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Monografía sobre los refranes, adagios y proverbios castellanos y las obras o fragmentos que expresamente tratan de ellos en nuestra lengua


José María Sbarbi y Osuna






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Prólogo


Cuando me decidí a tomar la pluma para escribir una Monografía de Literatura española con motivo del certamen convocado por la Biblioteca Nacional de esta Corte en 14 de Febrero del año actual de 1871, fue mi primer objeto estudiar qué materias podrían ser útiles y provechosas a los fines que dicha sabia Corporación se propone, y cuáles inútiles, o, cuando menos, indiferentes; no relegando, empero, al olvido la circunstancia imperiosa de que pudieran estar aquéllas en armonía con mi modo de ser, dado que el hombre de más alcances, de cuya altura estoy yo tan distante como el sol lo está de la tierra, no puede ser enciclopédico o universal. Mas a poco de haberme reconcentrado en mí mismo, eché de ver que el primero de los supuestos enunciados era falso, y por tanto caía de plano bajo su peso; porque, bien considerado, no hay seguramente asunto alguno en el terreno bibliográfico que no proporcione mayor o menor utilidad, atendidos los diversos respectos bajo que se presta a ser considerado. Y en prueba de ello: ¿se trata de redactar una monografía sobre todos los libros impresos en una población, o por un solo sujeto? Ésos son nuevos datos para la historia de la Tipografía nacional en general, o de uno de sus individuos en particular. ¿Propónese cualquiera colectar la totalidad de ediciones góticas publicadas en nuestro suelo? He aquí una nueva apreciación para la misma historia, donde el último libro traza la línea, de demarcación, cual otro Alejandro VI, entre el uso de aquellos caracteres y los hoy reinantes. ¿Intenta otro resumir todos los tratados escritos acerca de cualquier ciencia o arte? Pues, a la verdad, no se podría prestar mayor servicio a aquel que quisiera conocer a fondo ese arte o ciencia, que desplegar ante su vista un cuadro sinóptico que le señale como con el dedo las fuentes todas, para que pueda discernir las aguas potables y cristalinas de las salobres y cenagosas.

A estas y otras muchas consideraciones que me asaltaron en aquella ocasión con el motivo que expuesto queda, y que sería proceder en infinito tratar de referir ahora, se agregó el recordar yo que, cuando años pasados intenté allegar los materiales indispensables para escribir una Gramática de las Gramáticas de la Lengua Castellana, obra que fuera el reflejo y como la quinta esencia de nuestros clásicos preceptistas de todas épocas en este ramo de la enseñanza, y a cuyo fin conservo guardados no pocos apuntes en expectativa de mejor ocasión, desistí por entonces de mi intento viendo el inmenso tiempo que perdía, al tratar de adquirir noticias de nuestros textos gramaticales, con detrimento de mis principales y más urgentes ocupaciones, y el justo y fundado temor que me sobrecogiera de presentar un trabajo incompleto; sin cuyos inconvenientes, de presumir es que ya hubiera visto satisfechas mis más nobles aspiraciones, que propenden, con preferencia a todo, al estudio analítico, comparativo y detenido de nuestra hermosa, grave y sonora lengua castellana: de esa lengua de la cual dijera nuestro monarca Carlos V que es la más a propósito para hablar con Dios.

Ahora bien: una de las fuentes más sabrosas y abundantes en que es preciso beber, para agotar todos los secretos portentosos de nuestro idioma, ¿quién duda que es el estudio paremiológico1 o de los Refranes? Por otra parte, ¿a qué capacidad, por limitada que sea, se le podrá ocultar nunca la gran importancia que en sí entrañan, bajo cualquier aspecto que se les considere, y el inmenso servicio que prestan al hombre en las diversas fases de su vida? Últimamente, ¿quién, osaría desconocer el valor qué en sí atesora este estudio2, cuando las plumas de varones los más reputados en nuestra Literatura se emplearan en obsequio suyo? Pues todo esto, junto con lo agradable y recreativo de semejante linaje de trabajos, me ha hecho preferirlo a todos los demás: que no es poco el terreno que se tiene adelantado en la marcha de los estudios en general, cuando, distantes de nosotros las espinas y la aridez, se desenvuelve a nuestra vista el gran misterio para adquirir la ciencia de un modo más llevadero, el cual consiste en el difícil maridaje de lo útil con lo agradable.

En tal concepto, he juzgado que quien escribe una obra de esta índole no satisface debidamente a su compromiso con sólo redactar un catálogo más o menos extenso Y razonado de todas las obras que haya podido recoger y traerse a la vista alusivas a su objeto especial, y mucho menos si las noticias que apunta son puramente citas de referencia; sino que al poner en manos del lector tan precioso tesoro, de su obligación es instruirle al propio tiempo en el uso acertado que de ese tesoro debe hacer, y acerca de las varias aplicaciones que para su utilidad y provecho puede llegar a darle. Por eso, antes de hacerle yo la entrega por inventario de semejantes joyas literarias, o séase el Catálogo, le presento las instrucciones que estimo conducentes a manejar aquel caudal, esto es, la Disertación, tratando de amenizar siempre lo más posible el estudio, para hacerlo todavía más grato e insinuante.

No dudo que más de lo que digo yo se podría decir aún en este particular; pero ni el tiempo de que he podido disponer, por una parte, pues no me ha sido dable comenzar este trabajo hasta principios de junio por causas ajenas a mi voluntad, ni mi insuficiencia por otra, me permitieran traspasar los límites señalados. Tampoco se me oculta que podrán existir más obras de esta índole, las cuales, unidas a las que componen mi Catálogo, lo hubieran hecho más copioso y recomendable; pero ni éstas han llegado a mi noticia, a pesar de mis activas diligencias, ni a la de varias personas doctas y competentes en la materia, cuyo voto para mí es digno de la mayor consideración3. De otro lado, aunque el ramo paremiológico es uno de los más interesados en nuestra literatura, con todo, podemos decir de él que, siendo a la manera de un vastísimo campo cargado de sazonada y abundante mies, todavía está esperando a que muchos labradores vengan a continuar la recolección que los antepasados dejaron suspensa; o bien, semejante a una rica mina que, descubiertos y beneficiados algunos de sus filones, aún se halla muy distante de ser agotada: por esta razón el número de nuestras obras paremiológicas es sumamente reducido, si se compara con el de otras materias. Entre tanto nos cabe la satisfacción de decir que, reducido y todo, supera con mucho al que pueda ostentar cualquier otra nación del mundo civilizado. Y he aquí, cuando menos lo esperábamos, cómo en este simple hecho tenemos un dato asaz elocuente, no sólo de la altura a que se encuentra en nuestro país esta clase de estudios, sí que también con respecto a los demás. Como quiera que sea, la presente obra es la primera de este género que ve la luz en nuestro suelo, y estoy seguro que en el Catálogo registrarán algunos bibliófilos, por otra parte muy avezados a ver libros raros, alguna que otra joya literaria de la cual no tenían ninguna noticia, o, si la tenían, inexacta o incompleta. ¿Sería, por tanto, exagerado decir que mi trabajo es semejante a un magnífico ramillete de flores casadas con multitud de hojas, embalsamadoras unas, inodoras otras, pero que de todos modos contribuye cada cual por su parte a la mayor donosura y realce de aquél? No lo creo así, dado que las flores son las obras aquí coleccionadas, patrimonio de los varones más o menos dignos que nos las donaran; el follaje es mi legado.

Al formular la censura de algunas producciones, he tratado de comportarme siempre sin perder de vista las circunstancias que deben resaltar en el crítico digno de la tal denominación; esto es: fundando el dictamen en pruebas irrecusables en cuanto al fondo; y, tocante a la forma, guardando el respeto a que es acreedor todo individuo o corporación en sociedad, y que por su parte se merece la dignidad del mismo que juzga, para no incurrir en adulación, si se trata de alabar, ni en ofensa, si de vituperar.

Una vez expuesto el motivo que me estimuló a tomar la pluma para producir este pequeño, aunque interesante fruto, por más que no esté sazonado, y los medios de que para ello me he valido, permítaseme concluir, no sin alegar antes tres razones, dignas, en mi concepto, de ser tomadas en consideración, y que hasta cierta altura vienen a ser como un resumen de cuanto acabo de exponer. Sea la primera: Que robustece mi creencia de no existir ramo inútil o insignificante en el terreno bibliográfico, el hecho de no especificar asunto alguno concreto la Biblioteca Nacional, dejando a la voluntad de los opositores escoger el que más les viniere en grado; 2 ª: Que el día en que lleguemos a poseer un Inventario-bibliográfico-nacional completo, cuyos auxiliares son las Monografías de esta índole, será el en que podamos conocer y dar a conocer a las demás naciones lo que vale nuestra literatura y los hombres de alta talla que la crearan, cultivaran y perfeccionaran a costa de sus afanes y sudores; y, por último: Que un trabajo de la índole del que presento, no puede salir perfecto, ni mucho menos, de primera intención, viniendo a ser como la piedra angular sobre que ha de levantarse más adelante un gran edificio, o como los datos para obtener la fórmula.

En tal supuesto, me atrevo a presentar a la censura de Tribunal tan justificado, como el que me espera, el fruto de mis desvelos en este terreno, animado por aquel axioma literario de nuestro esclarecido Iriarte, que dice:


Grande es, si es buena, una obra;
si es mala, toda ella sobra.








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Parte I



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Disertación


Acerca de la índole, importancia y uso de los refranes, etc.



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- § I -


Diversos nombres con que designa nuestra lengua la variedad de dichos.-Etimología.


Al emprender nuestra MONOGRAFÍA paremiológica, nos creemos ante todo en el deber indeclinable de imponer justos límites a la significación de las diversas palabras que representan en concreto la idea revelada en abstracto por la voz Dicho, esto es, aquella expresión sucinta de uso más o menos común, casi siempre doctrinal o sentenciosa, célebre, y, por lo regular aguda, con novedad en su aplicación, antigüedad en su origen y aprobación en su uso: tarea, por cierto, de mayor compromiso que lucimiento, tanto más, cuanto que poco se han ocupado en el particular nuestros filólogos, y, para eso, incurriendo en confusiones y contradicciones mil.

Ahora bien; el Dicho, o es vulgar, o no: si lo primero, toma el nombre de Refrán; si lo segundo, el de Adagio o Proverbio. Entran por lo regular en el refrán, como cualidades distintivas, el chiste y la jocosidad, alguna vez la chocarrería, y no pocas el simple sonsonete; en el adagio, la madurez y gravedad propias de la moral sentenciosa; y en el proverbio, la naturalidad y sencillez peculiares al relato de algún suceso acaecido en tiempo anterior. En una palabra: el refrán es, por lo regular, festivo; el adagio, doctrinal; el proverbio, histórico. Así pues, hablando en todo rigor,

Por un perro que maté, me pusieron, mataperros;

Quien no castiga culito, no castiga culazo;



y

Horozco, no te conozco,



son dichos que pertenecen a la clase de refranes;

Ninguno puede servir a dos señores;

Haz bien, y no cates a quién;



y

Come poco, cena más, duerme en alto y vivirás,



a la de adagios; y

No es por el huevo, sino por el fuero;

Villanos te maten, Alfonso;



y

Marta la piadosa,



a la de proverbios. En todas tres clases reina igualmente el sentido literal que el metafórico o parabólico, siendo, empero, aquél más propio del refrán y adagio, y éste del proverbio. Sin embargo, cumple a nuestro intento decir que, a pesar de la distinción que acabamos de establecer, el uso común, así de los doctos como del vulgo, se desentiende frecuentemente de ella, siendo una prueba latiente de esta verdad la práctica adoptada por nuestra Academia de la Lengua al calificar indistintamente de refrán a todo dicho que define, pues muy contada vez emplea la palabra proverbio en medio del caudal tan rico que de este linaje de frases hace gala en las columnas de su Diccionario, y nunca la de adagio. Asimismo debemos advertir aquí que los dichos sentenciosos compuestos por algún escritor se han producido en nuestra lengua, a imitación de los de Salomón, con el dictado de Proverbios, y no con el de Adagios; título que nos parece sería más adecuado a su objeto y más conforme con su etimología, como veremos más adelante.

Sea lo que quiera, esta ciencia natural, hija del transcurso de los tiempos y de la más constante observación divertida a cuantos fenómenos se resuelven al lado del hombre en el orden intelectual, religioso y material, según tendremos ocasión de demostrarlo en su lugar, se ha conocido sucesivamente con los nombres de Evangelios chicos o abreviados, Filosofía vulgar y Sabiduría de las naciones, atento al cúmulo considerable de verdades prácticas que en sí atesora la totalidad de dichas sentencias, y a la fórmula breve y gráfica con que de ordinario son enunciadas.

No tardaron en conocer los hombres aplicados a las ciencias, a las letras y a las artes, que los principios esenciales y constitutivos de aquéllas no tenían necesidad de ser expresados para su inteligencia mediante largas disertaciones; antes al contrario, que esas disertaciones no eran ni más ni menos que el desarrollo o desenvolvimiento de una sentencia, verdadero germen que en sí llevaba aquel principio de fecundidad; y comprendiendo, por otra parte, que no a todos es dado el poseer vasto talento, como asimismo que aun el ingenio más perspicaz necesita ser auxiliado en su memoria por medio de un compendio o prontuario en que se resuman con la mayor concisión las verdades capitales sobre que se basa cualquier ramo del saber humano, obraron de un modo análogo al que pone en práctica la Farmacia cuando, apoderándose de una porción de simples, en lugar de administrarlos unos en pos de otros y en gran cantidad para combatir una afección dada, extrae su quinta esencia con el objeto de propinarlos reducidos a pequeñas dosis en dorada píldora, y a fin de obtener más pronto y eficaz resultado. Pero, orgullosa la ciencia al contemplar su más elevado origen; nacida en las aulas; alimentada con los libros y fortalecida con los experimentos facultativos, desdeñó el aplicar a las sentencias emanadas de su seno el nombre popular de refranes, o el más culto de proverbios o adagios; y así, las denominó sucesiva y arbitrariamente axiomas, máximas o aforismos.

Las ocurrencias célebres de personas ilustres por cualquier concepto, o constituidas en elevada posición, recibieron igualmente un dictado particular provenido del griego: el de apotegmas; pero de éstos no nos incumbe tratar en nuestra MONOGRAFÍA, así porque, realizando un hecho dentro de una esfera limitada, se relacionan más particularmente con la vida de un individuo y se sustraen, por tanto, a la jurisdicción de la multitud, cuanto porque suelen carecer dichas ocurrencias del laconismo que distingue al Refrán. Con todo, alguno que otro de esos apotegmas ha pasado con el tiempo al dominio del vulgo, por encontrarle éste oportuna aplicación, y en su consecuencia lo ha registrado ya en los anales de su Filosofía.

Por lo que atañe a la etimología de estas palabras, si difícil nos ha sido trazar los linderos de la heredad de cada una, no nos será más fácil ciertamente el averiguar su abolengo. Parécenos, empero, que siendo la mayor parte de los proverbios en su uso una aplicación nueva de un principio antiguo, o valiéndonos de otros términos, la sustitución actual de un dicho notable, proferido anteriormente en iguales o parecidas circunstancias, a cualquier expresión común y trivial que en el momento se nos ocurriera naturalmente, se resuelve dicho término en la frase latina verbum PRO VERBO, esto es, una palabra o frase empleada en lugar de otra, un verbo POR otro VERBO. Hácenos doble fuerza para discurrir así el ver que también usaban los romanos la voz Proloquium, de donde nuestro proloquio, aunque poco usado entre nosotros, como si dijéramos igualmente eloquium PRO ELOQUIO, Un modo de hablar por otro, eloquio POR ELOQUIO, que dirían antiguamente nuestros padres.

Tocante a la etimología de adagio (adagium), parece lo más puesto en razón que se deriva de ad agendum, pues nos estimula a obrar aquello que nos enseña.

Por lo que respecta a la palabra refrán, juzgamos que tomó esta denominación en Castilla, o porque se dice o refiere aludiendo a algún caso particular, fábula u ocurrencia, de donde por dicho aprobado y célebre quedó en poder del uso común, o ya porque la multitud lo repite o refiere frecuentemente en sus conversaciones. Asimismo, en atención a decirlos repetidas veces, tomaron el nombre de Dichos. Y aquí es de notar que teniendo, la lengua francesa, nuestra hermana, la palabra refrain, no signifique ésta refrán, sino estribillo. Bien es verdad que hasta cierta altura el refrán participa algo de la índole propia del estribillo: sin embargo, aplicada entre nosotros semejante palabra de un modo concreto al asunto de los refranes, recaería más bien sobre la repetición de uno mismo, que no sobre ese uso frecuente de todos ellos sin distinción. Como quiera que sea, no nos parece tan aventurado decir que el no significar en francés la palabra refrain lo mismo que nuestra voz refrán es acaso debido a que los naturales de aquel país no son, ni con mucho, tan pródigos en el uso de los refranes en sus conversaciones como nosotros.

En el lenguaje de nuestros antepasados, venerable por su antigüedad, se usó la voz retráer como equivalente a refrán, según lo acredita el siguiente ejemplo del Arcipreste de Hita, que escribió a principios del siglo XIV:


Verdad es la que dicen los antiguos retráeres:
Quien en l'arenal siembra, non trilla pegujares.



Llamóseles también palabras o verbos, como si dijéramos dicho o expresión por excelencia; ensiemplos, por el ejemplo que ponían a la vista para su imitación; castigos y castigamientos, a causa de la corrección o enseñanza que en sí encerraran; fabliellas, en atención a ser la moraleja de alguna fábula o apólogo; y, últimamente, brocárdicos, importando tal vez esa denominación del francés brocard, en cuyo idioma significa en la actualidad pulla o dicho chistoso y picante, y antiguamente aforismo de jurisprudencia, nombre originado, según las mayores probabilidades, de Burchardo, obispo de Worms, o Vormacia, célebre escritor del siglo XI y preceptor de Conrado el Sálico, quien se dedicó a escribir para instrucción de sus diocesanos sobre materias eclesiásticas y jurídicas bajo la forma de sentencias, dando por resultado una obra en folio intitulada Recopilación de Cánones, en veinte libros, que vio la luz pública el año de 1549, hoy enteramente olvidada.




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- § II -


Fuentes de donde brotan los dichos


Inagotable es el manantial a que deben su ser los dichos de todos los pueblos. Dejamos apuntado arriba que esta ciencia es hija del transcurso de los tiempos, y de la más constante observación divertida a cuantos fenómenos se resuelven al lado del hombre en el terreno moral, intelectual y material; ahora nos cumple probarlo, recorriendo al efecto unas cuantas regiones de las muchas en que se subdividen estos tres terrenos, y así se hará más palpable que, semejante a la flor, que lo mismo brota espontáneamente en el campo que cultivada en el pensil por el jardinero, o ya regada en la maceta por la blanca mano de la apuesta doncella, exhalando siempre perfumado aroma, de igual manera nace el dicho de boca del rústico, del sabio y del niño, siempre ostentando donosura, lozanía y esbeltez.

Los Libros sagrados nos saldrán fiadores, en primer término, del supuesto que acabamos de sentar, así por la veneración que se merecen, cuanto por la antigüedad a que se remontan. Dejando a un lado El Génesis, Los Números, Los Reyes, con sólo fijar nuestra atención, por lo que respecta al Antiguo Testamento, en El libro de los Proverbios, arsenal abundantísimo, rico minero de máximas y sentencias las más provechosas al bienestar moral, social, y aun material del hombre; y, tocante al Nuevo, en Los Santos Evangelios y Epístolas de San Pablo tenemos materia más que suficiente para acreditar el abolengo de que

El temor de Dios es el principio de la sabiduría;


(Proverb., I, 7.)                


La mujer hacendosa, corona es de su marido,


(Ibid., XXI, 4.)                


Mejor es un bocado de pan seco con gozo, que una casa llena de reses con pendencias4;


(Ibid., XVII, l.)                


Mejor es el buen nombre que muchas riquezas;


(Ibid., XXII, 1.)                


Ninguno puede servir a dos señores;


(Mat., VI, 24.)                


Quien abrojos siembra, espinas coge;


(Id., VII, 16.)                


Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que no que se salve un rico.


(Id, XIX, 24.)                


A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César;


(Id., XXII, 21.)                


Vemos la paja en el ojo ajeno, y no la viga de lagar en el nuestro;


(Id., VII, 3.)                


El que al altar sirve, del altar tiene que comer;


(S. Pablo, 1.ª a los Corintios, IX, 13.)                


y, últimamente, de que

Mejor es casarse, que abrasarse.


(Ibid., VII, 9.)                


Complemento forzoso de aquéllos son los escritos de los PP. de la Iglesia y de los maestros de la Teología, y en sus páginas abundan sentencias del mayor interés; v. gr.:

Todo lo vence el amor;


(S. Jerónimo.)                


Ninguno puede ser juez en causa propia;


(S. Cipriano.)                


Por eso vale el oro mucho, porque escasea;


(S. Agustín.)                


Quien no es bueno para sí, ¿cómo lo será para otro?


(S. Bernardo.)                


La caridad bien ordenada empieza por uno mismo;


(Teología.)                


Quien quita la ocasión, quita el pecado.


(Id.)                


Hasta el Catecismo de la Doctrina Cristiana ha dado margen con alguna que otra de sus expresiones a la creación de mas de un refrán. Sirvan de prueba:

¿Qué quiere decir cristiano?

El quinto, no moler.


Otros dicen:

El onceno, no estorbar;

Contra siete vicios hay siete virtudes.

Doctores tiene la santa madre Iglesia que os sabrán responder.


Los oráculos del paganismo, los repentes agudos y respuestas picantes de los sabios de la antigüedad, los romances, poemas, cantares del pueblo, motes y divisas de la antigua caballería, emblemas, etc., deben ocupar el tercer puesto en el orden que hemos establecido.

Conócete a ti mismo. Este precepto de Quilón, uno de los siete sabios de Grecia, fue considerado por sus compatricios de origen tan superior, que, al decir de Plinio, lo esculpieron en letras de oro sobre el dintel del templo de Delfos, cual si fuera un oráculo emanado de la Divinidad misma5.

Quien da primero, da dos veces;


(Séneca.)                


Di mentira, sacarás verdad;


(Q. Curcio.)                


Mujer, molino y huerta, siempre quieren gran uso;


(Arcipreste de Hita, en su Ensiemplo de los dos perezosos que querían casar con una duenna.)                



Con lo que Sancho sana
Domingo adolece;


(Rabí don Sem Tob. Proverbios morales, número 60.)                



Cosas tenedes el Cid,
que farán fablar las piedras;


(Romance antiguo que empieza: Cuidando Diego Lainez.)                



Mensajero sois, amigo,
non merecéis culpa, non;


(Id. que empieza: Con cartas un mensajero.)                



Tanto el vencedor es más honrado
cuanto más el vencido es reputado:


(Ercilla, Araucana.)                



A la guerra me lleva
mi necesidad:
si tuviera dineros,
no fuera en verdad;


(Cantar antiguo.)                



Ni del Papa beneficio,
ni del Rey oficio;


(Lema de las armas de Medina del Campo, con referencia a sus antiguos privilegios de que no se proveían por Su Santidad las piezas eclesiásticas, como tampoco por el Rey los empleos de república.)

Los poetas cómicos han engrosado considerablemente el vasto océano de los refranes, pues si bien muchos de éstos, que ya estaban en dominio del público, los han puesto a contribución para sembrar sal y donaire en sus producciones teatrales, y algunos hasta han sido empleados como título o distintivo de sus comedias6, no son pocos los que han creado por su parte, mediante frases llenas de agudeza y gracejo, una vez cogidas por la multitud y repetidas de boca en boca por un pueblo admiradory entusiasta, y juez como nadie en el particular. Sirva de modelo para todos, pues la cosecha abunda en nuestro terreno como en ningún otro país del mundo, el siguiente pasaje debido a la inimitable pluma de Moreto en su comedia El lego del Carmen, jorn. 1.ª:

   Un hombre se iba azotando,
por la calle iba corriendo,
y en cuanta taberna hallaba
hacía estación, y se estaba
un cuarto de hora bebiendo.
Díjole uno: mirad que hoy
beber tanto es desvarío;
y él respondió: Señor mío,
mientras bebo, no me doy.

No es menos deudora la Literatura popular, a los fabulistas de todas épocas.


Quien de ajeno se viste, en la calle le desnudan;


El parto de los montes;


Agrillas eran, dijo la zorra;


y otros infinitos refranes, son debidos a la pluma del fecundo Esopo y de su digno imitador Fedro. De igual manera nuestro original Iriarte ha legado a la posteridad, entre otros:


Quien haga aplicaciones,
con su pan se lo coma;


(Fáb. 1.ª)                



Sonó la flauta por casualidad.


(Id. 8.ª)                



¡Gracias al que nos trajo las gallinas!


Y nuestro popular Samaniego:


En diez años de plazo que tenemos,
el Rey, el asno o yo, ¿no moriremos?


(Fábula El Charlatán.)                



Procure ser en todo lo posible,
el que ha de reprender, irreprensible;


(Id. Los dos Perros.)                


e infinitos otros que se deslizan al guarismo.

Y haciendo insistencia sobre este particular, ¿quién duda que, a fuerza de repetirse y de andar de boca en boca tantas y tan bellas sentencias como encierran algunas fábulas en todos géneros de nuestros poetas contemporáneos, no lleguen a convertirse con el transcurso del tiempo en verdaderos refranes, adagios o proverbios? No, nadie osaría dudarlo; antes por el contrario, a todos parecerá hoy muy natural que dentro de pocos años se citarán como tales los siguientes conceptos que, dejando a un lado, por no incurrir en la nota de difuso, los de otros varios fabulistas más o menos insignes de nuestros días, copiamos del Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch7, honra de nuestra Literatura.


¿Hueles a burro tú?, señal de serlo;


(Fáb. XI.)                



El gallo del moral;


(XXX.)                



No se agradece al pequeño
lo que se admira en el grande;


(XXXII.)                



Es grande y noble
convertir en virtudes
imperfecciones.


Las dos seguidillas que componen la fábula VI, intitulada Bizca y amable, cuya moralidad sintetiza el pensamiento anterior, encierran tanta belleza, y están dotadas de tal naturalidad y candor, que no podemos resistir a la tentación, por cierto no del número de las pecaminosas, de trasladarlas a este lugar. No de otra manera nos sería dable, por otra parte, el comunicar tal cual realce a nuestro trabajo que de suyo no tiene, y el dar colorido, lozanía y vigor al cuerpo escuálido de nuestra obra, si no ingiriéramos de vez en cuando joyas de subido precio y de distintos artífices.

Dicen así:


   «Porque tiene los ojos
Bizcos y feos,
No los alza María
Nunca del suelo.
    Dulce y humilde,
Con los párpados bajos
Las almas rinde.
    Respirando su rostro
Santa modestia,
Con los ojos de Venus
Menos valiera.
    Es grande y noble
Convertir en virtudes
Imperfecciones».


Si pretendiéramos tomar nota ahora de todos los refranes y frases proverbiales que deben su origen a caracteres personales, o a sucesos particulares y casos más o menos peregrinos y estupendos, necesitaríamos llenar un libro tal, que por su volumen e interés merecería los honores de ser impreso por separado. Pero no pretendiendo remontar tan alto nuestro vuelo, así por faltarnos las fuerzas para ello, cuanto por no ser de nuestro propósito, limitémonos a exponer el origen de los cuatro siguientes.

Sea el noble sevillano, caballero del hábito de Cristo, D. Jerónimo Carranza, el primero que nos suministre materia para comprobar los antecedentes que acabamos de exponer. Este sujeto, autor de una obra intitulada De la Filosofía de las armas, de su destreza, y de la agresión y defensión christiana, impresa en Sanlúcar de Barrameda año de 1569, y que mereció ser elogiada en elegantes versos por Fernando de Herrera y Cristóbal Mosquera de Figueroa, fue tanto lo que sobresalió en el arte de la esgrima, que por su habilidad en el manejo de las armas y denuedo en acometer, se aplicó después, al que se halla en igualdad de circunstancias, el dicho tan repetido hoy: Envaine V., seor Carranza.

Cuéntase en la vida del V. P. Fernando de Contreras, escrita por el jesuita Gabriel de Aranda, que entre otros sermones que predicó aquel varón de Dios, pronunció uno en presencia de D. Alonso Manrique, Cardenal Arzobispo de la Sede Hispalense, en el cual, estableciendo un parangón entre San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, y aquel Prelado, profirió esta frase como resultado de su paralelo, que hoy se ha hecho vulgar: Él, Alfonso, y vos, Alfonso, ¡cuánto va de Alfonso a Alfonso!

Pasaba una tarde por el antiguo puente de Triana cierto fraile, y fue tanto lo que se obstinó un frutero en que el religioso probara un melón que acababa de calar, y que según él no era más ni menos que un terrón de armíba, que el bueno del padre no pudo sustraerse a sus reiteradas instancias. Mas como quiera que los efectos que produjo la fruta rastrera en el paladar del que la gustaba fuesen diametralmente opuestos a los voceados por el vendedor, a causa de que amargaba el cucumis melo de Linneo de puro pasado, fueron tantos y tales los gestos, ademanes y contorsiones que al escupir el fatal bocado hizo el religioso, que en son de acreditar a los circunstantes el chusco del sevillano no podía sufrirse tanto dulzor, se puso a gritar una y otra vez con todos sus pulmones: ¡Agua al padre, que se empalaga...!

Es tradición constante que aquellas mismas orillas del Guadalquivir presenciaron luengos años ha otro hecho, que originó una exclamación vulgarizada actualmente, y en verdad bastante impía, si se atiende a su esencia, pero disimulable en cuanto a la viveza y oportunidad de los naturales de la tierra de María Zantízima. Es el caso que la distracción o descuido de uno de éstos le hizo perder pie, y de sus resultas precipitarse por un barranco cuyo término era el río; afortunadamente encuentra unas ramas en la mitad de su brusco camino; ásese a ellas y logra salvar su vida, o, por lo menos, librarse del infausto baño que le aguardaba. Todo el concurso exclamó en seguida, como era natural: ¡Gracias a Dios; que ha escapado...! Pero él, aún bajo la impresión del sobresalto, replicó sin detenerse: ¡Gracias a rama; que la voluntad de Dios bien conocida estaba...!

De propósito no hemos querido salir de un mismo recinto geográfico, para acreditar más terminantemente a qué número tan considerable no ascendería el total de los dichos o frases proverbiales que deben su origen a esta especialidad.

Pues en el propio caso nos encontramos por lo que respecta a las cualidades características o privativas de muchos pueblos y provincias, y de sus habitantes, dado que su totalidad se eleva a un guarismo no poco crecido. Y aquí diremos, aunque sea de pasada, la prevención con que en muchas ocasiones debe oír el crítico tales refranes, supuesto que gran parte de ellos carecen de verdad, como dictados por el espíritu de animosidad que preside a unos pueblos respecto de otros, o ya por un excesivo amor propio que no encuentra bueno y digno de elogio más que lo suyo. Y si no, digásenos: ¿no hay en Córdoba, en Burgos ni en Pamplona, hombres, mozos y cuchillos que respectivamente puedan desacreditar, a semejanza del calzado de cabritilla fina, aquello de que

Ni hombre cordobés, ni cuchillo pamplonés, ni mozo burgalés, ni zapato de baldés?


¿No existen a millares en Andalucía personas de uno y otro sexo, y pertenecientes a todas edades y condiciones, formales y probas como las que más? Pues sin embargo, sostiene otro refrán que

Al andaluz, hazle la cruz.


Si a pesar de consejo tan infundado nos decidimos a girar un paseo por Granada, allí resonará en nuestros oídos que

A quien Dios quiso bien, en Granada, le dio de comer;


y si nos trasladamos luego a Sevilla, oiremos decir otro tanto, pero con relación a esta capital. En la misma localidad es sentencia inapelable que


Quien no ha visto a Sevilla,
No ha visto maravilla;


pero la ciudad de la Alhambra le disputará tal preeminencia encareciendo que


Quien no ha visto a Granada,
No ha visto nada.


Y quiera Dios que lo diga muy bajo, para que no se entere la corte de Portugal; porque, de lo contrario, replicará muy finchada que


Quien no vido a Lisboa,
No vido cosa boa.


Y cuenta con que esto último es de lo más razonable que en el particular se puede oír; porque si bien es verdad que se puede ver mucho maravilloso y bueno sin necesidad de poner los pies en Sevilla, en Granada, ni en Lisboa, al fin y al cabo se trata de tres ciudades dignas de la mayor atención, cada cual en su clase, por las muchas relevantes circunstancias que ostentan. Pero ¿qué diremos cuando los encomios recaen sobre pueblos que ni siquiera figuran en el mapa? Entonces contestaremos que no en balde cuenta la Retórica en el número de sus figuras a la antífrasis, por medio de cuyas leyes se permite llamar deslenguado al que tiene sobra de lengua, y Juan Blanco a aquél cuya tez compite con el azabache.

La Historia suministra también por su parte porción no pequeña de hechos más o menos notables y distinguidos que han pasado a la posteridad envueltos en el velo del proverbio.

Allá van leyes do quieren reyes;

No es por el huevo, sino por el fuero;

Soplará el ollero, y alborozarse ha Toledo;

Pasar una noche toledana:


he ahí cuatro refranes históricos que han tenido por cuna a la antigua corte de los visigodos. Júntese a éstos otros cuantos nacidos en el mismo suelo, e infinitos más originados de un país como el nuestro, fértil en toda clase de acontecimientos extraordinarios, ya registrados en sus anales por la Historia, y se obtendrá un aumento considerable en el gran caudal de los refranes.

Semejantes al mar, a cuya vasta masa de agua van a desembocar las de todos los ríos, sin alterar por eso su naturaleza especial, de igual modo reciben los idiomas en su seno, con el transcurso del tiempo, muchas palabras y aun frases de otros extraños que, sin afectar en nada a su índole particular, los aumentan y enriquecen considerablemente. Prueba de este último aserto son en nuestra lengua los refranes:

Un libro grande es un gran mal,


tomado del griego;

Cuando la barba de tu vecino veas pelar, echa la tuya a remojar,


originado del árabe;

El hábito hace al monje,


dimanado del francés;

El tiempo es dinero,


procedente del inglés; y mil otros importados de las demás lenguas que se conocen en el universo.

El trato social ha dado margen desde los tiempos más remotos a que los hombres hayan hecho oportunas observaciones, hijas de una práctica no interrumpida, en orden a la conducta que deben guardar para con el Supremo Hacedor, para consigo mismos, y para con sus hermanos. De código tan precioso cuanto interesante extractaremos tan sólo las siguientes sentencias:

Por oír misa y dar cebada, no se perdió jornada.

Mancebo fui y envejecí, mas nunca al justo desamparado vi.

Obrar bien, que Dios es Dios.

Haz bien, y no cates a quién.

Cuando a Roma fueres, haz como vieres.

Del mal, el menos.

Hasta el cuarenta de Mayo no te quites el sayo.

Pasión no quita conocimiento.

Sobre crudo, puro.


Aquí se nos ocurre una indicación natural, dimanada del asiento que acabamos de hacer de los tres últimos refranes, y es, que el hombre analítico y observador que se dedique al estudio detenido y escrupuloso de los refranes, no debe contentarse con sólo revolver las infinitas páginas de las obras que en nuestro Catálogo Paremiológico vamos a consignar, sino que además debe estudiar en el gran libro de la sociedad, bajo todas sus fases, pues muchos de sus refranes no figuran en ninguna colección de las escritas hasta de presente, empezando por el Diccionario de nuestra Academia, que, en medio de la riqueza que ostenta en este terreno, no apunta los tres últimos susodichos, a pesar de su uso corriente, como ni tampoco:

Echar a perder una olla por un ochavo de especias;

El último mono se ahoga;

Paga adelantada, paga viciosa;

A rey muerto, rey puesto;

Al que quiera saber, mentiras en él;

Ya que el diablo nos lleve, que sea en coche;

Quien no la corre de joven, la corre de viejo;

La fortuna de las feas, las bonitas la desean;

Fea en faja, bonita en plaza;

Quien no tiene memoria, que tenga pies;

El mal camino, andarlo pronto;

El santo enojado, con no rezarle está pagado;

Lo que deja, eso lleva;

Bizcocho de monja, fanega de trigo;

Carrera que no da el caballo, en el cuerpo se le queda;


y mil y mil otros que, hallándose en idénticas circunstancias, sería prolijo e impertinente consignar ahora.

Pero no; permítasenos insistir un poco más sobre este último particular, siquiera a fin de que parodiemos el papel de Ariadna al lado de aquellos Teseos que pretendan salir con más prontitud y acierto del verdadero laberinto que ofrece el tan intrincado cuanto recreativo estudio que hemos tomado por blanco de nuestros desvelos.

Amante nosotros del principio de autoridad, así por inclinación cuanto por convencimiento, creemos que el profesor de cualquier ciencia, arte u oficio es el único voto atendible, por pericial, en aquel ramo del saber humano a que consagrara sus constantes vigilias y no interrumpidas fatigas. Ahora bien; prosiguiendo en nuestro intento de recoger, para estudiarlos después, esos preciosos restos de la Filosofía vulgar conservados oralmente a través de las generaciones y no comprendidos en las diversas compilaciones que de este género hicieran los eruditos, creemos que el paso más acertado que debe dar en semejante terreno el curioso investigador, es consultar a los peritos de todos y cada uno de los diversos ramos en que se subdividen las distintas clases y ocupaciones sociales. Entonces sabrá por boca de los eclesiásticos que

La lana negra, cuanto más se corta más medra,


y que

La Iglesia de Dios, cuando no gotea, chorrea;


en el terreno jurídico aprenderá, y déle muchas gracias a Dios que sea en cabeza ajena, aquella maldición atribuida a la gitana:

Pleitos tengas, y los ganes;


de boca de los jugadores oirá que

Carta echada no es levantada;


la Tauromaquia le dirá que reconoce por uno de sus aforismos aquello de

Toro de cinco, y torero de veinticinco,


como requisito indispensable para que el espectáculo de la lid no deje nada que desear a un público ilustrado y humanitario cuanto entusiasta; el arte culinario le enseñará que, evaporándose el aroma de las especias cuando se aplican a los guisos puestos a la lumbre, es, por tanto, toda

Especia cocida, especia perdida;


en suma, ¿a qué cansar ni cansarnos más, máxime cuando al buen entendedor con media palabra basta? El mundo entero le revelará principios mil, hijos de la experiencia bajo todas las formas posibles, muchos de los cuales, según hemos insinuado arriba, inútilmente pretenderla hallarlos el estudioso en la biblioteca más numerosa y escogida. Porque como quiera que el dicho, considerado en general, es un sainete que sirve para comunicar mejor gusto a los manjares, de cualquier especie que sean, la Literatura lo prohíja siempre, no rehusando nunca el darle entrada en sus múltiples manifestaciones, ora vista el traje de la seriedad, ora el del chiste, ya el de la enseñanza, o bien el de la diversión y recreo: en cuyo concepto podemos aseverar, sin temor de llamarnos a engaño, que raro, muy raro será el libro que haya visto la luz pública, desde Guttenberg hasta nuestros días, que no encierre en su seno alguna o algunas sentencias de uso comuntnente recibido; así como rara, muy rara será también la conversación en que, a la media docena de palabras cambiadas, no se introduzcan algunos refranes que la hagan más sólida y recreativa.




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- § III -


Su importancia, excelencia y utilidad en general


Excusado parece entrar ahora en profundas investigaciones acerca de la importancia y excelencia que entrañan los refranes, y de la utilidad que prestan en el régimen y conducta de la vida respecto a la sociedad, a la familia y al individuo, toda vez que lo expuesto hasta aquí, aunque haya sido a la ligera, da de ello una idea, si no perfecta, al menos bastante clara y comprensible. Por lo tanto, seremos breve en este capítulo, concretándonos a considerar semejantes circunstancias bajo un aspecto general, y haciéndolo en términos que sirvan como de complemento a lo anteriormente manifestado.

Como quiera que se puede decir de los refranes lo que del pincel del pintor, que copia a la naturaleza bajo todos sus aspectos, de ahí es que no sustrayéndose nada a su jurisdicción, nos dispensa inmensos servicios en todos los lances de la vida en que se necesita autorizar el principio que se defiende, y hacerlo al propio tiempo de un modo concreto y decisivo.

En efecto, norma segura de las costumbres; regla infalible en el terreno de la higiene; faro luminoso en el comercio social; brújula que nos guía en el vasto océano de la historia; intérprete fiel de las verdades eternas que atesoran las ciencias, las letras y las artes; salsa sabrosa que derrama el donaire y la jovialidad en el discurso, conduce el proverbio al conocimiento de la filosofía moral; vale para persuadir; sirve para ornato de las bellas letras; da realce a la poesía, y se hace indispensable su estudio para la más cumplida inteligencia y acertada interpretación de los AA. clásicos. Así es que todas las formas toma; nada se exenta de su poder; ningún género le es extraño, a todos los caracteres se adapta. Grave con el serio; chistoso con el alegre; doctrinal con el escolástico; picaresco con el desenvuelto, todos le traen en boca, porque a pesar de la verdad que le asiste y que está en la conciencia de todos, su forma breve, y por lo regular cadenciosa, le abonan sobre modo para inculcarse con mayor. fijeza en la mente de la generalidad; por eso su imperio es universal y tan antiguo como el mundo, y su duración alcanzará hasta el fin de las generaciones.

No necesitamos aducir aquí ejemplos históricos a favor de estos principios, porque creemos que lo dicho hasta de presente, y a mayor abundamiento, que con las ocasiones que se nos ofrezcan en lo sucesivo y aprovechemos oportunamente, basta y sobra para no dejar duda alguna en el particular. Con todo, citaremos un solo caso, que habla muy elocuentemente en pro del asunto que nos ocupa con motivo de este nuestro trabajo.

Allá en tiempos remotos se promovió un pleito entre atenienses y megarenses, sobre cuál de los dos pueblos tenía mejor derecho a la posesión de la Isla de Salamina, y cometieron ambos el fallo de este litigio a los Anfictiones, que componían a la sazón uno de los tribunales más respetables de la Grecia. Ahora bien: ¿cuál fue la ley que tuvo presente aquel tribunal para sentenciar a favor de los atenienses? Un simple versillo de Homero, que tenía fuerza de refrán entre aquellas gentes. Este dicho común debió de ahorrar sin duda a los Anfictiones el revolver muchos pergaminos con objeto de hallar la aplicación de la ley, y proporcionarles la ocasión de satisfacer a la totalidad del vulgo, que siempre encuentra un motivo para clavar sus incisivos dientes cuando las disposiciones emanadas de la autoridad no están al alcance de su filosofía.

Júzguese ahora, por solo este hecho, cuál y cuán ilimitada no será la influencia que ejerce el refrán sobre todos los actos de la vida.

¿Es impulsado por su fogosidad el inexperto joven a acometer empresas temerarias? Pues a poco trecho, y con sólo tender la vista en derredor suyo, descubrirá palpitante el principio de que

Quien ama el peligro, en él perecerá.



¿Quiere pagar un nuevo tributo al detestable vicio de la mentira? Pues le sirve de freno, cuando los principios religiosos no le bastaran, el haber oído decir que

Más presto se coge al mentiroso, que al cojo.



La naturaleza humana es sumamente flaca; vaso quebradizo y deleznable, bajel que tiene contrarios los vientos todos, necesita poner en juego cuantos resortes están a su alcance para evitar cualquier choque que pudiera desbaratarla, y saber luchar con los elementos enemigos concitados a una para echarla a pique; por eso cuida muy bien de llevar a debido efecto aquel consejo que le dice:

Come poco, cena más, duerme en alto y vivirás.



Flaca en cuanto al terreno material, no lo es menos tocante al espiritual. Cualquier injuria, por leve que sea, la indigna, subleva y exacerba; quiere tomar pronta y cumplida satisfacción; pero ¡ay! desgraciada de ella si no recuerda en momento tan crítico que

Dando gracias por agravios, negocian los hombres sabios.



Entramos, últimamente, por abreviar nuestro ya enojoso discurso, en la mansión do reposan los restos exánimes de nuestros semejantes que fueron; y al leer en aquel grandilocuente libro, cuyas hojas son otras tantas losas funerarias, una misma verdad expresada en términos más o menos extensos, más o menos lacónicos, pero que tienden al mismo fin, cual es recordar al hombre que no pasa de ser polvo y ceniza en medio de su infundado orgullo, y que sólo en aquel respetable y silencioso recinto es donde se encuentra la verdadera igualdad, no podemos menos de exclamar entonces, aun cuando después de haber abandonado aquella morada releguemos al olvido tan sublime lección:

Vanidad de vanidades, y todo vanidad.



Así es como cumple con su importante, excelente y útil oficio el Proverbio, constituido en verdadero Mentor que aconseja y guía al hombre en cada una de las clases y condiciones sociales, y en todas las circunstancias de la vida, desde el vagido primero que su razón exhala, hasta que llega a lanzar su postrimer suspiro.

¿Con qué pagaremos, pues, los servicios que nos presta amigo tan inapreciable?




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- § IV -


Ventajas que reporta su estudio aplicado a la Lingüística8


Innumerables secretos y primores encierra la bella habla castellana, que de seguro pasarían inadvertidos a nuestros ojos sin el auxilio del telescopio paremiológico. Grande cosecha se extiende en verdad ante nuestra vista; ¡lástima que el tiempo nos ejecute en términos de no poder recolectarla toda! Aprovechémonos, pues, de algunas de estas mieses, y quede por cuenta del laborioso y más ilustrado lector el continuar espigando las restantes.

Una de las ventajas que reporta el estudio analítico de los Refranes, con referencia a nuestra lengua, es el precisar en unas ocasiones la genuina significación de ciertos vocablos antiguos, algunos de los cuales sólo tienen uso al presente en dichas frases, y determinar en otras la forma con que deban escribirse. Los siguientes ejemplos nos saldrán garantes de esta verdad.

Los dineros hacen dueñas y escuderos.



Así como la palabra dueñas no revela aquí la idea de aquellas mujeres viudas que para acompañar a las señoras de distinción, y para ejercer superioridad y vigilancia respecto de los demás criados, eran admitidas en las casas de las familias nobles o acomodadas, sino la de matronas o señoras, amas de sus casas, de igual manera escuderos no significa en esta ocasión criados distinguidos, sino sujetos que tienen escudo de armas de su linaje y casa.

Dice en su Diccionario la Academia que deliberar significaba en otro tiempo despachar, en el tecnicismo forense. ¿Y por qué no fuera del foro, preguntamos nosotros ahora, cuando ya en la Colección del Marqués de Santillana se lee:

Delibra, mozo, delibra, cuarterón por media libra?



Asimismo se consigna en dicho texto, con la nota de anticuado, que guardar valía tanto como atender o mirar a lo que otro hace. Sin embargo, existe de muy antiguo en nuestro idioma el adagio

Guarda qué dices, que las paredes a las veces oyen;



con lo cual se acredita que guardar significaba igualmente atender o mirar a lo que hace uno mismo.

Con perdón del ilustre Cuerpo antes expresado, diremos a renglón seguido que, abundando nosotros en el sentir de Terreros, creemos significa el adjetivo mangorrero precisamente lo contrario de lo que aquella Autoridad juzga; y a ello nos induce el de todos sabido y manoseado refrán:

En casa del herrero, cuchillo mangorrero.



Porque, la verdad sea dicha: si lo que se intenta probar con esta frase vulgar es que donde hay proporción y facilidad de hacer o conseguir alguna cosa es cabalmente donde se suele descubrir o verificar la falta de ella, ¿cómo se puede compadecer semejante interpretación con la definición dada por la Academia al adjetivo mangorrero, diciendo se aplica al cuchillo que tiene mango? O nos equivocamos mucho, o en el particular reina un contrasentido; y como quiera que la verdad no es más que una, de ahí que creyendo nosotros justa y acertada la interpretación arriba dada al refrán, nos acostamos a la opinión de que mangorrero es un calificativo del cuchillo que carece de mango.

El estudio paremiológico me ha hecho averiguar, si no me equivoco, la significación, tal vez la más propia del verbo esquilar, que ni nuestra Academia ni ninguno de nuestros lexicógrafos apuntan en las columnas de sus respectivos diccionarios: dicha significación es la de tocar la esquila. Véase cómo he procedido yo para el descubrimiento de semejante acepción.

La frase tan usual y corriente de Adiós, que esquilan, significativa de Me voy, porque no puedo detenerme más, no se halla en el caso de asumir el verbo esquilar en ninguna de las dos acepciones reconocidas por la mayor parte de nuestros diccionarios, tanto antiguos como modernos; porque ni el cortar con la tijera la lana de los ganados, ni el subir o trepar a un árbol sin otra ayuda que los pies y las manos a guisa de esquilo o ardilla, me parece, con perdón sea dicho, que son causas estimulantes a ponerse en precipitada fuga, abandonando repentinamente la compañía de aquella o aquellas personas con quienes estuviéramos departiendo. Síguese, pues, de aquí que algo de más imperioso, algo de más urgente debe significar esta palabra esquilar; y ese algo, es ¡nada más natural! tocar la esquila en la iglesia, ya para aviso del pueblo, ya de los individuos pertenecientes a comunidades eclesiásticas o religiosas, como señal de que el que guste o tenga precisión de asistir a los oficios divinos se dé prisa a llegar al templo o a coro. Esta opinión que acabo de sentar, y que a los ojos de algún escrupuloso en la admisión de palabras o significaciones podría pasar, cuando más por juicio a posteriori de congruencia, si ya no es que la reputara una cavilosidad o ilusión por parte mía, se ve corroborada por los prácticos en la facultad de que vamos tratando, o, dicho sea sin rodeos, por los campaneros, entre quienes dicha palabra es usada en la acepción que ya he indicado y que, repito, creo haber descubierto en la enunciación de la frase proverbial mencionada.

Lo que acabo de manifestar me anima a abordar otra cuestión tan curiosa como peregrina, con cuyo motivo no sé si se me tachará igualmente de visionario. Como quiera que sea, creyendo yo ver claro en el particular, y de ninguna manera al través del celaje de las ilusiones, y además, sin pretensiones de ningún género, se me permitirá consigne de nuevo mi opinión, en el bien entendido que, si inteligencias más capaces y agudas penetran otra cosa, estoy pronto a ceder de mi dictamen, rogándoles, empero, no olviden entre tanto que la mejor intención es la que me ha asistido al sentar esta ocurrencia, y que las buenas intenciones son, por regla general, la vanidad de los simples, dignas de perdón cuando son inofensivas.

Hecha semejante salvedad, digo, pues, que me han hecho títere en la cabeza toda mi vida ciertas frases proverbiales, en las cuales juega de un modo particular la Aritmética bajo su manifestación más sencilla, esto es, la numeración. Dichas frases son:

Tener la cabeza a las TRES;

Estar una cosa a las ONCE;

Presentarse con sus ONCE de oveja;

Tomar las ONCE;

Echarlo todo a DOCE,



y

Permanecer en sus TRECE.



Ahora bien: ¿qué significación misteriosa se esconde en estos guarismos? Porque al crear el pueblo en su vasta fantasía esas expresiones, en algo se habrá fundado. El pueblo, ¡ah! si, el pueblo, cuya tendencia se inclina hacia lo maravilloso; el pueblo, siempre amigo de producirse por medio de metáforas y alusiones..., ¿por qué no habrá legado a la posteridad, juntamente con estas bellas concepciones, el principio a que debieran su ser? Pero ni él, ni los eruditos aficionados a recoger sus inspiraciones, nos han dicho nada acerca del particular. Por tanto, ¿sería presunción temeraria en nosotros intentar descorrer el velo del enigma para ver en las locuciones susodichas cierta alusión a una palabra compuesta de tantas letras cuantas indica el guarismo especial que forma la frase, y decir que tener la cabeza a las TRES equivale a estar

i d a;
(1 2 3.)

que estar una cosa a las ONCE es hallarse

d e s o r d e n a d a
(1 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11.)
o
t r a s t o r n a d a

que presentarse con sus ONCE de oveja lo hace aquél que manifiesta en su porte la

m a n s e d u m b r e
(1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11.)

propia de semejante animal; que en su primitivo origen, según confesión oral de algunos sacerdotes de Baco, tomar las ONCE significó beber el

a g u a r d i e n t e;
(1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11.)

que echarlo todo a DOCE vale tanto como resolverlo en el terreno del

d e s b a r a j u s t e
(1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12.)
o de la
v o c i f e r a c i ó n;

y, últimamente, que permanecer en sus TRECE no quiere decir otra cosa sino seguir o aferrarse en su

d e t e r m i n a c i ó n?
(1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13.)

Pues en esta misma insistiré yo, ínterin razones más convincentes no me hagan ver palpablemente que me encuentro en estado de alucinación tocante al origen de semejantes frases misteriosas.

Si se pregunta a algunas personas cuál es la tercera persona del presente de subjuntivo del verbo roer, unas dirán que roya, otras que roa, y tal vez no falte alguna que se aventure a decir roiga. Yo diré entre tanto que sólo las dos fórmulas primeras son las sancionadas por nuestros refranes, como lo acreditan los dos siguientes.

Cuando nace la escoba, nace el asno que la ROYA;

Quien come la carne, que ROA el hueso.



Pero no sólo sirve este estudio para poder interpretar el justo valor de las palabras anticuadas hoy, y su recta escritura, sino también para rastrear las reglas sintácticas usadas por nuestros antepasados, algunas de las cuales discrepan no poco de las que al presente empleamos.

Recuérdese con este motivo que nosotros carecemos de verdadera forma imperativa en la segunda persona de las oraciones negativas; pues en tal caso nos valemos del presente de subjuntivo, diciendo: no vayas, por no ve; no ames, por no ama. Pues bien: nuestros abuelos nos han legado varios refranes en los que se verifica precisamente lo contrario, a saber: que la forma imperativa propia de la segunda persona en la oración afirmativa, subsiste inalterable, sin embargo, en la negativa. Veámoslo:

NI FÍA, NI PORFÍA, ni entres en cofradía;

NI de niño TE AYUDA, NI TE CASA con viuda.



Y ya que de la forma imperativa vamos hablando, aprovecharemos esta coyuntura para llamar la atención del juicioso lector sobre el uso constante hoy de posponer en dicho modo gramatical el pronombre al verbo; como da-ME, cómpra-LE, etc.; y sin embargo, hemos visto en el segundo de los refranes que acabamos de apuntar invertida dicha regla, bien así como sucede en estos otros:

Al buen día ábrele la puerta, y para el malo TE APAREJA;

De la mala mujer TE GUARDA, y de la buena no fíes nada;

A la mujer barbuda, de lejos LA SALUDA.



A estas diferencias de construcción hay que añadir otras que pertenecen al régimen. Así es que mientras decimos hoy hablar DE una cosa, los antiguos decían hablar EN, como lo certifican estos otros tres refranes:

Queredme por lo que os quiero, no me habléis EN dinero;

Habla EN la caza, y cómprala en la plaza;

Habla EN la guerra, y no vayas a ella.



Con todo; aún conservamos esta forma en la expresión No se hable más EN ello. De igual manera las frases decir QUE sí, decir QUE no, estaban representadas antiguamente por medio de la fórmula que presenta el siguiente adagio:

Boca que dice DE no, dice DE sí.



Al tratar de curiosidades lingüísticas en el terreno del proverbio, nunca podríamos pasar por alto una prerrogativa que es como característica e inherente a nuestra lengua, a saber, lo cadencioso de su acento. Recordemos con este motivo unas notables palabras de D. Juan María Maury, en su Espagne Poétique9, que aun cuando proferidas con relación a nuestra poesía, no dejan, empero, de tener bastante aplicación a nuestro objeto, dado que el pueblo es el primer autor de los refranes, y que, en nuestro humilde juicio, acorde en un todo con el del P. Sarmiento, son éstos la prístina manifestación de la poesía. Oigamos:

«Las ventajas particulares de que disfruta la lengua castellana han revestido a la poesía española de un prestigio tal, y producido tan gran número de atractivos, que por fuerza tiene que resignarse a perder en las traducciones. No es esto todo: ya sea que una gran riqueza haga que se descuiden siempre cualesquier otros medios de prosperar, ya que teniendo a su disposición un instrumento tan bueno no hayan querido desperdiciar absolutamente nada nuestros poetas del partido que de él podían sacar, el hecho es que se desentienden a veces del pensamiento para cultivar con esmero aquello que dice relación al lenguaje. Así los vemos brillar por medio de las combinaciones rítmicas, el chiste de los giros y lo atrevido de las locuciones, sobresaliendo de un modo especial en los efectos armónicos, hacia los cuales se han encontrado tan maravillosamente favorecidos por las palabras mismas. Nosotros los meridionales nos deleitamos sencillamente con pasajes cuyo atractivo todo reside en los sonidos; no de otra manera se explica el que un motivo musical que nada dice, pueda llegar a producir sensaciones tan sumamente agradables».



Hasta aquí lo que hace a nuestro propósito en el autor citado, cuyas palabras hemos tratado de trasladar a nuestra lengua con toda la fidelidad y energía que nos ha sido posible. Y la verdad sea dicha, ¿qué otro origen puede reconocer ese cúmulo especial de dichos familiares, que analizados mediante el telescopio de la lógica, nada dicen en cuanto al pensamiento, si sólo respecto al oído? ¿Qué otra cosa revelan si no es el genio vivo, oportuno, chistoso, creador, altamente poético de nuestros compatricios? ¿Qué otro misterio descubren sino el de una lengua armoniosa, que debe porción crecida del caudal de sus frases proverbiales y modismos familiares sólo al sonido, al agradable sonido material de muchas de sus palabras? Pero no distraigamos más al juicioso lector, que por sí mismo puede hacer estas y otras muchas reflexiones, bastando por nuestra parte el haberle hecho semejante, a nuestro ver, justa indicación. Entre tanto, y para guiarle en sus estudios paremiológicos, formulemos aquí una lista de la mayor parte de dichas locuciones en que abunda nuestro rico idioma en este terreno, muchas de las cuales inútilmente se buscarían en nuestros vocabularios:

Horozco, no te conozco.

Tío chamorro, eso me ahorro.

¡Hombre! tu mujer te asombre.

¿Quién se ha muerto? Juan del Puerto.

¿Qué es esto? Perejil y rábano tuerto.

¿Qué es esto? Uvas en cesto.

Ya te veo, matita de poleo.

Cuando hablo, la boca abro.

Perder los MEMORIALES. (La memoria.)

Ir a la COMEDIA. (A la comida, o a comer.)

Ha habido PERDICES. (Se perdió.)

Querer CASACA. (Casarse.)

Es un CAMAFEO (Sujeto feo.)

A Segura llevan preso. (Toda seguridad es poca.)

Yo, viendo que la cuestión se enredaba, dije: LARGUEZA. (Me largo.)

Ir caminando hacia VILLAVIEJA. (A viejo.)

Ser VIZCONDE. (Bizco.)

Llamarse ANDANA. (Andar atrás, esto es, retractarse.)

Vestir camisa de BRUTAÑA. (Por de bretaña. Ser un bruto.)

Poner pies en POLVOROSA. (En el polvo. Esto es, huir.)

Ser una cosa de VALDIVIAS, o de Valdivieso. (De balde.)

Ser de TOMARES, o de TOMILLO. (Tomada, no comprada.)

Ser aficionado al ZUMAQUE. (Al zumo de la uva.)

Ser el alcalde del RONQUILLO. (En algunas ocasiones significa estar ronco.)

Tocar el BAJÓN al sueldo. (Bajarlo.)

DISPARAS más que apuntas. (Disparatas más que hablas.)

El que NADA, no se ahoga. (Quien nada dice no se equivoca.)

PASCASIO me llamo. (Entre estudiantes es pasar las vacaciones de Pascua en su casa.)

Esta habitación es una CHICHARRA. (Se achicharra uno en ella, de puro calurosa.)

El regimiento de PAVÍA. (Una manada de pavos.)

Acomodarse con el padre QUIETO. (Estarse quieto.)

Es María LEOCADIA. (Es una loca.)

Ir a la romería de San ALEJO. (Ir lejos.)

Se llama FEATRIZ. (Por Beatriz. Es fea.)

Ser una cosa MALAGUEÑA. (Mala.)

Pegarse algo a las COSTILLAS. (Costarle a uno el dinero.)

SOBREVINO una pendencia. (Sobre el vino.)

Llevar a CAPADOCIA. (A capar.)

Este sujeto ES CONDE. (Esconde el dinero.)

V. M. ESCOJA. (Es coja.)

Tener CELOSÍA. (Celos.)

Dar una AZOTEA. (Azotes.)

Dar unto de PALERMO. (Dar de palos.)

Pertenecer a la cofradía de San RÚSTICO, o de San URBANO. (Usar de modales rústicos, o urbanos.)

Los descendientes de la casa de MOSQUERA. (Los mosquitos.)

Ha mediado la tía SIMONA. (La simonía.)

Ser el PAGANO. (El pagador.)

Estar en BABIA. (Ser un babieca o bobalicón.)

Andar las siete PARTIDAS. (Por muchas partes.)

Estos libros irán a parar al marqués de la ROMANA, etc. (A la romana; esto es, a ser vendidos al peso por papel viejo.)



No muy distante de este particular se halla el hábito jocoso de enunciar algunos refranes en forma parecida a la verdadera o común, valiéndose del sonsonete, como en

Agosto, FRÍE el rostro,



por FRÍO EN rostro, que significa precisamente todo lo contrario; y asimismo tergiversándolos en su mitad, ampliándolos, etc. Sirvan de muestra unos cuantos de los muchos que se agolpan a nuestra memoria.

No la hagas y no la temas; y nunca hizo la cama.

Quien da pan a perro ajeno, las costuras le hacen llagas.

Mal de muchos, consuelo de tontos.

Quien calla no dice nada.

Un clavo saca otro clavo, si los dos no quedan dentro.

A quien madruga Dios le ayuda, si se levanta con buena intención.

Cuando una puerta se cierra, ciento se atrancan.

A quien Dios se la dio, San Pedro se la vendimia.

Lo que arrastra, honra...,y le arrastraban las tripas.



Últimamente, es asunto muy curioso el que se desprende de este linaje de estudios con ocasión del análisis comparativo entablado entre nuestra lengua y las extranjeras, pues vemos:

1.º Que algunas frases tienen en la nuestra significación diametralmente opuesta a la que representan en otra. Entre nosotros, v. gr., Señalar con el dedo acusa una idea desventajosa en el individuo sobre quien recae dicha acción: no así entre los Romanos, para quienes era un distintivo honorífico, como lo acreditan, a vueltas de otras autoridades, Persio, Sat. 4.º;


At pulchrum est digitu monstrari,



y Horacio,


Totum muneris hoc tui est,
Quod monstror digito praetereuntium.



Asimismo, Cantar como una cigarra equivalía entre los Griegos a cantar primorosamente, en tanto que entre nosotros significa hacerlo rematadamente mal.

Y 2.º Que sucesos de idéntica o parecida índole, ocurridos en distintos países, han dado por resultado sentencias muy semejantes en el fondo con corta diferencia en la forma. Así contemplamos que cuando Francisco I de Francia remitía la solución de los negocios más arduos a su ministro de Estado Jorge de Amboise, en vista de la habilidad y pericia que concurrían en aquel áulico, algunos años eran pasados desde que nuestra Isabel la Católica hacía otro tanto con D. Francisco de Vargas, su alcalde de Corte; resultando de aquí que, siempre que franceses y españoles pretenden desentenderse de la averiguación o desenlace de cualquier asunto por complicado en demasía, apelan aquéllos al expediente de

Laissez faire à George, il est homme d'àge;



y éstos, al de

Averígüelo Vargas.



Otro tanto sucede con los dos hechos históricos que procedemos a comparar entre sí por fin y postre de aqueste párrafo, hechos cuya existencia advertimos al consignarlos ahora, que, por una mera casualidad, es respectivamente coetánea a la de los dos últimos que acabamos de parangonar.

En tiempo de los Reyes Católicos sucedió que, al leerle a D. Diego Osorio la sentencia de muerte que había de cumplirse en su persona al día siguiente de notificada, fue tal el sobresalto y la congoja que se apoderó de su corazón, que en aquella misma noche se tornaron repentinamente blancos sus cabellos; de donde quedó por proverbio en nuestra nación

Las canas de D. Diego Osorio,



cuando se pretende dar a entender que algún sujeto ha encanecido antes de tiempo, por efecto de sinsabores, penas y disgustos.

Igualmente acaeció en tiempo de Francisco I de Francia, que habiendo sido sentenciado a ser decapitado Juan de Poitiers, señor de Saint-Vallier, padre de la célebre Diana de Poitiers, aun cuando alcanzó indulto momentos antes de ejecutar el verdugo su ministerio, fue tal el pavor que le sobrecogió al escuchar la sentencia, que, apoderándose de él una fiebre aguda y violenta, concluyó con su existencia pocos días después; lo cual dió asimismo margen entre los franceses a comparar con

La fièvre de Saint-Vallier



a aquel temblor súbito que experimenta cualquier hombre en presencia de un peligro inminente.




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- § V -


Antilogías o contradicciones aparentes


Pretenden algunos destruir la virtud de un refrán cuando se cita para evidenciar una verdad, oponiéndole otro que alegan como teniendo sentido contrario, o bien apelando a razones fundadas en la moral o en la experiencia de los siglos, que se apartan completamente del principio por aquél sustentado: esto merece que lo estudiemos con alguna detención, siquiera sea para defender el derecho de infalibilidad en cuya posesión se hallan al través de tantos siglos y generaciones.

No es nuestro ánimo el analizar aquí las impugnaciones hechas por Feijoo, Gracián ni su imitador y continuador Sáñez contra algunos de ellos, para poner de relieve la exageración que pueda existir en dichos escritores; porque bien sabido es que, a todo aquello que no se puede demostrar mediante una evidencia matemática, se le puede presentar una objeción, por el vuelo tan remontado a que se presta la agudeza de imaginación de ciertos talentos, a veces más ingeniosos que sólidos; como igualmente que, soliendo presidir a esa clase de escritos el espíritu festivo o chancero, cuanto pudiera objetarse en el particular sería de todo punto inútil.

Pero bien sea en uno u otro sentido, entremos desde luego de lleno en la cuestión, y empecemos diciendo a este efecto que, por regla general, no debe entenderse la significación del refrán de un modo estricto o ajustado a la letra, y sí tener en cuenta que, siendo su forma breve y concisa, y en ocasiones más de lo justo, por acomodarse a la rima, es necesario atender más bien a lo que quiere decir, que no a lo que literalmente suena, según aquel consejo de San Pablo, hoy elevado a la categoría de proverbio, de que la letra mata y el espíritu vivifica10. Además, fuerza es no perder de vista que, si bien no tienen hoy razón de ser ciertos refranes, por haber desaparecido las causas que motivaran su creación, no por eso dejaron de ser menos verdaderos en tanto que subsistieron aquéllas. Una vez ventilados estos dos supuestos lo más breve y luminosamente que esté a nuestro alcance, quedaremos íntimamente convencidos de que no son tan falibles algunos adagios como muchos presumen.

Sensible nos es, y al acometer ahora esta empresa no puede menos de vacilar nuestro pulso; sensible nos es, repetimos, tener que dirigir con este motivo algunos reparos a toda una eminencia como nuestro Balmes cuando pretende patentizar el supuesto falso y pernicioso en que, según él, estriba el adagio Piensa mal y no errarás, pero la verdad, que no es más que una, no puede transigir con las ilusiones de algunos sujetos, que no por ser sabios dejan de ser hombres; y en su consecuencia, el respeto debido a la memoria de los varones ilustres lo entendemos nosotros tal, en cuanto no pare perjuicio a la causa de esa verdad misma. En esta suposición, copiemos y leamos, para hacer después nuestras deducciones.

«El mundo cree dar una regla de conducta muy importante, diciendo 'piensa mal y no errarás', y se imagina haber enmendado de esta manera la moral evangélica. 'Conviene no ser demasiado cándido, se nos advierte continuamente; es necesario no fiarse de palabras; los hombres son muy malos; obras son amores y no buenas razones'; como si el Evangelio nos enseñase a ser imprudentes e imbéciles; como si Jesucristo, al encomendarnos que fuésemos sencillos como la paloma, no nos hubiera amonestado al mismo tiempo que fuésemos prudentes como la serpiente; como si no nos hubiera avisado que no creyésemos a todo espíritu; que para conocer el árbol atendiésemos al fruto; y finalmente, como si a propósito de la malicia de los hombres, no leyéramos ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura que el corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia.

»La máxima perniciosa que le propone nada menos que asegurar el acierto con la malignidad del juicio, es tan contraria a la caridad cristiana como a la sana razón. En efecto; la experiencia nos enseña que el hombre más mentiroso dice mayor número de verdades que de mentiras, y que el más malvado hace muchas más acciones buenas o indiferentes que malas. El hombre ama naturalmente la verdad y el bien, y no se aparta de ellos sino cuando las pasiones le arrastran y extravían. Miente el mentiroso en ofreciéndose alguna ocasión en que, faltando a la verdad, cree favorecer sus intereses o lisonjear su vanidad necia; pero fuera de estos casos, naturalmente dice la verdad y habla como el resto de los hombres. El ladrón roba, el liviano se desmanda, el pendenciero riñe, cuando se presenta la oportunidad, estimulando la pasión; que si estuviesen abandonados de continuo a sus malas inclinaciones, serían verdaderos monstruos, su crimen degeneraría en demencia, y entonces el decoro y buen orden de la sociedad reclamarían imperiosamente que se los apartase del trato de sus semejantes.

»Infiérese de estas observaciones que el juzgar mal no teniendo el debido fundamento, y el tomar la malignidad por garantía de acierto, es tan irracional como si habiendo en una urna muchísimas bolas blancas, y poquísimas negras, se dijera que las probabilidades de salir están en favor de las negras11».



¿Y qué inferiremos nosotros a nuestra vez después de haber leído página, por otra parte, tan brillante? Que toda ella es excusada con la aclaración que el gran filósofo hace en el corolario de su disertación, a saber: que el juzgar mal teniendo el debido fundamento, es irracional, o lo que es lo mismo, que el juzgar mal no teniendo debido fundamento, es racional. Ahora bien: es así que el refrán no dice «piensa de continuo mal y no errarás», sino lisa y llanamente «piensa mal» etc.; luego debiendo atenernos siempre a lo favorable, no podemos menos de justificar la razón de ser de dicha máxima; luego al formular el mundo semejante adagio en fuerza de decepciones y más decepciones, de desengaños y más desengaños, no ha tenido por objeto las intenciones ulteriores que Balmes ha pretendido ver. Porque es un hecho tan claro como la luz del sol la verdad que entraña otro adagio, No habría palabra mala si no fuese mal tomada: verdadero axioma que, como principio inconcuso que estando en la conciencia de todos no necesita demostración alguna que dé testimonio del principio que sustenta, nos revela por su parte cuán cierta cosa es que, en tratándose de pretender dar un sentido siniestro a cualquier proposición, por terminante y evidente que sea, hasta de lo más sagrado se puede abusar, cuanto y más de los principios constituyentes de la Filosofía vulgar. Y en prueba de ello, si intentáramos hacerlo así con todos y cada uno de los proverbios, empezando por los de Salomón y acabando por el dicho que profiere el pilluelo de la playa, veríamos muy luego que no quedaría ileso aquello de que

El temor de Dios es el principio de la sabiduría,



como ni tampoco el que

Para los desgraciados se hizo la horca;



porque en el primer caso, nos saldría al encuentro más de un beatus vir, que siendo buen cristiano no había inventado, sin embargo, la pólvora; y en el segundo, se levantaría de su tumba D. Álvaro de Luna certificando de lo contrario con sus últimos momentos en la plaza pública de Valladolid. ¿Cómo se deben entender, pues, debidamente entrambas referidas sentencias? La primera, que siendo la sabiduría del mundo estulticia a los ojos de Dios, en frase de San Pablo12, por tanto


   La ciencia calificada
Es que el hombre en gracia acabe;
Porque al fin de la jornada,
Aquél que se salva, sabe,
Que el otro no sabe nada;



y la segunda, que cuando los malvados empuñan las riendas del poder o poseen cuantiosos caudales, quedan regularmente impunes, a diferencia de los pobres y desvalidos, y en ocasiones inocentes, por mil y quinientas razones que, saltando a los ojos de todos, no es del caso especificar.

Por lo que atañe al otro supuesto arriba sentado, referente a que fuerza es no perder de vista que, si bien no tienen hoy razón de ser ciertos refranes, por haber desaparecido las causas que motivaron su creación, no por eso dejaron de ser menos verdaderos en tanto que subsistieron aquéllas, con sólo citar un ejemplo tendremos lo bastante para quedar altamente satisfechos de la verdad que nos hemos propuesto demostrar en este artículo. Sea el refrán:

Santa Lucía, mengua la noche y crece el día,



el llamado a servirnos de garante en esta ocasión.

Cuando se inventó semejante refrán, aún no se había verificado la corrección gregoriana en el cómputo de los tiempos; pero desde el año de 1582, en que se llevó a cabo dicha reforma, por la cual dispuso el Papa Gregorio XIII que el día que debía ser 5 de Octubre se contara como 15, dejó de ser exacto este refrán, pues habiéndose adelantado diez días en aquel mes, resulta que en lugar de principiar, a crecer éstos desde el 13, no se efectúa hasta el 23, que es cuando acaba de verificarse el solsticio de invierno. Síguese, por tanto, que el error está de parte de los que usan hoy semejante proverbio, y no en la estructura de éste, pues, como acabamos de probar, cuando lo inventaron nuestros padres sobrada razón tuvieron para ello13.

Valiéndose, pues, el paremiólogo de los medios que acabamos de exponer, y de otros más o menos análogos que su discreción le dicte, se abrirá paso por en medio de las dificultades que puedan presentarse ante él, a fin de derramar la claridad necesaria sobre aquellas sentencias que, aparentando contradicción entre sí, o bien aisladas, presentan a primera vista un supuesto falso, y sin embargo son verdaderas y, en tesis general, infalibles, una vez analizadas a la diáfana luz de la sana razón, como consecuencia forzosa de una práctica inveterada.




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- § VI -


Uso y abuso. -Conclusión.


Entendemos nosotros por abuso, no solamente el mal uso de una cosa, como dice la Academia, sino además, el uso excesivo o inoportuno que de ella se hace. En su consecuencia, vamos a presentar ahora bajo estos dos aspectos el abuso de los dichos, y al efecto manifestaremos que aquél peca contra la enunciación y la interpretación, y éste contra la elocución.

Sirva de ejemplo para el abuso de enunciación:


Fortuna te dé Dios, hijo,
que el saber poco, te basta.



Enunciando en esta forma el refrán, carece de sentido; pues si basta el saber poco, ¿a qué desear que Dios envíe la fortuna? Síguese, pues, que la verdadera fórmula de esta proposición debe ser haciendo la cesura antes del adverbio poco, y decir:


Fortuna te dé Dios, hijo,
que el saber, poco te basta.

como quien dice: ejerciendo entre los hombres, por regla general, y salvo las debidas excepciones, tiránico imperio la injusticia, la tropelía y las recomendaciones, para nada vale el saber si no acompaña el favor al solicitante.

Sirva igualmente para la presente ocasión el dicho

Su alma, en su palma,



que no pocas personas enuncian bajo la desatinada fórmula de:

Su alma y su palma.



Porque, en efecto, ¿cuál puede ser el origen de semejante frase? Tratemos de rastrearlo. Llevando cada mortal su alma en su mano, como canta el Real Profeta: Anima mea in manibus meis semper (Salmo CXVIII, v. 109); siendo responsable cada cual del porvenir que a ella le espera, librándola de toda contingencia o tropiezo, o, por el contrario, dejándola caer, como si fuese un vaso material y frangible, hacemos uso de dicha locución con el objeto de manifestar que declinamos por nuestra parte la responsabilidad de los actos ejecutados por la persona de quien se trata, como si diéramos a entender que en la palma de su mano lleva su alma, cuya salvación o ruina puede labrar, toda vez que es sabedora de lo que hace, y dado que se halla dotada del libre albedrío.

No menos frecuentemente hiere nuestros oídos aquello de que

Unos tienen la fama, y otros cardan la lana,



como equivalente a

Pagan justos por pecadores.



Siendo así que aquel adagio significa única y exclusivamente que, en este mundo, unos tienen el trabajo mientras otros se alzan muchas veces con las utilidades, se comete en dicho caso un abuso de interpretación.

La misma inconveniencia tiene lugar cuando se hace a

Quien da primero da dos veces,



sinónimo de

El que primero llega, ese la calza,



supuesto que aquel refrán lo que significa en rigor es que merece alabanza o premio el que da inmediatamente aquello que de él se exige, y con más razón todavía el que se anticipa a dar sin esperar a que llegue la ocasión de que se lo pidan.

El uso excesivo o inoportuno de los refranes se verifica cuando se emplean éstos en el discurso con sobrada frecuencia, o fuera de lugar y sazón. Este particular merece que lo tratemos con un poco más de detenimiento.

Dice nuestro inmortal Cervantes por boca de D. Quijote en uno de los momentos de lucidez que resaltaran en aquel loco cuerdo, que «no parece mal un refrán traído, a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche, hace la plática desmayada y baja». En la propia opinión abundan nuestros preceptistas todos, aunque valiéndose de diversos términos, al ocuparse más o menos directamente en esta materia; con lo cual no hacen otra cosa sino asentir al dictamen de los sabios maestros de la antigüedad.

Con todo, tratándose de este particular, no podemos conformarnos con el dictamen de Ximenez Paton cuando reprueba las Cartas en Refranes de Blasco de Garay por consistir toda su textura en la junta o agregado de muchos proverbios unos en pos de otros, pues precisamente en eso mismo hallamos nos otros un mérito singular. En efecto, ¿no lo hay, y grande, en reunir gran copia de ellos, enlazarlos entre sí como proposiciones que son premisas o consecuencias unos de otros, y formar a este tenor un discurso entero, donde no solamente resplandece el genio, sino el talento más maduro, el más sano juicio? Además, ¿no se comprende a primera vista que lo que Blasco de Garay se propuso fue poner de bulto y relieve el inmenso caudal que de refranes posee nuestra bella habla castellana, más envidiada por las demás naciones que envidiosa ella al contemplarse tan rica y fecunda en este terreno14? Si el ilustre Maestro de Retórica de la Universidad Salmanticense hubiese vivido más de cien años después, y traídose a la vista un ejemplar en lengua francesa del Sermon en Proverbes15, publicado en aquella nación el siglo pasado, no hubiera tardado en convencerse, así de que permitiéndose todo al estilo jocoso no se niega éste, por tanto, a formular un discurso compuesto de sólo refranes, cuanto de que habiendo partido la iniciativa de nuestro suelo, por la obra citada y otras que aparecen en nuestro Catálogo algún mérito debía entrañar semejante invención, toda vez que una nación cual la francesa, que en Literatura como en todo se precia de ser independiente y original, por más que en rigor no pase de ser las más de las veces una ingeniosa y hábil rapsodista, no se desdeñó de imitar a la nuestra pasado un siglo de tener dignos modelos en que poder estudiar.

Es argumento tan claro como la luz del medio día el que, fuera de ocasiones tales como las que acabamos de especificar, sería inoportuno e inconveniente el uso de los refranes así hacinados unos en pos de otros, pues esto equivaldría a sentar por principio que lo accesorio usurpase el puesto de lo esencial, dado que el proverbio o refrán debe emplearse a manera de sainete, y no como plato principal, en los banquetes literarios. Porque su uso debe ceñirse a figurar al frente de una obra como tema o síntesis sobre que versa su estructura; en medio de cualquier escrito o conversación, como para sazonar, por una parte, y autorizar por otra nuestro razonamiento; al fin, de una fábula, o narración, como su moralidad o enseñanza; y, en suma, siempre que su aparición en el discurso no se desvíe del sendero trazado por los escritores de reconocida sensatez, verdadera norma y modelo de los que pretendan hablar y escribir siempre con toda propiedad y corrección; no perdiendo, empero, de vista la parsimonia que debe presidir constantemente en el estilo serio, a diferencia de la mayor libertad que puede reinar en el festivo, pues que lo contrario sería incurrir en un exceso, reprobado a los ojos de la generalidad. Aun así y todo, vemos que es práctica casi corriente el que no constituya el refrán parte esencial en la forma o trabazón del discurso, pues las más de las veces se le suele franquear el paso con una de estas o parecidas salvedades: como enseña un refrán..., nos advierte un adagio que..., bien dice aquel proverbio que..., etc.

Hubo un tiempo en nuestro suelo en que fue tanto lo que se abusó del refrán, que ni lugar tan venerando como lo es la cátedra del Espíritu Santo se halló libre de sus repetidas cuanto inoportunas incursiones. Contra tamaño desafuero se levantó denodado el famoso autor del Fray Gerundio de Campazas, verdadero Quijote contra los abusos introducidos en el púlpito español, y ridiculizando con el más fino sarcasmo y penetrante sátira el olvido tan punible en que se hubieran sumergido los depositarios de la palabra divina, logró al cabo extirpar semejantes inconveniencias en pro de la Religión y de la Oratoria. No creemos deber pasar por alto un testimonio de tan distinguido escritor, así por lo que se relaciona íntimamente con nuestro asunto cuanto porque todo lo que pudiéramos decir por nuestra parte en el particular sería un pálido reflejo al lado de la luz más brillante. Oigamos:

«Sonrióse D. Casimiro, y continuando sus preguntas, dijo a Fray Gerundio: Según el autor de Usendísima, ¿cuál es la tercera fuente de la invención? -Los adagios, respondió sin detenerse. -Es fuente muy copiosa, añadió el colegial; pero Usendísima, ¿qué entiende por adagios? -¿Qué he de entender? lo que cualquiera vieja de mi lugar: Adagios y refranes son una misma cosa. -Pues qué, preguntó D. Casimiro, ¿los refranes pueden tener lugar en algún género de sermones? -Ahora salimos con eso, respondió Fray Gerundio: y ¿cómo que pueden y deben tener lugar en ellos?, No hay cosa que más los agracie y que más lo embellezca; yo tengo algunos apuntamientos de adagios varios que he leído y oído en algunos sermones, los cuales verdaderamente me han suspendido, y pienso aprovecharme de ellos cuando me venga a pelo. ¿Dónde hay, v. gr., introducción más magnífica para un sermón de honras, que la de un religioso grave en un sermón que predicó a un maestro de su Orden que se llamaba Fray Eustaquio Cuchillada y Grande, cuando dio principio a su oración fúnebre diciendo: Al maestro cuchillada y grande? Refrán y equívoco que desde luego captó, no sólo la admiración, sino el pasmo de todo el auditorio, y hoy es el día en que yo no acabo de aturdirme de tan bella introducción. ¿Pues qué aquel divino asunto que predicó un famosísimo orador en las exequias de D. Antonio Campillo, párroco que fue de cierta iglesia, en cuyo campanario había fabricado a su costa una aguja? Fue, pues, el asunto: El sastre del Campillo, que puso la aguja y el hilo. Esto es ingenio, y lo demás, parla, parla. Y el otro, que predicando el sermón del demonio mudo en tiempo de Cuaresma, asistiendo el Santo Tribunal, dio principio con este oportunísimo refrán: Con el rey y la Inquisición, chitón, añadiendo que por eso era mudo el demonio de que se hablaba en el Evangelio, porque estaba delante de la Inquisición; ¿parécele a usted que no podría predicar aunque fuese delante del mismo Papa? Bastan estos ejemplares, y estoy pronto a dar a usted aunque sea un ciento de ellos, para que vea si los refranes pueden tener lugar en los sermones.

»Yo, Reverendísimo, tengo muy pocas barbas para meterme en asuntos tan hondos, y más no siendo de mi profesión, que se reduce a Latinidad, Retórica y Bellas letras, o Letras humanas por otro nombre. Sin embargo, como en Salamanca se trata casi por profesión con tantos hombres doctos, aseguro a Usendísima he advertido más de una vez a varios padres maestros doctísimos de todas las religiones, censurar mucho a los predicadores que usan de los refranes populares y chabacanos en sus sermones. Los más templados dicen que es una insulsísima puerilidad; otros se adelantan a calificarlo de insigne mentecatez; y aun no faltan algunos que lo llaman frenesí, locura, profanación del púlpito, y otras cosas de este modo: yo refiero, no califico. Lo que a mí me toca por mi profesión, es asegurar a Usendísima que jamás entendí, leí ni oí que otros entendiesen por el nombre adagios, en cuanto fuente de la invención oratoria o retorical, lo que entiende Usendísima, esto es, los refranes populares. -Pues ¿qué se entiende por el nombre de adagio? replicó Fray Gerundio. -Voylo a decir, respondió D. Casimiro.

»Adagio o proverbio (que todo es uno), es una sentencia grave, digna, hermosa y comprendida en pocas palabras, sacada como del sagrado depósito de la Filosofía moral: Proverbium est verbum dignitatem habens, et tanquam e sacro Philosophiae, unde antiquitatem trahit, depromptum, aequo, gravi, et pulchro aspectu. Por eso llamó Aristóteles a los proverbios: 'preciosas reliquias de la venerable antigüedad preservadas en la memoria de los hombres de la lastimosa ruina que padeció la verdadera Filosofía, debiendo esta preservación a su misma brevedad, destreza y elegancia'. Cum proverbia dicant Aristoteles at veteres phitosophi, inter maximas hominum ruinas, intercedentes quasdam reliquias ob dignitatem posteris servatas. Si no me engaño mucho, a esto se reducen los Proverbios de Salomón, que distan infinitamente de ser refranes vulgares, siendo una colección de sentencias verdaderamente divinas, enderezadas todas a gobernar nuestras acciones por la regla de una perfectísima conducta cristiana, política y racional16».



Afortunadamente para la causa de la Religión y de la ilustración de nuestro país, ha reivindicado el púlpito en nuestros tiempos los derechos que de justicia le pertenecen: y si por casualidad se hallase hoy algún nuevo Gerundio, fuerza es no relegar al olvido que una golondrina no hace verano.

Después de cuanto hemos creído indispensable encerrar en esta Disertación, a pesar de lo mucho que omitimos, pero que, a darle cabida en esta ocasión17, tal vez se saliera de los límites de nuestro propósito, concluyamos diciendo que el estudio paremiológico es más útil e importante de lo que a primera vista aparenta, pues no porque los Refranes deban su ser al vulgo se hacen menos acreedores a la consideración del hombre de letras; antes al contrario, son tanto más dignos de su atención, cuanto que, como acabamos de ver, reflejan el grado de la cultura de un pueblo: en su consecuencia, menospreciar semejante estudio equivaldría a olvidar su pasado, y olvidar su pasado no es otra cosa que renunciar a su historia. Además, como quiera que este rama de la Literatura abraza el estudio del dicho en general, pueden derivarse del análisis comparativo entre las diversas formas que éste ostenta grandes descubrimientos y oportunas aplicaciones en más de un sentido; pues si bien los Axiomas vienen a ser como los Refranes de la Filosofía científica, los Refranes no son más ni menos que los Axiomas de la Filosofía vulgar.






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Apéndice


LE SERMON EN PROVERBES

EL SERMÓN EN REFRANES

Tant va la cruche à l'eau, qu'à la fin elle se casse.

Tantas veces va el cantarillo a la fuente...

(Ces paroles sol tirées de Th. Corneille, Molière et compagnie; Sganarelle à Don Juan acte V, scène 3.)

(Palabras tomadas de Cervantes, en su Don Quijote parte 1.ª, cap. XXX.)

Mes chers frères,

Mis amados hermanos:

Cette vérité devrait faire trembler tous les pécheurs, car enfin Dieu est bon, mais aussi qui aime bien châtie bien. Il ne suffit pas de dire: je me convertirai; ce sont des propos en l'air; autant en emporte le vent. Un bon tiens vaut mieux que deux tu l'auras, il faut ajuster ses flûtes, et ne pas s'endormir sur le rôti; on sait bien où l'on est, mais on ne sait pas où l'on va, et quelquefois on tombe de fièvre en chaud ma; l'on troque son cheval borgue contre un avengle.

Esta verdad debería hacer temblar a todos los pecadores; porque aun cuando Dios. es bueno, quien bien te quiera te hará llorar; pues no basta decir: yo me convertiré, porque esto no pasa de ser hablar al aire, y sabida cosa es que palabras y plumas el viento las lleva. Más vale un toma que dos te daré; sin poner los medios no se consigue el fin; no hay que dormirse en las pajas, pues nadie sabe en qué vendrá a parar el día de mañana, y no pocas veces sucede que huyendo del perejil nos nace en la frente, y que se sale de Herodes para entrar en Pilatos.

Au surplus, mes chers frères, honni soit qui mal y pense. Il n'est pire sourd que celui qui ne veut pas entendre; a décrasser un more, on perd son temps et son savon; et l'on ne peut faire boire un âne s'il n'a soif. Suffit, je parle comme saint Paul, la bouche ouverte, et pour tout le monde; et qui se sent morveux, se mouche; ce que je vous en dis, n'est pas que je vous en parle; mais comme un fou avise bien un sage, je vous dis votre fait, et ne vais pas chercher midi à quatorze heures.

Por lo demás, queridos hermanos, jura mala en piedra caiga; no hay peor sordo que el que no quiere oír; es perder tiempo querer volver blanco lo prieto, y no llevarán el asno al agua si no tiene gana. Básteos saber que hablo como mi abuela, con la boca abierta, para que todos me entiendan; conque así, al que le pica, que se rasque, porque lo que estoy diciendo no son cuentos de camino, sino que como los locos dan banquetes para los cuerdos, yo cumplo con deciros las verdades del barquero, y no trato de andar buscando cinco pies al gato.

Oui, mes frères, vous vous amusez à la moutarde, vous faites des châteaux en Espagne, mais prenez garde, le démon vous guette comme le chat fait la souris: il fait d'abord patte de velours; mais quand une fois il vous tiendra dans ses griffes, il vous traitera de turc à more, et alors vous aurez beau vous chatouiller pour vous faire rire, et faire le bon apôtre, vous en aurez tout du long et tout du large. Si quelq'un revenait de llantre monde et qu'il en apportât des nouvelles, alors on y regarderait à deux fois; chat échaudé craint l'eau froide; quand on sait ce qu'en vaut l'anne on y met le prix; mais là-dessus les plus clairvoyants n'y voient goutte. La nuit tous les chats son gris, et quand on est mort, c'est pour longtemps.

Sí, hermanos míos, andáis mirando las musarañas, y no pensáis más que en levantar castillos en el aire; pero..., ratones arriba, que no todo lo blanco es harina: el demonio os halagará en un principio haciéndoos la mamola; mas tened entendido que cuando os haya apresado entre sus garras os tratará a la baqueta, y entonces, por más que queráis poner a mal juego buena cara, y hacer la gata ensogada, trabajo os mando. Si alguno viniera con noticias del otro mundo, abriríais tanto oído, semejantes al gato escaldado que del agua fría huye, porque de los escarmentados nacen los avisados; pero en este particular todos estamos rapados a navaja: de noche todos los gatos son pardos, y el que se muere, por allá se queda.

Prenez garde, dit un grand homme, n'eveillez pas le chat qui dort; l'occasion fait le larron; mais les battus payeront l'amende; fin contre fin ne vaut rien pour doublure; ce qui est doux à la bouche est amer au coeur, et à la Chandeleur sont les grandes douleurs. Vous êtes à l'aise comme rats en paille; vous avez le dos au feu et le ventre à table; on vous prêche, et vous n'écoutez pas; je le crois bien, ventre affamé n'a point d'oreilles; mais aussi rira bien qui rira le dernier. Tout passe, tout casse, tout lasse; ce qui vient de la flûte retourne au tambour, et l'on se trouve le cul entre deux selles; mais alors il n'est plus temps; c'est de la moutarde après dîner; il est trop tard de fermer l'écurie quand les chevaux sont dehors.

Cuidado, dice un gran varón, con despertar al gato que duerme; en puerta abierta el justo peca; pero sobre cuernos, penitencia, y donde las dan, las toman; no todo lo que se quiere se debe, y cuando se van los amores quedan los dolores. Estáis como aquél que dice: aquí me las den todas; pues media vida es la candela, pan y vino la otra media; conque así, predícame, padre, que por un oído me entra y por otro me sale: no lo extraño, porque estómago hambriento no escucha razones; pero lo cierto es que al freír será el reír, y al pagar será el llorar. Todo tiene fin en este mundo; los dineros del sacristán, cantando se vienen y cantando se van; muchas veces acuden dos al saco, y el saco en tierra; y no pocas sucede que cuando se intenta levantarlo ya es tarde, verificándose aquello de que al asno muerto la cebada al rabo, y después de vendimias, cuévanos.

Souvenez-vous donc bien, mes chers frères, de cette leçon: faites vie qui dure; il ne s'agit pas de brûler la chandelle par les deux bouts. Qui trop embrasse mal étreint; et qui court deux lièvres à la fois n'en prend point. Il ne faut pas non plus jeter le manche aprés la eognée. Dieu a dit: Aide-toi, et je t'aiderai. N'est pas marchand qui toujours gagne; quand on a peur du loup, il ne faut pas aller au bois; mais contre mauvaise fortune, il faut faire bon coeur, battre le fer tandis qu'il est chaud. Un homme sur la terre est toujours sur le qui-vive. On ne sait ni qui vit ni qui meurt; l'homme propose, et Dieu dispose; tel rit aujourd'hui qui dimanche pleurera; il n'est si bon cheval qui ne bronche; quand on parle du loup, on en voit la queue.

Por lo tanto, acordaos bien, mis queridos hermanos, de esta lección que os voy a dar: quien quiera ser viejo, comiéncelo presto, porque el que adelante no mira, atrás se queda; quien mucho abarca poco aprieta, y quien todo lo quiere todo lo pierde. Tampoco debemos echar la soga tras el caldero, porque Dios ha dicho: ayúdate, y yo te ayudaré; por otra parte, el perder y el ganar, todo es comerciar, y quien no quiera ver lástimas, no vaya a la guerra; pero es preciso no olvidar lo necesario que es a veces hacer de tripas corazón, y que al hierro caliente, batir de repente. Quien mucho duerme, poco medra; tan presto va el cordero como el carnero; el hombre propone, y Dios dispone; del bien al mal no hay un canto de real; el más sabio la yerra; y en nombrando al ruin de Roma, al punto asoma.

Oui, messieurs, aux yeux de Dieu tout est égal, riche ou pauvre, n'importe. Bonne renommée vaut mieux que ceinture dorée. Les riches payent les pauvres, et ils se servent souvent de la patte du chat pour tirer les marrons hors du feu; mais chacun pour soi, et Dieu pour tous. Un auteur célébre a dit: chacun son métier, les vaches seront bien gardées; il ne faut pas que Gros-Jean remontre à son curé. Chacun doit se mesurer à son aune; et comme on fait son lit on se couche. Tous les chemins vont à Rome, dit-on, mais il faut les connaître, et ne pas prendre ceux qui sont pleins de pierres; il faut aller droit en besogne, et ne pas mettre la charrue devant les boeufs. Quand on vent son salut, voyez-vous, il faut y aller de cul et de tête, comme une corneille qui abat des noix. Si le démon veut vous dérouter, laissez-le hurler; chien qui aboie ne mord pas; soyez bons chevaux de trompette, ne vous effarouchez pas du bruit. Les méchants vous riront au nez, mais c'est un rire qui ne passe pas le noeud de la gorge. Au demeurant, chacun a son tour; et puis, à chaque oiseau son nid semble beau; après la pluie, le beau temps; et après la peine, le plaisir; mais laissez dire, allez: trop gratter cuit, trop parler nuit. Moquez-vous du qu'en dira-t-on, et ne croyez pas que qui se fait brebis, le loup le mange. Dieu a dit: Plus vous serez humiliés sur la terre, plus vous serez élevés au ciel.

Sí, señores, ante Dios todos los hombres son iguales, lo mismo el rico que el pobre; y por lo tanto, nada significa en su tribunal aquello de más vale buena fama que cama dorada; así es que, si los ricos pagan a los pobres, también sacan el ascua con mano ajena; por eso, lo más seguro es que cada uno para sí, y Dios para todos. Ha dicho cierto célebre autor, que, la misa, dígala el cura, y que en vano pretenden engañar los pollos a los recoveros; por tanto, ninguno extienda la pierna más allá de donde le alcance la sábana, y tenga presente que, quien mala cama hace, en ella yace. Dícese que todos los caminos van a parar a mi casa; pero el quid está en conocerlos y no seguir los que están sembrados de piedras, pues debemos ir derecho al bulto, y no tomar el rábano por las hojas. Cuando desea uno alcanzar su salvación, ya comprendéis que es preciso hacerlo de hoz y de coz; si el demonio quiere desorientaros, aúlle cuanto quiera, que perro que ladra no muerde; en el ínterin, estad vosotros curados de espanto y hechos a prueba de bomba. Reiránse los malvados en vuestras barbas; no os importe, que su risa es de dientes afuera; por lo demás, cada uno atienda a su juego; así como así, a cada pájaro le gusta su jaula; después de la tormenta vuelve la serenidad, y tras de este tiempo otro vendrá; digan, que de Dios dijeron, que quien mucho habla, mucho yerra. Bulaos del qué dirán, y no creáis sino que al que se hace de miel se lo comen las moscas, teniendo entendido que, a quien se humilla, Dios le ensalza.

Ecoutez bien, ceci, mes enfants, je vous parle d'abondance de coeur: il n'est qu'un mot qui sauve; il ne faut pas tant de beurre potir faire un quarteron. Quiconque fera bien, trouvera bien. Les écrits sont des mâles, et les paroles sont des femelles, diton; mais on prend le boeuf par les cornes, et l'homme par les paroles; et quand les paroles sont dites, l'eau bénite est faite.

Atended bien a lo que os voy a decir, hijos míos, pues os hablo con el corazón en las manos; y como la verdad no es más que una, el camino corto presto es andado. El hacer bien nunca se pierde; obras son amores, que no buenas razones, según dicen: por eso conviene tomar al buey por el asta, y al hombre por la palabra, y porque palabra y piedra suelta no tienen vuelta.

Faites donc de sérieuses réf1exions, mes frères, choisissez d'être à Dieu ou au diable, il n'y a pas de milieu; il faut passer par la porte, ou par la fenêtre; vous n'êtes pas ici pour enfiler des perles, c'est pour faire votre salut: le démon a beau vous dorer la pilule, quand le vin sera versé, il faudra le boire; et c'est au fond du pot qu'on trouve le marc.

Pensad, pues, seriamente, mis queridos hermanos; y puesto que en este asunto no hay término medio, decidíos por pertenecer a Dios, o al diablo. O herrar, o quitar el banco; aquí no habéis venido para papar moscas, sino para pensar en vuestra salvación; y por más que el demonio dore la píldora, a lo hecho no hay remedio, y el último mono se ahoga.

Au reste, à l'impossible nul n'est tenu; Je ne peux pas vous sauver malgré vous. On dit que ce n'est rien de parler, le tout est d'agir; et comme charité bien ordonnée commence par soi-même, je vais tâcher de faire mes orges, et de tirer mon épingle du jeu; alors, quand je serai sauvé, arrive qui plante; allez au diable, je m'en lave les mains.

Por lo demás, nadie está obligado a lo imposible, y así, en vano trataría yo de salvaros contra vuestra voluntad. Dícese que el amor y la fe en las obras se ve; y como la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, voy a tratar de hacer mi agosto y recoger velas en tiempo oportuno. Después que yo me haya salvado, poco me importa que se hunda el mundo, y que cargue el diablo con vosotros, que yo me lavo las manos.

Au nom, etc.

En el nombre, etc.





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