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    Mis memorias : (infancia-adolescencia)
     Lucio Victorio Mansilla
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Notas

1.       ENRIQUE POPOLIZIO. Vida de Lucio V. Mansilla, Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1954.

     En 1852, al regreso de Mansilla a Buenos Aires, se apresuró por «llamar la atención, en cualquier forma, cueste lo que costare, mediante extrañas actitudes, hazañas esforzadas, actos de arrojo, vestimentas pomposas, duelos y desafíos: ésa fue la norma que se impuso. Comenzó por una gran hazaña deportiva. En compañía de Benigno López -hijo de Carlos Antonio, el dictador del Paraguay-, remontó en un bote el río Paraná hasta Asunción, marchó por tierra a Uruguayana y descendió por el Uruguay, salvando las temibles rompientes del Gran Salto Oriental (pág. 71).» Y la nota a pie de página: «Lo refiere Enrique Kitt en su Prólogo a la segunda edición de la EXCURSIÓN, Leipzig, 1877». Es curioso que Mansilla no haya hecho referencia a este episodio en ninguno de sus escritos».

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2.       Repito la ortografía indicada por el mismo Mansilla. Explica la diferencia entre «Rozas» y «Rosas» con una anécdota infantil del futuro Gobernador de Buenos Aires, quien, castigado por su madre, huyó de la casa, dejando una nota junto con su ropa: «Dejo todo lo que no es mío, Juan Manuel de Rosas». Cambio de «z» en «s», que Mansilla interpreta como «primer acto de rebelión contra toda otra autoridad que no fuera su voluntad». (Rozas. Ensayo histórico-psicológico. Con introducción de Aníbal Ponce, La Enciclopedia de la Intelectualidad Argentina, Buenos Aires, 1933, pág. 42).

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3.       Véase POPOLIZIO, ob. cit., págs. 114 y sigts.

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4.       En «La Tribuna», el periódico de los Varela, sus amigos de juventud. «Como corresponsal oficioso narró la guerra en que actuaba, criticó su conducción y hasta la discutió en su faz política». (POPOLIZIO, ob. cit., págs. 112-3).

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5.       Diversos pasajes de Mis memorias, sintetizan sus opiniones al respecto, resumiendo lo que había adelantado en diversas fechas.

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6.       Véase PAUL GROUSSAC, Los que pasaban, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1939; JUAN BALESTRA, El Noventa. una evolución política argentina, Roldán Editores, Buenos Aires, 1935; RAMÓN J. CÁRCANO, Mis primeros ochenta años, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1943.

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7.       Eduarda Mansilla de García (1838-1892), famosa en su tiempo y entusiastamente elogiada por Sarmiento, ha pasado a la lista de los escritores olvidados con justicia. Sus novelas más conocidas fueron El médico de San Luis (1860), y Lucía Miranda (1882); publicó además varias colecciones de relatos y recuerdos de viajes. En francés, en 1869 y en París, apareció Pablo ou la vie dans les pampas, que tradujo al español Lucio Victorio.

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8.       Comentó «la neurosis de la autonomía» como mal argentino, que a él mismo lo atacaba constantemente. (Véase Entre-Nos. Causeries del jueves, El Ateneo, Buenos Aires, 1930, t. II, pág. 158).

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9.       Véase Una excursión a los indios ranqueles, edición, prólogo y notas de Julio Caillet-Bois, Fondo de Cultura Económica, México, 1947, págs. 3 y sigts.

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10.       El estudio más completo sobre esta época literaria es el de RICARDO ROJAS, La literatura argentina. Los modernos, Casa Editora Coni, Buenos Aires, 1922. Rojas llama acertadamente «prosistas fragmentarios» a Mansilla, Santiago Estrada, Cané, Wilde, Álvarez, Mitre y Vedia y Cantilo, «desprovistos de ese espíritu de continuidad que en el pensamiento y en la obra crea la unidad orgánica del verdadero libro».

     Véase J. C. GHIANO, «Miguel Cané en su tiempo», en Constantes de la literatura argentina, Editorial Raigal, Buenos Aires, 1953.

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11.       En Constantes de la literatura argentina, ya citado, se reseña la evolución de algunos de tales temas.

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12.       Entre 1838 y 1890 se publican las obras más características de las dos etapas históricas del siglo XIX argentino: Dogma socialista (1839) y Ojeada retrospectiva (1846) de Echeverría; Facundo o Civilización y barbarie (1845), Recuerdos de Provincia (1850) y Las ciento y una (1853), de Sarmiento; Fragmento preliminar al Estudio del Derecho (1837), Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) y Cartas sobre la prensa y la política militante en la República Argentina (1853) de Alberdi; Historia de Belgrano y de la independencia argentina (1857) e Historia de San Martín y de la emancipación americana (1887), de Mitre; Estudios biográficos y críticos de algunos poetas sudamericanos anteriores al siglo XIX (1863), Origen y desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires (1868), La literatura de Mayo (1871) y Estudio sobre las obras y la persona del literato y publicista argentino don Juan de la Cruz Varela (1871), de Gutiérrez. Tales obras se adelantan en la América hispánica, originando una súbita mayoría de edad intelectual, en cuanto representan el pensamiento de América sobre realidades americanas.

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13.       «No estoy lejos de admitir que de Sarmiento, quedará mucho, cuanto se quiera, como manifestaciones originales de su espíritu efervescente, excepto ese relámpago postrero, que no tiene de la índole de su temperamento literario genial, o de los caracteres típicos que han acentuado uniformemente todas sus producciones, sino el empirismo teórico. Porque Sarmiento era todo, menos un filósofo experimental; tenía demasiada suficiencia para creer en la observación, demasiada pasión, para dejarse convencer por la razón y sobrada vanidad, para arrepentirse. Por eso, no obstante su omnipresencia en todas nuestras discusiones y cuestiones militantes, jamás tuvo verdadera influencia, y sus mismas exequias, al parecer populares, fueron una mistificación -a la inversa de Alberdi que con sus libros y lejos siempre, constantemente influyó e influye aún en el pensamiento argentino-, a la inversa de otros que tienen séquito, o hacen escuela bon grè, mal grè... y valga lo que valga su doctrina. Pero es que alguna tienen; y que si Sarmiento tenía principios, doctrina no profesaba ninguna, siendo brutal hasta para arremeter contra los principios contrarios, si se le presentaban como valla». (Entre-Nos, ed. cit., t. II, pág. 83).

     En Retratos y recuerdos aparecen otros paralelismos entre las vidas y las obras de ambos escritores (Grandes escritores argentinos. Buenos Aires, 1927, pág. 164, pág. 218 y sigts.).

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14.       Es ilustrativo de la época el juicio de Mansilla sobre la Historia de San Martín de Mitre, «obra eminentemente americana, por la idea que lo ha inspirado y por la copiosa documentación auténtica en que se apoya, desafiando y refutando de antemano toda rectificación empírica», a la cual se reprocha: «Yo hubiera deseado ver un San Martín más humano, menos mitológico, menos sibilino, que no escribiera "serás lo que debes ser y si no, no serás nada" (admitiendo que eso escribiera y no otra cosa con más sentido); pero que, por sus confidencias íntimas, esto es lo que anhela la historia sobre todo, me explicara lo que entendía por deber -a no ser que deber fuera sentir el cansancio de la lucha, antes de una década y abandonar el campo, taciturno y desencantado, a ambiciones que pudieron ser fatales para la causa republicana de América» (Entre-Nos, ed. cit., págs. 93-4 y 98).

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15.       Mis memorias escritas en diez minutos, «Correo del Domingo», Buenos Aires, 19 de junio de 1864.

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16.       Mansilla se recreaba en evocar un diagnóstico del frenólogo, Donovan, quien en Londres le dijo: «Es natural, franco, ingenuo, inartificioso, valiente. Aficionado a los placeres, amistoso, generoso, confiado e inclinadísimo a obrar según los demás; comerá con los gastrónomos, beberá con los bebedores, fumará con los fumadores, besará con los besucadores y así (and so on) (Entre-Nos, ed. cit., I, pág. 207).

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17.       Véase el sugerente ensayo Académicos de número, honorarios, correspondientes y electos (Entre-Nos, ed. cit., II, págs. 56-68).

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18.       Una excursión..., ed. cit., pág. 13.

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19.       Rozas, ed. cit., pág. 94.

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20.       Una excursión..., ed. cit., pág. 124.

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21.       Una excursión..., ed. cit., pág. 167.

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22.       Mis memorias. Garnier Editores. París, 1904, pág. 170.

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23.       Mis memorias, ed. cit., págs. 279-80 y 305.

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24.       Los pasajes más sobrios y precisos son los de Una excursión... asegurados por la exactitud topográfica del relato, aunque no siempre escape a la suma romántica de epítetos, con los que rinde tributo a rémoras generales en el 80: «El día había sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándoles sus perfumes suaves y balsámicos a los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco». (Una excursión..., ed. cit., págs. 257-8).

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25.       Así lo presenta a Salvador María del Carril:

     «Todo era simetría y ponderación en las formas de este personaje conspicuo, de talla que, sin ser alta, no era la ordinaria.

     No usaba bigote ni barba. Vestía constantemente de negro, de levita, con estudiada sencillez, y sus manos eran pulcras, cuidadas las uñas color de rosa, ni cortas ni largas, lo mismo que las de una dama de calidad. Se sentía frío al tocarlas, -un frío que venía muy de adentro, aunque su imaginación fuera ardiente y su pecho abrigara ternezas íntimas-, siendo hombre recogido y del hogar.

     Su palabra era animada, colorida, abundante -y se traducía, generalmente en frases breves, sentenciosas, significativas, picantes, burlonas-, con intermitencias explosivas de risa». (Retratos y recuerdos. ed. cit., pág. 31).

     Junto a estas evocaciones, serenas y detalladas, pueden señalarse sus visiones esquemáticas, en el linde de la caricatura; así el retrato de un personaje de su infancia, el hojalatero Miserete: «La enorme nariz judaica, tumefacta, encendida como una frutilla, de aquél, era un colmo, pudiendo sólo rivalizar con ella la esponjiforme de don Pedro de Angelis; y en el barrio su loro tenía fama.» (Mis memorias, ed. cit., pág. 241).

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26.       Retratos y recuerdos, ed. cit., pág. 52.

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27.       Ibid., pág. 65.

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28.       Ibid., págs. 100 y 101-2.

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29.       Entre-Nos, ed. cit., págs. 222-3.

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30.       Un ejemplo típico y su explicación psicológica:

     «Bueno: decía que, por una de esas calles de París, por la de Bac, iba yo, pensando en lo que ustedes quieran, cuando acertó a pasar por el lado mío una mujer, cuyo "perfil" pispé al vuelo. Yo adoro el perfil (ustedes me permiten esta confidencia). Y también les ruego que me permitan seguir usando y abusando de los entre paréntesis. Este recurso gramatical es como las "guiñadas" en la conversación». (Entre-Nos, ed. cit., II, págs. 227-8).

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31.       Entre-Nos, ed. cit., I, pág. 206.

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32.       Ibid., II, págs, 58-9.

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33.       Ibid., II, pág. 60.

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34.       Los nombres citados forman una larga lista: Garcilaso, Alarcón, Bello, Ventura de la Vega, Alberdi, Mitre, Caro, Vicente Fidel y Lucio V. López, Magariños Cervantes, Quesada, Gutiérrez, Barros Arana, Amunátegui, Avellaneda, Sarmiento, Baralt, Estrada, Mármol, Goyena, Gorostiza, Izaza, Matta, Olmedo, etcétera. Es significativo el final del ensayo, que cierra un párrafo donde distingue a los escritores del país entre los que aspiraban a escribir como él y Fray Mocho, y los que aspiraban a escribir como Larra, Cervantes, Núñez de Arce, Quevedo, Castelar, Donoso Cortés, Pereda y Jovellanos:

     «Que se pongan de acuerdo todos los hombres de pensamiento de este país, para que tuerto o derecho, se realice, cuanto antes, el gran pensamiento de entendernos con la Academia Española, a fin de que podamos en un porvenir, no lejano, tener un Diccionario de la lengua castellana, que, no por ser español, dejará de ser americanos». (Entre-Nos, ed. cit., II, pág. 68).

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35.       «Yo diré aquí en justificación mía lo que se ha dicho por la crítica, de Carlos Dickens, que la gloria del más inglés y del más londinense de los novelistas ingleses, consiste justamente en haber sido el más cosmopolita de todos ellos, y, de ahí, el menos nacional». (Entre-Nos, ed. cit., II, pág. 218).

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36.       Pudo llegar así a las excelencias históricas y literarias destacadas por Ezequiel Martínez Estrada, como reproche a los intérpretes de la sociedad argentina: «Ningún libro se ha leído peor que Facundo, Martín Fierro, Amalia y Una excursión a los indios ranqueles, las cuatro obras históricas por excelencia, y además las cuatro mejor escritas en el siglo pasado». (Sarmiento, Editorial Argos, Buenos Aires, 1946, pág. 121).

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37.       Véase en mi libro Rozas, Ensayo histórico-psicológico, cap. XVII. (N. del A.).

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38.       «Silbar» es un modo de decir. Ahora con las armas de guerra modernas, la bala no silba. Pasando cerca, suena como un latigazo o chasquido. (N. del A.).

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39.      Para informarse sobre estos dos caracteres, véase mi libro Rozas, Ensayo histórico-psicológico. (N. del A.).

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40.       Sobre este Mansilla véase principalmente a Saldías, Historia Argentina. (N. del A.).

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41.       Véase en la primera edición de mi libro Una excursión a los indios ranqueles, el croquis topográfico. (N. del A.).

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42.       En Italia ponen primero el apellido en todo registro. (N. del A.).

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43.       El 23 de diciembre del año de gracia 1831. (N. del A.).

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44.       Encuadro aquí como curiosidad histórica el siguiente artículo que publicó la Revista Contemporánea de Madrid (diciembre 1898).



CABALÍSTICO



... ay! there's the rub.               

(Shakespeare.)               



     Estuve días pasados a visitar al Excmo. Sr. D. Carlos Pelleglini, doctor en jurisprudencia.

     Este caballero es natural de la República Argentina (país de origen español, de lengua castellana, donde casi un cinco por ciento de la población es española de España, datos que me hacen esperar que estas pocas páginas serán leídas con algún interés de este lado del charco).

     Dicho caballero vino hace seis meses a Europa, donde actualmente se halla, con el único objeto de curar su cuerpo, enfermo de [85] algo sobre lo cual no todos los peritos en achaques patológicos estaban acordes.

     El caso es que, después de no pocos padecimientos, ha hecho, Dios mediante, la hombrada de salvarse milagrosamente. Y digo esto, porque estuvo desahuciado y semimuerto.

     Su señora esposa, dama meritísima, buena cristiana, creyente férvida, no atribuye, naturalmente, el milagro a las fuerzas reactivas del microcosmo, sino a un voto que hizo en la hora crítica, cuando ya todo estaba perdido, según la ciencia; en esa hora solemne en la que todos desesperan, menos la mujer piadosa.

     ¡Sublime terapéutica la del amor!

     De ahí una visita a Lourdes en cumplimiento de aquella promesa. ¡Bien haya la fe cuando tan inefables recompensas reserva a las almas que creen!

     Volviendo al Excmo. Sr. Pellegrini, conocido sin duda en España por la mayor parte de los lectores de esta Revista, tengo que decir, pues hace al caso, que es un varón de más de cincuenta años, conspicuo en la historia contemporánea de su tierra, que es también la mía, según se sabe o se barruntará.

     Agregaré, aunque no sea mi propósito, ni remotamente siquiera, hacer su biografía, que es de talla de coracero varonil por dentro y por fuera.

     En los últimos veinticinco años su nombre está ligado a todos los sucesos importantes de la República Argentina.

     Ha sido Diputado, Ministro de la Guerra, Vicepresidente y Presidente de la República; esto último después de la renuncia del Excmo. Sr. Dr. D. Miguel Juárez Celman, en 1890, con el que, conjuntamente, había sido elegido Vicepresidente.

     En la República Argentina pasa lo mismo que en los Estados Unidos de Norte América: al elegir el Presidente se elige el Vice, que es el Presidente nato del Senado.

     En este momento, el Excmo. Sr. Pellegrini es Senador por la capital, Buenos Aires.

     El Dr. Pellegrini es también excelente abogado, orador espontáneo, periodista incisivo; y, curioso fenómeno cerebral, sus dos más [86] fuertes inclinaciones, en el orden de las cosas públicas argentinas, han sido la hacienda y la guerra.

     Así, no sólo ha combatido con la palabra y derrocado Ministros de Hacienda, sino que ha peleado con las armas en la mano y vencido en revoluciones. Para decirlo todo de una vez, el Dr. Pellegrini es un hombre de acción por excelencia -de pelo en pecho-, que ha hecho mucho de lo que ha querido y hasta lo que no ha pensado, que es lo que les pasa a casi todos los impulsivos.

     Aún tiene mucho tentador por delante, mucho porvenir, que seguramente se le escapará, si no sigue el consejo de los facultativos, de los suyos, de sus amigos desinteresados, consejo que consiste en que prescinda por algunos años de su ocupación y preocupación favoritas: la política.

     Necesita reposo, mucho reposo, higiene, mucha higiene, para reponer el fósforo consumido por tanta acción diversa y los arranques fogosos de su rica naturaleza. El hierro mismo se gasta.

     Como se ve, el Dr. Pellegrini es un personaje interesante, al que querría hacerle más justicia aún enalteciendo algunos de sus rasgos prominentes, muchas de sus cualidades morales, si todo ello aquí cupiera. Y no cabe. Porque para proseguir, sólo he menester perfilarlo, menos que esto: plumearlo pasando el esfumino.

     Hecho esto, como hasta aquí, necesito ahora decir que el Dr. Pellegrini y yo, aunque habiendo casi siempre militado en las mismas filas políticas (políticas, porque él es abogado y yo soy soldado), no hemos llegado jamás a coincidir en absoluto. Léase que no ha habido entre él y yo afinidad electiva suficientemente poderosa para fundirnos en lo que, hablando llanamente, se entiende por una amistad genuina.

     Y, sin embargo, entre este hombre y el que está entre mis tejidos hay no pocos puntos de contacto; quizá hay en mí más espíritu de continuidad que en él; quizá hay en él, más que en mí, una determinación [87] más rápida para tomar un partido. ¡Quién sabe si no se han trocado los frenos, debiendo él ser el general y yo el abogado!

     ¿La causa?

     He aquí el quid de la dificultad.

     That is the question. Y así, de digresión en digresión, y a guisa de preámbulo, héteme llegando adónde quería.

     La tesis es ésta: ¿por qué el Dr. Pellegrini no es Yo, o por qué yo no soy PELLEGRINI, Él?

     Averiguado esto, lo demás tendrá tina explicación más plausible, si explicación cabe en el sentido estricto de la palabra.

     El lector y nosotros vamos a tropezar ahora con una seria dificultad, con lo que Maurice Maeterlinck indica en su libro Sagesse et destinée, e Ibsen en Gengagere (los ghosts, en inglés: los revenants, en francés; los duendes o aparecidos, en español).

     Para hacerme entender mejor, puesto que lo que se siga tiene que entrar en lo que llamaremos el dominio de la metafísica trascendental, hay necesidad de formular un largo paréntesis.

     Entro de rondón en el asunto.

     Allá por los años 1828-1829, llegó al Río de la Plata un ingeniero italiano (Nizardo), Carlos Pellegrini, contratado por el presidente Rivadavia.

     Derrocado éste por una revolución, quedó, como consecuencia natural, en el aire.

     ¿Qué hacer? Pellegrini pensó en regresar a Europa.

     ¿Por qué no regresó?

     Porque halló una joven de singular belleza, de la que se enamoró: era la hermana menor del que poco tiempo después fue el famoso dictador Rozas.

     ¿Cómo se sabe esto?

     Porque el Dr. Pellegrini lo ha descubierto aquí, en Francia, revolviendo papeles de familia, en una carta íntima de su padre a una parienta.

     Y esa joven, ¿por qué no se casó con el ingeniero Pellegrini (que no regresó), sino con el general Mansilla, progenitor del que escribe?

     La susodicha carta no lo dice, como no dice -no podía decirlo-, [88] que, al contrario, algunos años después uniría su suerte a una joven de origen inglés.

     De modo que, si en vez de haber pasado las cosas como se ve, hubieran pasado al revés, es decir, que si el ingeniero Pellegrini se hubiera desposado con la hermana de Rozas, es seguro que, a más de haber ligado su porvenir a la fortuna del dictador, es seguro, repito, que de ese consorcio no hubiera nacido el Dr. Pellegrini, sino otro Yo, o si se quiere, otro Pellegrini, pero en ningún caso éste, que esa hora lo que hemos visto.

     Y como el general Mansilla, mi padre, había sido unitario -partidario de Rivadavia-, casándose en otro medio social, en vez de servir a Rozas, hay noventa y nueve probabilidades contra una que lo hubiera combatido, y yo habría sido otro, u otro hubiera sido yo.

     Y Pellegrini, el ingeniero, por más que se hubiera ingeniado, en vez de ser unitario, como lo fue, habría sido medio federal, por lo menos, y mi padre, si no unitario del todo (cuestión de familia en que hubiera entroncado), medio enemigo de Rozas, resultando en esta hipótesis otro Pellegrini y otro Mansilla, nada de lo actual.

     ¡El destino! se dirá.

     Perfectamente, no me opongo a que se le atribuya a una fuerza así denominada la eficiencia de los hechos. Pero de ahí a desconocer que hay una causa activa actuando recónditamente, la distancia es enorme. ¿Acaso por no ver un fenómeno, mientras prepara su realización final, hemos de negar, ora la ley física, ora la ley moral?

     Nuestra insuficiencia para conocer es una cosa, y otra el renunciar a conocer; o en otros términos, negar un misterio porque no lo alcanzamos, no quiere decir que el misterio no sea.

     Así como hay quien renuncia a auscultarse para no oír su conciencia, así hay quien se tapa las orejas para no oír los ruidos sino a medias. Pero de ahí a que no haya ni grito interior ni una sensación física, bien que menos intensa, parécenos que hay una diferencia considerable.

     Los mismos gentiles, afirmando el hado, la fatalidad, el destino, [89] ¿no implicaban una serie de cosas que necesaria y forzosamente tenían que producir su efecto?

     Lo que los antiguos simbolizaban en Némesis y lo que se contiene en la admonición hebraica sobre las faltas de los padres recayendo en los hijos, ¿todo esto no quiere decir que el destino es más bien efecto que causa, que causa ciega desde luego?

     En cuanto a Ibsen en los Gengagere, lo que descubre es la acción directa o indirectamente responsable de la fragilidad humana, y no en oposición, sino al contrario, bajo el imperio despótico de una ley moral trascendental realizable.

     La voluntad de la sabiduría (la sagesse), dice Maeterlinck, tiene el poder de rectificar todo lo que no toca mortalmente nuestro cuerpo.» ¿Y esto no es proclamar la responsabilidad, el libre albedrío, sea cual sea el alcance del significado que a la palabra «sabiduría» se le atribuya?

     Repitiendo la frase de un escritor español eminente, soldado sabio, diré: «Sin duda ocurrirá al lector preguntar a dónde lo conducimos con este aparato de ciencia, y a la verdad que puede parecer que a desvanecerlo y extraviarlo. No es ciertamente, usando de un símil, pretender que se aprenda la música antes de oír una orquesta; lo que intentamos es, por el contrario, hacer ver que no se necesita más que escuchar para percibir las armonías de la naturaleza», o la voz íntima de nuestra conciencia, digo yo.

     No, repito a mi vez; a ese lector, si tal preguntare, le contestaremos que, sencillamente y poco a poco, lo conducirnos a donde hemos llegado, tanteando terreno escabroso, erizado de dificultades. Y por si acaso no se aceptara que la sabiduría puede rectificar todo lo que no ataca mortalmente el cuerpo, lo tangible, es decir, la substancia, arguyendo en forma interrogativa: qué entendemos o qué queremos implicar cor esa palabra, diremos: que implicamos conocimiento de todo lo que es humano, ciencia experimental, visión interior, intuición gnóstica o mística o scientista.

     ¿Renunció el padre del Dr. Pellegrini a la hermana del que debía ser dictador omnipotente, señor de «vidas, famas y haciendas», porque presintió o columbró el porvenir y temió ligarse a su familia, o ésta opuso trabas a sus pretensiones, porque el sello de un hombre [90] de ciencia, extranjero por añadidura, reclutado por Rivadavia, considerado cuasi ateo, tenía que ser mirado como un caballo de Troya introducido en sus filas?

     ¿O la joven espontáneamente le desengañó para unirse a un hombre mucho mayor que ella, inducida quizá? Los dos eran hermosos. Pellegrini estaba en la flor de la edad, y el otro, si no declinaba ya, por ese camino iba. Cierto que tenía el prestigio de la gloria militar, la bravura; pero Pellegrini tenía la juventud radiante y el saber que fascina, de lo cual el otro carecía, no obstante su vivacidad intelectual nativa característica.

     La carta a que más arriba me refiero no entra en estos pormenores, que yo he desleído.

     Pero Pellegrini y Mansilla tenían que saber que habían sido rivales; de modo que en virtud de una ley genética oculta, el fruto humano de uno y otro debía padecer de una especie de atavismo irreducible en el sentido concomitante, o sea de las aptitudes o predisposiciones psicológicas para entenderse sin reservas o restricciones mentales sobre cualquier punto del terreno en que las circunstancias los colocaran.

     Y esa ley habría actuado con la misma eficiencia o virtualidad, ya Mansilla se hubiera unido a la madre de Pellegrini, o el padre de éste a la madre de Mansilla. En la naturaleza, en la vida, en el orden sensible o supersensible, en el cosmos -macro o micro-, todo obedece a una coordinación preexistente, finita o infinita, y lo que ha de ser será. Si no lo alcanzamos, como vemos que la tierra es redonda, por los mástiles del barco que se aleja perdiéndose en lontananza, ello no prueba, en todo caso, sino nuestra pequeñez, lo ínfimo que somos ante el Universo.

     Balzac ha dicho: Nous mourrons tous inconnus. Debió haber agregado: y sin conocer la grandeza de los altos fines. Si los conociéramos, todos nos sabríamos. ¡Y qué monótono sería el vivir, hallándose todo previsto de antemano!

     Ahora, que Pellegrini habría salido del vientre de una Rozas y que Mansilla del vientre de la que fue madre de aquel varón fuerte e insigne -al que estas páginas le prometí-, échese el lector a nadar.

     Yo, con lo dicho, he puesto mi pica en Flandes... o donde se quiera; de gusto y de colores se puede discutir hasta mañana por la mañana, y más todavía, sin arribar a conclusión alguna. (LUCIO V. MANSILLA, París, noviembre 1898). (N. del A.).

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45.       El Infierno, de Dante, traducción de Bartolomé Mitre. (N. del A.).

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46.       Textual e histórico. (N. del A.).

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47.       A los que padezcan de estas chifladuras, no ser lo que otros fueron, puedo indicarles como libros de consulta curiosísimos, en los que verán de dónde vienen y qué armas usaban mis remotísimos antepasados, los siguientes: El Nobiliario de Canarias, el Nobiliario Español, el diccionario Portugal Antiguo y Moderno, aquí en este último hay referencias bastante agradables sobre los Mansilla. Asimismo en los Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia he hallado autógrafos lo más raros. En uno de ellos está el rastro de lo que con tanto énfasis decía mi abuela: «Que soy parienta de los duques de Normandía y de la Casa de Austria».

     En el libro de R. B. Cunningham Graham (autor de Mogreb-el-Acka, etc.), titulado A Vanished Arcadia, figuran varios Mansilla, notables jesuitas, que no sé a qué rama pertenecen, si a la pura de mi pariente o a la impura mía. (N. del A.).

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48.       Remito al lector a la larga nota de la pág. 84 y sigts. (N. del A.).

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49.       No hay discurso en Rusia, ni en Austria-Hungría. (N. del A.).

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50.       Él fundó la primera colonia en Santa Fe, La Esperanza; él hizo los primeros muelles de Rosario; él, en fin, hizo muchas cosas útiles en la provincia de Santa Fe, atreviéndose a fundar una estancia en Melincué, cuando los indios llegaban a siete leguas de Rosario. (N. del A.).

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51.       La acuarela a que hace referencia Mansilla, pertenece hoy al Museo Histórico Nacional, y una reproducción de la misma puede verse en C. A. Pellegrini, su obra, su vida, su tiempo, publicado por «Amigos del Arte», Buenos Aires, 1946. Una otra acuarela reproducida pertenece a su padre, el Gral. Lucio Mansilla; el original está en el mismo Museo (N. del E.).

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52.       Véase mi Causerie: «Mi primer robo». (N. del A.).

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53.       Véase mi Causerie: «Mi primer robo». (N. del A.).

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54.       Después de no pocas diligencias hallé lo que deseaba. ¡Qué francés ni qué niño muerto! San cucufate, en nuestra lengua -Saint Cucufat o Cucuphat aquí-, era africano. Mártir en 303. De África pasó a España bajo el reinado de Diocleciano y después de diversas torturas le cortaron la cabeza en Barcelona. Los restos de san Cucufate fueron llevados a Estrasburgo en 835 y allí fueron venerados hasta la Revolución. (Fiesta el 25 de julio). Véase el Diccionario Enciclopédico de la lengua castellana, por ELÍA ZEROLO, París, Garnier Hermanos, editores, tercera edición, 1904. (N. del A.).

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55.       Pilón era su sobrenombre; quizá fue pelón al principio. (N. del A.).

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56.       «Maqueta» digo, y no maquette, como en francés, porque no obstante su riqueza, mi lengua española carece de vocablo que diga lo mismo. Y «maqueta» acabará por triunfar, como ha triunfado gusto en la literatura inglesa, y no goût, en el sentido estético o de cosa de buen o mal gusto. (N. del A.).

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57.       El señor Vidal, su padre, era emigrado blanco. Tenía otro hijo, Adolfo, y dos hijas mujeres Adelaida y Manuela. Era hombre platudo. Vivían modestamente en la calle Chile, entre Piedras y Chacabuco, un canal profundo sin agua. Gente respetable. No sé qué rumbo tomaron. Braulio sufrió del delirio de las grandezas y contribuyó así, queriendo lo contrario, a la caída de la casa de Adolfo Mansilla y Cía. (N. del A.).

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58.       Era pariente del general César Díaz, de trágico fin y alguien decía que tenía sangre real... un intríngulis. (N. del A.).

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59.       Cuando don Pedro Cárrega, ¡qué sujeto excelente!, barraquero, casado con Adelaida Vidal, amable oriental, me hizo cazador, ¡qué lindos perros tenía!, allí compré mis primeras escopetas. (N. del A.).

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60.       La mayor pate son padres o abuelos de lo que ahora figura, como el coronel Roca, ayudante de mi padre en Ituzaingó, padre del señor Teniente General, Presidente de la República, don Julio A. Roca. (N. del A.).

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61.       Madre del distinguido escritor Juan Thompson que brilló en España. Después Mandeville por su segundo enlace. En una palabra: mujer eminentemente histórica por su patriotismo, su instrucción y sus relevantes prendas sociales. (N. del A.).

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62.       ¿De dónde vendrá quibebe? Se hace con zapallo. Las lenguas suelen agregar a su caudal términos cuyo origen es muchas veces un misterio filológico. El Ministro alemán Von Gülich, el que hizo el primer tratado de comercio con el Zolverein (antes de la unidad de Alemania naturalmente), conocía y hablaba bastante bien el español. A todo lo que era raro, extraño, de no muy buen gusto le decía carútico. Y en los círculos que frecuentaba «carútico» se usaba corrientemente. La voz no hizo mayor carrera. Pero bien pudo hacerla.

     ¿Que carútico no? En mi familia la usábamos (como cierto loco porteño que al gato le llamaba «el abate papa las ratas», al fuego «querencias» y al W. C. «habitabitángulo»), la usábamos decía, siempre que queríamos salir del paso no hallando en el acto el calificativo que cuadra. ¿De dónde viene, por ejemplo, el muy morao de nuestros paisanos? Y el chuña o chuñiento de los cordobeses (¿del pájaro chuña, come insectos, medio bobo?), ¿y el pinchila...? ¿Y gaucho, «guaso» en Chile? Seguramente no viene de Andalucía, donde «guasa» es todo menos una gauchada. ¿Y maturrango? No puede venir de maturranguero, que es español puro. Chapetón sí, se comprende por el chape de los españoles. ¿Y chumbiado y chafalote y tilíngo y charquear yendo a caballo? (N. del A.).

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63.       En los países templados. En los fríos como en Rusia, Suecia, Noruega, se comen pepinos como maíz en Estados Unidos. (N. del A.).

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64.       Había una razón principal para comer temprano, siendo la hora normal las 4, que la luz de las casas era poquísima: velas de sebo, de molde, de esperma (después dijeron estearina), lámparas o quinqués (de lo más «melancólico» diría Espronceda), alimentados con aceite bastante feo de calidad, y olor por consiguiente. Un utensilio indispensable entonces, por eso, que ahora se ve poquísimo, eran las despabiladeras, que en las casas ricas las tenían de plata maciza con su correspondiente platillo. De esta escasez de luz viene la costumbre de estar en verano casi en tinieblas, sin más luminaria que la luna. El 25 de mayo y 9 de julio se ponían candilejas de barro cocido en el cordón de la azotea y en las ventanas (y balcones). Éstas eran alimentadas con grasa de potro y una mecha de trapo. Tenían la forma de una taza común chata, y constituían parte de la preocupación del dueño de casa para que las hubiera en abundancia llegando las fiestas. El combustible era también escaso. Raras eran las casas con chimenea. El calientapiés con brasas de carbón vegetal era el gran recurso. Se vivía tiritando de frío. Y era creencia, que persiste, que el fuego no es sano. En algunas casas, el calientapiés para la cama era un pelado, raza de perro que se ha extinguido. El pelado hacía su turno y no pocas disputas ocasionaba. (N. del A.).

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65.       El pueblo iba a los del Cabildo histórico, rebanado para hacer una Municipalidad estrecha. Al lado de ésta se ve aún el balcón de Riglos. (N. del A.).

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66.       «El Infierno», de Dante, traducción de Bartolomé Mitre. (N. del A.).

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67.       Véase mi Causerie «Horfandad sin hache». (N. del A.).

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68.       Por la casa de Monsieur Caumartin, en efecto, le llegaban a mi madre encomiendas diversas de París, calzado de cabritilla, de seda y raso (el color bronceado y el negro eran sus preferencias), es decir, zapatos con atacado sin taco. Las señoras de Buenos Aires caminaban poco, como ahora, olvidando las lindas porteñas que la gordura, por falta de ejercicio, es enemiga de la belleza. Verdad que las veredas eran detestables. Pero las he visto recientemente y, siendo excelentes, ya no hay la excusa que antes daba, ¿cómo diré? digamos la molicie meridional. La casa Atkinson Plows nos traía a nosotros, a Eduardita y a mí, calzado fuerte inglés. Completaré esta nota consignando que el sastre militar con más crédito era Monsieur Moine, y el civil de los elegantes un Rodríguez, español, que tenía su casa, a la francesa, en la esquina Cangallo, acera de la actual confitería del Águila. Más o menos es la época en que llega Monsieur Bazille, que se establece con su sombrerería bajo los altos de Belaustegui, frente a la esquina de la tienda de castro (!). Es un francés rubio, fornido, que trabaja en mangas de camisa, despechugado, y que les guiña el ojo a cuantas puede, provocando más risa que malicia. Al lado ya estaba en Perú Monsieur Favre, que se fue más al norte después, con su joyería. En cuanto a platerías y todo lo concerniente a aperos, chapeados, ponchos de lujo, riendas trenzadas, algunas, verdaderas obras de arte, había que ir a la calle del Buen Orden. (N. del A.).

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69.       Mis otras primas eran Corina, que casó con un hombre inteligente y sano de corazón, el doctor en medicina José Higinio Solyviera; Manuela, que vive, viuda dos veces; Adela, casada con su primo y el mío Alejandro Baldez; Agustina, viuda de Francisco Pereyra, del Paraná, hijo de un antiguo amigo de mi padre y hermano del malogrado comandante Olimpedes Pereyra; y Basilia, que casó en Sevilla con el famoso compañero de Kossuth, el general húngaro Juan Francisco Czetz, anciano ya, residente en Buenos Aires, que erró su destino metiéndose en el Río de la Plata. Si se queda en Europa habría, si no gobernado, ocupado una posición como la de su subalterno el general Türr cuando la gran revolución del 48. (N. del A.).

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70.       Les hommes sont si nécessairement fous, que ce serait être fou par un autre tour de folie de n'être pas fou. (N. del A.).

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    Mis memorias : (infancia-adolescencia)
     Lucio Victorio Mansilla
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