La trilogía inconclusa de Arturo Uslar Pietri
Patrizia Spinato
[351]
Si compartimos lo que afirman Roland Bourneuf y Réal Ouellet en el primer capítulo de
L'univers du roman (1972), cuando valoran la importancia literaria de las posibilidades desechadas
con respecto a las elecciones efectivamente hechas por el escritor, aflora apremiante la necesidad
de rescatar y de volver a examinar la trilogía inconclusa que Arturo Uslar Pietri entregó a los
impresores argentinos en la década de los años sesenta. Efectivamente, la larga y prestigiosa
trayectoria artística del escritor venezolano, uno de los más completos y prolíficos del siglo XX,
presenta una evidente interrupción narrativa cuando él estaba en la plenitud de su actividad pública.
El ambicioso ciclo de El laberinto de fortuna, «estados de gentes que giras y trocas» en las palabras
de Juan de Mena puestas en el segundo epígrafe (1), se inaugura en 1962 con la novela Un retrato en
la geografía, que precede de dos años a Estación de máscaras, mientras que la tercera nunca será
editada, dejando incompleta la serie.
Las intenciones del autor están esbozadas por Luis Sormujo en la primera novela, quien con un
tono amargo comenta la nueva realidad del país:
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todo es petróleo, todo esto es petróleo, todos nosotros somos petróleo. [...] Si por arte de magia alguien
quitara bruscamente, en este momento, el petróleo de la vida venezolana, sería como si quitaran el
esqueleto de una persona, o el sistema nervioso. [...] Se podría escribir una especie de novela surrealista
sobre el petróleo en Venezuela. En la que de repente las gentes se dan cuenta de que están vestidas de
petróleo, de que comen petróleo, de que hablan petróleo y a la niña que toca piano se le empegostan los
dedos y hay una gran náusea en el país porque de repente todo el mundo descubre que todo huele a ese
olorcito medio podrido y pegajoso del petróleo crudo, y que todo está negro rojizo, pegajoso, derretido
y mal oliente. Sería una especie del mito de Midas. No que todo lo que toca se le vuelve [352] oro, sino
que todas las cosas que lo rodean de pronto se le vuelven petróleo. (2) |
Sin embargo, los proyectos literarios de Uslar Pietri encuentran una expresión más ajustada por
boca del protagonista, Álvaro Collado, al final del segundo volumen. Durante un encuentro de un
grupo de amigos, el joven presenta su propio proyecto de una novela de nueva concepción, que
revele la situación económica y social producida por el petróleo en Venezuela:
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Álvaro estaba escribiendo un libro sobre la nueva realidad que había surgido de la riqueza petrolera.
[...] Un libro no sobre los hechos, sino sobre las concepciones y el cambio de mentalidad.
-Ya no somos el país rural de hacendados y peones, de guerrilleros y leguleyos que sigue
apareciendo en nuestras novelas. Nos hemos convertido en otra cosa y hay que reflejar eso en los libros.
La noción mágica de la realidad que el petróleo ha despertado en nosotros. Tal vez una especie de
epopeya primitiva. La Odisea del venezolano que no puede regresar a su vida ordinaria perdido entre
los dioses y los fantasmas malvados. Todo este delirio que los posee. Ser ricos sin trabajo, ni ahorro.
Alcanzar todo sin esfuerzo, los inmigrantes, los especuladores, los intermediarios, los traficantes de
influencias, los peladeros que se convierten en urbanizaciones, la sensación de poderse topar en
cualquier desván con una lámpara de Aladino. Eso hay que buscar el modo de decirlo. [...] Sería una
novela mítica y realista a la vez. Tal vez podría llamarse El laberinto o El Minotauro. El petróleo es
como un Minotauro en el fondo de su laberinto por el que andamos perdidos en busca de la riqueza o
de la muerte. (3) |
En efecto, se trata de unas novelas diferentes de las que Uslar Pietri había publicado
anteriormente: aquí no se sacan noticias de los textos históricos para reconstruir una historia
verosímil, ni, como en la literatura de principios de siglo, el paisaje rural constituye el escenario
privilegiado. Aquí se empieza por el hic et nunc: la realidad cotidiana, las personas conocidas, el
propio marco geográfico ciudadano, los problemas de todos los días que, según el escritor, se
originan del petróleo y de la riqueza desmesurada y desordenada que con éste se manifiesta. Uslar
Pietri piensa que los hidrocarburos han desempeñado un papel fundamental en el desajuste crónico
de los equilibrios económicos, sociales, políticos y culturales de Venezuela, y eso merece ser
reproducido en ámbito literario con modalidades nuevas. Concibe, por lo tanto, la idea de un tríptico
que refleje la grandiosidad del cambio [353] y que desarrolle de la manera más completa posible su
epopeya caraqueña, su mural de la revolución petrolera y de sus repercusiones.
La trilogía modelada con esas premisas se estrena con la novela Un retrato en la geografía,
publicada en enero de 1962 por Losada, en Buenos Aires. El volumen se abre y se cierra con la
figura, literaria por su aséptica integridad, del general Diego Collado, pero, en la pausa entre esas
dos apariciones, el personaje de carne y hueso va esfumándose a medida que aparecen otras voces,
entre las cuales emerge la conflictiva e insegura de su hijo menor. Álvaro Collado, en efecto, puede
ser legítimamente considerado como el protagonista de la novela, un anti-héroe que, con sus
pensamientos confusos, sus sueños, sus ideales y su ímpetu juvenil, a menudo consigue envolver
a las numerosas comparsas que se suceden en la escena y trazar un retrato eficaz de la sociedad
ciudadana del comienzo del siglo XX. Caracas aparece como una capital vivaz y activa, animada
por numerosas y distintas fuerzas que presagian estímulos innovadores; hombres y mujeres de toda
edad y linaje ahora tienen que compartir la necesidad de enfrentar el debate sobre la difícil situación
política del país después de una larga dictadura:
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Venezuela era una gallera, donde se jugaba el destino de los hombres. O era un patio de presidio. O era
aquella inmensa soledad a la que había vuelto Diego Collado. (4) |
El plot, entonces, se origina con las reflexiones del general que, después de quince años de
permanencia en la cárcel, se siente completamente aislado del mundo exterior, «lejano y venerado
como una leyenda» (5). Puesto que sufre de insomnio, tiene todo el tiempo para reflexionar sobre la
circunstancia de su detención, sobre el tiempo que transcurre inexorablemente, sobre los inevitables
cambios de su ahora remoto núcleo familiar. Los acontecimientos que podrían determinar una
amnistía se suceden sin que ninguna decisión se tome en pro de los presos, pero un día, finalmente,
se infringe la mistificada inmortalidad del dictador -Juan Vicente Gómez- y se abren las puertas del
presidio. A partir de ese preámbulo, decididamente estático por su localización unívoca y por lo
tanto muy limitada, toma cuerpo un acontecimiento [354] animado principalmente por la incesante
rotación de los personajes sobre una escena casi integralmente ciudadana.
El general Collado es el personaje principal de la primera parte de la novela; una vez liberado,
es absorbido por una familia que, exactamente como sospechaba entre los muros de la cárcel, ya no
le pertenece y que hay que reconquistar con paciencia. El grupo lo acoge como si fuera un querido
huésped, que debe ser respetado pero que no tiene derecho a participar plenamente de una vida que
le es extraña, debido a su larga ausencia: «nada de aquello le pertenecía, [...] era como un intruso
que había surgido de pronto dentro de unas vidas ajenas» (6). La mujer, Celmira, emerge para
desaparecer casi inmediatannente junto a su pareja, mientras son los hijos los que se imponen a la
atención del lector. El primogénito, Rubén, idea un sistema para lucrarse sobre una grande extensión
de tierra en una zona rica en petróleo y sobre la cual en el pasado se había encallado la burocracia
del dictador. Para asegurarse un soporte legal y los relativos conocimientos útiles para favorecer las
prácticas incluye en el proyecto al cuñado Saúl Verrón -protagonista de la segunda parte de la
novela-, abogado potente y ambicioso, con el que su ingenua hermana Marta se había casado meses
antes.
Por lo que concierne a Álvaro, «Tenía todo el aspecto de esos jóvenes que hablaban en los
mítines de barrio con una oratoria gritona y desenfrenada» (7), animado por puro idealismo y sinceros
propósitos para una radical renovación de la nación hacia la democracia. Después del paréntesis,
completamente femenino, que ocupa la tercera parte de la novela, Álvaro monopoliza el escenario
desde la cuarta hasta la novena y última sección: el joven frecuenta los círculos literarios más
inquietos de la capital movido sobre todo por un fuerte espíritu patriótico, pero en realidad no quiere
y no consigue identificarse con una particular corriente política. Cuando su amigo Geremías Centalla
lo exhorta para que defina su propia posición, él vacila, sintiéndose incómodo, exactamente como
Fernando Fonta en Las lanzas coloradas al ingresar en un grupo masónico:
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Soy una persona que cree en la libertad, que respeta la dignidad del hombre, que quiere justicia para
todos, que no quiere dictaduras. [...] yo no veo la necesidad [355] de ponerme una etiqueta. Yo quiero
comprender las cosas con mi cabeza, analizarlas, discutirlas. [...] sería insincero si dijera que soy un
liberal convencido o un socialista convencido. Soy un hombre que piensa y que trata de buscar su
camino. (8) |
Sin embargo, Álvaro se da cuenta de que esa postura, manifiestamente autónoma, despierta
perplejidad y resentimiento entre los amigos, y por lo tanto capta la ineluctabilidad de participar más
activamente en sus iniciativas y convertirse, muy a su pesar, en un mero «ejecutor de órdenes» (9); de
esta manera evita que le envíen al ostracismo y él se alivia de la angustia típica de los que tienen
siempre que tomar decisiones independientes. En la que ya concibe como una misión, Álvaro llega
al punto de convencer a sus compañeros para actuar drásticamente en contra del gobierno y participa
en la ocupación de la universidad, «símbolo de la libertad de la Patria» (10), donde desgraciadamente
mata a un policía. Después de esta amarga experiencia, decide escuchar el consejo paterno y elige
la dolorosa vía del exilio para evitar el encarcelamiento; sus familiares lo acompañan al puerto,
donde lo espera un barco que lo ha de llevar a Europa. Para Álvaro la separación de las cosas
queridas representa una verdadera muerte: «Todo lo veía con una avidez angustiada de querérselo
llevar, de quererlo apresar y arrastrar dentro de sí» (11); «Era su mundo que lo dejaba. Gran barco de
sombras y de soledades» (12), pero ya percibe la posibilidad del regreso por una pequeña luz en el
horizonte: «en ella sentía viva [...] el ansia de resurrección que es el hombre» (13).
Es interesante notar cómo Uslar Pietri se proyecta fundamentalmente sobre dos personajes de esta
novela, constantemente tratando de encontrar una aclaración interior, una justificación y una
completa absolución ante el lector que bien conoce sus personales «errores» de juventud. Si Álvaro,
por un lado, puede ser un digno representante de sus inquietudes de la adolescencia tardía, el
intelectual Luis Sormujo (14), por [356] el otro, representa al escritor ya renombrado que, gracias a su
experiencia y a su sabiduría, puede ser un guía paternal para el joven en el camino de la vida. Una
síntesis lapidaria de los dos personajes la ofrece, en las últimas páginas de la novela, Higinio
Montesdeoca, cuando define a Álvaro como «Un joven que busca en los hechos lo que sólo puede
hallarse en los pensamientos» (15); en efecto, éste acogerá el consejo del anciano, aprendiendo a
convertir en la palabra escrita sus propias inquietudes.
A distancia de un año de la publicación de la novela examinada, Guillermo Meneses la incluye
con cierto entusiasmo en su balance de la actividad literaria venezolana de 1962. Él cree firmemente
en el perfeccionamiento del proyecto y subraya su esencial polimorfismo:
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Si se pretende señalar la novela de Uslar como colección de retratos, se niega la característica
esencial de la narración. Podría ser, en todo caso, la obtención de síntesis, la yuxtaposición de
situaciones que no surgen de una sola experiencia. De acuerdo con «Un retrato en la geografía» se
llegaría a la conclusión que no son tan diferentes los hombres y que determinados acontecimientos
producen pareja calidad humana. Los acontecimientos venezolanos presentados por Uslar Pietri no han
contribuido, al parecer, a formar excepcionales seres; la materia presentada es sucia y baja. Tal vez se
tenga como base esencial de este libro de Uslar la contradicción entre sanas intenciones y resultados
mezquinos, entre limpios ideales y torcidas empresas. (16) |
En opinión de Orlando Araujo, sin embargo, la novela carece del tenso equilibrio «del contar
agarrando, mordiendo y desanudando» (17), por lo tanto el interés del lector disminuye: y «cuando el
relato se hace moroso o extensamente dialogante, sucede un descoyuntamiento, un andar sin ganas,
una pérdida lineal de garra en el lenguaje, en fin, una caída» (18). Pero, en mi opinión, el tipo distinto
de novela adoptado por Uslar Pietri no necesita la tensión mencionada por Araujo; además, aunque
se trate del primer experimento en este sentido, creo que el escritor consigue plenamente mantener
al lector amarrado a la intrincada telaraña de los diálogos, aunque el argumento de la obra no es
particularmente [357] interesante ni de universal interés.
Darío Villanueva y José María Viña Liste perciben una continuidad, desde el punto de vista
temático, entre las novelas de Uslar Pietri, la interacción entre individualidad y coralidad, los
conflictos de la adolescencia, la divergencia entre pensamiento y acción:
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Un retrato en la geografía reitera un planteamiento que ya viene de la primera novela del autor,
la interacción de lo individual y lo colectivo, que aquí está presente también, respectivamente, en
el aprendizaje y maduración de un joven protagonista [...] y en la búsqueda de las señas de
identidad venezolanas por parte de personajes intelectuales [...]. No falta la vinculación expresa
entre alguna de las fallas de la convivencia nacional y las raíces españolas reforzado esto por la
guerra civil del 36 como telón de fondo inexcusable en toda la segunda parte de la novela. (19) |
Al final de octubre de 1964 la Editorial Losada publica también la segunda novela de la trilogía,
Estación de máscaras, en la que se continúan fielmente todas las acciones y los personajes del
primer volumen y al mismo tiempo se echan los cimientos para el desarrollo sucesivo del tríptico.
El nuevo texto, menos extenso que el primero, recupera el enredo a pesar del salto temporal:
Álvaro, que en la novena parte de Un retrato en la geografía partía hacia el exilio solo y
desconsolado, a escondida de todos, ve llegar el momento de su rescate y resurrección con el
anhelado regreso a su patria. Al comienzo parece como si la narración se conectara exactamente con
el mismo punto en el cual había sido interrumpida en la novela anterior; en realidad, pronto se
declara explícitamente que han pasado diez años: «Habían terminado aquellos lentos años, tan
llenos, tan cambiantes, y que, sin embargo, no habían sido sino como una víspera» (20). A bordo de un
buque que ya ha llegado a las orillas del continente americano y que dentro de cinco días entrará en
el puerto de Guaira, Álvaro se presenta aún esquivo e introvertido, como si las experiencias pasadas
vividas en el extranjero -por cuanto vagas, siempre fuente de crecimiento- hubieran significado muy
poca cosa. Sus elucubraciones parecen gravitar sobre su compromiso de ayudar moral y
económicamente a la familia del agente de policía que involuntariamente había matado durante los
desordenes en [358] la universidad, y sobre el próximo encuentro con personas casi desconocidas:
«Ya no cabía espera, olvido ni aplazamiento. Ahora iba al encuentro [...] de seres nuevos y terribles,
porque nada de lo que había dejado lo iba a reencontrar» (21).
Con gran maestría Uslar Pietri nos da la impresión de que está empezando la narración in media
res, pero de repente recupera con mesurados flash back las líneas generales de los acontecimientos
anteriores. Siempre con el fin de dejar bien explicados los antecedentes, se detiene progresivamente
a hablar de los personajes evocados por Álvaro y traza su perfil para facilitar la implicación del
lector.
En ciertos aspectos, el arranque de Estación de máscaras trae a la memoria el incipit de O País
do Carnaval, novela de 1930, donde el joven Paulo Rigger regresa a su patria después de siete años
de ausencia por motivos de estudio. También el personaje de Jorge Amado había permanecido en
la mistificada capital francesa donde, además de un convencional currículum universitario, había
acumulado toda una serie de experiencias que lo habían vuelto cínico e indiferente. Tanto Álvaro
como Paulo, en el buque que los conduce a su casa, parecen consultar a un mar mudo e indiferente,
que refleja todas sus insatisfacciones y la consiguiente ansia de salvación. Ambos buscan un
objetivo que oriente su vida, de nuevo en su país de origen, cuya identidad también están buscando.
La confusión en la que se encuentran es simbolizada de manera evidente por el clima carnavalesco
que los acoge a su llegada a la patria, y que acentúa más «el juego de la extrañeza y del no
conocer» (22).
Entre todas las caras desconocidas de la multitud festiva de Caracas emergen las de Lázaro
Agotángel y Eladio Flores: si el lector oye por primera vez estos nombres, pronto descubre que
también el protagonista tiene sólo una vaga idea de los personajes que lo están esperando. Lázaro,
en particular, contenderá peligrosamente la escena al exiliado, totalmente a oscuras del carisma y
de la personalidad que él había reconstruido románticamente alrededor de la figura del primogénito
de su víctima. Desde Europa, Álvaro había pedido que sus parientes se pusieran en contacto con la
viuda del policía y la acogieran [359] con sus hijos bajo su protección: ésta, que efectivamente
necesitaba de una ayuda económica, en un principio parece razonablemente desconfiada y hostil,
pero después cede a los halagos de las mujeres que le ofrecen su apoyo.
Mientras que los Collado no parecen dudar que su hijo esté actuando en buena fe, Soledad
Hernández y su primogénito perciben inmediatamente, y con gran sentido práctico, la originalidad
de la ayuda proclamada como gratuita y desinteresada. Ya la respuesta de la viuda al pésame por
la desgracia es áspera: «¿Y por qué la van a sentir? Si ustedes no nos conocen» (23). Sin embargo, es
Lázaro el que comprende plenamente la esencia de la intervención de Álvaro: «¿Él fue el que se
pegó a mi papá?» (24) lo que hiere el orgullo materno de Celmira Collado y provoca su reacción:
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-Mi hijo no ha matado a nadie, pero como es un hombre responsable y estaba entre los
estudiantes el día en que ocurrió esa desgracia, siente que tiene una parte de responsabilidad en
todos esos hechos y en sus consecuencias; ¿comprende ahora? |
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Lázaro la oía desafiante: |
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-No, no comprendo, pero eso no importa. Lo que importa es que a mi papá le pegaron dos
tiros y lo mataron en el patio de la Universidad. Y ahora la señora tiene remordimientos. No ve
que su hijo estaba allí. Su hijo también tiene remordimientos. Para los ricos las cosas se arreglan
fáciles (25). |
Para el general Collado la iniciativa de ayudar al joven huérfano no tiene sentido, ante todo
porque «Esos muchachos de la calle tienen malas costumbres y es muy difícil enderezarlos» (26); y,
además, porque la matanza
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no fue sino la consecuencia desgraciada de una acción colectiva. Como la guerra. Si el que toma
parte en una guerra se fuera a sentir responsable de todos los muertos y todos los males que sufre
el enemigo, se volvería loco (27). |
De todos modos, decide aislarse y dejar que su mujer y su hija actúen según los deseos del
exiliado.
Con el tiempo efectivamente Lázaro se revela indomable y poco grato al reducido ámbito de sus
benefactores: rechaza sus fracasos [360] como aprendiz en la escuela de artes y profesiones, su
imagen de protegido por la familia Collado, el trabajo en el despacho del abogado Verrón y entra
en las gracias del coronel Abel Maldonado, del cual consigue llegar a ser hombre de confianza. Su
oportunismo y su ambición desenfrenada lo conducen pronto a ocupar posiciones de cierto relieve,
lo que hace cambiar de opinión a aquellos que antes lo despreciaban: hasta la familia Collado se ve
obligada a pedir su ayuda.
A su llegada a Venezuela, Álvaro experimenta una sensación de molestia y percibe la
imposibilidad de comunicar con los que lo rodean: no reconoce su propia adhesión al grupo familiar,
ni al grupo ciudadano, ni al nacional. Si ya en el pasado se había distinguido por su anticonformismo
y la originalidad de sus posiciones, ahora está cada vez menos dispuesto a aceptar las poco lisonjeras
novedades y a dejarse implicar en juegos políticos que le parecen mezquinos y ridículos, finalizados
sólo al enriquecimiento personal y no al bienestar del país.
El símbolo del nuevo curso es Lázaro, «doctor en mañas, licenciado en vivezas, profesor de
ardides, veterano en dolos y engaños» (28), con quien Álvaro no quiere tener nada que ver; el que creía
un huérfano confuso y vulnerable revela ser, al contrario, un joven independiente y astuto, que poco
a poco se perfila como un antagonista ideal. Desde el primer encuentro, casual, en un sitio público,
resulta evidente que nada los une y desde el principio se tratan con desconfianza y agresividad.
Álvaro pone pronto en claro que él no quiere dejarse arrastrar por la embriaguez del poder que
parece inebriar a la camarilla: los que cuentan en Caracas son siempre los del mismo grupo de
amigos y conocidos, con un cambio generacional muy reducido y una modesta contribución desde
el exterior de las clases aristocráticas y militares. Dentro de ese círculo cerrado, Álvaro oye hablar
sólo de mujeres, de negocios y de conspiraciones y se da cuenta de que uno puede ser descalificado
en el momento en que decide que no quiere dar la impresión que está a punto de obtener «un
ministerio o un millón» (29).
Incluso su mujer ideal, el ser inalcanzable y perfecto al cual había asociado «el espíritu de la
tierra» (30), la imagen de Venezuela (31), ya no es [361] la misma: separada de su marido, la Zulka tan
refinada, misteriosa y llamativa de su juventud pasa a compartir el ámbito rudo y limitado de
Lázaro, muy consciente éste del valor que tiene la mujer para Álvaro. Pero la desilusión por el
frustrado encuentro, femenino y nacional, en el cual había puesto tantas esperanzas e ilusiones,
ahora se ve mitigado por el fulgurante impacto que causa en él su hija, cuya figura monopoliza la
segunda mitad de la novela:
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Era como una aparición. La imagen de Zulka limpia de todo tiempo y de toda imperfección. Había
un callado esplendor de vida animal y vegetal en sus ojos, en su piel, en su voz. La voz era más cálida
y más llena que la de Zulka, La cabellera que le caía sobre los hombros, bronceada y ligera, le
enmarcaba los ojos profundos e intensos, la piel mate luminosa, la sonrisa segura y un gesto imperioso
de la cabeza (32). |
Sibila le parece pronto más impetuosa, más auténtica y, con el pasar del tiempo, aún más sensible
e inteligente que su madre, tanto que llega a substituirla en la imaginación del joven.
Los días sucesivos a su llegada a Caracas son para Álvaro días de asentamiento y de orientación:
aparentemente es libre de hacer lo que más le gusta y al mismo tiempo parece dispuesto a aceptar
sugerencias y novedades. Un poco superficialmente, tal como había ocurrido diez años antes, deja
que el cuñado, el hermano y el omnipresente Lázaro lo pongan al corriente de todos los secretos y
las conspiraciones en acto: de la inminencia de un golpe de estado y del empeoramiento de las
condiciones clínicas del general Collado. Álvaro rechaza comprometerse, atrayéndose las críticas
de la colectividad, y empieza a aislarse, cuando todo el mundo parece interesado en colaborar con
la nueva junta. «Toda esta gente descarada, posesiva, sedienta, mandona, gozona, ostentosa, vulgar
y pueril me repugna» (33), confiesa a Zulka: no son tanto las ideas o las doctrinas lo que le disgustan,
sino las actitudes cínicas del mundo de Lázaro.
Es posiblemente por esto que Álvaro se deja tentar una vez más por los mitos de su juventud en
la nueva conspiración urdida por Centalla; pero cuando se da cuenta de que no hay nada distinto más
allá de la forma, durante una reunión decisiva se retira declarando su propia falta de confianza en
ese tipo de acción: «Nuestra vida es como un teatro en [362] el que no hay sino la constante
repetición de un solo acto. Apenas termina cuando vuelve a comenzar» (34). En efecto, poco después,
es nuevamente detenido, pero en esta ocasión no acepta la intercesión familiar y decide enfrentarse
solo a la situación. En realidad es Lázaro el que interviene directamente y lo pone, a pesar suyo, en
libertad.
Álvaro se cree perseguido y condenado por los que lo rodean; le parece que todos traman en su
contra, hasta vuelven a proponerle el exilio. Fundamentalmente no puede aceptar el éxito de Lázaro
y que un personaje como éste represente a la nación: «no puedo resignarme a que él sea el país. Yo
lo admitiría y lo aceptaría si él ocupara su sitio. Pero es que lo ha invadido y lo ha desnaturalizado
todo» (35). En la ilusión evolutiva de Lázaro todo está en venta, todo corre hacia un futuro no bien
determinado: no existen valores que defender, por los cuales luchar. Álvaro no acepta la idea de
marcharse, precisamente porque cree en su propio país, aunque éste está en las manos de gente a las
que no estima:
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No me voy a ir. Voy a quedarme. En mi país a hacer mi país, a rescatarlo de los que lo han hecho
cautivo, de los que lo han doblegado y torcido. Y aquí me voy a estar agarrado, apechugado, solo, o con
quien quiera acompañarme. Aunque sea como Noé, para tener que fundar de nuevo la raza y la fauna
después de que pase el diluvio (36). |
Y si por el momento no puede tomar parte activa en la vida pública del país, por lo menos puede
permitirse soñar con un futuro mejor y seguir, dentro de sus posibilidades, un camino propio: como,
por ejemplo, el que lo conduce al amor exclusivo de Sibila, sin compromisos ni vergonzosas
sumisiones. La muchacha representa la inocencia de sus ideales juveniles, y es por eso por lo que
la busca y percibe la necesidad de tenerla a su lado sin tener que dar cuentas de ello a nadie:
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Ya no era la niña de Zulka, ni tenía nombre. Era la que buscaba desde el fondo de
los años y de los vericuetos de las andanzas. Era como agua en la garganta. [...] Todo
había llegado a ella y era ella a la que buscaba. Ahora lo sabía con la más honda
certidumbre. Ahora no quería, ni podía, ni sabía regresar (37). [363] |
El final rosado de la novela presenta una estructura típicamente cinematográfica. Sobre la escena
de las bodas de Álvaro y Sibila, que recompone mágicamente todos los contrastes personales,
sociales y políticos, se inaugura una nueva era para el joven, que con su esposa quiere construir el
futuro de su país. Después de una rapidísima descripción de las convenciones de las nupcias, la
cámara imaginaria se detiene sobre los convidados a la ceremonia y esa visión de conjunto casi
parece ser la despedida de los actores y comparsas con el público fiel que los ha acompañado.
Los dos últimos capítulos echan patentemente los cimientos de la última parte de la trilogía, que
posiblemente habría consagrado los ideales puros y leales de la pareja. Álvaro ha decidido cuál será
su camino y se yergue como un juez divino en el examen de todos los que podrían merecer de entrar
en su reino futuro; pero pronto se da cuenta de la megalomanía que esa idea impone y corrige la
perspectiva de sus proyectos:
| |
Tal vez, más que juzgar y condenar había que ganar a los hombres, con el ejemplo de la fundación
y del trabajo y del servicio. Si él se pusiera a lo suyo tesoneramente y si hubiera muchos que se pusieran
a lo suyo tesoneramente, a hacer sementera y familia y granero. |
|
Más que por los corredores de un tribunal sin término había que andar por el campo abierto de la
vida real. Fundar vida y fundar obra con una dimensión humana abarcable. |
|
No importaba que los otros no quisieran entender ahora. Algún día tendrían que entender. Ni se iba
a humillar, ni se iba a ir, pero tampoco iba a exigir que los demás se humillaran o se fueran. |
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Era tiempo para empezar y no era perdido ni extraviado el camino que lo había llevado a aquella
convicción. Había que suspender el juicio inagotable y recomenzar con todos partiendo de las tareas
simples e inmediatas de la vida humana (38). |
A pesar de la fragilidad del personaje principal, a menudo poco creíble y en general un poco
estático, el contexto del tríptico parece ya consolidado y se presta a la natural conclusión del tercer
volumen con la apoteosis de Álvaro y el tan esperado y soñado rescate de Venezuela. La obra está,
en resumidas cuentas, bien construida y al lector no le cuesta perdonar las pequeñas incongruencias
en la construcción de los personajes; la arquitectura es sólida y está claro que, más que la psicología,
interesa un cuadro de conjunto, el fresco venezolano que se viene [364] delineando. Si en la primera
novela asistimos a la transición dinámica desde la dictadura de Gómez, en la segunda los cuadros
empiezan a parecer más inmóviles; la gente habla y entreteja tramas más que actuar a la luz del día,
en el marco de una situación política cada vez más precaria a causa de las ambiciones de los
gobernantes, que se alternan con las mismas modalidades anticonstitucionales en el poder de la
nación. Es posible que en los proyectos del autor se llegara, con la tercera novela, al triunfo de todos
los que tenían principios, ideales que hasta aquel momento habían sido puesto en sordina: sobre
todo, el «niño perpetuo», como lo llama Lázaro (39), en el que se reflejan el optimismo y la confianza
del autor que, después de muchos años de desilusiones, en estos años está a punto de realizar su
sueño presidencial.
«Sonámbulo de libros, atontado de palabras, lelo de teorías» (40), incluso Uslar Pietri ve
materializarse la posibilidad de demostrar la bondad de sus convicciones, lo positivo de una larga
experiencia madurada entre América y Europa. Después de regresar a Venezuela desde Francia, en
1934, Arturo Uslar Pietri reviste cargos prestigiosos con los sucesores de Gómez; durante el
gobierno de López Conteras colabora en los Ministerios de Hacienda, de Asuntos Exteriores y, a la
edad de treinta y tres años, es Ministro de la Educación; bajo Medina Angarita ocupa el cargo de
Secretario a la Presidencia de la República y de Ministro de Hacienda y de Asuntos Interiores. Con
la llegada de Betancourt, Uslar tiene que emprender la vía del exilio y, aunque en 1950 Pérez
Jiménez le consiente regresar, vuelve a aparecer en la escena política sólo siete años después. En
las vísperas de un nuevo golpe de estado, el escritor está entre los firmantes de una petición para el
restablecimiento del régimen democrático, y por eso es arrestado y detenido en la cárcel hasta el
siguiente cambio de gobierno. En 1963, con garra y determinación, se presenta como candidato de
un grupo de «independientes» a las elecciones presidenciales: a pesar de las previsiones
entusiásticas, no obtiene el éxito esperado, pero no se desanima. Al año siguiente consolida los
resultados que había obtenido transformando su grupo electoral en un partido, el Frente Nacional
Democrático, del cual es secretario general. En el texto programático Uslar Pietri consigna su
concepción política, social y económica: es una ocasión [365] preciosa para difundir sus ideas de
manera capilar en escala nacional y, en caso de victoria, para intentar realizar en la práctica, su
utopía nacional (41). Todas las convicciones maduradas en ámbito gubernamental las expone de manera
clara y ordenada, siguiendo un nacionalismo democrático fundado en la plena confianza en los
recursos propios del país; postula así la existencia de «una Venezuela posible» (42), realizable por
medio del desarrollo y de la utilización de todas las riquezas materiales y humanas. El partido se
propone superar la rigidez de las organizaciones políticas existentes, para conceder el máximo
espacio a las aportaciones individuales de cada miembro, huye de las definiciones doctrinarias e
ideológicas, intentando canalizar los estímulos que provienen de los distintos sectores sociales para
el progreso de la nación. Alrededor del Frente se reúnen individuos de distinta proveniencia,
acomunados por la aceptación de determinados valores éticos y políticos propugnados en nombre
de la libertad y de la justicia y motivados a trabajar activamente para afirmar esos valores sin abusos
y con el respeto que merece a cada ser humano. Sin embargo, el curso de los acontecimientos no
favorece a «Arturo, el hombre»: en 1966 se disuelve la formación gubernativa y dos años después
Uslar Pietri abandona el partido. El año 1973 marca el definitivo alejamiento del escritor de la vida
política y el Frente se disgrega, después de múltiples fracasos electorales.
Por lo menos hasta 1964, fecha de publicación de la segunda novela, Uslar Pietri parece creer
razonablemente en la posibilidad de ver realizadas sus ambiciones políticas; pero cuando éstas
empiezan a desvanecerse, pierde sentido también el proyecto del tríptico, dedicado a reflexionar en
clave narrativa sobre el sueño de un grupo de idealistas. Por lo tanto, parece que han sido las
desilusiones políticas las que han hecho imposible el proyecto literario ya iniciado y las que han
inhibido la escritura, o la publicación, de lo que evidentemente habría terminado por ser considerada
como la simple teorización de la estéril utopía nacional de un gran hombre de letras. El pudor del
escritor, que por un lado nos ha privado de la conclusión del ciclo, por otro lado no [366] puede
anular los indudables plagios de dos novelas sui generis a lo largo de su producción: la crítica tiene
el deber de volver a considerarlas para resaltar la fe de un hombre que durante toda su vida ha creído
firmemente en la fuerza del acto literario y de sus posibilidades para reflejar y, a veces, modificar,
los destinos de la gente y de una nación.
1. Arturo Uslar Pietri, Estación de máscaras, Buenos Aires, Editorial Losada, 1964, p. 8.
2. A. Uslar Pietri, Un retrato en la geografía, Buenos Aires, Editorial Losada. 1962, pp. 47-48.
3. A. Uslar Pietri, Estación de máscaras, cit., pp. 152-153.
4. A. Uslar Pietri, Un retrato en la geografía, cit., p. 30.
5. Ibid., p. 278.
6. Ibid., p. 17.
7. Ibid., p. 25.
8. Ibid., p. 111.
9. Ibid., p. 253.
10. Ibid., p. 264.
11. Ibid., p. 284.
12. Ibid., p. 286.
13. Ibid.
14. Esas son las palabras con las cuales Sormujo es presentado: «Era un intelectual conocido, autor de varias novelas,
hombre culto, cosmopolita y refinado que demostraba en sus escritos y en su conversación una inteligente preocupación
por los problemas del país». Ibid., p. 45.
15. Ibid., p. 271.
16. Guillermo Meneses, «El año literario 1962 en Venezuela», in Revista Nacional de Cultura, 156-157 (1963), p.
15.
17. Orlando Araujo, Narrativa venezolana contemporánea, Caracas, Monte Ávila Editores, 1988, p. 86.
18. Ibid.
19. Darío Villanueva, José María Viña Liste, Trayectoria de la novela hispanoamericana actual, Madrid, Espasa
Calpe, 1991, p. 120.
20. A. Uslar Pietri, Estación de máscaras, cit., p. 9.
21. Ibid., p. 10.
22. Ibid., p. 12.
23. Ibid., p. 28.
24. Ibid., p. 30.
25. Ibid.
26. Ibid., p. 35.
27. Ibid.
28. Ibid., p. 78.
29. Ibid., p. 71.
30. Ibid., p. 94.
31. «En una época llegué a pensar que mi país tenía tu rostro». Ibid., p. 126.
32. Ibid., p. 89.
33. Ibid., p. 145.
34. Ibid., p. 161.
35. Ibid., p. 145.
36. Ibid., p. 182.
37. Ibid., p. 185.
38. Ibid., p. 191.
39. Ibid., p. 181.
40. Ibid.
41. Uslar Pietri especifica: «Esa Venezuela ya no es el sueño de encontrar El Dorado, sino la visión realista que
podemos tener los hombres de un siglo que conoce [...] las posibilidades reales de desarrollo de un país subdesarrollado».
VV. AA., Declaración de principios. Programa y estatutos, [s.l.], F.N.D., 1967, p. 8.
42. Ibid., p. 7.
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