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ArribaAbajoActo II

 

Representa la escena, a gran foro, telón de campo; a la izquierda un rancho con puerta y ventana practicables. Sobre el mojinete del rancho, un nido de horneros. A la derecha rompimiento de árboles. Un carrito con un barril de los que se usan para transporte de agua. Un banco largo debajo del alero del rancho, un banquito y un jarro de lata. Es de día.

 

Escena I

 

ROBUSTIANA y PRUDENCIA.

 
 

(Aparecen en escena ROBUSTIANA pisando maíz en un mortero y PRUDENCIA cosiendo un vestido.)

 

ROBUSTIANA.-  ¡Che, Prudencia! ¿Querés seguir pisando esta mazamorra? Me canso mucho. Yo haría otra cosa cualquiera.

PRUDENCIA.-  Pisala vos con toda tu alma. Tengo que acabar esta pollera.

ROBUSTIANA.-  ¡Que sos mala! Llamala a mama entonces o a Rudecinda.

PRUDENCIA.-   (Volviéndose, a voces.)  Mama... Rudecinda. Vengan a servir a la señorita de la casa y tráiganle un trono para que esté a gusto.



Escena II

 

ROBUSTIANA, PRUDENCIA, DOÑA DOLORES y RUDECINDA.

 

DOÑA DOLORES.-   (Saliendo.)  ¿Qué hay?

PRUDENCIA.-  Que la princesa de Chimango no puede pisar maíz.

DOÑA DOLORES.-  ¿Y qué podés hacer entonces? Bien sabés que no hemos venido acá pa estarnos de brazos cruzados.

ROBUSTIANA.-  Sí, señora, lo sé muy bien; pero tampoco via permitir que me tengan de piona.

RUDECINDA.-   (Asomándose a una ventana.)  ¿Ya está la marquesa buscando cuestiones? Cuando no...

ROBUSTIANA.-  Callate vos, comadreja.

RUDECINDA.-  Andá, correveidile; buscá camorra no más pa después dirle a contar a tu tata que te estamos martirizando.

ROBUSTIANA.-   (Dejando la tarea.) ¡Por Dios!... ¿Quieren hacerme el favor de decirme cuándo, cuándo me dejarán en paz? ¿Yo qué les hago pa que me traten así? Bien buena que soy; no me meto con ustedes y trabajo como una burra, sin quejarme nunca a pesar de que estoy bien enferma. ¡Y ahora porque les pido que me ayuden un poco, me echan la perrada como a novillo chúcaro!

RUDECINDA.-   (Que ha salido un momento antes con el pelo suelto, peinándose.)  ¡Jesús, la víctima! Si no hubiera sido por tus enredos, no te verías en estos trances.

ROBUSTIANA.-  Por favor.

RUDECINDA.-   (Remedando.)  ¡Por favor! ¡Véanle el aire de romántica!... Cómo se conoce que anda enamorada; no te pongás colorada. ¿Te creés que no sabemos que andas atrás de Aniceto?

ROBUSTIANA.-  Bueno, por Dios. No hablemos más. Haré lo que ustedes quieran. Trabajaré hasta que reviente.  (Continúa pisando maíz.)  De todos modos no les voy a dar mucho trabajo, no; pronto no más.  (Aparte, casi llorosa.)  ¡Si no fuera por el pobre tata, que me quiere tanto!

PRUDENCIA.-   (A RUDECINDA.) ¿Te parece que será bastante el ancho? Le puse cuatro paños.

DOÑA DOLORES.-  ¡Ave María! ¡Qué anchura!

RUDECINDA.-  ¡No, señora... con el fruncido! ¡A ver! ¡A ver! Esperate; tengo las manos sucias de aceite.

PRUDENCIA.-  ¿Y si la midiéramos con la tuya lila? ¿Ande la tenés?

RUDECINDA.-  A los pies de mi cama. Vení.

 

(Hacen mutis.)

 

DOÑA DOLORES.-  Ahora van a ver cómo sobra. Ese tartán es muy ancho.

 

(Mutis.)

 


Escena III

 

ROBUSTIANA y DON ZOILO.

 

ROBUSTIANA.-   (Angustiada.)  ¡No quieren a nadie! ¡Pobre tatita!

 

(Apoyada en el mortero llora un instante. Óyense rumores de la izquierda. ROBUSTIANA alza la cabeza, se enjuga rápidamente las lágrimas y continúa la tarea, canturreando un aire alegre. DON ZOILO avanza por la izquierda a caballo, con un balde en la mano, arrastrando un barril de agua. Desmonta, desata el caballo y lo lleva fuera, al volver acomoda la rastra.)

 

DON ZOILO.-  ¡Buen día, m'hija!

ROBUSTIANA.-  Día... ¡bendición, tatita!

DON ZOILO.-  ¡Dios la haga una santa! ¿Pasó mala noche, eh? ¿Por qué se ha levantao hoy?

ROBUSTIANA.-  No; dormí bien.

DON ZOILO.-  Te sentí toser toda la noche.

ROBUSTIANA.-  Dormida sería.

DON ZOILO.-  Traiga, yo acabo.

ROBUSTIANA.-  ¡No, deje! ¡Si me gusta!

DON ZOILO.-  Pero le hace mal. Salga.

ROBUSTIANA.-  Bueno. Entonces yo voy a ordeñar, ¿eh?

DON ZOILO.-  ¿Cómo? ¿No han sacao la leche entoavía?

ROBUSTIANA.-  No señor, porque...

DON ZOILO.-  ¿Y qué hacen ésas? ¿A qué hora se levantaron?

ROBUSTIANA.-  Muy temprano...

DON ZOILO.-   (Llamando.)  ¡Dolores! ¡Rudecinda!

ROBUSTIANA.-  Deje... Yo fui, que...



Escena IV

 

ROBUSTIANA, DON ZOILO y RUDECINDA.

 

RUDECINDA.-   (Saliendo.)  ¡Jesús! ¿Qué te duele?

DON ZOILO.-  ¿No han podido salir entoavía de la madriguera? ¿Por qué no ordeñan de una vez?

RUDECINDA.-  ¡Qué apuro! Ya fue Dolores.   (Intencionada.)  Te vino con el parte alguna tijereta, ¿no? ¿Cuánto le pagás por viaje?

 

(Hace una mueca de desprecio a ROBUSTIANA, da un coletazo y desaparece. Pausa.)

 


Escena V

 

ROBUSTIANA, DON ZOILO y BATARÁ.

 
 

(BATARÁ aparece silbando, saca un jarro de agua del barril y bebe.)

 

BATARÁ.-  ¡Ta fría!  (A ROBUSTIANA.)  ¡Día! ¡Sión! ¡Madrina! Aquí le traigo pa usté.  (Le ofrece una yunta de perdices.) 

DON ZOILO.-  ¿Y Aniceto?

BATARÁ.-  Ái viene; se apartó a bombiar el torito hosco que parece medio tristón.

DON ZOILO.-  ¿Encontraron algo?

BATARÁ.-  Sí, señor. Cueriamos tres con la ternera rosilla que murió ayer.

ROBUSTIANA.-  ¡Ave María Purísima! ¡Qué temeridad!

BATARÁ.-  Y por el cañadón grande encontramos un güey echado, y a la lechera chorriada muy seria.

DON ZOILO.-  ¿Les dieron güelta la pisada?

BATARÁ.-  Sí, señor. Pero pa mí que ese remedio no las cura. ¡Pucha! ¡Pidemia bruta! Se empieza a poner serio el animal, desganao; camina un poco, s'echa y al rato no más queda tieso con una guampa clavada en el suelo. Debe ser algún pasto malo.

ROBUSTIANA.-  ¡Qué tristeza! ¡Era lo único que nos faltaba! ¡Que tras de que tenemos tan poco, se nos mueran los animales! ¡Y con el invierno encima!

DON ZOILO.-  ¡No hay que afligirse, m'hija! ¡No hay mal que dure cien años! ¡Aistá Aniceto!



Escena VI

 

ROBUSTIANA, DON ZOILO, BATARÁ y ANICETO.

 

ANICETO.-   (Entra en escena.) Tres... y dos por morir.  (A ROBUSTIANA.)  Buenos días...  (A DON ZOILO.)  ¡Hay que mandar la rastra pa juntar los cueros!  (Sentándose en cualquier parte.)  Dicen que don Juan Luis tiene un remedio bueno allá en la estancia.

DON ZOILO.-  Sí, una vacuna... Pero eso debe ser para animales finos.

BATARÁ.-  ¡Güena vacuna! Cuando vino el engeniero ése para probar el remedio, se murió medio rodeo de mestizas en la estancia grande; ¡bah!... Ese franchute no más ha de haber sido el que trujo la epidemia.

ANICETO.-  Grano malo no es.

DON ZOILO.-  Últimamente, sea lo que sea... que se muera todo de una vez. Si fuera mío el campo, ya le habría prendido fuego. ¡Ensillame el overo!

 

(BATARÁ mutis.)

 


Escena VII

 

RUDECINDA, ROBUSTIANA, DON ZOILO y ANICETO.

 

RUDECINDA.-   (Saliendo.)  ¡Che, princesa! Podés ir a tender la cama, si te parece. ¿O esperás que las sirvientas lo hagan? Pronto es mediodía, y todo está sucio.

ROBUSTIANA.-  No rezongués. Ya voy...

 

(Vase.)

 


Escena VIII

 

RUDECINDA, DON ZOILO y ANICETO.

 

RUDECINDA.-  ¡Movete, pues!  (A ANICETO.)  Buen día. ¿No han carniado?

DON ZOILO.-  No sé qué... ¡Si no te carniamos a vos!

RUDECINDA.-  ¡Tas muy chusco! ¡No hablo con vos!

ANICETO.-  No hay nada, doña. Anduve mirando si encontraba alguna ternera en buenas carnes y...

RUDECINDA.-  Pues yo he visto muchas...

ANICETO.-  Ajenas serían...

DON ZOILO.-  No perdás tiempo, hijo, en escuchar zonceras.

RUDECINDA.-  ¡Zonceras! ¿Y qué comemos entonces? ¿Querés seguir manteniéndonos a pura mazamorra? Charque no hay más.

DON ZOILO.-  Pero hay mucho rulo, y mucha moña, y mucha comadrería.

RUDECINDA.-  Mejor.

DON ZOILO.-   (Con rabia.)  ¡Entonces no se queje, canejo!

RUDECINDA.-  ¡Avisá si también pensás matarnos de hambre!

DON ZOILO.-  Si tenés tanta, pegá un volido pal campo. ¡Carnizas no te han de faltar!... Podrás hartarte con tus amigos los caranchos. Che, Aniceto. Via dir hasta el boliche a buscar un emplasto poroso pa Robusta, que la pobre está muy mal de la tos... Reparame un poco esto, y si se alborotan mucho las cotorras, meniales chumbo no más.

 

(Vase lentamente por izquierda.)

 

RUDECINDA.-  Eso es; para esa guacha tísica todos los cuidaos; los demás, que revienten. Andá no más... Andá no mas, que poco te va a durar el contento.  (A ANICETO.)  ¿Y a usté lo han dejao de cuidador? Bonito papel, ¿no? ¡Jua!... ¡Jua!... El maizal con espantajo.

 

(Mutis.)

 


Escena IX

 

ANICETO y luego ROBUSTIANA.

 

ANICETO.-  ¡Pcha que son piores!  (Se pone a lavarse las manos junto al barril, echándose agua con el jarro.) 

ROBUSTIANA.-   (Saliendo.)  ¡Esperesé! ¡Yo le ayudo!

ANICETO.-  No, dejá. Ya va a estar, hija.

ROBUSTIANA.-   (Tomando el jarro y volcándole agua en las manos.)  ¡Hija! ¡La facha para padre de familia! ¿Quiere jabón?

ANICETO.-  ¡Gracias, ya está!  (Intenta secarse con el poncho.) 

ROBUSTIANA.-  ¡Ave María! No haga eso, no sea...  (Va corriendo adentro y vuelve con una toalla.)   Ahí tiene.  (Fatigada.)  ¡Jesús! No puedo correr... Parece que me ahogo.

ANICETO.-  ¡Vea! Por meterte acomedida.

ROBUSTIANA.-  Ya pasó.  (Burlona.) ¡Retemé no más, tatita! ¡No digo! Si tiene andar de padre de familia.

ANICETO.-  ¡Oh!... Te ha dado fuerte con eso.

ROBUSTIANA.-  ¡Claro! ¡Si me trata con una seriedad...!

ANICETO.-  ¿Yo?

ROBUSTIANA.-  ¡Siempre que me habla pone una cara!  (Remedando.) Así fea.  (Ahuecando la voz.) «¡Gracias, m'hija! ¡Hacé esto, m'hija! ¡Buen día, m'hija! «O si no, se pone bueno y mansito como tata y me trata de usted. « ¡Hijita, el rocío puede hacerle mal! Hija, alcánceme eso, ¿quiere?» ¡Ja, ja, ja! Cualquier día, equivocada, le pido la bendición.

ANICETO.-  ¡Vean las cosas que se le ocurren! Es mi manera así.

ROBUSTIANA.-  ¿Y cómo con otras no lo hace?

ANICETO.-  ¡Ah! Porque, porque...

ROBUSTIANA.-  ¡Dígalo, pues! ¿A que no se anima?

ANICETO.-  Porque, bueno... y si vamos a ver: ¿por qué vos me tratás de usted y con tanto respeto?

ROBUSTIANA.-   (Confundida.) ¿Yo? ¿Yo? Este... ¡miren qué gracia! Porque... ¿Quiere que le cebe mate?

ANICETO.-  ¡No, señor! ¡Respondé primero!

ROBUSTIANA.-  Pues porque... antes, como yo era chica y uste... tamaño hombre, me parecía feo tratarlo de vos.

ANICETO.-  ¿Y ahora?

ROBUSTIANA.-   (Ruborizada.) Ahora... Ahora porque... porque me da vergüenza.

ANICETO.-   (Extrañado.)  ¡Vergüenza de mí! ¡De un hermano casi!

ROBUSTIANA.-  ¡No... vergüenza no! Este. ¡Sí! ¡No sé qué! Pero...  (Como inquietándose por sus propios pensamientos.)  ¡Ay! ¡Si nos vieran juntos! ¡Conversando así de estas cosas!...

ANICETO.-  ¿De cuáles?

ROBUSTIANA.-  ¡Nada, nada! Este. ¡Caramba! Venga a sentarse y hablaremos como dos buenos amiguitos...

ANICETO.-   (Con mayor extrañeza y curiosidad.)  ¿Y antes cómo hablábamos?

ROBUSTIANA.-   (Impaciente.) ¡Jesús... si parezco loca! ¡No sé ni lo que digo! Quería decir... No me haga caso, ¿eh? Bueno. ¡Siéntese! ¡A ver! ¿Qué iba a preguntarle? ¡Ah!... ¡Ya me acuerdo! Diga... ¿Por qué venía tan triste esta mañana del campo?

ANICETO.-   (Ingenuo.)  ¡Pensando en todas las desgracias de padrino Zoilo!

ROBUSTIANA.-  ¡Cierto! ¡Pobre tatita! ¡Me da una lástima! ¡A veces tengo miedo de que vaya a hacer alguna barbaridad!  (Pausa.)  Pues... ¿Y en qué otra cosa pensaba?

ANICETO.-  ¡En nada!

ROBUSTIANA.-  ¿En nada, en nada, en nada más? Vamos... ¿A que no me dice la verdad?

ANICETO.-  Por Dios, que no...

ROBUSTIANA.-  ¿Se curó tan pronto?...

ANICETO.-  ¡Ay, hija! ¡No había caído!

ROBUSTIANA.-  ¿Otra vez? ¡Bendición tatita!

ANICETO.-  Bueno. No te trataré más así si no te agrada...

ROBUSTIANA.-  Me agrada. Es que usted piensa siempre que soy una chiquilina. Pero dejemos eso. ¿No venía pensando en... alguna persona?

ANICETO.-  No hablemos de difuntos. Aquello tiene una cruz encima.

ROBUSTIANA.-  Yo siempre pensé que Prudencia le iba a jugar feo...

ANICETO.-  No me quería y se acabó.

ROBUSTIANA.-  Hizo mal, ¿verdad?

ANICETO.-  Pa mí que hizo bien. Peor es casarse sin cariño.

ROBUSTIANA.-  Usted sí que la quería de veras. ¡Qué lástima!  (Pausa.)  Yo... todavía no he tenido novio... ninguno... ninguno...

ANICETO.-  ¿Te gustaría?

ROBUSTIANA.-  ¡Miren qué gracia! ¡Ya lo creo! Un novio de adeveras pa que se casara conmigo y lo llevásemos a tata a vivir con nosotros. Siempre pienso en eso.

ANICETO.-  ¿Al viejo solo? ¿Y las otras?

ROBUSTIANA.-  ¡Ni me acordaba! Bueno; la verdad es que para lo que sirven... Bien se las podía llevar un ventarrón.

ANICETO.-   (Pensativo.) Conque... pensando en novios... ¡Está bien! ¡Ta bueno!

ROBUSTIANA.-   (Después de un momento.)  Diga... ¿Verdad que estoy mucho más gruesa?

ANICETO.-   (Sorprendido en su distracción.) ¿Qué?

ROBUSTIANA.-  ¡Ave María, qué distraído... ¿No me halla más repuesta?

ANICETO.-  ¡Mucho!

ROBUSTIANA.-  Si no fuera por la tos, estaría ya tan alta y tan carnuda como Prudencia, ¿verdad? Sin embargo, Dios da pan al que no tiene dientes.

ANICETO.-  ¡Así es!

ROBUSTIANA.-  Yo en lugar de ella...

ANICETO.-   (Alzándose.)  En lugar de ella... ¿qué?

ROBUSTIANA.-  ¡Ay, qué curioso!

ANICETO.-  Diga, pues.

ROBUSTIANA.-   (De pie, azorada ante el gesto insistente de ANICETO.)  Pero... ¿Yo qué he dicho? No, no me haga caso. ¡Estaba distraída! ¡Ay, me voy! Soy una aturdida. Adiós, ¿eh?  (Volviéndose.) ¿No se va a enojar conmigo?

ANICETO.-   (Tierno.)  ¡Venga, hija, escúcheme!

ROBUSTIANA.-   (Vivamente.)  ¡Bendición, tata!

 

(Mutis.)

 

ANICETO.-  ¡Santita!

 

(Vase lentamente por detrás del rancho mientras sale RUDECINDA.)

 


Escena X

 

MARTINIANA, RUDECINDA, DOÑA DOLORES y PRUDENCIA.

 

MARTINIANA.-   (Desde adentro izquierda.)  ¡Ave María Purísima!  (Con otro tono.)  ¡Sin pecado concebida! ¡Apiate no más, Martiniana, y pasá adelante!  (Apareciendo.)  ¡Jesús, qué recibimiento! ¡Ni que juera el rey de Francia!... ¡Ay, cómo vienen todos!  (Saludando.)  ¡Reverencias! ¡Reverencias! ¡Quédense sentaos no más! ¡Los perdono!

RUDECINDA.-  ¡Ay, comadre! ¿Cómo le va? ¡La conocí en la voz!

MARTINIANA.-  Dejuramente, porque ni me había visto... Creí mesmamente que el rancho se hubiese vuelto tapera...  

(Aparecen sucesivamente DOÑA DOLORES y PRUDENCIA.)

  ¡Doña Dolores! ¡Prudencita! Estaban atariadas, ¿verdad?

PRUDENCIA.-  No... Conversando no más.

RUDECINDA.-   (Acercándole un banco.)  Tome asiento, comadre.

MARTINIANA.-  ¡Siempre cumplida! Tanto honor de una comadre.

PRUDENCIA.-  ¿Y qué buenos vientos la traen?

MARTINIANA.-  ¡Miren, la pizcueta! Ya sabe que son güenos vientos.

PRUDENCIA.-  De aquel rumbo...

MARTINIANA.-  No pueden ser malos, ¿eh? Sin embargo, ande ustedes me ven, casi se me forma remolino en el viaje.

RUDECINDA.-  ¡Cuente!

PRUDENCIA.-  ¿Qué le ocurrió?

MARTINIANA.-  Nada. Que venía pa ca, y al llegar al portoncito e la cuchilla, ¿con quién creerán que me topo? ¡Nada menos que con el viejo Zoilo!

PRUDENCIA.-  ¡Con tata!

MARTINIANA.-  «¿Ande vas, vieja... arcabucera?», me gritó. «Ande me da la rial gana...», le contesté. Y ái no más me quiso atravesar el caballo por delante. Pero yo, que no quería tener cuestiones con él por ustedes, ¿saben?, nada más, talonié la tubiana vieja y enderecé pa ca al galope.

PRUDENCIA.-  ¡Menos mal!

MARTINIANA.-  ¡Verás, hijita! ¡La cuestión no acabó ái! En cuanto me vido galopiando, adivinen lo que hizo ese viejo hereje. «¿Ande te has de dir, avestruz loco?», me gritó, y empezó a revoliar las boliadoras. Sea cosa, dije yo, que lo haga, y sujeté no más. «¿Vas pa casa?» «¿Qué le importa?» Y se armó la tinguitanga. «Sí, señor; via visitar a mi comadre y a las muchachas, que las pobres son tan güenas y usté las tiene viviendo en la inopia, soterradas en una madriguera», y que tal y que cual. ¡Pcha!... Ahí no más se me durmió a insultos. Pero yo no me quedé tras y le dije, defendiéndolas a ustedes, como era mi obligación, tantas verdades, que el hombre se atoró. Aurita no más me pega un chirlo, pensé. ¡Pero nada!... Se quedó un rato serio rascándose la piojera, y dispués, dentrando en razón dejuramente, me dijo: «Hacé lo que te acomode... ¡Al fin y al cabo!...» ¿Qué les parece? ¡Dispués habrá quien diga que ña Martiniana Rebenque no sabe hacer las cosas! ¡Ah! ¿Y sabés lo que me dijo también al principio?... Que sabía muy bien que don Juan Luis había estao en casa aquel día que yos fuiste, Prudencia, a pasar conmigo. Qué temeridad, ¿no?...



Escena XI

 

MARTINIANA, RUDECINDA, DOÑA DOLORES, PRUDENCIA y ROBUSTIANA.

 

ROBUSTIANA.-   (Aparece demudada, sosteniéndose en el marco de la puerta, con voz muy débil.)  ¿Me quieren dar un poco de agua?

RUDECINDA.-  Ahí está el barril.

ROBUSTIANA.-   (Tose, tapándose la boca con un pañuelo que debe estar ligeramente manchado de sangre.)  ¡No... puedo!

MARTINIANA.-  ¿Cómo te va, hija?... ¡Che!... ¿Qué tenés?  (Acude en su ayuda.)  Vengan, que a esta muchacha le da un mal...

DOÑA DOLORES.-   (Alarmada.)  Hija... ¿Qué te pasa?

MARTINIANA.-   (Avanza sosteniéndola.)  ¡Coraje, mujer! No es nada, no se aflija... Con un poco de agua...

PRUDENCIA.-   (Que se ha acercado llevando el agua.)  Tomá el agua. ¡Parece que echa sangre!

RUDECINDA.-  ¡De las muelas será!... ¡Más mañera esa zorra!

ROBUSTIANA.-   (Bebe un sorbo de agua, sofocada siempre por la tos, y a poco reacciona un tanto.)  No fue nada... Llévenme adentro.

DOÑA DOLORES.-  ¡Virgen Santa! ¡Qué susto!

MARTINIANA.-   (Conduciéndola con PRUDENCIA.)  Hay que cuidar, hija, esa tos. Así... empiezan todos los tísicos... Yo siempre le decía a la finadita hija de don Basilio Fuentes... Cuidate, muchacha... Cuidate muchacha, y ella...

 

(Mutis.)

 


Escena XII

 

DOÑA DOLORES, RUDECINDA, luego MARTINIANA y PRUDENCIA.

 

DOÑA DOLORES.-  Esta hija todavía nos va a dar un disgusto; verás lo que te digo.

RUDECINDA.-  No te preocupés. De mimosa lo hace. Pa hacer méritos con el bobeta del padre.

DOÑA DOLORES.-  ¡No exagerés! ¡Enferma está!

RUDECINDA.-  Bueno... pero la cosa no es pa tantos aspavientos.

MARTINIANA.-   (Reapareciendo con PRUDENCIA.)  ¡Ya está aliviada!

DOÑA DOLORES.-  ¿Se acostó?

MARTINIANA.-  Sí... Vestida no más... Sería bueno que usted fuera a verla, doña Dolores... ¡y le diera un tecito de cualquier cosa!

DOÑA DOLORES.-   (Disponiéndose a ir.)  Eso es... Un té de sauco, ¿será bueno?

MARTINIANA.-  Sí, o si no mejor una cucharada de aceite de comer... Suaviza el caño de la respiración.

 

(DOÑA DOLORES mutis.)

 


Escena XIII

 

RUDECINDA, MARTINIANA y PRUDENCIA.

 

RUDECINDA.-  Y después, comadre, ¿qué pasó?

PRUDENCIA.-  Tata se fue y...

MARTINIANA.-  Y nada más.

PRUDENCIA.-  ¿Qué noticias nos trae?

RUDECINDA.-  No tenga miedo...

MARTINIANA.-  Bueno; dice don Juan Luis que no halla otro remedio, que ustedes deben apurarse y convencer a doña Dolores y mandarse mudar con ella pa la estancia vieja... El día que ustedes quieran él les manda el breque al camino y... ¡a las de juir!...

PRUDENCIA.-  ¿Y Robusta? ¿Y tata?

RUDECINDA.-  ¿Y Aniceto?

MARTINIANA.-  Ése es zonzo de un lao... A Robusta la llevan no más, y en cuanto al viejo, ya verán cómo poniéndole el nido en la jaula, cae como misto. Ta aquerenciadazo con ustedes. Y más si le llevan a la gurisa.

RUDECINDA.-  ¿Y cómo?

PRUDENCIA.-  Yo tengo miedo por tata. ¡Es capaz de matar a Juan Luis!

MARTINIANA.-  ¡Qué va a matar ése! Y además, no tiene razón, porque don Juan Luis no se mete en nada. Son ustedes mesmas las que resuelven. ¿Por qué le van a consentir a ese hombre, después que las ha derrochado el güen pasar que tenían, que las tenga aquí encerradas y muriéndose de hambre? ¡No faltaría más! ¡Si juese pa algo malo, yo sería la primera en decirles: no lo hagan! Pero es pal bien de todos, hijas. Ustedes se van allá: primero lo convencen al viejo y después a vivir la güena vida. Vos con tu Juan Luis, que tal vez se case pronto, como me lo ha asigurao; usted, comadre, con su comisario... que me han dicho que anda en tratos de arriendo pa poblar y ayuntarse... ¿eh? Se pone contenta y todo como antes.

PRUDENCIA.-  Sí, la cosa es muy linda. Pero tata, tata...

MARTINIANA.-  ¡Qué tanto preocuparte del viejo! Peor sería que juyeras vos sola con tu rubio, como sucede tantas veces; demasiado honrada que sos entuavía, hijita. A otros más copetudos que el viejo Zoilo les han hecho doblar el cogote las hijas, por meterse a contrariarles los amores. Ustedes no van acometer ningún pecao, y además, si el viejo tiene tanta vergüenza de vivir como él dice de prestao, miás vergüenza debería de darle mantenerse a costillas de un pobre como el tape Aniceto, que es el dueño de todo esto.

RUDECINDA.-  Claro está. Y últimamente, si él no quiere venirse con nosotras, que se quede; pa eso estaremos Dolores y yo, pal respeto de la casa... ¡qué diablos!  (Resuelta.)  ¡Se acabó! Voy a conversar con Dolores y verás cómo la convenzo.

 

(Vase.)

 

MARTINIANA.-  ¡Así me gusta, comadre! Las mujeres han de ser de resolución.



Escena XIV

 

PRUDENCIA y MARTINIANA.

 

PRUDENCIA.-  Rudecinda no sabe nada de aquello, ¿verdad?

MARTINIANA.-  ¡Qué esperanza! ¿Te has creído que soy alguna...? ¡No faltaba más!

PRUDENCIA.-  No sé por qué me parece que anda desconfiada.

MARTINIANA.-  No hagas caso. Hacé de cuenta que todo ha pasao entre vos y él. Además, pa decir la verdá, yo no vide nada... Taba en la cachimba lavando.

PRUDENCIA.-  ¡Pschss!



Escena XV

 

PRUDENCIA, MARTINIANA y DON ZOILO.

 

DON ZOILO.-   (Saliendo.)  ¿Ande está Robustiana?

PRUDENCIA.-  Acostada.

 

(DON ZOILO vase.)

 

MARTINIANA.-  Mire, don Zoilo. Tiene que cuidar mucho a esa gurisa; no la hallo bien. No me gusta ningún poquito esa tos.



Escena XVI

 

PRUDENCIA, MARTINIANA y RUDECINDA.

 

RUDECINDA.-   (Aparece.)  No pude hablar con Dolores; pero es lo mismo. ¿Pa cuándo podrá ser, comadre?

MARTINIANA.-  Cualquier día. No tiene más que avisarme. Ya saben que pa obra güena siempre estoy lista.

RUDECINDA.-  Bueno; pasao mañana. ¿Te parece, Prudencia? ¡O mejor, mañana no más!



Escena XVII

 

PRUDENCIA, MARTINIANA, RUDECINDA, ANICETO y el SARGENTO MARTÍN.

 

ANICETO.-   (Saliendo con el SARGENTO MARTÍN.)  ¡Pase adelante!

EL SARGENTO MARTÍN.-  Güen día.  (A RUDECINDA.)  ¿Cómo le va, doña?  (A PRUDENCIA.)  ¿Qué tal moza? ¿Qué hace, ña Martiniana?

PRUDENCIA.-  ¿Cómo está, sargento? ¿Y el comisario?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Güeno. Les manda muchos recuerdos y esta cartita pa usté.

RUDECINDA.-  Está bien, gracias.

MARTINIANA.-  ¿Anda de recorrida o viene derecho?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Derecho... Vengo en comisión.  (Volviéndose a ANICETO.)  ¡Ah!... Y con usted tampoco anda muy bien el comisario. Dice que a ver por qué no jue a la reunión de los otros días; que si ya se ha olvidao que hay elecciones, y superior gobierno, y partidos.

ANICETO.-  Digalé que no voy ande no me convidan.

EL SARGENTO MARTÍN.-  ¡No se retobe, amigazo! ¡La política anda alborotada y no es güeno estar mal con el superior! ¿Y don Zoilo?  (A RUDECINDA.)  Me dijo el capitán que no se juesen a asustar las mozas, que no es pa nada malo. Estará un rato en la oficina. Cuando hablen con él, lo largan.



Escena XVIII

 

PRUDENCIA, MARTINIANA, RUDECINDA, ANICETO, el SARGENTO MARTÍN y DON ZOILO.

 

DON ZOILO.-   (Saliendo.)  ¿Qué andás queriendo vos por acá?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Güen día, viejo. Aquí andamos. Este... vengo a citarlo.

DON ZOILO.-  ¿A mí?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Es verdá.

DON ZOILO.-  ¿Pa qué?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Vaya a saber uno... Lo mandan y va.

DON ZOILO.-  ¿Y no tienen otra cosa que hacer que molestar vecinos?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Así será.

 

(BATARÁ se asoma, escucha un momento la conversación y se va.)

 

DON ZOILO.-  Ta güeno. Pues... Decile a Butiérrez que si por casualidad tiene algo que decirme, mande o venga. ¿Me has oído?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Es que vengo en comisión.

DON ZOILO.-  ¡A mí qué me importa!

EL SARGENTO MARTÍN.-  Con orden de llevarlo.

DON ZOILO.-  ¿A mí? ¿A mí?

EL SARGENTO.-  Eso es.

DON ZOILO.-  ¿Pero han oído ustedes?

EL SARGENTO MARTÍN.-   (Paternal.)  No ha de ser por nada. Cuestión de un rato. Venga no más. Si se resiste, va a ser pior.

MARTINIANA.-  Claro que sí; deve ir no más a las güenas. ¿Qué saca con resistir a la autoridá?

DON ZOILO.-  ¡Callá esa lengua vos! Vamos a ver un poco; ¿no estás equivocado? ¿Vos sabés quién soy yo? ¡Don Zoilo Carabajal, el vecino don Zoilo Carabajal!

EL SARGENTO.-  Sí, señor. Pero eso era antes, y perdone. Aura es el viejo Zoilo, como dicen todos.

DON ZOILO.-  ¡El viejo Zoilo!

EL SARGENTO MARTÍN.-  Sí, amigo; cuando uno se güelve pobre, hasta el apelativo le borran.

DON ZOILO.-  ¡El viejo Zoilo! Con razón esa mulita de Butiérrez se permite nada menos que mandarme a buscar preso. En cambio, él tiene aura hasta apellido... Cuando yo le conocí no era más que Anastasio, el hijo de la parda Benita. ¡Trompetas!  (A voces.)  ¡Trompetas! ¡Trompetas, canejo!

ANICETO.-  No se altere, padrino. A cada chancho le llega su turno.

DON ZOILO.-  ¡No m'he de alterar, hijo! ¡Tiene razón el sargento! ¡El viejo Zoilo y gracias! ¡Pa todo el mundo! Y los mejores a gatas si me tienen lástima. ¡Trompetas! Y si yo tuviera la culpa, menos mal. Si hubiese derrochao; si hubiese jugao; si hubiese sido un mal hombre en la vida; si le hubiese hecho daño a algún cristiano, pase; lo tendría merecido. Pero jui bueno y servicial; nunca cometí una mala acción, nunca... ¡canejo!, y aura, porque me veo en la mala, la gente me agarra pal manoseo, como si el respeto fuese cosa de poca o mucha plata.

EL SARGENTO MARTÍN.-  Eso es. Eso es.

RUDECINDA.-  ¡Ave María! ¡No exagerés!

DON ZOILO.-  ¡Que no exagere! ¡Si al menos ustedes me respetaran! Pero ni eso, canejo. Ni los míos me guardan consideración. Soy más viejo Zoilo pa ustedes, que pal más ingrato de los ajenos... ¡Vida miserable! Y yo tengo la culpa. ¡Yo!... ¡Yo! ¡Yo! Por ser demasiado pacífico. Por no haber dejao un tendal de bellacos. ¡Yo... tuve la culpa!  (Después de una pausa.)  ¡Y dicen que hay Dios!...

 

(Pausa prolongada; las mujeres, silenciosas, vanse por foro. DON ZOILO se pasea.)

 


Escena XIX

 

DON ZOILO, ANICETO, el SARGENTO MARTÍN y luego BATARÁ.

 

DON ZOILO.-  Está bien, sargento. Lléveme no más. ¿Tiene orden de atarme? Proceda no más.

EL SARGENTO MARTÍN.-  ¡Qué esperanza! Y aunque tuviese. Yo no ato cristiano manso.

DON ZOILO.-  ¿No sabe qué hay contra mí?

EL SARGENTO MARTÍN.-  Decían que una denuncia de un vecino.

DON ZOILO.-  ¡También eso! ¡Quién sabe si no me acusan de carniar ajeno! Lo único que me faltaba...

BATARÁ.-   (Que se ha aproximado por detrás del rancho a ANICETO.)  Si quieren resistir, le escondo la carabina al milico.

ANICETO.-  ¡Salí de acá!

DON ZOILO.-   (Al SARGENTO MARTÍN.) Cuando guste... Tengo el caballo ensillao.  (A ANICETO.)  Hasta la güelta, hijo. Si tardo, cuidame mucho a la gurisa... que la pobrecita no está nada bien.

ANICETO.-  Vaya tranquilo.

DON ZOILO.-  Güeno. Marcharé adelante como preso acostumbrao.

EL SARGENTO MARTÍN.-   (A ANICETO.)  ¡Salú, mozo!

 

(Mutis. BATARÁ le sigue azorado.)

 


Escena XX

 

ROBUSTIANA y ANICETO.

 

ROBUSTIANA.-   (Saliendo.)  Aniceto... ¿Y tata?

ANICETO.-  Ahí lo llevan.

ROBUSTIANA.-  Preso, ¿verdad?

ANICETO.-  Preso.

ROBUSTIANA.-   (Echándose a correr.)  ¡Ay, tatita!

ANICETO.-   (Deteniéndola.)  ¡No, no vaya! Se afligiría mucho...

ROBUSTIANA.-  ¡Tata no ha dao motivo! ¡Lo llevan pa hacerle alguna maldad! Déjeme ir. ¡Yo quiero verlo! ¡Yo quiero verlo! Capaces de matarlo. ¡Largueme!

ANICETO.-  Venga acá. No se aflija. Es pa una declaración.

ROBUSTIANA.-  ¡No, no, no, no! ¡Usted me engaña! ¡Ay, tatita querido!  (Llora desconsolada.) 

ANICETO.-  Calmesé... no sea mala.

ROBUSTIANA.-  ¡Aniceto! ¡Aniceto! El corazón me anuncia desgracia; ¡dejemé ir!

ANICETO.-  ¿Qué sacaría con afligir más a su tata? Es una injusticia que lo prendan sin motivo. ¡Pero qué le hemos de hacer! Calmesé y esperemos. Antes de la noche lo tendremos de vuelta.

ROBUSTIANA.-  ¿Pero y mama? ¿Y Prudencia? ¿Y la otra? ¿Qué han hecho por tata?

ANICETO.-  ¡Nada, hija! Ahí andan con el rabo caído, con vergüenza dejuramente.

ROBUSTIANA.-  ¡Qué idea! ¡Tal vez ellas no más!... Serían capaces las infames.  (Enérgica.)  ¡Oh!... Yo lo he de saber.

ANICETO.-  ¡Quedesé quieta; no se meta con esas brujas que es pa pior!

ROBUSTIANA.-  Sí; son ellas, son ellas pa quedar más libres. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué infames!

ANICETO.-  No sería difícil. Pero calmesé. Tal vez todo eso sea pa mejor. No hay mal que dure cien años... Estese tranquilita y tenga paciencia.

ROBUSTIANA.-  ¡Ah! Usted es muy bueno. El único que lo quiere.

ANICETO.-  ¡Bien que se lo merece! Amalaya me saliera bien una idea y verán cómo pronto cambiaban las cosas.

ROBUSTIANA.-  ¿Qué idea? Cuéntemela.

ANICETO.-  Después; más tarde.

ROBUSTIANA.-  ¡No! ¡Ahora! Dígamela pa consolarme.

ANICETO.-  Bueno; si me promete ser juiciosa... ¿Se acuerda lo que hace un rato me decía hablando de novios?

ROBUSTIANA.-  Sí.

ANICETO.-  Pues ya le tengo uno.

ROBUSTIANA.-   (Sorprendida.)  ¿Cómo yo quería?

ANICETO.-  Igualito... De modo que si a usted le gusta... un día nos casamos.

ROBUSTIANA.-  ¡Ay, Jesús!

ANICETO.-  ¿Qué es eso, hija? ¿Le hice mal? Si hubiera sabido...

ROBUSTIANA.-  No... un mareo. ¿Pero lo dice de veras?  (Asentimiento.)  ¿De veras? ¿De veras?  (Íd.¡Ay!... Aniceto... Me dan ganas de llorar... de llorar mucho. Mi Dios, ¡qué alegría!

 

(Llora estrechándose a ANICETO que la acaricia enternecido.)

 

ANICETO.-  ¡Pobrecita!

ROBUSTIANA.-  ¡Qué dicha! ¡Qué dicha! ¿Ve? Ahora me río... De modo... que usté me quiere... ¿Y... usté cree que yo me voy a curar y a poner buena moza... y nos casamos? ¿Y viviremos con tata los tres, los tres solitos? ¿Sí? Entonces no lloro más.

ANICETO.-  ¿Aceta?

ROBUSTIANA.-  ¡Dios! ¡Si me parece un sueño! Vivir tranquilos sin nadie que moleste, queriéndose mucho; el pobre tata, feliz, allá lejos... en una casita blanca... Yo sana... sana... ¡En una casita blanca!

 

(Radiante, va dejando resbalar la cabeza sobre el pecho de ANICETO.)

 



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