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    Mis memorias : (infancia-adolescencia)
     Lucio Victorio Mansilla
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Mis memorias

Infancia - Adolescencia

[59]

ACORDARSE ES REVIVIR...



     ENTRO en materia estampando una banalidad: que el ruido llama la atención, que es como el fuego, como el humo. De ahí que la posteridad les exija sus impresiones, a los hombres que han vivido con cierto brillo, con algún viso, sobresaliendo, en todo caso, por algunos rasgos geniales, característicos.

     Hay en ello curiosidad, la insaciable curiosidad de saber algo más de lo que se ha dicho o escrito, el placer de oír nuevas confidencias, el gusto picante de las indiscreciones, la expectativa de que la leyenda se convierta en historia o de que ésta sea rectificada, haciendo ver mejor la trama de los sucesos y el estado de las cosas morales y materiales en horas determinadas.

     En una palabra: se espera sacar algún provecho de los errores, de la experiencia ajena, con la esperanza de acumular lecciones útiles al capital intangible de lo que día a día vamos observando, aprendiendo, sin nunca jamás arribar a consolidarlo del todo en ningún orden de ideas.

     El progreso es indefinido e indefinible. Cada civilización tiene sus teorías. La verdad de hoy no es la de mañana. Sólo la obra de Dios es completa, y eternas son sólo las verdades que en ella se contienen con este fin: que a medida que las vamos descubriendo y penetrando, vayamos también midiendo nuestra pequeñez y nuestro orgullo vano. [60]

     A esos hombres, la voz de los contemporáneos les dice:

     «¿Por qué no escribe usted sus Memorias?».

     La interrogación es más fácil que la respuesta, y la tentación está inflada de presunción, siendo casi irresistible.

     La dificultad estriba en que en ese «por qué» hay un escollo: el de las confesiones. Y la inflación consiste en que la satisfacción de sí mismo no le permite -a este y aquel personaje-, ver anticipadamente que su epitafio tendrá que reducirse a un dístico por el estilo del tan sabido:

                         Aquí fray Diego reposa           
sin haber hecho otra cosa.

     Con contadas excepciones, todos creemos haber hecho, visto o sabido algo más o menos interesante que no debe pasar como pasan las sombras fugitivas.

     Diciéndole yo una vez al señor don Domingo de Oro, que hablaba con singular encanto, sin ser orador (jamás estuvo en un Parlamento), que se había mezclado y rozado con hombres eminentes de todos los colores y matices; actor y espectador a la vez, que había oído, visto y sabido muchísimo entre telones; que había sido secretario íntimo de Mansilla, mi padre, y de don Estanislao López, el caudillo santafecino; amigo de los tipos más opuestos, de Sarmiento, de Tejedor, de Mitre, de Zubiría; emigrado y enemigo de Rozas, sin serlo de su familia -al contrario-, lo mismo que lo era de Alvear, o mejor dicho, teniendo por él antipatía; diciéndole yo un día, repito, a aquel hombre complejo, que era un escéptico a lo Montaigne, lleno de idealidades, mezcla rara de elementos morales, amables y adustos, tolerante e intransigente:

     -¿Por qué no escribe usted sus memorias, señor don Domingo?

     Me contestó con su expresión significativa tan personal, solemne, sin afectación por el gesto y la voz: [61]

     -Señor don Lucio, he visto tanta inmundicia, que... ¿para qué legarle más mier... a la historia?... (37).

     Víctor Hugo escribía en ese momento:

                           Les pieds tragiques de nos pères,           
Dans l'âpre fange du passé.

*

     Hablando de Oro, las anécdotas se sugieren unas a las otras.

     Aquí va una para empezar.

     Era en el Paraná, allá por 1822.

     Habla el gobernador Mansilla:

     -Oro, ¿quiere que salgamos a dar un paseíto a caballo?

     -Gracias...

     -¡Vamos, hombre!

     -No, prefiero quedarme aquí.

     -Se va a aburrir mucho.

     -¡Eh!, menos quizá que yendo con usted que todo se lo habla a la ida y a la vuelta, como estos últimos días...

     -¡Ah!, era eso...

     -Naturalmente, yo también tengo lengua.

     -Bueno, vea, hagamos un trato entonces.

     -¿Cuál?

     -A la ida llevaré yo la palabra y a la vuelta la tendrá usted.

     -Así sí, acepto; vamos.

     Y partieron... y las cosas pasaron así, y así siguieron unos días, hasta que una tarde, en el lugar donde, poco más o menos, mi padre decía: «Regresemos», se hallaba una escolta con caballos de muda.

     -Y qué, ¿vamos a seguir?

     -A la ida llevo yo la palabra.

     Oro se mordió los labios...

     Tres días y tres noches transcurrieron hasta llegar al [62] Arroyo de la China (ahora Concepción del Uruguay); después de algunas horas de descanso allí, en mejores camas que las del camino, de algunas visitas oficiales y otras yerbas, mi padre mandó ensillar y, al poner el pie en el estribo, exclamó:

     -Lo dicho, dicho; y ahora, amigo, tiene usted la palabra hasta el Paraná...

*

     Pero volviendo al punto de partida, tengo que apresurarme a decir, cediendo como cedo a la tentación ahora que el turno me toca a mí, comprendo mejor el dicho naturalista del señor don Domingo, y mejor me explico también estas palabras de Montesquieu:

     «Si supiera alguna cosa que siéndome útil a mí le fuese perjudicial a mi familia, la apartaría de mi espíritu.

     Si supiera alguna cosa que siendo útil a mi familia fuese perjudicial a mi patria, procuraría olvidarla. Si supiese alguna cosa útil a mi patria, pero perjudicial a la Europa y al género humano, la miraría como un crimen».

     Y bien, qué haré yo cuando llegue el momento (porque si sigo, llegará) en que el niño se ha hecho joven, y el joven, hombre, y se me presente la imagen más o menos confusa de algunas escenas o cuadros, o me obsedie el vago recuerdo de reminiscencias incoherentes, de frases explicativas de ciertos sucesos, de actos, todo ello descifrado después, mucho después, cuando formada la razón nos decimos: ¡ah!, aquello significaba esto... ¿qué haré, repito, entonces?

     ¿Callaré?

     ¿Tendré el valor de decir lo que he visto bien unas veces, otras como al través de tules, lo que he sabido más o menos vagamente o a no dejar duda?

     ¿O procuraré olvidarlo, por alguna de las razones aducidas por Montesquieu?

     No lo sé. [63]

     La idea que tengo, a la hora de ésta, no es prescindir de toda traba decente, de todo escrúpulo a lo J. J. Rousseau.

     ¡Hay tanto en él que no es sino cinismo!

*

     Estoy pensando como la generalidad en el momento de aprestarse al combate, cuando por primera vez se va a tomar el olor de la pólvora y a oír silbar (38) las balas que matan: tengo miedo de tener miedo; no lo tendré.

     Pero pensar es una cosa y hacer lo pensado dominando los nervios por la voluntad -resorte soberano-, es otra; y cosa muy distinta. Hay situaciones, circunstancias que se describen, que se explican, con tal arte que, el que no vio, está viendo.

     Ese arte magnético que establece una corriente de emociones entre el que escribe, el que pinta, el que esculpe y el que lee, no lo poseo yo.

     Por otra parte la palabra es un signo imperfecto. «El alma es incomunicable. Hasta en el éxtasis de las embriagueces somos dos, siempre dos».

     Producir en los sentidos, en el corazón, en el espíritu la impresión de un dolor, de un placer, no es la sensación fisiológica honda o la vibración psicológica arrobadora misma, del gusto percibido, de la tortura sufrida.

     Tengo, pues, que apelar a la sensibilidad exquisita del lector, en esta crisis mental, que de otra cosa no sufro, pensando ya que la hora de los conflictos confidenciales espinosos llegará.

     ¿Me entenderán, se darán cuenta cabal de lo que estoy manifestando los que, en mi situación o situación parecida, se hayan encontrado o se encontraren, por haberse colocado en ella voluntariamente? [64]

     ¡Callar, hablar! Es el eterno to be or not to be, en otro sentido.

     En el caso de hablar, ¿para qué escribir cosas truncas? Y en la hipótesis de no transigir con ninguna coacción, ¿qué utilidad le resultará de ello al lector?

     Pienso aquí en el dicho del señor Oro.

     Otra consideración de no poco momento: ¿me creerán?

     ¿No dirán: este hombre está trufando?

     ¿Para qué hablar de la caridad cristiana, que nos manda imperativamente respetar a los muertos?

     Confieso que me siento perplejo, casi tentado de tirar la pluma...

     Me limitaré, entonces, en los aprietos que serán mayores cuando lleguemos a esa edad, que no es la dulce edad inconsciente del niño, a las insinuaciones fluidas, a los à peu près.

     El que sea capaz de reconstruir reconstruirá la situación, el hecho tal cual fue, a la manera que Cuvier, con un molar, reconstruía un megaterio, guiado, como sus sucesores, por la uniformidad de las leyes naturales; o como los arqueólogos que, de indicio en indicio, poco a poco, pedacito por pedacito, haciendo un trabajo de hormigas, restauran y reconstruyen preciosos mosaicos triturados, monumentos, ciudades enteras que yacían sepultadas bajo el polvo o la lava amontonados por los estremecimientos del planeta que habitamos.

     Iré así meditando a medida que vaya evocando mis recuerdos y escribiendo.

     Lentamente iré así madurando el criterio de lo que crea que no debo omitir.

     Es mi intención (que cambiará o no), desarticularme en tres secciones. Ésta, que van ustedes leyendo. Una segunda, que aparecerá después de mis días. Otra tercera, que mi legatario verá cuándo debe salir a luz. A él lo haré juez.

     Podrá hasta hacer con los manuscritos un auto de fe. A mí puede parecerme que no doy un mal ejemplo, y [65] conviene tener presente que «hay malos ejemplos que son peores que crímenes».

     Según se ve, antes de entrar a lo hondo habrá que vivir y esperar...

     Tengo la esperanza de ser creído al afirmar, como lo hago, que no me propongo descorrer el velo de inauditos misterios esotéricos; ¡son tan pocas las cosas humanas secretas!

     Las al más se creen impenetrables y son, como el alabastro, casi transparentes.

     Hay también un rayo X para ver en la obscuridad de sus curvilíneas.

     Tengo también una pretensión, modesta pretensión, que confío será coronada de algún éxito. Consiste en ayudar a que no perezca del todo la tradición nacional.

     Se transforma tanto nuestra tierra Argentina, que tanto cambia su fisonomía moral y su figura física, como el aspecto de sus vastas comarcas en todas direcciones.

     El gaucho simbólico se va, el desierto se va, la aldea desaparece, la locomotora silba en vez de la carreta; en una palabra, nos cambian la lengua, que se pudre, como diría Bermúdez de Castro, el país.

     ¿Quiénes?

     Todos los que pagamos tributo a lo que se llama «el progreso». ¡Es un pasmo!

     Sin querer olvidar se olvida, lo mismo que no siempre se olvida cuando se quiere.

     No digo, pues, que todo detalle tenga importancia. Creo, sí, que con los detalles sucede lo que con los monetarios, en los que hay medallas de valor intrínseco y de poco valor; lo cual no significa que todas ellas no tengan su mérito real. Hasta las falsas sirven para investigar la verdad; ni más ni menos que los falsos derroteros, corregidos [66] por la casualidad, suelen conducir a la mina, al puerto deseado.

     Quería decir esto: los que ahora viven y que no vieron, porque no eran todavía de este mundo, estoy seguro que con más gusto verían el viejo fuerte colonial que la actual casa Rosada, y si no con más gusto, con mucho gusto, aunque de otra clase.

     Las sombras de los que fueron nos interesan más que el movimiento cinematográfico de lo que es.

     Y, por idénticas razones, los venideros verán con más gusto también que nosotros, a nuestros contemporáneos; contemporáneos, que nosotros no podemos sufrir o que no nos interesan, que no nos cautivan en ningún sentido.

     ¿Para qué hablar de los que son prestigio? Ésos no mueren. La humanidad se los disputa. Y, sin embargo, también nos place saber si tenían una verruga en la nariz o un lunar en la mejilla; auscultarlos por dentro, analizarlos por fuera; saber cómo pensaban, cómo sentían; verlos como hombres y como actores, cuidado que suelen no tener los historiadores, mostrándonos solamente las fases épicas o las exterioridades y los relieves, como si la pompa de un Luis XIV, verbigracia, fuera todo el hombre. Él, como otros, en camisa, delante del espejo, acicalándose, estudiando gestos y actitudes, es también un espectáculo que falta ver para poder decir: era así.

     A Thackeray le preocupaba mucho saber de qué color eran los calzones de Washington.

*

     Me esforzaré, como consecuencia de algo que he dicho más arriba, en filosofar lo menos posible sobre mis referencias.

     O lo que tanto vale: dejaré los comentarios para que los haga el perspicuo lector.

     La razón es obvia. De lo que principalmente va a tratarse, según se irá viendo a medida que avancemos al través [67] del laberinto mnemónico, no es de lo que yo he pensado, sino de lo que ha pasado bajo el dominio de mis sentidos, como regla general, a la que habrá que agregar lo que me han contado.

     Así es cómo, cual hilo de Ariadna en el Laberinto, hemos de tener, en ciertos casos, sino toda la explicación de algunos fenómenos atávicos, el tenue vínculo que liga a los que ya se han ido con los que no se han ido todavía, o sea la clave, por medio de éstos, de algunas peculiaridades de aquéllos.

     De idéntica manera hemos de ver mejor cómo venimos evolucionando, si no estamos ciegos respecto de lo que fueron nuestra vida interior, nuestros usos y costumbres pasados; y así, los que emprendan la obra explicativa de nuestro desarrollo material, intelectual y moral, tendrán puntos de partida precisos para determinar, como profetizando, digamos, el destino de la patria. Es decir, señalando los escollos que se han de evitar para adquirir la grandeza que asegure su preponderancia en el internacional concierto; esa grandeza que a las naciones les da la eternidad de la historia.

     Obra tan considerable estudiará, naturalmente, los últimos cincuenta años, y es claro, el estado actual en todos sentidos: vida individual, de familia y social; instituciones políticas; actividad agrícola, pastoral, industrial y fabril; movimiento mental; todo, en fin, lo que constituye la vida esencial, intensa de un pueblo, desentrañando de ello su alma, sus aspiraciones colectivas, el temple de su fibra, sus nobles ambiciones en la humanidad, para luego señalarle el camino del porvenir, lo repito en otra forma, si los estadistas se inspiran en un espíritu de justicia verdadera, evitan los conflictos económicos, que tanto perturban a la vieja Europa y no desatienden la etnología nativa, las condiciones (virtudes y defectos) de las diversas razas que se han fundido y siguen fundiéndose en el crisol nacional.

     Un libro por el estilo sería leído con mucho interés en todas partes, particularmente en la América del Sur. Servirá, [68] no lo dudo, de grandísima enseñanza en unos pueblos donde, por desgracia, se piensa aún poco por cuenta propia, y los escritores derrochan su talento vigoroso imitando a los pensadores extraños, con lo que falsean una civilización peculiar, en vez de contribuir a extenderla y perfeccionarla en armonía con su historia, su idiosincrasia, su estado concreto, sus aspiraciones y tendencias hacia ciertos fines más o menos acentuados.

     Parafraseando a Macaulay en su crítica sobre Dumont, Recuerdos de Mirabeau, no diré: «he aquí un libro muy instructivo y muy divertido», sino: «pero suponiendo que no sea divertido, ni instructivo», siempre resultará un libro sincero, casi infantil, en un sentido si se quiere (los extremos se tocan), y en el que si la verdad no brilla del todo resplandeciente, siendo turbias las perspectivas escénicas, habrá que atribuirlo unas veces a deficiencias del pincel, otras a que las reminiscencias se esfuman con la edad, algunas a los eufemismos inevitables; finalmente a las supresiones calculadas, para no pecar de imprudencia fraseológica.

     Tenía mi padre un viejo sirviente, Gregorio, del que he hablado extensamente en una de mis Causeries, llamándolo, como en la familia, «Goyito». Medio siglo o más estuvo al servicio de aquél. Era cordobés y fiel. Había sido postillón cuando lo fusilaron a Liniers. Conocía la vida y milagros de su patrón. Lo amaba. Pero no consentía que en sus referencias alterara la verdad en el más mínimo detalle, como a veces solía acontecer por respetos propios y ajenos. En el acto me llamaba, y más o menos se expresaba así: «Viejo mentiroso, ¿por qué no dice las cosas como son?, que estaba durmiendo en una hamaca cuando oyó los primeros tiros de los negros sublevados; en una cama camera para tres estaba... lo demás es cierto».

     Se refería a un hecho que tuvo lugar en Goya. Cuando en mi juventud estuve allí, las principales personas, ya muy entradas en años, lo recordaban.

     Mi padre contuvo con gran intrepidez a los negros de un batallón que se había amotinado por falta de paga. Era [69] esto allá por los tiempos de Artigas, ya derrotado en las Tunas. Refugiado el caudillo oriental en el Paraguay, donde murió, mi padre fue gobernador provisorio de Corrientes, como se sabe.

     Seré yo entonces mi propio Rubicón para contenerme, cohibirme o imponerme absoluto silencio, según los casos, pese a la estricta exactitud histórica, cuando mi Goyito interno me diga: «si habla, hable claro y no altere tanto».

*

     Tomando otra vez el hilo que hace poco dejé, y no sea que se me olvide, diré: que si la casa solariega de la calle Potosí, de que pronto hablaremos, fue notable por eso y porque tenía aljibe; la otra, donde sus propietarios pasaron a mejor vida, lo fue por esto, y por otros diversos motivos, y aunque sólo tuviera pozo de balde.

     Esto del «aljibe» que no parezca nota baladí. Las fincas que lo tenían eran contadas, indicantes de alta prosapia o de gente que tenía el riñón cubierto; daban notoriedad en el barrio, prestigio; y si por la hilacha se saca la madeja, tal o cual vecino pasaba por grosero por los muchos baldes de agua fresca que pedía; y tal o cual propietario por tacaño, porque sólo a ciertas horas no estaba con llave el candado de la tapa del precioso recipiente.

     Dicha casa solariega la heredó mi tía María Ortiz de Rozas de Baldez. Después, su hijo segundo. Tristán María, el primogénito, murió prematuramente. Aquél, Alejandro, la transformó en gran edificio lujoso de altos. Más le valiera no haberlo hecho.

     La otra casa, la que sólo tenía pozo, la heredó mi prima Carolina Bond (de Terrero, por su enlace con Antonio), la cual era hija de mi tía Manuela Ortiz de Rozas. Fue casada ésta con un médico norteamericano, hombre de excepcional hermosura y de mucha distinción. Él y ella, como casi la totalidad de su prole, murieron tísicos. Decían que él le había pegado el mal a ella. [70]

     En esta parte no se realizaron, ni en otras, los fines amorosos, testamentarios, de mi señora abuela. Porque si a esa su nieta y hermanos les dejó más que a sus propios hijos- con tanta munificencia, ni previno los desastres, ni menos les acordó la salud física y mental a algunos de ellos, por los que tantas lágrimas se derramaron en la familia.

*

     ¡Pobre Franklin Bond!

     Años y años después de mil aventuras y de rasgos atrevidos, fue el hazmerreír de Buenos Aires (¡y algo peor!), él, que era gentil como un Antínoo; que, viejo ya, deshecho por el alcohol y las tristezas, todavía conservaba rastros vigorosos de soberana virilidad, cual estatua amarillenta antigua desenterrada.

     ¡Pobre Franklin, una vez más!

     Era bueno, de espíritu limitado, generoso; diestro sólo en el arte de jinetear, como el general Hornos, con el que una vez midió inopinadamente su destreza, su ímpetu, su altivez de federal empecinado, en plena calle de la Florida, de donde resultó que se hicieron amigos personales. Los fuertes se compenetran por la acción recíproca y se entienden con facilidad, aunque por nada cambien, manteniendo sus opiniones hasta la muerte.

     ¡Pobre Franklin todavía, para concluir este párrafo tan amargo! Él fue para mí una lección de que la lengua suele ser duramente castigada, cuando olvida, hablando mal de las mujeres, que por una ironía del destino podemos caer en manos precisamente de aquella que más hemos desacreditado.

*

     En la calle que ahora se llama Alsina, antes Potosí, esquina Tacuarí, hay cuatro casas de alto.

     En la época a que me refiero eran bajas. Dos, haciendo cruz, pertenecían a mis abuelos maternos, el señor don León [71] Ortiz de Rozas (capitán en tiempo del rey), y la señora doña Agustina López de Osornio (39).

     Dos pertenecían, haciendo cruz también, como se comprende, la una a mi señor padre, don Lucio Mansilla (40), el general guerrero de la Independencia, de Ituzaingó, de Obligado.

     Hay mucha gente que cree que la calle «General Mansilla» es por mí. Deben salir de su error. Yo no he dado nombre a nada que sea mi homónimo. Soy algo así como el último de los mohicanos.

     Si tengo hijos no lo llevan. En la Pampa hay sí, algunos lugares bautizados por mí. Verbigracia, al sur del Río Quinto, el «Médano de la piedra» (porque allí, durante un temporal diluviano que duró tres días, hallé una conana, piedra que sirve entre los indios para moler granos, como maíz); y «Cañada de los dormilones» (porque allí, en tanto dormía uno de mis soldados, Calixto Oyarzábal, yo mismo, acosado por el hambre, le moché una parte de su escasa ración de charqui) (41).

     En contraposición, varios de mis subalternos pasan a la posteridad en esa forma y modo. ¿Para qué citarlos?

     El curioso de aclarar estas cosas, que busque las listas de revista de ciertos años, a contar de la batalla de Tuyutí, o sea 24 de Mayo, hasta cuando yo avancé la tradicional frontera, inamovible desde los tiempos coloniales, de Río Cuarto a Río Quinto, y que, con un mapa a la vista, saque en limpio nombres y apellidos.

     La otra de esas casas no sé a quién pertenecía. Muchos años resistió a la transformación del barrio.

     Cuando se preguntaba: ¿por qué no edificarán ahí?, la contestación era: porque los títulos son malos. [72]

     Actualmente entiendo que la nueva finca pertenece, allí ha vivido al menos muchos años, al doctor don Mariano Demaría, cuya familia, mirándose las dos casas por Tacuarí, tenía amable telegrafía sin hilos con mi madre.

     La esquina ésa era conocida por la del jorobado Zapata. El dueño era, en efecto, un hombre bajo, enjuto, giboso, de rostro rubicundo, siempre vestido con decencia: levita negra y sombrero de copa.

     Los muchachos decían: «¡Zapata! ¡cuidado!».

     El jorobado no tenía buenas pulgas, como generalmente sucede con los que de alguna deformidad padecen, y si las tenía, su reputación era otra, lo que es también frecuente.

     Pero siendo esquina, en cuanto así se llama el ángulo exterior que forman dos superficies, no lo era en el sentido de negocio, donde se despachan bebidas menudeando hasta por tragos.

     Era algo más: era un almacén de comestibles, en el que vendían café tostado, fresco, que perfumaba los alrededores, y hasta té perla; el negro no era usual sino en ciertas casas de mucho fuste.

     El almacén, entonces como ahora, estaba casi siempre en la esquina de las manzanas; lo mismo la «pulpería», voz que viene de «pulque», bebida espirituosa que se hace con las hojas del maguey o agave mejicano. Vendiéndose en México, generalmente en las esquinas, le ha dado su nombre, por antonomasia, a todo despacho público con mostrador donde se venden bebidas alcohólicas, y ha motivado el sinónimo, o sea esquina, versus pulpería, esté ubicada donde se quiera.

     Estas dos esquinas, con almacén la una y pulpería la otra, viven grabadas en mi memoria con indelebles caracteres infantiles.

     Imaginaos... un día, disputando sobre cualquier cosa con mi primo Alejandro Baldez, me dijo éste:

     Callate, ¿qué entendés vos?, que has oído cantar el gallo y no sabés dónde. [73]

     A lo que yo contesté muy persuadido (quedando el dicho como proverbio en la familia):

     -Sí, sé, canta en lo del señor Zapata, en cuyo corral se criaban, en efecto, gallinas, cuyo cacareo era intermitente, lo mismo que fijo el canto matinal de los gallos anunciando la alborada.

     Al escribir esto se me figura oírlos, haciéndoles coro el simpático tañido de la campanita de las monjas capuchinas de San Juan.

     La otra esquina, la que pertenecía a mi padre, la tengo en la retina, con su pilar de madera fuerte, entre las dos puertas, una a Tacuarí, otra a Potosí, y el poste ahí, al borde de la vereda. Algunas veces era un viejo cañón de hierro, donde se ataba el caballo de la rienda o del cabestro.

     Allí vendían tortitas de Motón, una golosina color chocolate claro, muy popular y muy rica. Cobre que nos caía en las manos, a los muchachos del barrio, era para San Pío, el dueño.

     Este San Pío era italiano, casado, muy bonachón y cariñoso. Sus quesos de Goya, y particularmente sus chorizos fritos, allí a la vista, tenían fama.

     Solíamos estar comiendo; el dejo incitante nos llegaba en efluvios saturados de aceite hirviendo; mi padre decía: «que vayan a traer algunos...».

     Lo que es nosotros, mi hermana Eduardita y yo (de mi otro infeliz hermano Lucio, ya hablaré de él en su hora), no los probábamos; teníamos que contentarnos con el olor.

     «Son muy pesados», argüía mi padre, que era higienista, y mi madre decía amén, ignorando (¡los padres ignoran tantas cosas cuando se trata de sus hijos!) que antes de comer, ya habíamos sacado el vientre de mal año en alguna escapada a lo de San Pío en busca de tortitas de Morón.

*

     San Pío, diré de paso, era muy puntual en el pago de su alquiler, con el que siempre acompañaba un queso [74] de Goya fresco. No sabía leer ni escribir, ni hablaba italiano, ni español, ni genovés, ni dialecto itálico alguno, sino una media lengua suya propia; y a fuerza de oírse llamar San Pío, por sobrenombre, llegó a olvidarse de su verdadero patronímico, y hasta del de pila.

     Contaban que una vez, teniendo que prestar declaración con motivo de un bochinche que se había armado en la pulpería, le preguntó a la mujer:

     -Che, ¿cómo me llamo yo?

     -San Pío...

     -No, el nombre de Italia.

     -¡Eh!, está en el baúl (quería decir en el pasaporte).

     Sarpio Pío (42) era la clave del enigma, que la media lengua popular había traducido abreviando.

*

     De las dos fincas pertenecientes a mis abuelos, la una miraba al norte, la otra al sur. Aquélla, naturalmente, era más seca que ésta. La ley contraria prevalece en el hemisferio boreal. De suerte que la primera quedaba frente al almacén de Zapata y la segunda frente a la pulpería de San Pío.

     En la primera vivieron mis abuelos maternos antes de mudarse a la calle Reconquista (ahora Defensa), frente al paredón de San Francisco, al llegar a Moreno.

     Aquí murieron...

     Aquí aprendí yo a andar a caballo sobre los lomos del negro Perico, que todos los nietos queríamos a cual más, hijo de un esclavo.

     Perico se ponía en cuatro pies, trotaba, galopaba y hasta corcoveaba y ¡pataplum!, allá iba yo al suelo cuando lo hincaba demasiado con las espuelas.

     Aquí, en esta casa histórica, intacta aún, aunque muy estropeada, con altos a la calle, independientes, y altos interiores [75] y tres patios, teatro de escenas que acentúan el carácter de mi abuela, y respecto de lo cual ya he remitido al lector a otra parte, vivieron algún tiempo, en los altos interiores, mis tíos el doctor don Miguel Rivera, casado con mi tía Mercedes Ortiz de Rozas.

     Era mi tío de origen boliviano, descendiente del malhadado Atahualpa, muy moreno; su hermana Marcelina, ídem; y mi tía blanca y rubia, muy hermosa, lado por el que no brillaba la cuñada, asaz gorda.

     Una noche que entraron al teatro, había función de gala, lo más currutacas, acompañadas de mi tío, Pepa Nogué, que estaba en la cazuela con Micaela Soler (hija del general, la «ñata de Soler» era su nombre popular), al verlas tomar asiento en el palco, exclamó, señalándolas, lo cual produjo hilaridad comunicativa alrededor:

     -Éste es la noche (mi tío). Ésta es el día (mi tía). Ésta es el cu... de tía María (Marcelina).

     Pepa Nogué era la mujer más rápida en replicar, de familia excelente, temible en sus antipatías provocadas. Aunque distinta en varios sentidos sociales, puede decirse que era la Ventura Muñoz de su época; la que muriendo joven, contradijo su nombre por activa y por pasiva... ¡fatalidad!

     Cuasi contemporáneo de Pepa Nogué fue un tipo de porteño burlón, cuya muerte debió ser la consecuencia de una de sus bromas más pesadas. Me refiero a Víctor Fernández, asesinado, sin que jamás se descubriera el autor del crimen.

     El gran galeote decía: «debe ser su amigo, Fulano de Tal». El hecho acaeció en el mundete de Taibo, calle de Corrientes, entre Maipú y Piedras. Ni rastros de aquel sitio infame quedan, felizmente.

     Por ahí estaba la casa moderna donde largos años vivió el desgraciado y querido José Manuel Lafuente, desde su origen...

     Mi tío Rivera era un hombre muy estimado, muy manso, íntimo de don Juan Fernández, el socio en tantos negocios [76] de mi tío Prudencio Ortiz de Rozas. Médico, hizo sus estudios en Europa, costeados por el gobierno; fue su maestro Dupuytren, y decían que, como cirujano, era digno discípulo de aquél. ¡Curioso! He observado que los mansos no suelen ser buenos cirujanos, bien entendido que no empleo la palabra en el sentido estrictamente evangélico.

     Vivía, como acabo de decir, en los altos interiores de mi abuela, y una de las cosas que más llamaba nuestra atención («nuestra» implica la de los numerosos sobrinos o primos que éramos), eran los muebles de su apartamento, los pilares particularmente de una gran cama, las águilas que lo adornaban, lo mismo que los brazos de las sillas y sofás, todo con guarniciones doradas.

     ¿De dónde vendrá esto?, decíamos pensándolo, pero sin comunicárnoslo, sin articularlo en forma alguna. Nos mirábamos unos a otros como diciendo: ¡qué lindo! Y aquellas miradas no podían tener otro significado, a no ser éste: ¿para qué servirán estas cosas?, siendo, como eran, alhajamiento de casa inusitado. Nada de eso en las nuestras; mucho menos en la de «abuelita»: así la llamábamos a la «señora mayor», otra variante, donde todo era sólido, modesto, mejor dicho, sin nada, nada que revelara inclinación al lujo y mucho menos a la ostentación.

     Sólo ya hombre hecho y derecho, vine yo a tener como la revelación de todo aquello; cuando supe lo que era: estilo Empire. Mi tío Rivera lo había traído de Francia.

*

     Era mi abuela tan femenil como varonil. Lo primero lo prueban sus veinte partos; lo segundo, sus muchos actos de voluntad, de firmeza, de resolución.

     Para no repetirme, le pediría al lector ganoso de saber algo más sobre este particular, que leyera a Rozas y algunas de mis Causeries. En ambas obras hago frecuentes referencias a estos mis abuelos. De ellas resalta lo bonachón de mi abuelo don León y lo predominante de mi abuela doña [77] Agustina. La antítesis de los caracteres, no implica que uno y otro no fueran muy vivos y prontos en sus movimientos.

     Esta peculiaridad se halla en sus descendientes, hombres y mujeres. La irascibilidad y una gran fuerza reactiva son los rasgos característicos de todos ellos.

     El que lo hereda no lo hurta. Algo de eso tengo yo. Me ha hecho mucho mal.

*

     No se trata, en esta primera parte, del que escribe, ya con el bigote duro, sino del niño. Pero de vez en cuando hemos de tener que hablar de aquél, anticipándonos a los sucesos. Contaré pues aquí, algo que no viene mal y que tiene sus ribetes cómicos aun si no es de instructivo.

     Entre otros, tenía yo un sirviente, allá por 1889, que hacía como de portero a ciertas horas, honrado y fiel, va sin decirlo: era gallego, y como casi siempre, tratándose de estos prójimos, algo zurdo, nada tonto, pero muy testarudo. Ya no está conmigo. Es muy burdo el pobre José para estas Uropas, como suelen decir por ahí. Está en Buenos Aires.

     Hablo de él en Rozas.

     Es, sin embargo, como si estuviera, porque nos carteamos y me ocupo de él, teniendo además a mi servicio a su hermano Manuel, el cual se casó, hace ocho años, con una inglesa que había sido sirvienta de mi otra mujer propia.

     Dos veces ya he pagado tributo al himeneo, como se sabe. La pareja está en mi casa. Él goza de toda mi confianza hace dieciocho años.

     José sabía leer y escribir, Manuel no. Lo ha aprendido por sí mismo, a fuerza de andar entre libros y papeles y de verme trabajar a mí, y ha conseguido hacerlo con bastante fea letra. En cambio, como diría Dickens, tiene muy mala ortografía. Pero dice lo que quiere con claridad, que es el arte de escribir bien, empleando menos palabras que yo, y nunca jamás se equivoca en una suma, habiendo también aprendido solo, las cuatro primeras reglas de la aritmética. [78] En resumen: he ahí un caballero que sólo se diferencia de mí en que él es el mucamo y yo soy el amo.

     Beaumarchais dice, en el Barbier de Séville, algo que hace al caso recordarlo. Lo hallo profundo. Cito de memoria. Habla Fígaro con Almaviva: «¿No es cierto, señor que cuando uno piensa en las muchas cualidades que se le exigen a un sirviente, hay algunos patrones que no merecerían serlo?».

     Había yo retenido de una de mis lecturas esta máxima o consejo:

     «Cuando estés enojado, cuenta hasta cien (y no estallarás)».

     -José, -le dije un día-, mira, no hagas eso otra vez; ya te lo he repetido muchas veces: después de las doce no me anuncies visitas, a no ser ciertas personas, amigos, como Fulano, Zutano, Mengano; porque si no, no tengo tiempo de vestirme y de estar en la Cámara a la hora, ¿comprendes?

     ¡Nada!, como si se lo hubiera dicho a la pared, aunque bien pudiera ser que, teniendo buena opinión de mí y creyéndome servicial e influyente, se dijera:

     ¿Y por qué no ha de atender a éste o ésta que tanta necesidad de verlo tiene?

     Me fastidiaba... paciencia y barajar, me decía...

     Un día, no sé, tiene uno días endiablados... no estaba de buen talante; iba a comenzar a afeitarme, operación que tiene sus fruiciones, según lo he demostrado en una de mis Causeries. Ya tenía la cara jabonada... me anuncia a un incómodo, ¡si hubiera sido siquiera un amigo o algún necesitado!

     Lo atropello, le muestro los puños... me acuerdo de la máxima (tarde piace).

     -Ya te he dicho una vez, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...

     «Él retrocedía, yo lo seguía airado, colérico, tonante, alzando cada vez más la irritada voz, y siempre acercándole los puños a la cara más y más...

     Desapareció por una puerta que daba a una escalera [79] del patio interior de la casa, perteneciente a Guillermo Udaondo, calle Lavalle, al llegar a San Martín, del cual era yo inquilino.

     Estaba ya postrado de tanto contar con violenta exaltación.

     La máxima no me había dado resultado, como casi siempre sucede con los consejos.

     Es claro: hay que aplicarla debidamente, que recordarla a tiempo, contando mentalmente, con pausa, antes de contestar o de resolver.

     Lo he ensayado.

     Es seguro el resultado. No se llega a cien -casi un minuto de reflexión-, sin éxito.

     Al visitante no lo vi. Debió oír el estrepitoso contar con frenesí crescendo, y pensar, tomando el portante: de locos nada dijo la voz del Sinaí.

*

     Eran vecinos de mi abuela, por el lado norte, la familia de Halbach, gentes muy buenas, muy obsequiosas y de mujeres lindas y elegantes. Dos de las muchachas se casaron con dos González Moreno.

     Un caso de selección natural.

     Los González Moreno, de respetable origen, siempre gozaron merecidamente de esta reputación: caballerosidad y dulzura.

     El señor don Francisco Halbach estaba casado con Misia Goyita Bolaños.

     Entiendo que era de Hamburgo; en todo caso era alemán. Matilde, su hija mayor, un poco menor que yo, jugaba conmigo como si los dos tuviéramos el mismo sexo. Se casó con un pariente, Halbach también, su tío, creo. Edificó una gran casa en la esquina de Victoria y Tacuarí. Después fue de don Alejo Arocena.

     Tuvo este matrimonio sus días de auge y de felicidad (real o aparente). [80]

     Después desapareció del teatro social. Es ley de la vida que lo boyante no siempre sea duradero.

     La casa en que vivía el señor don Francisco Halbach era tan nueva, como vieja la de mi abuela, y tan distintas que en nada se parecían.

     Si no estoy trascordado, digo verdad afirmando que él la hizo edificar a la moderna.

     Llamaba la atención. Tenía mucho menos fondo que la de mi abuela, con sus tres patios como plazas (impresiones de la infancia, edad en la que todo nos parece mayor que después), quedando las caballerizas en el fondo. El que cuidaba los caballos era un tal Francisco, cochero de oficio.

     La cochera estaba por ahí, en el barrio, creo que frente al paredón de San Francisco, por el sur, donde mister White tenía sus carros.

     Francisco, Pancho como mi abuela lo llamaba, tenía vara alta con la señora mayor. Era un hombre grande, pardo, de cara simpática, muy cortés; nos infundía respeto. Y aquélla decía (me ha servido de observación): «Lo que prueba que Pancho es un buen cochero, no es cómo maneja los caballos, sino cómo atraca al cordón de la vereda».

     Esta casa, inolvidable para mí, es la única que he visto en el Río de la Plata con canceles.

     En una pieza larga, entre el primer y segundo patio, había dos. En uno de ellos estaba la cama en que dormía mamá Cachonga: una andaluza huérfana que mi abuela adoptó. Ya hablaré de ella a su tiempo. Se casó con un Leyes, correntino, tendero bajo los altos de la Recova Nueva, tío de Carlos Romero, que le sucedió en la tienda, haciendo después considerable fortuna.

     Mamá Cachonga, era jerigonza de los nietos, llamándose aquella mujer, buena como el pan bendito, Encarnación.

     En cuanto a los canceles, unas cortinas de paño color granate ocultaban lo que en ellos había, y eran un excelente refugio cuando los innumerables nietos, primos todos, jugábamos a las escondidas. [81]

     Mi abuela quería entrañablemente a esta hija adoptiva. Lo merecía. La quería tanto, que muchos años estuvo reñida con una antigua amiga, nada más que porque al regreso de larga ausencia le dijo, viendo por primera vez a mamá Cachonga, de la que había oído hacer muchos elogios: «¿Y ésta es la huerfanita que has adoptado...? ¡Me la habían ponderado tanto...! Pues no le hallo nada de particular».

     Leyes era un sujeto honrado, de buen genio, algo bromista. Nos entretenía mucho con sus cuentos.

     Cambió devorado por un espantoso mal de San Lázaro, que contagió a su mujer.

     Mamá Cachonga había criado a Carolina Bond. En su casa vivían. En ella murieron, sin asco de nadie.

     Era Carolina tan piadosa, como bueno Antonio, su marido, lo que no sorprenderá, siendo un Terrero. Y era, o mejor dicho, había sido en su primera juventud una mujer en extremo bonita de cara, con menos gracia, sí, que su hermana Enriqueta, otro tipo de rubia algo ñatita, con mucho gancho, casada con Felipe María Ezcurra.

     Enriqueta era tipo para el pincel de Rubens; Carolina para el de Murillo.

     Haciendo vida sedentaria, llegó a ponerse tan gorda que se transformó en globo.

     ¡Cuántos recuerdos! No de la infancia, sino de después, recuerdos de la quinta de San José de Flores, la primera de estilo que allí se edificó después de la caída de Rozas.

     A Carolina le gustaba muchísimo jugar a la malilla, y era cosa de risa ver cómo una mujer tan dulce se exasperaba cuando su compañero hacía alguna mala jugada. Si era Antonio, no se escapaba de un: «¡qué burro!»

     En la segunda de estas dos fincas de mi abuela, en la que quedaba, mirando al sur, frente a la esquina de San Pío, ahí nací yo (43). [82]

     Ya he dicho en alguna otra parte que eso era lo que en tiempo de los españoles llamaban «presidio viejo», y he contado mis terrores infantiles con motivo de las historias pavorosas que refería el tío Tomás, que casi nos hacía oír ruidos de cadenas. ¡Qué poder descriptivo suele tener la naturalidad de un sirviente!

     Para que mi hermana Eduardita y yo nos durmiéramos (yo sobre todo), el negro nos decía:

     -¿No oyes, niño, esos gritos...? Son las almas de los que están en los calabozos bajo tierra.

     Yo me tapaba con las cobijas herméticamente. Y el sueño venía con el miedo a veces.

     Estas emociones de la tierna edad me han dejado, ¿cómo diré? digamos un substratum de pavor inexplicable, pues ahora, viejo ya, todavía no puedo dormir tranquilo a obscuras; necesito luz, y no poca.

     ¡Curioso! Mi hermana era menos medrosa que yo. Dormíamos en el mismo cuarto, separadas las camas por una mampara. La negra María se ocupaba de ella. Simulaba a veces, tenía muchos recursos: un ruido como tropel de caballos, y le decía a Eduardita:

     -Dormite, dormite, hijita, mirá que si no ahí viene Lavalle a comerte.

     (Como en Inglaterra, que asustaban a los muchachos desobedientes con Napoleón).

     Mas después que el negro y la negra se iban, habiendo antes apagado la luz -la vela de sebo que era de molde o sea de casa rica-, y ambos muy convencidos de que dormíamos, porque no chistábamos, mi hermana me decía despacito:

     -¡Che, Lucio! ¿Estás durmiendo? Yo no he oído nada.

     A lo que yo, sin destaparme, contestaba, tiritando todavía:

     -Callate... no hablés, que tengo miedo y me ahogo, y ahora no más entra mamita (esto era lo más temible).

     -¡Zonzo, flojonazo! -continuaba ella. El silencio se [83] hacía, el sueño venía, muy intranquilo en mí, que solía despertarme gritando despavorido:

     -¡Que me tiran de las piernas! -Y eran como ataques de alferecía los que me daban.

     Mi padre se enojaba con los negros, diciéndoles:

     -Son ustedes los que han de tener la culpa; ya he dicho que a este niño no lo asusten con las ánimas.

     Mi madre intervenía, observando:

     No, Mansilla; si es que es muy canguiña... (palabra que no sé de dónde viene, y que desde entonces la tengo incrustada en la mollera como sinónimo de mandria). Ya ves cómo Eduardita no tiene miedo...

     Claro está que si de todo esto tengo la memoria, es porque mi madre me la refrescó muchas veces, riéndose de lo pánfilo que era yo cuando chico.

     Mi hermana jamás preguntó cosas como ésta: «Mamita: ¿qué vale más? ¿un caballo vivo o un caballo muerto?» Duda que me había asaltado una vez que, yendo en la volanta, vi en un pantano un caballo hinchado, agusanado ya... espectáculo bastante común entonces, lo cual no impedía, así como muchas otras inmundicias, que la gente gozara de salud robusta.

*

     Nuestros abuelos fabricaban unos hijos de padre y muy señor mío. No hay más que ver qué nenes hicieron la Independencia, la guerra civil.

     ¿Sería que vivían frugalmente, que no tragaban ni bebían, como nosotros, tantas substancias adulteradas; que se acostaban y se levantaban más temprano que nosotros; que no eran, no, tan disipados como nosotros; que si tenían sus quebraderos de cabeza (eran hombres), no eran tan libertinos como nosotros; y, finalmente, sería que el tributo matrimonial no era para ellos contribución extraordinaria, no entendiendo de dos camas, de dormitorios separados y [84] otros usos modernos de esos a que Balzac se refiere en la Physiologie du mariage?

     ¿Qué sería?

     No sé, o es poquísimo lo que sé; y este mínimum quizá lo sé mal, a lo que se agrega que, para decirlo, de poco me servirían figuras de retórica por el estilo de las del Lazarillo de Tormes: «no sería malo llamar a Pieres el capador para que lo hiciese músico».

     ¡Es tan agitada la vida de ahora, se vive tan aprisa y son tan excitantes las emociones que los teatros y otros espectáculos colaterales y afines nos proporcionan en este incesante movimiento del siglo de la electricidad!

     ¡Qué problema tan arduo, averiguar si nuestros antepasados eran más o menos felices que nosotros!

     Así como improvisando, y a pesar de todo (no voy a detenerme a especular), no estoy con Tolstoi, que desea que la presente generación sea la última, ni con otros pesimistas.

     Pienso al contrario, como Tyndall, que la historia de la humanidad es una historia de mejoramiento (en el orden físico) (44). [85]

     Lo que no puedo decir de un modo categórico, acendrando el concepto, es si hay paralelismo entre ese mejoramiento y el moral.

     Yo vine al mundo teniendo mi madre apenas quince años. Mi padre era ya abuelo.

     Un escritor moderno -de mi tierra-, ha escrito que la señora era «frívola». [86]

     Hemos de ver oportunamente la consistencia de esa afirmación superficial.

     ¿Se casó por amor la señora o la casaron?

*

     A estar a las explicaciones que alguna vez se me dieron, el enamorado era mi padre, lo que se comprende: mi madre era un primor. Aquél un gallardo militar, sumamente despejado, enhiesto, esbelto, no como Luis XIV que, siendo pequeño, pasaba por alto a los ojos de la multitud. [87]

     Los mismos historiadores de la época así lo pintaban. Voltaire, que si no lo vio con sus propios ojos, debió haber hablado del gran rey con no pocas de sus relaciones, gente de la corte, a cada momento repite lo de estatura majestuosa. «Es un error, dice Lamartine en sus memorias sobre el duque de Berry, creer que Luis XIV era de alta estatura. Una coraza que de él nos queda, y las exhumaciones de [88] san Dionisio no dejan duda sobre este punto «lo pequeño del personaje».

     Con razón se ha escrito que la historia comienza, como regla general, por la Novela y sigue con el Ensayo.

     A propósito, ya he hecho notar en alguna parte que la estatura que muchos le han atribuido a mi tío don Juan Manuel de Rozas, es pura novela. Ningún Rozas, mi abuelo era bajo, pasó de talla regular. Mi abuela Agustina no era [89] alta. En la familia sobresalió mi madre, que, propiamente, no era alta, como no lo era Manuelita Rozas.

*

     Era el modo como erguían el cuello lo que las realzaba. Acabo de decir que mi padre era abuelo cuando yo [90] vine al mundo. En efecto, había sido casado con doña Polonia Duarte.

     Tuvo con ella tres hijos, dos mujeres y un varón: Juan, el menor; Mauricia, la mayor; Pepa, la segunda.

     Al enlazarse matrimonialmente por segunda vez, todos [91] aquellos eran mayores que mi madre, y madres, como se colige.

     Mauricia era casada con Ricardo Sutton, norteamericano, excelente persona, pariente de don Tomás Livingston, barraquero de la calle Potosí, esquina de Salta o Santiago del Estero, respetabilísimo sujeto, padre de los dos Livingston que después han figurado en nuestra sociedad con cierto relieve.

     Ambos eran muy lindos muchachos, mucho más jóvenes que yo, lo que no quitaba que les tuviera envidia. Ellos andaban en petizo, pasaban siempre por casa, y yo no.

     Tenían miedo mis padres de que me cayera, pues no era mi fama la de mancebo atrevido.

     Yo iba con frecuencia a casa de don Tomás.

     Hacían unos panqueques con melaza, riquísimos: me chupaba los dedos.

     La señora de don Tomás era muy simpática, blanca, pálida, rubia, y la suegra, madre de Ricardo, con su cofia blanca siempre y unas antiparras con cerco de oro, tenía el aire respetabilísimo.

     En la barraca me divertía mucho mirando, ya que no podía montarlo, el petizo de los muchachos (Tomás y Frank, si mal no recuerdo) y las máquinas de aprensar lana.

     ¡Cómo ha pasado el tiempo y cómo cambia todo o casi todo con él!

     Con los muchachos acabé por no conocerme, y cuando la lucha entre Rocha y Juárez -siendo Frank juarista y yo rochista-, en un periodiquín de circunstancias Don Basilio sólo se le llamaba Frac-Leviton. ¡Perdón por aquellas molestias!

     Mauricia y Ricardo dejaron cuatro hijos. Lucio Sutton no sé qué se hizo. Después de la caída de Rozas, sólo he sabido de él que era estanciero en el Sur.

     ¡Con las catástrofes desaparecen tantas cosas! Hasta los mismos nombres cambian. Ved si no: por el lado de mi madre un pariente carnal que tenía nombre de pila «Rozas», archivó éste y se quedó con otro; y por el lado [92] de los parientes políticos de mi padre, uno que fue bautizado «Mansilla», si te vide no me acuerdo.

     Es la inmundicia de la historia, a que se refería el señor Oro. En el caso ocurrente, el olor no es tan nauseabundo; son cueritos que pueden sacarse al sol a título de vilezas, miserias o cobardías anónimas. En el transcurso de lo que venga, sí, ha de haber algo más que follonerías, infamias increíbles, documentadas.

     Por hoy: «No hablemos de ellos; pero ¡mira y pasa!» (45).

     Ricardo Sutton, hijo, fue médico, estudió en Estados Unidos e hizo la campaña del Paraguay, dejando buen nombre.

     Josefina, su viuda, se volvió a Estados Unidos, su tierra nativa. Era linda mujer, como para dar dolores de cabeza.

     Agustina Sutton se casó con un capitán de la marina norteamericana mercante, y ambos murieron jóvenes. Era muy atrayente y de muy buena índole.

     Emilia Sutton, la mayor, se casó con un doctor, médico y cirujano dentista. Tucksbury, que estuvo de paso en Buenos Aires. Mujer de mucho mérito era Emilia.

     Tucksbury tuvo su momento de moda.

     Él y Diego Alvear fueron los primeros que administraron el cloroformo.

     Diego acababa de llegar de Washington, y su apellido, su elegancia, su talento, tan Alvear, lo hacían el niño mimado de los salones.

     California absorbió a Emilia y su marido. No sé qué se han hecho. Emilia vino dos veces a Buenos Aires a ver a sus parientes. Visitó a mi madre con la que siempre se escribían y cambiaban fotografías. La señora -no es frecuente-, gozaba de mucho prestigio entre la mayor parte de los descendientes del primer matrimonio de mi padre. Verdad que era muy difícil substraerse al ascendiente amable de su persona, que entre otros encantos tenía uno envidiable: una zalamería natural, que provenía del deseo desinteresado [93] de agradar, aplicable a los grandes y a los chicos, a los ricos y a los pobres; de manera que nunca decía cosas que no fueran gratas, y la edad acentuó la cualidad.

*

     En cuanto a Pepa, viuda de otro norteamericano, Samuel Tebbets, sólo dejó una hija, Mauricia, que no ha sido feliz. No se parecía en el carácter a su padre, ni a su madre -el atavismo vendría de más atrás-, que fueron inofensivos, incapaces de fastidiar a nadie.

     Samuel fue chacarero en grande escala. Era hombre de buenas prendas, sencillo, lo mismo que Pepa, que, a veces, rayaba en la cantimplería, como dicen ahí, o sea, bobería en buen castellano.

     ¿De dónde vendrá cantimpla?

     Me canso de averiguar el origen de tanto neologismo como canguiña.

     Pepa vivió algún tiempo con mi padre (habitaba éste una casa que no era la tradicional de mi madre...) y Juan también.

     Muerto mi padre cuando la gran fiebre amarilla, yo los llevé a la mía, donde no incomodaban; ¡eran ambos tan modestos en sus gustos!

     Entre los míos murió Pepa, ¡que en paz descanse! Lo mismo que Juan, que no murió en mi casa, sino en otra de pariente más o menos directo, que se encargó de su felicidad...

     Este mi hermano había sido capitán de infantería, lo era cuando falleció, desde que el sueldo de tal gozaba. Jamás brilló por las armas. Conocía el servicio y siendo idéntico a mi padre, aunque mucho más bajo, en nada se le parecía sino en el aseo de la persona. Pasaba las horas fantaseando; ¿en qué? no sabría decirlo, y fumando cigarrillos negros de esos que ya no se ven (¡tan ricos que eran para los aficionados! Eran al fumar lo que las trufas a la gastronomía epicurista). [94]

     Mi padre lo casó, ya entrado en años, para que lo cuidaran, con una mujer muy hacendosa, frescachona todavía y bastante buena moza, que Pancha García se llamaba, y fue esto en San Nicolás de los Arroyos.

     De la primera mujer de mi padre, Polonia Duarte, madre de Mauricia, Pepa y Juan, poco sé. Tampoco sé gran cosa de mis abuelos paternos, lo cual se explica. Nunca conocí a mi abuelo, don Andrés Mansilla, ni a mi abuela doña Eduarda Bravo.

     Mi abuelo Andrés, de ahí que mi primer hijo así se llamara, era hombre de historia.

     Mi abuela Eduarda, de ahí igualmente el nombre de mi hermana, la que casó con Manuel Rafael García, «de linaje generoso», emparentado por los Aguirre con mi abuela Agustina, fue matrona de gran voluntad y muy austera. Tanto de ella como de él, mi abuelo, nombrándolos unas veces, callando otras, me he ocupado en mis Causeries, lo que no quita que sobre el asunto vuelva así que llegue la oportunidad. Aquí viene como pedrada en ojo de boticario agregar: que la familia de Mansilla tiene dos ramas, la legítima, o sea la de la prosapia del señor doctor don Manuel Mansilla, y la de mi padre, la espuria.

*

     De esta rama fueron descendientes mi tía Cayetana Mansilla, la mayor. Nada notable en su vida. Tuvo una hija, Anita, que casó con un Ojeda. Vivían en una chacra propia por los Santos Lugares, haciendo el bien. Gente muy sencilla.

     ¿Cometo aquí un lapsus calami cuando digo que Anita se casó con un Ojeda? ¿O era Ojeda el apellido del marido de mi tía, y el del esposo de Anita uno con el que no doy?

     Me pego en la frente, que según la creencia popular, es la parte del cerebro pensante. Nada, nada. La ciencia histológica afirma como resultado de sus últimas investigaciones que la práctica o el ejercicio del pensamiento, no le agrega [95] una sola unidad al número total de células nerviosas cerebrales con que nacemos, la friolera de dos mil millones. Agrega que esas células son significativamente incapaces de división o reproducción. La experiencia del vivir, meramente modifica el estado de las células ya presentes. Esa modificación es memoria. No me falta. Pero, pienso y repienso ¡silencio!

     ¿En cuál de las células estará dormitando profundamente el recuerdo, que en vano me empeño porfiadamente en evocar?

     Pues entonces que en éste como en otro caso (sospecho, que algunos ocurrirán en los que trueque los frenos, sin que por eso el fondo resulte otro), que tenga indulgencia el lector que supiere mejor que yo las cosas.

     ¡Cuánto qué!

     ¿A quién apelar?

     Estoy en este momento en ese estado de indecisión del espíritu que no permite formar juicios acertados: una afasia.

*

     Cerca, entre una jauría de perros bravísimos y de barricas de Le Roy o sea el panquimagogo, así le decían, aunque era también un vomitivo fuertísimo, tenía su chacra mi tío lejano don Mateo García Zúñiga, esposo de mi tía Misia Rosalía Elía, madre de Clara, la que casó con José María Zuviría. Era un excéntrico, amigo de mi padre de larga data, una especie de malade imaginaire. Andaba siempre de poncho y sombrero de Guayaquil. Tendré que consagrarle una página a esta familia y a los suyos. Su vida tiene que hacer con la historia doméstica de Entre Ríos. Pero será para lo que no he de leer yo en letra de molde.

     Mi tío Mateo y mi tía Rosalía, que era como yo los llamaba, ella y mi madre fueron íntimas, después de vivir en Buenos Aires en la calle ahora Defensa, frente a la vieja casa, como una fortaleza, al llegar a la esquina de México -casa que fue del rico y honrado comerciante catalán [96] D. Juan Vivot-, se fueron a Montevideo, donde murieron, dejando inmenso vacío entre los pobres, pues eran tan caritativos como acaudalados.

     Esto del Le Roy requiere un párrafo especial antes de seguir enumerando la prole de mis abuelos paternos.

     Especulemos un momento. No estaba en boga la medicina expectante. Los flebótomos abundaban. Sangrías, vomitivos y purgantes hasta que sane o reviente, parecía ser el aforismo de los galenos en general. En algunas familias, la de Terrero, por ejemplo, el uso para toda dolencia, del específico, era de cajón. En mi casa, con un solo dato estadístico, estará dicho todo: mi hermana Eduardita antes de los doce, y yo con un record aproximado al de ella, antes de los quince, habíamos tomado cerca de ochocientos vomitivos y purgantes.

     Mi repulsión, particularmente, por la nauseabunda droga era tan grande, que fue menester que se hiciera una cuchara de plata, de forma especial, para hacerme ingurgitar, tapándome las narices, íntegra, no siempre, que me agitaba como un energúmeno, entre dos o tres sirvientes nervudos, la dosis reglamentaria de la prestigiosa poción.

*

     Hay olores inolvidables. Esta sensación es más persistente que la del sabor. Llega en algunas narices a ser un fetichismo.

     Un monsieur de Lerminier, que estuvo en el Río de la Plata con misión científica, creo, del gobierno francés, se encontró inopinadamente en París algunos años después con mi hermana Eduardita.

     -Qué sorpresa, doña Eduarda; ¿desde cuándo por acá?

     -Hace meses; ¿y cómo está usted?

     -Muy bien, ¿y por allá?

     -Nada de nuevo.

     -¡Cómo me acuerdo de su país!, doña Eduarda; lo extraño mucho, muchísimo. [97]

     -¿De veras?

     -Sí, se lo digo con toda verdad; aquel olor delicioso, sobre todo, inolvidable.

     -¿Aquí en París, donde los perfumes son exquisitos?

     -Nada como el de allá.

     Picada de curiosidad:

     -¿Pero qué olor?

     -¿Usted permite, doña Eduarda?

     -Y cómo no.

     -El olor a catinga (46).

     Le Roy (o Leroy, ha habido varios médicos de este nombre, no sé cuál de ellos inventó el específico), teniendo una base de aguardiente, yo no pude sentir el Cognac, Oporto, Jerez, y mucho menos beberlos hasta los treinta y ocho años.

     Esta remembranza hará que, cuando lleguemos a cierto momento de mi vida de hombre de acción, procure demostrar que puede no estar de más, en ciertas horas decisivas, calentar el estómago con unos tragos de cualquier bebida alcohólica, como medio, casi seguro, de perder el miedo, no al peligro, sino a la responsabilidad, miedo que suele ser obstáculo, estorbo, barrera insuperable para que alcancemos lauros fáciles.

*

     Después de mi tía Cayetana, venía mi tía Hermenegilda, en seguida mi tía Francisca, finalmente mi tío Justo, que se casó en Montevideo con Rosalía Lemos. Tuvieron tres hijos: Carlota, Juana, Adolfo. Éste, que fue un eje maestro en mi familia (de ahí la casa de comercio «Adolfo Mansilla y Cía.», que estaba en la calle Victoria, mirando al norte, entre Piedras y Tacuarí), se casó con Mauricia Román, maduro ya, dejando dos hijos al morir, muy buenos jóvenes, hombres de porvenir, Mariano y Adolfo. [98]

     Mi tío Justo fue protegido de mi padre y militar de circunstancias en Entre Ríos. No lo conocí; pero muchas veces oí hablar de él como de un tilingo.

     Refería mi padre que en un banquete popular pidió la palabra, con asombro de todos, cuya incapacidad oratoria conocían o sospechaban, para decir: «Brindo, señores, a la salud del más valiente, del más buen mozo, del más generoso de todos, mi hermano su excelencia el señor gobernador». Brindis clásico, si los hay, como tipo de necedad palaciega sin saberlo, que fue muy aplaudido, diciéndose interiormente el aclamado: «¡Qué burro es este Justo!». Lo que no fue ciertamente el rasgo característico de su hijo, mi primo Adolfo. Un atavismo de abolengo, sin duda, porque mi tía Rosalía, sí era buena señora, no se perdía de vista.

     Mi tía Hermenegilda no fue casada; vivió muchos años con mi padre. La recuerdo como entre sueños. Tenía la cara deformada por un accidente que debió matarla: el techo del cuarto en que dormía se le cayó encima. Se salvó por milagro. Era sorda, una tapia. Mi padre decía a veces, mirándola: «¡Y tan linda que era la pobre!».

     Mi tía Francisca vivía en la calle de Chile, entre Tacuarí y Buen Orden; por ahí cerca quedaba en la esquina Tacuarí, la «Cancha de pelota», a donde yo no iba sino de oculto. (Mi madre no entendía de que frecuentara sitios donde se decían «malas palabras», su estribillo).

     Fue casada con un español, hombre de mucho saber, matemático consumado (no le conocí sino por referencias de mi padre, que lo estimaba en alto grado). Llamábase Santiago O'Donnell.

     Tuvieron los siguientes hijos:

     Santiago, militar, no fue feliz en su carrera ni en nada. No tenía malos sentimientos. Le conocí algo.

     Faustina, que murió loca furiosa. Años y años estuvo enchalecada. Era lindísima. No la mandaron al hospital, como entonces se decía. La piedad materna la tuvo a su lado. ¡Desgraciada! Niño yo, me hacía el efecto de un animal [99] irracional, cuando iba a casa de mi tía Pancha y la veía y oía gruñir como una fiera en el cuarto que le servía de jaula.

     Dolores, que se casó con un portugués, Carvalho, hombre respetable, con cierta instrucción y cultura. Fue tenedor de libros en la susodicha casa Adolfo Mansilla y Cía. Era alto, blanco, vestido siempre de levita; tomaba rapé y, cuando se ponía a estornudar, pañuelo pintado de la India en mano, era cosa de nunca acabar; se paseaba y se paseaba, resonando y resonando con inusitado estrépito al despedir el aire, irritada la membrana pituitaria de aquel naricísimo, que debía ser todo un fenómeno anatómico.

     Su prole no fue numerosa.

     Paso...

     Paula era una mujer hermosa, de bellos colores. ¿Qué se hizo? Juraría que no se casó. ¿A quién preguntarle aquí cuál fue su suerte?. ¿Y Antonia?

     Elías: éste casó con una Carranza. Tenía de su padre el talento, y de mi tía Pancha algunas originalidades. En mi juventud tuvimos contacto. Después se esquivó. Lo sentí; le quería. Y tenía de él muy buen concepto.

     Sabino fue sobrino predilecto de mi padre, y mi madre lo trataba con cariño.

     Médico. Tenía muchísimo espíritu, era instruido, hermoso hombre y en extremo afable y agraciado. Se reía con una buena gana particular y, al hacerlo, abriendo mucho la boca, hacía ver dos hileras de dientes blancos, pulidos, maravillosos. Mi padre le decía: «Más lindos que los míos; pero no doblan un patacón».

     Hay en la vida de Sabino, llena de alternativas, páginas que no son para este lugar. Fue, en cierto sentido, un precursor. Tuvo, por consecuencia, que ser un déplacé. Casado en segundas nupcias, dejó hijos e hijas. Los varones figuran con brillo en el ejército, como figuraron en España sus antepasados, y el mayor tiene este otro mérito: es un autodidacto. Cuando comenzó conmigo su carrera militar, sólo tenía muy linda letra. Fue en el Río IV. [100]

     Después él se buscó solo su camino.

     De Sabino tengo impresiones gratas, vivaces.

     Recuerdo la letra clara de las cartas chispeantes que le escribía a mi hermana Eduardita, de Córdoba, cuando se fue a buscar fortuna, que no halló, por las Provincias. Andaban de mano en mano. Mi hermana las mostraba con ufanía cuando alguno de los tertulianos de mi madre preguntaba: -¿Han sabido ustedes de Sabino?- Sí (se apresuraba a contestar la señora, contenta a su vez de la distinción afectuosa de que era objeto su hija tan inteligente cuanto precoz), ésta tiene una carta que nos ha hecho reír mucho; a ver, hijita, tráela y la leerás (lo que la chiquilla hacía con sumo donaire).

*

     Éste es un cuento suyo de hospital.

     Había un loco al que le daba por ser Neptuno. Todo lo que empuñaba era, para él, la famosa insignia dentada.

     Fuera de eso era tan cuerdo como cualquiera de nosotros.

     Un día de mucho calor atendía Sabino en mangas de camisa a un enfermo.

     Le había aplicado ventosas. Ya estaban coloradas, había que sajarlas.

     En aquel tiempo se vivía cortando y derramando sangre... El escarificador listo esperaba la mano del operador. El loco ayudaba. Sabino esgrime las aceradas puntas. El rojo espeso fluido afluye... El ayudante, al verlo rutilante, se entusiasma. Agarra su tridente y gritando furioso: ¡Neptuno! ¡Neptuno! se lo aplica a Sabino en las espaldas una, dos y cuantas veces puede, probando la aventura que de loco todos tenemos un poco, y que la prudencia no debió fiarse tanto en la cordura de Neptuno que, como es sabido, tiene gran afición a desatar tempestades.

     Repito que sin perjuicio de volver sobre los antecedentes genealógicos de uno y otro; porque hay en ello su [101] moralidad, probando que las faltas de los padres recaen en los hijos hasta la cuarta y quinta generación, no perderían mucho su tiempo los que en mis ya varias veces citadas Causeries buscaren mediante, el índice nominal que cada volumen tiene, las dos tituladas: «La torre de Londres» (donde mi abuelo Andrés estuvo encerrado) y «Cuadro para una novela» (que se relaciona con mi abuela Eduarda)

     Mi referido pariente Manuel Mansilla anduvo muy afanado (no sé por qué) en divulgar aquel secreto a voces. Lo vio al malogrado Fray Mocho, fundador de Caras y Caretas, mostrándole unos papeles que el pobre se rehusó a utilizar en nombre de esta noble excusa: «Soy amigo del general Mansilla; le debo muchas consideraciones y estímulos». Esa contestación fue la mejor lección que pudiera recibir mi viejo pariente, digno de todo respeto, por otra parte, a pesar de la venial flaqueza, tan inexplicable cuanto fácil de remisión.

     ¡Inexplicable! No tanto.

     Madama Arnould, habiendo ido un día a visitar a Voltaire, oyó de labios de éste: «¡Ay! señora mía; tengo ochenta años cumplidos, y he hecho ochenta y cuatro tonterías!». «¡En verdad -se apresuró ella a observarle-, que tiene usted razón de quejarse! Yo no tengo sino treinta y cinco, y he hecho ya más de mil».

     El caso mío quizá, doblando la suma, aunque lo que es incurrir en debilidades blasónicas por el estilo no recuerdo, no obstante que entre mis cuadros tenga uno con las armas que fueron de mis antepasados por la línea materna (Ortiz de Rozas).

     No seguiré adelante sin consignar que los Beccar, no conozco sino los que todo el mundo conoce en mi tierra, por su honorabilidad y su longitud, son colaterales de los Mansilla finos -sin mezcla conocida-, de la catadura de [102] Manuel (mi primo, como decía mi padre, y a mi madre se le quedó la costumbre) (47).

     Lo cierto es que entre esos Mansilla y los de mi camada no había intimidad. Yo, al menos, cuando con el más conspicuo de ellos me cruzaba, es decir, con Manuel, todo se reducía a un saludo mutuamente cordial.

     He puesto un «por qué» entre paréntesis y aunque por regla general sea dificultosa la respuesta a semejante interrogación, temerariamente me aventuro en busca de la clave.

     ¿Qué será? ¿Qué no será?

     Es el señor doctor don Manuel Mansilla un tan conocido caballero desde que era magistrado en tiempo de Rozas, que bien vale la pena discurrir sobre el caso siquiera perfunctoriamente.

*

     Mi primera suposición es ésta (el método de las suposiciones no es de rigor histórico, ¿pero qué hacer?): con la punta del pie ya en la raya de las fronteras de la eternidad -perdóneseme la metáfora-, ¿qué interés temporal podía tener en sacar a relucir sus pergaminos limpios como piel de armiño, dañando en cierto sentido la memoria de otros, y olvidando que ante todo somos hijos de nuestras obras? [103]

     ¿Qué interés temporal?

     Ninguno.

     Todo el que le conoce hace justicia merecida a su carácter, a sus antecedentes de juez y de federal inofensivo en la época de Rozas.

     ¿Y entonces?

     No me acusaré como Montaigne de tener todos los vicios, ni diré que si tengo alguna virtud me ha venido a hurtadillas, ni que no hay hombre bajo las estrellas que no haya merecido cinco o seis veces la horca.

     Pero...

     ¿No será que a este pariente -lo mismo que a otros-, le ha dado en cara mi libro Rozas, Ensayo histórico-psicológico, y que, no habiendo perdido el pelo de la dehesa, cristalizado en sus convicciones de antaño, ha querido castigar al sobrino (desagradecido, traidor, son vientos que me han llegado), como si por querer, como yo le quería a mi tío, estuviera obligado a encontrar que su larga dictadura no fue cruenta y, sobre todo, estéril para el país y para él mismo?

     Mi madre, tan entendida, no entendía que su hermano había sido lo que fue. No me habló ni palabra de mi libro, que por otra parte yo no le presenté, respetando sus convicciones, pura pasión.

     Otros se lo dieron. Ella les dijo: «Yo no sé de dónde ha sacado Lucio eso...».

     Mi Ensayo histórico-psicológico no es una disquisición romántica, ni un libro de parti pris como el de mi otro pariente por enlace, Manuel Bilbao, sino un estudio jalonado por hechos, para que otros con las dotes del verdadero historiador, es decir, de imaginación suficientemente poderosa para darle colorido y animación a los cuadros, y mucho dominio sobre sí mismo para rehuir las hipótesis, completen o perfeccionen lo que sólo está archivado en Verbo convencional inerte.

     Hay momentos en los que es uno arrastrado por el encadenamiento de las causas y de los efectos o lo que llamaremos [104] la fatalidad, esa fuerza más fuerte que la voluntad del hombre.

     Los que como mi pariente D. Manuel Mansilla sirvieron a Rozas de buena fe, teniendo edad, yo no nací a tiempo para ello, de no ya se calcula lo que habría sido mi alma el 3 de febrero de 1852 (hoy día casualmente es 3 de ese mes, año 1904), esos servidores conscientes, convencidos, constituyen así un fenómeno moral interesante, un vínculo entre lo que fue y lo que es, con sus prolongaciones espirituales en los hijos, los nietos, los biznietos; porque si la tradición se evapora como el humo, extinguido el fuego de las pasiones fratricidas, queda la atmósfera de la parentela, lo cual explica hasta cierto punto rivalidades subsiguientes, adventicias. En otro sentido lo que vengo observando: una tendencia reaccionaria, léase, algo así como vibraciones de un empeño latente o sean vagos anhelos de la conciencia histórica mortificada, queriendo hallar explicaciones plausibles para descaracterizar la tiranía.

     Yo no sufro de eso.

     Al contrario.

     Cuanto más lejos miro, atrás, más abominable hallo aquello. Escudriño los repliegues íntimos, no descubro nada en mi alma que se parezca a odio teórico.

     Repito que mis impresiones infantiles por el hombre persisten.

     Pero...

     ¡Sé tantas cosas!

     Como en una pesadilla angustiosa casi siento dentro de mí una entidad quimérica, con dos caras, que veo, apacible la una, la otra que me conturba.

     En cuanto a esa tendencia, me la explico por otras razones también además de lo ya insinuado.

     ¿Tendrá sanción definitiva?

     No lo espero.

     La historia no tiene por diosa a Némesis, ni código que imponga perpetuo silencio; admite el olvido y hasta el perdón, de los que colaboraron medrando o como máquinas, [105] por cálculo o por miedo. Pero si no responsabiliza a sus descendientes, tampoco tolera, sin protesta, que se mistifique la verdad verdadera.

*

     En todo caso, la cuestión se plantea y se resuelve con este criterio histórico: «Es que han pasado cincuenta o sesenta años; es que los mismos hechos no se nos presentan bajo el mismo aspecto, y no por eso han cambiado de naturaleza, ¡no, sin duda alguna! Son ahora lo que eran entonces (fuera Rozas o no, y lo era, un producto genuino del medio).

     «Nada nuevo hemos aprendido sobre ellos o muy poco; pero hemos vivido...».

     Y no sólo hemos vivido, sino que la inmigración extranjera nos ha envuelto.

     Con su incorporación activa, incesante a nuestra vida social en todas sus manifestaciones, particularmente en Buenos Aires, donde, por decirlo así, se fragua, no tanto el sentimiento cuanto la opinión nacional, poco a poco se ha ido formando un juicio anónimo favorable al gobierno de Rozas.

   Las «facultades extraordinarias» no se ejercían contra el extranjero, que tenía siempre detrás al cónsul, al ministro, los cañones de su bandera.

     El gringo, como regla casi sin excepción, ocupaba una posición favorecida. La tradición transmisible que ha dejado no es la de los padecimientos sufridos. Al contrario. Cuando he escrito «gringo» no me he referido a los españoles, que no gozaban de los mismos derechos que los otros extranjeros.

     Ser inglés, verbigracia, ¡qué pichincha entonces! De ahí que entre los españoles del Río de la Plata el juicio sobre la tiranía de Rozas, que no los distinguía, sea diferente del juicio de otras nacionalidades.

     En medio de esa confusión de lenguas y del entrevero cosmopolita, los apellidos coloniales se pierden como escasa [106] mostacilla entre gruesa munición; de donde resulta que, para juzgar a Rozas, el criterio filosófico que se aplica es el del refrán: cada cual habla de la feria según le va en ella.

     Así, frecuentemente, se les oye decir a algunos viejos, quedan pocos, o a sus descendientes, despechados con esa leche: mejor era en aquel tiempo; lo cual no quita que sean tan patriotas como el más pintado, amando la tierra en que nacen más, mucho más que la de sus padres, aunque hay excepciones.

     ¡En aquel tiempo!

     ¿Cómo no les había de parecer bueno a los que no eran argentinos, si ellos y sólo ellos podían reunirse a conversar...?

     Sólo había un club, el de «Residentes Extranjeros», especie de Sancta Sanctorum; de donde el criollo estaba legalmente excluido. Era una Papia lex a la cambiada.

     Me acuerdo muy bien que cuando por sus ventanas pasábamos, aquella casa nos hacía el efecto de una mansión de gente privilegiada extrahumana.

     Hasta recuerdo un dicho de mi padre al respecto: «El secreto de la felicidad en esta tierra consiste en ser extranjero».

     Se pretende también que el gobierno en general -prescindiendo de lo político-, es decir: la justicia, la administración fiscal, la policía, era mejor, mucho mejor de lo que se piensa, y se entablan comparaciones irrisorias.

     Seguramente que Rozas no se apropiaba los dineros públicos de la provincia de Buenos Aires con la aduana única (hay que circunscribir la escena), dineros de que podía disponer discrecionalmente: empleándolos bien o mal.

     Era honrado, gran estanciero y hacía negocios, eso sí. La tierra argentina fue y continúa siendo tierra de trabajadores. El que en ella no trabaja, desaparece o perece de tedio.

     Hasta cuando las cosas valían poco menos que nada, se trabajaba por adquirir más.

     Es ley universal, aunque haya países donde sólo se vive, como sucedía en el Paraguay. [107]

     Allí todo, casi puede afirmarse, era del estado, es decir, de una familia: la de López.

     El corredor de mi tío era un santiagueño, don Pablo Santillán, hombre probo a carta cabal; el padre de Pablito, que casó con una mujer que era una paloma. Tenía el título de doctor en medicina. Curaba o no. No sé. No fue mi médico. Sólo fue mi compañero de correrías en París y el mortal más parecido que puede darse en estatura y apostura -asómbrese el lector- al general Prim, el paladín español. ¡Tan poco cuerpo para tanta bravura!

*

     Pero el gobierno, en el sentido indicado, padecía de los mismos males de ahora, males que eran denunciados en otra forma y modo, no habiendo los medios de publicidad modernamente establecidos.

     Era, sin embargo, arriesgado quejarse. Había, por consiguiente, empleados, funcionarios civiles y militares, judiciales, policiales, altos y bajos, más o menos íntegros, más o menos accesibles, más o menos venales; y eran conocidos como lo eran los grandes contrabandistas, entre los cuales figuraba un personaje de alto coturno comercial, tucumano, y un empleado de copete.

     Ambos dejaron millones.

     Los del empleado, no era casado por la iglesia, se evaporaron. ¿Cómo? No sé. Como se evaporan tantas cosas después de una revolución, que no deja títere con cabeza.

     La gente de antaño, aunque fuera más sencilla en sus costumbres que la de ogaño, no era mejor ni peor que los ejemplares con los que a cada paso nos codeamos.

     Era otra gente y nada más.

     Vivían de otro modo, pensaban de otro modo, sentían de otro modo, aunque fisiológicamente (no digo etnológicamente) fueran los mismos que hemos visto después, y que todavía vemos, algunos añosos ya.

     Téngase presente que el país era muy pobre, que muchas [108] cosas que ahora valen, entonces no valían, las yeguas por ejemplo; por eso, ya no usan bota de potro los pocos gauchos que van quedando.

     Había más raterías que grandes robos. Ponderativamente podría exclamarse: ¡si no había qué robar! Las puertas de muchas casas no se cerraban o se cerraban mal. Las paredes de los fondos eran bajas en general, y los cercos interiores o exteriores, cosa de nada, lindando con terrenos vagos.

     Los mismos dramas, tragedias y crímenes, ocasionados por la pasión -los habrá mientras haya amor y celos-, eran menos complicados que en estos tiempos; porque la vida en general también lo era.

     Pero, a pesar de todo, una indagación estadística, comparando los escasos datos que los archivos del pasado contengan, con los que el presente posee, dejaría, me parece, muy mal parada la tesis de los reaccionarios a que me he referido al abordar este punto.

*

     Negar los beneficios del progreso sería como sostener que el jabón no lava.

     Otra vez lo he dicho, apoyándome en autorizado pensador: el progreso es «una necesidad».

     Y últimamente, cuando estuve en Buenos Aires, a todos los que me hacían el favor de visitarme y escucharme, les repetía: el progreso es una obra mundial, colectiva, anónima, y todos los grandes acontecimientos como el Cristianismo, el descubrimiento de América, la Revolución Francesa y la emancipación de las colonias españolas, portuguesas e inglesas, marcan una etapa en la gran vía de la civilización de tipo humanitario, o sea de la confraternidad del género humano en la igualdad social democrática.

     En los campos, el robo, el cuatrerismo eran un modus vivendi. En algunas provincias tomó tales proporciones que el que robaba un zapallo recibía cuatro tiros. [109]

     En lo que sí no hemos adelantado mucho es tocante a la empleomanía; herencia que recibimos de la madre patria, que contra ello todavía se debate.

     Sobre este ítem la comparación arrojaría cifras desfavorables.

     Verdad que la espina dorsal del país -en su estagnación-, no aguantaba como ahora impuestos múltiples y tan pesados como los que vemos; unas veces porque hay perspectivas de guerra, otras porque las tuvimos, ora porque hay una gran inclinación a vivir a costilla del prójimo.

     Epilogando: la masa popular, gravada directa o indirectamente, cada vez más y más, y no muy visibles las compensaciones que de ello le resultan, en tanto que la burocracia se difunde boyante, voraz en ambas esferas, la nacional y la provincial.

*

     Habiendo mencionado a doña Polonia Duarte, no quiero dejar de referir aquí un coloquio que tuve con mi padre, anciano ya.

     El método adoptado por la índole introspectiva de este escrito me obliga a ello, a hablar de cosas del niño hecho hombre, cuando es del niño del que se trata principalmente, léase: a entrar en consideraciones inactuales.

     Era una noche de invierno, al lado del fuego, en Buenos Aires, calle Santiago del Estero.

     ¿Por qué ahí, y no donde vivía mi madre, calle Alsina? ¡Ay de mí! Todo vendrá a su tiempo.

     -Tatita, usted sabe cuánto lo quiero y respeto; pero hay en su vida un punto obscuro, una sombra que me gustaría despejar.

     Mi padre tenía confianza conmigo, y si no era cauteloso era muy cauto. No entraba así no más en confidencias. Se puso en guardia, y con esa voz que era un estilo en todos los hombres de la guerra de la Independencia, voz de bajo profundo, que nos hacía tomarlos, a muchos de ellos, por [110] más hombres que otros, olvidando que el gran Belisario no sólo era diminuto, sino que tenía voz meliflua de mujer, me contestó, arqueando las enormes y pobladas cejas que adornaban sus grandes ojos negros, redondos, brillantes como azabaches, expresivos, penetrantes:

     -¿De qué se trata?

     Por el aspecto de aquella transfiguración instantánea y conociéndolo algo me dije: a este toro hay que tomarlo por las astas.

     -¿Por qué se separó usted de su primera mujer?

     Compuso toda la persona rectificando el desplante, aseguró las gafas y, como quien se prepara a templar un instrumento, arrancó de la garganta dos ¡hum! ¡hum! afinados, que suavizaron su voz:

     -Hijo mío...

     -Tatita... soy quizá indiscreto (los motivos podían ser, en efecto, de los que no se confían sin rubor)...

     -¡No! (su entonación fue de inequívoca sinceridad...)

     ¡Qué instrumento el de la voz! No es tanto la palabra como el eco, lo que nos ha sido dado para disimular el pensamiento o inducir en error.

     Musset cantó:

Cest cette voix du coeur qui seule au coeur arrive.

     Recuerdo aquí por asociación persistente de especies en ese orden de ideas algo que se relaciona con el estilo, o modo de hablar, e interrumpiendo el coloquio, voy a interpolar a guisa de indirecta para los que se estiran demasiado; quizá como enseñanza de que la naturalidad en el decir es también un género persuasivo de elocuencia.

     Así como los guerreros de la Independencia ahuecaban la voz, así los politicastros del tiempo de Rivadavia, imitándolo a éste que era algo hinchado y retumbante en su lenguaje, llegaron a hacer rodar tanto las «erres» y a abusar tanto [111] de la conjunción «y» y de los puntos suspensivos, para darse tiempo de rumiar la frase insubstancial, que lo que nosotros decimos ahora en un verbo, ellos no podían articularlo sino en unos cuantos segundos.

     Estilo moderno: Señor presidente, pido la palabra (así es en el Congreso, por ejemplo, ¿no es verdad?...).

     Estilo antiguo: Señorrr prresidente, pidooo la palabrrraaa...

     Estilo moderno: Sostengo que esto es contrario al reglamento y me opongo a la reconsideración.

     Estilo antiguo: Sostengooo queee esto es contraaario al rrreeeglamento yyyy... me ooopongoooo a la rrreeeconsideracióóón...

     Pues aconteció que el gobierno de Buenos Aires le mandó un enviado a don Estanislao López para inducirlo en cierto sentido.

     El señor don Domingo de Oro era su secretario. Él me refirió el caso.

     Don Estanislao conferenciaba; don Domingo esperaba en la antesala, curioso y ansioso, y temeroso de que el caudillo cediera.

     Santa Fe estaba en paz o en guerra con Buenos Aires según las exigencias y los intereses de circunstancias de los partidos o círculos porteños.

     No quiere esto decir que si estaban de paz hubiera completa seguridad para los estancieros de este lado del Arroyo del Medio.

     Del otro, poca o ninguna tela había en qué cortar.

     Velai: era la madrugada.

     -Levántese, compadre, que aquí le traigo una tropilla de lo lindo, todos cebrunos...

     El comandante militar del Rosario, saltando de la cama más pronto que ligero y una vez fuera del rancho a orillas del pueblito:

     -¿Y de dónde ha sacado eso, compadre?

     -De la otra banda, pues...

     -Pero compadre, no sea bárbaro; ¿no ve que el viejo [112] (nombre popular de todo caudillo, aunque no lo fuera), ha hecho las paces con los porteños?

     -¡Eh! ¿y a mí qué me importa? yo no las he hecho; allá hay buenos pingos, y cuando los necesite he de ir a buscarlos...

     El enviado salió... don Domingo entró:

     -¿Y qué tal, señor, cómo le ha ido, se han arreglado?

     -No, amigo...

     -¿Qué le ha parecido el hombre?

     -No parece mal sujeto. Pero tiene unas íes tan largas... que me ha hecho desconfiar, y le he contestado que vería...

     Debía ser un tonto el tan campanudo embajador. Supe su nombre. Lo he olvidado.

*

     Ahora vuelvo a mi padre.

     -«No -continuó-. Antes de contestar a tu pregunta, necesito explicarte que, en mi tiempo, si uno se prendaba de una muchacha no se la galanteaba como ahora. Óyeme: cuando en la iglesia o pasando por su ventana veía uno una joven que le gustaba, para ponerse en relación con la familia y acercarse así a ella, había que buscar una persona amiga de la casa, que diera los pasos consiguientes respondiendo de las buenas prendas del candidato y de sus honestas intenciones.

     Entretanto, las miradas furtivas al pasar por delante de la casa, al entrar y al salir, en la iglesia, no cesaban, esperando el día de la presentación.

     Las visitas se reducían a lo que verás.

     Había el estrado colonial: consistía en una pieza más o menos amueblada, con su correspondiente sofá, o tarima, en algunas casas de ladrillo o adobe, generalmente cubierta de alfombras y cojines. Ocupaba un testero. Enfrente se colocaban las sillas en semicírculo. En ese sofá, o como sofá, se sentaban la dueña de casa, la madre, la abuela, las personas [113] principales en suma. Las jóvenes de la familia, sus amigas, y los visitantes de toda edad en las sillas. Aquello era seco, frío, aburrido. Al entrar y salir, le daba uno los dedos de la mano a las personas mayores, y durante la visita apenas hablaba. Sólo, pues, con los ojos podía uno decirse mutuamente: te amo. El tiempo corría. La obra de devastación era cada día mayor. Al fin se sentía uno vencido. El casamiento venía, y con él los desengaños, respecto del carácter y otras particularidades.

     No se conocía uno.

     Eso me pasó a mí.

     Tres licencias tuve, de días. Representan tus tres hermanos: Mauricia, Pepa y Juan.

     Al fin resolví vivir en mi casa. El hijo que deseaba había nacido, Juan. Pero lo que no había tenido tiempo de ver en aquellas visitas pasajeras al hogar, tuve que verlo al fin.

     Resolví...

     -Polonia, le dije un día, vista usted a los niños y póngase su rebozo que tenemos que salir. Obedeció. Era muy bonita. Con el rebozo estaba preciosa. Salimos. Me fui a casa de sus padres, y les dije, mandándola a ella al comedor, para que no oyera:

     -Vengo a devolverles a ustedes su hija.

     Quisieron discutir, alzando la voz.

     -Nada de escándalo, les observé; sería peor.

     Esa señora es mi mujer, esos niños son mis hijos, ambos llevan mi apellido; yo pagaré lo que sea menester para que todos ellos vivan decorosamente. Pero ni un minuto más viviré con ella...

     Hubo una pausa; mi padre agregó:

     -Así fue como me separé de Polonia... -y acentuó el Polonia significativamente.

     -Tatita -repuse- usted me dice cómo; yo deseaba saber porqué.

     -¡Hijo mío! Polonia era tonta, tonta de capirote; para no [114] hacerla infeliz, la devolví a sus padres. ¿Qué me hacía yo con un ente así en mi casa...?

     Nos quedamos un brevísimo instante mirándonos, y él, como maliciara que sus causales me habían dejado más enterado que satisfecho, continuó:

     -Tenía además otro defecto. ¡Atroz!

     -Intenté curarla. Imposible. Las costumbres crean una costra dura como concha de tortuga. Su improlijidad era insoportable. Ya sabes cómo soy yo en esta parte... el aseo del cuerpo.

     Sin ese defecto, ¡quién sabe! quizá me resuelvo al martirio de vivir en común con una tonta... ¡era tan linda!»

*

    A más de muy joven, era mi madre muy amuchachada cuando se casó con mi padre, el general Mansilla, y así me expreso y remacho el clavo del pleonasmo por lo que reza de la nota al pie (48). Tanto lo era, que un día, retándola aquél a l