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ArribaAbajo- XVII -

En la calle del Príncipe encontró don Pedro Vela una tarde a la Marquesa de Subijana, y al pronto no la conoció: tan bien apañada y compuesta iba, luciendo al exterior elegante traje y capota, por dentro atormentada de un tirano corsé, máquina ortopédica contra la obesidad y los cuerpos deformados. Unos días a pie, otros en coche, cultivaba la noble señora sus nuevas amistades refrescando las antiguas. A la Duquesa de la Torre visitó más de una vez en la Inspección de Milicias (morada del Regente, como lo había sido de Espartero), y quedó muy prendada de su gracia y amabilidad.

Por cierto que en su reciente salida a las mundanas esferas, no era fácil clasificar a Carolina en uno u otro de los dos bandos sociales que a la sazón existían marcados con graciosos motes. En entrambos podía figurar, porque a los dos por igual concurría. A las esposas de los ministros y personajes que pertenecían a la situación presidida por Serrano con el nombre de Gobierno Provisional, pusieron las damas de la vieja cepa aristocrática el picante apodo de señoras provisionales. No se quedó corta la de la Torre en devolver la picazón a sus enemigas, y como estas tenían su conciliábulo   —171→   de murmuraciones en un palacio de la Carrera de San Jerónimo, fueron así llamadas: las señoras de la Carrera. La de Subijana, por la promiscuidad de sus relaciones, era tan pronto de la carrera como provisional.

No debe el historiador dejar en el olvido un dato importante, y es que Céfora se negaba tercamente a acompañar a su tía, o lo que fuese, en el jubileo de visitas. Aunque no carecía ya de buena ropa, rara vez abandonaba su sencillo vestir. Más que de andar por el mundo, gustaba del visiteo de altares y de hociquear con curas y personas religiosas. Grandes altercados tuvo con ella Carolina; mas no pudiendo vencer su caprichuda modestia, al fin la dejó que hiciese su gusto. La probidad exige al narrador una declaración que arrojará, sin duda, sombras de sospecha y desdoro sobre la señorita; pero los hechos piden la verdad, y la verdad era que muchas tardes, dejando a la criada en la iglesia, Céfora se escapaba con Urríes de Santo Tomás o de San Sebastián para esconderse con él en ignorado asilo... Doloroso es decir esto: tal vez los mismos sucesos traigan, cuando menos se piense, justificación de cosa tan irregular.

Para que todo fuera misterioso en aquella singular mujer de angélicos y dulces ojos, su origen y estado civil no estaban claros. Por conceptos obscuros y equívocos escapados de la discreta boca de la Subijana, entendió don Juan que no era tía de Céfora. ¿Qué lazo de parentesco había entre las dos?   —172→   ¿Acaso no existía ninguno? Si así era, ¿cómo explicar la proximidad o alianza de aquellas dos vidas? Por descifrar tan cerrado acertijo, ahondaba Urríes en el pensamiento de una y otra, partiendo de palabras, ademanes o silencios de ellas; pero no encontraba la solución. Conjeturas, hipótesis, leyendas, disparates mil devanaba en su caletre el caballero andaluz, con interminable voltear de infinitos hilos. Y lo más extraño, confinando con lo inverosímil, era que su secreta confianza con Céfora no le valía para esclarecer las tinieblas de aquella existencia. La vaporosa mujercita no sabía nada de sus progenitores, o no quería romper el sello que la dignidad, la vergüenza, el miedo quizás, habían puesto en sus labios.

Tan sólo una vez habló la esfinge rubia. Hallábanse una tarde los enamorados en su retiro. Urríes estrechaba con preguntas apasionadas y capciosas a su amiga, y esta, arreglándose los cabellos de oro entre el galán y un espejo, dejó caer de sus labios pocas palabras melancólicas, desmayadas: «Lo único que sé y puedo decirte es... que fui bautizada en Roma, el 9 de Febrero, día de San Nicéforo... Para que sepas mi edad, añadiré que fue el 47, segundo año del Pontificado de Pío IX... Conténtate con saber una fecha, el principio de una vida... Deténgase aquí tu curiosidad...».

Dicho esto, revistió Céfora su bello rostro de una fría severidad displicente, que lastimó   —173→   al galán, llevando a su alma mayor confusión. Poco más hablaron aquella tarde. Céfora o Nicéfora no se dignó poner en su boca la flor de la sonrisa. Urríes, al separarse de ella en el portal de la casa, pensó que el carácter de la damisela incógnita estaba erizado de espinas. ¿Pero qué importaba si en la esfera física y sensual los encantos de ella se sobreponían al carácter y lo soslayaban y obscurecían?... A menudo dejaba ver la locuela de Subijana dos fases de su ser, absolutamente disconformes una con otra. La cara ardorosa, la cara de hielo, alternaban a las veces, sin que entre el frío y la llama mediara la más leve transición. Displicente, hinchaba las ventanillas de su nariz, y en sus azules ojos se eclipsaba todo lo angelical, dejando ver chispazos de ridícula fatuidad. Amorosa, volvía la luz del cielo a su mirada, y la faz recobraba su atractiva belleza...

Al entrar en su casa con la criada mostrenca, fue sorprendida de un bullicio de voces y carcajadas. Era que el pobre don Wifredo andaba por los pasillos en mangas de camisa, alborotado, protestando de graves injurias que en aquella tarde había recibido de personas de la casa y de otras que fueron a visitarle. Tras él iban risueños, calmándole con prudentes razones, doña Leche y el joven Tinoco, el culotador de pipas de fumar. Dos ataques a la dignidad soliviantaron al cruzado de Jerusalén: le habían llamado señor Baldío, poniendo en caricatura   —174→   su honroso título, y habíanle dicho que un señor pariente suyo, el Marqués de Gauna, le pagaba todos sus gastos. Gritaba el alavés protestando de tales insultos, y apeló a Céfora para que le apoyase. «¿Verdad, señorita, que es humillación intolerable que le paguen a uno casa y comida, un triste cocido y lo demás? Un caballero de nacimiento sabe recorrer con la frente erguida el camino de la pobreza... Venderé mi caserío de Argandona, venderé los pantalones que llevo puestos por ley del pudor, venderé mi honrada camisa antes que...».

En este punto, entró Céfora en su aposento, y tras ella, como si huyera de sus enemigos, se coló el sanjuanista sin ninguna ceremonia, cosa muy opuesta, en verdad, a su exquisita educación. «Aquí busco refugio -dijo- contra esa plebe desmandada». Pero la damisela no creyó que las bromas debían llevarse tan adelante, y con sequedad despiadada le significó que no se entraba con facha tan indecente en las habitaciones de las señoras. «¡Ah!, dispénseme -murmuró el Bailío sin desconcertarse-. Va usted a rezar... ¿Pero no ha rezado bastante con el caballero Urríes?... Mi opinión es que debe usted cambiar de altar y de santo... Y no es que ahora pretenda yo que rece usted conmigo... no... Yo practico a mi modo la libertad de cultos, y tengo mi altarito y mis devotas... morenas, de ojos negros». Empujándole suavemente, Céfora echó de su estancia al señor Baldío.

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Cuando Tinoco se encargaba de llevar a don Wifredo a su habitación, hallábase no lejos de allí el Marqués de Gauna, haciendo efectivo ante la patrona el pago de los débitos del pobre vesánico. Cumplido este deber, y adelantando algunas indicaciones acerca del transporte del enfermo a Vitoria, retirose Gauna, evitando la dolorosa emoción de ver y oír a su infortunado pariente. De allí se fue al Congreso; subió a las tribunas, donde estaba su mujer con la Marquesa de Villares de Tajo y otras damas, y después de saludarlas bajó al pasillo curvo, donde aguardó a que saliera Cánovas del Salón de sesiones. En el breve rato de espera le acompañó Iranzo, uno de los que componían la modesta constelación canovista. Díjole que pronto hablaría Prim para presentar a los nuevos ministros, Silvela y Martín Herrera, en sustitución de Lorenzana y Romero Ortiz, y presentarse él mismo como Presidente del Consejo.

Desde el 29 de Septiembre, venía siendo Prim la voluntad impulsora de la situación. A principios de Junio del 69, vigente ya el nuevo mamotreto constitucional, la cabeza visible, Serrano, fue colocada en jaula de oro, y apareció al frente del Gobierno el que de hecho lo presidía ya y era su efectiva cabeza... Propuso Iranzo a don Luis de Trapinedo introducirle en el Salón por la mampara de la izquierda, para que pudiese ver y oír a Prim. Aceptó gustoso el forastero, y en pie, en el ángulo donde estaba   —176→   la estatua de Fernando el Católico, presenció lo más interesante de la sesión. Justo será decir que le agradaron la persona enjuta y el amarillo rostro del General de los Castillejos, así como su oratoria ceñida, clara, de genuino estilo militar. Vino a repetir Prim la muletilla de los Presidentes del Consejo en tales casos: que el nuevo Gobierno era continuación del anterior, y que si cambiaban los hombres, inmanecían las ideas; o en otros términos: que la idea, Prim, se perpetuaba, aunque por dar pasto a las ambiciones se variaran las figurillas del retablo.

Volvieron Iranzo y el Marqués al pasillo curvo, donde no tardó en agregárseles Cánovas del Castillo, el cual expresó una opinión, como suya, muy interesante y atinada. «No entiendo -les dijo- cómo este Prim, hombre de una agudeza fenomenal, ha reconstituido el Ministerio sin dar participación a los demócratas, que vienen siendo, aunque el General no quiera, la salsa del guisado septembrista. Oigan ustedes a Martos, a Becerra, al mismo Rivero, y verán por dónde respiran. Lo que ellos dicen: '¿Y para esto nos hemos hecho monárquicos?'. No ha de tardar mucho la explosión de estas ambiciones hasta cierto punto legítimas... A esto dicen los de la Unión Liberal: 'Sin nosotros estaríais aún en la emigración, cantando las letanías ojalateras...'». En este punto pasó junto a ellos un joven regordete, con gafas, afeitado totalmente el   —177→   rostro... Gauna, que no le conocía, le tomó por un profesor de latín o por un clérigo humanista que ahorcado había las negras hopalandas. Tocó en el brazo a Cánovas; este alargó el suyo, le enganchó de la mano, le trajo al grupo y con afecto le presentó al de Gauna: «Mi amigo muy querido, Cristino Martos, Vicepresidente, gran orador y demócrata de la congregación de la paciencia».

-Ya sabes, Antonio -replicó Martos con gracejo, después de los cumplidos-, que no soy impaciente. Los que fabricamos el porvenir sabemos esperar.

-¿Y qué dices de los nuevos ministros?

-Que no traen más que una muda de ropa política... como quien viene para pocos días... Abur. Me llama el Presidente.

Corrió a la Mesa, donde Rivero le soltó el trasto de presidir, la campanilla. Los tres del grupo quedaron riendo del gracioso dicho de Martos, y luego don Luis indicó a Cánovas que tenía mucho y bueno que contarle referente a los planes y conjuras carlistas. Desde que se puso en contacto con su entrañable amigo, contaminándose de las ideas del talentudo malagueño, contábale a este todo lo favorable a la Causa, y con más gusto quizás todo lo adverso. Aquella tarde llevaba Gauna un buen puñado de substanciosas y verídicas noticias; pero como no había tiempo para transmitirlas, propuso a D. Antonio que comieran juntos. «Convidados estamos María y yo para esta   —178→   noche por la Villares de Tajo... y en nombre suyo te digo que ella y nosotros tendremos muchísimo gusto en que tú y el amigo Iranzo seáis de los nuestros, para decirlo a la francesa». Aceptaron.

Vivía la Villares de Tajo en el novísimo barrio de Salamanca, ampliación de Madrid según la norma de las grandes ciudades europeas. Del plan ideado y a medio ejecutar por el atrevido negociante, resultaba partido el escudo de esta cortesana Villa: con todo lo viejo se quedaba el oso heráldico, y lo nuevo poníase bajo la jurisdicción del madroño. En los días de mi cuento, gran parte de la nueva Madrid avanzaba en su construcción, un poquito a la ligera, y se extendía desde el terreno próximo a la antigua Plaza de Toros, por detrás de la Veterinaria y Casa de la Moneda, hacia los altos que dominan la Fuente Castellana. Por el Este quería invadir los improvisados Campos Elíseos y los tejares y paradores que afeaban los aledaños de la capital. Las dos primeras manzanas de casas, levantadas hacia el 68, respondían al genial pensamiento de Salamanca. En su interior tenían un gran patio común ajardinado, que les daba luz y aire; sus habitantes gozaban de doble fachada y no padecían la insana obscuridad de los interiores del viejo caserío.

El espíritu progresivo de Eufrasia fue de los primeros en admitir la innovación. Una de las casas de la segunda manzana, con entrada por Jorge Juan y disfrute de las luces   —179→   del patio, fue adquirida por la ilustre dama, que se instaló en ella poco después de la Revolución de Septiembre. Falta decir, como última pincelada en el boceto del barrio flamante, que a la calle principal se dio primero el nombre exótico de Boulevard Narváez. La Revolución, con el criterio patriótico infantil de aquellos días, borró el Narváez para poner Serrano, y el instinto académico del pueblo condenó a muerte la primera parte del rótulo, pues no es necesario que las calles se llamen bulevares para ser aireadas, amplias y alegres... La comunicación entre el barrio y la vieja Villa era de lo más primitivo, conforme a la mezquindad y lentitud de la existencia urbana. Llevaba y traía gente un solo ómnibus con imperial, y cabida para veinte personas a lo sumo. El cobrador anunciaba las salidas con un cuerno o trompetilla, y a los clamores de esta acudían señoras y caballeros al estribo por donde trepaban al interior, o a la escalerilla de la imperial. A muchos parecía este sistema de locomoción interurbana un portento de actividad y europeísmo.

Volvió a su casa la Villares de Tajo, acompañada de su amiga María Erro, antes que terminase la sesión, que fue bastante aburrida, como una comedia moral del viejo molde. Encontró tarjeta de la Subijana, que por segunda vez a visitarla iba. Supo al propio tiempo que también había estado la señorita Céfora. La visita de la titulada sobrina era ya la tercera, y en ninguna de   —180→   las tres llevó compañía de señora ni criada. Bastó la simple mención de estas personas para que María Erro, encendida en curiosidad, pidiese a su amiga información acerca de ellas. Como viuda de un Socobio, Eufrasia seguramente las conocería.

Declaró, en efecto, la Villares de Tajo que a Carolina trataba, y que de ella no podía decir nada malo. Era viuda de un don Miguel de Nanclares, caballerizo de don Carlos, por gracia de este, Marqués de Subijana. A la terminación de la guerra, quedó el matrimonio en situación precaria, y huyendo de molestias y ahogos fue a parar a los Estados Pontificios. «Don Miguel y Carolina desaparecieron, pues, de Álava, y en más de veinte años apenas se ha tenido de ellos noticia. Muerto el marido en Roma, volvió Carolina con Céfora, hará de esto dos años... Entre paréntesis, esa joven no es tal sobrina: ya lo explicaré. Volvió, digo, muy mal de ropa y de dinero, y se consagró asiduamente a reclamar del Estado las salinas de Añana, fundándose en el derecho que le había transmitido su tío paterno don Indalecio de Lecuona, fallecido en Miranda de Ebro el 66... Según parece, ha ganado el pleito, y ya está remediada de su estrechez. Yo me alegro mucho: la he felicitado de todo corazón. Carolina es mujer de talento. No tenga usted reparo en tratarla... A la inteligencia une la distinción, la bondad... Y hablemos ahora de la falsa sobrina, que bien merece capítulo aparte, porque esa sí que   —181→   es historia interesante de las que parecen novela. Carolina tuvo y tiene gran empeño en entapujarla. Con esto ha dado lugar a que la gente lance a la circulación mil cuentos extravagantes: que Céfora es hija de Montemolín, que nació de una princesa de Módena... Algunos van más allá, y han lanzado a la maledicencia el nombre del Papa... ¡Qué aberración! Yo soy quizás la única persona que sabe la verdad, y no vacilo en contarla para que se entere todo el mundo. No hay desdoro para nadie en referir una verdad que corta el vuelo a las mentiras... Amiga mía, tenemos tiempo de charlar un poco antes que lleguen mis convidados. Déjeme usted dar algunas órdenes... cinco minutos no más... y luego contaré...».




ArribaAbajo- XVIII -

»Vivía yo en Roma el 47 cuando allí ocurrió lo que voy a contar -dijo Eufrasia-, y pude enterarme del suceso por mi conocimiento directo con personas que en él hubieron de intervenir... Céfora es hija de don Miguel de Nanclares, esposo de Carolina. La tuvo de una hermosa muchacha judía, llamada Mesooda, de familia pobre del Gheto. Cómo se las arregló el don Miguel para enamorar y seducir a esa Mesooda, es cosa que no sé, ni hace falta este dato para la historia.   —182→   Lo indudable es que, nacida la chiquilla, la dieron a criar a una buena mujer de un pueblecito cercano. Allá iba don Miguel a verla, y en una de estas visitas a la aldea, el caballero y el ama de la niña discurrieron que debían bautizarla. Les pareció que era un crimen dejar que la tierna criaturita se perdiera para Dios... Trajéronla a Roma, y en la Minerva, ya recordará usted, una hermosa iglesia próxima al Panteón, recibió la hija de Nanclares el agua bautismal el 9 de Febrero, y le dieron el nombre de Nicéfora por el santo de aquel día. Mi marido estuvo presente, y contribuyó a la solemnidad del acto... Pues no quiero decir a usted la que se armó en cuanto pudo enterarse la madre, una rubita de traza ideal, del tipo de Ruth... me parece que la estoy mirando... ¡Y que era una fierecilla la tal Mesooda!... Por milagro se salvó Subijana de que le arrojara al rostro un cantarillo de aceite hirviendo...».

-Es un caso semejante al del niño Mortara, que tanto ha dado que hablar -dijo la oyente-. Aunque en verdad hay diferencia, pues aquí el padre era católico.

-Cierto... y tan furibundo católico como ferviente libertino. No ha visto usted un hombre más extremado en la devoción de las faldas... Carolina tuvo que suprimir el servicio de criadas. Don Miguel las hacía suyas de la mañana a la noche, y fuera de casa andaba en liviandades con señoras, si alguna le caía por delante, con loretas y   —183→   hasta con monjas... ¡Y muy católico me soy! ¡Y ay del que en su presencia dijese alguna herejía leve! Había usted de oírle ensalzando la moral cristiana, y refiriéndonos milagritos de santos y vírgenes. Era una risa... Pues, señor, el Gheto se alborotó con escándalo... Pero Pío IX, Rey absoluto de Roma, dijo que la niña Céfora había entrado en la grey cristiana, y punto final. Mesooda no volvió a ver a su hija; no le quedó más derecho que el del pataleo y las maldiciones: en el maldecir son terribles los judíos.

»Viene ahora otra faz del asunto, y es el furor de Carolina, que también maldecía, aunque en estilo cristiano: acudió a la Rota, quería divorcio, separación de cuerpos. En todos aquellos líos intervinimos mi marido y yo, queriendo poner paz en el matrimonio... Al fin logramos echarle un zurcido; pero de aquellas luchas quedamos la Subijana y yo enemistadas. Aquí en Madrid, hace cuatro días, hemos hecho las paces... La historia que refiero se iba volviendo cómica, ferozmente cómica. A los dos días de reconciliarse Carolina y su esposo, ¿sabe usted lo que hizo el arrepentido don Miguel? Pues después de pasar la noche velando al Santísimo Sacramento, por la mañanita, con la fresca, se escapó a Frascati con una bailarina del teatro de Apolo.

-¿Y Céfora?

-A ella voy. Ya grandecita la pusieron en un convento de Ursulinas... De esto hablo por referencia, pues ya no estaba yo en   —184→   Roma. Sé que murió el Marqués de Subijana, y que su mujer, dando pruebas de excelente corazón, cuidó de la desgraciada niña. Sé que ambas vivieron algún tiempo en Pau, y que al volver a España la presentaba como sobrina... Mucho tiempo estuve sin saber de ella, hasta que un día, no hace de esto dos semanas, me anuncian la visita de una joven, y sola... Una joven que viene sin compañía es siempre sospechosa. «Pues que pase...». Entra aquí y hace su presentación con encantadora sencillez: «Soy Céfora». La verdad, me fue muy simpática. Su figura delicada, su ademán humilde hablaban en su favor. Las primeras palabras que pronunció fueron para excusarse de venir sola. Por impulso propio imitaba a las señoritas extranjeras, que no necesitan rodrigón para andar por la calle... Esta gallardía me agradaba; pero empecé a recelar cuando con cierto temblor de voz me suplicó que a Carolina no hablase de su visita, rematando el ruego con esta frase: «Vengo sin que mi tía sepa que doy este paso». El paso, no tardó en decirlo, era que sentía vocación religiosa muy viva y ardiente; que, anhelando ser monja, me pedía mi protección para encontrar convento en que meterse; deseaba una Orden muy estrecha. Acabó soltándome a boca de jarro un texto de San Agustín: «Mucho me cansa, Señor, esta vida, y me angustia esta prolija y triste peregrinación».

-Estas que a los veinte años se cansan   —185→   de la prolija peregrinación -dijo María Erro-, me dan a mí muy mala espina.

-Y a mí... Siguió hablando la joven... Yo encantada de oírla. Tiene talento, mejor dicho, imaginación viva... ha leído... Pero, con todo su ingenio, no acabó de convencerme. Me pareció el primer día una cabeza dislocada, y en su segunda visita confirmé esta opinión... Yo sabía que ese loquinario de Urríes le hace el amor. De esto le hablé, y ella, sin perder su serenidad, respondió que Urríes la persigue; pero que no logrará cogerla en sus garras. A propósito de esto, me disparó otro párrafo de San Agustín de que ahora no me acuerdo, santas palabras que venían muy a pelo... La verdad, he sacado en limpio que esta criatura, híbrida de judaísmo y cristianismo, es un ser bastante complejo. No hay claridad en ella. En sus ojos azules noto un estremecimiento de luces que marea... Yo me entretengo a veces en estudiar la mirada humana, y en la de Céfora he visto algo del suicida que mide la hondura del despeñadero en el momento de arrojarse... Esta es de las que se precipitan en el monjío como quien se arroja a una sima cuyo fondo apenas se ve... Pero ya hemos de poner punto a nuestra conversación... Ya están ahí: oigo la voz de Cánovas... Después vendrán Urríes y Juanito Valera.

La presencia de los tres convidados trajo a los salones de Eufrasia la dulce amenidad, el parloteo festivo con toques irónicos, que   —186→   son la orgía de las personas formales. ¡A comer se ha dicho, y a referir, comiendo, anécdotas y sucesos del mundo vigente, cosas amables, gustosas y picantes! Allí se realizaba lo que expresó Cánovas en un dicho ingenioso, como todos los suyos: «¿Qué hacen usted y sus tres amigos en las Constituyentes?...». Y él respondió: «Esperamos, y esperando hacemos la Historia de España». Pues la mesa de Eufrasia fue aquella noche un taller de Historia con sólo las referencias que allí se hicieron de sucesos privados. En algunos de estos se veía pronto la relación con la vida pública; en otros, la misteriosa tangencia de lo individual y lo sintético no aparecía bien clara, y sólo era visible para las mujeres, que saben encontrar el parentesco de la Gaceta con las costumbres.

Don Juan Antonio Iranzo llevó su lote de anecdotismo particular a la general leyenda hispánica. En él todo era extraño, incongruente. Hombre de origen humildísimo, formaba en el grupo conservador y aristocrático de Cánovas, y precisamente por esto resultaba tan española su figura. En España es un hecho constante la realidad de lo contrario, o que cosas y personas actúen al revés de sí mismas. El diputado por Teruel era un sesentón, alto y enjuto, de rostro huesudo, cenceño y totalmente afeitado. Creyérase que días antes había cambiado el calzón corto ceñido, el chaleco de pana y el pañizuelo en la cabeza, empaque muy noble ciertamente, por la levita y demás prendas,   —187→   que no caracterizan a nadie y a todos nivelan en la desairada vulgaridad... Lo que realmente a don Juan Antonio caracterizaba era que, en su alta posición de hombre político adinerado, no sentía vergüenza ni resquemor de su origen plebeyo; antes bien siempre fue su mayor gusto referir cómo subió la cuesta social desde la humildad pobre a la cumbre en que a la sazón se veía. Deseaba Eufrasia que sus amigos los Gaunas oyesen de boca del propio caballero la historia de su vida portentosa. No se hizo de rogar Iranzo. La sorpresa de sus oyentes le hacía feliz; refiriendo la verdad escueta, gozaba tanto como los histriones que declaman el ingenioso embuste.

«Es cierto lo que Eufrasia dice. No me avergüenzo de mirar desde arriba la llaneza de donde vine... y bien puede uno alegrarse de haber subido cuesta tan empinada... Pero si me alegro, no me alabo de ello, porque, mirándome bien, veo que no he llegado por mi propio esfuerzo a donde estoy... Claro que mi constante trabajo ha tenido alguna parte en los bienes que disfruto; pero la parte mayor pertenece a la suerte... Debo lo que soy a un milagro... no se asombren, a un verdadero milagro, como van a ver... Yo fui criado de los Duques de San Lorenzo... criado... doy a las cosas su nombre... no vale disfrazar el nombre de las cosas. Criado fui, y a mucha honra... Los señores Duques me querían, porque yo era fiel y puntual en el servicio, y muy afecto a la casa. Doncella de   —188→   la señora Duquesa era una joven de quien me enamoré... Juntos servíamos... entramos en relaciones, resolvimos casarnos. Los amos veían con buenos ojos nuestros amores honestísimos... Pero aunque mi novia y yo teníamos algunos ahorrillos, el casorio nos lanzaba a los azares de la vida con pocos elementos para la lucha. ¿Cómo se remediaba esto? Pues la solución más sencilla era que los señores Duques, al salir yo de su casa, me consiguieran un destino. En mis ratos de descanso, entreteníame en pensar qué empleo, arreglado a mis cortos conocimientos, me convendría más... ¿Portero en algún Ministerio, en el Congreso, en Palacio, guarda en Sitios Reales?... A fuerza de cavilar, me decidí al fin por algo que halagaba mis gustos; yo veía con admiración a los cobradores que andan por Madrid llevando al hombro un saco de plata o calderilla... Aquel empleo colmaba mis ambiciones. Cobrador te vean mis ojos, que capitalista como tenerlo en la mano».

Con ojos y oídos atendían todos al buen Iranzo, y en cada pausa celebraban la ingenuidad y gracia del autobiógrafo. Este prosiguió: «Escogida la ocupación que había de sustentarnos, dije a mi novia que a la señora Duquesa manifestara mis cortas ambiciones, y ya descansamos de todo afán, pensando en apresurar la boda, pues la Duquesa pronunció el estad tranquilos: corre de mi cuenta... Y así fue: la ilustre señora no se anduvo en chiquitas, y acudió, no al Director   —189→   ni al Ministro, sino a la propia Reina Gobernadora doña María Cristina, con quien tenía entrañable amistad. No sé si llevó de memoria la petición, o en el mismo papelito en que yo la escribí para mayor claridad. Ello fue que Su Majestad repitió el sacramental estate tranquila, etc... y deseosa de servir, tiró de pluma y pidió al Ministro la plaza para mí...».

-¿Y el milagro?

-El milagro fue que al escribir... ¡cómo tendría su cabeza la buena señora!... se equivocó, y en vez de poner Cobrador colegiado, fue y puso Agente colegiado... (exclamaciones alegres de los oyentes) que es destino de fianza, destino de rendimientos grandes, como que los agentes autorizan las operaciones de Bolsa... Total: que me casé, y a los dos días de ser marido de mi mujer, me dio la Duquesa el nombramiento. Lo leí... quedé aterrado... El primer impulso fue devolver la credencial, diciendo que aquello no era para mí, ni yo para cosa tan grande. Después me vino la idea de no precipitar los acontecimientos. Guardé mi papel... Ocho días lo tuve en mi bolsillo, sin mostrarlo a nadie; ocho días de meditación sobre aquel caso inaudito... Concluí diciéndome que cuando a Dios le da la gana de hacer un milagro, no debe el hombre meterse a corregirlo... Dios me había hecho Agente de Bolsa y Cambios, colegiado... Pues cúmplase su santa voluntad... A los ocho días de dar vueltas en mi caletre al bendito milagro,   —190→   me fui a ver a un amigo muy estimado, que en Bolsa operaba sin título: era listo, de riñón bien cubierto; yo le dije, mostrándole mi credencial: «Don Anselmo, mire lo que me han dado y no se encandile. De usted depende que yo me quede con este papel o lo devuelva». Y el hombre, abriendo el ojo, y dando un puñetazo en la mesa, me respondió: «¿Devolver? Eso es cobardía. Los valientes saben morir antes que devolver las armas que la patria les entrega». Nos arreglamos. Él cobraría la mitad de mis ganancias hasta reintegrarse con intereses la suma que adelantó para la fianza... Trabajábamos juntos: operaba él; yo firmaba... hasta que llegó un día en que pude soltar los andadores... Para no cansar: a los cinco años de esto, ya tenía yo un capitalito ganado a pulso... a los diez, el capitalito era capital... a los veinte...

-No siga, don Juan Antonio -dijo Eufrasia riendo-; nos da usted una dentera horrible contándonos cómo crecían sus cosechas de dinero.

Iranzo terminó así su cuento de hadas: «Ya saben todos los presentes que es más fácil hinchar cincuenta mil duros que cincuenta mil reales... El primer milagro, el verdadero, fue obra divina... Yo hice después los míos, milagritos pequeños, de los que hace cualquiera con un poco de suerte, buen ojo para los números y buen olfato para las ocasiones».

-Lo que llamamos suerte -dijo Gauna-   —191→   no es más que la proyección de nuestras cualidades y defectos. En lo que hemos oído, veo yo la acción de una voluntad poderosa. Don Juan Antonio, es usted un hombre extraordinario.

-¡Ah... eso no!, un hombre de los más comunes, honrado y trabajador, un obrero que sabe hacerse su propia casa... No me quejo de la vida, y bendigo mi estrella. A mayor abundamiento, también en mis dos matrimonios he sido afortunado. Mi mujer y yo vivimos en la mejor armonía. Disfrutamos de todo, y nos permitimos un poquito de vanidad. El Papa nos ha hecho Condes... Ps... esto gusta a las mujeres. En tiempo de la pobre doña Isabel, era moda ponerse un título para dorar la plata, y a veces la calderilla. Nosotros no habíamos de ser menos.

En el giro de los comentarios, Cánovas expresó esta idea tan ingeniosa como profunda: «Vea usted confirmado, Eufrasia, con el ejemplo de Iranzo, lo que dije ayer hablando con Manzanedo. No esperemos que de la antigua aristocracia salga la fuerza conservadora, inteligente y eficaz, que ha de salvar a esta sociedad. O no sale esta fuerza de ninguna parte y la Nación española se pierde sin remedio, o vendrá de estos hombres nacidos del pueblo y elevados a las altas posiciones por su agudeza y laboriosidad. Estos, estos son los fabricantes de fuerza. Vengan muchos Iranzos; vengan a robustecer el sentido conservador de la sociedad,   —192→   que hoy vemos harto flaco y miserable».

Con sagaz criterio afirmó después don Antonio que España había de pasar fatalmente por graves disturbios, delirios y ensayos sangrientos. La política de los últimos años había producido, por errores de todos, una gran fuerza expansiva o revolucionaria. No era prudente ni práctico oponerse al empuje de esa enorme fuerza desencadenada. No había más remedio que dejarla correr hasta que por el continuo roce se gastara. «La fuerza nuestra es aún débil. Esperemos su crecimiento, que ha de venir por ley de Naturaleza... Ya tenemos en nuestras catacumbas milicia, nobleza, damas elegantes, capitalistas... Pero aún vendrán en número incalculable... Nuestras catacumbas son doradas y cómodas: se está muy bien en ellas... Podemos esperar».

Ya se ha dicho que las conversaciones de la calle y de las salas y comedores, con las anécdotas privadas y las vidas de hombres obscuros, colaboraban en la Historia de España. La vida de Iranzo era en esa Historia uno de los pasajes de mayor potencia documental. Los fabricantes de fuerza iban quitando el puesto a los guerreros y conquistadores. El pueblo, desnudo unas veces, vestido otras, hacía lo que antes hicieron reyes y tribunos. La plebe, transformada por la adquisición del dinero, escalaba las alturas y modelaba los ídolos monárquicos con un yeso que no había de fraguar ídolos para   —193→   largo tiempo, pues ya no hay calor que endurezca la blanda masa de que están compuestos... Y ahora seguiremos presentando anécdotas y sucedidos particulares que son fundamento de la Historia fraguada para medio siglo de Idolatría nacional; un remiendo, más bien chapuza, para tirar hasta 1919.




ArribaAbajo- XIX -

Hablan ahora las damas. Eufrasia dijo: «Sólo en el carlismo veo yo un peligro imponente».

Y María Erro, que hasta entonces había permanecido taciturna, anunció un nuevo pasaje histórico: «Que cuente Luis lo que sabe acerca del carlismo, y ustedes dirán si debemos mirarlo como un serio peligro, o como un estorbo pasajero. Yo soy legitimista: mis apellidos traen acá los ecos de Oñate, de Estella, de Vergara. Pero no vive uno por vivir, sino por aprender. Seguiremos siendo carlistas platónicos mientras no se nos traiga una cosa mejor, o algo que sea nuestro ser trasplantado a la vida real. Así lo dice Luis; así lo digo yo, que ante todo soy católica, apostólica, romana».

La curiosidad de lo que el Marqués de Gauna había de contar no admitía espera. Apremiado por todos, don Luis cogió la palabra: «No es cuento, aunque lo parezca. Es,   —194→   no diremos un hecho, pero sí un propósito que ha de traducirse en hechos reales. Me han traído noticias de Cabrera, y las tengo por tan verídicas como si yo las recogiera del propio don Ramón, mi querido amigo. Cabrera, sépanlo ustedes, acepta al fin la dirección del partido, que es como decir la dirección de la guerra. Cabrera se pone al frente de las muchedumbres carlistas, llevando a su lado al Rey hasta traerle a ocupar el Trono. Pero... Aquí viene lo bueno. Cabrera será la espada de don Carlos, con la condición de que este acepte un programa liberal, franca y abiertamente liberal. Aquí tengo copia de las bases (saca un papelito que pasa a las manos de Cánovas). Míralo, Antonio, y te convencerás: es copia exacta de las condiciones enviadas a Carlos VII... programa liberal a la europea, pues de otro modo, la Causa sería recusada por el mundo entero: Constitución, Parlamento y libertad de imprenta; tolerancia religiosa, vivir a la moderna, dar de lado a frailes y clérigos, sujetando a la beatería con un Concordato inspirado en las ideas regalistas...».

-Basta, basta -dijo Cánovas con expresión victoriosa-. Si esto es verdad, y verdad será cuando tú lo dices, pon una losa sobre el carlismo, que ha muerto para siempre. ¿Rechaza don Carlos las condiciones de Cabrera y se lanza a la lucha con los elementos que ahora tiene? Pues será vencido, irremisiblemente vencido y destrozado. ¿Acepta el liberalismo que le ofrece el Conde de   —195→   Morella? Pues pronto le abandonarán los elementos clericales, que son su fuerza, son el alambre que mantiene derecha esa estatua de barro... Don Carlos, antes de disparar el primer tiro, tendrá que irse a su casa, porque el carlismo dejará de ser tal, y cambiando de ideas, ha de cambiar necesariamente de nombre: se llamará Alfonso XII.

Callaron todos, esperando más vivos comentarios. Y Cánovas siguió así: «Esto lo sabe Cabrera mejor que nadie. Me consta que lo sabe... Por lo demás, esas condiciones diríanse ideadas con el fin de desengañar a don Carlos y abrir sus ojos a la realidad. Por ese medio Cabrera se quita de encima una mosca importuna, pues ni él está para salir a campaña, ni sus ideas son las que tuvo en 1838 y 1840. Vive en Inglaterra; está casado con una protestante, que es más fiera que él, y no puede ver ya en el carlismo más que una leyenda para solaz de inválidos de las clases militar y eclesiástica».

A poco de terminar Cánovas, y cuando acababan de tomar café, fue anunciado Urríes. Pasaron los comensales al salón, donde no había más visitante que el diputado andaluz, con quien Eufrasia y sus amigos empalmaron la hebra de su charla política. «¿Qué noticias nos trae, Juanito? ¿Sigue en alza el papel Montpensier?... Díganos antes: ¿cómo es que no viene con usted esta noche Juanito Valera?».

-Está en casa del Duque de Rivas, donde habrá lectura de una colección de elegías.   —196→   Juan quería llevarme; pero como esto de las elegías entiendo que es cosa triste y funeraria, he preferido brillar por mi ausencia... En cuanto al papel Montpensier, tengo el sentimiento de declarar que hay tendencias a la baja.

-¡Ah, Juanito! Ya me lo figuré en cuanto le vi a usted. Nos trae esta noche una cara terriblemente elegíaca. Vamos a ver: ¿qué ha resultado de la reunión masónica en el Escorial? ¿Fueron los amigos de Prim y de Sagasta? ¿Consiguió este hacerles entrar por el aro? Ea, no nos venga usted ahora con reservas y tapujitos. Descúbranos el lindo pastel.

-Como el pastel se nos ha quemado, todo lo diré, sin ocultar nombres... El primero, nuestro espléndido anfitrión Abascal, Intendente, o cosa así, del Real Patrimonio; después Sagasta, que era el llamado a recomendar al Progreso el papel Montpensier; seguía la reata... Vaya usted contando: Figuerola, Llano y Persi, Moreno Benítez, Juan Manuel Martínez, Venancio González, Ricardo Muñiz, Bonifacio de Blas, Carratalá y este cura... Me parece que no se me olvida ninguno.

-Pues han sido ustedes trece. ¡Fatalidad!

-Dispénseme, Eufrasia. Mala cuenta hace usted. Éramos once. Y este número debe ser más fatídico que el trece, porque el final de la reunión hizo competencia al rosario de la aurora... Sagasta desempeñó su papel con brevedad. Su argumento fue de los que no   —197→   admiten réplica: «Señores, no discuto la valía del Duque. Sólo afirmo que ha venido a ser el único candidato viable. No hay otro. Todos los intentos han fracasado. El que de ustedes crea posible mejor solución, dígalo pronto. Yo sólo añadiré que cada mes, cada día de interinidad, es un gravísimo peligro para la Patria. No patrocino a Montpensier; expongo la urgente necesidad de tener un Rey. Don Fernando de Portugal se niega en absoluto... en el Duque de Génova no hay que pensar... ¿Qué hacemos? Quiero saber la opinión de mis queridos amigos».

»Y la supo; la oyó bien clara y terminante, contraria resueltamente a la propuesta o consulta del Ministro de la Gobernación. Cada cual según su temperamento, unos con suavidad, otros con energía, alguno con fiereza, todos se interpusieron entre la Corona de España y la cabeza del cuñado de Isabel II. Antes la Interinidad indefinida; antes el desgobierno, el motín crónico, el diluvio. No sólo era cuestión política, sino cuestión moral. Yo me permití decirles que estaban obcecados, que estaban locos. Pero si de Sagasta no hicieron caso, ¿qué caso habían de hacerme a mí?

«¡Delicioso fracaso, Juanito! -dijo Eufrasia gozosa-. ¡Ay, qué alegría! Siga, siga».

-Nada más diré de un asunto que recuerdo con pena. Huyo de él como los cómicos escapan del teatro en que les han arreado una silba. Pero algo más, de un orden enteramente distinto, hubo en la reunión.   —198→   ¿Lo cuento? Allá va. El bueno de Abascal quiso prepararnos una sorpresa... más que grata, emocionante, patética; un espectáculo que ha dejado en los que lo presenciamos recuerdo indeleble. Fue, por decirlo así, el número más hermoso y dramático del programa, el único éxito brillante, magnífico, de la excursión, jira, o como quiera llamársela.

Expectación ansiosa del público: «¿Qué ha sido, Juanito? ¿Qué ha visto? Dígalo pronto».

-Lo que yo he visto -afirmó Urríes pavoneándose-, ninguno de los que me oyen lo vio jamás, ni probablemente lo verá... Convengamos en que Abascal no tiene precio como empresario de espectáculos de gran novedad, ni como anfitrión que sabe obsequiar a sus convidados. Pues, señor... bajamos al Panteón, y allí nos encerramos con algunos albañiles y aparejadores. A cada uno de nosotros se dio una vela de cera encendida... Vimos al costado derecho del altar, en la primera fila de nichos, un andamio portátil, bastante sólido. Era el aparato que allí se emplea para dar sepultura a los Reyes o Reinas. Subieron los aparejadores. Sacaron la urna más alta, tirando de ella como se tira del cajón de una cómoda... Una vez la urna en el andamio, levantaron la pesada losa de mármol que la cubre, y quedó descubierto el cuerpo del emperador Carlos V... Subimos todos a verlo...

-¡Escándalo, profanación! -exclamó Cánovas   —199→   con súbito estallido de ira-. Esto no puede tolerarse... Esos hombres nada respetan. ¿Qué sentimiento monárquico ha de haber en esas almas groseras y prosaicas, insensibles a la grandeza de una tumba gloriosa?... Siga, Juanito... ¿Y qué vieron?, ¿en qué estado se halla el cadáver del César?

-Está momificado, y en admirable conservación. Enormemente nos impresionó ver el rostro y cuerpo del Emperador. Quedamos todos suspensos, y en los primeros instantes no se oyó el menor murmullo. Conteníamos la respiración; nos paralizaba un respeto religioso... Creíamos ver la Historia que volvía... no sé decirlo... el pasado que se nos ponía delante... tampoco acierto a expresarlo. Tiene el César la nariz casi destruida; los ojos como huecos profundos; inalterable la quijada saliente, y en perfecta conservación el pelo entrecano de la barba. Para mí resultaba como si la cabeza del retrato de Ticiano, que está en el Museo, fuera sacada de un desván donde las cucarachas hubieran hecho algún estrago, dejando el parecido... Las piernas, de rodillas abajo, son esqueléticas... La gota en vida le trató peor que las cucarachas en muerte.

-¿Y qué ropa viste...?

-Sólo un gran manto de tisú blanco, en que está envuelto todo el cuerpo; en la cabeza un capacete o gorro de la misma tela. La conservación de esta es admirable.

-Manteo de brocado de Cambray, tejido con seda y tirado de plata -dijo Cánovas-.   —200→   ¿Y no tenía alguna insignia del Toisón?

-Nada. Ni collar, ni borrego, ni cruz, ni ningún objeto de metal vimos... Después de contemplar un rato lo que queda del hombre más poderoso de su tiempo, se volvió a poner en su sitio con muchísimo respeto la losa o cobertera; los aparejadores empujaron la urna hacia el interior del nicho, y todo quedó conforme estaba.

Los comentarios y apreciaciones de la irreverente travesura fueron muchos y poco lisonjeros para los progresistas.

CÁNOVAS.-   ¡Y esta gente anda buscando un Rey!... Los que no respetan la Monarquía en su representación personal más alta, quieren que venga un Príncipe extranjero a compartir con ellos la frivolidad de esta generación. Yo aseguro, desde ahora, y lo digo muy alto; yo aseguro que ningún Rey traído de fuera dormirá en las urnas del Escorial.

URRÍES.-    (aparte de Gauna). Con furia lo ha tomado este señor. No he querido contar las tonterías que en presencia de la momia se dijeron. No sé quién hizo esta frase: «De mal agüero es tu exhumación, amigo Carlos V. ¿Significará que vendréis otra vez los austriacos a jeringarnos?».

EUFRASIA.-   Compadezco al que venga. Deseo la ruina y el fracaso más horrible a los empresarios de la traída de Rey.

URRÍES.-    (alto).  Por Dios, don Antonio, no se incomode, y sobre todo, guárdeme el secreto. Se me olvidó decir que nos juramentamos   —201→   para no contar a nadie lo que hicimos. Si se sabe, que no se sepa por mí... Verdaderamente, debí callarlo; pero el afán de referir algo extraordinario ha podido más que mi discreción... Ruego a todos que no me comprometan.

Diósele promesa de secreto, y la presencia de otros amigos de la casa generalizó y desgranó la conversación. Don Manuel Orovio, apenas puso el pie en la sala, acometió fieramente a Cánovas con apreciaciones políticas, de una seriedad aterradora. Más que con su seriedad, deslumbraba el ex-Ministro de Isabel II con sus chalecos, que en el último tercio del siglo XIX suministraron a las gacetillas abundante materia pintoresca. Era un buen señor, tan probo como reaccionario, bastante sagaz en los días subsiguientes a la Revolución para ver en Cánovas el hombre del porvenir. A él se adhería mentalmente, poniendo al servicio del maestro todo lo que podía darle: su honradez, su experiencia de covachuelista y su ardiente devoción borbónica.

Las diez y media serían cuando se despidió Iranzo. Era hombre de una sociabilidad tan intensa como rutinaria, y en aquellos días no se retiraba sin pasar por el salón y tertulia de la Duquesa de la Torre. Esta fidelidad a una casa en que predominaban ideas tan contrarias a las del buen amigo de Cánovas, se explica o por la atracción de los elementos opuestos, o por la simpatía personal, que España suele relegar   —202→   las ideas a un lugar secundario. Por esto, diluidas en el ambiente cortesano, acción y reacción han sido siempre tan benignas... Al ver salir a Iranzo, la de Campo Fresco, que poco antes había entrado, dijo a la moruna (viejo mote de Eufrasia): «Siempre que veo a este hombre, ¡ay!, me le represento alzando la cortina para darme paso al salón de la San Lorenzo... Créame usted: si atontado está el mundo, es de las vueltas que da».

Llegó Carriquiri, un viejo amable, viviente archivo de su siglo; poco después el Conde de Toreno, joven con aire de bebé, coloradote y con barbas rubias, el más inteligente y lucido quizás de la nueva hornada reaccionaria; comparecieron después Cárdenas, Jove y Hevia y otros. Hablando pestes del Gobierno de la Revolución y zarandeando los candidatos al Trono, pasaban dulcemente las horas. Urríes se retiró después de las doce, y se fue a la indispensable escala en la tertulia de la Duquesa de la Torre, que aún respondía en la Inspección de Milicias. Allí vio a Ortiz de Pinedo, con quien se entretuvo un rato en maldecir la Interinidad. Un General ilustre, Ros de Olano, comentando los apuros de la España sin Rey, hizo una indicación, que no comprendieron los que con risas la celebraron, viendo el chiste y no la profunda filosofía histórica que entrañaba. «No hemos caído en la cuenta -dijo- de que lo más lógico es traer un Rey árabe, y que no debemos buscarlo   —203→   en las reinantes familias europeas, sino en los harenes africanos... Árabe y musulmán debe ser nuestro Rey, aunque luego, para que ande por casa con desenvoltura, tengamos que cristianizarlo. Un Rey descendiente del amigo Mahoma será el que mejor nos entienda, nos baraje y nos meta en cintura. Decidámonos, y traigamos un Abderramán, a quien llamaremos califa. Alá es grande... Con tal caudillo no tardaremos en apropiarnos toda la costa septentrional de África...». Esta idea no era para reída, sino para pensada.

Retirose Urríes a su casa, donde estuvo unos días en preparativos de viaje, lo que no era tarea liviana, por el inmenso bagaje de sus pensamientos, unos que irían con él al Norte, otros que había de dejar en Madrid, y algunos que debieran ser expedidos a la tierra de María Santísima. Provenía la confusión del caballero de su desordenado y voluble deporte amoroso, pues como quien se ejercita en la circense habilidad que llaman juegos icarios, jugaba con varios corazones como si fueran platos o palillos, tirándolos al aire para recogerlos y relanzarlos con diestra y limpia mano. El juego había de fallar alguna vez, y ello fue cuando el hermano de don Juan apareció en Madrid inopinadamente y le dijo:

«Ha llegado el momento de poner término a tus vacilaciones, y de decidirte por la solución que vengo indicándote desde el mes pasado. Nuestra casa necesita un apoyo. Tú   —204→   debes darlo casándote con Mariana de Pedroche, que a su condición de propietaria de las mejores vegas de Montilla y Lucena, une las cualidades de belleza y virtud. Acábense tus dudas. Sienta la cabeza, Juan; ya no eres un niño. Bastante tiempo te he dejado vivir a lo mozalbete. Ya llegó el día de llamarte al orden y decir: Hermano mío, te mando que seas Conde de Aldemuz».



ArribaAbajo- XX -

Y animándose con el mutismo de su hermano, prosiguió Ben Alí: «Irás inmediatamente a La Guardia, y sin dilación desharás el equívoco que allí existe por tu gran imprevisión y ligereza. Mil veces te dije: Juan, no sueltes prenda, no hables de matrimonio, ni empeñes tu persona irreflexivamente. Por no hacerme caso te ves ahora obligado a dar explicaciones, a pedir que te dejen retirar promesas y palabras que un hombre discreto no debe dar nunca. Y al propio tiempo te encargo que procedas como caballero, que no olvides tu nombre y procures quedar bien con esa familia de Ibero, según entiendo, muy respetable. La cuestión es como de encerrona, y para sortear la salida necesitas de mucha flexibilidad y mano izquierda...».

Era el Conde Ben Alí un hombre feo,   —205→   de esos en quienes la misma fealdad revela procedencia de padres hermosos. Sus ojos desmesurados y refulgentes eran como los faroles de un ferrocarril; las cejas dos tirajos curvos de paño negro; la distancia entre la nariz corta y la boca larga más grande de lo que marca el ideal helénico; la barba fuerte, espesísima, afeitada en los carrillos para que no invadiera las partes del rostro que, según ley estética, deben estar mondas de pelo; la color blanca dorada al sol; los dientes limpios, correctos y sanos. Su aspecto, en suma, comprendiendo cara y cuerpo, acomodábase al más arrogante tipo de bandido, y no había en ello incongruencia, pues rara vez vio y sufrió el pueblo español cacicón más audaz y despótico. Era el azote político, fiscal, judicial y administrativo de una comarca tan risueña como desdichada.

El ideal patriótico del Conde, fundamentado en su brutal egoísmo, no era otro que ver al bueno de Montpensier en el trono de España. Grande amigo del Duque, no dudaba que este le facultaría para extender y reforzar con apretados tornillos su feudal máquina de tortura... Y por fin, las ambiciones de Ben Alí se redondeaban casando al hermano con la dama de Priego, Marquesa de Aldemuz, para que nuevos estados vinieran a la familia, y se constituyese el feudo en un considerable espacio rural.

Las amonestaciones severas del hermano mayor impresionaron a don Juan, que si bien ya estaba en la idea de cambiar de novia,   —206→   su ligereza no le había permitido aún ver claramente la dificultad del paso. Pero había llegado el momento crítico de liquidación amorosa. El galán tenía que desenredar sus enredos y afrontar las consecuencias de su frivolidad. ¡Oh Fernanda grácil y seductora! ¡Cuán penoso era para tu accidental caballero sufrir la pena de dejarte libre y en disposición de admitir nuevo dueño, y al fin poseedor de tu excelsa hermosura!... Menos mal que el tirano Ben Alí le mandaba a La Guardia por largo camino, pues dispuso que fuese antes a Barcelona con importantes órdenes y pliegos para un coronel de Artillería retirado, que en aquella gran ciudad dirigía secretamente la tramoya montpensierista.

Cuando el arrogante andaluz disponía sus bártulos para tomar el tren, supo que la Subijana y Céfora habían levantado el vuelo. Días antes, salió el pobre Romarate, custodiado por un sirviente de los Marqueses de Gauna, en el mismo tren que a estos condujo. Algo inquieto y sobresaltado, pudo creer el caballero que amigos y enemigos corrían hacia el Norte, imantados como él de un temor supersticioso, miedo a la verdad, al amor enojado y justiciero.

Partió el mismo día en que Prim modificó el Gabinete. La salida inevitable de Martín de Herrera, por su desatentada circular sobre la interpretación de los derechos individuales, y el decreto acerca del ingreso y ascenso en la carrera judicial, dieron al General ocasión   —207→   de abrir la puerta grande a los demócratas. Quedó en Estado Silvela, pasó Ruiz Zorrilla a Gracia y Justicia, en Hacienda entró Ardanaz, en Fomento Echegaray, en Ultramar Becerra. Con estos últimos nombres en el cartel gubernativo refrescó Prim su política, y los demócratas conocieron la alegría del vivir: ya no eran simple adorno muerto, de azul y oro, en la vitela del libro de la Constitución...

El mayor, el único regocijo de Urríes al salir de Madrid por la vía de Zaragoza, fue ver la lozanía con que maduraban los frutos de la Interinidad. Como fanático de Montpensier, deseaba que en el cuerpo y extremidades de la Nación brotaran granos y pústulas, para que fuese menester acudir al heroico remedio. Gravísimas noticias traían el viento y el telégrafo, el correo y las públicas voces. España decía: «Estoy muy molesta con insufribles picazones en todo mi viejo corpacho. Por aquí me duele, por acullá me arde, por esta otra parte se me hincha la piel. Me salen carlistas por donde menos podía pensar, me salen federales por do más pecado había».

Por el camino repasaba Urríes en su mente el sin fin de manifestaciones eruptivas que infestaban a la Nación. Todo aquel sarpullido era por don Carlos y la Unidad Católica. Indudablemente el ejemplar más castizo y picaresco de aquellos brotes insurreccionales, fue el que la Historia designa con el epígrafe de El Cura de Alcabón. Era don   —208→   Lucio Dueñas, según sus biógrafos, un clérigo chiquitín, casi enano, buen hombre en el fondo, pero tan fanático y cerril que perdía el sentido en cuanto el viento a sus orejas llevaba rumores de guerra carlista. Apenas se enteraba de que ateos y masones sacaban los pies de las alforjas, preparaba él las suyas llenándolas de víveres y cartuchos. Convocaba inmediatamente al vecindario del mísero pueblo de Alcabón, y entre mozos y viejos disponibles reclutaba una docena, o algo más, de gandules dispuestos a defender con su sangre y su vida la Unidad Católica y la Monarquía absoluta. Hecho esto y reunida su mesnada, que rara vez pasó de veinte hombres, echaba la llave a la iglesia, cogía la escopeta, enjaezaba su rocín flaco, y, ¡hala!, a pelear por Dios y por Carlos VII.

El campo de operaciones del minúsculo guerrillero tonsurado era la banda Sur de la provincia de Toledo. Pasaba el Tajo por donde podía; evitaba los pueblos grandes; en los pequeños entraba impetuoso, arengando a su gavilla; pedía raciones, cebada y pan o lo que hubiese; y si en alguna parte le atendían, daba recibo en papel encabezado con este membrete: Real Comandancia de Toledo. Su refugio y descanso buscaba en Menasalbas o en Guadalerzas. Era en verdad delicioso y romancesco el cleriguillo de Alcabón. Hacía poco o ningún daño; no fusilaba; valíase de los muchos amigos que en la comarca tenía para escabullirse de la Guardia civil; pedía y tomaba raciones; no   —209→   despreciaba caballo cojo ni burro matalón, y aprovechando alguna coyuntura feliz arramblaba con los menguados fondos municipales. Como experto cazador de toda la vida, don Lucio conocía palmo a palmo el terreno. Alguna vez recalaba en la posesión de don Juan Prim, en Urda. El administrador, que era su amigo, le daba raciones y buen vino de las provistas bodegas del General. El jefe y los bigardos de la partida se apimplaban para hacer coraje, y luego salían por aquellos campos gritando como energúmenos: «¡Viva la Religión, viva la Virgen, viva don Carlos!». El exaltado cura, tan pequeñín que apenas se le veía sobre el jamelgo, se esforzaba en suplir su menguada estatura con la fiereza de sus gritos y la bizarría de sus actitudes.

Más temibles que el enano de Alcabón eran en la Mancha Sabariegos y Polo, cabecillas veteranos que asolaban el Campo de Calatrava. Los bárbaros que les seguían llegaron a formar cuadrillas imponentes, que so color de la Unidad Católica cometían mil desafueros. Estos granos o diviesos eran de más cuidado que los de tierra toledana, y mortificaban con punzadas dolorosas el tronco de la madre Iberia. Pero esta sufría en otras partes de su cuerpo enardecido múltiples tumores que en sanguinoso avispero se juntaban. Los párrocos y canónigos de Astorga, alzando pendones por la Monarquía absolutamente católica, se comprometieron a dar cada uno para la santa guerra   —210→   un hombre armado o su equivalencia en dinero. Pronto se reunieron elementos tan silvestres como belicosos. Del Seminario salió un intrépido sacerdote y catedrático, el señor Cosgaya, que, organizada la evangélica partidita, se lanzó a las aventuras macabeas. Su hazaña primera fue matar a un pobre alcalde; después siguió de pueblo en pueblo racionando a sus hombres y caballos, y aliviando al Fisco de la cobranza de contribuciones.

Pero la cuadrilla más audaz y vandálica de la provincia de León, fue la que guerreaba bajo las banderas del heroico beneficiado de la Catedral, don Antonio Milla, de quien se dijo que era tan sutil teólogo como hábil estratégico. Asoló diferentes pueblos, dejando en Santa María de Ordax memoria perdurable, por los delitos que allí se perpetraron contra la vida, la hacienda y el pudor. Otro de estos Cides con puntas de bandoleros fue el ilustrado canónigo don Juan José Fernández, que no se quedó corto en los atropellos y depredaciones. En una provincia cercana, Palencia, salió Balanzátegui, no cura, sino soldado y de los más valientes, a quien perdió el necio delirio de imponer a tiros y sablazos la Unidad Católica y el Concilio de Trento. Su ciega y fanática intrepidez le perdió: fue pasado por las armas...

El divieso del Burgo de Osma fue García Eslava, que brotó y reventó entre aquel pueblo y Almazán. En tierra de Burgos aparecieron   —211→   como abscesos infecciosos los afamados Hierros, que operaban con ruda valentía y eclesiástico fervor en la patria del Empecinado y en los términos de Aranda de Duero, Roa y Coruña del Conde... En la provincia de Segovia, los facciosos dispersos se juntaban en Revenga bajo el garrote y bonete del capellán de Juarrillos, para correr al latrocinio de leñas, carbones, pan y cebada; en tierras de Madrid, el cabecilla Jara salía de Santa Cruz de la Zarza en busca de los pingües esquilmos de Aranjuez; desde Valdemorillo y Colmenarejo partían bandas de campeones de la Unidad Católica en persecución del Real Sitio, y amenazaban las preciosidades de la Casita de Abajo. Era, en fin, un levantamiento general y a la menuda, en la mayoría de los casos organizado y dirigido por indignos clérigos. Y estos bribones, que al verse perdidos se acogían al último indulto, volvían luego tranquilamente a sus parroquias, santuarios o catedrales, y sin que nadie les molestara continuaban ejerciendo su ministerio espiritual, y elevaban la Hostia con sus manos sacrílegas.

Y aún había más, mucho más que lo rápidamente contado, que fue repaso y enumeración en la mente de Urríes. Todo el mísero cuerpo de la Nación estaba invadido de la plaga. En el Maestrazgo, Valencia, Aragón y Cataluña, sufría España la terrible picazón. De aquella sarna que la obligaba a rascarse desesperadamente, brotaron   —212→   los horribles tumores que la pusieron en tan asqueroso estado. Acudía el Gobierno con los emplastos emolientes del envío de columnas en persecución de los malhechores católicos, unitarios, absolutos o carlistas, que de mil modos se llamaban. Pero como era forzoso atacar un mal esporádico en tan distintas y distantes partes del enfermo, unas veces llegaba tarde el remedio, otras demasiado pronto, como pasó en Montealegre, cerca de Barcelona. Los conjurados se reunían por órdenes del cabecilla Larramendi, y conforme iban llegando al punto de cita, con arreos de cazadores, la columna del brigadier Casalis los cogía y tranquilamente los fusilaba. El único que pudo escapar fue Larramendi, que olió la quema y se puso en salvo.

De algunas de estas erupciones oyó hablar Urríes en el curso de su viaje; otras las supo en Barcelona, donde se detuvo pocos días para dar cumplimiento a la misión que llevaba. En el centro de propaganda y de irradiación activa que allí tenía el de Orleans, supo que los carlistas se llamaban a engaño y ya no daban juego. Mejor resultado se pensaba obtener de los federales, que ya en diferentes partes de Cataluña movían los secretos humores para salir a la epidermis nacional. El mal y su difusión aterradora provenían de la sangre viciada por el terrible virus de la Interinidad, y el enfermo llegaría pronto a la gangrena y la muerte si no le ingerían la droga interna, que era   —213→   tragar al Duque. ¡Amarga pócima para España, que, rechazándola con signos negativos, se rascaba y se condolía, siempre risueña y grave, inmensamente noble y picaresca!




ArribaAbajo- XXI -

De regreso a Zaragoza, continuando su viaje parabólico, tuvo Urríes un encuentro feliz y desagradable. Presuroso comía en la estación cuando se le apareció su amigo Tapia, derrengado, cojo y con un brazo en cabestrillo, el rostro de vieja tachonado de negros parches de tafetán. Con frase compungida y rápida, hizo historia de sus lastimosas averías, obra de unos desalmados facciosos de Balaguer. Como la brevedad de la parada no daba tiempo a largas explicaciones, limitose a decir que los carlistas que furiosamente le molieron los huesos eran de los de verdad; que el vapuleo fue desaforado y puso en peligro su existencia, y que huyendo de sus verdugos se vino a Lérida para curarse con árnica y quietud sus mataduras y contusiones. Dicho esto, pidió y obtuvo un auxilio de dinero... Metiéndose en el tren a toda prisa, después de socorrer al amigo, don Juan le mandó que fuese a Barcelona a recibir nuevas órdenes... Durmió en Zaragoza el caballero, y tempranito salió en el tren que va y viene por la   —214→   margen derecha del Ebro, entre Zaragoza y Miranda.

A medida que avanzaba el vagabundo Urríes, espaciando sus miradas en los risueños campos o en la caudalosa corriente del magno río, tristeza y zozobra se metieron a la calladita en su alma; y cuando al caer de la tarde, pasando por Cenicero, vio los montes de La Guardia y Toloño iluminados por el sol poniente con tintas y tornasoles de nácar, don Juan se recogió en sí... Como el sol doraba los montes, la imagen de Fernanda iluminó la mente del caballero, y en ella se reprodujo con singular viveza. La hermosura de la hija de Ibero, su gracia, su continente a la par modesto y noble, imitaban soberanamente la realidad.

En aquella hora de triste ocaso, propicia al examen interno, don Juan pensó que su inclinación a las livianas aventuras, por puro pasatiempo deportivo, y sus tratos con la Marquesa de Aldemuz, buscando una boda de conveniencia, le imposibilitaban en absoluto para pretender un hueco en el corazón de Fernanda. Pero contra la desazón que esta idea produjo en su alma, reaccionó el caballero al instante con sus arrogancias de libertino... Cierto que Fernanda era mujer de extraordinaria valía... mas no la única... Otras había que... Y por último, ¡qué demonio!, si él salía bien de la engorrosa obligación que le había impuesto su hermano, deshacer aquel impremeditado compromiso matrimonial, ¿no podía suceder   —215→   que Fernanda siguiese amándole, que él...? Su buena estrella en lides de amor no había de abandonarle. Con tales pensamientos llegó a Miranda, y no sabiendo dónde residían a la sazón los señores de Ibero, corrió a la fonda en busca de un muchacho que allí servía, y que seguramente le sacaría de dudas. El mozo, natural de Páganos, hijo de un antiguo servidor de Castro-Amézaga, y muy afecto a la familia, le dijo que los señores habían pasado por Miranda dos días antes. Don Santiago y su señora, con el niño pequeño, estaban en Sobrón tomando las aguas; la señorita Fernanda, en Bergüenda con sus tíos doña Demetria y don Fernando.

Durmió Urríes en la fonda de Guinea, mejor será decir que se acostó, pasando en penoso desvelo toda la noche. Sus atormentadores eran: el mandato de su hermano, tan difícil de cumplir; la hermosura y bondad de Fernanda; la rígida entereza de Santiago Ibero. A la mañana siguiente, un buen coche de alquiler le llevó por la orilla izquierda del Ebro. Aunque iba con toda la atención en sus inquietudes, algo le quedaba para mirar el paisaje, que le pareció desolado y tristísimo. Detenido en Fontecha para pagar el portazgo, el corazón le dio avisos de mal recibimiento, augurios tristes... Pero aún había que andar algo más. Adelante, pues... Por fin paró el coche frente a un muro enverjado en su parte superior. Urríes oyó ¡ay!, la voz de Fernanda... en el mismo instante vio su esbelta figura   —216→   tras unas ramas de rosales floridos... Charloteaba con unas muchachas. ¿Eran criadas o señoritas del pueblo?... El caballero descendió junto a una puerta que no era entrada del jardinillo, sino de la casa, y esta tenía un aspecto austero, señoril y arcaico, con escusones, reloj de sol y una graciosa ventana plateresca. La primera que salió a recibir a don Juan fue Demetria; poco después apareció Fernanda. Fríos, pero de suprema ficción cortesana, fueron los saludos. En lo poco que habló Demetria descollaron estas dos frases, que hirieron particularmente la atención de Urríes... «Mi esposo ha ido a Santa Gadea del Cid, a visitar a un amigo...». «Ahora, don Juan, hablará Fernanda con usted; después hablaré yo».

Dicho esto, salió la señora, y los novios quedaron solos frente a frente. Las miradas de uno y otro vagaban en el espacio intermedio como pájaros asustados que no saben a dónde volar.

¿Quién de los dos hablaría primero? El sentimiento que en el alma de Urríes hacía veces de dignidad, dijo a este que debía romper el silencio, y así lo hizo: «He venido acá, olvidándome de todos los equívocos que nos han trastornado, he venido a decirte, Fernanda, que...».

-Acaba. Cuando a mí me toque hablar, verás qué pronto despacho.

-A decirte que no he dejado de amarte; que mi corazón es y será siempre tuyo, cualquiera que sea la determinación... a que me   —217→   lleve... mejor dicho, que me imponga mi Destino, un sino perverso... fatalidad debo decir... Ese nombre de fatalidad doy yo a mi familia... Más fuerte que todo eso será mi amor... más permanente la imagen tuya que llevo grabada en mi corazón.

-¿Y para qué quiero yo -dijo Fernanda con arrogante desdén-, para qué quiero un corazón que se contenta con llevarme grabada?... ¡Qué risa! ¿De modo que yo me vuelvo imagen, y tu corazón un altarito en que dice misa otra mujer?

-No me has dejado concluir. Aguarda un poco. He dicho que te amaré mientras viva, Fernanda; que...

-¡No dices verdad!... Podías dar a tus engaños otra forma, alegar razones: que has encontrado mujer más de tu gusto, que la conveniencia se sobrepone al cariño, o que el cariño es voluble, loco... Podías en todo caso traerme la razón suprema, el no quiero, el no puede ser, que no dan lugar a más dimes y diretes. Juan, Juan, yo soy muy recta, y no admito disculpas estudiadas, ni volteretas del pensamiento... Quiero el o el no, claros, redondos... Tengo el alma bien dura... dura para el sufrimiento... Dura soy también para querer, cuando en el querer soy correspondida. ¿Me entiendes? Si he de estimarte, ya que quererte no pueda, ven a mí honradamente con tus disculpas; no me traigas las mentiras endulzadas y las perfidias que usáis en las Cortes...

-Allá se quedan las ficciones; aquí vengo   —218→   a declarar inextinguible el amor que te tengo, Fernanda.

-Mentira, mentira -replicó la hija de Ibero, firme en su proceder rectilíneo. Era un alma enteriza. Desconocía las sutilezas de lenguaje que sirven para soslayar el pensamiento con adornadas curvas; no usaba nunca el lenguaje irónico ni las figuras tortuosas; en sus cariños como en sus antipatías jamás gastaba términos medios; no sabía poner sordinas ni apagadores en la ruda expresión de la verdad.

Repitió don Juan sus ditirambos amorosos. El niño que hay siempre dentro del calavera o libertino le sugería procedimientos muy elementales: arrojar sobre la mujer engañada flores bonitas y galanos requiebros. Creía que Fernanda era como las demás, y en esto se equivocó, poniéndose en el orden de los profesionales de amor más adocenados, conforme a la degeneración del tipo en el siglo XIX. La enamorada doncella se levantó, protestando del artificioso galanteo. Con empañada voz le dijo: «No te canses, Juan: tus flores me parecen flores de muertos... flores de trapo. Llévalas a la rubia de Subijana, y en ella se volverán flores vivas, frescas, naturales. Bien cerca la tienes... Ha sido ella más dichosa que yo. Pero no debemos quejarnos... Al mundo venimos para eso, para que unos pierdan y otros ganen... Yo he perdido...».

Saltó Urríes con una gallarda negativa... Céfora no le interesaba. Era un conocimiento,   —219→   no un compromiso. No era caso de amor, sino de piedad de una huérfana desvalida. Con un no hablemos más dicho con entereza, ahogando su pena hondísima, puso Fernanda punto en la conversación, y se dirigió a la puerta. Su andar y su gesto eran como si arrojara y pisoteara las flores contrahechas con que el galán quería reconquistarla. Y saliendo ya, dijo: «Todo lo tenemos hablado... Lo que falta te lo dirá mi tía». Desapareció, y en el rato que estuvo solo, coordinó don Juan sus pensamientos, y analizó los de Fernanda. «Es muy particular -se dijo- que su celera y su enojo señalen exclusivamente a Céfora... De Mariana ni una palabra. Sin duda hay aquí un equívoco que debo aprovechar».

No tuvo tiempo para más reflexiones. Entró Demetria, que deseando terminar pronto, evitaba toda prolijidad. «No puede usted figurarse, don Juan, el estrago que ha hecho en la familia, en nuestros corazones. Ya le queríamos a usted, ya le teníamos por nuestro... Reconozca que su comportamiento no ha sido como esperábamos. La corrección no parece por ninguna parte. ¿Qué? ¿Se ofende de lo que le digo? Peor sería para usted que se lo dijera Santiago... Ya, ya sé lo que usted me contestará... que en la vida no se hace todo lo que se quiere; que cuando menos se piensa saltan obstáculos insuperables. Naturalmente, no es el corazón el que manda en todos los casos... mandan los intereses...».

  —220→  

Por la primera brecha que Demetria le dejó libre, se coló Urríes con sus disculpas, comenzando por manifestar que su pena era de las que no admiten consuelo... que amaba a la familia Ibero tanto como a la suya, y acabó declarando que, en efecto, existían obstáculos; pero que acerca de ellos no había dicho aún en su casa la última palabra. «Dispénseme, don Juan, si me permito desmentirle -replicó Demetria triste y obstinada-. La última palabra está dicha ya; los dos hermanos se han entendido; usted se casará con la dama de Priego... Todo lo sabemos aquí; sólo está ignorante de ello la pobre Fernanda, a quien hemos ocultado la verdad para que su herida no sea tan dolorosa. Hemos tenido la desgracia de perderle a usted... digo desgracia, porque para nosotros era felicidad contarle en nuestra familia. El Conde de Ben Alí, que según parece no admite oposición a su autoridad, ha sentenciado... Es inútil que usted nos hable de su desconsuelo... Creo en él; creo que usted no va con gusto en ese machito del casorio con la viuda... Pero resígnese y háganos el favor de retirarse y de no volver por acá. Mi marido y mis hermanos Gracia y Santiago no apreciarían esta visita de usted como la aprecio yo...».

Quedó el caballero un tanto apabullado con estas severas y delicadas razones, a las que por el pronto no supo responder más que con declamaciones caballerescas, de las cuales tenía bien surtido repertorio. Y Demetria,   —221→   visiblemente afectada, con lágrimas en la voz, ya que no en los ojos, le despidió con frases de intensa ternura: «¿Ha traído usted las cartas de Fernanda para entregárselas como es uso y costumbre en todo rompimiento de noviazgo? Porque ella tiene ya dispuestas las de usted en un paquetito. Y para que se vea si es inocente y angelical esa criatura... esta mañana, hablándole yo de la obligación de devolver las cartas, me dijo: «Tía, ya las he reunido en un paquete; pero lo até con una cinta rosa, y estoy buscando una cinta negra para que lleven la expresión de muerte que es necesaria, indispensable».

Contagiado de la emoción de la dama, uno y otro en pie para la despedida, don Juan no quiso rematar la visita sin dar también su nota de ternura y delicadeza. «Yo he traído las cartas de ella; pero las dejé en Miranda... El corazón se me rebelaba contra el trámite doloroso de rompimiento... y me decía que esta visita no podía ser la última. ¿Me permite usted, señora, que me despida de Fernanda y solicite nueva entrevista para el cambio de esas que vienen a ser papeletas de defunción, signos de muerte, el corazón suyo y el mío devueltos, como lo que no fue poseído, sino prestado?».

-¡Ay, no!... no puedo consentirle a usted nueva entrevista, caballero. Despídase usted de ella en forma vaga, sin afirmar ni negar que se ven por última vez... De este modo la separación no será tan desoladora   —222→   para ese ángel... Véala usted en el jardín (acércanse a la ventana)... Allí está regando los claveles con las dos muchachas que aquí le hacen compañía... la una es sobrina del cura del pueblo; la otra es Boni, hija del que fue escudero de mi esposo y hoy el criado más antiguo de mi casa... Es hermana de Sabas, un muchacho que sirve en la fonda de Miranda... Observe usted a mi sobrina. ¡Qué bien disimula su pena! Ríe, y a ratos canta... Mientras esté usted aquí, sabrá mantenerse entera y tragarse sus amarguras. Salga usted, baje, despídase con su habitual cortesía... Yo no intervengo, no quiero intervenir; le dejo a usted solo, y fiada en su caballerosidad le veré desde aquí... Después, nada... Vuélvase a Madrid, y de la devolución mutua de cartas me encargo yo. Mándeme usted su paquete, las de ella; yo le enviaré después a Madrid, con un conductor del tren, hombre de toda confianza, el paquetito atado con cinta negra... y requiescat in pace. Todo queda muerto y sepultado... Pero los corazones revivirán... Usted será feliz con su viudita opulenta, y a mi sobrina, que es mujer de grandísimo mérito, no le faltará un buen partido... y también será feliz... Yo soy un ejemplo de este revivir de los corazones, mejor dicho, mi marido es el ejemplo. Amaba locamente a otra, y yo me di mis trazas para ser su verdadero amor, el amor de toda su vida.

Descendió al jardín el caballero, y reuniose con Fernanda junto a un grupo de altos   —223→   rosales. Los que fueron novios quedaron a distancia de las dos muchachas, en un sitio desde el cual podía verles Demetria. El taimado caballero, ducho en artes de amor, evocó en la mente todo su poder sugestivo y magnético... En breves instantes y contadas palabras había de crear una nueva situación sobre las ruinas de la antigua. «Fernanda -le dijo poniéndose en el rostro la máscara patética que usaba en las críticas ocasiones-, no ates el paquete de tus cartas con cinta negra, por Dios te lo pido... Lo negro es signo de muerte, y nuestros corazones quieren vivir, pese a quien pese. El paquete de tus cartas lo dejé en Miranda. Viene atado con cinta verde, que es color de esperanza. Lo que hoy parece rompimiento, no lo es... Yo me sublevo contra tal absurdo, y para darte mis razones necesito una entrevista, solos los dos... cerca de aquí, en el campo, donde tú digas».

-Eso no puede ser -replicó ella con temblor de voz, que de los labios a todo el cuerpo le corría-. Eso nunca. Hemos concluido para siempre.

-Piénsalo, vida mía, y no me empujes a la desesperación.

Con pérfido arte lo dijo, revistiéndose de una dramática gravedad que admirablemente realzaba sus ademanes varoniles. La inocente y crédula Fernanda se enganchó en la fina red arácnida de cazar moscas.

«La desesperada soy yo, Juan; yo, que... Pero cuanto digamos ya es inútil. Vete pronto...   —224→   déjame. No volveremos a vernos... ¿Pero qué has dicho?».

La pobre criatura vacilaba entre darse por muerta y recobrar nueva vida. El galán echó el resto, y con aparatosa ficción romántica que le agigantaba, dándole a los ojos de ella mayor gallardía y hermosura, se expresó así: «Concederme o negarme la entrevista, es como decidir que yo viva o que muera. Es tristísimo que no pueda yo contarte mis horribles penas. ¿Eres tú acaso más mala y más perversa que mi destino? Bien. ¿No quieres volver a verme? En ese caso, me sentencias a desaparecer del mundo».

-¡Oh, no! Juan, no.

-¿Concedes la entrevista?

-No puedo.

-Pues yo podré. Adiós, Fernanda. Me verás otra vez. Adiós.

Hizo las reverencias y figurado saludo de quien se despide con forma vaga, como había indicado la señora, y salió. Corriendo en su cochecillo hacia Miranda, el caballero no iba triste. En su alma aleteaba la ilusión de empalmar los pedazos rotos de su historia de amor. Pensando en ello, acariciaba este hilo de zurcir que ingenuamente había dejado caer Demetria: Boni, hermana de Sabas, el mozo que sirve en la fonda de Miranda...



  —225→  

ArribaAbajo- XXII -

Con ardor empezó Urríes su trabajo apenas llegó a la estación; que en tales campañas no conocía la pereza ni dejaba perder los minutos. Con dinero y saliva conquistó fácilmente a Sabas, el cual no puso reparo a intervenir en el negocio, siempre y cuando no fuera para cosa mala. Muy adicto a la familia, y tan fiel como su padre y su hermana, no asintió a las proposiciones del caballero sin echar por delante sus escrúpulos: «¿Pero todo esto, don Juan, es para casarse?».

-Sí, hombre. ¿Pues para qué había de ser? ¿Por quién me has tomado?

Y con explicaciones enfáticas, de inventiva novelesca, le dejó en pleno convencimiento de que colaboraban en la paz de la familia. Sin perder tiempo, se puso el bueno de Sabas en comunicación con Boni... Esta se encargaba de persuadir a la señorita. Todo a pedir de boca se arreglaría, porque el jardín de la casa de Bergüenda lindaba con otro enteramente abandonado y en poder de caracoles y babosas. La entrada era facilísima de noche, sin que nadie lo advirtiese. Tapia de poca altura separaba los dos jardines, y en ella podían hablar los novios, cada uno por su lado, sin aproximaciones   —226→   ni tan siquiera cogerse las manos. Lo malo era que el perro guardián seguramente con sus ladridos daría la voz de alerta. ¿Cómo se arreglaba esto?

Y el buenazo de Sabas, rascándose la testa, halló al fin la solución y la manifestó con llaneza ruda. «Dejaivos de jardines con caracoles, y del perro y la tapia, y los incomenientes que pasan. ¿No saléis tú y la señorita a prima noche para irvos al rosario en la iglesia?... Pues, coni, en vez de entrar en la iglesia, meteivos por el callejón que sale al juego de pelota y a las choperas del camino viejo, por onde no pasan ni las ánimas; que ya no andan ánimas dende que la Revolución quitó el Purgatorio... Allí estaremos don Juan y yo, y allí pueden hablarse los novios... que en media hora, coni, tiempo tienen de decir lo que quieran tocante a casamiento, y tú y yo apartadicos sin quitarles ojo, para que no haiga pegazón de personas una con otra, ni besos mismamente, cétera...». A ciegas aceptó Urríes este plan, por no tener medios de ejecutar otro. Entregábase al acaso, fiando en su suerte loca; contaba con lo imprevisto, que rara vez deja de ser favorable en las comedias vivas de amor.

Llegó, pues, la noche fijada para la cita. Acudió el primero don Juan: llevaba coche cerrado. No tardaron en destacarse de la sombra nocturna las figuras de Fernanda y Boni. Todo resultaba tal como lo calculó el experto Sabas, que andaba por allí ceñudo   —227→   y vigilante, sin otra mira que el honor de la familia. Las intenciones de Urríes no eran buenas; pero su apetito donjuánico no tenía suficientes arrestos para proceder conforme al uso de los tiempos heroicos del libertinaje. La sociedad comedida y reglamentada del siglo XIX, no permitía ciertas audacias. El rapto en el coche, burlando de un puntapié o a cuchilladas la vigilancia de los servidores, era un delirio anacrónico. Robada Fernanda, ¿qué haría después? Estábamos en un siglo imposible, todo alambrado de leyes, reglas y miramientos. El ideal supremo sería tener dispuesta una casa próxima; entrar en ella con la hermosa joven; platicar juntos y solos en la forma más íntima, sin reparo de los desvaríos a que la mutua pasión les condujera, y después volverla al hogar paterno, quedando todo en secreto, con o sin consecuencias visibles en corto plazo. Esto era lo procedente y lógico en un siglo de amaños, hipocresías y ziquizaques. Y la Humanidad iba perdiendo en ello, porque los males de la fuerza fueron siempre menos malos que los de la astucia.

Ya en el terreno, mano a mano con Fernanda (y las manos de él no osaban ir más allá de las de ella), vio don Juan que se había equivocado de lugar y ocasión. Otra cosa ideó y presumió su acalorada mente de burlador. ¿Qué hacían allí las estatuas sombrías de Boni, Sabas y la señorita del pueblo, como representantes ñoños de la moral? Los mirones o testigos profanaban la santidad   —228→   de la poesía, y convertían en copias insulsas el poema donjuánico... En la corrección de la entrevista, el pensamiento dominante de Urríes era recabar de Fernanda promesa de nueva cita, para lo cual precisaba reentablar sigilosa correspondencia entre la casa de Bergüenda y Miranda. Negose la hija de Ibero, y encastillada en su honestidad tanto como en su agravio, acudía veloz al cierre de todas las brechas que el galán abría. En el corazón de la enamorada joven, el odio a Céfora era una llama inextinguible. A Céfora tenía por autora de los tormentos que le ocasionaba el desvío de don Juan; y mientras más bello y seductor a sus ojos se presentaba el hombre amado, más terriblemente crepitaban las llamas del corazón, y más acerada y persistente era la idea fija, semejante a una brújula montada en el cerebro.

Con todas las artes de su ingenio fecundo se aplicó Urríes a desmontar aquella idea fija. Recelar de Céfora era ver visiones y asustarse de sombrajos. Aferrada tenazmente a sus odios, Fernanda insistió, diciendo: «Es verdad; no deliro. ¿Por qué estás aquí sino por estar cerca de ella?». Viendo que las sutilezas de su imaginación no daban juego, don Juan tomó el caso a broma; ridiculizó a Céfora, agregando chistosas comparaciones y conceptos saladísimos. Fernanda sonreía; pero aunque la sonrisa podía parecer señal de debilidad, continuaba rebelde al convencimiento. Repitió don   —229→   Juan muy en serio su declaración de que la rubia de Subijana no significaba para él más que las invisibles pajaritas del aire.

Fernanda era religiosa; creía que los juramentos obligan y son prendas de veracidad. Su candorosa fe, un poco rutinaria y formalista, respondió a las ardientes afirmaciones del galán proponiéndole que jurase lo que había dicho. ¡Buen cuidado le daba a Urríes complacer a su amada, y pasarse jurando toda la noche! Los juramentos dramáticos y líricos no tuvieron fin: juró por Dios y por su madre, es decir, por las dos madres, la de Dios y la del caballero, a la cual este suponía muy bien aposentada en la mansión de los justos. Quedó así Fernanda consolada o en disposición de creer, y dando por terminada la entrevista, ofreció conceder otra en breve plazo, y decidir en ella si reanudaban el carteo. Separáronse, él con pasión declamatoria, ella con ternura reservada. Triste y un tanto alicaído se retiró Urríes a Miranda. No le resultó la novelesca cita tal como él la soñara y presintiera. Pero en su riquísimo arsenal de pertrechos amorosos hallaría resortes, trampas y redes más eficaces.

En este lugar de la narración se marca una coyuntura que desvía los sucesos y los empuja por derrotero no previsto. Un personaje, una mujer ya mencionada, aparece ahora como activa palanqueta en la máquina de esta ejemplar historia. Era Nievecitas, sobrina del cura de Bergüenda, bondadosa   —230→   y honesta joven, agradable de rostro, menudita de cuerpo, un poco y un mucho picotera, y tan comunicativa que antes reventara que guardar un secreto. A los tres días del careo nocturno, llegose a Fernanda y muy compungida, casi llorosa, le dijo que don Juan de Urríes visitaba las más de las noches a Céfora, en un caserío pobre de las inmediaciones de Salinas... Para evitar su paso por Bergüenda, el traidor tomaba la línea de Bilbao hasta Pobes, donde ajustado tenía un coche...

El primer efecto de este jicarazo en el ánimo de Fernanda, fue una estupefacción parecida a la insensibilidad; siguió la cólera, el ciego creer en lo que oía; vino después la duda... Nieves mentía... repetía cuentos y chismajos... A estos angustiosos estados de alma que cambiaban rápidamente, sucedió un repentino desbarajuste nervioso como arrebato de locura. En la sedación de su delirio, cayó Fernanda en la taciturnidad sombría, lúgubre. Guardó en el alma el secreto de su aflicción con heroico y casi increíble disimulo. La violencia que hacía sobre sí para no dejar traslucir su congoja, parecía superior a las fuerzas humanas: divina fuerza era sin duda.

El primer cuidado fue que los tíos no sospecharan la grave desazón de la señorita. Conseguido esto, en su aposento y en los paseos vespertinos Fernanda tramaba con Nievecitas y Boni tenebrosa conspiración. Se le había metido en la cabeza comprobar   —231→   por testimonio de sus propios ojos la traición de Urríes. Amiga y criada trataron de apartarla de aquel propósito; mas antes lograrían que saliese el sol por Occidente. La hija de Ibero podía romperse y morir; doblarse y transigir, nunca. Era un ser fundido en una sola pieza, y no había medio de tomar una parte de ella dejando lo demás.

Las conspiradoras recibieron de Miranda un soplo interesantísimo. Algunas tardes salía don Juan por la línea de Bilbao, diciendo que iba a visitar a un amigo en Orduña o en Amurrio. Regresaba al día siguiente. Sin decirlo claro, quería pasar por conspirador, y aires de tal se daba. Esto a nadie sorprendía en tiempos de tanta libertad, y de tan activas y variadas propagandas por el achaque de buscar Rey... Una tarde, después de comer en la estación, se metió Urríes en el mixto de Bilbao. Al poco rato se apeaba en Pobes. En un coche que prevenido y bien pagado tenía, partió por la carretera de Nanclares a Espejo. El camino era tortuoso, costanero, y el paisaje melancólico se entristecía más al caer de la tarde, cuando las últimas luces del día se acostaban en él soñolientas.

Don Juan se distraía contando los robustos y frondosos nogales que en aquel país se ven frente a todas las casas y en la proximidad de las iglesias. La penumbra los agrandaba, la sombra los ennegrecía, y sus formas corpulentas querían ser ante la imaginación figuras de abades panzudos o de atletas   —232→   acurrucados bajo inmensos paraguas. En su vagorosa observación, así pensaba el caballero: «En la madera de esos árboles, que puede ser algún día mi cama, mi mesa, mi ropero, duermen ahora los pájaros tan tranquilos...». Luego, enzarzando ideas, se decía: «A diferencia del hombre, los pájaros no aman nunca de noche... De día se dedican al canto, a sus amores y a robar para comer... El ser que no ama, no vive. Como el pájaro busca el grano, busca el hombre a la mujer, y donde la encuentra, allí se para y come... toma lo suyo y lo ajeno...».

Entre pensativo y adormilado, llegó a un caserío pobre, a la entrada de Salinas. La noche era obscura y cálida; el lugar hondo, medroso, solitario, entre cerros y peñas. Próximo estaba el pueblo, y ninguna calle de él se veía. No faltaba, frente a la casa, el nogal pomposo que dormía envuelto en su capa o copa, tapándose desde el tronco a la coronilla. Salió la casera al encuentro de don Juan y le dijo que la señorita no había llegado. Coche y cochero pasaron al corral, y Urríes entró renegando en la casa, pues los plantones le enojaban, como hombre acostumbrado a que los gustos y bienandanzas se le viniesen a la mano. Condújole adentro y arriba la mujer, prevenida de un candil, por escalera crujiente y sollado de castaño, que respondían a las pisadas con quejas y chirridos lastimosos. En una estancia bien puesta y limpia entraron. El galán se dispuso a esperar; preguntole la   —233→   casera si quería tomar algo; negose don Juan mohíno: tomaría tan sólo paciencia. A su pregunta de si la señorita tardaría mucho, respondió la mujer que nada sabía, y que la tardanza podía ser corta o larga, según... Total, que era forzoso ponerse en manos del tiempo, árbitro de los plantones de amor.

La noche había de ser para don Juan penosísima; noche de fastidio y rabia, porque el plantón no acabó ni con el día. Fue una soberana burla del tiempo y del amor confabulados, un bromazo cruel, aunque no tanto como él merecía. A las doce perdió la esperanza de ver a Céfora. Ya cerca de la una, prefirió el galán dormir, y se tendió medio vestido en la cama, que no era mala, aunque sí de las de música, pues en cuanto el cuerpo se movía en ella, las secas hojas de maíz y las maderas de la armadura cantaban y reían como enemigas del sueño del huésped. A pesar de esto, durmió cuatro horas con leves interrupciones de picotazos; que no faltaron pulgas feroces, asesinas...

Temprano dejó las ociosas y musicales pajas, y desayunándose con un buen chocolate que le dio la casera, preguntó a esta el camino más corto para entrar en las salinas sin pasar por el pueblo. Precisamente del caserío a las salinas había poco que andar, aunque ello era por vericuetos. Subiendo por un senderillo que arrancaba del nogal, se llegaba a una pared de piedra seca, deshecha en diversas partes y con practicables boquetes. Guiado por estas indicaciones,   —234→   allá se fue don Juan seguro de encontrar a Céfora, que todas las mañanas, antes o después de misa, daba un paseíto por los dominios de la blancura.

Alguna noche estuvo Urríes en las salinas; de día, el espectáculo de aquella singular explotación del agua salada, le dejó maravillado y suspenso. Era un ancho y profundo barranco, cuyas dos vertientes habían sido convertidas en estanquillos o balsas de madera, escalonadas como los jardines de Babilonia. Estacas verticales soportaban estos tenderetes; los más lejanos parecían galerías o pórticos guindados unos sobre otros; las superficies altas, donde se estancaba el agua para someterla a la evaporación, eran de una horizontalidad perfecta. Los soportes y algunos trozos de muro que servían de armazón a tan industrioso artificio, ofrecían la complejidad y variedad más pintorescas. De una parte a otra, y aun por todo el espacio que separaba las dos vertientes del valle o encañada, corrían los cauces de madera, conductores del agua. Esta bajaba del manantial y se distribuía por la enmarañada red de canalillos altos y bajos. Lo que daba al paisaje una singular y exótica hermosura, era que al evaporarse el agua salobre, en los trayectos quebrados o rectilíneos que recorría y en la entrada y salida de los estanques, dejaba por todas partes cuajarones de sal. Aquí colgaban témpanos y estalactitas, allí corrían cristalinas cuerdas horizontales. Estos efectos,   —235→   los de las pilas de sal ya recogida, y la nitidez alba de los embalses, daban la impresión de un país nevado o de una ciudad de pórticos, en parte de madera, en parte del más rico mármol de Paros. La general blancura superaba con mucho a la de la nieve, por el brillo y claridad que la viva luz y los directos rayos del sol daban a tan espléndido conjunto. No se cansaba Urríes de contemplar el bello, gracioso y divertido espectáculo: iba de una parte a otra buscando las variadas perspectivas, cuando vio a Céfora que sola y leyendo un librito avanzaba por la linde de los más bajos estanques. Había entrado por el portalón que comunica las salinas con el pueblo. «Ahí viene esa loca -se dijo Urríes andando hacia ella por los blancos senderos en que la sal pisoteada tenía el brillo mate del esmeril-. ¡Y qué guapísima! ¡Cómo realzan su belleza dorada estas nieves, hijas del sol; estos templos de sal!...».




ArribaAbajo- XXIII -

Cuando a la dorada beldad se acercó el caballero, alzó ella del libro los ojos, y sin mostrar alegría ni pena, con fría tranquilidad, le hizo este saludo: «Ya contabas con encontrarme aquí. Buenos días, Juanillo loco».

  —236→  

-Contaba encontrarte, sí; pero no pensé que trajeras por delante al amigo San Agustín, que sin duda es el culpable del plantón que me diste anoche.

-San Agustín, no, ¡pobrecito! Échame a mí la culpa. ¿De veras te ha dolido el plantón? Me alegro mucho. Juan... ¿Para qué estamos en este mundo más que para sufrir?... Reconoce, amigo mío, que mis desgracias, esta humillación en que vivo, me dan derecho a mortificar.

-Pero a mí no.

-Mortifico a los que me quieren, Juan. Así me querrán más.

Esto decía con frialdad lacerante, que al caballero confundía, dándole impresión parecida a la del frote de un rallo en lo más sensible de la epidermis. Cuando así hablaba Céfora, don Juan creía ver en los ojos de ella un resplandor extraño, como si el azul celeste se cambiara en verde cenagoso. «Hoy vienes en la más cargante de tus fases... porque tienes fases, Céfora, como la luna... Tienes crecientes deliciosos, y menguantes horribles... Te suplico que hoy, en compensación de la noche boba que me has dado, me presentes la fase amorosa...».

-Sí que soy lunática... Pero no esperes hoy la fase bonita. Estoy en la hora antipática y en el menguante de hacerme aborrecible... Vámonos por aquí, y metámonos en aquella cueva, que estos salineros todo lo ven, y llevan cuentos a mi tía.

-Vamos a donde quieras. Y ya que nombras   —237→   a tu tía, dime si anoche has tenido con ella algún zipizape... Eso me explicaría mi plantón y tu displicencia.

-Anoche no hemos reñido. Nunca reñimos; pero siempre estamos distantes una de otra, en espíritu. Mi tía es amable... amable como las serpientes que miran con tiernos ojos antes de enroscarse en la víctima. Carolina no me arroja de su lado; espera que yo me vaya; lo espera sentadita, sin decirme una palabra dura ni agria... Me arroja de sí con este dilema: «O monja o casada». Hace dos días me propuso por marido a un chico del pueblo, que tiene cuartos... hijo de un tendero de aquí, valenciano, que vende alpargatas, loza ordinaria, con especialidad en orinales, esteras, pelotas y muñecas baratas, de esas que miran con ojos espantados. El que quieren que sea mi novio es gordo y lucido... Siempre está sudando... Los ojos tiene asustadicos, como los de las muñecas, y como ellas está lleno de serrín. Su orgullo es jugar bien a la pelota, y cuando sale del trinquete trasuda horriblemente y apesta... Pues el otro punto del dilema es el convento de las monjas de la Esperanza, a media legua de aquí. El clérigo que se compinchó con mi tía para meterme en la Esperanza me ha resultado grilla. Carolina me mandó que oyese sus consejos... ¡Vaya una catequesis que se gastaba el hombre! Me hizo una declaracioncita muy mona... que le gusto mucho... que en vez de entrar en la Esperanza me arregle con él en clase   —238→   de ama con visos de sobrina... que seremos muy felices.

-Ya ves, Céfora -dijo el caballero gozoso- cómo al fin tienes que venir a parar a mí... Rechazas el novio gordinflón; desprecias el curita hipócrita... Pues vente conmigo, tontuela... Te escapas bonitamente una mañana... yo te llevo a Madrid. Tendrás una linda casita... y...

Buscando soledad y frescura, pues picaba ya el sol, se encaminaron a uno de los grandes huecos que los pórticos dejan entre sí, bajo el maderamen de los estanquillos. Eran como cavernas de fondo desigual, según la forma de la roca o conglomerado terroso en que se apoyaba todo aquel tinglado. Allí se veía la sal apilada en montones, bloques endurecidos que semejaban esbozos de marmóreas estatuas. En algunos trozos, la imaginación veía intentos de modelado de figuras, y golpes del escoplo de Fidias.

-No me hables a mí -dijo Céfora sentándose en la sal blanca y dura- de linda casita en Madrid, ni de nada de eso... ¡Bonito papel el mío!... No quiero casamientos de mano izquierda, mientras das la derecha en el altar de Dios a la señorita de La Guardia. Entre paréntesis... la he visto... ¿No sabes que estuve la otra tarde en Bergüenda con unas amigas? Es bonita tu novia, sólo que su hermosura va diciendo: '¡qué tonta soy!...'. Pero no hablemos de eso ahora... y a lo que iba. En ningún caso aceptaré lindas casitas, porque resueltamente me decido   —239→   por la vida religiosa... Si un clérigo indigno turbó mi alma, otro dignísimo me ha dado la paz... A él debo el afianzarme en mi vocación... ¿Quién es, me preguntas? Pues un sacerdote ejemplar, un sabio, un santo que vino aquí a misiones... hoy no está en Salinas; mañana volverá. Él me ha marcado el camino único para llegar a la paz que ambiciono; él me ha reprendido mis liviandades contigo, me ha enseñado a evitar las tentaciones...».

-Pero tú no le harás caso, como no te coja en alguna de tus fases de tontería... Eres voluble... yo te cogeré al fin en una voltereta de las que miran hacia mí... y contra clérigos y beatas.

-No lo harás, Juan. Esta veleta no mirará más para tu lado. ¿Qué puedo esperar? Posición social no has de darme... Yo ambiciono, ¿a qué negarlo?, ambiciono ser algo más que una inclusera pobre. La sociedad no quiere nada conmigo, bien lo veo. Cien maldiciones pesan sobre mí. Si me quedo en el mundo, pienso que he de ser muy mala, y que haré daño a cuantas personas vea junto a mí... ¿Quieres que te abra mi conciencia, y te deje ver mis anhelos y mis odios? Pues vas a verlo. Si te asustas, no culpes a mi sinceridad, sino a tu curiosidad. No necesito recordar mi triste origen, pues hace pocos días tuve el valor de contártelo. Mi madre era judía, mi padre cristiano... Me educaron en el cristianismo. Lo que este tiene de hebraico es lo que ha echado   —240→   más raíces en mi alma. Soy hebrea por mi madre... ¿No recuerdas lo que te conté de esta? Pues por vengarse de mi padre, que la abandonó y me apartó de ella, ¿qué crees que hizo? Acecharle con un cantarillo de aceite hirviendo para quemarle la cara.

-Bárbara y loca venganza -dijo el caballero con súbito estremecimiento y contracción de su rostro-. Tu madre era una furia del infierno.

-Pues aquí me tienes a mí; también soy algo furia. Mi madre se llamaba Mesooda, que quiere decir Dichosa. Así me lo ha dicho mi director espiritual, que sabe lenguas orientales; yo me llamo Nicéfora, que significa... ya no me acuerdo... cosa de llevar algo, no sé qué... Lo cierto es que... ¿lo digo?... desde que tengo uso de razón, llevo en mi mano el cantarillo de aceite hirviendo... Creo que en mi naturaleza persiste el impulso aquel de mi madre contra mi padre... Pues verás: la otra tarde, cuando vi a tu novia, la señorita de La Guardia, al pasar junto a ella instintivamente levanté la mano... Con gusto le habría quemado la cara, convirtiendo su hermosura en fealdad repugnante... Estas perversidades mías he revelado a mi confesor, el cual me ha dicho que no hay para mí salvación si no abandono el mundo.

«Abandonando el mundo no te salvas -dijo el caballero asustado de la fase maligna de Céfora-. La soledad es lo más propicio a la perdición. Quédate en el mundo;   —241→   hazte cargo de que este es un río, y tú un pedrusco anguloso... La corriente y el rodar continuo te irán gastando los ángulos y picos, y quedarás redondita y bien pulimentada». Satisfecho de su idea, y más aún de la feliz imagen con que logró expresarla, imagen por cierto adquirida en una lectura reciente, don Juan miró a la rubia, buscando en su rostro alguna señal de conformidad... Pero el pensamiento de Céfora había roto el hilo de la conversación y suelto divagaba por espacios desconocidos. Las miradas de ella lo perseguían; cazáronlo al fin en los blancos lomos de una pila de sal cercana; lo trajo a sí, y a Urríes lo brindó con estas palabras: «¿Qué decías, Juan? Mientras tú hablabas, me distraje recordando un pasaje de San Agustín muy bonito, que me sé de memoria. Dice así: 'Dios mío, fortaleza y salud mía, pequé, y tuvisteis paciencia; falté, y todavía me esperáis; si me arrepiento, me perdonáis; si vuelvo a Vos, me admitís, y aun si tardo, me aguardáis...'».

-Pues todo esto -replicó don Juan con el gozo que infunden las claridades de la lógica- está conforme con lo que te digo... ¡Yo de acuerdo con San Agustín!... Ya ves; si tardo me aguardáis. Quiere decir el santo que debemos vivir en el mundo, rodar por él, baquetearnos en sus luchas, y después... Yo he pensado en eso mil veces. Tiempo tiene uno de volverse a Dios... En fin, Céfora, que Dios nos aguarda hasta que seamos viejos.

  —242→  

-¡Tonto!... ¡Bonita manera de entender la virtud!

-Tu capellán, ese clérigo... ese que llamas el Bueno, en contraposición al otro pillete que quiso tomarte de sobrina, ¿qué te aconseja?

-Pues que huya del mundo desde ahora, que me aparte del pecado... No creas que es demasiado rigorista, como esos que tienen siempre el infierno en la boca, y que por cualquier tontería o dame acá esas pajas la quieren meter a una en el fuego eterno... Es hombre ilustrado, conoce el mundo, y sabe persuadir sin asustar. Perdona con tal que no se le oculte ningún secreto del alma ni de la vida.

-¿Es italiano, es español?

-Entiendo que es húngaro, o polaco... Pero nada debe importarte este sujeto, enderezador de conciencias torcidas... Y ahora, Juan, bastante hemos hablado. Separémonos. Los salineros, y más aún las salineras, reparan en nosotros... No te quiero decir qué cuentos llevarán por el pueblo.

-No te dejo, Céfora, sin que me des tu palabra de reunirnos otra vez... Me debes una noche, y antes moriré yo que perdonarte esa deuda. Te perseguiré, te acosaré si no accedes, y si fuera menester acogotar o sacarle las tripas al clérigo polaco, hablador de tantas lenguas, cree que lo haré. ¿Quiere el hombre ser mártir para subir al cielo con palma? Pues lo será... ¿Te espero, sí o no?... Te advierto que si después de prometerme   —243→   la cita, faltas a ella, habrá en Salinas una catástrofe... Piénsalo y decide.

Insistía Céfora en la negativa, primero ceñuda, después risueña. Supo don Juan emplear con hábil gradación sus medios sugestivos: primero amedrentó, poniendo en su rostro admirable ficción de ira; después atacó por la parte más flaca y peor defendida de la desigual fortaleza que debelaba. Bien sabía qué partes del muro se derrumbaban espontáneamente cuando el sitiador pedía entrada con ardiente lenguaje amoroso. Este era de seguro éxito para turbar la voluntad de Céfora, para enmarañar la red de sus nervios, encender su sangre y chamuscar su piel. Advirtió don Juan en los ojos de ella que el efecto se producía, y apretó más en la seducción para que el efecto no se perdiese en los días medianeros entre aquel instante y la noche de la cita. Pudo creer el hombre que, bajo la acción de sus palabras ardientes, la rubia crepitaba cual manojo de espigas arrojado en la hoguera.

«No me tientes, Juan» dijo Céfora temblorosa, apartándose de él para buscar asiento en otro montón de sal.

Con eléctrica prontitud pasó don Juan de un artificio de combate a otro que conceptuaba de más terribles efectos. Había herido el flaco de la sensualidad, y ahora la emprendía contra el del orgullo y vanas ambiciones. «Yo te llevaré a donde ahora no puedes soñar, Céfora; yo te llevaré a un estado social decoroso, como corresponde a tu   —244→   belleza, a tu distinción nativa, a tu gracia inteligente; se te arreglará que tengas el nombre ilustre que te falta, que poseas medios de vida, que brilles, que triunfes, que seas como mereces, festejada y admirada. Sin mí te pudrirás en un convento tedioso y sucio, rodeada de imbéciles monjas; conmigo irás al esplendor de tu ser y de tus prendas naturales».

-No me tientes, te digo.

-No es tentación; es amor por ti, es interés por ti, es ambición de llevar al mundo una mujer exquisita, para que me digan: «¿De dónde has sacado esa divinidad? ¿En qué cielo has robado ese ángel?».

Céfora temblaba. Apoyándose en los bloques de sal, se puso en pie. De sus labios caían, entre escupidas y habladas, estas vocecillas melindrosas: «Juan, huyo de ti, me voy... te tengo un miedo horrible».

-Pero vendrás, vendrás a la cita -dijo Urríes asiéndola de la falda para no dejarla salir de la gruta-. Cada día que pase aumentará mi ansiedad hasta la desesperación. Nos reuniremos mañana... fíjate... mañana...

Y ella: «Salgamos, Juan, y disimulemos... Nada puedo prometerte... Dentro de mí está empeñada la batalla. Puedo ceder, puedo hacerme fuerte y no acudir... No sé lo que pasará de hoy a mañana... En la mano llevo el cantarillo de aceite hirviendo... Si lo vertiera en mi propia cara, repetiría el caso de una heroína española muy nombrada...».

  —245→  

-Déjate de heroínas, que no existieron más que en la imaginación de poetas malcomidos... Si llevas el aceite, puedes freírle la jeta a tu director espiritual, para que diga lo de gato escaldado, etc... Nosotros entendemos que sobre todo está el amor. Nuestra religión nos manda embellecer y alegrar las horas de la vida. ¿Vendrás?

-Vuelvo a decirte que no y que sí. Estoy en lo más terrible de la borrasca de mis dudas. Vámonos despacito por el borde de estos estanques. Hablemos sin dar a conocer que estamos en plena discordia... Pasemos con tranquilidad aparente junto a estos hombres y mujeres que aquí trabajan... Imagina tú los pucheros que se pueden sazonar con la sal que aquí se recoge.

-No divagues, Céfora; no desvíes la conversación -dijo el caballero con salobre amargura en su boca-. Quedemos en algo preciso. Yo te espero...

-Como quieras... Yo ignoro todavía si te daré plantón o no... En caso de que recibas plantón, echas a correr y me das por muerta para ti, Juan... No te sulfures: aguarda un poco. En caso de que yo descarrile, desde ahora te digo que no me retengas toda la noche... Volveré a casa antes que el gallo dé su primer canto, que es a las dos... Mi tía se levanta con el alba, y suele hacerme una visita de inspección... Teme que haya volado el pájaro... La Sagrario, que es mi discípula en perversidad, me aguarda, me abre la puerta del jardín, y protege mi paso a obscuras   —246→   hasta la alcoba en que duermo... o no duermo.

Bordeaban los estanquillos, andando uno tras otro por angostos senderos blancos de esmerilado cristal. Y cuando dejaron atrás el grupo que con descarada observación les miraba, don Juan se paró y dijo: «Por tu madre, Céfora, no me faltes mañana».

Y ella, con grave solemnidad, que degeneraba en picardía: «No invoques a mi madre, Juan, porque cuando la llevo dentro de mí, más dispuesta estoy a quemarte la cara que a las diversiones de amor. Invoca para esos devaneos a mi padre, a mi enamoriscado y ardoroso papá don Miguel de Zambrana, que no vivía más que para... ya lo sabes».

-Pues le invoco... Descienda a ti desde el Cielo, o suba del Infierno el divino don Miguel...

-Tonto, no blasfemes... No hablemos más... Aquí nos despedimos. Yo me voy por el pueblo; tú sales por donde has entrado. Adiós... retírate... no me sigas.

Y sin darle tiempo a la repetición de sus instancias, desapareció fugaz en las calles de Salinas. El galanteador de oficio retrocedió mohíno y meditabundo a las alturas, y traspuesta la tapia desmantelada, fue a esconder en el caserío su expectación, su cachaza venatoria. Largas horas había de aguardar en el puesto, hasta ver si la res venía o no venía. Se propuso entretenerlas paseando en coche y a pie por la comarca, camino arriba.

  —247→  

En tanto, Céfora pasó el día gozosa con las visitas que le hizo el espíritu de su padre. El sacerdote de Venus, después de asomarse al alma de la hija de Mesooda una y otra vez, acabó por meterse y anidar en ella risueño y desvergonzado, irradiando sensualidad. Con tal fuerza y estímulos dentro de sí, Céfora soltó el armadijo de alambres de su externa tiesura moral, y apenas cerrada la noche, escapose de la casa con ciego afán y andar sonambulesco. No era dueña de sí: al ser vicioso, a la caldeada sangre del padre obedecía... En ascuas la esperaba el galán, paseo arriba, paseo abajo, midiendo el tiempo, y el suelo del solitario y hondo camino. Cuando se cansaba de mirar a las mortecinas luces del pueblo, miraba a las estrellas. Unas y otras eran signos de cruel incertidumbre. En el prado circunstante, rodeado de peñas, se oía el coloquio de los rumores nocturnos: aquí el silabeo de las aguas corrientes, allá la nota cristalina de los sapos en celo... Llegó Céfora a la vista de don Juan. ¡Hosanna!... Juntos, enlazados los brazos, entraron en el albergue obscuro y silencioso... Allí se quedan... Historia y Fábula, corred vuestras cortinillas...

Antes que el gallo, puntual vigilante y cosmógrafo, cantase las dos, don Juan y Céfora salieron del caserío. Iban sin abrigo ni tapujo, confiados en la soledad del sitio y en la templanza del aire; hablaban sin secreteo, creyendo que de nadie podían ser oídos... No habían andado veinte pasos en   —248→   dirección del pueblo, cuando unos rígidos bultos plantados en medio del camino parecían interceptar el paso a los amantes... Andando estos un poco más, pudieron ver que los bultos eran tres, colocados equidistantes, el del centro mayor que los dos laterales... Un paso más, y... Eran mujeres: las tres llevaban negro manto por la cabeza, sin ocultar los rostros... Ante aquellas extrañas y temerosas figuras, quedó yerto Urríes... Segundos no más duró su perplejidad. Comprendiendo que no debía pararse ni manifestar miedo, empujó a Céfora, y ladeándose pasaron ambos por la cuneta. Invertida la posición, los amantes avivaron el paso, y las tres figuras se volvieron de la otra parte. Una voz clara y fuerte dijo: «Lo he visto...». Don Juan no permitió a Céfora mirar hacia atrás... Ya iban a distancia cuando el canto del gallo rasgó el velo estrellado de la noche. Otros gallos cerca y lejos repetían... repetía la voz de mujer, que ya no era voz, sino grito de vibrante sarcasmo, lanzado como bala en persecución de los fugitivos: «¡Eh!... caballero, ángel... os he visto...».



  —249→  

ArribaAbajo- XXIV -

Aún no iban lejos los amantes, cuando les alcanzó una piedra lanzada con recia mano. La suerte de Céfora fue que la peladilla pasó rozándole la falda. Si llega a darle en la cabeza, ¡pobre ángel de Dios! Otra piedra cruzó el aire; mas ya no pudo hacer blanco, porque el enemigo estaba lejos.

«No tires, Boni, no tires -dijo Fernanda a su criada, cogiéndole la mano que ya tenía la tercera piedra-. Sabes que eso no me gusta... ¿Qué adelantamos con apedrearles? Un par de tiros con buena puntería ya sería otra cosa. Pero no podemos, no sabemos matar... Vámonos, llevadme a Bergüenda. Nieves, Boni, no perdamos tiempo... Hemos de estar en casa antes de amanecer... Ya he visto lo que quería ver... y nada tengo que hacer aquí».

-Ahora que lo has visto, lo crees.

-Ya lo creía... pero siempre me quedaba un poquitín de duda... Es bueno ver las cosas, por malas que sean, y apurarlas en toda su amargura, para que el alma descanse en una pena tranquila... Venga un padecer claro, sin incertidumbres ni falsas esperanzas. ¿Quién no preferiría la muerte a la agonía?

-Esta no es muerte, sino vida, salud -le dijo Nievecitas filosofando-. El suplicio que has pasado tiene ahora su término; la   —250→   indignidad de ese don Juan es la mejor medicina de tu ceguera. Mi tío lo dice: «Niñas que estáis ciegas de amor, frotaos los ojos con el desprecio de los hombres... Despreciadlos y curaréis».

«Por cura y por viejo -replicó Fernanda, dejándose llevar camino abajo-, no es tu tío el mejor médico para estas enfermedades del alma...». Dicho esto, sus labios figuraban un mudo monólogo durante el paso por las ásperas pendientes del pueblo. Calles abajo corrían las tres, como si un torrente las arrastrara, y sus pies ágiles no se detenían ante ningún obstáculo. Por fin viéronse en campo libre, y un instante se pararon para tomar aliento. «¡Qué pueblo más horrible! -dijo Fernanda desembarazando su cabeza del manto-. Hemos salido disparadas; hemos rodado por las calles, como si nos echaran a puntapiés... Yo estoy perdida de barro... Nieves, mira mis zapatos. ¡Ay, lo que más siento es llevarme barro de este pueblo!... Hasta el barro me ofende».

-Puedes creer que el barro no tiene ninguna culpa: el barro es sucio... al par que inocente -dijo Nieves rondando la filosofía. Siguieron su camino, el más del tiempo calladas, aplicándose en cuerpo y alma a sostener la vivaz andadura. A ratos Nieves y Boni bromeaban por sacar a Fernanda de su taciturnidad, y lo conseguían en apariencia. La desolada joven daba gusto a sus amigas respondiendo a las chanzas con palabras amables y hasta con risas, sin que por esto   —251→   se acallaran los piporrazos lúgubres de la procesión que le andaba por dentro... Gracias al sostenido paso militar, llegaron a Bergüenda cuando los gallos, con alegre clarín, espantaban a la Pereza y mandaban descorrer el velo del Día. Con asistencia del cochero y hortelano que les habían favorecido en la escapatoria, entraron las tres de puntillas. No quisieron Nieves y Boni abandonar a Fernanda hasta dejarla recogida. La señorita les dijo que tenía mucho sueño y quería dormir; mas lo que hizo, en cuanto se quedó sola, fue desatar la pena que hinchaba su pecho y soltar el río de sus lágrimas.

Pensaba la triste doncella que su vida se había frustrado absolutamente; que ya no existía felicidad mundana de la cual pudiera obtener una parte, por pequeña que fuese. La persona gallardísima y las promesas de don Juan habían constituido en ella una segunda naturaleza, por no decir alma segunda. Muerto don Juan, por defección moral imperdonable, quedaba el alma de ella lo mismo que estuvo, encendida en tiernísimos afectos. Con el símil de una casa robada, expresaba Fernanda en sus soliloquios aquel estado de dolor inaudito. «Nada: ha entrado el ladrón en mi casa, en mi alma; se ha llevado todo lo que había en ella: felicidad, alegría, y él... el ladrón, se ha quedado dentro. ¡Qué cosa más rara! ¡Robarme todo lo que tengo, y quedarse dentro!... ¿y cómo le echo ahora?... Más raro es todavía   —252→   que no quiero echarle... Quiero tenerle en mí como las cosas muertas que pasan a ser reliquias, recuerdos queridos que fueron muy amargos, y luego se van volviendo dulces».

Ya fue imposible ocultar a los padres y tíos lo que había ocurrido. Después del rompimiento con Urríes, Fernanda tenía sobre su conciencia algunos actos realizados a espaldas de la familia, y que pedían inmediata confesión. Declaró, pues, la entrevista nocturna en las Choperas, el cambio de algunas cartas, y por fin el caso atrevidísimo de ir de noche a Salinas para comprobar la traición del que aún se daba el nombre de caballero.

Tanto Demetria como Gracia y Santiago afearon a Fernanda la audacia de este paso tan contrario al decoro de una doncella noble; reprendieron ásperamente a Boni, y dieron quejas a la sobrinita del cura. Por las explicaciones que mediaron, se tuvo conocimiento de la intriga con que las tres muchachas lograron su fin. Iniciadora fue Nieves, instrumento activo el sacristán de Bergüenda, el cual, compinchado con su colega de Salinas, armó un admirable espionaje, por el cual supieron los días y noches, la hora de las citas, y hasta lo que el galán y la diablesa rubia hablaban en su escondrijo. El sacris de Salinas, que era el primer pícaro de la comarca, oyó una noche, aplicando su ancho pabellón auricular al tabique de madera, que los enamorados pensaban romper por todo y casarse a lo civil, como personas públicas,   —253→   luteranas y dañadas de concupiscencia...

Todo lo perdonaban los Iberos a su querida hija, con tal que sacudiese con firme voluntad la maligna ilusión que le quedaba en el alma. Una muchacha inteligente, virtuosa y bella no debía embobarse mirando los pájaros idos, pues estos no habían de volver, y si volvían, menester era recibirles a tiros... A vivir, a olvidar, a desocupar el corazón de viejas murrias y de ajados ideales para disponerlo a nuevos amores.

Aparentaba Fernanda someterse a estas exhortaciones; pero su espíritu se mantenía rebelde al convencimiento. Gustaba de estar sola para consagrarse con ancho y libre pensamiento a sus meditaciones, y dar mil vueltas al dolor, buscando la sutil alegría que esconde entre sus pliegues. Como no le permitían encerrarse de día en su aposento, por temor a que cultivara sus melancolías, refugiábase en la libertad de la noche; que los llagados de amor buscan su bálsamo en el pensar antes que en el dormir.

Por la proyección nocturna, los pensamientos de Fernanda, en aquel desfile de sombras ante su caldeado cerebro, tenían más semejanza con el sueño que con la realidad; eran una forma del dormir, y en cierto modo un descanso del cuerpo quebrantado y del alma dolorida... El primer delirio fue la idea de renunciar al mundo y sepultar su vida en un convento. Todas las almas juveniles rompen el vuelo en esa dirección cuando,   —254→   azoradas ante la catástrofe del ideal de vida se lanzan a los espacios... Pero la hija de Ibero no persistió en aquella dirección tenebrosa, y volvió las alas hacia el punto de partida, sintiendo repugnancia de la pasividad monjil en disciplina rigurosa.

En su segundo delirio se estacionó tanto la dolorida joven, que en él parecía querer fijar su alma. Empezó el ensueño por avivar enérgicamente la memoria de su hermano Santiago, por reverdecer el cariño que siempre le tuvo, por mirar con benevolencia su vagar aventurero y su alejamiento de la familia. De aquí vino un cambio radical en la manera de apreciar los hechos del fugitivo. Las que fueron extravagancias o locuras eran ya, si no razones, sinrazones con un reverso razonable. Todo en este mundo tiene su lógica transparentada cuando no la tiene a flor de superficie. Así, por gradaciones de benevolencia, la hermana admiró al hermano, y habría querido imitarle si la diferencia de sexos no fuera elemental impedimento. ¿Cómo dejar de admirar el primer arranque de Santiago, cuando se escapó de la paternal tutela de don Tadeo Baranda para lanzarse con Prim a la nueva conquista de Méjico?... A este poema infantil siguió el de arrojarse con salvaje brío a la independencia, buscándose la vida por mar y por tierra, primero navegando con Lagier, después conspirando y batiéndose por Prim.

De recuerdo en recuerdo y de simpatía en simpatía, Fernanda llegó al último dislate   —255→   de Santiago, que para la familia era de los que no admiten disculpa. Todo se le podía perdonar, menos la vileza de dejarse arrastrar por una mujer de mala conducta, huir a Francia con ella, y establecerse y ayuntarse con simulación de matrimonio, deshonra de su abolengo y atropello de toda ley divina y humana... Recogiose en sí la hermana del delincuente, y al examen de aquel problema trajo algunos datos nuevos, entre ellos la manifestación de un grande amigo de su padre, Jesús Clavería, ya brigadier, que, al volver de París en Junio último, se detuvo en Vitoria por pasar un día en casa de Ibero.

La feliz memoria de Fernanda nos reproduce, casi con honores de copia, esta interesante declaración de Clavería: «Tú me conoces, Santiago; sabes que no puedo engañarte; usted, Gracia, sabe también que rindo culto a la veracidad. Pues óiganme y crean lo que digo... He visto a esos. No quise salir de París sin acercarme a la pareja y observarla bien, para traer a esta familia noticias auténticas, de las que no admiten duda... Esa Teresita, de quien hemos hablado con tan poco respeto, afeando su presente con su pasado, es una mujer extraordinaria... Todos nos equivocamos, y como yo fui el primero en denigrarla, quiero ser ahora el que rompa plaza en desdecirse y proclamar el error. Teresa es un caso inaudito de regeneración, del cual hay pocos ejemplos en el mundo... Yo creí que no había ninguno:   —256→   he visto y comprobado el presente, y para que no me quedase duda, hice mi prueba con las investigaciones y testimonios más minuciosos. Me ha llenado de asombro el ver cómo esos dos que parecían locos, Santiago y Teresa, han resuelto el problema de la vida con un arte y una inteligencia que ya podrían imitar muchos cuerdos. Fundamento fue el amor, y ejecutantes del milagro dos voluntades poderosas. Yo he visto el milagro, y he llegado a los extremos de la admiración, que se tocan y confunden con los comienzos de la envidia».

Amplió Jesús Clavería su informe, agregando que entre los dos ganaban ya veinte o veinticinco francos diarios, y que vivían del modo más ejemplar: de ello daba fe Madama Úrsula, la cual a tal punto llegaba en su confianza que había entregado plenamente a Teresa la dirección del negocio de encajes. La casa en que vivían los amantes, y así había que llamarlos aunque esto sonara mal en oídos gazmoños, era un modelo de orden y pulcritud... Teresa tenía tiempo para todo. En la vecindad no se oían más que elogios de Madame Ibero... ¡tan bonita y tan buena!... Su marido, su trabajo, su casa, y no más.

París complejo, París integral y babilónico, tuvo siempre en su seno ejemplares de estas abejas industriosas, fabricantes de la miel doméstica y de las virtudes silentes, opacas, que rehúyen el cartel y hasta los menores ruidos de la fama. Estas virtudes,   —257→   cualquiera que sea el sexo en que resplandezcan, necesitan el apoyo y estímulo de un ser del otro sexo, dotado de superior consistencia moral. En el caso de Madame Ibero, esta no habría realizado el portento de su rehabilitación, si no hallara en Santiago un robusto pilar en que asentarla.

Falta decir que en los más de los casos no era parisiense todo el oro de estas virtudes escondidas. Había parejas mixtas y parejas totalmente exóticas, que en el ambiente de la gran ciudad, tan rico en principios vitales, habían llegado a rehacer la existencia en nuevos moldes, encontrándose poseedoras de cualidades que procedían ciertamente de un tronco étnico lejano, pero que en él no tuvieron efectividad por causas invisibles. En presencia de estos fenómenos, el curioso trataba de indagar la causa o raíz de la fuerte concreción vital que París poseía. ¿Era por ventura la facilidad de la subsistencia, el vivir cómodo, la pronta y eficaz recompensa del trabajo, la puntualidad, la formalidad, el cumplimiento de las leyes, la blandura de estas, la soberana tolerancia religiosa, que por su extensión y benignidad más parecía obra de la naturaleza que de los hombres? Difícil era precisar las causas; bastaba con reconocer los hechos.

No se engolfó en estas consideraciones Clavería; pero apuntó la idea, llegó a sostener que el terreno lo hace todo, y que las plantas oprimidas en el semillero donde han nacido, no dan flores ni frutos hasta   —258→   que se las pone en tierra libre y ancha, cruzada por cuantos aires, vientos y ventarrones quiera Dios mandar al mundo. Algo de esto dijo, sí, y si no lo dijo, lo mismo da. Lo que importa es que Fernanda recordó las informaciones de Clavería para encariñarse más con su hermano y llegar a lo más increíble: a no sentir despego, sino simpatía, por la compañera de la regeneración de él; por la mujer aquella de mala vida, que ya no lo era, pues algo excelso brillaba en su obscuridad.

Otro dato sobre lo mismo. Poco antes de salir la familia para Bergüenda y Sobrón, Fernanda sorprendió en el pupitre de su madre una carta a medio escribir. Sin duda, Gracia se olvidó de guardarla: era carta de tapadillo. El inflexible Santiago Ibero había decretado rompimiento de relaciones con el hijo rebelde, y el informe optimista y conciliador de Clavería no era tal que le moviese a cambiar de conducta. El primer impulso de Fernanda fue respetar el secretillo de su madre; pero la curiosidad pudo más que el respeto, y una mirada fugaz, deslizándose en la escritura, enganchó estos jirones de conceptos: «Hijo querido, tu padre se desenojará un poco si vienes a vernos. Ven, por Dios... Pero no puedes traerla... eso nunca... traerla no... Mándanos su retrato... bien disimuladito para que tu padre no se entere... Deseamos conocerla... Clavería nos ha dicho...».

Con lo poquito que leyó, pudo Fernanda   —259→   formar este juicio: su madre se dejaba rodar por la pendiente que arriba es rigor inflexible y abajo piedad... ¡Cuán difícil es sostenerse en los picachos del odio!... Cada día sería mayor la blandura de Gracia: el hijo ausente llamaba con fuertes aldabonazos en el corazón de la madre; la hija, por su parte, adelantábase a los demás de la familia, y abría desde luego su atribulado corazón al hermano querido, al aventurero, al vagabundo, al revolucionario, al amante de la Samaritana; y por no poner límites a su desbordada indulgencia y piedad, también absolvió y amó a Teresa... Ningún miramiento tenía ya que guardar la hermana de Iberito a la sociedad que la rodeaba. Fuérase la tal sociedad a paseo con todas sus morales triquiñuelas y sus necias hipocresías. Teresa era, según Clavería, un caso inaudito de regeneración. Pues a respetarla, a quererla, a morar con ella en espíritu.

Véase, pues, cómo en donde menos podía esperarse encontró Fernanda un alivio de su tribulación, y una salida al repleto embalse de sentimientos generosos que su noble corazón atesoraba... No hay forma de dar todavía explicación clara de este fenómeno: que Fernanda restañara sus penas con la felicidad de dos seres amantes. Entre el caso inocente y doloroso de la doncella enamorada y el caso de aquellos aventureros corridos, no había relación, contacto ni aun remota semejanza; ofrecían, por el contrario, en sus conclusiones brutal antítesis. La   —260→   paloma candidísima que en su corta existencia no había hecho más que arrullarse en honestos cálculos de amor, se estrellaba en un terrible desengaño, que más parecía castigo. ¡Y ellos, los de París, los que habían sido malos, concluían dichosos! Pronto comprendió la joven que este criterio de cuento de hadas no podía ser aplicado a los casos reales de la vida... Ya iría entrando en conocimiento de la escondida ley, por la cual los pecadores pueden ser felices y las almas angélicas no... Mientras encontraba un criterio justo que aplicar a tan endiabladas contradicciones, Fernanda se entregaba al deleite íntimo de amar a los irregulares, y de traerlos a su lado para verlos y oírlos, como a viajeros maravillosos que conocían y contaban los secretos más dulces del vivir.




ArribaAbajo- XXV -

Buen acuerdo de los padres y tíos de Fernanda fue apartar a esta de los lugares que constantemente le recordaban su desventura. Partieron, pues, todos a La Guardia y Samaniego, y de allí, a los dos o tres días, se fueron a Vitoria, donde esperaban hallar más bullicio de seres, más variedad de imágenes, más rotación de sucesos, y el exceso de impresiones que, destilándose lentamente, producen el benéfico bálsamo del olvido.

  —261→  

Con excepción de las de Gauna, todas las señoritas de Vitoria desagradaron a Fernanda. ¡Cosa más rara! En algunas, que habían sido sus amiguitas, ya no veía más que insulsas muñecas que se movían y hablaban por mecanismo. Muchas de ellas no pasaban del papá y mamá; otras, en cambio, eran tan redichas, que fácilmente recaían en la indiscreción. Algunas, en su primera visita, plantearon la cuestión de don Juan. Con lenguas, ora despiadadas, ora zalameras, azotaron al caballero y compadecían a Fernanda, llegando a esa locuacidad cotorril que no se sabe si expresa pena o alegría.

A poco de residir en Vitoria los Iberos, corrieron por la ciudad (casinos, boticas, Mentirón y Florida) rumores de carácter un tanto novelesco, referentes a don Juan de Urríes. La fama del héroe popular andaluz, conquistador de mujeres, no cabía ya en los términos familiares, y propagándose por pueblos y montes, invadía el suelo pacífico y patriarcal de Álava. Cierto que en el trasplante se ajaban y desteñían los colorines de la poesía donjuánica; pero en la airosa figura quedaban todavía el penacho y caireles que el pueblo modificó a su antojo. Lo que principalmente constituía el aura popular de Urríes era su mano dadivosa, abierta siempre para el necesitado. En fondas y paradores no reparaba en cuentas, por desaforadas que fuesen; espléndidamente pagaba servicios de coches, recadistas y mediadores, y lo más bonito y seductor era   —262→   que, a más del dinero, derrochaba la influencia política, prodigando recomendaciones, promesas de credenciales, efectividad de favores políticos, con lo que algún burlado esposo quedó más que satisfecho. En fin, que el don Juan indemnizaba, cual si acometiera y realizara sus aventuras por cuenta del Estado.

Véanse las lindas hazañas donjuanescas, según el vulgo las refería. En Orduña, con sólo una tarde de trato y dos o tres horas de la noche, enamoró, sedujo y enloqueció a una hermosa y hasta entonces honestísima señora casada. A los tres días de esta horrenda catástrofe moral, paseaban juntos los tres... es a saber, don Juan, la señora y el marido de esta... a quien ya se indicaba para una plaza de joven de lenguas en el Ministerio de Estado. (Era francés el tal, y mascullaba dos idiomas a más del suyo.) En Ulibarri Gamboa engañó don Juan a una linda muchacha que estaba para casarse. La encandiló con sólo un palique de media hora, echándole unas flores tan bonitas y al propio tiempo tan demoniacas, que la pobre chica, según contó después, no supo lo que le pasaba...

Luego ¡vaya por Dios!, resultó que no hubo la malicia que al principio divulgaron las ociosas lenguas... El novio, que había sufrido un ataque de pataleo furioso y rabia blasfemante, estaba ya más calmado; poco a poco iba remitiendo su desconfianza, y no tardaría en descansar a la sombra de las   —263→   palmeras de la fe... Del buen cura don Prudencio Virgala, tío de la joven, varón sensato, conciliador y pacificante, debe decirse que a los seis meses del escándalo se consideraba ya con toda seguridad canónigo de Calahorra... ¡Y que no estaba poco ufano el hombre, viendo realizado al fin, por tan tortuosos medios, su ideal eclesiástico desde que cantó misa!

En Villarreal, Nanclares, Salvatierra y otros pueblos, siguió don Juan dando sus golpecitos de escandaloso libertinaje, con fugaz alboroto de los vecindarios inocentes. Pero todo terminaba con pacífico arreglo y pródigas mercedes del burlador. Prenda de paz solía ser una concesión de carretera por el Estado en territorio de Treviño, subasta de otra con adjudicación a determinada persona, o bien destinillos y favores de menor cuantía; y aun se dio otro caso más chusco: don Juan hubo de pagar la dote de dos muchachas monjitas, de familia estrechamente unida por parentesco a la señora burlada.

Imperaba, pues, el criterio de las compensaciones, que tal vez era la rosada aurora de una moral nueva. Nueva era también y singularmente peregrina la transfusión de la sangre donjuanesca de las venas cálidas del Sur a las venas del Norte aguado y frío. La gallardía personal y la esplendidez dadivosa reproducían el Mañara sevillano; las artes escurridizas y el amaño para guardar el bulto recordaban al virote de las ciudades andaluzas. El tipo evolucionaba en pos   —264→   de un maridaje discreto del romanticismo con la administración, y esquivaba el paso por encrucijadas dramáticas, llevando en su corazón el fuego de amor, en su escarcela el oro, las leyes, decretos, reales órdenes y todo el positivismo decoroso de las mejoras locales... Entraba en los pueblos como paladín de la Inmortalidad, y se despedía con esta tarjeta: Don Juan Tenorio, miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Quisieron los padres y tíos de Fernanda poner barrera entre la perversa fama de don Juan y los oídos de la desairada señorita. Pero viendo que sería imposible este aislamiento sin cerrar con candados las bocas de las amigas, juzgaron conveniente informarla de todo, y así se hizo, tocando previamente las trompetas y trompetillas de la moral. «Ya ves, hija, qué hombre tan impúdico... ¡De buena te has librado!... Vete enterando, para que acabes de perder esa vana ilusión».

Revestía Fernanda su rostro de glacial indiferencia al oír estas cosas, y los padres y tíos se regocijaban creyéndola convalecida de la grave enfermedad de amor. Pero no iban las cosas por tal camino en la región invisible del alma, que Fernanda con cierto pudor místico recataba de las curiosidades más afectuosas. Según el juicio de ella, el donjuanismo era un mal; pero de tal naturaleza, que en él no podía existir la fealdad... como no existía tampoco la fealdad en la vida borrascosa de Santiago y Teresa,   —265→   antes de que un impenetrable destino los llevase a la tranquila honradez. Estas ideas eran nuevas en Fernanda; apuntaron en su cerebro después de la catástrofe, y en su rápido crecimiento ahogaban toda idea anterior. En ellas se mecía como en un columpio, viendo venir otras, viéndolas entrar en su pensamiento como pájaros asustados que huyen de la tempestad. Cada idea que entraba traía plumaje desconocido y un piar distinto del de las aves de acá. Volando venían de países remotos, donde la locura es sensatez, y quizás el desorden virtud.

La Historia privada y pública convienen en que por aquellos días el trastorno mental de don Wifredo de Romarate, Bailío de Nueve Villas, se había resuelto en una plácida mansedumbre, casi equivalente a una radical curación. Ya era otra vez el hombre pacífico, atento, sin una palabra más alta que otra, extremado en la caballería, fino y consecuente en la amistad. Verdad que hablaba muy poco, y así no había ocasión de disputa; no se curaba de la Legitimidad, ni de las fatigas de Carlos VII por ceñir la corona de España. Levantábase el hombre temprano; oía misa en San Vicente; consagraba después, en su casa, dos o más horas a un prolijo aseo y aliño cuidadoso; se ponía unas botitas de tacón muy alto, con que acrecía un poco su menguada estatura; endilgaba la ropa que últimamente le hicieron en Madrid, un hermoso chaquet estilo Romero Robledo, pantalón y chaleco distintos;   —266→   se coronaba de un sombrero de altísimo cilindro terminado en airosa campana; revestía sus manos de amarillos guantes, y acompañado del más primoroso de sus bastones, emprendía su matinal paseo hasta la hora de comer.

El paseo del Bailío había llegado a ser en Vitoria fenómeno consuetudinario, inherente a la vida de la población. Su presencia servía de reloj a muchos. Invariablemente recorría dos veces los cuatro costados de la Plaza Nueva, una vez las aceras de la Vieja; seguía luego por la calle del Prado, hasta dar vista a la frondosa Florida. Por el Instituto, Capitanía General y San Antonio se encaminaba a la calle de la Estación, de la cual recorría invariablemente las dos terceras partes, ni baldosa más, ni baldosa menos; regresaba a la Plaza Nueva, y medidos por última vez los cuatro costados, tornaba a su vivienda en el Portal del Rey. El ritmo de andadura era siempre el mismo. Si se contaran los pasos, no habría cuatro de diferencia entre un día y otro. Su contoneo era grave y decoroso; su ademán, noble; su pisar, firme; no hablaba con nadie; sólo con leve sonrisa y una indulgente cabezada favorecía la persona de algunos transeúntes. A las señoras y sacerdotes cedía galanamente la acera. En medio paseo bastoneaba; en el otro medio llevaba mano y bastón a la espalda, y cuando entraba en su calle hacía un poco de molinete... Todas las tardes, después de la siesta, repetía la caminata por   —267→   los mismos sitios y con el mismo número de pasos; la única diferencia era que no sacaba el chaquet Romero Robledo, sino la levita Manuel Silvela y el pantalón Camposagrado.

Invariablemente terminaba el paseo de la tarde en el palacio de Gauna, donde por cena hacía don Wifredo una colación muy frugal; y si no estaban allí los Iberos, a la casa de estos iba en busca de la tertulia, la colación y el extático contemplar a la hermosa Fernanda. Tenía esta especial gusto en hablar con el Bailío; encontraba en su conversación algo del gorjeo exótico y del plumaje pintoresco de los pájaros que en forma de ideas venían a refugiarse en su cerebro. Los primeros días hallábase el pobre sanjuanista cohibido por un respeto casi religioso. En la hija de Ibero veía una santa, una mártir, un ser interna y externamente purificado por las tribulaciones; era para él la perfección moral y la suma hermosura. Después, ya se fue soltando; pero su franca espontaneidad no se mostraba sino cuando Fernanda era su única interlocutora, y esto acontecía las más de las noches, porque a las chicas de Gauna y a las de Prestamero se había prohibido severamente marear al buen señor, y darle bromas que pudiesen remover su dolencia o despertar sus aletargadas manías.

Apartada con él en un rincón de la sala, Fernandita sabía tratar graciosamente los puntos más delicados, sin alterar la dulce   —268→   mansedumbre en que el caballero vivía. «Anoche, don Wifredo, me dejó usted a media miel. Ya sabe que sus aventuras amorosas me entretienen más que nada, y son lo único, puede creerlo, que me alivia de mi tristeza. Pues empezó a contarme su conocimiento y relaciones con una dama enlutada, triste, parienta pobre de otra muy compuesta y fachendosa, natural de Cáceres; y cuando estaba yo más entusiasmada con su historia, se nos acercó Sofía Prestamero; varió usted de conversación, y yo me quedé, como quien dice, en ayunas... Siga, siga, por Dios, y sepa yo en qué pararon aquellos amores tan volcánicos...».

Tomó don Wifredo la postura de las grandes confidencias, la cual era como todas las suyas, postura correctísima, con la más decente colocación del cuerpo y las extremidades, y un orden artístico en todos los pliegues de su pantalón y levita, los cuales pliegues eran cada noche casi exactamente iguales a los de la noche anterior... Y en esta grave petrificación estatuaria, satisfizo la curiosidad de su noble amiguita. «Ya dije a usted que la conocí en las tribunas del Congreso, cuando Castelar nos habló del Dios del Sinaí, muy señor mío... Las miradas de aquella señora triste incendiaban el Salón de sesiones. Yo estaba sofocado, y me puse malo por no tener a mano un refresco... Un amigo que entonces me salió, pérfido y enredador, quiso hacerme creer que la dama estaba en el último mes de su embarazo.   —269→   Fue una broma de mal gusto; y cuando la señora llamó a la puerta de mi casa, nadie observó en ella bulto de vientre ni cosa tal. No me fue posible recibirla; pero por doña Leche, que habló con ella, supe que es algo marquesa, viuda de un militar muerto en Cuba, y que allí dejó una fortuna... En sus cartas, arrebatadas de un amor insensato, del año 43, me pedía que fuéramos ella y yo a reclamar... En fin, que por mi dolencia no me decidí a embarcarme con ella... Mi negativa debió de exasperarla hasta la exaltación. Sus cartas terminaban con el terrible dilema: Tu amor o la muerte... Trajéronme entonces a Vitoria, donde supe que murió de tristeza...».

-No me parece inverosímil. ¡Pobre señora!... Y ahora, dejando esto a un lado, don Wifredo, va usted a explicarme otra cosilla que anoche dejó medio en el aire... Ya no se acuerda. Pues me dijo usted que ese achaque de la cabeza que padeció en Madrid, por culpa de una tal África, le trajo muchos sinsabores y disgustos, y también grandes beneficios. Me falta saber qué beneficios fueron esos, señor Bailío.

-Verdad que no acabé de explicar... Lo que yo padecí fue como un terremoto que cuarteó mi cerebro... Hendido y lleno de grietas quedó... y si por este lado se escaparon muchas ideas y pedacitos de la razón, por estotro entraron hermosas verdades, que ya no quisieron salir... Una de las verdades que adquirí en aquella revolución o cataclismo,   —270→   fue que Cristóbal de Pipaón es un malísimo poeta... sí, hija mía, no se asuste usted... no se ría... Cristóbal es el peor poeta que cabe imaginar... Sí, sí: un gato que maya en el tejado llamando a la gata es más poeta que él... Las voces que Cristóbal llama poéticas son adoquines, y sus odas calles empedradas... Suenan sus versos como las calles cuando pasa el pesado carromato de Burgos con seis mulas, ni más ni menos... Bueno: pues otra de las grandes verdades que aquí se me han metido y ya no salen, es que si mi amigo don Carlos de Borbón y de Este viene al trono, no lo calentará mucho tiempo.




ArribaAbajo- XXVI -

-¿Qué razones tiene mi buen don Wifredo para creerlo así? Eso ya no es poseer verdades, sino meterse a profetizar.

-Pues profetizo. En mi caletre han venido a guarecerse las verdades futuras. Don Carlos no calentará el trono, porque todas las señoras elegantes quieren al niño Don Alfonso... Así lo cuenta Luis Trapinedo, que conoce bien la sociedad... Y Luis y yo sabemos, porque lo hemos visto de cerca, que también aman al niño de Isabel II los enriquecidos, antaño salchicheros, chocolateros, contratistas de tabaco, prestamistas, logreros, y ogaño chapados de aristócratas,   —271→   algo marqueses ya, o con ganas de serlo... Como estos ricachones y las damas bonitas vestidas a la última moda de París son la fuerza social efectiva, no cuajará ningún Rey que no venga empollado por las faldas y talegas... No digo que no haya Rey al fin, ya lo saquen de un pozo, ya escojan algún sobrero de ganaderías extranjeras... Lo que digo es que no cuajará...

-Pues yo, don Wifredo de mi alma -declaró Fernanda, humorística-, creo que el único monarca que conviene a los españoles es aquel de palo que Júpiter dio a las ranas cuando estas le dijeron que no podían vivir sin Rey.

-Quizás esté usted en lo cierto, pues ahora todo es figuración, y el mejor Rey será el que sirva de imagen para llevado en andas en la procesión política. Con más fervor lo adorará nuestro pueblo viéndolo de palo que viéndolo de carne y hueso. El pueblo gusta de venerar los sujetos cuando se les presentan en traza de objetos barnizados e inmóviles, con ojos de vidrio... Y los que medran al amparo de esta superstición, no quieren Rey vivo, sino un lindo juguete monárquico que lo más, lo más, diga papá y mamá, y eche firmitas.

-Vaya, don Wifredo -dijo Fernanda con risueño entusiasmo-, que está usted hecho un sabio, y bien puede bendecir su cataclismo.

-Basta de verdades por esta noche -declaró el Bailío-. Ya mi señora doña Gracia   —272→   da la señal de retirada... Mañana seguiremos, amiga del alma, que aún hay aquí verdades como puños, y entre ellas algunas que interesan a usted particularmente...

Empezó el desfile, y nada más hablaron aquella noche, con gran desconsuelo de Fernanda, a quien no se le caía el pan hasta saber qué verdades eran aquellas de su particular interés. La impaciencia y curiosidad tuviéronla desvelada, y no se durmió sin tornear en su mente atrevidos cálculos y conjeturas sobre aquel ignorado tema. A la siguiente noche debían reunirse todos los amigos y parientes en el palacio de Gauna, donde había familiar fiesta, por ser la de San Luis Rey de Francia, y celebrar sus días el futuro Marqués de Gauna y su hija Luisita.

Esta y su hermana, con Fernanda, Demetrio y los chicos hortelanos, tuvieron la feliz idea de adornar la frondosa huerta del palaciote como para verbena, y toda la tarde emplearon en colgar de los árboles farolillos y banderolas de papel; antes dispusieron un barrido general de paseos, y se armó un tabladillo para colocar dos violines, dulzaina y tamboril. Todo resultó muy bien apañado, como improvisación de muchachas traviesas. Llegada la hora del juvenil regocijo, después de la cena, daba gusto ver las arboledas, aquí umbrosas, allí iluminadas de fantásticos colorines, y oír el rumorcillo de risas y coloquios por alegres bocas de ambos sexos, y ver los grupos que entre cerezos,   —273→   manzanos, morales y albérchigos bulliciosamente discurrían. La musiquilla cumplió hasta media noche, sin dar tregua ni paz a sus estridores rítmicos; bailó la juventud honestamente, y la cháchara interrumpió con crueles latiguillos galantes el tranquilo sueño de los pájaros, que tenían por suya la callada fronda.

Ya mediada la verbena, Fernanda y el Bailío reanudaron en tan apacible lugar sus coloquios. Apartados del tumulto, dejáronse ir quedamente a un paseo lateral, a donde llegaba medio muerto el resplandor de los farolillos, y hecho polvo de sonidos el parloteo de galancetes y damiselas... «Esta soledad -dijo don Wifredo saboreando el misterio nocturno- es la más adecuada escena para que ciertas verdades pasen de mi boca a los oídos de usted...».

-Pero lo hará sin asustarme -murmuró Fernanda, traspasada por fugaz calofrío-. Esto está muy obscuro, don Wifredo... Vamos por aquel paseíto... Estamos junto a la noria, que es lugar triste. Fue noria... ya no es por dentro más que una ruina, por fuera un armatoste abandonado... con mortaja de hiedras.

-Sí, ya veo... es la noria... que veinte años ha sacaba de la tierra un hermoso raudal de agua fresca y cristalina... Me agrada verme junto al pasado glorioso... Detengámonos aquí un instante, que mis verdades pronto se dicen. Es cuestión de segundos... Fernanda, no tiemble, no se asuste. Don   —274→   Juan... ¡Eh!, ¿qué hace usted? ¿Por qué chilla?... Venga aquí.

-No quiero que me hablen de ese hombre -gimió Fernanda temblorosa, alejándose del Bailío.

-Si no me ha dejado concluir. Digo que don Juan ha de volver a usted... sé que ha de volver, Fernanda; lo sé...

Aterrada, la hija de Ibero no se movía. El sanjuanista fue hacia ella, y alzando los brazos iracundos, y agitándolos sobre su cabeza, soltó estas palabras de fuego: «Volverá... volverá... lo digo yo... Y digo también, delante de Dios y delante de usted, que si no vuelve, le mato... le mato Fernanda».

-Silencio: cállese, don Wifredo... No diga esos horrores. Pueden oírle.

Y él, disparándose más en la exaltación, lanzó su clamor a las estrellas: «Por la presencia de Cristo vivo en la Hostia, juro que mato a ese hombre si no vuelve a usted... Pero volverá: yo lo sé, yo lo aseguro».

Tuvo Fernanda que decir también volverá, volverá, para que el caballero se calmase... Y gracias a esta hipócrita conformidad, logró sacarle de aquel sitio sin que alborotara con sus destemplados juramentos y amenazas... Poco después, don Wifredo recobraba su tranquilidad entre los demás asistentes a la verbena, y habló a Fernanda en el tono de su habitual mansedumbre. Al salir para su casa, algunos que iban tras él notaron que gesticulaba moviendo el bastón   —275→   de un modo harto fantástico, y le oyeron mascullar y escupir frases incoherentes.

Fernanda tardó aquella noche más de lo regular en traer a su mente fatigada las dulzuras del sueño, pues aun dichas por un pobre vesánico, las palabras don Juan volverá, le mato si no vuelve, tenían bastante poder magnético para turbar su reposo... Y al siguiente día vio la noble Vitoria interrumpida la normalidad de su existencia, por la falta de un hecho que diariamente ocurría con cierta puntualidad astronómica: el Bailío no se dejó ver en sus paseos matinal y vespertino, y los vitorianos comentaron con asombro el eclipse. Amigos y parientes llegáronse a la casa, y por Filiberta, la criada del sanjuanista, supieron que había pasado toda la mañana encerrado en su sala biblioteca, entre legajos, armas sacadas de los viejos arcones, y libros que parecían misales, con sus hojas rebarbeadas por los ratones; añejas crónicas, tal vez, de la Orden de San Juan en los gloriosos días de Tolemaida y Rodas.

Repitiose el eclipse un día, dos días más, que en esto no hay exacta medida histórica, y una prima noche hizo su reaparición en casa de Ibero, revestido de su pontifical elegancia nocturna, y luciendo además, o aparentando, su caballeresca y dulce amabilidad. Rodeáronle y con lindas palabras le entretuvieron las chicas de Prestamero y de Gauna. Fernanda se apartaba de él, como si le temiera. Pero en una favorable coyuntura,   —276→   hallándose Romarate solo en el ángulo donde sentarse solía, suplicó a la señorita con amable seña que se acercase un momento, y con fugaz secreto le habló de este modo: «Fernandita, sepa usted que por aquí anda ese hombre... No quiere abandonar las tierras de Álava, donde por lo visto le va bien». Con temblor en su voz cristalina, la joven respondió: «Don Wifredo, le suplico otra vez que no me hable de... Ni nombrarle me gusta... Sea usted prudente, respete mi tristeza».

-Yo insisto en que volverá. Me lo dice el poder de adivinación que adquirí en mi terremoto cerebral. ¿Duda usted de este poder mío? Pues con ejemplos que fácilmente pueden comprobarse, lo demostraré. No hace muchos días, el caballero andaluz se corrió a San Sebastián, y de allí a Irún, donde se hizo el encontradizo con el general Prim, que pasó a Francia con varios amigos para tomar las aguas de Vichy... Don Juan quería informarse de los planes de Prim, referentes a candidatos al trono... Es un lío, un lío horroroso... Siéntese usted, ingratuela, y oiga los apuros y desengaños de los buscadores de Rey.

-Me sentaré, si usted se empeña en ello -dijo Fernanda-. Pero algo de eso sabemos ya. Nos lo contó anoche Luis Trapinedo, que está bien enterado.

-Pero Luis no sabe que si ningún príncipe extranjero quiere ser Rey de España, Montpensier no desiste de sus pretensiones,   —277→   y que el de Urríes propone a Prim, en nombre del Duque, un millón de reales para cada diputado que le vote, diez millones para Prim y otros diez para Serrano.

-Yo no sé nada de eso, don Wifredo, ni me importa... Si no se enfada, le diré que habla usted en sueños.

-Pronto se convencerá usted de que hablo bien despierto. No tardará mi amiguita en apreciar por sí misma que don Juan ronda, que don Juan acecha; ha conocido su error y quiere repararlo... Y como no entre en razón, peor para él. Ya sabe usted la que le espera... Si él se planta en la sinrazón, yo me planto en la justicia.

En circunstancias comunes, estas arrogancias habrían hecho reír a la hija de Ibero; en la turbación de su espíritu, aún perseguido de sombras y no abandonado de las angustiosas dudas, el responder con bromas a las palabras del Bailío le repugnaba más que discutirlas y tratarlas con seriedad. El motivo de esto fue que dos horas antes había sabido por otro conducto algo que confirmaba las noticias del buen Romarate. Don Juan, no sólo rondaba la ciudad, sino que había estado y quizás estaba aún en ella. Le habían visto recorrer de abajo arriba el paseo central de la Florida, entrar por la calle del Prado. Pasó después por delante del Instituto y entró en la Capitanía General. Al anochecer del mismo día, se le vio en los Arquillos con un sujeto de baja estatura que tiene cara de vieja... bajaron por   —278→   San Vicente, perdiéronse luego en la Plaza del Machete, donde los Iberos vivían... Estas noticias dio a Fernanda una buena mujer que fue su criada, y antes lo había sido de los Prestameros. Llamábase Marciana, y estaba casada con un guardia civil.

Dos noches después de la referida conversación con el Bailío, no esperó Fernanda a que este la llamase, sino que se fue a él, aprovechando una feliz ocasión de hallarle solo. No fue a él temerosa de noticias, sino más bien buscándolas.

«El pájaro ha levantado el vuelo, Fernandita -dijo don Wifredo-; pero... me consta que volverá».

-¿Ha hablado usted con él? -preguntó Fernanda entre seria y burlona.

-Yo no hablaré con ese caballero más que una vez, y será la definitiva... Aparte de esto, la sonrisita de usted me dice que sabe algo de lo que yo sé... no todo, porque sería imposible. Lo que ha llegado a su conocimiento lo debe a Marciana... ¿Ve usted cómo adivino donde menos se piensa?

-Como que el pajarito que le cuenta a usted todo será la propia Marciana... será Filiberta. Vamos, don Wifredo, dejémonos de jugar a los secreticos. Yo sé más que usted... Sé que ese caballero estuvo en la Capitanía General... cosa naturalísima... Es amigo del General Allende Salazar...

-El cual fue... lo sabe todo el mundo... ayudante de Espartero...

-Pero la amistad no viene por Espartero,   —279→   sino por Zabala. Los Urríes son amigos y algo parientes del General Zabala.

-Está bien... Y después de visitar al Capitán General, fue don Juan a ver al Gobernador civil, señor Ezcarti, con quien tiene también amistad.

-De esa visita no sé nada. La amistad con Ezcarti debe de venir por Pavía, que es muy amigo de don Juan. Ya sabe usted que el Gobernador tiene dos hijas casadas, y que sus dos yernos son oficiales de Artillería: Baltasar Hidalgo y Manuel Pavía.

-Justamente. No niego que usted sabe algo de lo que yo sé... Pero usted no adivina, hermosa Fernanda... Dios no ha querido conceder a usted la facultad que yo disfruto por singular favor, quizás como compensación de mis desdichas... Conoce usted, pues, algo de lo externo, algo de la vestidura de los hechos; pero no sabe ni palabra de los hechos profundos, de las intenciones... Veo que usted se asombra; veo que sus bellos ojos lanzan al espacio sus miradas como aves de cetrería, en persecución de todo pensamiento volante y reptante... ¿Me explico? Es que si mi trastorno me ha hecho adivino, también me ha hecho poeta, más poeta que Cristóbal de Pipaón, el adoquinador de odas... En fin, amiga del alma, ¿de veras no ve usted el sentido íntimo de las visitas de don Juan al Capitán General don José Allende Salazar y al Gobernador señor Ezcarti?

-Yo no veo nada, don Wifredo -dijo   —280→   Fernanda con pudoroso disimulo de sus vagas esperanzas-; sólo veo que usted es muy bueno, que se emborracha de caridad, de abnegación...

-Deje el incensario y respóndame a esta otra pregunta: ¿No estuvo ayer el Capitán General a visitar a su padre de usted? (Signo afirmativo de Fernanda.) ¿Hallose usted presente a la visita? (Nuevo signo afirmativo.) ¿Puede decirme lo que hablaron?

-Presente estuve un rato no más -dijo la señorita-. Luego mi madre y yo nos retiramos; quedaron solos mi padre y el General. Ya sabe usted que son muy amigos, desde los tiempos de Espartero y Zurbano. Delante de nosotros hablaron de política y de los aspirantes al trono... Allende Salazar, como mi padre, es partidario de Espartero... El odio a los carlistas enciende el genio del buen don José, que si siempre se parece a don Quijote por su alta estatura, flaqueza y sequedad del rostro, cuando habla contra esa gente es don Quijote mismo. Delante de mí, ayer, dijo que su mayor gusto sería fusilar al canónigo Manterola, que predica la guerra santa en el púlpito y en las conversaciones de los Arquillos... y que le pegaría los cuatro tiros en la misma tapia donde fue pasado por las armas, con menos motivo, el pobrecito Montesdeoca.

Risueño comentó el Bailío esta humorada del Capitán General, añadiendo que no merecía tan fiero castigo el buen Manterola, defensor de la fe católica y de la monarquía   —281→   tradicional. «Mejor sería -dijo después- que fusilase a Cristóbal de Pipaón, no por carlista, sino por detestable poeta... Y no hablemos más esta noche, adorable Fernanda... Sólo diré a usted que don Juan, al partir hoy para Miranda, donde habrá cogido el tren del Ebro hasta Zaragoza, y de allí hasta Lérida, Reus y Tarragona, ha dicho: 'Volveré...' y yo lo repito... Con esta palabra me permito entrar en el amante corazón de usted, y como amigo y como poeta dejo en él una linda flor que se llama Esperanza...».




ArribaAbajo- XXVII -

¿Tendría razón don Wifredo?... Debe advertirse que si en su vida social no escaseaban las ridiculeces, en su vida íntima era un santo, y que Fernanda conocía no pocos ejemplos de su grandeza moral. Por esto quizás, al conjuro del caballero, sintió la joven que en su alma reverdecían esperanzas marchitas; las ramas secas e inodoras despedían leve fragancia de mejorana y tomillo, y en la mente obscurecida como alcoba de enfermo grave, entraban ya por innumerables rendijas luces del libre ambiente. Cierto que esto no era debido tan sólo al lisonjero vaticinio de don Wifredo; en el conjuro tenía buena parte Marciana, mujer   —282→   bienintencionada y discreta, que procedía con la mayor lealtad.

Y aún cobraron las esperanzas de la desconsolada señorita mayor aliento cuando observó que llegaban a su casa visitas que a su parecer traían misterio y algo que a ella particularmente interesaba. Presentose una mañana don Felipe García Fresca, alcalde de Vitoria, y aunque esto nada tenía de particular, por ser Santiago y el señor Fresca muy amigos y ambos liberales, Fernanda creyó ver en ello una extraordinaria encomienda. Quizás no hablarían más que de política, de la elección de Rey, de los temores de levantamiento carlista; pero estos asuntos no explicaban el extraño caso de que, al despedir a su amigo en la escalera, quedase Ibero contentísimo, con una cara de Pascua que la hija no había visto en él desde los tristes días de Bergüenda.

Pues la misma noche estuvo en casa de Gauna don Francisco Juan de Ayala, persona principal de la ciudad, cuñado del Conde de Cheste. Ayala y Luis de Trapinedo hablaron largamente a solas en un extremo de la sala; Fernanda notó que la miraban sonrientes. Luego creyó notar en Luis cierto alborozo... El hecho era que todos parecían contentos; pero nadie le decía nada. El único que con la señorita se franqueaba era su amigo el gran don Wifredo, que risueño le dijo: «No me ponga esa cara tristona. Alegrándose un poco, está usted más bonita... Ya puede salir al campo de la ilusión, a recoger   —283→   y acopiar pajitas y pelusitas para un nuevo nido... Aquel se rompió, se deshizo... Pues a otro... Esto digo yo, y que venga ese bruto de Cristóbal Pipaón a competir conmigo en imágenes bellas... Fernanda, que la vea yo a usted alegre y saltona, cogiendo pajitas y llevándoselas en el pico...».

Al llegar aquí, se detiene el historiador extasiado ante la noble figura caballeresca del Bailío de Nueve Villas, que en aquella segunda etapa de su azarosa vida se nos presenta con los caracteres de la más alta grandeza moral. Podría no estar el hombre en sus cabales; podría ser un vidente, un iluminado; fuera lo que fuese, la dirección que tomaba su voluntad merecía calurosas alabanzas. Volvió el hombre de Madrid medio loco o loco entero, trastornado por pasiones que súbitamente entraron a saco en su espíritu. Madrid le había sido funesto; había caído el hombre en aquel infiernillo político y social, con cincuenta años largos de pacífica normalidad provinciana; pagó el tributo a los gustos retrasados, a los apetitos inéditos y adormecidos; se le fue el santo al cielo; se achispó de los sentidos y del corazón. Restituido por bondadosos parientes al suelo natal, se encontró con el tristísimo suceso de Fernanda, la mujer ideal, la mujer soñada, tan alta para él, que nunca osó rendirle adoración fuera del invisible altar del pensamiento.

Pudo estar don Wifredo perturbado cuando le trajeron de Madrid a Vitoria; pero no   —284→   cabía mayor señal de cordura que su proceder ante la hija de Ibero, abandonada del novio, sin perder su pureza. Ni por un momento pensó el Bailío en sustituir al galán fugitivo. Claramente vio que su edad avanzada, su posición modesta, la borrasca mental que había corrido en Madrid, le imposibilitaban para toda pretensión amorosa. No era falto de seso el hombre que así pensaba. Pero no contento con esto, y obedeciendo a las generosas y cristianas voces que sonaban en su alma, se dijo: «Todo por Fernanda y para Fernanda; y pues enamorada sigue del sujeto, a pesar del desaire sufrido, consagro mi vida al fin altísimo de traer al don Juan a su deber, o de castigarle con la muerte si a ello se negara». Con esta especie de juramento quedó afianzado el sanjuanista en la desinteresada empresa, expresión fiel de la Orden de Caballería que profesaba.

La idea del regreso de don Juan nació en la mente del Bailío de confidencias que alteraba su lozana inventiva. Pero contando siempre con la volubilidad del andaluz, se previno por si llegaba el caso de tener que matarle. Los eclipses del paseo matutino y el encierro en su aposento fueron motivados por la necesidad en que se vio de limpiar sus armas, enmohecidas por el ocio de una larga paz. Poseía espadas de fino temple, cuyos aceros jamás vieron sangre; sables, dagas y otras herramientas de muerte conservadas por curiosidad, o como recuerdos de familia. Terminada esta faena en dos mañanas,   —285→   otras consagró a poner en orden sus papeles, a desempolvar sus ejecutorias y a trazar con mano firme un testamento ológrafo, pues aunque confiaba en que el juicio de Dios le sería favorable para llevar consigo toda la razón, no podía dejar de admitir alguna probabilidad de fracaso y muerte. Sobre todo estarían siempre los altos designios.

Fundado en vagas noticias, Romarate se imaginaba a don Juan encariñado con la reconciliación. Faltaba, no obstante, la nota de verosimilitud o algún dato testimonial, para que tal creencia fuese algo más que vana conjetura. A este propósito, debe decirse que las atrevidas adivinaciones de don Wifredo solían tener más consistencia lógica y más aire de verdad que muchos de los informes que sus confidentes le comunicaban; pero él se las componía muy bien para llevar a los puntos débiles la fuerza persuasiva que en otros sobraba, para dar apoyo a los hechos tambaleantes arrimando a ellos los hechos firmes, y así lograba sostener aquel aparato en que no era fácil discernir lo imaginario de lo real.

El taller en que don Wifredo fabricaba su lógico artificio era su casa del Portal del Rey, y el ayudante o discípulo la criada que desde remotos tiempos le servía, cincuentona como él, de una fidelidad inaudita, llena el alma de devoción y de supersticiones, con cierta salida de humos a lo caballeresco, plagio de su señor. Lo más extraño de Filiberta   —286→   era que jamás creyó en la demencia del amo, y que en cuanto este hizo y dijo al regresar de Madrid no vio más que donaires, o rigurosa demostración de un carácter entero. Le amaba y le servía con absoluto desinterés; le cuidaba como a un hijo, y no tenía más finalidad en su existencia que verle saludable y alegre. Rara vez ha existido un caso de adhesión semejante, que se explica, más que por el natural bondadoso de la sirviente, por la increíble bondad, rayana en lo sublime, del caballero de San Juan.

Era Filiberta viuda de un contrabandista, que el año 54 contrajo una repugnante enfermedad en la boca y nariz. Hora es de que se conozcan las cristianas virtudes del ilustre Bailío, que llevó a su casa al pobre canceroso, le aposentó en su propia alcoba, asistiole como a hermano y no se apartó de él en la hora de la muerte. Entre él y la viuda le amortajaron; fue el caballero al Campo Santo, y con sus propias manos le dio sepultura. Como nunca hizo alarde de esta ni de otras obras suyas de alta misericordia, que cumplía calladamente como Caballero Hospitalario, pocas personas lo sabían. Pero el historiador lo sabe, y nos manda trazar este perfil biográfico.

«Filiberta -decía una noche a su fiel sirvienta cuando esta le quitaba las botas-, en el testamento, que hace días escribí de mi puño y letra, te dejo el caserío de Argandona». Y ella, con súbitas ganas de llorar,   —287→   oprimiendo contra su pecho la bota que acababa de quitarle al amo, respondió: «Señor, yo no quiero que me deje nada. Lo que quiero es que viva más que yo. Muérame yo primero».

-No te aflijas, mujer. Sólo Dios sabe los días que hemos de vivir. Comprenderás que hallándome yo pendiente de un lance gravísimo con ese don Juan, he debido arreglar mis asuntos, por si el juicio de Dios me fuera desfavorable.

-Quite allá, quite -dijo Filiberta retirando la otra bota después de limpiarse una lágrima en cada ojo-. ¡Estaría bueno que Su Divina Majestad no le sacara a usted salvo y triunfador!

Disertando sobre esto con desigual reparto en el coloquio, pues don Wifredo no hacía más que asentir con frases breves, Filiberta expresó peregrinas opiniones respecto a la Caballería y a las virtudes de su amo. El que era un santo con sombrero de copa; el que practicaba la caridad sin que se enterara ni el cuello de la camisa; el cruzado de Jerusalén, amparo de los desvalidos, que andaba por el mundo lleno de misericordia, no podía quedar mal en un lance por defender a una dama noble y católica. Oyendo esto, despojose don Wifredo de las prendas de vestir más pegadas a su cuerpo, y se metió en la cama. Hízolo en la forma más pudorosa, mientras la criada, poniéndose de espaldas para no ver al amo en su desnudez, recogía la ropa y la ordenaba. Era   —288→   Filiberta morena, tirando a negra; de granadera talla, huesuda, con bosquejo de bigote y barbas. Puesto en pie a su lado con altos tacones, apenas le llegaba al cuello el hombre chiquitín con quien compartía su existencia, y en quien veía un santo niño, digno de culto religioso.

Acostado el niño, su servidora le lió en la cabeza, a guisa de turbante, un pañuelo de seda. No dormía bien el caballero sin abrigar de este modo su cráneo y sus pensamientos, costumbre higiénica que le fue impuesta en Madrid por los cuidados de doña Leche. Y cuando Filiberta le hacía en la frente el nudito final, dijo a su señor: «Y para más seguridad, ya sabe que yo tengo un amuleto que me dieron los ermitaños de Barria. Se lo pongo en el pecho, y no haya miedo de que le toquen balas, ni de que le entre estoque o daga en desafío, siempre que a él vaya con fe y devoción. No es más que un colgajito con el haba de mar cogida en Viernes Santo, unos palitos de hierba de Tierra Santa y la regla de San Benito. Bien probada tengo la virtud de ese divino escudo: que por dos veces se lo puse a Ramón, y fue como si llevara una coraza de diamante. En Vera le soltaron siete tiros a boca de jarro, y no le tocó ni un grano de pólvora». Bondadosamente replicó el Bailío que más eficaces que el amuleto de los ermitaños eran la razón y la justicia, formidables broqueles que él llevaba en su pecho, y con esto terminaron el coloquio.

  —289→  

A la mañana siguiente, serían las ocho, volvía ya el Bailío de San Vicente con su misa en el cuerpo. Sirviéndole un rico chocolate, Filiberta le dijo: «¿Y anoche, señor, durmió bien?... ¿Pensó mucho, vio las cosas que están lejos?».

«Te diré... Anoche estuve algo inquieto, distraído... Sin que yo los llamara, venían recuerdos y alguna que otra imagen, muy seductora por cierto, de las borrascas que corrí en Madrid... No pude concentrar bien el pensamiento en las cosas de acá... ni calcular lo que hace y piensa el caballero andaluz en Cataluña... No dejes de ver hoy a tu prima Marciana, y si puedes, haz por ver a su marido, el guardia civil Antonio Castro. Un compañero de este, llamado Matías Calero, acompañó a Urríes en el trajín de las elecciones, y un miñón de los que están en el Gobierno civil llevó recados del Gobernador a don Juan en la fonda de Quintanilla... Y ahora que me acuerdo: ¿no conoces tú a dos muchachas de la fonda, que son de Comunión, tu pueblo? Pues esas tal vez sepan algo...». Gozosa de colaborar en las imaginativas empresas de su amo, Filiberta se preparó para salir a la compra. «No te des prisa -le dijo el señor-, que hoy no paseo... No me arreglaré hasta las doce... Pasaré la mañana leyendo». Partió la moza con la idea de que las páginas de aquellos librotes viejos de Tolemaida y Rodas contenían la misteriosa cábala... reveladora de las cosas futuras y los sucesos distantes.

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Pero al enfrascarse en la lectura, no buscó el caballero su deleite en pesados mamotretos del tamaño de diccionarios, sino en volúmenes chicos, amenos y graciosos que guardaba en su reducida biblioteca, y que fueron sus delicias en la niñez como lo habían sido de sus padres... Se embelesaba en aquellos días con peregrinas historias de aventuras y correrías maravillosas por las regiones inexploradas del Globo; buscaba la distracción de momento, los lances más inauditos, los hallazgos de enanos y gigantes, de monstruos marinos y terrestres, los peligros de huracanes, desiertos de hielo, abismos, trombas, torbellinos y banquetes de antropófagos...

De uno de estos bárbaros festines volvía don Wifredo aturdido... cerró primero el libro, después los ojos, y en un breve letargo se vio llegando a Barcelona en un navío después de seis meses de viaje. Apenas saltó en tierra, vio a don Juan de Urríes tomando billete en la estación de un ferrocarril. Vendía los billetes una mujer, que asomó las narices por el ventanillo preguntando al caballero que a dónde iba... La voz era la de Filiberta que entraba con la cesta de compra, y dijo a su amo: «Señor, en la fonda de Quintanilla esperan al don Juan para dentro de tres días. Tiene la habitación reservada».

-Ya lo sabía -dijo don Wifredo pasándose la mano por los ojos-. En este momento toma el tren en la estación de Barcelona.



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ArribaAbajo- XXVIII -

Y era verdad que tomaba el billete en la estación de Barcelona; mas no para Zaragoza, como pensó don Wifredo, sino para Tarragona. No iba solo: dos señores le acompañaban. No le movían empeños o compromisos amorosos: empujábanle, con inquietud y curiosidad, móviles políticos y el inmediato interés de la causa dinástica que defendía. Observar quiso la tromba insurreccional que se iba formando en toda España, y con más ímpetu que en parte alguna en las regiones catalanas próximas al Ebro. Era la explosión del sentimiento republicano, el más joven y por tanto, el más vigoroso de los sentimientos políticos en aquella época de pasmosa florescencia vital. Brotaban los nuevos gérmenes con fuerte empuje de la savia, y el poder y virtud de esta se malograban por querer crear el fruto antes de producir las flores... Este arrebatado movimiento tomó la encarnación teórica más atrevida, el pacto federal, y tras él iba con generoso raudal de sentimiento. El federalismo creyó llegar más pronto a su fin batiendo las alas de la razón filosófica que andando modestamente con los pies de la cautelosa realidad. Pronto había de pagar su error.

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Como se ha dicho, fueron Urríes y dos más a ver de cerca el ciclón, sin acercarse mucho, por si llovían golpes y tiros. Los compañeros de don Juan eran un señor Angulo y un señor Solís, muy notados de montpensierismo doméstico y público. Lamentaban que en España hubiese tantos hombres que exponían su vida y su hacienda por don Carlos o por la República, y que no saliesen de ninguna parte ni siquiera cuatro gatos armados que mayasen por el de Orleans. En su lista de adictos tenía este generales y políticos de peso; en sus arcas millones que derrochar, si pudiera más la ambición que la codicia, y con tales elementos era el hijo predilecto de la impopularidad. Angulo, Solís y Urríes salieron de Barcelona con objeto de ver si en el revuelto río federal era fácil pescar alguna trucha que pudiese comer tranquilamente el señor Duque.

Vieron los tres caballeros la grande agitación de aquel país, y en un tris estuvo que retrocedieran a Barcelona; pero más pudo la curiosidad que el temor, y adelante siguieron. Sabían que las radicales ideas de Pi y Margall habían cristalizado en los organismos federativos de pueblos y regiones, y que pronto lo harían en la Junta central, común atadijo de los haces regionales. Sabían también que la guerra civil republicana se iniciaba en ciudades populosas y ardientes, como Zaragoza, y en otras que siempre fueron pacíficas. No desconocían que tras ellos quedaban soliviantados pueblos importantes   —293→   de Barcelona y de Gerona; que Suñer y Capdevila reclutaba hombres a centenares, a miles, para expugnar la institución monárquica todavía platónica y acéfala, pues había trono, mas no Rey que lo ocupase; pero ignoraban lo que podía venir del lado de Tortosa, donde algunos diputados republicanos y otros que no lo eran, hombres de tan viril entendimiento como Valentín Almirall, jóvenes exaltados como José Luis Pellicer, habían adiestrado al pueblo en el arte de la reivindicación y en otras artes complementarias, como el maldecir cantando y el aclamar rugiendo. Inspiraba el gran niño admiración por su infantil fiereza; causaba miedo, porque su inocencia no era ya inofensiva.

Al llegar a Tarragona, nada vieron anormal Urríes y sus acompañantes. Fueron a visitar al Gobernador don Juan Manuel Martínez, hombre tan inteligente como simpático, amigo inquebrantable del General Prim, satélite de adversidad más que de fortuna, pues con alegre constancia le siguió por todos los ásperos senderos y atajos de la emigración... No le encontraron: había ido a Barcelona a conferenciar con el Capitán General Gaminde, y pedirle fuerzas con que contener el nublado que se les venía encima.

Recibió a los curiosos forasteros el Secretario, Gobernador interino don Raimundo Reyes García, el cual no pareció temeroso de que estallasen desórdenes graves a la llegada de los republicanos que vendrían   —294→   de Tortosa. Según dijo, conocía bien al pueblo tarraconense; teníale por reflexivo, poco dado a excesos revolucionarios; pensaba que arengándole con lenguaje conciliador, invocando su dignidad y cordura, todo se reduciría a un poco de ruido. Contagiados de la tranquilidad del Secretario, se fueron los caballeros a la fonda, luego a un café, Rambla de San Carlos, donde departieron sobre los presuntos alborotos. Seguramente, si estos eran extremados y traían atropellos de la propiedad y ataques a las vidas, más ganaba que perdía la causa del Duque. Convenía que la odiada Interinidad se pusiera su máscara más cadavérica y su mortaja más pavorosa para asustar a la Nación.

Con estos comentarios ojalateros pasaban el rato cuando oyeron rumor de marejada popular, y a la calle se lanzaron, siguiendo la corriente que con hervor de gritos descendía de la Rambla de San Juan a la de San Carlos. Por la calle de la Unión precipitáronse a la Plaza de Isabel II, donde ya era menos fácil el paso por lo que iba espesando la muchedumbre. Dejábanse llevar del torrente humano que corría cuesta abajo, y por calles que desconocían, rectas y de anchura diferente, llegaron a una gran explanada, en cuyo término se veía la estación del ferrocarril. Era la escena del drama federal anunciado, que se hallaba en su primer acto, mejor será decir en el único, porque fue tragedia breve, con muy poco espacio entre la prótasis y la catástrofe.

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Sobre la multitud que ondeaba con hinchazón rugiente, como un mar tempestuoso, se destacó la figura arrogante de un militar anciano que subió a un coche. Su hermosa barba blanca dábale aspecto de un gran Rabino, con ros y levita galonada... Era Pierrad, hombre valiente en la guerra, desgraciado en la paz, y en toda ocasión política enormemente inoportuno; tardío cuando debía llegar pronto, prematuro cuando su tardanza podía ser un suceso favorable. No se sabía si a la multitud arengaba, o si oía su bronco alarido sin comprenderlo... El General era sordo.

Entre don Blas Pierrad y la Estación, el Gobernador interino arengaba en otra forma y con mejor sentido a la brava multitud. Esta, también un poco sorda como su ídolo en aquel momento, no se enteraba de las sensatas exhortaciones de la autoridad... se arremolinó en torno al señor Reyes; este cayó al suelo... La fiera se inclinó sobre él... Era como el niño recogiendo el juguete que se le ha caído... Los niños, en sus juegos inocentes, inventan diversiones crueles y hacen simulacros de maldades... Ello fue que la iracunda caterva popular echó una cuerda a los pies del infeliz Gobernador interino y le arrastró, no sin tropiezos y dificultades, porque el suelo estaba muy mal empedrado... Los arrastradores, con incierta marcha de niños embriagados por la travesura, tiraban hacia el puerto... Pierrad fue y vino en su coche... los caballos encabritados,   —296→   parecían luchar con las olas, como caballos de Neptuno. Alguien gritaba junto al General refiriéndole lo que ocurría; mas él no parecía comprenderlo bien.

Urríes, Angulo y Solís no creyeron prudente marchar a la cola de la bárbara tragedia que se alejaba; y deseando apartar de sus oídos el espantable resuello de la plebe, mezcla de carcajada hombruna y de aullar de canes, retrocedieron calles arriba...

«Filiberta -dijo don Wifredo a su criada, abriendo los ojos y requiriendo el libro que había dejado sobre sus rodillas-, ¿has oído un estrépito como de loza que cae y se rompe en mil pedazos?».

-No, señor -replicó la mujer huesuda, que entró de puntillas cuando su amo dormitaba en el sillón-. Nada oigo, y en casa no se han roto tazas ni pucheros.

-Pues creí... Estaba yo leyendo unas historias del País de los Volcanes... cada casa tiene su cráter... país de terremotos... el suelo está siempre bailando... Pues leía que estalló una gran erupción... no sé más, porque me amodorré... Dime, Filiberta, ¿fue ilusión mía, o en la calle había bullanga? ¿No pasó un grueso gentío alborotando?

-No, señor: no ha pasado más que el carromato de Estella con cuatro mulas... Alboroto hemos tenido en Vitoria; pero ello fue anoche... En el teatro se juntaron esos locos republicanos, y estuvieron echando prediques hasta las once o más. Luego, a la salida, hubo lo de que si tú, que si yo; vivas   —297→   y mueras, y empujones muchos que por poco se vuelven palos.

-Fuera de don Pedro la Hidalga, varón respetable, aunque de cáscara más amarga que la hiel, todos los republicanos de acá son niños echados a perder por el estudio... Entre ellos hay muchachos listos... simpáticos. ¡Ricardo Becerro, Daniel Arrese, Sotero Manteli, ángeles de Dios!... Antes de irme a Madrid discutía yo con ellos, y les volvía tarumba, despedazándolos con sus propios argumentos... Ahora, los ángeles se han quitado de cuentos, y tratan de traernos el Caos. ¿Sabes tú, Filiberta, lo que es el Caos?

-Señor, como saberlo, no lo sé... pero ello debe de ser algo parecido a la República Federal, porque esta no se les cae de la boca... Pues el otro Cao, el de Carlos VII, también tiene pelos... Y para que estemos más divertidos, Cao de Montpensier, Cao de Espartero y del Demonio coronado. Digo, señor, que no ganamos para Caos.

-Es verdad; no ganamos... Y a propósito, Fili: estoy algo inquieto... El corazón, desde anoche, me dice cosas tristes. Todo cuanto leo me hace pensar en trifulcas lejanas, en calamidades y sucesos sangrientos... en volcanes y cataclismos. ¿No te parece que...?

«Sí, sí: me parece que debe el señor arreglarse, vestirse y echarse a la calle -dijo la mujerona con regaño y mimo, a la par severa y cariñosa-. ¡A lucirla, a pintarla... a   —298→   que diga la gente: 'Ahí va el primer caballero, y el caos de la pura elegancia'! Fuera murrias, y viva mi dueño». Fácilmente persuadido por este exabrupto de cariño maternal, don Wifredo despachó sus lavatorios matutinos; con media hora más quedó de punta en blanco, y a la calle... ¡Albricias! El gran Romarate reaparecía como el sol después de un largo y triste nublado.

Entrada la noche fue al palacio de Gauna, donde halló más gente que de costumbre, y la novedad de que estaba allí el Gobernador contando el trágico suceso de Tarragona. Un cronista muy autorizado fija en la noche siguiente la visita del señor Ezcarti. ¿Qué más da? Y en último caso, con correr una fecha queda la Historia en su punto... Al entrar don Wifredo, el digno Gobernador, rodeado de graves señores y algunas damas, iba ya muy adelantado en el relato del espantable motín, que sabía por telegramas oficiales: La autoridad militar, General Acosta, no dio señales de vida hasta que le llevaron noticia de que el pobre señor Reyes había sido arrastrado. Antes de que llegara la escasa tropa que guarnecía la plaza, algunos guardias civiles y carabineros lograron contener a la salvaje plebe; pero no salvar a la víctima, que aún estaba entre la vida y la muerte, yacente en la Plazuela de San Fernando, cerca del mar, a donde los arrastradores querían arrojarla...

-¿Y el Gobernador civil?

-Llegó de noche... pudo recoger el cadáver   —299→   del desgraciado Reyes, espantar a don Blas, que se volvió a Tortosa, y dar principio al desarme de los voluntarios de la Libertad. Don Juan Manuel hizo prender en Tortosa al general Pierrad, y le trajo a la cárcel de Tarragona; después, reuniendo toda la fuerza disponible, persiguió a los amotinados. Estos se corrían a Reus, a Valls, a Montblanch... En fin, que había para rato, y aquella insurrección daría mucho que hacer al Gobierno.

Los comentarios fueron, como es de suponer, vivos y medrosos. Algunos, encastillados en la rutina, creían que sólo al carlismo correspondía la especialidad, casi casi el derecho, de la insurrección. Romarate oía y callaba, pues había perdido el hábito de las disputas políticas. María Erro, Gracia y la señora de Prestamero no extremaban su indignación, y sólo veían en la tragedia el peor síntoma de la gravísima dolencia de España, llamada Interinidad. En cambio, las añosas damas doña Manuela Tirgo y doña Rita de Landázuri sacaban de sus amojamadas laringes voces de ultratumba, para pedir un régimen absoluto sin Cámaras, aunque con camarillas, que pusiera freno a tantos desmanes. Luis Trapinedo, Ezcarti, Santiago Ibero y otros, pedían represión por los medios constitucionales, y los que blasonaban de católicos antes que políticos, como don Ramón Ortiz de Zárate, don Francisco Juan de Ayala y el valetudinario don Tirso Pipaón, ex-Provincial de   —300→   la Orden de Predicadores, afirmaron que la tragedia de Tarragona y otras que se estaban preparando tenían por único fundamento la relajación de los principios religiosos.

Oídas estas sesudas razones, se arrimó el Bailío al grupo de las muchachas, que al otro extremo de la sala picoteaban con cuatro mozalbetes. Al mirar a Fernanda, los ojos de ella le salieron al encuentro, mirándole a él. ¡Y con qué expresión tan rara! Asustados pedían auxilio, informes, luz, con ser tanta la que ellos despedían. Fácilmente se puso el caballero al habla con la señorita, y aprovechó ella el ruidoso charlar de la gente moza para decir quedamente al de San Juan: «¿No sabe? Ayer estuvo aquí de visita la Marquesa de Subijana... me lo ha contado Luisa. Esa señora quiere ahora reanudar sus amistades del siglo pasado, o de no sé qué siglo, con estas venerables momias. María Erro le preguntó por la sobrina... por esa...».

Comprendió don Wifredo la repugnancia a pronunciar el nombre. Él revolvió el Céfora entre los dientes, y después, mirando al suelo, lo escupió sin saliva... Y Fernanda siguió: «La respuesta de doña Carolina fue de lo más chusco... Que la chica esa... entra en un convento».

-Ya lo sabía yo. Es achaque antiguo en ella la falsa santidad.

-¡Monja!... ¿Pero es burla, es ironía?... ¿Y en qué Orden?

  —301→  

Como don Wifredo no toleraba que los informes reales se anticiparan a su prodigiosa facultad de adivinación, contestó sin vacilar: «En la Brígidas de Vitoria».




ArribaAbajo- XXIX -

Retirose el Bailío a su casa recelando que la traviesa realidad no quisiera ponerse de acuerdo con la inspiración profética... «Filiberta, ¿lo soñé yo, o me dijiste tú que en las Brígidas entraría pronto una joven...?».

-El señor lo habrá soñado -replicó la huesuda, tirando de la bota derecha de su amo-. Yo no le hablé de semejante cosa... Pero ahora me acuerdo de haber oído ayer en la plaza...

-¿Ves cómo es verdad? ¡Si yo no me equivoco!... ¿Y oíste el nombre de la nueva monja?

-Lo dijeron. Pero tengo yo mala cabeza para nombres... y el de esa mujer no es de los que oímos todos los días.

-Filiberta -dijo el caballero ya en la cama, cuando con blanda mano le ponía su criada el turbante-, yo te suplico, y si es preciso te mando, que me averigües qué hay de nueva monjita en las Brígidas, y cómo se llama; y si es forastera, de dónde ha venido. Hace días que veo signos próximos y distantes de sucesos de suma gravedad...   —302→   Retírate, que yo aquí, solo y a obscuras, lo mismo pensaré dormido que despierto, y algo he de ver y he de sentir de lo presente y de lo futuro. Buenas noches, Fili...

Al día siguiente, no llevó la fiel doméstica noticia ni rumor alguno referentes a la nueva parroquiana de las Brígidas. Y como al segundo día ocurriera lo propio, empezó a creer don Wifredo que había fallado su adivinación. En el barullo mental que esto le causaba, no sabía el hombre si desear o temer que fuese verdad la presencia de Céfora en Vitoria. Al tercer día, o tercera noche, la confusión del caballero subió de punto en la tertulia de Gauna, donde el Alcalde don Felipe García Fresca puso el paño al púlpito para referir los horribles desmanes de Valls. La plebe, desenfrenada de toda autoridad, se lanzó a satisfacer sus bárbaros apetitos, a descargar sus odios en personas quizás culpables y en edificios inocentes. Aquí asesinó, allá incendió, ensañándose particularmente en los opresores del pueblo, y entreteniéndose en la quemazón de archivos, así municipales como notariales. Era el furor revolucionario en su mayor delirio, la ciega venganza de inveterados desafueros... Lo que el Alcalde de Vitoria refirió, sabíalo por un caballero de Madrid, testigo presencial de los terribles atentados, el cual llegó a Vitoria por la mañana, marchando por la tarde a un pueblo próximo.

La idea de que el caballero informante   —303→   era don Juan de Urríes se clavó en la mente del de San Juan, quien se impuso el deber de no dormir aquella noche sin despejar la formidable incógnita. En efecto, así lo hizo, y por el guardia civil Antonio Castro supo que Urríes estuvo aquella mañana en la fonda de Quintanilla dos o tres horas; fue después a la Casa-Ayuntamiento, y a las dos próximamente alquiló un coche por días, partiendo a un pueblo cercano... ¿Ali, Armendia, Gomecha? Esto no se sabía; mas no era difícil averiguarlo. Con tales informes, don Wifredo creyó tener en su mano la mitad de la clave, y por tenerla entera, a la mañana siguiente muy temprano despachó a Filiberta con un recado para la señora Madre Abadesa de las Brígidas, con quien el Bailío tenía conocimiento. Iba el mensaje formulado interrogativamente en un papelito para que la criada no trabucase el extraño nombre. La respuesta fue bien categórica. En efecto, las Brígidas recibirían pronto como novicia a una señorita llamada Nicéfora, catequizada por el padre Beck. Aún no había llegado. Hallábase en preparación o ejercicios...

Seguro de poseer ya la clave entera, apresurose el Bailío a construir a su modo toda la historia, con potente imaginación y lógica un tanto poemática. Conocía bien a Céfora, y se sabía de memoria las dos naturalezas que estrechamente enroscadas una en otra componían su carácter. Incompatible con Carolina, se había declarado independiente,   —304→   haciendo la comedia del monjío para escaparse con Urríes en pos de goces y aventuras, menos secretas que las de Madrid. La que lloraba oyendo relatar la muerte de la Reina doña Francisca y poco después reía locamente repitiendo donaires picarescos; la que frecuentaba la iglesia, y dolorida de las rodillas por larga humillación ante el confesonario, se iba con don Juan a misteriosos nidos o burladeros, no era susceptible de enmienda ni reforma.

Era el Diablo mismo en su duplicada encarnación histérica y romántica; era la infernal Antarés, que a don Juan ofrecía sus formas seductoras cuando se hallaba dispuesto a variar de conducta. Con ser tan malo, don Juan era mejor que ella. El caballero andaluz volvía seguramente, como había previsto o adivinado don Wifredo; pero no volvía llamado por la virtud de Fernanda, sino por la sensualidad de Céfora. Según las presunciones del cruzado de Jerusalén, el burlador había tenido un instante de arrepentimiento: rayo del Cielo penetró en su alma, iluminándola con divinos resplandores; pero acudió Antarés con las tinieblas y el vicio, y don Juan perdió la vía del bien a que su vaga intención más que su rígida voluntad le encaminaba.

Ultimatum. -En cuanto se pudiese averiguar dónde moraba o se escondía don Juan, el Bailío de Nueve Villas le plantearía con arrogante severidad la cuestión caballeresca en esta concisa fórmula: «Usted, señor   —305→   de Urríes, está obligado a casarse con Fernanda, no por reparación del honor de esta, que no ha sufrido ni podía sufrir ningún detrimento, sino por dar al alma nobilísima de la doncella de Ibero la paz y felicidad a que es acreedora. Padece la demencia de amar a usted. Su corazón pertenece a su verdugo». Si a este requerimiento respondía el andaluz con un , todo estaba felizmente terminado. ¿Respondía con un no iracundo o siquiera displicente? Pues el de San Juan con la misma o mayor entereza, le diría: «Aquí traigo dos espadas de fino temple: escoja usted la que quiera, y solos, sin testigos, vámonos a resolver en Juicio de Dios, cual cumplidos caballeros, esta grave contienda».

Al trazar con mente fervorosa este soberbio plan, el alma del caballero ardía en loco entusiasmo. ¿Qué mayor gloria que consagrar los últimos días de una vida intachable (salvo las canitas echadas al aire con la Africana) a una empresa de rehabilitación tan grande y bella? Y pensando en esto, a su mente traía la imagen de Fernanda, adornándola de innúmeras piedras preciosas que representaban otras tantas prendas morales. O devolverle su don Juan, o morir por ella... En la mansión de los justos se encontrarían, limpios ambos de toda terrenal impureza, y contemplándose extáticos, gozarían eternamente el premio de sus virtudes... y a Dios vería cada cual en las pupilas del otro... Alargando después sus   —306→   brazos para alcanzar al cuello de Filiberta, que en estatura le ganaba más de un palmo, le dijo con desbordada vehemencia: «Abrázame, mujer, y abrazándome reconoce que tienes por amo al caballero que más alto pica en la abnegación. Abrázame, a ver si se te pega algo de la grandeza de mis fines... y aprende, Filiberta, aprende a sacrificarte por la belleza y la virtud. Este arranque gallardo que en mí ves, lo debo al cataclismo de mi cerebro. Dios me turbó y desconcertó, para darme después un natural y temple más varoniles, infundiéndome la querencia de los actos heroicos. Al propio tiempo me hizo más poeta que Cristóbal de Pipaón, y con esa ventaja me encontré de añadidura».

Derramando lagrimas, le abrazó Filiberta, diciéndole entre babas que si el señor moría en duelo, o como Dios quisiera, ella no se quedaba por acá. A su don Wifredo se pegaría como una lapa, y juntos subirían a la Gloria eterna.

Tan ufanado con su caballeresca resolución llegó a estar el Bailío, que le aterraba la idea de que un soplo de prosaica realidad deshiciera el hermoso castillete. Al regresar de su paseo una mañana, pensando en la ideal doncella por quien se desvivía, la encontró con su hermano Demetrio y con María Erro, que iban hacia la Plaza Nueva. Galantemente se agregó a las damas y al caballerito, y creyó ver en los divinos ojos de Fernanda sombra y luces que decían:   —307→   «temo y espero». Al entrar en la Plaza, halláronse de manos a boca frente a un clérigo joven, vivo, con acento extranjero, el cual se enganchó en saludos amables con María Erro, después con Fernanda, Demetrio y la compañía. Era el Padre Beck, uno de los dos jesuitas que estuvieron con don Wifredo en La Guardia, en la primavera de aquel mismo año. Saludáronse todos, y particularmente extremó el clérigo sus cortesanías con el Bailío, no sin recordarle las caminatas que juntos habían hecho por Estella, Viana y Logroño, preparando el terreno y las almas para el levantamiento carlista. Con sonrisa de conejo respondió don Wifredo a las remembranzas del ignaciano, que se despidió relamido y afable, ofreciendo su domicilio, una hospedería muy recatada, próxima al convento de las Brígidas.

Siguieron las damas y su acompañamiento. Al despedirse Romarate en la puerta de la casa de Gauna, Fernanda le recomendó, con expresivo acento de tímida confianza, que no faltase aquella noche... ¿Qué había de faltar?... Llegó el primero, y aun pensó que llegaba tarde. Apenas vio a la gentil doncella de Ibero, pudo advertir en ella un ardiente afán de ponerse al habla. Ambos se dieron sus mañas para encontrar la ocasión que deseaban. La sorpresa del caballero fue grande cuando la señorita le dijo con balbuciente voz: «Ya sé, don Wifredo, dónde está esa... esa... En Vitoria la tenemos ya».

  —308→  

-¡Céfora!... ¿Dónde?

-¿Se fijó usted en las señas que dio de su casa el clérigo de esta mañana?... Pues allí... allí.

-Ya lo sabía yo... -replicó el caballero en un rapto de vanidad adivinatoria-. Digo: como saberlo precisamente, no... Lo había pensado, lo sospechaba. Ya sé, ya sé: la hospedería de las señoras de Ezquerecocha, a donde sólo asisten personas recomendadas, comúnmente sacerdotes, beatas...

-Dijo el Padre que es al lado de las Brígidas.

-Está esa casa en lo que fue Hornabeque de la Victoria... ¿Sabe usted?

-¿Qué he de saber?... En mi vida oí tal nombre.

-¡Oh, yo de chico he jugado allí más veces...! Ya el Hornabeque o fortín estaba en ruinas... Pues el año 50 construyeron allí varias casas: una de ellas es esa, con sólo dos pisos altos, que ocuparon las Ezquerecochas, excelentes señoras a fe mía... Guadalupe, que era una santa, murió del cólera; Eduvigis está baldada... Hoy gobiernan la posada unas sobrinas de poco juicio según entiendo. Por esto ha perdido la casa su antiguo crédito y respetabilidad... En el bajo, que es un local muy espacioso, hubo hace años un almacén de granos; luego un gimnasio, que tronó hace dos meses. La semana pasada, esos locos republicanos quisieron alquilarlo para celebrar allí sus reuniones o metingues; pero las vecinas de arriba pusieron   —309→   el grito en el cielo, y el propietario se negó... Ahora que me acuerdo: días ha me dijo Filiberta que los valencianos de la Plaza Nueva alquilan ese local para depósito de loza y esteras... Amiga del alma, noto en usted un sobresalto que no tiene razón de ser... Estamos próximos a la Hora de Dios... Como dice muy bien Filiberta, el reloj de Dios es distinto del de los hombres, y cuando nosotros decimos temprano, él dice tarde, y cuando decimos ahora, él dice todavía no... Aguardemos con fe y serenidad.

Hubiera desentrañado Fernanda estas sutiles razones; pero por atender más al pensar propio, no quería salir del alcázar de su silencio. Despidiose el Bailío con efusión concisa, y algo aturdido salió a la calle; mas en cuanto las auras frescas de la noche orearon su frente, sintiose poseído de ardimiento belicoso, y espoleado por febril actividad. Apenas encaró con Filiberta, dio órdenes semejantes a las de un caudillo que reúne a los jefes de cuerpo para dar comienzo a una fiera batalla. Al punto quiso ponerse al habla con la Marciana, con su marido Antonio Castro, con Matías Calero y con un miñón llamado Ciordi, que según Filiberta era el individuo mejor informado de los pasos de don Juan. Anhelaba don Wifredo conocer sin demora el paradero del andaluz, para irse derecho a él y plantearle la cuestión caballeresca en términos de inexorable precisión.

Divagando en conjeturas y sin resolver   —310→   nada, se pasó la noche, y a la mañana siguiente, dadas ya las ocho, sólo pudo averiguarse que la Marquesa de Subijana, desentendida ya de Céfora, se había ido a San Sebastián con su amiga la Villares de Tajo: ambas habían estado tres días en Quintanilla, donde tuvieron la dicha de alternar con los Marqueses de Beramendi y otras aristocráticas familias. Carolina Lecuona era feliz entre las damas elegantes y los señores ricos, que habían erigido en ley de buen tono el repudiar a todos los candidatos a la Corona de España y envolver en flores de simpatía al niño don Alfonso... También había partido de Vitoria el padre Beck, creíase que a Tolosa, dejando a Céfora bajo la custodia y gobierno de una grave señora piadosísima, que habitaba en la misma casa.

Daban las diez cuando se supo que don Juan había pasado de Ali a un caserío cercano. Era inútil buscarle allí. Más práctico sería salirle al encuentro en Vitoria, a donde venía en cuanto cerraba la noche. El miñón José Ciordi, conocedor sin duda de los pasos, ya que no de las intenciones, del caballero, se encastillaba en una discreción a prueba de halagos. Era indudable que entre don Juan y Céfora mediaban cartitas. Desesperado don Wifredo ante la imposibilidad de apoderarse de alguna de ellas, invocaba y sutilizaba su poder de adivinación, tratando de penetrar ideológicamente el delicado arcano de las letras que iban y venían por el aire, como efluvios telegráficos. Pero esto no   —311→   le valía, y los esfuerzos de una imaginación potente y ágil no servían más que para internarse en enredosos laberintos... Por fin hubo de comprender que su fantasía deliraba, y que los monstruosos absurdos por ella engendrados eran obra de unos traviesos diablillos que se introdujeron en su magín, y allí jugaban con el aparato de adivinar.

Para librarse de esta diabólica sugestión, se fue el hombre a San Vicente, y ante el altar mayor oró devotamente una media hora, de rodillas. Muy consolado y fortalecido en sus pensamientos salió de la iglesia para su casa, y antes de llegar a esta sintió que en la bóveda de su cerebro llamaba con fuertes golpes el verdadero y genuino poder adivinatorio, como diciendo: «Atención: aquí estoy... abrid, abrid...». La grande adivinanza de origen divino entró en el cerebro precedida de espléndidas luminarias. Vedla aquí: El nuevo alquilador del local vacío, planta baja, en la casa de las Ezquerecochas, era Servando Arregui... grande amigo de Romarate, moralmente ligado a este por el cariño y la gratitud...

«Fili, Filiberta -dijo el Bailío con fuertes voces entrando en su casa-, averíguame al instante si los valencianos de la Plaza Nueva han alquilado el bajo de la casa... ya sabes...».

-Señor, le estaba esperando para decirle que ayer alquiló el almacén Servando Arregui, y que hoy le han dado la llave.



  —312→  

ArribaAbajo- XXX -

-¿Ves, ves?... Lo adiviné -clamó el Bailío radiante de júbilo-. Y el barrunto vino de que recordé haber oído a Servando, seis días ha, que pensaba tomar ese local para poner en él un establo.

-No, señor; establo no... pone almacén de ferretería.

-Eso es... confundí las vacas de leche con las llantas, flejes, clavazón... Lo mismo da. Corre, mujer: dile a Servando que quiero hablarle... Puedes desde luego explicarle tú mis fines y propósitos, que son de la más pura honestidad... inspirados en el supremo bien... En fin, quiero que me dé la llave... Es preciso que esta noche misma me apodere yo de aquella posición importantísima, para sorprender al don Juan, que por allí ha de recalar... Ahora sí que no se me escapa, ¡vive Dios!... Y detrás de la casa hay un campillo mal cerrado de tapias, el cual fue huerta, prado, y hoy es depósito de escombros, lavadero... Allí tenemos don Juan y yo un espacioso y solitario ejido donde plantear el juicio de Dios, si ese andaluz alocado se negase a la reparación que le pido... Filiberta, estoy loco de contento... Vete pronto a ver a Servando. Que me dé la llave... La llave es la clave, y cogiéndola podré exclamar:   —313→   Eureka... Eureka quiere decir: clave, ya te tengo...

Fue luego el ingenioso Bailío a la casa de Ibero, deseoso de hablar con Fernanda antes de llevar a la realidad su audaz propósito. Pero no pudo ver a la ideal señorita, porque hallándose enferma de fiebre palúdica Sofía Prestamero, junto al lecho de esta pasaba tarde y noche, asistiéndola como cariñosa enfermera. Dirigiose don Wifredo al domicilio de Prestamero, calle del Prado, casi frente al Instituto y muy cerca de las Brígidas; pero en la puerta varió de idea, porque preveía la dificultad de no poder hablar a solas con Fernanda, y porque sus graves quehaceres le pedían aprovechar escrupulosamente el tiempo.

Recibida de manos del propio Servando Arregui la llave del local, y pasada revista a los confidentes y espías que auxiliaban su causa, no quiso demorar la ejecución de sus heroicos pensamientos; recogió al anochecer sus espadas, y llevándolas bien disimuladas con la envoltura de una tela, se fue al escondido palenque donde aguardar a pie firme debía la Hora de Dios.

Aunque el caballero quiso ir solo al puesto de peligro, contra su voluntad le acompañó Filiberta. «Bueno -le dijo el amo en la puerta del local-. Consiento que entremos juntos; pero luego te vas... Quiero estar solo. Las mujeres, con sus arrumacos y chillidos, perturban estos actos de carácter estrictamente varonil... Abramos... Ea, ya   —314→   estamos dentro...». Era un local vastísimo; gran salón corrido, con dos rejas y una puerta a la carretera, otra al campillo posterior, que por el Norte lindaba con la huerta de las Brígidas. Columnas de hierro fundido sostenían las gruesas vigas de carga del techo; las paredes eran desnudas y sucias, el suelo de baldosín. Del techo pendían aún argollas y cuerdas, resto del gimnasio que allí hubo. En algunos paramentos se veían desgarrados carteles de Ferias y Toros, cuentas trazadas con carbón sobre el yeso. Únicos muebles donde poder sentarse eran un banco de carpintería, otro más pequeño, y algunas piezas de tablazón apiladas contra el zócalo.

Vieron esto a la luz de una vela que con precaución doméstica trajo y encendió Filiberta. «Buena ha sido tu idea -dijo don Wifredo dejando sus espadas en el banco-, y no está mal que yo tenga aquí esa bujía, que podrá ser necesaria en alguna ocasión. Pero yo me propongo hacer mi guardia en completa obscuridad, para evitar el riesgo de que se espante el enemigo y no entre a la suerte». Después de cerciorarse de que el local no tenía comunicación directa con los pisos altos, apagaron la vela, que Fili dejó sobre el banco de carpintería con una palmatoria de barro y caja de fósforos, y saliendo al campillo, reconocieron la puerta que daba salida a los pisos altos, y frente a ella lavaderos y colgadijos de ropa; más allá un estanquillo vacío y seco, y después soledad,   —315→   árboles muertos, restos de fortificaciones. Una tapia destruida a trozos limitaba el campo a lo largo de la carretera de Madrid a Irún.

Una vez examinado el terreno, ordenó don Wifredo a su criada que le dejase solo, y como ella se negara, poniéndose un poquito dengosa, tuvo el amo que cuadrarse y hablar recio... Al fin partió la huesuda, haciendo propósito de dar por allí unas vueltas a distintas horas de la noche. Solo en su torre, ufano como un guerrero feudal dentro de los muros que afianzaban su poder, esperó el Bailío los hechos que el reloj de Dios marcaría fijamente en el curso de la noche. Su punto de vigilancia era una de las ventanas enrejadas que daban a la carretera, frente al paseo de la Florida. Desde allí no se le escapaba don Juan, ni nada de lo que ocurriese en las Ezquerecochas. En su acecho le ayudaba una luna hermosa, con sólo dos noches de menguante, ligeramente recortada de un carrillo, y espléndida de dulce claridad. Alumbraba el astro lo exterior, y el caballero vigilaba en la obscuridad. Todo lo veía, y ni de hombres ni de alimañas podía ser visto.

No había pasado media hora desde que en el firmamento apareció la luna, cuando Fernanda Ibero, en un respiro que le dejó el descanso de la amiga enferma, salió a un mirador de los que engalanan la ciudad de Vitoria, con vistoso frente de cristales. Sola un momento ante la hermosa vista del cielo   —316→   con claridad lunaria, y de las arboledas cercanas, iluminadas de un azul verdoso, el alma de la triste doncella salió a espaciarse en la dulce melancolía de la noche. Pocos minutos llevaba en su contemplación, cuando fue sorprendida por una muchacha de las que servían en la casa, Prudencia, la cual llegose a ella medrosica y vacilante como quien trae un tapadillo. Después de mirar a las habitaciones próximas, de donde salía rumor de niños y criadas, le dijo: «Señorita, para usted traigo una cosa». Tembló Fernanda. ¿Qué sería? El miedo de la criadita se le comunicó, y apenas pudo pronunciar dos palabras. Con un tome, tome, alargando un papel, cumplió Prudencia, que azorada seguía mirando a las puertas por donde venían las voces.

Cogido el papel por Fernanda, vio que era una cartita pequeña con sobre de tarjetas... vio la letra de don Juan en el sobre... le faltó poco para caer sin sentido. «¿Quién te ha dado esto, Prudencilla?». «Mi primo el miñón Pepe Ciordi... Abajo está esperando por si quiere la señorita contestar... Me dio el papel cuando volvía yo de la botica...». «¿Cómo he de contestar si no he leído...? Y no sé si debo leerlo... Dile que se vaya... No, espera... Sí, que se vaya, que no contesto... Aguarda, mujer... que sí, que contestaré... Pero tengo que pensarlo despacio... oye... que pensarlo despacio». No sabía la pobre señorita qué decir, ni qué resolución tomar: tan violenta conmoción le traía el   —317→   inesperado mensaje, que era como bomba estallante en su alma. Con veloz mano rompió el sobre chiquito, y con mirar de relámpago leyó las seis líneas escritas por don Juan... Leerlas y arrugar papel y sobre, guardándolo todo en el seno con rapidez de prestidigitador, fue obra de pocos segundos...

Inmediatamente se internó en la casa; volvió al cuarto de la enferma, que aún dormía; salió... Marciana, de cuya fidelidad y honradez tenía tantas pruebas, era la única persona de quien se fiaba en el asunto obscuro y delicado que de improviso tomaba tan extraño giro. No hallándose en la casa la confidente, esperó su llegada con cruel ansiedad. En esto, la madre y la hermana de la señorita enferma ordenaron cariñosamente a Fernanda que se acostase, pues había pasado en vela la noche anterior... Aunque no tenía sueño, Fernanda obedeció por estar sola y aislada. Quería zambullirse con libertad en el mar de sus pensamientos.

La solitaria meditación fue para la enamorada doncella tormento, del cual provenían goces del espíritu, y ensueños que acababan en cruel suplicio de incertidumbres. En su breve carta, don Juan le proponía restablecimiento de relaciones, olvidando todo lo pasado. El galán reconocía el inmenso mérito de la que fue su novia y prometida, y renegaba de sus pasadas locuras. Momentos hubo en que Fernanda, que aún conservaba la carta en el seno (se acostó   —318→   vestida), sentía que el papel le comunicaba un calor dulcísimo; sentía renovado su amor ardiente, y veía posibles la confirmación y realidad de las esperanzas que alimentaron su alma desde que don Juan emergió en La Guardia hasta que se hundió en Bergüenda. El recuerdo de la parábola del Hijo Pródigo la alivió de sus dudas. Antes de media noche, disparada la imaginación de la señorita en velocísima carrera, llegó a ver cosas y personas tal y como fueron en los primeros meses del año. La ilusión de amor, el porvenir risueño... el matrimonio, el esposo, los hijos... hasta la remota esperanza de los nietos, revivieron como una vegetación milagrosamente cambiada de las zonas frías a las tropicales... Don Juan, curado de sus travesuras solteriles por los goces de la familia y por la paz doméstica, era un modelo de esposos, de padres... ¿por qué no ya de abuelos?...

Una brusca regresión, un repentino salto atrás, llevaron el alma de Fernanda hacia otras ideas. Obra fue también de la imaginación, que es juntamente veleta y viento, pues a sí propia se cambia... Vio la señorita cómo se ajaba de súbito aquel rosado ensueño... pensó que la enmienda de don Juan sería difícil, y temió que si en efecto se arreglaba todo y con él se casaba, había de ser infelicísima. Acordose luego de su hermano Santiago, de sus aventuras, de su vida irregular, de su felicidad presente, y se dijo: «Quizás mi destino y el de mi hermano sean   —319→   igual destino... No podré llegar a la paz sin que antes pase por mil pruebas, sufra desdichas y afronte horribles tempestades». Santiago y Teresa eran para ella un símbolo más admirado que comprendido, un mito que representaba la humana vida en su primordial concepto. Veíalos como un grupo de clásicas figuras, imponentes por su belleza y noble gravedad. Sin que hubiera en torno a ellos palabras escritas ni grabadas leyendas, algo decían... Invisibles trompetas de oro daban al aire estas voces: Energía, Dignidad, Amor, Justicia, y alguna más que no se oía bien...

Cansada de buscar enseñanzas de vida en la vida de su hermano, pasó Fernanda otra vez a lo fácil, próximo y tentador, a la fascinación donjuanesca. ¡Era tan interesante y galán el travieso andaluz!... Su carta revelaba propósito de enmienda... En el mundo no son raros los casos de pecadores súbitamente convertidos... Con estas generosas ideas se adormeció, ya de madrugada, y su caldeado cerebro tuvo algún descanso... Al despertar, su primer pensamiento fue para Marciana... Por fin, ¡ah!... Eran ya las nueve bien dadas, cuando la señorita pudo hablar con su leal servidora y confidente.

La primera observación de Marciana, en cuanto se enteró de la cartita, fue de una lógica intensa: «¿Por qué no le dice eso a tu padre? A tu padre debe dirigirse ahora, no a ti... No te fíes... lo que quiere es marearte, trastornarte, sabe Dios con qué idea».   —320→   Protestó Fernanda tímidamente: tomaba la defensa del burlador por estímulos hondos del alma y nerviosos estímulos que enlazados subían a inspirar su pensamiento. Cariñosa rebatía Marciana sus débiles razones. Era una buena mujer, cuarentona, gordezuela, corta de estatura y de inteligencia, graciosa de cara, la mirada picante por causa de un ligero estrabismo, como gancho malicioso. Amaba con ternura maternal a Fernanda, de quien fue niñera, y no había olvidado el tutearla; no quería más a sus hijos. «Ten calma, cordera -le dijo-. Yo me enteraré hoy mismo. De ese Ciordi no debemos fiarnos, porque está vendido enteramente al don Juan, y no nos cuenta más que lo que le conviene... Pero mi Antonio sabe o puede saber lo que Ciordi nos oculta. Volveré por aquí a primera hora de la tarde, y te diré lo que Antonio averigüe».

Entre la primera y la segunda visita de Marciana, las horas, invisibles ruedas del tiempo, corrieron con doloroso engranaje en el corazón de la señorita. Adormeció esta su ansiedad asistiendo a Sofía, recibiendo las órdenes del médico y aplicando sus manos al trajín de la casa. A las tres llegó Marciana con cara fosca, y a solas hablaron después de esperar ocasión favorable. «Hija del alma, lo que pensé ha resultado cierto. Tan engañada como yo lo estuve cuando te calenté la cabeza con lo de que volvía don Juan, lo estás tú ahora con la ilusión que te ha traído esa carta de brujería... No viene,   —321→   no, con buen fin... Si viniera de buenas, se habría dirigido a tu padre... Lo que quiere es perderte, arrastrarte a sus locuras...».

Rechazó Fernanda estas suposiciones que creía malévolas. Imposible que existiera en un hombre tanta maldad. Palideció en la protesta, como si las palabras de la confidente desgarraran sus sentimientos más vivos. Marciana, que blasonaba de su veracidad así como de su amor a la señorita, se aventuró a desembuchar la peor parte de las nuevas que traía... «Pues sabraslo todo, para que te desengañes de una vez. El don Juan juega con cartas dobles... Y esa que estudia para monja es tan santa como yo emperatriz... Don Juan y ella están de acuerdo, se escriben, se hablan... Todo lo tiene preparado para sacarla de aquella casa... La roba... se la lleva a Madrid de contrabando... Y no ha de pasar de esta noche».

De la ira quedó Fernanda un momento sin habla; apretó los puños, y al oír a Marciana repetir sus últimos conceptos, rompió en acerbas negativas: «¿Cómo he de creer esas atrocidades? Marciana, te tuve siempre por leal; ahora te tengo por mentirosa... No es buena esa Céfora... pero sería un monstruo si de la puerta del convento se volviese atrás llamada por el vicio... No, te digo que no es la humanidad tan perversa... no, no... ¡Y el don Juan escribirme lo que has leído, para salir luego con...! ¡Oh, no! Marciana, no me harás creer que Dios permite infamias tan horribles... no mil veces».

  —322→  

Acabó su protesta llorando amargamente. Marciana, con dignidad de mujer que no sabía mentir, replicó así: «Pues, hija, no estás poco romántica... Te traigo la verdad y dudas; no me crees... ¿Lo creerás si lo ves?».

-Sí, sí -dijo Fernanda, y el fue como un grito en que echaba toda su alma-. Marciana, llévame.

-Bien cerca estamos... pero es un compromiso... ¡Si tus padres lo saben!...

-Quiero verlo... La mayor vileza, la mayor abominación que Dios permite a sus criaturas, quiero ver.

Hablando así, avanzó con tal fiereza hacia la pobre mujer, que esta retrocedió asustada. «Bueno, paloma, no te pongas así -dijo apretándole las manos, que Fernanda soltó en seguida con tirón vigoroso-. Si te empeñas en ello, iremos... ¿No calculas que nos será difícil salir de noche... y dar una razón de nuestra salida?...». Y Fernanda, despreciando con gesto altivo los escrúpulos de la otra, contestó: «Digan lo que dijeren, y pase lo que pase, yo voy... Si no quieres ir conmigo, iré sola... Sé a dónde tengo que ir... Es muy cerca».

Vaciló Marciana. El fuego que despedían los ojos de Fernanda prendió pronto en ella. Próximas la una a la otra, ya no se oyó más que un cuchicheo de ladrones en acecho: «Tráete tu mantón negro de crespón para mí...». «¿Fingiré un recado de tu madre llamándote a casa?...». «No es preciso...». «¿Sabes   —323→   que tengo miedo?...». «Yo no...». «Bien mirado, ¿qué vamos a buscar allí?...». «La verdad: ¿te parece poco?».




ArribaAbajo- XXXI -

Desgracia y fastidio fue para el insigne don Wifredo que el reloj de su ansiedad no anduviese acorde con el del Padre Eterno, pues las horas de aquel pasaban y pasaban silenciosas, sin que llegara la de Dios. Venía, pues, atrasado el reloj divino, o el del Bailío corría furioso, como si adelantara sus agujas el dedo de la impaciencia. El hombre esperaba, sin distraerse un instante de la escrupulosa atención de su acecho, y ni asomos del caballeresco lance aparecieron por parte alguna. ¡Lenta y tediosa noche, engalanada de una dulce claridad que resultó enteramente burlona! Diversa gente vio don Wifredo pasar por la carretera; mas nadie se acercó a la casa de Ezquerecocha después de cerrada la puerta, a las diez y minutos. Arriba sonaron pasos tenues... Murciélagos entraron en el almacén y se colgaron del techo; ratones transitaban bajo las tablas como corredores diligentes que van y vienen a sus negocios.

Ni con las claridades del día se acabó la paciencia del Bailío, pues cuando vio entrar a Filiberta, que sonreía en competencia con   —324→   la aurora, le dijo: «No ha pasado nadie, ni ha venido el enemigo; pero yo no desmayo. Tráeme el chocolate, que de aquí no me muevo. ¿Quién nos dice que la Hora de Dios ha de ser precisamente una de las de la noche?». Al volver con el chocolate, Filiberta le disuadió de su propósito. No debía esperar que de día hubiese drama. Lo conveniente era descansar en casa, para volver a la noche con los necesarios bríos. Cedió el hombre; se fue, llevando por delante a la huesuda, portadora de la chocolatera y de las espadas... Antes de anochecer ya estaba otra vez el Bailío en su puesto, más alentado aún que la noche anterior, pues algo y aun algos le susurraba la cerebral trompetilla que anunciar solía las grandes adivinaciones.

Varió don Wifredo de táctica en la segunda noche, y dejando las armas en el banco salió a un reconocimiento en el campillo. Cerca de las tapias, cuyas roturas y boquetes permitían la entrada por diversas partes, se le acercó un miñón con el paso y modos de quien encuentra la persona que busca, y cortésmente le dijo: «Señor don Wifredo, ¿no me conoce? Soy Lucas Ciordi, hermano de Pepe Ciordi. Mi hermano, que está de servicio, no puede venir a verle... Por Filiberta supo que estaba usted aquí... Pues me manda a decirle que no se moleste en esta centinela, porque aquí nada ocurre ni puede ocurrir, señor. Para no cansarle, hay paces. Sépalo y alégrese».

-Me alegraré si me traes pruebas de esas   —325→   paces -dijo el Bailío con entonada gravedad en su voz y continente- o si me señalas dónde podré encontrarlas tan claras como yo las necesito.

«A eso vengo, pues. El señor don Juan de Urríes estaba hace un rato en la Capitanía general. De allí salió para el Gobierno civil, donde ahora se encuentra con el Gobernador señor Ezcarti, el señor de Ayala y don Ramón Ortiz de Zárate... A mi hermano ordenó don Juan que se le diese a usted aviso de que le esperaban en el Gobierno civil... para ir todos juntos a visitar a don Santiago Ibero, Plaza del Machete». Quedó suspenso el ínclito Romarate. En su alma, la desconfianza y el temor suspicaz fueron pronto vencidos por la irrupción de sentimientos generosos, empapados en el dulce humor de la credulidad; y sin más palabra que un vamos decidido y seco, salió como una flecha, precedido del miñón.

Quedó solo el campillo, pues al propio tiempo que don Wifredo lo abandonaban un muchacho y una mujer, que retiraron ropas de las cuerdas de secar, y desaparecieron por la puerta excusada de la casa de Ezquerecocha... Rodaron luego sobre aquella bostezante soledad minutos de silencio y paz... un hombre pasó silbando; sapos cantaban llamándose de una parte a otra con sonidos de flauta dulcísimos... conversación de ranas venía de la parte alta, lindante con las Brígidas. Apareció la luna, ya con la redonda faz más mermada de un carrillo, y su   —326→   claridad azul pintó fantásticamente los relieves del suelo y los objetos en él esparcidos, recortándolos de sombras intensas... Ya iba la luna bastante alta, despejada de nubecillas stratus, cuando por uno de los huecos de la tapia rota entraron dos bultos, que parecían enlutadas mujeres. El desigual terreno, con fuertes golpes de claridad y sombra, les imponía un andar lento, cauteloso.

Llegaron a la casa; dio Marciana con la puerta, y empujándola dijo a su compañera: «Está abierto... entremos... Aquí no habrá nadie, y si alguien hubiere, será ese ángel de don Wifredo, que cogió las llaves...». Ya dentro las dos, sentose Fernanda en el banco pequeño, y viendo en el de carpintero algo que a la luz de la luna relucía... tocó... era el manojo de llaves... Algo más pudo reconocer: las espadas del Bailío.

Después de examinar el local y de asomarse a una de las rejas, volvió Marciana junto a la señorita, diciéndole con voz sigilosa: «No se ve, no se siente nada». Y Fernanda: «Habrá que esperar. Creo que debemos apostarnos fuera... en este campo abandonado... Por ahí saldrán, creo yo...». Y Marciana: «Estate ahí sentadita; yo miraré por una parte y por otra. Ten sosiego, hija mía; no olvides lo que me has prometido: ser prudente, no alborotar...». Y Fernanda: «No puedo decirte hasta dónde llegará mi prudencia... Tales cosas puedo ver que...». Y Marciana: «Pues nada; un paso de novela, tonto de puro viejo. Ella estará preparada...   —327→   Llegará él con un coche... Lo probable es que deje el coche a distancia... Lo que no sabemos es si ella saldrá por alguna puerta, o si se descolgará del balcón».

Callaron. Fernanda permanecía sentada; a su lado Marciana en pie... En el oído tenían las dos su alma, acechando rumores del piso alto y de la calle. La primera que dio un alerta como susurro casi imperceptible fue la hija de Ibero: «Arriba, pasos...». Marciana susurró negando: eran ruidos de fuera. Insistió Fernanda: «De fuera no; de arriba... Son pasos... y pasos de mujer... Aguarda... Ahora abren la ventana o balcón con mucho cuidado para que no chillen las bisagras...». Y Marciana: «Te equivocas: es el chillido de alguna lechuza en los árboles de la Florida...». Nueva pausa... minutos que se coagulaban en las venas del tiempo, y no querían correr... De pronto Marciana delató, con el gesto más que con la voz, una sombra, una figura que pasaba ante una de las rejas. Sin decir nada, Fernanda empujó a su confidente para que a la reja se acercara y... Antes de que la criada volviese a la reja, el bulto volvió a pasar: iba en sentido contrario. Acudió también Fernanda, y como la otra retrocediera, en medio del local encontráronse las dos... Marciana la abrazó, le sujetó los brazos, aun hizo ademán de taparle la boca... «No te arrebates, hija; no hagas caso... Es él».

Más prudente fue la señorita de lo que creyó su antigua niñera. Caricias tiernísimas   —328→   le prodigó esta para sosegarla y evitar una explosión dolorosa. Por señas le aseguró Fernanda que sabría contenerse. Segundos después vieron a don Juan de Urríes plantado frente a la reja, la cabeza echada atrás, atento a una voz que del balcón descendía... Desde el centro del local donde las dos mujeres estaban, no oían los conceptos de arriba; oían tan sólo sonidos dispersos, sílabas aperladas que rebotaban en el cristal de la noche. La voz y los conceptos de don Juan sí que los percibían claramente. «Me has dado la razón, vida mía -dijo el galán-. Tu carta de hoy es el mayor alegrón que podrías darme. Resueltamente arrojas de tu alma el último sedimento de esa estúpida manía monjil...». Algo dijo ella, y el caballero respondió: «Sí, sí: mi amor será inextinguible; te hago mía, te llevaré a Madrid. Serás dichosa, yo también...». Habló Céfora. La réplica de don Juan fue así: «Antes de recibir tu carta, tenía yo preparado todo para mañana, y a eso he venido, a decirte que todo está dispuesto para mañana... ¿Te parece bien esta hora?». Poco antes de decir esto don Juan, Fernanda, retirada al fondo obscuro del local, dejábase caer en el banco donde antes estuvo. Con violentísimo esfuerzo sobre sí, pudo contener su angustia y desesperación, y sofocar las voces furibundas que de su boca querían salir. Marciana, en tanto, permaneció junto a la ventana para no perder nada de lo que hablaran... Y en esto, retirose el andaluz vivamente,   —329→   más pronto de lo que las mujeres esperaban.

«Llora, hija de mi alma -murmuró Marciana besándola con efusión-; llora un poquito... Esto ha concluido...».

«¿Pero se fue... se ha ido él?». La interrogación de Fernanda era estupor, espanto, sospecha de mayor desventura.

-Sí... Te contaré. Sosiégate... Pues según parece, don Juan tenía dispuesta para mañana la función de robar a esa berganta. Pero ella ¿sabes lo que ha dicho? Que mañana no podrá ser, porque el Padre catequista, que está en Tolosa, vendrá en todo el día de mañana, y con el dichoso clérigo aquí no puede haber fuga sin escándalo... Tiene que ser la función esta noche. ¿Ves qué pillos?... Oí bien claro lo que la pájara dijo desde el balcón... Que esta noche, en cuanto esté dormida la vieja que arriba manda, podrá escabullirse sin ruido. Tiene llave para salir por la puerta que da a los lavaderos.

-¿Y él?

-Se fue corriendo... No tenía nada preparado... Dijo así: «Si nos quedamos aquí esta noche, ¿dónde nos guarecemos?... Si nos vamos, preciso es que ahora mismo alquile un carruaje... Esto será lo mejor; nos iremos a Miranda...».

-¿Eso dijo?...

-Esto, y algo más.

-Lo demás, fácil es de adivinar... Quedaron en que él vendría con el coche y   —330→   aguardaría en la carretera. Tratar coche a esta hora, prepararlo, enganchar, y venir aquí, será cosa de cuarenta minutos... algo más quizás... ¿Vendrá a esperarla, o saldrá ella a un sitio de la carretera que él fijó?... Se irán por abajo, por el paso a nivel...

-Algo de eso dijeron... no pude enterarme bien. ¡Buena tengo yo mi cabeza para retener palabra por palabra!... Un oído tenía yo puesto en ellos, otro en ti, por si salías chillando y moviendo gresca... Y sobre todo, ¿qué nos importan ya esos últimos requilorios? Ya has visto lo que querías ver; ya tienes la verdad que buscabas... Vámonos a escape, hija, y demos gracias a Dios por no haber tenido ningún tropiezo.

Permanecía Fernanda inmóvil, y con su inercia taciturna decía claramente que aún era pronto para partir. La impaciente comezón de Marciana no dio resultado alguno, y en esto transcurrió un buen cuarto de hora, veinte minutos que a la buena mujer se le hicieron larguísimos. Al fin, la joven, poniéndose en pie, dijo a la que bien podría llamar su escudera: «Adelántate un momento, y mira si hay alguien que pueda vernos». Salió Marciana, y volvió al poco rato diciendo que no había nadie; en la puerta encontró a Fernanda que también salía, muy envuelta en su negro mantón... Ya en el campillo, la señorita se encaminó a la derecha, hasta llegar a una puertecilla que era la comunicación de la casa con los lavaderos... Detúvose junto a un poste de los que   —331→   mantenían las cuerdas de colgar ropa, y a las indicaciones apremiantes y temerosas de la escudera, contestó muy quedamente, pero con voz firme: «Déjame; es entretenido ver la puerta por donde ha de salir este diablo hecho mujer... No, no temas nada... no chillaré, no alborotaré si la veo salir... no haré más que reírme, Marciana; reírme de estos horribles sainetes del infierno... No es esto para llorar ni para encolerizarse; es para reír... para que nos hartemos de echar burlas y salivazos sobre un hombre más falso que Judas y una mujer sin pudor».

A fuerza de amantes ruegos logró Marciana separarla de aquel sitio; pero no tardó Fernanda en rebelarse de nuevo y volver al lugar que con fuerte atracción la llamaba... Pausa y silencio, que cortó bruscamente un ruidillo metálico... llave requiriendo una cerradura... cerradura que chilla... puerta que gime y se abre lentamente, dando paso a un bulto, a una mujer... Esta salió rígida, cautelosa... No vio a los que la veían y pudieron reparar que vestía de gris, con un abrigo en el brazo luciendo su airoso cuerpo; en la mano derecha traía un envoltorio, un saquito, no podía distinguirse bien; en la cabeza nada... Echó sus miradas hacia la derecha buscando un sendero, y en aquella dirección anduvo hasta llegar fuera de la zona de sombra. Creyó sentir pasos; asustada miró hacia la parte desolada del campillo; pero no venía por allí el miedo; venía detrás de ella, con paso vivo, y en forma de una figura   —332→   esbelta y obscura que al aproximarse le arrojó estas palabras, como saetas voladoras: «Señorita Céfora, va usted equivocada. No la espera a usted don Juan por esta parte. Es por la otra... hacia el ferrocarril. Párese un poco. ¿Quiere hablar un rato conmigo en tanto que...?».

Céfora se paró en firme. Había llegado a la zona de iluminación de la luna; la angelical figura y sus cabellos de oro se destacaron en la plateada noche. «¿Quién es usted?... ¿qué me quiere?» dijo asustada y desdeñosa.

-Quiero -replicó Fernanda, también parada en firme- que reflexione usted, que se vuelva por donde ha venido, que entre en su casa y no salga de ella esta noche.

Cuando esto decía, fue reconocida por la otra, que lanzando terrible chillido salió disparada en carrera velocísima por el primer sendero que encontró delante. Tras ella corrió Fernanda igualándola en velocidad, y detrás, a bastante distancia porque su gordura y corto aliento no le permitían más, Marciana que gritaba: «Hija, cordera, déjala, no seas loca... Por tu madre, ven, aguarda».

Las dos jóvenes corrían a competencia con gallardos quiebros y brincos, salvando las desigualdades del terreno como gacelas perseguidas. Iban locamente al acaso, y sin darse cuenta recorrían todo el campillo, internándose en el recodo solitario próximo a la tapia de las Brígidas... A Céfora se le acabó el resuello antes que a Fernanda, y fue alcanzada por esta, que con mano vigorosa   —333→   la cogió del brazo y la detuvo, quedando ambas frente a frente... Céfora gritó despavorida: «Juan, Juan, ven a mí...». Y Fernanda con más furia, blandiendo la espada que traía en su mano derecha: «Llámale, llámale. Juan, ven a este infierno, que es obra tuya». Frenética cerró contra ella, y ¡ras!... allá fueron al suelo Céfora y espada, aguja clavada en un acerico... La diablesa pasó de este mundo al otro sin decir apenas ¡ay!




Arriba- XXXII -

Mediano rato tardó Marciana en llegar jadeante al lugar de la tragedia... Sus ojos dudaban de lo que veían... Pasado el estupor primero y sin aliviarse de su espanto, comprendió la gravedad del hecho y asió el brazo de Fernanda para llevársela... La infortunada joven, que parecía privada de voluntad, se dejó llevar largo trecho; pero de improviso, como herida de recuerdo punzante, desprendiose de la mano de su escudera... y apretó a correr en querencia del lugar trágico, pero sin dirigirse a él en línea recta. Describió extensa curva con el ligero y brincante paso de gacela, y al llegar cerca, como a seis pasos, del cadáver de Céfora, se arrodilló ante él y permaneció en contemplación muda... En tanto Marciana, medio loca de consternación, iba y venía de una parte a   —334→   otra, las manos en la cabeza, sin saber qué resolución tomar.

Cerca de aquel desolado sitio, casi tocando la tapia de las Brígidas, había un tejar, charcas pobladas de ranas, que a ratos rompían el silencio nocturno con su crotorante canticio; más allá una casucha que habitaba la viuda de un tejero. Allí vio luz Marciana, allí acudió. La viuda y un hijo suyo, mocetón hercúleo, que habían oído las alteradas voces, le salieron al encuentro. Relató la escudera el suceso como una riña sin consecuencias graves, y despachó al mozo con un recado para el guardia civil Antonio Castro, marido de ella, que estaba de servicio en el camino de Ali. Hecho esto, volvió en busca de su señorita, a quien encontró, no de hinojos, sino sentada en una piedra, los codos en las rodillas, el rostro sostenido en las palmas de las manos. Sentose a su lado Marciana, poseída de intensa emoción religiosa ante la mujer muerta; los suspiros de ella se concertaban, como fúnebre rezo, con los gemidos que de vez en cuando exhalaba la otra. Pasado algún tiempo, Fernanda alzó el rostro y dejó caer de sus labios estas lentas palabras: «Mírala... tan joven, y ya muerta...».

Marciana suspiró más fuerte, y Fernanda prosiguió así: «Morir en la juventud florida es ley de enamorados... El amor, el verdadero amor, no quiere envejecer...». Pasó más tiempo, inapreciable jirón del tiempo, y Marciana vio aparecer una figura humana,   —335→   dos... Eran don Wifredo y Filiberta. Al partir corriendo el tejero hercúleo en busca de Antonio Castro, encontró a medio camino al Bailío y su criada, y les refirió con vagas y medrosas indicaciones la ocurrencia y el lugar de ella... El primero que se acercó al lúgubre teatro fue el caballero sanjuanista, y al ver a Fernanda en actitud luctuosa, y a Céfora tendida con mortuoria compostura, la espada clavada en el pecho, quedó como estatua, en estupefacción terrorífica. Luego llegó Filiberta, que de la fuerza del repentino espanto cayó al suelo diciendo: «¡Ay, Dios, ampárame! Yo no he sido».

Las cuatro figuras rodeaban en lúgubre cerco el cuerpo de la que dormía el eterno sueño, vuelta hacia el cielo la blanca faz, el cuerpo yacente en gracioso abandono, un brazo extendido sobre el césped, recogido el otro hasta dar con la mano en la tremenda herida... Los cuatro callaban; sólo de la boca de Fernanda salieron palabras sueltas, sin sentido, sin relación alguna con la tristísima realidad: «En una lanchita... olas furiosas... al agua tú...». Oído esto por Marciana y don Wifredo, creyeron que la señorita deliraba. La terrible situación presente, ¿qué tenía que ver con olas ni con lanchas? No era delirio, sino este sutil comentario que pasaba por la mente de la infeliz damisela: «Mi hermano, escapado de Melilla, salió de Orán en un barco de contrabando... Perseguido, tuvo que meterse en una lanchita... Oleaje furioso... Iban él y un griego solos...   —336→   Dos hombres eran mucho peso para una embarcación tan chica... Mi hermano vio en el griego la intención de tirarle al agua... ¿Qué hizo?... Matar al griego y tirarle... Cae el que cae... se salva el que puede...». Esto se decía Fernanda, y al pensarlo, algunas palabras salieron a los labios, otras quedáronse dentro...

FERNANDA.-    (Mirando a CÉFORA.)  Matarme tú a mí de dolor... matarte yo a ti con espada... Son dos espadas... ¿Cuál de nosotras dos está más muerta?... Venga la Justicia Divina y dígalo...

DON WIFREDO.-   La Justicia Divina me ha burlado, Fernanda, pues creyéndome instrumento de ella, quise matar a un hombre perverso, y he matado a una mujer... a la infernal Antarés, la que induce a los hombres al vicio...

FERNANDA.-   He sido yo, señor.

DON WIFREDO.-   Mía es la espada.

FERNANDA.-   Mía fue la mano...

MARCIANA.-    (Protestando con voz lacrimosa.)  No delires, hija del alma. Tú no has sido... Como testigo que no miente, digo y sostengo que esa pobre mujer iba delante de nosotras... De pronto salió de lo obscuro un hombre enmascarado que la mató, atravesándola con su espada.

DON WIFREDO.-   La espada es mía, y yo el matador enmascarado. Lo digo y juro yo, Bailío de Nueve Villas en la Hospitalaria Orden de Jerusalén; yo, que jamás he mentido; yo, que por riguroso mandato de la caballeresca   —337→   religión que profeso no puedo decir cosa contraria a la verdad.

FERNANDA.-   (Con voz entera.)  Por mi culpa, por culpa también de alguno que no está presente, he venido a caer en este infierno. Yo estoy en él por mi pasión furiosa. La generosidad del buen Bailío no tiene puesto aquí.

DON WIFREDO.-    (Inspirado, pulsando la lira, más bien templándola.)  No se obstine, Fernanda, en creer que sus manos pueden estar manchadas de sangre... En ellas veo yo la blancura de las azucenas, como en toda su alma la celeste claridad de la virtud...  (Tocando la lira con frenesí.)  Pasa la gentil doncella de Ibero por el valle que riegan nuestras lágrimas. Los ángeles la preceden, las estrellas la acompañan; coronan su frente y adornan su seno piedras preciosas, símbolo refulgente de la pureza. Recorre nuestro mísero valle la inefable dama; ella es el cielo que pasa; nosotros, el infierno que permanece... Quedamos en el valle angosto y negro de la llamada justicia humana, de la falsa devoción, de la vanidad y de la mentira... Para ella el esplendor de la bienaventuranza; para nosotros la obscuridad de cárceles y presidios, entre la villana grey de estos diablos llamados hombres...  (Rompiendo alguna cuerda, de la furia con que toca.)  Adiós, virgen de Ibero, la del destino venturoso... Un triste caballero desconsolado, hoy criminal confeso, contempla la vía luminosa que dejas tras de ti, y en ese polvo   —338→   rutilante busca dejos de tu voz, estelas de tu sonrisa, destellos de tu mirada... Adiós, mujer que fuiste, querubín que eres. Reserva un lugar humilde en tu Paraíso al caballero loco y enamorado, matador de Antarés, la de las dos naturalezas.

FILIBERTA.-   ¡Pobrecito amo mío, cómo está!  (Antes de que terminara el cantor Bailío su grave melopea, prorrumpen las ranas en cháchara clamorosa.) 

FERNANDA.-    (Trastornada.) Oigo espantosos gritos, y una voz llorosa, y un sonar de cuerdas de laúd. Marciana, yo desfallezco de cansancio, de horror, de piedad... ¿Es verdad que he matado a esa?... Soy criminal... Mi madre, ¿dónde está? Quiero verla, quiero contarle... Mi madre y mi padre, mis hermanos queridos, me consolarán.  (Espántase de la vista del cadáver; con violenta sacudida se levanta, como queriendo huir.) 

MARCIANA.-    (Aprovechando aquel movimiento para llevársela.)  Ven, hija del alma... Estás enferma... Aparta de este horror tus ojos y tus oídos...  (Aparece una pareja de guardias civiles: uno de estos esANTONIO CASTRO. Tras los guardias viene el mocetón que fue a buscarlos.) 

FERNANDA.-    (Poseída de terror, poseída del ansia de la verdad.)  Guardias, yo maté.  (MARCIANA habla un momento con su marido; habla después con el hombre atlético. Este se va derecho a FERNANDAy la coge en brazos como a un niño. Avanza con ella hacia el punto de salida; detrás MARCIANA.) 

  —339→  

DON WIFREDO.-    (A los guardias que se acercan.)  Señores guardias, tan claro es esto, que no necesitan interrogarme. En el corazón de la muerta está mi espada... y aquí, en mi corazón y en mis labios, la verdad de esta tragedia... Llevadme ante el juez.

FILIBERTA.-   No le crean, guardias.

FERNANDA.-    (En brazos del atleta, gritando.) Yo la odiaba... Ella me mató antes a mí. Muerta soy... Santiago, hermano mío, Teresa, ¿dónde estáis?... Espíritus fuertes, venid, resucitadme.



 
 
FIN DE ESPAÑA SIN REY
 
 


Madrid, Oct., Nov., Dic. de 1907; Enero de 1908.



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