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- II -Por cima de vulgares edificios, y a Mediodía, se levanta una torre cuadrangular, maciza, destinada en su origen a recibir peso más grave que el de las campanas y reloj que ocupan su ático. Estribando en ella corre al Este una nave desmochada, de bastardo estilo, que apoya sus muros en una masa de hastiales, ojivas y murallones, viejos, mohosos, empenachados de hortigas y malvas. Decoración ruda, pero acentuada; imán del viajero que en las ciudades busca, mejor que galas de su riqueza contemporánea, las marchitas facciones de su añeja fisonomía. Tomando una subida, parte rampa, parte escalinata, que arrastra pegada al paredón más bajo, torciendo luego a la izquierda, nos hallamos en paraje donde puede el espíritu cerrar ojos y oídos a la vida actual, a sir lengua, trajes y usos, para vivir en lejanos tiempos. Era el terreno un cerro escarpado a lengua del agua, cuyas asperezas domaron a golpe de machones y graderías, quienquiera que fuesen los que lo eligieron para fundación militar o cenobítica. Estamos al pie de la recia torre abierta en ojiva, dentro de cuyo hueco se espacian anchos escalones de piedra, trepando a una calle más alta, y al ingreso principal del claustro y del templo. A nuestra izquierda comienzan otros que suben a la puerta meridional; a raíz de éstos, y bajo el vuelo de su tramo postrero, se alza sombría bóveda; al extremo del lóbrego cañón se mira con deleite lucir el sol, y se adivina el halago del aire ambiente; en una de sus crujías está el portal abocinado del Cristo de Abajo. La fábrica de la catedral descansa sobre cuatro pilares cortos y robustos que parten esta bóveda en tres naves. Altos zócalos poligonales, fustes cortos, arcos achaflanados, arquitectura del duodécimo siglo. Dobles hiladas de nichos en un lienzo de pared, muestran que tuvo un tiempo fúnebre destino; más antigua es su consagración al culto. Debió suplir a la iglesia en tanto se erigía; y datos ciertos prueban que a principios del siglo XIV se celebraban los misterios divinos en ella y en honra de los mártires Emeterio y Celedonio(63). Recibe luz la cripta por dos ventanas que la tornan a flor de tierra a Norte y Mediodía de la torre; la del Norte, abierta en el vano de la que fué puerta, tiene en los tímpanos dos cabezas esculpidas dentro de dos medallones, modelados según estilo del renacimiento. Era tradición en el siglo pasado, que estos bustos, difíciles ya de conocer, eran imágenes imperiales de Santa Elena y su hijo Constantino(64), y esta atribución se comoda con la advocación del Santo Cristo, que acaso fué primitivamente de la Santa Cruz. Un caracol abierto en el espeso muro, lleva del interior del Cristo al de la catedral; desemboca junto al altar votivo de San Matías, dentro de la nave izquierda. Enhiesto y firme permanece el esqueleto del templo del siglo XIII: fábricas sucesivas de tiempos posteriores le envuelven y bastardean sus costados, como vegetaciones parásitas que hienden la corteza de un tronco caído en espesura impenetrable, y al cabo de siglos le laceran y roen sus entrañas, únicamente preservado por su fibra incorruptible se conserva ileso el corazón, testimonio de la edad del vegetal centenario: así la nave central conserva su crucería ojiva de labor tosca y perfil airoso, cerrada en las claves con leones y castillos, emblema de los reinos, y el escudo de Burgos, cabeza de Castilla, cuyo puerto era Santander. Y en las fajas de capiteles de donde arrancan los tallados nervios de las naves laterales, corren todavía aquella serie misteriosa de seres fantásticos, quimeras o esfinges, busto de hombre y cuerpo de fiera, postrera reliquia bizantina de la ornamentación del arte, rastro acaso de las encarnaciones mitológicas, y aquellas figuras rasuradas, de larga cabellera y ropas talares, que brotan del anillo del fuste como de una sima sepulcral, y se dirigen al pueblo con ademanes y gestos expresivos, pero que ya ni el pueblo ni los doctos comprenden. Durante el período dentro del cual cabe suponer erigida la iglesia, por indicaciones de su estilo y traza, gobernaron a Castilla reyes poderosos y magnánimos. Alfonso VIII, que hizo de la Sierra Morena muro fronterizo e incontrastable contra el agareno. Doña Berenguela, ínclita madre del Rey Santo. Fernando III, que hizo pastar tranquilos los caballos de sus mesnadas en las floridas márgenes del Guadaira. Alfonso VIII, sin embargo, no hubiera esculpido el blasón de un reino que no le pertenecía, y León era dominio de su primo, Alfonso también, que fué luego el noveno en Castilla. En tiempos de San Fernando el arte comenzaba a pulirse; engrandecía sus trazas, afinaba sus líneas, solicitaba del escultor mayor riqueza y variedad; parece, pues, que debió ser en días de doña Berenguela, casada con el citado Alfonso de León, cuando se alzaron y cerraron las bóvedas de la Abadía (1214 a 1230 de J. C.). La escogida matrona a quien cupo el destino augusto de criar en su hijo a la par cumplido rey para la patria y glorioso bienaventurado para el cielo, tenía con Santander lazos de éstos, lisonjeros siempre al pecho femenino, y que éste nunca afloja voluntariamente. Tratada de casar en su infancia (A. C. 1188) con el infante Conrado, hijo del emperador Federico de Alemania, Santander con otras villas y ciudades castellanas formaba parte del dote señalada a la princesa por su padre Alfonso VIII(65). De cualquier modo, dentro del centenar que componen unidas la mitad del siglo duodécimo y la primera del inmediato siguiente, comienzan a señalarse en la historia general la villa y su abadía, como favorecidas por los reyes castellanos. Alfonso VII arranca, según vimos, la comarca montañesa de manos del último señor de Cantabria. Alfonso VIII amuralla y fortalece a Santander, legisla el tráfico de su puerto, provee a la administración y regimiento de sus pobladores, y la da en señorío al abad(66). Este era en tiempos tan azarosos el medio más seguro de conservar a merced suya tierras tan inquietas y belicosas, apartadas, más que por la distancia, por la aspereza de sus fraguras, de aquellas en que entretenía a los monarcas su eterno empeño de adelantar la frontera cristiana hacia el Mediodía. Doña Berenguela fomenta y continúa las obras de la abadía; y San Fernando, que acaso las termina, consagra en un monumento breve, expresivo y duradero, a la manera heroica de aquellos tiempos, la participación de aquel su nuevo estado en empresas militares, el agradecimiento del soberano, el valor de sus súbditos, y la memoria gloriosa de la hazaña más alta de su reinado: este monumento es el escudo de armas de Santander. No es el momento de hallarnos bajo los ojivales ámbitos de la catedral, impropio de semejante recuerdo; dentro de ellos oraron los tripulantes de la nave de Bonifaz; sobre esos roídos sillares que nosotros vemos y tocamos, recostaron su mente contrita, vagaron sus ojos entristecidos, que no hay quien, próximo a abandonar su patria, los conserve serenos, por más que a la jornada le arrastren entusiastas afectos, y sueñe encontrar al cabo de ella gloria, poder, honores o riqueza: ¡cuántos habían de cerrarlos para siempre en las marismas del Guadalquivir! Los afortunados volvieron y posaron su mirada encendida por la ardiente luz de la victoria en las piedras donde la habían posado opaca y dolorida; antes y después, pesarosos o regocijados, no apacentaban su imaginación ruda con delirios y poéticas divagaciones; pero bajo la burda estameña de sus jubones medía los latidos de su sangre el vivo compás de los afectos entrañables y sinceros. ¿Quién de ellos traería la piedra que fué pila de surtidor en algún ajarafe sevillano y desde entonces es pila de agua bendita a la entrada de la abadía? -Sus letras esculpidas para celebrar la limpieza y frescura del manantial, parecen hoy encarecer en muslímica frase la virtud del agua consagrada que purifica y lava el corazón. Labrado en bronce amarillo sobre el respaldo de los bancos donde asisten los procuradores de la ciudad a ciertas solemnidades, habla al pueblo el glorioso blasón, letra viva cuando la voz perpetua de la tradición lo descifra con leal pureza. Y pintado con trasparente e ingenuo color se conserva para cuantos leen en el libro famoso de la Crónica general donde suenan los primeros vagidos de la prosa castellana. Dice así la Crónica: «... los moros avien una buena puente con que passavan de Sevilla a Triana sobre barcas recias e fuertes mucho travadas con cadenas de fierro gordas mucho además, e passavan por ella en todas essas partes do querien como por terrenos onde avien gran guarimiento al su cercamiento.-ca toda su mayor guarda por ally la avien e de alli les venia.-otros si los que estavan en Triana la puente les era su mantenimiento todo a el su fecho: e sin acorro della non avien punto de vida. Bien assi entendio el rey Don Ferrando que si les él esta puente non tollese se podría el su fecho mas alongar de lo que non farie, e que por aventura a la cima que serie aventurado de se poder acabar. Desi ovo su consejo sobre este fecho: e mandó a Remon Bonifaz(67) e a otros que fueron llamados de aquesos que eran sabidores de la mar que fuessen ensayar algund arteficio como les quebrantassen por alguna arte la puente: e el acuerdo en que se fallaron fue: que tornaron dos naves las mayores e más fuertes que y teníen -e guisados muy bien de quanto menester era para combatir-en día de Sancta Cruz, tercer día de Mayo-en la Era de mill e dozientos e ochenta e seys años(68). Remon Bonifaz entró en la una con buena compaña e muy abondada de armas-en la otra fueron aquellos que Renon Bonifaz escogió de omes buenos guerreros: e assi estovieron esperando fasta que a hora d'mediodia se levanto un viento fraco non de gran ayuda-e con esto desandieron una gran pieça ayuso onde estavan porque tomassen el derecho viage mejor e viniessen mas rezias-E la nave en que Remon Bonifaz venle descendio ayuso mucho mas que la otra. E el rey Don Ferrando con creencia verdadera de la sancta fé que en e1 avie mando poner a los mastyles destas naves cruces.-Desi movieron de aquel logar do descendieran-e ydas al medio el coso quedo el viento que non fazie punto del-e fueron los de las naves en gran coyta coydando que non acabarien lo encomengado-mas empero quiso Dios acorrer a la hora con buen viento-mas en rezio que començo. Desi las naves començaron yr muy reçias enderezadas las velas-e yvan los de dentro a muy gran peligro de algaradas e de engaños que por todo logar del arraval tenien posados los moros que non quedavan de les tirar a muy grand priessa: e de la torre del oro esso mismo con trabuques que los aquexavan adeinas-e con ballestas de torno e de otras maneras -e con fondas-e dardos enpeñalados-e con quantas cosas podien que non se davan punto de vagar. E los de Triana eso mismo fazien de su parte quanto podien. Mas quiso Dios que les non fizieron tal daño de que se mucho sintiesen. La nave que y primero llego yva de parte del arraval-e non pudo quebrar la puente por do acerto... mas la otra en que Remon Bonifaz yva-desque llego-fue dar un golpe a tan fuerte que se passo, crala de la otra parte de la puente-E el rey e el infante don Alfonso e los sus ricos omes quando esto vieron con todo el poder la hueste començaron recurrir en derredor de la villa por embargar los muros-e fazerlos arancar por aver logar las naves de se salir en salvo-e asi lo fizieron.-Los moros se tovieron de todo en todo por quebrantados tanto que vieron la puente perdida.» Y el escritor que años después de acontecido, con tan sobria y mesurada pluma, refería el hecho, describía su teatro y sus menores accidentes, la fortaleza de trabes y cadenas que cerraba el río, las armas y cruda defensa de los moros, el pecho alentado y animoso de marineros y soldados cántabros, la incertidumbre del viento, la religiosa piedad del rey, la solicitada intervención del cielo, el rigor del choque, la rapidez del triunfo, y la decisiva importancia de la victoria, era, tal vez, uno de los canónigos (porque era colegiata ya) que regían la comunidad asilada en esta abadía. Ha sido parecer recibido entre analistas e historiógrafos que el libro de la Crónica general fué compuesto por Jofre de Loaysa, abad de Santander por los años de 1272(69); y otros atribuyeron al insigne Nuño Pérez de Monroy, que ocupaba la silla abacial entre 1309 y 1322, la docta y espinosa tarea de escoger y copilar las noticias y documentos destinados a servir para la ordenación de aquella historia(70). La divisa del señor completó el escudo de la villa. Figuraban en sus sellos el abad y capítulo de San Emeterio, dos cabezas humanas(71), símbolo indudable de la tradición inmemorial que acreditaba a su iglesia la posesión de los cráneos de sus patronos los santos hermanos mártires Celedonio y Emeterio, que puestas en jefe, conforme al uso y prescripciones heráldicas, coronan el blasón y te distinguen del de las vecinas villas de la costa, que participes de la empresa de Sevilla, lo fueron también de su gloriosa y desinteresada recompensa(72). A Risco no le pareció suficiente prueba de la antiquísima posesión de estas reliquias el nombre de San Emeterio, que en los siglos medios llevó la abadía de Santander; se ayuda de Moral es, que trae, sin prueba suficiente, a tiempos coetáneos el hallazgo de ellas. Reducida y pobre la iglesia de doña Berenguela, fué aumentada por uno de sus abades, elevado a la metropolitana de Burgos. Don Manuel Francisco de Navarrete Ladrón de Guevara, arzobispo de Burgos en 1705, que había regido aquella colegial desde 1693 hasta 1699, comenzó el ensanche y obra de la capilla mayor. Sus obreros acomodaron las formas dórico-latinas a la gallarda montea de la nave ojiva, al área estrecha del viejo ábside, ensanchada a expensas de la vecina fortaleza; y el presbiterio, realzado sobre tres gradas de finos mármoles, quedó separado por dos recios arcos torales del resto del edificio. Para cubrir la monótona desnudez del muro plano del fondo, le aplicaron un retablo de viciosa arquitectura, pero de grandiosas proporciones y ricamente dorado. Un elevado zócalo, dos cuerpos partidos por esbeltas columnas corintias, un remate aligerado por dos ventanas gemelas, un gran relieve central, un grupo encima, cuatro imágenes colaterales, constituyen su ordenación sobria y bien entendida. La reciente corrupción del gusto hizo ondear las cornisas, cortar los remates o rizarlos en cartelas y brotar ligeras vegetaciones parásitas entre el fuste y la basa de las columnas, entre los cuerpos varios del arquitrabe, decorando los entrepaños de nieles y ramajes abiertos en hueco con más gracia que majestad adecuada al sitio. En el intercolumnio central campea de alto relieve la Asunción de la Virgen, misterio titular de la iglesia; siéntese esta escultura del gusto de la época, que fundaba el equilibrio de la composición en la simetría de los grupos y figuras; pero es de mano diestra, dibujada con firmeza, estofada y pintada con delicadeza y suavidad. Más que obra de imaginero, parece obra de estatuario, concebida para ser labrada en mármoles; ofrece reminiscencias de estudios clásicos, apartándose de la tradición nacional tan viva y gloriosa en Castilla y Andalucía; manera mórbida y ligera, oportuna al asunto, como lo era la robusta y recia de Roldán y Montañés para las trágicas escenas de la Pasión. Igual manera produjo las estatuas que en los intercolumnios laterales representan los gloriosos mártires patronos de la ciudad y su provincia, en traje militar romano, loriga de cuero, casco empenachado, coturno y clámide derribada a la espalda, permitiendo lucir la airosa proporción del busto y el perfil general de la figura. Conforme a la tradición católica, rematan el retablo las tres figuras del Calvario; la escena en que se consuma la redención, y en que la palabra decisiva de Cristo liga con lazo indisoluble de dolor y agradecimiento los humanos destinos al herido amor de su madre. ¡Mísero de quien allí no respira auras de paz y de misericordia, de quien en el místico ambiente del templo empapado de los aromas del incienso y de la humedad de los sepulcros, homenajes de los vivos y memorias de los muertos, alimentado del aire de los suspiros, del vaho de las lágrimas, no se siente movido a perdonar y arrepentirse, a sollozar y gemir dentro de sí mismo! ¡Más mísero aún quien de aquella atmósfera que desahoga el pecho, eleva el corazón e inflama el espíritu, toma para sus entrañas no sé qué invisible germen de insaciables odios y ciegos rencores! Vosotros los que os recostáis en esos plintos y columnas, y juzgáis impacientes y cansados el recinto estrecho, el culto pobre, opaca y discorde la voz de los sagrados cánticos, porque estáis en el abril de la vida, y el batir de alas de la imaginación os ensordece y sonáis con deslumbradoras esplendideces y pampa magnífica, pensad que nunca habéis de oír música que tan blandamente os hable al corazón, y le amanse en sus desvaríos y altiveces y le levante de sus desfallecimientos. La imagen de la augusta Señora, a cuyo tránsito glorioso está la iglesia consagrada, prevalece en su recinto, titula sus capillas, realza sus retablos, santifica sus aras. Adórala allí el ánima devota del cielo y de la patria, bajo tres gloriosas advocaciones, veneración honda y constante de los españoles: la de su Concepción Purísima, que aclaman patrona de su tierra, guía de su estado, consolación perpetua de aflicciones y miserias; la del Pilar del Ebro, tutela y escudo de independencia y honra, rodeado de sus firmes y leales aragoneses, pechos de pedernal, roca y fuego; la del Rosario, festejada por el santísimo pontífice Pío V, en agradecimiento y memoria de aquella victoria de las galeras españolas sobre la armada del turco en las aguas inmortales de Lepanto. En otra parte tiende su simbólico escapulario, vestida del pardo burlel que abrigó el inflamado corazón de Santa Teresa, en otra muestra el yerto cadáver de su Hijo, asistida de ángeles, pero lacerada por aquel dolor sin igual que ofrece como ejemplo a quien afligido la contempla: videte si est dolor sicut dolor meus. En los demás altares adora el pueblo a sus naturales patronos, al mártir del Calvario, al Salvador glorioso del mundo, al apóstol pescador, hijo de las olas, natural protector de la gente marinera; y adórale en la hora de lágrimas, de contrición, en que, despierta a la voz del vigilante gallo su ruda conciencia le hiere con implacable dolor, dolor de su negación, su apostasía, su miedo. También tiene allí altar el fervoroso mártir del sigilo confesional, y el glorioso paduano, objeto de ferviente culto femenino. Ninguna de estas capillas pertenece al primitivo plan de la obra; son construcciones greco-romanas de época decadente. Del altar de San Matías, por cuya inmediación penetramos subiendo del Cristo de abajo, hay que hacer mención más detenida. Porque el culto de ese apóstol, culto oficial en Santander, trae su origen de días en que la peste había hecho asiento en la villa, y apenas desaparecía por breves intervalos y amenazaba despoblarla. Es antiguo esto de la peste en Santander, porque entre las tradiciones de su fundación, hay una que asegura que la villa vino a ser fundada donde hoy se halla, porque de su asiento primitivo, más tierra adentro, fueron arrojados por la peste los habitantes. Pero en 1503, agotados los auxilios y medios humanos, pensaron las corporaciones eclesiásticas y populares en impetrar del cielo un intercesor especial entre los apóstoles, cuyo amparo alejase el azote que sobre el pueblo incesantemente caía.- «E luego tomaron doce candelas de cera, iguales por peso y medida, y encendida cada una de ellas en igual, e doctada e nombrada cada una a cada uno de los dichos doce apóstoles, e la que postrera quedase encendida que aquel apóstol a quien se habla nombrado la tal candela aquel querían tornar e tomaban por su patrono e amparador, e defensor e guardador del dicho pueblo e de sus alquerías e vecindad, para ahora e para siempre jamás, para que la guarde de todo mal y en especial de pestilencia»(73). Y oída misa mayor por las autoridades y pueblo congregado, sucedió consumirse sucesivamente las velas y quedar postrera ardiendo la dedicada a San Matías; y conocida por tal camino la voluntad del cielo, se acordó tomar e invocar al apóstol por patrono de la ciudad y su término comunal, y hacer villa efigie de talla del Santo, y celebrar fiesta en su día, y llevarle procesionalmente por las calles de la población encomendada a su custodia(74), con otras particularidades que se contienen en la curiosa acta de voto y capitulación. Salgamos al claustro por una puerta cuyos machones en su revestimiento llevan la fecha del siglo XV, manifiesta en el estilo de las torres castellanas esculpidas en recuadros alternos, mientras sus jambas y dintel acusan más moderna edad(75). El ancho patio, antiguo cementerio, ha venido al cabo de tres siglos a recobrar la placentera y fresca fisonomía que tuvo en el XVI, cuando un viajero lo apellidaba «huerto amenísimo perpetuamente embalsamado por el fragante aroma de sus árboles florecidos»(76). Una cruz clavada en escabel de piedra abre sus brazos de hierro sobre la tierra bendita, un tiempo lecho de humanas reliquias, cercada de rosas y cipreses, de laureles y magnolias, a cuyo rico follaje dan suave y soñolienta voz las auras pasajeras, nunca dormidas en estos parajes marinos. Todos lo vimos desierto prado, cuando entre su yerba ociosa asomaban los escuetos ángulos de algunas piedras sepulcrales, desencajadas y ennegrecidas por las lluvias. Rodéase el jardín de arquería ojiva, por donde entra copiosa luz a las cuatro crujías del claustro. Su disposición es sencilla: pilares de planta romboidal, amortecidos vivos y aristas, un doble collarín por capitel y otro por basa. El pavimento de los ánditos cubiertos más bajo que el piso del patio antes de ser renovado en 1782(77), era un memorial de piedra donde la antigua sociedad, la villa de los siglos medios, con sus gremios, corporaciones, insignias, escudos, dignidades y apellidos, aparecía viva, entera en su organismo detallado y completo, como aparece la ciudad romana en Herculano y en Pompeya, desentrañada de lavas y cenizas volcánicas. Se había formado con lápidas desalojadas de la iglesia del Cristo, probablemente por la idéntica razón que las desalojó luego del claustro; muchas de ellas conservaban grabados los atributos o emblemas de profesiones y artes, instrumentos y herramientas de oficios, costumbre heredada de los primitivos cristianos, seguida durante los siglos de fe, conservada en las comarcas y países pobres e incultos donde únicamente príncipes o magnates podían magnificar sus sepulturas con grandiosos simulacros y prolijas inscripciones. Completaban el curioso museo lapidario epitafios esparcidos por el claustro, y sepulcros, estatuas y figuras de la nave meridional, que después de haber sido entierro de canónigos, vino a servir para común sepultura de pobres(78). La ciencia epigráfica, que hoy tan solícita y perseverante busca, reune y compara documentos, que no se ahorra de fatigas ni caudales para restituir, merced a sus esparcidos rasgos, la fisonomía social de señalados monumentos históricos, hubiera estimado en su valor singular tan rara y curiosa galería. En la nave occidental se abre la puerta de una capilla arruinada, cuya advocación del Espíritu Santo, es memoria y última reliquia del hospicio fundado para doce pobres por el abad más insigne que tuvo la Colegiata(79). Ilustre por su sangre, considerado por sus letras, eminente por sus prendas de consejero y estadista, Nuño Pérez de Monroy, brilla con purísima gloria en tiempos harto difíciles para la monarquía castellana. Dos minoridades sucesivas pusieron a prueba la integridad de su carácter, que salió ilesa de tan prolijos y multiplicados riesgos, encarecido su buen nombre con el extraño ejemplo de conservar su dignidad modesta, sin pretender a mayores en la jerarquía eclesiástica. Cierto que su virtud no estaba sola; apoyábase en el corazón varonil y entero de la matrona regente doña María de Molina, gobernadora de los reinos de Castilla durante la menor edad de su hijo Fernando IV, y posteriormente la de su nieto Alfonso XI. Honra singular y excelencia gloriosa de nuestras dinastías españolas, la de que sus hembras mostrasen en el trono cualidades suficientes para acreditar al más esforzado y prudente varón; estirpe rica, generosa y bendita por Dios, la que dando una Isabel santa a Portugal, una Blanca gloriosísima a Francia, cuenta dentro de nuestra tierra española una Berenguela en el siglo XIII; una María en el XIV; una Isabel por excelencia católica en el XV. Y de esta tradición perpetuada y enaltecida, del hábito de obedecer y servir a una mujer generosa y digna, cuya autoridad y elevación eran justificadas por el ejercicio constante de toda virtud doméstica y pública, nació acaso en la caballería castellana el respeto profundo a la mujer, y tomó nuestra cortesía su carácter austero y grave eximiéndose de la liviana jovialidad que empaña y desdora la celebrada galantería de otras naciones. La cotilla y el chapín bordado terciaban en la vida social con el arrebolado prestigio de haber hollado el escabel del solio con no menor firmeza y gloria que el férreo zapato y el borceguí purpúreo, y fulgía sobre la frente altiva de la dama española, reina del estrado, la soberana aureola de sus semejantes las señoras del solio. Acechada por el bando de los Cerdas, joven entonces esperanzado y resuelto, cercada de nobles tornadizos y ambiciosos, no muy segura de sus derechos la viuda de Sancho el Bravo, fuera acaso figura menos eminente y ejemplar de nuestra historia sin la asistencia y constante celo del abad de Santander. Porque en el consejo de los príncipes pueden los privados hacerles servicio mayor que el de procurar su gloria y engrandecimiento; pueden preservar su fama del feo epíteto de codiciosos o malrotadores, y su nombre de torpes manchas de sangre vertidas en traiciones y venganzas; y de favor tan inestimable es deudora doña María a Nuño Pérez, que después de mantener y justificar la pureza de su administración, supo impedir el homicidio consentido por el rey, en la persona de un príncipe don Juan su tío, venido a Burgos a asistir a una fiesta de familia en fe de un seguro real(80). No anduvo escasa la reina en pagar la leal asistencia del abad, quien respondió con largueza de príncipe, gastando su hacienda y su crédito en servicio de pobres y de reyes; éstos posaban en sus casas de Valladolid como en palacio propio, y en ellas, al decir de Alonso de Maldonado, cronista de los Monroyes(81), casó aquel don Pedro famoso por sus justicias. Para los pobres fundó asilos en Plasencia y Valladolid, y a su querida iglesia de Sant Medel y San Celedón la dotó con rentas y capellanías, proveyendo a su prestigio con ordenar y regularizar el aparato del culto y lloras canónicas, y a su seguridad con lograr de los monarcas reinantes la confirmación y ensanche de los privilegios otorgados por antecesores suyos, principalmente los del señorío de la Villa, y derechos de ancoraje y puerto, mercedes de Alonso VIII(82). Antes de despedirnos de la vieja abadía, recortamos su historia, dejándonos guiar en las tinieblas de las eras remotas por la mano segura y experta del preclaro ilustrador de nuestra historia eclesiástica, P. Enrique Flórez. Piensa el ilustre agustino que en el siglo XII, y por obra de Alfonso VII el emperador(83), fué convertida en colegial la antigua fundación monástica existente en Santander de tiempos inmemoriales. Otro tanto había hecho en Santillana, y sin duda estos actos de aquel rey emprendedor respondían al pensamiento político de unir estrechamente a su corona y real servicio estos estados, arrancados al dominio feudal de sus señores naturales, como dijimos al hablar del último de ellos, Rodrigo González de Lara. «No reconozcáis otro señor más que al abad de San Emeterio», decía casi un siglo después (1187) a los santanderinos un nieto de aquel monarca, el glorioso vencedor de las Navas; Alfonso VIII(84), «o a quien hiciese sus veces en su ausencia, él os nombrará merino que oiga vuestras querellas y las decida, y al abad recurriréis de las decisiones del merino cuando lastimen vuestro derecho; al abad pagaréis censo de la casa que habitareis, de la tierra que adquirieseis, del huerto que labraseis; sea juez en vuestros litigios, y si litigaseis con extraño, venga éste a hacerse oír o dar sus descargos ante el tribunal abadengo. No iréis a la hueste sino cuando el rey cercado de enemigos lo necesite, ni pagarán entrada vuestras mercaderías por mar ni tierra en la villa.» Con estos privilegios y otras donaciones reales, la abadía crecía lo bastante para que, mediado el siglo siguiente, no pareciera pobre estado para un infante de Castilla, y la poseyese don Sancho, cuarto hijo del Rey Santo. En su celda abacial de Santander se ocupaba el príncipe en ordenar las horas canónicas, en corregir a sus beneficiados estableciendo penas para los negligentes en el coro y prohibiéndoles la asistencia a romerías y otros parajes públicos. Y a 5 de Octubre de 1257 firmaba sus constituciones, donde se contienen curiosas cláusulas: «Otro si mandamos, que cuando fuera el Preste a comulgar(85) que vaia con sobrepelliz, y con cruz, y con agua bendita y con lanterna, que bala con candela ardendo y con campana taniendo ante sí, y llebe el Corpus Christi ante sus pechos con gran reverencia, e que vaian con el dos clerigos de la Iglesia de los que han beneficios menores, et que no le desamparen fasta que sea tornado a la Eglesia, y esto que lo mande el sacristan a los clerigos de los beneficios menores... y si fuera de la Eglesia dijere palabra vedada a su compañero, y ge lo podían probar, que sea privado de la racion por ocho días. Demas, mandamos que ninguno non beba en taberna, ni juegue dado, ni faga juego atal que sea contra la honestidad de la clerecia.» Y esta otra de obscura Interpretación: «Demás mandamos que ningun clérigo non dé la mano á ninguno en cimenterio ni en la Eglesia, si no fuera ante el altar quando dijere misa, si non fuese en placentería de todos los canónigos»(86). Los abades que suceden hasta don Nuño Pérez(87) proveen con igual celo a la prosperidad y prestigio de la colegiata, ya con prescripciones canónicas, ya mereciendo de los reyes la confirmación de privilegios antiguos y donaciones nuevas. De don Nuño ya hemos dicho el celo constante por su iglesia y repetidos favores que la procuró. Él consiguió del rey don Fernando IV la renta de la sal para aplicarla a obras pías, conforme a su mejor voluntad; él tomó de ella lo necesario para la diaria y continua asistencia de doce pobres; él logró que se le confirmase y a su cabildo el derecho de ancoraje en los puertos de las cuatro villas; obtuvo del rey Alfonso XI la mitad de los tributos reales (servicios y pedidos) de la villa para establecimiento de tres capellanes; él al fin logró la merced de que su iglesia fuese excluida de la general disposición dada contra las franquezas y libertades de las iglesias en general, revocándose en cuanto a ella las cartas reales expedidas en nombre del mismo Alfonso por doña María de Molina su abuela y los infantes sus tíos y tutores, en Toro, a 22 de junio de 1316(88). Sucédense luego otros abades que, desempeñando cargos en corte, seguían más a menudo a ésta que hacían asiento en la abadía. Así fueron sus derechos invadidos y menoscabados, tanto que a principios del siglo XV, don Juan García, abad de Santander, hubo de recurrir al rey don Juan II en querella y reclamación de ciertos dominios usurpados por vecinos audaces, y el rey, en 16 de Diciembre de 14 10, y en Medina del Campo, proveyó a la petición, disponiendo que su adelantado mayor en Castilla, Diego Gómez Manrique, se encargase de obligar a la restitución a los detentadores. Muy entrado ya este siglo, la poderosa casa de Mendoza, aumentada con los señoríos de la Vega y el marquesado de Santillana, se apodera de la abadía cuyo báculo empuñan, entre los años de 1486 y 1538, tres prelados de aquel apellido. Reinaba Felipe II, y era abad don Juan Suárez Carvajal, cuando se promovió por vez primera el pensamiento de la erección en obispado de la colegial de Santander, uniéndole la de Santillana y otros territorios. Fué combatido el plan por unos y sustentado por otros. Santillana alegaba su supuesta mayor antigüedad y otras razones, solicitando la preferencia para la nueva sede. No tuvo efecto por entonces la concesión ni tampoco en las diversas ocasiones en que se removió la instancia y se pidió su resolución por el cabildo de Santander durante el siglo XVII. Una bula de Benedicto XIV, despachada en 12 de Noviembre de 1751, erigió finalmente el obispado, cuyo primer titular fué el entonces abad don Francisco Javier de Arriaza, y la colegial y la abadía perdieron sus anticuados nombres para mudarlos en el de Catedral. - III -La puerta del claustro nos pone en la Rúa Mayor; años hace tenía esta calle fisonomía original y propia; pegado a los restos que aún subsisten del edificio colegial, se mostraba un casón antiguo, obra de nobles líneas, apellidado palacio; su edad, dos siglos, años más o menos; mis coetáneos recuerdan sus pesados cornisones, las macizas repisas cónicas de sus balcones semicirculares, el verdín tornasolado que marcaba a lo largo de la fachada las filtraciones de la lluvia y los penachos de yerba apoderados de sus impostas, donde chillaban escondidos los gorriones voraces. Los ancianos de primeros del siglo lo conocieron vivienda de un magnate, el conde de Villafuertes(89), vizconde del Tanaro, y en sus narraciones, doradas por el tiempo y el sol risueño y mágico de los días juveniles, es grato descubrir rastros de aquella vida de señor, monótona acaso, pero serena, y tan distinta de la vida presente. El palacio comunicaba con el claustro de la catedral, y cuentan los ancianos que durante el descanso establecido en las horas canónicas, los canónigos pasaban a la sala de billar del vecino y le acompañaban y se divertían con el taco, el tabaco y la taza de café, a que, a fuer de discreto, era aficionadísimo el conde. «Fútil detalle y que hace poquísimo al caso» -pensará alguno de mis lectores. Sin contradecirle ni defenderme, diré por qué no he resistido a la memoria que me lo trajo a los puntos de la pluma. Háme sucedido tantas veces vagar cansado por los libros que pretenden conservar la fisonomía de las edades humanas, y no hallar en ellos sino el postizo arreo de un oficio, el traje con que el hombre se ofrece al público y lo solicita, que cuando por azar en ellos o por descuido del autor asomaba un detalle doméstico, un pormenor de la vida común, mi ánimo se recobraba de su fatiga, sintiéndose entonces y sólo entonces en compañía de semejantes suyos. El espíritu humano, considéresele individual o colectivamente, tiene sus períodos de crecimiento sucesivo: es infantil primero, dado a admirar y a levantar con su admiración todo aquello que menos se le parece; luego siente que la admiración sola tiene algo de inconsistente y huero, y se inclina a saber la verdad de las cosas, y la busca, por más inmediata o por más interesante en lo que le concierne y es pertinente a su condición y naturaleza. Hubo un tiempo en que Aulo Gelio y Terencio Varrón, Plinio y Petronio, domésticos pintores de Roma, dieron más curiosa luz y más clara al terrible pueblo, que sus épicos analistas. Estos gloriosos magnificadores de la patria refirieron cómo el romano organizaba sus ejércitos, imponía sus códigos, colonizaba y combatía; sus poetas menores y escritores de costumbres nos han contado cómo el romano vivía. Nos dejaron el conocimiento minucioso y perfecto del suelo en que el germen fructifica, el análisis de la vena donde escondidamente se engendra y solidifica aquel metal raro que los historiadores nos ofrecen ya forjado y convertido en arma centellante, en prodigiosa herramienta, o en joyel deslumbrador. Tan ligeras como son y tan de poco momento estas y otras memorias parecidas, tienen el melancólico encanto de lo pasado, y acaso no es ocioso recordarlas. La raza antigua mengua y se extingue en ciertas ciudades de provincia; sucédela otra vigorosa y nueva con el justo e indiscutible fuero de su actividad, de su energía, de su constancia y de su trabajo; pero imitando a los labradores, que al preparar una tierra usada para nueva sementera, descepan, arrancan, queman y exterminan la añeja raigambre, pretende borrar con su desdén lo pasado, negándolo o escarneciéndolo; suponiendo que la virilidad social del pueblo que habita ha sido instantánea y exclusiva obra suya. Error grave y manifiesta injusticia. Cada edad humana ha puesto su contingente, dado de su savia y de su vida para el crecimiento y sucesión de las futuras, y es vano pretender romper con ninguna de ellas y suponerse desligado y libre de su ascendencia. Cada estado social contribuye a la economía, orden y movimiento común; cada uno de ellos tiene lugar esencial y funciones propias, sin que haya posibilidad de extirpar o excluir a ninguno de ellos por razón de los excesos a que su propia índole los expone: al militar, porque suele ser prepotente y agresivo; al eclesiástico, porque puede dar en invasor y tenebroso al político, porque se inclina a la falsía; al mercader, porque propende al embuste. Y tan injusto como sería negar a los vicios de cada estado la oposición y equilibrio de virtudes contrarias, tanto sería y tan insensato atribuir a determinado siglo todo cuanto es glorioso para nuestra raza, altitud de ingenio, amor de la justicia, heroicos impulsos, y a otro cuanto la envilece y desdora, cobardía de ánimo, flaqueza e ignorancia. En las evoluciones y sucesivo movimiento del mundo moral, lo que parece más súbito e instantáneo a nuestros ojos es obra de larga y lenta preparación-trabajo acumulado por la sucesión de los momentos de nuestra raza-. Vicios y virtudes son herencia recibida de nuestros mayores, y que legaremos a los que nos sucedan. Si queremos estimar su verdadero valor, estudiémoslas con rectitud de propósito y sin pasión en as diversas épocas humanas. A esta parte, pues, por donde vamos, parte alta y meridional de la villa, llamaban puebla vieja, separada de la puebla nueva o baja por un barranco donde entraba el mar, y cuyas márgenes servían de astillero y atarazanas. Uníalas un puente, donde en trances de discordia vinieron más de una vez a encontrarse y pelearon ambas pueblas. Porque la villa, aunque arrimada al bando de los Giles, tenía dentro de sí inagotable origen de división y guerra en la rivalidad y ambiciones de linajes opuestos, codiciosos de gobernarla y dominar a sus contrarios. Hijos de un mismo apellido se disputaban perpetuamente la preeminencia y posesión de los cargos concejiles, y para rendir en su pro el oscilante fiel de las elecciones populares, empleaban tanto la violencia de las armas como en tiempos más cultos los sutiles enredos de la astucia(90). «En la villa de Santander», dice el buen Lope Garcia(91), «no se falla que oviese bandos sino que todo el mando de la villa avia seido e era en el linaje de Escalante fasta que Gonzalo Gutierrez de la Calleja que era criado e pariente de J. º (Juan) Gutierrez de Escalante se allo con la Rua mayor e con la ayuda de los Giles fizo guerra a los Giles fijos de Juan Gutierrez de Escalante despues de él muerto, e peleando un día con los fijos e sobrinos de Ruy Gutierrez de Escalante a la puente, feriéronse muchos de los de Escalante porque entraron en su barrio, e morió J. º (Juan) de Escalante fijo de Juan Gutierrez el ciego (el viejo?) de una saetada que le dieron por el pie de pasillo, é esta fué la primera sangre vertida entre ellos.» Ominoso lugar parece la puente para los de tal apellido, porque siglos adelante, y en aquel paraje, amagaban a quien lo llevaba, no virotes de ballesta, sino balas de fusil asestadas a su generoso pecho. Dios le guardó para ejemplo y amparo de sus hijos, y para darle ocasión de perdonar agravios y pagar ingratitudes con favores. También andaba Santander partida en bandos, roída por la sedición, alterado su reposo, interrumpidos sus honrados hábitos de trabajo, que a distancia de siglos y a pesar de la densa capa de experiencia, desengaños, escarmientos y castigos que el tiempo tiende sobre el mundo, la pasión humana retoña al advenimiento de cada generación, con igual brío, irreflexión y empuje. Otras plumas historiarán estas conmociones e inquietudes; la mía no quiere apartarse ahora de épocas ya serenadas por el tiempo, en cuyos recuerdos se entretiene; mas hay lugares donde no pasa el hombre sin levantar el corazón a Dios y bendecirle, como se descubre y santigua el caminante ante la cruz del humilladero, como el navegante se enternece y ora a vista del escollo donde naufragó su buque y conservó la vida; por eso es la tierra templo sembrado de incógnitos altares, de misteriosas aras, cuya imagen está en el cielo, y cuyos cultos pasan invisibles entre un corazón agradecido y el Criador. Allí en la Rúa Mayor tiene su solar el antiguo y revoltoso linaje; allí muestra todavía su puerta ojiva del siglo XIV, flanqueada por dos repisas esculpidas de incierto empleo, coronada del sencillo blasón y el apellido, timbres que agobia el orgulloso escudo de los Guevaras, sobrepuesto más tarde en una reedificación o restauro, a causa de traslación de dominio. Las hiladas de sillarejo, su color y labra distinguen en la fachada lo más añejo y lo más reciente. Esta casa, llamada por el pueblo el Navío, sea por su extraña disposición interna, por su forma prolongada y angosta, o por su situación semejante a la del buque que encallada su proa en las algas y el cascajo atraca su popa al terraplén de la ribera, y su vecina señalada con las armas de Herrera, únicas en pie de tan remotos días, son padrón de lealtad y amor patrio. Conservólas el pueblo cuando abatió los solares vecinos castigando a sus dueños de haber faltado a la causa común de la villa, en cierta ocasión memorable. Aquel triste rey Enrique IV, de lastimosa memoria, era despojado por armas o por intriga de lo mejor de sus dominios; en provecho de los ensoberbecidos grandes de Castilla. Arrancábanle villas, ciudades y castillos, unos peleando contra su derecho, asistiendo al infante don Alfonso; otros pagándose a ley de generosos del servicio que prestaban, amparando su combatida causa. De éstos, el marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, segundo del título, había logrado en su favor donación de la villa de Santander(92). Poco lisonjeada del favor y harto mejor avenida con la autoridad realenga, floja a veces, pero más benévola y menos apurada que la de los señores, la villa rehusó entregarse al prócer allegó éste fuerzas en sus estados de Santillana y occidente de la provincia; y puestas al mando de don Ladrón de Guevara, señor de Escalante, las dió por escolta a su merino de Santillana, Juan de Gauna, y al corregidor García López de Burgos, encargados de hacer cumplida la donación regia. Santander, amurallada y fuerte, determinó resistir; pero antes de probar la fortaleza de sus cercas habla el de Santillana probado, y probado con suerte, la de sus moradores. Corrompidos con dádivas y promesas de otras mayores, tres hidalgos de buena sangre, Fernando Fernàndez de Alvarado, Juan Gutiérrez de Alvear y Gonzalo de Sotórzano, diéronse al enemigo- tanta mano tenían en el gobierno de la villa, que pudieron abrirle franca entrada a la Rúa Mayor, a la colegial y al castillo; aposentáronle en lo mejor de ella. Sorprendidos, no desconcertados por la traición, los leales se recogieron a la parte baja de la villa, mientras sus corredores y mensajeros extendían por la costa y valles comarcanos la fama del trance en que la villa estaba puesta. Todos respondieron a la guerrera llamada: los pueblos, temerosos de que la tiranía feudal ahogase sus fueros y libertades; los señores, convencidos de que el rey no era competidor para ellos, y lo habla de ser, y temible y forzosamente aventajado el marqués. Giles y Negretes acallaron sus quejas, vencieron su encono y enviaron sus huestes contra el más poderoso. Sucesivamente recibía auxilios la villa y sostenía recios y cuotidianos combates con los intrusados alevosamente en su seno. Corría la sangre por una y otra parte, morían hidalgos y burgueses; allí cayó de un ballestazo Fernando de Escalante junto al arroyo de Becedo y su desagüe en las atarazanas, entre los cuerpos que señalaban cada día la frontera de ambos bandos y el sitio de la refriega; pero a medida que les crecía el ánimo a los santanderinos, menguábales a sus contrarios, cercados ya y desesperanzados de refuerzo. En tal punto pidieron tregua. Concertóse por sesenta días, durante los cuales la villa de arriba estaría en manos de don Ladrón de Guevara; y si al cabo de ellos no llegaba socorro del marqués, sería entregada a los vecinos. No descuidaron éstos prevenir las contingencias; aprovecharon la tregua para enviar naves por la marina a solicitar aliados y recursos, y al cabo de días gastados por los hombres del marqués en espiar inquietos día y noche desde los altos muros y troneras que ocupaban, por ver u oír señal que les avisara del suspirado socorro, sólo tuvieron ojos para ver entrar por la ancha bahía las gruesas fustas que traían soldados a la villa, y oídos para oír el vocerío con que eran recibidos vizcaínos y trasmeranos. Guiaba la animosa flota Juan Alonso de Muxica y de Buytron, señor de Aramayona, poderoso y temido en Vizcaya, aliado antiguo de los montañeses, y a quien convenía tenerlos corno avanzada y muro contra el de Santillana, más poderoso y no menos que él arriscado; allí venía Gonzalo de Salazar, hijo de Lope García, acaudillando sus solariegos de Somorrostro, que dejaron huella de su marcial entrada en el nombre de la calle por donde embistieron y aún dura, y Juan de Agüero, con sus parientes y allegados, con que la villa tuvo en torno de su pendón una lucida hueste de tres mil hombres escogidos y bien armados. Y ya pudo, sin riesgo de enflaquecerse, rebosar del estrecho recinto y tomar los caminos por donde pudieran llegar los socorros del marqués y establecerse en lugar conveniente, apercibiéndose a recibirlos. Vinieron éstos al mando del conde de Saldaña, primogénito de aquél, trayendo gente enviada por su deudo don Pedro Fernández de Velasco, primer conde de Haro; mas llegados a la puente de Arce se arredraron y detuvieron, y en tanto se aconsejaban y resolvían, expiraba la tregua. No aguardaron mayor plazo los de la villa; arremetieron con todas sus fuerzas, entraron iracundos la Puebla vieja, hirieron, asolaron, ocupáronla toda vencedores, y la iglesia y el castillo, y derribaron a raíz del suelo las casas de los torticieros. No vió el débil rey con malos ojos esta resistencia de su villa; revocó la merced(93) y premió adelante su desobediencia y bríos, titulándola muy noble y leal. Los hidalgos de la tierra vieron celebrada su victoria, y entre los cantares y decires con que el pueblo recuerda y perpetúa los sucesos históricos, anduvo buen tiempo esta copla:
Sería interesante saber qué parte tomó el abad en estos acontecimientos. Parece cómplice de los amigos del de Santillana, puesto que su iglesia fué de los puestos abiertos al invasor por los conjurados; pero ¿quién era entonces el abad? ¿Cómo se llamaba? ¿Tenía aún jurisdicción señorial? ¿Pertenecía a la familia de los Mendozas, cuyos apellidos encontramos por aquellos años en las sillas abaciales de Santander y Santillana? ¿Era ya abad don García Lasso de Mendoza, nieto del primer marqués de Santillana, el cual años más tarde ocupó ambas dignidades? Curiosos habrá que, acotando las blancas márgenes de este libro, diluciden e ilustren este punto y tantos otros como van quedando al estudio y erudición de mejores ingenios. ¿Cuál fué la puerta franqueada a los agresores en la querella? Siete tenía el muro un siglo después; probablemente las mismas de entonces: los nombres de seis de ellas, conservados en los de las calles a que abrían salida, declaran paladinamente su situación respectiva: Arcillero, Santa Clara, Sierra, San Francisco, Atarazanas y San Pedro(95); queda por señalar la llamada de San Nicolás. Atendamos a que la Rúa mayor, importante en aquel tiempo, había de tener forzosa comunicación con la campiña; a que en la obra contemporánea citada no se menciona cuál fuese; a que enfrente de ella y por las alturas de las actuales calzadas altas hacia donde hoy están Santa Cruz y el hospital, el antiguo panorama de la villa ofrece una iglesia con advocación de San Nicolás, y colegiremos sin violencia que la puerta de San Nicolás, situada hacia lo alto del paredón de hoy, daba entrada a la Rúa mayor, y por ella de rebato, amparados de la noche, conducidos por los tres hidalgos tornadizos, entraron los soldados del marqués. Ayúdame, lector, a restablecer el antiguo paisaje, a imaginar derribado caserío de la actual ciudad a Occidente de la cuesta del hospital; a fingir entero el muro, enhiesto su almenaje su pardo lienzo arranca de la Rúa mayor y baja la colina abajo, escalonado en trozos de igual altura y nivel distinto. En lo áspero y encumbrado del terreno el escarpe suple al foso que en la accesible hondonada se abre ancho y enjuto, tal como lo pintan las memorias contemporáneas. El terreno encañado entre esa colina de San Pedro o San Nicolás y la de San Sebastián que corre al Norte de la villa, ondea subiendo hacia Occidente en valle desigual y mies abierta. Una cruz de piedra señala los límites rurales: a uno y otro lado de ella pasan el arroyo y el camino, y arrimado al muro de la ciudad y a la puerta de su nombre, levanta su antigua fábrica el convento de San Francisco. Supón la hora del mediodía en uno de los templados y serenos de invierno: el sol baña las piedras y el matizado suelo, y la gente menuda acude a tomarlo resguardada del sutil Nordeste; el filo de la contraescarpa, el pie del muro están ocupados por jayanes que duermen, mendigos que se limpian de miseria y hacendosas mujeres de braceros que guardan su pobre colada tendida y remiendan las calzas del chicuelo que en tanto se abriga con el calor del cielo. Alguna rodona de cercenado guardapiés, cortejada por un soldado de la fuerza o de las galeras de Castilla ancladas en el puerto, se aleja por el camino de Burgos, por donde cruzan sollastres y garnijos, dándose groseras zumbas y soeces vayas; los primeros a abastecer su figón de comestibles, exentos de la tasa de la villa; los segundos a recibir al mulatero, cuya recua esperan cargar en la ribera al retorno de las lanchas pescadoras. De tanto en tanto se detienen y agrupan con otros concurrentes en torno del truhán que recita, con gutural y compasado acento, los sabrosos romances del Palmero o la Infantina; del aventurero que miente peregrinaciones, votos y penitencias testimoniados con talcos, plomos y conchas, prendidos a su rota esclavina y mugriento sombrero, y aunque mal confiados en su veracidad y en su honrada palabra, y dispuestos a zumbarle con epítetos raeces, todavía soldados y marineros, próximos a arriesgarse en navegaciones y aventuras, le buscan a hurtadillas y le pagan en sonantes novenes la peregrinación a Santiago, las estaciones de hinojos ante el Pilar santo de Zaragoza, y acaso acaso un capitán enamorado le colma el oculto bolsón, para que, llegado a Roma, hecha con ardiente contrición la visita de sus siete basílicas, eche el clavo a su fortuna y le consiga del cielo el favor de tornar venturoso y hallar fiel a su amada. En tanto al umbral de la portería franciscana se atropa la muchedumbre hambrienta que aguarda la sopa. El hidalgo que vuelve de dar su cuotidiano paseo por la solitaria mies del valle (96), en sabrosa plática con un racionero de la colegial, se ve acosado por los más audaces; recházalos con un ¡Dios los amparel atufado por el penetrante hedor que expiden; pero a tiempo pasa la santera de San Bartolomé del Monte, que sale de la villa de su semanal cuestación; salúdale por su nombre; el hidalgo se detiene, mete mano a su escarcela y suelta una blanca en el taleguillo de la frera; a punto ya de entrar por el arco de San Francisco, cruza otro saludo con el padre procurador de Santa Catalina de Monte Corbán, que pasa caballero en su mula, remangados los blancos hábitos, batiéndole las piernas los hijares de su bestia, y los hombros las alas del fieltro con que se guarda del sol o de la lluvia. La campana colegial que tañe el Ave María, a la cual responden las de los conventos, parece poner espuelas a la rucia, que repicando el paso toma la cuesta del Cubo y desaparece entre los setos de las huertas. El hidalgo se para y descubre; imítanle muchos de los transeúntes; el racionero reza, las mujeres en lo alto se santiguan, y aunque de mala gana, soldados y daifas bajan la voz y templan la risa. Y, al cabo de breve pausa arrecia el vivo rumor del gentío, las voces diversas, gritos, carcajadas, apóstrofes y juramentos; recobran su acción y movimiento grupos e individuos, y destellan al vivo rayo del sol el jubón recamado del caballero, la acerada gola del militar, el ceniciento hábito del mendicante, la abigarrada trapería de lisiados y truhanes, y los zagalejos de las mozas de servir que traen lleno el cántaro de la fuente de la Bóveda(97) o de la más lejana, y por ende más concurrida, de Becedo(98). - IV -Esa portería donde tu imaginación dócil a mi deseo, lector complaciente o compatriota amigo, ha visto amontonarse el tropel hambriento y desarrapado, no era la que en tus días da paso a pretendientes e intrigantes, a paisanos y militares, extraños huéspedes del claustro(99); ni tampoco ese pórtico donde los domingos aguardan mezclados la hora de su rosario hermanos de la orden tercera y acogidos de la caridad, y los días comunes al caer la oración miden las losas y pasean sosegadamente dos o tres padres comentando las nuevas de la ciudad o los negocios de la corporación, al sabor y al humo de un papelillo(100) . El actual convento lleva la fecha de su reedificación en la fachada: 1639. Gonzaga, general de la orden, que un siglo antes escribía su puntual historia y estadística, pone la fecha de su fundación primera anterior al año 1270, a juzgar de las letras de un sepulcro situado a inmediación del ingreso principal. «No existe -dice- tradición ni escritura de su edad ni fundador»(101). Carezca en buen hora de diploma o instrumento auténtico, mas no puede fallecerle la tradición, nacida de la incertidumbre misma de su origen, fastos del pueblo que a su modo hace la historia inspirado por su gratitud o su rencor. Tradición tiene el convento, tradición común a las fundaciones seráficas de oscuros principios. Lo que es desdeñado por un cronista imparcial y austero, guardábanlo amorosamente bajo la caliente lana de su sayal los humildes y pequeños, y al desnudarse la monástica jerga, lo conservaron al calor de la seglar sotana, como parte que era, no del traje, sino del alma. Yo se la oí contar, oscura en tiempo, dudosa en nombres, incierta y confusa como descolorido recuerdo o palabra de anciano, balbuciente y tarda. Venturoso en guerras, y pagado de esfuerzos y fatigas con el acrecentamiento pingüe de su mayorazgo, vivía la villa cierto hidalgo honrado y temeroso de Dios. Pertenecíanle estas tierras próximas al muro, solar del convento y huertas vecinas, erial entonces infecundo. Cavilaba buscando modo de hacerle fructífero el buen hidalgo, y contra la costumbre de su ánimo resuelto, vacilaba indeciso: ya imaginaba enajenarle, ya resolvía romperle y labrarle, o bien edificar vivienda para si fuera de las lóbregas y estrechas calles de la villa, abierta al sol y al aire con el regalo y esparcimiento de árboles y jardines. En tales meditaciones vivía; sus convecinos murmuraban sorprendidos del reposo con que parecía mirar aquella parte de su hacienda; censuraban en otro tiempo su actividad, inoportuna a veces, a veces excusada; su constante afán de mejorar, cambiar, amojonar, partir y descuajar, y ahora le raían por perezoso e indiferente; y ahora y antes, lo mismo de su actividad que de su inercia, concluían idéntica afirmación, a saber: que algún misterio envolvía el proceder del hidalgo, que bien sabido se tendría el por qué de ello, y algunos provechos ciertos aguardaba. ¡Quién acertó nunca con la opinión y gusto de sus convecinos! Paseaba cierta tarde el hidalgo sus cavilaciones por el camino de Burgos, cuando vió llegar dos frailes de hábito extraño para él, y facha venerable. Se encontraron, y el más enjuto y joven de los forasteros saludó al hidalgo por su nombre, deseándole el favor del cielo. Lisonjeado por la novedad, cortés a medias y a medias curioso, incorporóse a los viandantes para guiar su entrada en la villa. Caminaban despacio y entretenidos; la conversación del fraile, persuasiva y fervorosa, inflamaba lentamente el sencillo corazón del hidalgo. Nacíanle gratas sospechas de que iba hablando con un siervo de Dios predilecto y bendito, y luego las trocó en certidumbre, cuando cercanos a las puertas de la villa el varón apostólico le dijo: «Estas tierras que os turban el sueño y acucian el ánimo, tienen empleo señalado por los designios de la Providencia; Dios las quiere para mansión de los pobres hijos de Asís, y envía a su siervo Francisco a poner la primera piedra de su casa. Hincóse el hidalgo a besar el hábito del santo, y ufano de la elección divina, cedió las tierras para fundación de la orden.» Singular vacío ocupa en las historias franciscanas el lugar del viaje del gran patriarca a España. Todas convienen en que peregrinó a Santiago de Compostela, y el cómputo de los años de su vida y empleo de cada uno de ellos, hace caer la jornada dentro de los de 1213 y 1214. No la mencionan aquellos tres compañeros, testigos perennes y leales de los dichos y hechos del santo, León de Viterbo, Rufino de Asís y Ángel de Rieti, que dejaron escrita una Memoria expresiva y breve de todos sus actos(102). Sin embargo, la tradición constante y repetida se afirma con datos y pormenores suficientes para que el grave analista Wadingo admita como positiva y auténtica probanza. El seráfico mendigo, el bienaventurado caballero de la pobreza, como se titulaba, cuando vuelto de sus vanidades hidalgas trocó martas y brocados por la áspera jerga, y el dorado cíngulo por la soga penitente, goza del prestigio común a todos los héroes populares. Cada región pretende haber sido teatro de sus milagros, todas quieren haberle visto y albergado, haber sido honradas con su elección para asiento o cuna de nueva comunidad, nueva familia. Testimonio, no tanto de piadosa vanidad cuanto del concepto universalmente adquirido de la prodigiosa actividad, incansable celo y eficaz propaganda del héroe. Como al valor y al brazo de los paladines legendarios se atribuye el vencimiento de todo monstruo, la doma de toda fiera, el remedio de toda calamidad, a la insaciable caridad de Francisco se atribuye el establecimiento de su religión en toda región extrema, tempestuosa y fría, agria y estéril, inhospitalaria y ruda. Ley eterna de la gratitud humana, que paga todo beneficio con la perpetua memoria de su bienhechor; legado que las generaciones heredan y extienden, acrecentándole siempre, renovándole a menudo, invocándole en horas supremas, en momentos de tribulación; en los apuros de la patria, si el héroe no fué más que héroe; en los aprietos del corazón, si fué santo. Patria y corazón han de vivir expuestos a dolores y miserias, y recaer en su yugo, por largas treguas que hayan de sosiego y de fortuna; por eso el nombre y culto de sus patronos en la historia y en el cielo, si a intervalos se entibia y decae, no perece ni se extingue nunca. Nadie se lo enseña a los niños, y éstos lo aprenden, y lo defienden, y lo aman, y lo invocan apenas su tierno pecho sufre la ponzoña del dolor primero, apenas siente lastimado ese amor áspero, violento al suelo nativo, que madruga en el alma harto más que la razón y el discurso. Italia es tierra feraz, opulenta y jugosa, en que la planta hombre nace y crece más vigorosa y ruda, según decía su famoso Alfieri; madre de hijos insignes en virtud y en maldad, en gloria y en infamia, que sobrepujan al tiempo y perpetúan su nombre, alzándole a la más alta gloria o enlodeciéndole en criminal bajeza; preclaros ingenios, esclarecidos capitanes, sublimes santos y torpes criminales o hediondos réprobos. Italiano y de Asís fué Juan Bernardone, a quien su padre, por amor que a lo francés tenía, y semejanza que entre el genial de aquellos naturales y el de su hijo creyó hallar, dió en apodar Francesco, apodo destinado a altísima fortuna y perenne nombradía. Ya mozo, tentóle la vanidad un deseo loco de emular en gastos y rumbo a los hidalgos sus convecinos. Logrólo aína; la nobleza menuda de Asís era ociosa y pobre, mientras en casa de Francisco, casa de mercader aplicado y hacendoso, había caudales horros, nunca mejor empleados que en satisfacer sus veleidades de magnífico. Esto pensaba su madre, madre al fin, y que, nacida de estirpe noble, vela de buen grado las aficiones de su hijo, y no se hacía de rogar para sustentarlas. Guerras y placeres eran la vida en aquella edad de la juventud hidalga en Italia; en guerras y placeres participó Francisco, obedeciendo siempre a las ansias infinitas de su pecho y sin verlas sacias nunca. Así su imaginación ardiente comenzó a volverse a las cosas del cielo, a sentir la atracción de lo invisible y eterno, de lo inmaterial y permanente; la generosa grandeza de la Redención vino a labrar en su ánimo, la voz del mendigo cobró un eco extraño a sus oídos, y la efigie del Crucificado se animó a sus ojos con la vida dolorosa de una agonía sin remedio y sin fin; el pecador comenzó a sentir el dolor de las heridas del mártir, a oír sus quejas y sollozos: sincero y ferviente, había cedido a las disipaciones mundanas; sincero y ferviente se dejaba envolver y arrastrar por la seducción inefable del misterio. Prendas de su alma habían sido la compasión y el desprendimiento, virtudes que llevan lejos, muy lejos, a la miseria y a la santidad. Por esto su primer paso en el nuevo camino por donde entraba, ciego de fervor y de esperanza, fué despojarse de sus bienes con provecho de sus semejantes; por eso halló quien le siguiera, quien le acompañara, quien imitase su abnegación. Esas virtudes son el numen del fundador evangélico, su iniciativa, su fortaleza y su prestigio; llaman el favor del poderoso, la limosna del opulento, la personal consagración del pobre y del entusiasta. Menores llamó Francisco a sus compañeros, y menores se llamaron sus discípulos luego que Inocencio III desde su silla apostólica ratificó y bendijo la nueva comunidad y la nueva regla; menores, porque Jesucristo habla dicho a sus apóstoles: «Lo que hiciéseis a los menores de vuestros hermanos, lo habréis hecho a mí.» Los benedictinos le dan una iglesia suya, arruinada casi, tan pequeña y pobre, que en su lengua italiana la llamaba el pueblo Santa María de la Porciúncula, porque parcela o porcioncilla escasa de tierra era la que la iglesia ocupaba y le pertenecía. Y de tan humilde principio y de seis fervorosos que le asisten y obedecen, parte la orden mendicante a ocupar el mundo. Rico de amor corno era el corazón del patriarca, encerraba intimo germen de poesía. Educado anticipadamente su entendimiento en la música y en la poesía caballeresca de los trovadores, puesto, por su vivir errante y mendigo, en comunicación constante con la naturaleza, y necesitado acaso de hablar otra lengua que la lengua de la razón y del discurso usada en sus predicaciones, de descansar de la lengua que persuade en la que exalta y conmueve, prorrumpía en aquel himno sublime, il cántico del Sole, en que acordándose del común origen de todo lo criado, llama hermanas a todas las criaturas, convidándolas a alabar y engrandecer al Señor. A su ejemplo riman y cantan sus compañeros y discípulos, el gran Buenaventura, su futuro historiador, Jacomino de Verona, uno de los precursores de Dante, y aquel Jacopone de Todi, autor de la elegía en que la cristiandad entera llora el dolor de María al pie de la cruz.(103) Y quizás la poesía franciscana y su hondo sentimiento de la naturaleza influyen en el arte y hacen aparecer un nuevo elemento de composición, el paisaje, en tablas y frescos del decimotercero siglo, al renacer la pintura en manos de los prerrafaelista en Sena y en Florencia. Es San Francisco de las figuras históricas que arrastran consigo y distraen de todo camino cuando se las encuentra. Continúa ejerciendo en los dominios de la imaginación su irresistible ascendiente. No es preciso para ello entrar en un templo corno éste, espacioso y pobre, en cuyo piso lees todavía los números de las antiguas sepulturas; en cuyos machones miras el blasón elocuente de la orden, la cruz soberana patíbulo del hijo de Dios, y clavados en ella el brazo redentor y el brazo penitente, la desnudez divina y el cilicio humano, el sacrificio y la oración, y rojeando a sus pies la sangre, precio, llave y fruto del sin igual misterio. Pero acaso bajo las anchas bóvedas, prendidos a las imágenes sacras, a las figuras de los escudos heráldicos, a las labores de los sepulcros de los antiguos caballeros, viven recuerdos que prestan viva luz al ambiente y hacen fulgurar la santa diadema del patriarca, que en lo más alto del retablo mayor tiende aún los brazos abiertos al cielo. Los soles de la vida agostan el alma; pero en su tierra abrasada duerme inextinguible un germen que retoña y reverdece al calor de un afecto, al riego de una lágrima, y como no se olvida la manera de santiguarse, porque viene de enseñanza maternal, tampoco el lugar de la primera oración, de la primera misa, porque en ella acompañó la madre al hijo. En el umbral bendito dejan su carga las aldeanas, fiándola del mendigo que tiende la mano abierta a los fieles; cóbranla cuando salen, y subiéndola sobre la cabeza tornan a su faena; en el umbral bendito deja el alma sus tristezas humanas para entrar dentro de la iglesia como entraba antes de probarlas y conocerlas, alegre, desembarazada, señora de un horizonte breve pero sereno, tan limpio de penas, que para dar alimento a la sed de padecer, sello misterioso de nuestra raza, necesitaba afligirse con el padecer ajeno. No teniáis; al umbral y a la salida hallaréis de nuevo, y no menguado en peso, vuestro fardaje. En esta iglesia y en su capilla de San Luis, dice Jorge Brawn se verificaban las elecciones anuales de los magistrados de la villa. Los mejores linajes de ella, abusando de su poder, intervenían y violentaban la voluntad popular, o la menospreciaban y se sobreponían a ella cuando no iba conforme con la suya propia. Modos había de preparar el sufragio, concertando su aparente espontaneidad con el provecho de los ambiciosos e intrigantes; pero no siempre alcanzaban o se torcían antes de dar el prometido resultado, y entonces los desesperados no vacilaban en acudir a la violencia, violencia que alguna vez ensangrentó el atrio del templo y acaso los ámbitos sagrados. Eran los antiguos bandos que, reducidos al recinto de poblado y ya despedidos de sus antiguas cabalgadas y rebatos, perpetuaban su división y odios, buscando la satisfacción de su vanidad en la humillación y derrota de sus contrarios. Parece que un rey, Juan II quizás, quiso remediar el escándalo, y dió ciertas ordenanzas a la villa para la provisión de los cargos de su magistratura. Eran un modo de transacción y avenencia entre los linajes enemigos, para que de mutuo convenio alternasen en el regimiento y administración municipal. Mas sucedió que algunos de los linajes, bien avenido con la posesión de la autoridad, cuando fué cumplido su tiempo y llegó el de cederla al linaje rival, desentendióse de las ordenanzas y rehusó cumplirlas. Constituyóse entonces un estado de permanente discordia, más grave aún y más escandaloso que aquel al cual habían puesto término las ordenanzas de don Juan II. Y los Reyes Católicos se vieron en el caso de proveer a su remedio, expidiendo en Madrid, a 30 de enero de 1498, una carta real en que ordenaron, hasta en sus menores detalles, el modo de hacer las elecciones(104). ¿Fueron mejor obedecidos que su negligente padre? Es dudoso. En un proceso de mediados del siglo XVI hallo que en el primer tercio del siglo era cabeza del bando de los Giles Juan Ruiz de Escalante, el viejo, «el cual vivía en la Rúa mayor, e proveía la vara de la Hermandat, cuando cabía a su linaje en quien quería»(105). Prueba de que caída en desuso la provisión última, se había vuelto a las ordenanzas anteriores. Y a dos de mayo de 1560, el rey Felipe II, en Toledo, aprobó y confirmó, para que se restituyera a su ejercicio, la carta de los Reyes Católicos, sus bisabuelos. Otro solar antiguo tuvo la orden francisca en la villa. Diósele en 1323 doña María de Guitarte, viuda de Gonzalo García de Santander, valeroso capitán de las naves de Alfonso X y Sancho IV(106). Huérfana de hijos y de esposo, y ricamente heredada, la piadosa hembra gastó su hacienda en labrar convento para las hijas del seráfico padre, dentro de los muros, arrimado a su ángulo nordeste entre las puertas de la Sierra y la que de su vecindad se llamó de Santa Clara(107). Todavía cerca la clausura el ancho paredón, sobre cuyos altos adarves arraigan laureles e hinojos; todavía subsiste el ábside del siglo XIV, con su rasgado ventanaje, tapiado en días de guerras civiles, sus rudos estribos y toscas gárgolas, y queda parte del cenobio construida en menos remoto tiempo: en el siglo XVII, a juzgar por su arquitectura. ¡Pero cuál se asombraran sus pacíficas y antiguas moradoras si, restauradas por un momento en su retiro, oyeran el constante y bullicioso estrépito que hace retumbar sus ámbitos!¡Y qué famosa ocasión para ejercitar su natural travieso y provocativo tendrían los estudiantes que dentro de ellos corren y vocean, si vieran parecer un día a las venerables madres, y asomar las graves tocas y luengos mantos, poniendo coto a sus juegos y atajo a sus diálogos y palabrería, pocas veces casta y ortodoxal! Vacío el monasterio por la revolución, destinóse a colegio de segunda enseñanza con el nombre de Instituto Cántabro. Tenla entonces Santander varones de ánimo robusto, que pudieron con justicia aplicarse a sí propios la frase de un héroe de Lope de Vega:
Metidos en los azares de una guerra civil y desastrosa; dudosos los destinos de la patria; sombrío el horizonte y preñado el cielo de siniestros presagios, pusiéronse en mientes llevar a cabo una fundación esencialmente pacífica, cimiento de más tranquilo vivir, centro de luminosa enseñanza, fuente de clara doctrina que, ahorrando a las madres el dolor, a los padres el dispendio de alejar en tierna edad a sus hijos, les dejaba el dulce peso de educarles el corazón, atendiendo a la vez al indispensable cultivo de su inteligencia. Salían aquellos honrados ciudadanos de guardar la improvisada aspillera y entraban en el salón municipal. Dejaban el marcial entretenimiento de la táctica y su ejercicio para discutir la administración popular, y sin descalzar la militar espuela al regreso de aventuradas expediciones, preparaban y escogían los medios de realizar su intento, dando a su obra sólida trabazón y duradera vida. Por uno y otro camino llegaron al término donde se compensan el desinterés y la perseverancia: la abnegación y el esfuerzo en el campo, la prudencia y la integridad en la gestión de los intereses comunes, se vieron premiadas con igual felicísimo éxito, y un mismo día celebraron los santanderinos la paz de Vergara y la inauguración de su Instituto. ¡Hermosa coincidencia!; soltar las armas y abrir las aulas; envainar la bayoneta, retirar el cañón amenazador de la angosta tronera y erigir la cátedra del magisterio; apagar la tea y encender la antorcha; tender la mano al enemigo y llevar juntos sus hijos a los bancos del estudio, donde no han de oír predicaciones de odios que enciendan la sangre y armen el brazo, sino principios benéficos y creadores; donde han de aprender las máximas de la moral para amarse, las leyes de la filosofía para conocerse, los misterios de la ciencia para penetrar la admirable máquina del mundo y comprender sus portentos, los ejemplos de la historia para honrar la patria, los encantos de las letras y las artes para estimar la grandeza del ingenio humano, respetarle como a centella de divino origen, como a consolación suprema de ruinas y dolores, como a prenda exclusiva de duración de los pueblos, pues la misericordia del cielo conserva y perpetúa sus obras cuando pasaron y se extinguieron sus leyes, sus armas, su poder, su gloria, y ya no pisa la tierra hombre que hable su lengua y en ella rece, discurra, blasfeme o gima. Desde 1839, año de su inauguración, ha sido el instituto plantel donde las inteligencias cántabras, preparadas por una labor primera y rudimentaria, han sido nutridas de sustancia y modeladas para sus destinos ulteriores; allí se han iniciado y presentido las vocaciones de todos nuestros conterráneos de la generación actual; allí los que ahora ciñen espada sintieron el primer hervor del militar entusiasmo exaltados por las glorias de la falange, del tercio, de la guerrilla; allí los que guían naves por remotos y tempestuosos mares, vieron la primera luz de los rumbos del cielo en sus fijos luminares; allí los que velan con provechosa constancia en persecución de la fortuna, tuvieron la noción elemental de la economía y del cálculo; allí los que predican al pueblo desde la sagrada cátedra, los que amparan la justicia en el foro, sintieron el misterioso atractivo de la palabra; allí los que manejan pluma comprendieron la áspera grandeza de esta obra excelente y viril, la cual exige de consuno idea, valor, inspiración y trabajo, según frase del más elegante de los modernos críticos franceses(108). Allí, en fin, ha sentido, o siente, o sentirá las primeras e inefables caricias de la musa patria, el ingenio, que ha de hacer olvidar este libro mío (si alguna vez mi libro logra fama, siquiera en los estrechos horizontes de la tierra nativa), trazando en fiel y vigoroso retrato su imagen, inspirado por la voz íntima y constante que oye el buen hijo brotar, doliente de las ruinas, de los recuerdos, del sepulcro sagrado de su madre olvidada u ofendida: - V -No abusemos de tu paciencia, lector, que andará ya muy al cabo, así como tu aliento aridecido del seco polvo, o hastiado del vapor de moho que tantas piedras viejas despiden. Vamos a lo que no envejece ni se muda, a lo que permanece y dura, aunque movible y fugitivo, según la expresión de nuestro Quevedo. Vamos al mar, azul y profundo, sonoro y undívago hoy, como lo era en los tiempos en que arrullaba aquí vastas soledades; al mar que vieron en el siglo V los Erulos o Normandos de que nos habla el viejo Idacio(110), igual que lo ven ahora los mareantes de los clippers que llevan pan a Cuba y de Cuba traen tabaco y dulce. Aquí está la gala de Santander, aquí su opulencia: aquí suena la respiración de sus anchos pulmones, su rumor sordo de colmena, su correr de tratos y negocios, su rechinar de cabrias, su zumbar de aventadores, su rodar de barriles, su golpear de empaques, su contar sin duelo y sin tregua de cueros, duelas, hierros, tablas, bacalao y fardería: aquí late la vida de su cerebro, aquí suena el oro de su bolsillo, y cruje sobre el papel la pluma de sus escritorios, y susurra en el aire el cuchicheo de sus transacciones y el aritmético y arcano frasear de cotizaciones, precios, cambios y descuentos. Por aquí rebosó, haciendo estallar el férreo cinto de sus muros, cuando, crecida de villa a ciudad por merced del señor rey Don Fernando VI(111), le pareció poco y estrecho aposento el de sus antiguas calles, y para edificarse vivienda suntuosa y vasto almacén echó cimientos en el agua, donde no tenía más coto que el de sus dineros y su voluntad. La voluntad no ha enflaquecido nunca, los dineros han tenido períodos de fluir y prodigarse, y tiempos de escasear y retraerse. Y los muelles, sujetos a las fluctuaciones económicas, empujados en los momentos prósperos, paralizados en los adversos, han ido entrándose mar adelante con la pertinacia de todo lo fatal e incontrastable. Su fábrica cuenta a piedra en grito y al más sordo, tres períodos sucesivos de construcción desde que, levantado el piso antiguo de la baja Ribera, al promediarse el pasado siglo, paulatinamente creció hasta el Martillo, en cuyas obras suena el nombre del Don Juan de Isla, que hallamos en el astillero de Guarnizo. Luego, en los días de 1820 a 1823, se alarga desde el Martillo al Merlon, y se apellida Nuevo por su fecha, de Calderón por su diligente constructor y empresario, y al cabo se dilata hasta el desagüe de Molnedo, anónimo, porque se edificó en tiempos en que la asociación es especial y poderoso agente de la actividad humana, y en ella se anegan nombre e iniciativa individuales, por más que de la iniciativa individual tenga toda asociación su espíritu, su energía, sus resultados y sus provechos, y más ligero y menos suntuoso, porque ha nacido en tiempos en que hay muchos vestidos que hacer, y no se puede consumir el caudal en uno solo, suntuoso y de boato. Pero este es muelle epiceno y mestizo; tiene de señor y de obrero, de comerciante y de vago, de taller y casino, de lonja y de paseo. Sin quitarse la honrada librea de su trabajo, el polvo de la harina que le mancha muros y losas, como mancha el polvo de la creta las barbas y manos del escultor, como mancha el polvo de la hulla la piel curtida del cerrajero, cesa, descansa, toma aires de ocioso y de galán, se deja visitar por damas y se hace cómplice de amores y elegantes aventuras. Otro es el muelle que no reposa ni tiene domingo, ni hora de urbanidad y sociales esparcimientos; el muelle obrero, de pipa y faja, incansable, rudo, polvoriento, escabroso, inhospitalario para todo el que no va a pagar o recibir jornal, a cargar o descargar, a comprar o vender. En este muelle liemos desembarcado. Arranca de la parte meridional de la ciudad y se tiende al Sudoeste a buscar, avanzando por escalones, la distante península de Maliaño y a pedirle su nombre. Franceses vinieron a construirlo, y un día de verano de 1853, entre músicas y aclamaciones de algunos entusiastas, y las preces que la Iglesia tiene para toda obra beneficiosa y útil de la inteligencia humana, sumergióse en las aguas de Santander, por cuatro o seis brazas de fondo, la primera piedra de la construcción. ¡Cuántos se reían y alzaban los hombros al oír hablar del porvenir y utilidades y ventajas de una empresa cuyo presente se reducía a un sillar sumergido en las aguas, hundido y desaparecido en el cieno de su fondo! La fe es prenda rara; faltábales a los mismos que, partícipes del pensamiento inicial, lo habían transmitido a la actividad y mayores medios de los extranjeros; húbolos que como Esaú vendieron su derecho de primogénitos, es decir, de propietarios primeros en la tierra arrancada al mar, levantada y establecida sobre su extensa ciénaga, por un plato de lentejas, y quizás el descorazonamiento cundía y se arraigaba porque los extranjeros, aparte de las ventajas que de la realización del plan habían de dimanar, legítima recompensa de sus afanes y perseverancias, pedían pocos dineros sonantes. Pero al sillar inicial y simbólico fueron siguiendo algunas barcadas de sillares. Un día ya asomó el artificial escollo sobre la base de las aguas en su pleamar, y como hitos de una medición fantástica fueron asomando otros escollos parecidos en toda la extensión de la obra proyectada. Los escollos fueron creciendo y ensanchando, luego se unieron, luego el cieno de las mareas se espaldó en su base y rellenó sus huecos, y los barcos fueron descargando arena al abrigo de aquellos estribos, y el mar, después de porfiar una vez y otra, de roerles los cimientos, de arrancarles las piedras de la base, de minar, arrastrar, hundir y quebrantar, sintióse a su vez quebrantado e impotente contra la tenacidad humana, y cedióle el paso, y se fué retirando, y reconoció, por último, que su destino no era pelear contra el naciente y ya vigoroso y erguido muelle, sino ayudar a su utilidad y empleo, arrimando los barcos y teniéndolos a flote, mientras vomitaban sobre la escollera los depósitos de sus anchas bodegas ó las abarrotaban con las mercancías que la escollera acarreaba. De tal manera, con uno y otro muelle, alargándose a Vendaval y Nordeste, va Santander abrazando su bahía, a modo de colosal crustáceo que abre la ancha tenaza de sus pinzas para coger la presa. ¿Hasta dónde llegará? ¿Cuál será el límite de su afanosa, lenta y tenaz porfía? ¿Cuántos siglos pondrá la eternidad desde el punto en que yo cuento hasta aquel en que un bibliófilo curtido y seco, empolvado y miope, manuscriba aquí entre renglones de lo impreso, con inefable y egoísta gozo la contestación definitiva a mis preguntas? Pintoresca ribera contiene el espacioso lago desde la escollera extrema de uno y otro muelle. Allá al Este avanza el cabo San Martín y su inútil batería; un peñón, que parece desprendido de la costa, asoma en medio de las aguas; llámanle los marineros San Mamés, y con este nombre, y en aquel paraje, pinta Brawn, en su Santander del siglo XVI, un islote con una ermita y un puente que le une a San Martín. Si alguno duda de que en trescientos años la mano del hombre y los besos del mar pueden reducir a tan exiguo escollo una piedra capaz de fundaciones devotas, córrase hacia el puerto y cerca de su boca hallará la peña de la Torre, que en días no lejanos mostraba señales de antiguos fosos y parapetos de tierra, que en otros más recientes dió asiento a una ancha tienda de campaña, bajo la cual se guarecía la corte de Isabel II(112), esparciéndose desahogadamente fuera de ella el numeroso pueblo que formaba el cortejo naval de su reina. Diez años han pasado y ya escaso asiento deja al pie de los curiosos la pólvora que hace estallar el peñón con repetidos barrenos. Estos cabos y promontorios cierran la vista de la boca del puerto; más allá de ellos se dibujan ya las tierras de la otra parte; el pálido arenal de las Quebrantas, cementerio de náufragos, envuelto siempre en la siniestra bruma de las rompientes; tras de sus dunas tumulares se esconde el santuario de Latas y su romería; luego el arenal del Puntal, que viene y se acerca a provocar a la ciudad frente a sus soberbios muelles; en su descolorida arena negrean las caravanas que bajan de Galizano y Somo a tomar el barco que, abrigado en el redondo seno del Miera, los aguarda. Aquí se derrama en la bahía el alevoso río; ya la barra que levantó para cegar el puerto es muro que resiste a su corriente, la rechaza y la obliga a ondear y torcerse para buscar camino, a remansar para hacer caudal recoger fuerzas y tentar con mayores ventajas el paso. Y se echa en un refuelle sobre la venta de Pedreña, que, como situada en alto y sobre firmísimo cimiento de rocas, le mira por encima de su tejado con la misma indiferencia con que en tiempos antiguos miraba de más cerca a los huéspedes que llegaban hambrientos y pedían de comer. Tierra adentro, por cima de lomas y quiebras, blanquea el palacio de Setien, arrimado a unos árboles, señor del paisaje, como lo era en la comarca la raza que le fundó y tuvo en él vivienda largo tiempo. Los nobiliarios cuentan con poéticos rasgos el origen de los Setienes; ¿por qué no recordarlo? Precisamente en esta marina, siguiendo la vera del agua, pasando el melancólico Ambojo y su bosque a raíz de las mareas y su ciprés característico, obelisco perpetuo de los solares montañeses, plañidor que llora sobre su muerto espíritu y apagada gloria, único ser que llora perennemente sobre los muertos, que decía Byron(113); pasando luego un promontorio que llaman del Acebo, aunque ni acebo ni otro árbol hojecen en su pelada loma, llegaremos a Helechas. No tuvieron mucho que cavilar los etimologistas heráldicos para discurrir que Helechas se llamaba así de lo espeso y crecido del helechal que ocupaba el sitio. ¿Por qué no nos dicen de dónde trae su nombre cierto aquella roca cónica aislada enmedio del agua, que unos dicen de Marnay, otros de la Garza y otros de las Ánimas? ¡La peña de las Ánimas! Nadie dudaría del origen de su dictado si lo llevase un escollo en la procelosa costa, allí donde el terror y la creencia popular oyen el gemido de las almas, cuyos cuerpos arrolla el agua, y los destroza y sumerge con su violencia airada la tormenta, donde el oído fascinado percibe entre el clamor de las olas y el alarido de los vientos el ¡ay! blasfemo del que desespera y el gemido supremo del que se ahoga; pero aquí, silenciosa, en medio de las plácidas ondas que roen calladamente la piedra, ¿qué leyenda extraña, qué visión misteriosa aparecida en doble tiniebla de antiguos tiempos y densa noche engendró el fúnebre título? En el sene que se forma a Levante de la peña está, pues, Helechas: una iglesia torreada, ennegrecida por las lluvias de ocaso, vecina del agua, señala el pueblo. Normandos o godos hijos de tierras boreales o aventureros de la mar, llegaron y desembarcaron acaudillados por dos príncipes. Recibiéronles los naturales a saetazos y pedradas, armas de aquella edad remota; andaba la pelea reñida y el vencer dudoso, cuando de lo cerrado del helechal y espantadas por la grita y estruendo del combate, partieron siete raposas. «¡Septem! ¡Septem!», gritaron los príncipes, que por lo visto eran latinos, a sus soldados: «¡Feliz agüero!», quiero decir, «¡propitium omen!» Con cuya vista y cuya voz, recobrados los vacilantes invasores, arrollaron a sus enemigos y lograron establecerse en la comarca. Los vencidos, prendados luego de la buena disposición de los príncipes, a quienes apellidaban con el vocablo que les hablan oído en la batalla, los toleraron, y se sometieron gustosos a la mayor autoridad de su valor y su prestigio, y los príncipes, gloriosos de su hazaña, aceptaron el mote para apellido, fundaron estirpe y se llamaron los de Setien. Sale de nuevo la costa y se arrima a otra isla que también tiene dos nombres: ¿Se llama de la Astilla o se llama de Pedrosa? A gentes de este apellido pertenecía cuando el Estado la quiso y le fué cedida para lazareto. Triste como todo lazareto, que significa hospital y cárcel, cautiverio y peste, prisión y contagio; un pino la corona, sangrando por las heridas abiertas en su corteza; un almacén vacío la ocupa, y ya comienza a poblarse de sus edificios propios, de tumbas. Detrás de la isla, en el continente, la risueña mies de Pontejos, y entre sus verdores, la piedra curtida de una torre con almenaje y cubos en sus cuatro ángulos. Un rico escudo blasona su frente, puesto sobre la espada de Santiago, timbrado con yelmo y corona de marqués. ¿Es este el solar del apellido y cabeza del título que la coronada Madrid recuerda con filial respeto? Aquí entra la ría a bañar las desiertas gradas del astillero, y los pies de Cabarga, lugares conocidos. Al otro lado encontramos de nuevo a Maliaño; luego, subiendo hacia el Norte, la torcida canal de los Raos, que se entra hasta la mies de Camargo, pasando bajo el ferrocarril y una y otra carretera. Como vinimos a Santander costeando la rada, ya estos lugares nos son familiares; vamos encontrando a Estaños y Muriedas; la Peña-Castillo con la iglesia de Loreto agarrada a su costado, santificando su siniestro aspecto; la verde isla del Oleo que produce yeso, los admirables pinos de Campogiro, y atajándonos el paso a las ricas huertas de Cajo, a sus sombríos boscajes, la escollera de los muelles del Oeste, y los vastos terrenos encerrados dentro de ellas, y sus múltiples aplicaciones, marismas, arenal, astillero, huerta, playa de baño y playa de pesca. Y encerrado dentro de este marco espléndido tan a la ligera y de borrón pintado, el lienzo inmenso de agua sobre cuyas espaldas flota esa escuadra de potentes cascos, gallarda cruz y valerosos marineros atentos al silbar de la locomotora, que desde las lejanas breñas y gargantas les viene avisando que abran las escotillas para recibir el trigo cosechado en las vegas del Carrión y del Arlanza. Y es añejo este servicio que la bahía de Santander presta a los graneros castellanos, como que la naturaleza la ensanchó y ahondó para puerto de Castilla. Cuando el onceno de los Alfonsos, llamando a sí caballeros y mesnadas, órdenes militares y peonaje de villas y ciudades juntaba hueste a vista y en daño de la morisca Algeciras, dispuso que el abastecimiento y provisiones de su numeroso ejército se hicieran en los puertos de Cantabria, «et apercebióse de mandar a sus tesoreros», dice la Crónica(114), «que enviasen por mucha farina et por mucha cebada a Castiella;... et que lo ficiesen levar a los puertos de Castro, et de Laredo et de Santander el de Bermeo... et que lo troxiesen al real por mar.» Tan ventajosa era la cercanía, y tanto más fácil el acarreo, a pesar de las asperezas y temerosas fraguras de la cordillera cantábrica. Años más tarde, en el de 1370, rey de Castilla Don Enrique, segundo de su nombre, aprestaba en esta bahía una escuadra, poniendo a su frente a Pero González de Agüero, caballero de Trasmiera y de aquel turbulento linaje tan famoso en las peleas y bandos de la tierra(115). Sitiaba el rey a Carmona, donde fortalecidos se defendían los hijos y parcíales de su desventurado hermano don Pedro. Teníanle tomado el Guadalquivir los portugueses, que ayudaban a los sitiados amenazando las espaldas del ejército real e impidiéndole el bastimento. Agüero y sus naves entraron por la barra de Sanlúcar favorecidos del viento y de la marea, y trabando pelea con las portuguesas, rindiendo a unas, desbaratando otras, o poniéndolas en fuga, limpiaron el río de enemigos hasta subir a Sevilla, asegurando la retaguardia y la victoria de Don Enrique. Por entonces comenzaba uno de sus períodos de calurosa lucha, aquella célebre contienda secular entre Inglaterra y Francia, originada de comunes y mal definidos derechos, que después de poner en riesgo extremo la vida de la nación francesa, terminó con gloria suya en la admirable y breve epopeya de Juana de Arco, la doncella de Orleans. Recientes estaban los beneficios del francés a Don Enrique, como los agravios del inglés, ayudador antiguo de don Pedro, pretendiente a la corona de Castilla, a favor del enlace del duque de Lancaster con una hija del muerto rey y de la Padilla. Así, que recibió benévolamente la embajada que llegó a pedirle auxilio en nombre del prudente Carlos V de Francia. Trafala un cierto Ivan o Juan de Gales, prócer inglés, desposeído de los estados de su apellido por los reyes de Inglaterra, que al tomárselos con muerte de sus antecesores, quisieron asegurarse la posesión, dando el feudo y título al primogénito de su casa real. Ofendido y ansioso de venganza, servía y servía con celo al enemigo de su rey y de su patria; error frecuente en todo tiempo, apostasía que oscurece las mayores prendas del alma, borrón que empaña la más alta gloria. Vino a Santander, donde se hallaba a la sazón el rey castellano, y le pidió y obtuvo su escuadra y sus almirantes. Naos y marinos gozaban de buen nombre, ganado en difíciles empresas de mar y guerra, ya en las costas de Levante, ya en las de África y Andalucía. Cuarenta naos gruesas, ocho galeras y trece barcos menores, armados y abastecidos, «ainsi que nefs d'Espaigne sont», dice el viejo Froissart(116), como término de ponderación extrema, zarparon del puerto; regíanlas Rui Díaz de Rojas, merino que había sido de Guipúzcoa; Ferrán Sánchez de Tovar, famoso en las expediciones navales de dos reinados, y Ambrosio Bocanegra, el genovés, continuando el memorable catálogo de sus compatriotas que habían de pedir ocasión de imperecedera gloria al brío y al arrojo de las banderas y los corazones españoles(117). Tan eficaz fué el socorro, diestra y valerosamente conducido, que con un solo combate puso término a la campaña. Dióse frente a la Rochela, cuyo puerto bloqueaba la Armada inglesa al mando del ilustre conde de Pembroke. Victoria decisiva y completa, cuyos trofeos fueron para los castellanos doce galeras enemigas presas con su general, y el tesoro que conduela para sostener la guerra, más sesenta caballeros espuelas doradas(118). Víspera de San Juan, a 23 de junio de 1371(119), fué la batalla, y al siguiente día, señalado entre españoles, las naves vencedoras, impacientes quizás por mostrarse gloriosas y ufanasen sus patrias costas, daban la vela para Santander. «Gallarda vista hacían -cuenta Froissart-, izadas al tope grandes banderas blasonadas con las armas de Castilla, tan grandes y cumplidas que a menudo tocaban sus puntas en el agua, oyéndose a bordo crecido estrépito de bocinas y trompetas, de dulzainas y tambores.» Un cronista extranjero nos conserva está animada y breve pintura de la escuadra castellana; mas no hubo en Castilla cronista que ¡los la pintase entrando por las aguas santanderinas, alegrando con salvas y músicas el puerto, esparciendo el marcial alarido de sus victoriosos cánticos por el solitario arenal de Latas, haciendo retumbar la honda embocadura del Miera y el escueto islote de San Mamés, y convidando con el estampido de la pólvora y el cobre, la voz alegre de las campanas de Los Cuerpos Santos, que se alzaba fuerte, clamorosa y viva como la voz de la patria regocijada y feliz a dar a sus nobles hijos el parabién y la bienvenida, mientras percibido apenas en el robusto estruendo, más delgado y oscuro, vibraba el clamor argentino de las clarisas cerradas entre los muros, de los franciscanos apartados en lo bajo y externo de la villa. Nadie escribió, o el tiempo consumió lo escrito, la febril agitación del pueblo al avistarse las velas desde el cerro de San Sebastián, al ser reconocidas como propias por el ojo experto de los ancianos prácticos, en el aparejo, en la boga, en el corte y campo del trapo, en el modo de tomar el viento y recelar de la costa o arrimarse a ella; nadie el misterioso terror, el misterioso hechizo de lo desconocido, y el tropel en los muelles, y en el almenaje, y por las torres y ventanas de las casas, y el flamear de lienzos al acercarse los barcos, y el gritar, y el preguntarse de cuantos a bordo enviaron prendas de su cariño, y el arrojarse en lanchas y botes, haciéndolos zozobrar, y el bogar sin compás hacia los que llegan entre risas y suspiros, aclamaciones y recelos, y la desaforada impaciencia de la mocedad marinera que, despojándose del compendioso traje, se sumerge en las aguas, surge, sacude la mojada cabellera, y nada a porfía desafiando el afilado tajamar de la galera que avanza rasgando el agua, revolviendo espumas, henchidas e inmóviles las ancha s gavias, símbolo peregrino de fuerza, valor y audacia, o la rodea esperando y recogiendo los tacos del disparado falconete, que caen encendidos y humeando a apagarse en el agua; ni el asomarse a la borda del rostro pálido del herido o del inutilizado, ansioso de calmar ansias supremas, ni el ansia mayor de los que miran parecer uno en pos de otro rostros y rostros sanos o padecidos, sin que ninguno de ellos sea el que esperan. Nada de esto se escribió, ni era preciso, porque si los sucesos del hombre reunido en sociedad obedecen a causas variables según las ocasiones, los tiempos y las usanzas; los sucesos de su alma, sus dolores, afectos y desengaños, son constantes y se renuevan con la raza en las edades y en el individuo, y no necesitamos que un autor contemporáneo nos lo cuente para saber cómo lloraron las madres del siglo XIV que perdieron a sus hijos en la guerra, o los hijos cuyos padres quedaron en ella, ni cómo la gloria deslumbrante egoísta de los afortunados, hizo olvidar la muerte, el sacrificio, los martirios y agonía de los menos venturosos, cuyas vidas nutrieron el espléndido y fascinador fantasma. Cronistas también, y cronistas apretados por la muchedumbre de sucesos, por la austera ley de proporción y ceñidos a límites de prolija y seca narrativa, indican los diferentes aprestos navales, las levas y arribos de escuadras que' en son de paz o guerra hacen figurar el nombre de Santander en los ricos anales de la patria. Así le citan al referir Ayala los armamentos contra La Rochela en 1372(120) ; Gutierre Díez de Games, los que en 1405 acaudilló Pero Niño para otra campaña de la misma contienda entre ingleses y franceses; Andrés Bernáldez, el desembarco de la princesa imperial Margarita, que venía de Alemania a ser esposa del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, en marzo de 1497, y a la cual hallaremos más adelante en otro lugar de estas montañas; y Sandoval, el del magnífico César Carlos V, a 16 de julio de 1522, cuando venía, castigada la soberbia castellana, a tomar franca y duradera posesión de estos reinos, que habían de ser en su mano el arma más segura y mejor templada de su grandeza y del temor de los extraños. Pero llegó (A. C. 1570) uno de estos sucesos, llamados especialmente históricos, sin duda porque la historia los consigna y pone en luz, y llegó de improviso. Hubo, entre los testigos del suceso, uno, curioso de escribir lo que vela, o puesto en obligación por amistad o deferencia, de participarlo a ausentes; el tiempo salvó su carta, y con ella una relación curiosa y menuda del caso, de éstas que antes no cabían en la gravedad y extensión de una crónica, y de las que, a impulso de nuevos gustos, hoy se engendran y toman su más rica y sabrosa sustancia las crónicas(121). Una tarde de octubre, cubierta y lluviosa, con mar del Norte y vendavales duros, tarde de uno de estos días atemporalados, que sobrevienen a las veces en nuestra costa, y plantan la huella y estrago de crudísimo invierno en medio de las dulzuras y halagos de tardío verano, que tapan el sol, alborotan el mar, desencadenan los vientos, y traen a deshora las noches largas, la desnudez del campo, el naufragio, la miseria y la enfermedad, pareció en aguas del puerto y en demanda de su boca una lucida escuadra de hasta treinta naves gruesas y hermosamente pintadas. Acercóse a entrar la que hacía de capitana; llegáronsela, según su costumbre, lanchas o botes que andaban por la bahía, y supieron que en ella y con su comitiva de próceres y su escolta de soldados embarcados en la escuadra, venía a ser reina de España la princesa Ana María de Austria, hija del emperador Maximiliano II, cuarta esposa de Felipe II, viudo dos años había de la malograda Isabel de Valois. Ya en la villa sabrían, sin duda, que en su vecina Laredo aguardaban a la regia prometida emisarios de su esposo, el cardenal arzobispo de Sevilla don Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, y el duque de Béjar don Francisco de Zúñiga y Sotomayor. Por esto sería mayor la sorpresa de todos, grande el desconcierto de las autoridades, obligadas a atender inopinadamente al hospedaje y agasajo de su augusta huéspeda y séquito, y extraordinaria la alegría del pueblo, ávido siempre de fiestas, ocasión del holganza, de espectáculos nuevos y de imprevista granjería a veces.
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