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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 3, Año 1883
    
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Cuaderno III. Setiembre, 1883.

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Noticias

     El quinto Congreso internacional de americanistas, al que han asistido en representación de nuestra Academia los Señores Fabié y Rada, se inauguró en Copenhague, como estaba anunciado, el martes 21 de Agosto último á la una de la tarde, en presencia del Rey y de la familia real de Dinamarca. El Señor Worsaae, Chambelan de Su Majestad, abrió el Congreso dedicando nobles y galanas frases á las tareas iniciadas y llevadas á cabo por el de Madrid, y encareciendo la parte que corresponde á la patria de Nordenskiold en el primer descubrimiento y vetusta civilización del suelo americano. La Groenlandia -dijo,- poblada de escandinavos en 986, es el más bello florón de la Corona dinamarquesa. Acto continuo subió á la tribuna el Señor Fabié. Hízose intérprete de la profunda gratitud que inspiraba a todos los extranjeros de ambos mundos allí reunidos, la cordial acogida y la generosa munificencia del pueblo y del Gobierno dinamarqués y del excelso Cristian IX que, como Alfonso XII, tiene á gloria el cultivar y proteger con toda eficacia este linaje de estudios. Los discursos de M. Bamps, comisionado del Gobierno belga, y de M. L. Adam, ilustre sabio francés, cerraron dignamente la sesión regia.

     Presidió la primera científica el Sr. Rada; y la segunda el Señor Fabié. En ésta, M. Beauvois desarrolló con nuevos datos sus favoritos estudios sobre el cristianismo, llevado á la América por los misioneros irlandeses de lengua gaël, desde el siglo IX. Su [138] tema dió lugar á discusión, en que tomaron parte los Sres. Bamps, Vinson y Fabié, sobre el signo de la cruz rodante ó svástika, que no es ciertamente emblema característico de la religión cristiana, sino muy conocido y usado en las regiones boreales de Europa, antes de que se convirtiesen á Cristo. En aquella, ó en la presidida por el Sr. Rada, leyó el Sr. Herrera nutrida Memoria, dando cuenta de la del Sr. Fernández Duro, acerca de los primeros viajes de Colón, que fué vivamente aplaudida (35). También usaron la palabra los Sres. Lütken, Reiss, Thomsen y Steenstrup, ilustrando la arqueología histórica y prehistórica de las Pampas, Brasil, Virginia, Tierra del Labrador, Nueva Escocia y Groenlandia.

     Las discusiones suscitadas en los días 23 y 24 de Agosto, últimos del Congreso, no excitaron menos interés. Tal fué, por ejemplo, la que entabló el Sr. Barón de Baye, sobre los hechos de trepanación observados en las estaciones de la edad de la piedra, tanto en el antiguo como en el nuevo mundo. Acaso estos hechos, andando el tiempo, arrojen gran luz sobre el rito, extraño por todo extremo, que nuestro docto correspondiente Don Román Andrés de la Pastora, ha notado en el cementerio antiquísimo de Pedregal (partido de Molina de Aragón), y en otros parajes del centro y sur de España. El Sr. Vera, discurrió sobre las variaciones ocurridas en la Geografía física del continente americano, desde la época del descubrimiento hasta nuestros días; y, además, sobre las materias colorantes empleadas por los. indios americanos. El Sr. Fabié trató de los reinos de Cibola, Quivira y Teguayo, con ocasión de presentar la erudita o del Sr. Fernández Duro, relativa á D. Diego de Peñalosa. Finalmente, el Sr. Rada, pronunció dos discursos que, atendida su importancia excepcional, reproducimos al pié de este número del BOLETÍN en la sección de Variedades. [139]



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Informes

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I. Altabiskarco Cantuá

     Tributando á la poesía vascongada la brillante consideración y el puesto de honor que lo corresponde, los elocuentes Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer, el domingo 25 de Febrero de 1883, han tocado una cuestión histórica de interés muy vivo. El gran poeta é historiador de Cataluña la plantea, mas no la resuelve, atento, á lo que parece, á descargar su plan literario de arideces críticas que poco montan para juzgar de lo bello. «No blasona, dice (pág. 6.), de remota antigüedad la poesía euskara: moderna es, de nuestros días; pero sus poetas están cortados á la antigua; nacen formados y adultos, con los bríos mismos y desfogues que pudieron tener los autores de aquel famoso Canto de Altabiscar, que podrá ser más ó menos antiguo, lo cual no es para debatir en este instante; pero que, más antiguo ó más moderno, es un monumento de gloria, con sobra de ésta, para enriquecer á toda una serie de generaciones literarias.» Y en las notas, que cierran el discurso, donde el texto del Altabiskarco cantuá sale avalorado con la preciosa traducción castellana, hecha por D. José Manterola (36), háblanos de nuevo el Sr. Balaguer de [140] ese «monumental é imperecedero Canto de Altabiscar, sobre cuya antigüedad más ó menos remota, aún no se ha dicho la última palabra.»

     Para bien juzgar de la cuestión, expondré ante todas cosas su marcha histórica.

     El Canto de Altabiscar salió al público por primera vez en 1834, dentro de un largo artículo que sa autor M. Garay de Monglave, fundador y secretario perpetuo de L'Institut Historique, compuso y estampó en el Journal (tomo I. año I) de dicho instituto histórico ó asociación literaria. Después de trazar á grandes rasgos el cuadro de la importancia del vascuence por razón de su antigüedad, belleza eufónica y estructura gramatical. (páginas 174-176), introduce y expone la cuestión en los siguientes términos (37):

     Pág. 176, lín. 2. -«Parmi les poésies, qui se sont ainsi conservées de génération en génération, on cite un poème assez étendu sur la religion des cantabres, des chants guerriers et allégoriques, quelques chansonnettes inférieures peut-être en naïvété á celle de Métastase, et de romances populaires qui datent, d'après M. Humboldt, de l'invasion des Romains, et qui ne sont pas inférieures aux plus beaux chants nationaux des Grecs modernes. Viendra peut-être un Mac Pherson qui les recueillera. Le souvenir des preux de Charlemagne est présent à l'imagination des bergers pyrénéens: toutes les ballades du pays sont empreintes de leurs vaillants exploits: on montre ici au voyageur les jardins enchantés d'Armide, là plus de vingt rochers que le fabuleux Roland a fendus de sa Durandal; et pourtant personne dans ces vallées n'a lu ni le faux archevêque Turpin, ni Boyardo, ni Arioste dont on ignore même les noms.

     Parmi ces romances chevaleresques des Escualdunac, une des plus connues est celle qui a pour titre le chant d'Altabiçar, Altabiçaren cantua. C'est la fameuse bataille de Roncevaux, racontée par les descendants des vainqueurs. Tout le monde sait que [141] Charlemagne étant allé par delà les Navarrais (on ignore si c'était pour les Mores, ou pour les Chrétiens) rentrait vainqueur en France, lorsque les Sarrazins selon les uns, les Escualdunac ou les Vascons selon les autres, et peut-être les trois peuples à la fois, passèrent au sommet des montagnes, firent rouler sur les troupes des fragments de rochers, obscurcirent l'air de leurs flèches, et malgré les prouesses des Paladins, mirent de toutes parts les Francs en désordre et en firent un épouvantable carnage.

     Ce chant comme tout ce qui n'est pas écrit, a sans doute changé en passant de bouche en bouche, et je l'ai retrouvé avec de nombreuses variantes sur plusieurs points des deux versants. Un des rédacteurs du Dictionnaire de la Conversation et de la Lecture, M. G. Ollivier, en parle dans nu article fort curieux sur les chants populaires do différents peuples (tome XIII, pag. 25). Malheureusement il parait n'avoir connue que la fin des troisième et septième versets, c'est-à-dire les noms de nombre déclinès depuis un jusqu'à vingt, et puis en sens inverse. Cherchant quel sens caché pouvait couver sous ce titre bizarre, il y a vu, dit-il les Escualdunacs (qu'il nomme à tort Vascons) désignant par leur simple dénomination numérique les dures années de l'éxil et appelant ensuite une à une par une sorte de progression (sic) décroissante, celle de la vengeance; chant cabalistique, ajoutait-il qui n'est plus maintenant qu'une musique denuée de signification.»

     Pág. 177. -«Si M. Ollivier eût connu la romance entière il ne serait pas tombé dans cette spirituelle erreur: tout s'explique naturellement dès qu'on rétablit les huit versets. La progression asccendante, c'est la marche d'une armée qui s'avance; la progression descendante, c'est la fuite de cette armée vaincue.

     J'ai vu autrefois une copie du chant d'Altabiçar chez le Comte Garat, ancien ministre, ancien sénateur et membre de l'Institut de France, un des philosophes les plus célèbres de notre pays, un des hommes dont le talent honore le plus les Escualdunac ses compatriotes. Il la tenait du fameux la Tour d'Auvergne, le premier grenadier de France, lequel pendant les guerres de la République, se délassait de ses fatigues en travaillant à un glossaire [142] en quarante-cinq langues. La Tour d'Auvergne avait été charge de traiter de la capitulation de Saint-Sébastien, le 5 aout 1794; et c'etait au prieur d'un de ces couvents de la ville qu'il était redevable de ce précieux document, écrit eu deux colonnes sur parchemin, et dont les caractères peuvent remonter à la fin du douzième ou au commencement du treizième siècle, date évidemment postérieure de beaucoup à celle de ce chant populaire.

     Le texte qui je donne ici n'est pas exactement le même que celui qu'on a dû trouver dans les papiers de M. le Comte Garat. Il se compose du rapprochement des diverses variantes que j'ai pu recueillir. Ces différences sont, au reste, purement grammaticales: elles n'affectent en rien le sens des mots ni des phrases.

     Puisse cette exhumation nouvelle ne pas déplaire aux lecteurs du Journal de l'Institut Historique!

     Pàg. 175-176. -En notas. -«Mots et étymologies: ces notes nous ont été communiquées par M. Duhalde, jeune philologue. Escualdunac, aussi modeste que savant. Nous lui devons en grande partie, le rapprochement des diverses variantes du texte du Chant d'Altabizar.»

     El Dictionnaire Universel des Contemporains (par G. Vaquereau, París, 1861), nos da el siguiente informe sobre M. de Monglave:

     «MONGLAVE (François-Eugène Garay, dit de) littérateur François né a Bayonne, 5 Mars, 1796.-..... il se jeta dans la petite presse, fonda en 1823 le Diable Boiteux, journal qu'il lit revivre en 1832 et en l857, et fit par ses articles et par ses livres une guerre continuelle à la Restauration. Il fut obligé de se cacher sous divers pseudonymes...... En 1833, il fonda l'Institut historique, société dont la création fut autorisée l'année suivante, et enfut élu le Secrétaire perpétuel.»

     No se requiere mucha perspicacia para demostrar que las ideas, expuestas por M. Monglave en los extractos que he recogido, adolecen de inexactitud y de escasa atención á la verdad de los hechos. Ni negaré que «le souvenir des preux de Charlemagne est présent á l'imagination des bergers Pyrénéens»; pero es falso que «toutes les ballades du pays sont empreintes de leurs vaillants exploits.» Ni una siquiera de las baladas vascongadas, que han llegado [143] á mi conocitniento, versa sobre Carlomagno y sus doce Pares. Por lo tocante á los veinte y pico de «rochers que le fabuleux Roland a fendus de sa Durandal», casi todos son puro parto de la imaginación de M. Monglave. La Bréche de Roland encima de Gavarnie en el departamento de los Altos Pirineos está fuera del país vascongado. El nombre Pas de Roland cerca de Cambo no cuenta mucho mas de un siglo de antigüedad; anteriormente, el desfiladero se había llamado siempre en vascuence (38) Athecagaitz (puerta mala). Mayores recuerdos de Roldán a la nomenclatura del país vascongado y aledaños no sé que existan. Es verdad que el país conserva la memoria de Carlomagno y de sus Pares: el conductor vascongado, que me guió desde los Alduides á Roncesvalles, me contó la historia de Rolando que anda por allí conocida; mas no es la del Canto de Altabiscar, sino la del romance popular, atribuido al falso Turpin, que á principios del siglo XIII fué justamente censurado de apócrifo por un ingenio ilustre de Navarra (39). La indignación de mi guía se desbordaba contra el traidor Ganelón, de quien el Canto de Altabiscar nada recuerda. Buen golpe de las Pastorales ó Tragédies, que todavía salen á la escena en el territorio de La Soule, y suelen ser las más agradables al público, brotan de la leyenda Carlovingia, y se tilulan Charlemagne; Roland; Les Douze Pairs de France; Les quatre fils Aymon; Richard sans Peur, Duc de Normandie; etc. De estos dramas he visto representados Richard sans Peur, Duc de Normandie en Larrau (2 Junio 1864), y Les quatre Fils Aymon en Tardetz (19 Abril 1879). -No están basados en tradiciones privativas y propias del pueblo vasco; antes bien por poco que se examinasen, descubrirían su asiento reciente. Se han sacado y se toman de los Livres populaires de colportage que en los mercados y ferias de aldeas y villas distribuyen y expenden los buhoneros [144] con sus agujas por toda Francia. El autor de la Pastoral Les quatre fils Aymon, conviene á saber el Sieur Pierre Irigarez, de Laguinge, me mostró en Junio de 1875 el libro, de que se valió para componerla, titulado «Histoire des Quatre Fils Aymon, très-nobles, très-hardis, et très-vaillants chevaliers. Nouvelle édition ornée de huit gravures, à Epinal, chez Pellerin, imprimeur libraire. Sin data, en 4.º á dos columnas, 96 páginas.» Ante mis ojos tengo otra edición de este libro, comprada en país vasco por 30 céntimos, también sin data, pero impresa en Limoges chez Eugène Ardant et C. Thibaut. De estos y semejantes opúsculos puede verso una excelente enumeración y descripción en la «Histoire des Livres Populaires on de la Littérature de Colportage, depuis le XVe siècle, par M. Charles Nisard; 2 tomos, París, 1854.» Estos libros y las Pastorales (40) á que han dado margen son las únicas fuentes del conocimiento que el moderno pueblo vascongado alcanza acerca de la persona de Carlomagno y sus doce Pares. No hay tradición fundada en cantares populares de remota antigüedad conocida.

     Absurda es además la frase, que emplea Monglave para comprobar su tentativa, diciendo que acaso concurrieron á la empresa contra Carlomagno tres gentes á una, Sarracenos, Vascos y Escualdunac. Para la historia no es un misterio la acción de Roncesvalles. Einhard en su Vita Karoli imperatoris y en sus [145] Annales, tan verídico como que es autor grave y contemporáneo del hecho, refiere sencillamente la batalla y la muerte de Hruotlandus (Rolando), sobrino de Carlomagno y prefecto de Britania. Describe el combate como un ataque ó acometimiento que los Vascones, y ninguna otra gente más, hicieron en la retaguardia, al que se siguió el saqueo de los bagajes. La distinción que propone M. Monglave entre Vascones y Escualdunac se desvanece al menor soplo de atento examen.

     M. Monglave pretende que un manuscrito del Canto estuvo en posesión del conde Garat. Algunos descendientes de este hombre ilustre, aprovechándose de sus manuscritos, han publicado libros ú obras literarias acerca de los vascongados; pero el manuscrito aludido por M. Monglave no lo han hallado, ó por lo menos no lo mencionan. A este propósito no he de pasar por alto la observación de M. Fr. Michel, el cual en 1857 dió en creer que era auténtico el Canto de Altabiscar (41): «A ce sujet je ne sais trop ce qu'il faut croire des assertions de M. Garay, qui parle d'un ancien manuscrit oú le fameux la Tour d'Auvergne aurait rencontré ce morceau à Saint Sébastian en 1794.» Paréceme extraño que M. Michel no cayese en la cuenta de que no hay más prueba respecto de la existencia del manuscrito, que la palabra harto sospechosa de M. Garay de Monglave; y si bien este asegura que en otro tiempo vió una copia del Canto de Altabiscar en casa del conde Garat, y que además recogió muchas y diversas variantes de aquella copia, ello es cierto, que ni otros ojos han visto, ni otras manos que las de M. Monglave se han encontrado que tocasen aquel manuscrito, ni sus variantes; por manera que semejante testimonio aislado y sujeto á la ilusión de un falso recuerdo no hace fe ni merece crédito razonable. El puesto de secretario perpetuo que ocupaba M. Monglave en el Institut Historique, fundado por él, le dispensó y proporcionó ventajas singulares para dar curso á una triquiñuela poco plausible. Si hubiese escrito en otra publicación periódica, el jefe de redacción le habría podido alguna prueba de lo que asegura, por ejemplo, alguna de las nombreuses variantes retrouvées sur plusieurs points des deux [146] versants, toda vez que no pudiese demostrar la existencia de la copia del Canto en casa del conde Garat; mas M. Monglave como dueño de la situación, pudo imprimir sin ningún inconveniente lo que lo plugo.

     Tan pronto como se publicó el canto, su autenticidad halló contradictores. Lo aceptó Fauriel; pero lo reusó Du Mège. Recibiéronlo á título de canción antigua Chaho, Cenac-Moncaut, Fr. Michel, Louis Lande; pero lo han opuesto serias objeciones M. M. Barry de Tolosa, Gaston Paris, J. F. Bladé, Julian Vinson y otros críticos eminentes. Una disertación excelente de M. Alexandre Dihinx salió á luz en el Impartial des Pyrénées (10-12 Setiembre 1873). Reprodujo estos artículos M. Vinson en el Avenir de Bayonne (1, 3, 6, Mayo 1878) y los ha insertado igualmente en la obra titulada Mélanges de Linguistique et d'Anthropologie (42), pág. 161. Con fina crítica y rara sagacidad, apunta M. Dihinx que «l'auteur du Chant d'Altabiscar savait mieux le français que le basque, et qu'il écrivait en basque ce qu'il avait conçu en français.» Sobre el uso constante de los diminutivos que no escasean en la canción, observa que son indicios de una mano de autor jóven y poco diestra en los primores del vascuence: «Pour l'enfant la langue basque n'est, pour ainsi dire, composée que des diminutifs; c'est un langage á part, qui n'est pas celui de l'homme fort; l'enfant s'en débarrasse peu á peu, en passant de l'enfance á l'adolescence, et ne parle le basque franc et noble que lorsqu'il devient homme. Faut-il déduire de ces observations que l'auteur du chant d'Altabizcar était encore jeune quand il fit cette composition?»

     En España, por lo que puedo apreciar, el Altabizkarco cantuá ha corrido menos percances de contradicción que en Francia. Lo celebran D. Vicente de la Fuente, Amador de los Ríos, D. Miguel Rodríguez Ferrer, Araquistain, los editores de la Revista Euskara y D. José Manterola en el Cancionero Vasco. Por primera vez pasó como auténtico al otro lado del Canal de la Mancha con el artículo que le dedicó M. Fr. Michel en el Gentleman's Magazine (Londres Octubre de 1858); mas en las columnas de la misma [147] publicación (Marzo 1859, pág. 226), obtuvo la rectificación siguiente, firmada por M. Antoine d'Abbadie (43): «Pena me da ver anunciado el Altabiscarraco Cantuá como perla de antigua poesía, en uno de los números de esa ilustrada publicación. La verdad me obliga á protestar contra la pretensión de que universalmente esté así reconocido, pues en efecto uno de mis paisanos vascongados ha designado repetidas veces por su propio nombre tanto al sujeto que hace 24 años compuso en francés la pieza original, como al que la tradujo en vascuence moderno é impertinente.» A lo cual M. Michel definió, como era razón, en el número del siguiente Abril (44): «M. d'Abbadie, siendo como es vascongado, conoce mejor que yo el fondo de la cuestión. No rehuso confesar y de hoy en adelante me inclinaré á creer que las piezas llamadas Abarcara Cantua y Altabiscarraco Cantua son imposturas.» Esta correspondencia reproduje yo mismo en el apéndice á la segunda edición de mis Basque Legends (Londres, 1879, pág. 258.)

     También la cita M. Vinson en los artículos de que arriba hice mérito. M. d'Abbadie en conversaciones privadas me ha ratificado eso mismo no una sola vez y me ha dado pormenores que no dejan lugar á ninguna duda. El valor de su autoridad es tan grande y su testimonio de tanto peso en las balanzas de la crítica, como lo saben los que no han olvidado que este ilustre socio del Instituto de Francia, renombrado por sus estudios y obras en los varios ramos de las Ciencias exactas y en el cultivo de la Geografía y de la lingüística, es de abolengo vascongado y figura entre los escritores que más han promovido con toda eficacia desde su principio el natural desarrollo científico á que ha llegado el estudio del vascuence (45). Con ser esto así, no parece sin embargo [148] que la noticia de la verdad se haya extendido é impuesto cuanto sería justo apetecer; no faltan, aun ahora, escritores que llaman antiguo el Altabiskarco Cantua. En la Saturday Review (17 Agosto 1878) se nos presenta como históricamente genuino; y en el Blackwood's Magazine (Noviembre 1881) un escritor, que expone todo el canto en inglés, lo coloca por encima del mérito de La Chanson de Roland, y se escandaliza de los críticos que afirman que ese noble canto es moderno.

     Tan luego como leí lo que el Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer afirma en los pasajes de su discurso de recepción en la Real Academia Española, que llevo copiados arriba, escribí á M. d'Abbadie á fin de que con la verdad de su declaración reiterada se atajase la corriente de incertidumbre que asoma en la culta palabra del nuevo académico de la Real Española. M. d'Abbadio ha tenido la bondad de enviarme su declaración, que he recibido con algún retraso motivado por la enfermedad de M. Duvoisin, parte integrante de la misma declaración, que es como sigue:

     Le chant d'Altabiscar ou Altabisar (on a écrit ce mot des deux manières) que M. Garay de Monglave a inséré, en 1834, dans le Journal de l'Institut historique (I. 176)...

     «Les jeunes Basques, et notamment les éléves des universités, les étudiants en droit et en médecine, faisant leurs cours á París, aiment á chanter en choeur, pour le plaisir de former des accords, un air acommodé sur les noms de nombres Basques, un, deux, trois, etc. jusqu'a vingt, rebroussant de vingt à un.» (46) [149]

     «M. Garay de Monclave fréquentait ses compatriotes. Il était Bayonnais. Cet air, ce souvenir attrayant du pays, loin du pays, lui inspira l'idée du Chant d'Altabiscar. Il le composa en français. Un de mes cousins, M. Louis Duhalde d'Espelette, qui donnait des répétitions aux jeunes gens étudiant à Paris pour entrer à l'École Politechnique, traduisit en basque l'oeuvre de M. de Monglave. Louis Duhalde ne s'était jamais occupé de sa langue maternelle; s'il n'en savait que ce qu'il avait appris dans l'enfance, aussi sa version trahit-elle une main inexperte. Il a traduit simplement en prose, sans mesure et sans rime; le morceau ne peutêtre que récité; on chante seulement la nomenclature un, deux, trois, etc. sur un air qui n'a certes rien de guerrier; ai-je besoin d'ajouter que les prétendues copies à variantes, conservées dans la montagne, n'ont jamais existé?»

     «Une simple reflexion aurait dû faire comprendre à la foule, qui si un chant peut se conserver par tradition orale, un récitatif inchantable n'aurait pas eu de lendemain. M. Duhalde lui-même a bien ri avec moi de la méprise de tant d'écrivains.»

     L'original de la note ci-dessus est signé Duvoisn et accompagnait une letre du même littérateur Basque, datée Ciboure, 30 Mai, 1883 ou il m'autorise à faire de sa déclaration l'usage qui me conviendra. -Signée- Antoine d'Abbadie (de l'Institut) -Paris, Juin; I, 1883.

     De esta carta de M. d'Abbidie que incluye la terminante declaración de M. Duvoisin, resulta.

     1.º Que el original del canto de Altabiscar, es francés y no vascongado.

     2.º Que la versión vascongada está en prosa moderna; y no en verso, que autorice la presunción de haberse cantado y conservado en boca del pueblo.

     3.º Que un solo fragmento de la canción ó la lista de los números en aumento y disminución hasta veinte, tiene ó puede tener tipo vascongado independientemente de la canción original ó composición francesa.

     El autor de la declaración es el célebre capitán Davoisin, que trasladó la Biblia en dialecto Labortano bajo los auspicios del príncipe Luis Luciano Bonaparte, y ha publicado asimismo varias [150] memorias y artículos sobre cuestiones gramaticales del vascuence. Fácil es observar que la declaración confirma de lleno en lleno la fina crítica de M. A. Dihinx, el cual, entre otras palabras del canto que censura y señala como impropias, dice lo siguiente sobre el vocablo bota: «Le mot propre a fait défaut, et l'auteur peut-être encore jeune, a employé, sans y réfléchir cett expression dont il s'est servi bien souvent dans les jeux de son enfance.»

     La idea de la canción fué evidentemente sugerida á M. Monglave por el canto de los números y por lo que sobre ellos le apuntó M. Ollivier.

     Lejos, pues, de ser contemporáneo á la época de Carlomagno, ó de remontarse en su redacción escrita cuando menos al siglo XII, el canto de Altabiscar es modernísimo. Para echar por tierra esta proposición que estimo evidente, no queda más partido que el de presentarnos el manuscrito que dicen pertenecerá la centuria XII y haber estado en poder del conde Garat, ó siquiera algunas de las numerosas variantes que se pretenden encontradas en diferentes parajes del país vascongado. No es necesario añadir que los vascófilos verían con mucho placer ese manuscrito del siglo XII para que sirviese de inapreciable aumento al descubrimiento notabilísimo del glosario vascongado que ha hecho el R. P. Fidel Fita en el códice Calixtino propio de aquella centuria. Mas ¿podrán presentarlo quienes tienen contra si las improbabilidades que la crítica ha señalado, y sólo pueden alegar en favor suyo un vago decir de la ilusión temeraria?

     Réstame demostrar, en comprobación de cuanto llevo manifestado á la Real Academia, las correcciones y transformaciones que ha ido gradualmente sufriendo bajo sucesivas ediciones el texto primitivo que M. Duvoisin señalaba como obra de una mano inexperta, y que M. d'Abbadie apuntaba en 1859 como coloreado de modernismo en su vascuence. Anotaré en especial las variantes introducidas por el texto que el Cancionero vasco del Sr. Manterola (serie 2.ª, tomo III, páginas 44-46; San Sebastián, 1878) ha proporcionado al Excmo. Sr. D. Víctor Balaguer; y por de pronto no será difícil notar que los conatos del autor del Cancionero para obtener el metro de la versificación han salido casi completamente [151] inútiles. El texto que adopto como tipo de comparación puede verse en la obra de M. Francisque Michel, Le Pays Basque (páginas 236 y 237), publicada en 1857.

ALTABISCARRACO CANTUA (47)

      Oyhu bat aditua izan da
Escualdunen mendien artetic,
Eta etcheco jannac, bera athearen ainteinean (48) chutic,
Ideki tu beharriac, eta erran du: «Nor da hor? Cer nahi dautet?»
Eta chacurra (49), bere nausiaren oinetan lo ziguena,
Alchatu da, eta karrasiz Altabiscarren inguruac bethe ditu.
 
Ibañetaren lepoan harabotz bat agherteen da,
Urbiltcen da, arrokac esker eta escun (50) jotcen dituelaric;
Hori da urruntic heldu den armadabaten (51) burruma.
Mendien capetetaric (52) guriec erepuesta (53) eman diote;
Berec (54) tuten seinua (55) adiarazi dute,
Eta etcheco jaunac bere dardac zorrozten tu.
 
Heldu dira! Heldu dira! cer lanzazco (56) sasia!
Nola cer nahi colorezco banderac heien erdian aghertcen diren!
Cer simiztac (57) atheratcen diren hein armetaric!
Cembat dira? Haurra, condatzac (58) onghi.
Bat, biga, hirur, laur, bortz, sei, zazpi, zortzi, bederatzi, hamar, hameca, hamabi,
Hamahirur, hamalaur, hamabortz, hamasein, hamazazpi, hemezortzi, hemeretzi, hogoi. [152]
 
Hogoi eta millaca (59) oraino.
Hein (60) condatcea demboraren galtcea liteke (61).
Urbilt ditzagun (62) gure beso zailac, errotic athera ditzagun arroca horiec.
Botha ditzagun mendiaren patarra behera
Hein buruen gaineraino;
Leher ditzagun, herioaz (63) jo ditzagun.
 
Cer nahi zuten gure mendietaric Norteco ghizon (64) horiec?
Certaco jin dira gure bakearen nahastera?
Jaungoicoac mendiac in (65) dituenean nahi izan du hec ghizonec ez pasatcea.
Bainan arrokac biribilcolica erortcen dira, tropac lehertcen dituzte.
Odola churrutan badoa, haraghi puscac dardaran daude.
Oh! cembat hezurr carrascatuac! cer odolezco itsasoa!
 
Escapa! escapa! indar eta zaldi dituzuenac.
Escapa hadi, Carlomano erreghe, hire luma beltzekin eta hire capa gorriarekin;
Hire iloba maitea, Errolan zangarra, hantchet hila dago;
Bere zangarrtassua (66) beretaco ez du (67) izan.
Eta orai, Escualdunac, utz ditzagun arroca horiec;
Jauts ghiten fite, igor ditzagun gure dardac (68) escapatcen direnen contra.
 
Badoadi! badoadi! (69) non da bada lantzezco (70) sasi hura?
Non dira heien erdian agherri (71) ciren cer nahi colorezco bandera hec?
Ez da ghehiago (72) simiztaric (73) atheratcen heien arma odolez bethetaric
Cembat dira? Haurra, condatzao onghi.
Hogoi, hemeretzi, hemezortzi, hamazazpi, hamasei, hamabortz, hamalaur, hamahirur, [153]
Hamabi, hameca, hamar, bederatzi, zortzi, zazpi, sei, bortz, laur, hirur, biga, bat.
 
Bat! ez da bihiric agherteen gehiago (74).
Akhabo da (75). Etcheco jauna, joaiten ahalzira (76) zure chacurrarekin,
Zure emaztearen eta zure haurren besarkatcera,
Zure darden garbitcera eta alchatcera zure tutekin (77), eta ghero heien gainean etzatera eta lo itera (78).
Gabaz, arranoac joanen dira ha[r]aghi pusca lehertu horien jatera,
Eta hezurr (79) horiec oro churituco dira eternitatean (80).


     La pieza es hermosísima, demasiado bella para el tiempo á que se atribuye. Drama de acción sublime, que prescinde de las galas de la versificación; y hace casi olvidar, en el entusiasmo que despiertan las escenas simétrica y gradualmente encadenadas, que tanto merece el nombre de hojarasca de neologismos por su lenguaje, como de tallo romántico por sus ideas ingerto en puro clasicismo. Su remate, cuyo brío tanto se encomia, está calcado (81) en la Eneida (XII, 34-36):

                    «Bis magna victi pugna, vix urbe tuemur
Spes Italas; recalent nostro Tiberina fluenta
Sanguino adhuc, campique ingentes ossibus albent.»

     Sare (Basses-Pyrénées) 15 de Julio, 1883.

                                                                                                                       WENTWORTH WEBSTER,
                 correspondiente extranjero
           de la Real Academia de la Historia.

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II. Antigüedades prehistóricas del partido de Molina de Aragón

     Hallándome por temporada los meses del estío de este presente año de 1882 en la ciudad de Molina de Aragón, provincia de Guadalajara, fuí noticioso que en el pueblo de El Pedregal, uno del partido judicial de la referida ciudad de Molina, situado en la margen izquierda de la carretera que conduce á Teruel, como á unos 25 á 30 kilómetros al oriente de la cabeza del juzgado, habían sido descubiertos algunos objetos antiguos, y que aún se abrigaban fundadas esperanzas de que pudiesen aparecer más. La singular predilección que desde mi juventud he sentido por todo género de antigüedades, por lo que nos enseña respecto del modo de ser, vida íntima, usos y costumbres de nuestros mayores, me hizo concebir el designio de pasar á aquella población, tan luégo como ocupaciones del momento me lo permitiesen, y averiguar personalmente lo que hubiere de verdad en este asunto. Por fortuna mía, cuando más vivamente acariciaba este para mí lisongero proyecto, merecí una honrosa visita del Sr. D. Ramón Malo, celoso cura propio de El Pedregal, quien, al certificarme de la realidad del hallazgo de objetos antiguos en el territorio y jurisdicción de su pueblo, me hizo el obsequio y presentación de tres acicates, al parecer moriscos, de una saeta de hierro y de una especie de dedal de bronce, hallados en el sitio denominado El Hostal de Mañas; contiguo á una espaciosa llanura, á la izquierda de la mencionada carretera á Teruel, distante como unos dos kilómetros, poco más ó menos, antes de llegar á la población.

     También me insinuó el expresado Sr. D. Ramón Malo la noticia de que en otro sitio, dentro del término del lugar llamado La Jaquesa, situado á la derecha de la expresada carretera, confinando con la línea divisoria de Aragón, fué descubierta por un labrador en el año pasado una lápida de figura irregular, en la [155] cual se notaban clara y distintamente esculpidos ciertos caracteres, que por extraños no pudieron ser leidos, razón por la cual se abandonó en el mismo sitio. Esta noticia, más fuertemente aguzando mi curiosidad, fué motivo de que en 27 de Agosto, aunque no del todo desocupado de negocios, apresurase mi deseado viaje al mencionado pueblo de El Pedregal.

     Grandemente preocupado con la idea del hallazgo de la citada lápida, mi primer cuidado en llegando á la población fué el ponerme en relación con el dueño de la heredad en que apareció la piedra, quien con la mejor voluntad desde luégo se me ofreció, no sólo á indicarme el sitio donde debía hallarse, sino que también á no poner la más pequeña dificultad ni el menor obstáculo á las excavaciones que fueran precisas para encontrarla; y efectivamente, con poco trabajo se ofreció el objeto apetecido.

     Excuso hacer la descripción de su figura ni la de los caracteres, puesto que el mismo original acompaña á este escrito, juntamente con otro fragmento de piedra que conserva también indicios de inscripción, hallado allí mismo, todo sobre un sepulcro, que además de los restos deshechos de un cadáver contenía dos pequeñas esferas, una como de vidrio y otra de metal.

     Otro resultado igualmente notable, si bien en mi humilde juicio más sorprendente, se ofreció á la vista, con ocasión del descubrimiento de este sepulcro, puesto que continuando la excavación á la profundidad de unos 70 centímetros, poco más ó menos, apareció un grande enterramiento, cuyas osamentas, por su fragilidad y poca consistencia, en un sitio seco por su elevación respecto del valle inmediato, parecían acusar mucha antigüedad. Los cadáveres, por lo general, yacían con la cabeza mirando al Oriente, los brazos extendidos en toda la longitud pegados á los costados, rodeados de unas pequeñas losas; entro las cuales y los huesos de los esqueletos aparecieron gran porción de clavos, que parecían indicar haber estado como hundidos en las partes blandas y carnosas del sepultado, por cuanto algunos, redoblados por ambas partes en figura de asa, fueron extraidos de la parte que correspondía o pudiera corresponder al vientre, otros hacia las orejas y cuello; y lo más singular y pasmoso de todo es que en este enterramiento pavoroso aparecen en su mayor parte los cráneos [156] penetrados perpendicularmente por un más largo clavo que, vivo ó muerto el allí sepultado, debió atravesarle toda la masa cerebral.

     Sin duda que estos cadáveres debieron ser sepultados con sus ropas, vestiduras y adornos usuales, puesto que sobre uno de ellos se hallaron las dos lindas hebillas mayores que se acompañan y un anillo, todo de metal, en buen estado de conservación y algunos con dibujos de relieve que parecen indicar gusto de una sociedad bastante adelantada. Otras dos anillas también aparecieron en otra sepultura, pero que por su mayor delicadeza no pudieron resistir la acción del tiempo, y se deshicieron al intentar extraerlas de las falanjes que algún día adornaron.

     En otra sepultura de reducidas proporciones fueron halladas dos vasijas de arcilla de figuras distintas: una de ancha base el y cuello prolongado en toda su integridad; la otra se fracturó en menudos pedazos al extraerla. Debía afectar figura más abierta y ancha.

     En medio de este vasto cementerio, del cual sólo una pequeña parte me fué dado reconocer, llamó mi atención una singular sepultura de mayores dimensiones que las demás, en la cual se notaron mezclados y confundidos osamentas de dos ó tres ó más cadáveres completamente dislocados y en informe aglomeración. Sus cráneos, en número de tres, se hallaron boca abajo y con su correspondiente clavo cada uno, como los descubiertos anteriormente, pero separados de los troncos unos 50 ó más centímetros, como si esto quisiera indicar si tal vez estos esqueletos hubieran sido arrojados á una fosa común después de trasportados de otra parte, así como sucede hoy en los huesarios de nuestros cementerios y antes en nuestras iglesias.

     No pudiendo disponer de más tiempo, porque obligaciones imprescindibles me llamaban á otro lado, y en la persuasión de que los hechos consignados, juntos con los efectos recogidos, que con la debida separación tengo la honra de presentar á la Real Academia, pudieran ser suficientes para que la sabiduría de sus individuos tal vez halle la explicación de las raras costumbres, no solo de los antiguos habitantes de este fértil valle sobre el que descansa la descrita necrópolis, mas también los de una [157] vasta circunscripción, suspendí las excavaciones. Retiréme del fúnebre asilo de la muerte al anochecer de ardoroso día, pensativo y un tanto exaltada la imaginación con la lúgubre aparición de tantos cadáveres, sin acertar á explicarme si fueron inmolados por bárbara é inexorable ley, ó por la fiera venganza de algún implacable vencedor, ó tal vez en holocausto voluntario ó forzoso en las pomposas exequias de algún valeroso caudillo.

     Paréceme que los mencionados enterramientos, llevados á cabo en la forma rarísima que queda consignada, no deben tenerse como un hecho aislado y casual en aquella localidad, sino más bien como una práctica, como prescripción constante de una ley, costumbre ó ceremonia religiosa, observada en una muy extensa y dilatada comarca y vasto territorio, habitado por gente de un origen común, de unos mismos habitantes y de unos mismos hábitos y de unas mismas creencias.

     He calificado antes de raros estos enterramientos, concretándome á los de El Pedregal, y así es la verdad, pero no pueden tenerse por únicos.

     Las escasas noticias que he podido descubrir durante los muchos años que vengo preocupado con la idea de otros semejantes, de que después haré mención, me inducen á creer que ellos, con las horripilantes circunstancias que revisten, han debido ser en lo antiguo de uso general, si no en toda la Península Ibérica, cuando ménos en el territorio que actualmente ocupa Castilla la Nueva.

     Las eruditas Memorias de ese ilustre Cuerpo, al folio 225 del tomo III, ya nos guardan la noticia del hallazgo de 10 cadáveres, cuyos cráneos, perforados cada uno por un gran clavo, fueron descubiertos en el último tercio del siglo pasado en la Mancha Alta, con otra porción de objetos antiguos, por los señores hermanos Zamora al abrir los cimientos para ciertos edificios. También el diligente historiador de Osma, Sr. Loperraez, nos refiere el hallazgo de otro sepulcro que contenía un esqueleto con todo el cráneo empedrado de clavos, según su expresión, del tamaño de tachuelas. Todavía recuerda la ciudad de Sigüenza, no sin cierta especie de terror, el descubrimiento en el año 1826 de un cementerio con ocasión de hacer una era el padre del que estas [158] líneas escribe, los cuales esqueletos en gran número y cada uno en sepulcro separado, y alguno de ellos empezado en tierra y continuado en piedra arenisca, aparecían no solamente con el cráneo empedrado de pequeños clavos como el referido por el Sr. Loperraez, sino lo que es más de admirar, penetrados de ellos y en toda su longitud las tibias, fémures y huesos de ambos brazos, siendo de notar que el sitio del singular enterramiento, conocido con el nombre de Cuesta del Huesario, lo fué ya en el año de 1519 con poca variación material con el de Honsario. Por último, según noticias que acabo de recibir de un sacerdote de la villa de Medinaceli, en el término de ella llamado Ven-Alcalde han sido descubiertos muy recientemente porción considerable de sepulturas, cuyos cadáveres todos han aparecido con sus respectivos cráneos atravesados por sendas escarpias, introducidas, no perpendicularmente como en los cadáveres de El Pedregal y alguno de Sigüenza, sino en dirección horizontal, es decir, de la frente una y las dos restantes desde los huesos temporales hacia el interior del cerebro.

     Razones son estas que, en mi humilde juicio, persuaden que nuestra España ha pasado por una época en la cual debió estar bastante extendida y generalizada la práctica que en materia de enterramientos queda manifestada, sin que ni la historia ni la tradición nos hayan dejado rastro alguno ni la menor luz para poder vislumbrar el origen de tan rara como repugnante costumbre.

     No obstante, en medio de las no pequeñas dificultades que parece llevar consigo el esclarecimiento de los referidos hechos, si fuera cierto el dicho de un venerable y muy calificado sacerdote que yo traté y ya dejó de existir, de haber visto algún antiguo, documento en el cual haciendo memoria del sitio de Sigüenza, en que fueron descubiertos los enterramientos antes citados, se le daba la denominación de Osario de los Judíos, tendríamos no poco adelantado en la investigación de estos oscuros misterios; y si al propio tiempo pudiera justificarse el informe que nos suministró otra persona fidedigna de que en el reino de Aragón todavía es frecuente entre el pueblo la imprecación de clavado te veas como judío, también esto pudiera excitar la sospecha de si entre [159] aquella raza hubiese existido en lo antiguo alguna práctica pública ó secreta de aquella manera de sepultar ciertos cadáveres, en la época en que vivía entre nosotros tolerada y se le permitía gobernarse por su legislación particular.

     Como quiera que ello sea, deseoso yo de contribuir con mi granito de arena al levantamiento de la grandiosa obra de la reconstrucción de nuestra historia patria, confiado tan dignamente á la sabiduría de esta ilustre Academia, me permito darla cuenta de los descubrimientos que quedan consignados.

     Madrid 4 de Noviembre de 1882.

                                                                                               ROMÁN ANDRÉS DE LA PASTORA,
                                                             Presbitero,
                               Correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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III. Expedición científica y artística á la Sierra de Francia, provincia de Salamanca, en el mes de Julio de 1857.

Parte arqueológica

     Aprovechando la ocasión de salir los catedráticos de Historia Natural y Física experimental de esta Universidad, para una expedición científica á la Sierra de Francia, el que suscribe, catedrático de Jurisprudencia de esta Universidad y secretario de la Comisión de monumentos de esta provincia, tuvo la satisfacción de unirse á sus comprofesores, para hacer por su parte observaciones arqueológicas en algunos de los pueblos que la expedición debía recorrer.

     Al efecto salimos de Salamanca en la tarde del día 7 de Julio, para pernoctar en Villalba de los Llanos. El objeto de visitar este pueblo era para averiguar el paradero de los restos mortales de [160] célebre D.ª María de Monrroy (a) la Brava Salmantina, la que vengó el asesinato de sus hijos cortando la cabeza á los jóvenes de la familia de Manzano, que los había asesinado y viniendo desde Portugal con ellas puestas en la punta de dos picas, á depositarlas sobre el sepulcro de sus hijos en la parroquia de Santo Tomé de los Caballeros, que actualmente se está demoliendo por amenazar inminente ruina. Esta venganza dió ocasión á los sangrientos bandos que inundaron de sangre las calles de Salamanca á mediados del siglo XV, hasta que logró calmar á los contendientes el célebre San Juan de Sahagun, llamado por este motivo el Apóstol de Salamanca.

     La tradición vulgar aseguraba que el sepulcro de dicha señora se hallaba también en la misma parroquia de Santo Tomé, cerca del de sus malogrados hijos, y aun designaba como tal uno de los sepulcros próximos á desaparecer. Con este motivo el secretario de la Comisión de monumentos que suscribe y los apoderados de las casas de Abrantes, Gor y la Roca, emparentados con dicha señora, procedieron á reconocer el sepulcro previa la autorización del ordinario y á presencia del señor cura párroco. Dudábase que pudiera estar el sepulcro de D. María la Brava en la parroquia de Santo Tomé, á pesar de lo que la tradición aseguraba, por constar en el archivo del Excmo. Sr. Duque de Abrantes, que aquella señora se hallaba enterrada en Villalba de los Llanos, según había mandado en vida.

     El sepulcro estaba en un arco cerrado de la parroquia de Santo Tomé: caído el tabique se halló una hermosa figura yacente de mujer con un elegante traje del tiempo de D. Juan II, plegado con mucha gracia y hasta coquetería. El tocado de la figura es digno de estudio, y la Comisión de monumentos ha reclamado por este motivo la dicha figura yacente para su museo.

     El esqueleto de la señora enterrada en la urna de piedra, tenía aún adherida al cráneo una redecilla igual á la que tenía la figura yacente. Mas al momento se conoció que aquel esqueleto no podía ser el de D.ª María la Brava, sino de persona mucho más jóven. Así lo certificó en el acto el Sr. D. Andrés La Orden, decano de la facultad de medicina de la Universidad, que se halló presente al reconocimiento, asegurando, que la edad de aquella [161] persona cuyos fueron los restos debía de ser de unos 24 años al tiempo de morir.

     La siguiente inscripción hecha en la iglesia de Villalba de los Llanos pone ya fuera de toda duda que el entierro de D.ª María la Brava se verificó en este pueblo y no en la parroquia de Santo Tomé de Salamanca. En el centro de la capilla mayor y al pié de las gradas para subir al pequeño presbiterio, hay una lápida de unas cinco cuartas de largo por tres de ancho en cuyo centro se ven las armas de los Enriquez de Sevilla, que consisten en un escudo acuartelado, con dos castillos y dos cruces negras y alrededor esta leyenda:

     AQUÍ YACE D. ENRIQUE ENRIQUEZ VIZNIETO DEL YNFANTE DON ENRIQUE QUE DIOS PERDONE Y DE D.ª MARÍA DE MONROY LA BRAVA, FUNDADORES DEL MAYORAZGO DE VILLALBA Y DE ESTA SANTA CAPILLA.

     La redacción de esta inscripción es muy defectuosa, pero se ha copiado tal cual se puede leer. Debía decir: este es el sepulcro de, etc.

     Sin duda gastada la primera lápida del siglo XV, se repuso ésta en el XVII, de cuya época parecen las letras y abreviaturas, las cuales están ya muy gastadas y especialmente por la parte donde están las letras relativas á D.ª María la Brava.

     El palacio que allí había, y en que habitaría aquella señora, fué destruido por los franceses y sólo se ha podido rehabilitar una pequeña parte que nada ofrece de notable.

     Las armas de los Enriquez de Sevilla, muy comunes en Salamanca, son escudo acuartelado con dos castillos de oro aclarados de azul en campo de gules (rojo) y dos cruces de sable (negro) en campo de oro.



Tamames

     De Villalba de los Llanos á Tamames el terreno es quebrado y ofrece una serie continua de montes y valles con cierta uniformidad. De esta manera se hallan los pueblos de Carrascal del Obispo, Sanchon de la Sagrada y Carrascalejo. No así Tamames, villa grande é importante situada á la cabeza de un hermoso y ancho valle por el que se dilata la vista con mucho gusto cansada [162] de la monotonía y estrechez de los anteriores montes y vallecitos. Su anchura es como de media legua y la vista alcanza á descubrir una longitud de unas dos leguas, hasta más allá de Tejada, pueblo situado al otro extremo de aquel hermoso valle, en el que se echa de menos el arbolado, cuya falta es casi general en toda la provincia de Salamanca.

     Por lo demás la villa de Tamames poco ofrece de notable para el artista. La iglesia, que no se pudo visitar, parece en su exterior espaciosa y sólida y tiene un ábside elíptico, sostenido por sólidos contrafuertes, como casi todos los de las iglesias grandes de la provincia.

     Tamames es célebre en nuestra historia contemporánea por la batalla que allí perdieron los franceses. Todavía se enseña el anchuroso anfiteatro donde tuvo lugar aquella sangrienta escena, en Octubre de 1809, cruzándose por cada parte más de 12.000 hombres de todas armas.

     A la salida misma de Tamames y cruzando el campo de batalla se principia á cubrir la pendiente para trasponer la sierra á que da nombre el mismo pueblo. Arranca ésta de la de Béjar, de E. á O., y tiene nueve leguas de extensión á contar desde San Estéban á San Muñoz, que está dos leguas al O. de Tamames.

     Traspuesta aquella pequeña sierra se cruza un hermoso valle en que está el pueblo de Aldeanueva, por donde atraviesa un caudaloso arroyo, sobre el que se ha construido en estos últimos años un lindo puentecillo.



Monasterio de Zarzoso

     A la falda de un monte poblado de espesos robles se halla el convento de monjas del Zarzoso, que en otro tiempo fué villa del señorío de la Abadesa y ahora es despoblado. Ignórase el origen del monasterio, pero debe ser del siglo XIV al XV, pues en 28 de Mayo de 1455 el mariscal D. Gómez de Benavides, hizo al monasterio de Nuestra Señora de Portaceli del Zarzoso, una donación muy pingüe cuyo trasumpto nos enseñó el capellán.

     La iglesia es gótica, muy linda y digna de ser conservada con todo esmero: tiene 26 piés de latitud por 24 de longitud. Es parecida [163] á la de Santa Ursula de Salamanca. El presbiterio es espacioso y tiene cuatro capillas adornadas de una preciosa greca muy bien conservada. Estas capillas tienen sus agujas y remates de alcachofa por el estilo de las de la Catedral, Santa Ursula y San Adrian, por las que se viene en conocimiento de la época de construcción de la iglesia, á principio del siglo XVI.

     El altar mayor es todo de mármoles y de gusto greco-romano pero no de los más recargados, y en cualquiera otra iglesia estaría muy bien. En el centro se ve una escultura bastante regular de Nuestra Señora de la Asuncion.

     El edificio es espacioso y bien conservado, sólido y simétrico; es muy á propósito para la contemplación, por su situación y alejamiento del mundo. Las once religiosas que allí hay, viven muy unidas, contentas y gozan de reputación de austeridad y de recogimiento.

     Hácia el ario de 1830 sufrieron un robo por rumores de que los frailes habían hecho enterrar varias cargas de dinero en la bodega del convento. Los ladrones no hallaron dinero alguno después de cavar en muchos parajes, y aun lo que llevaron del convento fué muy poco.



La Alberca

     Desde el Zarzoso á la Alberca se cruza un valle frondoso y pintoresco, que quizás sea el más ameno que hay en la árida provincia de Salamanca. Contrasta esta vegetación vigorosa con la enana y raquítica de los valles que se cruzan desde Salamanca hasta el pié de la Sierra de Francia, término oriental de la provincia.

     Hállanse arroyos de cristalinas aguas, que bajan de las inmediatas sierras y amenizan el valle por do quiera. El principal es el Yeltes, que pasa por bajo del Zarzoso y al cual vierten otros varios que cruzan el bosque del Cavaco.

     Siguiendo por la falda septentrional de la Peña de Francia, se halla el pueblo llamado el Cavaco, de donde toma aquel su nombre. Más al poniente y casi frente al Zarzoso estaba el otro convento en que habitaban los frailes de la Peña de Francia, durante [164] el invierno, y al lado opuesto el lugar llamado el Caserito, que fué arruinado por los franceses, y que está al pié mismo del cerro de la Peña de Francia.

     Entrase luego en un terreno fragoso para subir al pueblo de la Alberca. Antes de llegar á éste, se atraviesa el río Francia que corre por un barranco hondo y escarpado y en el que hay un sólido puente.

     La posición de la Alberca, aunque agreste, es sumamente pintoresca, rodeada por todas partes de altos y frondosos nogales, manzanos y castaños, que por desgracia están padeciendo de algunos años á esta parte una enfermedad desconocida que los va destruyendo lentamente, privando de amenidad al paisaje y de su principal riqueza al pueblo, que á principios de este siglo era sumamente rico.

     Tenía entonces este pueblo sujetos muy ilustres que honrábanle en la catedral y Universidad de Salamanca. En lo espiritual pertenece la Alberca al obispado de Coria. Es probable que en la nueva demarcación eclesiástica desaparezca esta deformidad y se agregue la Alberca al obispado de Salamanca, al que por su topografía corresponde, estando á la parte septentrional de la Sierra de Francia, quc es el límite natural de los dos obispados de Coria y Salamanca, como también de las provincias de Castilla la Vieja y Extremadura.

     El pueblo está situado al pié de dos altos cerros que lo circundan por Oriente y Mediodía. El primero es el puerto por donde se pasa á las Batuecas y Extremadura. El otro se reconoce por una gran mole redonda de granito que se distingue desde Salamanca. La iglesia y los principales edificios son de aquella piedra. Algunas casas están construidas sobre grandes masas de granito, lo cual le da cierto aire de construcciones ciclópeas.

 

 Iglesia de la Alberca

     La iglesia es sencilla y espaciosa, toda de piedra, de tres naves y el conjunto que ofrece es agradable.

     Hay en ella muchas cosas notables, tal como el Santísimo Cristo del Sudor, el cual se dice que sudó sangre el 1.º de Setiembre de [165] 1655, entre tres y cinco de la tarde y al día siguiente por la mañana, de lo cual hay testimonio auténtico en la catedral de Coria, donde se conservan unos corporales teñidos en sangre.

     La capilla de los Dolores es bastante espaciosa y linda, y fué construida á expensas del presbítero D. Antonio Gonzalez Pavón, sujeto muy caritativo y que á pesar de haber estado en Indias, de donde vino muy rico, dió todo á la iglesia y á los pobres; en términos que cuando murió no tenía ni aun cama, pues quiso como Santo Tomás de Villanueva, dar en vida hasta el último maravedí y la cama en que murió. Hay todavía sujetos en la Alberca que alcanzaron á conocerle.

     Las alhajas que ha podido conservar la iglesia son bastante curiosas, á pesar de que les quitaron 45 libras de plata: hay un cáliz gótico del siglo XVI muy lindo y también lo es el pié de la cruz parroquial.



El pendón de las mujeres

     De resultas de las guerras de Portugal en 1475, atacaron á la Alberca de rebato 500 portugueses. Las mujeres de la Alberca tomaron parte en aquel rebato con tanto denuedo, que saliendo contra los invasores les quitaron el pendón que llevaban, y que en memoria de aquel hecho se guarda todavía en la sacristía de la iglesia.

     Es de antiguo damasco carmesí de 44 pulgadas de ancho y 58 de largo. El asta tiene 143 pulgadas de largo hasta el borlón, y desde éste al remate de la pica 17 ½; el hierro tiene 6 ½ pulgadas de alto por 2 ½ de ancho en su base.

     Este pendón (82) se saca procesionalmente el día segundo de Pascua de Resurrección hasta las eras en donde la justicia hace algún corto agasajo á los concurrentes. [166]



Armas y medidas

     También se guardan en el archivo de la Alberca las antiguas medidas para áridos, y unos chuzos ó venablos, que dicen se custodiaban allí para armarse los vecinos cuando necesitaban salir á caza de fieras. Hé aquí las dimensiones de unos y otros.

     La saeta es de forma piramidal y construida de acero templado. Lleva dos aletas de chapa de hierro templado. El asta está pintada de un color oscuro.

     Las medidas son tres y servían de tipo para aforar las que se construían en el pueblo para medir áridos. La mayor tiene una capacidad de 2,66 litros, siendo, por tanto, superior al medio celemín de Castilla.

     La segunda tiene una capacidad de 2,14 litros, siendo, por tanto, menor que el medio celemín de Castilla.

     La tercera tiene de cabida 1,15 litros, exactamente igual á la del cuartillo de Castilla. Las tres medidas son de madera.



El gabán de D. Juan II

     Habiendo venido D. Juan II á la Alberca el año de 1455, compadecido de la pobreza de la iglesia y del mal estado de las ropas, dejó su propio gabán, para que se hiciera alguna vestidura sagrada. Hízose con él una casulla y antes solamente se decía misa con ella en la Noche Buena para la llamada del Gallo.

     La casulla es de raso carmesí bordado de oro con grandes cuadros y está aún bastante bien conservada en la sacristía de la iglesia.



Archivo de la Alberca

     En el presbiterio mismo de la iglesia al lado de la epístola está el archivo de la villa, que se abre con muchas formalidades, después de reunir las tres llaves.

     Consérvanse en él varios privilegios y pergaminos antiguos. Por ellos se viene en conocimiento de que este pueblo era del señorío de la casa de Alba dependiente de la jurisdicción de la [167] villa de Granada; que ahora habiendo venido á menos se llama Granadilla y está al otro lado de la sierra de Extremadura.      Los privilegios más notables son los siguientes:

     Uno original del rey D. Pedro el Cruel, dado en la Era 1393 (año 1355), estando en el Real sobre Toro, confirmando dos cédulas del infante D. Juan, señor de la villa de Granada, dadas la una en el Zarzoso á 25 de Marzo de la Era 1390, y la otra en Montemayor en 29 de Marzo de la Era 1391.

     En la primera se concede á este lugar de la Alberca por el colodrazgo, vueltas de las armas y demás rentas y pechos, que no se apremie á ninguno de la Alberca por vecino de Granada sin ser oído en juicio; que si alguno de este lugar quisiere hacer treguas en él, se lo reciban los jurados ante su notario, y sino quisiere hacerlas, los jurados le prendan hasta que las hagan, y no le suelten, ni lleven tampoco preso á Granada. Si algún vecino de Granada demandase á otro de la Alberca hasta 70 maravedís, si este no quisiese responder en la villa, pueda litigar ante los jurados de la Alberca. Que los alcaldes de Granada, cuando vengan á este lugar, coman por cuenta de ellos, y los fieles de esta villa prendan y quiten las medidas que no estuvieren selladas por su concejo.

     En la segunda manda que en los repartimientos que se hicieren en Granada asistan dos personas de este lugar y que la cobranza la hagan los regidores de la Alberca.

     Por estas cédulas se ve que la jurisdicción de Granada era bastante pesada y por tanto los de la Alberca habiendo adquirido alguna importancia y aprovechando la buena proporción de las guerras civiles, que suele ser la mejor coyuntura para obtener gracias, trataron de irse eximiendo poco á poco de aquella gravosa sujeción.

     Otra de D. Fernando de Aragón estando en su Real sobre Balaguer á 9 de Setiembre de 1413, mandando que sus 60 monteros de los pueblos de Salvatierra, Granada, Galisteo, Montemayor y Miranda del Castañar, fuesen libres de pechos en Granada y en su tierra. Todos estos pueblos eran las villas más importantes que entonces había en la Sierra de Francia y sus inmediaciones.

     Algunos de estos privilegios ya están publicados en una curiosa [168] obrita titulada Verdadera relación y manifiesto apologético de la antigüedud de las Batuecas y su descubrimiento, por el bachiller D. Tomás Gonzalez de Manuel, presbítero del lugar de la Alberca, dedicado al duque de Alba en 1693.

     En el archivo se guarda un ejemplar de la obra, y también lo hay en la biblioteca de la Universidad de Salamanca. Hay además otra edición más moderna y correcta en un tomo en 8.º que nos enseñaron en la Alberca; mas por desgracia estaba muy deteriorado y le faltaba la portada.

 

 Las Batuecas

     Para ir á las Batuecas desde la Alberca, á cuyo término pertenecen, se necesita subir una alta y enriscada sierra, que cierra el horizonte de la provincia de Salamanca por aquella parte; y es también el lindero natural de las provincias de Castilla y Extremadura. Al llegar al encumbrado sitio llamado el Portillo, se descubre un paisaje montuoso y agreste de escasa vegetación. Una multitud de montañas agrupadas unas en pos de otras y asomando sus peladas cimas, en todo lo que se alcanza á ver, y en la parte inferior un estrecho valle que muy poco promete.

     Hasta haber llegado á la mitad de la montaña no se descubre el empizarrado techo de la iglesia: allí el espectáculo cambia de repente, presentándose en el fondo del valle que se domina á vista de pájaro, una vegetación lozana y vigorosa, pero á la par sombría y agreste. Mas para llegar hasta allí hay que dar 23 vueltas y revueltas por el costado de la montaña, no sin peligro por algunos parajes.

     Veamos rápidamente lo que fueron las Batuecas, lo que eran y lo que son.

     A fines del siglo XVI era el desierto de las Batuecas una dehesa, cruzada por dos arroyos y poblada de jarales, encinas, enebros y otros árboles silvestres. Los vecinos de la Alberca llevaban allí sus ganados en invierno; pues en el fondo del valle rara vez llega á cuajar la nieve á pesar de la mucha que suele haber en los montes inmediatos. Puede formarse idea de lo que eran las Batuecas antes del siglo XVII, por lo que es ahora aquel sitio fuera [169] de la cerca del convento. La dehesa tenía una legua escasa de longitud y un cuarto de legua en su mayor anchura, si bien por algunos parajes, juntándose demasiado los cerros que forman el valle, dejan apenas un estrecho tránsito á las aguas: tal sucede por detrás del monasterio, en donde los cerros están tan juntos, que parecen terminar allí completamente el valle.

     Los padres Carmelitas descalzos se hallaban por aquel tiempo á los principios de su reforma. Prendados de lo solitario y agreste de aquel sitio, retirado de todo comercio humano, y á propósito para la contemplación, se decidieron á fundar allí un monasterio de los que solían tener para su retiro, como era en Castilla la Nueva el desierto de Balargue á las inmediaciones de Pastrana. En ellos procuraban los religiosos del Carmen vivir, no como cenobitas, sino como anacoretas, en continua contemplación y silencio, sin trato alguno exterior, ni aun de predicación y confesonario, como tenían en los conventos.

     Negábanse los vecinos de la Alberca á vender la dehesa, que les era muy útil en invierno, pero atentos á la indicación del duque de Alba, señor del pueblo y cuya casa siempre fué muy afecta á Santa Teresa, hubieron de vender una parte de ella.

     Los tasadores del pueblo fueron á designar el sitio por orden del Concejo. Habiase instalado allí un religioso en una ermita donde dijo misa. Tasaron en 800 ducados el sitio acotado, precio muy inferior al de su valor real, y eso que alguno de los tasadores tenía que desalojar de allí su ganado. Reconvenidos por ello, no supieron decir sino que después de oír misa no se habían sentido con fuerzas para pedir más.

     Por aquel mismo tiempo la fábula vino á dar más interés al sitio de las Batuecas. Suponíase que este valle se acababa de descubrir; ni más ni menos que Colón había descubierto el Nuevo Mundo; que el valle estaba todavía poblado de Alarbes, Sin vestigio alguno de religión cristiana, más que algunas cruces toscas y contrahechas. Principióse á hablar de las Batuecas como de un país imaginario y desconocido, y se hizo proverbio en España para llamar á un hombre distraído, el decir, está pensando en Babia ó está pensando en las Batuecas. Las Batuecas, pues, quedaban igualadas con los países de Babia y Jauja. Esta patraña [170] pasó tan adelante, que el maestro Alonso Sanchez en un libro latino impreso en Alcalá en 1632 y titulado de rebus Hispaniae (libro 7 cap. 5.º de Batuecis al folio 368), incurrió en la torpeza de apadrinar esta fábula, dándolo cierto colorido romántico. Un paje del duque de Alba se fugó (según se refiere) del castillo de Alba de Tormes con una jóven doncella, de quien andaba enamorado. Temiendo la ira del duque, y que sus escuderos fueran á su alcance, anduvieron ocultos por los montes hasta que al cabo de dos tres días llegaron á un valle sumamente agreste é inaccesible, donde se hubieran fijado sin temor alguno. Mas por desgracia encontraron allí unos hombres bravíos y feroces, que andaban sin aliño alguno, hablaban un idioma desconocido y parecían indios bravos. Asustados con aquel descubrimiento, habían avisado á los pueblos inmediatos, que por lo visto liada sabían, y reuniéndose alguna gente de ellos y los escuderos del duque de Alba, penetraron en aquellas sierras y exterminaron aquellos idólatras.

     Mas no debieron exterminarlos por completo, pues el P. Nieremberg refería que dos colegiales de Alcalá que se habían atrevido á penetrar hasta allá (largo viaje era, si lo echaron desde Alcalá), habían tenido que huir á uña de caballo de los Alarbes que poblaban aquellos valles. A la verdad, el terreno es á propósito para correr caballos.

     Sobre estos fundamentos vinieron los autores dramáticos á propagar más aquella vulgaridad. El Dr. Juan Perez de Montalbán compuso una comedia titulada Nuevo mundo en España: también Lope de Vega manoseó este asunto, y últimamente don Juan Eugenio Hartzenbusch tuvo la ocurrencia de escribir una comedia de magia titulada Las Batuecas, hará como cosa de unos 15 años.

     El P. Feijóo escribió también sobre la fábula de las Batuecas, combatiéndola como una preocupación ridícula, que aún duraba en su tiempo. Antes lo había hecho ya el citado bachiller don Tomás González de Manuel, cuya apología de las Batuecas tiene por objeto desmentir aquellos dislates, que tuvieron su origen a principios del siglo XVII, época en que inundó á España un diluvio de mentiras, ridículas patrañas, falsos cronicones, plomos [171] apostólicos, reliquias apócrifas, revoluciones fingidas, milagros tontos; santas que parecían caballeros andantes, que hacían más milagros que las santas. Pero la mentira siempre es hija de algo. Es indudable que la sencillez de los pobres jurdanos, su atraso, incultura, rusticidad, la miseria con que aún en el día viven y su escaso trato de gentes, timidez y encogimiento, dieron lugar que se los considerase como una especie de salvajes. No sería extraño que si alguno oyó calificar en tono de broma á los vecinos de las Jurdes llamándoles indios bravos, tomase la burla por realidad en un siglo de tanto embuste y tan poco criterio. Lo extraño es que fuera á nacer precisamente cuando en las Batuecas se acababa de establecer un instituto de tanta nombradía en España como el de religiosos carmelitas descalzos, y cuando algunos de los sabios que aquel instituto tuvo siempre, solían pasar allá desde Salamanca á retirarse por algún tiempo para la contemplación y ejercicios espirituales.

     Veamos, pues, lo que era aquel desierto antes de la exclaustracion de sus ascéticos pobladores.



Desierto de las Batuecas

     En el convento de las Batuecas se daba franca hospitalidad durante el día á los que llamaban á la puerta del convento. Cerrado éste por una alta cerca, solamente se entraba por el lado que mira al Norte. Un hermoso y cristalino arroyo que sale por junto á la puerta del monasterio y el puente que se atraviesa para entrar en él, dan cierto aire de fortaleza á este recinto religioso adonde llega anhelante el viajero, que por espacio de media hora ha estado girando por los costados de la montaña pedregosa, sin ver más que el agudo techo de la iglesia y su blanco campanario descollando entre los cedros, cipreses y otros árboles frondosos.

     Un ancho zaguán, ó portal, permitía esperar al viajero al abrigo de la intemperie, ínterin que llegaba el lego avisado por la campana. Hasta en esto creía el viajero hallarse trasportado á los antiguos tiempos al llegar á una fortaleza.

     Abierta la puerta por el silencioso lego é interrogados los viajeros [172] acerca de su venida al desierto, eran conducidos á la hospedería. Si querían confesarse, ó hacer ejercicios, se les designaba director espiritual.

     Los religiosos de las Batuceas guardaban siempre silencio, como los cartujos: al encontrarse proferían el fatídico Morir tenemos. Una ó dos veces en semana hablaban por poco tiempo y en comunidad.

     Durante el adviento y cuaresma sé retiraban á las ermitas, y aun algunas veces entre el año.

     De trecho en trecho sobre los riscos, en las quebradas del valle y aun alrededor de la cerca se ven diseminadas ermitas. Cada una de ellas tiene su cuartito desahogado para dormitorio, un pequeño oratorio para decir misa, un corredorcito y aun una pequeña cueva para tener agua y provisiones. Uno ó más cipreses marcan desde luego el sitio de la ermita, cual si aquel árbol funerario quisiera indicar que allí había una sepultura para vivir.

     Entre todas las ermitas la principal y más contigua al convento es la de Santa Teresa, situada al par de los más altos y hermosos cedros de aquel valle, pasado un puentecillo y en un paraje sumamente fresco y ameno en verano. Allí solía situarse el prior cuando la comunidad se retiraba á las demás ermitas. Cada una de estas solía estar bajo el patronato de alguna casa ilustre que la costeaba, y la de Santa Teresa lo era de la casa de Abrantes. Esta ermita aún se halla bastante bien conservada. Las demás están en su mayor parte ruinosas ó arruinadas. Cada una de ellas tenía su campana. El tocarla á deshora indicaba que el ermitaño se hallaba enfermo ó aquejado de alguna grave necesidad, en cuyo caso pasaba un lego á visitarlo. Para decir misa ayudábanse mutuamente los de las más inmediatas. Al dar el reloj las doce de la noche el prior tocaba la campana, y lo mismo para todas las demás horas del oficio divino, y los ermitaños iban respondiendo con las suyas cada uno por su orden. El no responder con su campana indicaba que el ermitaño estaba enfermo.

     Mas no eran solamente los religiosos los que en el desierto de las Batuecas se albergaban. Nuestras discordias políticas habían llegado á profanar aquel recinto, como profanaban todo en España. [173] Principióse por enviar allí algunos clérigos díscolos y libertinos, para que en el retiro y la oración, y á vista de la austeridad de aquellos piadosos cenobitas, reformasen su conducta. Después se envió allá por vía de reclusión á varios el clérigos complicados en causas políticas, y últimamente hasta seglares. A pesar de que los carmelitas descalzos vivían en todas partes, y con pocas excepciones, alejados de la política, la disciplina que con ellos se observaba en las Batuecas con los reclusos era bastante rígida, como no podía menos de acontecer. Mas como las prácticas de penitencia y devoción son muy oportunas cuando voluntariamente se ejecutan, y rara vez se ejecutan bien cuando se hacen á a fuerza, creo que las reclusiones forzadas en las Batuecas habían poducido más hipócritas que santos.

     Con todo, no pocos solían ir allí, ero en verano, para dedicarse algún tiempo a la contemplación y al retiro.

     La amenidad y soledad del sitio convidaban á ello. Efectivamente, un hombre envuelto en negocios y agitado de continuo por el trabajo del mundo, difícilmente ve una de aquellas solitarias ermitas sin dejar de sentir vivos deseos de pasar una semana en una de ellas para reconcentrarse dentro de sí mismo por algún tiempo.

     Mas es de notar que nadie visita generalmente las Batuecas sino en verano. Pero cuando la nieve cubre por todas partes las contiguas sierras, y los árboles se hallan deshojados, y el cierzo sopla por entre las anchurosas grietas de las desguarnecidas ventanas, y la naturaleza aparece por do quiera como muerta, y el jabalí hambriento corre por dentro de la cerca, creo que ha de haber muy pocos contemplativos que deseen trepar hasta una ermita y remedar la vida de aquellos anacoretas, aun sin contar sus rezos, vigilias, ayunos y privaciones.



El convento de las Batuecas

     Aquel cúmulo de edificios toscos y sombríos ofrece mucho para el hombre religioso, no poco para el filósofo y pensador, pero absolutamente nada para el artista. Consiste todo ello en un gran paralelógramo en cuyo centro está la iglesia. Circunda por [174] la parte interior aquel vasto patio un largo pórtico sobre toscos postes construido, que sirve para comunicarse por todo el edificio y con la iglesia, a cubierto del agua y de la nieve, y para dar paso á todas las celdas y oficinas del convento. Nada de elegancia y de hermosura en el todo, ni en las partes del edificio; cruces de corcho por do quiera constituyen su único ornato. Allí es todo aún más que sencillo; pobre, cual correspondía al instituto, al sitio y al objeto.

     El único sitio que tiene algún ornato es el refectorio, y aquel consiste en los monogramas de Jesús y María, y algunos otros objetos religiosos hechos con tiras de corcho sobrepuestas en el techo de madera.

    Las celdas, iguales todas, sombrías y estrechas, no ofrecen comodidad alguna, sino un pequeño huertecito con su arroyo, pues el agua corre allí libre y abundantemente por todas partes.

     Los adornos de la naturaleza suplen allí por los del arte: preciosos cuadros de boj recortado adornan los contornos de la iglesia, delante de cuya sencilla fachada corría una fuente copiosa con varios juegos de agua.

     En la misma galería que circunda la iglesia llaman la atención cuatro capillas, correspondientes cada una á un ángulo de la iglesia. Las cuatro son exactamente iguales y simétricas; las piedras sin pulir y adornadas de conchas y mariscos por el estilo grotesco. En efecto, cada una de las capillas representa una gruta en que se ve un santo anacoreta, y á cada lado otros dos que con él tienen analogía, situados en otras dos grutas más pequeñas.

     Las cuatro capillas ó grutas estaban dedicadas á San Pablo, primer ermitaño, San Elías, San Juan Bautista y San Jerónimo. Al lado de cada gruta unos sencillos azulejos contienen dos quintillas á cada santo en versos conceptuosos y altamente gongorinos.

     Hé aquí una muestra tomada de la gruta de San Elías:

                                  Del duro suelo hace cama
Elías, por divertir
lazos que Jezabel trama;
que pues cobró buena fama,
bien puede echarse á dormir. [175]

     No se copiaron más, pues todas las veinticuatro quintillas son por el estilo.



La iglesia de las Batuecas

     El desierto de las Batuecas podía mirarse como una continua iglesia, pero el centro de aquel desierto era la iglesia del convento. Una cerca rodea las ermitas, las ermitas al convento, el convento á la galería, la galería al jardín, el jardín á la iglesia.

     Esta es sencilla, pero espaciosa, en figura de cruz latina. No tiene coro; pues como sólo era para el uso de los cenobitas, servíales de coro toda la iglesia. Las efigies que decoraban los tres altares son bastante lindas, en especial las de San José, y Virgen del Carmen.

     Detrás del altar mayor hay una espaciosa capilla llamada de los Entierros, porque allí eran enterrados los religiosos que fallecían en el convento. Tanto la iglesia como esta capilla eran sencillas y de escaso ornato, aunque no les falta cierta severa majestad en armonía con el desierto.

     Afortunadamente so hallan habilitados para el culto, y aún subsisten los altares, los cuadros y las efigies, inventariadas por la Comisión de monumentos artísticos, y que no se extrajeron á la exclaustración de los religiosos por no tenor la Comisión fondo para costear los gastos. En el día, habiendo hecho desembolsos el dueño del desierto para habilitar la iglesia al culto, sería ya inconveniente y mal visto el sacarlos de allí, aun cuando conserve la Comisión los inventarios para evitar cualquier enajenación ó extravío.

     La fachada nada ofrece de particular; y según una fecha que en ella se lee, fué restaurada á mediados del siglo pasado. Concluye con una doble espadaña ó campanario para cuatro campanas.

     Contigua á la sacristía estaba una capilla linda, pero ya en su mayor parte desmantelada, que se llamaba de la Reina, porque era de patronato real, á la manera que lo eran otras ermitas de varias casas ilustres. [176]



La ermita del Alcornoque

     Entre todas las ermitas goza de nombradía la llamada del Alcornoque. Redúcese al tronco de un árbol, dentro del cual se recogía el ermitaño. Para conservarlo se le revistió por fuera de una tapia, y por delante tiene un cobertizo forrado de corcho. Una tosca puerta cubre la entrada del tronco, al que no se puede penetrar sin agacharse, ni se puede estar con comodidad sino sentado ó de rodillas. Sobre la puerta la triste calavera con los huesos, puestos en aspa, aumenta el religioso pavor que inspira aquel penitente asilo; y si esto no bastara, una tablilla pendiente sobre la puerta dice en toscas pero en claras letras:

Morituro satis.

     Todos los viajeros se apresuran á poner su nombre en el corcho del pórtico, sin que baste la prohibición expresa del dueño actual de la finca.

     Con todo, allí no suena más que un nombre, y nombre que sin estar grabado en ninguna parte durará cuanto dure la ermita del Alcornoque, y cuanto duro quizá el monasterio de las Batuecas.

     Pocos años antes de la exclaustración vivía allí un religioso llamado el P. Acebedo, más comunmente el P. Cadete, pues lo había sido en el ejército por algún tiempo. Era además hijo de una familia noble de Asturias. Amargas decepciones y los remordimientos de juveniles extravíos le llevaron al claustro al P. Acebedo, y del claustro al desierto de las Batuecas. Su silencio era profundo, su oración continua y su sitio predilecto la ermita del Alcornoque, en donde se le veía casi de continuo de rodillas, ó echado, con la frente hundida en el polvo y cubiertos los oídos con las manos. Los que alcanzaron á conocerle hacen un retrato de él como el que hacía Santa Teresa de San Pedro Alcántara: «Era tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles; con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era preguntado.» También lo era el P. Cadete con los que acudían á confesarse con él, que solían levantarse de sus piés tan compungidos como consolados. Después de imponerle [177] al penitente una severa que lo aterrorizaba, pareciéndole imposible de cumplir, encargábale ejecutara una pequeña parte, ofreciéndole él cumplir la restante; y no era el P. Acebedo quien estas ofertas hiciera en vano.

     Su tono de voz era siempre pausado y grave; hablaba como un hombre inspirado. Una palabra suya bastó para que el P. La Calle dejase su canongía de Palencia y entrase jesuita.

     El P. Cadete, en unión de otros pocos religiosos, logró permanecer en las Batuecas por algún tiempo aún después de la exclaustración. Allí murió poco después, y allí yace en la capilla de los Entierros, detrás del altar mayor, en el número 2. Su nombre es todavía popular en la Sierra de Francia, donde siempre se oye con respeto.



Las Batuecas en su estado actual

     El arrendador del sitio presenta á los visitadores un album en que están las prescripciones á que estos deben atenerse, y en que se les suplica consignen allí sus pensamientos y observaciones.

     No pocos de los que allí iban se consideraban autorizados para cazar á su arbitrio, talarlo y destrozarlo todo, ó profanar aquel sitio con inmundas bacanales. Fué preciso se advirtiera en el albúm á estos sujetos lo que la buena educación hubiera hecho innecesario se tuviera que advertir.

     No ha faltado tampoco quien al estampar sus observaciones en el album ha prorrumpido en invectivas contra el estéril misticismo.

     Hé aquí las ideas que sobre poco más ó menos, y por lo que recuerda, estampó en el album el autor de esta Memoria:

     «Dos sitios me han impresionado fuertemente en este desierto: la ermita del Alcornoque, donde todavía parece presidir la sombra del P. Acebedo como reina allí su memoria. ¡Cuán terrible es aquel morituro satis en lo que fué su ermita! ¿Cómo hay necios que se atreven á estampar allí su nombre? ¿Quiénes son estos entes obscuros que allí han dejado sus obscuros nombres?... El otro sitio que me causó viva impresión fué el refectorio; la obscuridad que allí reina, aquella cruz junto á la entrada y la [178] otra en el testero, la calavera en el púlpito, los nichos vacíos de los libros, el artesonado de corcho, son emblemas que hablan al alma religiosa mucho más fuertemente que la momia que los egipcios paseaban alrededor de la mesa del festín. ¡Oh qué diferencia entre unos y otros símbolos, y entre sus tendencias y significaciones!

     Más de una hora pasé allí en silencioso recogimiento, y mi mente penetraba en lo pasado y evocaba los tiempos que fueron para no volver, y creí distinguir aún las sombras de los piadosos ascetas que poblaron aquellos sombríos recintos, desengañados de la vanidad del mundo y dirigiendo á Dios sus fervorosas preces. Y esta noble misión de rogar por los pecados de sus hermanos y expiar los propios, calmar la cólera divina, elevar su pensamiento á Dios, autor de todo bien, criador de la naturaleza vivificadora de estas sombrías soledades, y que algún día las reducirá á la nada, ¿se llama contemplación estéril? Consagrar el recogimiento en el otoño de la vida, manchada quizá con extravíos, ó lacerada con amargas decepciones, ¿será faltar á su misión? ¡Oh, el materialismo en todas sus partes ha de ser estúpido, avaro, egoísta, ridículo y ramplón!

     ¿Querrá negarse la verdad de la palabra de Cristo, que mandaba orar y lo enseñaba con su ejemplo retirándose él mismo al desierto por largos períodos? Quien tal hiciere no es católico, ni español, ó lo será, cuando más, espúreo y degenerado.

     ¿Qué eran estas rocas y estas breñas antes que la religión las fecundara? ¿Qué son hoy en día respecto de lo que fueron? ¿Qué serán quizá dentro de pocos años, si les falta la generosidad el dueño que aún las sostiene, pasando á manos de avaros especuladores ó de administradores negligentes? ¡Oh, tú que vienes á visitar esta agreste é imponente soledad: si eres católico, contempla; si eres protestante, admira; si eres necio, calla; si eres impío, puesto que eres dos veces necio, calla y vete luego!»



Las Jurdes

     Ya se dijo algo acerca de las Jurdes y de los jurdanos al hablar del fabuloso descubrimiento de las Batuecas. Dáse el nombre [180] de Jurdes á unas dehesas que hay en el valle mismo de las batuecas y á poca distancia de estas. El terreno es agrio y pobre en su vegetación; lo hace aún más ingrato la habitual indolencia y flojedad de sus habitantes y el gran atraso de civilización en que viven. Apenas tienen trato alguno y no pocas veces al ver un forastero huyen y se esconden en sus casas. No tienen médicos ni menestrales para los oficios más precisos de la vida; ellos se curan entre sí y á su modo con plantas cuyas virtudes conservan tradicionalmente como los salvajes. Su alimento es, más que ténue y parco, pobrísimo, pues su habitual miseria no les permite otra cosa que algunos fréjoles y patatas; pan y leche muy raras veces y éste de ínfima calidad cuando lo comen. Algunos de ellos apenas tienen idea de haber comido carne alguna vez, y ni aun suelen llevarla sus empobrecidos estómagos.

     En el invierno pasado han sufrido muy cruel hambre, muriendo muchos de miseria dentro de sus chozas, pues no merecen otro nombre las casas en que viven.

     El primer pueblo que se encuentra en el valle siguiendo el río que baja de las Batuecas se llama las Mestas y es lo más principal de las Jurdes. Tiene una iglesia bastante regular. Parte de la expedición llegó hasta allí. El catedrático de Física D. Dionisio Barreda, en la memoria que acompañó á sus observaciones barométricas é hipsométricas, recogidas en esta expedición, hace esta descripción del valle de las Jurdes y de sus habitantes.

     Extiéndese este valle en la dirección de N. á S. y siguiendo la corriente de las aguas, no lejos del arroyo de las Viñas se halla el puente primero que conduce hacia las Mestas, por el cual se pasa á la orilla derecha del río, y faldeando la vertiente oriental del valle se vuelve á pasar aquél por el puente segundo con el fin de tomar la vertiente occidental, siendo acaso el desnivel que se halle entre ambos puentes y caminando á corta distancia de las aguas que recorren el fondo del valle. Estréchase éste sobre manera en el trayecto anterior empezando á ensancharse desde el segundo puente hasta las Mestas. Para llegar hasta este punto hay que ascender bastante sobre la vertiente occidental, bajando en seguida proporcionalmente. Descúbrense desde el camino los variados accidentes del terreno y la carencia del cultivo. Algunas [180] descuidadas praderas, algunos olivos casi abandonados á sí mismos, y pocas castañas raquíticas forman su vegetación. La soledad de los áridos desiertos es la que allí reina, y hasta las aves parécenos han huido de aquellos sitios, no habiendo escuchado el menor trino ni visto pájaro alguno en todo el espacio que media desde el puente primero hasta las Mestas.

     Es el pueblo de las Mestas el primero que se encuentra en aquella dirección y pertenece ya á la provincia de Cáceres, cuyos límites con la de Salamanca se hallan en el puente segundo ya mencionado. Sus habitantes, lo mismo que los que se hallan esparcidos por aquellas montañas, son los conocidos por los Jurdanos, sobre cuya educación atrasada y sus costumbres se cuentan tantas consejas, verdaderas algunas y supuestas la mayor parte. Dedicados á la vida pastoril no se ocupan en el cultivo de la tierra, y sus ganados y colmenas forman toda su riqueza. Estas ocupaciones y las pocas necesidades que se crean y su falta de comunicación con los habitantes de los valles circunvecinos les dan un carácter tosco, rudo y semi-idiota y hasta enfermizo y degradado por su falta de higiene.

     Ocupa el pueblo una corta meseta que se eleva á la orilla derecha del río, y el poco terreno cultivado que se observa en sus contornos revela lo que pudieran ser si la mano inerte hoy de sus habitantes le trabajase como trabajan otros más ingratos, de peores condiciones y clima, los montañeses de Asturias, de Galicia, de Cataluña y Vizcaya. No será fácil que se borre tan pronto de mi memoria el triste cuadro que á las inmediaciones de la iglesia formaban en torno nuestro, aquellos famélicos habitantes andrajosos, sucios, enfermos y semi-idiotas.



La Peña de Francia

     Dase este nombre á un elevado cerro á distancia de doce leguas de Salamanca y una de Alberca.

     Su elevación es de 1.482,4 metros, según las alturas que tomó y experimentos que hizo el catedrático de Física D. Di