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Barranca abajo

Florencio Sánchez



PERSONAJES
 

 
DOÑA DOLORES,   esposa de Don Zoilo.
DON ZOILO,   estanciero criollo.
PRUDENCIA,   su hija.
ROBUSTIANA,   su hija.
RUDECINDA,   hermana de Don Zoilo.
MARTINIANA,    su vecina.
ANICETO,   ahijado de Don Zoilo.
JUAN LUIS,   el propietario.
CAPITÁN GUTIÉRREZ.
BATARÁ,   peón.
SARGENTO MARTÍN.
 

La acción en la campaña de Entre Ríos.

 




ArribaAbajoActo I

 

Representa la escena un patio de estancia; a la derecha y parte del foro, frente de una casa antigua, pero de buen aspecto; galería sostenida por medio de columnas. Gran parral que cubre todo el patio; a la izquierda un zaguán. Una mesa, cuatro sillas de paja, un brasero con cuatro planchas, un sillón de hamaca, una vela, una tabla de planchar, una caja de fósforos, un banquito, varios papeles de estraza, para hacer parches, una azucarera y un mate.

 

Escena I

 

ROBUSTIANA, DOÑA DOLORES, RUDECINDA y PRUDENCIA.

 
 

(Aparecen en escena DOÑA DOLORES, sentada en el sillón, con la cabeza atada con un pañuelo; PRUDENCIA y RUDECINDA, planchando; ROBUSTIANA haciendo parchecitos con una vela.)

 

DOÑA DOLORES.-  Poneme pronto, m'hija, esos parches.

ROBUSTIANA.-  Peresé. En el aire no puedo hacerlo.  (Se acerca a la mesa, coloca los parches de papel sobre ella y les pone sebo de la vela.)  ¡Aquí verás!

RUDECINDA.-  ¡Eso es! ¡Llename ahora la mesa de sebo, si te parece! ¿No ves? Ya gotiaste encima'el paño.

ROBUSTIANA.-  ¡Jesús! ¡Por una manchita!

PRUDENCIA.-  Una manchita que después, con la plancha caliente, ensucia toda la ropa... Ladiá esa vela...

ROBUSTIANA.-  ¡Viva, pues, la patrona!

PRUDENCIA.-  ¡Sacá esa porquería de ahí!  (Da un manotón a la vela, que va a caer sobre la enagua que plancha RUDECINDA.) 

RUDECINDA.-  ¡Ay! ¡Bruta! ¡Cómo me has puesto la nagua!

PRUDENCIA.-   (Displicente.)  ¡Oh! ¡Fue sin querer!

ROBUSTIANA.-  ¡Jua, jua, jua!  (Recoge la vela y trata de reanudar su tarea.) 

RUDECINDA.-  ¡A la miseria! ¡Y tanto trabajo que me había dao plancharla!  (Muy irritada.)  ¡Odiosa!... ¡Te la había de refregar por el hocico!

PRUDENCIA.-  ¡No hay cuidao!

RUDECINDA.-  ¡No me diera Dios más trabajo!

PRUDENCIA.-   (Alejándose.)  Pues hija, estarías todo el día ocupada.

RUDECINDA.-  ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Ya verás! ¡Zafada! ¡Sinvergüenza!  (Corre a PRUDENCIA.) 

ROBUSTIANA.-   (Al ver que no la alcanza.)  ¡Jua, jua, jua!

RUDECINDA.-   (Deteniéndose.)  Y vos... gallina crespa, ¿de qué te reís?

ROBUSTIANA.-  ¿Yo? ¡De las cosquillas!

RUDECINDA.-  Pues tomá para que te riás todo el día.  (Le refriega las enaguas por la cara.)   ¡Atrevida!

ROBUSTIANA.-  ¡Ah!... ¡Madre! ¡Bruja del diablo!...  (Corre hacia la mesa y toma una plancha.) ¡Acercate ahora! ¡Acercate y verás cómo te plancho la trompa!

PRUDENCIA.-  ¡Ya la tienes almidonada, che, Robusta!

RUDECINDA.-   (A PRUDENCIA.)  Y vos relamida, que te pintás con el papel de los festones para lucirle al rubio...

PRUDENCIA.-  Peor es afeitarse la pera, che, como hacen algunas...

ROBUSTIANA.-

¡Jua, jua!  (Cantando.) 

Mañana por la mañana
se mueren todas las viejas...
y las llevan a enterrar
al...

PRUDENCIA.-  ¡Angelitos pal cielo!

DOÑA DOLORES.-  Por favor, mujeres, por favor. ¡Se me parte la cabeza! Parece que no tuvieran compasión de esta pobre madre dolorida. Robustiana, preparame esos parchecitos... ¡Ay, mi Dios y la Virgen Santísima!

RUDECINDA.-  Si te hicieras respetar un poco por los potros de tus hijas... no pasaría esto.

ROBUSTIANA.-  Potro, pero no pa tu doma.

DOÑA DOLORES.-  ¡Hija mía, por favor!

ROBUSTIANA.-  ¡Oh! ¡Que se calle ésa primero! ¡Es la que busca!  (Vuelven a planchar. RUDECINDA, rezongando, limpia las manchas de sebo.)  Ahí tiene su remedio, mama. ¡Prontito, que se enfría!  (Colocándole los parches.)  Aquí... ¿Ta caliente? Ahora otro, ¡ajajá!...

DOÑA DOLORES.-  Gracias. Quiera Dios y María Santísima que me haga bien esto.

 

(RUDECINDA rezonga más fuerte.)

 

ROBUSTIANA.-   (Aludiendo a RUDECINDA.) ¡Juera, pasá juera, canela!

 

(PRUDENCIA se pone a arreglar las planchas en el brasero.)

 

DOÑA DOLORES.-   (A ROBUSTIANA.)  Mirá, hijita mía. Si hay agua caliente, cebame un mate de hojas de naranjo. ¡Ay, mi Dios!

ROBUSTIANA.-  Bueno.  (Antes de hacer mutis.)  ¡Rudecinda! ¿Querés vos un matecito de toronjil? ¡Es bueno pa la ausencia!

 

(Vase.)

 

RUDECINDA.-  ¡Tomalo vos, bacaray!  (A PRUDENCIA.) ¡Ladiá el cuero!...  (Toma otra plancha y la refriega sobre una chancleta ensebada.)  ¡Coloradas las planchas! ¡Uf! ¡Qué temeridad!...

 

(Pausa. PRUDENCIA plancha tarareando; RUDECINDA trabaja por enfriar la plancha y DOÑA DOLORES suspira quejumbrosa.)

 


Escena II

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y DON ZOILO.

 
 

(DON ZOILO aparece por la puerta del foro. Se levanta de la siesta. Avanza lentamente y se sienta en un banquito. Pasado un momento, saca el cuchillo de la cintura y se pone a dibujar marcas en el suelo.)

 

DOÑA DOLORES.-   (Suspirando.) ¡Ay, Jesús, María y José!

RUDECINDA.-  Mala cara trae el tiempo. Parece que viene tormenta del lao de la sierra.

PRUDENCIA.-  Che, Rudecinda, ¿se hizo la luna ya?

RUDECINDA.-  El almanaque la anuncia pa hoy. Tal vez se haga con agua.

PRUDENCIA.-  Con tal de que no llueva mucho.

DOÑA DOLORES.-  ¡Robusta! ¡Robusta! ¡Ay, Dios! Traeme de una vez ese matecito.

 

(DON ZOILO se levanta y va a sentarse a otro banquito.)

 

RUDECINDA.-   (Ahuecando la voz.) «¡Güenas tardes!»... dijo el muchacho cuando vino...

PRUDENCIA.-  Y lo pior jue que nadie le respondió. ¡Linda cosa!

RUDECINDA.-  Che Zoilo, ¿me encargaste el generito pal viso de mi vestido?  

(DON ZOILO no responde.)

  ¡Zoilo!... ¡Eh!... ¡Zoilo!... ¿Tas sordo? Decí... ¿Encargaste el generito rosa?

 

(DON ZOILO se aleja y hace mutis lentamente por la derecha.)

 


Escena III

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA y PRUDENCIA.

 

RUDECINDA.-  No te hagás el desentendido, ¿eh?  (A PRUDENCIA.)  Capaz de no haberlo pedido. Pero amalaya que no suceda, porque se las he de cantar bien claro... Si se ha creído que debo aguantar sus lunas, está muy equivocao... muy equivocao...

DOÑA DOLORES.-  En el papelito que mandó a la pulpería no iba apuntao.

PRUDENCIA.-  Yo lo puse...

DOÑA DOLORES.-  Pero él me lo hizo sacar.

RUDECINDA.-  ¿Qué?

DOÑA DOLORES.-  Dice que bonitas estamos para andar con lujos... ¡Ay, mi Dios!

RUDECINDA.-  ¿Ah, sí? Dejalo que venga y yo le via preguntar quién paga mis lujos... ¡Caramba! ¡Le han entrao las economías con lo ajeno!



Escena IV

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y MARTINIANA.

 

MARTINIANA.-   (Saliendo.)  ¡Bien lo decía yo!... De juro que mi comadre Rudecinda está con la palabra. ¡Güenas tardes les dé Dios!

RUDECINDA.-   (Con cierto alborozo.)  ¿Cómo le va?

PRUDENCIA.-  ¡Hola, ña Martiniana!

MARTINIANA.-  ¿Cómo está, comadre? ¿Cómo te va, Prudencia? ¡Ay, Virgen Santa! Misia Dolores siempre con sus achaques. ¡Qué tormento, mujer!... ¿Qué se ha puesto? ¿Parches de yerba? ¡Pchss!... ¡Cusí, cusí! Usté no se va a curar hasta que no tome la ñopatía. Lo he visto a mi compadre Juan Avería hacer milagros... Tiene tan güena mano pa darla... Y ¿qué tal, muchachas? ¿Qué se cuenta'e nuevo? Me via sentar por mi cuenta, ya que no me convidan.

RUDECINDA.-  ¿Y mi ahijada?

MARTINIANA.-  ¡Güena, a Dios gracias! La dejé apaleando una ropita del capitán Butiérrez, porque me mandó hoy temprano al sargento a decirme que no me juera a olvidar de tenerle, cuando menos, una camisa pronta pal sábado, que está de baile.

RUDECINDA.-  ¿Dónde?

PRUDENCIA.-  Será muy lejos, pues nosotras no sabemos nada.

MARTINIANA.-  Háganse no más las mosquitas muertas. ¡No van a saber! El sargento me dijo que la junción sería acá.

PRUDENCIA.-  Como no bailemos con las sillas...

RUDECINDA.-  ¡Quién sabe! Tal vez piensen darnos alguna serenata. El comisario es buen cantor.

MARTINIANA.-  ¡Sí, algo de eso he oído!

DOÑA DOLORES.-  ¡Ay, mi Dios! ¡Como pa serenatas estamos!

MARTINIANA.-  Lo que es a don Zoilo no le va a gustar mucho. Así le decía yo al sargento.

RUDECINDA.-  ¡Oh! Si fuésemos a hacerle caso, viviríamos peor que en un convento.

MARTINIANA.-  Parece medio maniático; aurita, cuando iba dentrando, me topé con él y ni las güenas tardes me quiso dar... No es por conversar, pero dicen por ahí que está medio ido de la cabeza. También, hijitas, a cualquiera le doy esa lotería. ¡Miren que quedarse de la mañana a la noche con una mano atrás y otra adelante, como quien dice, perder el campo en que ha trabajado toda la vida y la hacienda y todo! Porque dejuramente entre jueces y procuradores le han comido vaquitas y majadas. ¡Y gracias que dio con un hombre tan güeno como don Juan Luis! Otro ya les hubiera intimidado el desalojo, como se dice. ¡Qué persona tan cumplida y de güenos sentimientos! ¡Oh! ¡No te pongas colorada, Prudencia! No lo hago por alabártelo... Che, decime: ¿tenés noticia de Aniceto? Dicen que está poblando en el Sarandí pa casarse con vos. ¿Se jugará esa carrera? ¡Hum!... «Lo dudo» dijo un pardo y se quedó serio... ¡Ah! ¡Eso sí! Como honrao y trabajador no tiene reparo. Mas ¿qué querés? Se me hace que no harían güena yunta. ¿Es cierto que don Zoilo se empeña tanto en casarlos, che?

PRUDENCIA.-  Diga. ¿Me trajo aquella plantita de resedá?

MARTINIANA.-  ¿Querrás creer que se me iba olvidando? Sí y no. El resedá se me quedó en casa; pero te traigo unas semillitas de una planta pueblera muy linda.

PRUDENCIA.-   (Novelera y acercándose.)  ¡A verlas, a verlas!

MARTINIANA.-   (Sacando un sobre del seno.) Están ahí adentro de ese papel.

PRUDENCIA.-   (Ocultando la carta.)  ¿Se pueden sembrar ahora?

MARTINIANA.-  Cuando vos querás; en todo tiempo.

PRUDENCIA.-  Pues ya mismo voy a plantarlas.  (Va hacia el jardincito de la derecha y abre la carta.) 

MARTINIANA.-  Pues sí, señor, comadre. Dicen que anda la virgüela. ¿Será cierto?

RUDECINDA.-   (Que ha seguido con interés los movimientos de PRUDENCIA.)  Parece... Se habla mucho.  (Deja la plancha y se aproxima a PRUDENCIA.) 

MARTINIANA.-   (Aparte.) Como calandria al sebo.  (Volviéndose a DOÑA DOLORES.)  ¡Caramba, caramba con doña Dolores!  (Aproximándose con el banco.)  Le sigue doliendo nomás...

RUDECINDA.-   (Apartada, con PRUDENCIA.) ¿Qué te dice don Juan Luis, che? Leé pa las dos.

PRUDENCIA.-  Puede venir el viejo.

RUDECINDA.-  A ver. Leé no más.

PRUDENCIA.-   (Leyendo con dificultad.)  «Chinita mía».

RUDECINDA.-  ¡Si será zafao el rubio!...

PRUDENCIA.-  «Chinita mía. Recibí tu adorable cartita y con ella una de las más tiernas satisfacciones de nuestro naciente idilio. Si me convenzo de que me amas de veras»... ¡Sinvergüenza, no está convencido todavía! ¿Qué más quiere? ¡Goloso!

RUDECINDA.-  No seas pava. No dice semejante cosa. Hay un punto en la letra sí. «Sí», punto... «me convenzo de que me amas de veras y...»

PRUDENCIA.-  ¡Ah, bueno!  (Lee.)  «...que me amas de veras y espero recibir constantes y mejores pruebas de tu cariño. Tengo una sola cosa que reprocharte. Lo esquiva que estuviste conmigo la otra tarde...».

RUDECINDA.-  ¿Ves? ¿Qué te dije?

PRUDENCIA.-  Yo no tuve la culpa. ¡Sentí ruido y creí que venía mama!

RUDECINDA.-  ¡Zonza! ¡Pa lo que cuesta dar un beso! Seguí leyendo.

PRUDENCIA.-  ¡Si no fuera más que uno!  (Leyendo.)  «La última tarde...» ¡Ay! Creo que llega tata.

RUDECINDA.-  No; viene lejos. Fijate prontito, a ver si dice algo pa mí.

PRUDENCIA.-  Esperate... «Dile a Rudecinda que esta tarde o mañana iré con el capitán Butiérrez a reconciliarlo con don Zoilo.»

MARTINIANA.-   (Como dando una señal.)  Muchachas, ¿sembraron ya las semillas?

PRUDENCIA.-   (Ocultando la carta.)  Acabamos de hacerlo.



Escena V

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA, MARTINIANA y DON ZOILO.

 

DON ZOILO.-   (Con una maleta de lona en la mano, que deja caer a los pies de DOÑA DOLORES.)  Ahí tienen los encargos de la pulpería.

MARTINIANA.-   (Zalamera.)  Güenas tardes, don Zoilo. Hace un rato no me quiso saludar, ¿eh?

DON ZOILO.-  ¿Qué andás haciendo por acá? ¡Nada güeno, de juro!

MARTINIANA.-  Ya lo ve, pasiando un poquito.

DON ZOILO.-  Ahí se iba tu yegua campo ajuera, pisando las riendas.

MARTINIANA.-   (Mirando al campo.)  Y mesmo. Mañerasa la tubiana.  (Yéndose, a gritos.)  ¡Che, Nicolás!; vos que tenés güenas piernas, atajamelá, ¿querés?



Escena VI

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y DON ZOILO.

 

RUDECINDA.-   (Que ha estado revisando la maleta, a DON ZOILO, que se aleja.)  ¡Che, Zoilo! ¡Eh!  (Deteniéndolo.)  ¿Y mis encargos?

DON ZOILO.-  No sé.

RUDECINDA.-  ¿Cómo que no sabés? Yo te he pedido  (Recalcando.)  por mi cuenta, pagarlo con mi platita, dos o tres cosas y un corte de vestido pa Prudencia, la pobre, que no tiene qué ponerse. ¿Ande está eso?

DON ZOILO.-  Tará ahí...

 

(PRUDENCIA recoge la maleta y se va por la izquierda.)

 


Escena VII

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.

 

RUDECINDA.-  ¡Por favor, che! Mirá que voy a creer lo que andan diciendo. Que tenés gente en el altillo.

DON ZOILO.-  Así será.

RUDECINDA.-  Bueno. Dame entonces la plata; yo haré las compras.

DON ZOILO.-  No tengo plata.

RUDECINDA.-  ¿Y el dinero de los novillos que me vendiste el otro día?

DON ZOILO.-  Lo gasté.

RUDECINDA.-  Mentira. Lo que hay es que vos pensás rebuscarte con lo mío, después de haber tirado en pleitos y enredos la fortuna de tus hijos. Eso es lo que hay.

DON ZOILO.-  Güeno; ladiate de ái o te sacudo un guantón.

 

(Mutis.)

 


Escena VIII

 

DOÑA DOLORES y RUDECINDA.

 

RUDECINDA.-  ¡Vas a pegar, desgraciao!  (Volviéndose.)  ¿Has visto, Dolores? Ese hombre está loco o está borracho...

DOÑA DOLORES.-   (Suspirando.) ¡Qué cosas, Virgen Santa!

RUDECINDA.-   (Tirando violentamente las ropas de planchar.) ¡Oh!... Lo que es conmigo, va a embromar poco... O me entrega a buenas mi parte, o...



Escena IX

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA y ROBUSTIANA.

 

ROBUSTIANA.-   (Saliendo.)  Ahí tiene su mate, mama... ¡Pucha que hay gente desalmada en este mundo! Parece mentira. Es no tener ni pizca...

RUDECINDA.-  ¿Qué estás rezongando vos?

ROBUSTIANA.-  Lo que se me antoja. ¿Por qué le has dicho esas cosas a tata?

RUDECINDA.-  Porque las merece.

ROBUSTIANA.-  ¿Qué ha de merecerlas el pobre viejo? ¡Desalmadas! ¡Y parece que les estorba y quieren matarlo a disgustos!

RUDECINDA.-  ¡Callate la boca, hipócrita! Buena jesuita sos vos... Tisicona del diablo...

ROBUSTIANA.-  Vale más ser eso que unas perversas y unas... desorejadas como ustedes...

RUDECINDA.-   (Airada, levantando una plancha.)  A ver, repetí lo que has dicho, insolente.

DOÑA DOLORES.-  ¡Hijas, por misericordia, no metan tanto ruido! ¿No ven cómo estoy?

ROBUSTIANA.-   (Burlona.) ¡Ah, Dios mío! ¡Doña Jeremías! ¡Usted también es otra como ésas! Con el pretexto de su jaqueca y sus dolamas, no se ocupa de nada y deja que todo en esta casa ande como anda. ¡Qué demontres! Vaya a acostarse si no quiere oír lo que no le conviene.

 

(RUDECINDA y DOÑA DOLORES cambian gestos de asombro.)

 

DOÑA DOLORES.-   (Levantándose.)  ¡Mocosa, insolente! ¿Ésa es la manera de tratar a su madre? Te via a enseñar a respetarme.

ROBUSTIANA.-  Con su ejemplo no voy a aprender mucho, no hay cuidao...

DOÑA DOLORES.-  ¡Madre Santa! ¿La han oído ustedes?



Escena X

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, ROBUSTIANA y PRUDENCIA.

 

PRUDENCIA.-   (Que ha oído el final de la escena.)  ¡Déjela, mama! ¡La ha picado el alacrán!

ROBUSTIANA.-  Callate vos, pandereta.

DOÑA DOLORES.-  ¡Qué la via dejar! Vení pa ca... Decí... ¿qué malos ejemplos te ha dao tu madre?

ROBUSTIANA.-  No sé... no sé...

PRUDENCIA.-  Mirenlá. Retratada de cuerpo presente. ¡Tira la piedra y esconde la mano!

DOÑA DOLORES.-  ¡No la ha de esconder!  (Tomándola por un brazo.)  ¡Hablá, pues, largá el veneno!

 

(La zamarrea. RUDECINDA y PRUDENCIA la rodean.)

 

ROBUSTIANA.-  ¡Déjeme!

RUDECINDA.-  Ahora se te van a descubrir las hipocresías, tísica.

PRUDENCIA.-  Las vas a pagar todas juntas, lengua larga.

ROBUSTIANA.-  ¡Jesús! ¡Se ha juntao la partida! Pero no les via tener miedo. ¿Quieren que hable? Bueno... ¿Saben qué más? Que las tres son unas...  

(DOÑA DOLORES le tapa la boca de una bofetada.)

  ¡Ay... perra vida!...  (Enfurecida alza la mano e intenta arrojarse sobre DOÑA DOLORES.) 

RUDECINDA.-   (Horrorizada.)  ¡Muchacha! ¡A tu madre!

ROBUSTIANA.-   (Se detiene sorprendida, pero reacciona rápidamente.)  ¡A ella y a todas ustedes!

 

(Se precipita sobre un banco y lo alza con ademán de arrojarlo. Las tres mujeres retroceden asustadas.)

 


Escena XI

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, ROBUSTIANA, PRUDENCIA y DON ZOILO.

 

DON ZOILO.-   (Apareciendo.)  ¡Hija! ¿Qué es esto?

ROBUSTIANA.-   (Deja caer el banco y se le echa en los brazos sollozando desesperadamente.)  ¡Ay, tata! ¡Mi tatita! ¡Mi tatita!

DON ZOILO.-  ¡Cálmese! ¡Cálmese! ¿Qué le han hecho, hija? ¡Pobrecita! ¡Vamos! Tranquilícese, que le va a venir la tos. Sí... ya sé que usted tiene razón. Yo, yo la voy a defender.

DOÑA DOLORES.-   (Dejándose caer en su sillón.)  ¡Ay, Virgen Santísima de los Dolores! ¡Se me parte esta cabeza!

 

(RUDECINDA y PRUDENCIA hacen que continúan planchando.)

 

DON ZOILO.-   (Entre iracundo y conmovido.)  ¡Parece mentira! ¡Tamañas mujeres! Bueno, basta, hijita.  

(ROBUSTIANA tose.)

  ¿No ve? ¿Ya le dentra la tos? ¡Cálmese, pues!

ROBUSTIANA.-   (Sollozante.)  Sí, tata; ya me pasa.

DON ZOILO.-  ¿Quiere un poco de agua? A ver ustedes, cuartudas, si se comiden atraer agua pa esta criaturita.

 

(RUDECINDA va a buscar el agua.)

 

ROBUSTIANA.-  Me pe... garon... porque... les dije... la ver... la verdad... ¡Son unas sinvergüenzas!  (Tose.) 

DON ZOILO.-  Demasiado lo veo. ¡Parece mentira! ¡Canejo! ¡Se han propuesto matarnos a disgustos!

PRUDENCIA.-  ¡Fíjese, mama, en el jueguito de esa jesuita!

RUDECINDA.-   (Volviendo con un jarro de agua que deja bruscamente.)  ¡Ahí tiene agua! Hasta pa augarse.

DON ZOILO.-  Tome unos traguitos... ¡Así! ¿Se siente mejor? Trate de sujetar la tos, pues...  (Sonriente.) ¡Qué diablos!... Tírele de la riendita. ¿Quiere recostarse un poquito? Venga a su cama.

ROBUSTIANA.-   (Mimosa.) ¡No!... Muchas gracias.  (Lo besa.)  Muchas gracias. Estoy bien; y, además, quiero quedarme aquí porque... ¡quién sabe qué enredos van a meterle ésas!

RUDECINDA.-  Mirenlá a la muy zorra. Tenés miedo de que sepa la verdad, ¿no?

DON ZOILO.-  ¡Cállese usté la boca!

RUDECINDA.-  ¡Oh!... ¿Y por qué me he de callar? ¿Hemos de dejar que esa mocosa invente y arregle las cosas a su modo? ¡No faltaría más! La madre la ha cachetiao, y bien cachetiada, porque le faltó al respeto...

DOÑA DOLORES.-  ¡Ay, Dios mío!

PRUDENCIA.-  ¡Claro que sí! ¡Cuando menos, ella tendrá corona!

RUDECINDA.-  ¡Y le levantó la mano a Dolores!

DON ZOILO.-  ¡Güeno, güeno, güeno! ¡Que no empiece el cotorreo! Ustedes, desde un tiempo a esta parte, me han agarrao a la gurisa pal piquete, sin respetar que está enferma y por algo ha de ser...  (Enérgico.)  ¡Y ese algo lo vamos a aclarar ahora mesmito! ¿Han oído?, ¡ahora mesmito!...  (A DOÑA DOLORES.)  A ver vos, doña quejidos; vos que sos aquí la madre y la dueña e casa, ¿qué enriedo es éste?

DOÑA DOLORES.-  ¡Virgen de los Desamparados, como pa historias estoy yo con esta cabeza!

DON ZOILO.-  ¡Canejo! Se la corta si no le sirve pa cumplir con sus obligaciones...  (A RUDECINDA.)  Y vos, vamos a ver, aclarame pronto el asunto; no has de tener jaqueca también. Respondé...

RUDECINDA.-   (Chocante.)  ¡Caramba, no sabía yo que te hubiesen nombrao juez!

DON ZOILO.-  No.  (Mostrando el talero.)  A quien nombraron jue a ño rebenque. Así es que no seás comadre y respondé como la gente. Ya se te ha pasao la edá de las macacadas.

RUDECINDA.-  Te voy a contestar cuando me digás qué has hecho de mis intereses.

DON ZOILO.-   (Airado.) ¿Eh?  (Conteniéndose.)  ¡Hum!... Ta güeno. Esperate un poco, que te voy a dar lindas noticias.  (Hosco, retorciendo el rebenque.)  Conque... conque, ¿nadie quiere hablar?  (A ROBUSTIANA.)  Vamos a ver, hijita. Usted ha de ser güena. Cuéntele a su tata todas las cosas que tiene que contarle. Reposadita y sin apurarse mucho, que se fatiga...

ROBUSTIANA.-  No, tata; no tengo nada que decirle.

DON ZOILO.-  ¿Cómo es eso?

ROBUSTIANA.-  Digo...no. Es que... lo único... es eso... que... Lo único... es eso... que no me tratan bien.

DON ZOILO.-  Por algo ha de ser entonces. Vamos... empiece.

ROBUSTIANA.-  Porque no me quieren, será.

DON ZOILO.-   (Grave.)  Bueno, hijita. Hable de una vez; no me vaya a disgustar usted también.

ROBUSTIANA.-  Es que... si lo digo se disgusta más.

DON ZOILO.-  Ya caíste, matrera. Ahora no tendrás más remedio que largar el lazo... y tire sin miedo que no lo via mañeriar a la argolla. ¡Está bien sogueao el güey viejo!

DOÑA DOLORES.-  ¡Ay, hijas! ¡No puedo más! Voy a echarme en la cama un ratito.  (Se alza.) 

DON ZOILO.-  ¡No, no, no, no! ¡De aquí no se mueve nadie! A la primera que quiera dirse, le rompo las canillas de un mangazo. Empiece el cuento.

ROBUSTIANA.-  No, no... tata... Usté se va a enojar mucho.

DON ZOILO.-  ¡Más de lo que estoy! Y ya me ves; tan mansito. Encomience. Vamos.  (Recalcando.)  Había una vez unas mujeres...

ROBUSTIANA.-  Bueno; lo que yo tenía que decirle era que, en esta casa, no lo respetan a usted, y que las cosas no son lo que parece...  (Alzándose.) Y entré por un caminito y salí por otro...

DON ZOILO.-  ¡No me juyás!... Adelante, adelante... Sentate. Eso de que no me respetan hace tiempo que lo sé. Vamos a lo otro.

ROBUSTIANA.-  Yo creo que nosotros debíamos irnos de esta estancia... Pues... de todos modos ya no es nuestra, ¿verdad?

DON ZOILO.-  ¡Claro que no!

ROBUSTIANA.-  Y como no hemos de vivir toda la vida de prestao, cuanto más antes mejor!; ¡menos vergüenza!

DON ZOILO.-  Es natural, pero no comprendo a que viene eso...

ROBUSTIANA.-  ¡Viene a que si usté supiera por qué don Juan Luis nos ha dejao seguir viviendo en la estancia después de ganar el pleito, ya se habría mandao mudar!

RUDECINDA.-  ¡Ave María! ¡Qué escándalo de mujer intrigante!... ¡Zoilo!... ¡Pero Zoilo! ¿Tenés valor de dejarte enredar por una mocosa?

DON ZOILO.-  Siga, m'hija... siga no más. Esto se va poniendo bonito.

RUDECINDA.-  ¡Ah, no! ¡Qué esperanza! Si vos estás chocho con la gurisa, nosotras no, ¿me entendés? ¡Faltaba otra cosa! ¡Mándese mudar de aquí, tísica, lengua larga! ¡Ya!...  (A DON ZOILO.)  No, no me mirés con esos ojos, que no te tengo miedo. A ver ustedes, qué hacen; vos, Dolores... Prudencia. Parece que tuvieran cola e paja... Muévanse. Vengan a arrancarle el colmillo a esta víbora, pues.  (A ROBUSTIANA.)  Contestá, ladiada. ¿Qué tenés que decir de malo de don Juan Luis?

DOÑA DOLORES.-  ¡Ay, mi Dios!

DON ZOILO.-  Siga, m'hija, y no se asuste, porque aquí está don talero con ganas de comer cola.

ROBUSTIANA.-  Sí, tata. ¡Vergüenza da decirlo!... ¡Cuando usté se va para el pueblo, la gente se lo pasa aquí de puro baile corrido!

DON ZOILO.-  Me lo maliciaba.

ROBUSTIANA.-  ¡Con don Juan Luis, el comisario Butiérrez y una runfla más!

DON ZOILO.-  ¡Ah! ¡Ah! Adelante.

ROBUSTIANA.-  Y lo peor es que... es que... Prudencia...  (Llora.)  No, no digo más...

 

(PRUDENCIA se aleja disimuladamente y desaparece por la izquierda.)

 

DON ZOILO.-  ¡Vamos, pues, no llore! Hable. ¿Prudencia, qué?...

ROBUSTIANA.-  Prudencia... al pobre... al pobre Aniceto, tan bueno y que tan... to que la quiere... le juega sucio con don Juan Luis.

DON ZOILO.-  ¡Ah! Eso es lo que quería saber bien. Ahora sí, ahora sí; no cuente más, m'hija; no se fatigue. Venga a su cuarto; así descansa...  (La conduce hacia el foro; al pasar junto a DOÑA DOLORES levanta el talero, como para aplastarla.)  ¡No te via pegar! ¡No te asustés, infeliz!



Escena XII

 

DOÑA DOLORES y RUDECINDA.

 

RUDECINDA.-   (Permanece un instante cavilosa y con aire despectivo.)  Bueno, ¿y qué?  (Viendo llorar a DOÑA DOLORES.)  No te aflijás, hija. Ya lo hemos de enderezar a Zoilo. ¡Mocosa, lengua larga! ¡Quién hubiera creído!



Escena XIII

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, DON ZOILO y BATARÁ.

 

DON ZOILO.-   (Saliendo.) ¡Arrastradas! ¡Arrastradas! Merecían que las deslomara a palos... Arrastradas...  (Llamando.) ¡Batará! ¡Batará!  (Paseándose.) ¡Ovejas! ¡Peores entoavía! ¡Las ovejas siquiera no hacen daño a naide!... ¡Batará!

BATARÁ.-   (Saliendo.) Mande, señor.

DON ZOILO.-  ¿Qué caballo hay en la soga?

BATARÁ.-  ¡El doradillo tuerto, señor!

DON ZOILO.-  ¿Aguantará un buen galope?

BATARÁ.-  ¡Ya lo creo, señor!

DON ZOILO.-  Bien. Vas a ensillarlo en seguida y le bajás la mano hasta el Sarandí. ¿Sabés ande está poblando Aniceto?

BATARÁ.-  Sí, señor.

DON ZOILO.-  Llegás y le decís que se venga con vos, porque tengo que hablarle... ¡Ah!... Al salir te arrimás a lo de mi compadre Luna a decirle en mi nombre que necesito la carreta con güeyes pa mañana; que me haga el favor de mandármela de madrugada.

BATARÁ.-  Ta bien, señor.

DON ZOILO.-  Entonces, volá.

 

(Mutis BATARÁ.)

 


Escena XIV

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.

 

DON ZOILO.-   (Después de pasearse un momento, a DOÑA DOLORES.)  Y usté, señora, tiene que mejorarse en seguidita de la cabeza; ¿me oye? ¡En seguidital

DOÑA DOLORES.-  ¡Ay, Jesús, María y José! ¡Sí, estoy un poco más aliviada ya! ¡Me han hecho bien los parchecitos!

DON ZOILO.-  ¡Pues se alivia del todo y se va rápido a arreglar con ésas las cacharpas más necesarias pal viaje; mañana al aclarar nos vamos de aquí!

RUDECINDA.-  ¿Y ande nos vamos?

DON ZOILO.-  ¡Ande a usté no se le importa! ¡Canejo! ¡Ya, muévanse!...  (Continúa paseándose.) 

DOÑA DOLORES.-   (Yéndose.)  Virgen de los Desamparados, ¡qué va a ser de nosotros!



Escena XV

 

RUDECINDA y DON ZOILO.

 

RUDECINDA.-  Decime, Zoilo. ¿Te has enloquecido endeveras? ¿Ande nos llevás?

DON ZOILO.-  ¡Al medio del campo! ¡Qué sé yo! ¡No me va a faltar una tapera vieja ande meterlas!

RUDECINDA.-  ¡Ah! ¡Yo no me voy, ¡Soy libre!

DON ZOILO.-  Quedate si querés.

RUDECINDA.-  Pero primero me vas a entregar lo que me pertenece; mi parte de la herencia...

DON ZOILO.-  Pediselá a tu amigo el diablo, que se la llevó con todo lo mío.

RUDECINDA.-   (Espantada.)  ¿Cómo?

DON ZOILO.-  Llevándosela!

RUDECINDA.-  ¡Ah! ¡Madre! ¡Ya lo maliciaba! ¿Conque me has fundido también? ¿Conque me has tirado mis pesitos? ¿Conque me quedo en la calle? ¡Ah!... ¡Canalla! ¡Sinvergüenza! La...

DON ZOILO.-   (Imponente.)  ¡Phss! ¡Cuidado con la boca!

RUDECINDA.-  ¡Canalla! ¡Canalla! ¡Ladrón!

DON ZOILO.-  ¡Rudecinda!

RUDECINDA.-  ¡No te tengo miedo! Te lo via decir mil y cincuenta veces... ¡Canalla! ¡Cuatrero! ¡Cuatrero!

DON ZOILO.-   (Hace un ademán de ira, pero se detiene.)  ¡Pero hermana! ¡Hermana!... ¿Es posible?

RUDECINDA.-   (Echándose a llorar.) Madre de mi alma, que me han dejado en la calle... me han dejado en la calle... Mi hermano me ha robao...

 

(Se va por el foro llorando a gritos. DON ZOILO abrumado, hace mutis lentamente por la primera puerta de la izquierda.)

 


Escena XVI

 

PRUDENCIA y JUAN LUIS.

 
 

(Después de una breve pausa, aparece PRUDENCIA. Mira cautelosamente en todas direcciones, y no viendo a nadie corre hacia la derecha, deteniéndose sorprendida junto al portón, donde topa con JUAN LUIS.)

 

PRUDENCIA.-   (Ademán de huir.)  ¡Ah!

JUAN LUIS.-  Buenas tardes. ¡No se vaya!  (Tendiéndole la mano.)  ¿Cómo está?

PRUDENCIA.-   (Muy avergonzada.) ¡Ay, Jesús!... ¡Cómo me encuentra!...

JUAN LUIS.-   (Reteniendo la mano, después de cerciorarse de que están solos.)  ¡Encantadora te encuentro, monísima, mi vidita!

PRUDENCIA.-    (Apartándose.)  ¡No... no!... Déjeme... Váyase... ¡Tata está ahí!

JUAN LUIS.-   (Goloso, avanzando.)  ¡Y qué tiene! ¡Dormirá! ¡Vení, prenda!

PRUDENCIA.-   (Compungida.)  No... váyase, sabe todo. Está furioso.

JUAN LUIS.-  ¡Oh! Ya lo amansaremos. ¿Recibiste mi carta?

PRUDENCIA.-  Sí.  (Después de mirar a todos lados, con fingido enojo.)  Usté es un atrevido y un zafao, ¿sabe?

JUAN LUIS.-  ¿Aceptás? ¿Sí? ¿Irás a casa de Martiniana?

PRUDENCIA.-  Este... Jesús, siento ruido.  (Huyendo hacia el foro.)  ¡Tata! ¡Lo buscan!

 

(Mutis por segunda izquierda.)

 

JUAN LUIS.-  ¡Arisca la china!  (Se pasea.) 



Escena XVII

 

DON ZOILO y JUAN LUIS.

 

DON ZOILO.-   (Saliendo.)  ¿Quién me busca? ¡Ah!

JUAN LUIS.-   (Confianzudo.)  ¿Qué tal, viejo amigo? ¿Cómo le va? ¿Está bueno? Le habré interrumpido la siesta, ¿no?

DON ZOILO.-  Bien, gracias; tome asiento.

 

(Pronto aparecen en cada una de las puertas PRUDENCIA, RUDECINDA y DOÑA DOLORES; curiosean inquietas un instante y se van.)

 

JUAN LUIS.-  No; traigo un amigo y no sé si usted tendrá gusto en recibirlo.

DON ZOILO.-  No ha de ser muy chúcaro cuando no le han ladrao los perros.

JUAN LUIS.-  Es una buena persona.

DON ZOILO.-  Ya caigo. El capitán Butiérrez, ¿no?  (Se rasca la cabeza con rabia.)  ¡Ta güeno!...

JUAN LUIS.-  Y me he propuesto que se den un abrazo. Dos buenos criollos como ustedes no pueden vivir así, enojados. De parte de Butiérrez, ni qué hablar...

DON ZOILO.-   (Muy irónico.)  ¡Claro! ¡Ni qué hablar! Mande no más, amigazo. ¡Usted es muy dueño! Vaya y digalé a ese buen mozo que se apee... Yo voy a sujetar los perros.

JUAN LUIS.-   (A voces desde la verja.) ¡Acérquese no más, comisario! Ya está pactado el armisticio.

 

(Va a su encuentro.)

 


Escena XVIII

 

DON ZOILO, JUAN LUIS y GUTIÉRREZ.

 

JUAN LUIS.-   (Aparatoso; empujando a GUTIÉRREZ.) Ahí lo tiene al amigo don Zoilo, olvidado por completo de las antiguas diferencias...  (Hierático.)  Pax vobis.

GUTIÉRREZ.-   (Extendiendo los brazos.) ¡Cuánto me alegro! ¿Cómo te va, Zoilo?

DON ZOILO.-   (Empacado ofreciéndole la mano.)  Güen día...

GUTIÉRREZ.-   (Cortado.)  ¿Tu familia, buena?

 

(Pausa.)

 

DON ZOILO.-  Tomen asiento.

JUAN LUIS.-  Eso es...  (Ocupando el sillón.)  ¡Siéntese por acá, comisario!  (Señala una silla.)  Tiempo lindo, ¿verdad? Don Zoilo, ¿usté no se sienta? Arrime un banco, pues...  (DON ZOILO se sienta.)  Las muchachas estarán de tarea seguramente. Hemos venido a interrumpirlas... Seguro que han ido a arreglarse. Dígales que por nosotros no se preocupen. ¡Pueden salir así no más, que siempre están bien!

 

(Pausa embarazosa.)

 

GUTIÉRREZ.-   (Por decir algo.)  ¡Qué embromar! ¡Qué embromar con las cosas!

JUAN LUIS.-  ¿Con qué cosas?

GUTIÉRREZ.-  Ninguna. Decía por decir, no más. Es costumbre.



Escena XIX

 

DON ZOILO, JUAN LUIS, GUTIÉRREZ y RUDECINDA.

 

RUDECINDA.-   (Un tanto transformada y hablando con relativa exageración.)  ¡Ay!... ¡Cuánto bueno tenemos por acá!... ¿Cómo está, Butiérrez? ¿Qué milagro es éste, don Juan Luis? Vean en qué figura me agarran.

JUAN LUIS.-  Usted siempre está buena moza.

RUDECINDA.-  ¡Ave María! No se burle.

GUTIÉRREZ.-   (Ofreciéndole su silla.)  Tome asiento.

RUDECINDA.-  ¡No faltaba más! Usté está bien; no, no, no. Ya me van a traer.  (A voces.)  ¡Robusta, sacá unas sillas! ¿Y qué tal? ¿Qué buena noticia nos traen? ¿Qué se cuenta por ahí? Ya me han dicho que usté, Butiérrez...

DON ZOILO.-  ¡Rudecinda! Vaya a ver qué quiere Dolores.

RUDECINDA.-  No; no ha llamado.

DON ZOILO.-   (Alzándose.)  ¡Va... ya a ver... qué... quiere... Dolores!

RUDECINDA.-   (Vacilante.) Este...  (Después de mirar a DON ZOILO.)  Con permiso.

 

(Vase.)

 


Escena XX

 

DON ZOILO, JUAN LUIS y GUTIÉRREZ.

 

JUAN LUIS.-  ¡Qué muchacha de buen genio esta Rudecinda! ¡Siempre alegre y conversadora... ¿Y no tenemos un matecito, viejo Zoilo? Lo encuentro medio serio. Seguro que no ha dormido siesta. Mi padre es así; cuando no sestea, anda que parece alunao.

GUTIÉRREZ.-   (Cambiando de postura.)  ¡Qué embromar con las cosas!



Escena XXI

 

DON ZOILO, JUAN LUIS, GUTIÉRREZ y PRUDENCIA.

 

PRUDENCIA.-   (Con mucha cortedad.)  ¡Buenas tardes!

JUAN LUIS.-   (Yendo a su encuentro.)  ¡Viva!... ¡Salió el sol! ¡Señorita!

PRUDENCIA.-  Bien, ¿y usté?

GUTIÉRREZ.-  ¡Señorita Prudencia! ¡Qué moza!

PRUDENCIA.-  Bien, ¿y usté? Tomen asiento. Estén con comodidad.

JUAN LUIS.-  Gracias; siempre tan interesante, Prudencita. Linda raza, amigo don Zoilo.

DON ZOILO.-  Che, Prudencia. Andá, que te llama Rudecinda.

PRUDENCIA.-  ¿A mí? ¡No he oído!

DON ZOILO.-  He dicho que te llama Rudecinda.

PRUDENCIA.-   (Atemorizada, yéndose.)  ¡Voy! Con licencia.

 

(Vase.)

 


Escena XXII

 

DON ZOILO, JUAN LUIS y GITIÉRREZ.

 

JUAN LUIS.-  Pues yo no he oído.

DON ZOILO.-   (Alterado.)  ¡Pero yo sí, canejo! ¿Me entiende?

JUAN LUIS.-  Bueno, viejo. Tendrá razón; no es para tanto.

GUTIÉRREZ.-  ¡Hom!... Qué embromar... Qué embromar con las cosas...

DON ZOILO.-  Ta bien. Dispense.  (Aproximando su banco a JUAN LUIS.)  Diga... ¿Tendría mucho que hacer aura?

JUAN LUIS.-  ¿Yo?

DON ZOILO.-  El mismo.

JUAN LUIS.-  ¡No! Pero no me explico...

DON ZOILO.-  Tenía que decirle dos palabritas.

JUAN LUIS.-  A sus órdenes, viejo. Ya sabe que siempre...

GUTIÉRREZ.-   (Alzándose.)  Andate pa tu casa, Pedro, que paece que t'echan.

DON ZOILO.-  Quedate no más. Siempre es güeno que la autoridad oiga también algunas cosas... Este, pues, como le iba diciendo. Usté sabe que esta casa y este campo fueron míos; que los heredé de mi padre, y que habían sido de mis agüelos... ¿no? Que todas las vaquitas y ovejitas existentes en el campo, el pan de mis hijos, las crié yo a juerza de trabajo y de sudores, ¿no es eso? Bien saben todos que, con mi familia, jue creciendo mi haber, a pesar de que la mala suerte, como la sombra al árbol, siempre me acompañó.

JUAN LUIS.-  No sé a qué viene eso, francamente.

DON ZOILO.-  Un día... déjeme hablar. Un día se les antojó a ustedes que el campo no era mío, sino de ustedes; me metieron ese pleito de reivindicación; yo me defendí; las cosas se enredaron como herencia de brasilero, y cuando quise acordar amanecí sin campo, ni vacas, ni ovejas, ni techo para amparar a los míos.

JUAN LUIS.-  Pero usted bien sabe que la razón estaba de nuestra parte.

DON ZOILO.-  Taría cuando los jueces lo dijeron, pero yo dispués no supe hacer saber otras razones que yo tenía.

JUAN LUIS.-  Usted se defendió muy bien, sin embargo.

DON ZOILO.-   (Alzándose terrible.)  No, no me defendí bien; no supe cumplir con mi deber. ¿Sabe lo que debí hacer, sabe lo que debí hacer? Buscar a su padre, a los jueces, a los letrados; juntarlos a todos ustedes, ladrones, y coserles las tripas a puñaladas, ¡pa escarmiento de bandoleros y saltiadores! ¡Eso debí hacer! ¡Eso debí hacer! ¡Coserlos a puñaladas!

JUAN LUIS.-   (Confuso.)  ¡Caramba, don Zoilo! ¡Por favor!

GUTIÉRREZ.-   (Interviniendo.)  ¡Hombre, Zoilo! ¡Calmate! ¡Respetá un poco, que estoy yo acá!

DON ZOILO.-   (Serenándose.)  ¡Toy calmao! ¡Ladiate de ahí!... ¡Eso debí hacer! ¡Eso!  (Sentándose.)  No lo hice porque soy un hombre muy manso de sí, y por consideración a los míos. Sin embargo...

JUAN LUIS.-  Repito, señor, que no acabo de explicarme los motivos de su actitud. Por otra parte, ¿no nos hemos portado con bastante generosidad? ¡Lo hemos dejado seguir viviendo en la estancia! Nos disponemos a ocuparlo bien para que pueda acabar tranquilamente sus días.

DON ZOILO.-   (Irguiéndose.)  ¡Cállese la boca, mocoso!... ¡Linda generosidad! ¡Bellacos!

JUAN LUIS.-   (Poniéndose de pie.)  ¡Señor!...

DON ZOILO.-  ¡Linda generosidad! Pa quitarnos lo único que nos quedaba, la vergüenza y la honra, es que nos han dejado aquí... ¡Saltiadores! ¡Parece mentira que haiga cristianos tan desalmaos!... ¡No les basta dejar en la mitad del campo al pobre paisano viejo, a que se gane la vida cuando ya ni fuerzas tiene, sino que todavía pensaban servirse de él y su familia para desaguachar cuanta mala costumbre han aprendido! ¡Ya podés ir tocando de aquí, bandido! Mañana esta casa será tuya... ¡Pero lo que aura hay adentro es bien mío! ¡Y este pleito yo lo fallo! ¡Juera de aquí!

JUAN LUIS.-  ¡Pero, señor!

DON ZOILO.-   (Agarrando el talero.)  ¡Juera he dicho!

JUAN LUIS.-  Está bien...

 

(Se va lentamente.)

 

DON ZOILO.-   (A GUTIÉRREZ, que intenta seguirlo.)  Y en cuanto a vos, entrá si querés a sacar tu prenda. ¡Pasá no más, no tengás miedo!

GUTIÉRREZ.-  Yo...

DON ZOILO.-  ¡Ah!... ¡No querés! Bueno, tocá también. Y cuidadito con ponérteme por delante otra vez

 

(GUTIÉRREZ mutis.)

 

¡Herejes! ¡Saltiadores! ¡Saltiadores!  (Los sigue un momento con la vista, balbuceando frases incomprensibles. Después recorre con una mirada las cosas que le rodean, avanza unos pasos y se deja caer abrumado en el sillón.)  ¡Señor! ¡Señor! ¡Qué le habré hecho a la suerte pa que me trate así!... ¡Qué, qué le habré hecho!  (Deja caer la cabeza sobre las rodillas.) 




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