su precio y el recibo de la tesorería, para que pasando estas noticias a la contaduría de este ramo, pueda hacer los cargos a la tesorería y saber el dinero que hay existente en la caja.

XXX

     Que estos caudales se destinen para beneficio de la misma provincia, señaladamente, para aquellos que fomentan la población y agricultura, como para caminos públicos, para regar vegas, para hacer ríos navegables, para construir canales, para fabricar puentes, para academias de agricultura práctica y, si sobrare algo, para objetos de policía, como hospicios, casar labradores, etc.

XXXI

     Los intendentes, deberán dar cuenta al Consejo de las obras más necesarias y útiles, cada uno en su provincia, y no podrán ejecutar ninguna sin licencia suya.



XXXII

     Que sobre estos caudales no se han de poder cargar censos, ni puedan ser afectos a ninguna hipoteca, y que todo contrato en fraude de esta ley, de cualquier modo que se interprete, sea írrito y nulo por sí mismo.

XXXIII

     Que todas estas suertes de baldíos, igualmente que las de propios y arbitrios, las de los regulares que llaman de la compañía, las de las órdenes militares, capellanías, obras pías, y demás, no han de poder dividirse, sino pasar íntegras al sucesor.

XXXIV

     Que el labrador a quien por título de herencia correspondieren dos, sea dueño de escoger la que quisiere, pero no reunirlas en su persona, pasando la que deje a quien le suceda, según el derecho común.

XXXV

     Que el labrador que quiera abandonar su suerte pueda hacerlo, declarándolo a la justicia, y traspasarla a otro con licencia suya sin más gratificación que el valor de la casa, cerca, ganados y demás aperos a estimación de peritos o libre convención.

XXXVI

     Que todas estas suertes nunca puedan sujetarse a censo y que todo el que se imponga sobre ellas sea írrito y nulo. Que tampoco pueda fundarse sobre ellas vínculo, mayorazgo ni capellanía.

XXXVII

     Que no puedan pasar a manos muertas.

XXXVIII

     Que en cada provincia se establezcan dos mercados francos al año, uno en abril y otro en septiembre; que para este fin propongan los intendentes, cada uno en su provincia, el lugar que le parezca más propio, declarando desde luego, para ésta de Sevilla, el de la Puebla junto a Coria.

*   *   *

     Éste es el resumen de mis ideas. Y pienso que con ellas basta para que en veinte años se haya transformado la nación. De aquí a diez nadie la podrá conocer, según estará mejorada. Otras cosas serán menester, pero empecemos por éstas y después que se hayan practicado se podrá pensar en las que falten. La experiencia y el tiempo irán enseñando los modos de perfeccionar las indicadas, y descubrirán otras que se puedan adelantar. Yo he obedecido las órdenes del Consejo con puntualidad y buen deseo del acierto. Sevilla y marzo, 20, de 1768.

M. P. S.

Don Pablo de Olavide

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