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    Sonetos de Quevedo
     Francisco de Quevedo ; edición de Ramón García González
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ArribaAbajo

Parnaso español




- V -


A la estatua de bronce del Santo Rey Don Felipe III, que está en la casa del campo de Madrid, traída de Florencia


ArribaAbajo   ¡Oh cuánta majestad! ¡Oh cuánto numen,
en el tercer Filipo, invicto y santo,
presume el bronce que le imita! ¡Oh cuánto
estos semblantes en su luz presumen!

   Los siglos reverencian, no consumen,  5
bulto que igual adoración y espanto
mereció amigo y enemigo, en tanto
que de su vida dilató el volumen.

   Osó imitar artífice toscano
al que a Dios imitó de tal manera,  10
que es, por rey y por santo, soberano.

   El bronce, por su imagen verdadera,
se introduce en reliquia, y éste, llano,
en majestad augusta reverbera.




- VI a -


A la misma estatua


ArribaAbajo   Más de bronce será que tu figura
quien la mira en el bronce, si no llora,
cuando ya el sentimiento, que te adora,
hará blando al metal la forma dura.

   Quiere de tu caballo la herradura  5
pisar líquidas sendas, que la aurora
a su paso perfuma, donde Flora
ostenta varia y fértil hermosura.

   Dura vida con mano lisonjera
te dio en Florencia artífice ingenioso,  10
y reinas en las almas y en la esfera.

   El bronce, que te imita, es virtuoso.
¡Oh cuánta de los hados gloria fuera,
si en años le imitaras numeroso!




- VI b -


A Roma, sepultada en ruinas


ArribaAbajo   Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son la que ostentó medallas,
y tumba de sí propio el Aventino.

   Yace donde reinaba el Palatino;  5
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que blasón latino.

   Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya, sepultura,  10
la llora con funesto son doliente.

   ¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.




- VII a -


Inscripción de la estatua augusta del César Carlos V en Aranjuez


ArribaAbajo   Las selvas hizo navegar, y el viento
al cáñamo en sus velas respetaba,
cuando, cortés, anhélito tasaba
con la necesidad del movimiento.

   Dilató su victoria el vencimiento  5
por las riberas que el Danubio lava;
cayó África ardiente; gimió esclava
la falsa religión en fin sangriento.

   Vio Roma en la desorden de su gente,
si no piadosa, alegre valentía,  10
y de España el rumor sosegó ausente.

   Retiró a Solimán, temor de Hungría,
y por ser retirada más valiente,
se retiró a sí misma el postrer día.




- VII b -


A un retrato de Don Pedro Girón, Duque de Osuna, que hizo Guido Boloñés, armado, y grabadas de oro las armas


ArribaAbajo   Vulcano las forjó, tocolas Midas,
armas en que otra vez a Marte cierra,
rígidas con el precio de la sierra,
y en el rubio metal descoloridas.

   Al ademán, siguieron las heridas  5
cuando su brazo estremeció la tierra;
no las prestó el pincel: diolas la guerra;
Flandes las vio sangrientas y temidas.

   Por lo que tienen del Girón de Osuna
saben ser apacibles los horrores,  10
y en ellas es carmín la tracia luna.

   Fulminan sus semblantes vencedores;
asistió al arte en Guido la Fortuna,
y el lienzo es belicoso en los colores.




- VIII a -


A la fiesta de los toros y cañas en el buen Retiro, en día de grande nieve


ArribaAbajo   Llueven calladas aguas en vellones
blancos las nubes mudas; pasa el día,
más no sin majestad, en sombra fría,
y mira el sol, que esconde, en los balcones.

   No admiten el invierno corazones  5
asistidos de ardiente valentía:
que influye la española monarquía
fuerza igualmente en toros y rejones.

   El blasón de Jarama, humedecida,
y ardiendo, la ancha frente en torva saña,  10
en sangre vierte la purpúrea vida.

   Y lisonjera al grande rey de España,
la tempestad, en nieve oscurecida,
aplaudió al brazo, al fresno y a la caña.




- VIII b -


Al Duque de Maqueda en ocasión de no perder la silla en los grandes corcovos de su caballo, habiendo hecho buena suerte en el toro


ArribaAbajo   Descortésmente y cauteloso el hado,
vuestro valor, ¡oh Duque esclarecido!,
solícito envidioso y, atrevido,
logró apenas lo mal intencionado.

   Por derribaros, de soberbia armado,  5
diligencia en que estrellas han perdido
la silla, el animal enfurecido
más alabanza os dio que os dio cuidado.

   Poca le pareció su valentía
al toro, presunción de la ribera,  10
para desalentar vuestra osadía.

   Vuestro caballo os duplicó la fiera;
mas en vos vencen arte y valentía,
juntas a la que os lleva y os espera.




- IX -


Túmulo a Scévola


ArribaAbajo   Tú que, hasta en las desgracias envidiado,
con brazo, Mucio, en ascuas encendido,
más miedo diste a Júpiter temido
que el osado Jayán con ciento armado;

   tú, cuya diestra con imperio ha estado  5
reinando entre las llamas; tú, que has sido
el que con sólo un brazo que has perdido
las alas de la fama has conquistado;

   tú, cuya diestra fuerte, si no errara,
hiciera menos, porque no venciera  10
un ejército solo cara a cara,

   de esas cenizas, fénix nueva espera,
y de ese fuego, luz de gloria clara,
y de esa luz, un sol que nunca muera.




- X a -


Exhortación a la Majestad del Rey Nuestro Señor Felipe IV para el castigo de los rebeldes


ArribaAbajo   Escondido debajo de tu armada
gime el Ponto, la vela llama al viento,
y a las lunas de Tracia con sangriento
eclipse ya rubrica tu jornada.

   En las venas sajónicas tu espada  5
el acero calienta, y, macilento,
te atiende el belga, habitador violento
de poca tierra, al mar y a ti robada.

   Pues tus vasallos son el Etna ardiente
y todos los incendios que a Vulcano  10
hacen el metal rígido obediente,

   arma de rayos la invencible mano:
caiga roto y deshecho el insolente
belga, el francés, el sueco y el germano.




- X b -


Al retrato del Rey Nuestro Señor hecho de rasgos y lazos, con pluma, por Pedro Morante


ArribaAbajo   Bien con argucia rara y generosa
de rasgos, vence el único Morante
los pinceles de Apeles y Timante;
bien vuela así su pluma victoriosa.

   Vive en imitación maravillosa,  5
grande Filipo, augusto tu semblante,
y, laberinto mudo, si elegante,
la tinta anima en semejanza hermosa.

   Propiamente retratan tu belleza
lazos, pues que son lazos tus facciones  10
a Venus, como a Marte tu grandeza.

   Tus ejércitos, naves y legiones
lazos son de tu inmensa fortaleza,
en que cierran los mares y naciones.




- XI -


Al toro a quien con bala dio muerte el Rey Nuestro Señor


ArribaAbajo    En el bruto, que fue bajel viviente
donde Jove embarcó su monarquía,
y la esfera del fuego donde ardía
cuando su rayo navegó tridente,

   yace vivo el león que, humildemente,  5
coronó por vivir su cobardía,
y vive muerta fénix valentía,
que de glorioso fuego nace ardiente.

   Cada grano de pólvora le aumenta
de primer magnitud estrella pura,  10
pues la primera magnitud le alienta.

   Entrará con respeto en su figura
el sol, y los caballos que violenta,
con temor de la sien áspera y dura.




- XII a -


Al mismo toro y al propio tiro


ArribaAbajo   En dar al robador de Europa muerte,
de quien eres señor, monarca ibero,
al ladrón te mostraste justiciero
y al traidor a su rey castigo fuerte.

   Sepa aquel animal que tuvo suerte  5
de ser disfraz a Júpiter severo,
que es el León de España el verdadero,
pues de África el cobarde se lo advierte.

   No castigó tu diestra la victoria,
ni dio satisfacción al vencimiento:  10
diste al uno consuelo, al otro gloria.

   escribirá con luz el firmamento
duplicada señal, para memoria,
en los dos, de tu acierto y su escarmiento.




- XII b -


Memoria inmortal de Don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión


ArribaAbajo   Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

   Lloraron sus envidias una a una  5
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campanas,
y su epitafio la sangrienta luna.

   En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;  10
el llanto militar creció en diluvio.

   Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.




- XIII -


Al Duque de Lerma, Maese de campo, General en Flandes


ArribaAbajo   Tú, en cuyas venas caben cinco grandes,
a quien hace mayores tu cuchilla,
eres Adelantado de Castilla,
y, en el pliego, adelantado en Flandes.

   Aguarda la Victoria que la mandes:  5
que tu ejemplo sin voz sabe rejilla;
y pues desprecias miedos de la orilla,
nadando es justo que en elogios andes.

   No de otra suerte Cesar, animoso,
del Rubicón los rápidos raudales  10
penetró con denuedo generoso.

   Fueron, sí, las acciones desiguales;
pues en el corazón suyo, ambicioso,
eran traidoras, como en ti leales.




- XIV a -


A la huerta del Duque de Lerma, favorecida y ocupada muchas veces del Señor Rey Don Felipe III, y olvidada hoy de igual concurso


ArribaAbajo   Yo vi la grande y alta jerarquía
del magno, invicto y santo Rey Tercero
en esta casa, y conocí lucero
al que en sagradas púrpuras ardía.

   Hoy desierta de tanta monarquía,  5
y del nieto, magnánimo heredero,
yace; pero arde en glorias de su acero,
como la pompa en que ostentar solía.

   Menos envidia teme aventurado
que venturoso; el mérito procura;  10
los premios aborrece escarmentado.

   ¡Oh, amable, si desierta arquitectura,
más hoy al que te ve desengañado,
que cuando frecuentada en tu ventura!




- XIV b -


Es de sentencia alegórica todo este soneto


ArribaAbajo   Pequeños jornaleros de la tierra,
abejas, lises ricas de colores,
los picos y las alas con las flores
saben hacer panales, mas no guerra.

   Lis suena flor, y Lis el pleito cierra  5
que revuelve en Italia los humores;
si, vos, no vobis, sois revolvedores,
pues el León y el Águila os afierra.

   Son para las Abejas las venganzas
mortales, y la guerra rigurosa  10
no codicia aguijones, sino lanzas.

   Hace punta la Águila gloriosa;
hace presa el León sin acechanzas;
el Delfín nada en onda cautelosa.




- XV a -


Al Cardenal de Rucheli, movedor de las armas francesas, con alusión al nombre «ruceli», que es «arroyo» en significación italiana, por estar escrito en esa lengua


ArribaAbajo   Dove, Ruceli, andate col pie presto?
Dove sangre, non púrpura conviene;
per tributari el fiume, il mar vi tiene;
y Ruceli nel mar han fin funesto.

   Et hor Ruceli, onde procede questo,  5
che senza il Rosignuolo il Gallo vene,
et rauco grida, et vol bater le pene
nel nido, che gli a stato mai infesto?

   Credo che il Ciel ad ambi dui abassi,
che vi attende la mente di Scipione,  10
e gli occhi msi nelle vigilie lassi,

   un'Ocha, se riguardi ai tempi buoni,
scacciò y galli de y tarpei Sassi,
hor che faranno l'Aquile e y Leoni.




- XV b -


Figurada contraposición de dos valimentos


ArribaAbajo   Sabe, ¡oh rey tres cristiano!, la festiva
púrpura, sediciosa por tus alas,
deshojarse las lises con las balas,
pues cuanto te aventura, tanto priva.

   Sabe, ¡oh humana deidad!, también tu oliva  5
armar con su Minerva a Marte y Palas,
y, laurel, coronar prudentes galas,
y, próvida, ilustrar paz vengativa.

   Saber poner tu púrpura en tus manos,
decimotercio rey, con prisión grave,  10
tu esclarecida madre y tus hermanos.

   Tu oliva, ¡oh gran monarca!, poner sabe
en tu pecho los tuyos soberanos,
con la unidad que en los imperios cabe.




- XVI -


Al Rey Don Felipe, en ocasión de haber salido en un día muy lluvioso a jugar cañas, y haberse serenado luego el cielo


ArribaAbajo   Aquella frente augusta que corona
cuanto el mar cerca, cuanto el sol abriga
(pues lo que no gobierna lo castiga
Dios con no sujetarlo a su persona),

   pudo, vistiendo a Flora y a Pomona,  5
mandar que el tiempo sus colores siga,
haciendo que el invierno se desdiga
de los yelos y nieves que blasona.

   Pudo al sol que a diciembre volvió mayo
volverle, de envidioso, al Occidente,  10
la luz con ceño, el oro con desmayo.

   Correr galán y fulminar valiente
pudo; la caña en él, ser flecha y rayo;
pudo Lope cantarle solamente.




- XVII a -


Parenética alegoría


ArribaAbajo   Decimotercio rey, esa eminencia
que tu alteza a sus pies tiene postrada
querrá ver la ascendencia coronada,
pues osó coronar la descendencia.

   Casamiento llamó la inteligencia,  5
y en él sólo de ha visto colorada
la desvergüenza. Díselo a tu espada,
y dale al cuarto mandamiento audiencia.

   Si te derriba quien a ti se arrima,
su fábrica en tus ruinas adelanta,  10
y en cuanto te aconseja, te lastima.

   ¡Oh muy cristiano rey!, en gloria tanta,
ya el azote de Dios tienes encima:
mira que el Cardenal se te levanta.




- XVII b -


A Don Luis Carrillo, hijo de Don Fernando Carrillo, Presidente de Indias, Cuatralbo de las galeras de España y Poeta


ArribaAbajo   Ansí, sagrado mar, nunca te oprima
menos ilustre peso; ansí no veas
entre los altos montes que rodeas
exenta de tu imperio alguna cima;

   ni, ofendida, tu blanca espuma gima  5
agravios de haya humilde, y siempre seas,
como de arenas, rico de preseas,
del que la luna más que el sol estima.

   Ansí tu mudo pueblo esté seguro
de la gula solícita, que ampares  10
de Thetis al amante, al hijo nuevo:

   pues en su verde reino y golfo oscuro,
don Luis la sirve, honrando largos mares,
ya de Aquiles, valiente, ya de Febo.




- XVIII b -


Al Rey Nuestro Señor saliendo a jugar cañas


ArribaAbajo   Amagos generosos de la guerra
en esa mano diestra esclarecidos
militan, y estremecen referidos,
y el ademán ejércitos encierra.

   El pino, que fue greña de la sierra  5
y copete de cerros atrevidos,
fulminando con hierros sacudidos,
rígida era amenaza de la tierra.

   La caña descansó el temor al día
en que tu lanza aseguró campañas  10
que ardor disimulado prometía;

   figurando, en la entrada de estas cañas,
cortés y religiosa profecía,
la de Jerusalén a tus hazañas.




- XIX -


Al Rey Católico, Nuestro Señor Don Felipe IV, infestado de guerras


ArribaAbajo   No siempre tienen paz las siempre hermosas
estrellas en el coro azul ardiente;
y, si es posible, Jove omnipotente
publican que temió guerras furiosas.

   Cuando armó las cien manos belicosas  5
Tifeo con cien montes, insolente,
víboras de la greña de su frente
atónitas lamieron a las Osas.

   Si habitan en el cielo mal seguras
las estrellas, y en él teme el Tonante,  10
¿qué extrañas guerras, tú, qué paz procuras?