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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 3, Año 1883
    
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Cuaderno II. Agosto, 1883.

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Acuerdos y discusiones de la Academia (Noticias)

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NOTICIAS

     Nuestro sabio socio correspondiente D. Pablo Ewald, en unión con D. Gustavo Loewe, ha publicado en Heidelberg la preciosa monografía en folio «Exempla scripturæ visigoticæ XL tabulis expressa,» la cual ofrece cuarenta láminas fotográficas sacadas de nuestros mejores códices, y dispuestas por orden cronológico para dar idea exacta de la variación sucesiva que tuvo nuestra paleografía latina desde el siglo VI hasta el año 1171. Entre estos ejemplares figura la noticia de las sedes episcopales de España, tomada de un códice escurialense del siglo VIII, y la vida de San Ildefonso, arzobispo de Toledo, conservada por otro códice de nuestra Academia, procedente del Monasterio de San Millán. También es por todo extremo notable la lámina musical que lleva el núm. XXX y procede del Breviario gótico toledano que se conserva en la Biblioteca Nacional, y fué escrito en el año 1006; y no lo es menos el ejemplar de la versión árabe de la colección de cánones de la Iglesia española, que fué copiada en el año 1049, y enriquece la Biblioteca del Escorial. Para dar á luz una obra de tanto valor á precio baratísimo, los Sres. Ewald y Loewe han obtenido subvención del Gobierno de Prusia. Las fotografías han sido confiadas al distinguido artista Sr. Selfa, ya conocido en el mundo literario [66] por las que sacó del Lapidario de D. Alfonso X, y de las obras autógrafas de Santa Teresa.

     Los editores reconocen, como es justo, el generoso apoyo que les han prestado los jefes y principales empleados de los archivos y bibliotecas de donde han reunido la colección de los cuarenta ejemplares; como son el difunto D. Cayetano Rosell, D. Octavio Toledo, D. Antonio Paz y Melia, D. Manuel R. Zarco del Valle, D. Manuel de Goicoechea, D. Félix Rozanski y D. Francisco Bux y Loras. También hacen singular elogio del profesor de la Escuela de Diplomática D. Eduardo de Hinojosa y del fotógrafo toledano D. Casiano Alguacil. Finalmente mencionan la Paleografía visigoda de D. Jesús Muñoz y Rivero, comprensiva de los siglos V al XII.

     La colección fotográfica va precedida de una introducción donde, además del texto de cada lámina, cuidadosamente expuesto y anotado, se da por los editores un trasunto crítico del códice respectivo que ha servido de original.

     Trabajos de esta índole se recomiendan por su importancia nianifiesta; y es de creer que después de tan feliz comienzo, no tardará en llegar el turno á los códices tan ricos y variados de nuestras primeras catedrales de la Reconquista, como las de Lugo, Astorga, Oviedo, León, Pamplona, Gerona, Vich, Urgel, Barcelona, etc.

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     La Revue des Études juives, en su último número (Abril-Junio 1883), página 278, ha publicado un excelente artículo de nuestro socio correspondiente en Paris, Mr. Isidore Loeb, quien ha fijado definitivamente la forma y color de las famosas ruedas ó marcas que estaban obligados los hebreos de la Edad Media á llevar, como insignia distintiva de su religión y prosapia. Tomándola de un códice de Manresa, escrito en 1347, este artículo estampa la figura ó retrato del judío manresano Rovén Salamó, del cual hace mención el códice; y asimismo la figura de otro hebreo que se halla en el Livre vert del municipio de Barcelona, comenzado á escribir en 1335. Mr. Loeb elogia dignamente á nuestros socios correspondientes D. José Puggarí y D. Andrés Balaguer Merino, que han contribuido á facilitarle dibujos y noticias de tanto precio.

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Informes

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I. Monedas inéditas de tipo ibérico

     No se os oculta, Señores, el interés científico que encierra la publicacion de cuantas especies inéditas se vayan descubriendo de monedas autónomas con tipo ibérico. Nuevo campo abren á estudios filológicos, étnicos y geográficos; sirven con su copioso número, jamás agotado, para concertar, sin soluciones de continuidad, en rigorosa escala cronológica, los ya conocidos; identifican las más de las veces con la repeticion de los hallazgos, nuestros antiguos despoblados, cuyos despojos yacen sin nombre; y derraman en fin copiosa luz sobre los arcanos de nuestra Historia antigua. Las monedas ibéricas constituirán siempre un raudal seguro y purísimo, de fuentes no adulteradas por copistas, que no entienden lo que transcriben, ó por geógrafos é historiadores mal informados: sus caracteres gráficos no serán nunca desatendidos por quien ambicione el lauro de hallar ó difundir lo que hay de cierto sobre las variedades de escritura y de lenguaje que usaron nuestros mayores. No es tiempo aún de labrar, sino de allegar materiales.

     Concretando mi estudio á las leyendas numismáticas de la España Citerior, no acierto á decir si unas mismas letras tuvieron igual valor fonético en los distintos períodos históricos en que las vemos usadas, y hasta me asalta la sospecha de que no guardan identidad de lenguaje entro las apartadas regiones del Este y del [68] centro de Iberia. La unidad política no mancomunaba tan múltiple enjambre de tribus, y la de la sangre mucho menos: nómadas unos, como los Berybraces que describe Avieno, sedentarios otros como los Vacceos, solían vivir aislados casi todos, encastillándose en sus breñas, tan ásperas como su trato, y ajenos de consiguiente á la civilizadora influencia de fenicios, cartagineses y griegos que modificaran sus hábitos, sus costumbres, y pulieran sus brioso idiomas, oscuros por una parte como el céltico, y por otra como el vascuence muy claros.

     Pero los fundamentos en que pudiera hacer estribar mis presunciones no son de este lugar: voy á cumplir la obligación que contraje con esta Real Academia y que os dignasteis aceptar, limitándome hoy á presentaros las variedades de monedas ibéricas que he logrado reunir de algunos años acá en mis viajes de exploración y que no veo grabadas en la obra de Medallas autónomas de mi eminente maestro D. Antonio Delgado, de grata memoria, ni tampoco en las láminas del Estudio histórico de la moneda antigua española de mi querido amigo el concienzudo numismático Sr. Zobel de Zangrouiz. Estos dos libros serán el punto de partida de mi trabajo.

     He aquí las monedas:

LÁMINA 1.ª

     Guissona, Delgado (lám.145). -Iessonenses, Zobel (pág. 39, tom. II).

     1. Anv. Cabeza varonil imberbe, con torques en el cuello, mirando hacia la derecha; detrás espiga ó palma.

     Rev. Jinete en el aire, con palma al hombro, corriendo á la derecha; debajo

DOMINGO BAZÁN, Barcelona.

     Curiosa es esta variedad por la disposicion en forma de arco de su leyenda, sin línea sobre la que descanse, careciendo al propio tiempo su anverso de indicaciones omonóicas. [69]

     Ildera, Delgado (lám. 148). -Ilduronenses, Zobel (pág. 55, tom. II).

     2. Anv. Cabeza varonil imberbe, con torques en el cuello mirando hacia la derecha.

     Rev. Caballo suelto galopando á la derecha sobre una linea; encima de ella

DOMINGO BAZÁN, Barcelona.

     La bella fábrica helénica y el gran diámetro de este semis, son los que nos han aconsejado publicarlo.

     Masenesa, Delgado (lám.155). -Masonenses, Zobel (pág. 39, tom. II).

     3. Anv. Cabeza varonil imberbe mirando hacia la derecha; detrás símbolo de dudosa clasificación; á nosotros nos parece un strigilum.

     Rev. Jinete con palma al hombro corriendo hacia la derecha y apoyado sobre una línea; debajo de ella

D. MARIANO LA HOZ, Calatayud.

     Como quiera que nuestra misión en este trabajo se contrae simplemente á dar á conocer variedades de monedas, nos abstenemos de discurrir acerca la región donde existió la Masenesa de Delgado, ó sea, los Masonenses de Zobel; guardando en este punto igual silencio que el que mantendremos al describir las monedas de Segisa. Más adelante, nos cabrá la honra de ofrecer á la consideración de la Academia las apuntaciones que tenemos hechas acerca del particular, no aceptándo los pareceres de los Sres. Delgado y Zobel. [70]

     Olais, Delgado (lám. 155). -Galæsenses, Zobel (página 83, tom. II).

     4. Anv. Cabeza varonil imberbe con torques en el cuello, mirando á la derecha; delante aspergilo, detrás

     Rev. Jinete en el aire y lanza en ristre corriendo hacia la derecha; debajo y en dos líneas

GATO DE LEMA, Madrid.

     En monedas de esta leyenda no era conocido el símbolo, que campea en el anverso de este precioso ejemplar.

     Iloqith, Delgado (lám. 153). -Ildugoitanos, Zobel, (pág. 45, tom. II).

     5. Anv. Busto varonil imberbe, con peinado de bucles y torques en el cuello; mirando hacia la derecha y rodeada de tres delfines.

     Rev. Caballo corriendo sobre una línea y con brida volante; encima media luna; debajo

DOMINGO BAZÁN, Barcelona.

     Delgado no conoció el semis de las monedas en que lee ILOQVITh, publicado solamente el as, y copiándolo de un ejemplar con reverso tan borroso, que nos obligará más adelante á grabar el que figura en nuestro monetario, el cual es excelente muestra de dibujo helénico, coetáneo, de las más bellas acuñaciones ilerdenses. El semis inédito que acabamos de describir, puede relacionarse con otro no menos curioso que dió á conocer nuestro amigo Sr. Zobel (lám. III-12, tom. II.)

     Saetabi, Delgado (lám. 162). -Sætabitanos, Zobel (pág. 55, tom. II). [71]

     6. Anv. Pecten presentado por su cara convexa.

     Rev. Delfín; encima media luna con un punto en su centro; debajo y sobre una línea

VIDAL RAMÓN, Barcelona.

     Inédita por completo es esta interesante moneda: en ella se nos presenta el pecten y delfín saguntinos, combinados con la leyenda ibérica de Játiva.

     Ildera, Delgado (lám. 148). -Ilduronenses, Zobel (pág. 55, tom. II).

     7. Anv. Cabeza varonil imberbe á la derecha; detrás de ella

     Rev. Caballo suelto; encima y escrita de dentro á fuera la leyenda

DOMINGO BAZÁN, Barcelona.

     Aumenta este quadrante en una variedad los heterogéneos tipos que presentan las monedas de Ildera, ofreciendo el que acabamos de describir, por la situación y desusado trazado de su leyenda, alguna semejanza con los pequeños bronces con epígrafe

     Segea, Delgado (lám.167). -Segienses, Zobel (página 61, tom. II).

     8. Anv. Cabeza varonil imberbe; detrás delfín.

     Rev. Caballo suelto, corriendo hacia la derecha sobre una línea; encima media luna; debajo

VIDAL RAMÓN, Barcelona.

     9. Anv. Cabeza barbuda con torques en el cuello, mirando hacia la derecha; detrás

     Rev, Como el de la moneda anterior.

CONSTANTINO BAZÁN, Barcelona. [72]

     Inéditos eran los divisores de los ases con leyenda y Zobel, tom. II, lám. V, núm. 3 y 4 fué el primero que los publicó grabando un semis y un triens, siendo comun el primero y tomando el segundo de la colección Rais, de Zaragoza, en cuya capital existe otro ejemplar que pertenece al Sr. Gil. Con dos divisores más aumentamos la serie, siendo semises lo que acabamos de describir, variante el de nuestro núm. 8.º por el delfín de su anverso y constituyendo el 9.º una importante especie, ya que en la moneda aparece la leyenda propia de los ases y denarios.

     10 y 11. As bilingüe de Saetabis y mediano bronce de Julia Traducta contrasellados con el mononrama SÆ, de la primera de dichas poblaciones.

MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL.

     No me ha parecido inoportuno dar á conocer desde luego estas dos monedas de necesidad. Sus resellos acusan alguna perturbación económica que obligase á estampar en ellas la marca setabense, á fin de asegurar su circulación, dándoles valor legal.

     No es este un caso nuevo en la numismática autónoma española. Ya lo demostré en la obra del Sr. Delgado, exponiendo la contramarca DD (decreto decurionum) de los medianos bronces latinos emporitanos. En dicha obra de Medallas autónomas aparece un Segobriga con el sello SE. y un as de Heresi marcado con una H; y no es menos notable el resello de Gili puesto en un as de Bilbilis que publiqué en la Revista de Ciencias Históricas, tom. III, pág. 169.



LÁMINA 2.ª

     Segisa-Sethisa, Delgado (lám.168). -Sethianos, Zobel (pág. 101, tom. II).

     12. Anv. Cabeza varonil imberbe mirando hacia la derecha; delante, lobo (?) corriendo. [73]

     Rev. Jinete con enseña militar al hombro, galopando hacia la derecha; un ave posada sobre las manos del caballo, que asienta sus piés, sobre la línea superior del marco, dentro del cual campea la leyenda

LA HOZ, Calatayud.

     Entre los ases y semises que llevan la leyenda transcrita anteriormente, conocida era la emisión que se diferencia de sus congéneres, por el cuadrúpedo que se distingue en el anverso y el ave que en el reverso de los ases remata la enseña militar que al hombro lleva el jinete. El sitio en que figura el ave en las monedas, aconsejó á los autores que me han precedido, á clasificarla de águila legionaria; así como el Sr. Delgado llama león, y leona el Sr. Zobel, al cuadrúpedo de que acabamos de hacer mención. En el rarísimo ejemplar que publicamos, los dos indicados símbolos no aparecen en su sitio normal; el ave no es complemento de la enseña militar, ya que está sobre las manos del caballo, y en cuanto al cuadrúpedo que vemos campear delante de la efigie del anverso, por su cabeza prolongada y puntiagudo hocico, más que leona debe parecernos lobo.

     13. Anv. Cabeza varonil, imberbe, con cabello crespo entre dos delfines y mirando hacia la derecha.

     Rev. Jinete lanza en ristre apoyado sobre una línea corta; debajo y en arco, la leyenda

VIDAL RAMÓN, Barcelona.

     La fábrica tosca de esta moneda, nos ha aconsejado reproducirla, para auxiliar los estudios comparativos con las acuñaciones de otros pueblos.

     14. Anv. Cabeza varonil imberbe; delante

     Rev. Caballo suelto, en el aire, y con brida volante; debajo y en arco

DOMINGO BAZÁN, Barcelona. [74]

     Este hermoso semis que se encuentra á flor de cuño, justifica el as núm. 9 publicado por Delgado, del cual es divisor, y cuya moneda debió considerar el Sr. Zobel que había sido copiada de un ejemplar incompleto, enando no la incluye en su concienzudo cuadro de la pág. 291, tom. II de su obra

     15. Anv. Cabeza varonil mirando hacia la derecha.

     Rev. Caballo suelto, con brida volante, corriendo á la derecha sobre una línea; debajo encima

DOMINGO BAZÁN, Barcelona.

     Titia,Delgado (lám. 179). -Titios, Zobel (pág. 79, tom. II).

     16. Anv. Cabeza varonil imberbe mirando hacia la derecha; detrás y escrita de fuera adentro, la letra

     Rev. Parte anterior de un Pegaso; debajo

LA HOZ, Calatayud.

     En una excursión por la comarca bilbilitana, pudimos estudiar con todo detenimiento la estimable colección numismática, extraordinaria en especies de Bilbilis, que posee nuestro buen amigo D. Mariano La Hoz. En ella vimos el ejemplar que acabamos de describir, único en nuestra noticia y cuyo anepígrafo reverso, haría difícil su clasificación á pueblo determinado, á no contar con la letra que rotula el anverso, y que nos lleva á considerar tan precioso quadrante como divisor de los ases con leyenda . La clasificación nos parece indicada, desde el momento que no sólo en las monedas de dicha leyenda aparece la en los anversos, sino que, aun cuando así no aconteciera, es bien sabido que buen número de acuñaciones ibéricas, figuran en sus anversos la letra inicial de su epígrafe étnico, como se observa por ejemplo en las leyendas que el Sr. Delgado interpreta Orsao, Olais, Nertóbriga, Contrebia, Virebia, Oligam, Segobriga, etc., etc. [75]

     Setisacum, Delgado (lám. 171). -Sethitanos, Zobel (pág. 45, tom. II).

     17. Anv. Cabeza varonil imberbe á la derecha.

     Rev. Caballo suelto corriendo sobre una línea; encima tres glóbulos; debajo

GATO DE LEMA, Madrid.

     El Sr. Zobel conoció esta moneda pues dice de ella: «De este quadrante publicó Heiss en su lám. 12,5, sólo el reverso, porque el modelo que estaba en su propia colección, carecía de anverso. El Sr. Gato de Lema, vecino de Madrid, posee en su monetario otro ejemplar á flor de cuño, que será publicado en nuestras láminas. (Estudio histórico, tom. II, página 217-275). Interrumpida la continuacion de la obra del señor Zobel, damos á conocer la moneda, advirtiendo, que además del hermoso ejemplar del Sr. Gato de Lema que figura en nuestra lámina, conocemos otro en la colección zaragozana de D. Pablo Gil.

     18. Anv. Cabeza varonil imberbe, mirando hacia la derecha.

     Rev. Caballo suelto corriendo á la derecha sobre una línea; encima ; debajo

D. PABLO GIL, Zaragoza.

     El quadrante de Sethisacum, no figura en las láminas de la obra Delgado, pues sin duda no creyó conveniente reproducir el ejemplar incompleto grabado por Heiss, cuya moneda había perdido el anverso. (Heiss mon. auton., lám. 12-5). Zobel, ofrece corregir esta laguna y tomándolo de la colección Gato de Lema, cita (pág. 244, núm. 275, tom. II de su Estudio) un quadrante completo de Sethisacum, con cabeza imberbe y rodeada de tres delfines. (Ibid. pág. 447.) -Podemos, pues, ofrecer al estadio de la Academia, una variedad inédita de la dicha especie, cuyo anverso carece de delfines. [76]

     19. Anv. Cabeza varonil é imberbe mirando hacia la derecha; detrás media luna.

     Rev. Jinete corriendo á la derecha y en el aire; con ensena militar ? al hombro; debajo

D. PABLO GIL, Zaragoza.

     Como esta hermosa moneda está perfectamente conservada, se observa en ella á la par que la carencia de línea sobre que se apoye el caballo, la forma de la llamada enseña militar, que soliendo ser un tridente en ases de este género, en el ejemplar que describimos, dudo mucho que pueda verse en ella un emblema marcial. Simplemente es un caduceo lo que lleva el jinete.

     Orsao, Delgado (lám. 156). -Bursavonenses, Zobel (pág. 79, tom. II).

     20. Anv. Cabeza barbuda mirando á la derecha; detrás

     Rev. Jinete lanza en ristre corriendo en el aire hacia la derecha; debajo y sobre una línea

D. PABLO GIL, Zaragoza.

     No puede justificarse si existió el delfin delante de la cara del anverso. La efigie se nos presenta con barbas y dibujo bárbaro y el jinete sin línea, constituyendo una variedad apreciable en las monedas que el Sr. Delgado llama de Orsao.

     21. Anv. Cabeza varonil imberbe mirando hacia la derecha; detrás

     Rev. Caballo suelto con brida volante, corriendo sobre una línea hacia la derecha; encima de ella

D. PABLO GIL, Zaragoza.

     Delgado no conoció este semis que no ha sido grabado aún. Además del que describimos, conocemos dos ejemplares [77] más en las colecciones de los Sres. Siscar de Barcelona y Gato de Lema en Madrid. Zobel cita otro desconocido para nosotros, que se encuentra en el monetario del Sr. Marqués de Molins, que en breve podremos estudiar, merced á la galanteria de su ilustre propietario.

     22. Anv. Cabeza varonil imberbe mirando hacia la derecha; delante, delfin; detrás

     Rev. Jinete lanza en ristre corriendo hacia la derecha sobre una línea; detrás media luna; debajo

MUSEO ARQUEOLÓGICO, Madrid.

     Delgado no conoció, entre los ases en que lee Orsao, la variante con la media luna en el reverso, la cual cita Zobel en la especie núm. 498, pág. 277, del tomo II de su Estudio, tomándolo de una moneda con la cabeza barbuda, que encontró en el monetario de esta Academia; mas no publicó el ejemplar que apunto, y que posee el Museo arqueológico nacional.

     Madrid, 3 de Julio, 1883.

CELESTINO PUJOL Y CAMPS.

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II. Historia de Valladolid

     El que suscribe, designado por acuerdo de la Academia para informar sobre el libro titulado Historia de Valladolid, por don Juan Ortega y Rubio, obra remitida á este cuerpo literario por el Excmo. señor ministro de Ultramar á los efectos de la Real orden de 19 de Abril de 1881, habiendo leido con atención el texto [78] de la historia expresada, expone su dictamen en los términos siguientes.

     Defecto es que deslustra los merecimientos granjeados por no pocos historiadores el frecuente prurito de anteponer las glorias y excelencias peculiares, ora del suelo natal, ora de aquel que aparece como teatro de los sucesos que refieren á las más calificadas de otras comarcas ilustres; inconveniente de importancia para la averiguación de la verdad, si no hallase remedio en el concurso apetecible de escritores de diferentes lugares, cuyas relaciones, atentas á encarecer y recordar hechos olvidados fuera de sus respectivas patrias, muestran el interés de recíprocos correctivos, al propio tiempo que acaudalan la masa general de acontecimientos narrados, que influyen en el carácter de la historia general de los pueblos. Con razón dirigen sus aficiones varones muy doctos de nuestra edad al cultivo de la monografía histórica, en cuyo campo han granjeado laureles inmarcesibles algunos de nuestros antecesores en esta Academia. Extreman su fuerza tales consideraciones, si la monografía se aplica á una localidad tan interesante como Valladolid, preferida para corte por muchos antiguos monarcas de Castilla y por algunos de la casa de Austria; cuna y morada de varones sobremanera ilustres en la época en que España os tuvo muy señalados, y teatro de acontecimientos memorables en las edades Media y Moderna. Pues con todo esto, es notorio que el olvido lamentado en este punto un siglo há, por el benemérito académico don Rafael de Floranes, ha tardado mucho tiempo en subsanarse, ofreciéndose manifiesto y muy de resalto hasta nuestros días. Cierto es que el interés del asunto ha puesto deseos en más de un curioso para llenar este vacío, y que los que lo son pueden encontrar en nuestras bibliotecas documentos y antecedentes estimables, ya en la Historia ilustrada de Valladolid, escrita por Martín Antolinez de Burgos, continuada por don Gaspar Uriarte y conservada manuscrita en las bibliotecas de Osuna y de la Real Academia, ya en los seis volúmenes consagrados á la historia de Valladolid por don Manuel Conesi, escritor del pasado siglo, y cuya obra, probablemente autógrafa, disfrutó Floranes, así en los tratados impresos y manuscritos de este académico insigne, como en las historias manuscritas de los monasterios de [79] San Francisco y Real de San Benito de Valladolid, sin contarlas noticias que avaloran algunas obras impresas, como las Excelencias de la ciudad de Valladolid, por Antonio Daça (Valladolid, 1617), la Relación de lo sucedido en Valladolid, desde el punto del nacimiento del príncipe Don Felipe, por Domingo Victor (1607), libro que Pellicer atribuye sin suficiente fundamento á Cervantes; la parte relativa á Valladolid en el tomo I del Teatro de las iglesias de España, por Gil Gonzalez Dávila; el Viaje de España, por don Antonio Ponz; las Memorias políticas y económicas de Larruga, Madrid, 1792 y 1793; los Recuerdos de España, por Cuadrado; el Compendio histórico y descriptivo de Valladolid, impreso en 1849; la Historia de la M N. y M. L. ciudad de Valladolid, por don Matías Sangrador y Vítores, y hasta en el Manual histórico y descriptivo de la misma ciudad, impreso por los señores Rodríguez. La falta de una buena historia de Valladolid se dejaba sentir, sin embargo, antes de que con buen acuerdo y resultado muy apreciable, se consagrara á escribirla don Juan Ortega y Rubio. No es el nombre de este escritor desconocido para la Academia, ni peregrino en la república literaria. Antiguo correspondiente de este cuerpo literario, catedrático de Historia por oposición en la Universidad de Valladolid y autor de obras históricas muy reputadas, ha sido laureado varias veces en concursos literarios y científicos por trabajos históricos de Valladolid y su provincia. Recientemente ha consagrado su actividad á allegar datos y noticias sobre escritores vallisoletanos ilustres, luciendo sus condiciones de escritor galano en una concienzuda biografía que acaba de ver la luz, acerca del insigne jurisconsulto don Manuel Silvela y Aragón, abuelo de los distinguidos hombres de Estado que llevan este apellido, y el cual, á principios de este siglo, acertó á ilustrar con su ingenio y sus fructuosos estudios, hechos en la Universidad vallisoletana, el foro, el Parnaso y la cátedra.

     No es en verdad el trabajo histórico que examinamos indigno de la reputación del autor, ni del asunto importante en que ha empleado sus fuerzas, según demostrará un breve análisis del libro.

     Después de algunas páginas consagradas á las antigüedades romanas [80] de Valladolid, reducidas hasta lo presente á cierto número de sepulcros descubiertos en el siglo pasado, tanto al construir el nuevo claustro de la Universidad literaria como al ahondar unas hoyas para la formación de un laberinto en el paseo del Campo Grande; á cierta arqueta con monedas de los emperadores romanos que se hallaron bajo tierra en la calle de la Parra; á una urna con inscripción latina que apareció al cavar en un cimiento de la iglesia de San Esteban, y, en fin, á dos restos de edificios antiguos descubiertos, uno al derribar el trozo de muralla inmediata á la puerta del Campo, hoy calle de Doña María de Molina, y otro al abrir los cimientos de la catedral, se discuten los orígenes de la población antigua asentada en las inmediaciones de la moderna ciudad, con grande copia de estudios y autoridades, atentas las luces que han arrojado sobre materia tan difícil las concienzudas investigaciones de Hernán Nuñez de Toledo, apellidado el Pinciano, las de nuestros doctos compañeros los Sres. Fernández-Guerra y Saavedra, y la del sabio profesor berlinés y distinguido epigrafista Dr. Emilio Hübner.

     Al llegar á la Edad Media controvierte el autor doctamente la opinión expuesta por Ponz que sobre el nombre de Vallisoletum, con que se ofrece en antiguos documentos, sea una contraccion de Vallis olivetum «valle de olivos,» así como la de Floranes en lo tocante á que valga y signifique tanto como «valle para oler;» y aunque no acoge la especie divulgada por Antolinez de que proceda de un moro llamado Ulid, ú Olid, que vino con Abdalaziz á la conquista de España, ni la de Masdeu, respecto de que su origen sea Medina-Guali, ciudad del guali ó asiento del guaaliato, expone, cómo varios geógrafos árabes, entre ellos Abulfeda, designan esta ciudad con el nombre de Medina-Gualid, ciudad de Gualid ú Olid, y Bilad-Gualid, tierras ó comarcas de Gualid, no sin recordar á este propósito que Gualid era el califa de Damasco en el momento de la conquista de España. Agrega á esta especie las de que los visigodos, al decir de Dahn, conforme en esto con Morales y otros historiadores, hicieron las primeras conquistas por su cuenta en territorio español sin tenencia de los emperadores romanos en las tierras que se extienden á la derecha del Duero, entre el Pisuerga y el Órbigo, ganadas por Teodorico á [81] los suevos, y que en ellas debieron heredarse pingüemente el monarca y sus capitanes, según parecen acreditar las memorias góticas de aquel territorio en San Juan de Baños, obra de Recesvinto en San Román de Hormigausgo, donde fué sepultado este Rey, en Gérticos ó Vamba, etc., conjeturando con buen indicio de que mucha parte del Patrimonio Real se hallaba en tierra de Campos; que Cabezón, nombrado en muy antiguos documentos de la Reconquista, y que por algún tiempo parece como cabeza de Valladolid, era verosímilmente el centro de explotaciones agrícolas que se extendían hasta la confluencia del Esgueva con el Pisuerga, y que en las tierras y términos de la hermosa ciudad de Doña María de Molina sólo había al verificarse la invasión de los muslimes villas y tierras del Patrimonio Real visigodo, las cuales, al pasar al patrimonio de los califas, señalaban el principio por aquella parte de las posesiones y territorio realengo de Gualid ú Olid. Eran sus vastas llanuras y risueños campos, en concepto del moderno historiador, más á propósito para el culto pacífico de Ceres y para el recreo y comodidad de sus moradores, que para su defensa y reparo en época de guerra, con lo cual se entiende bien que no debió existir allí población murada importante, mientras el teatro de la guerra entre cristianos y muslimes permaneció en las márgenes del Duero, sino que sus moradores pasarían alternativamente de la dominación sarracena á la de los monarcas cristianos, limitándose estos á procurar la dependencia de ellos respecto de los magistrados y de la iglesia de León á principios del siglo XI (según indica el testamento de Don Ordoño II), y á establecer alguna defensa en Simancas, que llegó á tener también su obispo con granada importancia en 959 ó 960; pero que hubo de decaer algunos años adelante, expugnada su fortaleza y entregados sus baluartes, como todos los de aquel territorio, á un Sahib Axxorta ó gobernador militar y político de los que acostumbraban á poner los muslimes. La conquista de Toledo, que trasladó definitivamente el teatro de la guerra á la margen izquierda del Tajo, brindando seguridad á los trabajadores, industriales y traficantes que se estableciesen en aquellas llanuras libres ya de las invasiones, es el principio de generosa grandeza para Valladolid, según [82] se muestra en la creciente extensión de sus alfozes declarados en la carta de donación otorgada por don Pedro Ansurez y su mujer á la iglesia de Valladolid en 1098, y en el considerable número de Concilios, Cortes, bodas reales y solemnidades celebradas en su recinto durante el siglo XII. Sería prolijo el enumerar las investigaciones nuevas debidas al autor, así sobre los origenes del escudo de Valladolid, como relativas á los orígenes de su Estudio general que aparece con importancia antes del siglo XIII, y en particular sobre la habilidad política mostrada por la insigne Reina madre doña María de Molina, no siendo para olvidados tampoco los estudios sobre los privilegios concedidos á la ciudad por don Alfonso XI, don Pedro I y don Enrique II, ni los concernientes al establecimiento de la corte en Valladolid durante el reinado de don Juan II y al casamiento de los Reyes Católicos, puesto que ofrezca aún más granado y privatísimo interés el cuadro del movimiento industrial, comercial, científico, religioso y literario en Valladolid durante los siglos XVI y XVII. Al tratar de esta materia, como asimismo de los acontecimientos que se desarrollan en los siglos XVIII y XIX, el Sr. Ortega escribe guiado casi siempre por indagaciones propias.

     Considerado el vasto conjunto de hechos que comprende la Historia de Valladolid, el largo período de años á que se extiende, y los múltiples y varios elementos sociales con que se muestra su relación, no sería de extrañar por ventura que una crítica muy minuciosa pudiera encontrar en ella noticias que añadir ó alguna opinión motivada á controversia; pero en rigor de verdad nadie podrá negar, sin evidente injusticia, el merecimiento contraido por el autor, quien ha prestado con su obra un servicio de importancia para el cultivo de los estudios históricos.

     En atención á las consideraciones precedentes, el académico que firma este dictamen opina que la obra examinada es de mérito relevante y de utilidad para las bibliotecas, hallándose comprendida, á su juicio, en la prescripción tercera que establece la Real orden de 19 de Abril de 1881. Propone, por tanto, que se informe al Excmo. señor ministro de Ultramar en el sentido de que otorgue al autor la protección justa á que se ha hecho acreedor [83] por su recomendable trabajo. La Academia acordará, como siempre, lo más oportuno.

     Madrid 22 de Junio de 1883.

FRANCISCO FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

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III. Última campaña del Marqués del Duero

     En cumplimiento de la orden que en sesión del viernes 19 del mes último se sirvió dictar el Sr. Presidente, Director accidental de esta Real Academia, voy á presentar un ligero extracto del libro que, con el título de Relación histórica de la última campaña del Marqués del Duero, tuve el honor de ofrecerla en nombre del Excmo. Sr. D. Juan Gutierrez de la Concha, hermano de aquel general insigne.

     Forma un volumen de 225 páginas en cuarto, de las que 30 sirven para la introducción, dirigida, como en ella misma aparece, á presentar á grandes rasgos la personalidad militar del general Concha; 150, que constituyen el cuerpo de la obra, con la descripción de la campaña que comenzó por el levantamiento del sitio de Bilbao y terminó al frente de Estella, y 45 más de apéndice que los autores han creido deber estampar como pruebas de sus asertos y observaciones. Para mayor ilustración de su trabajo han añadido hasta diez láminas con el retrato del Marqués del Duero, vistas de los teatros Principales de su acción militar, y los planos de los combates principales reñidos por las tropas de su mando, láminas ejecutadas por los mejores artistas ó por la sección geográfica del Depósito de la Guerra, único establecimiento [84] en Madrid donde puedan darse á luz con la inteligencia, la exactitud y el esmero con que están dibujadas y grabadas.

     Aun cuando no lo dijese la portada, con solo hojear el libro, se comprende que sus autores, el general D. Miguel de la Vega Inclán, jefe de E. M. G. que fué del Ejército del Norte, D. José de Castro y López, coronel encargado de la sección topográfica del mismo, y D. Manuel Astorga, ayudante de campo del general Concha, han tenido por principal objeto, al escribirlo, el de ofrecer á la memoria de su malogrado jefe el homenaje de honor militar que les merecía y merecerá seguramente á todo imparcial conocedor de las cosas de la guerra. La época en que se escribió y comenzó á escribirse, muy próxima, de un lado, a los sucesos que relata el libro, y en que, de otro, ni era permitido dar á la estampa noticia alguna de la guerra que revelara operaciones ó proyectos todavía utilizables, ni había de consentirse el examen de los que se habían llevado á práctica por quienes ocupaban una posición eminente en la dictadura á que se hallaba sometida la nación, impedia la empresa de escribir la relación íntegra de la primera parte, la más interesante quizá, de la campaña, la que dió por resultado, después de los todavía no juzgados combates de Somorrostro, el levantamiento del sitio de Bilbao, exclusivamente debido, sin duda alguna, á la pericia y al valor y la energía del Marqués del Duero. De ahí el que, como relación histórica, aparezca la de la última campaña del general Concha sin la conexión ó enlace que en un trabajo general hubiera exigido la circunstancia de operar las tropas del tercer cuerpo de ejército á la inmediación y combinando sus movimientos con los dos primeros en el del Norte.

     Los autores, sin embargo, y comprendiendo seguramente que podría hacérseles esa objeción, principian por manifestar que saben la dificultad de escribir su libro en tales momentos, «que no se nos esconde, dicen, que en historia como en perspectiva convienen las distancias; pero como en nuestro propósito no entra sino el de reseñar los acontecimientos en que personalmente influyera el general Concha, esperamos realizarlo sin tropezar en los obstáculos que se nos presentarían en camino tan áspero, de otro uso y escabroso.» [85]

     No puede, pues, acusárseles de falta de unidad ni de extensión en su trabajo.

     De la introducción no toca hablar al que en estos momentos está ocupando la atención de los señores académicos, que es obra, y bien imperfecta, suya, en la que sólo se propuso dar idea á sus lectores de las prendas de carácter y de talento que atesoraba en su persona el soldado valeroso é insigne capitán que llora y cada día llorará más la patria. Y no teme haber pecado de exageración, aún habiéndole consagrado en vida la amistad más tierna y la adhesión más calurosa, que las hazañas que ejecutara el general Concha, los conocimientos militares que en ella reveló, su aplicación constante para extenderlos más y más, y aquel patriotismo que en su alma sofocaba todo otro sentimiento, por elevado que fuera, hacían de él un personaje verdaderamente excepcional que ha de hacer resaltar el tiempo en el espacioso campo de nuestra historia contemporánea.

     Cual cumplimiento de ese ligerísimo trabajo y escrito por la misma inexperta y torpe mano, se presenta en el libro á que se va refiriendo este resumen el epílogo, dirigido, cuando ya las circunstancias habían tan venturosamente cambiado en nuestro país, á poner de manifiesto los pensamientos políticos que abrígaba el Marqués del Duero al emprender su última campaña. Ellos eran nobles y generosos, dignos de su posición y su caracter; pero su examen y su juicio ni son de este lugar ni estarían bien en quien esto escribe que los ha revelado, aunque someramente en la relación histórica.

     Con leer el índice se comprende al momento la extensión dada por los autores á su importante trabajo. El capitulo I contiene la reseña, de todo punto necesaria, del estado de la guerra en el país vasco-navarro al ser llamado el Marqués del Duero al mando del tercer cuerpo en el ejército del Norte. En esa reseña se apuntan las causas del incremento que desgraciadamente ha tomado la guerra y la marcha de las operaciones ejecutadas por los diferentes generales que tomaron á su cargo el de sofocarla en un principio, ó el de contener, después, sus progresos.

     El capítulo II describe la organización de ese tercer cuerpo, para en el siguiente presentarlo combatiendo bizarramente en [86] las Muñecas y Galdámes, las dos posiciones más importantes de la línea carlista en su extrema izquierda; la primera, amenazando la comunicación del ejército liberal en Somorrostro con Castro Urdiales, su plaza de depósito y puerto de embarque, y la segunda, cubriendo por aquel lado el campamento carlista de Abanto y asegurando la retirada de su ejército, si era en él vencido y arrollado. Tomadas aquellas posiciones, el levantamiento del sitio de Bilbao era inmediato; y así se vió cómo á los dos días penetraba el ejército en la invicta villa, librándola de la presión, ya inmediata, de sus implacables enemigos.

     Ejecutada tan feliz como rápidamente una operación de que no sólo pendía la salvación de Bilbao sino la suerte de las armas liberales en la izquierda del Ebro que se hubieran visto obligadas á evacuar desde Santander hasta el Aragón, el general Concha obtuvo el mando en jefe del ejército del Norte, de cuya organización trata el capítulo IV, así como de la entrada en Orduña durante la marcha que hubo de emprender á Vitoria para cambiar la base de operaciones. La expedición á Villareal, así como la de Salvatierra, ejecutadas, más que con un objeto ofensivo, con el de probar al país que ninguna de sus poblaciones debía considerarse como exenta de una invasión del ejército, el establecimiento de telégrafos en la línea de comunicación de Vitoria con Miranda, cortada hasta entonces, y en la general de ocupación por todo el curso superior del Ebro, y la marcha, por fin, á Logroño por Peñacerrada y la Guardia, son objeto del capítulo V en el que se revelan ideas y proyectos militares que hacen grande honor al Marqués del Duero como general entendido y previsor.

     Los dos capítulos siguientes se refieren ya á las operaciones sobre Estella; el VI abrazando los preparativos indispensables para la reunión de cuantos elementos habían de ser necesarios para obtener un éxito completo; el VII y último dedicado á la descripción de los movimientos y los combates que tuvieran lugar al frente de aquella población donde terminó la campana con la muerte del general Concha, causa, después, de la retirada del ejército á la izquierda del Arga.

     Tal es la que bien puede llamarse trama del trabajo que á los pocos días de tan sentida é irreparable pérdida se impusieron los [87] autores de la Relación histórica, ejecutándolo inmediatamente con todos los datos que nadie como ellos podía reunir y ornándolo con una serie de observaciones, cuya oportunidad y exactitud resalta al primer golpe de vista que se arroje sobre sus páginas y especialmente sobre los excelentes planos que las acompañan é ilustran.

     Que ese trabajo es apreciable lo dice, mejor que estos renglones, la aceptación qne ha tenido de parte de la prensa periódica á que ha podido llegar; y es de presumir que servirá más adelante como dato de gran interés para la redacción de la historia de la guerra civil actual, más fecunda acaso, que la de siete años en acontecimientos de importancia por la distinta índole de las causas que la han promovido, la diferencia de los elementos militares con que ahora se cuenta y la diversidad de los procedimientos políticos que han debido emplearse en su remedio.

     El que suscribe cree, de consiguiente, que podría acusarse el recibo del libro al Excmo. Sr. D. Juan Gutierrez de la Concha, y darle las gracias por su atención al enviarlo, con algunas frases que demuestren, á la vez, la parte que esta Real Academia ha tomado en el duelo general causado en la nación por la muerte de su ilustre y malogrado hermano, el capitán general Marqués del Duero.

     La Academia, sin embargo, resolverá lo que considere como más conveniente que, de seguro, será lo mejor.

     Madrid 9 de Abril de 1875.

JOSÉ GOMEZ DE ARTECHE.



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IV. La catedral del Puy y la de Gerona

     La Academia de la Historia ha recibido de su amable y laborioso correspondiente el P. Fidel Fita, y por conducto del [88] Sr. D. Eduardo Saavedra, un ejemplar de la obra escrita por el abogado M. Carlos Rocher, titulada Les rapports de l'Eglise du Puy avec la Ville de Girone en Espagne et le Comté de Bigorre. Es un tomo en 4.º de 286 páginas y contiene una serie de observaciones y artículos publicados en la Revista titulada Tablettes historiques du Velay de 1873. En las notas y apéndices se ve citado con frecuencia el nombre de nuestro correspondiente el P. Fita, y desde luégo se podría conjeturar que á él le corresponde en gran parte el origen del libro, si el autor mismo no nos absolviese de este juicio en el párrafo último y adicional diciendo en sustancia que si el libro vale algo es por el P. Fita. Si le petit essai qu'on vient de lire en valait la peine nous en ferions la dèdicace au P. Fita. Cette ceuvre modeste n'est pas nôtre; elle est sienne, elle lui appartient tout entière.

     Tiene el libro como de su mismo título se colige, dos partes, la primera de relaciones de la iglesia de Puy con la de Gerona, la segunda de relaciones entre aquella misma iglesia y el condado de Bigorra. La primera es la que hace más al caso á la institución de la Academia, pues la segunda tiene menos conexión con nuestra historia patria, si bien sería muy aventurado el suponer que no tiene alguna.

     Redúcese la primera parte en sus 62 páginas á probar que había hermandad inmemorial entre las iglesias de Puy y de Gerona, pues aunque el autor dice la Ville de Girone las investigaciones acreditan que las relaciones eran eclesiásticas y no civiles, ni municipales.

     El asunto como se ve no es de primera magnitud, y con todo no deja de ofrecer interés. Ojalá que todas la revistas provinciales y locales comprendieran de ese modo su mision, y dirigieran sus conatos á la publicacion de documentos inéditos, ó poco conocidos, procedentes de sus olvidados é inexplorados archivos, á investigaciones científicas sobre su terreno, y á la discusión de intereses locales.

     El asunto pues de nuestro libro es de un interés local y particular, sobre un asunto diminuto; y con todo ofrece tal interés, tal cúmulo de datos, que se lee con gusto y ofrece no poca utilidad. [89]

     Algo sa exalta el autor al principio hablando de la epopeya francesa y de la poesía Carlovingiana, ó Carolina, sintetizada en el canto de Roldán (La Chanson de Roland), la cual es el resultado de una vasta superposición de edades, como la Iliada y el Niebelungen. ¡La poesía francesa, exclama el autor, es la poesía de la humanidad! ¡Raro privilegio del genio francés que solamente Grecia nos disputa! Esta noticia de seguro que no es del P. Fita. Además que la poesía de la humanidad sería en tal caso bastante pesada.

     Viene esto á propósito de que Carlo Magno conquistó á Gerona y que allí tuvo culto como santo (13). No es el tal culto lo que más honra á nuestra catedral. Precisamente es uno de los ejemplos que tenemos á mano, en las cátedras de derecho canónico, para probar la necesidad de que la Santa Sede se reservara el derecho de beatificar á los santos por los abusos que los obispos y los concilios particulares cometían con este motivo. Porque el bueno de Carlo Magno, aunque gran defensor de la Iglesia y del Pontificado, dejó bastante que desear en materia de moralidad, y su familia todavía más. Y por lo que hace á España nunca fué popular el buen señor, y antes bien los vascos fueron muy ingratos con él, pues le dieron un mal rato, á él y á Roldán, el de la canción, allá en Roncesvalles, nada más que por la pequeñez de haberles derribado los muros de Pamplona.

     En vano quisieron los galicarios en el siglo XII rehabilitar la memoria de Carlo Magno. Las tradiciones Carlovingias no lograron aclimatarse del Ebro aquende. Las fábulas de D. Pelayo fueron conocidas; los palacios de Galiana en Toledo y sus amores carlovingianos no prosperaron tampoco; quedaron por castillos en España (châteaux en Espagne) que dicen nuestros vecinos.

     En Gerona mismo hubieron de tomar por armas para el sello diocesano las célebres moscas de San Narciso, verdadero santo español que en aquella iglesia no estaba de acuerdo con San Carlo Magno en materia de invasiones.

     Las exageraciones del escritor francés acerca de la epópeya [90] francesa, á propósito del culto de Carlo Magno en Gerona y de las relaciones entre esta iglesia y la de Puy me han hecho divagar, fuera del tema. Mas no se pierde el tiempo en ver cómo escriben nuestros vecinos aun á propósito de pequeños asuntos. Además que unas divagaciones traen otras.

     En el § 3.º y á la página 17, entra ya el autor en historia y crítica, dejando á un lado la lira; y pregunta: -¿Es cierta la famosa carta de los canónigos pobres de Puy, ó es una de esas supercherías tan comunes en la Edad Media?

     Volvamos aquí la hoja antes de entrar en esta materia, demasiado ocasionada para mí, y en la cual es uno dueño de su pluma mientras no se la deja entrar en materia, pues en acometiéndola, tan fácil es detenerse, como contener el torrente que principia á despeñarse por la montaña.

     Prueba el autor que Carlo Magno tuvo gran afecto á la iglesia de Puy, pues según consta de una carta de San Gregorio VII, era una de las tres iglesias que señaló aquél para recoger el denario anual, que hacía pagar á todas las iglesias para San Pedro, y que se llamó el dinero de San Pedro; debiéndose llamar el denario de San Pedro. Es verdad que en Aragón todavía llaman dinero al ochavo.

     A la página 20 entra en materia más de lleno hablando de las cartas de hermandad que había entonces en los monasterio y que todavía duran. El autor las hace derivar del siglo VIII y trae una carta curiosa de confraternidad monástica en el siglo XI. Pero los antecedentes canónicos son mucho más antiguos, y se remontan al siglo V, y aun á épocas anteriores, pues se relacionan con las cartas formadas ó pasaportes cristianos, con la comunión peregrina, como honor prestado á los forasteros, y la incomunión ó incomunicación con los díscolos y malos, confundida con la ex -comunión y no siempre bien comprendida por los comentarista del derecho canónico.

     Que los canónigos de Gerona tenían hermandad con los de Puy aparece probado, gracias á las diligencias del P. Fita y del secretario del Cabildo de Geroña D. Francisco Aznar y Pueyo (14); [91] que trascribe un suceso de 1479, con motivo de haber ido á Gerona Pedro Bouvier, canónigo de Nuestra Señora de Puy; con cuyo motivo se describen todos los obsequios que al canónigo francés dispensaron los de Gerona.

     Mas estas hermandades no eran solamente entre cabildos, colegiatas, monasterios y conventos. Las había entre ayuntamientos y cabildos, entre cabildos y universidades, y entre universidades y universidades. La Universidad de Salamanca tiene todavía hermandad con el cabildo. Los prebendados se sientan entre los doctores y los canónigos de oficio y dignidades entre los catedráticos y viceversa, cuando estos van al cabildo si van de toga ó manteo.

     Cuando hay oposiciones se da propina á los catedráticos que asisten como si fueran canónigos. La Universidad de Huesca tenía hermandad con el cabildo y el ayuntamiento. Los grados mayores se conferían en la catedral y cobraban propina los canónigos y concejales, y hasta los bachilleres. A todo bachiller que se sentaba en el coro se le daba un real.

     La Universidad de Alcalá tenia hermandad con la Sorbona. Cuando pasaba por Alcalá un doctor parisiense se le invitaba á todos los actos de Universidad y se le ofrecía el segundo argumento, ó sea de doctor, pues la costumbre era dar á un bachiller el primero, el segundo á un doctor y el tercero á un catedrático como más difícil. En la Universidad había noticias y tradiciones de doctores complutenses á quienes en Paris se hicieron iguales obsequios.

     Es más, cuando la Sorbona se negó á aceptar la bula Unigenitus rompió la Universidad con la hermandad en 1718, pero la renovó cuando fué aceptada la bula en 1737. Se ve, pues, que estas hermandades fundadas en la participación de sufragios, de hospitalidad y cortesía son antiquísimas y de mil especies, y que duran hoy día.

     Aun pudiera hablarse aquí de los decantados Jesuitas de ropa corta. Después de hablar tanto de ellos al tiempo de la expulsión, apenas si se halló alguna carta de hermandad dada por la Compañía, cuando los otros institutos religiosos los prodigaban á millones. Se ve, pues, que la hermandad de los canónigos de Puy y de Gerona era una cosa bien común y sencilla. Pero estos obsequios, [92] era ni más ni menos, que los que se prestan hoy día los frailes cuando se hospedan en conventos de otra orden. La vida de San Antonio Abad recuerda ya esto. Unos monjes orientales vienen al convento de San Antonio á la hora de trabajar, les alargan una azada: poco aficionados los monjes orientales á este género de cruz, sin INRI, la rechazan, alegando que ellos son contemplativos. San Antonio los deja que estén contemplando no sólo durante el trabajo, sino luego durante la cena. Quéjanse los contemplativos y el santo bendito les dice estas palabras, que debieron escribirse en letras de oro en todos los conventos, en todas las oficinas... y, para que no lo lleven á mal los frailes y los empleados, «en todas las Universidades de España.»

     -En esta casa el que no trabaja no come. ¡Ah, santo bendito, y que bien entendíais de hacer los honores de vuestra casa!

     Las hermandades eran unas veces para la participación de sufragios: hoy las tenemos ni más ni menos que entonces.

     El P. Briz Martínez habla largamente de los donados de San Juan de la Peña, que supone eran caballeros, y que Masdeu, en su aversión á todo lo de San Juan de la Peña opina que no pasaban de legos motilones. Yo creo que ni eran caballeros religiosos, aunque fueran caballeros, ni tampoco legos religiosos, sino meros devotos del santo y de su monasterio.

     Hoy día los hermanos de los franciscanos y capuchinos albergan á estos en sus casas y se albergan en sus conventos cuando van de viaje ¿qué tiene esto de particular? Petimusque, damusque, vicissim.

     Esas hermandades entre iglesias eran tan comunes en España que apenas había iglesia que no hubiese hermandad con dos ó tres catedrales, y á veces con colegiatas y monasterios. Toledo tenía hermandad con Sahagún; Palencia con Osma; y Pamiers y Osma con la colegiata de Soria; Zaragoza con Santiago, Santiago con Córdoba, la de Orense con la de Tours; y así otras mil que sería prolijo referir y que, si fueran á enumerarse darían por resultado un libro. La hermandad de Osma con Soria le salió cara al obispo, según cuenta Loperraez. En el tomo L de la España Sagrada he manifestado lo cara que le salió también al obispo de Tarazona la hermandad con la colegiata de Tudela, pues cuando [93] iba allí el obispo le querían tratar como mero canónigo, y no como obispo. Este debió hallar poco grato el trato demasiado íntimo y fraternal que le propinaban los hermanos de Tudela, á título de libertad, igualdad y fraternidad, pues desconocían su autoridad.

     Sanjurjo en la historia de los obispos de Mondoñedo, pág. 60, copia la escritura de hermandad que hicieron en 1536 los canónigos de Lugo con los de Mondoñedo. Lugo tenía además hermandad con Oviedo y Orense.

     Por lo que hace á la confraternidad entre Gerona y Puy, el padre Villanueva habló ya de ella como de cosa corriente y sencilla, en el tomo XIII de un viaje literario, y aun más en el tomo XII, página 159 y siguientes. Si el señor abogado Rocher hubiese visto este tomo, que la Academia tiene impreso desde el año 1850, hubiera podido simplificar mucho su trabajo. «Tenía esta Iglesia hasta nuestros días, dice Villanueva, hermandad con la de Puy de Francia, y de ello hay muestras en las ocurrencias de ir y venir canónigos, los cuales mutuamente percibían la porción canonical, y eran tratados como tales. Quedan además desde el siglo XV varias cartas de un capítulo, algunas de las cuales están copiadas en el Cartoral, fol. 310. Mas esto no nace de lo que dicen comunmente los escritores que cuando Carlo Magno conquistó esta ciudad en 785 puso en ella por obispo un canónigo de la de Puy, cuyo nombre se ignora. En el episcopologio verás cuán fuera va esto de camino, y como verisimilmente, en 785 era ya obispo de ésta silla Adaulfo.»

     Hasta aquí Villanueva; y aquí principia ahora lo más recio é importante de la pelea, cual es el saber quién fué el primer obispo de Gerona. La aserción de Villanueva parece rotunda, también lo es la de La Canal y Merino: estos y aquel ponen por primer bispo á Adulfo ó Adaulfo, y desechan á Pedro el canónigo de Puy.

     Mas el abogado M. Rocher vuelve á la carga y quiere reponer á Pedro, desechando á Adulfo, ó, en todo caso, dejar á los dos, á Pedro y Adulfo. Con gran aplomo dice, que Balucio y el P. Pagi han probado hasta la evidencia, que el Concilio de Narbona era apócrifo y mutilado, y que los nombres de los obispos se habían adicionado para dar apariencias de autenticidad al Concilio démontrent [94] jusqu'à l'évidence que ce prétendu Concile de Narbonne... (pág. 55).

     No debe ser tan grande la evidencia cuando á pesar de las advertencias de Pagi muchos críticos posteriores que citan Merino y La Canal han insistido en ellas, y lo mismo Villanueva, que no ignoraba lo que habían dicho Balucio y Pagi. Este rebate principalmente las inscripciones de tres obispos, entre ellos el de Barcelona, que entonces no podía tener obispos por estar en poder de infieles, que este es un error de Pagi, pues entonces había obispos en muchos pueblos ocupados por los musulmanes, como el obispo Senior en Zaragoza, y otros varios á este tenor.

     Los galicanos y los falsarios del siglo XII hicieron creer por Europa, y desgraciadamente hasta en Roma, que donde había sarracenos no había obispos, y que España era un país perdido; y todavía Pagi, á pesar de escribir en época en que ya se habían descubierto aquellos fraudes, padeció algo de error en ese concepto.

     Triste es, señores, que siempre que tenga que emitir algún dictámen haya de ser sobre el triste y obligado tema de las falsificaciones. Pero en verdad que la ocasión no la he buscado yo, y el libro que examino habla de tres falsificaciones, sino bien, siempre con igual criterio.

     Falsificación del diploma de la canónica pobre de Puy en Francia.

     Falsificación del Concilio de Narbona en Francia.

     Falsificación de las lecciones del rezo de San Carlo-Magno, en que tienen parte, España, Francia y Alemania.

     M. Rocher, que considera evidentemente apócrifo el Concilio de Narbona y sus suscriciones, que no parecieron tan evidentes á otros escritores españoles, ni aun al mismo Pagi, quiere sostener y dar importancia á la legendaria narración del rezo de San Carlo-Magno. El siglo XII, en que se introduce ese rezo, justamente prohibido por la Iglesia y anticatólicamente continuado, es la época de las ficciones más absurdas. Es la época en que D. Pelayo fingia cartas de D. Alfonso el Casto á Carlo-Magno y de Carlo-Magno á éste, diciéndole sandeces acerca de la extensión [95] de Asturias, y que bien podía tener doce obispos, puesto que no se le podia dar vuelta en veinte dias de jornada. Es verdad que Carlo-Magno no expresaba cuánto se había de andar en cada jornada.

     Las alusiones á la fundación de la catedral de Tarragona y á los monjes negros, indican que la leyenda no corresponde á mediados del siglo XII, sino á fines de aquel siglo, ó más tarde, que fué cuando principiaron á llamar monjes negros á los benedictinos, en contraposición á los blancos ó cistercienses, por lo que dice el P. Manrique en sus Anales. «De cómo muchos monjes negros se hicieron blancos,» esto es, cistercienses.

     Ahora bien, por dudoso que sea Adulfo como primer obispo de Gerona, es todavía más dudoso Pedro, el supuesto canónigo de Puy, citado en la lección IX, que ya se dió por apócrifo en el tomo XLIII de la España Sagrada. Si pues el documento en que se cita al obispo Pedro es apócrifo, el obispo lo es también.

     El decir que ese documento disparatado de fines del siglo XII vale para probar cosas de fines del siglo VIII, y de 400 años antes, porque está calcado sobre reminiscencias y tradiciones antiguas, es una cantinela alegada por todos los defensores de estas supercherías, y que la sana crítica no puede admitir. Dado el pase á ese principio no hay falsificación histórica que no se pueda sostener.

     Probado por el crítico que un documento es apócrifo, vendrán el novelista, el romancero, el ligendista, el poeta, el krauseador de historia, el fantaseador calenturiento y hasta el forjador prehistórico, y nos dirán con mucho aplomo. -Es verdad que ese documento es legendario, es apócrifo, es una patraña, pero, amigo mio, es una reminiscencia de una tradición de generación en generación por espacio de 400 ó 500 años, y quien dice 400 puede decir 4.000.

     A la verdad, si el racionalismo tiene exageración y errores, el tradicionalismo los tiene también, y ni la religión, ni la razón quieren exageraciones. Hace muy bien el abogado M. Rocher en burlarse de los alemanes, que han escrito que Carlo-Magno fué luterano, ó según otros calvinista, pero hay que reirse también [96] de los alemanes que le hicieron Santo, y de aquel otro Santo bendito, Luis XI, que mandó darle culto.

     Los franceses tienen manía por hacer santos á todos los personajes célebres, sin tener en cuenta que, para ser santo, no basta ser hombre de bien, ni estar en el cielo, sino que se necesitan virtudes heróicas, milagros indudables y declaración pontificia. Hace poco se pidió por un prelado francés la canonización de Colón; ahora piden la de Juana de Arco, y al paso que van por allá el culto y la devoción á la bandera blanca, creo que no tardarán en pedir la canonización de Enrique IV. Todo será que un escritor lo sueñe.

     M. Rocher para dar cierto colorido al libro lo ha adornado con sellos, uno de la Iglesia de Gerona y otro de la de Puy. El de Gerona es de Pedro de Castelnou, á mediados del siglo XIII: iguales y parecidos á ese los hay en nuestros archivos de otras muchas iglesias, pues por entonces todos eran así. El que la Virgen esté sentada importa muy poco, pues hay sellos en que se la ve lo mismo. Los visigodos, según dicen, representaban á la Virgen sentada: las efigies antiguas de la Virgen, desde el siglo X al XV suelen estar también en esa actitud de majestad y reposo. Algo más pudiera haber investigado si hubiese tenido noticia de una virgen «donada por lo Sant Rey Carlos,» la cual fué sacada en procesión en 1434 con motivo de los horribles terremotos que hubo en aquel afio, según refiere Villanueva en su Viaje literario, tomo XIV, pág. 33.

     Pudiera citar más de veinte que recuerdo. Por desgracia la manía de vestir esas antiguas efigies con una devoción de pésimo gusto, y aun poco canónica, y á veces irreverente, hace que no se las vea como debieran estar. Así que el ser parecido un sello de Gerona al de Puy en estar la Virgen sentada, prueba poco ó casi nada.

     En resumen, M. Rocher al combatir la prelacía de Adulfo para sustituirle con su paisano Pedro, ha pretendido quitar un obispo que consta en un documento dudoso, para sustituirle con otro que consta en un documento descabellado y notoriamente apócrifo. La Academia no puede admitir este criterio.

     Por lo demás, así y todo, el libro es apreciable y deben darse las [97] gracias al P. Fidel Fita (15), por haber honrado con él los estantes de nuestra Academia, tanto más cuanto que hoy no son muchos los que se dedican á reñir estas pacíficas batallas. La Academia, sin embargo, acordará lo más conveniente.

     Madrid 20 de Junio de 1874.

VICENTE DE LA FUENTE.



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V. Historia de la instrucción pública en Portugal

     Hace algún tiempo que esta Real Academia tuvo á bien comisionarme para informar acerca de dos libros presentados á ella con dedicatoria de su autor el Sr. D. Antonio Da Costa. Titúlase el primero: A instrucçâo nacional; Lisboa, Imprenta nacional, 1870. El segundo tiene por epígrafe: Historia da instrucçâo popular em Portugal desde a fundaçâo da monarchia até aos nossos dias; Lisboa, Imprenta nacional, 1871.

     Creo que debe alterarse el orden de antigüedad para el examen de estos dos libros. El titulado de la Instrucción popular es histórico, y su examen corresponde á la especialidad de nuestra Academia. El titulado de la Instrucción nacional es más bien político y administrativo, y sería más bien objeto de estudio para la Academia de Ciencias morales y políticas. Al analizar su contenido la Academia, podrá observar que los títulos de los libros parecen trocados, según veremos luego. Y al hacer esta advertencia acerca del uso poco afortunado de los títulos de ambos libros, y después [98] de pedir perdón á la Academia por el retraso de este informe, motivado por mis ocupaciones profesorales y el deseo de hacer un examen más detenido y concienzudo aprovechando las vacaciones de verano, tengo que deplorar también con ingenuidad el haber sido comisionado para informar acerca de estos dos libros. Las ideas del autor, en su mayor parte, son tan diametralmente opuestas á las mías en casi todos conceptos que no me es dado transigir con ellas sin faltar á mi conciencia moral y literaria. Tentado estuve de solicitar se designase para este encargo á otro señor académico, que pudiera ser más benigno con las apreciaciones críticas del Sr. Da Costa; pero ya era tarde cuando conocí la mala posición en que me hallaba, y como ningún señor académico podría ser más indulgente que yo, creí un deber ahorrar á otros ese disgusto, ya que mi negra estrella me lo había deparado. Considero, pues, como un deber, advertir esto mismo á los señores académicos, á fin de que oigan mi informe con alguna prevención, que es el último extremo adonde puede llevarse la franqueza.

     Consta la Historia de la Instrucción popular en Portugal de un tomo en 4.º menor de 320 páginas, incluyendo en ellas portada é índices, impreso en riquísimo papel, con hermosos y espaciados tipos y grandes márgenes, que dejan reducido su tamaño, en rigor á lo que llamamos comunmente un 8.º marquilla.

     De las 300 páginas útiles consagra el autor unas ciento escasamente á narrar la historia pedagógica de Portugal en los 600 primeros años de su existencia desde 1139 á 1750, lo cual, de seguro, á nadie parecerá excesivo. Las 40 páginas siguientes se refieren á las reformas hechas por el marqués de Pombal, y las vicisitudes de estas. A la narración de las reformas y sucesos de este siglo se da una latitud de 110 páginas, es decir, casi tanto espacio como el que se dió á todo el período no coetáneo, ó sea verdaderamente histórico. Las 60 páginas últimas están dedicadas á muy breves apéndices, entre los cuales descuella por su extensión de 44 páginas la reforma de estudios hecha en 1870 por el Ministerio Saldanha. Como este documento se halla firmado por D. Antonio Da Costa de Sousa de Macedo, supongo que este señor ministro es el mismo autor del libro. [99]

     Al ver copiado este largo documento en un libro histórico, que no copia ningún otro, ni aun en compendio, creo que este bosquejo ó esbozo de historia (sbozo lo llama su autor) puede considerarse como el pedestal sobre que descansa la estatua de la reforma de estudios intentada en Portugal en 1870.

     Tal es la descripción del libro en su parte material y externa. Entremos ya en su parte formal é interna, principalmente en lo relativo á historia y crítica, objeto preferente del informe, como que lo es del instituto de nuestra Academia.

     Prescinde el autor completamente de toda la historia, relativa á la enseñanza en los tiempos de la Unidad Ibérica, á la cual por cierto no es aficionado. Omite igualmente lo que pudiera haber en tiempo de D. Enrique de Borgoña y de la infeudación de Portugal, y principia con el reinado de D. Alfonso I, que se fija en 1139, aunque el autor hasta la fecha omite por demasiado sabida. Cumple en esto, demasiado á la letra, el precepto de Horacio: «semper ad eventum festinat.» Todas las noticias que nos da acerca del siglo XI están reducidas á decir, que las letras estaban reservadas «âgarnacha da cathedral, ou para o habito do mosteiro.» No nos hubiera venido mal, si el trabajo hubiera sido más serio y completo, el saber qué catedrales y qué monasterios eran esos donde se guarecían las letras. La razón que da el autor para ese retraimiento es que «o empenho de arrancar aos infieles as terras do christianismo era moda do tempo.» A la verdad en esa moda tuvo que entrar Carlos Martel cuando los musulmanes se le metieron en Francia, y en la Península llevaba ya esa moda más de 400 años; que para moda fué mucho durar.

     Una contradicción notable ofrece el autor en estos primeros y vacilantes pasos con que entra en el campo de la historia. Combate al erudito Andrés de Resende; el cual dice que fray Gil, coetáneo de D. Sancho I (1185-1211) estudió en Coimbra, suponiendo allí una especie de Universidad ó estudios mayores. Niégalo el señor Da Costa, asegurando que allí no había escuela superior por cuenta del Estado, sino solamente algunas enseñanzas en el convento de Santa Cruz, que llama escola dos frades Crucios. Mas á la página siguiente nos habla de un Seminario en 1073, esto es, mandando los reyes de León; y que en el Monasterio de Santa [100] Cruz había enseñanzas de humanidades, teología y medicina. Luego el origen de la Universidad de Coimbra (16) data de los tiempos españoles de la dominación leonesa. El que no las sostuviera el Estado importa poco, pues á la verdad hasta nuestro siglo, y hace pocos años, casi ninguna Universidad la ha sostenido el Estado; y los estudios que había allí bastaban para merecer entonces el dictado de estudio general, que era como se llamaba entonces á las Universidades, no estudio superior como dice el Sr. Da Costa, pues tal nomenclatura no se usaba. Universidades eran en España las de Avila, Almagro ó Irache, siquiera estuvieran en monasterios, y tuviesen apenas poco más que aquellas enseñanzas. El historiador debe apreciar las cosas por lo que eran en su siglo, no por el valor actual de las cosas y los nombres que se usan en nuestros días.

     El mismo Sr. Da Costa dice que D. Sancho favorecía algún tanto aquellos estudios, costeando los grados de algunos discípulos aventajados que, como el citado Fr. Gil, iban á graduarse á Paris; y consta que los costeó á D. Mendo Diaz, que se graduó en medicina en 1199, y de regreso puso cátedra para enseñarla en el citado monasterio de Santa Cruz. Constan igualmente los nombres de otros clérigos no menos doctos que hubieron de señalarse allí como profesores, tales como el prior D. Juan, el maestro Raimundo, D. Pedro Pires y otros, hasta D. Pedro Julian, que llegó á ser Papa con el nombre de Juan XXI.

     El autor, por desvirtuar estas noticias, de que pudiera resultar tal cual gloria al clero, asegura, sin probarlo, que aquellos estudios eran cerrados, que la enseñanza no alcanzaba á los seglares, y que los clérigos se arrogaban de esa manera el ejercicio de la medicina. Mal se avienen estas noticias con las que tenemos acerca del ejercicio de la medicina por los judíos. Perdone el Sr. Costa que no crea ninguna de esas gratuitas aserciones: la Historia antigua no se escribe bajo palabra de honor. Y aun en todo caso, esos clérigos y monjes, ¿de dónde procedían sino del pueblo, y en [101] beneficio de quién aprendían, enseñaban y ejercían sino del pueblo?

     El autor desprecia todos estos elementos de enseñanza, y también las escuelas parroquiales, mandadas crear, según aparece, por las Decretales del Papa Grelgorio IX, en lo que cabe su parte de gloria á nuestro compatriota San Raimundo de Peñafort, profesor de Derecho canónico, capellán del Papa y compilador de aquel Código. Los primeros que tenían que aprender en muchos casos, dice el Sr. Da Costa, eran el propio párroco y el propio clero. (Pág. 19.)

     Pues qué, ¿había en el siglo XIII en Portugal algún clérigo que no supiese siquiera leer y escribir? Pues qué ¿en el siglo IX, en la época de mayor rudeza y grosería, se ordenaba á ningún clérigo sin saber leer y escribir, cuando el saber esto se llamaba clerecía? Pues qué, aun cuando hubiese alguno que otro por caso raro, ¿es lícito al historiador generalizar sobre hechos particulares y aislados, erigir las excepciones desgraciadas en casos comunes y reglas corrientes, y todo ello por privar á un Papa generoso del justísimo elogio que se le debe por aquel mandato en beneficio de la educación popular? Sabido es que todavía en algunos parajes de Francia llaman le parvís al atrio ó pórtico de la iglesia, pronunciando con mal acento la palabra parvís, porque era el sitio donde el cura, y á veces el sacristán, reunían á los niños para enseñarles en aquel paraje, á falta de mejor local.

     Los pórticos de muchas de nuestras iglesias rurales, con sus bancos sumamente bajos, recuerdan esto, y yo sé de más de una escuela que no tenía otro local todavía en este siglo, ni más maestro que el anciano y honrado sacristán. ¿Pero qué extraño es esto, si todavía he visto una escuela rural al aire libre, porque la pobre capilla ni aun pórtico tenía?

     Estas y otras aserciones por el estilo nos dan la medida del criterio del Sr. Da Costa y de su calidad. Su talento, lúcido y claro en muchos conceptos, se halla vejado por la politico-manía y el fanatismo de nuestra época; pues si la credulidad y la superstición tienen sus fanáticos, también los tienen la incredulidad y el anticlericalismo, y hoy en día este es el género que abunda.

     A fines de aquel mismo siglo XIII el Rey D. Dionisio de Portugal [102] funda la Universidad de Lisboa en 1289, sin que le arredrase el tener estudiantes en la capital de la monarquía; que no le arredraban los estudios á quien amaba las letras. El Rey galante y literato, el fiel retrato de D. Alfonso el Sabio, desgraciado como éste en tener un hijo ambicioso y con excesivos deseos de suplantarle en el trono; el marido de la bella y simpática Isabel de Aragón, pacificadora de civiles discordias, á quien la Iglesia posteriormente apellidó Santa; aquel Rey tan noble como caballero, fué quien llevó á cabo el pensamiento de dotar á la capital de su reino con un estudio general, que se apellidara la primera Universidad de Portugal, como era Lisboa el primer pueblo de su monarquía; y el Papa debió hallar muy racional este pensamiento, cuando confirmó en 1290 la Universidad naciente.

     ¿Qué razones pudo tener el Rey D. Dionís para sacar la Universidad de la capital y llevarla pocos años después á Coimbra, precisamente á la ciudad desde donde después hizo guerra su hijo D. Alfonso el Fuerte? El Sr. Da Costa no lo dice; consigna sólo que la traslación se hizo en 1307, y confirmó esta traslación el Papa por Bula dada en 26 de Febrero de 1308, llevando desde entónces el título de Universidad, ó estudio general, cuya realidad tenía desde siglos antes, como arriba queda dicho. En tal concepto, la Universidad de Coimbra aparece coetánea á la de Valladolid y aun posterior á ésta, y la de Salamanca la precede con antigüedad de un siglo. La Universidad de Coimbra tenía estudio de Derecho canónico y romano, medicina, gramática, filosofía y música. D. Dionisio hizo traducir las leyes de Partida como libro de texto para sus escuelas. Quizá este mismo pensamiento había tenido el Rey Sabio; y esto robustecería la conjetura de que el profesorado de Salamanca tuviera mano en la redacción de aquel importante Código, mejor acogido en Portugal que en Castilla, donde le perjudicó la politico-manía, la cual, entónces como ahora, enconaba todo cuanto llegaba á tocar con sus manos de arpía.

     Échase de menos la teología entre las asignaturas de la Universidad naciente; pero como esta enseñanza y algunas otras asimiladas á ella, estaban en los conventos de San Francisco y Santo Domingo, no fué necesario crearlas en la Universidad. Lo mismo [103] sucedía en Salamanca, donde la teología no entró á formar facultad hasta principios del siglo XV, ó sea el año 1416. Pregunta el Sr. Da Costa: ¿cómo no se opuso el clero á que se llevase á cabo aquella secularización de la enseñanza en Coimbra, y antes le prestó su auxilio?

     Lo primero sería saber si hubo tal secularización, y eso dependerá de la significación que se dé á esa palabra. El Sr. Da Costa supone, pero no prueba, que los estudios monásticos anteriores eran cerrados; y llama secularización, no al alejamiento completo del clero y de su influencia en la enseñanza, sino sólo al hecho de ser públicos los estudios fuera de conventos, y no para clérigos solamente. Aun cuando fuesen cerrados los estudios, ¿cómo el clero se había de oponer á que estos fueran públicos, cuando lo eran en Salamanca y Valladolid, á las puertas de Coimbra, y públicos igualmente en Lérida para la Corona de Aragón? ¿No eran públicos en Paris y Bolonia, modelos entonces de estudios generales? El clero vió en ello una cosa buena y útil, y lo apoyó, como apoyaba entonces todo lo bueno. Pero el Sr. Da Costa no ve siempre en el clero más que lo que veía D. Quijote en los monjes benitos, encantadores malignos, endriagos, malandrines y robadores de doncellas andantes. El clero, para el Sr. Da Costa y todos los de su escuela, ó mejor dicho secta, es siempre el astuto y rapáz leopardo, adversario de la humanidad, que describe San Pedro: tamquam leo rugiens circuit quaerens quein devoret. El Quijote moderno que llega á infatuarse con esa idea fija, hará siempre de las suyas; y bien sea que tope con unas señoras que van en coche por un camino, ó con la comitiva de un cuerpo muerto, ó con una rogativa piadosa que llevare en andas á la Virgen de los Dolores, siempre hallará á mano un fraile á quien tirar una lanzada, un bachiller ordenado de menores á quien derribar de su mula, ó un cofrade disciplinante á quien romper la cabeza si no enarbola á tiempo la horquilla. Y no servirá gritarle como Sancho -«¿Adónde va, señor? ¿qué demonios lleva en el pecho que le incitan á ir contra nuestra fe católica?» porque el fanático moderno responerá al punto -«¡Para conmigo no hay palabras blandas, que yo,ya os conozco, fementida canalla!»

     Si el historiador no respeta las intenciones ajenas en casos donde [104] no consta que obrara mal, y antes aparece que se obró bien, ¿tendrá derecho á reclamar que se le respete á él?

     Cita luego el Sr. Da Costa las prohibiciones de estudiar Derecho y Medicina impuestas á los clérigos en el Concilio de Reims, (113l), de Letran (1139, fecha de la inauguración de la monarquía portuguesa), de Tours (1163), la Decretal de Honorio III (121l), y la de Honorio IV en 1285. Acumula á Inocencio IV haber intentado prohibir el estudio del Derecho romano (1245), vulgaridad tomada de Savigny (17), pues el querer cohibir el abuso y exageración de una cosa, ó de una institución, no es prohibir el buen uso de ella.

     Para disculpar que no hubiese matemáticas en Coimbra, no pudiendo echar la culpa de esto al clero, dice el Sr. Da Costa «que estaban as sciencias mathematicas ainda entenebradas na Europa.» No estaban muy lejos de Portugal los autores de las tablas Alfonsinas, que no se redactaron sin grandes conocimientos matemáticos. Y en tal caso ¿á qué queda reducida la ampulosa frase con que principia el capítulo hablando la moderna jerga periodística? «Fundouse a Universidade; respondendo assim ao apello da Europa (la de las tinieblas parciales), mostramos que perteniamos ao progreso, e que tomavamos o nosso logar no banquete da civilisaçao contemporánea.»

     No quisiera ver la figura retórica y positivista del banquete unida á la idea nominal del progreso, y más tratándose del siglo XIV, en que se degeneró de los grandes adelantos del siglo anterior. A pesar de eso insiste el Sr. Da Costa en la idea progresiva del siglo XIV, dando como tal la introducción de la escuela de los glosistas acaudillados por Bártolo, cuyas elucubraciones introdujo en la nueva Universidad el jurisconsulto Juan de las Reglas (Joaô das Regras); pero no es de extrañar que en Portugal se progresara entonces, pues al fin D. Juan I era un rey popular. Excusado es decir que el autor que miró como moda del siglo XII combatir á los musulmanes y revindicar el territorio usurpado, habla aquí con énfasis de la batalla de Aljubarrota.

     En cambio apenas da el autor dato alguno sobre el estado de la [105] instrucción popular ni nacional en los siglos XV y primera mitad del XVI; y no porque Portugal no pueda figurar dignamente en la historia del renacimiento literario y del desarrollo de la instrucción en aquel tiempo. Pero en cambio no escasea las vulgaridades que se dicen á cada paso sobre el Santo Oficio, expulsión de los judíos, inutilidad de los descubrimientos marítimos y esterilidad de sus hazañas, deplorando que los portugueses, tan grandes mareantes, no supieran ser buenos mercaderes. Podrán estas cosas ser más ó menos ciertas, pero no vienen al caso, ó llegan traidas por los cabellos.

     De pronto, a mediados del siglo XVI, anúblase el sol de Portugal. Preséntase una nube en el horizonte (pág. 19); y aunque al pronto parece nube, luego se ve que es «un bulto sombrío con pasos firmes e vagorosos.» Lo de siempre: ¡quaerens quem devoret! El bulto sombrío, cuyos pasos son firmes, y á pesar de eso vagorosos, ya se deja comprender quien es. Ya no es el gigante benedictino: ya pasó también la batalla de los carneros. Es el Bachiller Alonso López de Alcobendas, que viene de Baeza con otros once curas enlutados, murmurando una salmodia en voz baja y compasiva, y acompañando un cuerpo muerto; y, sino es el Bachiller Alonso López de Alcobendas, es el Padre Simón Rodríguez, compañero de San Ignacio de Loyola. El bulto sombrío es... digámoslo de una vez... ¡el jesuita!

     Los jesuitas cometieron desde mediados del siglo XVI, el crimen imperdonable de dedicarse á la segunda enseñanza, en la que había poco que usurpar, pues si había en Salamanca un Brocense, en Alcalá un Fernan Nuñez el Pinciano, y en Évora un Andrés Resende, en cambio de estos genios felices, y esplendentes excepciones, pululaban por todas partas los dómines, como el licenciado Cabra y otros de menguado recuerdo, contra quienes se dió la pragmática de Carlos V prohibiendo establecer estudios de latinidad sino en las grandes poblaciones.

     Don Juan III comete la torpeza de entregar á los jesuitas la dirección del Colegio de Artes y de las escuelas de Humanidades en Coimbra, año de 1555. Convendrá saber si esta herencia fué cedida, como dicen los juristas, á beneficio de inventario, y en todo caso convendría conocer éste para saber lo que heredaron, [106] pues si el derecho da en tales casos la acción expilatae haereditatis también hay casos de solutio indebiti, cuando el heredero tiene que pagar más que lo que recibió ob latitans aes alienum, en cuyo caso la herencia deja arruinado al pobre heredero.

     Convendría pues saber qué tal estuvo el Colegio de Artistas en Coimbra, y si éste ganó ó perdió bajo la mano de los jesuitas. El Sr. Da Costa no se molesta en darnos estos pormenores, sin los cuales no se puede fallar esa causa con acierto. Pero no debía ser mucha la concurrencia, cuando, por sugestiones de la reina Doña Catalina, se mandó en 13 de Agosto de 1561, que no pudieran los estudiantes matricularse en las facultades de Leyes y Cánones sin presentar certificación de haber cursado Artes y en aquel Colegio. Esta picardía tenía por objeto someter los estudiantes á los profesores del Colegio y la Universidad «ficava enfeudada aos jesuitas.» ¡Mal pecado! y lo peor es que esa picardía continúa aún ejerciendo su maléfica influencia, pues hoy es el día en que en España no se permite á ningún estudiante matricularse en Leyes sin presentar certificaciones de haber cursado Artes en un Instituto, porque siendo las nociones que aquí se aprenden fundamentales deben preceder al estudio de las ciencias, por la misma razón por la que los arquitectos echan los cimientos antes de hacer el tejado.      El Cardenal Regente D. Enrique creó el Colegio de Evora en 1554 (pág. 75, línea segunda), si bien luego (á la pág. 79), se da el año 1551 por fecha de su creación: puso el fundador su colegio en manos de los jesuitas, creando así una Universidad «que podesse competir com a de Coimbra,» como dice el P. Baltasar Tellez. Si no mediaran los jesuitas, esta emulación y rivalidad literaria hubieran parecido una cosa muy notable y sencilla. Cisneros había creado en Alcalá una rival á la de Salamanca, y nadie le ha echado esto en cara como una picardía usurpadora. Según las leyes de la economía el crear una competencia, ó si se quiere concurrencia, es siempre útil al público; y por lo tanto el quebrantar el monopolio universitario de Coimbra se hubiera mirado siempre como un beneficio, á no mediar el Instituto de la Compañía.

     Para mayor dolor el Papa Paulo IV, confirmó la Universidad de Evora en 18 de Setiembre de 1558. La reina Regente Doña Catalina [107] cometió también la torpeza de confirmarla en 1552, y en 27 de Julio la equiparó á la de Coimbra. San Pío V, ¡qué horror! le concedió fuero académico, pues así llamaban las gentes esa exención de la jurisdicción ordinaria y de la jurisdicción Real que tanto asusta al Sr. Da Costa, hasta el punto de obligarle á exclamar: «¡Dito esto, está dito todo!»

     Y en efecto, por parte del autor no queda más que decir. Esa invasión que tanto asusta al historiador portugués, pasaba entonces en unas diez y seis universidades nuevas fundadas en España: En Alcalá, Toledo, Sevilla, Santiago, Oviedo. Granada, Gandía, Baeza, Pamplona, Almagro, Osuna, Ávila, Zaragoza y hasta en Méjico, Lima y Manila; y los españoles, gente de suyo asustadiza en materia de fueros y exenciones, no se alarmaban por semejante acuerdo.

     Además, si la Universidad de Coimbra gozaba del fuero académico, una vez creada la de Evora, la igualdad legal exigía que se diese á ésta, ó se le quitase á aquélla.

     Entra luego el Sr. Da Costa á tratar de la perniciosa influencia de la Universidad de Evora, mostrándose muy poco partidario de la libertad de enseñanza en nombre de la libertad; y pretende que todo lo malo que sucede entonces y la decadencia de todos los elementos sociales en el siglo XVII se deben á esta causa. Es más, los reyes Felipes sostuvieron la Universidad de Evora, y (¡ya se ve!) lo hicieron con el mal fin de avasallar á los portugueses y esclavizarlos por medio de la Compañía de Jesús. ¿Tendría también la Universidad de Evora la culpa de la gran postración en que cayó España en aquel desdichadísimo siglo?

     Los grados eran más baratos en Evora que en Coimbra; y esta mala maña jesuítica aumentó, dice, los estudiantes y graduados en Evora. A la verdad, en un país donde hay dos Universidades, por fuerza se hablan de robar estudiantes la una á la otra; y si obtenían destino los graduados de un claustro los habían de quitar á los del otro, á no ser que se graduaran con el santo fin de morirse de hambre, ó hacer el cuarto voto, como los jesuitas, votum non ambiendi.

     Las pruebas de que con el método de enseñanza de los jesuitas no se puede educar bien, están, según Da Costa, en la regla [108] misma de los jesuitas; y con todo, los jesuitas con ese perverso método sacaron discípulos eminentes en todas partes del mundo; y hoy es el día en que la gente tiene la manía de llenar sus colegios, siendo preciso cerrárselos á la fuerza, y atropellarlos en nombre de la libertad de enseñanza, y hasta expulsarlos de algunos países, bien sea en nombre del orden y de la monarquía como en España, ó bien de la libertad y la república como en Suiza, y es más, aplaudiendo estas expulsiones, como las aplaude el Sr. Da Costa, que deploró algunas páginas antes la expulsión de los judíos de Portugal. ¡Cuán mezquinos han de encontrarnos en nuestras apreciaciones políticas los críticos de las generaciones que vendrán en pos de nosotros, y cuán inconsecuentes á cada paso!

     Acusa el Sr. Da Costa á los jesuitas de haber rebajado el estudio de la Teología en Portugal, barajando el estudio de los escolásticos con el de los Santos Padres. Pero entonces ¿qué alega contra Santo Tomás y su guía Pedro Lombardo, también adicto á los Padres? ¿Y quién le ha dicho al Sr. Da Costa que la Teología escolástica y la patrística se estorban mutuamente? Lo contrario es lo verdadero; ni la una ha de andar sin la otra.

     Por de contado que la ida del célebre Suarez á Coimbra para reformar y levantar aquella Universidad no le merece ni un recuerdo: mejor es, pues con eso economiza una diatriba contra aquel sabio y eminente personaje.

     Los jesuitas, dice, tuvieron también la culpa de la decadencia de las ciencias exactas y matemáticas en Portugal. De lo mismo se les acusa neciamente en España. La creación de los estudios de San Isidro en Madrid tuvo por objeto fomentarlas, por lo mal que estaban en las universidades mayores y menores, en algunas de las cuales ni había jesuitas ni tenían estos las cátedras de ciencias, ni gozaban de gran influencia, como sucedía en Alcalá y Salamanca, donde los dominicos, agustinos y franciscanos neutralizaban la influencia de aquellos en todos conceptos. El estudiar la historia de un país, ó de una institución de un modo cerrado, y sin mirar á la historia general y á los países é instituciones afines, expone siempre á estas apreciaciones inexactas.

     A la página 82 parece inclinarse el Sr. Da Costa á la libertad [109] de enseñanza al vituperar el monopolio de la universidad de Evora. Pero ¿no había aplaudido antes el de Coimbra y acusado á los jesuitas por querer eximirse de él? Al decidirse por un sistema hay que aceptarlo con todas sus consecuencias, con sus ventajas y sus inconvenientes.

     El llamado monopolio universitario tiene muchas de aquellas y no poco de estos, como sucede con todas las cosas humanas. En él se resumen las teorías del individuo y de la colectividad, del copiante y de la imprenta. El individuo hará una cosa primorosa y rara, pero cara como los trabajos de copia y miniatura de la Edad Media; pero la máquina la reproducirá por millares en menos tiempo y la pondrá al alcance de todas las fortunas.

     La Universidad es la máquina, es la compañía de muchos y variados enseñantes. El privatim docens es el brazo, el individuo, el capital aislado, el copiante de la Edad Media. Si es hombre de mérito, en tres ó seis años sacará media docena de discípulos aventajados, pero estos no serán los pobres, no serán los hijos del pueblo: serán ricos que les paguen 8.000 á 12. 000 reales cada uno: el hijo del pobre, del comerciante, del hombre de la clase media, encontrará por una onza de oro al año doce profesores que le enseñarán mucho más. A esto se llama á veces monopolio universitario.

     Lamenta el Sr. Da Costa que Andrés Resende tuviera que cerrar escuela de Humanidades en Evora. Pero aquel célebre humanista la cerró porque quiso, pues se hizo en su obsequio una excepción honrosa. ¿Y cuántos Resendes había entonces? La enseñanza del colegio no se da bien sino por comunidades y compañías, ora las guíe la caridad, ora las impulse el interés, los dos grandes motores de las empresas colosales ó arriesgadas. La gloria, fuera de la del cielo, hay que admitirla en las empresas con cuenta y razón, y á cargo y data.

     Entretanto el Sr. Da Costa al escribir su historia de la instrucción popular nada nos ha dicho del pueblo ni de su instrucción y cultura. Él mismo se reconviene por ello al concluir el período que podemos llamar de historia antigua en su libro (página 91.) «¿E o povo preguntarâo? A educaçaô nacional é do que [110] principalmente nos occupamos.» Con perdón del autor, la nacional es del otro libro de que hablaremos luego.

     Es lo cierto que en las 90 páginas primeras dedicadas á estudiar el desarrollo de la instrucción popular de Portugal desde principios del siglo XII á mediados del siglo XVIII nada se nos ha dicho de escuelas populares, sino solo dos líneas para rebajar la importancia de las parroquiales en el siglo XIII y de la piadosa solicitud de Gregorio IX. La historia se ha reducido en su mayor parte á combatir á los jesuitas. Mas, ¿cómo estos, que lo monopolizaban todo en Portugal á pesar de la terrible influencia inglesa, necesaria allí para sostener la independencia contra Castilla, no cuidaron de apoderarse de la enseñanza de las turbas populares? «A Companhia que, nâo se esquecia de elemento algun, deslembrarse ha do ensino das turbas?» El autor responde categóricamente: «As turbas nâo forem esquicidas.»

     La respuesta es terminante: los jesuitas descuidaron en Portugal la enseñanza del pueblo. Eso no libra de cargos al Estado, ó mejor dicho al Gobierno, pues la enseñanza del pueblo no es un derecho, sino es un deber que tiene éste que atender, sino lo satisfacen la caridad cristiana ó el interés particular, relevándole del cumplimiento de esta obligación sagrada. Pero la solución del Sr. Da Costa para poner en relieve esta falta jesuítica es peregrina. Los jesuitas, dice, absorbían también la predicación en Portugal, y por medio de jubileos especiales y funciones de cuarenta horas, atraían la gente más que los otros frailes, y de ese modo lograban atraerse las turbas y educarlas á su modo.

     ¿Pero qué? ¿Aprendía la gente en Portugal á leer y escribir en los jubileos y en las cuarenta horas? Por lo v