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    La ciencia y la técnica en el descubrimiento de América
     Julio Rey Pastor
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La ciencia y la técnica en el descubrimiento de América


Julio Rey Pastor





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Nota previa


En el descubrimiento y colonización de América hay valores esenciales, apenas considerados por los historiadores, que atentos a los aspectos militar y religioso en primer término, y a la organización política después, descuidaron los factores científico y técnico que concurrieron a tan magnos acontecimientos; los cuales, a su vez, influyeron en la evolución general de las ciencias y de sus aplicaciones.

Ciencia y técnica muy rudimentarias sin duda, desde nuestro actual punto de vista, fueron las utilizadas por los descubridores de nuevas rutas y de mundos nuevos, como parecerán rudimentarias a las venideras generaciones las hipótesis físicas que usan nuestros ingenieros para el cálculo de sus estructuras y nuestras actuales ideas sobre el cáncer. Precisamente esta dramática desproporción entre la insignificancia de los medios y la grandiosidad de los resultados hace resaltar con más impresionante relieve el valor de quienes los lograron.

Emprendamos, pues, la nada fácil tarea de historiar brevemente la contribución de la Ciencia y de la Técnica; y muy especialmente en dos órdenes de conocimiento: en la Astronomía y la Náutica, que hicieron posibles en el siglo XV, y aun desde el XIV, las arriesgadas   -10-   exploraciones de África y América; y en la técnica metalúrgica, que permitió la explotación científica de las riquezas mineras del Nuevo Mundo. Una y otra tenían larga tradición ibérica; la Metalurgia databa de la época romana y fue muy perfeccionada por los árabes españoles, sobre todo en las minas de Almadén; la navegación de altura fue posible gracias a la seria tradición astronómica de origen griego, cultivada y perfeccionada por árabes, judíos y cristianos durante la Edad Media, que culminó en las inmortales Tablas alfonsinas.

Ruptura de prejuicios y supersticiones, tránsito de la Astrología a la Astronomía y de la Alquimia a la Química, son las características de este período áureo, que traduce en hechos materiales los gérmenes espirituales del Renacimiento, una de cuyas más poderosas fuerzas propulsoras fue la epopeya escrita por los ibéricos con sus descubrimientos geográficos, que influyó decisivamente en todos los estratos de la cultura.



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Nota a la tercera edición


Modificaciones numerosas, y algunas esenciales, han sido introducidas en esta nueva edición. Una de ellas enaltece sobremanera la jerarquía científica del Almirante, por haber atribuido algunos saltos de la aguja a la estrella polar. Los observados en las noches del 13 y del 17 de septiembre en el primer viaje quedan perfectamente explicados con la expresiva frase «la estrella hace movimiento y no las agujas» y nada hay en ella de «especioso». En efecto, Colón sabía de sobra que la polar no coincide con el polo; y el movimiento durante la noche alrededor del polo, explica perfectamente los hechos observados, como demostraremos en lugar adecuado, utilizando los cálculos efectuados a nuestro ruego en el Observatorio de San Fernando, por gentileza de su sabio Director.

Dolorosa ha sido en cambio la rectificación del elogio que en la primera edición dedicábamos al gran Nebrija, a quien suele atribuirse una medición geodésica; según un documentado estudio de Vigil y Ruiz Aizpiri, esta esperanza se desvanece como tantas otras, y el rigor histórico obliga a consignarlo, rectificando una confusión de los entusiastas historiadores de la ciencia española.





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Capítulo I


Influencia del descubrimiento de América en las ideas científicas



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Influencia general en la ciencia


Hablar de la Ciencia como de algo orgánico y bien definido, a fines de la Edad Media, es sin duda prematuro. Los escasos conocimientos científicos del siglo XIII son patrimonio personal de un Leonardo de Pisa, de un Alberto Magno, de un Rogerio Bacon..., y con ellos desaparecen, sin ejercer gran influjo en la cultura de la centuria siguiente. Ciencia basada a veces en relatos dudosos y consejas fantásticas, más que en conocimiento directo y seguro de los hechos; y así, por ejemplo, no nos sorprende que el inmortal Bacon crea a pies juntillas en la existencia de un país afortunado, en el cual «los extranjeros se conservan indefinidamente en la edad que tenían al entrar en él».

Pero este monopolio de conocimientos por unos pocos selectos cesa súbitamente por la milagrosa concurrencia de los hechos históricos que produjeron el Renacimiento, y muy especialmente por los simplicísimos artilugios   -14-   de Coster y Gutenberg, y las audaces exploraciones de Oriente y Occidente.

Constante aspiración de la Ciencia es descubrir el hecho nuevo; y de pronto, gracias a los ibéricos, se nos regala el más rico caudal de hechos nuevos que pudiera soñarse. Ya no son los tiempos de Leif, el hijo de Erico el Rojo; ahora se trata de una empresa organizada muy en serio, en febril competencia, por tres naciones, y ya en el primer cuarto del siglo XVI, al arreglar cuentas España y Portugal, estaba trazado el contorno de todo un nuevo continente, desde la Tierra del Fuego hasta Labrador.

La obra entera de la creación se duplica en el siglo XV para los habitantes de Europa (como observa Humboldt) y suministra a las inteligencias nuevos y poderosos estímulos, que aceleran el progreso de las ciencias. Y llega ese magnífico presente en el momento mismo en que ya puede ser aprovechado por el despertar de las inteligencias y la eficacia de las prensas de Haarlem y Maguncia, que prestan alas al pensamiento, poniendo la cultura al alcance de todas las clases sociales, en las que pronto surgen preclaras inteligencias al servicio de una tarea común.

El beneficioso influjo que tuvo en la Ciencia la magna empresa de los Reyes Católicos comenzó el mismo día en que la diminuta escuadra zarpó del puerto de Palos. El improvisado almirante puede considerarse, en justicia, como hombre de ciencia, dentro del modesto alcance que entonces podía darse a ese término; pues era un curioso del saber, un observador   -15-   atento, a veces agudo, que desde el primer día anotó cuanto hecho físico pudo observar y buscó su explicación, no siempre atinada, como aquella su curiosa teoría sobre la diversidad de color de los indios y los negros africanos, basada en la estructura del globo, que suponía piriforme; pero frecuentemente acertada y siempre de carácter científico, en el sentido moderno, es decir, físico y no metafísico.

Hasta ese error, que tanto nos ha hecho sonreír, de asignar al globo terráqueo la forma de pera, fue un error netamente científico, basado en sus medidas forzosamente inexactas de la altura de la polar. Hoy nos parece tan natural la forma esférica, apenas atenuada, que no concebimos otra, lo que indica nuestra falta de flexibilidad mental; también un aristotélico habría conservado incólume su fe en la forma esférica, por ser ésta la figura geométrica más perfecta, sin dar crédito a los engañosos sentidos, ni a los experimentos sospechosos. Pero Colón es ya un renacentista, aunque todavía trabado por el criterio de autoridad; debe razonar sobre sus observaciones propias, debe explicar las variedades de color racial, con otros fenómenos físicos, y además de todo esto debe encontrar digna ubicación al paraíso terrenal; y entonces forja su ingeniosa cuanto absurda teoría contemporizadora.

Esa lucha patética entre el prejuicio adquirido y el juicio propio; ese afán de cohonestar los hechos observados con la autoridad de los antiguos, compromiso que se traduce en una ciencia trabada e imperfecta, es el símbolo del espíritu atormentado de los más selectos   -16-   hombres en aquel momento crucial de la historia.

El máximo acontecimiento científico en el primer viaje fue el descubrimiento de la declinación magnética, hecho que en verdad era ya conocido por algunos europeos, y además la variación de esa declinación magnética con el lugar. Aunque sólo hubiera hecho el Almirante este hallazgo científico, tendría bien ganado el puesto que ocupa en la historia de la Física, a pesar de que su explicación nada nos satisface hoy; pero lo cierto es que después del gigantesco progreso de esta disciplina seguimos sin saber por qué la aguja se orienta y por qué se desvía de su orientación. «El misterio de la aguja magnética» llama recientemente Gamow a este problema, y tal calificativo constituye un timbre de gloria para el tránsfuga inmortal, cuya agudeza no fue igualada por los otros navegantes, que, a pesar de haber llegado a latitudes extremas, no observaron en la aguja el otro fenómeno de la inclinación, que seguramente no habría escapado a la sagacidad del gran genovés1.

Su destreza en el trazado de cartas le permitió hacerlas de los mares y países descubiertos, ilustrándolas con observaciones astronómicas e hidrográficas, que lo caracterizan, no solamente como el marino más hábil y osado de aquellos tiempos -según dice Navarrete-, sino   -17-   también como un auténtico investigador científico. En capítulo ulterior procuraremos justificar esta afirmación.

La genial equivocación geográfica de Colón, que hizo posible la epopeya del 1492, y sin la cual se habría retrasado el descubrimiento quién sabe cuánto tiempo, y la terquedad con que persistió en su error hasta el fin de sus días, han dado pie a la creencia de que los descubridores y colonizadores obraron inconscientes de la trascendencia eterna de su empresa; creencia falsa en absoluto, pues los más cultos entre ellos se daban buena cuenta de que estaban actuando en un elevado plano histórico.

Pedro Mártir de Angleria, italiano radicado en España al servicio de la corte de Fernando, que siguió muy de cerca la conquista, describe en sus Cartas latinas2 «las maravillas de ese mundo nuevo, de esos antípodas del oeste, que ha descubierto un cierto genovés enviado a aquellos parajes por nuestros soberanos Fernando e Isabel».

Y agrega en una de sus cartas: «No abandonaré de buen grado a España hoy, porque estoy aquí en la fuente de las noticias que nos llegan de los países recién descubiertos, y puedo esperar, constituyéndome en historiador de tan grandes acontecimientos, que mi nombre pase a la posteridad».

Movidos aparentemente los conductores por   -18-   el interés comercial de llegar por vía breve al país de la especiería, e impulsados también los dirigidos por apetencias materiales, pero, en verdad, empujados unos y otros por esa fuerza inconsciente e irresistible que impele a los hombres egregios a desviarse de las manidas rutas de la grey, para descubrir novedades que después aprovecharán al rutinario rebaño, las tierras nuevas plantearon problemas nuevos, y a la larga engendraron nuevas disciplinas científicas.

Los movimientos de los astros ya no interesan para trazar el horóscopo de los mortales, sino para navegar con rumbo cierto hacia las tierras de la canela y la pimienta; pero pronto se despierta la curiosidad desinteresada, y al margen de la resolución de tales problemas técnicos, de aplicación útil y perentoria, las mentes especulativas se plantean cuestiones teóricas de ciencia pura. Tal, por ejemplo, la invención de la loxodromia por el genial Pedro Núñez, con la cual enriquece la geometría esférica.

Es cierto que desde el punto de vista náutico interesa sobremanera distinguir la navegación por loxodrómica, la más sencilla, aunque no la más breve, y la navegación ortodrómica, o sea por el arco de circunferencia máxima, que es el más corto; pero a Núñez le interesa el estudio de la curva en sí, con sus dos ramas espiriformes en torno de los polos, aunque ello carezca de interés práctico, y se preocupa asimismo de otros problemas desinteresados, como el del crepúsculo mínimo.

Por doquiera se despierta la sed de saber y   -19-   conocer, de descifrar el enigma cósmico, de explorar el universo físico en toda su integridad, que anima más tarde a Gilbert y Galileo, culminando en Keplero y Newton, codificadores de los astros.

El problema de la piedra filosofal evoluciona parejamente hacia la explotación de las efectivas riquezas mineras de México y Perú, problema interesado que estimula el nacimiento de la química como ciencia pura; y esta paulatina elevación de miras, desde el esfuerzo remunerador hasta la desinteresada contemplación de la verdad científica, se observa en todas las disciplinas humanas.

Un hálito de optimista entusiasmo inflama las almas antes dormidas; un poderoso aliento vital sublima las existencias más humildes, consagrándolas a ideales de muy diversa alcurnia, pero todos legítimos y aun nobles: el deseo de mejorar la propia vida material, fecundo estímulo del progreso de la humanidad; el ansia de gloria e inmortalidad que impele hacia las grandes acciones sin medir el sacrificio; el místico afán de convertir a todos los hombres a la verdad que se consideraba absoluta, y el esclarecimiento de las pequeñas verdades de la naturaleza accesibles a nuestra inteligencia.

«Es un error creer -dice el comprensivo Humboldt- que los conquistadores fueron guiados únicamente por el amor al oro o por el fanatismo religioso. Los peligros elevan siempre la poesía de la vida; y, además, la época vigorosa, cuya influencia en el desarrollo de la idea del mundo buscamos ahora, prestaba a todas las empresas y a las impresiones de la   -20-   Naturaleza a que dan lugar los viajes lejanos un encanto que empieza a debilitarse en nuestra época erudita, en medio de las facilidades sin número que dan acceso a todas las regiones; es decir: el encanto de la novedad y de la sorpresa.»3

En el escenario grandioso que se ofreció a la plebe hispánica para que mostrara sus cualidades ante la posteridad, «la ambición y la gloria, la cultura y la barbarie, la generosidad y la avaricia, la humanidad y la tiranía, y, en fin, todos los vicios y todas las virtudes, habían de luchar entre sí, para dejar a la posteridad insignes ejemplos de las contradicciones de nuestra condición flaca y miserable».

Así dice Fernández de Navarrete; pero la perspectiva histórica debe situarse a suficiente altura para que la visión de las pequeñeces y miserias humanas no impida la contemplación del panorama en su grandioso conjunto. Quede para los eruditos más miopes la minúscula y complaciente descripción de crueldades, rencillas y traiciones de todo lo pequeño y humano de aquellos semidioses, cuya individualidad desaparece al fundirse en el seno de una idea sublime.

No podemos juzgarlos en justicia, porque el progreso material de estos siglos ha anulado   -21-   nuestra capacidad para el asombro y castrado nuestra imaginación, que ya no es capaz de situarse en aquel momento de rosado optimismo, en que Europa entera nace a una sensibilidad nueva. Aquel vértigo de descubrimientos, aquella insaciable ansia de saber y de poder, aquel fuego de entusiasmo y esperanza, que ya comienza a extinguirse a fines del siglo XVI, revelan un [...] la mágica virtud del contagio, en los hombres de más baja alcurnia, sublima sus almas haciéndolos aristócratas de la humanidad: es el sentido de la infinitud y de lo inmortal.


Descubrimiento de América por los normandos. Ruinas de la casa edificada en Groenlandia, por Erico el Rojo hacia el año 982.



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El espíritu de libre examen, germen de la ciencia moderna


El ciego respeto a los autores clásicos era la barrera que se oponía al progreso de la ciencia. La zona perusta de Aristóteles, el pulmón marino de Estrabón, al norte de Europa, y el mar tenebroso, al sur del cabo Bojador, cohibían con su terrorífica imagen el natural impulso a sobrepasar los confines del mundo; pero arrojados viajeros y valerosos misioneros habían logrado llegar hasta el Extremo Oriente, y los audaces mallorquines del siglo XIV y los nautas lusitanos de Enrique el Navegante, un siglo después, habían desacreditado con sus gestas la infalibilidad de los antiguos.

Puede disentirse, quizá, la trascendencia científica que asignamos a las exploraciones de los ibéricos, aduciendo que ellas, juntamente con el renacimiento científico, son frutos de una misma causa: el despertar de las conciencias, que se traduce de varias y múltiples maneras; pero ese espíritu de libre examen, esa rebeldía contra la autoridad de los antiguos, no habría pasado de ser una postura intelectual   -23-   de algunos pocos, como ya los hubo en siglos anteriores, sin mayor trascendencia en la marcha de la humanidad, a no ser por el arrojo temerario de los primeros hombres que arriesgaron sus vidas para comprobar el grado de verdad de aquellas terroríficas descripciones de las zonas terrestres y marítimas vedadas a la planta humana.

Después del éxito del primer ataque a la inconmovible fortaleza de la ciencia antigua, y deshecho así el dogma de su infalibilidad, que hoy apenas podemos comprender, fue ya tarea fácil a la docta multitud de estudiosos, que surgió en todos los países cultos, lanzarse por la brecha abierta, para destruir cuanto tenía de deleznable la imponente construcción; pero el coraje de los mallorquines del siglo XIV y el de los primeros lusitanos que acompañaron a Gil Eanes en 1434 por el «mar tenebroso» (heroísmo comparable al de quienes se alistasen hoy en una expedición aérea hacia Marte), el de Colón y Magallanes y el de todos los navegantes portugueses que atravesaron una y otra vez la zona tórrida, hasta descubrir la ruta a la India, demostrando a la par la inconsistencia de los dogmas aristotélicos y la inexistencia del continente austral de Tolomeo4, no solamente hicieron posible la epopeya hispánica, sino también el advenimiento de la ciencia moderna,   -24-   libre de prejuicios de autoridad, que ellos lograron derrocar.

La experiencia, la visión directa de los hechos, es desde entonces el criterio supremo de verdad, que destrona al criterio de autoridad. Contra la sabia opinión de los filósofos, que declaran impenetrable e inhabitable la zona tórrida, los portugueses la cruzan repetidamente; y seis veces la atraviesa la expedición de Magallanes «sin quemarse», como dice López de Gomara5. Este grandioso viaje contribuye como ninguno a arraigar definitivamente en las conciencias la idea de la esfericidad del globo y de su relativa uniformidad.

Suele afirmarse sin razón que las expediciones de Colón y Magallanes derrocaron la concepción del mundo como disco plano, demostrando la esfericidad del planeta. No; la idea de la tierra esférica era en aquel entonces patrimonio de todos los hombres cultos. Ya los griegos habían abandonado esa ingenua idea de los geógrafos jónicos, y la observación de la sombra arrojada sobre nuestro satélite en los eclipses lunares confirmaba visiblemente esta verdad. Ahora bien, una cosa es el globo y otra el ecumene o mundo habitable que en los primeros siglos medioevales de ínfima cultura se suponía disco flotante sobre las aguas; pero a   -25-   fines de la Edad Media se impuso definitivamente la tesis aristotélica, que consideraba la tierra como esfera sólida, cubierta de aguas, excepto en la porción que constituye los continentes.6


La Tierra y los muros que sostienen el firmamento. (Según Cosmas. S. VI.)

Mas todo ello, y las conjeturas de algunos atrevidos cartógrafos, no pasaba de ser hipótesis más o menos plausible y aceptable; y aun los más eruditos discutían sobre la posibilidad de existencia de otros mundos o siquiera islotes habitados. Aunque nos hayamos acostumbrado a la idea de la existencia de antípodas, por haber nacido bajo el signo de la teoría física de una gravitación central y en una época de dominio absoluto de los mares, se comprende bien que, con la idea de una gravitación paralela y con un reducido horizonte terrestre y   -26-   marítimo, fuera tan enorme como razonable la resistencia que encontró durante muchos siglos la concepción de esos desgraciados antípodas «suspendidos cabeza abajo», y se explican las burlas con que fueron escarnecidos los defensores de idea tan monstruosa7; y no podemos contener nuestra admiración hacia el poderoso esfuerzo imaginativo de los pitagóricos, de Aristóteles, y sobre todo de Aristarco, el Copérnico de la edad antigua, que concibió el sistema heliocéntrico. Y más admirables todavía que aquellos espíritus libres y razonadores son los hombres medioevales, que vencieron en lucha individual al doble enemigo: la ignorancia y el prejuicio supersticioso. Alberto el Magno, Rogerio Bacon, Vicente de Beauvais, el Dante, Pedro d’Ailly, aristócratas de la inteligencia y padres de nuestra civilización moderna, admitieron la esfericidad de la tierra, pero pocos de ellos llegaban a creer en los antípodas; y esta inercia de las mentes más excelsas de dos centurias magnifica la figura del obispo Virgilio de Salzburgo, que en pleno siglo VIII, quinientos años antes que ellos, admitió entrambas ideas, siendo perseguido por tal doctrina «perversa y peligrosa».

Si los gigantes intelectuales del siglo XIII, que no tuvieron dignos sucesores en el siguiente, se resistían a admitir plenamente esta doctrina, puede conjeturarse cuál sería la posición mental de los contemporáneos de Colón, pues   -27-   poco se había progresado en un siglo8; y se comprende la emoción de la plebe, y aun de los doctos, cuando Sebastián Elcano, arribó maltrecho con sus diecisiete compañeros, únicos supervivientes de la expedición de los doscientos treinta y nueve que emprendieron la vuelta al mundo.

Al encontrar antípodas aquellos irreverentes aventureros, en contra de todas las autoridades clásicas, ya no fueron condenados a la hoguera como en 1327 lo fuera Cecco d’Ascoli; por el contrario, la Iglesia se rindió ante la realidad, admitiendo un nuevo «don del Cielo, concedido a los cristianos para dar la vuelta a la Tierra».

Perdida ya la fe en la infalibilidad de los filósofos antiguos, el espíritu escudriñador vuela libre de trabas, y todos se disponen a leer por su propia cuenta en el gran libro del mundo.

El espíritu objetivo, irrespetuoso del criterio de autoridad, que ya permitió a los inmortales Pinzón, discutir de igual a igual con el Almirante, se propaga entre las inteligencias despiertas; y a pesar de todas las coacciones del para ellos semidiós, que llegó a la locura de amenazarles con cortar la lengua de quien negara   -28-   sus aseveraciones, Juan de la Cosa se inmortaliza con su réplica gráfica (1500) con la que deshace científicamente el error de Colón.

Como dice el bachiller Fernández de Enciso en su tratado de 1559, no se ha inspirado tanto en Tolomeo, Eratóstenes, Plinio y Estrabón, «como en la experiencia de nuestros tiempos, que es madre de todas las cosas». Y cuando el jesuita Acosta afirma que las tierras más altas son más frías, dando la explicación de este hecho, no lo hace ya basado en los autores, sino después de haber subido hasta el lago Titicaca, a 4.000 metros, y descender hasta el Pacífico. Y lo mismo procede al explicar las mareas, «no tanto por las razones que los filósofos dan en sus libros, como por la experiencia cierta que se ha podido hacer».

Bien justificado está, pues, aquel juicio de Humboldt: «El fundamento de lo que hoy se llama la Física del globo, prescindiendo de las consideraciones matemáticas, se halla contenido en la obra del jesuita José Acosta, titulada: Historia natural y moral de las Indias, así como en la de Gonzalo Hernández de Oviedo, que apareció veinte años después de la muerte de Colón.»

Abandonado ya el criterio de autoridad, no falta quien se permite criticar el complicado sistema de Tolomeo, y, entre otros, el médico Francisco de Villalobos, que en 1515 expone sus «dudas y perplejidades sobre esta invención de los epiciclos» y discute la tesis aristotélica sobre las aguas del mar, rechazando de plano toda explicación teológica de los fenómenos físicos.

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Esta disconformidad con la ciencia de los antiguos, estimulada por el trascendental éxito de las expediciones colombinas, encontraba, mientras tanto, su magnífica expresión en la inmortal obra de Copérnico, concebida y planeada en 1506, año de la muerte del Almirante.


«Demostración» medioeval de la imposibilidad de la forma esférica de la Tierra. Siglo VI.

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Concepción integral y unitaria del universo


Suele definirse el Renacimiento como el descubrimiento del hombre por sí mismo; y nada contribuyó a ello como la exploración de los países ignotos. Terminado el largo diálogo místico, el hombre se enfrenta con la naturaleza y con sus semejantes.


Razas humanas, según Münster, 1550.

El hombre medioeval, recluido en el ecumene   -31-   circunmediterráneo, con vagas noticias del norte de su propio continente y del Lejano Oriente, aportadas por intrépidos viajeros, había creado en su fantasía imágenes monstruosas de los seres que poblaban otros mundos. Las representaciones gráficas que nuestros dibujantes de más fértil imaginación suelen hacer de los presuntos marcianos, cada vez que se pone de actualidad ese viejo tema, no son más deformes ni monstruosas respecto del arquetipo humano que las láminas dedicadas en la Cosmografía de Sebastián Münster, nada menos que en 1550, a representar posibles razas humanas, interpretando los hiperbólicos relatos de los primeros exploradores, cargados de prejuicios medioevales e ingenuamente crédulos para las más fantásticas maravillas.

La idea preconcebida que llevaban los descubridores se basaba en la concepción medioeval del mundo, procedente de autores como Solinus, de la decadencia romana:

Animales fantásticos como el basilisco de la India y el bonacus de Frigia; grifos, hormigas como perros, y la famosa ave fénix, que renace de sus cenizas. Amazonas, dragones y sirenas. Hombres cíclopes, con un solo ojo, y otros con cuatro ojos, o descabezados; con los ojos y boca en medio del pecho; hombres cinocéfalos, con cabeza de perro; hombres hipópodos, con pezuñas de caballo; hombres con un solo pie gigantesco; otros con labios enormes, que, replegados, les servían de sombrilla...

Al lado de estas viejas concepciones arraigadas en las mentes del quinientos, resultan casi razonables las descripciones que la imaginación   -32-   sobreexcitada y la crédula fe de los conquistadores, predispuestos a encontrar seres fabulosos, han hecho de ciertos fenómenos que vieron u oyeron relatar a los indígenas: los habitantes del Labrador tenían cola; en las Orcadas las hojas de cierto árbol se convertían en pájaros al caer sobre las aguas de un río; ciertas hojas colocadas sobre un plano horizontal caminaban como orugas...9.

La frase «nuevo mundo» tuvo entonces el mismo significado trascendental que hoy tendría el acceso a otro planeta, poniendo tensos nuestra ciencia y nuestro esfuerzo. Bien se comprende aquel afán de explorar todas las latitudes, surcar todos los mares y remontar todos los ríos; de escalar las más altas cumbres y penetrar en las selvas más intrincadas en busca, no tanto de riquezas, como de emocionantes novedades.

El Ecumene de los griegos era un mundo íntimo, rodeado de una zona infranqueable, llena de terribles peligros y fuerzas naturales desencadenadas; más allá el misterio insondable e infinito donde habría quizá otros mundos, otros seres, otra vida; y ahora se ve, no sin desilusión, tras las primeras exploraciones, que no existen tales mundos nuevos, y que el nuevo continente, pese a sus novedades, no es esencialmente   -33-   diferente del viejo, ni por su estructura física ni por sus habitantes; no existen dragones ni sirenas, no hay razas monstruosas ni hombres sauriformes; y las esperanzas concebidas por los fantásticos relatos oídos de los indígenas y mal traducidos por los sugestionables viajeros de las primeras expediciones, quedan a la postre defraudadas10.


El mundo en la concepción homérica

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Cuando hombres cargados con el prejuicio de tales representaciones monstruosas en todos sus viajes encontraron siempre los semejantes de nuestra misma hechura y condición, se explica que este homeomorfismo los afirmara en su convicción de haber llegado al extremo oriental del viejo continente y no a un mundo nuevo. Al fin se dieron todos cuenta del error; todos menos el Almirante, que murió aferrado a su convicción; y lentamente se fue formando en las conciencias una nueva concepción integral y unitaria del mundo.

Los títulos de las nuevas geografías traducen ya esta idea11, y la evocación del gigante mitológico que sostenía el mundo, adoptada por Mercator para designar su colección de mapas, se hace usual para todas las colecciones sucesivas, que reciben el nombre genérico de Atlas o Atlantes.

Ya no cabe duda de que pueda haber otros continentes análogos; saciada la curiosidad y decepcionada la desmesurada esperanza, ya no hay prisa en completar el mapa del Pacífico, y pasan casi 300 años hasta que se descubre Australia; y muchos más sin explorar las regiones polares.

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Quede a cargo de los especialistas la descripción de las razas americanas; pero destaquemos esta idea señera, que nace y se arraiga al fin en las mentes del siglo XVI: la unidad de la especie humana; el hombre es ya el semejante; el hombre, ente bien definido, con insignificantes diferencias de color y de estatura, como señor del planeta entero, circunnavegado, explorado y explotado en beneficio de la especie humana.

El estudio físico del globo terrestre recibe impulso decisivo y «cuando se estudian seriamente las obras originales de los primeros historiadores de la conquista, sorpréndenos encontrar el germen de tantas verdades importantes en el orden físico, planteando la mayor parte de las graves cuestiones que aun en nuestros días nos preocupan». (Humboldt.)

Aunque la zona mediterránea de Europa ofrece rica variedad de fenómenos físicos, éstos aparecen de pronto en el Nuevo Mundo en proporciones gigantescas y con caracteres singulares: los aluviones del Amazonas, el cañón del Colorado, la costa sudoriental de América del Norte, las costas patagónicas...; finalmente, terminado ya en líneas generales el conocimiento de la superficie, se pone la Geografía a escudriñar la estructura interna del planeta, organizándose más tarde la Geología. También la Oceanografía y la Aerografía son fruto de aquellas grandes expediciones, y solamente tras una larga serie de observaciones de los vientos intercontinentales relacionados con otros   -36-   fenómenos físicos, pudieron nacer más tarde la Meteorología y la Climatología12.


Serpiente de mar, según Gesner, 1598.

Nuestro planeta queda así explorado en todos sus aspectos físicos. Todas las observaciones de los cronistas de Indias, tan elogiosamente comentadas por Humboldt, propendían a este fin, desarrollando el magno programa científico contenido en los escritos del Almirante; y al completar nuestro conocimiento en la medida del precario estado de la ciencia de entonces, descubrieron la armonía y unidad funcional   -37-   del mundo. Las relaciones entre los vientos y las corrientes marinas, la acción recíproca entre las cadenas de volcanes, su influencia en los terremotos, revelaban la armonía física, mientras que la gradación de las especies vegetales y animales, las analogías entre lenguas indígenas de regiones muy distantes13 ponían de manifiesto la unidad biológica del mundo.



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La ley cuantitativa y la scienza nuova



Tolomeo mide la altura de los astros con el cuadrante. (Cosmografía de Münster, 1550).

La ciencia aristotélica tenía carácter esencialmente cualitativo, asignando a las sustancias virtudes y cualidades de índole moral: afinidades   -39-   y antipatías que explicaban su comportamiento. Más modesta en sus pretensiones, la ciencia renacentista se limita a descubrir el cómo y no el porqué de los fenómenos, y ese comportamiento de la Naturaleza lo reduce a relaciones cuantitativas precisas, comprobables, numéricas. Nace así el moderno concepto de ley física, meramente fenomenológica, que había de inmortalizar a Galileo y Keplero, cuya esencia enunció más tarde Newton en su famoso apotegma: hypothesis non fingo.

A este tipo de ley, fenomenológica y cuantitativa, pertenece la variación de la declinación magnética descubierta por Colón. La desviación de la aguja es algo más que una misteriosa cualidad: es una magnitud bien determinada y medible en cada lugar del globo; es, en suma, una función de las coordenadas geográficas, función que en 1580 intenta expresa Burroughs por una fórmula matemática; empeño fracasado que todavía espera solución; y en el siglo XVII descubre Gellibrand, que no sólo varía con el lugar, sino también en función del tiempo, y asimismo intenta dar expresión matemática a esta variación secular, con el fin de poder predecir cuál será la dirección de la brújula en todo tiempo y lugar, predicción que es la aspiración máxima de toda ciencia, pero que en este problema sigue tan inaccesible como en aquella remota era14.

Todos los historiadores de la Física anotan en el haber de Colón el descubrimiento de la   -40-   declinación magnética o más bien de la variación de ésta con la longitud; observando además que en cierto lugar pasa esta declinación de uno a otro sentido y descubriendo así la existencia de líneas sin declinación; pero no vemos que le atribuyan con igual justicia la valiosísima observación de las variaciones irregulares, las cuales, desgraciadamente, siguen hoy tan inexplicables y misteriosas como entonces.

La explicación con que el Almirante logró tranquilizar a sus asustados marineros, que ya se veían perdidos por este acceso de locura de su gran instrumento conductor, consistió en inculpar de tales trastornos a la estrella polar -según dicen los historiadores-, siguiendo a Muñoz, Navarrete..., que califican de especiosa tal explicación, forjada «para disipar los temores de su gente». Dan a entender así que la actitud de los subordinados no era muy tranquilizadora como para dejar de darles rápidamente alguna explicación que los apaciguase; y el astuto ligur la encontró pronta y expeditiva.

Pese a esta interpretación admitida generalmente, la verdad es otra15, pues la frase textual de Colón dice «la estrella hace movimiento y no las agujas» y expresa un hecho rigurosamente exacto, pues él sabía distinguir polo y polar, entonces más separados que ahora. La misma plausible explicación repite el día 30 de setiembre: «la estrella hace movimiento como   -41-   las otras estrellas y las agujan piden siempre la verdad».

Justo es reconocer que no todas sus explicaciones teóricas fueron tan satisfactorias como éstas; pero tampoco son definitivas las posteriores a él; y todas las futuras y mejores tendrán vida igualmente precaria, mientras que tienen valor definitivo todas las observaciones y todas las medidas realizadas desde el primer viaje con serenidad admirable ante la inquietud de sus decepcionados y arrepentidos marineros; valiosísima aportación temprana al grandioso cuerpo de doctrina empírica que cien años después habría de llamarse la Scienza Nuova. Precisamente en el año 1592 tomaba posesión Galileo de su cátedra en la Universidad de Padua.

Del mismo tipo son asimismo multitud de observaciones con que Gomara, Oviedo, Acosta y Hernández enriquecieron las ciencias físicas y naturales: distribución del calor en la superficie terrestre y variación de los climas en las laderas de las montañas; límites de las nieves perpetuas en cada latitud, relación entre las áreas de mares y continentes; composición de la atmósfera y condiciones de vida...

Toda ampliación del horizonte intelectual lleva consigo una necesidad de perfeccionamiento de los métodos científicos por las nuevas conexiones que surgen y los nuevos problemas que se plantean. El descubrimiento de América, con la consiguiente necesidad de la navegación de altura, que ya entonces debe organizarse sistemáticamente, sin confiarse en el azar, plantea problemas nuevos que no habían   -42-   exigido las expediciones costeras, aun las más arriesgadas, de los lusitanos. La Náutica impone a la Astronomía un mejor conocimiento del cielo, una más exacta determinación de las coordenadas geográficas, y, por ende, un perfeccionamiento progresivo de los instrumentos de medida que en las hábiles manos de Tico-Brahe produjo el maravilloso material de observaciones que hizo posible el advenimiento de Keplero y de Newton.


Observación del cielo en el siglo XIII.

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En verdad, tales perfeccionamientos logrados antes de la invención del anteojo eran muy modestos en su esencia; pero los instrumentos astronómicos en tierra firme suplían al menos con sus grandes dimensiones la deficiencia de los modestísimos aparatos usados por Colón y Magallanes, que fueron el astrolabio o el cuadrante y la ballestilla. Para valorar la pericia de aquellos navegantes habría que poner en las manos de un marino moderno, abrumado de sabiduría, ese pequeño disco de latón y ese par de toscas varillas de madera, invitándole a dirigir un mísero navío alrededor del mundo y además a trazar su carta náutica. Con la diferencia de que entonces todo era desconocido y misterioso: la carta y el mundo.

Y prosiguiendo esta escala de relatividad, es preciso señalar que la invención de la modestísima ballestilla o bastón de Jacob fue considerada como progreso tan trascendental en la Náutica, por permitir la determinación de la latitud en la navegación de altura, que germanos y latinos se disputan la primacía. Mientras aquéllos atribuyen a Behaim su introducción en Portugal, éstos aseguran que era muy usada por los marinos del Mediterráneo, y que fue quizá inventada por el provenzal Levi ben Gerson16.

Uno de los problemas rebeldes a todos los esfuerzos y de máxima trascendencia, no sólo geográfica, sino políticointernacional, fue la determinación de longitudes, del que dependía   -44-   la línea de demarcación trazada por el Papa en torno del globo, para repartir equitativamente el planeta entre las dos monarquías ibéricas. Este problema candente y otras muchas cuestiones, pero sobre todo el ansia de verdades nuevas que inflama todos los espíritus del siglo de oro, imponen el perfeccionamiento de todos los instrumentos, para ampliar la potencia de nuestros sentidos: el nonius, el telescopio, las lentes combinadas de Fracastoro y de Porta, que preparan la doble invención del anteojo astronómico y del microscopio, en la frontera de los siglos XVI y XVII, dilatan el universo observable, en las dos direcciones de lo infinito y de lo infinitésimo, y juntamente con el cronómetro impulsan vertiginosamente la astronomía y las ciencias físicas y biológicas.

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Tico-Brahe trabaja con el cuadrante mural en su observatorio de Uranienburgo. (Grabado de 1602).





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Capítulo II


Las ciencias físico-matemáticas



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La geografía


Discútese todavía el valor de las aportaciones originales de los pueblos ibéricos a las ciencias positivas; pero hay una disciplina a la cual hicieron progresar en la Edad Moderna mucho más que todos los otros países juntos, y es la Geografía.

Como máximo propulsor de ella debe ponerse el nombre del infante portugués Don Enrique quien durante medio siglo planeó, y en parte realizó, el más vasto plan de exploraciones que registra la Historia desde que existe el mundo; pues no solamente exploró gran parte del África y proyectó la ruta marítima a la India, sino que también parece haber ensayado expediciones a América, mucho antes de que Colón realizara su magna hazaña17.

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Son los descubrimientos lusitanos los que incorporaron el África entera a la Geografía, pero mucho antes los habían precedido otros exploradores valerosos. Es preciso retrotraerse a los comienzos del siglo XIV, conocer las supersticiones que atemorizaban a los navegantes y saber el rudimentario estado de la náutica de entonces, y aun de un siglo después18, para admirar debidamente el coraje de los mallorquines que en el primer tercio de aquella centuria se arriesgaron a llegar al mar tenebroso; expediciones de las que no queda noticia fidedigna, pero sí del fruto de sus descubrimientos, en los primeros portulanos mallorquines. Tal, por ejemplo, el de Dulceti o Dulcert, fechado en Mallorca en 1339, que traza la costa africana en mayor trecho -dicen algunos- que los portulanos italianos, los cuales llegan sólo hasta el cabo Bojador, considerado como límite meridional del mundo.

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Se daba por cierto, como hecho incontrovertible, que las comarcas ecuatoriales eran inhabitables por su sequedad y altísima temperatura, y se suponía la existencia de una zona perusta, de acuerdo con el dogma aristotélico.

Se tenía por verdad sólida que al sur del cabo Bojador (caput fines Africae), situado en la costa africana no lejos de las Canarias, se extendía el temible Mar tenebroso, en el cual la mezcla de las aguas hirvientes del trópico, con las frías procedentes del polo, producía espesa niebla de vapores que mezclada con las arenas del desierto acarreadas por los vientos formaba una masa impenetrable. El finis mundi se había desplazado algo desde la antigüedad, pero no pasó hacia S-O de esa barrera que se suponía infranqueable. Ya no era el precipicio que bordeaba el Ecumene de los griegos, pero significaba algo equivalente al terrorífico pulmón marino, que describe Estrabón en los confines boreales del mundo entonces accesible.

El pavor que inspiraba el cabo Bojador, tenía un fundamento real. Parece ser, en efecto, que más allá del Cabo se extiende una restinga de seis leguas de largo donde las aguas se quiebran, arremolinándose y formando «un hervidero de olas furiosas». Aquella extensión inmensa de espumas blancas -dice De Souza- hacía imaginar que el Océano, de allí adelante, se prolongaba siempre en un bullir continuo por el calor de la zona tórrida, tan ardiente y tan difícil que hacía imposible la vida en aquel lugar. Los mareantes contemplaban pensativos el páramo amenazador   -49-   de espumas blancas, que llenaba la inmensidad con su rumor; después viraban de bordo y retrocedían.

«Por eso mismo -sigue diciendo el historiador portugués- la preocupación constante de don Enrique era doblar el cabo Bojador. En 1433 mandó preparar una carabela cuyo mando dio a Gil Eanes, su escudero, para que traspusiese el Cabo. Gil Eanes siguió la ruta de costumbre, pero no tuvo la audacia suficiente para pasar adelante. Al año siguiente fue preparada otra expedición, y don Enrique hizo la misma recomendación; se realizó otro viaje para el gran paso; Gil Eanes, llegado allí, se decidió al fin a abandonar la costa, marchar al Oeste y seguir al margen de la sabana de espuma. Así llegó a su extremo; hacia el Mediodía tornaban a mostrarse las olas del mar glauco; por la popa, muy lejos, la tierra desaparecía en el horizonte de bruma; el piloto triunfante arrumbó al Sur (1434).»



Solamente el arrojo, que él consideraba suicida, del joven Gil Eanes, empeñado, aun a riesgo de perecer en la demanda, en reconquistar el favor del príncipe, con el cual había caído en desgracia, y la genial terquedad de éste, hicieron posible la hazaña que inició el período de los grandes descubrimientos. Pero si esto era grande y heroico en aquella fecha, la admiración sube de punto si se retrocede un siglo y se piensa en los intrépidos mallorquines que en los comienzos del siglo XIV realizaron quizá la misma hazaña (de la cual probablemente ya no había noticia en el siglo XV)   -50-   de internarse en el pavoroso y espumante mar, de aguas en ebullición.

De tales expediciones, muy anteriores al 1400, hay pruebas positivas en lo que se refiere a fechas posteriores al 1300; pues ciertos relatos sobre expediciones más remotas no ofrecen garantía de autenticidad. Tal sería, por ejemplo, cierto documento de fines del siglo XII en que se afirma que los genoveses Vivaldi y Usodimonte llegaron hasta Guinea; pero según el escrupuloso Günther «no parece que ofrezca completa autoridad»19. Son, por el contrario, de indudable valor probatorio los documentos siguientes:

    1º El portulano de Dulceti, Dulcert o Dolcet, trazado en Mallorca en 1339, en el cual figura ya un gran trecho de la costa africana.
    2º La carta de Viladestes (1413), en la que se atestigua haber partido el 10 de agosto de 1346 una expedición de Jaime Ferrer para ir al Río de Oro20 (¿en Senegambia?), declaración que revela el conocimiento de la costa situada al sur del cabo Bojador, y que está   -51-   confirmada por un manuscrito conservado en Génova.
    3º Una carta del Atlas catalán de 1375, en que figura la misma inscripción.
    4º Hubo además una expedición de los navegantes franceses de Dieppe, subvencionada por las comerciantes de Rouen, que se supone pasó del cabo Bojador en 1364, llegando hasta Guinea21.

Nada dice de esta expedición francesa el profesor Kretschmer, de la Universidad de Berlín, ni tampoco de las anteriores, en su conocida Historia de la Geografía, y probablemente por documentación incompleta llega a escribir que «en la Edad Media se reconocieron de nuevo las costas occidentales del continente; pero nadie había pasado del cabo Bojador, que por esta causa se designaba como caput fines Africae

En cambio Günther admite viajes anteriores de exploración de las costas africanas, aunque poniendo en duda los anteriores al 1300; y de la expedición francesa dice «que no se ha probado rigurosamente». Finalmente afirma que el famoso cabo Bojador «fue alcanzado hacia 1345 por un monje español, quien también   -52-   tenía conocimientos de las islas de las Cabras o Azores».

Muchos datos ciertos e indicios probables hay, como se ve, en favor del descubrimiento y exploración de la costa africana un siglo antes de las expediciones lusitanas, y materia abundante de discusión para los eruditos de las dos naciones ibéricas, hermanas pero no siempre fraternales; especialmente para los que subordinan el criterio objetivo y desinteresado de la verdad histórica al sentimiento patriótico, sin duda respetable, pero que nada contribuye a la exacta visión de los hechos, tales como han sido. La verdad, como toda luz, propende a refractarse; y nada más refringente que el amor y el odio.

Porque el punto discutido no es una bagatela histórica. Si la expedición de Jaime Ferrer en 1346, documentada en dos portulanos y un manuscrito es, como parece, real, y se dirigió hacia el Sur (¿más allá del mar tenebroso?), aunque no existen noticias del éxito que le cupo, prueba indudable es de exploraciones más antiguas, que parecen corroboradas por el portulano de Dulceti, fechado en 1339; y entonces resultaría que la serie entera de las muchas y penosas exploraciones costeras realizadas en vida de Enrique el Navegante no fue sino repetición de hechos ya realizados hacía un siglo, pero probablemente olvidados y desconocidos cuando este hombre extraordinario concibió, y en parte logró, realizar su grandioso proyecto, que había de elevar al pequeño Portugal a un grado de poderío, extensión y   -53-   riqueza que raya en los límites de lo fabuloso22.

Puesto que aquellas remotas cuanto admirables expediciones de mallorquines, franceses y quizá italianos carecieron de trascendencia histórica, como la obra de tantos precursores en otros órdenes de la cultura, que vivieron en el mismo siglo; y puesto que la superstición medioeval que impedía la expansión marítima perduraba en el siglo XV, a este gran organizador, que con inteligente tenacidad y por el más riguroso método experimental logró demostrar su inconsistencia, corresponde en justicia el título de Padre de la Geografía Moderna23.

Rota ya la superstición, los descubrimientos geográficos se suceden vertiginosamente, y las expediciones enviadas por Don Enrique y después por el Rey Alfonso V avanzan más y más por el contorno de África, penetrando tierra adentro en el Sahara, el Senegal y el Gambia.

Cabo Blanco en 1441, Bahía de Argüin en 1443, Senegambia y Cabo Verde en 1445, Sierra Leona en 1447, y, después de la muerte del príncipe, Golfo de Guinea en 1469-71, el Congo en 1481; culminando la epopeya con la hazaña   -54-   de Bartolomé Díaz, que en 1486 dobló el codo de las Tormentas, bautizado después por él como cabo de Buena Esperanza.

He aquí un nuevo descubrimiento geográfico de la más alta trascendencia. El África no se extendía, pues, hasta el Asia formando un todo conexo por el extremo Sur, sino que tenía un contorno meridional a modo de proa entre el Oriente y el Occidente. La Terra incognita secundum Ptolomeum, que figuraba en los mapas ocupando casi todo el hemisferio austral en forma de inmenso continente, quedó tachada de un plumazo por los nautas portugueses, o al menos empujada hacia el lejano sur del viejo continente, como las expediciones posteriores a Magallanes la alejaron del nuevo, quedando así relegada a la región polar, donde han seguido ocupando su hipotético lugar hasta nuestros días, en que los exploradores del polo han despejado definitivamente la incógnita obsesionante.

Descubierta la estructura del continente africano y explorado todo su lado occidental, nuevas expediciones se lanzan por su flanco oriental, llegando hasta entablar relaciones diplomáticas con el Negus de Abisinia, para establecer una especie de protectorado, como diríamos   -55-   hoy, que no llegó a formalizarse con este rey de reyes; el cual, en su calidad de príncipe cristiano, era considerado como la personificación del legendario Preste Juan.

Mientras tanto, Colón maduraba su proyecto de encontrar al fabuloso personaje oriental navegando hacia el Oeste.

No encuadra en este trabajo la reseña de los descubrimientos geográficos bien conocidos24, que a partir de 1492 cambian la faz del orbe; pero no dejaremos de establecer siquiera esta doble escala de valores.

El descubrimiento de América por las naves castellanas, fue hallazgo afortunado que recompensó un esfuerzo dirigido hacia otro fin bien planeado con los insuficientes conocimientos de la ciencia de entonces; pero hay tres descubrimientos en la larga serie de esta era mítica que tienen el más puro carácter de la resolución de un problema científico, tenazmente perseguido y felizmente logrado: la superación del cabo Bojador decidida por Enrique el Navegante, y lograda en 1434; el descubrimiento del mar del Sur, o sea el océano Pacífico, por Vasco Núñez de Balboa en 1513 y el descubrimiento del estrecho de Magallanes en 1520, coronado con la circunnavegación del globo.

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La fabulosa Atlántica en la obra de Kircher (1665).



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La cartografía


Materia sobrada daría este epígrafe para uno y aun varios volúmenes, pero debemos limitarnos a escasas y breves noticias.

Los primeros mapas medioevales son circulares, de acuerdo con la forma supuesta para el mundo habitado. Que algunos mapas, como el de Cosmas (S. VI), tengan forma rectangular, no quiere decir, a nuestro entender, sino que así limitaban convencionalmente lo representado, como hacemos hoy en nuestros mapas. Que en el mapa de Cosmas aparezca otro rectángulo a la derecha que representa el Paraíso, unido a aquél por ríos misteriosos, tiene un valor simbólico.

Redondos, ovalados o en forma de corazón, poco progresan en los primeros siglos los mapas medioevales; además de colocar el Paraíso en uno u otro lugar del Oriente, solían estar ilustrados con numerosas figuras de geografía física o política, especialmente con representaciones de hombres y animales monstruosos. Pero en el siglo XIV evolucionan rápidamente, al compás de las exploraciones de mallorquines, catalanes e italianos, y famosos son éstos: el de Visconti, o de Sanudo (1320), el Atlas de los Médici (1351), la carta catalana de 1375.

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Ya en el siglo XIII habíase iniciado, sin embargo, un nuevo tipo de mapa más científico, con menos fantasías y figuras abigarradas, para representar las costas; son los mal llamados portulanos, cartas de compás o loxodrómicas, caracterizados por la encrucijada de líneas que los cruzan, radios de dieciséis rosas náuticas con sus centros dispuestos en circunferencia, mediante los cuales orientaban su rumbo los navegantes; son, en suma, las primeras cartas náuticas no sujetas a método ninguno de proyección, antes de que se inventara el sistema de proyección que, gracias a Mercator, resolvió el problema de trazar el rumbo exactamente entre puntos cualesquiera.

La deformidad que salta a la vista, apareciendo contraídas las dimensiones N. S. (al revés de lo que acontece en las de Mercator) radica, al parecer, en haber utilizado datos españoles o portugueses para las costas del Atlántico, expresados en leguas, que al ser erróneamente reducidas a millas de portulano produjeron esa deformación25.

He aquí la nómina de los portulanos más antiguos conocidos: la carta pisana del Mediterráneo,   -59-   que se supone de fines del siglo XIII (alguien asegura que es de 1270); el atlas de Luxoro en Génova, de la misma época; la de Petrus Vesconte dibujada en Génova en 1311; la de Angelino Dalorto, en 1325; la de Giovanni Carignano, que se supone también de comienzos del siglo XIV; la de Angelino Dulceti, o Dulcert, o Dolcet, dibujada en Mallorca en 1339, cuyo autor parece ser italiano, a pesar de los esfuerzos de algunos eruditos españoles. Entre los italianos del mismo siglo XIV merece citarse Francesco Pizigano (1367-1373); finalmente, el mallorquín Guillermo Soleri (¿Soler?), que trabajó a fines del siglo, del que se conserva en Florencia una carta publicada en 1385 y otra en París.

En el siglo XV surge una pléyade de trazadores de portulanos: el mallorquín Viladestes, que tiene un portulano (algunos escritores españoles llegan a atribuirle la invención de la proyección de Mercator) fechado en 1413; los italianos Jacobo de Giroldis, Pietro delli Versi, Battista Becharius, Andrea Bianco, que trabajaron de 1422 a 1448; el mallorquín Gabriel de Valseca, de quien se conserva un portulano de 1439; Petrus Roselli (1447-65), Bartolomé Pareto (1455), Gratiosus Benicasa (1461-82), Andrea Benicasa (1476-90), Conte Freducci (1497), etcétera,

En el siglo XVI aumenta todavía el número, y entre ellos figuran los hermanos mallorquines Oliva, que trabajaron en Italia26, pero en   -60-   esa hora avanzada de la cultura geográfica y astronómica un nuevo tipo de cartas menos vistosas, pero más eficaces, venía a sustituir a los hermosos portulanos medioevales. De ellas nos ocuparemos después.

Positivo progreso significaron, sin embargo, estos beneméritos portulanos respecto de los mapas geográficos, maravillas de abigarramiento e inexactitud, mientras que en las cartas portulanas figuran solamente las costas conocidas y los mares surcados. La fantasía, que aderezaba las vagas noticias o las simples sospechas, se modera sensiblemente en estas primeras cartas náuticas, y pronto trasciende el ejemplo a los mapas terrestres. La honestidad científica se impone al fin sobre la ficción de conocimientos, y desde mediados del siglo XVI, a partir del gran Mercator, se borra todo lo fantástico y aun lo mal conocido, sin perder por ello aquella severa elegancia que hace de algunos mapas verdaderas joyas del arte gráfico.

Muchos problemas históricos plantea el interesantísimo tipo de carta portulana o de compás, precursora de la moderna carta náutica. Cuál sea el origen de ese nuevo modo de trazado es punto discutido por eruditos italianos y españoles, confundiendo frecuentemente, con el calor del entusiasmo puesto al servicio de una tesis patriótica, las cartas planas con los portulanos.

Otro punto en controversia es la existencia de un supuesto modelo, no se sabe si italiano o mallorquín, del que derivarían los portulanos conocidos, muy semejantes entre sí.

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Tampoco se sabe bien cuándo ni dónde nace ese otro tipo de mapa marino, intermedio entre el portulano y la moderna carta de Mercator, que suele llamarse carta plana, y cuya existencia efímera es consecuencia de su grave imperfección, que en otro capítulo explicaremos.


Carta del Nuevo Mundo en la Cosmografía de Münster, de 1550. Obsérvese cuán cercano de América aparece Zipango (Japón), por la errónea apreciación de longitudes.

Y finalmente se discute, con razones, con hipótesis y hasta con denuestos, la paternidad de las modernas cartas marinas, llamadas esféricas, cuya ingeniosa invención atribuyen algunos ingleses a Wright, y los españoles reivindican   -62-   para Alonso de Santa Cruz y Martín Cortés; pero que en plena justicia lleva bien puesto, como veremos, el nombre del flamenco Gerardo Kremer (Mercator), padre de la cartografía moderna.

No más justificadas que las pretensiones españolas están las portuguesas27. Algún historiador entusiasta, deseoso de acrecer la gloria de Pedro Núñez, que no necesita de tales recursos, deja entrever que, por mediación del inglés Dee, Mercator se inspiró en la idea de las cartas parciales (quarteladas) con que el gran cosmógrafo lusitano pretendió salvar la desigual dilatación sufrida por los paralelos en las cartas cilíndricas, adoptando escala distinta para cada trozo; pero entre esto y la genial idea de Mercator, media un abismo comparable al que señalaremos en el pertinente capítulo. Todos los empeños de españoles y portugueses en este problema no pasaron de ser meritorios esfuerzos malogrados; y son vanas todas las desfiguraciones de la realidad.



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La cosmografía y la náutica



Horóscopo hecho por Kepler en 1608 para el señor de Wallenstein.

Durante la Edad Media la Astronomía era cultivada casi exclusivamente como ciencia auxiliar de la Astrología. El trazado de horóscopos así lo exigía, mientras que la navegación costera podía realizarse con muy escasos conocimientos cosmográficos. Digamos breves palabras sobre los problemas que fue planteando la navegación de altura, los cuales produjeron   -64-   considerable avance en la técnica náutica28.

El instrumento astronómico fundamental de los navegantes era el astrolabio plano, disco circular graduado, con alidada giratoria, que permitía tomar alturas y medir azimutes en tierra firme, pero de difícil manejo en el mar. Tan inseguras eran sus determinaciones que el piloto Bartolomé Díaz, que dobló por primera vez el Cabo de Buena Esperanza, se vio obligado a desembarcar en la bahía de Santa Elena, principalmente para asegurarse de la latitud con observaciones más fidedignas29.

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Mientras el astrolabio puede considerarse como el teodolito primitivo, el precursor del sextante es el rudimentario bastón de Jacob, de más fácil manejo y de gran utilidad en manos expertas. Con uno u otro, el error cometido en la medición de alturas y azimutes era del orden del medio grado.


Manejo de la ballestilla hacia adelante y hacia atrás.

El astrolabio mide directamente el ángulo; en cambio la ballestilla o bastón de Jacob lo determina por la tangente de su mitad; en el eje o flecha del aparato va grabada una escala que da la graduación sexagesimal30. A juzgar   -66-   por los dibujos que representan su manejo hacia adelante y hacia atrás, es probable que llevara un pequeño espejo en el extremo de la flecha para ver al sol por reflexión, pues no parece que por la simple sombra lograran determinar la altura. Tendríamos, pues, el primer sextante rudimentario.

Los astrolabios planos terrestres usados por los árabes eran discos metálicos de unos 15 cm de diámetro, pero al aplicarlos a la navegación fue muy aumentado su tamaño y su peso, a fin de darles mayor exactitud y estabilidad31. Tan rudimentario aparato armado sobre un gran trípode es el astrolabio de palo a que se refieren las crónicas de la época.

El astrolabio terrestre llevaba en el reverso una proyección estereográfica de la esfera celeste correspondiente al lugar, de tal suerte que las estrellas principales visibles sobre el horizonte estaban representadas, y la simple lectura en el anverso de la altura de una estrella, enfilada con la alidada móvil, permitía determinar gráficamente la hora en este nomograma grabado en el reverso. Pero este método era inservible en la navegación, y en lugar de la proyección de la esfera celeste figuraba una tabla de declinaciones del sol correspondientes a varias épocas del año. El problema de la latitud quedaba así resuelto en tiempo despejado; de día por la altura del sol a mediodía,   -67-   y de noche por la altura del polo; pero la grave dificultad se presentaba en la determinación de la longitud, magno problema que preocupó a los cosmógrafos de todos los países y que ni siquiera Galileo llegó a resolver de modo práctico, como después veremos.

En 1480 el rey Juan II de Portugal organiza una Junta dos mathematicos para el estudio de los problemas de la navegación, y de Nüremberg viene contratado a Lisboa para incorporarse a ella el maestro Martín Behaim, que parece ser discípulo del Regiomontano y conocido constructor del primer globo terrestre (1492)32.

Algunos historiadores han atribuido al maestro alemán el progreso de la Náutica en Portugal, pero la afirmación es del todo inexacta, según está perfectamente demostrado. Mucho antes había logrado la Junta la colaboración del famoso judío salmantino Abraham Zacuto, profesor de Astronomía en la Universidad de Zaragoza, que influyó decisivamente con sus   -68-   investigaciones en el prodigioso progreso de la Náutica33. Su Almanaque Perpetuo de los tiempos sirvió de base para el cálculo de las efemérides que utilizaron con notorio éxito españoles y portugueses. Los «Regimentos» utilizados por los marinos portugueses, modelos de simplicidad práctica, fueron, según Gomes Teixeira, calculados por el judío José Visinho (Vecino), discípulo de Zacuto y miembro de la Junta de matemáticos antes citada. Las tablas de estos Regimientos de navegación están, en efecto, en desacuerdo con las Efemérides de Regiomontano y también con otras tablas del mismo autor, y en cambio armonizan perfectamente con las tablas del Almanaque de Zacuto. Además, el método para determinar las latitudes, que se dice haber enseñado Behaim a los portugueses, era ciertamente conocido ya en la Península por encontrarse en los Libros del saber del Rey Alfonso34. El mérito más sobresaliente del maestro alemán parece haber sido su destreza en el manejo de la ballestilla para tomar alturas de los astros y su habilidad para trazar mapas.