 El joven Leopoldo Alas traduce a Racine. Aspectos
trágicos en «La Regenta»
Ana Cristina Tolivar Alas
Instituto Nacional de Educación a Distancia de Madrid
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Observa Estruch Tobella que para «Clarín» el mundo
del teatro adquiere un valor simbólico, representa
lo dionisíaco, lo prohibido, lo que, tras atractivas
promesas de felicidad, conduce al castigo que inexorablemente
ha de caer sobre quien intente «romper con su mediocridad,
con su vida monótona y vacía», pues al final,
las víctimas del espejismo deberán «volver
a la realidad, ahora más insoportable que antes»1. | El sentido trágico que encierra la frustrada ilusión
dramática se ve reflejado, no sólo en obras
narrativas como Su único hijo, La reina Margarita
o El hombre de los estrenos, sino también en el plano
biográfico del autor, el cual, al estrenar ilusionadamente
su Teresa, confiere al estrepitoso fracaso el carácter
de una inmolación que ofrece por la salud del hijo
enfermo en aquellos momentos. | Esa misma actitud trágica
de «Clarín» frente al fenómeno teatral, puede
sin dificultad trasponerse al conflicto entre la heroína
de La Regenta -quien, además, ve el teatro como cosa
prohibida-2 y su imposible ideal de ruptura con las mezquindades
cotidianas. En parangón, que ya es tópico,
podría coincidir el camino de tal ruptura con el seguido
por Emma Bovary, pero tal coincidencia es puramente anecdótica,
ya que, como trataremos de ver, Ana
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Ozores es una auténtica
heroína trágica, en la medida que lo son los
héroes de Racine, si aplicamos la óptica de
Goldmann3 sobre el teatro del gran trágico francés. | Sobradamente conocida es la admiración que «Clarín»
sintió siempre por la cultura ultrapirenaica. A lo
largo de su obra crítica las referencias al pensamiento,
a la novela, a la lengua, al teatro y a la poesía
del país vecino, por este orden de frecuencia, se
convierten en una constante. Pero aquí hemos de ceñirnos,
dado el tema de esta aportación, al significado que
el teatro clásico francés, y en concreto el
de Jean Racine, tuvo en la vida y en la obra de Leopoldo
Alas, sin profundizar, por el momento, en algunos aspectos
de nuestra hipótesis dignos de ser analizados detenidamente. | Al hilo de la comparación del genio teutónico
con el genio latino, afirma «Clarín»: «En las letras
podremos comparar la sencillez y precisión de los
grandes escritores franceses del siglo de oro, con la grandeza
exuberante, a veces descompuesta, de un Shakespeare»4, lo
que viene a indicar la preferencia de Alas por el clasicismo
frente a un cierto manierismo. En cuanto al teatro de caracteres,
precisa: «No debe entenderse el carácter en el drama
como lo entendieron Teofrasto y La Bruyère, ni aún,
para los fines del teatro nuevo, como lo pintaba Plauto,
y Molière mismo en algunas comedias (en algunas, porque
en otras parece que adivinó el naturalismo del carácter
aquel maestro de naturalidad). No hay hombre alguno que sea
el Avaro, ni el Hipócrita, ni el Mentiroso; en el
teatro naturalista estos tipos no pueden aparecer con realidad
en su calidad de símbolos»5. | Por otro lado, en un
siglo dominado por la ampulosidad romántica, el ideal
de sinceridad conceptual que refleja el estilo directo y
desnudo de «Clarín», que tan acertadamente pone de
manifiesto Gramberg6, puede tener su parangón en el
clasicismo dramático de Racine en la plenitud de la
estética barroca. Ambos, «Clarín» y Racine,
amaron la Antigüedad clásica, y no en balde el
novelista y crítico manifestó: «Nada más
necesario para nuestras letras, tal como andan, que el estudio
prudente y bien sentido de la civilización clásica
y de su literatura»7, mientras soñaba con una sociedad
ideal en la que los obreros «tuvieran tiempo y cultura suficientes
para leer con fruto la Iliada y la Odisea en el original»8.
| |
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| No obstante, la devoción de Alas por los «Anciens»
-recordando aquí la célebre querella francesa-
no está reñida con la defensa de los «Moderases»:
«Siglo de oro es el de Goethe -afirma el crítico-
y el medio en que este genio realiza sus creaciones es tan
digno de estudio y prudente imitación (en lo que es
legítimo imitar), como aquellos brillantes períodos
de los pueblos griego y latino, que, con sus reflejos nada
más, hicieron brotar con el renacimiento los gérmenes
de la moderna cultura»9. | En cuanto a su admiración,
indiscutible por otra parte, hacia los clásicos franceses,
también «Clarín» expone sus reservas, al igual
que Flaubert para quien la elegancia de Racine era perfecta
pero no suprema como la de Virgilio. Alas censura a Guyau
por estudiar el verso francés en sus Problemas de
la estética contemporánea «como si el quicio
de las leyes rítmicas se encerrara en los alejandrinos
de Racine y de Victor Hugo»10, y su crítica alcanza
a Brunetière por oponerse a la «intimidad literaria»
tal vez sólo «porque no la usaban los escritores del
gran siglo, del siglo de Luis XIV», y añade: «Algo
recuerdo yo haber leído en las Obras completas de
Racine [...] en que se pueden ver intimidades del trágico [...]
Pero aún suponiendo que en el siglo XVII nadie fuese
amigo de confesarse con el público, esto no prueba
que el siglo XIX no pueda tener sus motivos para pensar y
obrar de otra manera»11. | En otro lugar afirma «Clarín»:
«si en nuestro tiempo, por mil causas, es ya imposible una
corte de Luis XIV [...]; si no vale negar que el mejor ingenio
se ha hecho liberal y, sobre todo, independiente, y ya no
caben las debilidades cortesanas, simpáticas acaso,
pero nocivas, de un Racine, no dejan los nervios de seguir
siendo nervios, y el artista delicado y soñador tiende
[...] a la patria natural de sus ensueños, a la vida
de las apariencias bellas»12. | En Palique leemos: «No vale
más Eurípides que Esquilo, sino menos, y sin
embargo Eurípides ensancha el teatro, rompe moldes
y en cierto modo inaugura el recurso dramático de
lo patético sobre todo en la miseria material, en
la que habla de prosaicas lacerías a los sentidos.
Racine vale más que cualquier poeta dramático
moderno francés; y sin embargo, la moderna dramaturgia
francesa posee multitud de elementos que no hay en Racine
y que fueron bien acogidos porque hacían falta. Nadie
pretende que Atalía no siga siendo una obra maestra;
pero La Dama de las Camelias es algo más, no
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mejor;
es el teatro con mucho más horizonte»13. Y abundando
en ello, manifiesta en Mis plagios: «Paso porque el que tenga
afición a lo clásico imite a los antiguos,
como hacía Racine; pero a los contemporáneos
hay que dejarles íntegro lo suyo»14. | 
Página 1102 | | Vemos, pues, cómo «Clarín» tiene presente
al autor de Phèdre a la hora de matizar sus propias
posiciones con relación a los clásicos antiguos
y modernos, mostrándose siempre ecléctico aun
cuando en otro lugar afirme que «hay algo en la antigüedad
clásica que fue una sola vez en el mundo y no debe
olvidarse»15. | Racine no figura al lado de Fray Luis de León
o de Jovellanos entre los «abuelos» que en el cuento Tirso
de Molina se atribuye «Clarín», ni forma parte del
grupo de «excelentes y elocuentísimos amigos» (Luciano,
Esquilo, Dante, Rabelais, Voltaire, Hegel, Victor Hugo...)
que acompañan al escritor en su retiro, según
manifiesta en una de sus Cavilaciones. Tampoco son muchas
las menciones que del trágico francés se encuentran
a lo largo de su obra. Por eso juzgamos más importante
y trascendental nuestro descubrimiento de que Leopoldo Alas
haya emprendido a la edad de diecisiete años la traducción
de las Obras completas de Jean Racine, en un intento sin
precedentes en la historia de los traductores hispanos del
insigne dramaturgo16. | El manuscrito inédito del joven
Leopoldo aparece fechado en 1870. Pero el gran intento no
pasará de sus comienzos. Consta de una Advertencia
y unas Noticias biográficas de Jean Racine, originales
de Alas, así como de la traducción del Prèface
y las del primer acto y parte del segundo de La Thébaïde,
que pone en verso castellano. | Es el citado año setenta
aquel en que Alas ha interrumpido la publicación de
su Juan Ruiz17, ha iniciado sus estudios de Derecho18 y, con
la revolución de 1868, se ha colmado de ilusionado
republicanismo a la vez que repudia los excesos revolucionarios.
Se encuentra en un momento incipiente de sus futuras crisis.
Abandona, por un lado, su colaboración en Gil Blas
por
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considerarlo un «libelo indecente», y, por otro, aún
declarándose «católico, apostólico,
romano», se opone a la proclamación del dogma de la
infalibilidad del Papa, bastante antes de recibir en Madrid
los influjos krausistas19. Alas parece debatirse entre las
enseñanzas recibidas en los jesuitas de San Marcos
de León y sus propias inclinaciones unidas a lo que
la Naturaleza le inspira en Guimarán. ¿No empieza
aquí un paralelismo entre el futuro «Clarín»
y el Racine de Port-Royal des Champs? Leopoldo da rienda
suelta a su lirismo místico y romántico a la
vez que se afianza en él esa actitud que le caracterizará
toda su vida: la de acercarse a una idea para, inmediatamente,
apartarse de ella y contemplarla desde el extremo opuesto. | Al iniciarse ese año setenta de que venimos hablando,
publica La Luz de Avilés un canto a Castañón,
en forma de poema de exaltación patriótica,
compuesto por el adolescente Alas20. En torno a esa fecha parecen
situarse también los amores de éste con una
aldeana avilesina cuyo recuerdo, tal vez, habría de
inspirarle, muchos años después, el drama Teresa. | La pasión de Leopoldo Alas por el arte del teatro
venía de muy atrás. | Como autor y actor dramático,
a la edad de doce años había cosechado ya «aplausos
y laureles en abundancia», según recordaba su compañero
Pío Rubín, con el drama El cerco de Zamora21.
En carta a José Yxart declara el autor de La Regenta
haber representado entre los diez y los «diecicuantos» años
numerosos dramas, considerándole los espectadores
«una maravilla» como actor. Asimismo le declara haber escrito
más de cuarenta obras teatrales -todas perdidas- que
se declamaba a sí mismo. «Acaso era mi verdadera vocación»,
manifiesta, y más tarde afirma: «Actor y autor de
dramas, esto creí yo que iba a ser de fijo hasta los
dieciocho o veinte años. Y ahora... confieso que me
divierte poco el teatro, como no haya música»22. | En
otra carta, dirigida a Galdós, escribe «Clarín»:
«A veces, leyendo lo que hacen en París con las novelas
de Zola y Daudet, se me ocurre sacar
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dramas y comedias de
las novelas de Vd. Le chocará a Vd. esto, pero debo
advertirle que yo hasta los 22 ó 23 años escribí
docenas de obras dramáticas todas herméticamente
quemadas, como dijo el otro. Desde los 10 a 15 representé
yo en la cocina o en el comedor de mi casa casi todos los
días un drama en tres actos en verso en gran parte.
A los 10 años, en León, se puso en escena un
drama mío titulado Juan de Hierro, por una compañía
de aficionados, en el gobierno de la provincia»23. | Entre los
primeros ensayos dramáticos de Leopoldo Alas, en Oviedo,
hay que recordar también los que se representaron
en casa de sus compañeros Martín y Anselmo
González del Valle, en la calle de Cimadevilla. Allí
estrenó la comedia en verso El cerco de Zamora, y
posteriormente una segunda comedia que Cabezas define como
«pieza burlesca al estilo clásico en la que se describían,
teatralizadas, las peripecias de la propia pandilla de estudiantes
un día que entre todos no tenían para pagar
una deuda de honor. El título, muy ingenioso por cierto,
era Una comedia por un real»24. Este mundo de los teatros caseros
estará presente en La Regenta25, del mismo modo que,
en la novela, la vocación teatral del propio autor,
en su adolescencia, aparecerá ridiculizada en el personaje
de don Víctor. | En otra vertiente -la de la vocación
teatral convertida en espejismo trágico que encontramos
en otras obras según vimos al principio- puede empezar
a establecerse la relación entre «Clarín» y
el genio de la Ferté-Milon. El futuro novelista es
consciente en su juventud de algunos rasgos que le emparentan
con el gran trágico, y así, en el prólogo
a su traducción de La Thébaïde, Leopoldo
Alas pone de relieve la pasión del joven Racine por
la poesía, su placer en «salir a los bosques de Port-Royal
a recitar en voz alta y trágica entonación
los más bellos trozos de Sófocles», su «memoria
felicísima», su canto a «las bellezas de aquellos
paisajes» y también, en cierto modo, su espíritu
rebelde al traducir pasajes del Breviario estando prohibido
verter cantos de la Iglesia a la lengua vulgar. Entre la
imagen de un muchacho llamado Jean Racine, que da rienda
suelta a su inspiración por los campos de Port-Royal,
y la de Ana Ozores -«Jorge Sandio»- concibiendo en medio
de la Naturaleza poemas místicos juveniles de los
que se verá obligada a avergonzarse años después,
parece situarse la de un Alas, adolescente, recitando a los
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clásicos26 y ensoñando creaciones literarias,
muchas de inspiración religiosa, en su paraíso
de Guimarán. Por otro lado, «Clarín» nos dice
que la Regenta había llegado a conocer en su juventud
la Mitología «como en su infancia la historia de Israel»27,
es decir, llevaba como sustrato cultural las dos máximas
fuentes de inspiración del genio raciniano. | En el
prólogo a Mi primera campaña expondrá
«Clarín: «A los veinte años pensaba yo: ¡Tengo
tanto que decir! A los cuarenta pienso: ¡Tengo tanto que
callar!». Y encontrará su fórmula «en el silencio
que habla callando, como Andrómaca lloraba riendo».
El impacto en «Clarín» de esta paradoja de la heroína
raciniana ya se había reflejado en La Regenta: «lloró
riendo, como Andrómaca»28. Y también en el cuento
Benedictino: «Abel, como Andrómaca, se alegró
entristeciéndose»29. | La conciliación entre los
dos grandes ideales humanos, el griego y el cristiano, se
convierte en una preocupación constante a lo largo
de la vida y de la obra de «Clarín». En Apolo en Pafos,
el autor hace decir al dios mitológico: «Pablo, yo
soy la poesía», para que el apóstol le responda:
«Apolo, también yo». Las repercusiones de este intento
vital de aunar lo que en principio parece enfrentado, han
sido magníficamente expuestos por García Sarriá30.
No resulta posible en este primer acercamiento al tema presentar
un estudio comparativo mínimamente serio de la religiosidad
en «Clarín» y en Racine y de sus respectivas rupturas
y crisis espirituales. L. S. Auger pone de relieve que Racine,
por los hábitos de su educación, y, sobre todo,
por la ternura de su alma, pertenecía a la religión,
viniendo esta a ofrecerle el bálsamo que cierra o
mitiga las heridas del alma31. ¿No puede afirmarse otro tanto
de Clarín? Él mismo confiesa en sus Cuentos
morales: «a todas mis Dulcineas les he sido infiel; y mi
leyenda de Dios queda, se engrandece, se fortifica, se depura;
y espero que me acompañe hasta la hora solemne, pero
no terrible de la muerte»32. | Por otra parte, el interés
de Alas por la Historia Sagrada, en su época de estudiante
en los jesuitas, es algo que se plasma, como ya hemos dicho,
en
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los rasgos autobiográficos que transmite al personaje
de Ana Ozores, y asemeja al novelista asturiano, en cuanto
a su formación, al trágico francés para
quien el Antiguo Testamento fue la clave de su instrucción
en un medio jansenista33. | Dejemos simplemente planteado el
tema de un posible paralelismo en la trayectoria espiritual
del trágico y del novelista, para volver al de las
menciones a Racine en la obra clariniana. | Enlazando con
el tema de la religiosidad, veamos este comentario de Alas
en sus Solos de Clarín: «Algunos dicen que Tamayo
tiene escrúpulos ultramontanos, parecidos a los escrúpulos
jansenistas de Racine. Este permaneció apartado de
las tablas muchos años y allá, al fin de su
carrera, volvió a ellas para cantar los dramas bíblicos
Esther y Atalía. ¿Nos prepara Tamayo la sorpresa de
algún drama religioso?»34. | En cuanto a los criterios
dramáticos de su tiempo, afirma el crítico:
«Se ha dicho mil veces que el teatro es síntesis,
si la novela es análisis, y a esto yo he de replicar
siempre [...] que, en el teatro cabe el análisis también,
sólo que un análisis a su manera; análisis
hay en Shakespeare, y hasta en el Prometeo de Esquilo, y
análisis en Molière y en Racine, y en la misma
Vida es sueño35. Y anteriormente manifiesta: «este público
es capaz de ver mucho análisis en Shakespeare o en
Sófocles, y dice, de seguro, que Racine habla demasiado»36.
También cita a Racine en Siglo pasado: «¿Cuánto,
por ejemplo, le agradecí yo a Boileau un espontáneo
elogio de Cervantes en una carta a Racine, si no recuerdo
mal»37. | En carta a Galdós, de 11-II-92, «Clarín»
dice, refiriéndose a los problemas de la escenificación
de Realidad: «También me escama la intención
de D.ª Emilia. Me han dicho que anda muy metida en eso. ¡Malo!
Hay un epigrama de Racine a que ella se acogerá si
es malo el éxito»38. | En Ensayos y revistas comenta
que «la raza de Fouan, de Zola, no aventaja en picardía
y malos procedimientos a la de Layo», y para ilustrar su
aserto, recuerda la expresión que Racine pone en boca
de Yocasta: | | | |
En la raza de Layo, más atroces | | | crímenes viste
ya.39
| |
|
|
| |
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| «Clarín» «corrige» aquí ligeramente
la traducción de La Thébaïde ou les frères
ennemis -motivo de este artículo- realizada por él
muchos años antes: | | | | «En la raza de Layo más horrendos | | | crímenes
viste...» | |
|
|
| El recuerdo de Andromaque, al que ya nos hemos
referido anteriormente, gravita una vez más sobre
la Regenta cuando, aludiendo a la amistad de Frígilis
con don Víctor, el novelista precisa que «aquel Herodes
era el Pílades de su marido»40. Y, tangencialmente,
cabría decir que en el cuarto capítulo de Su
único hijo se citan varios versos de la Zorayda de
Cienfuegos, que no deja de ser una imitación de Andromaque41. | Dentro de la obra narrativa de «Clarín» y, en concreto
en el cuento Amor'e furbo, se dice que la protagonista, Gaité,
«amaba a Molière y deliraba por Racine, pero prefería
a Scarron, y aún se deleitaba en los poetas de tercer
orden», mientras que el operista Formi, que «veía
a Eurípides a través de Racine, amaba a Grecia
según se la imponía la Francia del Siglo de
Oro»42. | Aparte el paralelismo espiritual entre «Clarín»
y Racine, al que ya hemos intentado aproximarnos, cabría
destacar también una similitud en la inspiración
satírica y humorística, pero no vamos a entrar
aquí en ninguno de los dos temas, y únicamente
subrayaremos, volviendo a los inicios literarios de ambos
autores, la común inquietud por el «oficio» poético.
Sabemos por los biógrafos de Racine que este a los
diecisiete años componía en la soledad de Port-Royal
versos mucho más sutiles y afectados que los de Benserade
o Voiture, del mismo modo que Leopoldo Alas, en su adolescencia,
se daba «grandes atracones de alejandrinos» y «pasaba las
noches, a poco difícil que fuera la digestión
de la cena, haciendo de Víctor Hugo en la cama, con
antítesis y todo», según confiesa él
mismo, concluyendo que con los años y desengaños
todo eso se quita, aunque «hay quien muere con el sonsonete»43.
Pensemos que, aun en su juventud, los dos escritores van
a lograr despojarse de esos «caireles», alcanzando depurados
estilos, el uno en verso y el otro en prosa. | La labor conocida
de «Clarín» como traductor del francés se reduce
al episodio de la segunda serie de La Leyenda de los Siglos,
de Victor Hugo,
—1109→
titulado La Paternidad44, y la novela Trabajo,
de Zola, dificilísimo empeño, plagado de obstáculos
adicionales, en el que Alas consume los últimos alientos
de su vida. | La preocupación por la calidad de las
versiones castellanas de originales franceses se hace patente
a lo largo de la obra crítica clariniana. Posada cuenta
cómo el escritor y sus amigos, al llegar a Madrid,
recibían clase de francés los días pares,
y los impares de italiano45; y se sabe que ya con anterioridad
se había dedicado Alas «a traducir directamente del
francés la Ilíada» y a comparar su traducción
con la de Hermosilla46. Creemos oportuno a este respecto citar
algunos fragmentos de «Clarín» que ponen de relieve
su inquietud ante las traducciones del francés: | «Hay
muchos que creen imitar el estilo de Victor Hugo, cuando
en realidad sólo imitan el de sus traductores»47. | «¿Sabe
Vd. si hay alguna otra traducción de Montaigne, total
o parcial, en castellano [...?] Montaigne es en estos últimos
años uno de mis autores favoritos [...] Hasta tuve
la idea de escribir unos Ensayos imitados, modernos [...]
Lo que creo es que es muy difícil de traducir... bien»48. | «Como casi siempre, se trataba de una traducción
de Dumas o de Sardou, y como casi todas estas traducciones
se parecen a la isla de Santo Domingo en tiempos de Iriarte
y al loro que trajo de allá una señora, lo
poco y malo que llegaba a nuestros oídos era un galicismo
como una casa o una muletilla del traductor, que éste
había adoptado para sustituir ciertos rasgos de sprit
francés que, según él, no tenían
traducción directa. Fulano, que es el mejor de los
padres. Mengano que es el más [...] Todo se volvía
comparativo de este género, circunloquios de este
jaez. Désele a D. Luis de Larra la mejor comedia de
Auger o de Sardou, y él hará con ella una pepitoria
donde no quede nada del original más que el francés»49. | E insiste «Clarín»: «Pero qué, ¿vamos a representar
en francés? -No, señor, en castellano; es una
traducción de Fois-Grass, el corresponsal del Bombo
de París... y ya ve V., hace falta dominar el francés...
para pronunciar correctamente los galicismos. -¿Y cómo
se llama la comedia? -Espere V... Se llama: A que sueñan
las jóvenes hijas, es un fusilamiento de Musset»50. | * * * | |
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| Cuando el adolescente
Leopoldo Alas decidió dar a conocer en castellano
la obra íntegra de Racine, era muy consciente de sus
limitaciones y de la envergadura de la empresa. No vamos
a detenernos aquí en la Advertencia ni en las Noticias
biográficas de Jean Racine que preceden a la traducción
inacabada de La Thébaïde, ya que ambas van reproducidas
como apéndice en este trabajo, y el lector podrá
juzgar por sí mismo los propósitos del joven
escritor, así como su estilo, aún inmaduro
y tendente, de vez en cuando, al galicismo. Lo que queda
claro es que Alas sitúa por aquel entonces a Racine
muy por encima de Voltaire, se siente indigno de traducirle
al estimarse aún inexperto, y considera su labor un
simple ensayo con miras a una posterior versión perfeccionada,
cuando sus facultades de traductor se hayan afianzado. Traduce
en verso, en romance heroico, porque prefiere, muy al contrario
que otros traductores, la mala versificación a la
malísima prosa, y argumenta que muchas cosas que «se
oyen y toman en consideración nada más que
porque aparecen rimadas, [...] expuestas en prosa se tienen
sólo por solemnes vulgaridades», con lo que hace destacar
la eficacia de la rima en una concepción casi formalista
de tal recurso. | En las Noticias biográficas el traductor
precisa que no intenta, por el momento, ocuparse más
que de las tragedias de Racine, genio que parece fascinarle
tanto por su talento literario como por su ejemplar vida
familiar y religiosa, que el joven Alas considera poco menos
que inmaculada. Pero el manuscrito de estas Noticias queda
interrumpido al iniciar el traductor su comentario de Alejandro.
Cabría la posibilidad de que apareciesen otros manuscritos
con la continuación de esta incipiente empresa, pero
todo hace pensar que Alas iba redactando su introducción
a la vez que traducía, y al no llegar a concluir La
Tebaida, dejó también inconclusas sus Noticias.
¿Cuál fue la causa de tan brusca interrupción?
Más adelante veremos que si bien pudo ser la simple
autocrítica, también pudo haber sido el haberse
derrumbado en su alma el Racine que idolatraba. Pero cualquiera
que haya sido la causa, el caso es que el adolescente Leopoldo
Alas tradujo ilusionado al Jean Racine principiante, hasta
la mitad de la primera escena del Acto II de La Thébaïde,
vertiendo también el prefacio que el dramaturgo hizo
a esa su primera tragedia. | Los personajes de la obra son
llamadas en castellano, Eteoclo, Polinico, Yocasta, Antígona,
Creón, Hemón, Olimpia y Atalo. La disposición
de escenas e intervenciones queda escrupulosamente respetada. | No vamos a extendernos en el análisis de toda la
traducción. Destacaremos simplemente los pasajes más
relevantes del original, para observar en qué medida
el traductor ha sabido captar los matices estilísticos
de esta
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tragedia de la Sangre, auténtico leit-motiv
que da unidad a la obra51, subrayando el carácter físico
del odio entre los dos hijos de Edipo. Antes hemos de recordar
que, en contra de su apariencia, La Thébaïde
-obra aún pretrágica según el criterio
de Goldmann- refleja una actitud antijansenista por parte
de un Racine que se aleja de Port-Royal y trata de agradar
a Luis XIV y a Colbert, los grandes adversarios de la corriente
espiritual en la que se educó el trágico, presentando
un dios jansenista, tirano y detestable, pese a que a la
formación recibida en Port-Royal deba Racine la elección
de un tema de la mitología clásica precisamente
en un momento barroco y antihelénico. | * * * | | ACTO I | Escena 1 | | JOCASTE | | Ils sont sortis,
Olympe? Ah, mortelles douleurs! | 5 | | Qu'un moment de repos me
va coûter de pleurs! | | | Mes yeux depuis six mois etaient
ouverts aux larmes | | | Et le sommeil les ferme en de telles
alarmes! | | | Puisse plutôt la mort les fermer pour jamais, | | | Et m'empêcher de voir le plus noir des forfaits! | 10 | |
Mais en sont-ils aux mains? | |
|
|
|
| La tragedia se abre con la imagen de Yocasta, testigo
ya de la fatalidad, de la crueldad de los dioses. Los comentaristas
clásicos52 censuran la impropiedad de «ouverts» (v.
3) y la duplicidad, la reiteración antinatural de
los versos que siguen. Alas traduce con bastante libertad
el inicio de la tragedia, evitando los defectos señalados
por los puristas en el texto de Racine: | | | YOCASTA | | Habla
Olimpia, ¿salieron? ¡Oh, qué angustia! | | | ¡Cuántos
dolores me costó un momento | | | de reposo no más!,
hace seis meses | | | que amargo llanto de mis ojos vierto | 15 | | y
entre estas inquietudes y zozobras | | | viene a cerrarlos intranquilo
sueño! | | | ¡Ah, si fuera por siempre y me librara | | | de
ver tan negros crímenes el cielo! | | | Dí, ¿luchan
ya? | 20 |
|
|
| * * * | |
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| | | JOCASTE | |
O toi, soleil, ô toi qui rends le jour au monde, | | | Que
ne l'as-tu laissé dans une nuit profonde! | | | A de si
noirs forfaits prêtes-tu tes rayons? | | | Et peux-tu sans
horreur voir ce que nous voyons? | | | Mais ces monstres, hélas!
ne t'épouvantent guères; | 25 | | La race de Laïus
les a rendus vulgaires; | |
|
|
|
| El apóstrofe al Sol, retomado más
tarde en Phèdre, es una muestra de lirismo barroco
y plantea el problema de la existencia en cuanto a la continuación
del ser, puesto que el Sol alumbra como fuente de vida un
mundo que no merece recibir sus rayos. Los versos 27 y 28
reflejan el fin de la ilusión, de la esperanza, ante
el fatalismo de la sangre maldita. | La versión de
Alas carece de la fuerza del original al no hacer coincidir
el inicio del apóstrofe con el del verso, y al eludir
la repetición del vocativo, tan característica
de esta tragedia, del mismo modo que, al enlazarse los dos
últimos versos citados con los siguientes, en encabalgamiento,
se diluye la contundencia semántica del dístico
original: | | | YOCASTA | | ... | | | ...¡oh sol! porque el funesto | | |
día alumbrar quisiste con tus rayos, | | | dejárasle
por siempre en sombra envuelto, | 30 | | ¿porque alumbra tu luz tan
negros crímenes, | | | puedes ver sin horror tales sucesos? | | | ¡Mas ay, que ya estos monstruos no te espantan! | | | en la raza
de Layo más horrendos | | | crímenes viste... | 35 |
|
|
| * * * | | Escena
2 | | JOCASTE | | ... | | | Allons leur faire voir ce qu'ils ont
de plus tendre; | | | Voyons si contre nous ils pourront se défendre, | | | Ou s'ils oseront bien, dans leur noire fureur, | | | Répandre
notre sang pour attaquer la leur. | 40 |
|
|
|
| «Ce qu'ils ont de plus tendre» es un tropo en sustitución
de «familiers». Los versos 41 y 42 son censurados por los
comentaristas como galimatías o «fatras». La traducción,
aunque libre, reproduce estos rasgos, añadiendo la
silepsis «hierros»: | | | YOCASTA | | ... | | | mostremos a sus ojos
lo que existe | | | más amable en el mundo para ellos,
| | | |
—1113→
| | veamos si también contra nosotras | | | se pueden defender,
o si sus hierros | 45 | | derraman nuestra sangre por la suya. | |
|
|
| * * * | | Escena 3 | | JOCASTE | | ... | | | Oedipe en achevent sa triste destinée | | | Ordonna que chacun régnerait son année. | |
|
|
|
| El verso 83 es un claro ejemplo de eufemismo clásico,
que se plasma en la traducción: | | | YOCASTA | | ...cuando
Edipo | 50 | | tu padre terminó sus días funestos | | |
dispuso que ambos a reinar llegárais | | | cada uno a su
vez... | |
|
|
| * * * | | | JOCASTE | | Dites, dites plutôt, coeur ingrat
et farauche | | | Qu'auprès du diadème il n'est
rien qui vous touche. | 55 |
|
|
|
| La repetición del imperativo a comienzo
de verso es frecuente en Racine y muy especialmente en esta
obra. Fontanier juzga incorrecto el empleo de «auprès»,
que debería sustituirse por «au prix», en el sentido
de «en comparaison de». Alas mantiene la repetición
del primer verso y da un giro libre al segundo: | | | YOCASTA | |
Dí, dí más, corazón empedernido | | | que logra sólo conmover un cetro. | |
|
|
| * * * | | | JOCASTE | | ... | | | Ce n'est qu'un vain éclat qu'il
recevra de vous | |
|
|
|
| | | | Par mes justes soupirs j'espère l'émouvoir | 60 |
|
|
|
| | | ETÉOCLE | | ... | | | J'irai plus loin encore, et pour
faire connaître | | | Qu'il a tort en effet de me nommer
un traître | |
|
|
|
| |
—1114→
| En el primero de los versos señalados
encontramos la metáfora raciniana «éclat» empleada
aquí con efecto de sordina clásica al ir acompañada
del adjetivo abstracto «vain», debiendo ser traducida por
«brillo» o «resplandor», tal como hace Alas: |
| que sólo
será en él resplandor débil | | |
|
| El verso
153 encierra el epíteto tendencioso «justes», recurso
muy raciniano que el traductor no plasma, añadiendo
además un verso de libre invención: | | | que a la voz maternal su alma responda, | 65 | | oh, sí lo
hará, que me lo dice el pecho | |
|
| El verso 159 es el
núcleo de una gradación, figura de persuasión
y fórmula de «elocutio» muy empleada por Racine, que
el traductor elude abreviando la intervención de Etéocle
y convirtiendo ese núcleo en una simple coordinación: | | | ...y he de probarle | | | que no soy un traidor... | |
|
| * * * | | Escena 5 | | CREÓN | | ... | | | Ce terme limité
que l'on veut leur prescrire | 70 | | Accroît leur violence
en bornant leur empire. | | | Tous deux feront gémir les
peuples tour à tour: | | | Pareils à ces torrents
qui ne durent qu'un jour, | | | Plus leur cours est borné
plus ils font de ravage, | | | Et d'horribles dégats signalent
leur passage. | 75 |
|
|
|
| Así concluye una tirada muy al estilo de
Corneille, a quien Racine se esforzaba por imitar en su época
de principiante. La bella alegoría de los tres últimos
versos es correctamente comprendida por el traductor, si
bien la plasma con una durísima sintaxis: | | | CREÓN | | ... | | | Crecerá su violencia si su fuerza | | | queremos limitar,
tal irritados | | | esos torrentes que tan sólo un día | | | pueden durar, asuelan nuestros campos | 80 | | cuanto el curso es
menor, y su corriente | | | señalan siempre con horrible
estrago. | |
|
|
| * * * | |
—1115→
| | | ANTIGONE ... | | Et l'amour du pays nous cache une autre flamme, | | | je le sais; mais Creón, j'en abhorre le cours | |
|
|
|
| Los críticos han censurado la correlación
«flamme-cours» como incongruente, ya que no es propio hablar
del «cours de la flamme». La libertad en la versión
obvia este problema: | | | ANTÍGONA | | ... | 85 | | y oculta está
detrás de su amor patrio | | | otra pasión villana,
lo sabemos, | | | mas vuestro afecto inicuo repugnamos | |
|
|
| * * * | | Escena
6 | | ANTIGONE | | ... | | | Ramène-le fidèle; et permets,
en ce jour, | 90 | | Qu'en retrouvant l'amant je retrouve l'amour. | |
|
|
|
| Este pareado con que finaliza el Acto I es absolutamente
madrigalesco, sobre todo por el contraste paralelístico
entre los dos hemistiquios del verso final. La traducción
establece el paralelismo entre los dos últimos versos,
lo que en parte puede venir dado por la sustitución
del alejandrino por el endecasílabo: | | | ANTÍGONA | | ... | | | vuélvele fiel, y que el amor recobre | | | al amante
que adoro recobrando. | |
|
|
| * * * | | ACTO II | Escena 1 | | HÉMON | | ... | 95 | | Permettez que
mon coeur, en voyant vos beaux yeux | | | De l'état de
son sort interroge ses dieux. | |
|
|
|
| | | | Songiez-vous que la mort menacait loin de vous | | | Un amant qui ne doit mourir qu'à vos genoux? | | | Ah!
d'un si bel objet quand une âme est blessée, | 100 | | Quand un coeur jusqu'à vous élève sa
pensée, | | | Qu'il est doux d'adorer tant de divins appas! | |
|
|
|
| |
—1116→
| La tirada de Hémon, de la que hemos entresacado
estos versos, constituye uno de esos alardes de galantería
barroca, muy estilo Luis XIII, de los que adolecen las primeras
obras dramáticas de Racine. En la versión de
Alas adquiere ciertos tintes románticos: | | | HÉMON | | ... | | | Dejad al corazón que en vos se mira | | | a esos ojos
que son sus tiernos dioses | 105 | | pregunte por su suerte, por mi
vida, | | | | | ...¿Pensasteis que al amante | | | que al morir besará
vuestras rodillas | | | pudo la muerte arrebatar muy lejos? | 110 | | Cuando
por santo amor sobrecogida | | | se siente el alma y hasta vos
se eleva | | | ¡qué dulce es adorar tantas delicias! | |
|
|
| La traducción de «genoux» por «rodillas» es, en este
caso, un claro ejemplo de galicismo. La virulencia con la
que más tarde «Clarín» arremeterá contra
este tipo de barbarismo posiblemente se base en los rigores
de una temprana y severa autocrítica. | * * * | Los últimos versos que aparecen en la traducción
de Leopoldo Alas corresponden a la réplica que da
Antígona a la preciosista tirada de Hémon,
réplica que en la versión queda interrumpida
a partir del verso 350: | | | ANTIGONE | | ... | | | O dieux! à
quels tourments mon coeur s'est vu soumis, | 115 | | Voyant des deux
côtés ses plus tendres amis! | |
|
|
|
| | | ANTÍGONA | | ... | | | ¡Cielos! cuántos tormentos me agobiaron | | | de ambos
lados las prendas más queridas | |
|
|
| Vemos, pues, que
ni siquiera llega a completarse el sentido del verso 350.
Dado lo abrupto del corte, es verosímil que la traducción
continuase en algún otro manuscrito o borrador que
no ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, parecería
más probable que la interrupción se debiese
al desencanto que la autocensura pudo generar en el joven
traductor. Evidentemente, no se trata de una versión
buena; le falta fluidez, y sólo puede resultar admirable
si se considera que el autor fue un muchacho de diecisiete
o dieciocho años enfrentado a un original, lingüísticamente
difícil, de un Racine
—1117→
no menos bisoño en el
arte de escribir tragedias que él en el de traducirlas.
Pero, cuando Alas emprende su labor está ya convencido
de la dificultad de la empresa y de sus personales limitaciones.
Ninguno de esos obstáculos pudo cogerle por sorpresa
ni le pudo impedir su objetivo principal de empaparse en
«la lectura y estudio de las altas concepciones de ese hijo
mimado de Melpómene», que es Racine, del que él,
está convencido, ha de ser «eterno aficionado». Todo
ello justifica que aventuremos otra hipótesis para
explicar la brusca interrupción. | El joven Leopoldo
había alzado en su alma un altar al Racine inmaculado.
En ese altar resplandecían, junto a las bellezas literarias
y la entrañable moral de algunas de sus tragedias,
los más tiernos rasgos de acendrada piedad y afectos
paternales, tomados, sobre todo, de la reverente biografía
escrita por su hijo Louis. El propio Alas nos dice que para
elaborar sus Noticias ha consultado a Geoffroy, a La Harpe
y a algún otro autor, pero que, sobre todo, ha seguido
a Louis Racine. Alas pretende conocer a su autor más
a través de sus tragedias que de sus biógrafos.
A pesar de ello, es lógico pensar que, metido en labor
tan subyugante, haya llegado, aun sin proponérselo,
al conocimiento de que la vida de su ídolo no había
sido, moralmente, tan «ejemplarísima» como él
la idealizara. Léanse las Noticias biográficas
que ponemos en el apéndice, y se tendrá una
idea de cuál pudo ser su decepción. Se admitirá
que esta haya llegado a motivar la brusca suspensión
de la labor emprendida; se comprenderá la trascendencia
del trauma que el desmoronamiento del ídolo pudo causar
al adolescente traductor, abocado ya a una próxima
crisis de sus, hasta entonces, arraigadas creencias; y se
hallará una explicación a la falta de entusiasmo
personal que por Racine mostrará «Clarín» a
lo largo de su posterior vida literaria, sin perjuicio de
que esta se halle marcada por el influjo del gran trágico,
del que en su juventud se prometió ser «eterno aficionado».
Leopoldo Alas conservará, sin embargo, sus cuartillas,
posiblemente como testimonio de lo efímeros que pueden
ser los entusiasmos y las idealizaciones. | Ya hemos visto
someramente lo que Racine supuso como punto de referencia
para el novelista y crítico en su madurez. Pero, como
anunciamos al principio, cabría arriesgarse a ver,
ya concretamente en La Regenta, algo de ese sentido trágico
tan peculiar del teatro raciniano. Si para Goldmann el héroe
trágico de Racine es aquel cuya imposibilidad de comunicación
con el mundo y sus personajes -los dramáticos o «mundanos»-
deja aislado y en comunicación, unívoca y paradójica,
con la divinidad, ¿no puede parecer racinianamente trágica
la relación entre Ana Ozores y su destino? ¿No es
la comunicación de esta heroína con cuantos
la rodean un auténtico seudodiálogo? Sobre
una trama poblada de bullicios intramundanos se alza la figura
de
—1118→
la Regenta como una Virgen de la silla en ansiosa búsqueda
del ideal cristiano, o como una Fedra, presa de Venus, abocada
al amor prohibido. | En cualquier caso, la protagonista de
la novela aparece en una actitud permanente de huida hacia
una realidad extramundana, hacia un amor total en su aspecto
místico, o en su aspecto pagano, en variantes que
encarnan, respectivamente, el Magistral y don Álvaro,
espejismos de esa trascendencia que la heroína persigue,
aparentes interlocutores idóneos en su trágico
aislamiento. Tras el desengaño sufrido al ver desenmascarados
a sus dos mezquinos seudohéroes, la Regenta habrá
de enfrentarse a la soledad heroica. | Contemplada en esta
dimensión puramente trágica, la figura de Ana
Ozores se aparta diametralmente de la de Emma Bovary, personaje
mundano, frívolo y pequeño burgués,
si los hay. La materialidad del determinismo que opera en
la carrera del personaje flaubertiano hacia su autodestrucción,
poco tiene que ver con el fatalismo -impregnado, no obstante,
del determinismo psicofísico propio de toda novela
naturalista- que marca la trayectoria de la heroína
clariniana. Contrariamente a Emma, Ana Ozores jamás
aparece satirizada en su ilusionado romanticismo, sino admirada
y respetada por su creador, quien, aun en los momentos más
realistas, le transfiere una dignidad y una nobleza trágica,
haciéndola siempre flotar sobre las miserias vetustenses. | «Clarín», al revés que Flaubert, no se complació
en describir la descomposición física -dramática
por lo tanto, y no trágica- de su personaje. Semejante
a Bérénice o a Andromaque, dos de las más
grandes heroínas racinianas, la Regenta sobrevivirá
al desenlace de su tragedia, y no por ello su «fatum» habrá
dejado de cumplirse implacable, inexorablemente. | * * * | * * * | Tragedias de Juan Racine | Traducidas
por Leopoldo Alas Ureña. Carreño, 1870 | Advertencia | Como creo que, para todos los aficionados al género
dramático, Racine es por sus tragedias uno de los
autores más dignos de admiración, pues en los
modernos tiempos de la Francia sólo Corneille pudo
rivalizar con él, quedándose Voltaire más
atrás; me ha parecido que con la traducción
de sus obras dramáticas ensanchaba el círculo
de las personas que pueden gustar de tan suculenta lectura,
y al mismo tiempo juzgué que traduciéndole
tenía ocasión de estudiarle detenidamente como
hace tanto tiempo deseaba.
| |
—1119→
| Todas sus tragedias y la comedia
Les Plaideurs, única que compuso, aparecerán
por su orden cronológico; y acaso, no puedo asegurarlo,
porque aún no me he decidido, en un apéndice
traduciré sus poesías líricas, notables
también muchas de ellas. | Muy de más estaría
que yo me esforzase en demostrar que mis versiones son muy
defectuosas pues para comprenderlo así basta atender
a mi absoluta inexperiencia en esta clase de trabajos. Por
eso, si arriba he dicho que pensaba aumentar el número
de los lectores de Racine, no he querido referirme a la traducción
que ahora emprendo, pues no tengo la temeridad de dar al
público una obra que causaría más daño
que provecho presentando a tan célebre dramaturgo
completamente desfigurado; sino que hablo de trabajos más
cuidadosos y detenidos que, fundados en los presentes, llevaré
a cabo cuando sean mayores mis facultades; después
de haber estudiado incansablemente asuntos que tanto llaman
mi atención y de los que seré eterno aficionado.
Hoy por hoy mi principal objeto, repito, es empaparme en
la lectura y estudio de las altas concepciones de ese hijo
mimado de Melpómene. ¿Por qué mis traducciones
son en verso? Es una satisfacción que me debo a mí
mismo. Primeramente porque me es más fácil
escribir versos malos que prosa malísima; porque las
galas de la forma, tan brillantes en mi autor que me es imposible
trasladar a mi traducción, no se echarán tanto
de menos en una versificación, que procuraré
hacer todo lo mejor que pueda, como en una prosa baja, trivial,
y no muy castellana a que me llevaría la traducción
literal del poeta. | Verter buenos versos en buena prosa es
empresa que sólo pueden tomar sobre sí escritores
aventajados. | Quién duda que muchas cosas se oyen
y se toman en consideración nada más que porque
aparecen rimadas, y que esas mismas expuestas en prosa se
tienen sólo por solemnes vulgaridades. | Traduzco,
pues, en verso no por pretensión, no porque confíe
en mis fuerzas; sino por recurso, por dorar la píldora.
Dios quiera que esto no traiga nuevos peligros a mi harto
dificultosa empresa que no llamo superior a mis fuerzas por
no incurrir en un lugar común. | No se crea tampoco
por lo que dejo dicho que voy a hacer una traducción
libre; eso sería haber perdido el juicio completamente
¡qué audacia tan reprensible no sería el hacer
decir al amigo de Boileau las cosas de otra manera de como
las dijo él! No, no pienso incurrir en falta tan garrafal;
antes lo sacrificaré todo a la exactitud. | * * * | * * * | Noticias biográficas de
Jean Racine | No trato de hacer una completa historia de la
vida de este grande hombre, porque ni cuento con elementos
para ello, ni la índole de esta obra lo permite. Sólo
traduzco sus tragedias y sólo diré lo que se
relacione con ellas sin entrar en su vida íntima más
que para aquello que me sea indispensable,
—1120→
si he [de] dar
una verdadera idea de su carácter; sólo porque
es imposible estudiar a estos grandes autores en sus obras
exclusivamente, sin atender a su existencia en el hogar y
en la sociedad, será [por lo] que algunas veces me
detendré a hablar de lo que no es absolutamente literario;
además, hay algunos grandes autores sobre cuya vida
privada hay que pasar como sobre brasas, por no deshacer
el encanto y simpatía que sus obras han producido;
pero cuando se trata de hombres que como Racine a sus talentos
literarios reunieron admirables virtudes y una vida ejemplarísima,
de que se muestran más satisfechos que de sus grandes
obras, y que efectivamente han de aparecer como méritos
mayores a los ojos de Dios; entonces por más que se
quiera hacer abstracción de todo lo que esté
fuera del objeto propuesto es imposible no faltar algunas
veces al método y hacer partícipe al lector
de nuestra admiración por los que fueron en tantos
conceptos dignos de eterno elogio. ¿Cómo he de callar
yo al hablar del autor de Athalía que en los momentos
que su tragedia le dejaba libre, se entretenía en
andar a la procesión con sus tiernos hijos llevando
un estandarte y cantando a coro con ellos? ¿Será esto
un rasgo pueril que deba pasar por alto? No, pues es punto
menos que sublime. Nadie ignora que los caracteres se retratan
mejor que de ningún modo en estos episodios al parecer
insignificantes. No se extrañe, pues, si algunas veces
me olvido del trágico insigne para hablar o del padre
cariñoso, o del esposo fiel, o del tierno amigo o
del fervoroso cristiano, porque todas serán pinceladas
de un mismo cuadro, grandezas de un mismo hombre que igualmente
contribuyen a su gloria. | Los autores de que hemos recogido
nuestras noticias y en los que se pueden hallar más
pormenores, y más circunstanciados, sobre la vida
de Racine, han sido, principalmente, Geoffroy, La Harpe,
M. Aimé-Martín y, más que de todos,
de Louis Racine, hijo de nuestro autor y que, a pesar del
apellido que llevaba, logró brillar en el pasado siglo
en las letras tanto por sus obras en prosa como por las en
verso, siendo la más notable Reflexiones sobre la
Poesía. | También se ocuparon detenidamente
de la vida de Racine. Mr. Perrault en sus Hombres ilustres,
con bastante acierto por haber tenido el cuidado de consultar
a su familia sobre puntos determinados; y con menos exactitud,
por no haberse tomado ese trabajo, el P. Nicerene y los autores
de la Historia del Teatro. | La familia de los Racine tuvo
su origen en la Ferté-Milon, pequeña ciudad
de Valois, en cuya iglesia están las sepulturas de
muchos ascendientes de nuestro autor. He aquí el contenido
de una de las lápidas: | «Aquí yacen las distinguidas personas Juan Racine,
Recaudador del Rey nuestro señor y de la Reina, del
dominio y ducado de Valois, y además de los graneros
de sal de la Ferté-Milon y Crespy en Valois, muerto
en 1593 y la señora Ana Gosset su esposa». |
| El cargo que desempeñaba este Juan Racine según
indica la lápida, fue suprimido más tarde,
y su hijo Juan Racine pasó a desempeñar el
de registrador de la sal; casó este con María
Desmoulins de quien tuvo a Inés Racine y a Juan Racine,
quien se unió a María Sconin en 1638. Murieron
ambos al poco
—1121→
tiempo dejando dos niños. El mayor
fue el ilustre trágico, nacido el 21 de diciembre
de 1639, y la otra, una niña, que murió a los
92 años en la Ferté-Milon, de donde no salió
nunca. | Los huérfanos fueron amparados por su abuelo
Pedro Sconin. A la muerte de este se encargó de la
educación de los niños María Desmoulins,
viuda ya, y se retiró con ellos a Port-Royal de los
Campos donde tenía a su hija Inés de religiosa,
la cual más tarde fue abadesa, habiendo de ocuparnos
de ella varias veces en la vida de Racine. | Este pasó
en aquel santo retiro sus primeros años y allí
adquirió sus hábitos e inclinaciones que hicieron
de él tan buen cristiano y que nunca fueron capaces
de destruir los vicios de que en la corte se vio rodeado,
pues, como veremos más adelante, su alma se conservó
siempre pura en medio de aquel océano de intrigas
y de vicios, viviendo en palacios como la salamandra entre
las llamas. Cursó luego latinidad en el acreditado
colegio de Beauvais. Allí le vino a encontrar la guerra
civil, y como entre niños y todo, era preciso en aquellos
tiempos de efervescencia tomar un partido, él se decidió
por el que le pareció mejor, costándole por
entonces sus opiniones políticas una terrible pedrada
en el ojo izquierdo. El director del colegio le mostraba
a todo el mundo como un héroe, de lo que el muchacho
se envanecía, pero cuando hombre demostró en
la carta escrita a Boileau desde el ejército, que
ya no hacía alardes de valor. | Concluidos sus estudios
primarios salió del colegio en 1655 y tres años
después fue enviado a París a estudiar Filosofía
en el colegio de Harcourt. En estos tres años hizo
prodigiosos progresos en el latín y el griego como
lo prueban las buenas traducciones que hacía. | En
París fue su encargado M. le Maistre que le tomó
extraordinaria afición al ver las grandes facultades
que desplegaba, proponiéndose hacerle un excelente
abogado, para lo cual le puso a trabajar en su bufete. Por
las cartas de M. le Maistre a nuestro autor se ve que jamás
le llamaba con otro nombre que con el de «hijo mío». | Muerto M. le Maistre tomó a su cargo la educación
de Racine Mr. Ilamon, médico de Port-Royal. | Aunque
muy joven, se aplicó Racine a los estudios serios
por entonces y tradujo parte del Banquete de Platón,
hizo extractos de algunos trozos griegos de San Basilio [y]
comentó a Píndaro y Homero. En medio de estos
trabajos daba también satisfacción a su pasión
por la Poesía y era su mayor placer salir a los bosques
de Port-Royal a recitar en voz alta y trágica entonación
los más bellos trozos de Sófocles, su autor
predilecto, y cuyo lugar había él de desempeñar
en la tragedia moderna. | Tenía una memoria felicísima,
y cuentan sus biógrafos que, estando leyendo un romance
profano, le sorprendió el sacristán Claudio
Lancelote y
—1122→
se lo arrojó al fuego, lo que le era
indiferente porque ya se lo sabía todo a pesar de
sus miles de versos. | Compuso en Port-Royal siete odas en
las que cantaba las bellezas de aquellos paisajes, y que
no tienen otro mérito que ser como los primeros versos
del que más tarde tan buenos los había de hacer.
Luis Racine confiesa que en ellas no se podía adivinar
al autor de Andrómaca. | Son estas: 1.ª, Elogio general
de Port-Royal. 2.ª, El paisaje es grande. 3.ª, Descripción
de los bosques. 4.ª, El estanque. 5.ª, Las praderas. 6.ª,
Un combate de toros. 7.ª, Los jardines. | Supo también
profundizar las bellezas que encierran las sagradas páginas
de Breviario traduciéndolas en himnos notables; fueron
estos prohibidos por el obispo de París, no porque
contuvieran nada contra los buenos principios religiosos,
cosa de que era incapaz Racine, sino porque estaba generalmente
vedado traducir los cantos de la Iglesia en lengua vulgar. | Quiso sacarle de la oscuridad Mr. Vidart, tío suyo,
y aprovechando sus buenas relaciones hizo que Chapelain conociese
a su sobrino y descubriera sus grandes disposiciones. No
tardaron estas en mostrarse. Casó el rey en 1660,
y todos los poetas de la corte aguzaron el ingenio para presentar
algo digno de tan fausto acontecimiento y que fuera del agrado
del poderoso monarca. Racine por su parte compuso su bellísima
oda La Ninfa del Sena que le valió mil aplausos de
cuantos la leyeron y la amistad del célebre Colbert,
ministro de Hacienda, que no era poco a la verdad, como tuvo
ocasión de ver nuestro autor en seguida, pues de orden
de este ilustre financiero, y con agrado del rey, le fueron
asignadas 600 libras en calidad de hombre de letras. | Después
de pasar algún tiempo en compañía de
su tío, tuvo por fin que tomar un partido para asegurar
su porvenir, y partió al Languedoc donde se le presentaba
la bella perspectiva de un pingüe beneficio. | Tenía
en esta provincia un tío materno, canónigo
de Santa Genoveva, el cual amaba entrañablemente a
su sobrino y deseaba por medio de su influencia hacer que
estuviera algún beneficio. Empezó por vestirle
de negro de pies a cabeza, como dice el mismo Racine en una
carta a Mr. Vidart, empaparle en la teología, especialmente
en Santo Tomás, y enviarle a Yurze encomendado a otro
beneficiado amigo suyo. No era el estado eclesiástico
lo que más atraía al sobrino del canónigo
Sconin sino las dulzuras del beneficio, y aunque estaba decidido
a sacrificarse, vio más tarde que le era imposible
abrazar una carrera por la que no tenía inclinación. | Eacute;l mismo dice en sus cartas que mientras dedicaba
sus estudios a la Summa Teológica se recreaba también
con los hermosos versos de Ariosto y todos los poetas que
habían sido sus delicias.
| |
—1123→
| Por fin, no pudiendo sufrir
por más tiempo la tristeza y el aburrimiento que le
abrumaban en Yurze, volvió a París renunciando
al beneficio. | Traía ya entonces el plan bien arreglado
de su primera tragedia, La Tebaida, que concluyó en
París. | Por aquel tiempo fue cuando hizo conocimiento
con Molière, director de un teatro, y del que decía
la fama que acogía con benevolencia a los jóvenes
autores animándoles para el porvenir. Racine le presentó
su tragedia y el ilustre cómico vio en ella el germen
de un gran poeta rogándole siguiera en esta senda
que le llevaría a la celebridad. | Hizo también
Racine en aquella época su Renommée aux Muses
que tuvo felicísima acogida, como nos dice el mismo
autor, y por la que Luis XIV hizo que le asignasen 600 libras. | La Tebaida fue puesta en escena en el mismo año de
1664 en el teatro de Molière, y el público
la acogió con benevolencia previendo que su joven
autor llegaría en un tiempo a ser su poeta favorito. | Con motivo de su oda La renommée, trabó relaciones
Racine con el que había de ser el amigo más
tierno de su corazón, con Boileau, que hizo una juiciosa
crítica de su poesía, que al autor le pareció
justísima y por la cual manifestó ardientes
deseos de conocer al tal crítico. Un amigo común
facilitó estas relaciones que habían de durar,
estrechándose más cada vez, hasta que la muerte
arrebatase al ilustre trágico. | Como tan íntimos
lazos unieron a estos dos grandes hombres que apenas se puede
escribir la historia del uno sin hablar a cada momento del
otro, no creo esté de más dar algunas noticias
biográficas de Boileau, que tanto ha de figurar en
el trabajo que emprendí. | No nació en París
como por mucho tiempo se había dicho, sino en Crône
villa pequeña cerca de Villanueva de San Jorge, en
donde tenía su casa solariega. Llamósele desde
niño, por distinguirle de sus hermanos, Despréaux,
a causa de un pequeño prado que había en el
jardín de su casa. | Quiso hacerse abogado, pero no
tardó en comprender que no era aquella su vocación,
y se dedicó con extraordinario ardor a la Literatura,
llegando a adquirir en esta materia una erudición
vastísima, que unida a su talento natural hicieron
de él tan grande literato. Los autores satíricos
eran los de su predilección, especialmente Juvenal,
al que profesaba una especie de delirio, prefiriéndole
a Horacio; si bien más tarde alternaba entre los dos
poetas imitando sus grandiosas composiciones. | Tenía
muy poca afición a imprimir sus obras, por lo cual
todo el mundo le buscaba para oírselas recitar, lo
que constituía un nuevo atractivo, pues además
de una hermosa y enérgica entonación poseía
la mímica a perfección, cualidad muy necesaria
para el género de sus composiciones.
| |
—1124→
| Muchos han
acusado a Despréaux de très ami de l'argent,
pero sin fundamento ninguno. Bastaría para probarlo,
recordar que siempre tuvo por poco digno recibir dinero de
los libreros en pago de sus producciones, habiendo anatematizado
a los autores qui metten leur Apollon aux gages d'un libraire,
si bien la delicadeza de su amistad, por no herir a Racine
que recibía el precio de sus tragedias, le hizo decir: | | | | Yo sé que un noble autor bien puede sin desdoro | 120 | | sacar
de su trabajo recompensa legítima. | |
|
|
| Prueba también
el desinterés de Boileau la voluntaria renuncia que
hizo de sus derechos a un beneficio y por último las
muchas donaciones que dejó a los pobres a su muerte
y las limosnas que hizo en vida. | Dejando por ahora al autor
del Arte Poética, volvamos a las tragedias de Racine.
Fue el Alejandro la segunda que hizo, y en cuanto la vio
terminada se la enseñó a Corneille para saber
la opinión del maestro de la escena. Corneille fue
de parecer que Racine tenía grandes dotes de poeta,
pero no de trágico, y así le aconsejó
que se dedicara a otro género. Esto prueba, dice Luis
Racine, que se puede tener mucho talento y juzgar muy mal
del talento de los demás. | Había a la sazón
dos troupes de comediantes en París, la de Molière
y la del hotel de Bourgogne. Alejandro fue representada por
la compañía de Molière pero, descontento
el autor de su ejecución, la llevó al otro
teatro; esto fue causa de que la mejor actriz de Molière
se pasara al hotel de Bourgogne, y de aquí dimanó
la frialdad de relaciones que desde entonces para siempre
hubo entre el gran trágico y el gran cómico.
Sin embargo, siempre se hicieron justicia al juzgar sus obras,
pues Racine se negó a creer que el Misántropo
hubiera tenido mala acogida, y en cuanto a Molière,
luego veremos su juicio acerca de los Plaideurs. | Alejandro
obtuvo muchos aplausos y muchas censuras, como suele ocurrir
en toda obra notable, y el amigo Boileau no fue de las que
menos la criticaron, pues en su tercera sátira hace
decir a un campesino: | No sé en verdad por qué
se vende el Alejandro. | La lectura de esta tragedia hizo
en cambio decir al profundo Saint-Évremond «ya no
me alarma la vejez de Corneille, pues ya no temo por el porvenir
de la tragedia». | Es indudable que Alejandro, a pesar de
sus indisputables bellezas, no carecía de defectos,
y en él aparece todavía aquella facilidad de
versificar de su autor que Boileau le reprendió tantas
veces y que llegó por fin a corregir consiguiendo
que le costasen a Racine grandes sudores sus magníficos
versos. |
El joven Leopoldo Alas traduce a Racine. Aspectos trágicos en "La Regenta"
©
Ana Cristina Tolivar Alas
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